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[Relatos Paralelos]

La sonrisa de las cosas tristes

Mi primer día de escuela lloré dos veces, triste día de lluvia en verano, me raspé la rodilla tratando de cruzar una cerca

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La sonrisa de las cosas tristes
Por Daniela Aguilera

Desde niña dibujaba sobre todo lo que veía. Apenas había aprendido a tomar un lápiz y ya plasmaba rostros de animales o le ponía ojos y sonrisa a las cosas. A mis dedos, sobre todo.

A todos les ponía nombre, no de personas sino de cosas a las que me recordaban... y nunca se repetían.

Mi primer día de escuela lloré dos veces, triste día de lluvia en verano, me raspé la rodilla tratando de cruzar una cerca de púas, el gato de doña Tere me ve feo. Eran nombres sencillos y fáciles de recordar porque por lo regular habían dejado cicatrices, a veces visibles, como la del gato o la cerca de púas, y otras invisibles como ese día lluvioso que mi hermana se enojó conmigo por mojar la cama en la que ambas dormíamos.

Fui creciendo y los dibujos tomaron formas más complejas, y aunque los rostros no desaparecieron por completo, ya no los hacía sobre cualquier lugar, porque cuando pinté una sonrisa sobre los labios de mi abuela para que se llevara consigo algo que le recordara a mí, mi mamá lloró tanto que su rostro dejó otra cicatriz de esas que son invisibles.

Durante un tiempo también imaginé nuevos rostros sobre las personas, unos que fueran felices y lucieran completos porque muchas personas parece que no lo están aunque nada vaya mal con su cuerpo o su vida. Por esa razón, en mi mente le pintaba al mundo caras felices con sonrisas que llegan hasta los ojos, justo como creía que debían verse.

Casi todos esos rostros fueron obra mía, pero había uno en particular que verlo hacía que se me erizara la piel y, por más que trataba, no podía recordar de dónde había salido. Ningún rostro me seguía después de crearlo, pero este comenzó a aparecerse donde quiera que fuera... recostada sobre la cama, tomando café por las mañanas, caminando por la calle o en el trabajo.

No avisaba, sólo una mañana estaba ahí y sabía que estaría por el resto del día, entonces sólo ir a dormir hacía que se fuera y, a veces, dormir era mejor opción que tener ese rostro bailando frente al mío y retándome a mirarlo a los ojos.

Esa cara en especial tenía la capacidad de cambiar de forma y bailar con las siluetas de viejas heridas; heridas que creía haber dejado en el pasado.

Era un baile grotesco, lleno de tantos colores y luces que cuando terminaba me dejaba ciega, desgarrada y dispersa... Con restos de rostros sobre todo lo que era; caras y ojos y sonrisas felices que no lucían felices y se parecían tanto a mí, que ya no sabía cuál era la que me pertenecía y otra vez no quedaba más que dormir para que los sueños me reconstruyeran y, tal vez, despertar sin bailes o rostros que ladran y escupen, y que me reclaman heridas que ya no quiero recordar.


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