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hace 1 semana
[Relatos Paralelos]

Una reflexión con mis padres

Le dije que lo invitaba a comer a donde él quisiera

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Una reflexión con mis padres
Saltillo, Coah.- Le dije que lo invitaba a comer a donde él quisiera. Era su cumpleaños y la tradición que teníamos era siempre consentir al otro. En sus ojos resplandeció un brillo como si fuesen los de un niño. Vaciló, no sabía si ir por una hamburguesa o por una orden de tacos. A mí me sorprendió que no quisiera ir a un restaurante por algún platillo más especial, pero él me dijo que se trataba de “satisfacer el antojo”.

Nos trepamos a su moto –uno más de sus sueños– y emprendimos la travesía por el distribuidor vial. Ir abrazado a él con casco me recordó cuando era pequeño y viajaba casi en la misma posición en una bicicleta cuando iba por mí al jardín de niños y me hizo confrontar el paso del tiempo.

Llegamos al restaurante que eligió para celebrar un año más de vida. Pidió una hamburguesa con papas y refresco chicos y yo pedí otro combo. Antes de pagar todavía me insistió si me daba dinero o no, pero esta vez no lo dejé.

Nos sentamos y lo vi, aquel hombre que resiente el paso del tiempo, de sus acciones, de su manera alocada de vivir y contagiar con mucha actitud a reírse de la vida para no caer en el llanto. Una vez más él estaba ahí, contento, emocionado por el hecho de tener una comida de cumpleaños, pese a los festejos y celebraciones que iniciaron días antes.

Su cabello ya perdió la negrura, que se confunde entre cabellos blancos y grises. Él los luce con una melena larga, mientras que sus cejas y su barba poco a poco se fueron contagiando de la vibra entrecana. Y sin embargo, pese a esa expresión que denotaría vejez, sigue siendo un ser humano que se maravilla como niño.

Se da cuenta de que lo veo y que desmenuzo partes de su ser y se ríe. Me sorprende cómo he llegado a los mismos años que él tenía cuando yo llegué a este mundo. Le digo entre bromas que a pesar de que me aterra pensar por mi inmadurez en cómo sería llevando a cuestas la etiqueta de “papá” y que no me siento listo para ese momento. Me mira y me dice: “con lo que te hemos enseñado Chavita –mi abuelo– y yo, creo que te irá bien”, antes de que se le quiebre la voz al punto de las lágrimas.

Comemos y noto todos los rasgos que tenemos en común. Pienso que tenemos tantas afinidades, pero en realidad me percibo que los rasgos que tengo son suyos, los aprendí de pequeño viéndolo y memorizando todos los momentos que pasé con él, y con el paso de los años fui poniéndome varios de sus ademanes, gestos, sonrisas.

Descubro que mi padre me ha dado más de lo que podría esperar, siempre impulsándome a encontrar mi propio camino.

A sus 60 años no veo que haya perdido las ganas de vivir. Sigue planeando. Estudiar música, distraerse “entre sus fierros” de la motocicleta o el carro. Seguir soñando sin importar la edad que se tenga. Mi papá tiene ese espíritu inquieto y eso lo hace ser joven, al menos figurativamente.

En los siguientes días, tomé el teléfono y hablé con mi mamá. Le platiqué que había visto a mi viejo y que fuimos a comer una hamburguesa. Ella me dijo que “qué bárbaro” era mi papá por no ir a un restaurante a celebrarse.

Entendí por qué me sorprendió cuando mi papá me dijo que quería una hamburguesa. Comprendí que esa era la otra parte de mí, aquella sensación de sorpresa para el disfrute. Le expliqué a mi mamá que en realidad entendía la “presunta” simpleza que ella encontraba en su decisión.

Le dije que yo mismo estoy en ese proceso. Ser cada día más sencillo, sin perder los colores que definen mi personalidad. La plática me llevó a pasar algunos momentos de mi vida y a entender esos otros rasgos que me componen, las expresiones, la intensidad para vivir las cosas y el aplomo a no claudicar en cada uno de los sueños que me propongo que ella me heredó. La racionalidad para interpretar al mundo y la templanza para ser únicamente víctima de nosotros mismos y nunca de nuestros temores.

Aunque todos pasamos ese momento en que nos quejamos de nuestros padres, esta semana reflexioné una vez más sobre lo importantes que son para mí. Cada uno me dio su amor a su manera y gracias a eso es que pude descubrir los detalles que me construyeron y que ahora definen la arquitectura de mi vida. Menos mal, agradezco, que puedo tener esos instantes y la honestidad para expresarme, sea con una hamburguesa, una llamada o al llevarlos siempre en el pensamiento.


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