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[Ruta Libre]

El Faro Rojo: Ultraje

El vicio de ‘El Chuy’ era el Resistol, tanto así que, una vez ‘loco’ no sabía hasta dónde podía llegar: el límite era la muerte

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El Faro Rojo: Ultraje
Ilustración: Zócalo | Edgar E. Coronado
Por: Rosendo Zavala

Saltillo, Coah.-
Tambaleando por el efecto del resistol con el que se había drogado, el chacal se dirigió al baño, donde se ahorcó con el mecate que lo mandó al otro mundo de un jalón, dejando atrás el reclamo de su madre por haber violado a su propia hermana.

Envueltos en la pesadilla del ultra-je que acababa de ocurrir, los Pérez no alcanzaban a asimilar que “la oveja negra” de la familia se había ido para nunca más volver. Mientras la policía llegaba para investigar la doble tragedia en la colonia Satélite Sur.

Pura parranda

Emocionado porque viviría una tarde más de ensueño bajo las sombras de la droga, Jesús cargó con dificultad el televisor y la dejó caer en el diablito para llevarlo a una casa de empeño. La tarde apenas llegaba, pero el ansia de intoxicarse era tan fuerte que lo empujó a robarle a los suyos.

Aprovechando que su madre lavaba ropa en el patio trasero, el hijo pandillero caminó presuroso hasta el local donde malvendió el aparato por unos pesos, así se hizo del dinero con el que corrió hasta la ferretera para comprar el bote de pegamento amarillo que utilizaría como pasaporte a una realidad ficticia.

Con el objeto del deseo entre sus manos regresó nuevamente a las calles del barrio para buscar a quienes aminoraban sus penas: los rebeldes que desde su infancia lo animaban a seguir perdiéndose entre la nube del vicio que terminó orillándolo a la tragedia.

Durante toda la tarde, los rijosos sin quehacer se divirtieron inhalando resistol ante la vista del mundo, mientras la tragedia comenzaba a tomar forma en el ambiente que se enrarecía paulatinamente.

Entre el vaivén de peatones que caminaban con indiferencia frente a ellos, los adictos se fueron dispersando uno a uno mientras la noche les caía encima. Fue entonces cuando Chuy regresó a su casa para comenzar la historia de terror que culminaría con su muerte.

Mente enfermiza

Confundido por la neblina del inhalante, el desempleado llegó hasta el cuarto donde su hermana Carmen dormitaba, ajena a la maldad que la acechaba en la forma de su enfermizo pariente.

Pero Jesús ahí estaba, parado frente a la adolescente de 14 años y no pudo contener sus bajezas carnales ni pensar en las consecuencias de sus actos. Acercó la botella con Resistol a la cara de su víctima y cuando quedó inconsciente dio paso a su deseo por lo prohibido.

Sin detenerse ni un instante por ser sangre de su sangre, profanó el cuerpo de la niña, deshonrándola para luego caer vencido a un lado de ella, mientras el destino tomaba forma para cobrarle al chacal factura por lo ocurrido.

El dolor despertó a Carmelita y al ver el cuerpo desnudo de su hermano se horrorizó. Tras pegar un grito de terror se paró del colchón y salió corriendo de la recámara, buscando a su madre para contarle la pesadilla que estaba viviendo.

Sorprendida por la confesión, la jefa de la casa irrumpió presurosa en el cuarto en el que el verdugo seguía reposando su fatídica parranda, fabricando sin darse cuenta el episodio familiar que se transformó en tragedia.

Triste final

Avasallado por los reclamos que le caían como gotas de veneno, Chuy vociferaba contra su madre mientras caminaba hacia el patio. Descolgó la ropa recién tendida de doña Pilar y cortó el mecate para luego encerrase en el cuarto. Ahí se ahorcó de la ventana al no soportar la presión que estaba sintiendo.

Tras varios minutos de un extraño silencio, las dolidas mujeres abrieron la puerta del cuarto y descubrieron con horror el cuerpo colgando del hermano e hijo.

Con el corazón destrozado por el vendaval de emociones sufridas en tan sólo unos minutos, Carmelita y Pilar dieron aviso a los cuerpos de auxilio, que llegaron tan sólo para confirmar que el descarriado joven ya estaba muerto.

Desde entonces la vida de los Pérez ya no fue la misma, porque la tranquilidad que no conocían llegó a casa para no irse nunca más, mientras el recuerdo del horror sufrido a manos del verdugo se diluía poco a poco, tomando el tiempo como medicina para borrar el incidente que cambió los hábitos de la familia para siempre.



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