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hace 1 semana
[Relatos Paralelos]

Mirando las redes del acoso

Las palabras se agolpan y reflejan el enojo, la incomodidad y el malestar

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Mirando las redes del acoso
Como una rutina diaria de catarsis, después de trabajar me tumbo en mi cama, saco mi teléfono y abro las redes sociales, ese vertedero idílico de videos impresionantes, imágenes chuscas, memes, humor banal, emociones y estados de ánimo trastocados por la cotidianeidad.

Mi dedo arrastra toda esa montaña de contenidos, publicidad y esquemas de vida, en búsqueda de esa pizca de comedia o de sorpresa para dejar atrás una tarde-noche de oficina. Mi objetivo se ve interrumpido cuando encuentro una publicación sin colores chillones, música “popular” ni animaciones infinitas.

Las palabras se agolpan y reflejan el enojo, la incomodidad y el malestar.

“Angie” escribió el sábado a las 11 de la noche una experiencia amarga, una más de las que inundan Facebook, este “pensatorio” al estilo de Harry Potter, donde uno extrae un pensamiento de la cabeza para ponerlo en una pila con agua y revivirlo, y finalmente retirarlo de la memoria, dejando un leve vacío. Ella volcó su inconformidad o indignación sin que se produjera un mayor eco.

Describió con pesar que al ir en el transporte urbano, con su hija en brazos, el hombre que iba en el asiento de atrás comenzó a tocarle la espalda. Mientras, acostado, recreo la escena en mi cabeza. “Siento esa incomodidad y me alejo, pero vuelve a acercar su mano. Siento cómo el miedo me invade, miro a mi niña y sabiendo que debo hacer algo, molesta le grito: ‘¡No me toques!’, mientras me mira perplejo y retira la mano”.

Ella prosigue indignada. “Sentí pánico de que bajara cerca de mi casa porque yo ya iba a llegar. Miro a las personas para ver si alguien oyó y nadie voltea”. Pienso en las historias que cada día se hacen nota sobre feminicidios, el endurecimiento de las penas contra el acoso y el recrudecimiento de la violencia de género que leo y escribo todos los días sin que los cambios legales pongan fin al problema.

Ella remata su “mal día” lamentando que justo antes de llegar a la puerta de su casa –la que probablemente vio como santuario ante el trago amargo que pasó en la combi– tuvo que escuchar “chiflidos y piropos incómodos” lanzados por varios hombres desde la esquina y lanza cuestionamientos que creo han pasado por la cabeza de muchas mujeres en nuestro país: “¿Acaso no sólo no debo salir para sentirme segura? ¿Debo recluirme sólo porque hay gente que no respeta? ¿Es más fácil aprender a no salir a que ellos aprendan a respetar?”.

Me cae “el veinte” de todas esas veces que callamos, las ocasiones en que creemos que una mirada o una sonrisa a una chica que nos resulta atractiva puede parecer incómoda y siento responsabilidad. Me preocupa cómo no contamos con la sensibilidad de mirar a las mujeres con respeto, dejando de largo al machismo, el feminismo o la guerra de sexos; inmersos entre la sexualización y cosificación en campañas de publicidad –víctimas de un esquema que deforma los conceptos para relacionarnos–, en nuestros grupos de amigos o hasta en la familia.

Me entristece pensar en cuántos testimonios como el de “Angie” inundan las redes sociales y esas microcélulas que la componen para mostrarnos nuestra realidad como ciudad, donde alguien puede “lanzar un piropo” pese a que sabe que incomodará, que producirá un daño.

Recuerdo que una exnovia permanecía aterrada porque cerca de su casa había un taller mecánico de donde siempre salían chiflidos, gritos y ese clásico “¡mamacita!”, que para ella era equiparable al sonido de uñas rasgando un pizarrón. Otra amiga me contó cuando una mano “anónima” le dio una nalgada desde un auto en movimiento. Me es inevitable pensar en las chicas que fueron plagiadas en bares y nunca regresaron en la época oscura de esta entidad.

En mis 14 años viviendo en Saltillo he escuchado mucho sobre violencia sexual, aunque siempre es un tabú. Tengo amigos y amigas, por igual, que fueron víctimas de abuso sexual y que callan al respecto –muchos cuando eran niños, otros en la adolescencia–. Optaron por no denunciar, por mitigar en silencio todos los estragos que los marcaron de por vida, en tratar de olvidar la alevosía y ventaja con la que los lastimaron, siempre como una constante desafortunada.

En junio, la Unicef alertó que siete de cada 10 niños en México son víctimas de violencia y maltrato. Saltillo no es el único lugar donde la violencia sexual y de género permea. El testimonio de “Angie” y todos esos susurros de acoso resuenan como un eco, una consigna que al final del día es leída o simplemente se pierde, arrastrada por el dedo de un usuario que busca algo para alegrarse en ese torrente donde todos tienen algo que decir.


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