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hace cerca de 3 semanas
[Relatos Paralelos]

El buscador de tesoros

Aquel anciano me miró fijamente. Pero no era a mí, era a la imagen de don Pancho Mendoza en mi manos

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El buscador de tesoros
Aquel anciano me miró fijamente. Pero no era a mí, era a la imagen de don Pancho Mendoza en mi manos. Aquel hombre del sombrero desgastado y con todos los años acumulados en su rostro, andaba lento. No aceptaba lo que estaba pasando. “¡Ay, mi amigo se fue!”, decía sollozando frente a mí con gran pesadumbre, reflejo del vacío que se abría en su alma.

Habían pasado varios días desde que inició el funeral. La tía Cuca me entregó su retrato para encabezar el desfile fúnebre por las principales calles del pueblo dejadas de la mano de Dios; los andares diarios del viejo. Canatlán es uno de los pueblos agrícolas de Durango, y en contraste, fue en esa tierra desértica donde mi abuelo apostó su vida y su familia. Era un inquieto buscador de tesoros. El mejor contador de historias que he conocido.

Viajamos por siete horas desde Saltillo tras la funesta noticia. Esa noche de principios de febrero del 2017, el sudor frío se escapaba por mis manos antes de llegar a la casa en Retorno Perón, donde pasó los últimos años de su vida.

Habíamos compartido los pasados festejos de Año Nuevo en familia. Sólo bailó conmigo –él sabía que me encanta bailar–. Me tomó de la mano como nunca, mientras la televisión se escuchaba a lo lejos con una de esas repeticiones que transmiten por las fechas. Esa noche me dijo que no creyera en los hombres, que “todos eran iguales”, hasta él.

Los mejores días de mi infancia fueron esos veranos en bicicleta recorriendo los predios entre los árboles y el riachuelo que corría al lado del cauce a espaldas de la casa de los abuelos.

Siempre había una cuerda atada a uno de los altos árboles con la que saltábamos al otro lado del cauce, una y otra vez. Eran esos días de finales de los 80 cuando el peligro no existía y recorríamos todo el pueblo sin ningún adulto detrás de nosotros.

Cada verano mis papás se deshacían de mí y de mis hermanos trepándonos en un autobús junto con mi primo Beto. Eran dos meses que esperaba con ansias. Con un sol en esplendor, sólo parábamos en casa de los abuelos cuando estábamos muriendo de hambre o de cansancio. Por la noche, después de la cena durangueña de frijoles con queso menonita y tortillas de nixtamal en la vajilla de peltre, mi abuelo nos contaba sus historias.

Aprendió a usar la varilla para detectar la presencia de agua en el subsuelo, lo que también relacionaba con la presencia de metales y otros tesoros bajo la tierra. Creo que fue en un bazar en Houston donde encontró un detector de metales profesional, que alimentaba una de sus pasiones.

Durango fue la tierra de muchos acontecimientos de la Revolución Mexicana. Mucho se cuenta sobre los entierros de riquezas para protegerlos de los rebeldes y que aún están por ahí en las zonas viejas.

Don Pancho era un apasionado al contar sus historias. Manoteaba bruscamente y se movía de un lado al otro. Subía y bajaba la voz sin planearlo, pelaba los ojos cuando algo emocionante estaba por venir en sus relatos. “¡Este viejo loco!”, repetía mi abuela Luz con cada ocurrencia.

Desde temprano agarró hacia el monte. Ya había detectado una zona con actividad paranormal. Se cuenta que en aquellos años, cuando los hacendados enterraban un tesoro, asesinaban a su ayudante y lo enterraban ahí mismo. Así nadie sabría la ubicación del tesoro y el alma en pena protegería esas riquezas. Por eso se habla de aparecidos y de fuegos fatuos.

Entonces mucho más joven, don Pancho cavó durante varios días algunos pozos sin ningún éxito. Hasta que en uno, la pala comenzó a topar con una superficie diferente de la tierra. Ya cansado del trabajo bajo el intenso sol, su vista se empezó a nublar.

Los metales enterrados por un largo tiempo van produciendo gases tóxicos que pueden ser alucinógenos y llegan a contaminar el organismo de quien los aspira.
Con desesperación, removió los restos de polvo de la caja metálica con sus manos ampolladas de guardavías del ferrocarril. Intentó desencajarla y abrirla al mismo tiempo, alcanzó a ver un resplandor que venía del interior, hasta que una tenebrosa voz le susurró por detrás. Nunca me dijo lo que escuchó, pero un sudor frío le recorrió todo el cuerpo.

De un solo salto salió del hoyo como alma que lleva el diablo, pero era el mismo diablo quien lo perseguía, aseguró. Mientras el corazón se le escapaba del pecho, corrió lo más fuerte que pudo.

Metros adelante, algo lo agarró por la espalda, un inmenso peso que disminuyó su andar. Quién sabe de dónde sacó fuerzas para seguir. Trataba de girar su rostro para ver qué ente extraño lo podía someter con tanta fuerza. Tampoco lo logró.
“Era el diablo feo que no quería que sacara el tesoro, eran muchas monedas grandes, yo las vi”, aseguró frotando sus manos, con su sonrisa gigante y sus ojos azul brillante mucho más abiertos.

Cuando por fin pudo regresar al sitio, ni pozos ni tesoro, ni rastro de lo que había sucedido aquel día.

Parecía que nunca se terminaban las anécdotas vividas por aquel buscador de tesoros. Todas con experiencias paranormales, animales exóticos y hasta seres fantásticos.

Parecía que las revivía cada vez que las volvía a contar.

Quizá en ninguna de sus hazañas tuvo éxito, aunque salir bien librado ya era ganancia.

Tal vez nunca se dio cuenta, pero don Pancho poseía un tesoro invaluable que no requería de aparatos especiales para encontrarlo.

Con su humildad, transparencia y una energía que antojaba interminable, hacía amigos sinceros donde quiera que se paraba; era nómada por naturaleza.

¿Cuántos al final de sus días, en una existencia larga o corta, podrán reunir en su funeral, las miradas que celebraron y compartieron su vida, pero ahora lloran su partida?

Son muchos los retos diarios que enfrentamos en la vida, los reales y los imaginarios, desafíos que siempre son más fáciles cuando un verdadero amigo está a nuestro lado.

Mientras don Pancho sigue buscando tesoros, ahora en un mundo más allá de este, abrazo sus enseñanzas como las ganas de vivir sin miedo, imaginando cada día como una nueva aventura.


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