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Prisión a los 15; historia de un joven homicida

Jesús, 'el Duracko', fue condenado a los 15 años por homicidio. Hoy está libre y relata la difícil experiencia

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Prisión a los 15; historia de un joven homicida
Fotos: Zócalo | Gerardo Ávila
Por: Ana Luisa Casas

Saltillo, Coah.-
Era mayo de 2014 cuando Jesús, de 15 años, escuchó con la cabeza agachada y la mirada perdida su sentencia: 12 años por el delito de homicidio calificado.

El sonido de la máquina de escribir en la sala de audiencias se alejaba al cerrar los ojos para volver la mente al instante en que su navaja se hundió en el abdomen y pecho de su adversario.

Tres puñaladas con arma blanca atravesaron el torso de su contrincante. Tres puñaladas que llevaron a “El Duracko”, como lo conocen en el barrio, a la cárcel. A su corta edad ya le había quitado la vida a un joven, también de 15 años. Pensó que su futuro estaba destruido. “Me llamaron asesino”, dice.

Dos años atrás, a los 13, comenzó a juntarse con aquellos, de entre 14 y 18 años, que se reunían en las esquinas de la colonia Jerusalén, al este de la ciudad. Ahí la pandilla de Los Durackos 357 lo cobijó, protegió y escuchó cada vez que sus padres lo ignoraban por sus largas jornadas de trabajo.

“Con ellos probé la mariguana, bebí caguama, me enseñé a tirar trancazos y a sostener las navajas con seguridad para amedrentar a cualquiera que perteneciera a otro bando. Por ellos me conocían como ‘El Duracko’”.

Dejó de vestir, alimentar y llevar a la escuela a sus hermanos menores. Dejó de hacer las “obligaciones” que desde los 10 años, como hermano mayor, realizaba en casa. Dejó de esforzarse para asistir a la secundaria, a la que llegaba caminando porque en casa no había dinero para el camión.

“Pertenecer a una pandilla como Los Durackos significaba ser leal ante todo y defender a los amigos como si fueran familia.

“Ahí me sentía escuchado. Los camaradas preguntaban más que mis padres cómo me sentía o estaba; se preocupaban por mí y me protegían”, recuerda.

Esa vez lo agarraron solo. La riña era entre dos, así que comenzaron los empujones y luego trancazos. Estaban rodeados por otros de la pandilla enemiga; se sentía enardecido por las amenazas que había recibido y por las veces en que lo corretearon y atraparon entre varios en los callejones de la Jerusalén, sin saber cuál era el conflicto.

“Me ganó la rabia, el coraje y no pensé más que en defenderme. Me agarró a trancazos y patadas. Me levanté con más rabia, saqué la navaja que me había encontrado días antes tirada en la calle, lo apuñalé debajo de una costilla dos veces y cuando se vio herido y comenzó a pedir perdón la ira ya corría en mis venas. Me cegó. Segundos antes pensé ‘de que lloren en mi casa a que lloren en la tuya, mejor en la tuya...’ y lo apuñalé una tercera vez en el pecho”.



Arresto


El momento en que fue arrodillado por los policías municipales con las manos sobre la nuca, mientras su enemigo permanecía en el asfalto bañado en sangre, aún vive en su mente. El resto de los que estaban ahí se "'peinaron’ y yo no supe lo que había hecho”.

Los uniformados lo subieron a una patrulla a punta de golpes con puño cerrado en la espalda y costillas. Lo llevaron a la casa del que había sido apuñalado para dar aviso a su madre.

“‘¿Quién lo picó?’, alcancé a escuchar a su mamá en un grito de angustia desde la camioneta en que me llevaban detenido. Su tío salió a golpearme a más no poder en partes del cuerpo que no evidenciaran las marcas, me cachetearon y me escupieron”.

Los policías lo permitieron.

Horas más tarde lo llevaron a los separos de la Policía Municipal. Continuaron golpeándolo en cara, abdomen y espalda con la macana. Luego de preguntarle, en frente de los administrativos, si había recibido algún mal trato por parte de los uniformados, contestó que no, por miedo.

“Dije ‘son de los mismos. Si rajo me irá peor, mejor me callo que andar de bocón’”, dice y chasquea al acordarse con impotencia y coraje de aquel momento.

A la media hora su expediente inicial había cambiado por homicidio calificado. Su madre le dijo que el joven con quien se había peleado estaba muerto y que él permanecería preso.

“Asumí que debía pagar las consecuencias. El peor momento fue ver a mi jefa romper en llanto, diciéndome que todo estaría bien, que me trasladarían al Tutelar, pero que ella iba a sacarme de ahí”.

Salió custodiado por unos ministeriales para ser trasladado al Centro de Internamiento Especializado en Adolescentes Varonil Saltillo (CIEAVS). Una señora lo abofeteó un par de veces cuando estaba esposado y le advirtió que era mejor conseguir Vaselina porque no tenía idea de lo que le esperaba.

Durante el traslado los custodios de la Policía Municipal lo electrocutaban con una chicharra. Estaba asustado, pero resignado a enfrentar la pena que merecía y en las condiciones que fueran.

Llegando al Tutelar se topó con puros pelones de miradas salvajes y sonrisas torcidas. Lo rodearon como jauría de perros hambrientos olfateando el miedo. Eran de barrios que no sabía que existían. Vestían shorts, sandalias, tatuajes y cicatrices.

Comenzaron a “tosquearlo”, lo empujaban entre todos en un círculo, pero “El Cáscara” lo ayudó. Se convirtió en su mejor camarada adentro del Tutelar hasta que se quitó la vida.

En el tutelar los uniformados, con radio y sin macana, vigilan de cerca a los adolescentes entre paredes sobrias y áreas verdes que se tornan grises con el encierro. Los alimentos no tienen sabor, asegura “El Duracko”. “Ni siquiera las comidas que son lo mejor servido, pues de cena sólo ofrecen atole y pan”.

“Pasaron tres semanas para acoplarme, para asimilar que estaba en el pozo. Despertaba a las 6 de la mañana y me bañaba en tres minutos para alcanzar agua caliente. Desayunaba tortillas con café negro y hacía ejercicio hasta como militar; estudiaba, acudía a los talleres de artes y esperaba a que el día terminara a las 5 de la tarde para caer de nuevo en mis pensamientos”.

Comenzó a valorar sus pertenencias más básicas en el encierro. Necesitaba una libreta y un lápiz para pasar el rato, un desodorante o una playera. “Esas cosas no las valoras afuera, pero ahí empiezas a hacerlo y a ser agradecido con lo poco que te dan”.

“Los custodios te forman una disciplina, pero también te aterran muchísimo. Si te dejas a la primera, te van a agarrar siempre de bajada los custodios e internos, yo me agarré con otros internos unas tres veces. Después de ganarme un poco de respeto ya no me metía en problemas, porque cada vez era más el tiempo que pasaba para tener noticias sobre el amparo en mi caso y debía mantenerme a salvo".

Conoció jóvenes originarios de Monclova, Piedras Negras, Acuña y de otras partes de la entidad, quienes también le contaron su historia.

Sistema de justicia


Los menores de edad infractores de otras partes del estado fueron trasladados en 2017 a Saltillo mediante un operativo especial hasta el lugar en donde hoy están encerrados, protocolo que permanece vigente en apego a los nuevos requisitos de la Ley del Sistema Integral de Justicia para Adolescentes de Coahuila, que fue aprobada por el Congreso del Estado, para empatarla con el Nuevo Sistema de Justicia Penal Acusatorio.



Entre las intervenciones de esta ley se encuentra la oralidad del proceso y la creación de la figura del juez de ejecución, que revisará la orientación, protección o tratamiento de los menores por lo menos cada tres meses, para cesarlas, modificarlas o sustituirlas por otras menos graves, pero sobre todo, controla el otorgamiento o denegación de beneficios.

Así como el planteamiento de las soluciones alternas y formas de terminación anticipada del proceso, entre las que destacan el acuerdo reparatorio, la evaluación de cada caso y el uso de la privación de la libertad para efectos de un tratamiento.

Lo que se cuenta

Escuchó narraciones sobre conflictos entre pandillas, asesinatos a padrastros y robos a mano armada. También escuchó historias de quiénes habían asesinado, secuestrado o violado para Los Zetas.

Dice que a ellos les va peor dentro de la correccional, no porque alguien les pagara con la misma moneda, sino porque el maltrato es más fuerte y la carilla insoportable. Cuenta que llegaban hasta el llanto, pidiendo que nadie les recordara la razón que los había llevado ahí, pues la mayoría de ellos violaron a sus propias hermanitas, primas o hermanos bebés.

“No creo que nadie ahí dentro no se haya arrepentido o llorado, incluso el peor interno o el más fuerte quizá, sin que nadie se diera cuenta, en silencio o a solas, pero todos ahí experimentamos el miedo de un futuro incierto, deliramos pensando qué sería de nuestra vida de no estar tras esas paredes con alambres de púas rodeándonos”.

Fueron tres años los que permaneció privado de su libertad y en los que dice ocurrieron hechos importantes, por ejemplo, el cambio de la directora del centro y de su abogado.

“El proceso del amparo se alargó y se envió la carpeta de investigación hasta la Ciudad de México, porque, en pocas palabras, los magistrados de aquí no hacen nada”.

Durante su tiempo libre o al anochecer eran los momentos en que lograban compartir sus historias. En días buenos había oportunidad de comprar frituras en los estanquillos con dinero de todos y comerlas como cena.

“Los primeros meses era pelea tras pelea, comida, ejercicio, peleas, castigos y visitas de mamá sin detener su llanto. Iba cada fin de semana a charlar conmigo y a las terapias sicológicas que debíamos tomar, pero hubo un momento en el que yo mismo le pedí que no siguiera gastando en abogados ni se esforzara en venir cada fin de semana, porque mis hermanitos también la necesitaban y yo ya me había acostumbrado a ‘valer madre’ aquí adentro”.

Dice que algunos de los talleres eran entretenidos, en los que olvidaba su encierro, como cuando aprendía papiroflexia o a fabricar monederos con bolsas de frituras o adornos con latas de lámina para venderlas.

Creer en ellos

Una de las asociaciones con mayor incidencia dentro del CIEAVS durante la estancia de “El Duracko” fue Empresa Constructora de Paz (Emcopaz), que comenzó acciones altruistas para pasar de la protesta a la propuesta. Sus fundadoras son Blanca Myrna Garza y Verónica Barreda, quienes desde hace 10 años trabajan con agrupaciones vulnerables de la población.

“Nuestro primer acercamiento, después de cumplir una serie de estrictos requisitos, fue una sesión en la nos dedicamos sólo a escuchar. Nos saludamos de beso y mano con todos, dejando a un lado el espacio en el que nos encontrábamos, nos olvidamos del porqué estaban ahí, escuchamos al ‘Loco’, al ‘Cacahuate’ y al ‘Chuky’”, recuerda Barreda.

“Nos dimos cuenta de que los jóvenes, en la mayoría de las situaciones, eran víctimas de su propio contexto: familias disfuncionales, bajos recursos, ambientes tóxicos donde las drogas y el alcohol acompañan dichas situaciones. Son jóvenes que sí cometieron un acto ilícito, pero también son víctimas".

“Cuando comenzamos a demostrarles que sus vidas tienen el mismo valor que antes de entrar ahí, cuando comenzaron a ser reconocidos antes que señalados, ellos también crecieron, dejaron miedos a un lado, mostraron sus mejores habilidades y talentos”, relata.

Los jóvenes egresan del centro sin antecedentes penales, pero enfrentan el rechazo por haber cometido un delito, lo que disminuye sus posibilidades de conseguir un empleo o continuar sus estudios.

La falta de seguimiento a los jóvenes que concluyen su rehabilitación los orilla en algunos casos a buscar una salida en negocios ilícitos.

Lo que hace la asociación de Blanca y Verónica es vincular a los jóvenes con empresas para que puedan encontrar un trabajo digno, y apoya los procesos para que concluyan sus estudios. A la fecha ha colocado 30% de los jóvenes que egresan del Centro de Reinserción Social en un oficio o trabajo.

En la mayoría de los casos, comentó la activista, estos jóvenes se desarrollaron en ambientes tóxicos, donde se vieron obligados de alguna forma a delinquir, incluso fueron víctimas de violencia, sin embargo, por medio de talleres de reconstrucción social y emocional han logrado dar las herramientas para que los jóvenes que concluyen su estancia en el tutelar puedan incluirse de manera favorable al sector productivo.

La fuga

Aunque no todas las vivencias fueron buenas. En una ocasión a él y otros internos los acusaron de haber robado una llave y planear una fuga. Pusieron la llave en su “búnker”, un pedazo de concreto cubierto con un colchón delgado y cobijas, donde dormía, para después llevarlo a la celda de castigo, cuenta entre las experiencias que más lo marcaron dentro del centro.

“Éramos ‘El Cáscara’, ‘El Sinaloa’, ‘El Loco’ y ‘El Hunga’, a los cinco nos despertaron como las 5 de la mañana de un trancazo, era un levantón de gates y uniformados. El comandante Chacón llegó destendiendo mi “búnker”, sacando la llave debajo del colchón, sin buscar en otro lado, como sabiendo quién sería el responsable”, dice. Él mismo comandante la había puesto ahí, asegura.

“Nos pusieron a hacer ejercicio hasta que el cuerpo ya no nos respondía para confesar quién había sido el de la idea. (Estaban) gritándonos y sin bajarnos de pendejos. Hasta que ‘El Hunga’ se echó la culpa”.

Se lo llevaron al “cuarto”, un cubo de paredes grises donde es inútil gritar o pedir auxilio porque ningún sonido sale de ese cuarto, dice “El Duracko”.

“Regresó todo golpeado, con el ojo hinchado. Me dio muchísimo coraje, porque ese comandante que nos acusó ya la traía contra nosotros, además, ese día traía puesta la cadena (de oro) que le quitó a uno de ellos, según él, porque no estaba permitido”, recuerda impotente.



“Al otro día llegó la hora de visita y me acuerdo de que la jefa estaba en el pasillo esperándome, pero yo tenía mucho coraje porque ya antes ese comandante me había bajado una feria, me había tratado como un perro e incluso esa vez estaba ensañado con que el de la idea de escapar había sido yo”.

Pero dice que todos sus castigos y torturas había que soportarlos, porque si “‘peinabas’ con tus jefes en la visita era peor: nos torturaban con métodos como 'la gasa', 'las chicharras', 'el colgado' o simplemente negar los alimentos”.

“Ese día, sin pensarlo, le metí un chingazo en la nariz, lo agarré a patadas tan fuerte como pude, estaba bañado en sangre y mi jefa gritaba que lo soltara, pero yo sentía vengar cada una de sus humillaciones.

“Esa tarde me llevaron al cuarto, me metieron una madriza de esas de las que todavía me acuerdo. Me colgaron en una pared con las manos atadas a las esposas, así duré un par de días, hasta se me encarnaron las esposas”, cuenta “El Duracko”, pasando las yemas de sus dedos sobre las cicatrices abultadas de las muñecas.

“Me dieron una madriza que no olvido, pero no chillaba, aguanté cada golpe, y mejor me reía, que es lo que más coraje les daba a los custodios, sin saber que era mi despedida”, expresó con la mano sobre el cuello y levantando las cejas, como recordando el momento.

La gran noticia

“Días después recibí una llamada de mi madre diciéndome que había obtenido la libertad, no me la creí”, dice, “creo que hasta me enojé con ella de tantas veces que me ilusioné y no lograba poner un pie afuera. Pero esta vez era cierto. La pesadilla había terminado”.

Según los abogados, los horarios de detención y traslado no coincidieron, además de que fueron comprobadas las lesiones por parte de los policías, lo que se sumó a reformas legales que se realizaron en la Ley del Sistema Integral de Justicia para Adolescentes de Coahuila para homologarla con la nueva Ley Nacional del Sistema Integral de Justicia Penal para Adolescentes, misma que fue aprobada por el Congreso de la Unión y publicada en el Diario Oficial de la Federación.

Con esta reforma disminuyó a cinco años de prisión las penalidades máximas para todos aquellos menores que cometan delitos de alto impacto como homicidio doloso, secuestro, violación sexual, extorsión agravada, robo con violencia física, delitos contra la salud, lesiones dolosas, trata de personas, así como la posesión y portación de armas de uso exclusivo del Ejercito y las Fuerzas Armadas.

El nuevo ordenamiento legal, vigente en todo el país y que está por encima de las leyes estatales en la materia, abrió la posibilidad de que menores delincuentes que habían recibido sentencias mayores a cinco años de internamiento preventivo por la comisión de delitos graves puedan solicitar el principio de retroactividad de la ley.

Es decir, podrían solicitar la modificación a una sentencia menor a la impuesta por el ordenamiento local y que establecía en su articulado penalidades máximas de 10 y hasta 15 años de prisión, en delitos considerados como graves, a los grupos etarios de 14 y hasta menos de 18 años, respectivamente.

Por ejemplo, el artículo 145 denominado “Reglas para la determinación de Medidas de Sanción” establece que en ningún caso podrán imponerse medidas de sanción privativa de libertad a los menores que, al momento de la comisión de la conducta delictiva, tuvieren entre 12 años cumplidos y menos de 14 años.

Así, la duración máxima de las medidas de sanción que se podrá imponer a la persona que al momento de la comisión de la conducta tuviere entre 14 años cumplidos y menos de 16 años, será de tres años, mientras que “la duración máxima de las medidas de sanción que se podrá imponer a las personas adolescentes entre 16 años y menos de 18 años será de cinco años”, según establece.

Libertad

“En ese instante no podía creerlo. Supe que podría recuperar mi vida y reconstruir mi historia. Regresé, comencé a regalar lo poco que tenía ahí a camaradas que en esos casi tres años sus padres nunca los visitaron: mis cobijas, unas playeras, la tarjetea de teléfono y un par de tenis que mi mamá me había comprado hace poco, a ellos les compartíamos un taco de lo que nos llevaban a los de Saltillo, camaradas de Piedras Negras o Acuña a quienes sus padres olvidaron ahí dentro”, dijo.

“Regresé a casa y aunque las cosas no habían cambiado del todo, me sentía aliviado, me perdoné a mí mismo, dice y agrega sentirse agradecido con lo que tiene y muy
afortunado.



“Mis padres me permitieron continuar la preparatoria abierta y además me encuentro trabajando en una empresa de autopartes, pues hay una razón más fuerte que otra cosa, algo que me exige cada día lo mejor de mí, que me hace pensar en qué futuro quiero para mí y para mi bebé”, dice entusiasmado.

Juan es ahora padre de un pequeño de apenas 3 meses, fruto del amor con jovencita de su edad. Son una familia que busca darle lo mejor al pequeño.

Actualmente Jesús tiene 19 años, sólo es apodado “El Duracko” por los amigos más cercanos. Ignora cualquier grito en la calle diciendo “¡asesino!”

Es un padre ejemplar, preocupado por el bienestar de su familia, atento de que sus hermanos no sigan sus pasos, agradecido con la vida y con su madre. Consentidor de su novia. Abraza a su hijo mientras le da un beso en la frente, nadie pensaría que estuvo en prisión.




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