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Fuera del clóset; el reto de ser gay

Enfrentaron a sus padres y confesaron su orientación sexual. Para ninguno de ellos las cosas volvieron ser las mismas

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Fuera del clóset; el reto de ser gay
Foto: Zócalo | Jerson Cardozo / Jesús Vélez
Por: Idalia Chávez

Saltillo, Coah.-
Salir del clóset es un acto que marca un antes y un después en la vida de un ser humano. Es el parteaguas de miles de reacciones, miedos y cambios para las personas que pertenecen a la comunidad de lesbianas, gay, bisexuales, travestis, transexuales, transgéneros, intersexuales y asexuales (LGBTTTIA): enfrentar a su familia para mostrar abiertamente sus preferencias acerca de la diversidad sexual.

No todas las personas salen del clóset de la misma manera. Hay quienes ni siquiera tienen la necesidad de decirlo públicamente, pero otros deben enfrentar cara a cara la situación en la que incluso llega el rechazo de su propia familia.

Luis Vaquera, 24 años

Libertad a medias, así definió él el hecho de que ahora su familia y círculo cercano saben que es homosexual. Tomar a su pareja de la mano o darle un beso en la calle aún son actos que atraen miradas de desaprobación y señalamientos para quien decidió abrir su corazón.

Luis Vaquera es licenciado en Comunicación. Su personalidad es divertida y amigable; su complexión robusta, de piel blanca y porta una barba no muy abundante, pero notoria, que ya forma parte de su rostro. Al principio sonreía, pero después se puso serio cuando contó cómo sus padres se enteraron de que es gay.

Vive con su pareja, con quien ya tiene cuatro años de relación. Llegar a este punto, dice, implicó una serie de sucesos que iniciaron en su adolescencia, cuando comenzó a hacer pública su orientación sexual a su familia.

“Yo tenía mi pareja. Llevábamos dos años. Ese día tuvimos una discusión muy intensa y mi pareja decidió mandarle un mensaje al celular de mi papá. Llegó mi papá al cuarto y me preguntó que qué estaba pasando y fue cuando decidí contarle”.



Las reacciones y el rechazo eran unos de los principales miedos de Luis. La posibilidad de ser echado de su casa a los 16 años era algo que lo atormentaba en ese tiempo, porque no hubiera sabido qué hacer. A pesar del miedo, Luis tomó todo su valor y habló con su familia.

“Mi mamá lloró muchísimo, mi papá también se enojó bastante. Como ocurrió un 10 de mayo se hizo todo un relajo. Mi papá después habló conmigo como para hacerme entrar en razón porque ‘que yo estaba nervioso’. Me dejó de hablar aproximadamente 6 meses”, comentó.

Un mes después, su madre lo acogió y le abrió la puerta de la comunicación. Ella comenzó a buscar información respecto al tema y a preguntarle sobre sus intereses. Con su padre era otra cosa: no resultaba sencillo lidiar con él.

“Busqué ayuda sicológica por internet. Encontré una asociación y le escribí. Me contestaron una semana después enviándome una carta que yo le tenía que dar a mis padres. Se la dejé a mi papá en el comedor, porque no me hablaba. Al otro día, sólo llegó y me abrazó como si nada hubiera pasado”.

Luis concluyó que ese proceso fue su primer acercamiento con la soledad. No sabía a quién acudir, había muy poca información en ese tiempo y la que existía era religiosa, que rechaza a los homosexuales.

Luis pensó que fuera del clóset se sentiría mejor consigo mismo, pero se dio cuenta de que esto es tan sólo un escalón, una especie de ritual de paso. Lo más difícil, dice, es lidiar con una sociedad que no está preparada para recibir a la homosexualidad y que se disfraza de tolerante.

“Nunca me he sentido libre, porque hay muchísimos roles. Ya terminé con mi familia, pero todavía hay muchísima gente que en la calle te voltea a ver. Nunca me he sentido libre al cien porque nunca ha existido un respeto, solamente hay una tolerancia”.

Eduardo Oviedo, 26 años

Diseñador Gráfico de profesión y actualmente estudiante de Educación y Pedagogía, Eduardo Oviedo tiene 26 años y acaba de mudarse de su casa para compartir hogar con su pareja.

“No fue que yo tomara la decisión de abrirme en mis preferencias sexuales. Más bien las cosas me fueron orillando. En mi casa técnicamente me descubrieron cuando tenía 15 años. Ya no podía negarlo. Poco a poco fui abriéndome a mi mamá y a mi papá”.

Dice que en un principio fue su padre el que se mostró dispuesto a apoyarlo, pero que su madre no tomó muy bien la noticia. Con el paso del tiempo los papeles se invirtieron y fue su padre el que le dio la espalda.

“Como en todo, hay un choque. Al principio es una noticia que causa impacto. No es como decir que te gusta el helado de fresa en lugar del de vainilla. Es algo que causa ruido... se mostraron muy sorprendidos”.

Para Eduardo esta situación lo hizo sentirse atrapado. Sabía que era algo evidente y que no podía escapar, sino afrontarlo. El sentimiento de soledad lo invadía al ocultar el secreto.

“En el momento mi papá me quiso proteger haciéndome sentir querido, después como que le cayó el 20 y comenzó a ser más frívolo conmigo. Lo sentía muy distante. En ese lapso mi mamá comenzó a investigar por su cuenta en internet y a leer libros”.



Uno de los factores que más afectó a Eduardo durante ese proceso fue la religión que practicaba su familia, a quienes califica como “muy cristianos”: personas muy apegadas a lo que dice la Biblia y a lo que les decían en la iglesia.

Fue un largo proceso de aceptación para sus padres, sobre todo para su papá. Años después de su salida del clóset todavía hacía comentarios que “querían hacerlo recapacitar” y “volver a la heterosexualidad”.

“Hasta hace poco tiempo intentaba, entre broma y broma, decirme cosas referentes a ser heterosexual en lugar de ser gay. Pero ahorita como tengo pareja la verdad lo está tomando muy bien y se lleva muy bien con él”.

Pasaron casi cinco años para que Eduardo pudiera sentirse en confianza con sus padres. En ese lapso no podía compartirles sus vivencias, experiencias o sentimientos abiertamente porque, a pesar de que ya sabían sobre su preferencia sexual, no estaba convencido de contar absolutamente todo.

“No era como que yo les pudiera platicar ‘oigan, voy a salir con un chico, o conocí a una persona’, fue desde los 18 años que me encerré mucho, hasta ahorita a los 26 que me independicé siento su apoyo familiar”.

El día que quiso decirle a sus padres que tenía pareja sintió lo mismo que decirles que es gay. Fue como volver a dar una noticia de gran peso, pero estaba dispuesto a hacerlo por la persona con quien comparte su vida.

“Fue muy difícil, pero me sentía seguro. Tener una pareja te da cierto apoyo. Es la persona que quiero y mis papás sí o sí lo tienen que entender. Si no lo querían aceptar o apoyar, pero de perdido que lo supieran y no sentir que estaba ocultando algo”.

Eduardo piensa que la sociedad está estancada en un intento de tolerancia: “Es algo bastante irónico. Estamos bombardeados de publicidad para tolerar y apoyar a la comunidad, pero se siente el rechazo. Ni siquiera tendrían que existir los colectivos, porque no es algo que tendría que enorgullecernos o avergonzarnos, simplemente es una condición”.

Salir varias veces

La organización mundial Planned Parenthood, que se dedica a la atención de la salud reproductiva y temas sobre la familia, señala que salir del clóset no es algo que se haga solamente una vez. Es un proceso en el que por etapas la persona que decide hacerlo tendrá que hacer frente antes y después con diversos grupos a su alrededor.

Esa confrontación se complica un poco al vivir en una sociedad que, a pesar de que se declara abierta, aún vive a la sombra de una enmascarada tolerancia: se acepta la homosexualidad, pero le restringe su derecho de ejercerla.



El sicoanalista Ernesto Duque Padilla, quien fue catedrático en la Universidad Autónoma de Coahuila, asegura que este proceso es el resultado de un peso social que ha existido a nivel histórico, ya que, con la llegada de la religión católica, se veía a la homosexualidad como un pecado o atentado contra la naturaleza. Sin embargo, esto ha venido transformándose con los años.

“La decisión implica una declaración de identidad y un acto que te sitúa en una condición de un antes y un después. Lo que implica un salto. Este salto implica un esfuerzo y un romper con algo que tiene un peso social-histórico, una historia religiosa en la sociedad”, declaró.

Menciona que la sociedad todavía se encuentra estancada en la etapa de la tolerancia: “’¿Qué hacemos al aceptarlos?’ Una cosa es tolerarlos y otra es avanzar en el desarrollo de la sociedad hacia la inclusión. El “tolerarlos” es donde estamos ahorita: ‘Está bien, pero no en mi familia, no con mis hijos’. Entonces hay que transitar en ese proceso de la civilización”.

Duque Padilla explica salir que clóset es diferente en cada familia, pero sí considera que el factor del surgimiento de colectivos que pugnan por la igualdad de derechos es una influencia para tomar la decisión.

El sicoanalista destacó que en las sociedades occidentales, la homosexualidad ha transitado de lo jurídico –como ilegal– a lo clínico –como patología–, pero al liberarse de estos dos ámbitos, no escapa de señalamientos sociales, culturales y religiosos.

Así lo demuestra la última Encuesta Nacional sobre Discriminación, realizada por el Inegi, que señala que en Coahuila 60% de la población rechaza las relaciones homosexuales, contrastando con la cifra a nivel nacional, que es 43 por ciento.

La encuesta destacó que 36% de los mexicanos no le rentaría una casa a una persona trans, y 32% de los mexicanos no le rentaría a una persona por ser gay o lesbiana. Cabe resaltar que fue la población masculina quien muestra menor aceptación a estos grupos.

Movimiento LGBTTTIA

En Coahuila hace aproximadamente 10 años fue el parteaguas de algunos movimientos, llevado a cabo por colectivos o grupos que detectaron una serie de actitudes y acciones discriminatorias hacia las personas homosexuales, por lo que comenzaron a luchar por un cambio, así lo comentó Carlos Llamas, quien encabeza actualmente a la asociación civil Jóvenes Prevenidos.

El crecimiento de estos grupos de la diversidad sexual en Coahuila fue algo muy marcado, ya que se dio el paso para que el estado se colocara como una de las entidades con mayores derechos y oportunidades para esta población.

“Los chicos se abren, se hacen visibles y con ello se viene una ola formidable de derechos. Las poblaciones se sentían respaldadas. Además se da mucha migración de otros estados al ver las condiciones en las que estaba creciendo Coahuila”, declaró.

Llamas comentó que en 2010 se llevó a cabo la primera marcha de la diversidad sexual y con ella la oportunidad de visibilizar a la población LGBTTTI y decir que no hay nada qué temer.

“La gente estaba en las aceras observando a quienes estábamos marchando. Ellos esperaban que la policía nos detuviera o que hubiera desorden. El lema de la primera marcha fue Rompiendo el Muro de la Invisibilidad”.



Estas acciones de contingentes, grupos y asociaciones también han despertado la inconformidad de otros de ultraderecha, principalmente religiosos.

“Es algo que nos ha impedido como movimiento crecer, también la falta de programas que sensibilicen a los padres de familia y a la sociedad en general. Esto de los derechos no se trata de ‘si te gusta o ¿qué piensas tú?’, se trata de un derecho humano que deben tener las personas”, declaró Carlos Llamas.

Con la llegada de esta lucha por los derechos, la población coahuilense entró en la fase de un aturdimiento, en el cual se enteraban completamente acerca de la implementación de leyes o derechos para la comunidad de la diversidad sexual, sin embargo, señala, faltó un paso muy importante: la sensibilización.

“Realmente la sociedad está confundida y eso es normal. Es comprensible hasta cierto punto que la sociedad rechace a la diversidad sexual o nos rechace porque no entienden el tema. Es ahí donde el presupuesto público debe ser destinado a la sensibilización de la sociedad”, comentó Llamas.

Explica que con la falta de entendimiento se crea un hueco en la atención de familias de personas pertenecientes a las disidencias sexuales. “Detrás de cada individuo gay, lesbiana o trans, hay una familia, hay esposas, hay más personas que no sólo deben ser atendidas en el ámbito legal, sino también desde el área de la salud”, señala.

Llamas aseguró que son muy pocos quienes deciden dar a conocer sin miedo sus preferencias. En la mayoría de los casos, estima, son descubiertos u obligados a salir del clóset.

“Cuando tú te vayas a sentar a decirle a tus papás qué onda con tu sexualidad, debes estar bien documentado, que tengas mucha información en tus manos para que tú puedas educar a tus padres. Va desde el hecho de quitarles estigmas y de darles información para que ellos no tengan miedo”.



Llamas destaca que aún en el año 2000, en Saltillo se luchaba contra los prejuicios de que todos los homosexuales se morían de sida, pero con los años y el acceso a información el estigma se ha ido desdibujando.

Otro asunto es la violencia con la que las personas homosexuales tienen que lidiar y que se ha incrementado en lo virtual, a través de las redes sociales.

“A Saltillo lo he visto como una sociedad de doble moral. Se asusta. Hace las cosas debajo de la mesa pero acá se asusta. Por ejemplo, dicen ‘ay sí, la igualdad, pero si se besan dos chicos, ahí me asusto’, ‘es mi amigo gay y lo acepto, pero quiere adoptar y ¡ay, no, no adopten los gay!’”, comentó Llamas.

Con esto, la población de la diversidad sexual no puede concretar o formalizar una idea respecto a la sociedad en general. “Nos ha llevado a tener este tipo de sociedad donde no hemos podido concretar si sí o si no, si nos van a aceptar o nos van a rechazar”, finalizó.




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