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VQueens, reinas del emparrillado

A una semana del Super Bowl, vale la pena recordar que Saltillo tiene campeonas nacionales

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VQueens, reinas del emparrillado
Foto: Zócalo | Gerardo Ávila / Eliud Reyes / Alejandro Rodríguez
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Por: Jesús Castro

Saltillo, Coah.-
Para cuando sonó el silbato del árbitro, Maritza Jaramillo ya había olvidado que casi dos horas antes le dolía la rodilla. No lo sabía aún, pero jugó la final de campeonato con un ligamento roto y los meniscos lesionados.

De lindo rostro y esbelta figura, enfundada en un diminuto bikini que dejaba ver algunos rasguños y moretones en sus torneadas piernas y vientre plano, Maritza logró levantar las manos en signo de victoria.

Fue el sábado 20 de agosto de 2016 cuando el estadio Universitario de Saltillo festejó que el primer equipo de futbol americano de mujeres en bikini, nacido en esta ciudad apenas dos años atrás, se convertía en campeón nacional de la Women’s Football League.

Para ese momento el nombre de VQueens era muy conocido. Saltillo se acostumbró a ver jugar futbol americano a jovencitas con poca ropa. Ellas aseguran que se llenó el estadio no por el morbo, sino porque dejaron de verlas como muñequitas haciéndose las rudas y se dieron cuenta de que eran mujeres que sacrificaron tiempo, hijos, familia y trabajo, para ser reinas y campeonas.



Valkiria

En las aulas de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Coahuila deambulaba una valkiria en potencia. Maritza Esmeralda Jaramillo Mora se había preparado desde su adolescencia para ser como esas doncellas guerreras de la mitología nórdica: bella pero fuertes.

Nació en Concepción del Oro, Zacatecas, hace 32 años, pero vino a vivir a Saltillo para estudiar la preparatoria en la Mariano Narváez y luego Arquitectura en la UAdeC, donde formó parte del primer equipo de futbol americano femenil bandera, con Luis Rey como coach.

Alternaba el deporte con prácticas profesionales en una constructora haciendo revisiones de obras o estimaciones. Al graduarse, se alejó del americano para trabajar con la constructora que edificó la plaza Galerías Saltillo.
Al terminar le ofrecieron empleo en una desarrolladora de vivienda. Finalmente la contrataron en una gerencia de proyectos, en la que estuvo trabajando en la ampliación de una nave industrial del parque Santa María, aunque nunca dejó el gimnasio.

Un día su preparador físico le dijo que se estaban haciendo famosas en Estados Unidos las ligas de futbol femenil en lencería. Ella coincidió. “¿Cómo ves si te preparo y hacemos un try out en Estados unidos?”, le dijo él. A ella le pareció buena idea, aunque dos días después se contactó con su antiguo entrenador, Luis Rey, quien también estaba pensando en eso.

“Me dice: ‘traigo un proyecto en mente que me gustaría que me apoyaras’”, platica Maritza. Le sorprendió que la idea de Luis fuera más allá, quería crear un equipo de futbol americano femenil que jugara en bikini, pues sabía de una liga que se estaba formando en México.

Luis Rey es un excampeón de americano de Lobos de la UAdeC que desde su juventud se ha dedicado a ser coach de futbol americano femenil y que es toda una institución en ese tema. Él ya manejaba jugadoras de la modalidad bandera y arena cuando fue a la Ciudad de México y se enteró de que se estaba formando una liga en bikini.

Comenzaron a informarse y organizaron un try out, que es una serie de pruebas para elegir jugadoras. Para el 10 noviembre de 2014 sólo llegaron 10 chicas, entre ellas una Miss Coahuila y otras a las que les apasionaba el americano, pero nunca lo habían jugado, así que comenzaron de cero.

Tras aprender comenzaron a jugar en un torneo de futbol arena, en Monterey, donde fueron campeonas el primer año, todavía sin usar bikini. Luis Rey tenía contactos que lo ayudaron a inscribirlas en la liga lingerie o en bikini nacional.

Luis había elegido para el equipo el nombre de Valkirias, como las míticas doncellas guerreras nórdicas que tomaban parte activa en los conflictos humanos, decidiendo quién debía vivir y quién morir. Quería callar las bocas de quienes lo criticaron porque decían que lo que quería era hacer del deporte un espectáculo de bellos cuerpos con poca ropa. Y lo logró.



Queens

Si querían armar un equipo para participar en torneos profesionales, les faltaban uniformes, patrocinadores, una estructura y un presidente. Luis Rey se acercó a otro exjugador de los campeones Lobos de la UAdeC, Tadeo Carrizales Isaac.

“El head coach Luis Rey, quien nace con el proyecto, conocía el compromiso que yo tenía con el deporte y se acercaron conmigo para hablar de su intención de formar un equipo a nivel nacional en bikini. Las fui a ver entrenar y me sorprendieron, por lo que me comprometí a ayudarlos”, platica Tadeo.

Les preguntó que si tenían el equipo para jugar en lingerie, los cascos, uniformes, hombreras, balones, pero no tenían nada, sólo muchas ganas y pasión. Incluso pensaban ir a Guadalajara a un encuentro contra un equipo en bikini, pero sin recursos suficientes para el pasaje.

“Me subo al barco: lo primero que hice fue comprar todo el equipo, uniformes y en 15 días estaban viajando a Guadalajara a su primer encuentro”, recuerda Tadeo, quien se convirtió en el presidente de un equipo de 20 jugadoras.

Luis Rey se las llevó a Guadalajara, equipadas, a jugar por primera vez en bikini contra las Perlas de Occidente.

La primera vez que jugaron en un estadio lleno fue en Torreón ante las Vaqueras de Monterrey como ocasión previa a la inauguración de un torneo profesional de americano varonil.

La única condición que Tadeo les puso como presidente del equipo fue que se convirtieran en un equipo ompetitivo. A cambio se comprometió a aportar los recursos para gastos de promoción, difusión en medios de comunicación, viajes y un seguro de gastos médicos para las jugadoras.

Por su parte, Luis Rey logró inscribirlas en el torneo de la Women’s Football League en México, donde ya no usaron el nombre de Valkirias para evitar problemas de derechos. Entre todas las jugadoras decidieron dejar la V del nombre original y a sugerencia de una de las chicas, decidieron agregar la palabra reinas en inglés. Así nacieron las VQueens.

Campeonas

Fueron más de 10 meses de preparación antes de debutar en la liga oficialmente. Ya no eran aquellas inexpertas de bello cuerpo y muchas ganas, estaban preparadas para cumplir la exigencia de su coach y de su presidente.

Su primer partido fue en Saltillo. Salieron a la cancha con esa sensación rara de adolescente en traje de baño llegando por primera vez a una playa repleta de gente. Cuando estuvieron en el campo se olvidaron de lo que pudieran decir sus padres, hermanos, amigos o parientes.



“En mi casa sí se sorprendieron un poco cuando les dije que iba a jugar americano en bikini, pero luego ya lo entendieron”, dice Maritza. Su papá al principio le hacía comentarios sobre llegar a la casa con moretones o con el tobillo torcido, pero luego, cuando fue a verla, se convirtió en su primer porrista.

En su trabajo buscaba tapar los moretones o golpes lo más posible, no porque le avergonzara, pues sus colegas sabían que estaba en un equipo, sino por los clientes a quienes no podría explicarles y podrían llegar a pensar que ella era una mujer golpeada por su pareja. Fue precisamente su trabajo el primer obstáculo a vencer para seguir jugando.

“Salió el equipo, comenzamos a entrenar y como a media temporada me cambiaron de localidad en mi trabajo, pero yo quería seguir en el equipo, entonces quedé con mi entrenador de que no podría venir todos los días, pero unos dos días a la semana sí”, comenta Maritza.

El primer año cumplieron con lo que Tadeo les pidió. En ese 2015 se convirtieron en el equipo a vencer y llegaron a la final contra las que se alzaron como en sus principales rivales: Las Troyanas de Chihuahua. Se quedaron en el intento.

La siguiente temporada, en 2016, las cosas se volvieron a complicar, porque la enviaron unos meses a Guadalajara. Hizo un doble esfuerzo para venir al menos cada 15 días a entrenar. Así llegaron a la Semifinal, precisamente con las campeonas: Las Troyanas.

Fue tanta la entrega que Maritza le puso a un juego contra aquel equipo de altas, bellas y fuertes mujeres chihuahuenses, que en una jugada sufrió un encontronazo rodilla contra rodilla de una rival. Tuvo que ser sacada del partido con la rodilla inflamada.

“Al ver que se nos podía escapar el campeonato, dije ‘yo no me puedo quedar aquí sentada a esperar que se nos escape la oportunidad’. Les dije ‘dame algo para que se me pase el dolor, amárrame fuerte, voy a volver a jugar’. Regresé, ganamos y logramos pasar a la Final”, cuenta.

Eso fue un sábado, el domingo descansó y el lunes ya tenía que estar en Guadalajara. No reposó. Pensó que era un simple golpe, pero no cedió la inflamación hasta una semana antes de la Final, cuando regresó a Monterrey y pudo venir tres días para la rehabilitación y estar lista para la Final.

Se presentó a la Final del campeonato WFL 2016 todavía con dolor. Pidió un vendaje más apretado para estabilizar la rodilla. Al empezar el partido, se olvidó del dolor y enfrentó a las Rangers, de Mérida, jugando en tres posiciones, linebacker, corredora y quarterback en jugadas especiales.

Sonó el silbato final cuando el marcador era de 45-30 a favor de las VQueens. Gritó de alegría, abrazó el trofeo con toda su alma y festejó con los brazos en alto. Días después, pasada la euforia, le revisaron la rodilla, descubriendo que tenía un ligamento roto y los meniscos lesionados.

La cirugía de rodilla fue en mayo del 2017. Tuvo que dejar el equipo y ver desde tribuna que perdiera nuevamente el campeonato de 2017, otra vez contra Troyanas. En estas fechas apenas está reincorporándose al equipo, mentalizada en buscar el bicampeonato.

Guerrera invencible

Aquel día que fueron campeonas, las VQueens traían pintada en las piernas el número 24. No era una cávala, sino el número de su corredora estrella, Gabriela Mata Esquivel. Esa temporada de 2017 fue declarada la mejor de la liga en la posición que jugaba, pero no pisó el campo durante la Final.

De 23 años y tez morena, chaparrita, de mirar coqueto pero ruda como ella sola, Gaby, a quien le apodan “La Bestia” sus compañeras del equipo, tuvo que enfrentar dos lesiones que casi la sacan para siempre de su pasión: el futbol americano.

Gaby es la menor de tres hermanas. Por ser la pequeña de la casa, su madre la animó a ser competitiva. Ese espíritu la llevó a practicar atletismo en primaria, hockey de pasto en la secundaria y futbol soccer en la preparatoria Mariano Narváez.

Eligió como carrera Educación Física, la cual estudió en la Escuela Normal de Educación Física (ENEF).

Ahí siguió jugando soccer, pero como le gustaban los golpes, la barrida, ser brusca, cuando la invitaron a jugar futbol americano, dijo “esto es lo mío”. Sin embargo, no estuvo satisfecha porque el equipo femenil de la Normal era estilo bandera, del que llaman “tocho”, sin contacto físico.

Fue entonces que se enteró de que estaban seleccionando chicas para un nuevo equipo de futbol americano llamado VQueens. Acudió cuando ya había pasado el try out cuatro meses antes, de hecho ya estaban a una semana del primer partido cuando se presentó a hacer la prueba.



La equipó el coach, la puso a correr y luego a enfrentar a otra chica, a quien en el primer contacto la sentó en el suelo. De inmediato le dieron el lugar y jugó en el primer partido. En esa ocasión estuvo muy nerviosa por jugar en bikini, no quería que nadie la viera. Todavía en el campo se sentía rara, hasta que recibió su novatada.

“Iba corriendo y me bajaron el bikini. Se me vieron todas las pompas, entonces yo solté la bola y me subí el calzón por inercia. Y el coach me regañó, me dijo: aquí no se suelta la bola, aquí aunque te bajen el calzón, tienes que seguir corriendo”, platica Gabriela.

Desde entonces aprendió la lección, le dejó de importar traer las pompis de fuera, pues lo importante era anotar. Con el tiempo supo algo más: que aunque al principio la gente las iba a ver por morbo, para verles el cuerpo, luego volvían porque les mostraban lo intenso y profesional de sus juegos.

Con esfuerzo y sacrificios se ganó un lugar en el primer torneo donde lograron el subcampeonato, alternando su pasión deportiva al salir de la Normal, al trabajar primero como instructora de natación en el Club Campestre, luego en el Club Santos como entrenadora de niños y, finalmente, en algunas academias de futbol bandera.

Consiguió un lugar como maestra de educación física en el jardín de niños del Colegio Americano por la mañana y por la tarde se convirtió en coach de futbol femenil de primero a cuarto grado, lo cual significó tener llena su agenda: el gimnasio por la mañana, dos trabajos y luego entrenamiento por las noches.

Aplicaba en el equipo sus habilidades como maestra, animando a las demás, guiándolas con paciencia pero con carácter, haciendo equipo y formando líderes, hasta que llegó su momento y su fatal desenlace: la temporada 2017.

Faltaban cuatro partidos para calificar a la Final cuando se enfrentaron a las Rebeldes. Ella pidió no jugarlo, pero fue seleccionada. Estaba en su mejor momento, la señalaban como la mejor corredora de la WFL cuando se lesionó y todo se le vino abajo.

“Iba corriendo y una chica me jaló hacia atrás, y en ese momento perdí la posición y me levantó. Quise correr y no, sentí donde la rodilla se me salió y volvió a su lugar. Detuvieron el juego. Vieron que estaba yo tendida y se preocuparon. Me salí pensando que no había sido nada, caminando, sentía que la rodilla me bailaba hacia adelante”, recuerda la jugadora.


Sarahí Fonseca alterna los entrenamientos y partidos con las clases: ella es profesora de educación preescolar.

El fisioterapeuta le dijo: “traes destrozados los ligamentos, ni te metas a jugar ya”. Así lo hizo. Después se realizó una resonancia y el diagnóstico fue ligamentos rotos. Tuvo que retirarse del equipo y someterse a una cirugía en la que le insertaron dos clavos. Se deprimió; le aconsejaban que se retirara definitivamente, ahora que era su mejor momento. Ella dijo que no.

Vio calificar a la Final a su equipo mientras ella andaba en silla de ruedas, muletas o bastón. Así se dio valor y acudió al campeonato en el estadio Olímpico, donde el coach le dio un lugar en el espacio del equipo y aunque no sentía suyo ese logro, un gesto de sus compañeras la animó.

“Se anotaron mi número, el 24, en la pompa o en la pierna. Sentí alegría de que las chicas reconocieran el trabajo que hice en todo el proceso”, comenta Gabriela, quien al sonar el silbato final y declararse campeonas, fue obligada a tirar el bastón para ser levantada en señal de triunfo por sus compañeras y festejar.

Luego de aquella euforia, volvió a rehabilitación hasta que se sintió otra vez mejor y regresó ya comenzada la temporada de 2017, pero durante otro partido la jalaron fuerte y le dolió la otra rodilla. Pensó que era porque le cargaba a esa rodilla el peso que no lograba con la otra.

Se hizo la resonancia en la otra rodilla y el fantasma del retiro volvió. Traía los ligamentos rotos y también los meniscos, tuvo que someterse a otra operación en octubre de ese año. Desde entonces ha ido evolucionando positivamente. Ya está casi rehabilitada, presume las cuatro cicatrices de sus operaciones y el clavo que todavía tiene en su pierna derecha.

Ha vuelto a jugar, también al gimnasio. Está lista para volver a los entrenamientos en febrero y destacar la siguiente temporada. Dice no haber pensado nunca en el retiro y ahora menos que el equipo clama un bicampeonato.

Fuerza y carácter

De vientre plano y rostro angelical, Sarahí Fonseca es linebacker del equipo. Es la primera que corre al iniciar la jugada para defender a quien tiene el balón y por eso es quien recibe los primeros golpes y encontronazos con el equipo rival.

En su vida personal también es como un linebacker. Le ha tocado enfrentarse al destino con rudeza, igual que en el campo. Quienes la vieran en un salón de kínder enseñando con ternura a pequeños no creerían de lo que es capaz.

Ella nació en Monclova hace 25 años, pero se mudó a Torreón persiguiendo su sueño de ser maestra de preescolar. Allá hizo la licenciatura, teniendo que vivir sola y yendo a ver a sus papás de vez en cuando, debido a otra de sus pasiones: el futbol americano.

“Primero empecé a jugar tocho en un equipo que se llamaba Cobras, me empezó a gustar y en el último año me invitaron a jugar modalidad arena, porque no había equipos femeniles, fuimos pioneras y ese primer año quedamos campeonas a nivel municipal”, recuerda Sarahí.

Al principio sus padres le decían que por qué jugaba eso, si era un deporte de hombres, que se podía lastimar; después entendieron que era su pasión y hasta acudían a sus juegos. Al terminar la carrera sus padres regresaron a vivir a Saltillo, por lo que ella hizo lo mismo. Aquí no encontró equipos de americano femenil hasta que le recomendaron a las VQueens, aunque cuando se enteró de que tendría que vestir tan sólo un bikini lo dudó.

“Me animé por jugar, por la adrenalina, y me apasionó mucho estar jugando, ya al último era lo de menos lo que traía puesto”, señala.

Su papá un día le dijo: “¿cómo vas a jugar así?”, pero entendió que le gustaba jugar, no iba por exhibirse. Ella decía que no veía problema si ya había estado en bikini en albercas o en la playa, rodeada de mucha gente y nadie decía nada.



Asistió a un try out y fue elegida. Allí sus nuevas compañeras supieron que el equipo en el que estaba en Torreón se llamaba Barracudas, por lo que la apodaron “Barra”. Y de “Barra” se convirtió en barrera cuando una compañera se lesionó y ocupó la posición de linebacker.

Entrenó duro de enero a abril, saliendo al campo como titular siempre. Mientras tanto consiguió trabajo como maestra supliendo interinatos en Ramos Arizpe, Saltillo y Torreón, a donde se fue a vivir un semestre, teniendo que ir y venir para entrenar y jugar, hasta lograr el campeonato del 2017.

El primer encontronazo del destino fue cuando le dieron su plaza como maestra, pero en Ciudad Acuña. Pensó que era el fin de su paso por VQueens, pero su coach le pidió que continuara entrenando a distancia y viniera a los partidos cada semana. Fue una época muy complicada.

Después logró la permuta y fue trasladada a Saltillo, donde tuvo que enfrentar la enfermedad de su padre, que la obligó a tener que apartarse del juego para estar con la familia. Y así, con la fuerza que la caracteriza, la vida le dio otro golpe que tuvo que contener como verdadera guerrera: la muerte de su padre.

Soportó con fuerza aquella pérdida, compartiendo su dolor con el estrés que le representaba su trabajo preparando evaluaciones, clases, trabajos, tareas, planes, hasta que se dio cuenta de que su válvula de escape era volver de lleno a las tacleadas.

“Para mí el fut es como una escapadita. Cuando ando estresada digo ‘ya quiero jugar, quiero golpear’. Me libera de todo el estrés. Yo no me daba cuenta por qué andaba estresada, hasta que me daba cuenta de que no había jugado”.

Sufre al pensar en lo que fallaron para no lograr el campeonato del año pasado, pero está dispuesta a volver con fiereza para lograrlo este año. No sabe hasta cuándo el cuerpo y el alma le van a seguir siendo fuertes para enfrentar más golpes, pero sabe que mientras pueda disfrutar lo que hace, sin lesión alguna, seguirá siendo VQueens.

Una gran madre

Cuando era niña a Dulce Valero Martínez su hermano le llenaba la camiseta de calcetones para jugar americano. Con el tiempo siguió considerándose a sí misma como una mujer muy femenina, pero “machetona”.

A sus 34 años es una mujer de más de 1.80 de estatura, que además gusta de usar tacones. Alguna vez fue seleccionada estatal de basquetbol en Coahuila, pero luego jugó algo de tochito hasta que un día alguien le pasó un anuncio de las VQueens. Acudió a un try out y fue elegida.

Para ese momento ya tenía dos hijos y una carrera trunca de criminalística en la Universidad de Nuevo León. Se entusiasmó mucho al saberse aceptada en el equipo, hasta que cayó en cuenta de que había que jugar en bikini.

Ella se considera algo penosa. Nunca antes se había puesto un traje de baño de dos piezas en público y de hecho no es común que lo haga: busca ir a nadar o a la playa en uno de una sola pieza. Por eso se le hizo raro que su padre, egresado de la Narro, no se lo prohibiera.



Como ni sus hijos le objetaron que jugara con poca ropa, puso manos a la obra y se convirtió en VQueens jugando la posición de centro, pasando el balón al quarterback, nose guard, en la defensiva, atacar huecos e ir sobre el quarterback contrario.

La primera vez que salió al campo tenía miedo de que se le viera algo de más. Sabe que los accidentes surgen, como aquella ocasión en que llegó con el balón hasta el área de anotación y una contraria le bajó la parte baja del bikini.
Ella se moría de pena porque se le vio todo, pero no soltó el balón ni se tiró al piso. Fueron segundos que se volvieron eternos, tomando el balón con una mano y con otra tratando de taparse o subirse la ropa.

En el segundo juego al debutar con el equipo le dieron un golpe en la cadera, a la altura de un glúteo, cuya parte inflamada se mantiene. Pero lo más duro, sin duda, es el sacrificio de partirse entre su trabajo como asistente administrativo, jugadora y madre.

“Por eso a veces es más complicado y hay más sacrificio, y pienso que la gente debería saber eso, somos mujeres con trabajo, que estudian, con hijos, con responsabilidades, un hogar; que tienes que ser responsable de eso, no sólo una jugadora con bello cuerpo en bikini”, señala.



Ella, siendo madre soltera, se ha vuelto pilar en el equipo, pero le ha costado mucho. Levantarse temprano para dar de desayunar sus hijos, llevarlos a la escuela, ir al gimnasio, luego al trabajo, después regresar por sus hijos a la escuela, darles de comer, estar con ellos en la tarde para revisar tareas o preparar exámenes, volver al trabajo, salir, darles de cenar y prepararse para ir al entrenamiento de 8 a 10 de la noche.

“A veces no te quedan ganas de entrenar, pero tienes que hacerlo. Sí es difícil terminar todo un día: ir al trabajo, regresar por mis hijos, de un lado a otro, pero al final llegas al entrenamiento y se te olvida todo problema, por eso resulta como una terapia”, expresa Dulce.

Por eso el primer campeonato le supo a gloria, luego de tantos sacrificios. Se lo dedicó a sus hijos, quienes la acompañan a los juegos que hay en Saltillo. Quiere seguir siendo VQueens hasta donde el cuerpo le dé y, también, cosechar más triunfos en su vida y en el deporte.

Tomarlas en serio

Las jugadoras entrevistadas coinciden en que hasta el momento no han sido víctimas de algún acosador o malintencionado. Reciben casi todas invitaciones lascivas por redes sociales, pero hasta ahí.

Tadeo Carrizales cuenta que una vez alguien le llamó para intentar contratarlas para que fueran a jugar en una despedida de soltero, pero se negó rotundamente, explicando que no eran un espectáculo, sino un deporte profesional serio.

Por su parte, Luis Rey señala que hay que seguir buscando que las autoridades deportivas de Coahuila y de México apoyen el futbol americano femenil frente a otros países, que ya envían selectivos para el Mundial de este deporte. Él ya puso su parte con VQueens, jugando en modalidades bikini arena y otro de adolescentes, con miras a crear una liga de 13 a 17 años.



Su sueño es que no sólo se hable de Súper Bowl, sino que un día la expectación sea por un Bowl femenil mundial, donde participen seleccionadas mexicanas, con dos VQueens entre ellas.


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