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hace 3 meses
[Ruta Libre]

El Faro Rojo: La enterrada

José no perdonó a Ana por olvidar la cena y acabó con su vida, esperando que nadie lo descubriera jamás

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El Faro Rojo: La enterrada
Foto: Ilustración | Alfredo Garza
Por: Rosendo Zavala

Saltillo, Coah.- Extrañado por los olores fétidos que emanaban de la milpa, el ejidatario se acercó hasta el montículo donde la podredumbre se respiraba en el ambiente, descubriendo con terror el cuerpo semienterrado de la vecina que creía perdida.

Horrorizado por lo que veía, el ranchero corrió sin parar hasta las oficinas del comisariado ejidal para alertar a las autoridades, que investigaron hasta detener al esposo de la difunta, que aceptó haberla ultimado en un momento de ira.

TRABAJANDO LA TIERRA

Animado por los rayos del sol que bañaban las áridas tierras de La Angostura, José bajó de su camioneta y, cargado con un morral en la espalda, emprendió el camino hasta el centro del predio imaginando que su jornada de trabajo sería como todas, pero con algo más de suerte.

Resuelto a tener un día de bendiciones, el campesino inició la faena en la que pretendía sembrar una buena cantidad de semillas que le dieran un sustento al final del año, por lo que un hálito de esperanza lo invadió casi de manera repentina.

Con la mente puesta en un futuro mejor, Pepe desafió el calor de verano que atacaba con severidad los surcos del maizal que trabajaba con fervor; así habían transcurrido todos los días de agosto y aquel viernes de sopor no sería la excepción.

Empujado también por la inercia de la rutina, barbechó cada canal de la milpa donde paso a paso enterró las semillas, mientras la realidad fraguaba otra cosa para su destino, que se nublaba de más sin que se diera cuenta.

Bajo una mezcla de rutina y efusividad controlada, el ejidatario vio llegar la tarde junto a la idea de volver a casa, donde cambió la felicidad por odio cuando se enteró de que su esposa no tenía lista la cena que le había prometido desde que salió temprano a la labor.

TERROR A DOMICILIO

Cuando llegó a la cocina donde el olor a comida se respiraba por su ausencia, José gritó exigiendo la presencia de su amada, quien con temor se paró frente a él para dar una explicación que no le habían pedido; ahí comenzó el principio del fin para Ana, quien ni cuenta se dio de que su vida había llegado a su último día.

Mientras afuera de la casona las cabras cenaban sus últimos arbustos del día, adentro la realidad era completamente diferente para la pareja de ejidatarios, que se enfrascó en una discusión en la que salieron a relucir viejos rencores.

Durante varios minutos, el hambriento campesino avasalló a la mujer que, pese a todo, mantenía la cordura de abnegada señora, perdiendo la razón cuando levantó la voz para negarse a alimentar a quien se convertiría en su verdugo.

En medio de la lluvia de gritos que se proferían los esposos, Pepe aprovechó un descuido de Ana para soltarle un golpe en la cara que la hizo caer al suelo inconsciente, dando paso al bestial ataque que le arrebató la existencia en la cocina de su “nido de amor”.

Sabiendo que se había convertido en homicida, cargó el cuerpo de su dama y lo subió a la camioneta que tenía estacionada en el patio delantero de la propiedad, llevándolo hasta el predio donde la sepultó para esconder su delito a costa de todo.

TRÁGICO HALLAZGO

Días después, el destino se encargó de exhibirlo ante la justicia para que pagara su delito, pues cuando uno de los pobladores de La Angostura caminaba por el sitio percibió la esencia de la muerte, que evidenció aquel crimen atroz sin querer.

Con la curiosidad a flor de piel, el caminante cruzó el campo siguiendo la pestilencia, que lo llevó hasta el punto exacto en donde descubrió con terror el montón de tierra removida que tapaba una zanja mal hecha. Fue entonces cuando descubrió el cadáver putrefacto de Ana.

Sintiendo que el corazón se le paralizaba de miedo, enfiló sus pasos hasta los terrenos de la policía rural donde irrumpió bruscamente, buscando al jefe de turno para enterarlo del hallazgo y de inmediato comenzar la cacería del responsable de tan terrible crimen.

Resueltos a cumplimentar su misión, un grupo de uniformados locales llegó a la casa en la que José descansaba creyendo que nadie descubriría su mala obra, pero una andanada de toquidos en la puerta le hicieron abrir tan sólo para confirmar que su libertad estaba en riesgo.

Convencidos de que estaban frente al asesino, los guardianes del orden le preguntaron por su esposa, mientras exigían que los llevara a la milpa para hacer una investigación de rutina que arrojó resultados inmediatos.

Rebasado por la presión de sentirse descubierto, José aceptó haber acabado con la vida de Ana, narrando la forma en la que cometió su delito, así como los motivos que lo llevaron a inhumar el cuerpo en la propiedad que hasta ese día fue de ambos.

Bajo esa confesión, el sexagenario tuvo que rendir cuentas a la justicia, que lo condenó a varias décadas de prisión, cumpliendo el deseo de los deudos que exigieron justicia para honrar la memoria de Ana, quien se convirtió en víctima de las circunstancias sólo por un plato de comida.


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