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hace 4 meses
[Ruta Libre]

Vida espiritual; memorias de exseminaristas

Exseminaristas relatan aquellos días de formación espiritual hasta que decidieron abandonarla

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Vida espiritual; memorias de exseminaristas
Fotos: Zócalo | Juan Villarreal / Cortesía
Por: Jesús Castro

Saltillo, Coah.-
Todavía no eran las 6 de la mañana y Rigoberto ya estaba levantado. Le decían “El Gallo”, no por peleonero, sino porque era el encargado de despertar al resto de sus compañeros seminaristas. Su puesto era el de campanero, pero ahí no había campana desde hacía décadas.

Era uno de los 100 alumnos en el antiguo edificio del Seminario Diocesano de Saltillo, construido en el sur de la ciudad en 1949 por orden del obispo Luis Guisar Barragán, en la calzada Antonio Narro, sobre una elevación de la colonia San Lorenzo. Actualmente está vacío y es usado como Casa de la Cristiandad.

El campanero se apellidaba Cantú Coronado y vivió en una de las décadas en las que sólo en el Seminario Menor había hasta 100 alumnos gracias al trabajo pastoral del padre Arturo Álvarez. Actualmente los seminarios no llegan a esa cifra, ni juntando los del Menor y el Mayor.

Habría que explicar que en aquel entonces como ahora los estudios para ser sacerdote se dividían en dos: el Seminario Menor, que constaba de secundaria, preparatoria y un año de propedéutico, y el Seminario Mayor, con un año de Curso Introductorio, dos de Filosofía, uno de Magisterio y cuatro de Teología.

En los 90, el Menor se estudiaba en el edificio de la calzada Antonio Narro, el Introductorio en una casa que tenían en La Aurora, y el resto en seminarios de otras diócesis, como en la de Monterrey, San Luis, Guadalajara o México.


Antiguo edificio del Seminario Menor, ubicado en la calzada Antonio Narro, al sur de la ciudad.

Hoy las dos etapas están juntas y los seminaristas viven en un mismo complejo de modernos edificios, en Los Valdez, en el norte de la ciudad. Sólo el introductorio está aparte, en una casa que tienen en el municipio de Castaños, debido al alto grado de deserción y poco ingreso de estudiantes, además de la falta de madurez, porque ya no se aceptan alumnos menores de edad.

Parte de la disciplina de hace 20 años era que los seminaristas debían usar de diario sólo pantalón “de vestir” en colores oscuros, camisa y zapatos negros; tenis o huaraches a la hora del deporte o la limpieza de la casa, nunca botas. Estaba prohibida la barba, el bigote y el pelo largo. Actualmente ya fueron abolidas esas reglas.

Cuando entró al Seminario “El Gallo” tenía 15 años y estudiaba preparatoria. Era el primero que se levantaba y el último que se dormía. Para tocar el timbre tenía que salir de su dormitorio, recorrer dos largos pasillos, bajar una escalera, caminar otros dos pasillos y llegar a la oficina junto a la entrada del edificio, donde estaba el interruptor. Todos los días, incluso sábado y domingo.

Asumir esa responsabilidad fue lo primero que le impresionó cuando entró por primera vez a esa casa de ladrillos amarillos y grandes columnas, con jardines interiores y enredaderas colgantes alrededor de los pasillos del primero y segundo piso, en cuyo centro estaba la capilla. En ese puesto de campanero se sintió importante, tomado en cuenta, porque marcaba el ritmo de la vida; era él quien debía que hacer sonar el timbre cada vez que había que cambiar de actividad.

Estuvo a punto de no entrar al Seminario porque su padre no estaba de acuerdo y nunca supo por qué, sólo que en su último intento por retenerlo le ofreció comprarle una motocicleta, pero ni eso lo hizo cambiar de opinión.

SU NUEVA FAMILIA

Un día tomó la decisión. Se fue al Preseminario, especie de curso de selección que dura una semana. Fue aceptado y al mes llegó como alumno nuevo. Entró como Rigoberto y a la semana ya era “El Gallo”, porque allí la mayoría tiene apodo. “El Toto”, “La Chiva”, “El Popochas”, “La Patena”, “El Fosi”, “La Mimi”, “El Perro”, “Jesús Pedro La Vacota”, “El Moroco”, “El Matonga”, “La Taza”, “El Chiste”, “El Jarro”, “El Poli”, “El Ñaña” o “El Apache”, eran algunos.

En la actualidad algunos de ellos ni se acuerdan del nombre propio de sus antiguos compañeros, algunos ya sacerdotes, sólo de sus apodos. Todo era parte de la camaradería de jóvenes entre los 12 y 22 años, conviviendo como hermanos en una misma casa. Familia que dice “El Gallo” hasta la fecha conserva.

Actualmente tiene 41 años, comenzó a ser seminarista en 1994 y duró ahí sólo dos años mientras estudiaba la preparatoria. Como campanero estuvo un año, por eso se sabe casi de memoria el horario de aquel entonces.


Rigoberto Cantú era apodado "El Gallo" porque debía despertar a sus compañeros.

Timbraba a las 6 de la mañana para avisar que todos debían levantarse, asearse, tender su cama y bajar a la capilla para primeras oraciones. Rigoberto desmintió el mito de que se despertaban bañándose con agua fría. “Eso yo creo que ni en el penal”, dice. Después acudían a un comedor para el desayuno, lo común era huevo, frijoles, pan, leche o café, a veces fruta o cereal.

Tenían entre 10 y 15 minutos para cada comida. Diez minutos antes de las 8 tenían que salir rumbo a la preparatoria Julieta Dávila (hoy colegio San José), que estaba frente al Seminario y donde convivían con alumnos externos, tanto hombres como mujeres.

“Siempre vivíamos jugando futbol ‘semis’ contra externos; nosotros siempre ganábamos porque jugábamos fut todos los días. Había buena relación con ellos, mucho respeto”, declara “El Gallo”.

Le llamaban la atención algunas jovencitas lindas, pero dice que siempre fue fiel y nunca le faltó el respeto a ninguna.

Salían de clases a las 2 de la tarde, directo a oraciones en la capilla, unos 15 minutos, luego la comida. Lo común eran guisos, sopa, a veces carne o pollo, agua fresca y tortillas. Comían en silencio mientras alguien leía en voz alta. El prefecto se paseaba vigilante entre las mesas para cerciorarse de que no despreciaran la comida o estuvieran hablando entre ellos.

Al terminar había que subir a cambiarse de ropa para practicar deporte los lunes, miércoles y viernes, y los martes y jueves hacían trabajos de limpieza dentro de la casa, como desyerbar, limpiar vidrios, excavar zanjas, mantenimiento de un huerto, acarrear piedra, pintar paredes o limpiar el aljibe.

A las 4 de la tarde, “El Gallo” tocaba nuevamente el timbre y subían corriendo a hacer fila para el baño. Eran cuatro grandes baños, con seis o siete regaderas por cada grupo de 20 o 30 alumnos, por lo que tocaban entre cinco y seis por regadera, bañándose por turnos y durando tres minutos cada uno. Por lo general los dos o tres últimos no alcanzaban agua caliente.

Había que bañarse y cambiarse en media hora, porque a las 4:30 debían estar ya en los salones de estudio, sentados frente a sus pupitres haciendo la tarea, estudiando o leyendo, en silencio. Tras la primera hora de estudio, tenían un descanso de media hora, donde podían acudir a una “tiendita” interna. Ahí también podían jugar billar, futbolitos, ping-pong y hasta ver televisión.

Sonaba otra vez el timbre y volvían al salón de estudio a terminar sus tareas, custodiados por un coordinador de grupo o por un seminarista del curso Magisterio, que estaba ahí como parte del equipo formador. A la hora había que ponerse las sotanas negras con una banda azul ceñida a la cintura para acudir a la capilla a rezar el rosario y luego presenciar misa.

Al terminar la eucaristía se quitaban la sotana y a las 8 de la noche ya estaban cenando. Luego de la cena había otra media hora libre, donde también abría “la tiendita”. Tras ese tiempo, el penúltimo timbre era para llamarlos a oraciones de la noche en la capilla y de ahí directo a los dormitorios.

Para las 9:15 ya debían estar acostados y en silencio, en dormitorios para 20 o 30 personas, donde cabía una cama y un buró para cada estudiante. La ropa estaba en lockers, en un salón adjunto.

La excepción eran los sábados y domingos, cuando se levantaban a las 7:00, y tras una mañana de aseo o cursos salían unas siete u ocho horas a ver a sus familias o bienhechores los que eran foráneos. Volvían a las 6 de la tarde, directo al rosario, misa, y luego actividades recreativas y cena, a veces festivales, otros concursos, torneos nocturnos o películas.



Todo el día, todos los días estaban siempre ocupados. Cada actividad, cada tarea, cada hecho, cada evento, eran enseñanzas llenas de valores, que moldearían los caracteres y potencializarían sus virtudes, habilidades y conocimientos.

Ahí aprendieron a tender su cama, lavar su ropa; algunos a hacer pan, cocinar, tocar algún instrumento musical, diseñar una revista, dirigir eventos, administrar recursos, coordinar una biblioteca, dirigir la limpieza de la casa; barrer, trapear, limpiar vidrios, aconsejar gente y hasta cuidar una huerta de zanahorias, tomates, papa, chile y cilantro.

“Fue la mejor etapa de mi vida, lo más maravilloso que viví. Aprendí a ser un hombre de bien en el Seminario. Ojalá que todos tuvieran la oportunidad de vivir esa experiencia”, dice Rigoberto, ahora casado y con familia.

La vida era austera. Vivían de la caridad de la gente, la cuota de las parroquias y lo que les llevaban algunos párrocos, como el padre Quinn. A veces había números rojos. Rigoberto cuenta que una vez pasó frente a la oficina del contador y escuchó que no tenían dinero para terminar la semana.

A Jesús le tocó que estando en Filosofía, el prefecto salió un día al comedor a decirles que tenían poco dinero para esa semana, que había que decidir entre comprar leche o garrafones de agua. Todos estuvieron de acuerdo en que agua.

DURA DISCIPLINA

La disciplina era dura, pero efectiva. La opinión la comparte Rigoberto con Pedro Almanza, uno de sus compañeros de grupo a quien apodaban “El Ñaña” porque eso se le entendía cuando intentó cantar por primera vez en misa. Lo mismo opina quien escribe este texto, que cursaba dos grados más que ellos y le apodaban “El Apache”.

“El Gallo” recuerda que había una tabla con cinco puntos que cumplir: obediencia, humildad, vocabulario, conducta y puntualidad. Por cada aspecto se tenían 10 puntos, si tenías llamadas de atención sobre alguno de esos aspectos les quitaban un punto; si quitaban tres y llegaba a 7, no salían los fines de semana.

–Y yo gracias a Dios siempre...

–¿Siempre salías los domingos?

–No, siempre me quedé. El día que sí salía en domingo te juro que no sabía qué hacer.


Pedro Almanza rechaza a los sacerdotes que viven rodeados de lujos.

Rigoberto lo toma con humor, pero la verdad era que esos días de castigo eran de trabajo y limpieza de toda la casa, extrañando a familia y amigos. Él no se consideraba rebelde, sólo inquieto y padecía lo que todos los de su edad: la adolescencia.

Una vez lo castigaron porque lo encontraron fumando en el techo del Seminario. Le dijeron que si quería hacerlo siendo menor de edad tenía que traer un permiso firmado por su familia. Obvio no lo llevó, aunque siguió fumando a escondidas.

En otra ocasión burló la seguridad del fin de semana y tras dar el timbre para dormir, él y otros compañeros salieron a escondidas y se fueron a un baile. Regresaron de madrugada sin que nadie se diera cuenta.

“Pero no falta un soplón que fue con el chisme a los padres, y esa vez duramos como un mes castigados”, recuerda “El Gallo”. Asegura que sólo que hubiera alguna falta de verdad grave los suspendían o corrían del Seminario, pero de eso se salvó.

En cambio, a veces había castigos injustos. A quien apodaban “El Apache” le tocó vivirlo. Siempre trató de cumplir las reglas lo mejor que podía y llevaba una vida de estudio, buenas calificaciones, trabajo y piedad, participando en coros, concursos de poesía, canto, oratoria y todo tipo de actividades deportivas y artísticas.

En una ocasión, estando en el grado propedéutico, tuvo que acudir con su consejero espiritual, contando con un permiso especial y teniendo que ausentarse de la clase de Latín que impartía el padre Rafael Vélez (+), y regresando al salón cuando el sacerdote aún no concluía su tema.

Previo a su llegada, tres compañeros suyos habían estado jugando a aventarse un tomate, o al menos eso fue lo que contaron luego. Ese desorden llenó de furia al sacerdote, quien pidió casi a gritos a los tres que salieran de su clase.

Cuando “El Apache” llegó y pidió permiso para entrar, el padre Vélez ya estaba molesto, y no quiso ni recibir explicaciones, así que a los varios intentos del seminarista por justificar su llegada tarde, el cura terminó echándolo también con un grito: “¡qué te largues, te digo!”.

A la hora de la comida, “El Apache” se enteró de que el sacerdote fue a acusarlos con el rector del Seminario, incluyéndolo entre los que alteraron su clase. Por la tarde los castigaron, poniéndolos a excavar y construir una rampa para que vehículos entraran a la cancha de futbol, donde se desarrollaría la kermés anual. Al siguiente día fueron llamados uno por uno con el padre prefecto.

A dos de ellos los corrieron, a otro lo suspendieron. “El Apache” fue el último en entrar. Le dijeron que habían analizado su caso y, aunque no había gravedad en él, de todos modos habían decidido castigarlo. La razón fue que debido a que en los cinco años que llevaba en el Seminario nunca se le había aplicado un correctivo ejemplar. Fue condenado a una semana de suspensión en su casa. Una mancha injusta en su expediente.

Pedro Almanza dice que también le tocó ver sanciones injustas, aunque nunca correctivos excesivos. Alguna vez fue testigo de cómo a algún compañero que encontraron haciendo desorden pasado el horario de dormir, los sacaron a correr a las canchas de basquetbol.

Al “Apache” sí le tocó un castigo de esos, pero a él y a su grupo completo, cuando estaban en secundaria. Los encontraron jugando “guerritas” a medianoche dentro del dormitorio, aventándose dulces, cacahuates y naranjas de los bolos que les regalaron en las posadas de diciembre.

En esas “guerritas” de todos contra todos se llegaron a aventar hasta zapatos y flotadores del baño. Cuando llegó el rector y los padres formadores, se escuchaba el crujir de las cáscaras pisadas por los sacerdotes al entrar al dormitorio.

Al ser descubiertos les pidieron salir de sus camas y bajar así como estaban a las canchas, sin zapatos y con ropa de dormir. Los llevaron a correr a las canchas, después hacer abdominales, patitos y carreras de caballitos. Por cierto uno de ellos se cayó del cansancio y se rompió varios dientes. Fue la señal de que el castigo terminaba. Los enviaron a bañarse y dormir como angelitos.

CLAROSCUROS

Jesús Castro se llama quien era apodado “El Apache”. El sobrenombre se lo debe a otro compañero un año mayor que él, que cursaba tercero de secundaria, porque decían que se parecían mucho físicamente. Fue el último año que aquel muchacho compartió su apodo, porque al terminar el curso decidió abandonar el Seminario e irse a su natal municipio de Morelos.

Castro se hizo seminarista a los 13 años. Entró a segundo de secundaria con un grupo de 14 alumnos, de los cuales ninguno se ordenó sacerdote. Él completó todo el Seminario Menor, llegó al Curso Introductorio y cursó el primer año de Filosofía, en la generación que inauguró las recién construidas instalaciones del nuevo Seminario, en Los Valdez.

Los siete años que estuvo ahí son de los más felices de su vida. Su testimonio coincide con el de Pedro y Rigoberto. De muchas enseñanzas humanas, religiosas, artísticas y culturales; de aprender buenos modales, cortesía, paciencia y tolerancia. A forjar carácter y disciplina.


En el Seminario Menor los menores cursaban la secundaria y la preparatoria.

Ahí conoció todo Coahuila, yendo a misiones. Viajó a Guadalajara, San Luis, Ciudad de México, Zacatecas, Guanajuato, varios municipios de Nuevo León y Tamaulipas. Participó en concursos de poesía y canto contra seminaristas de Nuevo León o Tamaulipas, ganando primeros lugares. Tuvo cargos como bibliotecario, sacristán, encargado de la tienda y coordinador de grupo.

De vez en cuando salían todos los seminaristas caminando para ir de excursión al Cañón de San Lorenzo, acompañados de los prefectos. Sin tomar ningún vehículo o transporte, llegaban hasta la sierra Zapalinamé y subían hasta el lugar llamado Los Aguajes o hacia el lado de la llamada Pared, para luego acampar, oficiar misa y luego regresar de nuevo caminando al Seminario.

Pero así como había aspectos positivos, también había carencias. Por ejemplo, de formación humana y afectiva. Rigoberto, Jesús y Pedro hablan de la presencia de una sicóloga que iba dos veces por semana, y a quien se podía acudir de forma voluntaria. En ocasiones impartía algunos cursos los sábados.

“Yo tuve algunas dudas sobre sexualidad, masturbación y sueños húmedos. Fui con ella y sí me explicó muy bien todas mis dudas. Pero nomás una vez, ya no volví”, detalla “El Gallo”, a quien le parece que en el aspecto de formación humana, con eso estaba bien. Pedro también acudió con la sicóloga alguna vez, pero él opina que faltó algo más que una sicóloga de vez en cuando.

No hubo suficientes y constantes cursos, pláticas, charlas o talleres encaminados a reforzar la conducta afectiva y el trato con el sexo opuesto, el manejo de las emociones, la vida cotidiana con personas del mismo sexo. Tampoco hubo evaluaciones sicosociales o emocionales.

Los seminaristas pasaban de un año a otro sólo con el visto bueno de los padres formadores, sin una evaluación sicológica hecha por profesionales, que corroboraran la salud mental, emocional, social y hasta sexual de los candidatos al sacerdocio.

“Si hubieran hecho eso, a lo mejor habrían identificado a quienes tenían tendencia hacia la pederastia, y no se habrían dado casos, como el de Piedras Negras, que ha dañado tanto a la Iglesia”, manifestó Pedro.

Aun así, la mayoría de los presbíteros que se ordenaron de esas generaciones, son ahora buenos sacerdotes, entregados a la pastoral, algunos de ellos en la defensa de los derechos humanos, las minorías, las parroquias pobres, la catequesis, la orientación de los jóvenes, la justicia social y hasta la incursión en los medios de comunicación digitales.


En el Seminario también aprendieron sobre música.

Otros de aquellos seminaristas, una minoría realmente, dice Pedro Almansa, son curas que viven en medio de lujos, aprovechándose de la caridad de la gente, viajando cada año a Europa de vacaciones, en autos caros y departamentos privados, pasando los fines de semana en antros o restaurantes finos y saliendo en los periódicos junto a familias ricas de la ciudad.

“No son todos, son algunos, pero lamentablemente la gente generaliza, y por unos la llevan todos”, señala Pedro, hoy padre de familia, quizá uno de los más piadosos y bien portados durante su etapa de Seminario, cuya salida extrañó a todos, pues lo consideraban perfecto candidato a ser un buen sacerdote.

HOMOSEXUALIDAD

Allá por 1991 se supo que habían corrido a varios estudiantes de secundaria por conductas “impropias”. Jamás se aclaró a qué se referían con conductas “impropias”, y eso dio pie a chismes de que un formador encontró a dos seminaristas de primero de secundaria manteniendo un supuesto encuentro sexual en el espacio donde guardaban la camioneta del Seminario.

Y la de otro, de segundo de secundaria, que se habría aprovechado de un compañero un año mayor que él cuando estaba dormido. La víctima de este caso le contó a quien esto escribe que le “había pasado algo mientras dormía, algo que le estaba haciendo en sus genitales un chico de segundo de secundaria”. Le aconsejé que lo reportara. Y así lo hizo. Al siguiente día, el otro chico ya no estaba en el Seminario. Los padres formadores tampoco explicaron el motivo de su salida.

En general, la conducta de la mayoría en el Seminario Menor de aquel entonces era varonil. Pero había compañeros con “amaneramientos”. Difícil juzgar si eran homosexuales, aunque de algunos de ellos sí se confirmó su orientación tiempo después. Algunos no llegaron a ordenarse sacerdotes, pero otros sí.

“Sí, sí lo vi, de varios compañeros que tenían esa tendencia. Sí se veía en los ademanes, en la forma de hablar, en la forma de caminar. Yo pensaba, a lo mejor así son, desde su casa vienen así”, cuenta Pedro. Se trataba de una minoría, si acaso de siete a 10, de entre los 100 alumnos que eran en el Seminario Menor.

Él no los juzgaba ni los rechazaba. En general no había hostilidad malintencionada hacia ellos por parte del resto de los seminaristas, en ocasiones sólo la llamada “carrilla”. Algunos de ellos eran mayores de edad y mantenían amistades con chicos de secundaria. Nadie vio nada malo en eso.

“El Apache” dice que los padres formadores no ponían mucha atención en ese aspecto, a pesar de lo evidente de sus amaneramientos y acercamientos con chicos menores, a algunos de los cuales a veces traían abrazados por los pasillos del Seminario.

Como a los formadores no les parecía nada extraña aquella camaradería, nunca se les practicaron test sicológicos para averiguar sobre si esas conductas podrían tener alguna tendencia patológica, como la pederastia.

“Algunos de ellos sí se ordenaron sacerdotes, otros no. Algunos sí son ahorita sacerdotes, no los he visto, tengo años de que no los veo”, señala Pedro sobre quienes, a su parecer, tanto en aquel entonces como ahora, mostraban y muestran amaneramiento en su conducta cotidiana. Aunque no le consta que por ello sean homosexuales.

Pedro cuenta el caso de un compañero de su generación, a quien un padre formador mandaba llamar a su cuarto a toda hora, así estuviera en clase, en misa, en oraciones, en deporte o a mitad de un examen. Ambos se encerraban en la habitación sin que nadie supiera lo que pasaba dentro.

“Pero no tengo la certeza de si fue verdad. Sólo había favoritismo hacia él. En Propedéutico hasta un padre se enojó, porque lo mandan hablar en plena clase; a veces hasta en examen le mandaba hablar. Iba a su habitación de este padre. Era un seminarista mayor de edad. Ese seminarista sí se ordenó sacerdote”, señala Pedro.

Otro sacerdote de nombre Leonardo Gómez, que actualmente ejerce el ministerio en Estados Unidos contó que en esa época él era el seminarista que estaba encargado de la Pastoral Vocacional en el Seminario de Saltillo.


Padre Leo Gómez, sacerdote de las iglesías antiguas de Estados Unidos.

Un día, ya de noche, vio a un sacerdote miembro del equipo formador, que se encargaba de las vocaciones, entrar al Seminario con aliento alcohólico. Ese cura abrazó a Leo e intentó besarlo. El seminarista se apartó y al siguiente día lo reportó con sus superiores.

A LA DERIVA

Los tres exseminaristas que dieron testimonio para este texto dejaron el Seminario en circunstancias diferentes. Pedro, quien entró al Seminario a los 18 años para estudiar ahí la preparatoria, dice que cuatro años después, a una semana de iniciar Filosofía, sintió una gran necesidad de estar con su familia. Y así, sin más, decidió salirse y regresar a su casa.

Rigoberto cuenta que llegó un momento en que ya no le hacía feliz lo que hacía. Aquella vida se volvió una rutina sin que se diera cuenta por qué. Hasta que llegó un día en que dijo “ya me voy”. Y así fue. Tomó su maleta y se fue a su casa. Luego regresó para avisar que ya no volvería al Seminario.

Jesús pasó al menos dos años de discernimiento antes de dejar el Seminario. Se dio cuenta de que no era su vocación y decidió no seguir, porque de hacerlo, sólo porque ya llevaba siete años recorridos, piensa que se habría amargado como algunos sacerdotes en la actualidad, que en vez de acercar feligresía la aleja por sus actitudes soberbias y mal carácter.

Aunque ninguno de su generación se ordenó sacerdote, muchos de sus contemporáneos de otros grados sí lo hicieron, la mayoría son muy buenos presbíteros, entre ellos Fernando Liñán, Erasmo Treviño, Roberto Luna, Ignacio Ramos, Guadalupe Estrada, Orlando Rodríguez, Enrique Ríos, Gilberto Martínez, Raymundo Loera, Cristian Figueroa, Alfonso y Óscar Castillo, Amaro Rojas, Rafael Castillo, José Calvillo, Sergio Ávila, Arturo Calzada, Miguel Orzúa, Raciel de León, Roberto Estrada, Fermín Parra, Josué García, Jesús Galeana, Jorge Guzmán, Adolfo Huerta, Alfonso Sánchez, Raúl Trujillo y Mariano López, entre otros.


El padre Alfosno Castillo rechaza que homosexuales puedan ordenarse sacerdotes.

Por otro lado, tanto Rigoberto, como Pedro y Jesús, opinan que una vez que un alumno sale del Seminario queda a la deriva. La mayoría tiene que enfrentar la nueva realidad deso-rientado, sin ningún tipo de apoyo o seguimiento por parte de la Iglesia.

La mayoría salió adelante como pudo y ahora son laicos comprometidos, inmiscuidos en todos los ámbitos de la sociedad. Los hay abogados, médicos, periodistas, maestros, sicólogos, ingenieros, arquitectos, músicos y políticos.

Hace casi una década algunos de ellos se reunieron y fueron apoyados por el padre Enrique Ríos para conformar una comunidad de exseminaristas con la finalidad de convivir y apoyar a quienes decidían dejar el Seminario. La mayoría sigue en contacto.

HABLA UN EXFORMADOR

El padre Alfonso Castillo, actualmente sacerdote casado, en una diócesis de las iglesias antiguas en Estados Unidos, estudió y se ordenó presbítero en el Seminario de Saltillo. Entre 1992 y 1993, estando en el año de Magisterio, fue designado seminarista coadjutor de disciplina en el Seminario Menor. En ese tiempo tenía 22 años y le fue encargado un grupo de 28 alumnos de preparatoria.

Fue de los miembros del equipo formador más apreciados por los seminaristas, pero tuvo sus desencuentros con los sacerdotes del equipo formador, pues él siempre ha creído en la libertad y la confianza, mientras que la perspectiva en el Seminario era de poca libertad y confianza. Siempre creyó que los elementos humanísticos eran fundamentales, por eso trabajó en fomentarlos.

Tenía y aún tiene su propio criterio en torno a la homosexualidad de sacerdotes y seminaristas. Por eso profundizó en el tema durante la entrevista que le hizo Ruta Libre.

¿Identificó personalidades o manifestaciones físicas de posible homosexualidad en seminaristas?

“Gracias a Dios, en el grupo de preparatoria que me tocó dirigir, nunca se manifestó nadie con tendencias homosexuales. Cosa que sí alcanzaba a descubrir en otros niveles”.

¿Cuál era la opinión de los formadores sobre esos alumnos?

“A mí personalmente me agradaba la regla del padre Jorge Sepúlveda, mi rector, para quien los homosexuales y los rateros eran expulsados inmediatamente”.

¿Llegó a descubrir sobre la existencia de encuentros íntimos entre alumnos del Seminario a su cargo?

“Gracias a Dios no”.

¿Piensa que si se hubieran detectado a tiempo tendencias homosexuales se pudieran haber evitado los escándalos por pederastia?

“Pienso que en tu pregunta asumes muchas cosas. Suena a que la homosexualidad está directamente relacionada con el problema de la pederastia. Yo no creo que sea así. La homosexualidad no implica necesariamente la pedofilia, sin embargo ambas situaciones necesitan resolverse en la Iglesia católica.

“No estoy de acuerdo con los sacerdotes homosexuales. Estoy totalmente molesto con los sacerdotes pedófilos o pederastas. Y tampoco estoy de acuerdo con el celibato sacerdotal”.

¿Qué es necesario en la formación del seminarista actual para evitar la pederastia de la que se acusa a algunos sacerdotes de la Iglesia católica?

“La evaluación de la situación humana del sacerdote. Dudo que nuestra Iglesia quiera evaluarse y escuchar alternativas al respecto”.

¿Piensa que una mejor educación afectiva y humana evitaría que sacerdotes se refugien en vicios, parejas homosexuales, parejas femeninas, usando de forma inadecuada el dinero de los fieles para vivir con lujos, o tener actitudes despectivas contra los feligreses?

“La formación humana es clave y muy poco valorada. Creemos ser buenos sacerdotes y seguimos siendo seres humanos llenos de mediocridad. Gracias a Dios nuestra sociedad sigue despertando y espero que nuestra Iglesia también lo haga”.



El padre Alfonso piensa que el problema está más allá del proceso de la formación. Que los intentos para tener buenos sacerdotes son nobles y admirables. Pero la estructura no le convence. Los seminaristas siguen saliendo con muy poco sentido de las necesidades reales de la vida y la sociedad. Encapsulados en una burbuja que se revienta cuando los ordenan, son una verdadera amenaza.



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