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hace cerca de 2 semanas
[Relatos Paralelos]

Encerrada con un muerto

El elevador en el que estaba se había quedado atorado con al menos seis cuerpos en el interior

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Encerrada con un muerto
El elevador en el que estaba se había quedado atorado con al menos seis cuerpos en el interior: cinco vivos y uno muerto. Más de 30 minutos. Los conté uno por uno mientras sentía que el aire, ahí en ese pequeño espacio de no más de 2 por 2 metros, se iba acabando.

Dos camilleros y tres familiares, los vivos; el cuerpo era el de mi tío a quien, tan sólo unos momentos antes, lo habían declarado fallecido después de haber pasado tres semanas internado por un derrame cerebral.

Pero me tenía que tocar a mí. Me ofrecí a ayudar a mi tía, ya que ella no sabía nada acerca de los trámites y procedimientos que se deben realizar después de que alguien muere en las instalaciones del Instituto Mexicano del Seguro Social que, de por sí, asusta.

Una vez que declararon muerto a mi familiar, pasó alrededor de una hora para que pudieran acudir por el cuerpo a la habitación, donde otras dos familias convivían con sus enfermos y también con el ser inerte, por lo que sólo miraban la camilla donde estaba el empalidecido.

Era momento de ir a la morgue. Me envalentoné y subí junto con los camilleros al elevador que lleva directo a ese cuartito oscuro donde avientan los cuerpos de quienes, por algún motivo, murieron en el hospital. Uno de los camilleros picó el botón para bajar hasta el sótano, pero algo se oyó mal.

De repente ya no se movió el elevador. “Ya nos quedamos atorados”, dijo uno de los camilleros. Mis otros dos familiares y yo lo tomamos a broma, no pensábamos que fuera verdad. Comenzaron a tocar el botón de emergencia del elevador y nos percatamos de que no estaban bromeando.

Nadie acudió al llamado. Uno de los camilleros llamó por teléfono, muy angustiado, a la que era su jefa. Se escuchaba la conversación. La mujer, ante la llamada, sólo contestó con carcajadas: “Híjole, ahorita no hay nadie de mantenimiento porque los mandamos a un curso, se van a tener que esperar a que alguien venga”. Colgó. Y tampoco bromeaba.

Pasaban los minutos y, como era de esperarse, el aire comenzó a faltar. Seis cuerpos. Cinco vivos, uno muerto. Cinco sí necesitaban oxígeno. Cinco lo peleábamos mientras gritábamos a sabiendas de que nadie nos escuchaba. Ya habían pasado 20 minutos desde que el elevador se atoró y nadie venía por nosotros.

Volvieron a llamar a la jefa. La respuesta fue la misma. No había nadie que le supiera al elevador. Uno de mis familiares ya estaba en pánico por la falta de aire y la abundante sensación de calor que se sentía ahí dentro. Llamé a los bomberos porque al parecer ninguna persona dentro del Seguro Social sabía qué hacer en caso de una contingencia de este tipo.

“No es la primera vez que pasa, la semana anterior también se atoró. Imagínese que traigamos a alguien que venga con los minutos contados, aquí se nos muere. Pero no es nuestra culpa, sino que no quieren arreglar las instalaciones”, dijo un camillero, un sujeto de baja estatura y piel morena.

De repente se apagaron las luces. Ya había pasado tal vez más de media hora desde el encierro y respirar ya estaba difícil. Después se prendieron las luces y comenzó a moverse el elevador. Se abrió la puerta y el aire que entró lo tomamos todos en una gran bocanada.

Salimos todos, yo continué mi camino para ir a dejar el cuerpo de mi tío. Mis otros dos familiares fueron checados por la cuadrilla de Bomberos que llegaron a atender el reporte porque, aunque estábamos en el IMSS, nadie verificó la salud de ninguno.

Así es morirse en el IMSS y así es compartir los últimos momentos con tus seres queridos en una institución en decadencia, donde la salud y la muerte ya no importan.




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