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[Arte]

La poesía como máscara

El escritor veracruzano habló con zócalo sobre el libro que le valió el Premio de Poesía Manuel Acuña

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La poesía como máscara
Saltillo, Coahuila.- “El hombre es un lobo y su colmillo más punzante es el lenguaje”, así inicia uno de los poemas que conforman el libro Algunas Personas no son Caballos, del poeta Alejandro Albarrán Polanco, ganador de la sexta edición del Premio Internacional de Poesía Manuel Acuña, otorgado por el Gobierno de Coahuila.

Condecorado la noche del lunes con la presea que ofrece el certamen, el poemario de Albarrán fue elegido por el jurado en un voto unánime, en el cual se celebró su experimentación con la tradición poética, pero también el juego sonoro y lúdico de la obra.

“Me he dado cuenta de que el lenguaje es el límite de nuestro mundo, como decía Wittgenstein, pero también es un límite en sí mismo, porque cuando conoces las palabras encierran un significado que a la vez encierra otros significados dentro de ellas, pero en la que el verdadero conocimiento de qué es, nadie lo sabe. Cuando me di cuenta de que construimos nuestra realidad a partir de un lenguaje multidimensional, es que me puse a pensar en qué tanto el lenguaje mismo define nuestra realidad y qué tanto la delimitamos nosotros a partir de esta herramienta.

“Creo que de ahí viene mi poesía: de la inquietud y el desconocimiento. Es por eso que tomo palabras y la muevo, juego con ella, con su sonido, con como se ve”, comentó el poeta en entrevista con Zócalo.

Para el autor de Ruido, estos experimentos finalizan en un juego verbal con el que logra conocerse a sí mismo, es una suerte de tirado de dados pero con palabras que se apilan como una casa que se construye y en la que el autor se resguarda para reflexionar sobre su ser y, a la vez, sobre el mundo alrededor suyo.

Albarrán también explicó que este acto lúdico de juntar palabras, moverlas, dejarse llevar por ellas, termina siempre en el mismo producto: el nacimiento de nuevas preguntas que se suman a las que ya tenía, aquellas de las que buscaba respuestas, pero que nunca encontró. “Este desconocimiento de qué es lo que va a pasar, es lo que me mueve”, dijo.

Esta sorpresa que el mundo le provoca a Albarrán es la que da paso a una poesía sonora y rítmica, cuya cadencia verbal recae en las construcciones de sonidos que se repiten y regresan al mismo punto del que partieron. Dando paso a una casa construida con paja que se desploma en palabras trastocadas y efectos sonoros.

“La poesía es una casa y un amigo. En primer lugar, los libros me han acogido y no me he sentido mal con ellos, sino que me he sentido mejor que en el mundo exterior. Estos libros han sido también un refugio en el que puedo dialogar, preguntarme, perderme, tener ideas erradas y confrontarlas. En ese sentido es una casa, metafóricamente y literalmente hablado”, señaló el autor.

Amistad literaria

Además de esta experimentación formal, el jurado destacó que el libro de Albarrán “desmonta la tradición poética referencial, corrompiendo desde el centro, la pretensión de un conocimiento certero de la realidad a través del lenguaje (...) se toma el riesgo de desmontar dicha tradición para revolverla y establecer diálogos sorpresivos con Wittgenstein, San Juan de la Cruz, Mallarmé, Rilke, Handke, Juan Luis Martínez, etcétera”. Este es uno de los pilares del libro de Albarrán: la plática de tú a tú con los autores que lo antecedieron.

“Los libros son también un amigo porque he aprendido todo de ellos, más que de la academia. Cuando uno se relaciona con otra persona es porque hay empatía, pero también porque siempre hay algo que aprender, siempre se está aprendiendo del otro. Es ahí cuando puedo leer un libro y saber que estoy platicando con quien lo escribió, no es verlos como un maestro, o un superior, ni yo sentirme inferior ante ellos, es verlos como amigos que están ahí para platicar con nosotros y exponer ideas malas o no”, explicó.

Ese aspecto comunitario de la literatura se explaya en la profunda amistad que Albarrán mantiene con los autores que ha leído, pero también con una parte esencial de sí mismo en la que la timidez sólo se ve superada por el lenguaje con el que se enfrentará al mundo.

“La literatura y el lenguaje, para mí, son una máscara que nos ayuda a salir al mundo. Hago diversas cosas que tienen que ver con el público, pero a la vez en mí soy muy penoso al enfrentarme a la gente. Pero la literatura es esa máscara con la que puedo decir la verdad sin ser asesinado”, finalizó.


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