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hace 1 mes
[Relatos y Leyendas]

La maldición de Saltillo

Julián Salazar, nacido en el vecino municipio de General Cepeda, llegó con sus padres a esta ciudad

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La maldición de Saltillo
Foto: Zócalo | Archivo
Por: Juan Carlos Rivera

NOTA: Los nombres y apellidos que a continuación se mencionan no corresponden a los originales de quienes protagonizaron esta historia, y fueron omitidos por quien narra los hechos.

Julián Salazar, nacido en el vecino municipio de General Cepeda, llegó con sus padres a esta ciudad apenas recién nacido y permaneció aquí hasta el día desde su muerte, tiempo que lo convirtió en ciudadano sarapero por adopción. Niño que no conoció la infancia como tal, nació casi casi para solo trabajar, pues apenas comenzaba a caminar ya era armado con herramientas del campo.

Comenzó desde abajo, desde ahí, desde ese lugar muy alejado de la alta sociedad, siendo adolescente aún, vio pasar un día ataviada de prendas visiblemente costosas y joyas a una mujer de cabello dorado y ojos color mar que despertaron en aquel muchacho sentimientos que jamás sintió por nadie más. Obsesionado con ella, Rosalía Fernández quien vio también con simpatía al humilde muchacho al que cada y cuando se las ingeniaba para intercambiar cartas donde se declaraban su amor y , al ser la brecha social muy grande, quien protagoniza esta historia hizo cuanto pudo para ser “digno” de desposar algún día a su “Güerita”.

Con el áspero trato de su padre, trabajando bajo el sol del semi-desierto, ese que tuesta la piel, falto de modales pero sagaz en su andar logró convertirse en un hombre adinerado, algunas personas cuestionaron siempre su progreso, se llegó a decir que por ser hijo de “la doña” su madre (Raquel Rosales de quien se decía fue ferviente adoradora del demonio) Julián habría pactado con satanás para obtener riquezas y posición social.

-Esos tratos no son de a gratis-, comentó la Señora Socorro, quien relató esta historia a un servidor.

-Si te da, pero también te quita y te chicotea donde más te duele, por eso el diablo es el diablo, se lo digo pa' que no vaya a andar de “antíporo” con el demonio- agregó mientras formaba una cruz con los dedos sobre su pecho.

Cuando Julián pensó que ya era digno de Rosalía y de ser aceptado por la familia Fernández, decidió presentarse en casa de su amada, pidió a su madre que vistiera con sus mejores ropas y el hizo lo propio.

-Las garras que se pusieron si eran vistosas pero no dejaba de notárseles el nopal con to' y tunas, po's a poco no va a saber una que los vio llegar encuerados, como dijo mi amá: el palo de pirul morado ni aunque lo pinten de dorado- mencionó entre risas burlonas Doña Socorro.

Julián y su madre arribaron al domicilio de Rosalía

-Está usted loco muchacho, no sé de qué fregaos me habla, vaya a tantear a quien se deje aquí no vive ninguna Rosalía. Tengo 4 hijos, todos varones-, aseguró don Roberto, el dueño de la casa donde se suponía encontraría a Rosalía.

-Mire señor, vayamos hablando claro, o me deja pasar o paso por encima de usted-, furioso exclamó Julián.

-Diantre de pelao baboso, ande y vaya mucho a la chingada. Por menos que eso le he partido la madre a más de tres, así es que píntese antes que termine de colmarme el plato!- Le dijo don Roberto a Julián.

Ciego de coraje sacó de la funda de su cinto un cuchillo de madera tostada que siempre portaba y sin reparar en prudencia la hundió entre el cuello y la boca del señor, dejando el cuerpo inerte en un charco de sangre.

A salto de mata y más esquizofrénico cada vez anduvo por el monte perdido y dicen los pocos que llegaron a saber de él que lloraba como un niño desconsolado y golpeaba con manos pies y cabeza los árboles y las piedras hasta perder el conocimiento muchas veces.

Gloria Pruneda, viuda de don Roberto mucho más joven que el difunto, al saber de lo sucedido desapareció sin que nadie volviera a saber de ella.

-Aquí la gente es muy metiche y chismosa mi amigo, po's no me va a creer que se anduvo dando cariño y vaya usté a saber qué otras cosas con el Julián ese, era secreto a voces. Si, con el nombre de Rosalía-, me dijo con voz quedita doña Socorro

Julián, sin más deseos que solo morir, lleno tristeza y vacío de razón tomó de un apestoso costal el cuchillo con cachas de madera tostada que lo acompañó toda su vida y colocando su filosa punta a la altura del corazón enjundioso de coraje presionó hacia si hasta perder la luz de sus ojos mientras pronunciaba balbuceando –Perdóname madre.

Días después en algún lugar del centro de esta ciudad, habiendo enterrado una cruz invertida y en macabro ritual, doña Raquel, madre de Julián desencadenó según los testigos, la maldición que ha cubierto nuestro hermoso Saltillo. Al grito de: ¡Maldita tú y maldita tu descendencia Rosalía Fernández o Gloria o como sea que te llames! ¡Que no tenga descanso tu alma y mueran igual tus hijos y los hijos de tus hijos! Sellando tristemente el destino de hombres y mujeres por generaciones.

-Encuentren la cruz, me dijo doña Socorro, desentiérrenla y liberen a mi pueblo de esta maldición por favor, finalizó llorando y abrazándome angustiada

Quise insistir en saber los apellidos que llevan la maldición pero no pude encontrar de nuevo a… “Doña Socorro”.


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