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Tras el retrato de Sor Juana, la ‘musa de Saltillo’

Una pintura envuelta en misterio y un hombre dispuesto a recobrar el tesoro familiar

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Tras el retrato de Sor Juana, la ‘musa de Saltillo’
Fotos: Zócalo | Juan Villarreal / Josué Cepeda / Archivo
Por: Néstor González

Saltillo, Coah.-
La enigmática mirada del retrato (o copia, como le llamaban en su tiempo) de sor Juana Inés de la Cruz, exhibida en uno de los muros de la Rectoría de la Universidad Nacional Autónoma de México, emula a una expresión de triunfo. Esa sensación pareciera tomar un gran sentido cuando se conoce la historia de ese cuadro, uno de los tres, además del grabado que se exhibe en España, de cuya existencia se tiene conocimiento. El cuadro al que se hace referencia es al que fue pintado por Juan de Miranda.

La obra pictórica alrededor de Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana (1648-1695) está llena de misterios, alimentados por la poca documentación que existe de la época y que ha sido objeto de numerosas disertaciones, incluido el ensayo de Octavio Paz, Sor Juana Inés de la Cruz o las Trampas de la Fe, en el que le dedica un capítulo a estas pinturas.

La primera de la que se habla se encuentra en un museo de Filadelfia, en Estados Unidos. La misteriosa inscripción del autor (anónimo, por cierto), ha dado mucho de qué hablar: “Copia de otra que de sí se hizo, y de su mano pintó la R.M. Juana Ynés de la Cruz Fénix de la América”.

Esa pequeña frase ha llevado a especular que se podría tratar de un autorretrato, pero esa teoría ha sido cuestionada por estudiosos como el investigador e historiador potosino Francisco de la Maza, también citado por Octavio Paz en su libro y en torno a cuyo diálogo gira una buena parte del texto dedicado al capítulo titulado El Reflejo, El Eco.

El rechazo a que este retrato pudiera ser de la autoría de sor Juana se fundamenta en que no existen referencias claras de la época sobre la habilidad de la poetisa en la pintura, algo que evidentemente ocurre con su obra literaria.

Octavio Paz refiere que dicho cuadro fue comprado en Puebla en 1883 por un coleccionista estadunidense, Robert Henry Lamborn, y posteriormente fue donado al Philadelphia Museum of Art, donde se exhibe actualmente.

Sin embargo, el primer retrato de sor Juana sería un grabado hecho por Lucas de Valdés, que actualmente es exhibido en Madrid, España, y que fue reproducido en el Segundo Volumen de las Obras de Sor Juana Inés de la Cruz, en Sevilla, en 1692. Es decir, un retrato contemporáneo de Juana Inés, tema central del artículo titulado… sí, adivinó usted, El Primer Retrato de Sor Juana, de Francisco de la Maza, publicado dentro del libro Historia Mexicana, en 1952, obra editada por el Colegio de México.



El cuadro tal vez más conocido –y cómo no– entre los mexicanos, es el del pintor oaxaqueño Miguel Cabrera (1750). Es una copia de esta obra la que aparece en los billetes de 200 pesos, que muestra a sor Juana sentada frente a un libro, en la biblioteca del Convento de San Jerónimo.

La obra es exhibida en el Museo Nacional de Historia, en el Castillo de Chapultepec, y se trataría, según Octavio Paz, de la copia de una tercera pintura, que ahora nos ocupa, pues involucra al miembro de una destacada familia coahuilense.

Este retrato se le atribuye a Juan de Miranda y está rodeado de misterios. Aunque hay quienes defienden que este pudo haber sido el único retrato para el que posó sor Juana Inés, los investigadores señalan que la inscripción de este cuadro termina con Requiescat In Pace, y por lo tanto se trata de un cuadro póstumo.

La historia de este cuadro tiene una etapa oscura, poco diáfana, como la de las monjas de la Orden de San Jerónimo que vivieron en la semiclandestinidad durante muchos años.

La promulgación de las Leyes de Reforma por parte de Benito Juárez, en 1867, obligó a la desamortización de innumerables edificios y propiedades de la Iglesia católica, que fueron convertidos, como en el caso del Convento de San Jerónimo, en cuarteles y hospitales militares.

Las pertenencias de la Iglesia fueron en su mayoría confiscadas y tratadas como obras de arte, más allá de su valor religioso. Algunas también fueron destruidas o abandonadas al deterioro del tiempo.

Fue en ese proceso cuando una gran cantidad de obras que se encontraban dentro del convento de San Jerónimo (y de muchos otros) desaparecieron. Se cree que muchas de ellas fueron a parar a colecciones particulares dentro y fuera de México, y por ello solamente se tienen cuatro retratos conocidos públicamente de sor Juana Inés de la Cruz: el de Filadelfia, el de Cabrera, el de De Miranda y el grabado exhibido en Madrid.

Decíamos que fue la obra de Juan de Miranda la que involucra en su historia a un coahuilense: don Gustavo Espinosa Mireles y Rodríguez, hijo del exgobernador homónimo de Coahuila.



La familia Espinosa Mireles tenía una relación muy cercana con la orden de las jerónimas, recuerda la maestra Sanjuanita Torres Ruiz, egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL, y quien hasta hace poco se desempeñaba como catedrática de la Universidad Autónoma de Coahuila.

Torres Ruiz fue amiga de don Gustavo Espinosa Mireles y Rodríguez, filósofo, historiador, político, periodista y poeta fallecido en 2009, quien tuvo un papel importantísimo en la recuperación del cuadro pintado por Juan de Miranda.

“Esto que voy a contar me lo dijo personalmente el licenciado Gustavo Espinosa Mireles, que nunca escribió lo que él me platicó, es una historia que él me contó hace muchos años y que tiene que ver con esta pintura.

“El cuadro que tuvo don Gustavo es el que pintó Miranda. Se empezó a hablar de ese cuadro hasta el siglo 19, y según las palabras del licenciado Espinosa Mireles, este pudiera ser el único cuadro original para el que sor Juana posó, porque ciertamente ahí le llaman retrato o copia, pero la copia fiel era un retrato, una copia del modelo original”.

La pintura estaba en poder de las monjas jerónimas, y como ya se relató, muchas obras de arte desaparecieron de los conventos.

Espinosa Mireles vivió en la Ciudad de México, invitado a trabajar por el Gobierno de Lázaro Cárdenas del Río.

“La familia Espinosa Mireles tenía una relación muy estrecha con las monjas jerónimas. Incluso hubo mujeres de la familia que fueron ordenadas en ese convento. Don Gustavo Espinosa Mireles vivió en Arteaga, en una construcción que llamaban la Casa de las Lilas, ahí hasta hace poco se podían observar medallones de las monjas jerónimas, algunos cuadros y obras de arte relacionadas con esta orden; funcionaba como un pequeño museo particular”.

La Casa de las Lilas es, en efecto, una construcción tan antigua como hermosa. Tiene esculpidas en la fachada las iniciales “EM” (Espinosa Mireles), unas puertas de madera muy viejas, pero actualmente se encuentra abandonada, a un costado de un jardín de niños ubicado a unos 100 metros de la Presidencia Municipal de Arteaga.

Un funcionario de ese municipio afirma que la familia tiene planes de convertirlo en un hostal, pero esa es otra historia.

Se trató de hablar con la familia Espinosa Mireles para abundar sobre su relación con la orden de San Jerónimo, pero no se logró concretar la entrevista.

Sanjuanita Torres afirma que una de las superioras era familiar de Gustavo Espinosa, quien fue requerido por esta para tratar de ubicar el cuadro, cuya existencia fue ignorada prácticamente durante dos siglos.

“Una de las madres superioras del convento de San Jerónimo era familiar de él y sabiendo del gusto del licenciado Espinosa por las artes, le mandó llamar para pedirle de favor que recuperara el cuadro de Juan de Miranda”, dice Torres.

Este cuadro, como muchos otros, fue sacado del convento durante la Reforma de Benito Juárez y no se conocía su paradero. “Le encargó que lo buscara, porque era uno de los cuadros más bellos de sor Juana, y decía él, posiblemente el único para el que posó”.

Don Gustavo Espinosa Mireles y Rodríguez fue, como ya se dijo, invitado a trabajar en el Gobierno de Lázaro Cárdenas del Río, de 1934 a 1940.

“Él hablaba de que fue en el periodo en el que Lázaro Cárdenas fue presidente, porque en ese periodo a don Gustavo le habían propuesto que se fuera a la Ciudad de México para colaborar con el Gobierno, y él vivió en ese tiempo en lo que ahora conocemos como la Casa Coahuila; era el lugar donde vivió don Gustavo”.

Fue en esa época que Espinosa Mireles se dio a la tarea de buscar el cuadro. Gracias a su amor por las artes, su conocimiento y sus contactos, fue hallando pistas sobre el paradero de la obra de De Miranda.



No se sabe la fecha exacta, pero finalmente, el cuadro apareció en poder de un particular de la Ciudad de México. “El cuadro estaba en las condiciones que se describen ahí, Gustavo me dijo que lo encontró en el sótano húmedo de un anticuario en la Ciudad de México, que estaba muy dañado porque estaba en el piso, sin ninguna protección, entonces todos los bordes estaban dañados.

“Inclusive las inscripciones se dañaron. Tenía supuestamente dos inscripciones, una muy grande donde se daban datos biográficos de sor Juana, y otra pequeña donde se mencionaba que una de las monjas jerónimas lo había regalado al convento, y al final decía ‘Miranda fecit’, que quiere decir ‘hecho por Miranda’. Pero cuando lo encontró don Gustavo en ese sótano decía él que estaba tan dañado, que las inscripciones se habían borrado”, explica Sanjuanita Torres.

De este cuadro se empezó a hablar en el siglo 19 y la primera descripción la hizo Luis González Obregón, en un artículo publicado en El Renacimiento, con fecha del 15 de abril de 1894, a raíz de una plática que tuvo con su amigo José María Ágreda, quien copió las dos
inscripciones.

La primera es el compendio biográfico de Juana Inés, no aparece ni la fecha ni el nombre de De Miranda, y dice, entre otras cosas, “Fiel copia de la insigne mujer…”.

La segunda inscripción dice así: “Esta copia de la Me. Juana Inés de la Cruz dio para la contaduría de nuestro convento la Me. María Gertrudis de San Eustaquio, su hija, siendo Contadora. Año 1713 Miranda fecit”.

Octavio Paz señala en su libro: “Hacia 1940, se supo que el señor Gustavo Espinosa Mireles lo había adquirido”.

En 1944, como lo relatan varios historiadores y el mismo Paz, el poeta Jesús Flores Aguirre publicó en la revista Papel de Poesía, de Saltillo, una descripción del cuadro. Se trató de localizar una copia de la revista, sin embargo no se tiene registro de ella en ninguno de los archivos, ni municipal de Saltillo ni del estado.

Otra parte de la reseña de Paz en su libro señala: “La Universidad Nacional hace unos pocos años lo adquirió y hoy se encuentra en la rectoría de la institución”.

“Eso fue algo que no le gustó a don Gustavo Espinosa del libro de Octavio Paz. Refiere la palabra ‘adquirió’, como si él hubiera recibido un pago por la obra, pero de ninguna manera fue así. Tuvo muchos años el cuadro en su poder, lo resguardó en la Ciudad de México, incluso cuando se regresó a vivir de nuevo a la provincia. Otra cosa que no menciona Octavio Paz es que don Gustavo se dio a la tarea de buscar y localizar el cuadro.

La obra nunca estuvo en tierras coahuilenses, pues permaneció resguardada en la Ciudad de México, luego de que la rescató Espinosa Mireles.

“Él vivió en la Casa Coahuila y después se vino a vivir a Saltillo, pero nunca mencionó que el cuadro se hubiera venido a Saltillo, sino que él fue el custodio, no el dueño de ese cuadro, porque lo habían encomendado a que lo buscara y lo rescatara”.

La pintura se exhibió en 1951 en una exposición bibliográfica e iconográfica de la poetisa.



Sanjuanita Torres explica las razones por las que don Gustavo Espinosa Mireles donó el cuadro a la UNAM. “Fue una manera de hacer un homenaje y cumplir un deseo de la propia sor Juana Inés de la Cruz.

“Si conocemos su historia, sor Juana siempre quiso ingresar como alumna a la Universidad de México, pero desgraciadamente, en el siglo 17, la mujer no podía entrar a las universidades, porque la mujer en ese siglo solamente estaba hecha para irse de monja o casarse, no tenía otra opción de vida.

“Don Gustavo decía que qué mejor opción para el cuadro, que la Universidad en la que sor Juana siempre quiso estar”.

Don Gustavo, un amante de las artes

Para el periodista e historiador Javier Villarreal Lozano, el rescate de la pintura de Juan de Miranda fue resultado del amor por las artes de don Gustavo Espinosa Mireles y Rodríguez, quien además tenía una relación estrecha con las monjas jerónimas.

"Yo supe que el famoso retrato de sor Juana que está en la rectoría de la UNAM, que a mí me tocó verlo alguna vez, había sido entregado por Gustavo Espinosa Mireles, y lo supe por una cita de Octavio Paz", comenta.



Villarreal Lozano le preguntó a su amigo Gustavo Espinosa cómo había sucedido ese encuentro con el retrato de sor Juana y cómo había llegado ese cuadro al poder de la Rectoría, como lo relata en el libro de Octavio Paz.

La versión que le contó a Villarreal Lozano difiere un poco del relato de Sanjuanita Torres. “Él tenía una tía que era monja de la orden de las jerónimas. Cuando cerraron el convento en el tiempo de la Reforma, algunas de ellas se recluyeron en casas y se llevaron los objetos más valiosos.

"Don Gustavo me decía que un día su tía le había dicho que ella tenía un retrato de sor Juana que había pertenecido al convento y él lo rescató, y a pesar de que era un coleccionista muy obsesivo, de pronto sintió que tenía en sus manos un cuadro de un enorme valor histórico y su decisión fue entregarlo a la UNAM.

"Él me dijo que en un momento pensó que ese óleo no debería estar en manos de un particular, sino pertenecer al público, a todo el país. Lo recibió la Universidad y un rector tuvo la idea de colocarlo en la Rectoría".

El periodista e historiador relata que don Gustavo vivía en la Casa Coahuila y aparentemente ahí se resguardó el cuadro.

"Hace años la Universidad montó una exposición en San Ildefonso de sus tesoros: una serie de objetos, libros, todo el gran acervo que tiene la Universidad, y yo esperaba ver ahí a sor Juana, pero no salió de la Rectoría".

¿Estuvo o no en Saltillo?

Ambos investigadores consultados, Javier Villarreal Lozano y Sanjuanita Torres, quienes conocieron de viva voz de don Gustavo Espinosa Mireles su historia con este cuadro, coinciden en que la obra nunca estuvo en Saltillo, como se insinúa en el libro de Octavio Paz.

Sin embargo, es el propio Paz quien menciona una reseña publicada en enero de 1944, en la revista Papel de Poesía, de la autoría del poeta saltillense Jesús Flores Aguirre.

Tras varios intentos frustrados de acceder a un número de esa publicación para analizar más a fondo la reseña, la suerte hizo que encontráramos a Esperanza Dávila Sota, hija de Óscar Dávila, uno de los fundadores de la revista que, a pesar de ser una breve publicación de dos páginas, llegó a tener una gran influencia a nivel nacional por su calidad.



Encargada de la biblioteca del Centro Cultural Vito Alessio Robles, la maestra Dávila Sota tiene en su poder copias de una gran colección de Papel de Poesía, incluyendo el número que cita Octavio Paz en su libro.

En su reseña, Flores Aguirre señala: “En la mayoría de las obras dedicadas a exaltar la figura de la monja excepcional se incluyen copias de sus más famosos retratos, y particularmente el más divulgado de sor Juana, debido a Miguel Cabrera, que es el más delicado de todos los que se han hecho de la discutida poetisa y que existe en una de las galerías del Museo Nacional de México.

“(…) Pero al admirar una colección de pinturas hagiográficas perteneciente al licenciado Gustavo Espinosa Mireles hijo, me sorprendió no tanto el retrato de sor Juana, que no es de los más perfectos, sino la firma del pintor Miranda que lo hizo.

“(…) El retrato que posee Gustavo Espinosa Mireles en Saltillo –me pregunté– ¿es el mismo de Miranda del cual copió el conocido pintor Miguel Cabrera en 1750?”.

A decir de Villarreal Lozano, la familia Espinosa Mireles, particularmente don Gustavo, tenía en la Casa de las Lilas una gran colección que conformaba un museo privado, pero insiste en que, al menos de boca del propio Gustavo, el cuadro nunca estuvo en Saltillo, y nunca salió de la Ciudad de México.




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