×
hace 4 meses
[Ruta Libre]

Violencia económica de género, ¡ya no más!

Estela y Martha comparten historias que, aunque separadas, ejemplifican la vulnerabilidad (y fortaleza) de la mujer

Imprimir
Violencia económica de género, ¡ya no más!
Foto: Especial
Por: Luis Durón

Saltillo, Coah.- Estela vivió casi 40 años bajo el yugo de su marido. Fue humillada, golpeada y hasta secuestrada en su propia casa. No podía salir, no había convivencia con los vecinos, estaba prohibido mirar siquiera por la ventana.

Por amor a sus hijos, sobrellevó ese infierno, prefirió sufrir ella los golpes que su esposo le daba cada que algo no le parecía, con tal de que este no arremetiera contra alguno de sus cinco vástagos. Las agresiones físicas y sicológicas eran parte de su rutina diaria.

A Estela también le contaban el dinero para el gasto. A pesar de que trataba de aportar a la economía familiar vendiendo productos de belleza, su marido le quitaba todo lo que ganaba. De esta forma no podría salir de la casa aunque así lo quisiera.

Fueron 38 años de la vida hecha un infierno. Estela decidió separarse de su esposo ya cuando sus hijos eran mayores de edad. Sólo dos de ellos la apoyaron, mientras que los otros tres le reprocharon haber desintegrado a la familia.

Son las 3 de la mañana de un jueves. Martha, parada frente al espejo, observa dos protuberancias en sus muslos. Es la sangre molida que dejaron las patadas de su novio. En el cuello tiene marcadas las grandes manos de su pareja y sus manos están rasguñadas.

Cinco minutos antes, Martha fue víctima de la furia de su novio, ese que una vez prometió protegerla, que de la noche a la mañana comenzó a manipularla, que con golpes resolvió una situación de estrés por la que pasaba.

Son las 3 de la mañana en una ciudad lejana del hogar que dejó Martha en Saltillo. Ahí también dejó su trabajo, una prominente profesión en la que había cosechado varios triunfos. Eso fue lo que su novio no soportó, no podía tolerar que ella ganara más dinero que él, por eso se lo quitaba; el día que ella trató de defenderse, llegaron los golpes.

Ahora vive en un pueblo escondida de su verdugo, temerosa de que algún día la encuentre. Martha no sólo dejó su trabajo, también dejó a su familia. El dinero apenas le alcanzó para tomar un camión al pueblo donde se refugia. Ahí busca la forma de recuperar su dignidad.

ESTELA Y MAURO, DEL IDILIO AL INFIERNO DOMÉSTICO

Estela y Mauro se casaron en el 79. A la semana de casados empezó el maltrato. Primero eran gritos y las peleas maritales que se tornan normales. “Es la adaptación al cambio”, mencionó Estela; aún no había golpes.

Poco a poco Mauro fue manipulando a Estela. La alejó de su familia, comenzó a contarle los pesos para el gasto de la casa. Estela siempre trabajó y ese dinero también iba a dar a manos de Mauro, la tenía controlada.

“Yo siempre trabajé, pero no en una fábrica o en una empresa. Recién que me casé empecé a trabajar vendiendo hamburguesas o burritos, también vendía por catálogo. Él me quitaba el dinero y me controlaba los gastos”, cuenta.

Primero fue el control económico, no la dejaba convivir con sus vecinos; apenas un saludo a alguien era el detonante para que Mauro reaccionara de manera agresiva. Cada hora que Mauro no estaba en casa le llamaba a Estela, pues quería estar seguro de que no saliera.

“Él no me dejaba ni siquiera saludar a los vecinos, porque un simple saludo a él le molestaba. Simplemente yo no salía, si él estaba trabajando me hablaba a cada rato para ver que estuviera en la casa; no cargaba llaves para que yo le abriera la puerta cuando llegara… Son cosas que fueron pasando, fueron pasando los años”, dice.

Estela se embarazó una, dos y otras tres veces. Cinco hijos fueron concebidos de ese matrimonio: tres hombres y dos mujeres. Por ellos soportó más de 30 años ser humillada y estar prácticamente secuestrada por Mauro.

Mauro era agresivo por naturaleza. No tomaba ni fumaba, no tenía vicios, su único problema era ser agresivo. Estela era el saco de boxeo con el que desahogaba su estrés y sus frustraciones. Los golpes se hicieron parte de la rutina; diario eran agresiones.

Lo único que motivaba a Estela para no dejar a Mauro eran sus hijos. Siempre fueron su fuerza, su motor para soportar el infierno en el que se había convertido su matrimonio, ese que comenzó lleno de ilusiones que con el tiempo quedaron perdidos.

Con los años, las agresiones se convirtieron en una normalidad. El temor que le Estela tenía a Mauro la sumieron en una depresión que la llevaron a pensar incluso en el suicidio, pero el amor por sus hijos la alejó de esa desesperación.



Mauro le molestaba que le hablara a los suyos y para no tener problemas se fue separando de ellos, se quedó sola y Mauro la tenía bajo un control total. Así fueron 38 años de matrimonio.

“Eran golpes, agresiones verbales. Cuando tuve a mis hijos todo fue igual, seguía con el maltrato, tenía que hacer lo que él decía. Me sentía muy desesperada, quería otro trato para mí y para mis hijos, porque ellos también sufrieron la furia de mi esposo”.

La primera vez que Estela tuvo contacto con su familia fue en 2006, después de 23 años de sufrir y soportar las agresiones de su esposo. Aun así, prefirió seguir alejada de ellos, pues el miedo la llevó a soportar otros 15 años de aquel infierno.

“Tenía 38 años, las agresiones fueron desde el principio. Eran agresiones, (Mauro) era una persona a la que todo le molestaba, fueron constantes. Al principio fue que no tenía el apoyo de mi familia, estaba muy despegada de ellos porque él no me dejaba verlos, le molestaban y yo sentía que tenía que aguantarme, salir adelante yo sola”, se lamenta.

El detonante para que Estela tomara la decisión de separarse definitivamente de Mauro fue la última agresión física que recibió de él en plena vía pública. Estaban en el Centro de Saltillo y ahí el hombre arremetió contra ella frente a la mirada indiscreta de la gente.

Otro de los factores que influyó para que Estela tuviera la valentía de romper con esa cadena de agresiones que parecía eterna fue que sus hijos ya habían formado su propia familia. Ella se había quedado sola con su verdugo.

“Decidí tomar esta decisión porque mis hijos ya estaban grandes, ya todos tienen su vida hecha, son mayores y decidí terminar con esto. Fueron muchos años y entonces dije ‘ya no puedo seguir aguantando todo esto, si mis hijos tienen su vida hecha, ya no tengo nada que hacer con él, los pocos o los muchos días que me queden de vida quiero estar tranquila’”.

Fueron muchas las veces que Estela denunció a su esposo, pero las autoridades no hicieron nada, sólo tomaron el reporte y se limitaron a levantar un acta, pero nunca pisó la cárcel. Cuando comenzó con el proceso de separación fue una vecina de Estela quien le habló del Centro de Justicia y Empoderamiento para las Mujeres (CJEM).

“Cuando le dije que decidí dejarlo lo tomó muy mal, se puso muy agresivo, yo creo que nunca pensó que iba a llegar el día en que tomara la decisión. Sí tuve miedo y aún temo encontrármelo, nunca salgo sola por el miedo que aún le tengo”.



En el CJEM Estela encontró lo necesario para salir del infierno en el que vivía. Recibió apoyo sicológico y jurídico, mientras que a Mauro se le dictó una orden de restricción mientras se liberaba el acta de divorcio. Estela recibió apoyo para montar un negocio y ahora vive con su hijo y sus nietos, donde se dice feliz y tranquila.

“Tener mi negocio me motivó a dejarlo (a Mauro) y darme cuenta de que estaba en un error al permitir que me agrediera. El alma de una mujer se puede destruir hasta el grado de querer quitarse la vida, hasta ese punto me llevó. Hubo momentos en que lo pensé y sólo con el amor de mis hijos y de mis nietos me pude reconstruir; tengo ganas de vivir y de seguir adelante”, cuenta ufana.

El miedo de encontrarse a Mauro en algún lugar aún persiste. Estela no sale sola a la calle, siempre se hace acompañar por su hijo. En un momento pensó que todo lo que sufrió fue su culpa, pero tras las terapias en el CJEM ha eliminado ese prejuicio.

“Me siento más segura, muy agradecida con todos los que han estado conmigo. Les quiero decir a las mujeres que no permitan que nadie las maltrate. Yo sabía que estaba mal, a veces pensé que era mi culpa, pero mi hijo me decía que no, que no era mi culpa”.



MARTHA Y PONCHO, ESCONDIDA DEL 'AMOR DE SU VIDA'

Martha buscaba una relación estable, tener una nueva ilusión, pues hacía poco que había salido de una en la que los celos acabaron con el amor. Buscaba alguien con quien soñar de nuevo, alguien que la amara y fuera su cómplice en sus planes a futuro: tener un negocio propio.

Conoció a Poncho una tarde de jueves cuando fue a un bar, lo recuerda bien. Él estaba en la barra y ella esperaba a un amigo en una mesa. Él se acercó y le preguntó su nombre. Parecía un hombre normal que sólo buscaba un poco de compañía.

Las cervezas se fueron consumiendo, los cigarros también, el amigo no llegó y así Martha conoció al que más tarde la llevaría a dejar todo lo que tenía en Saltillo y luego a esconderse de un hombre que casi la mata.

Intercambiaron teléfonos y la plática trascendió a mensajes. Durante 15 días, Martha recibió textos en los que Poncho le mostraba su interés por ella. Luego empezó a recibir flores y otros regalos. Después de cientos de mensajes vino una invitación para salir y Martha accedió. Después de cuatro o cinco citas, Martha se descubrió interesada en Poncho y decidió darse una nueva oportunidad.

“Fue una relación intensa. Decidí jugármela y al mes ya estaba viviendo conmigo, la relación iba bien, pero había algo raro en él, lo notaba estresado. Siempre llegaba del negocio que tiene cansado y de mal humor”, recuerda Martha.

Poncho confesó a Martha que su frustración era la falta de dinero. Ella decidió apoyarlo con los gastos que tenía en el negocio. Le daba cuenta de cada peso que ganaba en la empresa donde ella trabajaba.

Así comenzó la manipulación. Poncho cada vez le exigía más dinero, le quitaba su sueldo completo con la excusa de invertirlo en su negocio. Para ese momento, la chica ya estaba enamorada y creía que él sólo quería cuidar sus ingresos.

Los celos se hicieron presentes de nuevo. Poncho le llamaba cada media hora, la interrumpía en su trabajo y si ella no contestaba se enojaba. Lo mismo con sus amigos, ya no hubo reuniones ni salidas al bar. Poncho exigía toda la atención posible.

“Al principio pensé que estaba bien que me celara porque no era similar a la relación que había tenido antes. Seguían los mensajes de amor y con eso me bastaba. Del dinero no tenía problema, se lo daba todo porque pensaba que era para algo que estábamos construyendo los dos, ya me había comentado que en cuanto el negocio prosperara, yo dejaría de trabajar”, cuenta Martha.



De su sueldo, Martha sólo se quedaba con 300 pesos para el transporte y gastos personales, mientras que lo demás se iba al “negocio”; todo lo manejaba Poncho. Fueron tres meses con esa dinámica.

Una noche todo cambió. Poncho llegó a casa ebrio y comenzó a discutir con Martha. Arremetió contra ella, uno, dos, tres golpes en la cara, la tomó del cabello y la aventó al piso. Después sobrevino una lluvia de patadas.

Martha no podía ni siquiera gritar de la impresión que le causó ser víctima de su novio. Él le decía que se lo merecía por tratar de controlarlo, por cuestionarlo. Los golpes seguían. Martha se arrastraba en el piso de la sala.

Poncho la volvió a tomar del cabello y la levantó. Vinieron más cachetadas y luego puso sus manos en su cuello, la estaba asfixiando. Con una patada en el estómago, Martha logró zafarse del hombre que un día juró protegerla y nunca hacerle daño.

“Creí que me iba a matar. Corrí hacia la puerta, tenía la ropa desgarrada; grité, pero nadie respondió, nadie vino a ayudarme. Él se metió al cuarto y ahí se quedó. Tenía mi celular y no pude llamar a la policía, entonces me encerré en el baño”.

Martha durmió ahí esa noche. Por la mañana, escuchó que Poncho salió de la casa. Era el momento de huir, por lo que ingresó al cuarto, tomó sus pertenencias y salió por una ventana, pues Poncho la había dejado encerrada.

Martha deambuló por el Centro de Saltillo toda la mañana. Describe que se sentía perdida, estaba sola en la ciudad. Sus padres viven en el norte del estado y no sabía qué hacer. Fue a buscar a una de sus amigas y esta fue quien la ayudó.

“Me quedé con mi amiga esa noche, ya no quería saber nada de Poncho. Estaba decepcionada, enojada, yo siempre juzgaba a las mujeres que sufrían violencia, pero ahora las entiendo porque a pesar de todo me dolía más el perder el amor de Poncho de esa manera, darme cuenta de que había muchas señales y no las vi, lo dejé pasar”, se lamenta.

La amiga de Martha la llevó al Centro de Justicia y Empoderamiento para las Mujeres, donde emitieron una orden de restricción contra Poncho. Ella tenía que regresar a su departamento por sus cosas.



Pero Martha decidió perdonar a Poncho una semana después de esa golpiza. Hablaron y él prometió no volver a actuar de esa manera. Le regaló un ramo de rosas. Aún con las huellas de los golpes en su cuerpo, Martha regresó con Poncho.
Durante dos semanas la situación mejoró. Ya no había celos, Martha recibía un detalle todos los días, un mensaje, flores o chocolates, parecía que todo había cambiado, pero el terror regresó una noche.

Poncho no estaba ebrio esa vez, fueron sus celos los que activaron su agresividad. Martha recibió una llamada del trabajo y Poncho no pudo soportarlo. Comenzó una discusión que derivó en un intento de homicidio.

“Me arrebató el celular, colgó la llamada y me dijo que ya no iba a trabajar ahí, creyó que lo estaba engañando con alguien del trabajo. Me dio un golpe en el estómago y me tiró al piso para patearme. Le gritaba que me dejara; como pude me zafé y corrí a la puerta, pero estaba cerrada”, narra aún con un dejo de temor en los ojos.

Al ver que Martha estaba dispuesta a escapar de la casa, Poncho cambió de actitud, se arrodilló y le pidió perdón. La mujer decidió seguirle el juego, por lo que esperó a que estuviera tranquilo para actuar.

“Guardé en mi bolsa mis papeles y las tarjetas. Me escondí dinero en el tenis para que no me lo quitara. Era de madrugada y no tenía a donde ir, pasé la noche despierta, mientras él dormía”.

Al día siguiente todo fue con normalidad. Poncho abrió su negocio y Martha dijo que iba a su trabajo. Era mentira. Llegó a la Central de Autobuses y huyó; se fue sin decir a dónde.

Ahora está escondida y por medio de las redes sociales puso al tanto a su familia del infierno que vivió al lado de Poncho. Dejó su trabajo y con el poco dinero que logró sacar de la cartera de su novio pagó un hotel.

“Es una situación que no le deseo a nadie. Me siento insegura, tengo miedo de que me pueda encontrar. Ya puse la denuncia y espero que esto se acabe. No me queda más que salir adelante y superar esto. La verdad nunca pensé que me pasaría algo así con él, era todo bonito, pero se convirtió en un monstruo”.

AGRESIÓN EN SILENCIO

La violencia de género se define como todo acto de corte sexista que produce un daño físico, sicológico o emocional a una persona. Estas acciones no sólo se enfocan en el maltrato físico o verbal hacia una mujer, sino que incluyen otras formas de agresión que por lo regular pasan desapercibidas o suelen verse como algo habitual, además de que en su mayoría se presentan en espacios privados como el hogar.



IDEOLOGÍA QUE MATA

Estela y Martha son dos mujeres que han sufrido la violencia en carne propia. Una de 58 años, la otra de 30; una casada y la otra soltera, pero ambas víctimas de la ideología del machismo que aún impera en los hombres mexicanos y que sigue perpetrándose.

A decir de la directora del Centro de Justicia y Empoderamiento para las Mujeres, Leticia Charles, ese tipo de historias se viven a diario en los hogares saltillenses.

Dentro de la violencia de género se perciben cuatro tipos de violencia: la económica, la patrimonial, la sicológica y la física. Estela y Martha sufrieron todos los tipos y estuvieron a punto de perder no sólo su dignidad, sino la vida.

Leticia Charles comenta que generalmente la violencia contra la mujer comienza ejerciendo un control con sus gastos y su dinero, lo que se conoce como violencia económica. El atacante logra que la mujer pierda su independencia y de esta manera la mantiene controlada.



“Es una de las conductas que no están tan precisadas y que la misma sociedad fomenta, porque dice que es el hombre quien tiene que dar el dinero. A parte de cómo las limitan, también las condicionan para darles el dinero, esas son algunas de las manifestaciones que a veces no se identifican”, explica.

Es cuando aparece este tipo de actitudes que las mujeres deben poner más atención y de inmediato actuar para que no se conviertan en víctima de otro tipo de violencia.

En el caso de Estela, soportó durante años los golpes de su esposo para proteger a sus hijos; en cuanto los hijos se independizaron, logró terminar con el yugo que la mantenía sumergida en un infierno.

Martha no vio las primeras señales de violencia por parte de su pareja, hasta que esta la golpeó al grado de casi matarla. Fue víctima en un principio de violencia económica y después vinieron las agresiones físicas.

Estela y Martha son las voces de miles de mujeres coahuilenses que a diario son violentadas. En su cuerpo llevan cicatrices y su alma está en reconstrucción, poco a poco recuperan su dignidad y se aferran a lo único que no pudieron arrebatarles: sus ganas de vivir.


Imprimir
te puede interesar
[Saltillo]
hace cerca de 8 horas
[Seguridad]
hace 17 horas
[Seguridad]
hace cerca de 8 horas
[Espectáculos]
hace cerca de 23 horas
[Piedras Negras]
hace cerca de 8 horas
similares