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hace 1 semana
[Relatos Paralelos]

… Honestidad deslavada

El miedo y la desconfianza ya no andan en burro... están también en internet… y la ansiedad me mataba.

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… Honestidad  deslavada
Por : Nadia García / Segunda parte

...el miedo y la desconfianza ya no andan en burro... están también en internet… y la ansiedad me mataba.

Llegué puntual a las 9 de la mañana, nerviosa por conocer a aquella compradora por Facebook, intranquila por entregar la lavadora recién vendida y preocupada porque lo menos que quería aquella mañana eran sorpresas.

Entré a mi departamento, que ya no habito; se sentía frío, con olor a soledad, ya no queda nada con lo que pueda entretenerme mientras espero.

Tan sólo un comedor imitación piel que parece una naranja en gajos, un cuadro iluminado de la Última Cena, un dispensador de agua color chedrón muy rústico, perfecto e ideal para agua fresca, una base de madera y sobre ella un colchón matrimonial, un refri que todavía hace hielitos, la estufa y dos sillones algo rotos me hacen compañía.

Camino entre habitaciones semivacías pensando cómo hacer para poderlo rentar pronto, en calidad de urgente, tal cual mi enorme lista de adeudos.

Han pasado 15 minutos y la impaciencia entró y se sentó al lado mío; las suposiciones comenzaron a hacer erupción de mi “magmocerebro”.

¿Realmente existirá Yuliana Peña?, ¿y si le mando un mensaje para confirmar?, Estoy sola aquí, si fuera víctima de un ataque o secuestro ¿qué haría?, no habría nada con qué defenderme, ni siquiera con las uñas porque había tomado una pésima decisión, las corté un día antes.

¡Chingado! –pensé– y exploré en mi bolso. Un encendedor, la cartera y en ella un montón de tickets; las llaves, un lápiz labial, ni todo eso junto me serviría de algo… se me prendió el foco y recordé aquellas películas de Steven Segal, imitaba en mi cabeza esos movimientos fatales de “Nico”, ¡A huevo! podría defenderme al estilo oriental con un golpe letal.

Mi cabeza empoderada, gracias al bombardeo feminista que llega a diario me decía: “soy muy mujer y nada podría detenerme”; todo se esfumó con el timbre del móvil.

Un mensaje de Juliana en la pantalla, “ya llegué”, de inmediato brinqué del sillón, salí y, efectivamente, frente al depa una camioneta blanca tripulada por dos chicas.

La energía de una de ellas se desbordaba como sus grandes curvas. No paraba de hablar, me impresionó y de inmediato supe que era ella, mi Juliana. “Una mujer más que habla hasta por los codos como yo”, estaba feliz, estrechamos las manos, un “muack” en la mejilla y dijo, “es una amiga –señalando a quien conducía–, no había podido venir porque no tenía en qué, pero ya conseguí esta camioneta”, vociferaba sin parar mientras entrábamos hasta donde se hallaba su ahora lavadora.

Era el momento de presentarlas; cuando la vio sonrío, “nombre, ahorita entre las tres la cargamos”. “Oilaaaaaa, dijo mi cerebro en tono burlón”; ahí inició otro bombardeo del empoderamiento, “le tuve que decir a mi amiga porque el marido que tengo nomás no; la camioneta me la prestó mi cuñado, pero le valió madre, no se ofreció, sólo dijo ‘pues ahí esta la camioneta, tú sabes’”.

Y empezamos las tres mosqueteras a menear el bote y el de la lavadora también, poco a poco la desplazamos de la cocina hasta la entrada.

Juliana paró la marcha para abrir las redilas de la camioneta y de repente su amiga, de la cual aún desconocía el nombre, se convertiría en mi siguiente cliente. “¿Estás vendiendo todo?”; “sí, el comedor, el cuadro y hasta el colchón”, respondí y la miré con mis ojos verdes, del mismo color de los billetes de Sor Juana.

“Tengo un hijo muy gordito que ya tiene sumido el colchón, ¿cuánto quieres?”. “Dame 500 y llévatelo”, dije sonriente deseando en el interior de mi corazón que dijera “¡acepto!”. Salió de la habitación y pensó por unos minutos –me imagino que estaba haciendo cuentas de lo que traía en la cartera–. “El comedor se ve muy bueno, ¿por este cuánto?”

Aquello, sin duda, era lo más cercano a sentirme en Wall Street, abriendo y cerrando negocios, en las Grandes Ligas… “Mil pesos”, oferté. “Me gusta, mañana vengo por todo, pero ¡ya no lo ofrezcas!

“No se preocupe, aquí se lo guardo”. De nueva cuenta tenía un trato, una venta más.

A lo lejos se escucha a Juliana, “vámonos porque entro a las 11 a trabajar; por cierto soy podóloga, cuando se te ofrezca me mandas mensaje”.

Esto se estaba convirtiendo en una fiesta de bienes y servicios, un trueque digno de la época prehispánica.

Su amiga y yo salimos moviendo los brazos con el afán de preparar el músculo y cargar la lavadora, ¡oh sorpresa!, ya estaba arriba de la camioneta; dos vecinos sexagenarios se “apiadaron” y dudaron de la fuerza de tres indefensas féminas que no parábamos de hablar.

Un par de horas después de su partida recibí el mensaje de la amiga: “soy la señora del colchón, me pregunta mi madre qué precio tiene la base. Que no la ofrezcas, el domingo voy a las 10, gracias”.

Mi corazón, que había ascendido en minutos de un simple vendedor a un ejecutivo chingón, se emocionó. “Mil 900 por todo, ¿cómo ves?”; después de unos minutos llegó la confirmación con un “sí” por respuesta.

Ya no había nervio ni ansiedad, esperé emocionada a mi cliente, por fin me sentía liberada de esa carga. La amiga, la cual seguía sin saber su nombre, llegó en su deslumbrante camioneta familiar y pensé que ni de chiste se llevaría las cosas ahí; bajó y dijo: “ahí viene mi chalán ja ja ja”, a lo lejos se vio la misma camioneta de batalla, su cuñado al volante y su hermana.

En cuestión de minutos, como si fueran piezas de Tetris, acomodó todo, la base de madera, el colchón, el comedor y hasta una lámpara por la cual nos arreglamos de último momento por 200 pesos, las cereza en el pastel de las ventas por internet, que dicho sea de paso, mis ojos y mis manos apreciaban por primera vez los nuevos billetes de 500.

Cerré la puerta del departamento deseando que así de rápido pudiera rentarse y me marché con dinero en la cartera y la certeza –ahora sí– que mi alma analógica y su cerrazón por las ventas en línea debería de
cambiar.

“Con dinero baila el perro”... y mis cachivaches ya bailaron con un simple y desconfiado click de computadora.


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