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hace 3 meses
[Ruta Libre]

Después de un suicidio; el dolor de un padre

Un padre amoroso que cada día quiere regresar el tiempo para ver de nuevo a su hijo es la historia de Rito Sandoval

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Después de un suicidio; el dolor de un padre
Fotos: Zócalo | Gerardo Ávila
Por: Ana Luisa Casas

Saltillo, Coah.-
A Rito Sandoval Torres la vida se le llenó de “porqués” el día que su hijo Éric se quitó la vida. “¿Por qué lo hiciste?” “¿Por qué así?” “¿Qué te faltaba?” “¿Por qué?” y “¿Por qué?”, cuestionaba al cadáver.

Tras un año aún no encuentra respuesta y está ya resignado a no encontrarla. Convive a diario con la duda, el silencio y la ausencia de su hijo sin ninguna explicación.

Rito conducía de camino a su casa cuando recibió la llamada de su actual esposa diciendo en un grito desesperado la noticia. Llegó lo más rápido que pudo. Entró y vio a su esposa y a su hijo mayor envueltos en un llanto desolador.

Subió las escaleras. Giró la perilla. El silencio se interrumpió por el viento que cimbró la única ventana de la habitación. Un olor salitre le golpeó las mejillas. El terror lo dominó. Sintió escalofríos. Se sentó en la cama junto al cadáver de su hijo. La muerte también lo acechó a él.

Tomó su cuerpo esbelto. Comenzó a reanimarlo. Todo fue en vano. Había visto escenas sobre suicidios en su labor como paramédico, pero nunca experimentó el dolor de perder a alguien así.

Esta vez era su hijo menor. Su pequeño “Bambu”, apodado así por la bambucha de cabello rizado que lo caracterizaba entre sus amigos.

Éric había decidido quitarse la vida la madrugada anterior y no fue hasta que su madre insistió en llamarlo, casi 12 horas después, que abrió la puerta y lo encontró colgado, atado de una extensión sostenida por un mueble de madera.

Frío. Tieso. Éric estaba muerto sin ninguna explicación de por qué habría puesto fin a su existencia a sus 27 años. Era un joven a quien sus padres dieron estudio, casa y apoyo en su idea de ser chef.

“Mi esposa y mi hijo lo habían descolgado. Hice los procedimientos para reanimarlo, quizá con la idea de que lo quería vivo, aunque yo sabía que ya no había posibilidad. Comencé a hablar con él sabiendo que no me iba a contestar, le pregunté que por qué lo había hecho”, recuerda Rito.



Buscó en la recámara algún indicio, recado o explicación del porqué de su decisión antes de que los peritos arribaran a su casa en la colonia Providencia, pero sólo encontró una nota que decía:

Bambu 23
Ataúd abierto
Unos cuantos amigos
Incineración
Nada religioso
Lo que me enseñaste no me sirve
para el siglo 21
Arriba el RAP

DESPEDIR A UN HIJO

Los médicos forenses determinaron que el deceso fue durante la madrugada, los peritos revisaron la recámara, acordonaron la fachada de la casa y obligaron a la familia a desalojar, pero se resistieron.

“En medio del dolor y frustración, pasamos un momento de impotencia con los peritos que querían obligarnos a salir de la casa, exponiendo este dolor en la calle, donde los vecinos ya se preguntaban qué había sucedido y además se habían querido robar el celular de mi hijo, que justo se había comprado días antes”, relató Rito.

Rito colaboró en todo momento con los peritos, desde envolver el cuerpo hasta ponerlo en el ataúd en el que su hijo reposaba camino a la funeraria.

Un día antes, Éric había invitado a sus amigos a reunirse con él a las 2 de la tarde, aunque ellos no sabían que sería para su propio funeral. Coincidencia que los sorprendió.

Sin cumplir una de las peticiones de Bambu, sus padres lograron dedicarle un triduo de misas, a pesar de que varias parroquias se negaron a darle una despedida con celebraciones litúrgicas a su cuerpo, pues según la religión católica, quitarse la vida no está permitido, pero un sacerdote accedió.

“Fue una despedida en que el sacerdote animó a los asistentes, a la familia y amigos, lejos de juzgar el hecho, lo reconoció como un hijo más de Dios.



“Las palabras de aliento de cada persona que acudió a la funeraria, al panteón o a las misas sobaban la herida, pero nada la sana durante los siguientes días. Es una herida aún abierta, jamás cicatrizada”, dice Rito.

EL DÍA ANTERIOR

Como muchos otros días, “Bambu” había regresado de trabajar vistiendo su filipina de chef, cargando su mochila gris y con los audífonos puestos.

“Me acuerdo cómo salía siempre corriendo al trabajo por alguna u otra razón y una mañana antes no fue la excepción. Era un joven muy pulcro y limpio, disciplinado y perfeccionista con su trabajo. Salía corriendo y regresaba por el celular olvidado o hasta las llaves, ya iba y venía, pero siempre fue muy responsable, lo buscaban seguido para trabajar.

“Cuando regresó de su turno, en la noche, llegó pidiendo que lo curara porque se había lastimado un dedo picando verdura para una ensalada. Aunque normalmente sólo asentaba con la cabeza o respondía un simple ‘bien’ al preguntarle ‘¿cómo te fue?’”, expresó Rito.



Su personalidad siempre fue esa, reconoció el padre, siempre sin dar detalle de su vida personal o de sus sentimientos, a pesar de que sus amigos lo buscaban por ser quien animaba las fiestas, recuerda.

“Quizá de eso siento culpa, de no haber insistido cada vez que no dio detalle alguno de su día a día, de no haber mantenido mayor comunicación con él, preguntarle por alguna novia o amiga”, lamenta Rito.

Una vez más “Bambu” subió azotando los zapatos sobre los escalones. Sonido que jamás se ha vuelto a escuchar. Mucho menos el “cerrón” de las puertas, el chasquido de los utensilios de cocina, los cajones o el ruido que hacía donde quiera que estuviera en la casa.

“Es como si el silencio se aferrara a las paredes, a las habitaciones y pasillos, a permanecer aquí haciendo notar aún más su ausencia”, dice Rito.

Una vez que su padre inmovilizó su pulgar con vendoletas, Éric salió a comprar un par de cervezas oscuras, dejó una lata en el refrigerador y regresó a la planta alta a escuchar rap en su bocina.

Descansó un momento en la terraza frente a su recámara donde a menudo se reunía con amigos de la cuadra y compañeros de trabajo para luego regresar a su cuarto.

Más tarde salió a la terraza de nuevo, saludó a su hermano mayor. Extendieron la mano chocando sus puños. Tomó a su conejo negro y se retiró.

Ese conejo, al que había sido incapaz de sacrificar para completar una de las lecciones de cocina en la Universidad y terminó usando un animal que un amigo compartió.

“Ni siquiera había podido matar al conejo. Esa noche se metió a su recámara y todos fuimos a la cama. ¿Cómo iba a pensar, a imaginar o suponer que una tragedia de muerte nos despertaría al día siguiente?”, relató el veterano de piel oscura y ojos cansados mientras recargaba la frente sobre su mano derecha.

DÍAS DESPUÉS

Transcurrieron los días. Su recuerdo está en cada rincón de la casa: en su silla vacía sobre el comedor, entre las botellas de aceites comestibles y especieros. Sobre la terraza y el vacío del aire sin su rap que obligaba a todos a escuchar desde su recámara.

El silencio durante las comidas. Los llantos bajitos. La duda. La ausencia. El recuerdo de la escena. Un porqué. Ahogarse en la culpa. Preguntarse una y otra vez porqué dejaría su trabajo, su casa, su familia, sus afectos.

“Yo lloré, grité y patalee refugiado en la sierra, donde mi familia no sintiera la secuela del profundo dolor que había dejado Éric en mí, quería mantenerme fuerte para ellos”, recuerda Rito.

En medio de los matorrales y las ráfagas de viento que corren en las faldas de la sierra, Rito entendió que su hijo menor ya no regresaría, que sólo quedaba recordar aquello que vivió junto a él y permitir que la calma volviera a su hogar.



LO INESPERADO

Semanas después, tocó a su puerta una mujer. Rito omitió detalles de su aspecto físico. Contó a su esposa que meses atrás había mantenido una relación con Erick y lamentaba profundamente la pérdida.

Esa mujer, madre de una pequeña de 3 años, había enfrentado la unión de un matrimonio forzoso y su actual marido le había puesto las manos encima. “Bambu” le ofreció su casa, pero ella se negó.

“Entonces entendí algunos mensajes que leí de su teléfono entre la señorita y Éric. La última llamada realizada a media noche fue a ella. Se me vinieron a la cabeza las preguntas que tiempo atrás llegó a hacernos.

“‘¿Si tuviera una relación con una mujer que ya tiene hijos la aceptaba papá?’ ‘Si me la trajera a la casa, ¿me dejarían?’, había preguntado Éric y se le dijo que cualquiera que fuera su decisión, se le apoyaría, pero no dio más detalles”, recordó Rito.

Sintieron alivio, sintieron que al menos había una razón, que quizá en un arranque de amor se suicidó. Aunque las preguntas de porqué continúan, pues esa situación tendría “arreglo”, dice su padre.

“He llegado a pensar que fue eso, un arranque, que de haberle dicho aquella dama que vendría con él, quizá se hubiera detenido. Estoy seguro de que si tuviera la oportunidad de regresar lo haría, que se arrepintió de haberse ido”, se aferra Rito.

El proceso de duelo continuó, fueron semanas enteras de silencio y oscuridad. Las preguntas merodeaban sus cabezas y martilleaban de forma recurrente día tras día. “¿Porqué lo habrá hecho?” “¿Qué pensaría haciendo eso?” “¿Fui un mal padre?”.

“Además, el suicidio te expone a un juicio social que provoca un sentimiento de vergüenza y que te lleva a pensar que no has sido un buen padre, que te cuestiona porqué no lo evitaste o sospechaste.

“Es un dolor que no le deseo a ningún padre y lamento saber que el suicidio sea tomado tan a la ligera, que haya dejado de sorprendernos que alguien se ahorque o se corte las venas, que sea una noticia más del día.

“Necesitábamos sanar, cambiar las cosas, hablarlo entre nosotros y alejar los pensamientos de tortura sobre qué hicimos mal como su familia”, afirmó Rito.

MESES DESPUÉS

Al cabo de algunos meses, la familia decidió colocar de manera distinta los muebles de la recámara de “Bambu”, pues era inevitable recordar una y otra vez el suceso cada vez que entraban.

Decidieron enfrentarlo cada vez que alguien preguntara por él, pues al fin y al cabo era una decisión que “Bambu” había tomado. “Se quitó la vida”, responderían.

Decidieron conservar sus pertenencias. Ropa, zapatos, sus figuras de lucha libre, clásicos de rap y alcancía. Objetos que ahora lucen reunidos en una mesa de madera junto a la llama de un par de veladoras que jamás se apagan.

Unas flores frescas, su última cerveza, sus audífonos, fotografías y cigarrillos lucen justo en el sitio en que dio su último suspiro. La pared aún tiene las marcas que el mueble provocó al sostener el cuerpo y la recámara el frío que ese día inundó los rincones.



Rito ha comprado cajas enteras de veladoras y decenas de flores amarillas y rojas que a menudo coloca en los jarrones de la habitación. Charla frente a la imagen de su hijo y reza por él.

“Aún vienen amigos a visitar a ‘Bambu’, su mejor amigo de años, más que otros. Sube a su cuarto y se toma una cerveza frente a las fotografías. Escucho desde acá abajo la voz del joven que está platicando sus cosas a 'Bambu' y le deja una cerveza sobre la mesa, junto con un cigarro comenzado”, cuenta Rito.

Este cuarto en la casa permanece intacto. Iluminado sólo por los rayos de luz que atraviesan las cortinas hasta llegar a las páginas de una Biblia abierta junto a un rosario.

RETOMAN SUS VIDAS

Las dudas que un día atormentaron a Rito fueron las mismas que lo impulsaron a presentar un proyecto de labor social en su trabajo, que incluía la capacitación de paramédicos en el tema para la intervención y canalización de quienes intentaron suicidarse, así como una serie de actividades que tomaran en cuenta las razones por las que alguien decide quitarse la vida y así colaborar para que haya el menor número de suicidios posibles.

“Llevé el proyecto a la Cruz Roja. Yo había sido parte de la problemática de algún modo y quería ser parte también de la solución”, comenta Rito, quien actualmente se encuentra en proceso de certificación junto a otros 20 voluntarios veteranos con la asesoría de psicólogos, psiquiatras y tanatólogos.

“Las razones son muchas, pero creemos que hay un mayor índice de suicidios en ambientes familiares de desunión, donde los padres tienen menor comunicación con sus hijos, que muchos de los casos apelan a situaciones sentimentales y en un momento de depresión profunda concretan el suicidio.



“Tal y como sucedió con Bambu’”, reconoce. “Si hubiera considerado los síntomas que ahora conozco quizá me habría dado cuenta, aunque el suicidio tiene máscaras de alegría y sonrisas, cuando en realidad hay algo dentro de los jóvenes haciéndolos pensar en quitarse la vida”.

Hoy en día, considera Rito, no sólo se suicidan personas con carencias económicas o de bajos recursos, personas sin estudio o sin trabajo, tampoco quienes son serios o reservados, sino lo contrario.

Al igual que él, su esposa también se involucró en actividades sobre la prevención del suicidio dentro de su área de trabajo en una dependencia del Gobierno municipal.

“Estas actividades, involucrarnos en lugar de alejarnos o rechazar hablar del tema, nos sanó un poco más, saber que podríamos evitar más tragedias similares y el dolor a padres y amigos como el que enfrentamos es alentador”, agregó.

CONSECUENCIAS

Las consecuencias para quienes enfrentaron el suicidio de algún familiar van desde el aislamiento, bajo rendimiento en el trabajo, depresión, enfermedades crónicas, drogadicción y alcoholismo e incluso la idea de suicidarse también, afirmaron integrantes del Colegio de Psicólogos de Saltillo.

“Es un porcentaje muy bajo quienes buscan ayuda, en su mayoría evaden el tema o aseguran que la pérdida de ese familiar fue en un accidente”, comentó Esmeralda Hernández Sustaita, sicóloga del Colegio, quien coincide con su colega Ismael Ramírez Guerrero en que el prejuicio en la sociedad de que si existió un suicidio en una familia significa que sea peligrosa o esté “loca”, alimenta el miedo de quienes vivieron un suicidio de cerca para buscar ayuda.

Sin embargo, lo cierto es, explica, que sí pudiera existir un suceso similar por la depresión que conlleva la pérdida.

“Hay quienes caen en depresión preguntándose por qué su familiar se quitó la vida o por qué no lo detuvieron, incluso se acercan a las drogas o al alcohol porque encuentran en eso un refugio a su dolor”, comentó Maricela Calderón Torres, también integrante del Colegio.

Por otro lado, familiares de quienes tuvieron un intento se vuelven sobreprotectoras, fatalistas o buscan aislar al familiar que atravesó esa depresión, agregó la psicóloga Elizabeth de la Rosa Tapia.

En lo que va del año, apenas dos personas han acudido a buscar ayuda en su consultorio para superar la pérdida de alguien que se suicidó, comentó por su parte Halí Naham Mendoza Muñoz, psicólogo con diplomado en Tanatología, quien lamentó que el resto decida continuar en sufrimiento.

“Al cabo de seis meses, periodo natural en que se supera una pérdida sin ayuda profesional, no culminan su tristeza, los afectados tienden a deprimirse, no comer, no dormir o por lo contrario, suben de peso y padecen insomnio, razones suficientes para buscar ayuda”, dijo.

Para estos casos es aplicable la psicología de la Gestalt, explicó el especialista, y señala que con al menos nueve sesiones se llevan a cabo charlas sobre la vida del paciente y la pérdida que enfrenta, así como actividades como sentarse frente a una silla vacía para decirle a la persona que falleció lo que no pudo expresarse en vida.

Aunque considera que un mayor número de personas con algún problema emocional está buscando ayuda ante el miedo de que la idea del suicidio llegue a sus cabezas.



“Es una especie de psicosis, donde las personas buscan ayuda para cerrar ciclos como superar la pérdida de un trabajo al que dedicaron su vida, una relación larga, la pérdida de un ser querido o algún trauma de la infancia y eso es bueno porque más gente opta por cuidar su salud mental”, expresó Mendoza Muñoz.

El fenómeno social del suicidio continúa sacudiendo a la ciudad, mientras que por cada uno consumado, hay 25 intentos más registrados en diversos nosocomios de Saltillo, afirmó Mariana Ibarra, subdirectora del Centro Estatal de Salud Mental, donde las víctimas reciben intervención médica y son enviados a tratamiento, sin embargo, “un gran porcentaje” rechaza la atención psiquiátrica, agregó.

Señaló que desde hace dos años el registro de intentos de suicidio se elevó casi el doble y atribuyó la cifra al nuevo protocolo de atención, en el que las víctimas deben ser canalizadas para recibir tratamiento psiquiátrico y de este modo se registran las lesiones ocasionadas como intento de suicidio.

“Aunque anteriormente se atendía la urgencia médica no se canalizaba a recibir la ayuda psiquiátrica y ahora se les entrega una orden a los familiares y al afectado para recibir un tratamiento”, admitió la funcionaria estatal.

PREVENCIÓN

El deseo de Rito para regresar el tiempo atrás y conocer los síntomas; interesarse o informarse sobre el tema, incluso desear que el suicidio de su hijo haya sido sólo un intento es diario, aunque sólo quede trabajar en acciones que colaboren con su prevención y continuar indagando las verdaderas causas.

Aunque no sabe ni sabrá nunca el porqué ha dejado “por la paz” los pensamientos de culpa o responsabilidad, “echó” de su espalda la carga de no ser un buen padre y miró hacia adelante, agradeció a Dios por el tiempo en que permitió tenerlo como su hijo y retornó a casa.





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