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Dios nació en la cárcel

Un hombre preso en el penal de Saltillo, con deseo de venganza y odio en su corazón, encuentra la paz donde menos lo esperaba

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Dios nació en la cárcel
Por: Jesús Castro

Saltillo, Coah.-
Javier ya no necesita de una alarma. Él despierta todos los días a las 7 de la mañana y cuando abre los ojos piensa que volverá a ver el par de barrotes de una celda. Se extraña de no sentir la comezón de las picaduras de chinches en su espalda y el olor a caño bajo su litera. Se levanta sobresaltado. Otra vez pensó que seguía en la cárcel.

En su mente repasa una y otra vez la tarde en que una juez le dictó prisión preventiva acusado de intento de homicidio, aunque no hubiera ni pruebas suficientes ni testigos, sólo el testimonio de quien le acusaba y su deseo de verlo encarcelado.

Se ve a sí mismo ingresar a las celdas de indiciados del Centro de Readaptación Social varonil de Saltillo, como un perro rabioso. Recorrer el pasillo que describe como de sala de espera, con dos hileras de seis o siete celdas a cada lado. Percibe ese olor fétido que lo acompañará los siguientes cinco meses.

Y luego se ve a sí mismo al ser arrojado a uno de esos cuartos de 3 por 2 metros, con entre cuatro y seis personas cada uno. Él tuvo mucha suerte, le tocó uno con cuatro ocupantes, más él. Quien lo llevó hasta allá no fue un custodio, sino otro preso apodado “El Taxi”, que cuenta con ciertos privilegios y que funge como acomodador de sus compañeros.

Cada celda cuenta con dos camas de cemento, un baño comunitario sin mampara ni pared y un garrafón de agua para cada preso con la que pueden saciar su sed, asearse o arrojar al inodoro cuando lo utilizan, y como el agua era poca, los baños casi siempre estaban sucios.

“Es incómodo porque no te permite ni siquiera caminar, o estás acostado o sentado, a lo mucho te paras, pero lo peor es el olor, que siempre está presente. La gente a veces agarra una botella vacía y le tapa al baño; el olor es omnipresente y te invade siempre”, platica el joven exconvicto.

La noche que ingresó no alcanzó cena porque ya había pasado el horario de los últimos alimentos. Su cama fue el piso, a un lado del inodoro. Sin cobija ni colchoneta, porque dentro del penal todo cuesta, y él no tenía ni un peso en la bolsa.

Además del hambre y lo duro del suelo, el olor a excremento y orina le impidieron dormir. Junto con sus compañeros los levantaron a las 7 de la mañana y los sacaron de las celdas. Los formaron para recibir el desayuno. Cuando llegó el turno de Javier, el cucharón se detuvo. Él no tenía plato.



Estiró las manos juntas en forma de “coquito”, como suplicando que ahí le depositaran ese caldo pastoso al que llamaban comida, pero los custodios se negaron. Ese día también se quedó sin comer.

La siguiente vez alguien se apiadó de él y le prestó para que se comprara un envase grande de refresco y con los dientes lo partió a la mitad para convertirlo en una especie de contenedor donde ya le pudieron servir. Sólo así pudo comer.

El almuerzo lo sirven a las 7:30 de la mañana, la comida a las 12:00 del día y la cena a las 4:00 de la tarde. Lo que les daban, dice Javier, eran cosas jugosas, caldosas e insípidas. La comida es una de esas cosas que recuerda con total repulsión.

Lo mejor que llegó a probar fue una especie de pozole que servían los domingos, seguido de una especie de caldo que, podía jurar, preparan con verdura sin lavar, además de carne algo cruda, notándose el sabor de la sangre, y fideos recocidos; todo sin sal o algún otro condimento.

A los dos días le permitieron ver a su familia durante cinco minutos cada tarde en los locutorios. Le dieron un poco de dinero para comprar cigarros y pagar su cambio de celda a otra con “más privilegios”. Ahí ya tuvo cobija y posibilidad de platicar.

ODIO Y VENGANZA

Duró dos semanas en el área de indiciados, pero sólo durante la primera lo pudieron visitar sus familiares, porque durante la segunda les dijeron que ya lo habían pasado a población general, lo cual no era cierto.

El shock que le causó la primera semana de encierro no fue tan fuerte como el odio que se acumulaba como avalancha en su corazón. Durante ese tiempo la pasó dándole vueltas en su mente a todo lo sucedido previo a su encarcelamiento.

Como no había otra cosa que hacer más que dormir, le venían a la mente las razones por las que había pasado todo, que alimentaban sus deseos de venganza contra todo el mundo, sobre todo contra quien lo había denunciado y aquellos que apoyaban su encarcelamiento.

Conforme las penas lo agobiaban, el piso frío, el olor fétido, la escasa agua para lavarse, la comida insípida y el no poder salir a caminar o tomar aire fresco, junto con no poder ver a su familia durante la semana en que se la negaron, Javier fue experimentando un odio que despertó en él a un ser oscuro que no conocía.



Conoció en prisión a algunos delincuentes con cierto poder, a quienes contó el motivo por el que lo habían encarcelado. Le aconsejaron que no se dejara, que había sido una mala jugada la que le hicieron y que debía vengarse.

Uno de ellos ofreció ayuda. Empezó a ocupar todo su tiempo libre en planear cómo vengarse. Pensaba en el secuestro, en la tortura, en causar daño y dolor a quien lo había acusado falsamente, porque ahora conocía a personas de verdad malas que hicieran el trabajo.

“Yo descubro que es tan fácil realizarlo como la voluntad se te aparezca. Me doy cuenta de que es cierto eso que dice la gente, que un penal puede ser una universidad del crimen, si no vas con mañas, ahí las puedes aprender, sin bronca, si a eso vas, si a eso te decides”, comenta Javier.

Pensaba en su plan en todo momento y se regodeaba diciendo “bueno, ya estoy aquí, ahora me voy a mezclar con estos batos y les voy a pedir que me ayuden a no dejar títere con cabeza una vez que salga de aquí”.

El resto del tiempo lo empleaba en hacer ejercicio, sentadillas, abdominales, lagartijas. Se la vivía inquieto, desesperado. Con tantos planes de venganza en la cabeza, hacer ejercicio era la única manera que tenía de cansarse y poder dormir un poco.

MÁXIMA SEGURIDAD

Un día, sin saber por qué, llegó un grupo de custodios y sacaron de sus celdas a unas 12 personas. Javier pensó que ya era hora de que lo pasaran con el resto de la población. La verdad era peor de lo que imaginaba. Los oficiales comenzaron a golpearlos e insultarlos.

Los condujeron caminando entre golpes y amenazas por alrededor de 15 o 20 metros. Ahí se llevaron a un grupo de gente, al resto, donde estaba Javier, lo condujeron al área de Máxima Seguridad.

Mientras lo conducían seguían golpeándolo. Dice que es una de las “madrizas” que no va a olvidar en su vida, porque lo dejaron totalmente adolorido del rostro, del trasero, de los brazos, de los testículos, pero también del alma, por la humillación y la impotencia, porque los custodios son las personas más crueles del penal y se dan el gusto de doblegar a golpes e insultos.

Con cada golpe iban surgiendo pistas de por qué lo conducían a un área para presos de alta peligrosidad. Al parecer la persona que lo denunció por intento de homicidio subió a redes sociales que Javier era miembro del crimen organizado y que era tan peligroso que era necesario apartarlo de la población con la que podría planear enviar a cobrar venganza.

Máxima Seguridad es otro galerón de celdas con un pasillo largo en medio. La diferencia es que los cuartos de color gris son un poco más grandes, de unos 3 por 3 metros, con una sola cama de cemento, un baño y lo que fue un área para bañarse, pero que ya no tiene regadera.

En donde alguna vez hubo una regadera con llaves y área para bañarse instalaron una estructura de fierro y encima una placa de plástico grueso usada como camastro, donde le tocaba dormir a Javier. El tercer integrante dormía en el piso.

Llegar a ese lugar donde ya no les permitirían ni siquiera hacer la fila para tomar los alimentos lo llenó de más ira, instigada por la madriza que le habían propinado en el camino.

“Lo único que está haciendo el sistema penal es alimentar el odio. Es un castigo que no se acaba de comprender, ni siquiera porque es tan excesivo, que te dobla”, resalta el entrevistado.

MENSAJE EN LA PARED

Conforme se instalaba en su nueva celda, seguía alimentando su odio, repasando una y otra vez su plan de venganza hasta que hubo algo que lo sacó de ese letargo nocivo. En la pared que da frente a la puerta, había algo escrito. Le pareció curioso aquello, porque en esa área no está permitido meter ni lápices ni plumas.

“No sé cómo le haya hecho el bato, pero alguien escribió ahí una cita bíblica, era la de Josué 1:9, decía: “mira que te mando que te esfuerces, y seas valiente, no temas ni desmayes, a donde quiera que vayas porque yo, tu Dios, estaré contigo”.

Al leer aquello, Javier se quebró. Soltó una lágrima solitaria y comenzó a cambiar su corazón. Por primera vez en su vida se le ocurrió que quizá Dios le estaba hablando a través de las cosas. Fue ese el primer momento en que se fisura su idea de venganza.

Piensa que llegó ahí con rabia, pero frágil mentalmente, necesitado de un consuelo que nadie le ofreció, y que se incrementó cuando le dieron la oportunidad de llamar por teléfono a su familia dos veces por semana, durante tres minutos. La primera vez no le contestaron y los custodios no le permitieron volver a llamar.

La ventaja vino cuando le dieron oportunidad de tener una visita sabatina con su familia. Previamente les permitían salir los viernes a una plática sobre lo que ellos creían que eran valores para la reinserción social, la cual duraba 10 minutos, y después tenían 20 minutos más para jugar futbol o voleibol.

La otra desventaja en Máxima Seguridad era que si en indiciados les permitían un garrafón de agua por persona, acá sólo un garrafón por celda, con lo cual los tres internos tenían que repartir para beber, lavar ropa, limpiar la celda y la taza del baño. La ventaja era que podían comprar más garrafones en 10 pesos, además de comida y botana en la tienda, por medio de un mandadero.

Para ese momento el fétido olor a excremento y orín ya no ardía en sus fosas nasales. Tampoco el hedor de su propio cuerpo, que apenas si alcanzaban un baño de los llamados “vaqueros”, embarrando un poco de agua y jabón en axilas, genitales, cabeza y pies.

“Ya después ni lo sientes. Me di cuenta de que olía gacho por los comentarios de mi familia en las visitas, me decían ‘hueles muy mal’. Yo les contestaba ‘perdón, pero es que ya ni huelo’”, recuerda.



Duró dos meses en ese aislamiento, contando con sólo tres cambios de ropa que le llevó su familia, más cobijas y algo de comida, usando un recipiente que le llevaban como plato, para no seguir dando lástima con su medio pedazo de refresco de plástico.

En ese tiempo alguien le prestó el Nuevo Testamento de la Biblia y lo leyó entero, porque era lo único que se les permitía, leer, hacer ejercicio y dormir. Mientras leía, su vida comenzó a cambiar esa perspectiva de odio, de rencor, de revanchismo, y pasó a pensar en la idea de que si está ahí es para aprender lo que no supo valorar afuera.

Para cuando comenzaron aquellas elucubraciones, su papá ya había hablado con el director del penal, a quien convenció de que Javier no era un peligro para nadie, que no pertenecía a ningún grupo criminal y que no había hecho nada para estar aislado de esa manera.

GUERRA DE CHINCHES

Al siguiente día los custodios fueron por él y otras 10 personas, les recetaron otra golpiza, más una sesión de entrenamiento dando vueltas, sentadillas, lagartijas, y otros ejercicios de alto esfuerzo, que dejaron a algunos presos con las manos sangrantes. Aquel sábado por la tarde llegó a su nueva celda lleno de moretones. Se dio un baño vaquero, cenó y se quedó dormido.

Lo despertaron a las 7 de la mañana, pasaron lista y abrieron celdas para que fueran a hacer fila para servirles el desayuno en el comedor.

Después del primer alimento tienen la mañana libre para vagar por el penal, hasta las 12 que sirven la comida, y a las 3 de la tarde pasan de nuevo lista en la cancha de futbol, para que por la noche de nuevo los encierren y ahí, en su celda, vuelvan a pasar lista.

Como en las otras celdas donde estuvo, de nuevo durmió en cama de cemento, pero ahora sí tuvo dinero para comprar una colchoneta de 50 pesos y hasta le sobró para plato, vaso y cuchara. El resto de los 500 pesos que le permitían meter por semana era para comprar privilegios y cigarros. Ahí no necesitan comprar agua, porque cuentan con tambos que llenan dos veces al día.

Con esa agua ya se pudo bañar de a botecito, a veces hasta calentaba el agua con resistencias de sus primeros compañeros, un par de presos con mucho más tiempo, que incluso habían pintado las paredes de azul y mantenían limpio el lugar, con la intención de aparentar un hogar, porque sabían que pasarían más de 10 a 20 años ahí.

Ese día, al despertar, descubrió su cuerpo lleno de ronchas y comezón por todas partes. Preguntó que si había tantos sancudos. Alguien se acercó y le dijo que no eran sancudos, sino chinches.

“Comencé a vivir uno de los calvarios más grandes de mi reclusión: las chinches, animalitos parecidos a las garrapatas, que son casi invisibles y que te están picando todo el tiempo”, manifiesta, mientras cuenta que eso sucedía a pesar de limpiar todos los días por todas partes con agua y cloro, porque se escondían en paredes, colchoneta, e incluso anidan en la ropa.

Llegó a matar muchísimos insectos, porque de tanto tiempo que tenían libre, parte lo dedicaban a la talacha. Aunque en la primera celda donde estuvo no duró, porque tuvo problemas con los compañeros, así que pagó 50 pesos a un custodio y lo cambiaron de área.

“Todos los días tenía entre cinco y 10 piquetes, además de lo molesto que era, porque te dabas cuenta en la noche, cuando te estaban picando, es una tortura lenta y diaria. Casi nadie duerme bien, nunca”, recuerda rascándose la espalda casi de forma instintiva.



VOZ EN EL DESIERTO

Para ese momento ya el deseo de venganza no daba tantas vueltas por su cabeza. Cada vez los mensajes eran más frecuentes. Uno de ellos fue la presencia de un hombre que llegaba todos los días al comedor a la hora del desayuno y comenzaba a predicar sobre Dios a gritos.

A Javier se le ocurría que aquel hombre era como Juan el Bautista, predicando en el desierto, porque no era como que le prestaran mucha atención. Aunque de momentos le gustaba compararlo con el personaje que interpretaba al Sargento Dan en la película Forrest Gump, justo en la escena en que gritaba vociferando contra Dios.

El sujeto sólo se preocupaba de enviar el mensaje. A Javier le enterneció tanta ingenuidad. Él lo veía con cierta actitud de burla, hasta cierto punto ridícula, pues la manera en que aquel hombre gritaba le parecía exagerada. Y sin querer, aquel mensaje algo estaba moviendo en su interior.

Platica que cuando llego al penal, parte de su plan era desquitarse contra las autoridades que habían abusado de su poder, entre ellas las juezas que lo habían vinculado a proceso sin mayores pruebas ni testimonios que el solo señalamiento del denunciante.

También contra los custodios que habían hecho una demostración infinita de crueldad y contra quien se atravesara en el camino. Su idea era exponerlos a todos en un libro en el cuál contaría sus experiencias y las de todas las personas que había conocido, que habían sido víctimas de las autoridades.

Pero todo eso fue cambiando. En algún momento se dio cuenta de que eso no tenía ningún sentido, porque no iba a cambiar las circunstancias, pues aun en el supuesto caso de que terminara ese libro y fuera un éxito de ventas, y que corrieran a toda la gente que mencionaba en él, la cosa no cambiaría, iba a volver a instalarse otra persona igual de corrupta o violenta y todo sería igual.

“Comencé a pensar que la única manera de darle un giro sería hacer lo contrario, hablar de las transformaciones que ahí ocurren, de los momentos de redención que ahí se tienen”, declaró el exconvicto.

EL ENCUENTRO

Como no conocía bien el penal, un domingo como a las 10 de la mañana comenzó a visitar las diferentes secciones. Al pasar por una de ellas escuchó música. Se acercó y vio que dentro de una especie de nave industrial había un grupo como de rock tocando música cristiana.

Javier se les quedó viendo, porque aparte se veían muy alegres, cantando, saltando, levantando las manos y demostrado su alegría con poca pena; aunque confiesa que desde afuera estuvo a punto de reírse porque le parecían muy payasos.

“Pero algo pasa, que en cuanto me les quedo viendo y empiezo a caminar hacia la puerta, sentí como si algo se me quebrara dentro, y empecé a llorar de la nada, hasta que de repente estaba postrado en el piso y pidiendo perdón a Dios por cuanta cosa mala hubiera hecho”, platica emocionado.

En ese momento hizo un lista mental de cosas malas que había hecho toda su vida y a partir de ahí buscó cambiar esa sed de venganza por otra cosa, a ver la vida de otra forma, a pensar en el perdón, en el amor, en la paz, se sentía cada vez más ajeno a la necesidad de devolver el golpe.

De pronto y sin que se diera cuenta, Dios nació dentro de él, ahí dentro de la cárcel, con todas las privaciones y problemas, con las carencias y abusos, con la soledad, el mal olor, las picaduras de chinches o la comida insípida, Dios se había dignado a nacer tras las rejas.

Así conoció a otros conversos, gente que había tenido vidas más corrompidas que la suya, llenas de rencores, frustraciones, violencia, decepciones; mucho más terribles que la suya, y a ellos los veía con una profunda paz que se veía en los ojos, en su forma de hablar en su forma de actuar y entonces Javier dijo: “yo quiero eso, quiero sentirme como ellos”.



LIBERTAD Y PERDÓN

A partir de ese momento comenzó a sentirse libre espiritualmente. Con orgullo dice que Dios nació en su corazón y nunca más volvió a sentirse preso. Eso sucedió a los dos meses que estuvo preso. Los otros tres que pasó encerrado los vivió con plenitud.

“Para él fue sentir la libertad en un lugar donde no la tenía. Fue como decir ‘háganme lo que quieran, a mí ya no me van a poder dañar, porque ya estoy más allá de eso, ya Dios me rescató’”, recuerda, al grado de que no sólo se planteó un nuevo proyecto de vida, también pidió perdón y decidió perdonar a quien mintió al denunciarlo y tenerlo preso en la cárcel.

Mientras eso sucedía, le llegó la notificación de que su delito iba a ser reclasificado, de intento de homicidio a violencia. Ese mismo día fue liberado. En la audiencia le pidió perdón a quien lo acusaba y prometió pagar el daño, acogiéndose a la justicia restaurativa. Ya no lo vio con rencor.

Al salir le dio un gran abrazo a su familia y luego se fue directo a disfrutar unos tacos al pastor que le supieron a gloria. Estuvo platicando hasta las 4 de la mañana y luego se durmió en una cama acolchonada, llorando de alegría mientras se arropaba.

Se despertó a las 7 de la mañana, la hora en que pasan lista en el penal, lugar que le dejó la secuela del encierro, pero ahora despierta con ganas de comerse el día, como si hubiera estado dormido mucho tiempo.

“Para mí es un asunto diario, si me preguntas cuánto tiempo tengo de que Dios nació en mí, te diría que desde que abrí mis ojos en la mañana. Para mí lo importante es el propósito de este día hacia adelante”. Lo dice con firmeza y contundencia, seguro de que no es ni el primero ni el último en encontrar a Dios tras las rejas de un penal.




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