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[Saltillo]

Peregrinan a la Iglesia del Santo Cristo del Ojo de Agua

A cuenta gotas llegaron los feligreses a las calles aledañas de la parroquia de Nuestra señora de San Juan de los Lagos

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Peregrinan a la Iglesia del Santo Cristo del Ojo de Agua
Eduardo Covarrubias | Saltillo, Coah.- A cuenta gotas llegaron los feligreses a las calles aledañas de la parroquia de Nuestra señora de San Juan de los Lagos. Hace 178 años comenzó la primera procesión, velas, veladoras y cirios, formaban la ofrenda; hoy son personalizadas; de todos tamaños y colores, altares que distraen las miradas, imágenes como postales en la palma de la mano, no importa el regalo lo importante es demostrar la fe en el Santo Cristo del ojo de agua. Tradición que une a propios y extraños, ricos y pobres, niños y adultos mayores, en una sola palabra; creyentes.

Con las “ceras” empotradas en los brazos, la lluvia no la detiene y desde hace 58 años, como aprendió de su abuela, para luego heredar la tradición a sus hijos, María de Jesús, acude puntual a la cita, la procesión hacia la iglesia del ojo de agua. Hasta hace diez años, con un tono desesperanzador, recuerda María, se unía más gente a la peregrinación, poco eco causa en las nuevas generaciones, sin embargo, el ánimo no mengua en los más fieles seguidores. Orgullosos de mantener sus costumbres, ofrecen sus altares a la vista, cada uno de ellos da cuenta del cariño y la pasión dedicada.

Es el párroco de “San Juanita” Gerardo Escareño, quien pone orden, indica la ruta a seguir, recuerda el por qué se han reunido, mientras a su espalda, los penachos se balancean y los tambores no dejan de sonar. Poco a poco el tiempo va dando tregua, conforme avanzan por las calles, la procesión se hace más numerosa. Un kilómetro y doscientos metros los separan de su destino, sin embargo, hay que sortear antes un mar de gente, entre los diversos puestos de antojitos mexicanos, juegos de azar y mecánicos, ropa, lo que se pueda vender, se vende.

Queda claro que el peregrinar no es para todos, hay quien solo busca disfrutar la fiesta, o quien prefiere demostrar la devoción a su santo sin compañía de alguien más, figuras dobladas ante el altar dejan caer algunas lágrimas. A las afueras de la iglesia el estruendo de los tambores no da tregua, pareciera una batalla encarnizada entre los diferentes grupos de danzantes para que su ofrenda se escuche fuerte y claro.

Quienes evitaron la fatiga del peregrinar se muestran curiosos ante dos cuerdas que se usan a manera de perímetros frente a las escaleras de la iglesia, la procesión de la cera ha llegado. Sin decir una sola palabra, sin quejarse, las escaleras que estaban abarrotadas, ahora parecieran inaccesibles para los menos devotos, en una muestra de respeto digna de admiración, les ceden el paso a los peregrinos, mientras aplauden su esfuerzo.

Don José, con 35 años consecutivos participando, es el primero en salir, y el primero en llegar. Su rostro envejecido refleja cansancio, se persigna mientras gotas de agua bendita caen en su cabeza, se gira de manera repentina para extender su mano a uno de sus amigos, mientras se dan un abrazo fraterno, un año más han cumplido, la mueca de satisfacción en sus rostros lo dice todo.

Entran de uno en uno o en comunidades eclesiásticas, la cera sobre la cabeza, o con los brazos extendidos al aire, todos quieren hacer saber que ahí están, que su fe es inquebrantable, y están orgullosos de sus creencias. Después de entregar la ofrenda, todo se vuelve alivio, satisfacción, gratitud, ahora sólo queda mezclarse con los demás fieles y no tan fieles para disfrutar de la fiesta.

Los más pequeños no parecen comprender lo que sucede, prefieren acercarse a los juegos mecánicos. Los aromas que se perciben deleitan y seducen, todo hecho al instante, los comerciantes se ven apurados ante los ríos de gente que entorpecen el andar, incluso quien lleva prisa tiene que sucumbir ante la muchedumbre, alentar el paso o detener su andar por completo.

Es una gran fiesta llena de colores y matices, vaqueros rompen el paisaje con sus caballos, los abuelos adornan su cuerpo con trajes tradicionales, familias enteras se ven deambular sin preocupación alguna, por un momento el tiempo se detiene y no queda más que la fraternidad, disfrazada de devoción, un espectáculo único que descansa a los pies de la Iglesia del Santo Cristo del Ojo de Agua, hoy como hace 178 años.







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