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[Ruta Libre]

El Faro Rojo: Milagro, hija del pueblo

Intentó enterrar el producto de su embarazo no deseado, pero una casualidad del destino cambió el rumbo de una vida

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El Faro Rojo: Milagro, hija del pueblo
Por: Rosendo Zavala

Saltillo, Coah.-
Caminando con torpeza entre la llanura de la milpa donde se había convertido en madre, la parturienta abrazaba con dolor al bebé que pretendía desaparecer para mantener intacta la honra de su familia, enterrándolo sin saber que el destino le tenía deparada una gran sorpresa.

El chillar de la infante alertó a una ejidataria que sorprendida comenzó con el salvamento que daría paso al milagro de la vida, conmoviendo a la comunidad que adoptó a la pequeña como la hija adoptiva del pueblo.

Mundo destruido

Apenas rayaba el sol en aquel amanecer de jueves, cuando María se internó entre los surcos del sembradío donde dejaría salir sus pesares carnales: su hijo estaba a punto de nacer y la sombra del des-prestigio la rondaba como nunca antes.

Era el fruto de una relación fallida, por lo que la mujer idealizó la forma de evitar el agravio que la expulsaría para siempre del pueblo, por lo que llegado el momento del alumbramiento se movilizó para obstaculizar la llegada de su hijo al
mundo.

Con el alma agonizante por lo que quería hacer, caminó hasta el predio que conocía a la perfección, adentro estaban los resquicios en los que descansaría los pesares de una sociedad acusante, que la envenenaría con sus trágicos comentarios si se atrevía a cumplir su deseo escondido.

Resuelta a todo buscó el lugar perfecto para concretar su triste odisea, alentada por los remolinos mentales que la atormentaban desde que supo que estaba embarazada el verano anterior, cuando conoció el amor con el sujeto que la hizo sentir amada.

Enterrando su pecado

Postrada en un viejo cartón que utilizaba como cama, la inexperta joven se acogió a los mandatos de la naturaleza que ya entrada la tarde hizo de las suyas, fue entonces cuando María supo que el destino inevitable había llegado en forma de mujer, porque el llanto de su hija recién nacida la sumió en el temor de sentir que ya no valía nada.

Aun pasmada por la pesadilla que vivía despierta, la parturienta se puso en pie y dejando de lado los dolores de parto miró el horizonte, el mismo que eligió como tumba para la bebé que minutos antes había traído al mundo sin haberlo deseado.

Recostando a la niña en el cartón manchado de sangre donde la recibió con pesar, la fémina “aclaró” sus pensamientos para de inmediato hincarse, utilizando sus propias manos para cavar el pozo con que taparía el peor de sus pecados terrenales.

Cobijada por la soledad del predio en que se escondía, se valió también de una vara con la que completó la fosa que por un instante contempló antes de meter a su hija en el fondo para luego cubrirla con tierra, como si con eso lavara la afrenta que sintió haber hecho a la comunidad.

Visiblemente abrumada por el costo de parir en el destierro, caminó lentamente hasta la carretera donde se perdió en la lejanía, imaginando que su mala obra quedaría encubierta con los puños de tierra que la convirtieron en potencial asesina.

Milagro de vida

Mientras la hiena con forma de mujer se alejaba de la milpa, Lucía apresuraba sus pasos para atravesar el terreno que le permitiría llegar temprano a casa. Había tenido una larga jornada de trabajo en un rancho cercano y en su mente sólo anhelaba descansar en familia.

Brincando entre los surcos del terregoso campo, la mujer escuchó a lo lejos un quejido que le pareció común, cuando a lo lejos vio la silueta semienterrada de la bebé que lloraba defendiendo su derecho a la vida en medio de su triste realidad.

Aterrorizada, la caminante corrió al encuentro de la pequeña, a la que con esfuerzo sacó de entre la tierra que la estaba devorando, y tomándola con ternura apresuró sus pasos hasta llegar a casa, donde explicó a sus hermanos el hallazgo que la había dejado aturdida.

De inmediato la noticia corrió como reguero de pólvora en el ejido, llegando a oídos de los policías rurales que comenzaron una cacería para dar con el paradero de la desnaturalizada madre, quien brilló por su ausencia porque para entonces ya había sacado distancia de por medio.

Mientras la policía buscaba sin éxito a la desconocida para recetarle una factura que nunca cobraron, la pequeña quedó bajo custodia comunal de los vecinos que desde entonces la llamaron Milagros.



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