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hace 3 semanas
[Relatos y Leyendas]

Tío Juan

Mi tío Juan, así le llamaba yo, nunca se había tomado la molestia de hablarme

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Tío Juan
Foto: Especial
Por: Luis Palomo Flores

Como cada día, llegaba de la escuela y dejaba la mochila por cualquier rincón de la casa. Saludaba a mi tío el soldado, él siempre estaba ahí para recibirme. Serio, sin palabra alguna pero con la seguridad de que cuando yo necesitara de alguien, siempre estaría para mí.

Mi tío Juan, así le llamaba yo, nunca se había tomado la molestia de hablarme ni siquiera para decirme su nombre. Supe que era militar debido a que siempre portaba el respectivo uniforme que correspondía a las tropas mexicanas en la década de los años 50. Lo anterior me ayudó a investigarlo mi maestra de cuarto grado de primaria quien pudo conseguir algunas fotografías de la época, en el Archivo Municipal.

Y ahí iba yo presumiendo a todo el mundo a mi tío Juan, que si me daba algunas monedas para comprar golosinas, que si me cuidaba mientras mis padres no se encontraban en casa, que si me daba su aprobación en las tareas escolar y sobre todo; que vigilaba que "el Chato", el perro del otro lado, no me hiciera daño mientras yo jugaba en el patio de aquel inmueble que se convirtió en parte importante de mi infancia. Aquella casa no existe más, ha sido derrumbada y solo hay algunas ruinas sobre la calle Castelar de la zona centro, a pocos pasos de la antigua prisión de la ciudad y a donde acostumbraba ir, claro está, en compañía de Juan.

¡A jugar! Era el grito esperado para que todos los chamacos del barrio saliéramos a jugar a la plaza, que se encuentra en contra esquina de mi hogar. Miguel, “El Gordo" (aún me pregunto cuál era su nombre), Petrita, Sara y yo nunca faltábamos a esa hermosa reunión vespertina para recorrer las bancas, trepar los árboles, caminar sin pisar raya y un infinito de juegos que fuimos acumulando e inventando cada verano. Con mucha frecuencia vestíamos pantalón corto por lo que no era extraño traer las rodillas pelonas. A cierta distancia mi tío Juan parecía esbozar una sonrisa al vernos tan inocentes y felices.

Como si fuera un ritual que no debería faltar para aquellos niños, antes de despedirnos cada tarde, entrábamos a uno de los jardines, formábamos un círculo sentados en el pasto y entonces sacaba de mi short aquellas monedas que todos querían ver. Grandes, brillantes, doradas; con el águila por un lado y un ángel por el otro. Las colocaba en la tierra en medio de todos y las veíamos por momentos interminables. Eran tan brillantes que parecía en ocasiones que nadie las podía ver por más que abrieran los ojos.

– ¿Quién te las dio? – preguntó “El Gordo".
– Mi tío Juan. – le contesté.

A veces, caminábamos hasta la tienda de Don José para comprar dulces y refrescos. Cada uno de nosotros escogíamos lo que queríamos comprar y tratando de alcanzar el mostrador, íbamos pagando nuestras cuentas. Yo, generalmente, al final.

Don José parecía disfrutar el hecho de dejarme hasta el último lugar para pagar y mis amigos me rodeaban para presenciar mi pago. Lentamente sacaba mis monedas doradas y las ponía sobre el mostrador. Invariablemente, Don José, hacía una mueca de sorpresa para después guardar apresuradamente aquellas monedas y devolverme la feria en grotescas y opacas monedas color café. Miguel, el más alto del grupo, estiraba aún más su largo cuello para ver mejor. Salíamos de la tienda y todos me abrazaban y reían conmigo. ¡Hasta mañana! Era el grito de despedida.

Aún recuerdo aquella tarde nublada en la que solamente nos juntamos Miguel, “El Gordo" y yo. Al empezar nuestro ritual comenzaron a reírse y burlarse de mí diciendo que no veían las monedas, que eran mentiras que yo tuviera algo así y que no tenía ningún tío Juan. Me hicieron enojar y me abalancé sobre Miguel para arreglar este asunto a base de unos buenos trancazos. Cuando ambos nos levantamos me di cuenta de la gran diferencia de estaturas que había entre él y yo. Ni modo – pensé – me llevaré una buena tranquiza. “El Gordo" estaba expectante y no atinaba a decir nada. A mis espaldas escuché un sonido muy familiar, las botas golpeando el pavimento con cada paso que daba mi tío Juan para acercarse. Su sombra empezó a cubrir la mía y me sentí un poco más tranquilo, esperando la golpiza, pero más tranquilo. Miguel y “El Gordo" cambiaron su mirada, levantaron su rostro y huyeron velozmente, al voltear pude ver a Juan con su uniforme militar, el casco y el rifle en sus manos. – Con razón corrieron – le dije, sonrió y nos encaminamos a casa. Desde esa tarde no hubo más burlas.

Han pasado algunos años, ahora estudio la Preparatoria y acudo al Archivo Municipal para realizar una investigación que me ha pedido mi maestro de Literatura referente al barrio donde crecimos. Veo fotos de la plaza, mi corazón se acelera, se puede apreciar la tienda de Don José, la cantina y la prisión. Paso algunas horas buscando, viendo, recordando. Ahora pido los periódicos locales que se publicaron años atrás, una noticia me llama la atención: “Militar muere al defender a ancianos de ladrones”. Sigo leyendo, mi corazón parece detenerse al igual que el tiempo. Miro la foto de la nota, junto a unas escaleras se observa a un soldado muerto, se parece a Juan. La noticia destaca, también, a un perro que al escuchar los gritos y la pelea, saltó la barda del patio para ayudar a los ancianos. El canino recibió un navajazo mortal mientras intentaba interponerse entre los viejitos y los asaltantes.

Ahora soy viejo y regreso a esa calle, la casa ya no existe, la plaza sigue ahí, la tienda de Don José se encuentra en ruinas y él se ha ido, no dejé deudas pues mi padre siempre le intercambió las piedras que yo le daba por monedas reales. La cantina está cerrada y la prisión ha dado paso a un moderno edificio gubernamental. "El Chato" ha salido a mi encuentro, ahora es más dócil y cariñoso. Una malla ciclónica circunda lo que fue mi hogar de la infancia pero logro identificar el desnivel en el cual se encontraban aquellas escaleras donde falleció el militar que defendía a los inocentes. Ahora sé su nombre real y mientras escribo esto escucho sus pasos a mis espaldas, su sombra va cubriendo la mía. Genaro sigue cuidándome.



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