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hace 3 semanas
[Relatos Paralelos]

Santo Domingo

“Quiero un título”, le digo con voz tenue

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Santo Domingo
En las calles donde gobierna el ruido, donde los gritos cantados ofrecen pomadas mágicas, cinturones, libros, anteojos y joyas, una voz apenas susurra: un sello, el título, su pasaporte ¿qué le falta, güerita? ¿qué le damos?

Es un señor canoso, parece catrín despintado; viste un pantalón ajustado hasta la cintura, con una línea que marca el planchado; tiene los ojos cansados y la piel de pasa. Está parado entre dos puertas de negocios de invitaciones y calcomanías; de sus manos cuelgan pulseras doradas y un reloj antiguo se asoma del bolsillo.

Me acerco.

– “Quiero un título”, le digo con voz tenue.

– “Sígame”. Enciende un cigarrillo y apresura el paso.

Dos cuadras más adelante se encuentra lo que él llama “despacho”. Para entrar hay que atravesar una escalera, angosta, oscura. Subo tartamudeando los pasos. Me río de los nervios.

Entramos a un cuarto donde apenas cabemos. Tiene la apariencia de una celda de presos con pared de grietas y resanes de yeso. Lo adorna el póster de una mujer desnuda y un ventilador pequeño. Me sudan las manos.

– “Tome asiento”, me indica con la mano. La silla cruje, tiene el relleno de esponja saliéndose por un lado.

– “¿De qué es el título?”, pregunta con el cigarrillo en la boca.

– “Enfermera”, respondo.

– “Apunte. Necesito el CURP, su nombre completo, el de la escuela y dos fotografías tamaño título. Me paga una mitad el primer día y la segunda en la entrega”.


Juega con el tabaco entre sus dedos índice y medio. De su boca sale una gran bocanada. Tose de vez en cuando.

– “¿Pero cuánto, oiga?”.

– “Cuatro mil, güerita, pero le queda bien hechecito el trabajo”.

– “¿Oiga, la policía no lo cacha?”.

– “Tengo 50 años aquí y no me han metido al bote, güerita. No me agarra sí usté se calla”.

– “¿Y viene mucha gente?”.

– “Caen de tres a cinco clientes por mes buscando un título, el mismo gobierno los trae aquí; yo no sé qué cuernos les pidan que muchos vengan a buscar el papel. Y uno qué hace, tiene que comer”.

– “¿A poco siempre ha vivido de esto?”.

– “Trabajaba en una imprenta, pero los centavos no alcanzan ni para las tortillas. Me enseñó un amigo; me hice experto”.

– “¿Oiga…?”.

– “Ya fueron muchas preguntas, ¿no?”.


Él comprime la colilla en el cenicero. Pone los codos en el escritorio y sus manos en la barbilla.

– “¿Va a querer el papelito o no?”, me pregunta.

– “Es que no traigo las fotos”.

– “Nosotros también tomamos las fotos. Si quiere vamos, la llevo. Ahí le toman la foto, le cobran unos 200 pesos”.

– “Es que no vengo peinada, mejor regreso mañana”.

– “No se apure ahí se peina, ahí tengo la cofia y la bata, mija”.

– “De veras, regreso mañana”.

– “Le doy mi tarjeta, me habla y yo voy por usté a la esquina, ahí donde nos vimos ahorita”.


Termina la charla. Me levanto. Salgo de nuevo a las banquetas donde se estanca el olor a drenaje. Es media mañana.

Así es el trámite de los títulos pirata, casi instantáneo. En esta parte de la ciudad, los baches y grietas del pavimento son la catedral de lo chueco.

La esquina entre las calles Cuba y Palma es la cuna de los documentos falsos, a un costado de la famosa plaza de Santo Domingo.

Esta plaza, situada en el Centro Histórico, no sólo se convierte en Secretaría de Educación Pública al expedir títulos fraudulentos, al mismo tiempo funciona como aduana, Secretaría de Relaciones Exteriores, Servicio de Administración Tributaria y en ocasiones como Instituto Nacional Electoral.

Un tramo más adelante, sobre la calle República de Brasil, la antigua recepción de un edificio estilo barroco es el sitio de negociaciones; las paredes aún conservan algún rastro de la pintura original y los detalles de madera fina.

Huele a combustible y orines de gato. Las luces del candelabro apenas iluminan la estancia.

El hombre empieza a explicar: 5 mil 200 pesos por pasaporte y visa en dos pagos, entrega inmediata, datos idénticos y la certeza de que no habrá problema al cruzar al país del sueño americano.

Este es un hombre más joven que el anterior. Envuelto en músculos, con los ojos rasgados y de nariz chata; porta una camiseta de tirantes, pantalones sueltos y un arete plateado en la oreja izquierda.

– “Tiene todos los candados para aprobar la luz neón”, me explica.

Los números marcados con círculos perfectos en la parte superior de la primera página son gemelos al original. Están hechos a mano por él.

Saca un par de pasaportes para mostrar cómo luce el trabajo terminado. “Mire nomás güerita, ¿verdad que ni se nota que es clon?”, presume.

El joven advierte que tal documento sólo sirve para sacar cuentas de banco aquí, para pasar a Guatemala o Belice. Dialoga como un experto en su rama.

– “Los originales son los auténticos a los que se les imprimen los datos y monta la foto”, comenta.

Entonces se tiene acceso para cruzar los muros de cualquier país.

Entablamos una plática vaga, conversamos de familia y lugares para bien comer, habla de sus tres hijos y de la mujer de su vida. Revelo enredos con la policía y las razones por las que quiero viajar.

Luego confiesa que los pequeños libros de pasta verde, marcados con el símbolo patrio del águila real, son traficados desde la Secretaría de Relaciones Exteriores; un tal Brayan, de pinta elegante, es quien los entrega por una vasta suma de billetes rosas.

Lo describe como un hombre joven, con estudios.

– “Es gente que tiene corbata y modales, de tez clara y anteojos de marca”, expresa mientras hunde los hombros y las manos en los bolsillos.

– “Antes de recoger las entradas al gabacho hay que anunciar la visita. Él se espera en los alrededores de la Alameda Central”.

– “¿Sí te alcanza con lo que te resta?”.

– “Es que los fines de semana trabajo en el mercado del Chopo y pos entre semana trabajos de imprenta, pero más baratos. Hacemos credenciales de elector o de estudiantes, actas de nacimiento o defunción, desde 400 pesos”.

– “¿Defunción?”, pregunto admirada. Él sonríe con un solo lado de la boca.

– “¡Nombre!, hace como dos meses un señor pagó unos 80 mil pesos para que su acta de defunción apareciera en el registro, así legalmente pa las autoridades. Se mató sólo”, dice riéndose, cruzado de brazos y con las cejas arriba.

– “¿El poli de la esquina no te dice nada?”, pregunto mientras salimos del edificio.

– “No, para nada, ellos ya saben, yo no les hago escándalo ni ellos a mí. Tampoco le rompo la ley en la cara, yo te entrego el pasaporte en el edificio o abajo, en el Metro”.


El coyote vuelve a su área, está ofreciendo de nuevo su chamba, permanece vendiendo trabajos de imprenta, facturas y sellos.

A la semana siguiente nos encontramos afuera del mismo edificio, esta vez para ingresar al taller donde los trabajos de imprenta son elaborados.

Antes de llegar a la guarida de los coyotes, pasamos a un estudio para sacar las fotografías.

En el espacio no hay luces ni fondos de terciopelo como en un estudio de fotografía convencional. Una tela amarillenta sostenida por dos clavos, un par de butacas para quien espera su turno y un olor a tacos que atiborra el cuarto con ventanas quebradas es todo lo que hay.

Para dirigirnos al taller subimos hasta el cuarto piso y atravesamos una puerta de madera con tres cerraduras; en la entrada hay una estancia con sillones de asientos hundidos; todos de diferente modelo y color.

Me cuelo hasta el cuarto de atrás, donde se filtra la luz matutina por un ventanal grande, adornado de cortinas mugrosas y rotas. Al fondo se encuentra un altar con santos, escapularios e imágenes enmohecidas de la Virgen de Guadalupe.

Una computadora, una impresora, un montón de memorias USB, diferentes tipos de papel, navajas y exactos, sellos de tinta y grabado en frío reposan sobre escritorios carcomidos.

Un hombre de la mara 18 es quien elabora el trabajo de taller, tiene la piel tatuada, la cabeza calva y viste una enorme playera blanca.

Diez años atrás se unió a la pandilla que lo protegió en su paso por la frontera y estancia en Estados Unidos. Ahora que fue deportado se dedica al oficio que su padre le heredó.

Le doy mis datos y empieza con la elaboración del pasaporte y la visa. Me ofrece asiento en un banco de fierro oxidado. Justo enfrente del monitor.

Tiene varias plantillas de todos los documentos que maneja, tipografía que embona en cada uno y un software que lo puede todo: CorelDRAW.

Comienza con el pasaporte. Abre el cajón de la izquierda y tiene un montón de estos. Las pastas se encuentran en mal estado, están manchadas y agujeradas. Las arranca del cuadernillo.

Escanea mi firma y fotografía, elimina los datos anteriores para agregar mi nombre. Sabe qué datos se requieren, cómo los abrevian y los dígitos que deben concordar.

Mueve de prisa el cursor, agrega firmas, elimina signos, determina colores, teclea letras. Avanza rápido.

Durante la mañana, la puerta suena un par de veces con fuertes golpes reclamando un trabajo terminado: señores de barriga saltona, bigotes despeinados y olor a sobaco acuden por facturas y escrituras.

Una vez elaborados en digital el pasaporte y la visa, son impresos en papel adhesivo. El coyote trajo una pasta nueva y una lámina transparente con grabados parecidos a los documentos reales, incluso logran formar un arco iris moviéndose a contraluz.

Luego la impresión en adhesivo se coloca sobre la pasta interior y se encuaderna de nuevo. La visa, con el mismo procedimiento es pegada en una de las hojas del pasaporte, sólo que en esta han cambiado el color de la blusa en la foto para que parezca un día distinto.

Bajo cualquier sospecha aparente “el tallerista” tiene todo calculado, pero un “insignificante” detalle se le fugó de las manos: la fecha de expedición de la visa es anterior a la del pasaporte.

Por último pega con escrúpulo la lámina de papel contac. Recorta perfectamente las orillas, lija el cuadernillo por los bordes y vuelve a cerrarlo para comprimirlo y que este tome su forma original.

Son negociantes de tinta negra firmando documentos falsos. Personas sin temor alguno a la autoridad. Ellos, más que nadie, creen que el título es sólo un papel.

De un pasillo a otro, entre calle y calle, las personas consiguen ser profesionistas pirata, tener identidades de broma, pasaportes clandestinos, visas ilícitas, dinero facturado o muertes falsas. Es Santo Domingo, es el lugar de los negocios torcidos.





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