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La batalla en el desierto: Sobrevivir de candelilla

En el ejido Nuevo Yucatán no crece ni maíz ni frijol, pero abunda la candelilla

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La batalla en el desierto: Sobrevivir de candelilla
Fotos: Zócalo | Josué Cepeda
Por Ernesto Acosta Sosa

Saltillo, Coah.-
Clemente trae la cera de candelilla corriendo por sus venas. Y cómo no. Su abuelo fue candelillero al igual que su padre. Su bisabuelo debió serlo, sin duda alguna. En esas tierras donde el calor es feroz y la falta de agua reseca la piel, los labios, la boca y agrieta la tierra, donde los arroyos están secos, no puede haber nada más para sobrevivir.

Maíz y frijol no “prenden” en los campos desolados del semidesierto coahuilense. Pero la naturaleza es misericordiosa y les regaló un tesoro escondido bajo la tierra y que brota en forma de planta. Una planta noble, tan noble que cuanto más fuerte es la sequía, más bondadosa se muestra con los campesinos para que obtengan más producto. Dios aprieta, pero no ahorca.

Apenas a los 7 años de vida, el destino retó el valor y fortaleza de Clemente Vega Delgado. Lo puso a prueba para sobrevivir en esas tierras agrestes, rudas y ásperas del ejido Nuevo Yucatán, en Ramos Arizpe. A esa edad quedó huérfano de padre y se vio obligado a convertirse en un pequeño candelillero para ayudar al sostenimiento de su madre y una hermana de 10 años. Sólo terminó la primaria. No hubo otro camino más que enfilar rumbo al campo abierto.

“Tengo 28 años cortando candelilla, tenía 7 años cuando empecé a cortar y aquí me ve… un tío que se llama Joaquín, él me la quemaba porque yo estaba chiquito. Nomás agarré el ritmo y yo solo (empecé)”.

Casado con Luz Elena y padre de Karina Guadalupe, de 6 años, seguirá su camino de candelillero hasta morir.

“Quiero trabajar para que ella salga adelante, aunque sea en la candelilla, porque el Presidente, el gobernador dicen que los niños estudien, pero ¿si no nos compran la candelilla?”.

Karina Guadalupe también realiza un gran sacrificio para estudiar. A las 6 de la mañana, junto con otras niñas y niños aborda una camioneta para acudir a la escuela en el ejido Estación Marte, ubicado a poco más de 33 kilómetros de camino de terracería en territorio de General Cepeda. El mal estado del camino alarga la distancia. Regresa a casa poco después de las 3 de la tarde.


Clemente quiere morir en esas tierras áridas, estériles, haciendo lo que le gusta. No tiene ningún deseo en abandonar la soledad y la tranquilidad que sólo encuentra en las veredas que se pierden entre el monte, entre los cerros. Ahí se encuentra seguro, sin temor a nada y a nadie.

“¿Pa’ dónde va uno? Me gusta mejor aquí que en el pueblo, andar aquí al aire libre. Aquí nadie le grita, pa’l lado que salga es bienvenido. No hay nada de que me vayan a asaltar por aquí… hay pura maldad en el pueblo, le falta trabajo a la gente de la ciudad, nomás échemelos unos dos días, verá que no aguantan y se van. Los maestros no aguantan aquí porque no hay luz, quieren comodidad”.

No camina en completa soledad. Lo acompaña “Ratón”, su burro de carga, quien lo sigue con paso lento, cansado, la mirada clavada en el suelo, quizá porque tiene largos años subiendo y bajando caminos, siempre cargado de tercios de candelilla sobre su espalda y lomo. Es silencioso, como todo el paisaje. A lo mejor sabe que pronto morirá, pues las largas jornadas de trabajo han minado sus fuerzas. Si trabajara menos y hubiera tenido una alimentación adecuada, a lo mejor viviría unos años más, 5 ó 10, pero no, morirá antes de tiempo. 20 años con duras faenas han minado sus fuerzas.



Un trabajo muy sacrificado

Clemente, acompañado de “Ratón”, sale muy temprano rumbo al campo y caminan hasta 8 kilómetros para encontrar la planta y juntar siete tercios, que podrían pesar 15 ó 20 kilogramos cada uno. Los 7 tercios representarían 6 kilos de cera, y a caminar de regreso, ya a media tarde.

Cada kilo de cera se los compra directamente la empresa Ixcan a 80 pesos, lo que puede considerarse una pequeña fortuna porque tres o cuatro años atrás empresarios “coyoteros” sólo ofrecían 38 ó 40 pesos. O menos, según los apuros del vendedor y el hambre de la familia. Esos precios los mantuvieron y manejaron a su antojo unas cuantas empresas amafiadas por casi 10 años, ante la falta de competencia. Ahora, las cosas empiezan a mejorar.

Más atrás, dice mientras descansa un poco de la faena, eran explotados por esos caciques, que incluso llegaron a ofrecer menos de 10 pesos por el kilogramo de cera.

Si por un viaje obtiene 6 kilos y 480 pesos, eso es un trabajo de dos días, por lo menos, porque luego hay que realizar el proceso de quema para obtener el cerote o cera. Además, es una labor muy dura, muy desgastante, que deja adoloridos los brazos, las manos, la espalda, tanto así que deben descansar a fuerzas, al día siguiente para reponer energía.

A ese ingreso, hay que restarle la compra de agua en el ejido Estación Marte, agua que utilizan para la quema. Y la gasolina no es gratis. En Nuevo Yucatán no hay pozo de agua ni arroyos. En ocasiones, si tienen suerte, aprovechan el agua de los charcos, pero ahora no ha llovido.



Aunque su vida es la candelilla, desconoce todo el potencial de provecho que tiene. Sólo sabe que la usan para elaborar chicles, cosméticos, veladoras “y para los barcos”.

“Nosotros hacemos el trabajo, digo que sí nos explotan, nosotros somos los que trabajamos más y ellos nomás sentados… son muy caciques, hay compradores que pagan a 50 pesos para ellos vender a 80. No es justo, no tenemos Seguro. Nomás vienen, dicen que van a ayudar, pero no traen nada… Sabe qué día me picó un alacrán aquí (en el brazo izquierdo) y pos qué hago, nomás le aplané y ya, haz de cuenta que le pegan una brasa”.

“Es peligroso, y luego sin Seguro”, dice, al señalar que a otros compañeros les han picado víboras, pero insiste en que no dejará el campo. “Pa’ la ciudad no me voy, prefiero morir aquí”.

Igual que 100 años atrás…

Luego de la extenuante jornada para recolectar la planta en el monte y en los cerros, bajo un sol calcinante, que casi ciega la vista con su resplandor, los campesinos dedican otro día a la quema en las pailas. Una paila es una estructura de acero que mide casi 2 metros de largo, por un metro de ancho y 50 centímetros de fondo, en la que vierten 600 litros de agua, en dos tandas, que ponen a hervir con una mezcla de ácido sulfúrico.



Bajo la paila se encuentra un pozo de 1.50 metros de alto, aproximadamente, con las paredes recubiertas de piedra para mantener el calor constante y aprovechar el fuego al máximo. A ese pozo o cueva, con un trinchador o bieldo le arrojan la planta seca de la candelilla, a la que ya le extrajeron la cera, y le prenden fuego. Es el combustible para la quema, que dura 1 hora 40 minutos, aproximadamente, y que debe ser alimentado constantemente, con lo que el campesino se expone al fuerte calor y al humo de manera continua.

Para aprisionar la planta en la paila, en la que colocan 6 tercios, y someterla al agua hirviente y al ácido, utilizan unas parrillas que colocan en la parte superior y con un “cran” o llave apisonan la parrilla y esta sumerge la planta, que empieza a “soltar” el cerote.

Después, con un “espumador”, una especie de cucharón grande, sacan la cera de la paila y la colocan en unos recipientes, donde se enfría. En la parte superior queda la cera virgen o limpia, y en el fondo la que tiene impurezas, como arena y ceniza. Esta última es sometida a otro proceso de quema en unos toneles. La cera está lista para venderla.

Este proceso es prácticamente el mismo que se ha utilizado desde principios de 1900, pues al parecer ni los investigadores ni los expertos han encontrado otro mecanismo que resulte igual de eficiente y económico. O no hay interés en modernizar el sistema.

El costo del agua es muy alto. Acarrear 15 tanques desde Estación Marte cuesta mil 500 pesos, de manera que el margen de ganancia se reduce.



Llegada de IXCAN

Francisco Javier Delgado Flores, candelillero, asegura que con la llegada de Ixcan mejoró de manera significativa el precio de la candelilla, pues en menos de cuatro años se duplicó en beneficio de los campesinos que vivían oprimidos por los intermediarios y las empresas que acaparaban el producto.

“Nos estaban pagando a 38 pesos el kilo, llegaron ellos y nos la empezaron a pagar a 42, 43 y así se fueron, hasta llegar ahorita a 80 pesos el kilogramo. Los demás compradores, al ver que iban perdiendo cera, fueron incrementando el precio, pero si no hubiera llegado Ixcan, ahorita estuviéramos igual de fregados”.

Aun así, hay empresas que siguen pagando a 40 o 50 pesos el kilogramo “y pues la gente con necesidad tiene que entregarla, tienen que venderla a ese precio, tienen que comer”.

Además, toman represalias contra los campesinos que ya no quieren malbaratar su trabajo y sacrificio diario. Por ejemplo, hay compradores que les prestan las pailas, carretillas y otros implementos, a cambio de comprar a bajo costo, y al no aceptar la imposición del precio se los quitan.

“Como quien dice, estamos amenazados, o sea, si no es a ellos, ‘te quito mi herramienta’. No les entregaba uno y se venían por los equipos”.

En Ixcan ven una esperanza para mejorar sus ingresos y condiciones de vida, luego de estar en las manos de coyotes y empresas explotadoras de las comunidades candelilleras del semidesierto coahuilense.

“Ixcan nos trajo techos que anduvo repartiendo, nos trae pailas, parrillas, ácido, pero hay muchas necesidades que desgraciadamente ellos no nos pueden solucionar, porque necesitan apoyo del Gobierno, que los apoyen a ellos para que nos apoyen a nosotros como productores para que nos vaya bien, porque es una cadenita: a ellos les va bien, a nosotros nos va bien, pero si no los apoyan para transportar su cera, que nosotros les vendemos, este movimiento se va a parar”.

Pide al Gobierno “ponerse las pilas”, voltear los ojos a las familias candelilleras y facilitar los trámites para que las empresas compren la cera, porque estas pueden sostenerse algunos meses sin comprar, pero el campesino no puede pasar días sin vender el producto. “Y nosotros nos vamos a amolar”.



La explotación de la candelilla es la única manera de subsistir en ejidos como Nuevo Yucatán y a eso se dedicarán hasta que mueran, asegura. Por las condiciones del clima y la tierra no es posible dedicarse a cultivos como maíz o frijol.

“Desgraciadamente no, porque no llueve. Mire a qué temporada estamos y no ha caído una gota de agua aquí. El campo se ve triste, ai andan las nubes, pero pos no llueve”. Las lluvias son escasas: si no llueve y siembran no habrá cosecha por falta de precipitaciones pluviales para desarrollar las semillas.

“Aquí el trabajo es la cera de candelilla. Se acaba la cera y se acabó todo ingreso para los ejidos. En toda esta región no tenemos agua y el trabajo 100% es la candelilla. Aquí chavitos de 12, 13 años que quieren ayudar a su papá, porque ven que está fregado el asunto, se van y hacen un terciecito o dos de candelilla y lo alivianan”.

Delgado Flores coincide en señalar que lo más grave es la falta de agua, necesaria para cocer y hervir la planta.

“A una paila se le ponen tres tambos de agua para empezar a producir, y ya que empieza a cocer necesita nomás un tambo por cada pailada para ir cociendo lo que sigue”.



Otro problema es conseguir las guías forestales y permisos de Semarnat para que puedan aprovechar la planta, de lo contrario, los campesinos no pueden arrancar la candelilla y la empresa Ixcan tampoco puede comprar el producto, pues hace falta la “factura”.

100 pesos por kilo

José Manuel Sifuentes, gerente de Ixcan (Ixtle y Candelilla), propiedad de la Unión Estatal de Ejidos Productores de Ixtle y Candelilla, explica que a iniciativa de los campesinos conformaron la empresa con el propósito de beneficiar a los candelilleros ofreciéndoles un mayor precio por la cera, lo que lograron, pero la meta es ir más allá y alcanzar los 100 pesos por kilogramo.

“Ellos estaban pagando entre 38 y 40 pesos. Nosotros entramos pagando 42, 45 pesos, seguimos compitiendo en el precio hasta que pagamos 50, 60, 70, 80 y hasta 82 pesos hemos logrado pagar”.

“En el 2000 se pagaba un dólar, en promedio, por kilo de candelilla a los productores, y ahorita hemos logrado alcanzar hasta 4 dólares por cerote. Lo que ellos extraen se llama cerote… nos lo venden a nosotros, nosotros entramos en un proceso de refinación, que es estandarizar la cera en un solo tipo de presentación y empezamos a vender… y sigue siendo materia prima para quienes les vendemos, porque la meten a otro proceso de blanqueo, de escama y alcanza mayor precio”.



La empresa la fundaron en julio de 2012 y las operaciones iniciaron en diciembre de 2014. "Y no hemos parado, aunque sea en cantidades mínimas hemos estado comprando cera", refiere.

Las instalaciones de Ixcan, ubicadas en la colonia Universidad, cuentan con maquinaria para realizar el proceso de blanqueo y de escama, pero se requiere inversión para modernizarla, pues tiene alrededor de 40 años de antigüedad.

“Se necesita reponer equipos, rehabilitar maquinaria. Ese debe ser el camino porque los productores están exactamente igual que hace 20 o 30 años, vendiendo en la misma condición, y la manera en que puedes mejorar el precio a los productores, es que puedas vender el producto a mejor precio, sobre todo en el
extranjero”.

La maquinaria pertenecía a Ceras Naturales Mexicanas (Cenamex), empresa conformada con capital mexicano y sus accionistas eran los candelilleros. Cenamex quebró y los activos quedaron en manos de los propios campesinos, que se reagruparon en Ixcan y buscan darle nueva vida a la actividad.



Al iniciar el sexenio 1988-1994, la cera refinada era comercializada por el Banco Nacional de Crédito Rural, a través del Fideicomiso para la Explotación de la Hierba de Candelilla. El 18 de junio de 1992, el Poder Ejecutivo de la Nación determinó extinguir el Fidehcan y transfirió sus funciones a Cenamex.

Candelilleros de Ocampo, Sierra Mojada, Cuatro Ciénegas, Parras de la Fuente, San Pedro de las Colonias, General Cepeda, Saltillo, Ramos A-rizpe y Viesca, incluso de Zacatecas, son y han sido clientes de Ixcan, integrada por 42 ejidos y 300 candelilleros, aproximadamente.

“Coahuila debe ser el estado con mayor producción, con mayor densidad de planta y potencial de explotación (en el país), muchos ejidos se dedican exclusivamente a la explotación de la cera de candelilla”.

Las compras en grandes volúmenes las concretaron en 2015, con 127 toneladas; en 2016 hicieron tratos por 350 toneladas y el año pasado fueron 189 toneladas, una gran disminución por trámites burocráticos de orden federal.

El problema actual es el desplazamiento de la cera con la guía forestal, esa guía se tiene que autorizar bajo un estudio de aprovechamiento forestal y al determinarse la cantidad de explotación, los ejidatarios pueden arrancar la yerba y quemarla para venderla.



Para explotar la planta, cada ejido debe tramitar un estudio de aprovechamiento forestal, en este caso no maderable, en que intervienen Conafor y Semarnat para enviar a un técnico especialista, cuyos honorarios se pagan a costa de las dependencias. “Pero hay técnicos bien mañosos que embaucan a los comisariados, les arrebatan las guías y lana”.

A cambio de las guías, que deben ser gratis, les exigen miles de pesos para entregárselas, no obstante que el Gobierno les paga el estudio. Hay nombres de los técnicos “mañosos” pero se los reservan.

El estudio lo valoran las dependencias, además de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad e instancias estatales en materia ambiental. Si lo aprueban se expide la bitácora con la superficie y toneladas de aprovechamiento, se autoriza el permiso y se imprimen las guías a entregar a cada ejido que participará en el proyecto.

Durante el proceso surgen dificultades que afectan a los campesinos y a los compradores. “Pienso que hay una especie de componendas. No estamos hablando de funcionarios de primer nivel, estamos hablando de gente que tiene mucho tiempo en diversas secretarías y se enteran con tiempo de cuáles son los ejidos a los que se están haciendo estudios y que van a salir guías, entonces empieza el manoteo por las guías”.

Alemania, Estados Unidos, Japón, Holanda y Corea del Sur son algunos países que demandan la candelilla. En meses pasados, empresarios japoneses y holandeses entraron en contacto con Ixcan con intención de comprarles directamente la cera.

“Pero la quieren bajo condiciones de que se pueda firmar un contrato en el cual pudiéramos estarles abasteciendo determinadas cantidades anualmente. Y si no tienes siquiera la seguridad de la documentación, de las guías para movilizar la cera de los ejidos hacia el pueblo y del pueblo hacia dónde se pueda exportar, pues estamos en un cuello de botella.

“Nosotros queremos afianzar la organización, que tenga soporte financiero y pueda garantizar a los campesinos la compra de su producto, porque mientras no alcancemos a comprarles su producción, ellos no van a tener para comer, y de ahí para adelante, darle mejor tratamiento para conseguir valor agregado en la propia cera y que reditúe en beneficio para los propios productores.

“No debe ser que el ganador se las lleve todas. Esto es una cadenita en la que todos debemos ganar, en la que socialmente tenemos que estar comprometidos”, reflexiona.

“El primer punto para entrarle a la exportación es crear un centro de acopio para transformación y comercialización, ya lo tenemos, el siguiente paso va a ser la exportación”.



Por ahora, Ixcan compra la cera a los campesinos, la somete a un proceso de refinamiento a base de calor para eliminar impurezas, humedad y darle color uniforme, en pailas con capacidad para seis toneladas; la vacían en la pila de enfriamiento, la muelen en un molino y luego la depositan en costales de 25 kilogramos. Proceso terminado.

La empresa cuenta con las áreas de blanqueamiento para aclarar el producto y de escamado para triturarlo como si fuera cereal, lo que le daría un valor agregado y mejor precio, pero no funcionan por lo viejo. Necesitan rehabilitar las instalaciones o cambiarlas por equipo moderno, pero falta recurso.

Campesinos exportadores

Ramón Verduzco González, dirigente estatal de la Confederación Nacional Campesina, recuerda que Carlos Salinas de Gortari, como Presidente de la República, publicó un decreto en el que establecía que la explotación de la yerba de candelilla sería exclusiva del campesino y la comercialización quedaba abierta para todo inversionista. “O sea que la chinga pa’ la raza y ganaban los particulares”.

Estados Unidos tiene grandes reservas de candelilla en Nuevo México y Texas, en el Parque Nacional Big Bend y en las colindancias con el Rro Bravo.

“Pero los gringos, como saben que es una planta de mucho futuro, ellos la tienen como reserva, igual que los hidrocarburos, ellos no explotan sus pozos petroleros, explotan los de otro país, menos los de ellos, porque a futuro la situación energética es lo que dará poder a los países, económico y bélico”.



El 80% de la cera de México la compra EU y de allá la mandan a países europeos y asiáticos.

“Ahora, con el gobernador (Miguel Ángel Riquelme Solís) estamos buscando que la comercialización de este producto la hagan las empresas campesinas. Los campesinos también tienen derecho a ser empresarios, no peones de las empresas, hay que verlos como empresarios, no como asalariados del campo”.

Los ejidatarios, enfatiza, no son ciudadanos de segunda o tercera, son de primera, pues su voto vale lo mismo que el del Presidente de la República.

“Entonces ¿por qué tratar a la gente con ese desprecio?”.

El dirigente cenecista refiere que buscan apoyar a los campesinos para que comercialicen directamente la candelilla, que realicen los trámites ante la Secretaría de Relaciones Exteriores para la obtención de permisos, como ya lo están haciendo, y que firmen los contratos directamente con los clientes y empresas del extranjero.

“¿Por qué los particulares sí comercializan y no tienen ningún problema? ¿Qué? ¿Son de otro nivel social o económico? Son igual. Ellos (los candelilleros) tienen más derecho porque son los dueños del terreno, de la planta que nace en el terreno y del trabajo que hacen para la explotación de la yerba”.

Subraya que las comunidades rurales requieren programas de apoyo del Gobierno, en este caso para explotar la candelilla, porque las familias no desean salir de ahí.

“Es su hábitat, los sacan de ahí, se descomponen y se acaban las comunidades, pero hay que darles apoyo”.

Por ejemplo, están en trámites para que una financiera aporte recursos a Ixcan, con tasa de interés 6.5% anual, y que la empresa cuente con fondos para comprar el producto a los campesinos, con el objetivo de que se capitalicen y se mantenga la actividad.

“Pero la empresa ya es de ellos, ya no hay coyotes, ya no hay intermediarismo”.



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