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hace 3 semanas
[Relatos Paralelos]

Pasos por el Centro

Para mí, el verdadero placer es caminar

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Pasos por el Centro
Ilustración: Zócalo | Dulce Garay
Saltillo me gusta más de noche, cuando el bullicio de las calles y los compradores; el eterno sonido de los motores de camiones, taxis, automóviles de toda clase y hasta motocicletas con estéreo callan o se alejan de las calles del Centro Histórico, para dejar entrever, en el silencio, esos instantes plasmados de historia en sus paredes y viviendas.

Siempre he escuchado, tanto en películas, series y programas, como en libros y novelas, que la clave para desentrañar una historia se oculta entre los detalles. Curioso de descubrir más de esos instantes intrascendentes y decidido a abandonar el ocio de un día de descanso tras el quehacer, decidí apretar las agujetas de mis tenis para encontrar en mis pasos todas esas atmósferas que pasan desapercibidas por esa inexorable necesidad de vivir en nosotros mismos.

Cuando el sol deja sus últimos rayos entre las manos del poniente y el Cristo de las Galeras me apresuro a salir. Es en ese instante en que el Centro comienza a ser otro, a recibir a todos los que salen dispuestos a refugiarse en la noche, en la bohemia de la cultura, la cerveza, el alcohol y el baile, cautivados por el disfrute ante el cansancio producido por una jornada de trabajo. Esa pequeña ventana para salir de su realidad.

Para mí, el verdadero placer es caminar. Mi pretexto es ir por una cerveza, saludar a alguna amistad o conocido, y tener alguna buena charla. Esas acciones ocultan ese sentimiento de que los hombros pierden ese peso que se desliza hasta mis pies, para quebrarse en forma de pasos, para quedar impresos en el suelo mientras vacío mis pensamientos y abro los ojos para ver mi entorno.

La reja blanca que divide mi casa de la calle Abasolo se ve a unos pasos. Enciendo un cigarro y dejo que el humo me llene los pulmones y expiro de manera lenta para agarrar otra bocanada. Abro el candado, una vecina rodeada por sus perros y vestida con su raída camiseta del PRI pasa sujetando un verde reluciente, el vidrio de una caguama se mantiene entre sus manos. Se le escapa un “buenas noches” sin que ella detenga su marcha.

Le respondo y le digo “¿Ta bueno el calor no? Apenas una para descansar”. Voltea, sonríe y confiesa que es para mitigar el calor que tiene, pero también para “curarle la cruda a su hijo”. Me río y sigo mi camino. Me llevo el cigarro a la boca entretanto. Volteo a ver la casa oculta entre tres rejas con candados y me dejo llevar por el espíritu libre de una ciudad insegura con tantos colores por descubrir.

Pese a que no tengo muchos bienes, al ver a la primera patrulla en la esquina de Abasolo y Corona pienso en la seguridad. En esta esquina siempre hay una patrulla por la noche, como un centinela para la salida de madrugada de quienes esperaron el cierre de la barra; los fines de semana para calmar a los enfiestados de El Fandango, mientras que yo me interno entre calles que no necesitan ser vigiladas porque después de las 9 de la noche ni un alma pasa por ellas, aparentemente.

Solía caminar con audífonos para aislarme y escuchar entre la música mi respiración agitándose al acelerar el paso. Ahora, me gusta dejarme seducir por los sonidos de las sirenas, los ladridos de los perros callejeros, que aprovecharon horas antes el retraso del camión de la basura para destruir una bolsa y dejar restos de pollo y papel por la calle.

Llego a la de Matamoros y el aire cambia, se siente una brisa fresca y yo desfilo por la calle vacía, mientras las luces de los pocos carros que quedan en la calle se pierden entre Presidente Cárdenas y Coss. No hay piñatas como en el día, ni reggaetón. Luis de Cepeda es el lugar donde doy vuelta y la sombra del edificio de la escuela se impone triunfante ante la derrota fulminante de la luz mercurial.

Poco a poco comienzan a levantarse las capas de historia como si se partiera una cebolla. El adobe se refleja entre las casitas. Si Saltillo alguna vez fue “pueblo quieto”, aquí hay un vestigio, agolpado por un asfalto cuarteado y pedazos de chapopote en una de las esquinas de la callejuela que conecta Luis de Cepeda con la calle Múzquiz.

El panorama parece no cambiar. En una esquina hay un montón apilado de “fragmentos de calle”, mientras que uno de los baches fue rellenado por los vecinos con restos más pequeños de asfalto, piedras y hasta pedazos de la banqueta, que seguramente fueron arrastrados por alguna de las lluvias fuertes de junio.

Doy vuelta a la derecha y sigo adelante por la calle Múzquiz, mientras guardo la colilla del cigarro que prendí al inicio de la travesía. Guardo la colilla en mi bolsillo del pantalón porque curiosamente somos una sociedad “friendly”, sin popotes, cuando una galaxia multicolor de plásticos de todos los colores, tamaños y sabores son llevados desde nuestra ciudad a terminar en el mar, aunque con nosotros sólo se queden en las orillas de las calles o en el fondo de los arroyos.

Pienso en todo ese bombardeo en el que nuestra generación vive como una cultura del linchamiento en redes sociales, del activismo de escritorio y del renuente pensamiento de participar en el cambio de nuestra sociedad, cuando en el día y día irrefutablemente somos parte del problema gracias a nuestra indiferencia.

Dejo atrás ese pensamiento cuando esquivo las ramas de una enredadera montada sobre un pórtico de metal. Miro hacia abajo y veo las banquetas donde la humedad y la canícula han hecho que broten esas hierbas del desierto que crecen sin control y ponen fin a esa idea de un Centro Histórico limpio, pujante, que refleja la identidad de una capital.

Reflexiono cuando camino, pero no lo hago como cuando estoy en el trabajo porque como decía Cerati en Crimen, “últimamente los días y las noches se parecen demasiado”, y ante el hastío de repetir las mismas acciones siempre busco un pensamiento “que me saque de la caja”. A veces, es en esos instantes, en que uno es preso de momentos donde las ideas brotan y los detalles se reflejan coloridos para mostrarnos una ventana distinta para mirar la realidad.

Mis pasos anticipan la tormenta de mis ideas al encontrarme con la puerta de metal de lo que parecería un terreno abandonado. Recuerdo que es la casa de una mujer que lo perdió todo en un incendio.

Paso la puerta y me viene a la memoria el rostro de esa mujer desvalida que entrevisté hace ya ocho años, cuando era un reportero novato entusiasmado por encontrar toda clase de historias que expusieran los matices que conforman nuestra realidad. “¿Estará bien? Se estaba quedando ciega”, me viene como respuesta inmediata esa voz que comparto en mi cabeza como conciencia.

La nota que publiqué ahora “es una raya más en el mar”, como canta Manu Chao, pero “¿Habrá tenido un trasfondo más profundo que el de evidenciar su desesperación? Espero que haya encontrado ayuda”, digo en voz alta mientras cruzo la calle.

Unos pasos más adelante, en la esquina, un escalofrío me recorre la espalda cuando veo la entrada de una casa tapada por blocks y cemento. La calle General Cepeda se estremeció hace más de nueve años cuando una mujer roció a sus hijos con gasolina y en un abrazo les prendió fuego.

Las ventanas también están tapadas como para impedir la entrada a pandilleros y drogadictos que buscan un refugio para evadir la realidad y perderse. Toda la construcción abandonada es un recordatorio solemne y sigiloso de una desgracia.

Recuerdo que cinco años después los vecinos aseguraban que todavía algunas noches se escuchaban gritos y temían que la zona estuviera maldita. La banqueta en esa zona está hecha pedazos y mientras tanto, enfrente se escucha la música de una de las tantas cantinas en esta zona.

Irremediablemente pienso en “Santi”. El chico que fue encontrado un día antes entre las olvidadas paredes de lo que antes era el Museo del Giroscopio. Lo identificaron por el tatuaje en su brazo izquierdo. Fue uno de los que siendo inteligente y capaz de ver lo mejor del mundo, simplemente se perdió en las drogas hasta que puso un nudo en su cuello. Salir de esa calle para subir por General Cepeda me muestra un panorama con un poco más de luz y decido no pensar más.

Me dejo al trote. Me duele el brazo derecho. La muñeca me da ese recordatorio de hacer ejercicio y comprar ese mousepad acojinado para evitar una lesión en el túnel carpiano 
–el mal “godín” de nuestro tiempo que no respeta edad, sexo ni clase social sino que se produce por la necesidad o el vicio de mover un mouse y pasar muchas horas en el teclado de una computadora–. Mi afición por los videojuegos no me ayuda.

Cruzo Comandante Leza con sigilo por el recordatorio de las pandillas en las calles contiguas y por aquí pasa rara vez una patrulla. Avanzo a Pérez Treviño y sigo con paso firme hasta Aldama, donde una pareja camina despacio por la acera de enfrente. Me detengo en la Plaza Madero y enciendo otro cigarro. Me doy un respiro entre humo. Ellos avanzan despacio, pero el esfuerzo se hace evidente y se ganan mi atención.

Él la toma de un costado y ella parece no aguantar más. Los pies se le enredan, él la mantiene en pie. Ella vomita y da un par de arcadas ante la acción, pero mantiene lo poco que le queda de equilibrio.

La escena no me produce asco y sin embargo me sorprende. Una patrulla avanza por la calle Castelar y parecería evidente que vería a la pareja y su profanador jugo de bilis a los pies de la Secretaría de Finanzas.

El policía ni siquiera mira para ver si algún carro se acerca al cruce. Acelera y su mirada está perdida al frente, como si el camino o el fin de la jornada estuvieran a unas cuantas calles. La prisa por dejar de trabajar se va con él a buena velocidad y se aleja rápido. Los amantes –al parecer ebrios– corren con suerte y recuperan el paso. Yo les doy la espalda y sigo rumbo a Catedral.

Vuelve la ciudad en calma entre la calle Castelar y su Museo del Horror, donde se habla de criaturas que causan alarido cuando a veces las verdaderas historias de horror se esconden atrás de las paredes y las ventanas.

Una pareja se encuentra en mi camino. Ella no me mira y fija la vista en él; él voltea a verme de forma inquisidora y yo sigo con la vista al frente, pensando en todas las cosas que muestran la necesidad de atender las bases de esta ciudad. Aprieto el paso, llego tarde y dejo de pensar en las cosas que me recuerdan estas calles para encontrarme con amigos.

Más allá de cortar hierbas malas, llenar los baches, arreglar las coladeras y dejar de desperdiciar 20% de los espacios en ruinas, baldíos llenos de maleza y focos de infecciones, el Centro Histórico sigue siendo el gran pendiente. Si el núcleo refleja tanto descuido, la ciudad podrá desarrollarse y crecer con las mismas fallas que la aquejan por décadas.

Pienso en cómo siempre está entre los primeros lugares de suicidio a nivel nacional, como a pesar de que dicen que es una de las mejores con el mejor estándar de calidad de vida, hay tanta gente sumida en la desesperación de un trabajo mal pagado, de deudas y otras cosas peores como las adicciones. De cómo la desesperación de muchos se oculta en los detalles de una ciudad que no duerme, pero permanece silente.

El bar al que llego está lleno, aunque es martes. Me siento en la barra, mi cita viene demorada. Pido una cerveza, le doy un trago y me roba un suspiro. Este es el momento de descansar.


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