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El Faro Rojo: El doctor asesino, amor o muerte

La ilusión de formalizar la relación con la enfermera que amaba se esfumó a través de la balas

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El Faro Rojo: El doctor asesino, amor o muerte
Ilustración: Zócalo | Alfredo Garza
Por: Rosendo Zavala

Saltillo, Coah.-
Sacudido por el desprecio que su “amada” le acababa de recetar, Mario Alberto sacó de su bata la pistola que puso en la cabeza de la enfermera, descargándola con rencor al no poder cristalizar su amor platónico, para luego suicidarse en el estacionamiento de la clínica.

Ante la escena de un pacto romántico que terminaría en tragedia, automovilistas que se percataron del ataque alertaron a la Policía, pero ya era tarde, porque la muerte había ganado su partida.

Complicado amanecer

Caminando presurosa para llegar al reloj checador del sanatorio donde laboraba, Perla avanzó por la banqueta hasta que cumplió su primera misión del día; después se dirigió a la cafetería del edificio en el que daría minutos después su último aliento.

Desde la distancia, Mario la seguía, envuelto en el deseo de conversar para arreglar lo que ya no se podía. Tenían tiempo de tratarse, pero la química entre ambos brillaba por su ausencia, detalle que les impedía cristalizar un noviazgo.

Resuelto a todo, el eternamente rechazado médico ingresó a la cafetería donde su amor imposible convivía con sus compañeras antes de iniciar el turno. La tranquilidad del momento parecía ser el marco perfecto para llevar su fantasía de pasión a la realidad.

Antes de que la enfermera se retirara a su consultorio, el enamorado se le acercó y con voz tenue le pidió que lo siguiera, encontrando la negativa que le hizo cambiar dulzura por enfado.

Posponiendo de súbito la agenda del día, el médico sacó lo mejor de su repertorio verbal para convencerla del porvenir que les esperaba juntos, aunque sus palabras se perdieron en el limbo de los pensamientos que Perla fabricaba en esos momentos.

Fastidiada por el rosario de promesas que ya conocía, ella se encaminó al estacionamiento de la clínica para subir a su vehículo, en un intento por escapar de la realidad que tomaría tintes de tragedia repentina.

Hasta ese oscuro sitio, Mario Alberto llegó para seguir implorando el cariño que nuca supo ganarse, encarando a quien sólo le respondía con desprecios justificados al sentir que no eran el uno para el otro.

Trágica decisión

Sintiendo que nada podía hacer para realizar su deseo, el individuo sacó de entre sus ropas una pistola que cargaba para comprar el afecto por la fuerza, y temblando de coraje encañonó a la mujer exigiéndole que lo quisiera tan sólo un poco.

Lejos de eso, la enfermera le gritó a la cara que nuca sería suya, desa-tando la furia contenida en el doctor que sin pensar en las consecuencias de sus actos accionó el gatillo, dándole un tiro en la cabeza y otro más en el abdomen para verla caer sin vida.

Pasmado por lo que acababa de hacer, el homicida tomó la decisión que cambió el rumbo de su destino para siempre, disparándose un plomazo en la sien que lo desvaneció junto al cuerpo de la mujer que siempre idealizó como suya.

En la cafetería, los comensales que escucharon los balazos salieron corriendo para ver lo que pasaba, encontrándose con la histeria de quienes presenciaron la agresión.

Sobresaltados, compañeros de los “enamorados” gritaban pidiendo el auxilio que les llegó casi al instante, cuando paramédicos de Cruz Roja arribaron para atender la situación de la que ya no había nada que hacer.

Con tono fúnebre, los socorristas notificaron a los presentes que Perla estaba muerta, mientras se apuraban para subir en la ambulancia al pistolero que canalizarían al hospital más cercano, en el que moriría justo cuando era ingresado a la sala de urgencias.

En el lugar de los hechos, agentes ministeriales inundaban el área para investigar lo ocurrido, decretando de inicio que la tragedia había derivado de una situación pasional.

Al paso de los días, se estableció que Perla murió producto del balazo que le destrozó la cabeza y su verdugo había sufrido los mismos estragos, finiquitando las averiguaciones en las que víctima y victimario habían corrido con la misma suerte.

Desde entonces, en la clínica donde ambos trabajaban, se recuerda esa fecha como el día en que el amor se murió a balazos, porque la enfermera intentó sobreponerse a una fallida relación de amistad que su amigo culminó de manera trágica.




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