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El Faro Rojo: Seducción y crimen

Utilizó el amor como una estrategia que le ayudaría a salir de pobre, pero su plan falló

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El Faro Rojo: Seducción y crimen
Ilustración: Zócalo | Alejandro Oyervides
Por: Rosendo Zavala

Saltillo, Coah.-
Arrastrando con dificultad el cadáver del comerciante, los delincuentes escondieron su delito para luego perderse en el cerro con el dinero robado en el atraco, ignorando que el destino los perseguía para cobrarles factura de una vez por todas.

Y es que confiada en que la policía no sospechaba del homicidio de su amante de ocasión, Esmeralda salió de la madriguera para comprar algunas cosas en el pueblo, siendo así como la justicia la aprehendió para acabar con la trágica obra que hasta entonces parecía perfecta.

Encuentro casual

Emocionado por sentir que la vida le regalaba otra oportunidad en el amor, Martin aprovechaba su galanía otoñal para deslumbrar a la mesera que conoció en una cantina del rancho, tenía más de 60 años y creía que estaba tomando un segundo aire en las artes del amor.

Durante mucho tiempo, el vendedor de cabras visitó la taberna donde imaginó haber encontrado la felicidad hecha mujer, entablando una relación de amistad que quería llevar hasta los extremos con quien resultó ser la persona equivocada.

Con el trato diario, Mera supo que tenía entre sus manos la llave de oro que la sacaría de su pobreza extrema, por lo que convencida de obtener dinero fácil fingió estar interesada en el mercader que cedió ante los coqueteos de quien lo mandaría al matadero.

Tras una incesante oleada de encuentros que culminaban en lo más oscuro del anonimato, los amantes se trenzaron en el vaivén de afecto, donde sólo Martín sería el perdedor, porque la fémina utilizaba sus encantos carnales para cumplir los propósitos que poco a poco llevaba a la realidad.

Maléfico plan

Atraída por el olor del billete que obtenía sin esfuerzo, la cantinera contó de su “negocio” a los amigos que convenció de hacerse ricos, urdiendo un plan para asesinar al hombre que sólo buscaba espantar a la soledad con un amor que resultó ficticio.

Durante una noche de marzo, la interesada fémina se reunió con su novio Guillermo en una vivienda del pueblo, a donde también llegó otra pareja que se interesó en participar en el plagio del próspero mercader.

Con la euforia de saberse millonarios aún sin concretar su objetivo, los rijosos acordaron perseguir a la víctima en el momento preciso, todo con tal de quitarle sus bienes para sacarse la lotería sin comprar boleto.

Mientras tanto, el Romeo de pueblo seguía embriagándose del falso amor que le prodigaba su enemiga oculta, fabricando los encuentros románticos que tendrían como fecha de caducidad los albores de la Semana Santa.

Trágico desenlace

Apresurado porque amanecía y aún no salía de casa, Martín se tomó el café que le aliviaría el ansia mientras viajaba a la frontera, tenía una carga de animales pendiente que debía llegar a su destino lo antes posible.

Una vez dispuesta la carga humana que vendió por adelantado, el ganadero subió en la Chevrolet blanca con que emprendió el camino hacia la tragedia, porque para entonces ya era vigilado por los cuatreros que le quitarían algo más que su dinero.

Tras varios minutos de devorar el asfalto federal, la víctima perdió la concentración que tenía la volante cuando un vehículo desconocido le salió al paso, deteniendo su andar para luego ser bajado a la fuerza por los sujetos que lo amagaron con un arma de fuego.

Sin tanto batallar, uno de los pistoleros le disparó en el pecho dejándolo herido de muerte, mientras sus cómplices lo despojaban del maletín donde guardaba el efectivo con que haría otras transacciones durante su viaje.

Para evitar un topetón con la Policía, Guillermo y sus acompañantes arrastraron al moribundo algunos metros para esconderlo entre la maleza; subieron a su automóvil para perderse en el cerro donde intentaron evitar cualquier encuentro con la autoridad que los pusiera en riesgo.

Días después, la comida con que sobrevivían en su escondite se acabó y Esmeralda se ofreció para ir al pueblo en busca de víveres, ignorando que la justicia ya les seguía la pista como resultado de las investigaciones hechas en la cantina donde mucho tiempo convivió el difunto.

Mientras deambulaba por las paupérrimas calles de su ejido, Mera fue abordada por agentes ministeriales que la detuvieron para interrogarla sobre la desaparición del infortunado comerciante, siendo entonces cuando no soportó la presión y aceptó haber cometido el crimen junto con sus amigos de odisea.

Resuelta a lavar su honor abriendo la boca, Esmeralda guió a la Policía hasta el sitio donde seguía el cuerpo inerte de Martín, que junto con la troca abandonada fue entregado a sus deudos ya en estado de putrefacción avanzada.

Aunque la Procuraduría encontró la guarida donde se escondían los criminales en la mitad del cerro, nada pudieron hacer para detenerlos porque ya habían huido, quedando la cantinera como única responsable del homicidio que deberá pagar con cárcel durante varias décadas.



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