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hace 2 meses
[Ruta Libre]

El Faro Rojo: La vida o un cigarro

A punto de dejar el escenario tras una noche de música y baile, nunca esperó que su negativa le fuera a costar tan cara

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El Faro Rojo: La vida o un cigarro
Ilustración: Alejandro Oyervides
Saltillo, Coah.- Sacudiendo el barullo de la multitud que se arremolinaba tras el escenario, una bala hizo blanco en el músico que de pronto se desplomó, generando los disturbios que evocaron la tragedia de manera irremediable.

Al ver que Humberto se desangraba peligrosamente, sus compañeros del grupo intentaron reanimarlo, pero su destino estaba escrito, porque el plomazo recibido en la cabeza lo mató de inmediato, “gracias” al borracho que se enojó porque no le dieron un cigarro.

Fiesta en el pueblo

Presurosos porque la tarde caía y no elegían nada qué ponerse, Los Cuatreros sacaron de su vestuario las gabardinas rojas con las que amenizarían un bautizo en el ejido La Zacatera. El sol amagaba con esconderse mientras el tiempo corría indiferente como el peor de sus aliados.

Esperando un largo camino, Beto agarró su guitarra para luego enfilarse al vehículo. Minutos después tomaban la carretera que los sacó de San Juan del Retiro.

Acompañados por la incipiente oscuridad que cobijaba el árido llano de la región, los gruperos llegaron al rancho en el que ya los esperaban los anfitriones del festejo, que sin reparo les exigieron que subieran al estrado para que amenizaran el evento que tenían pactado.

Entre el sonar de acordeones y trompetas que retumbaban en el cielo saltillense, los músicos atendieron las peticiones de un público que eufórico se desbocó en todo momento, aprovechando el asueto de fin de semana, que derivó en la fiesta comunal que se prolongó durante horas.

Justo cuando la brisa invernal de enero cacheteaba el rostro de los bailadores, la voz del animador cumbiero anunció el fin de la tocada, provocando la rechifla de quienes querían amanecer con el ritmo de la banda aquel domingo que resultaría trágico.

Trágica discusión

Fatigados por el maratón de canciones que derrocharon sobre el escenario, Los Cuatreros bajaron de la tarima polvorosa que los erigió ante la multitud y se resguardaron tras bambalinas, mientras los fiesteros se arremolinaban solicitando fotografías que se convertirían en recuerdos.

Agobiado por el trajín de una noche movida, Humberto se concentraba en el estuche donde maniobraba para guardar la guitarra que usó en la tocada, escoltado por sus compañeros de oficio que hacían lo mismo, sin preocuparse del entorno.

De entre el mar de curiosos que les rodeaban con innumerables peticiones salió un borracho, que tambaleándose llegó hasta el séquito de artistas para pedir un cigarro, mientras se aferraba a los tubos que sostenían el sistema de luces que amenizó el bautizo.

Ante la negativa de los músicos por atender su petición, el ejidatario, que dijo llamarse Juan Carlos, se aceró a Humberto para exigir su deseo, siendo rechazado por el guitarrista que, tras quitarse la gabardina, siguió guardando instrumentos con el afán de emprender lo antes posible su regreso a casa.

Cegado por la furia de sentirse humillado ante la multitud, el fumador se retiró para luego regresar junto a sus compañeros de parranda, agrediendo a los artistas que nada pudieron hacer para sacudirse tan salvaje agresión.

Escondido bajo la sombra del anonimato, el agitador sacó su pistola para accionarla y un plomazo alcanzó a Humberto, que cayó con la cabeza reventada ante el terror de sus amigos, que de inmediato lo auxiliaron, comprendiendo que nada se podía hacer pues el músico estaba muerto.

Cacería policial

Azorados por lo que estaba pasando, los invitados de la fiesta entraron en pánico y formaron un enorme círculo en torno al cadáver del artista, que yacía en el suelo con el hilillo de sangre que le brotaba de la sien, confirmando la tragedia que todos se negaban a creer.

Poco después, el sonar de las sirenas rompió la ficticia tranquilidad de La Zacatera, mientras una caravana de patrullas ministeriales se avistaba a lo lejos, denotando la incertidumbre de los presentes que desde el principio sintieron tener la libertad cortada.

Mientras un agente del Ministerio Público tomaba conocimiento del crimen, el homicida escapaba entre los caminos hechizos de la región, fugándose de Saltillo para no ver en riesgo su futuro tras enterarse de que al menos 15 parranderos habían quedado bajo arresto como presuntos responsables del asesinato.

Durante varios meses, Juan Carlos se escondió en Nuevo Laredo hasta que el tiempo curó sus heridas emocionales y salió a las calles convencido de su inocencia, ignorando que la justicia ministerial lo seguía buscando por todas partes.

Agentes de la Procuraduría de Tamaulipas lo capturaron atendiendo una petición de sus similares de Coahuila, que mantenían vigente una orden de aprehensión bajo el delito de homicidio calificado en contra del músico sin cigarros.

Tras varios días de investigación por parte de un juez penal con sede en Saltillo, Juan Carlos recibió el auto de formal prisión por el crimen de que se le acusaba. Mientras aguarda encerrado en el reclusorio varonil de la ciudad la noticia de la potencial condena que le espera, en parte, por su vicio al tabaco.


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