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hace 3 semanas
[Relatos y Leyendas]

El faro

Una vieja estación del ferrocarril estaba justo en medio de la nada

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El faro
Foto: Especial
Por: Nelly Bocanegra Dávalos

La vieja estación del ferrocarril estaba justo en medio de la nada. La construcción de madera ruidosa y la forma en que era iluminada por la luna, siempre fue motivo de leyendas y relatos escabrosos entre los trabajadores de la oficina y del taller que estaba exactamente enfrente. Las risas nerviosas y la incredulidad, aderezaban las conversaciones entre los hombres que luego de compartir los relatos, se retiraban a dormir, excepto el telegrafista que debía esperar al tren cada madrugada.

Aquella fría noche de los años 80, el hombre de la oficina terminó su trabajo y se envolvió en la cobija de cuadros que lo acompañaba en el escritorio para esperar el tren. A lo lejos, veía una muy tenue luz en el taller, señal de que sus compañeros dormían.

Cerca de las tres de la mañana y luego de haber dormitado unos minutos sentado en la silla, el maullido de un gato solitario le hizo despertar con un ligero salto… rió con la misma risa nerviosa que le provocaban los relatos de espantos. Miró por la ventana y a la distancia, notó el faro del tren. Se levantó y alistó la papelería que entregaría al maquinista. El gato seguía maullando, el frío le hacía notar el bao saliendo de su boca y, el silencio de la noche, le recordaba una película de terror.

El maldito gato no se callaba y el hombre decidió salir a espantarlo. Miró el faro…estaba sospechosamente cerca. Afinó la mirada y el oído. La luz se acercaba y el hombre notó entonces que el gran ausente era el ruido de la máquina y los vagones del ferrocarril. Abrió las pesadas puertas corredizas y asomó la cabeza. La luz estaba a sólo unos pasos…sin tren. Cuenta que sintió terror, que un escalofrío recorrió su espalda, que el gato de pronto dejó de maullar y salió corriendo lejos de aquello. El hombre sentía como las fuerzas lo abandonaban, le temblaban las rodillas y las manos.

Cuenta que sintió unas ganas inmensas de rezar, pero no recordó ninguna oración y que con todas sus fuerzas intentó cerrar las puertas de madera que se negaron a hacerlo. Cerró los ojos esperando quién sabe qué. Los segundos parecían horas, el frío parecía haber arreciado, el silencio parecía más profundo y la noche, bajo sus párpados cerrados, más oscura. No podía moverse, esperaba ese algo que nunca llegó. Se armó de valor y abrió los ojos para encontrarse con la negrura de la noche. Frente a él no había luz, ni tren, ni nada. Corrió asustado con los compañeros del taller que se burlaron de él. Le dijeron que estaba loco, que fue una pesadilla.

Al pasar las semanas, él telegrafista tomaba un descanso envuelto en su cobija de cuadros cuando aquellos que se burlaron de él, golpeaban desesperadamente la puerta gritando “jefe, jefe!, la luz!”

Cuando abrió la puerta no había nada, sólo un par de hombres asustados que lo miraban como esperando una explicación que hasta el día de hoy, nadie ha encontrado. Hubo quien aseguró que eran ánimas….ánimas en pena de trabajadores que murieron al caer del tren con sus lámparas de petróleo en las manos y de quienes nunca nadie volvió a saber.





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