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Ex Hacienda El Mimbre: réquiem a un pueblo fantasma

Una iglesita con todo y su santo dentro, el cementerio y paredes que alguna vez fueron casas, es lo que queda

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Ex Hacienda El Mimbre: réquiem a un pueblo fantasma
Fotos: Zócalo | Gerardo Ávila / Alejandro Rodríguez
Por: Rodrigo Flores

Saltillo, Coah.-
El único habitante del poblado Ex Hacienda El Mimbre tiene la piel rugosa y camina entre muertos. Durante el día pasa junto a la tumba de la familia González Padilla o rodea la de Marcela Durón. Su caminar es pausado y parece llevar en su espalda todo el peso de la soledad.

De nariz chata y mirar cansado, se pasea buscando comida en un pueblo en el que sólo hay lápidas, casas a punto del derrumbe y una capilla centenaria en honor a san Antonio de Padua, adornada con flores de plástico en el altar y una gruesa puerta de madera que siempre está abierta.

La última habitante que todavía se pasea dejando tras de sí un rastro que pronto borra el viento, es una tortuga. Parece haber sido abandonada por sus antiguos dueños, cuando dejaron aquellas tierras estériles por falta de agua.

Todavía recorre sus calles buscando una sombra o la presencia de humanos. Por eso cuando se topa con alguno, no se inmuta, se hace a la idea de que están de paso, y sigue su camino ignorándolos. Porque todos llegan y se van de ese pueblo fantasma donde parece sentirse dueña.

Seguramente en algunas ocasiones pasó frente a la puerta verde, cerrada con candados y que aún conserva pintado en letras grandes el apellido Rodríguez de sus antiguos habitantes. O se detenga extrañada a observar una vieja cama con colchón que alguien dejó en otra de las casas a punto de caer.

Incluso, en alguna ocasión, haya entrado al templo del que el 27 de julio autoridades de la PGJE reportaron haber extraído un par de quijadas humanas, porque es el único edificio que está todavía en pie, con todo y techo, aguardando una reconfortante sombra en medio del sol abrazador del desierto coahuilense.

Aunque haya quien de vez en cuando acuda a rezarle a san Antonio, desde hace décadas que fue abandonado por sus antiguos habitantes, víctimas de la sequía y la pobreza. Es una de las 59 comunidades de Coahuila que según la Secretaría de Desarrollo Social del Estado, desaparecieron porque toda su población emigró a las ciudades o a otros poblados productivos.



Según declaró el titular de la Sedeso, Rodrigo Fuentes Ávila, los poblados fantasma a los que se refiere están en Acuña, Matamoros y Ramos Arizpe. Y es en este último municipio donde se encuentra la Ex Hacienda El Mimbre, un lugar que según los historiadores, podría tener sus raíces en la fundación de Coahuila.

Pueblo de nadie

En la mitad del desierto ramosarizpense existen unas ruinas, que son el resto de lo que fue una de las poblaciones más productivas de la Región Sureste en el siglo 18. A la fecha, el pueblo conformado por más de 20 viviendas y una capilla, se ha reducido a escombros, sólo el pequeño templo sigue de pie, negándose a desaparecer.

Es la Ex Hacienda El Mimbre, un pueblo ubicado cerca del kilómetro 27 de la carretera a Monclova, en las afueras de Ramos Arizpe, lugar de donde pocos recuerdan a sus habitantes, y que se ha convertido en un pueblo fantasma como otros en el estado.

Desde la carretera se alcanza a ver un poco la cruz de la iglesia. Tras recorrer cerca de un kilómetro de terracería se empiezan a ver las ruinas de lo que fue la hacienda. Del lado poniente unas casas; del oriente el resto, y a lo lejos el camposanto.



Al llegar al sitio es imposible no ver una pequeña capilla, que si bien los años no han pasado de balde, sigue de pie, es el único edificio que queda casi completo. Se trata de un templo de gruesas paredes de adobe, de unos 3 por 10 metros, en cuyo costado se encuentra un cuarto con algunos muebles de madera.

Se trata de una capilla modesta, que se puede comparar con la estructura de estilo franciscano, que consistía en una torre, techo terrado detenido por vigas de madera, una campana y el altar, edificaciones características de los evangelizadores que no obtenían de los pobladores suficientes recursos para algo mejor.

Al fondo del tempo se encuentra un altar que asemeja una breve escalinata de madera detrás de un barandal blanco, seguido por un par de bancas destartaladas, desde donde se puede observar, presidiendo el templo, una imagen de san Antonio de Padua en bulto, y un cuadro del mismo santo, además de un Cristo protegido por un cristal, imágenes que están rodeadas de flores de plástico, sepultadas bajo el estiércol de las palomas.

Ese santo que acapara las únicas flores que hay en el pueblo, aunque sean de plástico, es san Antonio de Padua, originario de Portugal, y es conocido por ser patrono de los objetos extraviados, de quienes buscan pareja y de los enfermos celiacos (enfermedad que daña los intestinos).



Es venerado en México, principalmente en Veracruz, donde se le construyó un templo en Tepetlán, y donde es conocido como san Antonio del Monte, debido a que su descubrimiento fue hecho en un bosque cercano a su santuario, por lo cual adoptó dicho nombre.

Ahí, en medio del desierto, san Antonio de Padua encontró un hogar, un sitio al que lleva esperanza a los turistas y curiosos que acuden a este lugar, para tomar fotografías de lo que queda de la hacienda. Ahí se resguarda, en esa capilla, que según los habitantes de los pueblos aledaños, tiene más de 100 años.

De origen colonial

Cronistas e historiadores de la región dicen desconocer el origen de esta exhacienda, no encuentran datos sobre quién vivió ahí, cuál es su historia y porqué quedó en el abandono. Sólo algunos habitantes de ejidos aledaños cuentan historias aisladas sobre lo que ahí sucedió.

El doctor Carlos Recio, historiador saltillense, señala que estas tierras fueron repartidas por los españoles durante la fundación de la capital del estado de Coahuila, a las cuales les llamaban “mercedes”.

Cerca de 1587, el capitán Alberto del Canto comenzó a repartir todo el valle de Saltillo, quedándose él con la hacienda de Buenavista, donde hoy se encuentra la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro, al resto de sus acompañantes, les entregó tierras en toda la Región Sureste.

“Alberto del Canto, de origen portugués, reparte a otros 15 personajes españoles y portugueses que venían con él: les otorga otras partes del valle de Saltillo y la parte hacia Ramos Arizpe, que después se llamó Nicolás de Capellanía, se la reparte originalmente a un personaje que era capitán también, Juan de Tamez”, comentó.

En aquellos años, los predios entregados contemplaban grandes extensiones debido a las necesidades de la época, ya que domesticaban animales que requerían de grandes extensiones de tierra, tanto para pastar como para vivir.

Esto ayudó a que poco a poco se fueran poblando estas tierras en pequeñas rancherías o haciendas, que no son fundaciones importantes como Saltillo, Ramos Arizpe o Monterrey, pero que tienen una importancia para el abastecimiento de los viajeros en el camino.

“Se funda Monterrey en 1596, y Monclova por esos años, de manera que para llegar a Monterrey y llegar a Monclova, tenían que poner lo que se llamaba en la época ‘postas’, es decir, lugares de avituallamiento, lugares para descansar los caballos, ellos mismos, poder alimentarse con lo que había ahí de sembradíos, y poder pernoctar”, comentó el historiador.



En aquella época, comúnmente se encontraba una posta cada 30 kilómetros, es decir, un establecimiento que era una hacienda o una ranchería, con grandes construcciones de adobe, llamado “casco de las haciendas”, y a un costado tenían una capilla. De acuerdo con la historia, según la preferencia de sus conquistadores, la capilla correspondía a un santo o a una virgen.

Estos lugares se establecieron conforme se fueron fundando ciudades en el norte del país. En el caso de Ramos Arizpe, con dirección a Monterrey y hacia Monclova, está el tramo en el que se ubica la llamada Ex Hacienda El Mimbre, que todavía conserva lo que habría sido el casco principal, el cual diera origen a la ranchería en la que habitaron los peones.

“Normalmente una persona camina lo que llamaban en la milicia una ‘jornada’, entre seis y ocho horas, y si se camina a buen paso son 30 kilómetros, cinco kilómetros por hora, de manera que en ocasiones si a los 30 kilómetros no había agua, se buscaba, pero la mayor parte de las poblaciones tenía una fuente de agua cercana. Por ejemplo, para ir a Monterrey, había un arroyo que recorría casi todo Ramos Arizpe, a lo largo del camino, y la gente podía tomar agua en cualquier parte del trayecto, seguramente se fundó ahí esta población”, agregó Carlos Recio.

Prácticas españolas

Hace un mes circuló una foto en redes sociales de unos restos humanos que presuntamente fueron localizados en la capilla de la Ex Hacienda el Mimbre, los cuales no fueron confirmados por autoridades ni de la Procuraduría General de Justicia del Estado, ni del Instituto Nacional de Antropología e Historia, quienes debieron dar fe de los hechos.

Sin embargo, el historiador Carlos Recio señala que esta práctica era muy común con nuestros antepasados, que acostumbraban a depositar los restos de los fallecidos en los templos. Entre más cercano al altar, más importante fue la persona en vida.

“Si encontramos una osamenta en el altar, es la gente más importante, entonces pudieran ser los dueños de la hacienda o los eclesiásticos, y a medida que se alejaban del altar, eran personas también ricas o eclesiásticos de menor rango, que no tenían el privilegio de estar cerca del altar, fuera de la iglesia está el panteón de la población”, comentó.

Esta práctica se dio en toda la América española, inclusive en Saltillo, en templos como la Catedral de Santiago, Santo Cristo o San Esteban, hay restos en el subsuelo de las naves principales, práctica que fue erradicada hacia 1833, por una epidemia de cólera en todo México.

Esta epidemia obligó a los habitantes a construir panteones lejos de la población, y fuera de las iglesias, esto por situaciones de higiene.



Sepulcros de piedra

A unos 800 metros al poniente de la capilla hay un panteón que sólo visitan roedores, insectos y una vieja tortuga de mirada perdida que parece no interesarse por los muertos que ahí enterraron, lo mismo que las familias de esos antiguos moradores que se perdieron en el olvido.

Porque la mayoría de las tumbas son montones de tierra o piedras, con cruces de madera u oxidadas, otras de apariencia antigua y sólo algunas identificadas, entre las cuales sobresale el apellido Plata.

Según los pocos testimonios que se pudieron recabar, se trató de una familia que habitó el poblado, falleciendo la mayoría en ese lugar, pero cuyos descendientes abandonaron el pueblo, en busca de mejores oportunidades en Monterrey, sin que nadie volviera a saber de ellos.

Algunas de estas tumbas, principalmente las más recientes que dicen pertenecer a otros habitantes de ejidos cercanos, son las que le dan luz a este camposanto, con ofrendas no tan recientes, pero que dejan ver que la gente aún recuerda a sus fallecidos.

En por lo menos tres de esas lápidas blancas, con muertos que, dicen, no vivieron en ese pueblo, aunque fallecidos, se quedarán ahí para la eternidad, se eleva la imagen del Sagrado Corazón, una de ellas con detalles en color rojo.

Otra de las tumbas que no está adornada con cruz es la que cuenta con una especie de nicho, protegido por un vidrio y en cuyo interior hay una imagen de la Virgen de San Juan de los Lagos, y es en la que reposan los cuerpos de Antonio Padilla, Natalia Castillo y su hija María Piedad Padilla Castillo, con fechas de muerte entre 1996 y el año 2001.



Es evidente el olvido hacia los muertos enterrados bajo piedra o montones de tierra, mientras que flores todavía rojas o rosas, siguen adornando las tumbas de los más recientes muertos provenientes de otros ejidos.

Pocos testigos

Alfonso Molina González es un habitante del ejido Santa Cruz, ubicado a unos 15 kilómetros de El Mimbre. Asegura que él creció en esa tierra abandonada, que alguna vez fue campo de siembra y pastoreo de animales.

Es el único de los que habitó esas tierras al que se pudo contactar. Porque nadie sabe hacia dónde se fueron los que vivieron en El Mimbre, ni siquiera la gente que vive en pueblos o ranchos cercanos tiene idea de a dónde fueron a dar los antiguos pobladores.

Don Poncho entra a su actual casa, una vivienda de tres cuartos de adobe con techo de madera y tierra, ahí toma entre sus manos unas fotografías de sus familiares. Están sus padres y sus abuelos, de quienes dice, tuvieron tierras en la exhacienda que hoy sólo recuerda como su hogar y alguna vez también lugar de trabajo.

Vestido con camisa y pants, toma su sombrero y empieza a caminar rumbo a la loma, ahí donde está la cruz de piedra del pueblo, en lo alto de la loma. Avanza unos metros y empieza a sacudir sus pies, unas piedras se le metieron entre los huaraches y comenzaron a lastimarle. No tarda más que unos segundos y sigue caminando.

Conforme da pasos, se agacha y arranca las hierbas que hay a su paso, tiene un recuerdo de su infancia no muy grato. Son pequeñas “maromas” que apenas empiezan a crecer, pero don Poncho no las deja crecer.

“No las puedo ver, porque nada más llueve y crecen, cuando empecé en la labor de 8 años me decía papá ‘a que no le entras a ese toro’, iban las maromas a madres vuelta y vuelta, y me les metía, me pasaban por arriba, terminaba todo espinado, ‘para qué te les atravesabas’, ‘tú me dijiste que le entrara’, y se reía de mí”, compartió.



Recuerdos de la infancia

Al escuchar sobre el pueblo que lo vio nacer, se le vienen a la mente algunos amigos de la infancia, con los que creció en el campo y que fueron parte de la historia de la exhacienda, la cual dice que alguna vez fue una de las más importantes de la región.

“Yo anduve ahí en esas tierras, los grandes ya se fueron, Gabriel Morena Ponce, Chimiro, mi abuelo, mi bisabuelo Basilio Ponce, puro viejo ganadero, mi padre también fue ganadero, ya nosotros no servimos para nada”, platicó el hombre.

Según historias que escuchó de niño, las tierras pertenecieron al general Francisco Coss, quien heredó parte de ellas a su hijo Alfredo, aunque en la actualidad no sabe a quién pertenecen, ya que no cuentan con papeles, por lo que han estado a merced de los que él llama “buitres”, que dicen tener la posesión de dichos predios.

“Yo sí, desde que tuve uso de razón, mi papá me platicaba que había un Daniel Rodríguez, le robaron las tierras los hijos de él, hay un tal Beto, donde está la Cruz Roja (en Saltillo), Alberto Rodríguez, tiene un taller, es nacido ahí en El Mimbre, el es mecánico, ya no supe nada de él”, expuso don Poncho.

Recuerda que existían grandes ranchos ganaderos, era una zona muy productiva, había quienes criaban, vacas, chivas, o borregas, ganadería que fue muy productiva, por la zona llena de pastizal y donde había agua para que bebieran.

A él le tocaba cuidar vacas, recuerda que anduvo de vaquero hace 50 años, cuando aún era un pequeño. Ahí en esas tierras chamuscaba nopal para sus animales, acompañado de su hermano, paseaban las chivas y borregas por todo el valle.

Sequía, su verdugo

Platica don Alfonso que entre 1960 y 1970 una fuerte sequía azotó la región y comenzó a acabar con todo. A partir de entonces, aquel paraíso fue a menos. Al escasear el agua, dejó de haber comida para los animales y la producción de siembra casi se extinguió.

Fue entonces que los habitantes comenzaron a mudarse a otras comunidades, algunos dicen que se fueron hacia el norte, a Monclova y Castaños, otros a Nuevo León, aunque son pocos los que quedan con vida.

Entre los que dicen todavía tener posesión de alguna propiedad de la Ex Hacienda El Mimbre está la familia Rodríguez, pues una de las casas, la única con puerta de madera verde, con el apellido pintado con letras grandes y cerrada por dos candados, en la que hay un anuncio que dice:

“Rodríguez, propiedad privada. No robo de tierra, no excavar, no traspase”.

De esa familia no habla don Alfonso, tampoco de quién pudo haber llevado el colchón y los ganchos de ropa que todavía están dentro de otra de las casas de la exhacienda, menos aún de la hielera roja que hay en un tercer predio totalmente derrumbado.



Su memoria no le da para más, su recuerdo está en que un día tuvieron que dejar de vivir allá y trasladarse, como el resto de la gente, a otro lugar dónde producir la tierra y poder sacar dinero para vivir.

“Todos se fueron, empezó la sequía y ya no había nada qué hacer, el pueblo se fue quedando solo, las casas fueron abandonadas, sólo quedó la iglesia, todo lo demás se fue cayendo con el tiempo”, expuso.

Se repite historia

Hoy vive solo, sus familiares se fueron, otros ya murieron, el ejido Santa Cruz donde habita se está quedando solo, las casas se están cayendo, tal parece que tendrá el mismo destino que la Ex Hacienda El Mimbre.

La falta de apoyo al campo y las sequías, han logrado que estos pueblos desaparezcan, ya que sus habitantes han emigrado en busca de mejores oportunidades, quienes se quedan, han muerto en sus casas, que se niegan a desaparecer, quedando sólo como testigo del abandono del campo.



“Nosotros aquí vamos a morir, no sabemos hacer nada más que eso, en El Mimbre todos ya murieron, uno que otro quedó regado, pero la mayoría de los viejos ya se fueron, aquí (Santa Cruz) está igual, ya casi no hay nadie, se van para Saltillo o Ramos Arizpe, regresan ahí de vez en cuando, pero al final está solo”, agregó.

Ya son pocos también los habitantes de Santa Cruz los que se niegan a abandonar el lugar, pero ante la falta de oportunidades, podría convertirse en el pueblo número 60 de la lista de pueblos fantasma que el secretario de Desarrollo Social del estado declaró, se están convirtiendo en pueblos fantasma en Coahuila.





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