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[Especial]

El espía que se infiltró en el Estado Islámico

Durante los últimos dieciséis meses, había trabajado como agente encubierto al hacerse pasar por militante yihadista

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El espía que se infiltró en el Estado Islámico
Bagdad.- El conductor estaba sudando mientras su camioneta blanca marca Kia recorría una autopista de Bagdad cubierta por la lluvia camino hacia un vecindario lleno de mercados al aire libre.

Con cada sacudida y cada vuelta, se aceleraba su pulso. Ocultos en el chasis de la camioneta se encontraban 500 kilogramos de explosivos de grado militar que el Estado Islámico planeaba utilizar en un intrépido ataque contra los compradores en la víspera de Año Nuevo en la capital iraquí.

Un conductor imprudente en las carreteras notablemente caóticas de Irak podría golpearlo, y por accidente detonar la bomba. Un enfrentamiento en uno de los frecuentes puntos de control en Bagdad podría llevar a un tiroteo y así encender una bola de fuego infernal.

Pero había otra razón por la que estaba asustado. El conductor, el capitán Harith al Sudani, era un espía.

Durante los últimos dieciséis meses, había trabajado como agente encubierto al hacerse pasar por militante yihadista del Estado Islámico mientras comunicaba información crucial a una rama secreta de la agencia nacional de inteligencia de Irak.

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Su récord era sorprendente: había frustrado treinta ataques planeados con vehículos bomba y dieciocho atentados suicida, de acuerdo con Abu Ali al Basri, director de la agencia. Sudani también le había dado a la agencia una línea directa hacia algunos de los comandantes de alto rango del Estado Islámico en Mosul, Irak.

Sudani, de 36 años y antes técnico informático, era ahora quizá el mejor espía de Irak, según funcionarios de la agencia, y uno de muy pocos en el mundo que se han infiltrado en los altos rangos del Estado Islámico.

Sin embargo, en ese último día de 2016, mientras pasaba entre dos ciudades por una autopista de cuatro carriles hacia su blanco asignado, los mercados de Bagdad al Jadida, tuvo la sospecha persistente de que se había revelado su identidad.

Cada día que seguía dentro del Estado Islámico era uno en el que arriesgaba su vida. Ese día lo habían atrapado en una pequeña mentira, la segunda en algunos meses.

Si la media tonelada de plástico explosivo C-4 que llevaba no lo mataba, entonces quizá lo haría el Estado Islámico. Antes de salir para cumplir con esta, su penúltima misión, le envió un mensaje de texto a su padre.

“Ora por mí”, le dijo.

Los Halcones, poco conocidos fuera de los más altos niveles de las agencias de inteligencia iraquíes o de países aliados, han colocado a un puñado de espías dentro de las filas del Estado Islámico. Su inteligencia ayudó a exponer a los extremistas en sus últimas fortificaciones el año pasado y ahora ayuda en la persecución de los líderes del grupo, como Abu Bakr al Baghdadi.

Hace poco, una misión iraquí-estadounidense basada en inteligencia iraquí llevó al arresto de cinco miembros de alto rango del Estado Islámico que habían estado escondiéndose en Turquía y Siria. Los funcionarios iraquíes dicen que los Halcones han frustrado cientos de ataques en Bagdad y que gracias a ello la capital está en su estado más seguro en quince años.

Basri, el director iraquí de inteligencia, dice que es gracias al trabajo encubierto del grupo.

“Un dron puede decirte quién ha entrado en un edificio, pero no puede decirte qué se está diciendo en la sala donde los hombres se han reunido”, comentó. “Nosotros lo sabemos porque nuestra gente está dentro de esas habitaciones”.

Motivado por las fotos de niños asesinados en ataques del Estado Islámico, Sudani se convirtió en un agente encubierto conocido como Abu Suhaib, un hombre presuntamente desempleado de un vecindario sunita de Bagdad. Sudani era en realidad chiita, por lo que tuvo que aprender a cambiar su acento y se dedicó a estudiar de lleno el Corán y los versos más citados por yihadistas. Su misión: infiltrarse en una guarida conocida del Estado Islámico en Al Tarmia, una ciudad cerca de la intersección de dos autopistas que fue un centro de reunión para atacantes suicidas que se dirigían a la capital.

Una noche de septiembre entró a una mezquita en Al Tarmia en la que se sabía que había reuniones de la célula del Estado Islámico. Se quedó dentro todo el día y, cuando salió en la noche, reportó que había tenido éxito. “Abu Shaib” iría a vivir con integrantes del Estado Islámico.

“Fue el primero de nosotros en ofrecerse a una misión como esa”, dijo su hermano, Munaf, quien también trabaja en la agencia. “Lo que estaba haciendo era algo muy arriesgado”.

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En llamadas telefónicas semanales, un funcionario de alto rango del Estado Islámico en Mosul le ordenaba a Sudani que se reuniera con atacantes suicidas que llegaban a Al Tarmia desde el territorio controlado por el Estado Islámico, o que recogiera un vehículo bomba. Como creían que era de Bagdad, pensaban que sabría mejor que otros cómo evitar los puntos de revisión policiales alrededor de la ciudad.

Cada vez que era convocado para esto, alertaba a los Halcones. La tarea de estos era interceptarlo a él y sus paquetes mortales antes de que llegaran a Bagdad.

Un auto de persecuciones seguía a Sudani mientras conducía, utilizando equipo electrónico de interferencia para bloquear la señal del detonador de la bomba, que generalmente se hace explotar remotamente mediante un celular. Comunicándose por teléfono o por medio de señales y gestos con las manos, sus camaradas lo llevaban a un lugar donde podían desactivar la bomba. Si iba con un atacante, lo sacaban del auto para arrestarlo o asesinarlo.

Después los Halcones montaban explosiones falsas y plantaban noticias falsas; a veces aseguraban que había habido grandes cantidades de muertos, como parte del esfuerzo por mantener intacta la identidad de Sudani.

El capitán empezó a sufrir ataques de ansiedad leves. “Imagina ser el conductor de un camión lleno de explosivos”, dijo Munaf. “Piensas que en cualquier momento podrías morir. Él aun así condujo una y otra vez”.

Y también tuvo roces con su familia, pues su esposa no entendía por qué se ausentaba; solamente su padre sabía que estaba encubierto.



Mientras más trabajaba encubierto, mayor era el riesgo de ser expuesto. Aun así Sudani decidió continuar. El general Saad al Falih, su comandante en los Halcones, dijo que era un “momento dorado” por lo bien que les iba.

Con la inteligencia recopilada por los Halcones se logró abatir a siete líderes del Estado Islámico y dirigir decenas de ataques aéreos de la coalición que combatía al grupo, encabezada por Estados Unidos, según Hisham al Hashimi, asesor de inteligencia iraquí.

Durante una misión de revisión de cafeterías en Bagdad que pudieran ser blanco, Sudani se escabulló hacia su casa para visitar a su familia. Fue entonces que un comandante en Mosul del Estado Islámico lo llamó para ver dónde estaba. Sudani dijo que estaba en un vecindario que sería buen blanco, pero el comandante dijo que sus coordinadas de GPS parecían mostrar algo más. Es posible que ese fuera el primer foco rojo.

El 31 de diciembre, el comandante de Mosul le dijo a Sudani que lo habían elegido para participar en un ataque espectacular en la víspera de Año Nuevo, una serie de bombardeos coordinados en múltiples ciudades en todo el mundo.

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Sudani tomó el Kia blanco en el vecindario de Al Kadra, al este de Bagdad. Como siempre, llamó a los Halcones para avisarles dónde lo podrían interceptar. El plan comenzó a desarrollarse en cuanto salió de la autopista principal de la ciudad para ir hacia la casa de seguridad de los Halcones. Su celular sonó. Era una llamada desde Mosul, alguien que preguntaba por su ubicación.

Sudani le aseguró a quien llamaba que estaba en camino hacia el blanco. El organizador le dijo que estaba mintiendo. Sudani se esforzó frenéticamente por inventar un pretexto. Le dijo al comandante de Mosul que seguramente había tomado una salida equivocada. Asustado, llamó a sus compañeros Halcones, y les dijo que necesitaban encontrarse más cerca de donde estaba el sitio planeado del ataque.

Regresó con la camioneta bomba a la carretera hacia Bagdad al Jadida. Su hermano Munaf, que era parte del equipo de persecución, hizo señales con las manos para dirigir a Sudani al nuevo punto de encuentro.



Ocho agentes desmantelaron la bomba. Quitaron el detonador electrónico, veintiséis bolsas de plástico de C4 y el nitrato de amonio del chasis y de los páneles de la puerta del vehículo. En cuestión de minutos, Sudani estaba de regreso en la carretera hacia el mercado y estacionando la camioneta en la ubicación asignada.

Justo antes de la medianoche en la víspera de Año Nuevo, los medios árabes reportaron, con citas a funcionarios iraquíes de seguridad, que una camioneta blanca había explotado afuera del cine Al Baida en Bagdad, sin dejar muertos.

La misión de Sudani parecía ser un nuevo éxito. Lo que no sabía es que el Estado Islámico había plantado dos interceptores en la camioneta, lo que permitió que los extremistas escucharan toda la conversación con los Halcones.

“Sintió que sospechaban de él”, dijo más tarde su oficial comandante Falih. “Solo que no nos dimos cuenta de cuánto sospechaban”.

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A principios de enero de 2017, el Estado Islámico llamó a Sudani para realizar otra misión. Sería la última.

Lo enviaron a una nueva ubicación, una granja afuera de Al Tarmia. Era un lugar demasiado remoto para monitorearlo y no había una ruta fácil de escape.

En la mañana del 17 de enero, entró a la granja. Justo después del amanecer, el equipo de los Halcones le avisó a Falih que algo estaba mal.

“Creo que quiso confiar en ellos porque se sentía presionado de que todos estuviéramos orgullosos”, dijo Munaf.

Debido a que Al Tarmia era un territorio controlado por el Estado Islámico, a las fuerzas de seguridad de Irak les tomó tres días planear y montar una operación de rescate. Una fuerza combinada del Ejército y la policía hizo una redada en la granja. Un oficial iraquí fue asesinado.

Cuando despejaron el edificio, no encontraron señales de Sudani.

Durante seis meses, los Halcones reunieron evidencia. Descubrieron los interceptores en la camioneta Kia. Los informantes sugirieron que los yihadistas habían llevado a Sudani a Al Qaim, una ciudad iraquí controlada por el Estado Islámico y más allá del alcance del gobierno.

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En agosto, el Estado Islámico emitió un video de propaganda en el que mostraron a militantes ejecutando a prisioneros vendados. Los Halcones están seguros de que Sudani era uno de ellos.

“No necesito ver su rostro para reconocer a mi hermano”, dijo Munaf.

Después de su muerte, Sudani ha alcanzado un nivel de fama inusual en el mundo oscuro de los espías. El comando de operaciones conjuntas de Irak emitió una declaración acerca de su sacrificio por el país. Los Halcones publicaron una oda a su valentía.

Pero debido a que la familia de Sudani no tiene su cuerpo, no han podido obtener el acta de defunción, un prerrequisito para recibir los beneficios que conlleva ser familiares de un soldado caído.

“Tengo una herida en el corazón”, dijo su padre, Abid al Sudani. “Vivió y murió por su país. El país debería valorarlo como lo hago yo”.

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