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Sacerdotes deciden casarse

Seis curas coahuilenses tuvieron que ir hasta EU para realizar sus dos vocaciones: el sacerdocio y el matrimonio

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Sacerdotes deciden casarse
Fotos: Zócalo | Cortesía
Por: Jesús Castro

Saltillo, Coah.-
Un domingo a mediodía caminaba Leonardo Gómez tomado de la mano de su esposa. Llegaron hasta la catedral de San Mateo, en San Antonio, Texas, y atravesaron el estacionamiento. Cuando se dirigían hacia el templo por un pasillo de la iglesia, escuchó una voz que le gritaba con júbilo "¡padre Leo!" Y en ese momento, de forma instintiva, le soltó la mano a la mujer que lo acompañaba.

Cuando Leo volteó, se sorprendió a sí mismo dentro de aquella imponente construcción de color rojo con una torre blanca coronada por un reloj, sin poder creer lo que hizo. Le acababa de soltar la mano a su esposa como diciendo “esto está mal. Alguien me está reconociendo como sacerdote y yo voy de la mano de una mujer”.

Leonardo es un cura católico, pero además es un cura mexicano, y más aún, es un cura coahuilense. Es uno de los seis presbíteros de nuestro estado que actualmente viven en Estados Unidos, que celebran misa, que están casados y que tienen hijos, niños a los que todos conocen como los hijos del padre.

Todos estudiaron para ser presbíteros en los seminarios de Saltillo o Piedras Negras. La mayoría se ordenó cura en la capital y ofició misa en los templos de la ciudad hasta que decidieron dejar el ministerio, no porque pensaran que se equivocaron de vocación, sino al contrario, por estar seguros de estar llamados al ministerio para también a casarse.

Los padres Leo Gómez, Alfonso Castillo, Amaro Rojas y Óscar Castillo se exiliaron de México. Se fueron de Coahuila sin saber que en Estados Unidos habría un lugar para cumplir con sus dos vocaciones, la de ser sacerdotes y también estar casados. A ellos se sumaron otros tres excuras coahuilenses que siguieron sus pasos incorporándose en las llamadas Iglesias Católicas Antiguas.

El celibato impuesto por la Iglesia Católica Romana está obligando a muchos hombres con verdadera vocación sacerdotal a dejar el ministerio. Según cifras de la Diócesis de Saltillo, entre 2000 y 2012 habían renunciado al ministerio 10 presbíteros, entre ellos los padres Alfonso y Óscar Castillo, ambos hermanos de sangre.

La cifra de deserciones sigue en aumento y el número de seminaristas disminuye. La pastoral Vocacional Diocesana de Saltillo reconoció el año pasado que de 15 seminaristas que entran al año, siete lo terminan y de ellos, cuando mucho, tres se ordenan
sacerdotes.

En México hay 25 diócesis que apenas ordenan un sacerdote al año, entre ellas está la de Piedras Negras, y sólo cinco ordenaron más de 10, que son las de México, Guadalajara, Monterrey, San Juan de los Lagos y Tabasco.

Lo más grave, según datos del Vaticano, es que entre 2008 y 2012 le otorgaron el permiso de dejar el ministerio a 13 mil 123 sacerdotes para que se pudieran casar, pero no es la cifra real, porque a una gran cantidad de los que “cuelgan los hábitos”, la Iglesia no le otorga el permiso.

Ellos, los que no se han podido casar por la iglesia porque no les han otorgado la llamada “dispensa” sacerdotal, no están en la estadística. Es el caso de los seis sacerdotes coahuilenses en Estados Unidos, porque ninguna de las tres diócesis de Coahuila les ha resuelto el trámite.



PADRE PONCHO

Al padre Poncho ya no le importa si el Obispo de Saltillo le tramita la “dispensa” sacerdotal. Actualmente es feliz en Denver, Colorado, como párroco de la iglesia de San Francisco de Asís, en la Iglesia Nacional Polaca.

Alfonso Castillo Méndez entró al Seminario Diocesano de Saltillo cuando cursaba preparatoria y estaba seguro de que quería ser sacerdote. Terminó todos sus estudios eclesiásticos, incluyendo teología en la Universidad Pontificia de México.

Durante esos años, no vivió crisis vocacionales, más bien, eran crisis relacionadas con el hecho de no poder tener una pareja o una familia. Dice de sí mismo que siendo seminarista se reprimía por sentirse atraído por alguna mujer.

Se ordenó sacerdote en la Catedral de Santiago, donde ayudó al padre Humberto González durante un año. Luego se devolvió a la Pontificia de México a estudiar la licenciatura en Filosofía. Ahí se dio cuenta de que no era completamente feliz a pesar de disfrutar su ministerio.

“Descubrí que necesitaba vivir una vida de familia y de matrimonio. Lo comparto con el obispo Francisco Villalobos, de tal manera que le digo que ni siquiera me interesa seguir estudiando. Dialogando con el padre Carlos Dávila, vicario general, me piden regresar”, platica el padre Poncho, quien fue recibido con una actitud paternal y comprensiva.



Era 1999 y le pidieron que lo pensara, que se fuera un tiempo a la parroquia de Villa de Fuente, en el norte de Coahuila, donde estuvo un año. Al terminar, volvió para informar que dejaría el ministerio. Para ese momento, don Francisco Villalobos ya no era el obispo titular, y tuvo que lidiar con Raúl Vera.

Se recuerda a sí mismo cuando conoció a Vera López durante unos ejercicios espirituales y contaba con rayitas las veces en que el Obispo decía “yo… yo... yo…”, lo cual le hartó. Al salir de las pláticas le informó su decisión, y el Obispo se limitó a decirle que no, que estaba mal, que eran tarugadas y no tenía por qué hacer eso. Lo mandó a apoyo psicológico, pero ni eso lo hizo cambiar de opinión.

Para noviembre decidió irse definitivamente y lo informó a sus superiores. De inmediato fue llamado por el obispo Raúl Vera.

“Me mandó llamar molesto porque había decidido irme. Me acuerdo que me dijo: ‘le pides, por favor, a tu confesor –y agarra a un buen confesor, no vayas a agarrar a un amigo tuyo– que te ponga una buena penitencia’. Me acuerdo que decía ‘tú no crees que yo tengo más el Espíritu Santo que tú, y tú muchacho, ¿qué te crees?’”, recuerda el sacerdote.

Regañado y todo, se fue. Estuvo un tiempo en casa de sus padres. Entonces lo contacta un amigo suyo, el padre Leo Gómez, desde Estados Unidos, para invitarlo en ser cura de una Iglesia Antigua, pero no se interesó. Lo que sí aceptó fue irse a Estados Unidos, acompañado de otro exsacerdote, el padre Amaro Rojas.

Poncho trabajaba limpiando un restaurante por las noches, de día estudiaba inglés y por la tarde daba clases de español. Para ese entonces, trabó relación con una antigua feligrés de la parroquia de Villa de Fuente. En ese momento ella estudiaba psicología en Texas y al reencontrarse iniciaron un noviazgo.



Cuando ella se muda a Colorado para estudiar una maestría en Psicología Criminal, deciden vivir juntos. Eso fue en diciembre de 2001. Con el tiempo consigue trabajo de consejero de adicciones, se certifica, va creciendo y pasando a otros empleos de ese tipo. En 2008 ellos deciden vivir juntos y abren una institución llamada Spanic Clinic, en marzo de ese año.

Es entonces que vuelve otro ofrecimiento por parte del Obispo de la Iglesia Católica Antigua para que se haga cargo de una parroquia como sacerdote. Poncho lo platica con su esposa y ella acepta.

“Yo creo que la vocación nunca se pierde. Acepté su propuesta y fue un cambio no sólo para mí, sino para toda mi familia. Me acuerdo que al final me preguntaba cómo hacer de la vida ministerial una vida de familia. Y hoy te puedo decir, con seis años de vida ministerial, siendo director de una institución, jefe, papá; siendo pastor, que sí se puede la vida ministerial”, manifiesta.

Primero estuvo en la parroquia de Cristo Rey, pero desde diciembre pasado está en la de San Francisco, de la Iglesia Nacional Polaca, a donde llega tomado de la mano de su esposa y su hijo a dar misa, con toda naturalidad.

“Ellos descubren que cuando yo dialogo con una pareja, no estoy inventando o sacando una teoría psicológica, yo puedo compartir con ellos lo que yo sé que pueden estar pasando”, expresa quien sigue preguntándose cuándo va a ser el día en que “la Iglesia católica va a evaluar esta tarugada de tener el celibato, cuándo le va a permitir al sacerdote vivir su vida familiar y ser
ministro”.



Señala que el papa Francisco ya comienza a hablar de sacerdotes casados, por eso creo que la Iglesia en su momento deberá tener la humildad de reconocer la necesidad, no sólo de que haya parroquias, sino necesidad de contar con pastores completos.

Mientras tanto, el padre Poncho continúa ganándose la vida con un negocio propio que ha crecido con más sucursales, y al mismo tiempo oficiando misa los domingos acompañado de su esposa y su hijo.

LEO, EL PIONERO

Leonel Gómez Galarza es aquel que el primer día en que volvió a ser llamado padre Leo, luego de años de dejar el ministerio, le soltó la mano a su esposa. Su proceso fue distinto. Él es originario de Monclova. Entró al Seminario de Saltillo y estudió hasta terminar Filosofía.

La primera vez que sintió que le movían el tapete fue cuando lo mandaron a misiones de verano a una parroquia de los Cinco Manantiales, donde conoció a una muchacha, por la que estuvo a punto de dejar el Seminario. No hubo nada con ella, sólo evidente gusto uno del otro. Y él regresó al Seminario, de donde lo enviaron a estudiar Teología a Guadalajara.

Su padre, que vivía en Estados Unidos, le dice que de aquel lado hacían falta sacerdotes, que se vaya para allá. Leo le toma la palabra y con un permiso del Seminario de Saltillo se va a la Arquidiócesis de Chicago, con una beca, a estudiar inglés y terminar Teología, ordenándose sacerdote el 22 de mayo de 1999, en la parroquia de Santa Engracia.

Dice que le gustaba mucho su trabajo, pero al final del día, cuando terminaban las actividades y se encontraba solo en la casa parroquial, había un vacío y no había nada que lo pudiera compensar. Al sentir la necesidad de una familia, en 2004 decide dejar el ministerio.

Se queda en Chicago, donde trabaja primero en la industria de la construcción y luego de chofer de limusinas. Luego labora en la Fundación Epilepsia, de donde lo transfieren a Houston, Texas. Para ese momento ya había iniciado noviazgo con la que es hoy es su actual esposa, a quien conoció por medio de su hermano

Se casaron en 2006. Vivía en Texas y trabajaba para el Departamento de Salud Mental de Houston. Tenían la vida resuelta hasta que fue contactado por el obispo de una iglesia independiente, con quien se entrevistó en 2007 y quien le propuso reinstalarlo en el ministerio sacerdotal, pues en su iglesia aceptaban sacerdotes casados.

Al principio se negó, pero luego de consultar a amigos sacerdotes de Coahuila y conocidos en EU, aceptó. Para ello fue a otras dos entrevistas, y le pidieron que lo acompañara su esposa.

“Quieren que nos vean así, como sacerdotes casados, no como una iglesia que pretende ser católica romana, sino como una iglesia católica independiente que tiene sacerdotes casados”, recuerda el padre Leo.



Fue en una de esas entrevistas cuando sucedió el episodio en el que le gritaron “¡Padre Leo!” y él le soltó la mano a su esposa, porque decir que es sacerdote y tiene esposa no está en el sistema por la doctrina que seguían en la Iglesia Católica Romana

Ese día aceptó, y desde marzo 24 de 2008 sirve en una comunidad del barrio mexicano en la catedral de San Mateo, de la Iglesia Católica Independiente, que forma parte de la comunidad de iglesias episcopales y evangélicas de los Estados Unidos.

Tuvo la oportunidad de casarse con Olga Alicia Guajardo y ahora tienen tres hijos: Miranda Valentina, de 6 años; Lía Jimena, de 4, y Santiago, de 8, quien responde que quiere ser sacerdote cuando crezca.

Se siente orgulloso de portar los ornamentos y celebrar misa teniendo a su familia dentro del templo y dar credibilidad a los feligreses, porque como sacerdote casado tiene experiencia para guiar y aconsejar.

Piensa que así debería ser la Iglesia Católica Romana, que de suprimir el celibato a los sacerdotes solucionaría muchos problemas como sacerdotes que se meten en líos con mujeres, con otros hombres o con niños.

“Todo eso me hace pensar mucho en si tener esta regla del celibato es bueno o le perjudica a la Iglesia Católica Romana. La verdad no sé si el hecho de que la quitaran traería más jóvenes a ser sacerdotes. No sé, pero valdría la pena averiguarlo”, declaró.



DOLOR DE FAMILIA

Óscar es hermano menor del padre Alfonso Castillo. Siguió los pasos de su hermano entrando al Seminario, cuando cursaba secundaria. Entró al Seminario Diocesano de Saltillo siendo formado por el padre Jorge Sepúlveda y Plácido Castro. Cursó Filosofía en Guadalajara y Teología la comenzó en San Luis Potosí, pero luego pidió su cambio y lo trasladaron al de Matamoros.

Al ordenarse sacerdote en Saltillo, fue asignado a la parroquia de San Patricio y luego lo enviaron al desierto para ayudar a atender las parroquias de Cuatro Ciénegas y Ocampo. Allá la soledad y el aislamiento lo envolvieron en una crisis.

Se encontró consigo mismo y sus carencias. La necesidad de sentirse acompañado al final del día lo puso a reflexionar si ese era su camino. Además, estaba ahí una religiosa de misiones, oriunda de los Altos de Jalisco, de quien se enamoró. Comenzó a buscar consejo en otros sacerdotes que más bien lo mal aconsejaron.

“¡Ah!, ¿lo que quieres es tener pareja? Pues a lo mejor hasta el Obispo te puede dar permiso de que tengas pareja, muchos la tienen”, le decían algunos; otros le aconsejaban: “O no digas nada, y ten tu pareja en otro lado y la visitas, y puedes hasta tener a tu familia, ¿verdad?”.

Malaconsejado, habló con la religiosa con quien quiso iniciar una relación sentimental, pero ella le dijo que no, que no iba a vivir una situación a escondidas, que debía ser congruente con su vida, no su ministerio, sino con su vida. Que no se valía llevar una relación a escondidas y hablar de igualdad teniendo escondida a la persona que se ama.

Hasta que encontró sabios consejos en un sacerdote de Tamaulipas y en otro de Estados Unidos, con quienes pasó un año de discernimiento, hasta que se dio cuenta de que no, que debía dejar el ministerio. Entonces fue a hablar con el Obispo.

Acudió a verlo a su oficina del Seminario Mayor, y tras entrar y sentarse, el padre Óscar comenzó a intentar explicarle que llevaba ya un año de analizar su vida sacerdotal, y que había decidido dejar el sacerdocio.

“Hasta ese momento Raúl Vera López había permanecido con los ojos cerrados”, dice el padre Óscar. “Parecía estar dormido –agrega– y sólo al escuchar decir que dejaría el ministerio se sobresaltó y dijo ‘¿Cómo que dejarás el sacerdocio?”’.

“Le digo ‘sí, le estoy tratando de explicar, pero parece que usted tiene mucho sueño, pues ya no le digo’. El Obispo me contestó ‘no, pues no. Eres un obrero de una maquiladora para que me digas que vas a dejar tu puesto. Regrésate, vete la Semana Santa y sigue allá, y ya’”, declara el sacerdote.

La reunión no duró ni 10 minutos porque Óscar le dio fin diciéndole que sí, que se devolvería a su parroquia a oficiar en Semana Santa, y que duraría ahí hasta finales de abril para la fiesta de santa Catalina de Siena, después dejaría el ministerio. Y así fue, para mayo se devolvió a su casa.



Ahí le tocó vivir con tristeza las malas caras y el rechazo de que fueron objeto sus papás, a quienes todos adulaban por ser los padres de dos sacerdotes, pero ahora condenaban por engendrar a dos excuras.

“La experiencia es muy fuerte para ellos, por la gente; la Iglesia, crea una persecución injusta contra los papás. Mis papás lo sintieron, me dolió mucho. Los cabecillas de las iglesias, los que los adulan y luego los atacan. ¿Cómo algo tan sublime puede ser tan miserable?”, declara.

Por eso a la semana se fue a vivir a EU, primero con su hermano, el padre Alfonso, y luego con su hermana mayor en San Antonio. Trabajó en agencias de recuperación de adicciones y se certificó como consejero en Denver, Colorado.

Para entones ya estaba libre, así que buscó a aquella chica de quien se enamoró en Cuatro Ciénegas y que para entonces ya había dejado los hábitos y estudiaba psicología en la Universidad. Iniciaron una relación de noviazgo y luego se casaron. Se fueron a vivir a Lagos de Moreno, en donde pusieron un negocio de papelería y renta de computadoras.

Con la crisis del 2008 tuvieron que cerrar y venirse a Saltillo, de aquí de nuevo partieron hacia EU, en donde él se puso a trabajar en la remodelación de casas. Luego regresaron a Saltillo y él se puso a laborar en una fábrica, de obrero, e intentó estudiar la carrera de ingeniería, de la que sólo curso dos años.

Para ese momento ya había tenido contacto con obispos de las Iglesias Antiguas de Estados Unidos, que le insistían en que volviera al ministerio, pues estaban interesados en abrir espacio a la comunidad hispana.

Lo consultó con su esposa y decidieron aceptar. El Obispo les tramitó la visa de trabajo y el estatus migratorio, y se fueron para Estados Unidos, con todo y su hija, y se instalaron en la iglesia de San Matías, en un suburbio de Dallas, Texas.

Dando misa con su esposa Delia y sus ahora dos hijos, Romina y Ezequiel, se siente realizado. Los puede presentar con naturalidad, y la gente le dice que prefieren sacerdotes casados, pero además, su propia familia sirve de contrapeso en su ministerio.



Piensa que estar casado le da más credibilidad como sacerdote, y ahora su siguiente paso es ya no vivir sólo del ministerio porque está tramitando su residencia para trabajar y mantener a su familia, y demostrar que sí se puede, contrario a lo que dice la Iglesia Católica Romana, que los sus sacerdotes no se casan porque no tienen tiempo para mantener a una familia.

Sobre la supresión del celibato por parte del Papa y los obispos de Roma, piensa que es remota la posibilidad. Que no se trata de un baluarte, sino de una joya sin valor que protegen más por ciertos intereses que por vivir la congruencia del evangelio.

“No veo que vaya a suceder pronto, es un tema que se platica siempre, y se pone en la mesa, pero se quita, porque es más fuerte la cuestión del poder económico, de influencias entre los ministros de la iglesia, que prefieren seguir escondiendo a sus hijos, en vez de abolir el celibato”, expuso.

EL PADRE AMARO

Junto al altar de la parroquia de San Juan Bautista, en Chicago, Illinois, está un sacerdote con el ornamento verde. Abraza a una mujer que está a su lado izquierdo y a dos jovencitas en el otro. Es el padre José Amaro Rojas Suárez posando con su esposa e hijas.

El presbítero sonríe de forma tímida, como lo ha hecho desde que era seminarista, allá por 1986, cuando entró al Seminario de Saltillo, a donde se trasladó procedente de su natal Castaños.

Casi dos años después, al llegar al llamado Curso Introductorio, que estudió en el Seminario de Tapalpa, en Jalisco, tuvo su primera crisis vocacional y decidió dejar sus estudios y volver a Coahuila. Durante los siguientes tres años conoció a una chica con quien tuvo un noviazgo, que terminó debido a la distancia.

Después de ese noviazgo regresó al Seminario. Fue admitido y realizó el resto de sus estudios eclesiásticos hasta ordenarse sacerdote el 30 de marzo de 1998, en Saltillo, junto con el padre Ignacio Flores, Roberto Estrada Lesa y Guadalupe Estrada.

El obispo Francisco Villalobos lo envió como vicario a la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, en Piedras Negras, en donde comenzó a vivir una crisis sacerdotal que se agravó al conocer a una chica que le llamó la atención y de quien se enamoró.

“Lo que me motivó a dejar el sacerdocio fue no llevar una doble vida. Era muy duro encontrarse en esa situación, pararme enfrente de la gente y hablarles de fidelidad, de honestidad, y exigirles un comportamiento como Jesús nos enseñaba, y yo no lo estaba viviendo, eso era difícil”, compartió. Es por esta razón que en 1999 estuvo en Saltillo para hablar con el obispo Raúl Vera.

El encuentro no fue muy bueno. Vera López apenas venía llegando como nuevo obispo y José Amaro era el primer caso de un sacerdote que se le presentó con la intención de dejar el ministerio.

Le dijo que era muy joven, que si quería tramitar la dispensa sacerdotal lo hiciera, pero que dudaba que se la autorizaran, porque no tenía ni la edad ni la madurez para tomar esa decisión. Amaro solamente le dijo que esa era su decisión y se fue. Jamás lo volvió a ver.

Al siguiente día regresó a Piedras Negras, recogió sus cosas y se fue a casa de la que ahora es su esposa. En ese tiempo lo buscaron sacerdotes para criticarlo o para “pendejearlo”. Le dijeron que le había faltado colmillo; otros le preguntaban que si estaba embarazada, porque si era así, no pasaba nada, que tuviera al niño.

“Se habla mucho de la fraternidad sacerdotal, pero es un mito. Muchos iban para convencerme de no dejar el ministerio y así sentirse los héroes; otros me decían ‘te faltó hablar conmigo. Hubieras hablado y te hubiera dicho cómo le hacías’, recuerda el cura.



Lo que siguió fueron las críticas de la comunidad, de su familia, de la gente que sentía que lo señalaban, tanto a él como a ella, pero todavía hubo otro suceso que los hizo irse de Piedras Negras: una película mexicana.

“En aquel entones salió la película de El Crimen del Padre Amaro, y yo soy el padre Amaro allá en México. La gente empezó a relacionar que yo dejé el ministerio por la película. La gente pensaba que era mi vida la que estaban plasmando en esa película”, relata.

Vivieron un tiempo en un pueblo de Houston, luego estuvieron en Saltillo, en donde él trabajó en una Caja Popular. Regresaron a Piedras Negras y de nueva cuenta volvieron EU, país en el que nació su primera hija. En Chicago, Leo Gómez le consigue trabajo a él y al padre Poncho, pero debido al frío se regresa con su esposa a Eagle Pass, ahí se queda hasta 2011.

En ese tiempo trabajó como agente aduanal, cuidó enfermos, abrió un negocio de comida y fue capellán para desahuciados. Para ese momento la idea de volver a ejercer como sacerdote le regresó, cuando el padre Leo, ahora en la Iglesia Católica Antigua lo invitó.

Prefirió investigar y encontró que necesitaban a un cura para la comunidad hispana de Chicago. Fue y conoció la comunidad de la Iglesia Nacional Polaca. Decidió volver a ser sacerdote. Ofició su primera misa en su nueva comunidad en abril de 2011. Tiempo después se lleva a vivir con él a su esposa Rosangélica Nolasco y a sus hijas Fernanda y Regina.

Han crecido mucho desde entonces, y eso lo hizo buscar ayuda, por eso contactó a otros dos exsacerdotes de Coahuila, el padre Gabriel y el padre Antulio, también al diácono Nazario Salas, que tras incorporarse a aquella Iglesia Polaca fue ordenado sacerdote.

Del clero de Coahuila dice que conserva buenos amigos, pero que se dio cuenta de que en estas diócesis, si un sacerdote tiene mujer e hijos, y decide quedarse y no desertar, te cubren; si no, los tachan, los critican, en vez de presionar a la Iglesia de Roma para que quite el celibato a los sacerdotes y así no tengan que estar escondiendo a sus mujeres y a sus hijos.

“Pienso que ya se están tardando. Ya debieron de haber superado esta situación, pero creo que no está lejos porque por lo menos el papa Francisco dijo que posiblemente la Iglesia ordene a hombres que están casados y que quieren ser sacerdotes”, declaró Amaro.

Dice que si eso no pasa, poco a poco las Iglesias Católicas Antiguas le quitarán terreno a la Católica Romana y no falta mucho para que ingresen en México o en Coahuila, para que no haya más exsacerdotes diocesanos exiliándose en EU y vivir plenamente sus dos vocaciones, la ministerial y la matrimonial.



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