×
hace 1 semana
[Ruta Libre]

Para recordar: Credos contra el fuego

La leyenda revive a 100 años del incendio del Teatro García Carrillo

Imprimir
Para recordar: Credos contra el fuego
Saltillo, Coah.- Todo quedó en ruinas. Escuchamos el crujido de la madera siendo consumida. La obra terminaba con un incendio, pero ninguno de nosotros creería que el teatro, nuestro trabajo y el ánimo de la ciudad se convertiría en cenizas.

¿Habrá tenido que ver lo que pasamos? Nadie sabe de dónde vinieron las llamas. Unos dicen que la chispa vino de un transformador que falló; otros celebran que nadie murió y que pudieron salvar al joven que estaba atrapado en el sótano y que se quemó. Sin embargo, no dejo de pensar en lo que mis ojos vieron. Lo que vimos, mientras algunos alistaban vestuarios, preparaban luces y la normalidad del martes los tenía ensimismados en sus obligaciones. Fue ahí que nosotros iniciamos el rezo.

“Creo en un solo Dios, todopoderoso, creador del Cielo y de la Tierra, de todo lo visible y lo invisible…”, repito con firmeza para ocultar mi temor. Camino por inercia, mis pasos emulan a los que nos decidimos a entrar al teatro antes del estreno. Habíamos dejado todo listo y sin embargo la vimos ahí, en la ventana.

No era una casualidad. Durante varios días la vieron al caer la tarde, la misma ave de mal agüero que no nos perdía de vista. Tal vez se alimentaba de la maldad que hoy se desató y que acabó con todo. No creímos lo que decía la gente y aunque esto pudo haber sido provocado, no dejo de pensar en qué nos pasará a quienes estuvimos ahí, antes de que el infierno se tragara todos los posibles vestigios de lo que pasó.

“Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos…Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado…”. No interrumpimos el rezo.

Me invade el enojo al recordar que hace unas horas la gente nos gritaba “herejes” y nos aventaban cosas por el estreno. No puedo pensar en eso ahora, debo concentrarme.

Un telonero aprieta el paliacate con firmeza. Nos unimos los tramoyistas. Ya tiene tres nudos y nada ha pasado. La gente ya llegó a la plaza, muchos esperan para entrar. Otros siguen protestando por la obra, dicen que va a causar una desgracia; insisten que han escuchado que otros teatros han sido condenados por abrir el telón y dejar que los actores interpreten a quien nunca se debe simular.

Las sombras juegan con nosotros y danzan, pero nos mantenemos firmes. Se oyen aleteos. Nos rodean, pasan sobre nosotros y comienzan otra vez su recorrido por el pasillo contiguo al escenario, pero más agitados, más inestables. Nuestras voces toman más fuerza. “De la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre…”.

Recorremos los pasillos donde no hay luz. Nos mantenemos inciertos en las sombras y tratamos de volver siempre a donde hay más luz. El miedo trata de dominarnos, pero seguimos rezando. Nos mantenemos unidos, sin querer, somos esa cofradía que como en los ranchos se reunía cuando un maleficio caía sobre sus familias.

“Y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato: padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras y subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin”. El quinto nudo debilita los aleteos, vemos a la lechuza huyendo entre los recovecos donde nunca hay luz. Se sabe atrapada, revolotea y luego trata de acomodarse en alguna viga, mientras terminamos y volvemos a empezar la letanía. No podemos parar hasta que caiga, y aun así, no debemos mostrar piedad. Es ella o nosotros.

“Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica”. La perdemos de vista, ahora nosotros nos sentimos atrapados. El sexto nudo termina y escuchamos el golpe seco en el piso de madera.

Nos acercamos con mucho cuidado, aunque la forma del animal cambia y confirma nuestras sospechas. La enorme lechuza que aparentemente resultaba inofensiva nos deja ver el rostro arrugado de una vieja. Habíamos comenzado el séptimo Credo. Las oraciones nos hicieron sentir seguros.

“No me maten, por favor, no me maten”, fueron los alaridos con los que se dirigió a nosotros.

“No me maten”, comenzó a chillar como si sus brazos y piernas crujieran, como si fueran el piso de madera que horas después tendría el mismo destino. “No me maten, que tengo hijos, por favor”, repetía mientras las arrugas de su boca desdentada profundizaban su rictus de agonía. “Confieso que hay un sólo bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”, sentenciamos todos al unísono.

En el fondo de sus ojos noté un ligero destello, como si hubiese sido la chispa que lo detonó todo.

El Loco Dios no fue estrenado. El Teatro García Carrillo se convirtió en un recuerdo, como mi nombre, como todos los que estuvimos ahí para advertir que sellamos nuestro destino al pronunciar ese severo, enérgico y último “Amén”.

*Relato ficticio inspirado en la investigación histórica de Arturo Villarreal Reyes sobre el incendio del Teatro García Carrillo, del libro Saltillo Mágico, publicado en 2011 por la Coordinación de Literatura del Instituto Coahuilense de Cultura y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.





Imprimir
te puede interesar
[Asociación Civil Donando con Corazón]
hace 23 horas
[Deportes]
hace 22 horas
[Internacional]
hace cerca de 9 horas
similares