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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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16 Junio 2019 04:05:00
Vivir en el pasado
De regreso a Buenos Aires después de estar en México, un periodista preguntó a Jorge Luis Borges cómo había encontrado a nuestro país. El autor del Aleph respondió con una frase: “Los mexicanos siguen como siempre, volcados en su pasado”. Quizá la anécdota sea apócrifa, pero desafortunadamente nos retrata de cuerpo entero, como lo afirma Octavio Paz en Posdata: “La historia nos obliga a vivirla; es la sustancia de nuestra vida y el lugar de nuestra muerte. Entre vivir la historia e interpretarla pasan nuestras vidas”.

La supuesta anécdota de Borges y la frase de Paz adquieren actualidad en el México de la sorprendente Cuarta Transformación. Nunca antes, por lo menos en tiempos recientes, el poder acudió a la historia para afirmarse en el presente y hacer promesas de futuro. Era usual que los presidentes de la República invocaran el amparo de su Gobierno a un héroe nacional, con el que se identificaban o decían identificarse, pero hasta allí.

Hoy, en el logotipo utilizado por el actual Gobierno aparecen cinco personajes: José María Morelos, Miguel Hidalgo, Benito Juárez con la bandera nacional, Francisco I. Madero y Lázaro Cárdenas. Son los santones históricos de la cuarta transformación que encabeza el presidente Andrés Manuel López Obrador, quien gusta de hacer constantes referencias a hechos y personajes históricos.

Fue él quien revivió, siglo y medio después, el calificativo de “conservador”, aplicable a los que no están de acuerdo con las miras y los procedimientos de su Gobierno. En estas referencias al pasado suele dar resbalones, como cuando atribuyó a la nación 10 mil años de antigüedad y la dotó de universidades, mientras en la isla de Manhattan pastaban unos pintorescos bisontes.

Por desgracia, unos meses después de esto, un sujeto que vive en ese retrasadísimo sitio donde hace 10 mil años pastaban manadas de bisontes mientras los mexicanos acudían a clases en las universidades, amaneció una mañana con la malsana idea de colocarnos al borde de una crisis con la amenaza de aplicar aranceles a los productos mexicanos que importa su país.

Tampoco resultó muy airoso ese volver la vista al pasado para solicitar al Gobierno español una disculpa por las atrocidades cometidas por los conquistadores hace 500 años. La respuesta no tardó en llegar. Tampoco los comentarios, que fueron desde la franca censura hasta la burla irreverente.

Resulta peligroso trasladar a la política la sentencia de Paz acerca de que la historia nos obliga a vivirla, porque, recurriendo a citas bíblicas a las que es tan afecto el presidente López Obrador, voltear hacia atrás puede convertirnos en estatuas de sal, como la mujer de Lot.

Lo aconsejable es vivir el presente y hacer frente a los retos que surgen día con día. Recurrir a la historia como inspiración puede ser un ejercicio positivo, pero no lo es revivir agravios o intentar un remake –perdón por el anglicismo– de las luchas de liberales y conservadores que tanta sangre costaron hace ya siglo y medio.

¿Y todo para qué? Luego de arremeter contra los neoconservadores, el Presidente acude a firmar alianzas con ellos, invitándolos a colaborar en la tarea de sacar al país en el bache económico en que cayó.


Letras sueltas

¿Quién iba a decirlo? Frente a macilentos partidos de oposición y algunos opinadores, ha sido en las filas de la misma Morena donde se dejó escuchar, en voz de Porfirio Muñoz Ledo, la crítica directa, sin ambages, a los compromisos migratorios contraídos con Estados Unidos.
13 Junio 2019 03:59:00
Manoseando el pasado
La novela histórica cuenta con una larga tradición e incontables lectores. El lugar de nacimiento de este popular género literario fue Gran Bretaña, en cuya nómina de autores se hallan nombres tan ilustres como el de Walter Scott (Ivanhoe), Charles Dickens (Historia en Dos Ciudades) y más recientemente Robert Graves (Yo, Claudio).

Ellos hicieron escuela y numerosos escritores de todo el mundo les siguieron y les siguen los pasos, desde León Tolstoi y su genial La Guerra y la Paz, hasta las aportaciones mexicanas de Juan A. Mateos (El Sol de Mayo), Francisco L. Urquizo (Tropa Vieja), Martín Luis Guzmán (La Sombra del Caudillo) y Fernando Benítez (El Rey Viejo), quienes estructuraron sus novelas en torno a trascendentales hechos de nuestra historia.

Prolífico como ninguno, Benito Pérez Galdós acometió la gigantesca tarea de escribir los Episodios Nacionales, para contar en 46 novelas la historia de España, desde 1805 hasta 1880. Y lo hizo magistralmente.

Max Aub, periodista y crítico avecindado en México, dijo de los Episodios Nacionales: “Perdiérase todo el material histórico de esos años [el siglo 19] salvándose la obra de Galdós, no importaría. Ahí está completa, viva, real, la vida de la nación durante los 100 años que abarcó la garra del autor”. Y concluye con una frase lapidaria: “Galdós ha hecho más por el conocimiento de España por los españoles –por el pueblo español– que todos los historiadores juntos”.

En efecto, leer los Episodios Nacionales enseña más y mejor la historia de España en el turbulento siglo 19 que un montón de sesudos volúmenes escritos por especialistas. Con Pérez Galdós seguimos paso a paso el innoble proceder de Carlos IV y de Fernando VII, la promulgación de la Constitución de Cádiz, la invasión de la península por el ejército napoleónico, el restablecimiento de la monarquía y la persecución y presidio de los diputados liberales autores de la Constitución. Por allí aparece nuestro paisano don Miguel Ramos Arizpe, citado como Arispe (sic) entre los diputados aprehendidos por el despótico Fernando VII.

Sin embargo, hay que distinguir entre novelas históricas y novelas históricas. En los últimos años se ha registrado en México un boom de este tipo de ¿literatura?, cuyo fin no es rescatar episodios del pasado, sino provocar el morbo del lector torciendo los hechos o degradando a los considerados héroes mediante la exhibición de sus peores defectos, reales o ficticios. En alguna de estas seudonovelas históricas se insiste hasta la náusea en la paternidad de don Miguel Hidalgo y Costilla, mientras otro exitoso autor sorprende a sus ingenuos lectores describiendo a Emiliano Zapata sosteniendo relaciones homosexuales. Basura, pues.

Lo lamentable es que buen número de lectores de este tipo de bazofia la confunda con la historia y considere que el autor se basa en documentos. Esto trae como consecuencia la falsificación del pasado y una percepción errónea de lo que hemos sido en el transcurrir de los siglos.

Las editoriales, que solo ven por el negocio y miran la caja registradora, publican libro tras libro de estos autores, todos ellos productores en serie de patrañas. Dos posibles vacunas contra esta infección literaria sería que los libros de los historiadores resultaran más amables de leer y que se incrementara la producción de los divulgadores capaces de atrapar al lector, al contarnos sin torcimientos lo que ocurrió. La revista Relatos e Historias en México, Alejandro Rosas y Julio Patán son tres buenos ejemplos de esto último.
09 Junio 2019 03:59:00
El porqué y el cómo
El draconiano régimen de austeridad casi franciscana que intenta imponer al país el presidente Andrés Manuel López Obrador ha provocado reacciones, muchas de ellas de franco repudio. Uno de los sectores más castigados ha sido el académico. Los recortes presupuestales afectan su funcionamiento y obligan al despido de personal. La feroz tijera ya redujo los dineros destinados al Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) y al Instituto Mora.

En la reciente Feria del Libro de Coahuila, dos miembros de El Colegio Nacional —estrella mayor del universo académico mexicano— hablaron en privado de la reducción presupuestal al Colegio. El más optimista la calculó en 50%, mientras el otro supuso una cifra más alta: 60 por ciento.

Una de las medidas más controvertidas en esta área ha sido la orden de que los viajes al extranjero de los académicos sean autorizados directamente por el Presidente. La razón aducida: terminar con lo que se ha llamado “turismo académico”. Es decir, constantes viajes de científicos y profesores para asistir a congresos en los lugares más insospechados donde se tratan temas de lo más esotéricos.

Allí está el porqué de la decisión presidencial. Dígase lo que se diga, el turismo académico era un hecho. No hablo de oídas. En alguna ocasión quien esto escribe fue invitado a moderar una mesa en un rimbombante “Congreso Internacional”, en el cual participaban especialistas de México, Estados Unidos y Canadá.

Dispuesto a cumplir con la encomienda entró al salón donde deberían leerse tres ponencias de igual número de especialistas. Primera sorpresa: el lugar estaba prácticamente vacío. Además de las tres ponentes, esperaban el inicio de la sesión un acompañante del moderador, una historiadora amiga de este y un gringo que sospecho andaba detrás de la historiadora. Asistencia total: tres personas, dos de las cuales abandonaron el lugar, pues la historiadora salió a participar en otra mesa seguida del silencioso gringo.

Aquello rayaba en el ridículo. Tres ponentes y el moderador sobrepasaban en uno al público asistente. Cuando las tres especialistas iban a subir a la mesa, el moderador les pidió leyeran una a una sus valiosas aportaciones al conocimiento, para que cuando menos las escucharan abajo las otras dos.

No todos los congresos son iguales, aunque cuando circulan fotos de las participaciones de los ponentes, lo más común es que estos aparezcan en aulas más vacías que en una clase de Epistemología a las tres de la tarde.

En este caso, el porqué está justificado. Sin duda muchos de esos congresos, tanto nacionales y extranjeros, podían suplirse con video conferencias. Otros no, por supuesto. Justificado el porqué, lo criticable es el cómo. Cortar de raíz no parece ser la mejor medida, pues afecta a instituciones y personas que prestan valiosísimos servicios a la cultura, a la enseñanza y el conocimiento.

Letras sueltas

“¿Puedo tomarme una foto con usted para comprobar que vine a entregar los carteles?”, preguntó a una sorprendida funcionaria estatal la encargada de distribuir la convocatoria de un concurso convocado por un ente federal. Otra vez el porqué: la corrupción. Antes, quizá, ni siquiera mandaban imprimir los carteles, pero sí los cobraban, y mucho menos los distribuían. Otra vez el cómo. Se antoja exagerado exigir una fotografía para probar que se cumplió con el trabajo. El péndulo se mueve de un extremo al otro. Esperemos que pronto encuentre el centro equilibrado.
06 Junio 2019 04:08:00
¡Así es Adolfo!
Poeta, ensayista, narrador, académico de la Lengua, gastrónomo, traductor, editor, conocedor a profundidad de las obras de Michel Montaigne, Alfonso Reyes y Octavio Paz, Premio Nacional de Periodismo, Premio Xavier Villaurrutia, Premio Mazatlán de Literatura, Premio Internacional Alfonso Reyes, Premio Manuel González Ramírez concedido por el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México por el rescate de fuentes documentales, viajero incansable, charlista incomparable y dueño de una erudición abrumadora en tres o cuatro idiomas…

Luego de leer su síntesis biográfica, uno no puede menos que preguntarse: Pero, ¿qué no ha hecho Adolfo Castañón? Pregunta difícil de responder cuando se habla de un hombre, la amabilidad personificada, cuya vida ha transcurrido entre libros –leyéndolos y escribiéndolos– y dejando huella de su cultura y creatividad en quién sabe cuántos países del mundo.

El año pasado estuvo una vez más en Saltillo a presentar Grano de Sal y otros Cristales, un libro sobre sus andanzas por los fogones del mundo, que incluye el interesantísimo recetario de uno de sus antepasados, que nos permite asomarnos a las mesas mexicanas del siglo 19.

Sin embargo, aunque preparados para cualquier sorpresa al seguir los pasos de su fructífera y multifacética existencia, Adolfo Castañón conserva la capacidad de sorprendernos. Y lo ha hecho de nuevo con su más reciente publicación: Alfonso Reyes en una nuez, trabajo que representa miles de horas de acuciosa revisión de la oceánica obra del regiomontano.

Alfonso Reyes en una nuez es, ni mas ni menos que el índice consolidado de nombres propios de personas, personajes y títulos que aparecen en sus obras completas. ¡Y cuando hablamos de obras completas alfonsinas hablamos hasta ahora de más de 25 gruesos volúmenes!

Adolfo Castañón se echó a cuestas una tarea merecedora sin exageraciones del adjetivo de titánica. Son miles de nombres y títulos de obras, con indicaciones, cada uno, del tomo y la página de las Obras Completas donde se encuentran. El libro, editado por el Colegio Nacional cuenta con 611 páginas, y constituye una utilísima herramienta no solo para los estudiosos de la obra de Reyes, sino para quienes se dedican a otras disciplinas, como la historia.

Por ejemplo: ¿Qué pensaba y qué escribió don Alfonso acerca de Manuel Acuña? Pues bien, Castañón nos informa que lo cita en siete ocasiones, empezando en el primer tomo y por última vez en el 26. El coahuilense con mayor número de citas, 27, es el historiador saltillense Carlos Pereyra. Esto se explica porque Reyes y Pereyra coincidieron y trataron en Madrid después de que ambos se autoexiliaron de México a raíz de la revolución. Por cierto, en algunos de sus textos el regiomontano deja traslucir poca simpatía por el saltillense.

El segundo lugar entre los coahuilenses corresponde a Julio Torri, citado 25 veces. Como se sabe, don Julio y don Alfonso fueron amigos y juntos emprendieron importantes tareas editoriales. La amistad se enfrió por un mal entendido, al asegurar Reyes haber prestado a Torri una primera edición (1611) del Tesoro de la lengua española o castellana de Sebastián de Covarrubias, que no le devolvió.

Amante de los retos para cualesquiera imposibles, Castañón parece alzar la vara en cada nuevo proyecto. Al telefonearle para agradecerle el envío de Alfonso Reyes en una nuez, de inmediato informó: “Y ya estamos trabajando en un libro similar de las Obras Completas de Octavio Paz”. Ese es Adolfo.
02 Junio 2019 03:59:00
Monclova y AHMSA
La marcha multitudinaria –unos hablan de 9 mil, otros de 10 mil participantes– registrada en Monclova a raíz de los problemas que enfrentan Altos Hornos de México (AHMSA) y su presidente del Consejo de Administración, Alonso Ancira, es una manifestación de la singular simbiosis Monclova-AHMSA. La ciudad y la empresa están tan estrechamente unidas, que no es posible desasociar la una de la otra.

Por eso no es de extrañar la participación en la marcha de obreros, familias completas, autoridades de los municipios ubicados en el área de influencia de la acería y de nutrido grupo de empresarios.

Fue una reacción lógica ante las medidas adoptadas por el Gobierno, entre ellas la congelación de las cuentas bancarias de la siderúrgica, después descongeladas, que puso en peligro la operación del gigante del acero.

En 1942, al llegar a Monclova la primera remesa de maquinaria para lo que sería Altos Hornos de México, el ingeniero Harold R. Pape, encargado del proyecto, tuvo que hospedarse en un hotel de la vecina Ciudad Frontera. El motivo: en Monclova, entonces con alrededor de 6 mil habitantes, no existía un hotel con las mínimas comodidades.

Esa era la situación de una ciudad que sobrevivía en el centro de Coahuila, cuyo estancamiento se agudizaba frente a la pujanza de la vecina estación de Frontera, a 7 kilómetros de su Plaza de Armas. El movimiento ferrocarrilero y los sueldos pagados a los empleados del riel provocaron un trasvase de las actividades económicas de la antigua Monclova a la recién nacida población en torno a la estación ferroviaria. Monclova y sus tres siglos de historia languidecían.

La instalación de Altos Hornos detonó un crecimiento inusitado en la ciudad, la cual, por decirlo de alguna manera, tuvo que reinventarse. Se crearon fraccionamientos para dar cabida a los recién llegados y a toda prisa se empezó a buscar la forma de cubrir la demanda de bienes y servicios.

Muchos cambiaron arado y sombreros de palma de ala ancha por relucientes cascos metálicos. La reconversión hubo de hacerse a pasos acelerados mientras desembocaba diariamente un río de migrantes atraídos por las oportunidades de trabajo.

La fundación de la siderúrgica coincidió con una crisis en la Región Carbonífera, donde la modernización de los sistemas para la extracción del mineral agudizó el desempleo.

La Caravana del Hambre de 1951 fue una manifestación de esa crisis. Cientos de participantes en la ya legendaria marcha de Nueva Rosita a la Ciudad de México fueron puestos en la lista negra de las compañías mineras y hubieron de buscar trabajo en la floreciente Monclova.

El número de habitantes se disparó y las autoridades municipales enfrentaron graves problemas a una creciente demanda de servicios públicos que resultaba difícil proporcionar a las nuevas colonias que aparecían casi de un día para otro en la periferia.

Esta historia contada en unas cuantas palabras revela la relación de la que se hablaba líneas arriba. En ninguna otra parte de Coahuila se da el fenómeno de que una compañía sea a la vez pivote y motor de la economía de toda una región, porque si bien la Carbonífera depende de la minería, no lo hace de una sola empresa. Hay multitud de grandes, medianos y pequeños empresarios del carbón.

Los problemas que aquejan y puedan aquejar al futuro a la siderúrgica merecen una estrecha vigilancia, pues no se trata de un negocio cualquiera, es una empresa cuyo desempeño, para bien o para mal, afecta a buena parte de Coahuila.
30 Mayo 2019 04:00:00
Llamada de atención
Con un sentido adiós a don Carlos Robles Nava

La idea de colaborar dos veces por semana en Zócalo era dedicar el texto del jueves a temas relacionados con libros y cuestiones culturales. Sin embargo, parafraseando lo escrito en los “vales de buena conducta” del antiguo Colegio Zaragoza: “El hombre propone y la realidad dispone”. En los vales el que disponía era Dios, por supuesto.

Así ocurre ahora, cuando se ha registrado un vertiginoso aceleramiento en los acontecimientos, muchos de los cuales con repercusiones en el entorno inmediato. Libros y actos culturales se quedan en lista de espera al aparecer nubes de tormenta sobre el porvenir de la industria motor de la economía de Monclova, así como de buena parte del centro de Coahuila y de la Región
Carbonífera.

El congelamiento de las cuentas bancarias de Altos Hornos de México (AHMSA), ya descongeladas ayer por orden presidencial, y la aprehensión del director general de la acería, parte del Grupo Acerero del Norte, Alonso Ancira, pusieron una interrogación sobre el futuro de Monclova y su área de influencia.

La inmediata reacción del Gobernador del Estado, Miguel Ángel Riquelme Solís, respaldada por legisladores coahuilenses, despresurizó el impacto de las medidas adoptadas por la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. El presidente Andrés Manuel López Obrador entendió el efecto devastador inmediato que traería consigo el congelamiento de las cuentas, y lo revocó en su conferencia de prensa cotidiana.

El detonador del escándalo que involucra a Alonso Ancira fue la venta de una planta productora de fertilizantes que a partir del sexenio de Carlos Salinas de Gortari ha tenido “mal fario”, como dicen los gitanos. Petróleos Mexicanos la adquirió a AHMSA a un precio escandalosamente inflado. Al seguir la pista del dinero, se descubrió una triangulación de sobornos de la famosísima Odebrecht en la que participó Ancira, sobornos que terminaron en los bolsillos del exdirector de Petróleos Mexicanos, Emilio Lozoya Austin.

Por ahora no hay temor sobre el futuro de Altos Hornos y de Monclova. Ya en el sexenio de Vicente Fox, Ancira se vio envuelto en un problema con la Secretaría de Hacienda. En aquella ocasión, para evitar ser detenido optó por un prolongado autoexilio en Israel, estancia forzada que aprovechó para comprar las míticas minas del Rey Salomón.

Entonces quedó demostrado que nadie es indispensable, cuando se trata de una empresa tan poderosa como AHMSA. Lo que resulta claro es la necesidad de pensar seriamente en la diversificación de la economía de al menos tres regiones del estado: Sureste, dependiente de la automotriz; Carbonífera, que vive de la minería, y Monclova, sustentada en la producción de acero.

Existen ejemplos dramáticos de las terribles consecuencias de esta dependencia. Detroit, la antes orgullosa capital mundial del automóvil, atraviesa actualmente por momentos muy difíciles debido a la emigración de las plantas armadoras más allá de las fronteras de Estados Unidos.


Letras sueltas

La disparidad de la inversión extranjera entre el Sureste –Saltillo, Ramos Arizpe, Arteaga– y la Región Lagunera revive los afanes separatistas de algunos torreonenses. Es un sentimiento que cobra vigencia cíclicamente. En los años 60 del siglo anterior, cuando incluso se intentó un sondeo entre los parrenses para saber si estaban de acuerdo con la creación del estado de La Laguna. Hubo abrumador apoyo al proyecto, pero con una condición: ¡Que Parras fuera la
capital!
26 Mayo 2019 04:08:00
La industria del ‘chayote’
Eran parte del folclore periodístico de la época. Una práctica que, si bien no merecía la aprobación, resultaba comprensible, propia de reporteros mal pagados o editores de pequeños periódicos que aparecían no cuando Dios quería, sino cuando Dios se descuidaba, decíamos entonces. En verdad, aquello no causaba indignación. Finalmente era una forma muy triste de sobrevivencia. Hubo gobernador –no me lo contaron, lo vi en la Región Carbonífera– que entregaba un billete a cada uno de los periodistas formados en fila.

Al igual que toda práctica oscura nimbada de indignidad, esta industria del periodismo picaresco ha recibido diferentes nombres. “Embute”, le llamaban hace un medio siglo. Después se le aplicó un término supuestamente eufemístico y menos brutal: “el sobre”. Hoy, quién sabe por qué, se le conoce como “el chayote”. Mañana quizá estrene un nuevo nombre.

La costumbre es histórica. Ya don Porfirio Díaz, al explicar los ataques de los que era objeto en la prensa, solía decir: “Esos gallos quieren maiz”. (Así, sin acento). Cuando presidente, José López Portillo casi, casi elevó el maiceo porfirista a norma gubernamental. “Yo no pago para que me peguen”, advirtió a la revista Proceso al retirarle toda la publicidad oficial.

Tiempo atrás, el soborno a periodistas podía considerarse una ordeña hormiga de los presupuestos gubernamentales. El “maiceo” era individual y de poca monta. Pero todo cambia y avanza, y el embute, el sobre o chayote se volvió una industria de gran escala. Los reporteros y conductores de programas informativos de radio y de televisión crearon agencias de publicidad, empresas comerciales, oficinas especializadas en manejo de imagen o proyectos más o menos sociales, más o menos culturales, para obtener apoyo oficial. De esa manera la dádiva de antaño se tornó caudaloso río de dinero destinado al bolsillo de periodistas-empresarios.

En su escalada del enfrentamiento contra los periodistas no afines a la Cuarta Transformación, el presidente Andrés Manuel López Obrador arremetió frontalmente contra lo que llamó “el hampa periodística”. Esta vez no se quedó, como en el caso de los corruptos, en el simple enunciado. No. En esta ocasión filtró nombres y cantidades. ¡Y qué cantidades!

De acuerdo con la información proporcionada por el Instituto Nacional de Acceso a la Información (ICAI), Joaquín López Dóriga recibió durante el pasado sexenio “contratos” por 251 millones de pesos. En la larga lista aparecen decenas con cantidades ligeramente menores.

Naturalmente, los contratados, por mucho que lo nieguen, debieron de adecuar sus colaboraciones periodísticas al gusto y las necesidades del contratante. De allí que hayamos atestiguado cambios drásticos en los enfoques de columnistas sobre tal o cual funcionario, que de impresentable pasó de un día para otro a modelo de eficiencia.

La revelación, sin duda alentada por el presidente López Obrador, es un golpe demoledor a la credibilidad, de alguna manera, a todo el ejercicio periodístico.

Lo que antes fueron escaramuzas con este u otro informador, el Presidente las convirtió, sin ambages ni simulaciones, en guerra abierta, sin cuartel. Resulta difícil prever las consecuencias de este choque frontal, aunque por lo pronto hay ya un saldo negativo: colocar bajo sospecha, sin exclusión de nadie, a cuantos critiquen al Gobierno o le señalen sus errores, dejando en exclusiva al Primer Mandatario el uso de la voz.

Nada positivo, por cierto.
23 Mayo 2019 03:59:00
Curas peligrosas
Extrañamente no tuvo eco perceptible en los medios y entre los comentaristas una declaración del presidente Andrés Manuel López Obrador, quien diagnosticó que la corrupción es una “enfermedad”, por lo cual resulta necesario implementar “terapias” para curar a quienes la padecen.

Es posible que muchos de los opinadores profesionales hayan considerado las palabras del Primer Mandatario como una de las muchas ocurrencias que suele soltar en las mañaneras. Pero, ¿si no lo es? ¿Qué podemos esperar si AMLO cree realmente lo que dijo y un día de estos decide actuar en consecuencia?

Pueden tacharme de alarmista, sin embargo, cada vez que oigo hablar de instaurar programas terapéuticos para sanar enfermedades sociales, la memoria me transporta a los gulags soviéticos. Y de ser afirmativas las respuestas a las preguntas anteriores, se perfila en el horizonte el nacimiento de gulags versión lopezobradorista. Es decir, los corruptos no irán a la cárcel, que es a donde debieran estar si se aplicara correctamente la ley, sino a “clínicas” para ser sometidos a tratamiento.

Los miembros de la actual generación quizá tengan una idea muy vaga de lo que fueron y cómo funcionaban los gulags soviéticos en la era de Stalin, cuyos horrores fueron revelados al mundo por Alexandr Solzhenitsyn, en su libro El archipiélago gulag. Allí cuenta los horrores de estos campos de concentración donde, se decía, “reeducaban” a los acusados de actividades antisoviéticas o de desviaciones ideológicas, pero en realidad se practicaba un sistema de esclavitud en condiciones aterradoras.

Solzhenitsyn sabía de lo que hablaba. Estuvo preso en un gulag de 1945 a 1956. Sobrevivió de milagro. Tuvo mejor suerte que los 20 millones de “reeducados” muertos en esas “clínicas” de hambre y extenuación. Gracias a su libro, el mundo conoció en un relato en primera persona los crímenes cometidos por Stalin, posteriormente documentados en el vigésimo Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética en 1956.

La época del terror estalinista se puso de manifiesto en ese congreso, cuando Nikita Kruschev, futuro dirigente de la URSS, enumeraba los crímenes de Stalin. Molesto, otro diputado le disparó a voz en cuello la pregunta: “¿Y dónde estaba usted, camarada, mientras José Stalin cometía esos crímenes?”. A lo que Nikita respondió: “Entonces estaba sentado al lado suyo e igual que usted orinándome de miedo, porque las ‘purgas’ se hacían a capricho de Stalin y en cualquier momento uno podía ser condenado”.

El combate a la corrupción, la cual se propaga como epidemia, pero no es contagiosa ni es enfermedad, debe hacerse con las armas que los códigos ponen en manos de las autoridades, no con terapias que despiden un peligroso tufo a proto fascismo. Los corruptos, apuntaba antes, deben ser juzgados como criminales y pagar con prisión los delitos cometidos contra el país.

Sin embargo, el pronunciamiento encuadra bien en el discurso de Andrés Manuel, empeñado en imaginar inocentes víctimas de las circunstancias y ahora las enfermedades. Así, los narcotraficantes lo son por la pobreza en que les sumió el neoliberalismo, y ahora los corruptos son seres que actúan a causa de un virus o una deformación de carácter provocada por el entorno social.

¿Y si la enfermedad llegara atacar a quienes no están de acuerdo con la Cuarta Transformación? ¿No estar con AMLO puede ser algo así como una gripe?
19 Mayo 2019 04:00:00
Salón de fiestas
Lo ocurrido en el Palacio de Bellas Artes no es, de ninguna manera, asunto menor. El haber permitido la celebración de un homenaje disfrazado de concierto en honor de un líder religioso sienta un mal precedente con indeseables repercusiones políticas y culturales.

En lo cultural, la fiesta en honor del dirigente de la Iglesia Universal convierte el máximo foro del arte en un simple salón de fiestas, cuyos espacios pueden ser utilizados por quien lo desee y tenga el suficiente dinero para pagarlo.

Las explicaciones –justificaciones– de las autoridades del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL) y de la Secretaría de Cultura (SC) resultan risibles.

Como escribió alguien, el personal de ambas instituciones debe de estar tan ocupado que no tiene tiempo de echar un vistazo a las redes sociales, donde durante varios días se estuvo bombardeando con mensajes invitando al acto, señalando explícitamente que se trataba de la celebración del cumpleaños.

De la efectividad de los mensajes hablan los centenares de personas que se reunieron en las afueras del Palacio a demostrar su aprecio al feliz cumpleañero.

Por lo visto, solamente los directivos y burócratas de la SC y el INBAL no estaban enterados, aunque algunos de ellos asistieron al evento. También estuvieron allí representantes de la clase política: diputados y funcionarios públicos, que por cierto olvidaron la austeridad de la 4T y se disfrazaron de fifís con trajes de etiqueta.

Desde el punto de vista político, la utilización del Palacio de Bellas Artes para celebrar el cumpleaños de un líder religioso vulnera gravemente la ya de por sí porosa división entre el Estado y las iglesias, separación que históricamente costó tanta sangre al país. Los hombres de la Reforma, encabezados por don Benito Juárez y don Melchor Ocampo deben de estar revolcándose en sus tumbas.

Igual estarán haciendo José Luis Martínez, Carlos Chávez, Salvador Novo y tantos otros que se afanaron por hacer de Bellas Artes el recinto cultural por excelencia.

No es necesario ser un jacobino a ultranza para lamentar esa paulatina desaparición de la frontera entre Estado e Iglesia, nítidamente trazada desde hace siglo y medio.

Más, debido al reciente anuncio del presidente Andrés Manuel López Obrador, quien manifestó la posibilidad de concesionar canales de televisión a las iglesias. Como si no fueran suficientes los programas de “publicidad pagada”, en los que predicadores, brujos y chamanes asestan a televidentes desvelados promesas de salvación eterna hasta la solución de problemas domésticos.

Históricamente, el involucramiento de los representantes religiosos en la política ha sido en México fuente de grandes calamidades.

Borrar esa separación puede resultar clientelarmente productivo, pero políticamente muy peligroso. Las alianzas Estado-iglesias terminan en fascismo, como sucedió en la España de Francisco Franco.

Los drásticos recortes presupuestales a la ciencia y la investigación se suman ahora a estas pifias –roguemos que sean únicas– de las autoridades culturales, diseñando un panorama poco alentador. La plausible austeridad de la Cuarta Transformación no debe incluir a la inteligencia y la creatividad.

Letras sueltas

La 22º edición de la Feria Internacional del Libro Coahuila mostró la maduración de un proyecto cultural que año con año ha ido consolidándose. Felicitaciones a la Secretaría de Cultura y a la Universidad Autónoma de Coahuila, encargadas de su realización.
16 Mayo 2019 03:35:00
Donde la piel
La recuerdo en el aula: ojos brillantes denunciando avidez de conocimientos. Tenaz, sensible, apasionada de la vida y de las letras, dueña de la envidiable capacidad de pulir como orfebre las frases sin que pierdan frescura adánica. En su más reciente libro, Donde la Piel, Claudia Luna se describe exacta en una sola línea, exigiendo ser llamada “mujer con la cabeza en llamas”. Autobiografía en seis palabras.

Siempre me ha parecido que el primer apellido de la poeta complementa un oxímoron perfecto: Luna. Oxímoron, porque ella, muy lejos de aproximarse a una personalidad selenita, es criatura solar.

En la nota de la cuarta de forros, José Luis Rivas hace atinada referencia a la devoción –¿fervor?– que Claudia guarda hacia Emily Dickinson, a quien dedica el primer poema del volumen. (Usé el término poema cuando quizá sería más exacto decir plegaria dirigida a la deidad-poeta norteamericana a la que se encomienda: “a ti mi alma encomiendo”, le ruega).

Esta suerte de contrasentido lo encuentro también en la afinidad que ella construyó, siente y vive con Emily Dickinson, mujer volcada en sí misma, que, como bien se sabe, pasó los últimos años de su existencia encerrada en su habitación, la cual abandonaba esporádicamente para arriesgar unos pasos por el jardín de su casa, acotada prolongación vegetal de su aislamiento.

A Claudia, en cambio, solo parecen palpitarle las pupilas y el corazón en la montaña y en el desierto. Lo suyo son los dilatados horizontes huérfanos de escollos que impidan el viaje sin fin del sentir y de la mirada.

Ahora, en un giro no exento de sorpresas, su espíritu de puertas afuera viaja ajustándose a un itinerario interior, cuya última frontera es su propia piel, ¿acaso sucedánea de las cuatro paredes de Emily?

En esa exploración de sí misma se permite ocasionales escapatorias hacia los recuerdos, en un intento de perfilarse de manera más nítida, como puede intuirse en El Valle de las Monjas: flotan mis cabellos// el manantial pasa un manto cálido por mi nuca// el sol atraviesa el agua// ilumina mis ojos// ilumina los peces// estos mis nueve años// para siempre. Capacidad de síntesis: aparenta sencillez enigmática que llega definitivamente a lo profundo.

Enclaustrar al yo en nuestra piel es un esfuerzo vano. El yo es producto también de las huellas de la memoria. Atenta a la recomendación de Dickinson: “Aprecia a tus padres, porque es un mundo aterrador y confuso sin ellos”, Claudia vuelve los ojos a la casa de sus mayores y pregunta a la madre: “¿dónde estás? // dónde tu sonrisa sostenida como nota de aridez”.

“El decir nada a veces dice más”, escribió Dickinson, y Claudia suscribe la frase en uno de sus poemas: “me miras// vuelves// me miras largo rato// y es ese tu decirme// anulando el lenguaje”.

Hay poesías que vuelven estrepitosamente sonoro el silencio, como vajilla de porcelana precipitada al suelo. Claudia conoce el secreto, posee la piedra filosofal capaz de dar sonoridad a los silencios.

En su transitar por las palabras, ha ido decantando el estilo, despojándolo de lo superfluo hasta dejar el verso en la médula. Donde la piel es madurado fruto de ese proceso depurador, en el que el lector se sumerge en un fluir de palabras-imágenes, que por momentos adquieren un ritmo jazzístico.

Continente y contenido se hermanan, pues la edición, con el sello de Mantis Editores, es de impecable buen gusto. (Fragmentos de la presentación de Donde la piel,13 de mayo de 2019, Feria Internacional del Libro Coahuila).
12 Mayo 2019 04:00:00
Como en feria
La edición número 22 de la Feria Internacional del Libro Coahuila 2019 inició con el pie derecho. Para quienes aman los libros, este tipo de celebraciones recuerdan el cuento de Pinocho, cuando el muñeco de madera creado por Gepetto entra a Jauja, el País de los Juguetes. Las tentaciones son las mismas. Faltan ojos para disfrutar de las maravillas que las repletas estanterías ofrecen y resulta difícil elegir entre tantas y tantas tentaciones.

Sin embargo, la diferencia entre las ferias de libros y el País de los Juguetes es que los niños entregados a los excesos en este acaban transformándose en burros, mientras a las ferias como esta acudimos con la idea optimista de poder desburrizarnos un poco.

La Secretaría de Cultura y la Universidad Autónoma de Coahuila, a cargo de la organización de la Feria, se preocuparon por ofrecer a los visitantes no solo la posibilidad de adquirir volúmenes, a veces inconseguibles en la ciudad, sino también poder elegir entre una amplia baraja de espectáculos artísticos.

Este año, la Feria tiene como invitados especiales a Japón, al estado de Sinaloa y El Colegio Nacional. Decenas de instituciones y casas editoriales aprovechan el espacio de la Ciudad Universitaria de Arteaga para exhibir sus novedades. La lista de autores, tanto locales como nacionales y extranjeros, es extensa y puede decirse que los hay para todos los gustos.
Contra mi costumbre, y contraviniendo mis reiteradas recomendaciones de evitar el uso de la primera persona del singular, tema en el que tanto insistía en las clases de periodismo, en esta ocasión acudiré al odioso yo. La justificación, si la hay, es el deseo de expresar públicamente mi agradecimiento a autores e instituciones que tuvieron la gentileza de invitarme como presentador de cuatro obras.

La lista de agradecimientos la haré por orden cronológico. Hoy domingo, el doctor Vicente Quirarte me ha hecho el honor de invitarme a acompañarlo a las 19:00 horas en la presentación de su más reciente libro, Los primeros mexicanos, espléndida y disfrutable colección de ensayos sobre la Intervención Francesa y el Imperio de Maximiliano.

Igual distinción recibí de mi admirada Claudia Luna Fuentes, quien mañana lunes, también a las 19:00 horas, dará a conocer Donde la piel, poemas de una intimidad sin concesiones donde se escuchan ecos de la poesía de Emily Dickinson. La autora ha vivido un proceso de maduración cuyos frutos se plasman en este su nuevo libro.

No puedo más que sentirme honrado por la invitación del doctor Javier Garciadiego, expresidente de El Colegio de México, actualmente director de la Capilla Alfonsina y recién estrenado miembro de El Colegio Nacional. Él nos trae la Cartilla moral de don Alfonso Reyes, edición de El Colegio Nacional, a la que agregó un documentado estudio sobre este texto alfonsino que el gobierno federal pretende repartir masivamente. Será el miércoles 15 a las 7 de la tarde.

Tres horas antes, ese mismo día tendré el gusto de acompañar a Guadalupe del Río en la presentación de su acuciosa tesis doctoral Rafael del Río. Cauce poético, dedicada a uno de los más altos poetas coahuilenses del siglo anterior.

LETRAS SUELTAS
La cereza en el pastel del yoyo: El 18 de mayo, el rector de la UAdeC, Salvador Hernández Vélez, y el historiador Lucas Martínez Sánchez harán el favor de hablar de mis Coahuilenses olvidados, cinco ensayos biográficos publicados por la UAdeC.

¡A ver si no me va como en feria en la Feria!
09 Mayo 2019 03:37:00
Casas a 20 pesos
El Centro Histórico de Saltillo –bueno, así le dicen– es un espacio plagado de antiguas casas habitación que no se han desplomado solo gracias a la sabiduría constructiva de nuestros mayores. Algunas, no falta quien le lleve a uno la contraria, ya se cayeron y son hoy informe montón de tierra. No pocos propietarios de estas fincas optaron por tapiar puertas y ventanas, a fin de evitar la entrada de intrusos. Protegidas o no, estas casas dan tan triste aspecto como las otras, las abandonadas.

Y ni siquiera se trata de vestigios de edificios prestigiosos, de ruinas capaces de inspirar a poetas como Rodrigo Caro: “Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora/campos de soledad, mustio collado,/fueron un tiempo Itálica famosa”. No, nuestras ruinas son ruinitas modestas, carentes de poesía, subproducto del abandono, de la muerte de los dueños o de la emigración de las familias a las colonias del norte o del sur. A ellas, quizá, podrían cantar nuestros citaredos municipales: “Estas ruinas que ves, oh Fabio, fueron alguna vez el hogar de mi tía doña Chonita, hermana soltera de mi abuela, quien entregó el alma al Señor hace 30 o 40 años”.

En muchos casos, el abandono se debe a que los abuelos o bisabuelos no se tomaron la molestia de redactar su testamento y lo heredado a sus descendientes quedó en ese limbo que los abogados llaman intestado. ¿Y cómo dividir una propiedad dos generaciones después, cuando el número de personas –nietos y bisnietos– con presuntos derechos a los bienes se cuentan por docenas? Además, ¿quién quiere comprar un lío judicial que posiblemente devenga en demandas y contrademandas?

Así, debido a que los señores y señoras de antes no hacían testamento, las viejas casas se entregan resignadamente al tiempo, la lluvia, la polilla y el viento, para dejarlos hacer lo que mejor saben hacer: deteriorarlas hasta destruirlas. De esa manera, el Centro Histórico, en lugar de hablar orgullosamente de nuestro pasado, se ha vuelto una exhibición impúdica de incuria y dejadez.

El problema, según se lee en los periódicos, no es privativo de Saltillo. En Italia, un buen número de pueblos se está cayendo a pedazos, por lo cual las autoridades decidieron tomar medidas drásticas: vender las casas abandonadas a un euro, alrededor de 20 pesos mexicanos. Quien las adquiera se obliga a hacerles las reparaciones necesarias hasta volverlas habitables.

“‘Case a 1 euro’ –informa El Financiero (4-20-2019)– es un programa del Gobierno con el que se busca rescatar, además de hogares abandonados, faros, torres, estaciones de tren y otros edificios en desuso para mejorar la imagen de las ciudades”. Si usted está interesado en adquirir una casa histórica en el centro de Mussomeli, por ejemplo, entre a la página 1eurohouses.com y escoja la que más le guste.

¿Una idea loca? Es posible, pero algo parecido debe hacerse aquí si no queremos legar a nuestros descendientes un montón de escombros o, en el mejor de los casos, manzanas completas de improvisados estacionamientos, en lugar de Centro Histórico.

Ser propietario en un pueblo o una ciudad conlleva la obligación de pagar impuestos prediales, pero debería haber también otras obligaciones de carácter estético respecto al entorno.

En una medida digna de aplauso, el Ayuntamiento de Saltillo obligará a los dueños de lotes baldíos a mantenerlos limpios. No es fácil, pero ¿por qué no incluir las casas abandonadas en los planes para mejorar el aspecto de la ciudad?






05 Mayo 2019 03:55:00
Odisea bancaria
La minúscula sucursal bancaria está repleta. Largas filas en las dos cajas que funcionan en ese momento y por lo menos una veintena de personas de todas las edades y condición esperan ser atendidas por quienes el banco identifica pomposamente como “ejecutivos de cuenta”. Para su comodidad, la clientela dispone de un único y miserable sillón a punto de jubilación, donde caben, casi obscenamente apretujadas, cinco personas. El resto espera pacientemente –bueno, es un decir– de pie.

Una señora de edad, delgada, con gesto que puede ser de aburrimiento o de enojo, hace equilibrios en el filo del malhadado sillón cuya resistencia al peso humano desapareció mucho tiempo atrás.

Cansados, los de a pie tratan de recargarse en una porción de pared o se sostienen en una y otra pierna de manera alterna, con la idea de ofrecer momentáneo descanso a sus extremidades inferiores. Mientras, un niño de 8 o 10 años se distrae haciendo acrobacias en el piso entre las filas frente a las cajas. Su madre, aún joven, de pantalón floreado, intenta inútilmente detener la vigorosa movilidad del chico, a quien las llamadas de atención maternas le hacen lo mismo que dicen le hizo el aire a Juárez.

Con solamente dos cajas funcionando, las empleadas no se dan abasto para atender a la fila, que en lugar de disminuir crece con la llegada de más clientes. La velocidad de la atención es superada ampliamente por los requerimientos de servicio.

Dos ejecutivos de cuenta y una mujer vestida de azul marino y zapatos negros de altos tacones atienden a la de-sesperada clientela. Bueno, eso en el mejor momento de la jornada, porque, de pronto, una de las ejecutivas abandona su puesto y sale del banco con rumbo desconocido. Seguro la reclamaría un asunto de suma importancia, pues no volvió a aparecer en la siguiente hora y media.

La mujer de azul y altos tacones es funcionaria importante. Esto lo delatan un letrero pegado a espaldas de su escritorio donde se lee: “Subdirectora”, y el hecho de que la única copiadora de la sucursal está en su espacio. A la copiadora acude cualquier miembro del personal del banco necesitado de obtener copias de un documento. Y todos los empleados del banco tienen urgencia de copiar algo.

Finalmente, hora y media después, el cliente “N” es llamado al cubículo de la subdirectora. Uno, ingenuo que es, piensa que, gracias a la computadora, internet y demás chimastrajos de la modernidad, las operaciones se agilizan. ¡Error! Nada de eso. La señora subdirectora teclea y teclea en su computadora y tarda no menos de 15 minutos en localizar la cuenta del señor “N”.

El hombre, optimista que ha sido siempre, pensaba que sus dos asuntos, la obtención de una copia del estado de cuenta y el reclamo de una veintena de cargos indebidos a su tarjeta de crédito, se resolverían rápido.

¡Qué ingenuidad! La subdirectora tarda más de media hora en localizar los errores y después de hacerlo le hace una recomendación: “Llame a tal teléfono de la Ciudad de México”.

Ni para qué alargar el relato con los avatares de la conferencia telefónica, durante la cual una señorita de voz dulce repitió dos docenas de veces: “Espere, señor ‘N’, estoy generando su folio”.

Epílogo tragicómico: Luego de perder más de tres horas, “N” se quedó con la promesa de reembolso de cargos indebidos, la tarjeta de crédito cancelada y la idea de dar una variante al Sermón de la Montaña, “Bienaventurados los pobres, porque ellos no tienen que lidiar con los bancos”.
02 Mayo 2019 03:28:00
Zapata y el zapatismo
Al cumplirse este año el primer centenario del asesinato de Emiliano Zapata, el Gobierno federal se propuso conmemorar por todo lo alto la efeméride y pasar revista a lo que el zapatismo representó en la historia de México.

Zapata y Francisco Villa son, sin lugar a dudas, los héroes más populares de los muchos personajes que participaron en la Revolución Mexicana. La demanda de ¡Tierra y libertad! del sureño mantiene resonancia hasta nuestros días, no obstante que en el siglo transcurrido desde su muerte el país vivió un proceso de urbanización despoblando el campo y congestionando las ciudades. Hoy, los problemas agrarios apuntan en otro sentido.

El interés del Gobierno resultaba previsible pues el carácter popular de Zapata y el movimiento que encabezó resulta afín al discurso de la actual administración federal, tan retóricamente preocupada por los pobres, ese “pueblo bueno” al que se refiere constantemente el presidente de la República.

Esta afinidad gobierno-zapatismo ha tenido consecuencias, pues si en el momento actual hay una confrontación –otra vez, retórica– entre el pueblo bueno y sabio y los neoliberales, fifís o conservadores, la pugna se trasladó a la historia al partir en dos a la Revolución Mexicana, colocando en un lado a Zapata y Villa, y en el otro a Carranza, Obregón y demás sonorenses.

Mala cosa si no entendemos que las posiciones, casi siempre irreconciliables de estos personajes históricos, fueron producto del entorno que les tocó vivir. Los zapatistas luchaban por la restauración de un régimen de propiedad de la tierra con raíces en el México profundo. El modelo del calpulli, la propiedad comunal de la tierra en la época prehispánica, era el punto de partida de la irritación de los pueblos, despojados de sus tierras por la voracidad de las haciendas, principalmente las dedicadas al cultivo de la caña y la producción de azúcar.

Desde las Leyes de Reforma, impulso modernizador en un país lastrado por atrasos seculares, quedaron en la indefensión numerosos pueblos del centro y el sur del país al abolirse de un plumazo la propiedad comunal, reconociendo como única la propiedad privada. La idea era magnífica, pero se topó con escollos que no se tomaron en cuenta: el 90 por ciento de los mexicanos no se enteró de los cambios legales, pues eran analfabetos, y las dificultades de los pueblos apegados a los antiguos usos y costumbres para repartir la tierra entre los individuos de la comunidad.

Los que sí sabían leer pertenecían a las clases altas, los hacendados, que aprovecharon los huecos de las leyes para adueñarse de las tierras de los pueblos, logrando con ello convertir en peones a los que antes eran propietarios. Estos innegables abusos proveían de sustento moral a la revolución zapatista.

Lo que no se podía pedir a los revolucionarios norteños era que comprendieran estos problemas, cuando nacieron, crecieron y se formaron en un extenso territorio casi despoblado con características y problemas totalmente diferentes.

Claro, es pertinente y aconsejable reconocer a Zapata y al zapatismo, pero no permitamos que se caiga en la tentación de trasladar a una etapa histórica conflictos ideológicos actuales. Recordemos que el año próximo se cumplen 100 años del asesinato de Venustiano Carranza, a quien conforme a la dicotomía política en boga bien pudieran calificarlo de fifí y conservador. Dejemos de acudir a la historia para recoger piedras y lanzarlas contra quienes no piensan como nosotros. Ya pasó un siglo, señores.

28 Abril 2019 03:00:00
El voluble pueblo
Los inconstantes sentimientos del pueblo, no siempre bueno ni atinado, se plasman en el relato de la Semana Santa. Cristo Jesús transitó en solo cinco días de su entrada triunfal a Jerusalén, el Domingo de Ramos, al viernes de la crucifixión.

De la apoteótica bienvenida a la condena brutal. Una condena que, además, se decidió en el más puro estilo populista, cuando Poncio Pilatos preguntó a la multitud a quién debería liberar, si a Jesús o a Barrabás, un hombre acusado de sedición y homicidio. A mano alzada y con gritos destemplados –no hay nada nuevo bajo el sol– la muchedumbre exigió la libertad de Barrabás, lo cual conllevaba el sacrificio de Jesús.

El relato de Lucas de ese día fatal viene a la memoria con las noticias sobre las primeras caídas de la popularidad del presidente Andrés Manuel López Obrador, quien parecía blindado contra toda crítica, dichos y hechos.

Hasta hace poco, hiciera lo que hiciera, dijera lo que dijera, opinara lo que opinara la comentocracia, él mantenía sólida, sin fisuras ni raspaduras, la adhesión de los 30 millones de mexicanos que votaron por él. Ahora, a más de cuatro meses de haber asumido el poder, su popularidad sufre un resbalón que ronda el 13%, según algunas encuestas. La curva de descenso podría acelerarse en un futuro próximo por la lenta y débil reacción del gobierno tras la masacre de Minatitlán.

El fenómeno es comprensible y hasta cierto punto, previsible. Habiendo, además, al menos tres factores que, eventualmente, lo agudizarán:

1.- Haber arrasado en las urnas, acaparando los sufragios de más de la mitad de los votantes, fue, sin duda alguna, una hazaña memorable. Una hazaña, sí, pero que en su seno incubaba la semilla de la decepción. Los 30 millones que votaron por él lo hicieron movidos por dos sentimientos: el hartazgo y la esperanza. Fincaban su fe en la posibilidad de cambios profundos –ingenuamente pensaron que podrían ser inmediatos–, lo cual no ha ocurrido ni era posible que ocurriera.

2.- Está fuera de duda: Andrés Manuel López Obrador, su terquedad y su discurso anticorrupción y a favor de los pobres apuntalaron el triunfo en las elecciones. Sin embargo, no es posible soslayar la forma como el decepcionante sexenio de Enrique Peña Nieto le pavimentó el camino hacia la Presidencia de la República. AMLO obtuvo un gran éxito. Nadie debe ni puede regateárselo, pero también es evidente que Peña Nieto cooperó en ese resultado aportando una escandalosa derrota.

Tiempo atrás, en este mismo espacio se intentó un parangón entre la llegada de López Obrador a la Presidencia y el triunfo de Francisco I. Madero. En ambos casos, se decía, el apetito de cambio –no más Porfirio Díaz; no más Peña Nieto– aglutinó temporalmente fuerzas heterogéneas.

Sin embargo, una vez conseguida la caída de Díaz y el adiós al sexenio de Peña Nieto, esas fuerzas, unidas coyunturalmente, empezarían a jugar su propio juego. Hoy, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación y la maestra Gordillo persiguen sus fines sin importarles si coinciden o no con los de AMLO.

3.- Cuatro meses de promesas insistiendo en un discurso con reproches al pasado, la prensa fifí y los conservadores, novedoso al principio, empieza a perder efectividad.

Muchos ya se cansaron de maldecir el ayer. Piensan en el hoy y en el mañana, dos tiempos para los que el nuevo gobierno no ha sido capaz de ofrecer una respuesta con hechos.

25 Abril 2019 03:28:00
Libros
Todavía me recuerdo joven estudiante de pintura hipnotizado ante las bellísimas portadas de los libros de arte –Cezanne, Picasso, Giotto y demás genios– exhibidos en el aparador de la librería instalada en la planta baja del Hotel del Prado, en el entonces Distrito Federal. La atracción poderosísima de los volúmenes se confrontaba inexorablemente con el contenido de la cartera. ¿Tendré suficiente dinero para comprarlo? A veces la ecuación deseo-dinero disponible no cuadraba y debía de contentarme con mirar las portadas.

Mi relación con los libros cambió con los años. Hoy, dueño de una caótica y atestada biblioteca cuyos desbordamientos inundan los pasillos y hasta la recámara, al sentir el frecuente deseo de adquirir un libro, me pregunto: ¿tendré dónde ponerlo? Es que, ya se sabe, para bibliófilos y bibliómanos los libros acaban por tomar las características de plaga. (Mi hija suele decir que su pobre madre vive en una biblioteca con unos cuantos aparatos electrodomésticos).


Antes era el dinero. Hoy es el espacio lo que condiciona la compra. Cuando joven, la limitante era el grosor de la cartera. Ahora, es lo gordo del libro lo que a veces me hace dudar sobre su adquisición.

Algunos aconsejan expurgar la biblioteca. “Me deshice de todas las novelas que no volveré a leer”, dice alguien con cierto airecillo presuntuoso. Sin embargo, deshacerse de un libro, desde mi personal fetichismo libresco, equivale a desprenderme de un capítulo de mi vida, no intelectual, lo que sonaría pedante, pero sí de mi biografía de lector.

Con los años empezó a presentarse otra limitante. Como normalmente leo en la cama y mis ojos no son lo que solían ser, las sombras producidas por la luz de la lámpara ensombrecen a ratos una parte de la hoja y, además, me resulta cansado sostener un volumen largo tiempo.

El siempre bien recordado don Óscar Flores Tapia, voraz lector en posición horizontal, ideó la solución al problema de los brazos cansados. Simplemente arrancaba los cuadernillos y al terminar la lectura ¡mandaba empastar el libro!

El ingenioso método florestapiano enfrenta actualmente tres problemas. Uno: el costo. Dos: la escasez de encuadernadores y Tres: el hecho de que las editoriales dejaron de imprimir pliegos –cuadernillos– y hacen libros con hojas sueltas. De aplicar el sistema, el lector encamado acabará con una baraja.

¿Cómo saciar entonces el apetito de lector horizontal? Aunque vengo del paleolítico inferior y me fue difícil cambiar mi vieja y ruidosa Remington por una computadora, estoy inaugurándome desde hace meses como lector en línea.

Sí, ya sé que no es lo mismo. Sí, ya sé que el placer de leer un libro conlleva también el de acariciarlo y hasta olfatearlo. Sí, pero ocupan espacio y pesan.

Hoy, acompañado de mi teléfono celular puedo disfrutar largas horas de lectura yacente –eso de echado se oye feo–, y he descubierto, además, la abrumadora cantidad de obras que ofrecen diferentes bibliotecas digitales en forma gratuita. Por estos días, interesado en la novela histórica, sigo los Episodios Nacionales de don Benito Pérez Galdós, que, confieso, no había leído.

La comodidad de la lectura por Internet tiene la ventaja de la fácil transportación de miles de volúmenes en un teléfono celular y la gratuidad. Esto último hace pensar en la teoría del flamante director del Fondo de Cultura Económica, Paco Ignacio Taibo II, de que el mexicano no lee porque los libros son caros. ¿Será ese el verdadero motivo?
14 Abril 2019 03:52:00
El mareante futuro
Para alguien que cuando niño se emocionaba con la película La Invasión de Mongo y las aventuras espaciales de Flash Gordon (Cine Palacio, función de matiné; $1.25, luneta), no le es nada fácil adaptarse a un mundo cambiante controlado –¿dominado?– por robots y una ubicua e incomprensible inteligencia artificial.

Pero no es necesario trasladarse tan lejos como la niñez para documentar el constante asombro. Si hace 20 años me hubieran dicho que The New York Times enfrentaba problemas económicos y se ve en la necesidad de recortar personal, mi carcajada se hubiera escuchado por lo menos hasta Arteaga. En aquellos años, el periódico neoyorquino era un gigante cuya edición dominical en diciembre llegaba a pesar cuatro o cinco kilos, debido a la abundante publicidad y suplementos.

Quizá no me hubiera reído, pero sí hubiera puesto cara de extrañeza si me informaban que las acciones de Televisa iban en picada, o que algún día podría sostener una conversación con mi teléfono inteligente. Tampoco creería en la posibilidad de realizar retiros, depósitos y otras transacciones bancarias sin tener a una cajera enfrente.

Mucho menos se me ocurriría pensar en que algún día podría enviar artículos al periódico sin levantarme del sillón de mi mesa de trabajo. Y eso es apenas lo básico de esta nueva realidad. No hablamos de ciencia ficción, se trata de hechos cotidianos a los que por gusto o por la fuerza nos hemos ido acostumbrando.

En el más reciente número de la revista Letras Libres (abril de 2019), John Kane nos enfrenta a estos fenómenos sin precedentes que, dice: “Los sistemas de máquinas inteligentes son un nuevo medio de comunicación que modela y retuerce cómo los humanos perciben, se mueven en el mundo que los rodea”. En otras palabras, la técnica, al cambiar al mundo, ¡nos está cambiando a nosotros en cuanto a seres humanos!

¿Una exageración? de ninguna manera. Para demostrarlo, Kane desgrana unos cuantos datos: Pepper, robot creado ya hace algunos años, es un artilugio de poco más de un metro que puede expresar “alegría, sorpresa, enfado, dudas y tristeza”. Y qué me dicen de unos robots agricultores capaces de fertilizar, sembrar, regar, desyerbar y cosechar sin la presencia de un ser humano. O del ahora muy popular Robot Restaurant en la zona roja de Tokio, donde, asegura Kane, “pueden curarlos de sus ilusiones homínidas”. Mientras, en Lima, Perú, “una bandada de robots decide limpiar la antigua y magnífica biblioteca del convento de San Francisco… con gran iniciativa comienzan quitando las pinturas y los candelabros de los muros, luego sacan de las estanterías los preciados libros encuadernados en cuero y desmontan las vitrinas, y entonces acomodan todos los objetos y piezas cuidadosamente en pilas enormes en el ornamentado suelo azul crema”.

¿Una novela de Isaac Asimov? Nada de eso. Aquí y ahora usted puede adquirir en una tienda de Saltillo un robot-aspiradora para limpiar su casa, y pronto, como en China, habrá cámaras de reconocimiento facial en las calles de las ciudades coahuilenses.

MÍNIMA

Afortunadamente, el Departamento de Tránsito de Saltillo, o como se llame, es un ente nostálgico anclado en el siglo pasado. Por eso no sincroniza los semáforos, verdaderas joyas vintage, preciada herencia de nuestros abuelos.
11 Abril 2019 03:45:00
Deslucido epílogo
Los cuidadosos preparativos para recordar el centenario del asesinato de Emiliano Zapata, que se cumplió precisamente ayer, tuvieron un desafortunado final. La negativa de los descendientes del Caudillo del Sur de acompañar al presidente Andrés Manuel López Obrador en el acto a celebrarse en la exhacienda Chinameca, lugar de la muerte del revolucionario, no solo obligó a cambiar la sede de la ceremonia a Cuernavaca, también fue un duro golpe ideológico a la Cuarta Transformación.

La 4T y el propio López Obrador eligieron al Caudillo del Sur como uno de sus santones y guías morales. La decisión de los familiares de Zapata agrava su significado por las razones expuestas para no acompañarlo, acusándolo de no haber cumplido su palabra empeñada en campaña. “No tenemos por qué rendir pleitesía a una persona que no cumple lo que dice… ¿Qué credibilidad puede tener para nosotros?”, sentenció con dureza Jorge Zapata, nieto del general.

La promesa era no permitir la construcción de la planta termoeléctrica de Huexca, Morelos, proyecto rechazado vigorosamente por el Frente de Pueblos en Defensa del Agua, Tierra y el Aire de Morelos, Puebla y Tlaxcala.

Jorge Zapata y sus parientes optaron por reunirse en el cementerio de Cuautla, donde se encuentra el sepulcro del revolucionario.

No cabe duda que el Gobierno federal planeaba una conmemoración por todo lo alto. A fin de dar realce a las celebraciones, el Congreso de la Unión declaró este 2019 Año de Emiliano Zapata, cuya efigie y la leyenda alusiva aparecen obligatoriamente en toda la papelería oficial.

Además, las autoridades se ocuparon de organizar numerosos actos alusivos. Hubo un sinnúmero de coloquios, el último de ellos realizado en tres sedes distintas del estado de Morelos, con la participación de una veintena de historiadores.

Felipe Ávila, el zapatólogo mexicano más sabio y reconocido, autor de una Breve Historia del Zapatismo, acaba de publicar oportunamente un nuevo libro, Zapata, la Lucha por la Tierra, Justicia y Libertad”, (Editorial Criterios, 2019), así como media docena de artículos sobre el tema en las revistas más prestigiosas del país: Letras Libres, Nexos, Proceso y Relatos e Historias en México.

También la Universidad Nacional Autónoma de México se unió a la conmemoración. Su canal de televisión produjo y difundió un programa documental titulado Zapata, el Hombre y el Revolucionario”.

No faltó, desafortunadamente, el manoseo político, que en ciertos casos llegó a retorcidas y convenencieras interpretaciones de la historia, a fin de alinear a Emiliano con la Cuarta Transformación. Uno de los participantes del programa de televisión Primer Plano, de cuyo nombre no quiero acordarme, simplificó la Revolución Mexicana, palabras más o palabras menos, en una frase: “La revolución del norte –Madero, Carranza y los sonorenses– fue la revolución neoliberal. La del sur, junto con la de Villa, fue una revolución popular”. Sólo le faltó calificar a los revolucionarios norteños de conservadores, y a Villa y Zapata como auténticos proto chairos.

Al margen de las reprobables manipulaciones político-partidistas de la efeméride, es una lástima que lo que debió haber sido la cereza en el pastel de las conmemoraciones se haya frustrado por el rechazo público y tajante de los descendientes de Zapata de reunirse con el Presidente. Malos signos de desunión.

Letras sueltas

Y ahora ni modo que AMLO acuse de fifís a los nietos de Zapata.
07 Abril 2019 03:20:00
Pensar en el agua
El tema del agua acapara las primeras planas de los periódicos locales e importantes espacios informativos en la radio y la televisión. En los últimos días han atraído la atención al menos cuatro asuntos relacionados con su abastecimiento. Uno de ellos fue la alerta lanzada por Aguas de Saltillo sobre el poco optimista futuro de los mantos freáticos que surten a la capital del estado.

Poco después, el presidente Andrés Manuel López Obrador dio a conocer el plan de impulsar la creación de una cuenca lechera en el sureste del país, considerando un contrasentido –con clara referencia a La Laguna– el que operen en el semidesierto donde hay escasez del vital líquido, como llamaban al agua los reporteros de antes.

La tercera llamada de atención fue en torno a una inquietud de años: el abatimiento de las pozas de Cuatro Ciénegas, cuya desaparición constituiría, sin exagerar, un desastre ecológico de repercusiones mundiales.

Por último, no menos importante, es la inquietud de los habitantes de Parras de la Fuente, temerosos de que la construcción de una ciudad en el Valle de Derramadero afecte los mantos acuíferos que surten a la población y hacen posible la agricultura. Para externar su rechazo a la creación del núcleo habitacional de Derramadero, organizaron una marcha, no de protesta, pues la Ciudad Derramadero es todavía un proyecto, pero sí de advertencia.

No es una casualidad la coincidencia del interés sobre estos cuatro tópicos, los cuales nos enfrentan a un panorama del que estamos obligados a ocuparnos.

Saltillo tiene una limitante por ahora insalvable: la disponibilidad del líquido en los mantos subterráneos. La ausencia de ríos y lagos en los alrededores la vuelve fatalmente dependiente de los mantos, cuya recarga depende a su vez de las siempre azarosas lluvias. Quizá sería conveniente retomar un programa abandonado hace tiempo, el de las presas de gaviones en los arroyos para retener el agua y propiciar la recarga.

Esa idea del presidente López Obrador de trasladar la principal cuenca lechera del país de La Laguna al sureste tiene dos aristas: una, el abatimiento de los pozos de La Laguna, donde se han llegado a presentar problemas de arsenicismo en el agua para consumo humano. Eso, por un lado. Por el otro, lo que representa para la economía de la Comarca Lagunera, en particular, y el estado, en general, la empresa Lala. Su cierre sería una catástrofe de repercusiones insospechadas.

La fragilidad del ecosistema del Valle de Cuatro Ciénegas logró un respiro con el amparo conseguido por el grupo Pronatura contra la Comisión Nacional del Agua, organismo encargado de extender los permisos de perforación y bombeo en la zona cercana a las pozas. Un triunfo, es cierto, pero muy lejos de ser definitivo.

Los movimientos de rechazo a la construcción de Ciudad Derramadero, obra necesaria debido al acelerado crecimiento industrial registrado en ese lugar, merece un estudio científico para determinar el impacto que tendría en Parras y los ejidos circunvecinos el surtir de agua a un desarrollo urbano del calibre del proyecto.

Cuatro temas sobre la mesa. Todos de primera importancia, que nos obligan a pensar seriamente sobre el futuro de dos regiones de Coahuila, la Sureste y la Lagunera. Cuatro asuntos, todos urgentes, merecedores de vigilancia y de la toma de decisiones con visión a largo plazo.

Mínima

El ferrocarril de la 4T (Cuarta Transformación) chocó de frente con la máquina loca del 1T (un Trump).
04 Abril 2019 03:35:00
¿Qué hacemos, señor?
La carta del presidente Andrés Manuel López Obrador al rey de España solicitándole se disculpe públicamente por las atrocidades cometidas durante la conquista y la colonia contra los que él llama pueblos originarios, tiene muchas aristas.

Todas ellas punzantes y molestas. Una de estas debe causarnos escozor a nosotros los coahuilenses, porque es preciso preguntar con todo respeto al Presidente, quien siempre dice las cosas con todo respeto: ¿Qué hacemos, señor, con los descendientes de los tlaxcaltecas venidos en el siglo 16 a territorio del hoy estado de Coahuila a reforzar las debiluchas fundaciones “españolas”? (Eso de españolas es un decir, porque en ellas vivía gran cantidad de criollos, mestizos y mulatos).

La enérgica condena a los indudables excesos perpetrados por los conquistadores incluye necesariamente al pueblo de Tlaxcala, aliado del manojo de soldados de Hernán Cortés en el asedio y la toma de la Gran Tenochtitlan.

Los tlaxcaltecas, ya se sabe, estaban hasta la madre –con perdón sea dicho– de los abusos de los aztecas, que además de cobrarles tributos, a cada rato se les ocurría organizar incursiones militares para capturar prisioneros destinados a ser sacrificados en honor de sus dioses.

Esa alianza vuelve a los hijos de Tlaxcala socios de la conquista y, por lo tanto, corresponsables de las salvajadas cometidas por los conquistadores, entonces y los tres siglos siguientes. ¿Qué hacemos, señor Presidente? Históricamente, quienes vivimos en Saltillo, Monclova, Parras, Candela, San Buenaventura y otras poblaciones coahuilenses nos sentimos en deuda con los tlaxcaltecas. Ellos no solo afianzaron las fundaciones amenazadas por los indios comarcanos, también fueron ejemplo de laboriosidad muy alabada por fray Juan Agustín de Morfi, quien estuvo en Saltillo allá por 1777. Los tlaxcaltecas, informa el franciscano, surtían a la villa “española” de Saltillo de verdura, leche y frutas.

Si hablamos de la hoy capital del estado, aquí construyeron el pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala, sembraron huertos, introdujeron telares, tatarabuelos del sarape, y plantaron magueyes.

Entonces, ¿debemos dejar de disfrutar del pan de pulque, señor Presidente?, pues si a la senadora Jesusa Rodríguez le parece que comerse un taco de carnitas es tanto como celebrar la caída de la Gran Tenochtitlan, al hermanar en tan sabroso maridaje el maíz nativo y el puerco traído por los peninsulares, ¿qué pensará de la combinación de las aportaciones culinarias de dos condenables autores de la conquista, el trigo hispano y el pulque tlaxcalteca?

De verdad nos metió usted en un lío. Grandes profesores, músicos y escritores de origen tlaxcalteca han dado lustre a la docencia y las artes de Coahuila. ¿Debemos exigir disculpas a sus hijos, nietos o bisnietos, señor Presidente, y luego tiramos la estatua de la Plaza de la Nueva Tlaxcala?

Letras sueltas

En 1989, al cumplirse el bicentenario de la Revolución Francesa, estuvo en Saltillo el embajador de ese país. Por aquellos días Francia y Alemania habían firmado un acuerdo. Extrañado, pregunté al diplomático cómo era posible que su país, tan golpeado por los alemanes, hiciera eso.

Su respuesta fue muy sabia: “Mire usted”, dijo, “cuando manejamos nuestro auto, los franceses echamos solo de vez en cuando un vistazo al espejo retrovisor, porque lo que nos preocupa es conducir bien, ver hacia adelante y saber hacia dónde y cómo vamos”.
31 Marzo 2019 03:41:00
Ofrezcamos disculpas
El presidente Andrés Manuel López Obrador tuvo una semana de espanto, la peor en lo que va de su gobierno. Primero fue la rechifla y abucheo en el estadio de los Diablos Rojos de México, que sus seguidores pretendieron imputar a las malas artes de los enemigos del Peje, quienes, dijeron, contrataron y organizaron a los porristas.

Días después se dio a conocer el contenido de las malhadadas cartas pidiendo al Rey de España y al papa Francisco presentaran disculpas a los “pueblos originarios” por las atrocidades cometidas durante la conquista de México. Esta vez los abucheos, las críticas y hasta las ofensas se dispararon desde ambos lados del Atlántico. Y ahora sí, ni a quién echarle la culpa de haberlo orquestado.

Por su parte, en calidad de mientras, el Vaticano lo acusó de estar pésimamente informado, pues tres papas habían externado anteriormente sus disculpas sobre las barbaridades cometidas en el llamado Nuevo Mundo descubierto por Colón.

Lo ocurrido con la carta enviada al rey estuvo peor. Desde España, y aquí mismo, en México, le cayó una torrencial lluvia de críticas e insultos –algunos de pésimo gusto, por cierto, como los de Pérez Reverte. Pero lo cierto es que López Obrador hizo lo que parecía imposible: superar el récord de resbalones diplomáticos de Vicente Fox y su inolvidable “Comes y te vas”.

Hay razón. Pedir disculpas a España por lo sucedido ya casi medio milenio atrás hace equilibrios entre un mal chiste y el ridículo. Sería peor si no fue una puntada demagógica, es decir, que él crea haber hecho lo correcto. De ser así, estaríamos ante un presidente peligrosamente ingenuo.

Las críticas a las tan desafortunadas cartas han partido de diferentes ángulos y desde distintas perspectivas. Casi imposible agregar algo novedoso a lo mucho que se ha dicho. Sin embargo, a propósito del asunto recordé una plática escuchada en Madrid hace tiempo.

Era en un bar. Después de clases, mexicanos y españoles bebían tinto y consumían tapas. Un español, merecedor del título de “gachupín”, se puso flamenco y empezó a hablar con un irritante tono de suficiencia. Entre otras cosas se le ocurrió decir: “Nosotros, que conquistamos América”.

Uno de los mexicanos en la mesa no se aguantó la balandronada y le respondió: “Me supongo que hablas de tus ancestros, de tus tataratataraabuelos. Pues no, estás equivocado de lado a lado. Tus antepasados se quedaron aquí en la península destripando terrones con el azadón o pastoreando borregos. Alguno de los míos, en cambio –porque, como mestizo que soy, debo de tener algo de sangre española–, sí se atrevieron a hacerse a la mar y conquistar nuevas tierras”. Seguramente la ferocidad de las miradas del resto de los mexicanos en la mesa aconsejó al petulante gachupín cerrar la boca y despedirse.

Lo dicho por mi amigo es verdad de a kilo. De no ser indios puros, como don Benito Juárez o Victoriano Huerta, por las venas de muchos de nosotros, individuos de la raza de bronce vasconceliana, corren gotas o hasta chisguetes de sangre de los conquistadores. Somos, nos guste o no, sus descendientes. Entonces, seríamos nosotros, no quienes se quedaron en España arando la tierra y cuidando borregos, quienes deberíamos pedir disculpas a los indios.

Y no es mala idea disculparnos con los “pueblos originarios”, como les dice López Obrador, pero no por la conquista, sino por no hacer nada para mejorar su calidad de vida y mantenerlos en la miseria. Esa sí es culpa nuestra.
24 Marzo 2019 03:30:00
Aún es tiempo
No es fácil acostumbrarse a la idea, pero los días de esplendor de la explotación del carbón en el riñón hullero de Coahuila, manchados con obstinada frecuencia por la tragedia, se encaminan inexorablemente a su fin.

Cuando terminaba el último tercio del siglo 19 y principios del 20, el carbón coahuilense puso en movimiento al país subiéndolo a una locomotora. En esa época, las minas de la Región Carbonífera vivieron sus momentos de esplendor. No sólo atraían a millares de trabajadores, que allí percibían los salarios más altos del país, también se convirtieron en poderoso imán de la codicia de potentados estadunidenses, como la familia Guggenheim. La demanda de mano de obra era tal que llevó a la firma de un contrato entre los gobiernos de México y Japón, para que este último, hoy una de las economías más poderosas del mundo, enviara braceros a las minas.

Pocos años después, en una de esas paradojas con las que de vez en cuando gusta sorprendernos la historia, los revolucionarios aprovecharon la corona modernizadora del porfiriato para transportar sus ejércitos y combatir al presidente Díaz.

Entonces el combustible se utilizó incluso como arma política; Venustiano Carranza casi paralizó a la División del Norte de Francisco Villa al restringir los envíos de carbón, y el mismo Villa puso al Gobierno con los pelos de punta, cuando en 1920 tomó sorpresivamente la ciudad de Sabinas, amenazando, mediante el control de las minas, paralizar al sistema ferroviario nacional y las siderúrgicas.

Hoy, un siglo después, el antes aliado del progreso se ha transformado en peligroso enemigo de la humanidad. Las emisiones de gases producidos en su combustión son poderoso factor de la contaminación ambiental y, por ende, del cambio climático.

Por desgracia, la Región Carbonífera de Coahuila, debido a diferentes motivos que no es lugar para desgranar, permanece anclada en el siglo 20, mientras la dinámica mundial juega fuertemente en su contra. Los países europeos decretan el cierre de minas de carbón, enfocando sus esfuerzos a la generación de energía eléctrica prescindiendo de energéticos fósiles –carbón y petróleo–. La apuesta principal es en la casilla del aprovechamiento de la energía solar y la eólica.

Apenas el viernes anterior los carboneros de Coahuila respiraron después de tres meses de incertidumbre. La Comisión Federal de Electricidad (CFE), uno de sus principales clientes, anunció la adquisición de 300 mil toneladas del combustible. Es duro repetirlo, pero esta compra es solo un analgésico aplicado a un enfermo terminal.

El puntual reportaje sobre el tema de Edith Mendoza, publicado en Zócalo el pasado jueves, recoge la opinión de Alfonso González Vélez, experto en la materia, quien afirma que de la explotación de la hulla depende el trabajo de 60 mil personas en la región Carbonífera.

Actualmente, el hecho de que un 10% de la electricidad del país dependa del carbón, permite alargar la vida de la minería de ese energético, pero con o sin compras de la CFE, la solución es temporal. Más temprano que tarde el destino alcanzará a la comarca y a sus mineros.

Ante este panorama resulta urgente poner en marcha planes concretos para la reconversión de la economía regional, encarrilándola en el siglo 21. De no hacerlo, es decir, arremangarse la camisa y ponerse a trabajar, se estará condenando a toda una región a verse salpicada de pueblos fantasmas en algunos años.

La tarea es para hoy.


17 Marzo 2019 03:12:00
Abraham Nuncio
Su permanente interés por los libros, el arte y la difusión de la cultura ha encontrado el espacio perfecto para crecer y amplificarse: la Biblioteca José Vasconcelos. El nombramiento de Abraham Nuncio Limón como director de uno de los principales acervos bibliográficos del país, es, desde cualquier punto de vista, un acierto. Allí tendrá la posibilidad de concretar sus sueños y abrir cauces a su multifacética creatividad.

Acababa de salir de la adolescencia cuando llegó a Saltillo, donde tiene raíces familiares, para estudiar en la antigua Escuela de Leyes. La brújula de sus inquietudes lo guió hasta una mesa arrinconada del restaurante Élite, en la calle de Aldama, donde un puñado de muchachos hablaba de libros, discutía cuestiones de arte y trazaba proyectos personales.

Aquel grupo excéntrico respecto a las preocupaciones de la generalidad del Saltillo de la mitad del siglo anterior, provocaba curiosidad y desconfianza.

La variopinta comunidad del Élite la formaban jóvenes de los más heterogéneos intereses. Gustavo Solís Campos, muerto a muy temprana edad, hablaba de una novela por escribir: La Cárcel del Negro Jack. Nunca la terminó, pero sí se convirtió en colaborador del ya legendario suplemento México en la Cultura y de la revista de poesía El Corno Emplumado.

EI ingenioso Salvador Flores Guerrero, riéndose de todo, estaba a punto de hacer maletas para ir a inscribirse en la antigua Academia de San Carlos, mientras Enrique Reina intentaba explicar las intrincadas teorías de los filósofos alemanes y Armando Fuentes Aguirre hacía pinitos en el periodismo.

Tronante como Júpiter, otro amigo al que acabamos de decir adiós para siempre, Eduardo Rogelio Blackaller, hacía gala de su posición marxista y anticlerical con frases como pedradas: “Esas son chingaderas que inventaron los curas para asustar a la pobre gente”. Mesurado, discreto, Eduardo Montenegro soltaba una media sonrisa ante los embates verbales de Blackaller contra la religión, que Elías Cárdenas abonaba esgrimiendo argumentos sociológicos y legales.

Allí cayó –pero no calló– Abraham Nuncio. Su posición ideológica lo aproximaba a Blackaller, pero sin el pirotécnico radicalismo de este, quien partiría tiempo después a Rusia para estudiar música, en tanto que Abraham obtenía su título de abogado que me temo mucho nunca enmarcó y menos exhibió.

Sus intereses lo condujeron por otro rumbo, el de la cultura. Colaboró con Dorita Madero en la Dirección de Acción Social y Cultural del Gobierno del Estado. El grupo se dispersó. La vida trazó caminos distintos a sus miembros. Sin embargo, a pesar del alejamiento geográfico, la amistad perduró. Abraham, fiel a sus preocupaciones, las unió a las de Armando Javier Guerra para publicar Todos Juntos, una recopilación de cuentos de autores locales. La edición fue de Novaro, de la Ciudad de México, y la portada, un dibujo de José Luis Cuevas.

En 1968 Abraham probó la prisión. Estuvo detenido en la Sexta Zona Militar acusado de promover la insurgencia estudiantil en Saltillo. Fue el único de los promotores del movimiento en la capital de Coahuila que sufrió persecución.

Nuncio Limón jamás claudicó. La Universidad Autónoma de Nuevo León le abrió sus puertas y desde ella realizó una intensa labor editorial y escribió varios libros.

Hoy se dispone a dirigir la Biblioteca José Vasconcelos, donde tendrá oportunidad de desplegar su talento y proveer de resonancia nacional a sus muchos proyectos.
10 Marzo 2019 03:57:00
Terminando en cero
En memoria de Gil Herrera y César Luna Lastra.

Jorge Luis Borges y su mejor amigo, Adolfo Bioy Casares, salían del cementerio después de dar sepultura a la madre del autor del Aleph, quien murió a los 99 años. Entonces, un pensativo Bioy Casares dijo: “¿Te das cuenta? De vivir un año más, tu mamá hubiera completado cien años, un siglo”. Sin inmutarse, Borges comentó: “Según veo, Adolfo, vos sentís una extraña fascinación por el sistema métrico decimal”.

En efecto, igual da 98 o 104 que 100, pero tenemos la inclinación de considerar que las cifras cerradas tienen un significado especial: La Guerra de Cien Años, los cien días del último gobierno de Napoleón y, más modestamente, pero también terminada en cero: La Guerra de los Treinta Años.

Valgan la anécdota borgiana y los ejemplos anteriores a propósito de que hoy domingo se cumplen cien días del Gobierno de Andrés Manuel López Obrador, sobre los cuales se han gastado ríos de tinta en los últimos días.

Esto recuerda la obra cumbre del periodista norteamericano John Reed, Diez Días que Conmovieron al Mundo, donde narra los acontecimientos de la Revolución de Octubre que precedieron a la instauración del régimen comunista en la posteriormente llamada Unión Soviética.

Mutatis mutandis, es decir, haciendo los cambios necesarios, ¿podríamos hablar hoy, parafraseando a Reed, de los cien días que conmovieron a México? Desde la perspectiva de muchos, la respuesta es afirmativa. En efecto, todo parece indicar que el presidente López Obrador llegó al poder con una idea fija: transformar a México, tarea que exige la destrucción de lo anterior.

Y buena parte de estos cien días el Presidente los ha dedicado a echar al basurero de la historia el pasado inmediato, el cual, en su diccionario político está representado por los gobiernos neoliberales y sus instituciones, la corrupción, el dispendio, los “fifís” y los conservadores.

La demolición emprendida ha sido, al menos desde un punto de vista retórico, efectiva. Se abandonó a gran costo el proyecto del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México y se abrogó la Reforma Educativa.

También desaparecieron las estancias infantiles, los refugios para mujeres maltratadas y otros muchos entes gubernamentales cuyo defecto era el sello neoliberal que exhibían en su acta de nacimiento. Esto en un afán de tratar directamente con el “pueblo bueno” por medio de la entrega de subsidios personalizados, a pesar del inconfundible tufo clientelar que esas dádivas despiden. El mismo camino hacia la extinción se ha trazado a los organismos de la sociedad civil. Bueno, hasta los Pueblos Mágicos vieron desaparecer por un arte de magia mañanero el presupuesto que se les asignaba. López Obrador les dejó solo el adjetivo.

Cien días usando la piqueta y blandiendo el machete a diestra y siniestra. Todo parece indicar que la edificación de la cuarta transformación del país exige partir de cero, sin dejar antes piedra sobre piedra de las construcciones anteriores.

Con el tino característico, el maestro Raymundo Riva Palacio ya vislumbró la nueva realidad que pretende levantar el tabasqueño sobre los escombros del pasado y hasta la bautizó: Amlolandia. Ahora bien, cien días dedicados a la demolición del pasado son suficientes y ya resultan reiterativos en la vaguedad de los discursos. Esperemos que terminado este periodo destructivo, principie de una buena vez, la construcción del futuro. De no ser así, citando a Ibargüengoitia, acabaremos acostumbrándonos a vivir en estas ruinas que ves.
03 Marzo 2019 04:00:00
Una Yalitza
Hoy todos hablan maravillas de Yalitza Aparicio y de su papel de Cleo, la trabajadora doméstica en la multipremiada película Roma. Alaban su belleza, hablan pestes del racismo y aplauden que las más sofisticadas revistas de modas le dediquen sus portadas, y los modistos del mayor prestigioso —y también los más caros— la hagan lucir sus creaciones.

Cuando un actor considerado de segunda se atreve a insultarla en una reunión privada, llamándola “pinche india”, periodistas y redes sociales lo tunden de lo lindo, mientras miles, posiblemente millones de mexicanos, se sintieron desilusionados de la larguísima y soporífera transmisión de la ceremonia de los Oscar por no escuchar su nombre al citarse el premio a la Mejor Actriz.

En fin, a raíz de los éxitos y de la indudable calidad de Roma, la obra de Alfonso Cuarón despertó, al menos de dientes para afuera, una admirativa y hasta amorosa yalitzomanía que inunda cual marea los medios informativos y las redes sociales.

Eso está muy bien, opina una queridísima amiga de este escribidor, a quien llamaremos Soledad por no estar autorizado a revelar su nombre. Es de alegrarse, dice Soledad, del triunfo de la novel actriz oaxaqueña. Sin embargo, agrega, ya nadie, excepto yo, recuerda cómo se burlaban de mí mis compañeros de escuela porque mi madre era trabajadora doméstica o sirvienta, como le llamaban despectivamente para zaherirme.

Tengo el honor de conocer a la señora madre de Soledad, mujer tan morena o más que Yalitza. Luchadora si las hay, imbatible, se ha partido el lomo decenas de años limpiando casas ajenas para sostener ella sola a sus dos hijas, ambas exitosas: una doctora en Medicina y la otra con dos títulos universitarios.

Soledad considera que esta yalitzomanía es solamente producto del esnobismo seudointelectual de admiradores de Roma y de su talentoso director. Pero, ¿en verdad Yalitza Aparicio ha tenido la gran virtud de, ya no digamos de acabar, sino al menos bajarle un par de rayitas al odioso racismo padecido por muchos mexicanos?

Es de dudarse. La aceptación de la imagen de Yalitza en la pantalla o en las portadas y reportajes de revistas impresas a todo color es una cosa; la vida real, otra. En las revistas del corazón, como las llaman los españoles, e igual en los suplementos sociales de los periódicos mexicanos abundan hasta la saciedad fotografías “de gente bonita”. (Bonita según los cánones de belleza al uso; piel blanca, ojos claros, si es posible, y cabelleras rubias rojizas, sin importar que sean naturales o producto de la química).

Muy contadas personas morenas se cuelan en las galerías fotográficas de tales publicaciones. ¿Resabios del trauma de la conquista, como diría Octavio Paz? Quizás. Lo cierto es que prevalece con distintos sustantivos el antiguo y odioso cliché del conquistador blanco, apuesto y barbado, y el del conquistado moreno y obligatoriamente pobre, feo y sumiso.

En el porfiriato la división era entre la “gente de razón” y la “plebe”. Ahora es entre la “gente nice” y los “nacos”. Lo cierto es que, para desgracia nuestra, prevalecen los sentimientos de supuestas superioridades raciales. Supuestas, porque en realidad los mexicanos somos producto de mezclas en las que intervinieron gentes de todos colores, incluso abuelos africanos culpables del rizado del cabello a algunas rubias que andan por allí, a las que de pasada les abultaron la parte posterior.

Por desgracia, una Yalitza no hace verano.
24 Febrero 2019 03:36:00
Cuando hay una sola voz
Eran los años 60 cuando quien esto escribe viajó por primera vez a España. Francisco Franco se eternizaba en el poder con todo el horror que hubo detrás de ello. El arribo a la península no ofreció nada espectacular. El aeropuerto Madrid-Barajas era como una estación de autobuses en versión tercermundista comparada con el gigantesco y atiborrado Heathrow londinense que acababa de abandonar una hora antes.

Madrid tampoco tenía empaque de gran ciudad. Era una población opaca y un tanto provinciana, salvada de la mediocridad por el Museo del Prado y otros dos o tres lugares más. La Calle Mayor, en ese entonces todavía llamada José Antonio, concentraba algunos comercios y un par de restaurantes memorables, entre ellos uno excelente de mariscos, el Bajamar.

Sin embargo, la estancia resultó grata e ilustrativa. El curso de verano en la Universidad de Alcalá de Henares le dio la oportunidad de entrar en contacto con un auténtico pueblo español, visitar la casa donde se dice nació Cervantes, conocer a algunos profesores interesantes y asistir a la fiesta de coronación de la Dulcinea, la reina complutense de ese año.

Los periódicos, decepcionantes, informaban un día sí y otro también de las andanzas de un famoso bandido de esa época, las cuales robaban algo de espacio a extensos reportajes acerca de Francisco Franco. Inolvidable una portada, creo que del ABC, donde aparecía Franco empuñando una escopeta y decenas y decenas de perdices en el piso abatidas por los certeros disparos del “Caudillo”, según le identificaba el periódico. Otras noticias provocaban igual repulsión, como la de un maestro barcelonés preso por haber cometido el grave delito de enseñar catalán a un grupo de alumnos, o el retrato que Dalí había pintado de la hija del dictador.

Pero la sorpresa mayúscula fue la entronización como gran poeta de España de Manuel Machado y el desconocimiento casi absoluto de la obra de su hermano Antonio, a quien casi todo mundo de habla hispana consideraba mucho muy superior a Manuel. Este, autor de algunos poemas de mérito, era muy dado a escribir versos de castañuela y pandereta.

La razón de la sinrazón era muy sencilla. Manuel se había plegado al franquismo. No sabemos si por gusto, por conveniencia o por miedo. En cambio, Antonio, uno de los poetas de talla máxima de habla hispana, fue republicano. Pecado imperdonable para Franco, cuyo deporte favorito era ejecutar republicanos, mandarlos a la cárcel y usarlos como mano de obra esclava para tallar en la roca la iglesia del Monumento de los Caídos, donde pensaba ser sepultado y aún se encuentra lo que queda de sus restos.

¿A qué vienen todas estas historias? Son pertinentes, pienso, porque apenas el viernes se cumplieron 80 años de la muerte de Antonio Machado, quien expiró en Collioure, Francia, cuando huía de la persecución desatada por los nacionalistas franquistas. Murió lejos de su hogar, como canta Joan Manuel Serrat.

A propósito de la efeméride, la semana anterior el suplemento Babelia de El País dedicó un amplio y bello reportaje al exilio y la muerte del poeta. La desaparición de Franco, en 1975, provocó cambios profundos en España. Uno de ellos, no menor, fue una suerte de “resurrección” de Antonio Machado, quien hoy ocupa entre sus coterráneos el lugar que le corresponde en la nómina de los grandes autores.

Tragedias parecidas a la de don Antonio ocurren cuando en cualquier lugar se escucha solamente una voz y se silencian las que no le hacen coro. ¡Cuidado!
17 Febrero 2019 04:00:00
El qué y el cómo
La comentocracia, las élites económicas del país y los mercados extranjeros no encuentran una explicación al fenómeno. Hay algo esquizofrénico, piensan, entre los resultados ofrecidos hasta ahora por el Gobierno de Andrés Manuel López Obrador y los altos y crecientes niveles de aceptación del Presidente. Quizá las razones de esta contradicción residan en el tino con el que el Mandatario elige sus frentes de batalla –es decir el qué hacer– y la deficiente, en ocasiones errática e incomprensible instrumentación de las estrategias para conseguir lo planeado. Es decir, el cómo.

Hay abundantes ejemplos. ¿Quién en su sano juicio, a no ser uno de los corruptos, podrá argumentar algo en contra del combate a la corrupción, bandera insignia del sexenio? La inmensa mayoría de los mexicanos estarán de acuerdo que es este, la corrupción, uno de los más graves problemas de los muchos que aquejan al país. Aquí el qué es impecable.

Sin embargo, el cómo deja mucho que desear. Hay un combate a la corrupción, sí, pero sin perseguir a los corruptos. La cereza de este pastel de las contradicciones la colocó recientemente el fiscal general de la República, Alejandro Gertz Manero, al negarse a informar sobre los avances en la investigación de los sobornos pagados por Odebrecht, anunciando poco después que en 2017 México se comprometió “a no ejercer ninguna acción
civil, administrativa o penal en contra de los funcionarios de la empresa Odebrecht”. Así, textualmente.

¿Lucha contra la corrupción respetando acuerdos ilegales firmados en lo oscuro, para asegurar la impunidad de quienes han sido señalados mundialmente como campeones en el reparto de sobornos a cambio de contratos leoninos?

Otro asunto es el del robo de combustible, el huachicoleo, vaya. Es incuestionable la decisión de perseguir a quienes “ordeñan” los ductos de Pemex, pues al hacerlo no solamente dañan
gravemente la economía de la paraestatal, sino a la nación entera. Nadie, a no ser los ladrones de combustible, se
atrevería a criticar la medida.

Pero de nuevo nos topamos con fallas en el cómo. El Gobierno tomó la decisión de combatir el huachicoleo de la manera más simple: cerrando los ductos. Las repercusiones de esta medida causaron graves daños al país por el desabasto de gasolina y diésel en numerosas localidades, obligando, además, a la compra apresurada y sin previa licitación de 671 pipas. El desembolso fue de 92 millones de dólares, al que habrá de sumar el aumento del costo de transportación del combustible.

La lista es larga. En su acostumbrada conferencia de prensa mañanera en Palacio Nacional, el presidente López Obrador se lanzó contra sus antecesores. Los acusó de inmorales. Algunos, dijo, colaboraron al término de su mandato con empresas beneficiadas mientras ellos estuvieron en el poder. Esto, dio a entender, sin ser ilegal, revela negociaciones lesivas al país. La advertencia, el qué, es clara: En México no hay intocables.

Muy bien, si no fuera porque en su lista de expresidentes dañinos a México faltó un nombre (otra vez el maldito cómo). En el señalamiento incluyó desde Ernesto Zedillo, quien dejó el poder hace casi 19 años, hasta Fox y Calderón. Extrañamente, por motivos no explicados, dejó fuera del inventario de la supuesta infamia serial a su antecesor, Enrique Peña Nieto. ¿Estamos ante un olvido imputable a pasajera laguna mental? Quién sabe. Sea como fuere, ya es tiempo de que los qué no se nulifiquen con los cómo.

10 Febrero 2019 03:38:00
Cómo han pasado los años
Andrés Manuel López Obrador no es el primer presidente de México en imponer horarios de trabajo inhumanos a sus colaboradores. Luis Echeverría Álvarez gustaba de organizar reuniones que se prolongaban hasta la madrugada. Sorprendía su capacidad de resistir una retahíla de interminables discursos sin siquiera levantarse para ir al baño. Jamás bostezaba; casi ni pestañeaba.

Don Luis se desatendía de las manecillas del reloj. Igual citaba a los miembros de su gabinete a las seis de la mañana, que les llamaba por teléfono a la oficina a las 12 de la noche, para citarlos a una reunión, las cuales podían prolongarse de forma indefinida. Eso no obstaba para que el presidente entrara en acción al salir el sol.

Esta costumbre –estilo personal de gobernar, como diría don Daniel Cosío Villegas– dio pie a una divertida anécdota posiblemente apócrifa, pero creíble dado el desparpajo del que siempre hacía gala el economista saltillense Horacio Flores de la Peña, a la sazón secretario del Patrimonio.

Eran las 11 de la noche. Estaba don Horacio en su casa viendo televisión cuando recibió una llamada de Los Pinos. El presidente Echeverría se puso al teléfono y con tono de reclamo le dijo:


–Señor secretario, llamé a su oficina hace unos momentos y usted no estaba allí.

–Es correcto, señor presidente, ya estoy en mi casa.

–¿Pues a qué hora deja usted de trabajar, don Horacio? –preguntó Echeverría.

–Normalmente, a las ocho de la noche.

–¿Por qué tan temprano?

–Lo hago por el bien de México, señor presidente.

–¿Cómo? Explíquese.

–Sí, es que me he dado cuenta que después de trabajar ocho horas termino exhausto, y si sigo intentando trabajar empiezo a hacer puras pendejadas, y algunas de ellas pueden resultar muy costosas para el país.

No se sabe cómo terminó aquella conversación, pero cierta o no encierra una gran verdad: el ser humano tiene un límite para mantenerse activo, pues requiere necesariamente de un descanso antes de retomar sus actividades.

López Obrador parece no entender esto. Sus conferencias de prensa mañaneras desvelan por igual a funcionarios que a periodistas, lo que confiere credibilidad a los rumores acerca de las dos o tres renuncias no aceptadas de la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero.

En la Ciudad de México, para estar en Palacio Nacional antes de las siete de la mañana, a cualquiera lo obliga a levantarse a las cuatro y media, una hora infame para quienes terminaron tarde su jornada del día anterior. Quizá funcionarios jóvenes puedan soportar ese ritmo, pero no todos, por supuesto.

La señora Sánchez Cordero y varios de los colaboradores cercanos del Presidente no son unos jovencitos. Algunos de ellos ya peinan canas desde hace muchos años. Es el caso de Javier Jiménez Espriú, secretario de Comunicaciones y Transportes, quien este año apagará 82 velitas en su pastel de cumpleaños. Dos años menor es el fiscal general de la República, Alejandro Gertz Manero. Él cumplirá 80 en octubre.

En una entrevista, Joaquín López-Dóriga preguntó a la secretaria de Gobernación cuánto tiempo podrá aguantar el actual ritmo de trabajo. Ella no respondió. Sin embargo, la pregunta sigue en el aire y podría hacerse a otros miembros del círculo más cercano de López Obrador o incluso a él mismo. Echeverría iba a cumplir 49 años cuando asumió la Presidencia; López Obrador, 65. Y definitivamente no es lo mismo los tres mosqueteros que 16 años después.
03 Febrero 2019 04:10:00
Renunciar al liderazgo
El que dos instituciones que por largas décadas han formado parte de la vida de Saltillo –el equipo de beisbol Saraperos y el Casino– se encuentren en crisis, sobreviviendo apenas bajo la amenaza de desaparecer, revela los profundos cambios socioeconómicos operados en la ciudad a causa de su galopante entrada en la modernización.

El Casino de Saltillo es parte de la historia de la ciudad, y ha sufrido sus avatares. Durante más de un siglo fue punto de encuentro de las élites económicas y sociales saltillenses.

Nació como Casino Militar a instancias del entonces Gobernador provisional general Carlos Fuero, uno de los militares que mandaba a Coahuila Porfirio Díaz cuando los asuntos políticos se embrollaban. Originalmente funcionó en la esquina sudoriental de la calle Hidalgo, donde hoy están las oficinas de una funeraria. Su edificio fue incendiado por el general huertista Joaquín Maas en mayo de 1914, cuando las tropas de Francisco Villa estaban a punto de entrar a la ciudad.

El esfuerzo y la decisión de sus socios hicieron posible la construcción del nuevo edificio que hoy es uno de los más emblemáticos del centro histórico.

El Club Saraperos, heredero de una larga tradición beisbolera que se remonta a los Pericos y el Club 45 que jugaba en el viejo estadio frente a la Alameda Zaragoza, es el único equipo deportivo profesional de la ciudad que cuenta con el arraigo y el cariño de una fanaticada leal. Los intentos de promover el futbol profesional, y hace años el basquetbol, quedaron hasta ahora en buenos deseos. Plaza beisbolera por excelencia, la capital de Coahuila se ha mantenido al margen de la marea futbolera que inunda al país y parte del mundo.

Según expresión de los enterados, los Saraperos, alguna vez bicampeones en la Liga Mexicana, entraron en una espiral de descomposición debido a dos causas: las malas condiciones del estadio Francisco I. Madero y la errática administración del equipo (confieso ser un fanático del beisbol que sigue los juegos por televisión y rara vez asiste a un estadio, por lo que las opiniones sobre la crisis sarapera han sido recogidas de amigos conocedores).

El Casino, por su parte, es víctima del despoblamiento del Centro de la ciudad y del cambio de la estructura social registrada en los últimos años. En los dos casos llama la atención que la salvación de ambas instituciones dependa ahora de la ayuda gubernamental. ¿Qué sucede con la iniciativa privada, que en su momento reconstruyó el Casino y fundó con éxito el Club Saraperos? ¿Ha perdido interés en los asuntos que atañen a la ciudad? De ser afirmativa la respuesta a la pregunta anterior, estamos ante un fenómeno poco alentador. Sería la renuncia de la iniciativa privada, de los hombres del dinero, a un liderazgo que en otras latitudes rinde magníficos frutos.

Hay ejemplos cercanos. En Monterrey, la iniciativa privada construyó el estadio de beisbol, uno de los mejores de México, y también es obra de ella el espléndido Museo de Arte Contemporáneo. Aquí, en cambio, una de las más exitosas etapas del Club Saraperos ocurrió cuando su propiedad y administración estuvieron en manos de un empresario sinaloense, Manuel Ley, ya desaparecido. La crisis del Casino y la de Saraperos, que buscan su tabla de salvación en el Gobierno, es señal poco optimista. Hacer dinero en Saltillo dándole la espalda a Saltillo no nos augura nada bueno para el futuro.

27 Enero 2019 03:58:00
Doctrina obsoleta
Ante la crisis de Venezuela y la condena de decenas de países a la muy cuestionada reelección de ese perverso folclórico llamado Nicolás Maduro, el Gobierno de Andrés Manuel López Obrador buscó en el desván una empolvada Doctrina Estrada de la no intervención, y la enarboló para justificar la muy ambigua posición adoptada por México frente al problema
venezolano.

Esta decisión ha sido cuestionada por comentaristas nacionales y extranjeros, considerando la Doctrina Estrada obsoleta ante la nueva realidad del siglo 21, cuando la globalización impide, a menos de querer asumir los graves riesgos que eso lleva implícitos, encapsular a las naciones y sustraerlas de la corriente mundial.

Hay razones históricas para, al menos, revisar los postulados de la Doctrina Estrada, cuya pertinencia es muy discutible ante una realidad que convierte en internacionales muchos de los problemas que hoy nos aquejan. Sobran los ejemplos: la migración en masa, de la cual nuestro país es hoy escenario, el narcotráfico, el lavado de dinero y muchos asuntos más. Don Genaro Estrada tuvo en su momento buenas razones para defender la no intervención del Gobierno en asuntos internos de otras naciones. En el fondo, su doctrina constituía un arma ideológica de autodefensa.

La política del Big Stick, el Gran Garrote, de Teodoro Roosevelt marcó la historia de América Latina buena parte del siglo pasado. Roosevelt consideraba a Estados Unidos como el hermano mayor, el vigilante, de un continente que, del Bravo al sur, era un territorio de revoltosos a los que había que poner en orden. Las invasiones a los países que no marchaban de acuerdo a los intereses estadunidenses se exponían a una invasión de marines.

Como acertadamente lo recuerda en reciente artículo el historiador Alejandro Rosas, en la década de los 30 del siglo anterior, México tenía frescas en la memoria dos invasiones recientes y una lejana, pero dolorosísima, la de 1846-1848, que le costó al país la mitad de su territorio. En abril de 1914, barcos norteamericanos bombardearon Veracruz y se apoderaron del puerto. El pretexto era lo de menos. Los vecinos del Norte adujeron dos: un incidente ocurrido en Tampico entre militares mexicanos y marinos norteamericanos –del que México ya había ofrecido disculpas– y el presunto desembarco de armamento alemán destinado al Gobierno de Victoriano Huerta, que EU no reconocía.

Dos años después, en marzo de 1916, 10 mil soldados bajo la bandera de las barras y las estrellas entraron a territorio nacional. Esta vez el pretexto fue perseguir y capturar a Francisco Villa, para castigarlo por el ataque al pueblo de Columbus, Nuevo México, perpetrado por sus hombres. Lo infructuoso de la Expedición Punitiva, que regresó a su nación con la cola entre las patas, no borró la sensación de indefensión del país ante el Gran Garrote.

Por otra parte, cuando se ha creído necesario, México dejó a un lado la Doctrina Estrada. Así lo hizo en los 30 del siglo pasado uno de los santones de la Cuarta Transformación, el general Lázaro Cárdenas, al desconocer el régimen de Francisco Franco en España, con quien rompió relaciones.

Este hecho le ganó a Cárdenas el respeto internacional, y México fue ejemplo de solidaridad humanitaria al recibir a miles de republicanos que huyeron del terror franquista.
Hoy, en cambio, a más de 70 años, la neutralidad de López Obrador, en cambio, no redituará nada bueno a la imagen del país. Nadie admira a las avestruces que esconden la cabeza.
20 Enero 2019 04:00:00
Detonante
Hace 60 años, un muchacho saltillense interesado en la historia tenía la posibilidad de explorar las tres únicas ruinas que sobrevivían en la ciudad: la capilla de Landín, el Fortín de Carlota, en la prolongación de la calle de Allende al sur, y el Fortín de los Americanos, en la loma cercana al Ojo de Agua.

La iglesita de Landín, reproducida en la portada de uno de los libros de Miguel Alessio Robles, ya destechada, conservaba su portadita barroca y dos paredones laterales. Del fortín construido por los franceses durante la Intervención únicamente quedaba entonces una pared de adobe, aprovechada por un vecino como parte de su casa.

El Fortín de los Americanos, construido por los norteamericanos durante la invasión a nuestro país, era sin exagerar, una letrina maloliente. Del fortín quedaban dos o tres muros, también de adobe. El tiempo, la lluvia, el viento y el desinterés por conservar esa modestísima instalación militar acabaron por convertirla en polvo. Desapareció. Hoy puede verse únicamente en amarillentas fotografías antiguas.

En los años 70 del siglo pasado, el gobernador Óscar Flores Tapia decidió dignificar el sitio. Para hacerlo, maquinaria pesada convirtió la loma en una meseta y se construyó la que fuera bautizada como Plaza México o el Mirador. Se removieron muchas toneladas de tierra. Años después se supo que durante los trabajos se encontraron restos de soldados norteamericanos muertos posiblemente de alguna enfermedad –en el lugar no se registró ninguna batalla durante la invasión–, y sepultados en las inmediaciones del fuerte.

Juan Pablo Rodríguez, presidente municipal en aquellos años, contaba que, en una operación con visos de extraoficial, un avión de la Fuerza Aérea estadunidense voló a Saltillo para repatriar los restos y llevarlos a un cementerio del Ejército.

Con una ubicación privilegiada que domina el valle, el fortín fue utilizado por fuerzas de don Victoriano Cepeda para defender la ciudad en noviembre de 1871 de los seguidores del Plan de La Noria comandados por Jerónimo Treviño. Los atacantes sitiaron Saltillo tres semanas. Finalmente capturaron el fortín y los otros dos puestos defensivos ubicados en el promontorio de la iglesia del Calvario y en la Plaza de la Marqueta, hoy Plaza Madero, en la esquina de Aldama y General Cepeda.

En marzo de 1913, el lugar fue escenario de un combate entre los carrancistas y las fuerzas federales acantonadas en la ciudad. Los hombres de Carranza fueron derrotados, y el Varón de Cuatro Ciénegas se retiró al norte para lanzar en la Hacienda de Guadalupe su plan revolucionario.

La obra realizada por el Gobierno de Flores Tapia tuvo la virtud de dignificar un área olvidada. La Plaza México se convirtió, gracias a ello, en un sitio atractivo.

Transcurrieron cuatro décadas y pocas autoridades se ocuparon del Ojo de Agua. En el Gobierno de Humberto Moreira se entubaron las fétidas aguas negras que por años corrieron a cielo abierto a lo largo de la calle Libertad, a un costado de la iglesia. Siendo presidente municipal Óscar Pimentel, se construyó una réplica del arranque del acueducto que surtía de agua a Saltillo, y en el trienio de Fernando de las Fuentes hubo el remozamiento de una pequeña plaza.

Ahora se despertó una controversia a propósito de la instalación de una torre en terrenos del Mirador. En lo personal, y sin afán de iniciar una polémica, espero que las obras no sólo queden en la construcción de la torre, sino que constituyan el detonante de un proyecto más amplio de recuperación, tan urgente en esa zona.

13 Enero 2019 03:30:00
Echándole gasolina a la lumbre

El desabasto de hidrocarburos, secuela de la lucha emprendida por el Gobierno federal contra el robo de combustibles, provoca problemas en varias ciudades del país, entre ellas la capital. Las demoras o incluso el descontento, a veces irritación, de automovilistas y transportistas son consecuencia lógica de esta escasez, pero no el problema más grave.

La irritación expresada a través de todos los medios es un mal menor si se le compara con el peligroso fenómeno de la polarización de la sociedad. A propósito del desabasto, el país se ha dividido en dos bandos al parecer irreconciliables: los que apoyan a ultranza y sin discusión al régimen encarnado en el presidente Andrés Manuel López Obrador, y quienes consideran el problema el anuncio de un Gobierno cuyo destino manifiesto es el desastre. Unos y otros, en especial a través de las redes sociales, están empecinados en convertir el asunto en una guerra. Más con el hígado que con la razón exponen, no sus argumentos sino sus convicciones.

No se trata de debatir, la intención es confrontar e insultar. Si usted se queja del desabasto, es un conservador, cómplice de los delincuentes o adorador del viejo sistema político –un asqueroso prianista–, que prefiere nos roben a perder tiempo en espera de que le surtan de combustible, cuando deberían caminar, utilizar el transporte público o montarse en una bicicleta. Por su parte, aquellos que defienden y confían en López Obrador son, para los descontentos, individuos no pensantes, manipulables, fascinados por la figura del tabasqueño. Lo peor es que la distancia entre los dos campos abrió una brecha que se ahonda cada día más, sin vislumbrarse cómo pueda darse un entendimiento.

La falta de claridad en los pasos a seguir es, a no dudarlo, un poderoso ingrediente para esta polarización, atizada, además, por la ambigüedad de los miembros del gabinete. La declaración de la secretaria de Energía, Rocío Nahle García, en el sentido de que el desabasto durará “el tiempo necesario”, no es para tranquilizar a nadie. Tampoco ayuda la incomprensible mudez del director de Petróleos Mexicanos, Octavio Romero Oropeza, quien ni siquiera contesta el teléfono cuando le llaman los gobernadores.

Gracias a esas ayudas, el peso de la crisis y el consecuente desgaste recae por entero en la espalda del presidente López Obrador y sus tempraneras conferencias de prensa, durante las cuales trata, sin mucho éxito, de explicar el porqué de la crisis. Sin embargo, tampoco es en esos encuentros con los periodistas donde se aclara la situación. Una de esas mañanas, el Presidente anuncia el cierre de un ducto a causa de dos actos de sabotaje, pero sin ofrecer mayores datos. Ante una revelación de este calibre cualquier reportero que se respete intentará obtener respuesta a las cinco preguntas básicas que le enseñaron en la primera clase de periodismo: ¿qué?, ¿quién?, ¿cómo?, ¿dónde?, ¿cuándo?

De las cinco preguntas sólo hay una vaga respuesta a la primera: ¿Qué sucedió? Bueno, se registraron dos actos de sabotaje en el ducto de hidrocarburos conectado a la Ciudad de México. Y estas no son las únicas interrogantes sin respuesta: ¿Por qué hay una decena de barcos cargados de combustible producido en Estados Unidos anclados frente a puertos mexicanos? ¿Cuál es la razón para no descargarlos? ¿Cuánto le cuesta a Petróleos Mexicanos la inmovilidad de los buques?

El desabasto, esperemos, terminará algún día, pero el encono subsistirá. Eso es lo peligroso.

06 Enero 2019 04:08:00
Izquierdas vs izquierdas
El estrepitoso rompimiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional con el presidente Andrés Manuel López Obrador manifestó una debilidad congénita de la izquierda mexicana: su incapacidad para mantenerse unida. Sólo repite la historia de enfrentamientos intestinos en esa corriente política. Desde los tiempos del Partido Comunista, las “purgas” de miembros han sido una constante. Víctima de esas depuraciones fue uno de los prohombres del comunismo en nuestro país, el pintor Diego Rivera. En 1929 lo expulsaron del partido acusándolo de trabajar para el Gobierno, considerado un órgano proimperialista y anticomunista.

Aunque el distanciamiento del EZLN y López Obrador no es reciente, es ahora cuando el subcomandante Marcos enfrenta de manera abierta al Presidente. Desde 2003 había marcado distancia al acusarlo de utilizar el puesto de Jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal como “trampolín político para la silla presidencial”. Años después, durante la campaña preelectoral, los zapatistas anunciaron que no se sumarían a la del candidato de Morena.

El subcomandante Marcos, hoy Galeano, eligió una fecha doblemente emblemática para hacer el belicoso pronunciamiento contra López Obrador: el 25 aniversario del levantamiento chiapaneco y el arranque del año en el que el Gobierno federal se apresta a conmemorar por todo lo alto el centenario del asesinato de Emiliano Zapata.

Marcos se lanzó contra dos proyectos icónicos del actual Gobierno: el Tren Maya y la plantación intensiva de árboles frutales y árboles maderables. Si bien consideró ambos proyectos una indeseada intrusión en “su territorio”, descalificando de antemano la consulta con la que el Ejecutivo federal pretende el aval popular para llevarlos a cabo, en realidad los ataques apuntan directamente a la persona de López Obrador, a quien llamó, entre varias cosas, loco y mañoso.

En otras palabras, en el fondo del pleito hay cuestiones ideológicas. De nueva cuenta, el tema son las viejas pugnas intestinas de la izquierda nacional. Diego Rivera fue expulsado por su vacilante estalinismo. Hoy, 90 años después, al radicalismo del Ejército Zapatista no le convence la moderación gubernamental. El pretexto ya no es José Stalin sino en qué punto del cuadrante ideológico se coloca el izquierdismo de unos y de otros. Desde la visión de los guerrilleros chiapanecos, el Presidente resulta excesivamente fifí, para usar la clasificación lópezobradorista.

A poco más de un mes de haber asumido el poder, el presidente López Obrador encara el que se perfila ya como uno de los más grandes retos de su Gobierno. El EZLN le abrió un frente no previsto. El fuego esperado partiría de la derecha, del conservadurismo, para seguir con el lenguaje puesto de moda en las altas esferas políticas. Era lo lógico. Sin embargo, es desde el otro extremo, la izquierda radical, de donde disparan los torpedos, hasta hoy retóricos.

Los críticos del Presidente han insistido en la inviabilidad del Tren Maya, al que algunos consideran encarrilado directamente al fracaso. Quienes así piensan escriben desde sus oficinas y bibliotecas de la Ciudad de México y otras urbes. Tales argumentos resultaban previsibles. Pero con el discurso del EZLN, el repudio al proyecto se incuba en uno de los sectores que eventualmente saldrían beneficiados y, además, de un grupo que, al menos en teoría, enarbola la misma bandera ideológica que el Gobierno. ¡Vaya problema!

30 Diciembre 2018 04:08:00
Año 2018
El ya agonizante 2018 trajo al país un cambio de Gobierno que por un lado sembró esperanzas en muchos y, por el otro, provocó desazón y temores en no pocos. El arribo de Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia de la República marcó, indudablemente, un cambio drástico en lo que don Daniel Cosío Villegas llamaba el estilo personal de gobernar. A partir del día de las elecciones, el tabasqueño acaparó reflectores sin que nadie le disputara el sitio en el proscenio de la vida nacional.

El anterior mandatario optó por esfumarse, al igual que todo su equipo. Extrañamente hicieron mutis antes de que cayera el telón.

Así las cosas, puede decirse que López Obrador, por primera vez en la historia moderna de México, tendrá un sexenio atípico, de seis años y seis meses. En su calidad de presidente electo anunció programas y tomó decisiones que concretaría en acciones al tomar posesión del poder.

Asediado por malos augurios, su todavía jovencísimo gobierno principió a una velocidad que no se veía desde el sexenio de Luis Echeverría Álvarez. Al Presidente parece urgirle fundar su Cuarta Transformación, para lo cual es necesario una demolición de formas y usos consagrados por la tradición.

En unas cuantas semanas puso en marcha dos obras insignias de su mandato: el Tren Maya y la nueva refinería; fue sahumado después de la ceremonia de toma de posesión, le pidió perdón a la Tierra, cambió el logotipo del Gobierno federal, desechó el proyecto en marcha del aeropuerto de Texcoco, abrió las puertas de la antigua residencia oficial de Los Pinos, nombró delegados en todas las entidades del país, desmintió a uno de sus colaboradores, cambió la Constitución para contratar a otro, emprendió un combate frontal contra la “ordeña” de combustibles y en sus discursos abrió varios frentes de batalla con los conservadores, la prensa fifí, los canallas y los mezquinos, entre otros.

Ha sido un arranque meteórico en el que las prisas llevan a veces a decisiones precipitadas que después hace necesario rectificar, como el error mecanográfico que privó de autonomía a las universidades y el recorte del presupuesto destinado a estas instituciones.

De  cualquier manera, es demasiado pronto para hacer un juicio ponderado sobre los resultados de estas urgencias. Lo único cierto es que López Obrador se ha propuesto ser un mandatario diferente. Esperemos.

Recuento

El fin de año es una invitación a hacer un recuento de los 12 meses que dejamos atrás. Sopesar errores, aciertos, si los hubo, y omisiones.

En lo personal, este 2018 quedó marcado por despedidas dolorosas. Las filas de amigos se clarearon debido a la partida de algunos de ellos. Hubimos de decir adiós al arquitecto Ricardo Dávila, apasionado de la historia e incansable buscador de vestigios del pasado. También partió Eduardo Guajardo Elizondo, amigo generoso y conocedor como pocos del paso de los insurgentes por el estado de Coahuila, sobre lo cual escribió un documentado libro. Otra pérdida fue la inesperada muerte en la Ciudad de México de Eduardo Rogelio Blackaller, pianista, experto en arte, en las obras de Carlos Marx y en los buenos vinos.

Todos ellos dejan recuerdos imborrables, algunos ligados a mi juventud y a interminables conversaciones y discusiones frente a una taza de café en el restaurante Élite de Jesús Martínez. Muchos recuerdos. Buenos recuerdos.

Si usted, lector, ha tenido la paciencia de llegar hasta aquí, le deseo que 2019 sea de salud, armonía y logros. ¡Felicidades!


23 Diciembre 2018 04:08:00
¿Y la cultura?
La reducción en las partidas destinadas a la promoción de la cultura en el presupuesto federal para el próximo e inminente 2019 es una pésima señal. No fue la única, pero el recorte a las universidades públicas lo corrigió casi de inmediato el presidente Andrés Manuel López Obrador. Esta urgente rectificación del error (producto de las prisas, otra vez) fue dictada por cálculo político. El descontento estudiantil es aquí y en cualquier parte altamente inflamable. Hoy mismo, en Francia, el presidente Emmanuel Macron enfrenta manifestaciones de repudio de jóvenes estudiantes cuya beligerancia hace recordar a los analistas el mayo de 1968, movimiento trasplantado en México con el epílogo sangriento de la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco.

En Francia, Macron, elegido apenas el año anterior por una mayoría aplastante, ha visto hundirse el índice de su popularidad a causa del descontento juvenil. Es imposible saber si López Obrador pensó en los desmanes perpetrados por los llamados chalecos amarillos franceses cuando decidió enmendar el yerro e invalidar la parte del presupuesto relativo a las universidades públicas. Sea como fuere, el anuncio desactivó una bomba.

Desafortunadamente, la rectificación del error en lo que se refiere a las universidades no se hizo extensivo a la cultura. Y es que ya se volvió costumbre que, a la voz de ahorrar, los encargados de los dineros públicos meten primero la tijera a las actividades artísticas y de alta cultura. Piensan que se trata de gastos superfluos y, por lo tanto, fácilmente prescindibles. Lo prioritario, creen, son otros renglones del gasto público. Montar exposiciones, editar libros, organizar conferencias, conciertos, editar libros o apoyar a jóvenes creadores reportan, según ellos, beneficios difusos, inaprensibles y discutibles.

Están equivocados. Por principio, las manifestaciones culturales realizadas con el auspicio del Gobierno constituyen un reforzamiento no formal a las tareas educativas. Las exposiciones, conferencias, conciertos y demás actos capaces de ampliar el horizonte del conocimiento y afinar la sensibilidad, constituyen, además, la forma idónea de estructurar y afirmar la identidad, nuestra pertenencia a un lugar en un tiempo determinados. En pocas palabras: a ser lo que somos.

Un pueblo carente de fuertes raíces culturales está fatalmente destinado a desaparecer sin dejar rastro en la historia. Más hoy, cuando el asedio a la propia identidad cuenta con innumerables vías de comunicación y la arrolladora marea globalizadora es capaz de arrasarnos. Si no afianzamos nuestros valores culturales, la poderosa influencia de costumbres y hasta del idioma del vecino del norte nos condenará más temprano que tarde a volvernos gringos de tercera.


Porque México no es sólo sus montañas, sus ríos, sus playas, sus contrastantes paisajes que van desde la impenetrable selva tropical hasta las llanuras desiertas del norte. Es también su historia, sus músicos, sus poetas y escritores, sus pintores, escultores, arquitectos, grabadores, cineastas, dramaturgos y actores.

¿Qué es México hoy ante los ojos de los extranjeros? México es un país con nombres y apellidos: Octavio Paz, Frida Kahlo, Alfonso Cuarón Orozco, Diego Rivera, Guillermo del Toro, Francisco Toledo y, por supuesto, los impresionantes vestigios de nuestras antiguas culturas.

En eso deberían meditar quienes se encargan de repartir los escasos dineros de la nación.

16 Diciembre 2018 03:05:00
Las prisas
La frase es bien conocida. Algunos aseguran que fue Augusto el Primero en pronunciarla. Otros la acreditan a Carlos III y no pocos a Napoleón. Sea quien fuera el que dijera a su ayuda de cámara “Vísteme despacio porque tengo prisa”, demostró que sus neuronas funcionaban perfectamente. Los apresuramientos, lo advierte un personaje de La Guerra y la Paz, de Tolstoi, solamente conducen a la demora.

“Vísteme despacio porque tengo prisa” es una sentencia que debería estar grabada en placas metálicas colocadas sobre el escritorio de los principales colaboradores del presidente Andrés Manuel López Obrador. Esto viene al caso por el envío al Congreso de la iniciativa del Jefe del Ejecutivo para derogar la reforma educativa.

Aunque se trata de un error fácilmente remediable, las prisas produjeron un escandaloso error al no incluir el inciso del Artículo Tercero Constitucional relativo a la autonomía de centros de estudios superiores que disfrutan de ese estatus, lo cual dio pie a pronunciamientos de numerosas universidades, entre ellas la de Coahuila.

El secretario de Educación Pública, Esteban Moctezuma, hubo de salir a dar la cara e intentar explicar la involuntaria omisión, achacándola a un error mecanográfico. Un error de dedo, como se dice en la jerga periodística.

Ante esto, provoca extrañeza que ninguno de los miles de empleados y funcionarios de la SEP se haya percatado de lo mal redactado del documento.

El “error de dedo” fue fácilmente subsanable y la incomprensible falla quedará finalmente para la anécdota. Bastará enviar al Congreso de la Unión un nuevo texto que incluya el inciso olvidado.

Sin embargo, todas las explicaciones no borran la sensación de que en ciertas altas esferas del Gobierno federal se está actuando con un apresuramiento peligroso. De haberse tomado el tiempo necesario, seguramente en una última revisión a la iniciativa habrían caído en cuenta de la falla, como de inmediato la advirtió el diputado Juan Carlos Romero Hicks.

Parecería que el interés de poner en marcha de inmediato la Cuarta Transformación está dando tropezones debido a la urgencia de cambiar de un día para otro las cosas, dejar todo como tabla rasa para empezar a construir un nuevo país.

Como lo expresó Manuel Gil Antón, profesor del Centro de Estudios Sociológicos del Colegio de México, en una entrevista para la radio: “Así no se hacen las cosas porque demeritan lo que puedan hacer en el futuro. No deben improvisar, pareciera que están haciendo las cosas de prisa. Deben tomarse el tiempo de leer antes de darlo a conocer”.

Más adelante recomendó al Gobierno federal crear un aparato de redacción que esté con ellos desde el principio, “porque esos errores no deben ocurrir y deben cuidarse las formas”. ¿No existirá ya un indispensable aparato como el que propone crear Gil Antón? Debe de existir, pero en esta ocasión no se le turnó el borrador o ni siquiera se le tomó en cuenta, lo cual condujo a poner en evidencia al todavía flamante secretario de Educación, y lo que es más delicado, a su jefe, el Presidente, quien fue el que estampó su firma al calce del documento.

Este es uno de esos tropiezos que deterioran la credibilidad sobre la seriedad y fundamentación de las propuestas. Si tienen prisa por volver realidad la Cuarta Transformación, es necesario que hagan las cosas despacio, meditarlas y madurarlas antes de, como dice el corrido de Benjamín Argumedo, mostrarlas “en público de la gente”.
09 Diciembre 2018 04:06:00
En busca del verdadero Díaz
El historiador Edmundo O’Gorman afirmaba que no hay ocupación más inútil y estúpida que regañar a los muertos. En eso estaba de acuerdo con Juanita, mujer tlaxcalteca de edad que hace ya muchos años se dedicaba en Saltillo a “lavar ajeno”, como antes se decía. Entre sus clientes se encontraba mi señora madre. Esto me daba oportunidad de entablar largas conversaciones con ella, quien era una enciclopedia acerca de la vida y milagros de muchas familias. Sin embargo, Juanita observaba una regla de oro: jamás hablaba de personas ya fallecidas. Al preguntarle cuál era la razón de esa norma autoimpuesta, explicaba: “Yo no les pego a las calaveras. ¿Pá, qué?, pos al cabo ni moretón les saco”.

O’Gorman y Juanita acudieron a mi memoria la semana anterior, cuando hubo la oportunidad de asistir a la presentación del segundo tomo de la biografía de Porfirio Díaz, La Ambición, de Carlos Tello Díaz. Tataranieto de don Porfirio, él ha escrito dos gruesos volúmenes, y trabaja en un tercero, acerca de la vida de su ancestro. Pero no para reivindicar su figura histórica. Mucho menos para emprender la defensa del personaje, sino simplemente tratar de explicarse y explicarnos las circunstancias y los claroscuros del venerado héroe del 2 de abril y el odiado –por la historia oficial– dictador en que después se convirtió.

A sus 56 años, Carlos Tello Díaz tiene tras de sí una vida de novela. Nacido en Inglaterra y graduado en las universidades de Oxford y de la Sorbona, sus inquietudes intelectuales e ideológicas lo llevaron a estudiar en su propio terreno a la revolución en Nicaragua, a navegar por el Amazonas y a ser puntual observador y cronista del levantamiento zapatista, sobre el cual escribió una crónica histórica ya clásica: La Rebelión de las Cañadas.

Saltó a la fama en 1993 con un libro cuya lectura resulta apasionante, El Exilio. Un Relato de Familia. En él reseña los avatares de Porfirio Díaz después de su renuncia a la Presidencia de la República. Sigue paso a paso la estancia del exdictador en Francia, donde se le rindieron honores oficiales en reconocimiento al humanitarismo con que trató a los vencidos durante la Intervención Francesa.

El segundo volumen de la biografía de su tatarabuelo, al igual que el primero, es un ejemplo de rigor histórico. Fanático de la exactitud de los detalles, no sé cuántas veces se comunicó con Lucas Martínez Sánchez y con quien esto escribe, para afinar las páginas dedicadas al paso de Díaz por Coahuila después de su desastrosa batalla en Nuevo León. Esa derrota que le valió el mote de “El llorón de Icamole”.

Su ponderación se puso a prueba al abordar la rebelión de Veracruz, en 1879, cuando, se dice, Díaz envió al gobernador de ese estado, Luis Mier y Terán, un telegrama cifrado ordenando matarlos en caliente. Si bien esta frase nunca la escribió don Porfirio, señala Tello Díaz, en el mensaje enviado a Mier y Terán sí le ordenó acabar con los alzados en forma inmediata. Ni justificar ni mucho menos soslayar. El historiador se limita a exponer los hechos.

Porfirio Díaz. La Ambición aporta datos desconocidos sobre la lucha del oaxaqueño por alcanzar el poder mediante las dos rebeliones que encabezó. Y, como ya se decía, no se trata de reivindicar o ensalzar al personaje ni sacarlo del infierno al que lo condenó la historia oficial para elevarlo a un altar, sino de comprender motivaciones y acciones de un actor clave en la historia de México.

02 Diciembre 2018 04:07:00
Todos: máximo logro
“Todos” fue la palabra clave del Primer Informe de resultados rendido el viernes por el gobernador Miguel Ángel Riquelme Solís. Palabra clave y logro significativo. Un año atrás, después de las elecciones más competidas de la historia y una polarización política inédita en Coahuila, en el horizonte próximo parecía se acumulaban los negros nubarrones de la división. Hubo quienes, echando mano de los datos inmediatos, pronosticaban un estado partido en dos en el que las posiciones de unos y otros se convertirían en irreconciliables. Por fortuna, se equivocaron.

Con un Congreso donde la oposición superaba a los representantes de su partido y tres de los cuatro ayuntamientos más poblados serían gobernados por ella, el camino para el nuevo Gobierno se antojaba cuesta arriba, plagado de escollos. Pero fallaron los augurios catastrofistas.

Doce meses después, y en una coyuntura nacional sembrada de incertidumbre, el gobernador Riquelme Solís se dirigió a una sociedad coahuilense que no perdió el paso para avanzar hacia adelante a causa de disputas estériles. Hay diferencias, por supuesto. La unidad monolítica es imposible y, además, indeseable. La pluralidad, en cambio, resulta fecunda cuando no se convierte en confrontación, en choque o desgarramiento.

Desde el primer día de su mandato, el gobernador Riquelme Solís dio muestras de su talante conciliador y la asistencia al informe confirmó la eficacia de su trabajo político. Uno al lado de otro entraron al aula magna de Ciudad Universitaria el priista Jaime Bueno Zertuche, presidente de la Junta de Gobierno del Congreso del Estado y Marcelo Torres Cofiño, quien coordina la fracción parlamentaria de Acción Nacional en la actual legislatura.

Más allá, el presidente panista de Torreón, Jorge Zermeño Infante –quien incluso mereció un reconocimiento público por parte del Jefe del Ejecutivo– estuvo sentado junto a Rodrigo Fuentes, líder del PRI estatal. Tampoco faltaron los alcaldes surgidos de colores partidistas distintos a los del gobernador. Un escenario impensable 12 meses atrás.

El “todos” en el que insistió en su informe el gobernador, ha sido la piedra angular a partir de la cual le ha sido posible construir el primer tramo de su sexenio con un saldo de logros indiscutibles. La atracción de empresas, el mantenimiento de una paz social contrastante con lo ocurrido en otros estados y, la modernización y adelgazamiento del aparato de gobierno son logros fincados en las relaciones armónicas de los distintos actores y los llamados poderes fácticos.

Otro factor ha sido, sin duda, la preocupación del ingeniero Riquelme Solís por hacer presencia en todos los municipios, y por realizar una equitativa distribución de los recursos disponibles sin hacer distingos del sello partidista de los ayuntamientos en funciones. Es de llamar la atención que ningún presidente municipal se haya quejado de falta de atención por parte del Gobierno del Estado.

Haciendo honor

En sus declaraciones acerca de la disposición de su Gobierno de colaborar con el nuevo presidente Andrés Manuel López Obrador, pero exigiendo al mismo tiempo un trato justo para Coahuila, el gobernador Riquelme Solís hizo honor a la memoria del Chantre don Miguel Ramos Arizpe, padre del federalismo. Los coahuilenses tenemos la obligación histórica de hacer respetar el pacto federal y enfrentar cualquier intención de vulnerar la soberanía mediante acciones centralistas.


25 Noviembre 2018 04:00:00
Visión y experiencia
El regreso de Óscar Pimentel González a la administración pública de Saltillo, después de 12 años de ausencia del estado, es, desde cualquier punto de vista, noticia positiva. Su amplia experiencia política y administrativa habrá de rendir buenos frutos, por lo que su incorporación en el equipo del alcalde Manolo Jiménez debe calificarse como un acierto. Más, cuando las responsabilidades de la encomienda están íntimamente relacionadas con el futuro de nuestra ciudad.

En su paso por la secretaría de Educación y por la Presidencia Municipal de Saltillo, Pimentel González demostró no sólo capacidad. También la imaginación y audacia indispensables para ejecutar acciones innovadoras, algunas de ellas llevadas a cabo asediadas por la crítica.

En ese sentido, su espíritu renovador introdujo cambios que al paso del tiempo acabarían demostrando sus bondades. Un ejemplo: cuando ahora nos subimos a un vehículo, en automático nos colocamos el cinturón de seguridad. Es, por así decirlo, un acto mecánico, casi inconsciente.

Olvidamos que no siempre fue así. Durante la Administración municipal de Pimentel González se volvió obligatorio el uso del cinturón, que pocos acostumbraban utilizar. En aquellos días los agentes de Tránsito dedicaban buena parte del tiempo a vigilar que automovilistas y copilotos cumplieran la entonces novedosa e impopular disposición.

Se pensarán que cosas como esta son pequeñeces. Sin embargo, no abundan las acciones gubernamentales capaces de cambiar los hábitos de los ciudadanos, normalmente renuentes a acatar los ordenamientos de la autoridad. Imposible calcular el número de vidas que este ordenamiento ha salvado, no obstante que un buen número de saltillenses se mostraba renuente a aceptar la disposición, calificándola incluso de mero capricho del
alcalde.

Dicen, y dicen bien, que el Diablo está en los detalles. A veces son al parecer pequeños detalles, como el del uso del cinturón de seguridad, los que permiten calibrar la visión y la eficacia de una administración pública.

Hubo otras decisiones de mayor calado. La más audaz de ellas, poner en manos de expertos el servicio de agua potable, hasta entonces administrado, con deplorables resultados, por el Municipio.

La sociedad de la ciudad con Aguas de Barcelona vino a solucionar un problema histórico de Saltillo. Quienes critican esta asociación seguramente no vivieron o ya olvidaron las deficiencias de ese servicio padecidas por la ciudad durante décadas.

La carencia de agua era constante. Hace más de medio siglo, en la casa paterna, a dos cuadras de la Catedral, la escasa agua que llegaba se almacenaba en un depósito al ras del suelo. Carecía de la presión suficiente. Esto nos obligaba a hacer ejercicio: accionar una bomba de mano para llenar el tinaco de la azotea.

Son botones de muestra de una autoridad con mirada hacia el frente. Visión que urge en el Instituto Municipal de Planeación de Saltillo. Es impostergable introducir orden al desarrollo de la ciudad, y no permitir ya más que la ambición de unos cuantos sumada a la lenidad –si no es que la complicidad de otros– decidan a su conveniencia el crecimiento caótico que padece.

En sus primeras declaraciones Pimentel González reprobó que el director del organismo hoy a su cargo devengue un sueldo superior al del alcalde. Al hacerlo, se comprometió a introducir orden en la nómina, orden que requiere también el explosivo crecimiento de nuestra ciudad. Buen principio es barrer la casa antes de emprender proyectos de mayor
envergadura.
18 Noviembre 2018 04:00:00
Transformaciones
Esta celebración del 108 aniversario del inicio del movimiento armado encabezado por don Francisco I. Madero ocurre en momentos cruciales para el país. A punto de un cambio de Gobierno inédito en las formas y novedoso en los planteamientos, el optimismo de unos contrasta con la zozobra de otros. Desde posiciones que se antojan irreconciliables, la polarización del país se convierte en uno de los problemas más graves que se han de enfrentar en el futuro inmediato.

La llamada Cuarta Transformación llega con el indeseable sello de las tres anteriores —Independencia, Reforma y Revolución—: una profunda división de la sociedad. Si en la Independencia las facciones se identificaban como insurgentes y monárquicos, en la Reforma, conservadores y liberales, y en la Revolución, maderistas y porfiristas, en esta cuarta los bandos de “chairos” y “fifís” están separados por una brecha que algunos se obstinan en volver insalvable.

Ante esa realidad se torna pertinente una revisión histórica con objeto de analizar los resultados de las anteriores transformaciones. La Independencia, con todos los merecidos ribetes de heroicidad que la envuelven, acabó como el Rosario de Amozoc. Primero tuvimos un emperador made in México, Agustín de Iturbide, del cual el Congreso se deshizo poco después.

El corolario de la Independencia, no podría ser más desalentador. Con el aval de los diputados, murieron fusilados los dos encargados de consumarla: Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero. Esto fue el prólogo de medio siglo de inestabilidad política. Los gobiernos se sucedían mediante el golpe de estado o el alzamiento armado, hasta llevar a México a una situación de extrema debilidad, la cual condujo a tres intervenciones extranjeras. Decía José Emilio Pacheco que en el siglo 19 los únicos que no invadieron a México fueron los marcianos.

Los liberales de la Reforma lograron una cierta estabilidad, pero lo hicieron a costa de una crudelísima guerra de tres años que desangró al país y lo dejó en tal estado de pobreza que animó a Francia a invadirnos e imponernos un emperador. Gracias a la victoria sobre los franceses y el fusilamiento de Maximiliano, don Benito Juárez recuperó la presidencia de la República.

Sin embargo, cuando buscaba reelegirse de nuevo en 1871, el monolítico partido liberal se fragmentó. Porfirio Díaz fue uno de los liberales molestos por el cariño que Juárez le había tomado a la silla presidencial. Y Díaz pasó del dicho al hecho. Se lanzó a la revolución ondeando el Plan de La Noria. Fracasó, pero aprendió la fórmula y cuando el sucesor de Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada, buscó la reelección, lanzó el Plan de Tuxtepec y se hizo del poder.

Aunque se levantó en armas ondeando la bandera de la no reelección, don Porfirio se mantuvo en la presidencia treinta años —más del doble que don Benito. Envejeció en la silla hasta que un inquieto coahuilense vecino de San Pedro de las Colonias, inspirado por los espíritus, se dio a la tarea de escribir el libro La sucesión presidencial en 1910.

Aquel texto de Francisco I. Madero detonó la tercera transformación, cuyos resultados son bien conocidos. Todos los caudillos que la encabezaron murieron asesinados, principiando por Madero, seguido de Zapata, Carranza, Villa y Obregón. El resto es historia reciente y bien conocida. Sólo esperemos que la cuarta transformación sea, en verdad, de terciopelo, y no arrastre tras de sí las calamidades prohijadas por las tres anteriores.
11 Noviembre 2018 04:00:00
Réquiem por El Tapanco
Fue en 1981, una semana o dos después de que lo inauguraron. El ya desaparecido Roberto Orozco Melo, exsecretario general en el abruptamente concluido Gobierno de don Óscar Flores Tapia, viajaba a España. Iba a tomar un curso en la prestigiada Universidad de Salamanca. Seguramente deseaba poner distancia de Saltillo, donde vivió jornadas amargas antes y después de la petición de licencia de su jefe, que él se encargó de entregar al Congreso.

Éramos solamente tres a la mesa, si la memoria no me traiciona: Roberto, Armando Fuentes Aguirre y este escribidor. La reunión resultó, como de costumbre, previsiblemente disfrutable. Una conversación inteligente salpicada de buen humor. La comida excelente y un par de copas de buen vino se hicieron cargo de acentuar la atmósfera de cordialidad.

Fue hace 37 años. Hoy, el restaurante El Tapanco de la calle Allende, está cerrado. Abandona el Centro. Emigra, como tantas cosas, al norte de la ciudad. La antigua casona de la familia García Villarreal –don Juan y doña Carmen– quedó, dicen, como cuando salió por la puerta el último comensal. Allí están las mesas, las sillas, el patio, los viejos carteles anunciando espectáculos teatrales de un Saltillo de hace 100 años… Todo igual, pero vacío.

El Tapanco fue la concreción del sueño de una bella dama, Margarita García Villarreal. Incansable, imaginativa, se atrevió a convertir la casa paterna en un restaurante donde ofrecer un deleitable maridaje de comida mexicana e internacional. Lo bautizó El Tapanco en memoria de su señor padre, el ingeniero Juan García, quien acostumbraba trabajar en una habitación construida en lo alto del segundo patio.   

Fue un acto de audacia. Reto a la sobada frase de Vasconcelos de que la civilización termina donde comienza la carne asada. Mague, como le llamaban los muchos quienes la querían, apostó a que los saltillenses se habían sofisticado gastronómicamente lo suficiente para dejar, así fuera de cuando en cuando, la arrachera, y disfrutar del lenguado, el pato, el filete chemita o la sorprendente novedad del perejil frito.

No estaba en el carácter de Margarita andarse con medias tintas. Contrató a un chef francés, Jean Louis Cottin, cordon blue para más señas. Alto, delgado, elegante, había llegado a México en 1979 con el sha de Irán, Mohammad Reza Pahlavi, derrocado por revolucionarios. Jean Louis era el cocinero del sha, a cuya muerte decidió quedarse en nuestro país.

Fue él el autor del menú de El Tapanco. Después emprendería negocios propios. Sin embargo, su toque y algunas de sus especialidades permanecieron inalterables, convirtiendo al restaurante en referente de buen comer, no solamente de Saltillo, sino de gran parte del noreste.

Decía el ya olvidado humorista español Enrique Jardiel Poncela, hablando de los cafés, que estos son como las mujeres: los hombres andan con una y con otra hasta encontrar una donde se aquerencian y permanecen. Así nos ocurrió a muchos con El Tapanco, lugar ahora lleno de recuerdos. Cómo olvidar al historiador Friedrich Katz pidiendo quesadillas de huitlacoche, mientras aclaraba: “Aprovecho que estoy aquí, porque en Chicago mi mujer no me permite comer esto”. O a Jorge García Villarreal, el padre “Chapo”, quien solía hacer un ademán con la mano en alto sobre copas y vasos. Sus amigos le preguntaban: “¿Estás bendiciendo la mesa?”. A lo que él, bromista, respondía sonriendo: “No, estoy indicándole al mesero que igual para todos”.

Recuerdos… solo recuerdos.
04 Noviembre 2018 04:00:00
¿De qué te ríes, Catrina?
Cuando hace 115 años José Guadalupe Posada sacó la primera viruta de la placa de metal teniendo en mente lo que debiera ser una calavera fifí falsa (López Obrador dixit), nunca imaginó la trascendencia de su creación. Listo el grabado, ilustró la hoja volante impresa por don Antonio Vanegas Arroyo titulada Remate de Calaveras Alegres y Sandungueras. Lo que Hoy Son Empolvadas Garbanceras, Pararán en Deformes Calaveras.

La Calavera Garbancera original, muchos años después rebautizada como Catrina por Diego Rivera en su mural Un Domingo en la Alameda, luce enorme sombrero adornado con plumas de avestruz y flores. Grabado y texto de la hoja volante son una burla a las mujeres que hace más de un siglo intentaban parecer fifís, siendo, como eran, parte de las clases bajas. “Hay hermosas garbanceras, / de corsé y alto tacón; / pero han de ser calaveras, / calaveras del montón”. Versión jocosa muy acentuadamente mexicana de la terrible frase latina que nos recuerda que del polvo venimos, y polvo volveremos a ser. (Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris).

Lo de garbanceras era un recordatorio de que las emperifolladas damas objeto de las burlas, lejos de pertenecer a la aristocracia eran, en realidad, vendedoras de garbanzo en los mercados populares.

Aunque Posada solamente grabó la cabeza de su calavera, Diego la recreó de cuerpo entero: vestido hasta el tobillo y una boa de plumas que es, en realidad, una serpiente de cascabel. El éxito de la Catrina –ya nadie le llama Garbancera– acabó por convertirse en manía colectiva. Por estos días, multitud de hombres y mujeres se visten y maquillan emulándola, en una suerte de carnaval macabro. El 31 del pasado mes, día del disminuido Halloween, centenares de catrinas y catrines desfilaron por las calles de Saltillo ante el aplauso del numeroso público que se congregó para disfrutar del desfile.

Es este un fenómeno digno de movernos a reflexionar. Difícilmente podemos asociarlo a la tradición del Día de Muertos, la cual posee un profundo sentido religioso, especialmente en el centro y el sur del país, como en Janitzio, donde velan toda la noche, en el sentido literal de la palabra, ante la tumba de sus difuntos. En cambio, disfrazarse de catrín o de catrina está más cerca del show, de la diversión, que del recordar a quienes ya se han ido.

Ataviarse estrafalariamente y pintarse la cara parecería ser la expresión del deseo de ser otro por unas horas: una máscara más de las que habla Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad. Con algo de maquillaje resulta posible romper la aburrida y a veces asfixiante cotidianeidad y, en cierta manera, disfrutar, así sea por unas horas, del irresponsable anonimato. Si somos fingidas calaveras, estaremos a salvo del ridículo, del qué dirán, de las convenciones sociales.

¿Podemos hablar de un anticarnaval? El carnaval, como es sabido, es la exaltación de la carne, del estallido de los sentidos físicos en el umbral de la sombría cuaresma. La Catrina representa, digámoslo así, la sonrisa de desafío a la certeza de la muerte. No se burla de la muerte, se burla de nosotros, de nuestros afanes y de nuestras vanidades, sabiendo, como dice el anónimo autor de los versos de la Garbancera, que tarde o temprano seremos como ella.

(¡Miren lo que acaba uno escribiendo por eludir el tan manoseado tema del aeropuerto de Texcoco y las decisiones del futuro presidente!).
28 Octubre 2018 04:00:00
Improvisación
Es ilegal. Está sesgada. Provocará una convulsión económica semejante al “error de diciembre” del sexenio de Ernesto Zedillo. El peso se irá a pique. Las casillas se ubicaron al antojo y conveniencia del convocante. Es pura farsa. La decisión está tomada de antemano. Con ella, quien debiera tomarla se lava las manos y delega la responsabilidad a un puñado de ciudadanos. Se trata de un ejercicio ciento por ciento democrático. El pueblo es bueno y solo unos cuantos corruptos no descalificarán el sentir de los ciudadanos.

Mentira: la metodología es deficiente, por no decir inexistente. Debemos tomar en cuenta los daños al medio ambiente. ¿Qué prefieren, agua o aeropuerto? Los expertos dicen que… Pero otros expertos opinan que… Los resultados carecerán de validez, pues serán, en el mejor de los casos, expresión de un reducido número de votantes. Atacan el procedimiento quienes tienen intereses económicos en uno de los proyectos. Texcoco sí. Santa Lucía sí. Texcoco no. Santa Lucía no. No tengan miedo, yo, personalmente, convenceré a los contratistas de las bondades de abandonar la obra en marcha.

En medio de una lluvia tormentosa de opiniones en favor y en contra del sondeo, finalmente se llegó el día de ponerlo a prueba. Instalaron las casillas. Algunas personas acudieron a depositar su voto. Empezaron a presentarse las irregularidades. Falló el sistema. Esto permitió que periodistas de distintos rumbos del país votaran no solamente dos veces, sino hasta cuatro y cinco. Las boletas carecen de folio. La tinta indeleble no funciona, desaparece rápidamente.

Más allá de las fallas y el resultado del sondeo organizado por Andrés Manuel López Obrador, hay un problema de fondo por demás inquietante, una ominosa señal sobre el futuro inmediato: la improvisación. Se esté a favor o en contra de un aeropuerto o de otro, la forma de organizar lo que podríamos llamar el primer acto anticipado del próximo Gobierno deja mucho qué desear. Esperemos que este sea un tropiezo imputable a la novatez de los organizadores y no un estilo personal de gobernar, como diría don Daniel Cosío Villegas. Por el bien de México es deseable que en el próximo sexenio no sean el capricho y la improvisación los métodos utilizados a la hora de resolver problemas o planear y ejecutar proyectos. La improvisación rara vez le atina a la decisión correcta. La improvisación y el capricho son una lotería en la que rara vez el participante tiene en la mano el boleto ganador.

Como frase, “Vox populi, vox Dei” resulta contundente y atractiva, pero la historia se ha obstinado en restarle validez. El pueblo no siempre es la voz de Dios. Sufre equivocaciones a veces catastróficas. Sobran los ejemplos: el pueblo alemán que eligió a Hitler como su guía, también llegó a convencerse de que su führer era infalible. La mayoría le creyó que los judíos representaban un peligro para el país y consideró aceptable exterminarlos.

No, el pueblo no siempre tiene la razón. Menos cuando se le consulta de forma tan chapucera como se ha hecho ahora.

LETRAS SUELTAS

A poco más de un mes de tomar posesión de la Presidencia de la República, Andrés Manuel López Obrador se expuso, creo que inútilmente, al desgaste que representó la organización de la consulta popular. Es la primera vez que un candidato electo se atreve a correr tales riesgos. Todos esperaron tener en la mano los hilos del poder antes de dar un paso trascendente. Ya veremos las consecuencias de este apresuramiento.
21 Octubre 2018 04:09:00
Migraciones
La semana que termina estuvo marcada por dos fenómenos de migración. Uno perteneciente a la picaresca política mexicana. La segunda, desgarradora, pone a prueba nuestra solidaridad y espíritu humanitario.

Políticos de larga militancia en un partido que les ofreció toda clase de oportunidades y cargos de elección popular, de pronto descubrieron que en realidad sus simpatías no estaban por el centro o el centro-derecha, sino en la parte izquierda del cuadrante. Si Kafka se hubiera ocupado de nimiedades, podría haber escrito: “Cuando despertó, el diputado azul Luis Fernando Salazar se vio convertido en moreno”.

Estas metamorfosis afectan no solamente a los ahora expanistas, también a antiguos priistas como Javier Guerrero, quien en unos cuantos meses sufrió dos ataques del síndrome de Kafka. Su fracaso en busca de la candidatura del Revolucionario Institucional al Gobierno de Coahuila lo transformó repentinamente en lo que el terreno de los deportes llaman “agentes libres”.

Derrotado en las urnas y en el desamparo partidista por su calidad de candidato independiente, al igual que Luis Fernando Salazar también despertó una mañana pintado de un inconfundible –mas no indeleble, suponemos– tono moreno.

Cambiar de opinión, se asegura, es de sabios, pero estos cambios despiden un tufo marcadamente oportunista. Ha sido una forma de treparse en el cabús de un ferrocarril que avanza incontenible con banderas desplegadas. En otras palabras: “Acercarse a donde calientan gordas”, según el antiguo lenguaje coloquial.

Por supuesto, los dos casos no son los únicos. Se prevé que la migración continúe e incluso se convierta en alud al paso del tiempo, conversiones justificadas por la canónica frase del “Tlacuache” Garizurieta: “Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”.

La otra migración, la de los hondureños que intentaron el viernes entrar por la fuerza a nuestro país con la idea de llegar a Estados Unidos, es un recordatorio más, por si se requería, de la situación angustiosa en la que mal sobreviven y el grado de desesperación de decenas de millares de hermanos centroamericanos. Atrapados entre la pobreza y la violencia, buscan una salida que de antemano saben llena de dificultades y peligros.

Este fenómeno migratorio enfrenta al Gobierno mexicano a un dilema, pues mientras nos rasgamos las vestiduras por el maltrato de que son objeto nuestros paisanos al norte del río Bravo, por el sur detenemos a millares de hombres, mujeres y niños que, empujados por el hambre o por el temor piensan en México como en una tabla de salvación.

Exigirles el ingreso cumpliendo los trámites puede considerarse justo. Sin embargo, no utilizamos la misma vara cuando se trata de connacionales que cruzan la línea fronteriza con Estados Unidos sin contar con los permisos correspondientes.

La avalancha de migrantes hondureños que todavía el sábado pugnaban por abandonar territorio guatemalteco para entrar a México, constituye la versión centroamericana de los ilegales mexicanos residentes en Estados Unidos. Lo único que distingue a unos de los otros es el lugar de nacimiento.

La disyuntiva es clara: o nos solidarizamos con quienes vienen o dejamos de quejarnos de la persecución y vejaciones que sufren nuestros paisanos en el vecino país del norte. Actuar de otra manera es reconocer que ya no somos el “traspatio de EU”, sino el “tapón migratorio de EU”, cuya eficacia, es de temerse, vino a comprobar el secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo.
14 Octubre 2018 04:00:00
Los enemigos en casa
“La desintegración de la familia revolucionaria se efectuaba porque no había en ella una cohesión auténtica: gentes disímbolas habían coincidido al pronunciar el ‘no’ contra el porfirismo; pero en el momento de formular afirmaciones, aparecieron las diferencias de cuna, de educación, de costumbres y de posición social. ¿Qué vinculación perenne podían tener los Madero y los Vázquez Gómez? Se juntaron para combatir contra el general Díaz, pero una vez que había caído el anciano gobernante, cada quien procuró interpretar la Revolución de acuerdo con sus ideas y sus conveniencias”.

En los abrumadores 10 volúmenes de sus Memorias, el controvertido político y periodista Nemesio García Naranjo (Lampazos, NL., 1883-Ciudad de México, 1962) se explicaba así la rápida caída y la muerte de Francisco I. Madero. El párrafo no tiene desperdicio y es aplicable en la actualidad al ver las contradicciones que protagonizan un día sí y otro también los seguidores del presidente electo, Andrés Manuel López Obrador.

Y es que, como decía don Nemesio de la revolución maderista, las pasadas elecciones representaron un rotundo “no” tanto a la continuidad del statu quo como a los dos partidos, PRI y PAN, que habían dominado la escena los últimos tres sexenios.

Este “no” produjo, como en el maderismo, el fenómeno observado por García Naranjo: la suma de fuerzas disímbolas e incluso de ideologías francamente contrapuestas. La zacapela ocurrida en la reunión de maestros en Acapulco, donde miembros del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) y los pertenecientes a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) se dieron con todo, es una muestra de ello.

Ambas organizaciones se vieron de pronto unidas en un fin común de signo lopezobradorista: operar cambios en el sistema educativo y derogar las reformas desarrolladas a partir del presente sexenio. Estos grupos, antagónicos históricamente, gritaron “no más”, pero lo hicieron sin olvidar viejos agravios y antiguas pugnas y rencores que volvieron a aflorar en la primera oportunidad.

Los silletazos de Acapulco demostraron la ineficacia de la República amorosa y rompieron en pedazos el pacto temporal de la lucha contra el sistema. Más temprano que tarde ocurrirá lo mismo cuando enfrenten ideas contrapuestas los representantes de Morena y los del Partido Encuentro Social.

¿Hasta dónde será aplicable al presente la frase de Karl Marx el 18 Brumario de Luis Bonaparte: “La historia se repite dos veces: la primera como tragedia, la segunda como farsa?”. Imposible saberlo, pero es de temerse que las condiciones están dadas.

Por su bien y por el bien de México, López Obrador deberá hilar muy fino para que la historia no se repita, porque quizá sus más temibles enemigos no sean ni la prensa fifí, ni la mafia del poder ni los retrógradas, sino los que se estén incubando o ya brotaron –pensemos en la CNTE– en el seno mismo de la amplia y variopinta baraja de sus seguidores.

Llegará la hora de tomar decisiones, elegir con quiénes habrá de recorrer el largo camino del sexenio y dejar a un lado a aquellos que se unieron al “no”, pero que a la hora de gobernar representan un lastre e incluso un peligro para la armonía del país.

Una atenta lectura de Nemesio García Naranjo y el recuerdo de la conocida frase de que la mejor manera de quedar mal con todos es tratar de quedar bien con todos inocularían contra un exagerado optimismo.
07 Octubre 2018 04:00:00
Lo público y lo privado
En la catarata de información generada los últimos días gracias a la omnipresencia verbal del presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, los bandazos del Congreso de la Unión y los acelerones de algunos personajes señalados como futuros funcionarios públicos, sobresalen en el interés –¿debería decir morbo?– público dos noticias pertenecientes al ámbito privado de sus protagonistas.

Una de ellas surge de los rumores recogidos por el columnista Salvador García Soto, del periódico El Universal de la Ciudad de México, acerca del inicio de los trámites de divorcio del presidente Enrique Peña Nieto y la actriz Angélica Rivera. La otra noticia es la de la boda de César Yáñez y Dulce María Silvia Hernández, cuya pompa mereció la portada y 19 páginas de la revista Hola!

El supuesto divorcio del presidente Peña Nieto ha dado nuevo tema a las críticas constantes de las que han sido objeto, tanto él como los miembros de su familia, coincidentemente también por apariciones en Hola!, publicación dedicada a reseñar los “ires y venires” de ricos, famosos y aristócratas.

Por su parte, la rumbosa boda de César Yáñez, colaborador cercano de López Obrador, también ha hecho correr ríos de tinta. El derroche del que Hola! hizo un pormenorizado recuento, incluyendo el menú, el número de invitados y los grupos musicales contratados para ambientar el festejo, dio tela suficiente para poner en duda las constantes prédicas sobre austeridad del futuro Presidente de la República. ¿No deberían ser los miembros de su equipo los primeros en dar ejemplos de moderación?, preguntaron numerosos miembros de la comentocracia nacional.

En ambos casos –¡bendita equidad!– fueron las redes sociales las más activas, mordaces y hasta crueles al condenar el divorcio y la boda, según el gusto y la posición política de cada cual. Es bien sabido que tales redes suelen ser el vertedero de frustraciones, inquinas y odios más o menos justificados.

Pero al margen de las arremetidas mediáticas contra los dos acontecimientos, quizá valga la pena desempolvar un viejo concepto de ética periodística: la sutil línea que separa lo público de lo privado. ¿Qué consecuencias tiene para este país, tan agobiado por gravísimos problemas, que un hombre a punto de convertirse en expresidente y su pareja decidan terminar su relación? ¿Eso afecta a alguien fuera del entorno familiar de la pareja?

En cuanto a la boda del señor Yáñez y la señorita Dulce María Silva Hernández, esta puede considerarse como un grave error del novio al contradecir con sus actos lo que ha sido la columna vertebral del discurso político de su jefe, exhibiendo, además, su falta de sentido común en una revista del corte de Hola! Sin embargo, al no utilizarse recursos públicos en el pago de los platillos, el vestido de la novia o la presencia de los Ángeles Azules, desde un punto de vista estrictamente ético, el asunto pertenece a la vida privada de la pareja.

Fenómeno digno de análisis es la fascinación que ejerce la multicitada publicación entre la clase política de México: Vicente Fox y Marta Sahagún aparecieron en dos portadas; Felipe Calderón y familia, más discretos, en una, pero la familia del presidente Peña Nieto ha acaparado cinco, la última hace apenas unos cuantos meses, cuando el sexenio había entrado en franca agonía.

Esta inclinación a rozarse, aunque sea sólo de página a página, con los ricos y aristócratas, despide un rancio tufo a porfirismo y a lo que Vicente Lombardo Toledano llamó la “aristocracia pulquera”.
30 Septiembre 2018 04:00:00
Cincuentenario del 68
A medio siglo de distancia, el movimiento estudiantil de 1968 ha vuelto otra vez a la mesa de discusiones. En foros, entrevistas, nuevas publicaciones y hasta una suerte de telenovela producida por el canal de televisión de la Universidad Nacional Autónoma de México, se le recuerda y examina en un afán de localizar los efectos posteriores de aquel brote de rebeldía juvenil.

Para algunos, lo ocurrido ese año infausto constituyó un parteaguas en la historia de México. Los muchachos universitarios, aseguran algunos, escribieron las primeras líneas de la democratización del país. Su enfrentamiento al autoritarismo gubernamental empezó a despejar los cauces al libre fluir de la disidencia, obligando a la clase gobernante a practicar una destreza que hasta entonces le era ajena: dialogar.

Sin embargo, el sano ejercicio democrático del diálogo se olvidó de nuevo tres años después. El 10 de junio de 1971, Jueves de Corpus, un grupo paramilitar bautizado como Halcones organizó una nueva matanza de estudiantes en las calles de la Ciudad de México. En ese momento, Luis Echeverría Álvarez era presidente. El mismo que, durante su campaña preelectoral, en la Universidad Nicolita de Morelia guardó un minuto de silencio en memoria de los caídos en Tlatelolco.

Y es que sin restar valor al desafío estudiantil al gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, ni dejar de reprobar la forma brutal en que este respondió el 2 de octubre, creo necesario contextualizar los acontecimientos para comprender mejor el ya cincuentenario fenómeno.

Basta recordar que el movimiento estudiantil del 68 no fue, de ninguna manera, un hecho aislado de generación espontánea. Existieron antecedentes del enfrentamiento al poder por diversos sectores insatisfechos, varios de ellos acallados mediante una feroz represión.

En el sexenio anterior (López Mateos, presidente, Díaz Ordaz, secretario de Gobernación) el Gobierno usó la mano dura al reprimir manifestaciones de inconformidad. En la Semana Santa de 1959, los ferrocarrileros estallaron una huelga. No fueron lejos por la respuesta. En un operativo que cubrió todo el país, policías y militares detuvieron a cientos de huelguistas. Los principales líderes, Demetrio Vallejo, entre ellos, pasaron muchos años en la cárcel.

También el Movimiento Revolucionario del Magisterio conoció en 1960 la contundencia de la represión, y la misma receta probaron los pilotos aviadores cuyas empresas fueron requisadas. Ya en el gobierno de Díaz Ordaz, el 23 de septiembre de 1965, inspirada por el triunfo de la Revolución Cubana, una guerrilla compuesta por campesinos, estudiantes y profesores intentaron iniciar una revolución comunista atacando el cuartel de Ciudad Madera, Chihuahua. Murieron ocho guerrilleros.

En octubre de 68, Díaz Ordaz solamente aplicó la fórmula que tan buenos resultados le dio en el pasado y logró apagar el movimiento, pero esta vez lo estaba esperando el juicio de la historia.

Tampoco deben olvidarse los cambios que se operaban en todo el mundo occidental. Los jóvenes ahondaban la brecha generacional adoptando novedosos estilos musicales, modas y formas de actuar. La píldora anticonceptiva provocaba una revolución sexual y las muchachas empezaron a lucir las piernas gracias a las satanizadas minifaldas. En París, Berlín y otros muchos países los estudiantes tomaron las calles para protestar. Igual sucedió en México, donde, desgraciadamente, la tozudez del Gobierno convirtió las protestas en tragedia.
23 Septiembre 2018 04:01:00
Las ovejas negras
“En un lejano país existió hace muchos años una oveja negra. Fue fusilada.

“Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.

“Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes pudieran ejercitarse también en la escultura”.

El tan célebre cuanto ácido texto de Tito Monterroso adquiere en estos días una vigencia abrumadora. Hoy vemos cómo, sin levantarles estatuas ecuestres, las ovejas negras de ayer, que fueron perseguidas y hasta asesinadas, son reivindicadas y adquieren categoría de héroes.

Bastan dos ejemplos: la decisión de los diputados federales de inscribir con letras de oro en los muros de la Cámara baja la leyenda “Al movimiento estudiantil de 1968” en memoria de los jóvenes asesinados el 2 de octubre de ese año en Tlatelolco. Pero no solamente la mayoría de los diputados morenistas, considerados de izquierda, cumplen puntualmente con el texto-premonición de Monterroso. También el Gobierno practicó el arte de la escultura, aunque sea únicamente retórica, a propósito del décimo aniversario de la muerte de Gilberto Rincón Gallardo, incansable luchador social, que estuvo preso muchas veces por la intransigente expresión de sus convicciones políticas.

Pronto se cumplirán 50 años de la matanza de Tlatelolco, sangriento final del movimiento estudiantil. En aquella ocasión, en su informe de gobierno, el presidente Gustavo Díaz Ordaz justificó ese acto de incomprensible salvajismo reputándolo de patriótico. Ahora los estudiantes sacrificados, las ovejas negras de ayer, son venerados como mártires de la democracia.

Cinco décadas –la mitad del tiempo del que habla Monterroso– convirtieron lo que se llamó oficialmente en su momento una revuelta juvenil organizada para desestabilizar al país en víspera de la celebración de las Olimpiadas, en actos no solamente dignos de encomio, sino de reconocimiento permanente.

El caso de Gilberto Rincón Gallardo, a quien también se ha homenajeado últimamente, es de un paralelismo impresionante con lo ocurrido al movimiento del 68, a raíz del cual él, acusado de agitador, fue a parar a una de las celdas del Palacio de Lecumberri donde permaneció varios años.

Miembro del entonces proscrito Partido Comunista Mexicano, Rincón Gallardo participó en numerosas luchas sociales. Etiquetado como enemigo del sistema –sea lo que sea lo que eso signifique– sufrió la persecución del aparato gubernamental, representado tanto por fuerzas policiacas como militares.

Sin embargo, jamás claudicó, pero a raíz de que la Unión Soviética aplastara brutalmente los tímidos brotes autonómicos de Checoslovaquia durante la llamada Primavera de Praga, la decepción que le causó el comunismo acabó conduciéndolo del marxismo-leninismo a una suerte de socialismo democrático. Desde esa nueva trinchera continuó su lucha, enfocándose en el combate a la discriminación.

El movimiento del 68 y Gilberto Rincón Gallardo merecen, por supuesto, la reivindicación y los homenajes organizados en su memoria. Tanto los muchachos inconformes de hace 50 años como Rincón Gallardo ayudaron a construir, aun a costa de su propia vida o con la pérdida de su libertad, un mejor país. Sólo esperemos que los homenajes de los que justamente son objeto adquieran categoría de lección sobre las distorsiones de visión que suele provocar el poder. Ya hemos tenido suficientes ovejas negras.  
16 Septiembre 2018 04:01:00
Dos centenarios
“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos…”. La primera frase de Dickens en Historia en dos ciudades define a la perfección lo ocurrido en Saltillo en materia de cultura hace 100 años. Con días de diferencia, en septiembre de 1918 ocurrieron dos acontecimientos contrastantes. Uno de ellos altamente positivo: el arribo al Ateneo Fuente de la colección de pintura donada por la antigua Academia de San Carlos. El otro, en cambio, marcó un retroceso en la historia de la vida cultural de nuestra ciudad: el incendio del Teatro García Carrillo la noche del martes 3 de septiembre.

La capital de Coahuila se enriqueció con el valioso acervo de artes visuales, en tanto que, casi simultáneamente, perdía su único teatro. Este incendio la condenó a la carencia de un espacio adecuado para representaciones escénicas hasta la inauguración de la pequeña sala del Seguro Social, en 1958, y, años después, durante el gobierno de don Óscar Flores Tapia, la construcción del Fernando Soler. Aquel México de 1918 no acababa de superar la violencia revolucionaria, aunque para entonces el movimiento armado había definido su rumbo político con la promulgación de la Constitución en febrero del año anterior.

Como presidente de la República, don Venustiano Carranza enfrentaba una situación de inestabilidad que bordeaba el caos. Zapata se mantenía en pie de guerra en Morelos, Puebla y Guerrero; en
Chihuahua Francisco Villa asolaba ranchos y pueblos. Y no eran esos los únicos focos de rebelión: Luis Caballero, en Tamaulipas; Manuel Peláez y Félix Díaz, en Veracruz; Inés Chávez, en Michoacán y Jalisco; Silvestre Mariscal, en Guerrero; los soberanistas oaxaqueños y hasta sus paisanos Francisco Coss y Luis Gutiérrez luchaban contra el coahuilense.

Al echar un vistazo a la situación en ese momento, sorprende que Carranza se diera tiempo de comenzar la reconstrucción del país utilizando como cimientos la educación y la cultura, lo cual se puso especialmente de manifiesto en las expresiones de gratitud a esta que había sido su casa de estudios.

Esta Pinacoteca, ya centenaria, contiene obras de arte de primerísima calidad y, en cierto sentido, puede admirarse como una historia de la evolución de las artes visuales en México. También constituye una muestra del rigor que imperaba en los estudios de la Academia, donde los alumnos perfeccionaban la copia de la naturaleza o de modelos en yeso hasta la obsesión. Igualmente de gran valor son las pinturas europeas que posee.

La Pinacoteca del Ateneo es, con el Museo Arocena de Torreón, una de las dos principales colecciones de artes plásticas de Coahuila, con la diferencia que el Arocena está enfocada al arte europeo, mientras esta cuenta en su catálogo con obras de artistas mexicanos de primera fila.

Hoy, a 100 años de distancia de su inauguración oficial, hay dos motivos principales para celebrar la efeméride. La primera, el que Carranza concretara la donación del acervo y, en segundo lugar, congratularnos de que a lo largo de un siglo –lo cual se dice fácil– muchas generaciones de ateneístas hayan conservado celosamente esta joya del patrimonio cultural del estado de Coahuila de Zaragoza.

Esperemos que la celebración de este centenario se convierta, por así decirlo, en un relanzamiento de la Pinacoteca, avivando el interés de propios y extraños por conocerla y disfrutarla. (Extracto del texto leído el 13 de septiembre en la ceremonia conmemorativa del primer centenario de la fundación de la Pinacoteca del Ateneo Fuente).
09 Septiembre 2018 03:00:00
Otro adiós
Cierta tarde, en el desaparecido restaurante Élite de Jesús Martínez, por aquellos años finales de los 50 del siglo pasado, refugio de un grupo de jóvenes con inquietudes artísticas e intelectuales, el ahora doctor Jorge Fuentes Aguirre y Eduardo Rogelio Blackaller estaban silenciosamente concentrados en una reñida partida de ajedrez. Elías Cárdenas Márquez contemplaba el duelo, mientras tres tazas de café se enfriaban sobre la mesa. De pronto, Blackaller, melena rubia chopiniana y largas manos de pianista, adelantó con estudiada lentitud una de sus piezas y anunció solemne a Jorge: “Un movimiento más y mi torre dará jaque mate al pendejo pequeño burgués de tu rey”.

Provocador, multifacético, fosforescente, generoso, intolerante cuando se topaba con ignorancias pomposas, de aguda inteligencia, poeta, melómano, compositor, sibarita en el comer y en el beber, marxista-leninista, coleccionista de ferrocarriles a escala, lector voraz, amante y experto en artes visuales, Eduardo Rogelio acabó por volverse indefinible.

Igual prodigaba sus amplios y multidisciplinarios conocimientos a su interlocutor, que aconsejaba a un pintor o a un escultor, rebatía las ideas de cualquier filósofo o publicaba un libro intrincadamente técnico sobre el Sonido 13 del maestro Julián Carrillo. (En su departamento de la calle de Salamanca, en la Ciudad de México, había uno de los pocos pianos adaptados para interpretar obras en las escalas del Sonido 13, regalo de la familia del maestro Carrillo).

Nacido en San Buenaventura, Coahuila, un buen día llegó a Saltillo, donde se integró al variopinto grupo del Élite, frecuentado con rigurosa cotidianeidad por jóvenes de los más disímbolos intereses, entre otros, Salvador Flores Guerrero, de afilada e ingeniosa lengua; Gustavo Solís Campos, después colaborador del mítico México en la Cultura de Novedades, que dirigía Fernando Benítez; Otoniel Hernández, permanente perseguidor de sueños; Armando Fuentes Aguirre, que entonces se estrenaba como locutor; Eduardo Montenegro, fotógrafo, fundador de librerías, dueño de una pluma de precisión quirúrgica, los ya citados Jorge Fuentes y Elías Cárdenas, así como de un jovencísimo Enrique Reyna, capaz de hablar con propiedad del Ser y Tiempo del inescrutable Martin Heidegger. Larga lista de ausencias, enorme carga de recuerdos.

Eduardo Rogelio Blackaller sobresalía por la cortante contundencia de sus opiniones y su nunca desmentida filiación a la izquierda marxista, que encontraba en Saltillo a un único interlocutor, el maestro Casiano Campos. La vida dispersó a aquel grupo, como la danza dispersó a los hombres imaginados por don Andrés Henestrosa. Eduardo Rogelio obtuvo una beca en Rusia para estudiar música.

Nos reencontramos muchos años después, pero reiniciamos nuestras conversaciones como si el calendario hubiera permanecido paralítico. Generoso sin reservas medió para conectar a un gran número de artistas, algunos de los cuales han expuesto sus obras en Saltillo.

Todavía unas semanas antes de que muriera armamos la muestra de la escultora María Eugenia Gamiño, que se inaugurará hoy al mediodía en el Centro Cultural Vito Alessio Robles, la cual se decidió dedicar a su memoria. Resulta difícil asimilar la certeza de su ausencia.

Gustavo Adolfo Bécquer es el autor de unos célebres versos en los que dice: “Dios mío, ¡qué solos se quedan los muertos!”. Equivocado: los que nos vamos quedando cada vez más solos somos los vivos.
02 Septiembre 2018 04:00:00
Primero, justicia
Los linchamientos de supuestos robachicos en los estados de Puebla e Hidalgo, que finalmente resultaron ser inocentes, revela de una manera atroz la crispación y la desconfianza que privan actualmente en la sociedad mexicana. En ambos casos las “ejecuciones” se realizaron con lujo de violencia, quemando vivos a los presuntos secuestradores de menores. Barbarie en su manifestación más primitiva.

Estos hechos, que debieran encender la señal de alerta en todo el país, evidencian, sí, la falta de confianza en que las autoridades cumplan su función primordial: proteger a la sociedad, pero también el daño que están causando las redes sociales al difundir noticias, las más de las veces falsas, sobre el secuestro de infantes. Ignorancia e impotencia se combinan en una mezcla explosiva que conduce a los horrorosos extremos de los que han dado cuenta los periódicos e informativos de la radio y la televisión.

Encima de ello, las autoridades se muestran lentas para hacer las investigaciones e identificar a quienes encabezaron los linchamientos y someterlos a juicio. Solamente falta que los autores de estos crímenes queden sin castigo, amparados en el amplio paraguas de impunidad que cubre a Elba Esther Gordillo.

Una de las pocas voces que se han alzado para condenar los linchamientos ha sido la de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), en unas tibias declaraciones que suenan a perogrullada al referirse a los linchamientos: “No son otra cosa más que aplicar pretendida justicia, porque no es justicia por propia mano; esa no es justicia, es barbarie y hay que sancionar a quienes incitan e impulsan este tipo de soluciones”, dijo –suponemos que enfáticamente– el presidente de la CNDH, Luis Raúl González.

Cuando se requiere una exigencia firme para que se investiguen estos crímenes, González habla para decirnos que los linchamientos no son actos de justicia y, por lo tanto, son ilegales. Y nosotros que pensábamos que estos homicidios tumultuarios se realizaban dentro del marco de la ley. ¡Gracias por la interesante información, señor presidente!

Ante este panorama de violencia, una de las tareas urgentes del próximo gobierno será ocuparse de intentar al menos que las autoridades de todos los niveles recuperen en algo la confianza de los ciudadanos. Persisten la ineficacia en la persecución de los delitos y la violencia que priva en varias zonas del país. Y no se trata únicamente de los cuerpos policiacos, sino de todo el aparato de justicia, desde el uniformado de la esquina hasta los magistrados.

Ardua tarea le espera en este renglón al presidente electo Andrés Manuel López Obrador, quien ha enarbolado la bandera de luchar por los pobres. Ojalá lo cumpla, pues son los pobres los que sí experimentan el rigor de la justicia, como se ha visto con un vendedor de conocida panificadora, quien perdió el trabajo y fue a la cárcel por el delito de robarse dos panecillos, mientras un puñado de gobernadores que saquearon centenas de millones de las arcas públicas disfrutan de sus fortunas mal habidas en completa libertad, sin que nadie los moleste.

Bienvenidos los programas de austeridad. Ya es tiempo de frenar los excesos de la alta burocracia y los desmanes de nuestros representantes populares, que se gastaban el dinero, nuestro dinero, en viajes inútiles. Pero nada se avanzará en realidad si no se reconstruye el aparato de justicia.
26 Agosto 2018 04:00:00
Experto
Viajé por primera vez en avión cuando tenía unos 16 años. En esa ocasión volé de la Ciudad de México –en ese entonces Distrito Federal– a Saltillo en un bimotor DC 3 propiedad de una empresa llamada Aerolíneas del Norte, o algo por el estilo, que cubría la ruta de la capital a Piedras Negras con escala en Saltillo. Meses después, el avión se desplomó y en el accidente falleció el propietario del negocio.

Con el paso de los años he tenido oportunidad de abordar aviones con cierta frecuencia. Como todo buen viajero mexicano he sufrido varias veces el disgusto de los vuelos sobrevendidos, cuando el número de pasajeros con boleto pagado supera al de asientos disponibles. Nunca he aprovechado las ofertas de cambiar de vuelo por boletos gratis y estancia en hoteles, pero más de una vez quedé varado en el aeropuerto por varias horas y hasta un día después del iracundo coro de protestas de pasajeros dejados en tierra.

Estoy curtido en la cancelación de vuelos “por mal tiempo”, en especial en la ruta Ciudad de México-Aeropuerto Plan de Guadalupe, en Ramos Arizpe, lugar que posee una extraña atracción para las nubes y los nublados. Si hay una sola nube en un radio de 500 kilómetros, puede apostar que se encuentra cómodamente posada sobre las pistas del campo aéreo
ramosarizpense.

De los aeropuertos que me han tocado sufrir hay algunos inolvidables. Uno, es el Kennedy de Nueva York. Allí, de la sala de espera al avión nos condujo en autobús y a velocidad endemoniada un chofer deseoso de suicidarse con todo y pasajeros, para luego esperar largas tres horas en el asiento del aparato debido a la congestión del tráfico. Por curiosidad, asomado a la ventanilla, conté 14 jumbos delante del nuestro en espera del permiso de la torre para despegar.

Pero el que se lleva el Oscar en esa categoría es el viejo Dorado, de Bogotá, Colombia, donde, cuando esperaba volver a México se me acercó un joven –muy respetuoso, eso sí– que me preguntó si yo era Javier Villarreal Lozano. Al responderle afirmativamente, siguió el cortés interrogatorio. “¿Cuál fue el objeto de su viaje a Colombia?” “Un Congreso de Historia”, respondí. “¿Aquí, en Bogotá?”. “No, en Cartagena de Indias”. “¿Y hacía frío en Cartagena?”. Eso ya me dio mala espina, pues en esa época en Cartagena ardía de calor. El interrogatorio terminó al preguntarme si tendría yo inconveniente en que tomaran una radiografía. “Ni siquiera he desayunado”, le dije bromeando.

Pero no era broma. Las autoridades colombianas deseaban averiguar si yo, 70 años cumplidos, no era una “mula”, como llaman a las personas que se tragan paquetes de droga para contrabandearla. Firmé el papel autorizando a que me tomaran la radiografía, la cual comprobó que, en efecto, yo no cargaba coca en la panza y ni siquiera había desayunado.

Me vacunaron contra la fiebre amarilla en el aeropuerto de Casa Blanca, en Marruecos, y sobrevolé buena parte de Coahuila gracias a algunos amigos ganaderos de Múzquiz y Sabinas, que antes de la época del narcotráfico utilizaban más la avioneta que la camioneta.

Pero, ¿a qué viene este trozo de autobiografía aeronáutica? Es pertinente para anunciar que, dada mi experiencia, cuando hagan la ridícula encuesta popular sobre si conviene continuar la construcción del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México o pegarle dos pistas al de Santa Lucía, escribiré en la boleta: “Yo de eso sé un carajo, como la inmensa mayoría de mis compatriotas. Pregúntenle a un experto”.
19 Agosto 2018 04:00:00
Eduardo
Tres palabras bastaron para desatar recuerdos que creía olvidados para siempre: “Murió Eduardo Guajardo”. En esas circunstancias, uno intenta infantilmente protegerse con el escudo de la incredulidad, pero la realidad acaba por imponerse. Eduardo, “El Guajo” para sus amigos, ya no estará para continuar una sabrosa conversación suspendida hace tiempo. Tampoco se repetirán las largas sobremesas que indefectiblemente desembocaban en su tema predilecto: el paso de Hidalgo y los insurgentes por Coahuila y su aprehensión en Acatita de Baján, del cual era un especialista.

Había estudiado a fondo ese capítulo de nuestra historia hasta casi agotarlo. No había fuente que hubiera dejado sin consultar ni libro relacionado con ello que haya dejado de leer. Tenía, además, la gran virtud de compartir sus conocimientos sin hacer gala de ellos. Lo hacía con naturalidad y sencillez. Cierta noche, en la residencia de don Carlos Abedrop Dávila en Coyoacán, rodeados de obras maestras de grandes pintores mexicanos, Eduardo hizo un pormenorizado y puntual recuento de las actividades de los insurgentes en nuestro estado, exposición que le valió felicitaciones calurosas del propio don Carlos y del entonces gobernador Eliseo Mendoza Berrueto.

Entre mis proyectos se quedó en el frustrante archivo de los nuncas el deseo de concertar una reunión de él con don Carlos Herrejón Peredo, autor de la más completa biografía de don Miguel Hidalgo y Costilla escrita hasta ahora, y con el historiador Lucas Martínez Sánchez. Esa proyectada reunión, que por desgracia no pudo concretarse, hubiera sido una fiesta del espíritu a la que quien esto escribe asistiría en calidad de humilde y mudo oyente.

Siempre apegado al mundo de la historia, Eduardo fue uno de los más activos impulsores de las actividades de la Casa de la Cultura de Sabinas y supo dar vida a los primeros años del Museo de Coahuila y Texas de Monclova, del cual fue director.

Las circunstancias pusieron distancia física entre nosotros, pero no lograron empañar jamás el mutuo afecto. Él había regresado a Sabinas, su tierra natal, donde murió, y separó a tal grado sus visitas a Saltillo que dejamos de vernos. Con su fallecimiento, la lista de amigos sufre otra baja sensible.

Frente a mí, en mi mesa de trabajo, tengo en estos momentos una vieja fotografía tomada en la huerta de Sabinas propiedad de su familia. Allí están, junto a un asador en donde se cocina morosamente un borrego al pastor, don Antonio Malacara, don Melchor de los Santos, Rufino Rodríguez, Álvaro Canales Santos y Armando Fuentes Aguirre. Convocados por Eduardo y su hermano Carlos, disfrutábamos de una comida campestre en la que la sapiencia culinaria del Guajo nos introdujo en las delicias de la patagorría (platillo típico de la región de Sabinas y Múzquiz, hasta entonces desconocido para la mayoría de los comensales), y del adictivo pan de maíz.

Ya no están don Antonio ni don Melchor de los Santos, tampoco él, por supuesto. En aquellos años, todos asiduos a siempre añorados desayunos sabatinos en El Morillo.

Al enterarme de su muerte, de inmediato me vino a la memoria la elegía de Miguel Hernández dedicada a la memoria de Ramón Sijé: “No hay extensión más grande que mi herida, lloro mi desventura y sus conjuntos, y siento más tu muerte que mi vida./ Ando sobre rastrojos de difuntos/ y sin calor de nadie y sin consuelo”… porque hay muertes, como la tuya, querido Guajo, para las que nadie inventó el consuelo.
12 Agosto 2018 04:08:00
Ni perdón ni olvido: justicia
Andrés Manuel López Obrador, presidente electo de México, enfrentó las primeras –y airadas– discrepancias a su proyecto de amnistía. Tanto en Ciudad Juárez como en Torreón, sede de los dos primeros foros sobre la inseguridad, se escucharon voces en contra de la fórmula “perdón, pero no olvido” propuesta por él en el acto celebrado en la frontera chihuahuense.

Sin duda hubo un error de cálculo al calibrar la indignación que priva entre quienes han perdido a un familiar o a un amigo a manos del crimen organizado. Pérdidas rodeadas, además, de bestiales excesos: tortura, mutilaciones, disolución de cuerpos en ácido o sepultados en fosas clandestinas. En reciente artículo publicado en un diario de la Ciudad de México, el doctor Luis de la Barreda se preguntaba si un padre a quien asesinaron o desaparecieron un hijo, o un hijo que perdió a su padre en esta desesperante etapa de violencia podrá perdonar a quienes le arrebataron la vida a ese ser querido. A tal pregunta hay una única respuesta: imposible.

A quienes han afectado de manera directa, inmediata, las atrocidades del crimen organizado, esperan que se les haga justicia. Que la vindicta pública haga cumplir el castigo que merecen quienes cometieron estos crímenes.

Suena utópico y las respuestas obtenidas por la propuesta apuntan hacia la urgencia de que el próximo gobierno del país afine su estrategia para combatir la inseguridad, y vaya más allá, mucho más allá que los pronunciamientos, por atractivos que estos pudieran ser. Para no ir tan lejos, aquí, en Coahuila, hay familias y pueblos enteros con heridas aún no cicatrizadas. La matanza perpetrada en Allende se ha vuelto escándalo y horror internacional. El caso sigue abierto y no se ha llegado hasta las últimas consecuencias en las investigaciones. Y así hay centenas en toda la geografía del país.

Los desencuentros de Juárez y Torreón entre los propósitos y la realidad obligan a López Obrador a replantearse el tema de la inseguridad, que junto con la corrupción ocupa el primer lugar en la agenda de los agravios que más indignan a los ciudadanos. No existe, y esto es seguro, una fórmula mágica para reducir en poco tiempo la inseguridad, que parece haber recrudecido en los últimos meses.

Hasta ahora la “guerra” decretada durante la presidencia de Felipe Calderón y que ha continuado prácticamente sin cambios en el sexenio que está por fenecer, no ha dado los resultados previstos. Habrá que idear otra fórmula. Pero sea cual fuere esta, debe desembocar no en perdón sino en justicia, solamente justicia.

Saqueo impune

La inconsistencia de las acusaciones en contra de la ¿ex? dirigente del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), Elba Esther Gordillo, le permitió recobrar la libertad. Lo anterior es una demostración de cómo falla la fabricación de culpabilidades, pero también manifiesta la legalidad de un saqueo inmisericorde de los fondos del sindicato que, dicho en otras palabras, son cuotas que profesores de todo el país pagan con mucho esfuerzo, las más de las veces después de cumplir agotadoras jornadas de trabajo.

Según estimaciones, de la caja del SNTE se sustrajeron más de mil millones de pesos que fueron a parar a los bolsillos y cuentas bancarias de la maestra Gordillo. ¡Y esta sangría, de acuerdo con los reglamentos internos de la organización, fue perfectamente legal!

¿No le resulta indignante?
05 Agosto 2018 04:00:00
Salvar a Cuatro Ciénegas
“Cuatro Ciénegas. Urge que las autoridades de nuestro país den pronta atención a diversas especies de animales ‘ancestrales’ que existen en este lugar, para lograr conservarlos y realizar importantes estudios que traigan como consecuencia el descubrimiento de información biológica de trascendencia mundial. Para ello se hace necesario que se establezca una estación biológica…”.

El texto anterior corresponde a un amplio reportaje escrito por el profesor José María Suárez Sánchez que publicamos en el diario El Tiempo de Monclova el 22 de abril de 1969. ¡Hace 49 años! El trabajo periodístico de Suárez Sánchez apareció ilustrado con fotografías de una tortuga bisagra (terrapene coahuilensis) y las de otras especies.

Hoy, casi medio siglo después, pero todavía a tiempo, el gobierno del ingeniero Miguel Ángel Riquelme da los primeros pasos para la instalación de la estación dedicada al estudio de la flora y la fauna del maravilloso valle de Cuatro Ciénegas y sus pozas de aguas azules, donde por las condiciones geográficas diferentes especies de la flora y de la fauna “detuvieron” –por decirlo así– su evolución, convirtiéndose en fósiles vivientes.

Nuestro interés periodístico por el valle de Cuatro Ciénegas ocurrió de manera fortuita. Durante una visita a esa ciudad nos llamó la atención la presencia en el Hotel Ibarra, el único en ese entonces, de un grupo de jóvenes norteamericanos. Eran estudiantes de vacaciones que aprovechaban sus días de descanso para colaborar con su profesor, el doctor Wendell Lee Minckley.

De él escuchamos algo sobre las maravillas que escondía el valle. Relató que cada año organizaba estas expediciones con estudiantes a fin de recolectar especímenes que pudieran ayudar a desentrañar los misterios que guardaba el lugar. Para entonces, el doctor Minckley había identificado una mojarra única en el mundo, la cual lleva su nombre.

En ese tiempo Cuatro Ciénegas era un sitio que circulaba casi únicamente en círculos científicos. “La Puerta del Desierto”, como la llaman sus habitantes, se significaba a nivel local por ser el lugar de nacimiento de don Venustiano Carranza. Las pozas conservaban su belleza natural y no existían amenazas sobre el ecosistema. Preocupaba, sí, que solamente extranjeros se dedicaran a estudiarlo.

Por aquellos años se habló de la posibilidad de que la Universidad Nacional Autónoma de México instalara un laboratorio y el entonces gobernador del estado, don Eulalio Gutiérrez Treviño, hizo algunas gestiones en ese sentido que no fructificaron.

El boom ocurrió después del espléndido reportaje aparecido en la National Geographic Magazine. Entonces fueron los ojos del mundo, ya no sólo de los científicos quienes se fijaron en el lugar. Y empezó el alud de visitantes. La amenaza a la vida del espléndido valle surgió cuando productores de leche laguneros descubrieron a pocos kilómetros de las pozas mantos freáticos explotables para producir alfalfa. Aunque estos tomaron conciencia del daño que estaban causando y dejaron de extraer agua, otros no lo han hecho.

La Estación Biológica proyectada por el Gobierno estatal deberá ser celosa vigilante para que se conserve este santuario donde sobrevive un capítulo de la vida en la Tierra, que podría perderse para siempre si continúa la explotación de los mantos acuíferos que lo alimentan.

Letras sueltas

El 20 de noviembre de 2001, soportando un frío intensísimo, los familiares del doctor Minckley esparcieron las cenizas del eminente biólogo en el valle que tanto amó y estudió.
29 Julio 2018 04:00:00
No es por amargar
La reciente celebración del cumpleaños de Saltillo hizo vibrar las fibras más sensibles del corazón de quienes la habitan, lo cual se tradujo en cataratas de alabanzas a la ciudad que los vio nacer o que los adoptó como hijos. Los adjetivos encomiásticos fluyeron en torrente. La bien amada Saltillo mereció cuanto elogio cabe en la imaginación. Y está bien. Es natural que así sea. Nadie hará notar públicamente el acné de la cumpleañera o la decrepitud del anciano que celebra su onomástico. Es de mal gusto, de pésima educación, arruinar la fiesta. ¿Por qué amargar las ilusiones de la quinceañera tan orgullosa de su vestido ampón?

Pero, como se decía antes, “amor y aborrecimiento no quitan conocimiento”, la objetividad debe imperar sin menoscabo del cariño que se tiene a la hoy capital de Coahuila. La pérdida de la objetividad puede conducir a errores de óptica que impiden a corregir aquello que es corregible y a mejorar lo perfectible. Este cuatricentenario núcleo urbano posee un rostro amable, sí, pero también otro al que no debemos olvidar: barrios marginales, pandillas violentas, ninis, aumento en el consumo de enervantes y opiáceos y cuantos más etcéteras se le ocurran.

Es cierto, Saltillo es una ciudad pujante. Su crecimiento en los últimos 30 años sorprende a propios y extraños. Hace tiempo dejó de ser aquel plácido “rancho grande” habitado solamente, según la conseja popular, por hacendosas mujeres expertas en la elaboración de cajeta, y jóvenes y viejos más o menos inspirados con fama de poetas.

La industrialización no sólo ha dado un nuevo rostro a Saltillo, también ha introducido cambios en las costumbres, al atraer a torrentes de neosaltillenses cada uno con su personal fardo cultural. ¡Ya hay hasta restoranes de comida coreana!

Esta diversidad ha resultado, a no dudarlo, enriquecedora. Sin embargo, asidos a la nostalgia, muchos de nosotros seguimos convencidos de que la torre de catedral, el edificio del Ateneo Fuente y las palomas de ternera del Viena continúan siendo referentes únicos, inmutables e inamovibles de lo que López Velarde llamaba “el ánima y el estilo” de las poblaciones.

Como siempre se ha dicho, el pasado es un lugar muy agradable para ir de visita, pero no para quedarse a vivir en él. Nuestra obligación es enfrentar al Saltillo de hoy con sus ventajas, sus problemas, sus carencias y sus calles urgidas de una reparación a fondo. ¿Ha transitado usted últimamente por el escabroso tramo de la calle de General Cepeda que va de Juárez a Escobedo? Un día de estos va a brotar petróleo de algunos de sus profundos baches. ¿Conoce las colonias que se encuentran al poniente del Cerro del Pueblo?

Amemos a la ciudad, sí, pero no nos quedemos con la visión idílica de ella. Querámosla lo suficiente para empeñarnos en hacerla mejor de lo que ahora es. Hay mucho de qué enorgullecernos, pero también hay mucho que requiere atención. Instalarnos en nuestra burbuja de cristal, cerrando los ojos ante lo que puede resultar desagradable, es una decisión muy cómoda, pero totalmente inútil.

Letras sueltas

La celebración del aniversario 441 obliga a hacer patentes dos felicitaciones. Una para esa gran señora que es doña Graciela Garza Arocha, quien con su restaurante La Canasta puso a Saltillo en el mapa gastronómico de México. Más que merecida la Presea recibió. La otra felicitación es para Iván Márquez y su equipo del Instituto Municipal de Cultura. Ellos hicieron del aniversario una verdadera fiesta tanto popular como de cultura.
15 Julio 2018 04:00:00
La generación AMLO
Andrés Manuel López Obrador, virtual candidato electo a la Presidencia de la República, se propone iniciar a partir de diciembre la tercera transformación del país. Los dos antecedentes históricos de esta serían la reforma encabezada por Benito Juárez y la revolución maderista. Quizá se trate de un buen proyecto, pero con la lista de posibles apoyos en Coahuila, el virtual presidente electo habrá de emprender ese cambio profundo no con una nueva generación de políticos, sino con personajes que vienen del pasado, precisamente de ese México que pretende renovar.

Se comprende que el Movimiento Regeneración Nacional (Morena), dada su reciente creación, se nutra de políticos venidos de otros partidos y de diversas corrientes ideológicas. Sin embargo –siempre desde nuestra perspectiva local–, las pasadas elecciones no representaron, por cierto, la irrupción en el escenario político de una nueva generación de políticos.

En este sentido, la pretendida renovación tendrá características generacionales distintas a las emprendidas por Juárez y por don Francisco I. Madero. Don Benito se rodeó de un grupo homogéneo en edades e ideológicamente. (En 1857, al promulgarse la Constitución, Juárez tenía 51 años; Guillermo Prieto, 39; Ocampo, 43, y Francisco Zarco, 28). Una generación gloriosa. “Parecían gigantes”, diría don Justo Sierra.

Las filas del maderismo, por su parte, se nutrieron de cuadros identificados con la oposición. La juventud de los seguidores del Apóstol de la Democracia es una nota sobresaliente al repasar la biografía de todos y cada uno de ellos. Los menos jóvenes eran los antiguos miembros del Partido Liberal Mexicano, como Antonio I. Villarreal (31 años en 1910), que habían bregado largo tiempo en las riesgosas falanges antiporfiristas.

Con López Obrador la situación es distinta. (Recuerdo que hablo de Coahuila). La opinión pública coloca a la cabeza de los morenistas al candidato electo a senador Armando Santana Guadiana Tijerina, quien hace tiempo militó en el PRI y ocupó una curul en el Congreso del Estado con el respaldo de ese partido. Él acaba de cumplir 72 años.

Otro neomorenista, Javier Guerrero García, coordinador de la campaña en nuestro estado, se inició en las filas de la radical Línea de Masas lagunera. Después fue presidente municipal de San Pedro, tres veces diputado federal –actualmente independiente– y secretario de Finanzas en el gobierno de Enrique Martínez y Martínez, siempre navegando bajo la bandera tricolor. Javier apagará en octubre 60 velitas en el pastel de cumpleaños.

De los diputados de Morena coahuilenses electos, José Ángel Pérez, exalcalde de Torreón y exdiputado local por el PAN, ya cumplió 60 años. De la futura diputada por Monclova, Melba Nelia Farías no se conoce la edad, sin embargo, al renunciar al Revolucionario Institucional para unirse a Morena, dijo hacerlo por la inutilidad de su trabajo de 40 años en ese partido.

Tampoco me fue posible averiguar la edad del futuro legislador federal por el segundo distrito, Francisco Borrego, aunque en las fotos puede deducirse que ronda la sexta década de vida. (Perdón si me equivoco).

El promedio de edad de estos cinco cuadros destacados de la ola coahuilense lopezobradorista es de alrededor de 62.4 años. Hombres y mujeres vigorosos y de experiencia. De ninguna manera descalificados para ocupar cualquier puesto, pero sí lejos de representar a una nueva generación de políticos.
08 Julio 2018 04:00:00
Rescate de una joya
En una suma de esfuerzos del Gobierno federal, a través del Instituto Nacional de Antropología e Historia y el estatal, con la participación de la Secretaría de Cultura, que dirige Ana Sofía García Camil, así como con la colaboración de alumnos de la Universidad Autónoma de Coahuila, finalmente el martes anterior se puso en marcha el anhelado proyecto de restaurar la Capilla de la Concepción en la antigua hacienda de Santa María, en Ramos Arizpe.

Un gran número de veces se hicieron planes, presupuestos y hasta cronogramas para rescatar la capilla, pero a la hora de echar a andar el proyecto algo ocurría y los planes se quedaban en eso, en planes. Hoy se dan pasos firmes para recuperar esta joya del barroco mexicano que, además, cuenta con gran valor histórico.

Aunque se trata de una leyenda de que en esa capilla ofició por última vez el cura don Miguel Hidalgo y Costilla –en el juicio que se le siguió en Chihuahua aseguró haber abandonado todo ejercicio sacerdotal desde el 15 de septiembre–, es muy posible que el Padre de nuestra Independencia haya rezado allí ante la imagen de la Inmaculada Concepción.

En el Museo Nacional de Historia de Chapultepec se exhibe una silla de madera procedente de Santa María, donde se asegura se sentó alguna vez el cura Hidalgo. Quizás sería buena idea replicarla a fin de montar un pequeño museo para aumentar los atractivos del lugar.

Un dato histórico, probado, es que él y los principales insurgentes pasaron la noche del 16 de marzo de 1811 en la casa grande de la hacienda, frente a la pequeña iglesia. También por Santa María, escala en el viejo Camino Real, estuvo don Benito Juárez y cuantos transitaban de Saltillo al norte.

La capilla de Santa María es una construcción humilde, austera. Su presencia exterior no delata la riqueza de su altar, de un barroco desbordado, donde las floraciones en madera dorada invaden con sus caprichosas formas con los estípites de cuerpos bulbosos que marcan lo que los especialistas llaman “calles” del conjunto.

Los estípites constituyen, en materia de columnas, la locura del churrigueresco. Quienes los idearon olvidaron el cilindro de las columnas clásicas y de los rectángulos propios de las pilastras. Echando a volar la imaginación superpusieron volúmenes llenos de adornos hasta rematarlos en un capitel corintio y ramo de hojas de acanto –perdón por la pedantería, pero así se llaman—desbordándose en la parte más alta.

Hoy el ornamentado altar está semidesnudo. Hace ya más de 30 años, la entonces Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología (Sedue) optó sabiamente por retirar las pinturas que existían y depositarlas en un templo católico donde todavía se encuentran. El motivo fue un pleito familiar por la propiedad del inmueble que amenazaba convertirse en saqueo. Entonces tuve el privilegio de ayudar a identificar algunas de las pinturas, algunas de ellas de muy buena factura, que pronto, esperemos, se podrán admirar de nuevo en el sitio que les corresponde.

No es de dudarse que con el apoyo del Gobierno del Estado y bajo la siempre estricta supervisión de Francisco Martínez, delegado del INAH en Coahuila, la restauración observará los cánones para este tipo de delicados trabajos, y que la capilla de Santa María recobrará la prestancia que corresponde a un edificio de tan altos valores artísticos e históricos.

LA DEL ESTRIBO

Hace 106 años, en 1912, el periodista Rafael Martínez, Rip-Rip, escribió una frase que hoy cobra vigencia aplastante: “O nos unimos, o nos hundimos: tenemos el derecho de escoger”.
01 Julio 2018 04:00:00
Hoy
Llegó el día de hacer valer nuestra condición de ciudadanos, la oportunidad de demostrar nuestro deseo de que la democracia se fortalezca en México. Cada compatriota que acuda a la casilla correspondiente, cruce el logotipo de los candidatos que considere idóneos para abrir nuevas esperanzas al país, estará poniendo un grano de arena en la construcción de eso llamado democracia.

Serán millones quienes cumplan hoy con su deber cívico, pero ello no resta importancia al acto personal de votar. Es la suma de voluntades, como la suya, la mía, la de todos, la que hará posible, creíble y fuerte la decisión final.

Habrá, por supuesto, ganadores y perdedores. Eso es parte del juego democrático. No importa de cuál lado hayamos alineado nuestro voto, lo importante es que con nuestra participación –la de todos– quienes tengan en adelante la obligación de dirigir al país, los estados, los municipios, o de representarnos en las cámaras, cuenten con el respaldo que, traducido en responsabilidad, hagan su mejor esfuerzo.

Si nos abstenemos de ir a votar, estaremos anulando el derecho moral de reclamar a quienes no cumplan con sus respectivos deberes y a quienes perviertan el poder o hagan mal uso de este para beneficio personal.

La elección de hoy ha sido considerada por muchos como la más importante de la época moderna. Y lo es, sin duda, no sólo por el número de cargos por los cuales compiten los candidatos, sino por la muy especial y compleja situación por la que atraviesa el país. Sean quienes sean los triunfadores a la hora de contar los sufragios, de ellos espera el pueblo de México no únicamente honestidad, también tino e inteligencia para enfrentar los gravísimos problemas que aquejan a la nación.

El primero de los retos a los que habrán de enfrentarse es el de recuperar la confianza de los ciudadanos, muy erosionada actualmente debido a diversas circunstancias que no es necesario enumerar. Un pueblo sin fe en sus mandatarios acaba, fatalmente, por no creer en sí mismo. Y el pesimismo no es, por cierto, el mejor camino para transitar hacia lo mejor. El pesimismo, ya se sabe, conduce al desaliento y a la parálisis.

Otro de los retos, no menor, será hacer recuperar al Estado el control sobre grandes regiones del país actualmente en manos del crimen organizado. El número de aspirantes a puestos públicos asesinados durante las recientes campañas son una prueba más –por si se requería– de la ineficacia del diseño del combate a la inseguridad.

Uno más, impredecible y peligroso, es el de las decisiones del Presidente de Estados Unidos, cuya volubilidad transforma cualquier tipo de relación en una bomba de tiempo en potencia.

En fin, quien habrá de asumir la Presidencia de la República lo hará también en condiciones muy poco favorables. Requerirá inteligencia y energía, ya no para resolver los problemas, sino al menos ofrecer a los ciudadanos la esperanza de que se marcha por buen camino para solucionarlos, o al menos paliar sus efectos negativos.

Hoy, domingo 1 de julio de 2018 empieza a escribirse un nuevo capítulo de la historia de México, y todos y cada uno de nosotros aportaremos una letra a esa historia con nuestro voto. Pero, eso sí, conscientes de que nuestra obligación hacia el país no termina con el depósito de la boleta en la urna. Allí no concluyen nuestras obligaciones ciudadanas. Estas tienen carácter de permanentes, pues sin ciudadanos vigilantes y prestos a exigir cuando el caso lo amerite, cualquier presidente, gobernador, alcalde, diputado y senador adquiere, en automático, calidad de dictador.
24 Junio 2018 03:00:00
Agua que no has de beber, no la dejes correr
“Las torrenciales lluvias que se abatieron sobre Saltillo revelaron la insuficiente capacidad del drenaje de la ciudad. Numerosas calles recobraron su vocación de arroyos y las alcantarillas se convirtieron en insalubres surtidores de aguas negras.

Millones de litros de agua corrieron calle abajo hasta encontrar el cauce de los pocos arroyos que no han sido taponados por la codicia de los fraccionadores y la lenidad de quienes se encargaban de autorizar la creación de nuevas colonias. (“El agua tiene memoria”, dicen los rancheros).

Estos arroyos desembocan finalmente en ríos del estado de Nuevo León, como el Santa Catarina, que captan el agua de los escurrimientos que cruzan veloces la mancha urbana de Saltillo, dejándonos solamente montones de basura.

Una población como la nuestra, y otras de la entidad, fundadas en el semidesierto, con pocos ríos, lagunas y embalses, dependen de pozos profundos para el suministro de agua potable, cuyo rendimiento tiene relación directa con los niveles de los mantos freáticos, los cuales, en épocas de sequía sufren severo abatimiento. Esto ya hizo crisis en Torreón y Ramos Arizpe, donde se ha tenido que recurrir a la distribución del agua en pipas.

En el sexenio de Enrique Martínez y Martínez se inició un proyecto al que no se dio seguimiento. Consistía en la construcción de pequeñas represas, de las que se hizo sólo una. La función de estos miniembalses es retener agua, con la idea de que al trasminarse al subsuelo se recarguen los mantos freáticos.

Otra solución para aprovechar el agua que corre por nuestras calles la encontraron los monjes de la orden de los mínimos de San Francisco de Paula, en su casa de la calle de Guerrero. Alguna vez, cuando tuve la oportunidad de visitar su convento, uno de los monjes, italiano de origen e hijo de campesinos, me mostró el ingenioso sistema utilizado para regar su huerto.

La casa de los mínimos se encuentra en alto y hacia el poniente, donde está el huerto, el terreno presenta un importante declive. Aprovechando esta circunstancia, los monjes abrieron una alcantarilla en la calle, la cual se conecta con un tanque elevado en el centro de la huerta. El tanque recibe el agua de lluvia captada en la alcantarilla, y con ella mantienen frutales y hortalizas. Sistemas parecidos usaban en los conventos de la Nueva España. Allí, los techos inclinados hacían llegar el agua de lluvia a una cisterna ubicada en el centro del patio para almacenarla.

Comentando con un conocedor, señaló que un sistema parecido funciona en Santiago de Chile, donde cisternas subterráneas alimentadas con agua de lluvia, se utilizan para regar jardines públicos. Esto, aseguró, significa, un ahorro económico para la ciudad y evita la sobreexplotación de los mantos freáticos.

¿No será posible implementar estos sistemas en Saltillo, donde la dependencia de los pozos profundos, sin temor a exagerar, deja en manos de la naturaleza el suministro de lo que los periodistas de antes llamaban “el vital líquido”? Dependencia riesgosa cuando la presa importante más cercana, la Venustiano Carranza, conocida popularmente como Don Martín, se localiza a casi 100 kilómetros al norte de Monclova, o sea a poco más de 300 de Saltillo. Perforar más pozos, es bien sabido, equivale a meter más popotes al mismo vaso, pues el manto freático sigue siendo el mismo.

Ahora, cuando estamos a punto de elegir autoridades municipales, quizá sea el momento de buscar nuevas soluciones a problemas añejos.
17 Junio 2018 04:00:00
De domingo a domingo
Elecciones y futbol. ¿O futbol y elecciones? Dos acontecimientos que en uno u otro orden acaparan hoy la atención de los mexicanos. Unos pensarán primero en las elecciones, muchos en el Mundial de Rusia. Aunque las encuestas señalan desde hace tiempo un puntero en las preferencias de los ciudadanos, queda en el aire el destino de los llamados “votos útiles” y hacia dónde se inclinarán los sufragios de los indecisos.

El futbol, ya se sabe, es hoy una suerte de religión que, en buena medida gracias a la televisión, se ha convertido en universal, como el catolicismo. Esta universalización del deporte de las patadas ha borrado fronteras. Hace años, por ejemplo, solamente a algunos miembros de la H. Colonia Española en México les interesaba si el Real Madrid superaba al Barcelona en el campeonato español, o el blaugrana vencía a los merengues. Hoy, en cambio, millares, quizá millones de mexicanos profesan la fe madrilista como si hubieran nacido en el barrio de Atocha o siguen al Barsa con una fidelidad rayana en el fanatismo digno de los vecinos de las Ramblas.

En el mismo tenor, de hacer una encuesta actualmente, nueve de cada 10 niños y jóvenes dirán sin titubear las nacionalidades de Leo Messi y Cristiano Ronaldo y los equipos en que juegan, pero, posiblemente –para no decir seguramente– no sabrán el nombre del actual diputado local y el senador que los representa.

Respecto a la Selección Nacional hay todavía menos dudas que sobre las próximas elecciones. Nuestros seleccionados despiertan más incertidumbres que entusiasmo, a pesar de los esfuerzos de las televisoras por alentar un nacionalismo futbolero que no acaba de prender. Para colmo de males, los nuestros debutarán en el Mundial enfrentando a esa potencia llamada Alemania y, como se sabe, el muro teutón ha resultado históricamente infranqueable para las huestes mexicas.

Pero eso sí, no cabemos de gozo porque la FIFA decidió que la copa del lejano 2026 se llevará a cabo en México, Estados Unidos y Canadá. Tres países de América del Norte que lograron ser designados sede de la fiesta máxima del futbol, pero son incapaces de arreglar sus diferencias a propósito del Tratado de Libre Comercio. Ces’t la vie, dirían los franceses: Estamos de acuerdo en el fut, pero nos agarramos a patadas cuando de comercio se habla.

Así las cosas. La decisión acerca de quién habrá de ser el próximo presidente la tomaremos el 1 de julio próximo, o sea dos domingos después de que hayamos sabido cómo le fue a los tricolores en su complicado partido contra los hijos de Ángela Merkel, quienes para un buen número de analistas se perfilan como posibles triunfadores de la justa deportiva.

en uno u otro caso, es necesario guardar la calma y tomar las cosas con filosofía. Nada de soltar el tigre si no gana el candidato de nuestras preferencias, ni rasgarse las vestiduras o formar un lago de lágrimas en torno a la Columna de la Independencia si la Selección Nacional resulta eliminada rápidamente. Será la mayoría de los ciudadanos la que decidirá a quién desea como Presidente, y la habilidad o falta de ella marcará el destino de nuestros representantes en Rusia.

En dos domingos más sabremos qué pasó. Lo que a nosotros corresponde es votar el 1 de julio y apoyar moralmente al “Chicharito” y compañía. En otras palabras: llevar la fiesta en paz y que la amargura de la eventual derrota no nos envenene ni nos divida. En la democracia y en el futbol se gana o se pierde, sólo que en la primera no hay empates ni decisiones por medio de tiros de penal.
10 Junio 2018 04:00:00
Ni tragedia ni farsa
De cumplirse los pronósticos de las encuestas, después de 18 años de comprar talonarios completos de boletos, por fin, el 1 de julio Andrés Manuel López Obrador podría ganar el primer premio de la rifa del tigre. El persistente tabasqueño, siempre según los encuestadores, está a punto de ver coronado su añejo sueño de ser Presidente. Un sueño que en las actuales circunstancias puede convertírsele en pesadilla.

Además de los retos que eventualmente ha de enfrentar si gana la elección: inseguridad, corrupción, agresividad de Donald Trump, devaluación del peso –los economistas dicen “deslizamiento”– y lo que se acumule de hoy al día de la toma de posesión, AMLO deberá responder a las expectativas que él mismo se encargó de sembrar entre sus simpatizantes. Y ya se sabe, la esperanza caduca pronto cuando la realidad no le corresponde.

A esto debe sumarse un problema de gran calado que Carlos Loret de Mola consignó en una de sus recientes columnas: armonizar, ya en el poder, a un equipo de campaña compuesto de las más diversas y a veces contradictorias tendencias ideológicas. Mezcla donde caben desde el radicalismo de Paco Ignacio Taibo II, amenazando con la expropiación de industrias, hasta la actitud proempresarial de Alfonso Romo, para no hablar de ese ente llamado Partido Encuentro Social y su religiosidad medioeval.

Decía Carlos Marx que “la historia se repite dos veces, primero como tragedia y después como farsa”. Pues bien, sin afán de forzar paralelismos, la situación en que se verá colocado López Obrador, de llegar a Palacio Nacional, guarda semejanzas al arribo al poder de uno de sus santones cívicos, don Francisco I. Madero. Después de provocar una euforia nacional, ya en el Ejecutivo federal el coahuilense fue incapaz de cumplir las expectativas de gran número de personajes que lo apoyaron y lucharon en la revolución.

Y en política, es bien sabido, el amigo desengañado se torna enemigo irreconciliable. Madero sufrió en carne propia este aserto. Dos ejemplos: Emilio Vázquez Gómez, perfilado para la vicepresidencia, y Pascual Orozco, uno de sus primeros seguidores y coautor, con Francisco Villa, de la toma de Ciudad Juárez, victoria revolucionaria que marcó el final del Porfiriato. El doctor Vázquez Gómez fue sustituido por José María Pino Suárez en la fórmula presidente-vicepresidente, y Orozco se desencantó cuando Madero le ofreció un puesto que él consideró muy menor para el tamaño de sus
merecimientos.

Ambos, de aliados desde la primera hora se volvieron feroces enemigos de Madero. Vázquez Gómez hizo una muy eficaz labor de zapa debilitando al régimen, y Orozco fue de los primeros en levantarse en armas contra don Francisco. Y no fueron los únicos. Con ser tan grande el aparato burocrático que depende del presidente, su amplitud resulta insuficiente si la fila de quienes creen tener derecho a una tajada del pastel del poder es tan larga.

De triunfar en los comicios, López Obrador requerirá de una enorme habilidad política para convertir la heterogénea turbamulta que lo apoya en su campaña en un equipo de trabajo capaz de marchar en pro de un objetivo común, a pesar de las diferencias ideológicas. Cosa nada fácil, por supuesto.

Esperemos, por bien del país, que, de llegar López Obrador al poder, la sentencia de Marx no se cumpla y que la historia no se repita ni como tragedia ni como farsa.

Aviso inquietante

El artero asesinato de Fernando Purón es un ominoso recordatorio de que el mal sigue allí.
03 Junio 2018 04:05:00
¡Cuidado!
La pregunta es obvia: ¿Serán tan optimistas o, mejor dicho, ingenuos, los capitanes del gran capital para creer que tendrán algún efecto las advertencias hechas a sus empleados y trabajadores, a quienes conminaron a rechazar a candidatos –en realidad, a un candidato– populistas en las próximas elecciones? ¿En serio considerarán que su autoridad moral es tal, que son capaces de influir en el ánimo de sus asalariados al elegir a quienes desempeñarán los cientos de cargos públicos que se disputarán en las urnas?

¿Se verán ellos mismos como amados benefactores de la clase obrera, dignos no sólo de gratitud, sino vistos cual guías cuya sabiduría hace recomendable seguir sus consejos, aun en temas tan delicados como el comportamiento a la hora de llegar frente a las urnas?

Es difícil, francamente, pensar que los autores de tales prédicas antipopulistas confíen en que harán cambiar de opinión a quienes trabajan para ellos. Más difícil todavía, creer que los receptores de los mensajes consideren que apoyar a un candidato populista perjudicará por igual a patrones y empleados. En otras palabras les dicen: ‘Tú y yo pondremos en riesgo nuestro futuro en el caso de que un político de esa peligrosísima tendencia llegue a la Presidencia de la República; el peligro del populismo nos iguala y anula diferencias de clase social y la abismal distancia económica que nos separa’.

La campaña patronal, que algunos consideran puede resultar incluso contraproducente, no parece tener como fin inducir a votar por cualquier candidato. Posiblemente se trata de una carambola de tres bandas, para usar el lenguaje de los amantes del billar. Es decir, la idea no es influir en el ánimo del trabajador-votante, sino enviar un mensaje al candidato al que las encuestas dan desde hace meses como seguro triunfador.

Un mensajepara recordarle que no se olvide que allí están, y que son ellos precisamente quienes forman y timonean uno de los principales segmentos de los poderes fácticos. La advertencia de que chocar con ellos causaría serias averías a la nave del Gobierno, y que lo más recomendable es llevarla en paz y dedicarse a buscar acuerdos.

Sea como fuere, esta novedad de que el gran capital entre al juego de las confrontaciones en vísperas de una elección, no presagia nada bueno. Ya de por sí las campañas, cuya columna vertebral ha sido en la mayoría de los casos la descalificación o el insulto a los contrincantes, provocaron ya esa sí riesgosa polarización de la sociedad mexicana, los barones del dinero deberían abstenerse de echar gasolina al fuego.

¡Cuidado! Los radicalismos de cualquier color no abonan nada a esa indispensable unidad que permita al país sumar fuerzas para afrontar los muchos y graves problemas, internos y externos, que le aquejan. Si algunos fanáticos de Andrés Manuel López Obrador parecen confundir la jornada electoral del 1 de julio con la Revolución de Octubre y sus 10 días que conmovieron al mundo, a quienes tienen tanto que cuidar, como son los grandes industriales, les corresponde mostrar cordura y una actitud conciliadora.

La recienteocurrencia del impredecible Trump de aplicar aranceles al acero y al aluminio es una llamada de alerta. La confirmación de que enfrentar al pelirrojo de la Casa Blanca no resulta tarea sencilla, y mucho menos lo será si después de las próximas elecciones nos encuentra divididos y con los distintos sectores en pie de guerra. No se trata de ser alarmista, pero, otra vez: ¡Cuidado!

27 Mayo 2018 03:00:00
Privatización de las calles
Calle Secundino Siller. Frente al negocio, alguien pone todos los días un bloque de cemento en el arroyo de la calle. Encima de este, un recipiente de plástico de cuatro litros al que pegó un cartón que tiene impresa la señal de “No estacionarse”.

Bloque y bote están a un lado de la salida de vehículos, es decir, a unos metros de la rampa. Otros no son tan sofisticados: sólo colocan conos color naranja de plástico, de esos utilizados por la policía para delimitar ciertas áreas en determinadas circunstancias. Pero cualquier cosa sirve, incluyendo sillas desvencijadas.

Este es el método por medio del cual particulares, comerciantes o residentes se reservan un lugar para estacionar su auto, y hasta ahora no he visto a ninguna autoridad ordenar el retiro de tales estorbos.

A lo anterior habrá que sumar la proliferación, esta sí legal, de áreas exclusivas de estacionamiento concesionadas por el Ayuntamiento, las cuales se consiguen mediante una cuota anual. No importa el número de cajones.Pueden ser cuantos el cliente esté dispuesto a pagar.

En la calle de Allende, una de las de mayor tránsito en la ciudad, frente al Mercado Juárez, una casa de empeños se reservó, mediante las consabidas rayas amarillas, ¡tres cajones de estacionamiento! A fin de reafirmar su propiedad, ponen conos anaranjados con el letrero de “Empeño”.

Botes, bloques, sillas, rayas amarillas son manifestación de una galopante privatización nunca antes vista de las calles de la ciudad.

Desconozco cuánto reditúa a las arcas municipales la concesión de estos espacios, pero es fácil  imaginar las repercusiones –molestias– que ocasionan a cientos, quizá miles, de automovilistas en las cada vez más congestionadas calles citadinas.

Sería interesante establecer el comparativo entre el aumento del parque vehicular de Saltillo y el crecimiento exponencial, legal e ilegal, de estacionamientos “exclusivos”.

Tal estudio ayudaría a dimensionar el incremento de los problemas de estacionamiento, el cual provoca la creación de puestos de trabajo informales para los llamados “franeleros”.  

En teoría, las calles son públicas, de todos. En la práctica, al menos aquí en Saltillo, este viejo concepto no opera.

A tal grado ha llegado el crecimiento del binomio: número de vehículos-número de cajones exclusivos, que los pocos estacionamientos existentes se saturan y no se dan abasto con la demanda.

En una sola cuadra de la calle de Bravo, entre Aldama y Pérez Treviño, hay tres, todos hasta el tope casi siempre. Lo anterior es uno de los factores de la paulatina agonía del Centro Histórico, del que tanto decimos estar orgullosos.

Una de dos: o se caen más casas viejas en Saltillo para que los herederos conviertan en estacionamiento la que fuera residencia de sus abuelos –negocio muy saltillero–, o las autoridades ponen freno a la privatización de las calles.

Quizá ninguna de las dos opciones resuelva el problema, pero es posible que lo alivie.     

Habría que señalar también que los concesionarios de cajones exclusivos, virtuales dueños de la calle, tienen buen cuidado de que las rayas de un amarillo que ya hubiera querido Van Gogh para sus girasoles, se mantengan nítidas, brillantes y limpias, pero son incapaces de mandar poner medio kilo de cemento y arena en los hoyancos de las destrozadas, en ocasiones inexistentes, banquetas frente a sus propiedades.

Ellos son dueños de la calle. De las banquetas que se ocupen otros.
20 Mayo 2018 04:09:00
Un banquete
Adolfo Castañón, escritor, académico de la lengua, “bibliófilo hasta el sopor”, Premio Xavier Villaurrutia, Caballero de la Orden de las Artes y las Letras por la República Francesa y “gastrónomo completamente autodidacto”, es un hombre a quien considero simple y llanamente sabio. Sí, sabio sin adjetivos, habría dicho su amigo Octavio Paz. Su enciclopédica erudición resultaría apabullante en cualquier otro. No en él, quien vive, disfruta y comparte sus astronómicos saberes con una naturalidad y una bonhomía enemiga jurada de pedestales y de torres de marfil.

Castañón estuvo en Saltillo el jueves pasado. Vino a presentar la más reciente edición de su libro Grano de Sal y Otros Cristales, sabrosísimo texto condimentado en el que el autor aborda desde distintas perspectivas su amor a la comida. “Libro rico no sólo en sabores, olores y texturas, sino en vocabulario”, como bien dijo Soledad Loaeza.

La presentación, hay que decirlo, se llevó a cabo en el sitio más adecuado: el restaurante Don Artemio, a unos pasos de la cocina donde cual alquimista medieval, el chef Juan Ramón Cárdenas reinventa y reconstruye guisos tradicionales en busca permanente de la piedra filosofal de la delicia absoluta.
Flanqueado por Gilberto Prado Galán y el propio Juan Ramón –teoría y praxis del buen comer–, Adolfo desplegó ante el salón abarrotado una síntesis de su obra, en cuya advertencia liminar asegura con modestia que a veces se expresa mejor con el tenedor que con la pluma. Gilberto y Juan Ramón se encargaron, por decirlo así, de los aperitivos, deleitable preludio del plato principal: la intervención del autor.

Un paladar de la finura y la educación del de Adolfo no admite ni permite fronteras, procedencias y mucho menos escalas sociales cuando de comer se trata. Lo mismo disfruta de un jabalí con salsa de castañas en el restaurante Saint Michel, en el castillo de Chambord, en Francia, que de la infinita variedad de los tacos creados por el ingenio y la necesidad de nuestro pueblo. Sin faltar, por supuesto, el obligado elogio a la tortilla: “Donde hay maíz, hay país” y “Donde hay tortilla, hay patria”.

Además, el libro ofrece, entre otras muchas, una deleitosa sección dedicada a mil voces de cocina y comida, entresacadas de Los refranes del habla mexicana en el siglo xx, de Herón Pérez Martínez.

Pero, finalmente, ¿qué es Grano de Sal y Otros Cristales? Aproximación a los fogones, alabanza de la buena cocina, cita de más de un centenar de autores, desde el anónimo creador del Popol Vuh hasta la alabanza a la alcachofa de Pablo Neruda, sin faltar –¿cómo olvidarlo?– ese gran señor de las letras y de las mesas que fue don Alfonso Reyes.

Acotación al margen: No creo que nadie conozca y haya estudiado con más profundidad a don Alfonso Reyes que el maestro Castañón, a quien El Colegio de México y la Universidad Autónoma de Nuevo León acaban de publicar la sexta edición de Alfonso Reyes; caballero de la voz errante, recopilación de textos de Adolfo en torno a la vida y obra de don Alfonso.

El libro también rescata el recetario del bisabuelo materno del autor, don Juan A. Morán, formulado en 1883 en San Gabriel, Jalisco. Una verdadera joya. Documento valiosísimo que nos acerca a las mesas de los mexicanos del siglo antepasado, cuando en las cocinas se hablaba de “cuatro cuartillos de leche” y la preparación se “deja toda la noche al sereno”.

Un libro, 309 páginas más bibliografía: un banquete.
13 Mayo 2018 04:00:00
El rábano por las hojas
En su artículo publicado el día 7 de este mes, el editorialista Sergio Sarmiento incluyó un disparate indigno de su inteligencia, el cual resulta imposible pasar por alto. En el remate de su texto, Sarmiento dice:

“Este 5 de mayo se cumplieron 200 años del nacimiento de Karl Marx. Muchos lo celebraron, a pesar de que los regímenes inspirados en sus ideas han matado a 100 millones de personas por hambre y purgas políticas. Supongo que tendremos que celebrar también el aniversario de Adolfo Hitler”.

Cuando leí el párrafo apenas podía creer que apareciera bajo la firma de Sarmiento, cuya admiración por el capitalismo y el mercado global son respetables, pero no es ni siquiera creíble que lo orillen a escribir tamañas barrabasadas.

Culpar a Marx de los crímenes cometidos por José Stalin, Mao Zedong y compañía es inconcebible si se dispone de un grano de lógica o, como decía, la profesora Amador en segundo año, si se tienen dos dedos de frente. El autor de una teoría no es, por supuesto, responsable de los actos de quienes dicen aplicarla y hasta torciéndola a su propia conveniencia.

De acuerdo al razonamiento de Sarmiento, cometemos una imbecilidad al celebrar la Navidad, o sea la conmemoración del nacimiento de Jesucristo, pues durante varios siglos hubo quienes, ostentándose seguidores de su doctrina, crearon ese repulsivo organismo conocido como la Santa Inquisición. Como es bien sabido, la Inquisición o Santo Oficio se empeñaba en realizar las poco cristianas tareas de encarcelar, torturar y quemar en la hoguera a miles de personas acusadas de profesar una religión distinta a la católica, ser homosexual, blasfemar o tener sospechas de que se era discípulo de Satanás o practicante de la brujería.

Siguiendo la lógica aplicada por Sarmiento, podríamos responsabilizar a Jesús de Nazaret del inhumano comportamiento del dominico Tomás de Torquemada. También es posible condenar a Jorge Washington, padre de la democracia norteamericana, por la guerra de Vietnam o las decenas de invasiones a países prácticamente indefensos. Por favor, seamos serios.

Peor aún es el absurdo de medir con la misma vara a un filósofo como Marx con ese loco furioso llamado Adolfo Hitler. No, señor, hay una distancia insalvable entre un pensador cuyas teorías pueden no convencernos, y un asesino capaz de instrumentar uno de los más horrendos genocidios registrados en la historia, enarbolando la asquerosa bandera de la pureza de la raza.

Karl Marx –que no debe confundirse con José Stalin, señor Sarmiento– fue un filósofo que en los últimos años ha sido objeto de interesante revaloración. En la portada de uno de los más recientes números de la revista Letras Libres, a la que nadie se atrevería de acusar de socialista o marxista, apareció el retrato de Marx.

En las páginas interiores, la revista incluyó varios artículos acerca de sus libros y la explicación del porqué se ha vuelto de nuevo un personaje atractivo para no pocos teóricos de la economía y más de una docena de biógrafos. 

Lo paradójico de este fenómeno es que lo alentó el capitalismo salvaje, depredador, propiciatorio de la acumulación de la riqueza en una elite reducidísima a costa de la pobreza de grandes masas de la población. En otras palabras, es el enemigo natural de las ideas de Marx, el capitalismo, el que ha conducido a un buen número de analistas y escritores de las más diversas posiciones políticas a interesarse en el autor de El Capital. Moraleja: no hay que confundir el rábano con las hojas.

06 Mayo 2018 04:00:00
¡Gracias!
¡Gracias! es una de las palabras más bellas de nuestra lengua. Sin embargo, admite gradaciones de acuerdo al talante y el tono de quien la pronuncia. Decir “gracias” puede ser a veces demostración de educación, de buena crianza, pero en su más alto significado es expresión que brota natural, espontánea, desde el fondo del corazón. Cuando es así, creo, debe escribirse con mayúscula inicial y flanqueada por signos de admiración.

Un ¡Gracias! con mayúscula inicial y signos de admiración es el que deseo escribir hoy. Un ¡Gracias! rotundo en su sinceridad, sonoro, cálido, capaz de expresar mis sentimientos más profundos hacia quienes organizaron y tomaron parte en el homenaje organizado en mi honor.

Esa tarde, para mí inolvidable, dije, entre otras cosas:

“Aquí se cometió un grave error. Este homenaje debí organizarlo yo para agradecer a la Universidad Autónoma de Coahuila y a su Facultad de Ciencias de la Comunicación, que a lo largo de casi 40 años fueron tan generosas al aceptarme como profesor o, mejor dicho, como estudiante perpetuo de lo mismo que pretendía enseñar.

“He aceptado este reconocimiento, totalmente inmerecido, por brindarme la oportunidad de hacer público el lazo moral y afectivo que sigue y seguirá ligándome a la Universidad y a la Facultad.

“Estos muros no pueden recibirme con indiferencia o extrañeza; guardan entre ellos muchas memorias que hoy no puedo recordar sin cierta especie de melancolía, anuncio de que la puesta del sol está próxima. Sin embargo, como decía Don Quijote, todavía hay sol en las bardas y aún no es tiempo de descansar. Bastante tiempo tendremos para hacerlo después de llegada la gran noche.

“Nostálgico y agradecido, la Facultad y quien habla no han tenido, por cierto, vidas paralelas. Nos conocimos cuando ella apenas nacía en unas aulas a espaldas del Ateneo Fuente, y yo transitaba la madurez. Ella creció y maduró mientras yo envejecía, ¡y vaya que lo he hecho!, con decirles que en mi pasado cumpleaños salieron más caras las velitas que el pastel. (La última frase se la robé a Lou Holtz, el legendario entrenador de futbol americano de la Universidad de Notre Dame).

“Me uní al claustro de maestros de la entonces escuela con la encomienda de venir a enseñar, pero en lugar de hacerlo, día tras día, a lo largo de los años, no hice sino aprender. Lo digo con toda honestidad y sin sombra de falsa modestia: no sé si fui un buen maestro, pero no tengo duda de que disfruté cada hora de clase”.

“Me enriqueció el trato con los demás maestros, el personal y con mis alumnos. Estos me obligaban a una constante actualización, nada mal para un periodista que la primera nota que escribió era alertando a los peatones de la calle de Victoria sobre el peligro representado por los dinosaurios que circulaban a exceso de velocidad. Al mismo tiempo, ellos, los estudiantes, me compartían el vigor, los sueños y la rebeldía que deben acompañar a una juventud bien vivida.

“Hace tiempo un periodista me preguntó: ‘¿Cómo le gustaría ser recordado?’ No vacilé al responder: ‘Como maestro… me gustaría ser recordado como maestro, pero un maestro fiel a la fórmula de Plutarco, quien rechazaba la idea de que la enseñanza consiste en llenar la cabeza de conocimientos, como quien llena un vaso’. El verdadero maestro, decía, es aquel que enciende una llama destinada a brillar con luz propia. Ojalá haya sido yo uno de esos maestros’.

“Gracias, señor director, maestro Miguel Barroso. Mil gracias a todos y cada uno de ustedes. ¡Gracias!”

29 Abril 2018 04:05:00
No confío
Obligado por las circunstancias, debo rescatar algo de mi biografía para dar sentido a lo que hoy escribo. Principio: pasé un tramo inolvidable de mi juventud en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la Universidad Autónoma de México (Antigua Academia de San Carlos), instalada todavía en su majestuoso edificio neoclásico en el cruce de las calles de Moneda y Academia, donde la Victoria de Samotracia nos daba todas las mañanas los buenos días.

Eran los años 50 del siglo pasado. Dos de los tres grandes de la Escuela Mexicana de Pintura, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, empezaban a ser cuestionados por jóvenes que formarían después la llamada “ruptura”. José Luis Cuevas acababa de acuñar aquello de “la cortina de nopal”, burlándose de la temática nacionalista de los muralistas, la cual, aseguraba, impedía la entrada al país de influencias estéticas renovadoras venidas del extranjero.

En el mundo del arte era inocultable la efervescencia anunciadora del cambio, pero San Carlos era una burbuja. Allí Diego y Siqueiros seguían siendo gurús intocables. De cuando en cuando dictaban conferencias en la escuela. Hablaban algo de pintura y mucho de política. Ambos, como se sabe, profesaban ideas radicales de izquierda y militaron en el Partido Comunista Mexicano, en ese tiempo una organización clandestina.

Años después, con algunos compañeros de estudios recordábamos el ambiente que privaba entonces en la Academia. Uno de ellos explicó bromeando la semilla de su simpatía nunca desmentida por el socialismo: “Es que sólo había tres cosas para elegir: o eras mariguano, gay o comunista. Y como a mí no me atraía ninguna de las dos primeras opciones, pues me volví comunista”.

Fue broma, pero lo cierto es que entonces nació en muchos de nosotros el interés por la izquierda. Era maravilloso perseguir la utopía de luchar por una sociedad más justa. Y así empezamos a asistir a reuniones “del partido” en la casa de la bella Rosaura Revueltas, hermana de José, el escritor. La verdad, los interminables rollos de los camaradas resultaban soporíferos, pero sí participé en manifestaciones antiimperialistas a raíz de la caída del presidente guatemalteco Jacobo Árbenz, en 1954, tras el golpe de estado perpetrado por la CIA en connivencia con la United Fruit.

Mucho después ocurrió la Primavera de Praga, donde el socialismo real mostró su verdadero rostro. Fue el detonante de la decepción total. En esos días charlaba frecuentemente con el maestro Casiano Campos, icónico comunista saltillense, a quien propuse en tono de chacota abandonar el socialismo y volvernos anarquistas. De inmediato reviró: “No, Javier, el anarquismo no resuelve los problemas sociales”. “Ya lo sé, maestro –respondí–, pero mi propuesta no es para salvar al proletariado, sino como una vía casi religiosa de salvación ideológica personal”. Rio a carcajadas.

Ya en serio, la izquierda–con los matices que usted quiera ponerle– me sigue pareciendo una posición éticamente impecable. Pensar en el bien común, en la justicia distributiva de la riqueza, en el mejoramiento de los que menos tienen, es plausible desde cualquier punto de vista. ¿Pero, a dónde voy con todo esto? Simplemente a una conclusión: mi pasado y mi respeto y admiración por la izquierda me impiden confiar en Andrés Manuel López Obrador, quien ha desvirtuado los principios de la izquierda al organizar, no una coalición, sino un monstruoso mazacote de partidos e individuos indeseables.
22 Abril 2018 04:01:00
Morena y los neoizquierdistas
Armando Guadiana Tijerina. Alumno destacado del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, donde estudió gracias a una beca del Sindicato Nacional de Trabajadores Minero Metalúrgicos, entonces dirigido por Napoleón Gómez Sada, padre de Napoleón “Napito” Gómez Urrutia, quien heredó el sindicato de su progenitor. Guadiana Tijerina se inició en el servicio público durante el sexenio del ingeniero Eulalio Gutiérrez Treviño, en el área de finanzas. Después fue diputado local. Ocupando una curul en el Congreso, rompió las reglas del juego priista al enderezar una serie de acusaciones contra el ingeniero Luis Horacio Salinas Aguilera, en aquellos días presidente municipal de Saltillo.

Fue un choque frontal y estridente, pero que no pasó de las columnas de los periódicos. Este pecado contra la solidaridad partidista le costó el destierro a la congeladora política y lo enrutó en una exitosa carrera empresarial en el ramo de la minería. Hoy es un hombre de gran fortuna al que se le reavivó el gusanillo de la política. Dueño de explotaciones de carbón en el riñón hullero de Coahuila, que maneja en compañía de uno de sus hermanos, en sus nóminas están los nombres de cientos de mineros.

Por lo demás, nadie le niega capacidad intelectual y una afilada intuición para los negocios. Actualmente es candidato a senador por la coalición Juntos Haremos Historia, cuya cabeza visible e indiscutible es Andrés Manuel López Obrador, líder de Morena.

Claudio Bres Garza. Licenciado en Administración de Empresas. Nació, como dicen los norteamericanos, con una cucharita de plata en la boca, o en sábanas de seda, como decimos en México. Su padre, don Alfonso Bres Burckhardt, fue todo un personaje. Agente aduanal y pionero de la radio en Piedras Negras, fundó la estación XEMU, en el ya lejanísimo año de 1937. En otras palabras, la concesión administrada por la familia cumplió 81 años. Cuando murió don Alfonso, Claudio se convirtió en el concesionario. Dos veces presidente municipal de Piedras Negras y diputado federal por mayoría relativa, Bres Garza militó desde muy joven en el PRI, bajo cuyas banderas hizo una exitosa carrera en el servicio público.

Su momento dorado le llegó en el sexenio del doctor Rogelio Montemayor Seguy, cuando ocupó la dirección de Comunicación Social. Una publicación de 2007 lo incluyó entre los 50 políticos más poderosos de Coahuila.

En la órbita empresarial tampoco le ha ido mal. Fue presidente de la Cámara Nacional de Comercio nigropetense y presidente de los radiodifusores del estado. Recientemente abandonó el PRI y es uno de los dos aspirantes a la presidencia de Piedras Negras por la coalición Juntos Haremos Historia.

En estos tiempos se ha vuelto espectáculo cotidiano –incluso aburrido– que políticos se acuesten perteneciendo a un partido y amanezcan al día siguiente en las filas de otro, aunque proponga proyectos totalmente distintos al anterior. Quienes así actúan lo hacen por muy diferentes razones, válidas en su caso, y nadie les discute el derecho de hacerlo. Decía Eduardo Galeano que uno puede cambiar de país, de religión, de partido, pero nunca cambiar la camiseta del equipo de futbol del cual se es fanático.

Guadiana Tijerina y Bres optaron por cambiar de partido, y eso es muy su gusto o su conveniencia. Pero cabe preguntar: ¿son dos candidatos que encajen ideológicamente en esa izquierda pregonada por Morena y López Obrador?


15 Abril 2018 04:07:00
Sócrates y el celular
Dos mil años atrás, Sócrates, el más grande de los filósofos griegos, sin proponérselo vaticinó el daño que causaría al ser humano el uso del celular. (Los choques y atropellamientos provocados por quienes lo utilizan cuando van conduciendo un auto no lo predijo, porque en sus tiempos no había automóviles). Sin embargo, profetizó con claridad meridiana otros peligros que esconde el teléfono móvil.

En el diálogo Fedro, que a ciencia cierta no se sabe si realmente lo escribió Platón, Sócrates habla de un dios egipcio llamado Teut, quien inventó los números, el cálculo, la geometría, la astronomía, así como los juegos de ajedrez y los dados, y también la escritura. Un buen día, Teut se presentó ante el faraón Tamus, y le hizo una demostración de todo lo que él había inventado, y la forma de usarlos.

Tamus, agrega Sócrates, según transcripción de Platón, le preguntó cuáles eran los beneficios de sus inventos, pero las explicaciones del dios sabio no acababan de convencer al faraón. Cuando llegaron a la escritura dijo Teut: “¡Oh rey! Esta invención hará a los egipcios más sabios y servirá a su memoria; he descubierto un remedio contra la dificultad de aprender y retener”.

Con una sonrisa, seguramente de escepticismo, el faraón Tamus respondió al inventor: “Ingenioso Teus, el genio que inventa las artes no está en el mismo caso que el sabio que aprecia las ventajas y desventajas que deben resultar de su aplicación. Padre de la escritura y entusiasmado con tu invención, le atribuyes todo lo contrario de sus efectos verdaderos. Ella sólo producirá el olvido en las almas de los que la conozcan, haciéndoles despreciar la memoria; confiados en este auxilio extraño, abandonarán a caracteres materiales (las letras) el cuidado de conservar los recuerdos”.

Hagan de cuenta que Sócrates está hablando de mí. No por culpa de las letras, sino por el teléfono dizque inteligente he olvidado especialmente los números telefónicos. Cuando vivía en la Ciudad de México –¡Uy, muchos años atrás–, recordaba 10 o 15 números, en aquel entonces de hasta ocho dígitos! Hoy, me da pena reconocerlo, no recuerdo ni el número del teléfono de mi casa.

Lo que es más terrible, a la hora de ir a depositar mi ayuda mensual para el señor Carlos Slim en alguna oficina de su compañía telefónica, ¡debo consultar la pantallita para darle al cajero el número de mi celular! Estamos ante una dependencia diabólica, que un mal día nos obligará, como a los habitantes de Macondo, a poner letreritos a las cosas para acordarnos cómo se llaman: taza, pluma, computadora, lápiz, borrador, etc.

¿Qué caso tiene retener en la memoria tanto número si basta un clic para conectar con cualquier teléfono registrado en el nuestro? sea sincero: ¿Recuerda usted los cumpleaños de sus amigos o espera que Facebook le avise cada mañana la obligación de felicitar a fulano o a zutana? para colmo, aunque nunca le contesto, de las entrañas de mi celular sale a veces una comedida vocecita instándome a que le haga preguntas sobre todo lo habido y por haber, mientras Google ofrece la respuesta para prácticamente todas las dudas.

El faraón Tamus tenía sobrada razón cuando para concluir dijo al dios inventor: “Con las letras (léase celular y Google) das a tus discípulos la sombra de la ciencia y no la ciencia misma. Porque, cuando vean que pueden aprender muchas cosas sin maestros, se tendrán ya por sabios, y no serán más que ignorantes y falsos sabios insoportables.”
08 Abril 2018 04:07:00
A palabras de borracho
A riesgo de ser tachado de traidor –un Santa Anna cualquiera escribiendo en computadora–, me resulta difícil unirme a quienes se han desgarrado las vestiduras tricolores a propósito de la declaración del presidente Enrique Peña Nieto con respecto a la orden de Donald Trump de enviar la Guardia Nacional para detener “una oleada drástica de actividad ilegal” en la frontera.

Dos aclaraciones: el respeto a México exigido por el presidente Peña Nieto es impecable. Ni siquiera es necesario insistir en ello, pues debe estar en el corazón y el ánimo de todo mexicano bien nacido. Tampoco tengo duda de que la movilización de la Guardia Nacional es un gesto evidentemente inamistoso –no necesariamente una agresión–, una más de las tantas y peligrosas, pero no tan ingenuas, ocurrencias del actual ocupante de la Casa Blanca.

Sin embargo, estoy convencido de que la mejor respuesta hubiera sido la indiferencia. ¿Por qué? Por dos razones: la primera de ellas es que Trump está actuando en su territorio, donde puede hacer lo que desee, en tanto que el Congreso y los ciudadanos se lo permitan, y porque la presencia de la Guardia Civil en la frontera no pasa de ser una burda provocación, y creo que lo aconsejable es atenernos al viejo dicho mexicano: “A palabras de borracho, oídos de mostrador”.   

La ocurrencia de Trump es en realidad una elaborada carambola política para consumo interno de Estados Unidos. El gesto está dedicado a las galerías, a los seguidores del Presidente, a quienes ha vendido, y muy bien, la idea de que buena parte de los males que aquejan a Estados Unidos proviene de su frontera con México. Como el muro prometido desde la campaña se antoja lejos de concretarse debido a la falta de presupuesto, ahora ofrece un paliativo envuelto en un argumento tramposo: “Como no he podido construir el cacareado muro y México se niega a costearlo, entonces, y por lo pronto, voy a colocar una valla humana para resguardar nuestra frontera”.

En otras palabras: “Miren, aun sin muro, los voy a proteger de la mala influencia venida del sur que en forma de drogas e indocumentados amenaza nuestro sagrado american way of life y la supremacía blanca”.

Por otra parte, la orden le es útil para demostrar a quienes lo apoyaron en las urnas que no ha cambiado de opinión acerca de los mexicanos. Y de pasada, reprocharnos nuestra real o supuesta incapacidad de sellar convenientemente –para Estados Unidos– la frontera sur, por donde cruzan millares de centro y sudamericanos que pasan por México con la idea de introducirse sin papeles a Estados Unidos.

Debido a la ola de violencia desatada por los narcotraficantes en buen número de ciudades fronterizas, ha crecido notablemente la presencia de las fuerzas militares, soldados y marinos, en estos lugares. No obstante, nadie, ni aquí ni en el otro lado del río Bravo, habla de la militarización mexicana de la frontera con Estados Unidos.

Trump nos ha dado tiempo suficiente para conocerlo. Es un ser impredecible, xenófobo, racista, iletrado, rencoroso y dado a lanzar baladronadas a diestra y siniestra. También sabemos de tiempo atrás que México es uno de los temas preferidos de su xenofobia, hasta haberla vuelto una cantilena. Además, hay abundante información de que las cosas se han complicado dentro de su país, y de que enfrenta el repudio de las minorías, del partido opositor y de miles y miles de mujeres y jóvenes. Por eso, quizá, lo más conveniente es no darle el gusto de que puede irritarnos, y ver cómodamente cómo sale de su atolladero, si es que sale.

01 Abril 2018 04:07:00
Fanáticos
Partidos contrarios a Morena, voceros gubernamentales, cónclaves de banqueros, economistas estadunidenses, expertos en finanzas y analistas, tanto extranjeros como nacionales, insisten en señalar los graves problemas que enfrentaría el país de triunfar Andrés Manuel López Obrador el próximo mes de julio. A pesar de que AMLO ha moderado su discurso hasta colocarse en el extremo derecho del cuadrante ideológico, según lo señaló en una entrevista el respetado Roger Bartra, algunos pronunciamientos del tabasqueño siembran inquietud en amplias capas de la población que esgrimen buenas razones para fundamentar la desconfianza.

¿Es todavía López Obrador un peligro para México, como lo tildaron tiempo atrás? Tal vez, pero observando la actitud y el comportamiento de un buen número de sus seguidores, la respuesta, sin duda, es afirmativa. Ante este fenómeno, cabe preguntar: ¿quién resulta más peligroso para el futuro de la nación: el abanderado de Morena o quienes lo apoyan?

Quizá se piense que esto es una barbaridad, pero en lo personal, me causan más temor ciertos lopezobradoristas que el mismo candidato de Morena, porque el abanderado de la coalición de partidos Juntos Hagamos Historia no tiene simpatizantes ni seguidores, tiene fanáticos. Y los fanáticos, a los que guían los sentimientos, no la razón, son capaces de las más terribles barbaridades en defensa de la que creen es “su causa”.

Diversos opinadores profesionales han externado su extrañeza por la aparente invulnerabilidad de ALMO. Diga lo que diga, haga lo que haga, sus fanáticos no oyen, no ven, no razonan, mucho menos cuestionan. Puede designar al impresentable Germán Martínez –“sapo”, lo llamó un lopezobradorista de hueso colorado, Paco Ignacio Taibo II– candidato a una senaduría plurinominal. También es capaz de establecer alianzas con el Partido Encuentro Social, una agrupación política salida de las catacumbas, y tampoco eso le resta simpatías –¿debí escribir adoración en lugar de simpatías?– de quienes lo veneran.

Hace años, Enrique Krauze calificó de mesías tropical al candidato de Morena. Es posible que el mote no se ajuste del todo a la personalidad del AMLO de hoy, pero desde la perspectiva de los lopezobradoristas, el calificativo es impecable. Probablemente él no tenga en el fondo un carácter mesiánico, pero resulta indudable que hay quienes lo consideran un ser providencial, reencarnación de Benito Juárez y Lázaro Cárdenas, portador de la verdad venido desde Tabasco a estas tierras para salvar a la Patria.

Tales sentimientos cuasi religiosos entrañan, sí, un gravísimo peligro. Nadie sabe de lo que es capaz un fanático. Andrés Manuel predijo que de no haber elecciones limpias, confiables, se “soltaría el tigre”, y que en esta ocasión él no se ocuparía de amarrarlo. La metáfora, de la que Porfirio Díaz podría alegar derechos de autor, es una clara amenaza y, además, una manifestación monstruosa de egolatría al considerarse el único capaz de aplacar a su rebaño.

Otra característica de ese fanatismo es el hecho de que los adherentes a Morena ven desde ahora a López Obrador en la silla presidencial. Si bien las encuestas le dan una ventaja considerable sobre el resto de los aspirantes, los amloistas no “confían” en que ganará las elecciones; ellos “saben” que las ganará. Certezas propias de fanáticos, insisto.

25 Marzo 2018 04:07:00
Anticorrupción: un primer paso
Según revelan estudios sobre la percepción de los ciudadanos, el problema de la corrupción desbancó, mandando al segundo lugar el de la inseguridad. Queda más atrás la preocupación por la economía, no obstante la amenaza latente representada por ese ser impredecible que gobierna actualmente Estados Unidos. Ya lo sabemos, sus opiniones, amenazas o promesas dependen del humor con que despierte en la Casa Blanca.

Aunque la corrupción ha sido históricamente un mal endémico de México, es ahora cuando el ciudadano de a pie, “la gente del común”, como diría Montaigne, la coloca en primer lugar de la lista de causas que provocan su irritación y hartazgo. Es lógico que así suceda, pues nunca antes habíamos conocido una corrupción de esta escala, la cual incluye triangulaciones maquiavélicas tanto dentro del país con participación de ciertas universidades como en el tablero de los llamados paraísos fiscales del mundo.

También resulta relativamente nueva la ostentación que gustan hacer algunos políticos y líderes sindicales de su mal obtenida riqueza: autos italianos para el júnior, relojes de marcas prestigiadas, residencias palaciegas, departamentos en Miami y cuentas con decenas de ceros en bancos del extranjero.

Hoy podemos recordar con nostalgia aquella terrible acusación lanzada por los periódicos de la época contra el yerno de don Adolfo López Mateos, después de que este dejara la presidencia. Un sagaz reportero de un diario capitalino reveló que el esposo de Avecita López Mateos se había enriquecido en el sexenio de su suegro, pues, asómbrese usted, tenía el suficiente capital para ¡abrir una casa de té en el Paseo de la Reforma de la Ciudad de México! No se ría, esta noticia apareció bajo grandes titulares allá por 1965 y provocó un escándalo.

La escala de la corrupción que ahora se descubre un día sí y otro también afecta al ánimo de más personas gracias a la comunicación, especialmente las redes sociales, donde la hija de un líder petrolero no siente rubor al informarnos que en uno de sus viajes a Europa compró un boleto extra en primera clase para ¡su perrito de peluche!, o el júnior exhibe un flamante Ferrari, regalo de papá.

Hay suficientes motivos para la indignación ciudadana. Esto es innegable. Sin embargo, a pesar de que es de esperarse que los aspirantes a suceder al presidente Peña Nieto orbitarán sus discursos en torno al combate a la corrupción, esta no se terminará por arte de magia o por el simple cambio de residente de Los Pinos.

Además, los electores deben estar conscientes de que en el caso de que se haga un combate frontal a la corrupción y se castigue a los corruptos, eso por sí solo no resolverá los otros grandes problemas del país: el decepcionante desempeño de nuestra economía, la pobreza en que sobreviven millones de compatriotas, el incremento de la inflación y la ya arcaica desigualdad del reparto de la riqueza, que hace más de 200 años sorprendía al barón de Humboldt cuando anduvo por estas tierras.

La corrupción es un gran problema, pero no el único. Atacarla sería, a no dudarlo, un buen punto de partida, pero no hay que confundir esto con la meta final. Incluso con todos los corruptos en las cárceles, los mexicanos que viven en la miseria continuarán viviendo en la miseria y la inseguridad seguirá imperando en muchas ciudades. Se requiere más que promesas de honestidad para superar los rezagos económicos y sociales que arrastra el país. Mucho más.
18 Marzo 2018 04:08:00
El antes sagrado hogar
Hay un viejo cuento británico que retrata a la perfección la celosa defensa que hacen de sus derechos individuales los hijos del Imperio Británico: “Habla un campesino muy pobre, casi miserable: ‘Mi casa es muy humilde. Cuando llueve, entra el agua. Cuando sopla el viento, entra el aire. Sí, a mi casa entran el agua y el aire, pero el rey no puede hacerlo si antes no le doy permiso’”. La defensa del espacio sagrado del hogar, la inviolabilidad del domicilio, ha sido una constante. En esto, como en otras reformas legales, los ingleses fueron pioneros. Se adelantaron más de un siglo a la Revolución Francesa en lo que hace a la defensa de los derechos del hombre.

Con base en experiencias en otros países, en México existía hasta hace poco el requisito de que un juez extendiera una orden de cateo, para permitir a cualquier autoridad entrar a un domicilio a realizar un registro. Sin embargo, por una controvertida decisión de la Suprema Corte de Justicia, ahora las fuerzas de seguridad pueden entrar y registrar un domicilio sin necesidad de solicitar al juez una orden. Sólo se requiere, según la SCJ, la presunción de un delito. Ya ocurridos los cateos –después de atole, dirían mis tías–, una autoridad competente juzgará si las razones que los motivaron eran válidas.

Aunque se trata de un campo donde es deseable que los especialistas emitan sus opiniones, el anuncio de esta medida produjo de inmediato un alud de reacciones en contra. La presidenta del Tribunal Superior de Justicia del Estado, Miriam Cárdenas cuestionó de inmediato la decisión de la Corte, al considerarla inadecuada, ya que, dijo, “rompe con nuestra tradición jurídica. Y si antes era una exigencia y había abusos, pues puede abrir la puerta para que se den más”.

Argumento incuestionable. Si se deja al criterio de los policías la necesidad de catear un domicilio, no se requiere de mucha imaginación para pensar en un crecimiento exponencial de los ya de por sí frecuentes e indignantes abusos de las fuerzas de seguridad pública.

La intensidad del rechazo fue tan firme, calificada y unánime, que la Suprema Corte realizó el jueves anterior una sesión para precisar puntos, que a juicio de los ministros no estaban del todo claros. Con ello lanza una mala señal a los ciudadanos, pues la falta de claridad –ambigüedad– de cualquier ley no solamente propicia interpretaciones a conveniencia de autoridades y particulares, también, en automático, prohijará abusos que ya se cometen sin necesidad del permiso de la Corte.

Como lo señalan órganos internacionales, México ocupa un pésimo lugar en lo que se refiere al respeto de los derechos humanos. También es cierto, y nadie podrá negarlo, que nuestro país enfrenta gigantescos problemas por la inseguridad imperante en numerosas regiones. Sin embargo, tampoco es posible negar que en muchas ciudades y municipios las policías no sólo conviven con la delincuencia, sino, lo que es el colmo, están a sus órdenes. Ante esta realidad resulta evidente que el problema no se resolverá vulnerando los derechos de los ciudadanos.

Esperemos que los señores ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación definan con toda claridad, y en lenguaje comprensible para los legos, los alcances de la medida aprobada. Ya de por sí los ciudadanos tienen suficientes motivos para volverse suspicaces, y este es el momento menos propicio para alimentar su desconfianza en el Estado y las autoridades que lo representan.
11 Marzo 2018 04:08:00
Información vs diversión
La popularización de Netflix y otras empresas afines provocó la caída de la televisión como principal espectáculo familiar. En los últimos años, la TV ha registrado un descenso en picada de sus niveles de audiencia, sin que se vislumbre la posibilidad de un repunte. Pero el fenómeno Netflix –llamémosles así a todas las ofertas de series y películas a elección del cliente– ha traído otras consecuencias, algunas preocupantes.

Entre ellas, quizá puramente anecdótica, está el hecho de que ver telenovelas se haya convertido en costumbre “intelectualmente correcta”, para decirlo de alguna manera. Claro, ya no se llaman telenovelas, ahora son series. Hace años los telechurros, como se les rebautizaba con un pedante dejo de dizque superioridad cultural, eran diversión propia de amas de casa ajenas al mundo superior de las ideas (bueno, es un decir). Nadie que se considerara intelectual se atrevía a confesar que seguía las peripecias de la guapa Verónica Castro en Los Ricos También Lloran, y mucho menos las maldades de Catalina Creel de Cuna de Lobos, villana clásica personificada por la recientemente fallecida María Rubio.

No, ¡qué va! Eso era para señoras cansadas de planchar y lavar los platos de la cena, deseosas de escapar de la monótona cotidianeidad de sus vidas. Hoy, gracias a Netflix, hasta los académicos más conspicuos comentan entusiasmados lo emocionante que les resulta seguir la carrera criminal del “Chapo” Guzmán y las trapacerías de los políticos en House of Cards. Esto es, ya lo decíamos arriba, aceptable e “intelectualmente correcto”. Pero, ¿qué son esas series sino teledramas alargados hasta la novena temporada? Hay poca diferencia, si acaso existe alguna.

Ahora bien, si antes me parecía que un ama de casa, después de ocho horas de trabajo en la oficina o en la industria, haber preparado a oscuras el desayuno de los niños, y regresar a casa ya casi de noche a dar de cenar a su familia, tenía todo el derecho de buscar diversión acompañando en sus temporales sufrimientos a Angélica María. ¿Pues qué esperaban? ¿Acaso pensaban que después de una jornada agotadora, de un correr de un lado para otro y acostar a los niños, tendría ánimos de ponerse a leer la Crítica de la Razón Pura de Kant, o Ser y Tiempo de Heidegger? ¡Por favor!

Pero hay otros efectos menos inocentes. Uno, muy notable, quebradero de cabeza de un gran número de profesores de periodismo, es el hecho de que la pantalla chica, como la llamaban los periodistas de antes –ahora las hay gigantescas– olvidó dos de los tres compromisos que hipotéticamente se le asignaban: divertir, informar y educar. Netflix redujo la triada ideal a uno solo: divertir. Debido a ello, para estos profesores resulta desesperante que lleguen sus alumnos a clases vírgenes de información.

Quienes veían o aún ven televisión, de pronto, al hacer cambio de canal pueden tropezarse con un programa informativo. Ahora ya no sucede. El hommo netflixensis enciende la tele o la computadora para ver el capítulo de la serie que desea ver y entretenerse un rato. ¿Información? ¿Qué es eso?

Los jóvenes han abandonado los periódicos sustentados en papel, como dicen los elegantes, y no ven informativos en la tele. Su conexión con el mundo se reduce a unas cuantas frases e imágenes leídas y vistas de prisa en el teléfono inteligente. Eso sí, están enterados a todo color qué comió un amigo amante de subir a la red el platillo que está dispuesto a devorar. Pero casi de nada más.

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