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‘Mi hija es trans’; los padres hablan

La vida de 3 saltillenses que nacieron biológicamente hombres y viven ahora como mujeres es narrada por quienes les dieron vida

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‘Mi hija es trans’; los padres hablan
Fotos: Zócalo | Eliud Reyes / Juan Villarreal
Por: Jesús Castro

Saltillo, Coah.-
Aquel viernes la discusión en la sala de una casa en la colonia Fundadores se escuchó hasta en la calle. Juana María Saucedo Martínez estaba siendo chantajeada por su suegra para evitar que le diera permiso a Santiago, su nieto, de salir vestido de mujer con sus amigos.

No era la primera vez que discutían. Llevaban así casi un año. En esa ocasión llegó temprano a cenar el esposo de Juana María. Enfundado en su uniforme de policía, observó aquella discusión con desagrado e impotencia por no poder sacar a su familia de la casa de su madre y evitar así los constantes desencuentros de las dos mujeres.

Javier temía que el secreto que sólo su abuela y su madre sabían fuera revelado esa noche a un padre machista, de familia tradicionalista y criado en un cristianismo estricto. En lo más álgido de la discusión, la suegra se envalentonó y estuvo a punto de hablar con su hijo para contarle aquello con lo que chantajeaba a Juana María. En ese momento Santiago reaccionó.

“Papá, tengo que decirte algo. A mí no me gustan las mujeres, me gustan los hombres”, dijo Javier con el rostro encendido de miedo y vergüenza. Instintivamente cerró los ojos y esperó que la mano de su padre le impactara con una fuerte cachetada.

Durante esos instantes que se volvieron eternos, recordó la experiencia de otras de sus amigas y conocidos: homosexuales, lesbianas y transexuales que recibieron una paliza y terminaron expulsados de sus casas cuando sus padres se enteraron de su orientación sexual e identidad de género.

Uno de esos casos de abandono y repudio es el de Glenda Prado, transexual de Nuevo León que ahora reside en Saltillo y que a sus casi 50 años tiene más de 30 que no sabe de su familia.

Michel Mora es otra transexual que, a sus 33 años, no cuenta con el apoyo de sus padres, ni siquiera vive con ellos, porque desde los 24 decidió iniciar su proceso de hormonización y vestir como mujer.

Ellos corrieron con suerte porque, según comparte Carlos Llamas, líder de la Asociación Civil Jóvenes Prevenidos, hay padres de familia que llegan a encerrarlas, señalarlas, golpearlas y hasta desconocerlas como hijas o hijos; las echan de casa, las olvidan y repudian. Aunque hay excepciones.

En este texto los padres de tres chicas trans saltillenses cuentan la vida de sus hijas y cómo se involucraron en ese proceso de aceptación solidaria, en el que sus “varones” se volvieron hijas, enfrentándose, junto con ellas, a una sociedad que las ataca, ignora y discrimina.

WENDY, ABOGADA

Cuando Santiago Guadalupe Villegas se dirigió a su padre para confesarle que le gustaban los hombres, cerró los ojos esperando una cachetada y que luego lo corriera de la casa, mientras su madre Juana María observaba la escena con un pánico que la paralizó.

“Mi esposo no quería a ese tipo de personas, yo le puedo decir que él las odiaba, él les decía 'jotos', así como todos les dicen”, confiesa la mujer, quien en un instante se le vino a la mente casi toda la vida de su primogénito, desde que nació el 12 de diciembre de 1992.

En aquel entonces eran una pareja muy joven que soñaba con tener una hija. En su lugar llegó Santiago y lo aceptaron con alegría. Pronto la alegría comenzó a ensombrecerse, cuando les dijeron en el kínder que su pequeño prefería juntarse con niñas. Lo vieron extraño, pero no alarmante.

Como vivían en casa de su suegra, quien coleccionaba monos de peluche y muñecos, Santiago prefería jugar con ellos en vez de salir a jugar con la pelota. Su madre le decía “tú eres hombrecito, eres varoncito; eso es de niñas, tú debes jugar con carritos”. Su papá era más brusco, le arrebataba las muñecas diciéndole “ya, no seas chiflado”.

Ella veía que el niño obedecía. Por eso pensaba que aquello era una confusión pasajera, incluso cuando nacieron sus otros dos hijos, quienes pertenecieron a equipos de futbol americano y soccer, mientras que Santiago seguía rehuyendo de las pelotas y juegos bruscos.

En la primaria las cosas se complicaron. Seguido Juana María se enteraba por los maestros que su hijo mayor era víctima de ataques y bromas crueles de sus compañeros porque prefería la compañía de las niñas y rehuía de los juegos con niños, por eso lo canalizaron con la psicóloga.

La especialista les dijo que el niño era normal, que lo único que tenía era "mucha chifladez", que su abuela lo había consentido demasiado. Le pidió al papá del niño que debía pasar más tiempo con él y lo llevara a hacer deportes. “Y ya no lo deje tanto con la señora”, les dijo como conclusión.

A los 12 años comenzó a jugar en casa de una vecina, con quien Juana María sospechaba, aprovechaba para jugar con muñecas y vestirse de mujer. No lo supo en ese entonces, pero la verdad es que Santiago ya tenía años que se encerraba en su cuarto para ponerse faldas o vestidos y verse en el espejo, viviendo instantes de felicidad sintiéndose niña de vez en cuando.

En la secundaria y la preparatoria se volvió retraído. Ya casi no les contaba nada. Seguía juntándose con mujeres, con pocas, tampoco tenía muchas amigas. Su madre no sabía, pero fue una de las etapas más difíciles de su vida.



Años después Juana María se enteró que su hijo era acosado y agredido verbal y físicamente en la secundaria. Además de llamarlo “joto”, “mariquita” o “desviado”, los demás adolescentes lo acorralaban en los baños para manosearlo de una forma grotesca.

Santiago dejó de ir al baño de la secundaria. Comenzó a aguantarse lo más que podía. Hasta que en una ocasión se orinó. Prefirió eso a volver a ser humillado con aquellas manos recorriendo su cuerpo como si fuera prostituta.

Así, teniendo que aguantar agresiones por su amaneramiento, hizo la preparatoria y la universidad. Se graduó de abogado y comenzó a trabajar en un despacho jurídico. Siguió juntándose con sus vecinos y con una estilista homosexual. A veces doña Juana alcanzaba a ver cuando su esposo llegaba y sacaba a Santiago del carro de su amigo y lo regañaba.

Con ello comenzaron los problemas. El joven tenía 21 años el día en que él se lo reveló a su abuela. Y la señora, a su vez, interpeló a Juana. “No sé cómo le vayas a decir a m'hijo, este es joto, y tú sabes que mi hijo odia a ese tipo de personas. No las puede ver”.

Para evitarle un disgusto a su marido, decidieron pactar no decirle. Vinieron los chantajes, porque Santiago conoció más gente del ambiente LGTTTBI, pero su abuela le impedía salir con ellos, obligando a su mamá a negarle permisos.

Así llegó la noche en que la discusión con su suegra fue tan fuerte y en presencia de su esposo, que Santiago decidió confesarle que le gustaban los hombres, cerrar los ojos y esperar el golpe de su padre. Juana escuchó la confesión y se quedó helada, esperando la primera cachetada.

“Nosotros siempre teníamos miedo de que iba a reaccionar como un hombre agresivo: que la iba a golpear y correr de la casa. Estábamos equivocados. Mi esposo lo abrazó y le dijo 'yo ya sabía, pero tú eres mijo y yo te quiero. No me avergüenzo de ti; tienes todo mi apoyo”, platica la madre de familia sin poder aguantar el llanto al relatar la escena.

Vio como padre e hijo se abrazaron, llorando. Y lloró con ellos al saber que Santiago se quitaba un peso de encima. Aunque el gusto de un padre que lo aceptó y defendió le duró poco. Francisco adquirió una enfermedad que lo dejó en coma y en menos de dos años falleció.

Para evitar problemas, Juana compró una casa y se salió de la de su suegra. En ese nuevo hogar, dice ella, Dios le cumplió lo que 23 años atrás le había pedido. Tener una hija, porque Santiago decidió cambiar de nombre y de apariencia. Ahora se llamaría Wendy, usaría pelo largo y ropa de mujer.



Fue con ella por primera vez al Centro para comprarle ropa de mujer. Sus hermanos le dieron todo el apoyo, incluso cuando su mamá la llamaba como un hombre, ellos la corregían: “Ya no lo llame así, ella es una mujer, ya no es Santiago. Ahora es Wendy”.

La familia por parte de su esposo les dejó de hablar cuando supieron que Santiago ahora era Wendy. Una cuñada le llegó a preguntar que si no se avergonzaba de tener a un hijo así. Ellas prefirieron no pelear.

El problema vino después en el templo cristiano al que asistían, a dónde Wendy ya no regresó por las predicaciones homofóbicas y transfóbicas del pastor. Su mamá sigue yendo a pesar de que le han mandado decir que su hijo está mal, que lo que tiene es un espíritu maligno, que es una condición demoniaca; que Dios hizo sólo hombres y mujeres, que Dios no se equivoca. Ella los ignora.

Ahora ya se acostumbró a llamarla hija. A decirle Wendy. A presentarla como su hija mayor cuando salen juntas. A conocer su condición de trans. Sobre todo supo que acudió a la Ciudad de México a hacer el cambio de género en su acta de nacimiento e inyectarse hormonas para verse cada vez más femenina.

La ha visto crecer como persona, como mujer y profesionista ejerciendo la abogacía, aunque ahora en los juzgados se le queden viendo, sobre todo cuando entra al baño de mujeres. Sabe que es de las pocas transgénero en Saltillo que estudiaron una carrera universitaria y la ejercen. Se siente orgullosa de su hija Wendy.

LOS QUE MÁS SUFREN

Entre los miembros de la comunidad Lesbico, Gay, Transexual, Trasvesti, Trasgénero, Bisexual e Intersexual, los trans son los que más sufren, porque su condición es de un cambio físico de apariencia distinto al género sexual con el que nacieron, dice el activista Carlos Llamas.

Dice que un gay, una lesbiana o un bisexual pueden pasar por cualquier persona, encajar en todo tipo de ambiente, ser líderes religiosos y hasta importantes políticos o políticas, sin que nadie los moleste o lo sospeche. Pueden no ser visibles y poco los atacan.

Pero los trans cargan con el problema de tener una apariencia distinta de la condición de sus documentos. Son las principales víctimas de la sociedad no homofóbica, sino transfóbica. Porque a los gays y lesbianas las toleran, a los trans los ven como bichos raros.

Su condición los hace visibles. De ahí que sea menos difícil contabilizarlos. Según la Secretaría de Salud federal, se estima que existen 4 mil 490 transexuales en el país, de los que 3 mil 166 son mujeres y mil 324 hombres.

En Coahuila, por otro lado, se estima que hay 7 mil transexuales, entre hombres y mujeres; en Saltillo son 3 mil, lo que dista del conteo federal, según Briana Aguilar Campos, activista y miembro de la comunidad trans.

Las estadísticas que faltan son la cantidad de trans que son repudiadas por sus propias familias. Cuántos son golpeados y abandonados por sus parientes. A cuántos desde hace años que sus papás no saben si siguen vivos o son alguna o alguno de los 7 transexuales asesinados en Saltillo, Piedras Negras, Acuña o Monclova, en los años recientes.

ESTEFANíA, ENFERMERA

En la sala de la casa de José Guadalupe Durán Flores y Rosa Elba Banda Reyna hay una foto de graduación en la que aparece su hijo mayor, Eduardo, vistiendo una toga azul, al momento en que salía de la Escuela de Enfermería en Saltillo.

Su padre es obrero, de bigote, lentes y mirada seria pero bondadosa. Señala la fotografía y dice que es común que cuando la gente ve esa foto, preguntan que quién es esa jovencita, porque aunque la foto fue tomada cuando aun no era trans ya su rostro era muy femenino.

Desde su nacimiento el 8 de junio de 1992, hasta que se graduó de enfermería, fue un varón responsable, respetuoso, estudioso y educado, pero durante todo ese tiempo, guardó silencio sobre su condición de género, aunque su cuerpo, sus ademanes y forma de hablar decían otra cosa.

“Cuando fue creciendo vimos que tenía tendencia a juntarse con las niñas, y nos llamaba la atención. Le decíamos que no, que se juntara con niños. Pensábamos que estaba confundido”, platica Rosa Elba.



Don José cuenta que desde muy pequeño Eduardo hacía ademanes femeninos, casi desde el kínder y durante toda la primaria. Su esposa lo regañaba, le decía que tenía que actuar como niño, porque era niño. Aunque él, años más tarde le confesaría que desde aquel entonces se sentía niña.

“Yo desde un principio me di cuenta y dije o se está confundiendo o es así, gay”, revela el padre de familia, así que prefirió callar paciente, sin exigirle explicaciones ni hablar con él, sobre todo porque en su adolescencia parecía darle la razón a una de sus posibilidades.

A los 12 o 13 años, Eduardo les comenzó a presentar a sus novias. Y aunque continuaba teniendo un marcado amaneramiento en su trato, pensaron, “ya vez, sólo estaba confundido, si le gustan las mujeres, sólo que es amanerado, nada más, pero es hombre”, dijeron.

Claro que no eran sus novias y a él nunca le gustaron las mujeres. Es fecha que sus papás no saben que aquellas novias eran una pantalla para ocultar sus impulsos por sentirse mujer, pero además, también les ocultaba el acoso y la violencia verbal que los hombres ejercían contra él.

Fue hasta la preparatoria cuando se atrevió a contarles la verdad. Aquella ocasión su hijo mayor no llegó a dormir a casa. Se alarmaron. Lo buscaron con amigos, conocidos, fueron a la Narváez y les dijeron que no había acudido ese día.

Llevaron una foto a la televisora local porque lo creían desaparecido. Más tarde volvieron a la preparatoria y ahí lo encontraron. Les dijo que quería hablar con ellos de algo muy importante y los llevó al despacho de un conocido, muy cerca de ahí.

“Dijo 'yo tengo una situación que contarles. A lo mejor ustedes pensarían que es pasajero, pero no. Yo quiero decirles que tengo preferencias, me gustan los hombres y así quiero continuar mi vida, y si me aceptan qué bien y si no, pues voy a ser así, así me siento tranquila”, platica don José.

Por parte de su padre no hubo sobresalto. Él ya sabía, no sólo porque todo en él lo reflejaba, sino porque lo llegó a ver con peluca y vestido en una ocasión que acudió sin previo aviso a una casa que tenían en la colonia Herradura, a la que le estaban haciendo reparaciones.



“Un día llegó entaconado a esa casa, ahí estaba yo, él no sabía, y fue mi sorpresa, pero pues, nada más le dije 'ándate con cuidado porque sabes cómo es la gente. Los toman como apestados. La gente es mala con ese tipo de personas”, recuerda el padre de familia.

Su madre fue quien no se hacía a la idea, temía la llegada de ese día, conservaba la esperanza de que fuera una confusión de adolescente, por eso la confesión le atravesó el corazón. No porque lo repudiara sino porque sabía lo que seguiría para él.

“Sentí un dolor muy fuerte, porque sabía que iba a sufrir mucho. No por mí, yo decía, para mi es mi amor, es la otra parte de mí, pero sabía que iba a sufrir mucho por causa de la sociedad, los vecinos, familiares. Si fue un shock muy difícil”, reconoce Rosa Elba.

Lo que siguió fue contarle a sus otros hijos, que para su sorpresa, se dieron cuenta que ellos ya sabían. Eduardo se los había confesado, y desde antes de saberlo sus padres, ellos ya lo aceptaban como hermana, como su hermana mayor.

A partir de ese día dejó de existir Eduardo y comenzó a vivir en esa casa Victoria Estefanía. Aunque el día en que nació oficialmente fue hasta que logró culminar el trámite de cambio de género en el Registro Civil de la Ciudad de México, por el que ya es oficialmente mujer en su acta de nacimiento, credencial para votar y espera que pronto también en su título universitario.

“Su hermano menor hasta nos dice 'mi hermano no es gay, es trans'. Yo de broma les digo que son transformers”, bromea un poco su padre, de pocas palabras, pero contundentes.

Esa transformación fue lenta. Primero se dejó crecer el pelo, luego usaba maquillaje y finalmente vestía totalmente de mujer. Se deshizo de la ropa de hombre. La primera vez que la vieron totalmente de mujer se sorprendieron. Aunque ella no se sentía del todo cómoda ahí.

Doña Rosa platica que su hija le decía que ya no quería vivir en esa casa, que quería huir, organizar un mundo aparte, donde nadie la conociera, decía, “quiero ser Estefanía, no quiero darle explicaciones a nadie ni tener que decirles 'yo era niño y ahora soy niña'”.

Temía enfrentarse a la mirada inquisitiva de los vecinos, de los familiares, de los conocidos cuando saliera a la calle con peluca y vestido. Y como doña Rosa se lo temía, la sociedad comenzó a lastimarla. Lo supo un día que llegó de su trabajo como enfermera en un asilo, llorando y devastada.

“Me dijo 'me lastima la sociedad'. Me acuerdo mucho que esa noche lloró bastante, yo también. Le dije 'es tu lucha y es mi lucha. Eres mi cariño, mi amor, vamos a hacerlo juntas', y me dice '¿pues cómo le hacemos?', y le dije 'pues así, tú quieres cambiar, vamos a cambiar todos'”, reveló Rosa.

Le propuso entrar en un proceso de aprendizaje de su condición trans para toda la familia. Educar a sus vecinos, a sus amigos, a sus conocidos, al resto de su familia. Por eso cuando los visitan y preguntan por Eduardo, ellos responden 'ya no es Eduardo, ahora es mujer, se llama Estefanía'.

De esa manera se armó de valor y salió por primera vez a la tienda vestida de mujer. No le ha ido tan mal, los vecinos la respetan y no se burlan de ella. Es en otros ambientes donde la han discriminado, como una ocasión en que acudió con su amiga Kristell, también trans, a pedir trabajo a una empresa, donde se los negaron por su aspecto andrógino.

Su padre todavía tiene algunos temores de que lo sepan en la fábrica donde trabaja. No sabe si algún día podrá hacerlo, porque el ambiente es muy machista y teme tener que lidiar con los señalamientos, el hostigamiento, las ofensas.

“La gente es muy sádica, en lo laboral, a uno lo conoce todo mundo, y donde más duele te empiezan a atacar”, dice don José, para quien ha sido lento el aprendizaje y la adaptación. No sabe si algún día podrá hacerlo también en su trabajo.

Doña Rosa advierte que su hija es más femenina que ella, que se viste, maquilla y arregla mejor, y hasta se ha convertido en su estilista cada que tiene algún evento. Se ha vuelto su amiga y confidente, frente a amigos, vecinos, familiares y compañeros de trabajo.



Ahora sus padres saben que existe la palabra transgénero. Antes pensaban que al hombre que le gustan los hombres es gay y a la mujer que le gustan las mujeres es lesbiana, pero con su hijo aprendieron que hay bisexuales, transexuales, transgénero y trasvestis.

Estefanía les puso videos, películas, les da lecturas, les explica, los orienta, y así han aprendido juntos como familia. Sobre todo cuando ella les reveló que iniciaría el proceso de hormonización, para adquirir cuerpo con más rasgos de mujer.

Ahora asisten con ella cada que acude a dar su testimonio a conferencias y paneles. Les ha presentado a sus novios y piensan seguir apoyándola para que su hija Wendy sea la primera enfermera titulada trans de Saltillo.

NO ES FÁCIL

Aunque haya padres comprensivos que arropen a sus hijas e hijos trans, la discriminación social y laboral no es el único obstáculo. También están los procesos físicos y sociales para convertirse en una mujer en todos los sentidos.

Para empezar, tener un género en sus documentos oficiales distinto a su apariencia y tener que estar dando explicaciones cada que realizan tramites es molesto y engorroso. Ya no se diga si quieren acceder a beneficios laborales, el matrimonio igualitario y la adopción.

Con ello está la posibilidad de cambiar de género de forma oficial, pero para hacerlo, Coahuila no es opción. Existió una propuesta para que el Registro Civil del estado lo permitiera, pero el Congreso local archivó la iniciativa ciudadana de varios colectivos trans.

Por eso, casi un centenar de coahuilenses han tenido que viajar hasta la Ciudad de México, donde se aprueba ese cambio, lo que implica traslados, hospedajes, trámites, pagos, contactos, permisos laborales y paciencia. Algunos trans son apoyados por asociaciones civiles, pero quienes no, se enfrentan a cifras que la mayoría no pueden pagar.

El otro asunto es la hormonización, que es un tratamiento de inyecciones recetado por un profesional, para cada caso, que permite cuerpos más femeninos en los que nacieron varones y más femeninos a quienes nacieron mujeres.

En unos inhibe el bello corporal, agudiza la voz, incrementa senos, moldea pezones, estiliza cadera, espalda y piernas. En otros reduce los senos, produce bello en rostro, rasgos masculinos y musculatura, engruesa la voz, entre otros.

Ni uno ni otro se salvan de efectos secundarios como acné, cambios de temperatura o bochornos, cambio de humor y hasta molestias físicas. Este tratamiento tiene un costo de entre 2 mil a 4 mil pesos mensuales. Pero si lo que buscan es una operación para reasignación de sexo, que ya se hacen en México, tendrán que reunir no menos de 200 mil pesos.

KRISTEL, ESTILISTA

Parece cliché, pero es cierto, su mamá lo confiesa, cuando Jahir Padilla Obregón era niño, le gustaba jugar con muñecas y juntarse con niñas. Prefería rondas que deportes o juegos rudos. Su mamá Rosario Esquivel llegó a verla pelear por quitarle las muñecas a las vecinas. Su papá se molestaba y le decía que él era hombre, que no debía jugar con muñecas ni con niñas.

Dice que era un niño muy tranquilo, tímido, retraído. Se le notaban sus modos afeminados, pero ella no se quería dar cuenta. Sintió alivio cuando estando en tercero de secundaria llegó y les presentó a una jovencita como su novia. Rosario se puso contenta. Pero no le duró mucho.

Al tiempo se enteró que no era su novia, que se pusieron de acuerdo para aparentar. Para ese momento, a escondidas de su familia, había comenzado a feminizarse, dejándose el pelo largo, aunque su mamá decía que era porque se sentía emo. Y a maquillarse, teniendo como cómplice a su hermana de 11 años. Todo esto pasó cuando Jahir iba a la preparatoria.

“Desde entonces ya la veía como mujer. Yo decía que tenía un hermana, desde antes, cuando todavía no se llamaba Kristel”, comparte su hermana menor, pero sus papás se enteraron después, un día en que su hijo mayor llegó a casa, y en vez de sentarse a cenar, se fue directo a la cama. Su papá fue a ver qué tenía, le descubrió aliento alcohólico, lo regañó y hasta lo abofeteó.



Al siguiente día se sentaron en la pequeña sala de su casa en la colonia Fundadores y le preguntaron qué problema tenía que se había comportado así.

Jair les dice que sí tenía un problema, pero que si se los confesaba su papá ya no lo iba a querer, porque ya no lo vería igual. Su papá le dijo que cualquier problema lo afrontarían, que lo dijera, y fue cuando confesó que no le gustaban las mujeres, sino los hombres.

“Mi esposo le dijo 'y ¿tú piensas que yo no sabía?. Yo siempre lo supe, hijo. Y tú no tienes por qué agacharte ni andar con la mirada baja, levanta tu cara y no pasa nada, eres nuestro hijo, te amamos tal cual, seas hombre o mujer”, recuerda la ama de casa.

Sus padres lo aceptaron, pero con la mentalidad de que era gay. Por eso cuando comenzó a dejarse el pelo largo, maquillarse y vestirse como mujer, su papá lo regañó, le dijo que ya lo habían aceptado gay, que no se vistiera así. Kristel se molestó y se fue de la casa.

Con el tiempo doña Rosario se enteró de las carencias con las que vivía su hija. Le platicó a su esposo, quien se había puesto triste porque lo extrañaba. Hasta que un día preguntó: “¿sabes dónde vive? Vamos por m'hijo”. Llegaron a la casa y su papá le pidió que regresara con ellos, que podía vestirse y ser como quisiera.

“Sí, papi, sí me voy' le dijo y de inmediato se abrazaron. Eran poco cariñosos antes de ese día, pero a partir de entonces hubo besos, abrazos, juega con ella, bromean, la trata como mujer, dice que tiene dos princesas como hijas”, relata doña Rosario. Los tres salieron de allí llorando de alegría.

A partir de entones les pidió que la llamaran Kristel. Cambió incluso su personalidad: de ser tímida, seria y retraída, se volvió alegre, extrovertida, juguetona, bromista. Sentirse mujer y que su familia lo aceptara la hizo feliz, dice su mamá.



La han tenido que defender de los chismes y críticas de los vecinos. Se han tenido que informar para conocer su condición transexual. Dejaron claro a sus familias que quien la aceptara a ella, aceptaba a la familia, los que no, hasta ahí llega la relación.

Cuando es necesario increpan a los vecinos. Han vivido un proceso familiar para entender a la comunidad trans, quienes asisten a su casa y se han vuelto amigas de la familia. Sobre todo ahora que Kristel se está hormonizando y piensa cambiar de género oficialmente ante el Registro Civil de la Ciudad de México.

Sufrió discriminación en la preparatoria y ya no quiso estudiar, por eso Kristel estudió estilismo y de eso trabaja. Es una jovencita delgada que pasa por mujer donde quiera, lo que la hace feliz, excepto por las decepciones amorosas. Sus padres la ven algún día casada, con familia, aunque sea adoptada y formando un hogar abierto como el que ella llegó a cambiar.

En pocos años esa familia, la Obregón, igual que la Villegas y la Durán aceptaron lo trans como normal. Y ahora, en los tres casos, sus padres pueden decir: tengo una hija transgénero.





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