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hace 2 semanas
[Ruta Libre]

El Faro Rojo: Fumar mata

El sueño lo venció después de una borrachera, sin embargo, no fue capaz de controlar el detonante que llevaba en las manos

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El Faro Rojo: Fumar mata
Ilustración: Zócalo | Alejandro Oyervides
Por: Rosendo Zavala

Saltillo, coah.-
Sometido por la borrachera que lo acompañaba desde temprano, Fernando se recargó en la pared de adobes gastados que acabarían con su existencia, porque una colilla de cigarro provocó que muriera calcinado sin que nadie se diera cuenta.

Desde lejos su amigo de parranda divisaba las llamaradas que iluminaban la noche del apaciguado barrio minero donde pernoctaban, ignorando que la tragedia los había alcanzado para cobrar demasiado caro la factura de sus excesos.

Jornada de carbón

Con la cara manchada por el polvo que se desprendía de la beta, “El Puebla” respiraba hondo para jalar el aire que le había quitado el mazo con que martillaba los taludes de la cueva, mientras un hilillo de sudor le recorría el rostro como muestra inequívoca de su esfuerzo laboral.

Pero el tormento que las profundidades de la tierra le proveía se resanaba con las charlas de vino y mujeres que retumbaban en la oquedad del pozo, donde se resguardaban los secretos que se convertían en realidad cada que veían la luz del sol.

Junto a su amigo Roger la vida en los callejones hechizos parecía común para Fernando, que aquel amanecer de lunes planeó la tardeada en la cual su afición por el alcohol lo llevaría a extinguirse lejos de su tierra cuando menos lo esperaba.

Antes de que el destino dibujara la hoz de la muerte en el sendero del trabajador de piedra, este se animaba trenzando sus ilusiones mundanas con el compañero de andanzas que lo flanquearía durante toda la jornada.

Y es que en medio de la iluminación ficticia que emitían las lámparas de sus despostillados cascos amarillos, un grito emergió de las profundidades de la caverna en turno; fue entonces cuando los picadores líticos se dieron cuenta de que la hora de emerger había llegado.

Parranda común

Sacudiéndose los restos de carbón que aún tenía en el cuerpo, el foráneo de ilusiones intactas caminó presuroso hacia la explanada infértil donde se erigía la mina, seguido del hombre con quien había acordado la borrachera de inicio de semana.

Feliz de haber cumplido en el yacimiento un día más, “El Puebla” gritaba sus emociones de libertad a sus compañeros de turno mientras el amigo de juergas le seguía el paso muy de cerca, sin perderlo de vista mientas digería el mismo sentimiento aunque con mesura.

Poco después los incondicionales enfilaban sus pasos hasta la tienda de raya contemporánea que los abastecía de cebada en medio de la nada, comenzando el proceso de “rehidratación” de cuerpos desgastados por el marro.

Como casi siempre, Fernando exaltaba entre borracheras la añoranza de la tierra que dejó desde muy joven, mientras Roger competía con el argumento de que su natal Chiapas estaba clavada en su mente, tanto, que siempre se acordaba del pasado que dejó en la selva.

Mirando a su alrededor, los parranderos se percataron de que la noche llegaba inadvertida, por lo que reanudaron el viaje intentando llegar a la colonia donde vivían desde que vinieron al pueblo, acercándose al enjambre de luces que tenían como destino final.

Ardiente final

Casi sin darse cuenta, los forasteros llegaron a la esquina imaginaria donde se despidieron para tomar caminos diferentes, así fue como Fernando se perdió en la distancia de la vista de Roger. En su mano llevaba el cigarro que lo sumiría en el peor de los infiernos.

Empujado por la inercia de la costumbre, el poblano llegó a la casa donde dormía tras cada borrachera y se venció en la barda donde se durmió parado, soltando el cigarro prendido que al momento hizo contacto con los muebles de madera que había en la cocina.

Sumido en su mundo de embriaguez, Fernando no pudo reaccionar y pereció devorado por las lenguas de lumbre que arrasaron con la vivienda en cuestión de minutos ante la mirada aterrada de los vecinos que con baldes de agua sofocaron las llamas sin saber que la suerte del minero estaba echada.

A lo lejos Roger divisó la hoguera habitacional pero no le prestó atención, siendo hasta el amanecer cuando extrañó la ausencia de su amigo y un malestar lo invadió de pronto: sabía que algo no andaba bien.

Dejando de lado sus obligaciones laborales, corrió hasta el sitio de la quemazón, percatándose de que se trataba de la casona donde se metía su “compadre”; removió las cenizas que quedaron de la propiedad para encontrarse con el cuerpo del joven parrandero.

Pasmado, el descubridor se encaminó hasta las instalaciones de la Procuraduría, donde con serenidad comunicó la desgracia a las autoridades que fueron hasta el punto de conflicto, dando forma a los pesares que ya no pudo superar.

Incrédulo, el sobreviviente fortuito del incendio regresó a su domicilio para reposar la impresión que lo invadía, prendiendo la televisión para checar el noticiero donde una bofetada de realidad le hizo comprender que todo era cierto: el fuego le había arrebatado su mejor amigo, y todo por culpa del cigarro.


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