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hace 2 semanas
[Relatos y Leyendas]

La cabaña

Pasamos la tarde explorando los alrededores, caminando en la montaña, tomando fotografías del paisaje con mi cámara digital

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La cabaña
Foto: Especial
Por: Dariela Salazar Vázquez

Era el clima perfecto para un fin de semana. David, mi ahora esposo -en aquel entonces aún éramos novios- y yo, decidimos pasarlo en unas cabañas en la Sierra de Arteaga, de las cuales omitiré el nombre para evitar crear mala publicidad; después de todo no a toda la gente le gustan las historias “de miedo”.

Invitamos a una pareja de amigos y alquilamos un par de cabañas a no más de treinta minutos de Saltillo.

Pasamos la tarde explorando los alrededores, caminando en la montaña, tomando fotografías del paisaje con mi cámara digital nueva, disfrutando de la tranquilidad del lugar… de hecho pudimos percatarnos de que ese fin de semana éramos los únicos huéspedes en ese complejo. El resto de las cabañas estaban vacías, y nuestra única compañía en el área era el cuidador de estas, quien nos recibió a nuestra llegada y nos ofreció leña en venta mientras se aseguraba de encender la planta de luz. Después se retiró indicando el camino a su puerta en caso de que necesitáramos algo.

Nosotros cuatro tuvimos una amena velada con carne asada, música y bebidas que se extendió hasta pasadas las dos de la madrugada. A la mañana siguiente nuestros amigos se despidieron temprano y nosotros decidimos quedarnos un par de horas más. David prendió el carbón y preparó lo que él llama un desayuno “americano” en el asador que no consiste en otra cosa que huevos revueltos con carne asada.

Casi eran las once de la mañana cuando terminamos, me pidió que preparara nuestra mochila en lo que él iba a entregar las llaves al cuidador y darle una propina por las atenciones. Yo entré en la cabaña e hice lo que me dijo. Tomé la mochila, la puse en la cama y me puse a meter nuestras pertenencias, así que a los pocos minutos cuando David regresó todo estaba listo para partir. En nuestro camino de regreso, yo aproveché para ver las fotos en mi cámara; cabe recalcar que esto sucedió hace años, en el 2009, cuando los celulares aún no reemplazaban casi por completo las cámaras convencionales. La mía era una cámara delgada rectangular y la lente se cubría con una tapa corrediza que necesitaba deslizarse manualmente en forma diagonal para poder ser activada. Doy estos detalles para que puedan imaginar mi sorpresa cuando al terminar de ver las fotografías llegué a dos grabaciones: la primera era un video muy corto de unos tres segundos y a continuación un segundo video de catorce segundos. En los dos aparecía yo, de espaldas, recogiendo nuestras cosas y poniéndolas en la mochila. En el video más extenso se me observa moviéndome de un lado a otro, e incluso en un momento aparezco de perfil, lo que me hizo pensar que era imposible no haber notado la presencia de quien estuviera haciendo la grabación.

– ¿Tu grabaste esto? - Le pregunté a David
– ¿Qué? – Él manejaba
– Este video, me grabaste cuando estaba recogiendo–
– ¿No, de qué hablas? Fui a entregar las llaves - Sentí escalofríos
– ¿No estés jugando, quién más podía ser? –
– Amor, en verdad, yo no lo grabé, no tarde más de 5 minutos y regresé–

Llamamos a nuestros amigos en ese momento, pensando que tal vez no se habían ido temprano como pensamos y pretendían jugarnos una broma, pero no habían sido ellos. ¡Se habían ido horas antes!

Quise pensar en algún ladrón, pero, habrían tomado la cámara y huido. Además, qué puede hacer un ladrón buscando oportunidades en medio de la nada.

Ese día más tarde, descargué el video en mi computadora. ¿Habría manera de que la tapa corrediza de alguna manera se hubiera abierto y activado la función de video? Era poco probable y después de verlo otro par de veces pudimos notar que la cámara estaba en movimiento así que descartamos esa posibilidad.

Alguien o “algo” con pulso entró en la cabaña, tomó la cámara de la mesa, la activó en modo video y grabó mis movimientos. Por catorce segundos. Después la apagó y la dejó en donde estaba. Todo eso sucedió sin yo notar ningún movimiento, sin escuchar ningún ruido, sin sentir la presencia de alguien observándome a escasos metros. Y sucedió sin que David viera a alguien entrar o salir, o se topasen fuera.

Dentro de nuestro desconcierto, al día siguiente decidí llamar a la administración sólo para confirmar si había más huéspedes en las cabañas vecinas (que solo eran otras dos).

Nadie más.

– ¿Pasó algo? – Pregunto el rentero
– De hecho…algo muy extraño – E intente explicar sobre los videos en mi cámara mientras podía imaginar lo que estaría pensando esta persona al otro lado del teléfono al escucharme
– Entiendo …- se quedó en silencio por un momento que me pareció demasiado largo- agradecería su discreción. Puedo asegurarle que ustedes y sus pertenencias están seguros, espero que no sea la última vez que nos visiten.
– ¿Pero, entonces sabe quién pudo pasar? Dice usted que no hubo más huéspedes… solo el cuidador
– Señorita…Elías, nuestro cuidador, tuvo un accidente ayer… alrededor de las 5 de la mañana fue atropellado varios kilómetros carretera arriba mientras…creemos que algún conductor ebrio…era su recorrido matutino…lo encontraron hasta las dos de la tarde cuando un ciclista llamó a la policía
– ¿Ayer? ¿Pero…como esta? Mi novio…Le dejamos a las 11 de la mañana y …- Sentí mi corazón dar un vuelco
Murió. Él no … él no pudo haber estado ahí. Disculpe.

Y colgó.

Pudimos ver poco del accidente en el noticiero local. Una nota corta. Hombre muere atropellado en Sierra de Arteaga, responsable se da a la fuga. De acuerdo con las autoridades, el hecho ocurrió en la madrugada del Domingo. La misma mañana que nosotros entregamos la cabaña a las once.

Aún vamos a la sierra con frecuencia y aunque sucedió hace nueve años, aún no hemos podido volver a esas cabañas. Seguirán siendo nuestras favoritas y en lo personal, las recomiendo cada vez que tengo la oportunidad.


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