×
Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
ver +

" Comentar Imprimir
17 Septiembre 2017 04:01:00
Álvaro Matute
Era en el corazón del Centro Helénico de la Ciudad de México. El escenario, imponente: una capilla gótica del siglo 12 transportada piedra por piedra de España a Estados Unidos por el legendario periodista William Randolph Hearst, y traída a México por un millonario. Ventanas con vitrales, columnas de capiteles florales y una alta bóveda. Pero si el escenario resultaba imponente, no lo eran menos con quienes habría de compartir la mesa esa noche: Gloria Villegas, entonces directora de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México; el prestigiado editor Miguel Ángel Porrúa y el historiador Álvaro Matute Aguirre.

A la doctora Gloria y a Miguel Ángel Porrúa los conocía de tiempo atrás. Puedo ufanarme de considerarlos amigos. Al doctor Matute era la primera vez que lo veía. Delgado, de mirada profunda, bigote y piocha entrecana  y lentes de gran armazón negra, parecía lo que era exactamente: un intelectual. No, quizá mejor: un sabio profesor, que también lo fue.

El motivo: la presentación de los tres gordos tomos del Diario y las memorias de don Vito Alessio Robles, cuya transcripción y notas habían corrido por cuenta de quien esto escribe. La doctora Villegas se refirió afectuosamente al autor del trabajo y a la importancia de que el diario y las memorias de un historiador de la talla de don Vito se dieran a conocer. Miguel Ángel fue el de siempre: amable y generoso. Era el coeditor de la obra gracias a la promoción del gobernador Rubén Moreira Valdez. Más de mil páginas con el cuidado y el buen gusto tipográfico característicos de su casa editora.

El doctor Matute escuchaba con atención. Sin hacer un gesto seguía las palabras de quienes le antecedieron en la presentación. Discretamente tomaba notas en una libreta negra. ¿Qué irá a decir?, me preguntaba. Solamente una vez anterior habíamos estado a punto de coincidir. Se presentaba un libro de este escribidor en el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), pero compromisos de última hora le impidieron asistir.

La duda me daba vueltas en la cabeza: ¿Qué dirá? Ya se sabe lo duros que pueden ser algunos académicos en trances como este.

Por fin, le llegó el turno de hablar. Me sorprendió. “Es una magnífica idea de JVL publicar las memorias de don Vito Alessio Robles, después de haber dado a conocer las de su hermano Miguel Alessio Robles. Con estos siete tomos –cuatro de Miguel y tres de Vito– tenemos acabados retratos de dos personajes claves en una de las etapas cruciales de la Historia de México.”

Terminada la ceremonia, Luis Arturo Salmerón me dijo: “No estés sorprendido, Matute ha leído todo…y cuando digo todo, es todo”.

Álvaro Matute murió intempestivamente el miércoles anterior. Tenía 74 años. Avalaría, sin quitarles ni ponerles una coma, lo dicho por otro gran historiador mexicano, Javier Garciadiego Dantán:

“México  pierde a un gran historiador, un gran universitario, un hombre sensible y, para ser honestos, a un hombre muy sabio. En el gremio era una persona muy querida por su calidez y su tremenda cultura. Álvaro Matute sí puede ser considerado un intelectual en todo el sentido de la palabra”.

Posteriormente haría gala de conocimientos, pero sin falsas poses ni pedantería, con una sencillez que difícilmente resultaba a adecuada para un historiador-filósofo y maestro de bien ganado renombre.

Es extraño. Hay personajes con quienes basta conocer una noche y compartir una cena para guardarles sólido afecto y admiración.
10 Septiembre 2017 04:01:00
De sainetes y tragedias
A medida que se aproxima el año decisivo de 2018 las fuerzas políticas del país se ven envueltas en una escalada de ebullición. Ni siquiera las furias naturales –huracanes enfilados uno tras otro con enorme fuerza devastadora contra ambos lados del continente–, parecen distraer a la mayoría de los políticos mexicanos, que, se diría, traen grabados a fuego en la frente solamente cuatro dígitos: 2018.

El sainete escenificado el martes anterior en la Cámara de Diputados es solamente el prólogo de lo que podemos esperar en los próximos meses. No es necesario ser profeta para asegurar que las posiciones se endurecerán y los desencuentros irán subiendo de tono.

Y es que esta vez no se trata ya de la vieja adivinanza del “tapado”, al que el genial caricaturista Abel Quezada colocó una simpática capucha y hasta lo convirtió en anuncio de cigarrillos de la marca Elegantes.

Aquel era un juego o, si usted quiere, una suerte de ejercicio detectivesco. Consistía en interpretar hasta el menor gesto del Presidente en turno para descubrir hacia cuál de los miembros de su Gabinete, “el tapado”, apuntaría el gran dedo elector.

En la baraja sobre la mesa, ¿cuál de ellos será el elegido? ¿Acaso José Antonio Meade, el hombre que ha transitado con éxito y sin señalamientos lo mismo por sexenios pintados de azul que por el de tres colores? ¿El Gran Elector se inclinará por quien se dice es su más cercano amigo, Aurelio Nuño, sobreviviente del feroz bombardeo desatado por la reforma educativa? Sin descartar, por supuesto, a nuestro paisano José Narro Robles, considerado por ciertos opinadores como la versión nacional de Bernie Sanders.

Pero México dejó de ser hace tiempo una monarquía sexenal, según la definición de don Daniel Cosío Villegas, y si algunos –que los hay– gustan de seguir jugando al “tapado”, lo hacen conscientemente de que la elección presidencial no conllevará esta vez la unción automática del próximo mandatario. El designado será la carta a jugar por el partido del Presidente.

Y será un candidato que, además, se verá forzado a remar contra la terca corriente de las encuestas, las cuales colocan a Andrés Manuel López Obrador como favorito. Sin olvidar a otras fuerzas políticas que eventualmente pudieran coaligarse para competir. (Ahora prevalece el cálculo sobre cualquier otra consideración). La política se hace hoy, en muchos casos, con una sumadora en la mano, no mostrando a los electores una carta de principios o plan de trabajo.

Es esta la razón por la cual atestiguamos uniones sorprendentes que en otros tiempos hubiéramos calificado de pecados contra natura. Supuestas izquierdas y supuestas derechas se unen y forman al calor de las elecciones frentes comunes echando mano de una muy útil amnesia que les hace olvidar antiguas diferencias que creíamos insalvables.

Tal pragmatismo pedestre incrementa la incertidumbre y alimenta el escepticismo del ciudadano, quien asiste al proceso de la sucesión presidencial con notable indiferencia, considerándolo asunto de las “cúpulas”, el cual le resulta ajeno.
 
TRAGEDIAS

Al golpe inmisericorde de los huracanes que castigan amplias zonas del país, se sumó el sismo de 8.2 de intensidad en la escala de Richter, acumulando para México las situaciones de emergencia. Millares de compatriotas enfrentan la tragedia. Es una buena llamada de atención para advertirnos que debemos ocuparnos de lo verdaderamente importante: tenderles la mano.
03 Septiembre 2017 04:01:00
Herencia maldita
Ya lo he dicho antes: el caricaturista José Trinidad Camacho, “Trino”, y este escribidor comparten el sufrimiento causado por una herencia maldita que además es irrenunciable. El padre de “Trino” le heredó su fanatismo por el club de futbol Atlas de Guadalajara, un equipo cuya vocación perdedora es casi récord Guinness en el renglón de constancia. La última vez que el Atlas logró brillar en las finales del futbol mexicano está consignada en un papiro egipcio fechado meses antes de la huida de los israelitas del territorio del Faraón. Con el agravante de que un puñado de sabios arqueólogos afirma que se trata de un papiro apócrifo presumiblemente redactado en Tlaquepaque, Jalisco, para avivar las mortecinas esperanzas de los atlistas. 

Un servidor recibió herencia similar de parte de sus dos tíos maternos, Ramiro y Alfonso Lozano. El legado, al igual que el del sufrido “Trino”, ha sido, si se tratara del guion de telenovela, una corona de lágrimas. Mis señores tíos, que de paz gocen, me heredaron la fidelidad a los colores del equipo de beisbol de casa desde que jugaba en el desaparecido Estadio Saltillo, frente a la Alameda. ¡Ya podrán imaginarse mi desfalleciente ánimo al terminar la actual temporada!

El viejo Estadio Saltillo merecía con todo derecho el calificativo de rústico. Por supuesto no tenía pasto, y cuando un jugador se barría en home levantaba tal polvareda que el ampáyer podía marcar igual out o safe a sabiendas de que no habría protestas, pues lo único que podían ver los jugadores y el público era una impenetrable nube de polvo. Sus graderías eran planchas corridas de cemento. Para comodidad del respetable con recursos suficientes, se alquilaban cojines, los cuales, parte de la cultura beisbolera de entonces, al terminar el partido los aficionados gustaban de hacerlas volar hasta al campo de juego.

¿Alumbrado? Ni soñarlo. Los juegos se disputaban normalmente por la tarde, así que la sección de espaldas a la calle Ramos Arizpe era la de sol, mientras la ubicada al hilo de la calle Salazar, la de sombra.

 Para evitar la eventualidad de que cualquier faul descalabrara o causara un daño mayor a los aficionados, la gradería ubicada detrás del home estaba protegida por alambre de gallinero. No exagero: era tela de gallinero. Ahora, la totalidad de las graderías laterales del parque Francisco I. Madero tienen una malla, por aquello de que los aficionados descuidados reciban un pelotazo cuando en lugar de estar viendo el juego miran hacia otra parte o revisan su celular (esto último es lo más frecuente).

Había otra regla no escrita: después de un faul o jonrón que alcanzara la calle, el afortunado que recogía la pelota podía entrar gratis a ver el partido, a condición de regresarla. Definitivamente, la Liga no nadaba en recursos. Hoy, cualquier rasponcito sufrido por una bola es causa suficiente para decretar su inmediata jubilación. Eso se lo copiamos a los gringos, tan ricos y desperdiciados.

 Al concluir el partido prolongábamos la diversión discutiendo ante dos refrescos en el Centro Alameda, sobre supuestos errores de estrategia del mánager Agustín Verde: “Debió ordenar toque de bola, no bateo libre”.  “¿A quién se le ocurre dejar a Limonar Martínez después de haber regalado dos bases por bolas en la séptima entrada?”.

 Todo pasa, es cierto. Ya casi nadie recuerda al Estadio Saltillo. Pero no todo se ha perdido: el equipo de casa mantiene viva la tradición de perder. Y lo hace de maravilla.
27 Agosto 2017 04:01:00
¿Qué hacer en un año?
Saltillo y el resto de los 37 municipios del Coahuila vivirán próximamente un relevo sui generis en sus ayuntamientos. Por primera vez desde los nacientes años del siglo pasado, las autoridades municipales verán reducido a un año su periodo de gobierno. Muy poco tiempo, en verdad.

Aquellos mandatos de 12 meses eran adecuados a las circunstancias. Los presidentes municipales y sus cabildos gobernaban comunidades pequeñas, muchas de ellas todavía con aroma semirrural, con la agravante de tener que hacer frente a los retos disponiendo de un presupuesto raquítico, en ocasiones insuficiente incluso para hacer frente a los gastos de su propio sostenimiento. Hoy, aquel Saltillo de alrededor de 40 mil habitantes se ha convertido en una ciudad que roza el millón de habitantes. Y del tamaño del crecimiento de la zona urbana y del demográfico ha sido el  crecimiento de las necesidades y los problemas.

¿A qué puede aspirar un presidente municipal que estará solamente un año en el cargo? Lo corto del periodo le obliga, primeramente, a tener en cuenta que su de-sempeño será una lucha constante contra el reloj. Además, deberá tener proyectos muy concretos, viables, que sea posible llevar a buen fin en unos cuantos meses. De lo contrario, al terminar el año estaría condenado a heredar obras inconclusas cuyo destino se puede vaticinar en vista de experiencias anteriores sería el abandono. Elefantitos blancos que servirán, en el peor de los casos, de refugio de malvivientes y drogadictos.

Con el ímpetu de su juventud, Manolo Jiménez, el próximo alcalde saltillense, ya se arremanga la camisa para, aseguró, ponerse a trabajar desde el primer día. Trabajo no le faltará. Sin embargo, hay varios problemas cuya complejidad resulta difícil solucionar en 365 días. Uno de ellos es el tránsito vehicular, que en algunos puntos alcanza ya niveles preocupantes. Si usted transita por el periférico Echeverría al sur de Valdés Sánchez poco antes de las 8 de la mañana, verá hileras de autos de dos kilómetros de largo no es exageración avanzando a vuelta de rueda de sur a
norte.

El mismo fenómeno se presenta durante las horas pico en la carretera a Zacatecas, en su tramo La Angostura a Derramadero. La atracción de industrias al valle de Derramadero ha incrementado exponencialmente el número de empleados y obreros que viajan desde la ciudad hasta ese lugar todos los días.

Ambos problemas difícilmente se solucionarán en un año. Pero hay otros de menor calado que sí es posible resolver. Uno de ellos es la modernización del sistema de semáforos y su sincronización. Abundan señales a media luz y otras tan lagañosas que el automovilista que no goza de una vista 20-20 acaba por cruzar la bocacalle encomendándose a todos los santos. En avenidas de Monclova se instalaron ya las nuevas señales de brillante verde, ámbar y rojo, con letreros de Alto y Siga. En cambio, aquí conservamos como piezas de museo los venerables semáforos de capuchita de lámina.

Otro reto es aplicar el horario para el tránsito de camiones pesados y tráileres por las calles de la ciudad. Estos armatostes circulan a todas horas con sus enormes cajas, o incluso con tanques de más de 12 metros de largo que sabrá Dios qué transportan. ¿Qué intereses impiden el cumplimiento del reglamento?

No son grandes proyectos, pero el diablo está en los detalles, y estos son detalles que mejorarían la calidad de vida y la seguridad de saltillenses y visitantes.
20 Agosto 2017 04:01:00
Hitler estaba allí
“Cuando desperté, Adolfo Hitler todavía estaba allí”. Con ligeros cambios, el célebre cuento corto de Tito Monterroso podría servir de epígrafe a los trágicos acontecimientos ocurridos en Charlottesville, Virginia, Estados Unidos, la semana anterior. Como en las viejas películas norteamericanas, miembros del Ku Klux Klan marcharon, antorcha en mano, por el campus de la Universidad de Virginia, reviviendo odios raciales que si no creíamos muertos, pensábamos vegetaban en el cerebro de unos cuantos orates. Como se sabe, uno de ellos lanzó su auto contra una multitud que protestaba contra una marcha de ultranacionalistas. Una mujer llamada Heather Heyer murió y varias personas quedaron heridas.

Lo sucedido en Charlottesville revela que eso de los supremacistas blancos, ku klux klanes y neonazis son legión en el país vecino. Y si antes escondían su odio y ferocidad, ahora los exhiben impúdicamente en actitud retadora.

Durante la campaña de Donald Trump en busca de la Presidencia de Estados Unidos escribí que ya no importaba si ese estrafalario personaje ganaba o perdía las elecciones. Sus ataques a los inmigrantes mexicanos e islamistas ya habían sembrado la semilla del mal, legitimando sentimientos que quizá por pudor o vergüenza miles de sus compatriotas compartían, pero sin atreverse a expresarlos al no ser considerados políticamente correctos. El daño estaba hecho. Y ahora el racismo se quita la careta.

Trump, cuya posición ante los hechos del estado de Virginia fue tardía y ambigua, lo cual le ha atraído una catarata de críticas, es indirectamente el autor intelectual de lo ocurrido. Sus discursos y actos alentaron detestables expresiones racistas. Se podría apostar que cada uno de los portadores de antorcha en la manifestación del Ku Klux Klan, en las pasadas elecciones votó para que Donald Trump llegara a donde ahora se encuentra: la Casa Blanca.

Resulta paradójico que mientras los canales de televisión estadunidenses dedicados a temas históricos insistan en recordar las atrocidades cometidas por Adolfo Hitler y su pandilla antes y durante la Segunda Guerra Mundial, grupos de estadunidenses se dediquen a pregonar sentimientos racistas y vanagloriarse del color de su piel.

¿Cuál es la diferencia entre la búsqueda de la pureza aria, pretexto del genocidio nazi, y la supremacía blanca? Son tan parecidas que se confunden. La raíz es la misma: el orgullo de una imaginada calidad étnica que permite a quienes la disfrutan despreciar, perseguir y, cuando es posible –los nazis alemanes tuvieron la oportunidad–, exterminar a quienes son diferentes. En la lógica racista, diferente es sinónimo de inferior y de suprimible.

Si Charlottesville, Virginia, resulta no ser un brote aislado, Estados Unidos está a punto de enfrentar una crisis de consecuencias inimaginables. Una abominable regresión histórica que eventualmente pudiera repetir aquellos disturbios prohijados en los años 60 del siglo pasado por la resistencia de ciertos grupos a conceder iguales derechos civiles a los afroestadunidenses. Porque en Charlottesville –espero que no se considere una exageración– el humo de las antorchas dibujó los rasgos de Adolfo Hitler. Si el rostro no era el de él, se le parecía mucho.   

MARTÍN MADRIGAL

Virtuoso de la guitarra y maestro de numerosas generaciones de música, Martín Madrigal fue elegido con toda justicia para recibir la presea Manuel Acuña otorgada por el Ayuntamiento de Saltillo. Un acierto. ¡Felicidades!
13 Agosto 2017 03:01:00
Periodismo y literatura
A la memoria del maestro Arturo Moncada Garza

“Anenecuilco, Mor. Aquí nomás en el patio de la última casa grande que hay sobre la salida a Cuautla, afónico por el cáncer que le obstruye la respiración, muriéndose despacito entre los pollos que picotean alrededor de sus huaraches, y con un humor del carajo, el hijo mayor de Emiliano Zapata, Nicolás, padece también la derrota de su padre, como tantos otros que lucharon y perdieron la guerra –y el futuro– con él”.

Jaime Avilés, muerto la semana pasada, autor del párrafo anterior, logró impregnar sus textos periodísticos de buena literatura, sin deterioro de la objetividad.

Corresponsal de guerra en Nicaragua (1979), cubrió la invasión norteamericana a la minúscula isla caribeña de Granada (1983) y fue de los más puntuales narradores de lo ocurrido en los días del alzamiento zapatista de 1994. En todos sus trabajos hizo gala de envidiable capacidad de síntesis. Tenía el don de encontrar lo que los franceses llaman “le mot juste”, la palabra exacta, y ahorrarse aquellas superfluas que solamente hinchan vanamente los textos.

La Enciclopedia de la Literatura Mexicana describe su legendaria biografía en dos líneas: “dramaturgo, periodista, narrador y cronista, marinero, actor de carpa, activista político y criador de conejos”. Todo eso fue. Desconozco su pericia como criador de conejos, pero estoy cierto de que muy pocos alcanzan su altura al escribir crónicas. Dueño de un estilo inimitable, cautivador, era un maestro en la descripción de ambientes. Sus descripciones, salpicadas de brillantes pinceladas literarias, informan y deleitan al buen gusto del lector.

Por ejemplo, cuando habla del doloroso momento de la muerte de un pequeño en la isla de Janitzio, un cohete no estalla simplemente. No: “Un cohetón anuncia en lo alto de la tarde la muerte de Héctor Chávez…”. Ese alto de la tarde es uno de los muchos aciertos estilísticos utilizados por Avilés para abrillantar sus textos y sustraerlos de la rutinaria y aburrida “talacha periodística”. (Manuel Buendía dixit).

Era dueño, como pocos, de una envidiable capacidad de síntesis para retratar lo que veía con una sorprendente economía de medios, como sucede en esta desolada estampa de Juchitán, Oaxaca:

“Un coche, acaso una ráfaga de brisa, un perro, son las pocas cosas que pasan por la placita central de esta ciudad. Casi nadie atraviesa el parque solitario y silencioso. En los portales, adormilados con sus carabinas en la sombra espesa de los arcos del palacio del Ayuntamiento, dos policías vigilan: se les ha borrado la cara”.

Fue un periodista-escritor en la línea de Ernest Hemingway, Gabriel García Márquez, Truman Capote, Héctor de Mauleón, Elena Poniatowska y Luis Spota, a quien acertadamente la editorial Siglo XXI acaba de sacar del olvido gracias a la reedición de algunas de sus novelas.

Hace años, cierto literato petulante hacía la siguiente observación a un joven que deseaba trabajar en un periódico para aprender a escribir. “Querer aprender a escribir en un periódico es tanto como desear aprender qué es el amor prostituyéndose”, sentenciaba. Reflexión idiota si las hay. El periodismo no está reñido con la literatura. Cuando es excelente, se vuelve literatura.

“La rebelión de los maniquíes”, recopilación de crónicas de Avilés, debería ser lectura obligada para cuantos aspiran ir más allá de esos textos apresurados e insípidos que en el viejo argot periodístico se calificaban de “maquinazos”.

Murió uno de los grandes, pero aún es tiempo de aprender de él.
06 Agosto 2017 04:01:00
La expresión coahuilense
El Ateneo Fuente nació poco después de haberse disipado el humo de las armas usadas en el fusilamiento de Maximiliano en Querétaro. Su fundación concretó el optimismo que invadía al país tras la restauración de la República. Su fundador, don Andrés S. Viesca, hombre valiente en la batalla, generoso en la victoria y visionario como gobernante, hizo su apuesta cuando México comenzaba apenas a barrer la casa y a recoger los escombros del Segundo Imperio. ¿Quién iba a pensar en tales circunstancias en fundar una escuela? Por fortuna, Viesca lo hizo.

La creación de don Andrés ha sido estudiada, por lo general –y es justo que así sea– como centro de enseñanza. La doctora María Candelaria Valdés es autora de dos estupendos libros que recuperan la historia de la institución. Sin embargo, además de su labor fundamental de preparar académicamente a jóvenes, miles de ellos después profesionistas, el nacimiento del Ateneo tuvo un importantísimo efecto colateral: inauguró la expresión estatal, si se me permite parafrasear a José Luis Martínez y su eruditísima La Expresión Nacional.

Así es, al hablar de poesía, teatro, ensayo y novela coahuilenses no existe riesgo en dividir la historia en un antes y después del Ateneo Fuente. El antes es casi un desierto en el cual se levanta en solitario la figura de Manuel Acuña. Con florido lenguaje sintetizó este hecho Manuel J. Rodríguez Tejada, autor de la célebre Anthología (así, con h) de Poetas y Escritores Coahuilenses: “Desde Acuña pasaron luengos años sin que la juventud coahuilense experimentara generosos impulsos para exhibir la belleza, respondiendo al momento histórico.”

Sin embargo, el poeta de Ante un Cadáver nutrió su inspiración en la Ciudad de México. Fraguado en el impulso nacionalista de Altamirano y el materialismo de Ignacio Ramírez, los maestros mayores, afinó la palabra en el intercambio con sus contemporáneos: Juan de Dios Peza, Manuel M. Flores, Agustín F. Cuenca y media docena más. Para Acuña, Saltillo adquirió la categoría de recuerdo lejano envuelto en nostalgia. Del  padre y de la madre asoman sus añoradas imágenes en dos o tres poemas, pero a su tierra natal dedicó únicamente uno, San Lorenzo.

Decía don Alfonso Reyes que el norte llegó tarde al banquete de la cultura, y Coahuila, por supuesto, no sería la excepción. Ese banquete se sirvió para nuestro estado con la fundación del Ateneo Fuente. Es tarea inútil intentar disociar esa institución con la historia de la literatura coahuilense del último tercio del siglo 19 y buena parte del 20.      

Ateneístas, maestros y alumnos, fueron los constructores  de la expresión coahuilense que logró registros altísimos en las plumas de don Julio Torri y don Artemio de Valle-Arizpe. Sería injusto incluir únicamente a las eminencias. Hay otros de más modesto brillo, pero igualmente valiosos por sus obras y su magisterio: José García Rodríguez, Otilio González, Jacobo M. Aguirre, Luis Lajous Madariaga y, más cercanos a nuestro tiempo, Jesús Flores Aguirre, Felipe Sánchez de la Fuente y Rafael del Río.

La mayoría de ellos colaboraron en la revista El Ateneo, cuya reedición –si acaso es posible reunir una colección completa– sería un magnífico aporte a las celebraciones del inminente sesquicentenario de la fundación del Ateneo, justamente representado en el escudo de Coahuila por uno de sus exalumnos, Vito Alessio Robles, como una antorcha. La antorcha que iluminó los primeros pasos de la expresión coahuilense.

01 Agosto 2017 04:00:00
Aquel Saltillo
La calle de Allende sería útil en un estudio de caso sobre los cambios sufridos por Saltillo en los últimos 70 años. En esas 7 décadas la población se disparó de alrededor de 60 mil habitantes a cerca de un millón. Es decir, casi se multiplicó por 20.

Mi familia llegó a la casa de Allende sur número 122 en los 40 del siglo pasado, después de habitar un siempre añorado chalet estilo europeo en la calle Salazar. Ese chalet, de dos plantas y buhardillas, tenía jardín –al frente donde mi madre cultivaba rosales–, y un extenso terreno en la parte posterior. Al lado de la banqueta corría una acequia en la que mis hermanos y yo, émulos de Tom Sawyer, a falta de Misisipi, practicábamos la pesca de diminutas sardinas. En ocasiones, la corriente llevaba tejocotes caídos al agua en huertas ubicadas al sur. Hoy, en el terreno ocupado por el que fue nuestro hogar levantaron una privada con 17 casas.

Pero volvamos a la calle de Allende. La circulación de vehículos era de sur a norte, a la inversa de hoy. Había pocos autos, muy pocos. Su escasez era tal que mis hermanos jugaban carreras en patines desde Escobedo hasta Juárez sin ningún peligro. Y no recuerdo que mi padre tuviera alguna vez problemas para estacionar el suyo exactamente a la puerta de la casa. Con el número de vehículos de entonces hubiera sido imposible organizar siquiera una modesta “carambola”, de esas que taponean frecuentemente el periférico Echeverría.

Se diría que los hogares de la familia Villarreal Lozano –fueron esos únicos dos– tenían su karma, pues ambos terminaron como bares. En Salazar funcionó un tiempo El Molino Verde, de los hijos de ese inolvidable restaurador que fue don Jesús Martínez. En la de Allende hay ahora otro frecuentado por motociclistas. Existe uno más en la acera oriente, en la que fue residencia de la familia Cabello.

De los antiguos vecinos y sus descendientes no queda ninguno. Frente a nuestra casa, la residencia del ingeniero Juan García y doña Carmen Villarreal se convirtió en el restaurante El Tapanco. Más arriba –para decirlo de acuerdo con la rosa de los vientos saltillenses, donde no hay norte y sur, sino arriba y abajo–, en la esquina de la entonces inexistente prolongación de Ramos Arizpe, abierta en los años 60 para conectarla con De la Fuente, venden comidas o algo así.

El único negocio que permanece donde siempre es la Joyería De Nigris, en la esquina con Juárez, pues la papelería del señor Torri la ocupa ahora un consulado. Este movimiento centrífugo, del centro a la periferia es uno de los fenómenos distintivos de los cambios sufridos por la ciudad.

El aumento del número de automóviles acabó con el paseo de 12 de la calle de Victoria. Después de la misa de 11, los jóvenes de aquellos tiempos paseaban por Victoria desde Morelos hasta la Alameda. Quienes lo hacían en auto, seguían una ruta inalterable: Victoria, vuelta a la Alameda hasta tomar Ramos Arizpe, Allende y otra vez Victoria. El paseo de 12 constituía una de las pocas oportunidades propiciatorias de la formación de parejas pares, como diría López Velarde.

¿Era mejor aquel Saltillo? No. Solamente distinto, pequeño y acentuadamente provinciano.

Nota: Hoy me permití recordar algunas pinceladas de lo que fue nuestra ciudad, no con afán de celebrar el 440 aniversario de su fundación, sino para no escribir de elecciones, del cuestionado Instituto Nacional Electoral, del demeritado Instituto Electoral de Coahuila y de los Tribunales Electorales, que, la verdad, ya me tienen harto.
23 Julio 2017 04:01:00
Matemáticas, ciencia inexacta
Dos más dos son cuatro. Tres más tres son seis. Tres mil más 5 mil: 8 mil. Eso enseñaba la señorita Magdalena a sus alumnos de segundo año del colegio Zaragoza. Mientras hacía las operaciones en el pizarrón con números muy redonditos, aseguraba que las matemáticas son una ciencia exacta, y que llueva, truene o relampaguee, dos más dos son cuatro aquí y en China, en Timbuctú y en Yuririapúndaro, Guanajuato.

Suena lógico, ¿no? Sin embargo, para Eduardo Gurza y sus colaboradores en la Unidad de Fiscalización del Instituto Nacional Electoral (INE) las matemáticas dejaron de pertenecer a las ciencias exactas. Con gran sentimiento, señorita Magdalena, debo informarle que los resultados de sumas y restas pueden cambiar de un día para otro o incluso de la noche a la mañana. Es triste decirlo, pero usted perdió gran parte de su vida intentando meter en la cabeza de un montón de silvestres moconetes aquello de que dos más dos siempre son cuatro.

Sucede que después de mes y medio de haberse celebrado las elecciones en Coahuila, los señores del INE no saben a ciencia cierta –o dicen no saber– si los candidatos rebasaron el máximo de dinero asignado legalmente a sus respectivas campañas. Se entendería que algunos de los artículos de la a veces intrincada Ley Electoral se presten a diferentes interpretaciones y propicien el debate, pero cuando se trata de sumar pesos y centavos, ¿cuál es el problema?

Quizá los señores encargados de la fiscalización de los gastos de las campañas reprobaron aritmética en segundo de primaria. No obstante, aun en el caso extremo de que usen los dedos de las manos para contar, alguien debería advertirles que en sus teléfonos celulares hay un cuadrito con los siguientes signos: +, -, x, =. Sí, allí, donde abajo dice “Calculadora”. Gracias a esta aplicación, ni siquiera necesitan gastar en la compra de uno de esos aparatejos electrónicos diseñados para hacer las mismas funciones.

Al explicar la razón de su tardanza, los encargados de la fiscalización dicen estar en espera de que los partidos involucrados en el asunto entreguen comprobantes. Buen pretexto, pues solamente han transcurrido 48 días, o sea mil 152 horas desde la elección. (Escribo el viernes 21). ¡Eso se llama eficiencia y rapidez! ¿En 48 días no han podido reunir la información suficiente? Perdón, pero suena a retraso mental. ¿A qué se dedicaron entonces durante las mil 152 horas además de ir a cobrar sus jugosos salarios?

Ahora falta que cuando obtengan toda la información deban esperar todavía a que la carta astral se muestre propicia para informarnos de una vez por todas si dos más dos siempre sí fueron cuatro.

¿ELLOS O NOSOTROS? 

La muerte de Héctor Lechuga revivió en las redes sociales segmentos de los programas donde actuaba al lado de Manuel “El Loco” Valdés y Héctor Suárez. Gracias a eso volvimos a reír, o por lo menos yo lo hice. Enrique Krauze, agradecido con Lechuga y compañía, publicó un artículo considerando al recién desaparecido heredero de las carpas populares donde los cómicos criticaban a los políticos. Otros hicieron referencia al humor blanco de los programas.

Ante la general alabanza al trabajo actoral de Lechuga, es válido preguntar: ¿Cambiaron los humoristas o cambiamos nosotros?, pues hoy el humor radiofónico, televisivo o incluso impreso chapotea en una ola de vulgaridad en la cual los supuestos chistes no funcionan si no van condimentados con alusiones explícitas al sexo y las actividades sexuales. Y no se trata de rancio moralismo o de añejos tabúes; se trata de ingenio, inteligencia y buen gusto.
16 Julio 2017 04:08:00
La ley, nada más
Las turbulencias poselectorales que azotan a Coahuila resultan enervantes para los involucrados en las controversias y desgastan la confianza ciudadana en la eficacia del sistema democrático. El hecho de que los comicios no concluyan, como debiera ser, al terminar la elección, siembra dudas, polariza a los  grupos y aumenta el deterioro de la confianza en las instituciones encargadas de organizarlos y vigilarlos.

Quizá podríamos ahorrarnos esta zarabanda poselectoral, si el Instituto Nacional Electoral (INE) y sus representaciones estatales actuaran, no como lo hacen ahora, asumiendo el papel de agentes investigadores del Ministerio Público, sino como policías municipales, cuya responsabilidad –al menos teóricamente– es prevenir los delitos, no castigarlos.

Esto, naturalmente, exigiría un pulcro y oportuno manejo de cada uno de los pasos a seguir antes, durante y después de que los ciudadanos emitan su voto. En esa materia, las autoridades del Instituto Electoral de Coahuila (IEC) obtuvieron una merecida calificación reprobatoria. Se diría que su deseo era incrementar las dudas, no producir confianza.    

Además, en el INE, institución a la que muchos consideran un mal parto de los partidos políticos, se apersonan un día sí y otro también dirigentes políticos para cabildear –así dicen los medios de comunicación– con los consejeros, buscando, se supone, que formulen su voto en favor de sus intereses. El INE debería evitar estos encuentros. La incredulidad del hombre de la calle abona las sospechas de la solidez de las convicciones de los consejeros, a quienes, con éxito o sin él, es posible intentar convencer mediante vaya usted a saber con qué medios.

Los partidos cuentan con representantes legales y estos debieran ser quienes acudieran al Instituto, no a cabildear, sino a presentar pruebas que eventualmente inclinen la balanza de la justicia en favor de sus representados. Eso sería lo correcto, y se resolverían los conflictos poselectorales en el seno de un organismo independiente, ajeno a presiones.

Por otra parte, opinadores con fama de enterados echaron atrás las manecillas del reloj de la historia y hablan de la resurrección de las “concertacesiones”, que nulificaban el sufragio sustituyéndolo por arreglos cupulares alcanzados mediante el intercambio de posiciones o favores políticos. Se ha insistido, por ejemplo, en la posibilidad de que el partido en el poder ceda a la oposición el Gobierno de nuestra entidad, a cambio de que avale el resultado en el Estado de México, considerado clave mirando hacia la próxima elección presidencial.   

Esperemos que tales especulaciones queden en eso, en especulaciones, pues cualquier arreglo de esa naturaleza sería una bofetada centralista a un estado soberano. Equivaldría a lanzar por el caño el pacto federal, nulificando el derecho de los ciudadanos coahuilenses a elegir a sus autoridades.

Sería altamente ofensivo que Coahuila, con todo su potencial económico y su historia de lucha, fuera tratado como simple peón sacrificable en el tablero del ajedrez nacional, para defender al alfil o a la torre cuyo número de electores resulta ser una bolsa de votos más atractiva que la de nuestro estado.

La estricta aplicación de la ley deberá prevalecer en las decisiones que se tomen. De no ser así, el agravio sería inadmisible y podríamos empezar a retirar las estatuas del chantre don Miguel Ramos Arizpe, nuestro ilustre paisano, justamente reconocido como el padre del federalismo.
09 Julio 2017 04:04:00
Carta al profesor Humberto Moreira
Esta es quizá la carta más difícil de escribir de las muchas que he escrito en mi vida. Temo ser tachado de impertinente al ocuparme de asuntos que no me competen personalmente, pero de no hacerlo yo mismo me reprocharía haber guardado silencio por comodidad o por cobardía.

Tengo, señor, muchos motivos de gratitud hacia usted. Durante su Gobierno ocupé un cargo público donde traté de poner mi mejor empeño y mi capacidad. De usted solamente recibí atenciones y pruebas de confianza. Si no lo reconociera, haría gala de ingratitud, la cual siempre he considerado el más detestable de los defectos humanos, reveladora de la miseria moral del ingrato.

Consciente de no ser quién para ofrecer consejos, pero impulsado por el agradecimiento, me siento obligado a expresarle mi opinión acerca de algunas de sus declaraciones ampliamente difundidas por las redes sociales, las que, rogando perdone la dureza del término, me parecieron lamentables.

Desconozco las razones –deben de ser poderosas– para decir lo que dice. Sin embargo, estoy convencido de que al hacer públicos tales señalamientos y descalificaciones es usted el más perjudicado. Airear las diferencias con uno de sus hermanos, en este caso el gobernador Rubén Moreira Valdez, y expresarse de él ofensivamente y con desprecio, no abona nada positivo a la percepción que se tiene de usted, de su carácter y de su actuación como hombre público.

No sé si posee usted pruebas de las acusaciones lanzadas, pero estoy cierto de que la gravedad de estas, al no mediar la prudencia y los lazos de sangre, constituirían argumentos contundentes en cualquier demanda por difamación.

Tampoco hace ningún favor a su expartido, que lo llevó a la Presidencia Municipal de Saltillo y al Gobierno de Coahuila, al ufanarse de haber sido quien, por decirlo así, nombró a su sucesor en la Gubernatura. Cuando lo afirma, niega en redondo la existencia de cualquier atisbo de democracia interna en instituto político del cual fue usted líder nacional.

Por otra parte, si, como asegura, conocía desde niño las supuestas limitaciones de su sucesor, ¿por qué empujó su candidatura? De darle crédito a su dicho, usted sería directamente responsable de lo que ahora le parece reprobable.
Afirman los clásicos que alabanza en boca propia es vituperio. Dejemos a la gente, a quienes nos rodean, juzgar nuestras acciones, y evitemos ser propagandistas de aquello que creemos haber hecho correctamente y es digno de reconocimiento.

Tampoco me parece pertinente defender a estas alturas a uno de sus hombres de confianza, Javier Villarreal Hernández, según usted víctima de una trampa urdida desde el Gobierno estatal. ¿Cómo olvidar su encarcelamiento, así como las propiedades y las cuentas multimillonarias en dólares que la Policía estadunidense le descubrió e incautó? La lealtad, siendo como es uno de los valores más admirables, también tiene límites.

Avivar escándalos o protagonizarlos es lo menos que necesitan Coahuila y México en estos momentos, cuando se acumulan tantas fuerzas adversas a nuestra superación.

La aseguro, aunque posiblemente le resulte difícil de creer, que escribo con la mejor intención y total buena fe. No soy quién para juzgar a nadie, pero desde el fondo del corazón creo que le haría un gran favor al estado y a su familia, y se haría uno a usted mismo, si en ciertas ocasiones no desaprovecha la oportunidad de callar.

Atentamente
Javier Villarreal Lozano


02 Julio 2017 04:05:00
Memoria gráfica
Don Sandro González, a quien no tengo el gusto de conocer, tuvo una magnífica idea. Él, como unos cuantos más, ha encontrado en las redes sociales (Facebook, para ser preciso) un espacio que va más allá de la simple glorificación del ego a través de las selfies y de los memes que las más de las veces resultan tan divertidos como bailar con una tía. El señor González abrió una página –si me equivoco en los términos habrán de perdonar mi analfabetismo cibernético– titulada Ranchos, Pueblos y Villas de Coahuila, la cual cuenta ya con 5 mil seguidores.

La idea, como toda gran idea, es muy sencilla. Quienes desean participar comparten con el resto de los visitantes de la página paisajes de aquellos sitios coahuilenses merecedores de ser plasmados en una fotografía, ya sea por su belleza o por resultar entrañables. No obstante que la mayoría de los participantes son fotógrafos aficionados, hay buen número de imágenes de gran calidad estética, merecedoras de formar parte de una exposición.

Impresionan los paisajes del desierto y las plácidas estampas de ríos y lagos, los majestuosos sabinos, los densos pinares o los humildes cactus engalanados de primavera con flores de espléndidos colores. También hay quienes, nostálgicos, prefieren enfocar ruinas de antiguos ranchos y haciendas que en algún tiempo debieron ser activos centros de producción. Imágenes evocadoras que nos hacen pensar que tras esas paredes a punto de volverse polvo varias generaciones vivieron alegrías y sufrieron tristezas. Allí, seguramente, nacieron muchos y dejaron la vida quién sabe cuántos cuyos nombres y hechos han sido barridos por el viento del olvido.

Algunos de los participantes agregan a las imágenes textos explicativos sobre la localización del sitio o un hecho histórico digno de ser recordado. Uno agradece el interés del autor por informarnos, agregando un valor extra a la foto.

Fanático de Ranchos, Pueblos y Villas de Coahuila, deploro lo efímero de la presencia de esas fotografías en las redes sociales. Esto lleva a pensar en la necesidad de reunirlas, si no todas, sí aquellas más bellas y de mayor significado histórico, para formar un álbum que documente para la actual y las futuras generaciones lo que es Coahuila en este primer cuarto del siglo 21.

Gracias a la tecnología, la conservación de imágenes es ahora una operación fácil y de bajo costo: basta grabarlas en un disco asequible casi a cualquiera.
El Archivo General del Estado, el Archivo Municipal de Saltillo y algunas otras instituciones conservan fotografías antiguas, pero hace falta una fototeca coahuilense, memoria gráfica de paisajes y personajes que son parte de nuestro pasado. Es justo señalar que algunos particulares, como Ariel Gutiérrez, coleccionan fotografías históricas en un esfuerzo digno de aplauso.

El éxito de Ranchos, Pueblos y Villas de Coahuila habla de la necesidad de fundar la Fototeca Estatal donde se reúna el material fotográfico hoy disperso en instituciones y colecciones privadas que, gracias a la tecnología, ni siquiera tendrían que prescindir de sus acervos.

Actualmente, el Centro Cultural Vito Alessio Robles de Saltillo exhibe una colección de estereogramas (fotografías dobles que contempladas con un visor especial simulan un efecto de tercera dimensión), de paisajes coahuilenses captados en 1878. Fueron donadas por el historiador norteamericano Larry T. Jones III. No esperemos que dentro de 150 años alguien regale fotografías de Coahuila para que se sepa cómo era el Estado en 2017. ¿Por qué no empezar a hacerlo nosotros?

25 Junio 2017 04:00:00
Minialcaldías
Doce meses, cinco o seis de los cuales transcurrirán en medio del ruido producido antes, durante y después de campañas políticas tanto estatales como nacionales, se antoja muy poco tiempo. Y lo es cuando se trata de administrar un municipio. A partir del primero de enero de 2018, 38 alcaldes coahuilenses enfrentarán el reto de convertir su periodo “cuña” de un año en una etapa de trabajo que deje huella o al menos merezca la calificación de positiva. Una tarea nada sencilla.

Para lograr éxito en tan difícil empresa se hará necesaria una minuciosa y concienzuda elaboración de proyectos viables, pensando en lo que se podrá hacer, no en lo que se desearía hacer, desechando aquellos que por cuestiones de tiempo y presupuesto serán imposibles de coronar. El 1 de enero del próximo año, los presidentes municipales están obligados a tener muy claro y finamente perfilado el plan de trabajo, sin olvidar que los 365 días por venir empezarán a agotarse desde el mismo momento en que abran la puerta de sus oficinas.

Nada de experimentos y prohibidas las vacilaciones, sería el lema ideal de una administración que expirará fatalmente en 52 semanas. También deberán olvidarse de aspiraciones personales por un rato. El abandono de la responsabilidad en busca de otro puesto, el “chapulineo”, como lo llaman los periódicos, sería un desdoro para el partido que los postuló y un borrón en su historia política personal.

La selección del equipo será clave. Tampoco parece recomendable llegar con la guillotina y renovar a todo el personal. Existen en cualquier municipio, sea grande o pequeño, puestos de operación de áreas en extremo complejas donde la experiencia debiera pesar más que los colores de los partidos y la cercanía al nuevo alcalde. Es necesario tener presente que no se dispondrá, como en mandatos de mayor duración, de un periodo de aprendizaje. No habrá tiempo de aplicar el método de error-corrección.

Quienes ocupen puestos claves requieren conocimiento del mismo, o un entrenamiento exhaustivo, a todo vapor, en los seis meses y medio que faltan para la toma de posesión, capaz de dotarlos de las herramientas indispensables que, siquiera en teoría, se requieren para salir airoso en las tareas que le correspondan.

En aquellos municipios donde quienes llegan militan bajo banderas partidistas de distinto color de los que se van –son los casos de Saltillo, Torreón y Piedras Negras–, es de esperarse de las actuales autoridades un sentido de responsabilidad colocado por encima de sus preferencias políticas. De no existir efectiva cooperación entre quienes llegan y quienes se van, los primeros arribarán al poder, si no con los ojos vendados, sí con una idea nebulosa de los problemas del municipio y de los mecanismos de los que se disponen para solucionarlos.

De no imperar la madurez en esos tres municipios y en los demás en las mismas condiciones, el fracaso de la nueva administración será compartida con la que terminó su gestión. Serán corresponsables. Cualquier asomo de mezquindad redundará en perjuicio del municipio y de quienes en él residen.

Este no es un recetario, el autor del texto carece de los conocimientos para intentar convertirse en consejero de nadie. Son, si acaso, reflexiones de un ciudadano de a pie preocupado por su municipio.

De cualquier forma, las alcaldías de un año –esa duración tenían aún a principios del siglo pasado– pondrán a prueba la sensatez, la visión y la capacidad de quienes habrán de ocuparlas. Ya veremos.
18 Junio 2017 04:01:00
Civilidad
A pesar del sonido y la furia de la contienda, para retomar las palabras de Shakespeare, la temporada postelectoral en Coahuila ha sido de terciopelo, un ejemplo de civismo del que deberíamos enorgullecernos. Si revisamos los antecedentes, es decir, las campañas preelectorales, los feroces ataques, las descalificaciones, las amenazas, las calumnias y demás agresiones verbales parecían el anuncio de una guerra civil.

Sin embargo, después del domingo 4, aunque algunos no reconocen el resultado oficial de la elección, el marcador ha sido hasta ahora –y esperemos que así continúe– digno de un país súper desarrollado, Suiza, por ejemplo: cero lesionados, cero enfrentamientos, cero disturbios, cero riñas, ausencia total de policías antimotines y de gases lacrimógenos.

Evitemos señalamientos y planteemos el asunto como si se tratara de un problema matemático, pues para los fines de esta reflexión los partidos no importan. Digamos que hay un grupo “X” e identifiquemos al otro con la letra “Y”.

Pensemos un poco en cualquier ciudad donde ocurre lo siguiente: 20, 30 o 40 mil personas X, descontentas –bueno, si les parece mejor, indignadas– a causa de los resultados de la votación dados a conocer, marchan por una de sus calles principales hasta llegar a la plaza central. A menos de 300 metros del sitio por el que transcurre la manifestación multitudinaria, otras diez o doce mil personas se juntan para aclamar a quien fue declarado candidato ganador en los comicios.

En otras palabras: los X y los Y se encuentran tan cerca como para alcanzarse los unos a los otros en menos de cinco minutos. Los X que van en la marcha lanzan consignas contra los Y, reunidos para celebrar el triunfo. En la tribuna Y, uno de los oradores descalifica a quienes forman parte de la manifestación de protesta. Los X no se quedan atrás en eso de atacar a los contrarios. Los descontentos o indignados atiborran la plaza. Hay fogosos discursos, acusaciones de fraude y consignas coreadas por la multitud. Y al final, ¿qué pasa? Pues, no pasa nada. Nada.

Igual sucedió en varias ciudades del estado: Torreón, Monclova y Acuña, por citar tres. Y el saldo blanco se mantuvo sin mancha antes, durante y después de la toma simbólica realizada por los Y del edificio que alberga las oficinas de la autoridad encargada de organizar las elecciones.

Terminados los discursos, los miembros de ambos grupos guardaron las banderas que agitaron con entusiasmo y se van a su casa a cenar, eso sí, un poco resentidos de la garganta por tanto grito. Saldo blanco. Ni un golpe, ni un bloqueo, ni un petardo, ni un cristal roto ni un muro pintarrajeado.

Ahora bien, pensemos en cuántas ciudades de nuestro país pueden ocurrir así estas cosas. Los medios masivos de comunicación nos informan continuamente de enfrentamientos, no ya entre miles de personas, sino de grupos minúsculos enfrentados a otros compuestos también por un puñado de individuos, o con la Policía.

Habrá quienes, no es de dudarse, desearían que la controversia se dirimiera de otra manera. Preferirían el estallido de la violencia, claro, a condición de que no les afecte a ellos. En lo personal–perdón por la odiosa primera persona del singular– me siento orgulloso de la civilidad mostrada por mis paisanos coahuilenses, los X y los Y. Están dando una lección.
11 Junio 2017 04:01:00
Pensemos en Coahuila
Al término de unas disputadas elecciones que atrajeron sobre Coahuila las miradas y el interés de los medios de comunicación nacionales, después de un criticado retraso en el conteo, luego de anuncios de impugnación y de manifestaciones masivas a favor de uno y otro candidato, ¿cuál es el saldo del reciente proceso electoral?

Atípico e inédito por el número de aspirantes al Gobierno estatal y lo cerrado de las votaciones, el proceso deja varias lecciones. Una de ellas, el debut en el panorama informativo de las redes sociales. Esta es la primera vez que las redes juegan un papel importante en el estado. Si bien se transmitieron por ellas ingentes montones de basura, calumnias, insultos y noticias falsas, sería un error ignorar su impacto.

Ahora, cuando los periódicos sustentados en papel enfrentan una crisis y la televisión registra una rápida reducción de televidentes, las redes sociales llenaron los huecos. Sin suplir a los medios tradicionales, influyeron en amplios sectores juveniles que no leen periódicos y hace tiempo dieron la espalda a la tele. No es aventurado pensar que las redes fueron un elemento decisivo en el incremento de votantes. Un estudio serio al respecto pudiera arrojar datos interesantes y muy útiles en el futuro.

También llamó la atención cómo medios considerados solventes y de prestigio abandonaron la objetividad y tomaron partido. Hubo algunos de probada solidez que difundieron noticias falsas, de inmediato desmentidas por quienes resultaban afectados por ellas. En otros tiempos, un yerro de esta magnitud tenía al interior de los periódicos gravísimas consecuencias.

Hay ejemplos paradigmáticos. Años atrás, al entonces director de The Washington Post, Ben Bradlee, una reportera llamada Janet Cooke le “coló” un reportaje que incluso le valió un Premio Pulitzer. Tras una concienzuda investigación, Bradlee probó que Cooke había inventado gran parte de la historia. El periódico no se conformó con el cese fulminante de la reportera, en primera página pidió disculpas a sus lectores publicando los resultados de la investigación. Por su parte, Bradlee lamentó hasta su muerte, a los 93 años, aquella pifia profesional.

Ahora es usual que los periodistas reproduzcan las peores falsedades siempre y cuando salgan de la boca de alguien que en ese momento es noticia. Y no se trata de la llamada “verdad periodística –así lo dijo, así lo escribí–, sino de  gravísimas calumnias publicadas sin tomarse la molestia de investigar datos para sustentarlas  o desmentirlas.

Durante la guerra verbal desatada por los contendientes y los partidos, hubo también señalamientos que deben ponernos en alerta. Fueron aquellos ataques y señalamientos con inocultable tufo racista o clasista. Se hicieron referencias en tono despectivo al color de la piel o el del cabello de algunos actores políticos. No faltaron tampoco quiénes, nostálgicos del marxismo, imaginaron una lucha de clases entre los desposeídos de cierto partido –no se atrevieron a escribir proletarios– y las personas pertenecientes a las clases medias o altas –se les atragantó la palabra burgueses–, militantes con banderas de distinto color.

¡Cuidado! Tales discursos alientan rencores y divisiones, y rencores y divisiones es lo que menos necesita Coahuila para enfrentar con posibilidades de éxito los próximos seis años. Terminado el proceso, cuando los tribunales digan la última palabra, empecemos a pensar en Coahuila, ya no en siglas partidistas.
28 Mayo 2017 04:01:00
Elecciones inéditas
Dentro de siete días los coahuilenses tendremos unas elecciones a las que con toda justicia se les aplica el adjetivo de inéditas. Y lo son por diferentes causas. Una de ellas, quizá la principal, es el número nunca visto de aspirantes al Gobierno del Estado, los que, como usted sabe, son cinco, ya descontando al que abandonó la competencia para unirse al candidato de Morena, Armando Guadiana Santana Tijerina.

Otra de las novedades: por primera vez en la historia de la entidad estarán presentes dos candidatos independientes. Uno de ellos, Javier Guerrero, dejó las filas del Revolucionario en busca del triunfo sin el cobijo de un partido. El otro independiente fue una sorpresa: Luis Horacio Salinas Valdez, miembro de una familia de antigua raigambre priista –su abuelo fue alcalde de Saltillo, diputado federal y funcionario público, y uno de sus sobrinos es hoy candidato a Presidente Municipal de Saltillo– se apuntó inesperadamente en la competencia.

También, después de los sonados tropiezos sufridos con anterioridad por quienes realizan sondeos, las encuestas dejaron de pesar en el ánimo de los electores. Ahora las hay cortadas al gusto del cliente, de todos los colores, sabores y medidas. Difieren tanto en los resultados unas de las otras, que en el remoto caso de que alguien intentara guiarse por ellas, de seguro acabaría sumido en la más oscura confusión. El de encuestador político es una profesión en agonía, herida de muerte por sus continuos errores de cálculo. Sin embargo, de seguro no faltarán todavía los que, víctimas del síndrome de Blanca Nieves, continúen preguntándoles quién es el más popular del reino.

Un nuevo factor cuyo impacto se verá el domingo próximo, es el de las redes sociales. Por primera vez son parte de una contienda preelectoral en Coahuila, y resulta ahora imposible predecir su efectividad como herramientas influyentes en el ánimo de los votantes. El abuso que se ha hecho de ellas, tanto para trasmitir información falsa como servir de vomitorio donde arrojar frustraciones y antipatías, acabaron por convertirlas en indeseable aportación al desconcierto general. Lo ideal es que los electores sean capaces de separar la inútil paja cibernética del trigo de la información respaldada.

Lo mismo puede decirse de las noticias falsas, a las que algunos periodistas mexicanos prefieren llamarlas en inglés: fake news. (Seguramente les parece muy elegante). El fuego graneado de las noticias falsas se disparó en todas direcciones, y puede decirse que casi ninguno de los aspirantes a ocupar el despacho principal del Palacio Rosa salió sin mancha de la guerra de lodo, aunque los blancos predilectos fueron, lógicamente, quienes tienen posibilidades de obtener una votación abultada.

Tampoco es de olvidarse el entorno nacional plagado de noticias desalentadoras, suspicacias y revelaciones escandalosas sobre actos de corrupción de dimensiones nunca antes vistas.

La barahúnda ha sido ensordecedora. ¿Cómo podrá el elector ponderar los pros y los contras de los candidatos y sus propuestas después de haber transitado durante meses por una selva de información, desinformación, noticias sin fundamento y señalamientos mutuos? Dada esta atmósfera, las ya inminentes elecciones exigirán en las urnas a ciudadanos reflexivos, capaces de meditar detenidamente el valor de su voto y el modo en que este podrá influir en el futuro de la entidad, sin esperar que otros decidan por él. 
21 Mayo 2017 04:00:00
Tan iguales al presente
En los dos libros de Juan Rulfo, Pedro Páramo y El Llano en Llamas, se percibe un trasfondo de tragedia nimbada por la violencia. Y a 100 años del nacimiento del escritor, la atmósfera violenta regresó a México con un nuevo rostro. Rulfo era niño cuando los rescoldos de la Revolución, representada por bandoleros que le habían tomado gusto a andar en “la bola”, asolaban los pueblos jaliscienses, matando hombres y violando mujeres. Era un niño al estallar la Guerra Cristera, durante la cual el encarnizamiento de los contrincantes terminaba frecuentemente en salvajes matanzas y racimos de colgados.

Resulta desalentador que a 100 años de distancia la violencia se obstine tercamente en permanecer en el escenario nacional. La cuarteta entre satírica y resignada de Renato Leduc podría servir de epígrafe a este aspecto de la conmemoración del centenario. “Cuando Dios era omnipotente/ y el señor don Porfirio, presidente,/ tiempos ¡ay…! tan iguales al presente”.

Hasta dan ganas de repetir con Stephen Dedalus, personaje y alter ego de James Joyce: “La historia es una pesadilla de la que estamos intentando despertar”. Por desgracia, nuestro país no acaba de despertar y sigue atormentado por la pesadilla de la violencia.

Pero, demos la espalda a las noticias diarias y unámonos a los homenajes al más grande de los escritores mexicanos del siglo 20. En una tesitura celebratoria, el viernes anterior, convocados por el erudito de las artes y las letras llamado Javier Treviño, a nombre de la Universidad Pedagógica Nacional, unidad Saltillo, se llevó a cabo una mesa redonda sobre Rulfo y su obra con la participación de Carlos Valdés Dávila, Alfredo Rocha Martínez, Salvador Hernández Vélez  y quien esto escribe.

El reto era mayúsculo. Acerca de Rulfo y su obra se han escrito océanos de tinta. En los números más recientes las revistas Letras Libres y Nexos dedicaron una veintena de ensayos al escritor y su obra, además de lo aparecido en suplementos culturales y otras revistas. ¿Qué decir que no se haya dicho ya? ¿Cómo evitar descubrir por enésima vez el Mediterráneo y volver a inventar el hilo negro?

Sin embargo, debe decirse, los compañeros de la mesa salieron con las banderas desplegadas. Hernández Vélez se sintió identificado con el entorno geográfico de El Llano en Llamas y Pedro Páramo. Nacido en Viesca, Coahuila, un semidesierto semejante a El Llano en Llamas: hosco, reseco, erizado de pitas agrias, diría García Lorca, y el agobio de un sol inclemente incapaz de ofrecer treguas fueron para él un paisaje cotidiano. El entorno modeló el carácter y le proveyó de una perspectiva para ver la vida, porque, apuntó en una frase muy afortunada: “Uno puede salir del rancho, pero el rancho sigue en uno”.

El historiador Carlos Valdés Dávila llegó tarde a Rulfo. Tenía 34 años. En el Seminario, donde estudió, el maestro de Literatura se saltó a Rulfo y a otros escritores mexicanos. Su tardío encuentro con el escritor también operó en él un cambio profundo, más cuando los excesos del hacendado Pedro Páramo los atestiguó en Sonora, cuando hacía labor social entre los indios de la región.      

Rocha Martínez  hizo un acucioso recuento de las referencias a la Revolución y a la Guerra Cristera en la obra de Rulfo. Analizó los cínicos consejos que Pedro Páramo exponía a revolucionarios y cristeros. En fin, esa noche del coloquio la atmósfera  de la violencia estuvo presente, pero, afortunadamente, al fin se impuso la literatura.    
14 Mayo 2017 04:01:00
Para conocer al vecino
Basta escucharla para darse cuenta de que para ella la historia no es sólo una rama del conocimiento. Tampoco el camino para obtener un grado académico y un cargo en cualquier institución dedicada a la enseñanza o a la investigación. No. Para ella, la historia es más que una vocación o un simple trabajo, es una pasión.

Cuando expone sus ideas mueve las manos, como si dirigiera una orquesta invisible. Levanta los ojos o los abre inmensos mirando fijamente al auditorio. Subraya cada frase con un gesto de ninguna manera teatral, sino para dar énfasis al dato o a la idea expuesta; parece comunicar el gozo del descubridor.

Madre, esposa, académica, Érika Pani Bano, quien participó en la pasada Feria del Libro de Arteaga, ha escalado a fuerza de inteligencia y perseverancia un puesto entre los más grandes historiadores mexicanos contemporáneos. Posee, además, una cualidad poco frecuente entre nosotros, la de formar equipos y hacerlos trabajar en armonía.

Amable, delicada, de una educación pulida en un entorno familiar donde la alta cultura era parte de la vida diaria, Érika se ha hecho de un nombre a pesar de la carga del apellido paterno. No es la hija de… ni la sobrina de… o la nieta de… Ella es Érika Pani Bano, especialista en el siglo 19 mexicano, con especial acentuación en la atmósfera ideológico-política que privó hacia la mitad de la centuria.

Lo novedoso de su enfoque consiste en estudiar esa agitada época desde la perspectiva de los proscritos por la historia oficial, los llamados conservadores. Sin embargo, la baraja de sus intereses no se constriñe a ese tema. Recientemente, cuando disfrutaba de un año sabático en la Universidad de Chicago, se echó a cuestas la tarea de profundizar en el estudio del Tratado de Guadalupe-Hidalgo, firmado después de la invasión norteamericana, mediante el cual México cedió la mitad de su territorio a los vecinos del otro lado del Bravo.

En Arteaga presentó el más reciente de sus libros, publicado por El Colegio de México, Historia Mínima de los Estados Unidos, en el que lo único  mínimo es el título, ya que el contenido anula al adjetivo, pues se trata de una obra de gran calado. La cuidadosa selección de datos fundamentales se complementa con una aguda visión de los hechos. Al integrar datos e interpretaciones, la autora despliega ante el lector con toda claridad el proceso experimentado por una nación que de 13 colonias arrinconadas en el norte del continente llegó a convertirse en primera potencia mundial.

Para cualquier historiador mexicano constituye un reto intentar la síntesis de la historia de Estados Unidos. Resulta difícil desprenderse de prejuicios justamente apuntalados por numerosos agravios. (“Estuve en las entrañas del monstruo”, diría Martí). Érika logra, sin embargo, una objetividad capaz de analizar el devenir histórico de la nación vecina ajena a filias y fobias. Y no es este el mayor de sus éxitos.

Como se lo propuso la doctora Pani, su historia desagrega “al que queremos ver como un actor monolítico, coherente e inmutable”, marcando “sus numerosas y a veces contradictorias transformaciones y dar cuenta de la enorme diversidad –étnica, religiosa, lingüística y cultural– de una sociedad fincada sobre lo que fue tierra de conquista, de colonización y de inmigración”.

Todo ello lo cumple el texto que resulta, además, de amena lectura. En fin, un libro indispensable para echar una mirada inteligente a Estados Unidos y no quedarnos, como solemos hacerlo, en la epidermis del acontecimiento coyuntural y la última noticia.
07 Mayo 2017 04:09:00
Es ‘su’ fiesta
La decisión del presidente Donald Trump de restar importancia a la celebración de la Batalla del 5 de Mayo en la Casa Blanca ha sido interpretada como un nuevo desdén del Mandatario norteamericano a México. No es así. El hecho de que esta conmemoración sea en Estados Unidos incluso más lucida que la del 16 de septiembre, lo es por razones totalmente ajenas a supuestas simpatías hacia nuestro país o admiración por la valentía de los soldados mexicanos.

Esto, que causa extrañeza a muchos, no carece de lógica. En realidad, para decirlo en pocas palabras, la victoria de Zaragoza fue, desde la perspectiva de los vecinos del norte, un triunfo importante de Estados Unidos en el que México jugó el papel de pieza en el ajedrez de sus intereses geopolíticos.

¿Por qué regocija tanto a los estadunidenses que el ejército al mando de Ignacio Zaragoza haya humillado a las tropas francesas? Sucede que con la derrota infringida al conde de Lorencez, el general Zaragoza avaló, sin proponérselo –por supuesto– el postulado fundamental de la doctrina del Destino Manifiesto, cuyas raíces se remontan a la presidencia de James Monroe, en 1823: “América para los americanos”.

Tal declaración, que confiere a Estados Unidos un origen divino –pueblo elegido por Dios para diseminar sus ideas en todo el continente–, constituyó el repudio al colonialismo europeo. Así, la Intervención Francesa y las intenciones de Napoleón III de convertir a México en un imperio gobernado por un príncipe extranjero, representaban la negación de la Doctrina Monroe y una grave afrenta al Destino Manifiesto del vecino país.

En tanto acá honramos el heroico comportamiento de nuestros soldados en la encarnizada batalla librada en Puebla, los políticos norteamericanos celebran que México haya demostrado al mundo el rechazo de un pueblo americano a las ambiciones de un país europeo. Ejemplo, según esto, digno de ser imitado por todas las naciones del continente americano.

“América para los americanos” fue un grito que debió resonar en Washington al conocerse el resultado de ls batalla. Frase a la que, en los hechos posteriores se le agregaría, sin escribirla, una cláusula en letra chiquita, igual a las añadidas a ciertos contratos: “América para los americanos… de Norteamérica”.

Porque el Destino Manifiesto, ese supuesto deseo de la divinidad de hacer de Estados Unidos el padre espiritual y político del continente, sirvió para justificar la Invasión Norteamericana de 1846-1848, la cual, como se sabe, costó a nuestro país la mitad de su territorio: Texas, Nuevo México y California.

Años después, en 1898, fue también un buen pretexto para dizque liberar a Cuba de la opresión a la que la tenía sometida España. ¡Fuera Europa del ámbito geográfico que la divinidad ha tenido a bien encomendarnos! Y en Cuba liquidaron la última colonia importante de Europa en América.

De allí que no deba sorprendernos el interés de las administraciones de George Bush y Barack Obama por dar brillantez a la celebración en la Casa Blanca. Ahora, Trump ordenó cambiarla a un local más pequeño, restándole bombos y platillos. Y nada de invitar a músicos o estrellas de cine representantes de México.

Se entiende, el ignorante Trump desconoce la historia de su propio país, y como muchos de nuestros compatriotas, cree que la intención de los gobiernos que le precedieron era hacer un guiño de amistad al vecino del sur. Nada de eso. El 5 de Mayo, según ellos, es la celebración del Destino Manifiesto. Zaragoza, Puebla, Juárez y México les tuvieron y les tienen sin cuidado.
30 Abril 2017 04:01:00
¿Moderador o crupier?
Las opiniones, la mayoría adversas, sobre los jugosos contratos del Instituto Estatal de Coahuila (IEC) con dos afamados personajes de los medios nacionales de comunicación –Ana María Salazar y Carlos Puig– para moderar el debate de los aspirantes al Gobierno de Coahuila se han centrado en el monto de los emolumentos recibidos por ambos. Cien mil pesos, según las noticias aparecidas en los periódicos, además de traslados y viáticos, por supuesto.

Debido a la desafortunada actuación de Ana María Salazar en el primero de los debates, los señalamientos contra el IEC arreciaron. A raíz de esto, hay quienes señalan que sería preferible invitar a un comunicador o a un académico coahuilense a moderar el segundo debate, aunque la contratación de Puig es ya un hecho.

Por un momento, dejemos a un lado el de-sembolso del Instituto –dinero proveniente de nuestros impuestos–, para cuestionar otro aspecto del asunto. Sin menospreciar el palmarés académico de la señora Salazar ni sus éxitos en los medios de comunicación masiva, cabe preguntar: ¿En realidad moderó el debate? ¿Le escuchó usted una sola intervención inteligente?

La respuesta es no. Dirán algunos que eso no le correspondía, que ella cumplió con ser testigo imparcial de lo que ocurría en el escenario. Que su deber, como el de Carlos Puig, es limitarse a ceder la palabra a quien corresponde, pues incluso los tiempos disponibles para cada aspirante los marca automáticamente cierto artilugio electrónico que da un pitazo en el momento en que al ponente le quedan 10 segundos de su tiempo, al término de los cuales enmudece automáticamente el micrófono.

En otras palabras, el moderador, cambiando lo que haya que cambiar, juega un papel muy parecido al crupier en la mesa de póquer o en la de black jack de un casino. Su tarea consiste en repartir las cartas en el orden debido, y hacerlo poniendo cara de palo. Con la ventaja, para el moderador del debate político, que no está entre sus tareas señalar el ganador de la partida. El crupier sí debe retirar el dinero de los perdedores y entregar la suma de dinero obtenida por el ganador.

Lo sencillo del trabajo hace posible importar un moderador previo desembolso de 100 mil pesos. Además, la importación tiene sus ventajas, pues si el contratado ignora si Coahuila se escribe con hache intermedia y carece del mínimo conocimiento, no digamos ya de la historia, sino de la realidad del estado, su imparcialidad está asegurada. Sin conocer el estado, ni sus problemas ni su potencial, mucho menos a los candidatos, seguramente todo le vale, dicen los muchachos.

Visto el moderador como un crupier encargado de repartir en un orden establecido por otros o por el azar el uso de la palabra, el pago que perciben parece aún más escandaloso. Y eso que el IEC no puede siquiera apelar a que su contratación tuvo como propósito aumentar el auditorio, pues no se trata de superestrellas capaces de atraer el interés de multitudes, son comunicadores que aparecen con cierta asiduidad en la televisión. Si el propósito es atraer un auditorio más nutrido, contraten a Luis Miguel, a Alejandro Fernández o a los Ángeles Azules, aunque sea sin orquesta sinfónica de respaldo. Será mucho más costoso, por supuesto, pero pueden asegurar un aumento exponencial del rating del debate

Ya fuera de bromas, el IEC debería cuidar estos detalles –el demonio está en los detalles–, más cuando su buen desempeño ha sido puesto en duda por algunos candidatos. Una institución de esa naturaleza, con una encomienda tan delicada, debe, como exigían los romanos a la mujer del César, no sólo ser honrada, sino también parecerlo.
30 Abril 2017 04:01:00
¿Moderador o crupier?
Las opiniones, la mayoría adversas, sobre los jugosos contratos del Instituto Estatal de Coahuila (IEC) con dos afamados personajes de los medios nacionales de comunicación –Ana María Salazar y Carlos Puig– para moderar el debate de los aspirantes al Gobierno de Coahuila se han centrado en el monto de los emolumentos recibidos por ambos. Cien mil pesos, según las noticias aparecidas en los periódicos, además de traslados y viáticos, por supuesto.

Debido a la desafortunada actuación de Ana María Salazar en el primero de los debates, los señalamientos contra el IEC arreciaron. A raíz de esto, hay quienes señalan que sería preferible invitar a un comunicador o a un académico coahuilense a moderar el segundo debate, aunque la contratación de Puig es ya un hecho.

Por un momento, dejemos a un lado el de-sembolso del Instituto –dinero proveniente de nuestros impuestos–, para cuestionar otro aspecto del asunto. Sin menospreciar el palmarés académico de la señora Salazar ni sus éxitos en los medios de comunicación masiva, cabe preguntar: ¿En realidad moderó el debate? ¿Le escuchó usted una sola intervención inteligente?

La respuesta es no. Dirán algunos que eso no le correspondía, que ella cumplió con ser testigo imparcial de lo que ocurría en el escenario. Que su deber, como el de Carlos Puig, es limitarse a ceder la palabra a quien corresponde, pues incluso los tiempos disponibles para cada aspirante los marca automáticamente cierto artilugio electrónico que da un pitazo en el momento en que al ponente le quedan 10 segundos de su tiempo, al término de los cuales enmudece automáticamente el micrófono.

En otras palabras, el moderador, cambiando lo que haya que cambiar, juega un papel muy parecido al crupier en la mesa de póquer o en la de black jack de un casino. Su tarea consiste en repartir las cartas en el orden debido, y hacerlo poniendo cara de palo. Con la ventaja, para el moderador del debate político, que no está entre sus tareas señalar el ganador de la partida. El crupier sí debe retirar el dinero de los perdedores y entregar la suma de dinero obtenida por el ganador.

Lo sencillo del trabajo hace posible importar un moderador previo desembolso de 100 mil pesos. Además, la importación tiene sus ventajas, pues si el contratado ignora si Coahuila se escribe con hache intermedia y carece del mínimo conocimiento, no digamos ya de la historia, sino de la realidad del estado, su imparcialidad está asegurada. Sin conocer el estado, ni sus problemas ni su potencial, mucho menos a los candidatos, seguramente todo le vale, dicen los muchachos.

Visto el moderador como un crupier encargado de repartir en un orden establecido por otros o por el azar el uso de la palabra, el pago que perciben parece aún más escandaloso. Y eso que el IEC no puede siquiera apelar a que su contratación tuvo como propósito aumentar el auditorio, pues no se trata de superestrellas capaces de atraer el interés de multitudes, son comunicadores que aparecen con cierta asiduidad en la televisión. Si el propósito es atraer un auditorio más nutrido, contraten a Luis Miguel, a Alejandro Fernández o a los Ángeles Azules, aunque sea sin orquesta sinfónica de respaldo. Será mucho más costoso, por supuesto, pero pueden asegurar un aumento exponencial del rating del debate

Ya fuera de bromas, el IEC debería cuidar estos detalles –el demonio está en los detalles–, más cuando su buen desempeño ha sido puesto en duda por algunos candidatos. Una institución de esa naturaleza, con una encomienda tan delicada, debe, como exigían los romanos a la mujer del César, no sólo ser honrada, sino también parecerlo.
23 Abril 2017 04:03:00
Formato imposible
Un viaje de última hora me impidió asistir a la reunión convocada por Zócalo para escuchar y analizar el debate entre los candidatos al Gobierno de Coahuila el miércoles anterior, que seguí después en una grabación. Ya se han publicado multitud de opiniones sobre el encuentro de los aspirantes; pocas a favor del ejercicio organizado por el Instituto Electoral de Coahuila y un gran número de ellas enfocadas a las fallas técnicas y también a los deslices de la moderadora.

Tal insistencia en los defectos de la trasmisión y en la inexplicable impreparación de la moderadora es una mala noticia para el deseo de fortalecer nuestra vida democrática, pues la atención debió centrarse, al menos teóricamente, en las propuestas de los aspirantes que, en muchos casos, a juicio de los ciudadanos pasaron a un segundo plano.

El número de participantes –siete– restó, creo, interés al ejercicio. Ni la moderadora daba pie con bola a la hora de ceder el uso de la palabra a quien correspondía. Muy distintos, en cuanto a capacidad de atraer la atención de los ciudadanos, fueron los recientes encuentros entre los aspirantes a la presidencia de Estados Unidos, Hillary Clinton y Donald Trump. Cuando solamente dos están en el ring, el choque es intenso y resulta más sencillo aquilatar las armas de cada uno de los contendientes.

El debate del miércoles no fue una pelea de box, sino una de esas luchas que en mi juventud llamaban, quién sabe por qué, de “relevos australianos”, en las cuales participaban hasta seis luchadores. Ya a la mitad de la refriega, solamente los muy expertos o de mejor memoria podían distinguir si el enmascarado de verde o el de rojo pertenecían al bando de los rudos o al de los técnicos.

Con siete participantes en el ring, cuyas intervencionesse alargan hasta el aburrimiento con el cambio de impresiones o las mutuas descalificaciones, se requerirían actores de primer orden o bellezas despampanantes para mantener más o menos atento al público. Con siete en la tribuna, cada una de las tres rondas de respuestas a una de las tres preguntas planteadas tardó 21 minutos, sin contar las intervenciones de la despistada moderadora. En total, cada uno de los siete sumó en esta etapa del debate una hora tres minutos ante el micrófono.

A esto deben sumarse tres rondas de dos minutos para réplicas. (Acotación al margen: alguien debería explicarles a varios candidatos el significado de la palabra réplica, pues los más se fueron por los cerros de Úbeda). Pero volvamos a la aritmética: cada ronda de supuestas réplicas, a dos minutos por cráneo, demandó un total de 14 minutos, que, multiplicados por tres dan la friolera de 42.

Sumando planteamientos y réplicas, los siete hablaron, en conjunto, una hora y 45 minutos. Agréguele usted media hora de la explicación de la conductora sobre el mecanismo acordado por los partidos y los candidatos para la celebración del debate, sus continuas llamadas de atención a los productores y la cansada repetición de la pregunta: “¿Deseas que te lea otra vez la pregunta?”. (¿No seríapráctico poner frente a los participantes un letrero con el tema de su intervención?). En fin, más de dos horas mal contadas.

En términos estrictamente cinematográficos, el debate del miércoles duró la mitad del tiempo que la película clásica ganadora de 10 Oscar Lo que el Viento se Llevó (259 minutos), aunque esta se exhibía con un intermedio y tenía dos atractivos importantes destinados a los caballeros, la bellísima Vivian Leigh y la no menos hermosa Olivia de Havilland, además de Clark Gable para disfrute de las pupilas femeninas.

Sin ser pesimista, se ve difícil que con ese formato y siete candidatos en escena se logre despertar y, lo que es más difícil, mantener, el interés del auditorio en el siguiente debate.
16 Abril 2017 04:01:00
Cambiar de caras
A pesar del laicismo imperante, la Semana Santa conserva la capacidad de romper la rutina, ya sea de una o de otra manera. Hay a quienes lo que las señoras de antes llamaban “días de guardar” les aviva la religiosidad. Los más prefieren revivir el nomadismo de nuestros ancestros. Las esperadas vacaciones les inyectan el deseo incontenible de viajar, de cambiar de caras, como decía un viejo ganadero. Cuando las caras de todos los días le resultaban insoportables, se trepaba a la camioneta y conducía a Monterrey o a Sabinas.

“¿A qué fue a Monterrey, don Pedro?” “Nada más a cambiar de caras”. “¿Y sí cambió?” “Sí. Hubieras visto con cuántas caras desconocidas me topé”.

La mayoría prefiere el mar. Los más refinados optan por las ciudades coloniales. Quienes van en busca del mar encuentran playas abarrotadas, restaurantes con precios alterados y meseros que parecen andar drogados, pues siempre se equivocan de platillo o de plano ignoran a la clientela.

Mis magras experiencias de Semana Santa en la playa se reducen a una. En la época de estudiante en la Ciudad de México, un compañero y el que esto escribe se fueron a Acapulco de mochilazo. Al regreso, los amigos preguntaban: “¿Qué tal estaba el mar?”. Por conservar el prestigio, uno respondía que maravilloso, aunque la verdad era que la única agua que había mojado su cuerpo en la atiborrada playa había sido obra de un maldito mocoso a quien se le ocurrió orinar en mi pie izquierdo.

Otras familias, quizá por deseos de disfrutar de la naturaleza, o bien a causa de lo exiguo de las finanzas, se van a un rancho. Vacaciones que antaño –no sé ahora– podían calificarse de cualquier cosa, menos de cómodas. Pero, a cambio de las incomodidades permitían ampliar nuestro conocimiento sobre la ya de por sí extensa familia. Se topaba uno con primos de los que se ignoraba su existencia. Los residentes en grandes ciudades se asombraban de todo y creían ver serpientes en cuanto matorral se les atravesaba. Uno, menos urbano, o mejor dicho, todavía medio silvestre, adquiría ante ellos aires de avezado sherpa nepalí al guiarlos por el peligroso camino que comunica La Siberia con Mesa de las Tablas.

En el rancho, no faltaba la inédita tía –tía quién sabe por cuál rama del frondoso y retorcido árbol genealógico– que para orientarse preguntaba: “Y tú, ¿de quién eres?” Sin embargo, debo reconocerlo, las tías de la rama materna eran, además de querendonas, muy alegres. Por la noche, a la menor provocación empezaban a cantar aquello de “Hace un año que yo tuve una ilusión…”.

No sé si para aclarar la garganta, entonarse o por puro gusto, le daban sus llegues a la botella de brandy, ingestiones alcohólicas que llamaban eufemísticamente “alientos”. Una de ellas, Dios la tenga en su Santo Reino, se alentaba con una frecuencia imprudente; inmoderada, podríamos decir, y acababa llorando.

Hoy, aunque seguramente hay familias que van al rancho, la industria turística es avasallante. Yo no sé si por culpa de Sevilla o de Iztapalapa, antiguas manifestaciones religiosas abandonaron su contenido espiritual. Ahora procesiones y los viacrucis son también atractivos turísticos, y si antes eran únicamente los sacerdotes quienes se encargaban de alentar a los fieles a participar en ellas, actualmente se ocupan de esto las agencias gubernamentales.   

En fin, ya fuera en la playa en una ciudad colonial, en el rancho o viendo marchar a gente con capirote y una vela en la mano, espero que la Semana Santa le haya sido grata y servido para cambiar de caras. Cualquiera de esas formas de pasar la semana es preferible, créamelo, a escribir una columna sin pies ni cabeza.
09 Abril 2017 04:00:00
El sonido y la furia
“La vida es un cuento contado por un idiota lleno de sonido y de furia, que no significa nada”. La terrible frase de Shakespeare en su tragedia Macbeth proporcionó a William Faulkner el título de su conocida novela El Sonido y la Furia. Hoy, en medio de unas campañas políticas en las que participa un millar de candidatos –un candidato en cada hijo te dio– la línea del Cisne de Avon invita a ponerse faulkneriano si se intenta describir la contienda.

En efecto, en la competencia por atraer el voto ciudadano el sonido y la furia son hasta ahora, salvo honrosas excepciones, los signos distintivos de las campañas. Llueven acusaciones de unos contra otros. Se diría que la mayoría de los participantes en la contienda están empecinados, no en afirmar su imagen, sino en demeritar la de los contrincantes, como si los coahuilenses estuviéramos condenados a votar, no por el mejor, sino por el menos malo.

Hay acusaciones y denuncias para todos los gustos: enriquecimiento inexplicable, mansiones millonarias, joyería de alto precio, ineficiencia demostrada en el de-sempeño de puestos anteriores, traiciones, tendencia hacia el populismo, compra de votos, pasados oscuros... Usted elija. Bien se dice que los políticos son como gatos metidos en una chimenea: si no se queman, por lo menos salen tiznados. Más en estos días, cuando es posible vomitar impune y anónimamente toda clase de insultos y acusaciones, las más de las veces infundadas, en cualquiera de esas cloacas llamadas redes sociales.

Es natural y previsible en cualquier campaña política que los contendientes busquen la descalificación del contrincante. Ya vimos hace poco al impresentable Donald Trump acusando de todo lo imaginable a Hillary Clinton. Sin embargo, el peligro es que el estruendo mediático acabe provocando sordera a los electores, y estos terminen por no oír las propuestas, ahítos de tanto ruido y de tanta furia. El peligro es real, y resulta prudente en estas circunstancias recordar al recién fallecido Giovanni Sartori: “Es necesario tomar en cuenta que las elecciones también pueden matar a una democracia”.

Y la muerte de las democracias no solamente ocurre con la elección de un dictador. También, aunque de una manera más lenta, languidecen y se extinguen ante ciudadanos que se instalan en la indiferencia por hartazgo, que es a donde puede conducirlos esta fastidiosa lucha en el lodo.

Los mexicanos de a pie enfrentan hoy un panorama particularmente proceloso. Las amenazas que llegan del norte, la rampante corrupción de decenas de políticos, el cotidiano descubrimiento de fosas clandestinas, las paupérrimas perspectivas de crecimiento, el encarecimiento de productos básicos y la falta de oportunidades abonan el terreno para la proliferación de la incertidumbre. Una sociedad así está ansiosa de certezas. No necesita, ni creo desee, el pobre espectáculo con tintes de pleitos de vecindad ofrecido por actores políticos.

Quizá todavía sea tiempo de reencauzar las campañas hacia discursos capaces de sembrar la esperanza, no la discordia. En otras palabras, acallar los tambores de guerra, propiciatorios de confusión. Porque, al fin y al cabo, en esta elección, como en cualquiera otra, lo que está en juego es el futuro. Además, es bien sabido que esas terribles acusaciones no son al fin de cuentas sino palabras, palabras, palabras –otra vez Shakespeare– o, como suele decirse, agua de borrajas y plática de barbería. Ruido y furia sin consecuencias. 
02 Abril 2017 04:01:00
Descubridor de joyas
Nacido en Parras de la Fuente, el arquitecto Jaime Ortiz Lajous mantuvo hasta el fin de sus días una hermosa pasión: conservar el patrimonio artístico de México. Sólo su muerte, ocurrida el pasado domingo en la capital del país, pudo detener su incansable defensa de edificios y obras de arte que son parte de la historia. Resulta lamentable que la de-saparición de tan valioso coahuilense haya pasado prácticamente desapercibida entre nosotros, sus coterráneos.

A él se debe el descubrimiento, digámoslo así, del objeto de arte más valioso de los que se conservan en el estado. Detrás de ello hay una historia interesante. Cierto día de los años 80 del siglo pasado, Ortiz Lajous estuvo en Saltillo. En su calidad de funcionario público vino a supervisar los trabajos de restauración realizados en la Catedral de Santiago. Acompañado del doctor Jorge Fuentes Aguirre recorrió de arriba abajo el edificio. Cuando vio el altar de san José quedó maravillado. Jamás había visto –diría después– una pieza de platería de esas dimensiones, tan hermosa y deslumbrante como la placa de plata que adorna ese altar.

El frontal, de 2.5 metros de largo y 1.20 de alto, fue colocado en el siglo 17, y durante 300 años había pasado inadvertido para fieles y curiosos. Ortiz Lajous jamás olvidó la joya encontrada en Saltillo. Invitado en 1990 a formar parte del grupo de expertos dedicados a seleccionar las obras destinadas a la exposición México, Esplendores de 30 Siglos, propuso la inclusión del frontal en la sección dedicada al arte colonial.

El resto de los miembros encargados de seleccionar las obras no lo conocían. Bastó que Ortiz Lajous la describiera y mostrara unas fotografías, para que se incluyera en las casi 400 piezas de la exposición inaugurada en octubre de ese año en cinco salas del Metropolitan Museum de Nueva York. Fue a raíz de esta muestra que los saltillenses nos percatamos de su valor. A partir de entonces está convenientemente protegido por un cristal.

México, Esplendores de 30 Siglos se montó posteriormente en Los Ángeles y San Antonio, Texas, con gran afluencia de público. Luego estuvo en el Museo de Arte Contemporáneo (Marco) de Monterrey y en el antiguo Colegio de San Ildefonso, de la Ciudad de México, donde permaneció un año. Allí recibió poco menos de un millón de visitantes.

Podría decirse que esta muestra fue la plataforma de despegue de la fama del frontal, que viajó después a Holanda para una exposición de platería. En 2001, con motivo del segundo centenario de la construcción de la Catedral, se exhibió en el Centro Cultural Vito Alessio Robles. Ninguna otra pieza artística del estado de Coahuila ha tenido la proyección de esta obra salida de manos de plateros mexicanos.

Miembro de una prominente familia del siglo antepasado, después de visitar Saltillo el arquitecto Ortiz Lajous viajó a su ciudad natal. En la calle Madero de Parras, recorrió la casa familiar e hizo recuerdos. Siendo casi niño, la familia se instaló en la capital de la República. Cursó estudios de arquitectura en la Universidad Nacional Autónoma de México, los que prosiguió en la de Sapienza, en Italia, donde se especializó en restauración.

Incansable, defendió contra la bárbara piqueta dizque modernizadora numerosos edificios con valor estético e histórico. Su tenacidad salvó de la destrucción a muchos de ellos; a otros les devolvió perdidas bellezas gracias a meticulosos trabajos de restauración. Escribió sabios libros sobre la materia y fundó en Guanajuato la Escuela de Restauración.

Nosotros le quedamos debiendo, entre otras muchas cosas, la justa valoración del frontal del altar de san José. Descanse en paz.
26 Marzo 2017 04:01:00
Una historia sin historia
Los miembros del Colegio Coahuilense de Investigaciones Históricas (CCIH) celebraron el martes anterior el 40 aniversario del organismo. Los distintos actos llevados a cabo fueron propicios para recordar al fundador de la institución, don Óscar Flores Tapia, cuyo paso por el Gobierno del Estado concretó avances trascendentales en las tareas relacionadas con el impulso a la cultura. El Colegio, nacido en la efervescencia creada en torno a la conmemoración del cuatricentenario de la fundación de Saltillo, reunió a un puñado de hombres, cuyas aproximaciones al pasado eran resultado de un impulso, de una mezcla de amor a la investigación y al terruño. Practicaban por gusto eso que don Luis González y González bautizó como “historia matria”, sin más metodología que su intuición.

Al correr del tiempo, con la creación de las escuelas especializadas en el tema, el CCIH ha sumado a sus filas a varios académicos. Tal es el caso de María Elena Santoscoy –la primera mujer en acabar con el masculino Club de Tobi que había sido durante largos años el grupo–, Guadalupe Sánchez de la O, Gabriela Román Jáquez, Carlos Valdés Dávila y Francisco Rodríguez.

La fundación del Colegio fue uno de los muchos proyectos del gobierno de Flores Tapia en bien de las actividades culturales. Después acometería la creación del Centro de Artes Visuales e Investigaciones Estéticas (CAVIE) y del Instituto Estatal de Bellas Artes, el Teatro de la Ciudad, el Centro Cultural y de Bellas Artes Santa Anita y numerosos espacios dedicados a la educación artística.

Autodidacta por necesidad, pues hubo de abandonar la escuela en el segundo o tercer año de primaria debido a la angustiante situación económica de su hogar, Flores Tapia logró hacerse de una sólida cultura gracias a su inteligencia y a su avidez por aprender. Desde mucho antes de llegar al Gobierno del Estado se distinguió como activo promotor cultural –que entonces no se les llamaba así–. Impulsor del Seminario de Cultura Mexicana, estimuló la celebración de conferencias sustentadas por algunos de los intelectuales más connotados del país en esos años: Agustín Yáñez, Gutierre Tibón y Salvador Azuela, entre otros.

Director de la Imprenta de Gobierno, instituyó la Asociación de Escritores y Periodistas de Saltillo (AEPS), a través de la que se publicó más de una decena de libros, cuando editar un libro requería Dios y ayuda, a causa de los costosos y tardados sistemas de impresión.

Nuestra memoria es corta, y por ello fácilmente olvidamos de dónde vienen las cosas que hoy disfrutamos. Antes de la creación del CAVIE, por ejemplo, no existía en Saltillo una galería para montar una exposición de pintura, grabado o escultura. En alguna ocasión hubo de presentarse una en la Sociedad Manuel Acuña.

Tampoco, antes de Flores Tapia, existía un teatro de la ciudad. Funcionaba, desde principios de los años 60 del siglo pasado, el del Seguro Social, pero desde que se incendió en 1918 el Teatro García Carillo, Saltillo carecía de un recinto adecuado para el montaje de obras de gran aliento, conciertos, ballets y óperas. La inolvidable maestra Carmelita Harlan Laroche organizaba conciertos en el Casino, y se acudía al Paraninfo del Ateneo o al salón de actos de la Sociedad Obreros del Progreso para las representaciones. ¡La Atenas de México se pasó décadas sin un teatro!

Estos deshilvanados recuerdos hablan de la urgencia de que alguno de nuestros historiadores se eche a cuestas la tarea de completar la Crónica de la Cultura en Coahuila, del maestro Federico Leonardo González Náñez, publicada por primera vez en 1961.
19 Marzo 2017 04:01:00
¿Dónde quedó la izquierda?
Sin avalar la teoría del fin de la historia de Francis Fukuyama, el derrumbe de la Unión Soviética volvió extremadamente vagas y porosas las fronteras que tradicionalmente delimitaban los espacios en el cuadrante ideológico. ¿Dónde quedó la izquierda, si todavía existe un segmento que sea posible identificar de esa manera? Y a partir de la pregunta anterior, intentando aterrizar la cuestión en el territorio nacional, cabe preguntar si aún puede hablarse de algo parecido a la “izquierda mexicana”.

Del Partido de la Revolución Mexicana, que alguna vez abanderó las ideas de izquierda, ni hablar. El PRD se ha dedicado a caminar a tropezones hacia la tumba de la extinción. Las otrora coaligadas tribus que lo componían se aniquilaron entre ellas en una cruenta guerra intestina. Últimamente, el proceso de debilitamiento se aceleró a causa de la huida de algunos de sus más destacados miembros. Definitivamente, como dice mi compadre Elías Cárdenas Márquez, los perredistas han venido de Marx a menos.

Quienes ahora abandonan la nave del PRD no lo hacen por diferencias ideológicas, sino para sumarse al proyecto de Andrés Manuel López Obrador, a quien las casas encuestadoras consideran puntero en la carrera por la Presidencia de la República el año próximo. En otras palabras, Barbosa y compañía se acercan a “donde calientan gordas”, en espera de que se cumplan los vaticinios y les recompensen el próximo sexenio con un taco de flor de calabaza o una gordita de huevo con chorizo.

También cabe preguntarse si López Obrador, el sempiterno “Peje”, y su partido Morena representan a la izquierda mexicana. Sus enemigos lo tildan de populista; él, sin embargo, a últimas fechas ha engrosado sus filas atrayendo a poderosos empresarios, a quienes, incluso echando mano de mucha imaginación y la más buena fe, difícilmente podríamos considerar hombres de izquierda. Un ejemplo cercano es la candidatura al Gobierno de nuestro estado de Armando Santana Guadiana Tijerina. Antiguo miembro del PRI –como “El Peje”–, Guadiana es un inteligente y próspero hombre de negocios con fuertes intereses en minas de carbón. ¿Pero, de izquierda?

Por otra parte, López Obrador sostiene un discurso con fuerte tufo al priismo de los años 40, pugnando por un nacionalismo que a estas alturas de la globalización sabe a rancio y en la práctica resulta inoperante, cuando no ruinoso. Paradójicamente, el tabasqueño se alinea con el empeño antiglobalizador del señor Donald Trump. ¿La idea es volver a levantar, para aislarnos, no un muro, como el de Trump, sino la “cortina de nopal” de la que hablaba el pintor José Luis Cuevas?

¿En realidad estamos, no ante el fin de la historia, según la teoría de Fukuyama, sino en el ocaso –o quizá la muerte– de las ideologías? De ser así, cualquier camino y discurso será válido en tanto pueda conducir al anhelado poder.

Basta recordar a Vicente Fox, candidato a la Presidencia cuando, huyendo de la siempre vituperada “derecha”, se autocolocó en un hipotético “centro-izquierda”. ¡Ese centro debe de estar más atiborrado que la estación Balderas del Metro de la Ciudad de México un viernes, a eso de las 4 de la tarde! Nadie desea ser identificado como político de derecha, pues se considera un desprestigio, y, al parecer, tampoco resulta cómodo espantar a los burgueses diciéndose de izquierda. Por ello, el centro –ni chía ni limonada– es la posición más adecuada para tranquilizar a los hombres del dinero y, al mismo tiempo, hacer promesas capaces de convencer a esa entelequia que llaman “el pueblo”.

Será interesante analizar las promesas de los aspirantes a suceder al presidente Peña Nieto, sin pretender hacer el inútil ejercicio de encasillarlos en un determinado lugar del cuadrante ideológico. Esperemos.
12 Marzo 2017 04:01:00
José Narro Robles
El último presidente de la República nacido en Coahuila, Venustiano Carranza Garza, murió asesinado en 1920. Hace casi 97 años. Hoy, el nombre de otro coahuilense, José Narro Robles, empieza a citarse como posible candidato del Partido Revolucionario Institucional en las elecciones de 2018, unos comicios que desde ahora se anuncian complicados para el partido en el poder.

El actual secretario de Salud y exrector de la Universidad Nacional Autónoma de México tiene a su favor dos cartas: la imagen de hombre sensato y la honestidad. En su larga carrera en el servicio público y en los dos periodos en la rectoría de la UNAM nunca ha sido acusado de corrupción, vicio tan arraigado entre nuestros políticos y que tanto lastima a los ciudadanos.

Su inclusión en la debilitada baraja del PRI frente a la sucesión presidencial es efecto de las malas noticias que insisten en darle al tricolor las casas encuestadoras. Muchos aseguran que, de no ocurrir un cambio dramático en el ánimo de los ciudadanos, la antes invencible aplanadora electoral podría caer a un deslucido tercer lugar en la carrera del ‘18, comiéndose el polvo levantado por Morena y el Partido Acción Nacional.

Es un misterio si la hoy supuesta precandidatura de Narro Robles sobrevivirá a los golpes –internos y externos– y a las muchas piedras del empinado camino desde aquí hasta la oficialización de la candidatura.

Por lo pronto, lo que hasta hace poco eran meras especulaciones de columnistas y opinadores parecen estar siendo tomadas en serio por ciertos políticos. Prueba de ello es la intempestiva andanada que disparó contra él la Federación de Sindicatos de Trabajadores al Servicio del Estado, exigiéndole que se ocupe del sector salud y deje de hacer “proselitismo con propósitos futuristas”.

No cabe duda, el paisano empezó a pisar callos de alguno o algunos que sueñan con poder dormir en Los Pinos. Este fue el primer disparo imputable al “fuego amigo”.

Narro Robles es el cuarto coahuilense citado como aspirante serio a la Presidencia. El primero fue, en 1934, el general Manuel Pérez Treviño, exgobernador de Coahuila y presidente fundador del Partido Nacional Revolucionario, abuelito del PRI. Sin embargo, el jefe máximo, Plutarco Elías Calles, inclinó la balanza a favor del general Lázaro Cárdenas, y al hacerlo sepultó la carrera política de Pérez Treviño.

Pasarían 12 años para que otro hijo de estas tierras figurara entre los aspirantes a “tapado”. Don Nazario Ortiz Garza, secretario de Agricultura y Ganadería en el gobierno de Miguel Alemán Valdés, figuró en la lista de posibles sucesores del presidente. También exgobernador de Coahuila, perdió la carrera cuando don Adolfo Ruiz Cortines pegó el salto de la secretaría de Gobernación a la silla presidencial, en 1952.

Llegada la alternancia, y con Vicente Fox en Palacio Nacional, el nombre de Enrique Martínez y Martínez empezó a sonar fuerte como aspirante a la Presidencia de la República en el seno de la Confederación Nacional de Gobernadores (Conago). Sin embargo, los miembros de la Conago postularon en agosto de 2005 a Arturo Montiel, quien finalmente declinó en bien de la “unidad del partido”, mientras le caía un fuerte chubasco de acusaciones por actos de corrupción perpetrados durante su mandato al frente del Gobierno del Estado de México.

¿Tendrá mejor suerte el doctor José Narro Robles? Sólo el tiempo podrá decirlo. Habrá de correr mucha agua bajo los puentes antes de que se dé la postulación oficial del candidato del PRI. De ser el elegido, el doctor tampoco la tendrá fácil. Es, casi, casi, comprar un boleto para la rifa del tigre. Por lo pronto, allí está entre los elegibles.
05 Marzo 2017 04:01:00
Ver hacia adelante
A punto de iniciarse las campañas preelectorales de aspirantes a Gobernador, diputado o presidente municipal, es prematuro hacer pronósticos sobre el temario de sus propuestas cara a cara con los votantes. Sin embargo, admitiendo los consabidos márgenes de error, las precampañas de estos mismos aspirantes ofrecieron indicios que permiten prever el tono de sus futuros discursos.

Por lo pronto, se percibe una constante entre los candidatos independientes y abanderados de partidos distintos al Revolucionario Institucional. Estos, o la mayoría de ellos, a fin de no generalizar, han insistido monotemáticamente en la intención de hacer valer la justicia y castigar a quienes hayan incurrido desde el poder político en actos de corrupción o, para ampliar el espectro, reñidos con la legalidad.

Piensan, quizá con razón, que tales promesas vindicativas encontrarán terreno propicio en una sociedad harta de escándalos de políticos corruptos que gozan de impunidad, o han escapado fácilmente de las manos de la justicia. El caso de Javier Duarte y el saqueo inmisericorde del heroico –y estoico– pueblo de Veracruz, seguido de su sospechosa evasión tras ser acusado formalmente, indigna, con toda razón, a millones de ciudadanos. Y el de Duarte es simplemente el botón de muestra. La lista es larga y algunos ejemplos muy cercanos a nosotros.

Existen motivos suficientes para pensar que la comprensible indignación ciudadana sienta deseos de aplicar el merecido castigo a los culpables. No obstante, sin el afán de minimizar o restar importancia a un tema colocado en la parte alta de la lista de prioridades de los medios de comunicación, igual que en las de las charlas entre particulares, un discurso de esta naturaleza se construye viendo hacia atrás.

Tampoco se trata de pugnar por el “borrón y cuenta nueva”, pero igualmente importante es, sin dejar de ver al pasado, mirar hacia adelante y planear acciones en consecuencia. “No voltees tanto pa’trás, que se nos enchueca el surco”, se oyó decir hace años a un campesino de Castaños dirigiéndose a quien le ayudaba a barbechar con una yunta. O como lo expresara de forma más elegante un diplomático francés durante una conferencia de prensa, a propósito de viejos agravios de Alemania: “En Francia –respondió contundente–, cuando conducimos nuestro automóvil miramos de cuando en cuando el retrovisor, pero cuidándonos de no perder de vista lo que está delante de nosotros. Fijar la mirada únicamente en el retrovisor es sumamente peligroso, y puede resultar mortal”.

En otras palabras, se antoja insuficiente la promesa de justicia viendo exclusivamente por el retrovisor. Es de creerse que los coahuilenses, aun los muy interesados en que se castigue a culpables de ilegalidades cometidas en el pasado, deseen ver con mayor claridad su futuro. Los ciudadanos no desean a un gobernador o a un presidente municipal cumpliendo únicamente el papel de policía o de fiscal. Esperan con más interés –creo– certezas para el porvenir, especialmente en un momento tan complicado y con el cielo ceniciento a causa de la formación de una amenazante borrasca apellidada Trump.

Combatir la corrupción y hacer pagar a los corruptos, cuando los hay, debería ser un primer paso para la construcción de una plataforma de despegue, pero quedarse en eso no resuelve nada. Hay que pensar en el día siguiente. Colmar las cárceles de corruptos merecerá aplausos, pero no resolverá los problemas. Que no se nos enchueque el surco, veamos hacia adelante.
26 Febrero 2017 04:01:00
El muro que no construimos
Los mexicanos de hace 170 años debieron haber construido un altísimo muro en la frontera con Estados Unidos. Hubiera sido una obra colosal erigida muy al norte del río Bravo, protegiendo los territorios de Texas, Nuevo México y California. Desafortunadamente, el imaginario muro nunca se construyó, pues además de la carencia de dinero, aún no se contaba con los recursos técnicos y la maquinaria indispensables, siendo probable que la muralla quizá hubiera resultado inútil, incapaz de frenar al Ejército norteamericano dispuesto a invadir nuestro país.

Sin muro de por medio, las tropas estadunidenses entraron al territorio nacional con una facilidad pasmosa. Casi, casi fue un desfile, aunque pespunteado por algunos enfrentamientos bélicos: Monterrey, La Angostura, Padierna, Churubusco, Chapultepec y pocos más.

Nuestros soldados, mandados por generales tan llenos de entorchados y medallas como faltos de capacidad, perdieron una batalla tras otra con una obstinación digna de mejor causa. Finalmente, se impuso el empuje del Destino Manifiesto, y los vecinos del norte hincharon sustancialmente su territorio, haciendo avanzar la línea divisoria hasta el río Bravo.

Entre las muchas cosas que ignora el impresentable Donald Trump, es la historia del país que gobierna o, mejor dicho, desgobierna. Si la conociera, sabría que el muro de sus sueños siempre hizo más falta en la ribera sur del Bravo que en la del norte.

Resultaría cansado insistir en el recuento de las agresiones perpetradas por Estados Unidos contra las naciones ubicadas al sur de la frontera. Su “traspatio”, como lo llamó gráficamente uno de sus políticos. Y México, como desde siempre les ha quedado “muy a la mano”, ha sido uno de los países predilectos para la práctica de su deporte favorito: el intervencionismo. Eso sí, siempre obligados por los desmadrosos que somos. En ocasiones, también debe decirse, esconden a sus espaldas el gran garrote marca Teodoro Roosevelt y pone sordina a las bravuconadas marca Trump, para disfrazarse temporalmente de “buenos vecinos”. Pero no es bueno confiarse.

Entre sus variadas locuras, Donald Trump decidió transformar la Casa Blanca, y con ella a todo el país, en el Mundo Bizarro de Superman, aquel sitio de los cómics donde todo era al revés de la realidad. Por ello, ahora sucede que es la Unión Americana la urgida en defenderse de nosotros, las siniestras turbas de “brownies”, quienes abusamos de los indefensos e ingenuos norteamericanos. Sería cómico, si no fuera trágico.

A 170 años de la Batalla de La Angostura, efeméride cuya ceremonia conmemorativa fue ayer, es pertinente repasar esa historia que el señor Trump desconoce. Y es que allí, en las goteras de Saltillo, cientos de soldados mexicanos murieron intentando inútilmente detener al Ejército Norteamericano en una batalla de resultados inciertos, pero computable como derrota de México en el libro de récords a causa del controversial retiro de las tropas ordenado por el general Antonio López de Santa Anna.

Más, cuando ayer mismo amanecimos con la noticia de que el presidente del peinado imposible decidió apresurar la construcción de su muro, dotando de vigencia indiscutible el conocido lamento atribuido al general Porfirio Díaz: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”. ¡Y eso que don Porfirio tuvo la enorme fortuna de no conocer a Donald Trump!
19 Febrero 2017 03:05:00
Yo lo comprendo
Creo comprender el estado de ánimo por el que atraviesa cualquier persona después de sufrir un estrepitoso fracaso. No debe ser nada agradable. Pero me extraña, sí, que de la catarata de informaciones y opiniones adversas aparecidas en distintos medios acerca del forzado abandono de Efrén Ríos Vega de la Dirección de la Facultad de Jurisprudencia de la UAdeC, él haya elegido mi modesto texto publicado en este espacio el domingo anterior, para abrir las compuertas a su comprensible frustración, acreditable al rechazo del que fue objeto por parte de la mayoría de los estudiantes y maestros de ese centro educativo. Francamente no sé si sentirme halagado u ofendido con tal distinción.

Hace poco, Javier Marías publicó en El País un artículo. Uno de sus párrafos viene como anillo al dedo a la situación en la que me ha colocado Ríos Vega. Cito a Marías: “No sé si vale la pena explicar algo, dado cómo lee hoy mucha gente, o cómo decide leer, y atribuirle a uno lo que no ha escrito en absoluto”.

Pues sucede que en extensa carta publicada en Zócalo el lunes anterior, Ríos Vega se dice agraviado por mi falta de profesionalismo al no respetar “los hechos sagrados”. Desearía aclarar que los hechos incluidos en el texto en cuestión fueron tomados de publicaciones periodísticas y espacios informativos de la radio y televisión, que a su vez los recogieron de indignados alumnos de Jurisprudencia. Es decir, yo nunca lo acusé de nada. Lo acusaron los estudiantes.

En otro parte de la carta, Ríos Vega hace referencia a la excelencia de su trabajo académico al frente de la Dirección, señalando que la Suprema Corte de la Nación y otros organismos reconocieron “el plan de estudios que impulsé como director, como el mejor proyecto para estudiar Derecho en México”. No lo dudo, pero de eso debió convencer a los alumnos que votaron por el referéndum, no a mí.

La que sí me pareció extravagante, por no usar el adjetivo “ridícula”, es su pretensión de “convocar a todos los medios de comunicación” a una especie de careo o juicio oral entre él y un servidor. (¿A todos? ¿No serán muchos? ¿Pensaba incluir a The New York Times?). Ante tal reto, debo confesar que mi natural timidez, aunada, si se me permite decirlo, a mi buen gusto, me prohíbe participar en cualquier espectáculo circense como el que él planeaba organizar.

Volviendo a Javier Marías, creo que el señor Ríos Vega no leyó con cuidado el texto causante de su furia, el cual terminaba de la siguiente manera: “Ahora, a fin de mantener la confianza en la actual administración se antoja indispensable investigar hasta las últimas consecuencias el manejo de los dineros en Jurisprudencia. De no hacerse así, quedará una sombra de sospecha, cosa que ni la Universidad ni el rector merecen, y que a la postre dañaría, quizá sin merecerlo, al mismo Ríos Vega”. ¿Debo disculparme por haber escrito eso?

Repito para que mejor se entienda esto: “… dañaría, quizá sin merecerlo, al mismo Ríos Vega”, concediéndole así el beneficio de la duda, y la duda, ha dicho Tomás Eloy Martínez, es la llama sagrada del periodismo.

Atenido a la conocida frase de que nada es tan nuevo como La Ilíada, ni tan viejo como el periódico de ayer, por mi parte considero agua pasada lo que ocurrió en Jurisprudencia –ya no es noticia–, mi artículo y la carta del señor Ríos Vega. La verdad, da flojera rizar el rizo.
12 Febrero 2017 04:00:00
¡Ojo con Jurisprudencia!
La salida del exdirector de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, Efrén Ríos Vega, debería encender los semáforos en ámbar, y no sólo en la UAdeC. Es que lo ocurrido en Jurisprudencia pudiera ser asunto interno, sin embargo, tomando en cuenta el clima político-preelectoral prevaleciente en Coahuila, es posible que fuera efecto de irritaciones externas contagiadas a estudiantes. También cabe la posibilidad de que se convierta en una chispa capaz de provocar otros incendios en los lugares más impensados.

Desde su elección como director, Ríos Vega se significó por una insaciable hambre de reflectores. Con gran capacidad de movimiento y adaptabilidad, igual creaba centros interesados en derechos humanos, organizaba coloquios o anunciaba ser el redactor principal de una nueva constitución estatal.

Los estudiantes, molestos por la vana pirotecnia mediática, la dispersión del director y el lógico descuido de sus obligaciones al frente de una de las instituciones más antiguas y prestigiosas de nuestro máximo centro de estudios, decidieron ponerle un hasta aquí. Y lo hicieron apegándose estrictamente al Estatuto Universitario, que contempla el referéndum como instrumento para hacer el cambio de director cuando existen razones de peso para ello.

Por otra parte, el descontento no es nuevo. El 5 de febrero del año pasado, el magistrado del Supremo Tribunal de Justicia y catedrático de esa facultad, Óscar Nájera Davis, arremetió contra Ríos Vega al pronunciar el discurso oficial al conmemorarse la promulgación de la Carta Magna de 1917. Lo acusó de plagiar numerosos conceptos de la Constitución española al redactar la que se pretendía fuera nueva de Coahuila. No hubo respuesta al señalamiento. Otros maestros externaron en privado al autor de este artículo su inconformidad por la forma en que se manejaba el centro de estudios.

La desatención de sus obligaciones de la que se acusó a Ríos Vega son peccata minuta frente a otras presuntas anomalías denunciadas por alumnos y catedráticos. Sobresale entre ellas una muy grave relacionada con el manejo de los recursos, incluyendo los sueldos que percibía el ya exdirector y algunos de sus colaboradores. Eso para no hablar del renglón de viáticos y gastos derivados del acondicionamiento de su despacho, incluyendo una ¡puerta eléctrica! en las oficinas de la Dirección, cuando lo deseable en las escuelas y las facultades de la Autónoma de Coahuila es precisamente lo contrario: una política de puertas abiertas.

Si bien la salida del director pone fin a lo que estudiantes y el claustro de maestros consideró negligencia académica, no ocurre lo mismo con el manejo de los recursos. Sobre este tema deberá hacerse una investigación a fondo y castigar a quienes, eventualmente, se encuentren culpables de las presuntas desviaciones denunciadas.

La pasada Administración de la UAdeC dejó un amargo sabor de boca no sólo entre los universitarios, sino en la opinión pública. El inexplicable enriquecimiento del anterior rector derivó en escándalo. Con el arribo a la rectoría del maestro Blas Flores se despejaron los nubarrones que ensombrecían el prestigio de la casa de estudios. Ahora, a fin de mantener la confianza en la actual Administración, se antoja indispensable investigar hasta las últimas consecuencias el manejo de los dineros en Jurisprudencia. De no hacerse así, quedará una sombra de sospecha, cosa que ni la Universidad ni el rector merecen, y que a la postre dañaría, quizá sin merecerlo, al mismo Ríos Vega.
05 Febrero 2017 04:00:00
Tan cerca de los mexicanos
Nota: En un afán de ser original y también por salud mental, en esta colaboración no aparecerá el nombre del loco de atar (así decían mis tías a los dementes agresivos a los que había que amarrar) ocupante de la Casa Blanca, edificio convertido temporalmente en lujoso manicomio. Citar el nombre de este orate no sería sino hacerle el juego a su melomanía sedienta de publicidad.

“Hay mucha espiga en la era, para pensar sólo en una”, reza una poesía del español Manuel Benítez Carrasco, la que podemos parafrasear diciendo: hay muchos temas en la agenda para pensar –ocuparse– sólo en uno. Ese que ha hecho correr torrentes de tinta en los periódicos y acapara los espacios informativos de la radio y la televisión. Que si dijo, que si no dijo. Que si la llamada por teléfono fue así o asá. En fin. Es una suerte de fascinación perniciosa la que está ejerciendo y no solamente sobre México, sino sobre todo el mundo. Otra vez: ¡Ya basta!

No es que se trate de olvidar o restar importancia a lo que piensa y hace el Presidente del todavía país más poderoso del mundo. No. Pero debe ser un ejercicio más saludable mirar hacia adentro, y aunque sea por un momento dejar de asomarnos por encima de la frontera –con o sin muro– dedicándonos a espiar al vecino.

A nadie se esconde que México atraviesa una crisis, agravada por motivos externos, pero indudablemente generada en principio por motivos internos. Tampoco es sensato achacar la totalidad de nuestros males a influencias externas. Esto sería una salida fácil y una forma sencilla de eludir nuestra responsabilidad y la de nuestros gobernantes.

En efecto, hay un enemigo al norte acechando. Un enemigo de reacciones impredecibles y eventualmente provocadoras de desastres. Sin embargo, centrarnos en ese tipo puede servir para tender una cortina de humo sobre nuestra realidad inmediata. No olvidemos que ningún extranjero fue el causante del inmisericorde saqueo sufrido por el estado de Veracruz, ni de la sospechosa fuga y posterior desaparición de ese pillastre llamado Javier Duarte, acusado de lavado de dinero, delincuencia organizada y enriquecimiento inexplicable, y presuntamente perseguido por unas chapuceras autoridades incapaces de seguir la huella de un elefante en un terreno recién barbechado.

La lista es larguísima y en ella están los nombres de Tomás Yarrington, exgobernador de Tamaulipas, y el de nuestro paisano Jorge Torres López, para citar solamente dos mexicanos más a los que parece haberse tragado la tierra. Y las trapacerías de Duarte, Yarrington, López Torres y compañía no son imputables a los resultados de las elecciones en la casa de enfrente. Para no hablar de la corrupción extendida como un cáncer en numerosas instituciones públicas y privadas.

Por desgracia, esta serie de saqueos cuyos autores siguen disfrutando del dinero robado y de la impunidad, sumados a la rampante corrupción documentable casi cada día, provocan una debilidad que nos vuelve más vulnerables. Sin negar el peligro que entraña la amenaza exterior, reconozcamos que muchos connacionales han hecho su parte para debilitar económica, política y moralmente al país, haciéndolo presa fácil de cualquier loco con poder.

La frase de don Porfirio, “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”, debemos actualizarla diciendo: “Pobre México, tan cerca de ciertos mexicanos y del Gobierno de Estados Unidos”.
18 Diciembre 2016 04:00:00
¿Qué pasa en el PRI?
El inolvidable Roberto Orozco Melo cuenta en su libro De Carne y Huesos una divertida anécdota que entre burlas y veras desnuda la estructura del poder vertical que sostuvo al PRI durante siete décadas. El hecho, dice Roberto, ocurrió en un pueblo de Coahuila –debió de ser Parras, su tierra natal–, a donde al aproximarse el fin del sexenio del general Manuel Ávila Camacho llegó el delegado nacional del partido. Como era de rigor, se entrevistó con el dirigente local, a quien le expuso la urgente necesidad de “unificar las fuerzas” en torno al futuro candidato presidencial.

–¿Y quién va a ser el candidato?

–Pues fíjate que es Alemán –le confió el delegado.

–No te apures, ¡chino que fuera, aquí lo apoyamos! –prometió enfáticamente el líder local, creyendo gentilicio el apellido de Miguel Alemán.

En esos años las decisiones del mandatario en turno eran inapelables. Desde Palacio Nacional lo mismo se repartían favores, candidaturas y puestos, o se castigaba, despidiendo a funcionarios y removiendo a gobernadores.

Así funcionaba el sistema, pero 12 años de presidencia panista fracturaron la antigua disciplina partidista. Vale decir: la columna vertebral del PRI. Con dos panistas en la presidencia, su poder interno perdió la sólida verticalidad de antaño. Se fragmentó, y los gobernadores de los estados, liberados de la tutela presidencial, fortalecieron sus respectivos cotos de poder.

Hoy, en Coahuila, atestiguamos las consecuencias de este fenómeno. Sirvan de ejemplo los dos casos más sonados: el del exgobernador Humberto Moreira y el del aún diputado Javier Guerrero. Lo del profesor Moreira resulta hasta paradójico, pues apenas hace unos días fue designado consejero nacional del PRI y ahora, buscando una diputación local, parece dispuesto a aceptar la postulación por otro instituto político. Ello, sin previa renuncia pública al tricolor, que sí dio a conocer Guerrero.

Uno, en carta que se le atribuye; el otro, en un discurso, ondearon, seguramente sin proponérselo, la misma bandera de rebeldía.

Y es que después de las desastrosas derrotas sufridas en las elecciones de siete estados, algunos de ellos bastiones históricos del tricolor, y ante la cercanía de la sucesión presidencial, el Revolucionario Institucional apuesta su resto en los comicios que habrá el año próximo en el Estado de México, Colima y Coahuila. Todo indica que por lo que respecta a Coahuila, el líder nacional del partido, Enrique Ochoa Reza, no desea correr riesgos personales y dejó las cosas en manos del liderazgo local. Será diferente en el Estado de México, donde la decisión, por razones obvias, corresponderá en exclusiva al presidente Peña Nieto.

Recapitulando: En su momento, el profesor Humberto Moreira disfrutó de las ventajas derivadas de la fragmentación del poder priista, el que ahora siente juega en su contra. Javier Guerrero, diputado federal en tres ocasiones, esta última vez llegó a la Cámara de Diputados por la vía plurinominal, o sea, gracias a una decisión de la cúpula del partido, que prefirió hacer mutis en nuestro estado.

Por supuesto, los dos están en todo su derecho de aspirar a puestos de elección popular, pero tendrán que hacerlo en este nuevo escenario político, el cual no se parece en nada al que conocimos a lo largo de 70 años.
11 Diciembre 2016 03:00:00
El imperio de lo banal
En 2012, Mario Vargas Llosa publicó un libro que en su momento atrajo la atención de críticos literarios y sociólogos. La Civilización del Espectáculo, lo tituló el escritor peruano. En él hace una disección de la tendencia de nuestro tiempo a preferir “el ingenio sobre la inteligencia, las imágenes sobre las ideas, el humor sobre la gravedad, la banalidad sobre lo profundo y lo frívolo sobre lo serio”.

Cuatro años después, la fiesta de Rubí, una quinceañera de San Luis Potosí, a la que su padre vía redes sociales hizo una invitación “urbi et orbi” (a la ciudad y al mundo), como las encíclicas papales, es la triste comprobación de las tesis vargasllosianas sobre nuestra proclividad hacia lo frívolo. Y es que el generoso paterfamilias tuvo la ocurrencia de hacer la invitación por medio de un video en YouTube, que casi de inmediato se convirtió, según el lenguaje de los cibernautas, en “viral”. (¿“Viral” será sinónimo de “estupidez masiva”?). Es decir, visto y retransmitido por millones de personas.

La invitación atrajo la atención de los medios de comunicación. Periódicos, radio y televisión se abalanzaron para cortarle a la banalidad un gajo. Se difundieron abundantes noticias y dedicaron programas completos de tele. La chica, visiblemente cohibida, portando el imprescindible vestido ampón, fue entrevistada por la televisión. Dos conductoras de TV se apresuraron a ofrecerle pagar el atuendo de la fiesta, y un buen número de famosos aceptó la invitación del padre de la quinceañera con la evidente intención de colgarse de la cola del efímero cometa de popularidad del que disfruta la antes anónima muchacha.

Hasta la normalmente muy seria BBC de Londres se sintió atraída por este fenómeno de comunicación, y haciendo a un lado la crisis económica por la que atraviesa México, la rampante corrupción que nos ahoga y la violencia del crimen organizado –los tres temas que han puesto en el mapa mundial a nuestro país–, se ocupó de reseñar el increíble caso de la megafiesta potosina. También el cotidiano Le Monde de París dedicó un amplio reportaje al asunto.

Ahora sucede que además de corruptos, crueles y desfalcados, los mexicanos somos objeto de la atención mundial por folclóricos. Es una manifestación de la civilización de espectáculo en una de sus manifestaciones más contundentes. Se diría que los mexicanos aprovechamos cualquier resquicio que se nos presente para escapar de la realidad. ¿Corrupción? ¿Inflación? ¿Inseguridad? ¿Amenazas de Donald Trump? ¿Nulo crecimiento? ¿Qué importan, si Rubí va a festejar sus multitudinarios quinceaños en un pueblo perdido de San Luis Potosí y todos estamos invitados?

Como lo afirma Vargas Llosa, colocamos “el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal. Este ideal de vida es perfectamente legítimo, sin duda… pero convertir esa natural propensión a pasarlo bien en un valor supremo tiene consecuencias a veces inesperadas. Entre ellas la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad”.

Hoy es el quinceaños de Rubí. Apenas ayer fue la noticia de la presentación de los ángeles de Victoria Secret’s en Francia la que dio la vuelta al mundo. No obstante la apreciable distancia geográfica entre uno y otro acontecimiento, ambos se encuadran en ese hambre de frivolidad, de diversión, que mueve al mundo, donde el pecado más grave es ser juicioso y preocuparse por lo trascendente.
04 Diciembre 2016 04:07:00
168 años después
Thomas Yates Lundie, de 18 años, soldado raso nacido en el pueblo de Smokey Ordinary, Virginia, participó en la invasión norteamericana. Estuvo en Parras y Saltillo. Luego de un recorrido por el campo de La Angostura, al sur de la capital de Coahuila, un año después de la cruenta batalla sostenida allí en febrero de 1847, escribió una carta a su padre John Maclin, próspero cosechero de tabaco. En la carta le cuenta sus impresiones del lugar donde las tropas mexicanas combatieron contra las fuerzas del general Taylor:

“Los cuerpos de los grasosos [mexicanos] permanecen tirados en el campo, y parecen tan grasosos como un trozo de tocino. Ningún animal come sus despojos; incluso los lobos los desprecian. Cuando tienen hambre prefieren cavar en las tumbas de los soldados norteamericanos”.

Estas líneas, escritas hace 168 años, describen con toda crudeza los sentimientos de desprecio hacia los mexicanos de un muchacho campesino de Virginia. Por desgracia, el ofensivo racismo del soldado Lundie no es cosa del pasado. Hoy, más de siglo y medio después, en numerosos pueblos y ciudades estadunidenses vuelve a manifestarse lo que antes de la campaña del futuro presidente de Estados Unidos se escondía por vergüenza.

Aunque no acostumbro citarme, hoy no resisto la tentación de recordar dos párrafos de un texto publicado el mes de mayo anterior en este mismo espacio, cuando casi nadie tomaba en serio las balandronadas del multimillonario metido a político. Apuntaba entonces:

“Sea cual sea el resultado de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, el daño causado por el candidato republicano Donald Trump ya está hecho. No importa que sea derrotado en las urnas por Hillary Clinton, la virtual aspirante demócrata, Trump removió y volvió políticamente correctos sentimientos que en grandes capas de la población permanecían larvados: el racismo, la xenofobia, el aislacionismo, la idea de la supremacía de su país y su calidad de árbitro del mundo.

“Tales sentimientos estaban latentes, ocultos. De ellos se avergonzaban numerosos ciudadanos ilustrados, pero Trump y la agresividad de sus discursos los invistió de ‘legitimidad’. En otras palabras, el republicano ha dicho que no hay por qué esconder el odio hacia personas de distinta raíz étnica, que es patriótico expulsar a los migrantes indocumentados y que lo mejor para Estados Unidos es levantar muros para aislarse de un mundo exterior que lo único que hace es contaminar el blanco y protestante ‘american way of life’”.

Por desgracia–y no piensen que resulta satisfactorio el papel de Casandra, la agorera griega anunciadora de catástrofes– aquel pronóstico se está cumpliendo desde ahora, cuando faltan cerca de dos meses para que ese inverosímil personaje llamado Donald Trump ocupe la Presidencia de los Estados Unidos. Miles de hermanos espirituales de él y del soldado Thomas Yates Lundie ya no consideran incorrecto manifestar abiertamente su racismo y el odio contra los mexicanos.

El futuro presidente de la Unión Americana ha vuelto legítimo y políticamente correcto insultar y gritar “¡Go home!” a mexicanos y mexicanas avecindados en el país del norte. Este violento rechazo lo han sufrido meseras, cajeros de supermercados, estudiantes y amas de casa.

Además de perturbar la economía mundial, Trump carga sobre su espalda el pecado de haber sacado a la superficie lo peor de millones de norteamericanos. El mal ya estaba hecho, escribí en mayo.  
27 Noviembre 2016 03:00:00
Utopía y decepción
El amplio reportaje de Life, una de las publicaciones más influyentes de Estados Unidos en ese momento, propició el primer encuentro con el puñado de jóvenes barbudos. Al paso de las semanas, el apellido de Castro y Sierra Maestra, sinónimos de revolución, heroísmo y hambre de justicia, se integraron a nuestro lenguaje cotidiano. Ambos, el hombre y el sitio geográfico, cautivaron la imaginación de los jóvenes de entonces.

Fidel Castro. Dos palabras pronunciadas entre signos de admiración y subrayadas de esperanza. Su lucha contra el corrupto Fulgencio Batista pretendía rescatar a Cuba, “el burdel al aire libre más grande del mundo”, como llamaban algunos a la isla. Mafiosos de Chicago y Las Vegas se habían apoderado de aquel paraíso anclado en el Golfo a unas cuantas millas de Miami. Casinos, prostíbulos y centros nocturnos sin trabas morales constituían el anzuelo ideal para atrapar a turistas norteamericanos deseosos de disfrutar placeres prohibidos en su propio país.

Batista era, como la mayor parte de sus antecesores, un títere del Gobierno estadunidense. El gran garrote, el “big stick” de Teodoro Roosevelt, todavía golpeaba con fuerza en Latinoamérica y los guerrilleros de la Sierra Maestra representaban un desafío a esas manifestaciones violentas de la Doctrina Monroe: “América para los americanos”.

Ajenos a estos hechos, los miembros de generaciones posteriores a la nuestra difícilmente comprenderán la fascinación que ejerció en muchos de nosotros la revolución cubana. Hoy, hasta las revoluciones cayeron en el desprestigio.

Chiapaneca, rubia, ojos color miel que saben centellear decididos e incuestionables, América B. se unió al movimiento castrista aun antes de la partida del Granma rumbo a la historia. Su despedida fue en febrero o marzo de 1959, poco después de la entrada de Castro a La Habana. “Me voy a Cuba a trabajar por la Revolución”, anunció categórica. Y se fue. Después se supo que era maestra o algo así en la provincia de Santiago.

Al correr del tiempo se sucedió una serie de episodios clave: nacionalización de industrias y puesta en marcha de una ambiciosa reforma agraria; Castro define su gobierno como socialista y se echa en el regazo de la Unión Soviética; fallido ataque a Guantánamo; bloqueo norteamericano; vigésima convención del PCUS y fin de la era de Stalin; crisis de los misiles; Primavera de Praga; desmoronamiento del “socialismo real”; Cuba y Corea del Norte son las únicas dos naciones que todavía ondeaban la desteñida bandera roja del comunismo.

2008: Decepción

El taxi transita por la avenida del malecón rumbo a La Habana Vieja. El viajero prefiere mirar a la izquierda, al azul del mar. A su derecha, bordeando la amplia avenida, otrora orgullosos edificios lucen impúdicos su ruina: pintura deslavada, muros cariados, ventanas huérfanas de vidrios. Lastimosa presencia de una imagen congelada de los años 50 del siglo pasado, pero con todos los agravios del paso del tiempo.

Los cubanos, dueños de una alegría de vivir blindada contra todas las adversidades, llevan con gran dignidad una pobreza que son incapaces de ocultar. La avidez por el dinero de los turistas lanza al mercado de carne de la calle a cientos de muchachas y muchachos.

Esta es una ciudad hecha para turistas portadores de dinero fresco. Carencias e injusticias resultan evidentes. Las heladerías Copelia, único lujo permitido a las familias cubanas, están divididas en dos secciones: una con mesas y sillas destinadas a los extranjeros, mientras los residentes locales hacen largas filas en la banqueta para adquirir un barquillo. Imposible verlos, si no son meseros, en el bar del hotel Dos Naciones, en La Bodeguita Del Medio o en El Floridita. Mucho menos en el Gran Café El Louvre del hotel Inglaterra.

En la terraza del hotel Inglaterra, el viajero bebe a sorbos un ron. Recuerda sus ilusiones de medio siglo atrás y le entristece lo que ha visto y vivido. ¿Qué habrá sido de América B?

Hoy, 26 de noviembre de 2016, Fidel Castro está muerto. Murió varias décadas después de que lo hicieran las promesas de su revolución.
20 Noviembre 2016 03:00:00
Trump y nuestras elecciones
A pesar de los discursos tranquilizadores expresados desde el sector público, el arribo del estridente Donald Trump a la Casa Blanca pone muy nerviosos a muchos analistas, expertos en economía y hombres de negocios mexicanos. Aunque se desconoce la potencia del impacto que pudieran tener los sentimientos xenofóbicos y comercialmente aislacionistas del nuevo mandatario estadunidense, puede darse por descontado que a partir de su presencia en la Oficina Oval habrá cambios importantes en las relaciones de nuestro país con su vecino del norte. Esto pudiera afectar a Coahuila, donde la inversión norteamericana ha sido poderoso motor del desarrollo, potenciado a partir de la firma del Tratado de Libre Comercio. Considerando que la asunción del republicano a la presidencia coincide a nivel local con un año electoral, deberíamos tomar en cuenta las eventuales repercusiones del efecto Trump en el ánimo de los votantes coahuilenses.

La revisión a fondo del TLC anunciada desde ahora por el todavía presidente electo constituye una amenaza para las industrias norteamericanas instaladas en nuestro estado, especialmente las armadoras de automóviles y los fabricantes de autopartes. Como es bien sabido, de ellas depende en buena medida la economía del sureste de Coahuila: Saltillo, Ramos Arizpe y Arteaga. Aunque es de esperarse que los gigantes automotrices, General Motors, Ford y Chrysler no se quedarán con los brazos cruzados, es previsible una etapa de enfrentamientos, un rudo estira y afloja entre Washington y esas firmas.

¿Cuánto afectará a las armadoras locales la predecible etapa de negociaciones y por ende de incertidumbre? ¿Podría repercutir en una disminución del empleo o la proliferación de los llamados “paros técnicos”? Un incremento, así sea temporal, del desempleo, seguramente traería repercusiones en el talante de los electores de Coahuila, ya de por sí afectado a causa de la devaluación del peso y la lógica y fatal alza de precios. Todo ello, sin contar la repatriación de millones de mexicanos que residen ilegalmente al otro lado del Bravo.

Tampoco las firmas europeas y asiáticas del sector automotriz estarán a salvo, pues gran parte de los vehículos armados en México tiene como destino el mercado estadunidense, al cual Trump desea aislar a contrapelo de la tendencia mundial hacia la globalización. Un incremento a los aranceles de la importación de vehículos a Estados Unidos –promesa de campaña del futuro mandatario yanqui– traería como consecuencia inmediata un reajuste de los programas de producción de fabricantes de automotores europeos y asiáticos.

Para todo el mundo, excepto para aquellos que votaron por él, el triunfo de Donald Trump fue una mala noticia. En todos los puntos del planeta, incluyendo regiones completas de los Estados Unidos, hay intranquilidad por el sorprendente resultado de las elecciones en la Unión Americana. El viejo chiste del yucateco que decía confiado: “Si se acaba el mundo, yo me voy a Mérida”, no es aplicable en este caso.

Coahuila no es una isla, su interconexión con la economía global es un hecho que debemos tomar en cuenta, y nuestras elecciones locales tampoco se darán en el vacío; habrán de celebrarse, y posiblemente ser afectadas, por la turbulencia económica y política provocada por ese señor de peinado imposible llamado Donald Trump. “¡Aunque usted no lo crea!”, como llama Ripley a sus colaboraciones periodísticas y a sus museos.
13 Noviembre 2016 03:00:00
Esa nueva clase media
Tres estampas.

1.- Jueves 27 de octubre de 2016. 9:00 pm. Calle Allende. Paul Garner, historiador inglés, autor de la mejor biografía de don Porfirio Díaz –de la de Carlos Tello Díaz apenas acaba de aparecer el primero de tres volúmenes–, jamás había estado en la capital de Coahuila. Vino a sustentar una conferencia y a presentar su libro Leones Ingleses y Águilas Mexicanas, biografía del potentado británico Weetman Pearson, que entre otras muchas cosas fue propietario de la compañía petrolera El Águila. El doctor Garner se detiene, y sin el menor afán de resultar amable, dice convencido: “Se nota la prosperidad”.

2.- Domingo 30 de octubre de 2016. 10:30 am. Restaurante Sanborns. El amplio sitio está a reventar. La hostess conduce a los clientes recién llegados a una de las tres o cuatro mesas desocupadas. Familias completas, desde los abuelos hasta los nietos, desayunan entre risas y conversaciones. Más allá, una pareja de novios. Las meseras, disfrazadas con atuendos pretendidamente de estilo mexicano, se mueven con rapidez, casi corren, para atender a las decenas de comensales.

3.- Viernes 11 de noviembre de 2016. 7:30 a.m. De sur a norte, el periférico Echeverría es un interminable gusano de luces que se pierde hasta donde alcanza la vista. De norte a sur el tráfico es pesado esta mañana, pero nada comparable al que transita en sentido contrario. Los vehículos avanzan a vuelta de rueda. En ocasiones, el enorme gusano se detiene completamente.

Son el nuevo rostro de Saltillo, una ciudad pujante, casi irreconocible para quienes han vivido aquí desde hace cuatro, cinco o más décadas. Estampas de una ciudad que hace menos de 40 años empezó a despertar económicamente. El detonante fue, sin duda alguna, la industria automotriz. Según los censos del INEGI, por primera vez en un siglo, a fines de la década de los 90 del siglo pasado la capital ocupó de nuevo el primer lugar estatal en número de habitantes, rebasando a Torreón.

Y es que aquí la ola modernizadora del porfiriato pasó de largo para instalarse en la Comarca Lagunera y en la Región Carbonífera. La ciudad se quedó estancada en el tiempo, orgullosa de sus deslustrados pergaminos. Industrias, lo que podían llamarse industrias, había únicamente las del grupo fundado por don Isidro López Zertuche.

En aquellos tiempos, los jóvenes que iban a estudiar fuera jamás regresaban. ¿A qué, si los únicos empleos de cuello blanco eran el magisterio, la burocracia y contadas oportunidades para médicos y licenciados en Derecho? Hoy, el agudo ojo de Paul Garner, el periférico Echeverría por las mañanas y casi cualquier restaurante los domingos revelan la existencia de una robusta capa de clase media, antes delgadísima, apenas perceptible.

El fenómeno obliga a repensar a la ciudad, sus modos y sus modelos. Y uno se pregunta si los partidos políticos, sea cual fuere su color, ¿han tomado conciencia de la profunda transformación de las estructuras socioeconómicas? ¿Cuál es su oferta para esa pujante clase media? ¿Conocen sus aspiraciones?

Es un segmento de la población a la que es inútil tratar de encasillar en estructuras políticas corporativas y ajena al clientelismo tradicional de algunos partidos. Sin embargo, su presencia en las urnas puede ser decisiva –y ya lo ha sido– en elecciones municipales. ¿Cuánto podrá pesar en la renovación del Gobierno estatal? El próximo año sabremos la respuesta.
06 Noviembre 2016 03:00:00
Lodo cibernético
No es necesario ser adivino ni acudir al Oráculo de Delfos para hacer el pronóstico: las campañas preelectorales de Coahuila serán en esta ocasión de una ferocidad inédita. Los ingredientes que ya desde ahora anuncian el tono de las disputas entre los partidos por el voto ciudadano se llaman redes sociales. Por primera vez en la historia política de la entidad, Facebook, Twitter y otras plataformas de internet jugarán papel importante que, no es de dudarse, superarán en penetración a medios masivos tradicionales, los periódicos, la radio y la televisión con su continuo martilleo de spots, que seguramente acabarán hartando a la teleaudiencia.

Tampoco nunca antes se previeron elecciones para gobernador tan reñidas como muchos esperan sean las del año próximo. Los desastrosos resultados del PRI en los recientes comicios, cuando inopinadamente y contra todas las encuestas el PAN triunfó en siete estados, hacen esperar a los blanquiazules que en política se produzca el efecto dominó, y la ficha que cae haga caer a la siguiente. Sin olvidar, por supuesto, las no descartables repercusiones de la baja aceptación popular de la gestión del Gobierno federal, que podría alentar el “voto de castigo”.

Pero la gran novedad será, sin lugar a dudas, la “selva virtual”, como bautizó Raymundo Rivapalacio a las redes sociales. Allí se darán cruentas –y sucias– batallas. Una ciudadanía cada vez más dependiente de su teléfono móvil es desde ahora el objetivo. Estamos ante un fenómeno sin precedentes, por lo cual es imposible calcular su impacto. En otras palabras: medir su capacidad para convencer al cibernauta de votar a favor de tal o cual candidato.

Hace poco más de cuatro años, el entonces aspirante a la Presidencia de la República, Enrique Peña Nieto, fue el blanco predilecto de los autores de mensajes.

Su desliz en la Feria del Libro de Guadalajara desató una tempestad de memes, comentarios, chistes y críticas no pocas veces francamente soeces. Una nueva tormenta cibernética se abatió sobre él luego del enfrentamiento con alumnos de la Universidad Iberoamericana, derivado en el surgimiento del movimiento “Yo soy 132”. No faltaron quienes creyeron que la furia expresada por los cibernautas acabaría por echar por tierra las aspiraciones de Peña Nieto.

Sin embargo, las consecuencias de ambas tormentas y otras de menor calado no se reflejaron en la votación. El exgobernador del Estado de México obtuvo amplia victoria, mientras el beligerante grupo de los “Yo soy 132” se volvió humo y el desliz de la FIL tapatía pasó a formar parte del anecdotario nacional.

¿Serán en Coahuila tan ineficaces las redes sociales, como lo fueron en la elección presidencial? Esa es la pregunta de los 64 mil pesos. Por lo pronto, ciertos políticos ya entraron a la guerra de lodo en el ciberespacio. Hoy vemos surgir de la nada sitios fantasmales de noticias y volar de un lado al otro acusaciones y descalificaciones.

Es de temerse que la ferocidad con que se atacan los contrincantes aumente conforme se acerque el día de los comicios. La facilidad para generar mensajes y la seguridad del anonimato hacen un coctel explosivo. Por desgracia, en el alud de acusaciones hay poco sitio para las propuestas que, por otra parte, resultan aburridas a los cibernautas proclives al amarillismo.

No habrá que esperar mucho para conocer las respuestas a las interrogantes. Por lo pronto, ya sonó la campana anunciando el primer round.
30 Octubre 2016 04:07:00
Halloween y pan de muerto
Cuando quien esto escribe era niño –hace más años de los que quisiera– no se acostumbraban en Saltillo el Halloween ni los altares de muertos. El Día de Muertos carecía de la parafernalia brujeril e indígena. El 2 de noviembre las familias iban a los cementerios para visitar las tumbas de los seres queridos. Llevaban flores, rezaban un poco… y se acabó. A eso se reducía todo, sin contar la parte comercial del asunto: vendimia de flores y coronas, cañas dulces, naranjas y demás efímeros comercios instalados a las afueras de los cementerios.

Años después, la invasión cultural venida del norte, empujada por el comercio y el consumismo, convenció a los niños de que se disfrazaran de brujos o brujas o seres monstruosos, y salieran a pedir jalowín. La invasión brujeril y su espectáculo de calabazas, telas de araña, máscaras y gorros negros picudos, provocó alarma a alguien en la ciudad de México debido a la peligrosa norteamericanización de la niñez norteña.

Para hacer frente a este fenómeno que deterioraba nuestra identidad –sea lo que sea lo que ello signifique–, la Secretaría de Educación Pública urdió el antídoto perfecto: impulsar la instalación de altares de muertos en las escuelas, a fin de rescatar una costumbre que al igual que el Halloween era totalmente exótica en estas latitudes.

La preocupación nacionalista por defender lo nuestro ante las perniciosas influencias extranjeras ha llevado a ridículos peores. Durante la Guerra Cristera y la “desfanatización” de las masas emprendida por el Gobierno de Plutarco Elías Calles, se hicieron esfuerzos oficiales para deportar al gordito Santa Claus (otra vez, made in USA) y aconsejar a los infantes que no le pidieran regalos, que mejor escribieran sus cartitas… ¡a Quetzalcóatl!

Pero fiesta es fiesta, y para festejar los mexicanos nos pintamos solos. Eso sí es una arraigada tradición nacional desde la época de la Colonia. Se cuenta del rey de España que preguntó a un viajero recién llegado de América qué hacían los novohispanos: “Están tirando cohetes, Su Majestad”, respondió el aludido. Tiempo después, el mismo personaje hizo otra vez el viaje de ida y vuelta a la Península, y el monarca volvió a preguntar: “¿Y ahora qué hacen los novohispanos?”. El interrogado respondió: “Siguen tirando cohetes, Su Majestad”.

Faltaba más. Gracias a esta gozosa proclividad a echar relajo, los sureños altares de muertos no desplazaron al trasnacional Halloween, sino que convivieron con él. Hoy, nuestro Día de Muertos es una extraña mezcla de brujitos y brujitas con calaveras y catrinas de Posada, jarritos, cañas, papel picado e infaltables flores de cempasúchil.

Mucho se ha hablado de la sui géneris relación del mexicano con la muerte, la que somos hasta capaces de comernos en calaveritas de azúcar. Aseguran que nos reímos de ella –cuando no es la nuestra, por supuesto– y hasta la increpamos en un dístico cuya segunda línea es impublicable en este espacio: “¡A mí, las calaveras me pelan los dientes…!”.

¿Halloween versus altares de muertos? ¿Para qué plantearnos el inexistente combate, cuando es posible celebrar ambas fiestas sin pleitos ni discusiones? Y es que los mexicanos inventamos la globalización pachanguera muchos siglos antes de los tratados comerciales entre naciones. Los sociólogos la llaman sincretismo, y la mejor prueba de que las fusiones son posibles, uno de los restaurantes del Food Truck saltillense ofrece estos días ¡hamburguesas en pan de muerto!
23 Octubre 2016 04:07:00
Reactivos y proactivos
La resonancia periodística de lo ocurrido en Allende, el penal de Piedras Negras y el ejido Patrocinio ha puesto a Coahuila otra vez en los medios de comunicación nacionales e internacionales, y no de manera positiva. A esos puntos de la geografía del horror se suman ahora, de acuerdo a lo publicado en este diario, otros sitios donde imperó la muerte, posiblemente precedida de bestiales torturas.

En la noticia dada a conocer el miércoles pasado en estas mismas páginas, el Grupo Vida reveló la localización de restos humanos en el ejido Estación Claudio, del municipio de Viesca; el ejido El Venado, de San Pedro de las Colonias, y “en una bodega en un lugar llamado La Rosita, en los límites municipales de Francisco I. Madero”. De esta última, aseguraron miembros del Grupo, ya tenía conocimiento la Procuraduría General de Justicia del Estado.

Entre tanto, la tormenta mediática parece no amainar y es de temerse que aumente en furia y estruendo. ¿Qué hacer ante esto? Parece haber solamente dos caminos, observar un comportamiento –como hasta ahora– reactivo, o convertirlo en proactivo. Es decir, no dedicarse a responder a las noticias y denuncias, sino adelantarse proporcionando toda la información de que se dispone.

En el estudio sobre Allende y San Fernando que realizara el equipo de investigadores del Colegio de México coordinado por Sergio Aguayo, uno de los párrafos dedicados a lo ocurrido en ese municipio destaca (cito textualmente), que “el Gobierno de Rubén Moreira sí reconoció la gravedad de los hechos y se interesó por esta tragedia [y] ha dictado la atención a las desapariciones”. El documento agrega que el Gobernador sentó ya “las bases de una mejor política”, contrastando esta actitud con la del Gobierno de Tamaulipas. Allá, las autoridades se hicieron, para usar la sabrosa expresión popular, como si les hablara la Virgen.

Entonces, ¿por qué no adoptan la misma actitud las autoridades a las que corresponde directamente la investigación de estos casos? La postura de los medios es hoy otra a la de hace 30 años, cuando el poder político ejercía control sobre ellos y constituía un tabú tocar hasta con el pétalo de una tecla tres figuras: el Presidente, el Ejército y la Virgen de Guadalupe.

Ya no hay temas tabúes, pues, como decía el inolvidable Carlos Monsiváis, antes se requería de mucho valor para criticar al Presidente; ahora, en cambio, se necesita mucho valor para hablar bien del Presidente.

Con esta nueva condición de los medios y la existencia de las redes sociales, resulta poco menos que imposible guardar en secreto un asunto, menos si es de interés público. Hoy, cualquiera con un celular en la mano tiene la capacidad de fotografiar o grabar cuanto hecho o conversación se le antoje y después “subirlo” a alguna de las plataformas, a las que, por lo menos en teoría, se puede acceder en todas partes del mundo e incluso reproducir las imágenes, sonidos y voces. (La vulgar verborrea de Donald Trump acerca de sus devaneos eróticos que está a punto de costarle la presidencia de Estados Unidos, es un ejemplo de este poder).

Debido a los efectos de la modernidad: medios ansiosos de escudriñar hasta por debajo de las piedras y esa “selva de las redes sociales” –como las llama Raymundo Rivapalacio– secretos y vida privada son cosas pertenecientes a la historia. Esta realidad aconseja, por no decir, obliga, a ser proactivo en asuntos que tarde o temprano se harán del dominio público. El papel de pararrayos no solamente ya no funciona. Sirve de amplificador de las malas noticias.
16 Octubre 2016 04:08:00
Cítaras y guitarras
“Canta, oh diosa, la cólera del Pélida Aquiles, cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves…”. Con estas palabras principia La Ilíada, piedra fundamental sobre la cual se levantó la literatura occidental, según la confiable traducción de Luis Segalá y Estalella. En otras traducciones cambian algunas palabras, pero en todas a las que he tenido acceso la primera, “canta”, siempre es la misma. “Canta”, no “cuenta”.

Esto ha dado base a los estudiosos para afirmar que Homero, el supuesto autor de La Ilíada, era un aedo, cuyo significado, de acuerdo con la Enciclopedia del idioma de don Martín Alonso es: “Bardo, poeta y cantor épico de la antigua Grecia”. En otras palabras, Homero y sus seguidores no leían los versos que relatan algunos episodios de la Guerra de Troya, los cantaban, casi seguro acompañándose de una cítara. Así, con una cítara en las manos, lo representó Philippe-Laurent Roland en la escultura del Museo del Louvre.

Pido disculpas por la anterior parrafada pseudoerudita, la cual viene al caso a propósito de las discusiones en torno a la decisión de la Academia Sueca de conceder el Premio Nobel de Literatura de 2016 al cantautor norteamericano Bob Dylan. Tras darse a conocer el fallo, las redes sociales sufrieron una inundación de opiniones en pro y en contra. Los tiquis miquis de la literatura se rasgaron las vestiduras, se tiraron de los cabellos y derramaron ríos de lágrimas ante lo que consideran una falta de respeto a la “literatura seria” –en el caso de que exista algo que pudiéramos llamar “literatura seria”.

Alarmados, los puristas preguntan: ¿cómo pudieron elegir a un cantante popular y colocar su nombre al lado del de William Faulkner, Rudyard Kipling, George Bernard Shaw, Thomas Mann, Albert Camus y los más cercanos idiomáticamente a nosotros Camilo José Cela, Gabriela Mistral, Octavio Paz, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa? Para no citar a José Echegaray, galardonado en 1904, del que nadie se acuerda, y cuya designación causó un escándalo entre los mismos escritores españoles, que hasta escribieron una carta afeando el mal gusto a los miembros de la Academia Sueca.

Por su parte, los adoradores de Dylan, la mayoría perteneciente a la que pudiéramos encasillar en la “segunda generación del rock”, aplaudieron a rabiar la controvertida decisión. Finalmente, dijeron, los estirados académicos se quitaron la corbata, y en lugar de ponerse a leer pesados mamotretos de poesía, ensayo o novela, dedicaron su tiempo a escuchar las rolas de Bob.

Al explicar la elección de Dylan, los encargados de discernir la entrega del preciado galardón, explicaron que el cantautor lo merecía “por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción”. Eso es más que suficiente.

Uno, que no quita ni pone rey, tampoco es quién para decir si un escritor, poeta, ensayista o compositor de música popular merece o no el Nobel, sí tiene derecho a afirmar que al galardonar a Bob Dylan se rindió homenaje a la más antigua raíz histórica de la poesía, la cual, está demostrado, nació como canto. Quizá algún día los visitantes a un gran museo podrán contemplar una escultura del hoy Premio Nobel, no con una cítara en las manos, como el Homero del Louvre, sino con una guitarra y el infaltable sombrero de alas anchas. Que así sea.
09 Octubre 2016 04:05:00
La condición humana
Sólo una vez escuché a Óscar Flores Tapia hablar de sus decepciones, pues era un hombre optimista y de carácter fuerte curtido por los golpes de la vida. Fue unas semanas después de su salida del Gobierno del Estado en 1981, cuando le faltaban tres meses para terminar el sexenio. Esa tarde le ayudaba con un texto en la biblioteca de su casa. Cansado, se levantó del sillón y con tono más de mando que de invitación me espetó: “Vamos a dar una vuelta”. Subimos a su camioneta –él siempre manejaba– y tomó por la carretera rumbo a Arteaga.

Durante el trayecto habló de algunos de sus excolaboradores que lo habían abandonado durante y después de la tormenta política-mediática que sufriera. “Ya no me buscan… Bueno, ni siquiera me hablan por teléfono”. Luego enumeró los incontables favores y distinciones hechos a los malagradecidos. Conforme empezó a citar nombres era notorio cómo aumentaba su enojo. Por decir algo, se me ocurrió citar el título de la novela de André Malraux, La Condición Humana.

“Es la condición humana, Óscar”, dije, esperando tomara el asunto con filosofía. Aquello provocó la estruendosa erupción de ira acumulada. Soltó el volante, alzó ambas manos hasta casi tocar el techo de la camioneta y volteando hacia mí, gritó: “¡Pues qué pinche es la condición humana!”. Por fortuna, aquel desahogo ocurrió cuando no había tráfico en la carretera, pues el desplante –manos alejadas del volante– no infundía ciertamente sensación de seguridad.

Estés ahora donde estés, Óscar, quisiera decirte que tenías toda la razón. Sobran quienes avalan constantemente tu aserto sobre lo pinche que resulta la condición humana. Al respecto hay un sabio proverbio árabe: “Beneficiar a un ingrato es tanto como perfumar a un muerto”. Verdad innegable. Ingratos y muertos acaban siempre despidiendo olores nauseabundos. La diferencia consiste en que el muerto expulsará pestilencias naturales, el ingrato, algo peor, repulsivos hedores éticos. “Mala gente que camina y va apestando la tierra”, acotaría don Antonio Machado.

“¡El rey ha muerto! ¡Viva el rey!”. La fórmula inglesa para anunciar el fallecimiento del monarca y rendir pleitesía al sucesor, es aplicable constantemente. Pero incluso hay ingratos tan presurosos en su intención de denostar al rey en declive, que no esperan su muerte para empezar a lanzar ¡Vivas! al posible sucesor, cuando el monarca reinante vive el ocaso de su poder.

La sabiduría marinera se vuelve metáfora cotidiana puntualmente cumplida. En efecto, las ratas son las primeras en abandonar el barco que amenaza hundirse.

Don Salomón González Blanco, quien fuera secretario del Trabajo en el sexenio de Adolfo López Mateos, contaba una anécdota amargamente ilustrativa. Cuando llegaba a la Secretaría encontraba todas las mañanas a un individuo que le saludaba con exageradas demostraciones de afecto. A poco, el sujeto empezó a enviarle regalos a la casa: carne seca, dulces y otros productos regionales. “Nunca me pidió un favor”, aseguraba González Blanco, “pero me temo que utilizara nuestra supuesta amistad al tramitar asuntos con los mandos medios”. Terminado el sexenio, meses después don Salomón se topó en la calle con el hombre aquel. “Hace mucho que no lo veía”, le dijo, y el tipejo tuvo el descaro de aclararle: “Es que usted ya no va a la Secretaría, licenciado”.

A medida que uno envejece acaba por no sorprenderse al atestiguar la existencia de sujetos así. No obstante la experiencia, parafraseando a don Ramón de Valle-Inclán, jamás se abandona la vergüenza de pertenecer a su misma especie zoológica.
02 Octubre 2016 04:07:00
Historia circular
Ni el más optimista se atrevería a sonreír hoy frente al panorama nacional. Los signos de inquietud y las señales de peligro se multiplican, lo mismo en terrenos de la economía que en los de la política. Con el peso y la Bolsa de Valores dando bandazos, los índices de la inflación y las tasas bancarias en alza vertiginosa, y con una clase política enfrascada en disputas, nuestro futuro inmediato está muy lejos de anunciarse halagüeño. Temores, cuando no pánico, hacen presa de financieros e industriales…

A esta suma de calamidades se agrega un clima generalizado de incredulidad y desconfianza, mezclado con signos indudables de desaliento. Poco o nada espera el ciudadano de la calle de sus autoridades, constreñidas por las circunstancias a silenciar los discursos triunfalistas, para aceptar, sin ambages, que los próximos dos años serán especialmente difíciles.

Las explicaciones del fenómeno son muchas, todas ellas interesadas en fijar el epicentro del terremoto financiero lejos de nuestro territorio como la baja en el precio internacional del petróleo. “Desde que se inventó la globalización, se acabaron los pendejos domésticos”, podría decirse parafraseando el viejo dicho… Antes se decía que si Wall Street enfermaba de gripe, a México le daba pulmonía. Pues bien, ahora los catarros pueden fluir lo mismo de la nariz de Wall Street que de la de Tokio o de la de Moscú (Cambiar por Brexit y Unión Europea). El resultado es el mismo: México cae postrado con pulmonía.

El desconcierto teñido de pesimismo pone una ominosa mancha oscura en el horizonte. La marejada financiera nos transforma, otra vez, en débil cáscara de nuez atrapada por la tormenta. México da bandazos políticos y económicos y, en apariencia, no logra fijar la ruta. Con angustia, una madre de familia contempla cómo los descalabros macroeconómicos, transformados en términos de microeconomía, se vuelven ausencia de otro litro de leche en la mesa del desayuno de sus hijos.

Un dato aún más desalentador: los párrafos anteriores son, sin cambiarles una coma, la primera parte de un texto que escribí y publiqué en septiembre de 2006. ¡Hace 10 años! Resulta poco menos que increíble la puntualidad con que se repiten los acontecimientos nefastos. 2016 parece copia al calco del ya lejano 2006. Con toda razón Octavio Paz decía: “La historia es una pesadilla de la que no logro despertar”. (Cito de memoria).

Hasta se antoja pensar que, como afirmaban los aztecas, la historia es circular, cuya mejor representación es la serpiente mordiendo su propia cola. Hoy, la crisis del 2006 muerde la cola de la de 2016. Se ha cumplido otro ciclo, aseguraría el Gran Sacerdote de la Gran Tenochtitlán.

A pesar de todo, es posible pensar en algo alentador: México sobrevivió a la crisis de 2006 y seguramente también superará esta.
 
Arturo Berrueto

La Biblioteca Carlos Monsiváis rindió la semana anterior merecido homenaje al profesor Arturo Berrueto González, a quien impuso la Medalla al Mérito Histórico.

El maestro Berrueto, como lo hiciera su señor padre, ha transitado por la vida sirviendo a tres vocaciones: la educación, la cultura y la política, y en las tres ha dado muestras de eficacia y honestidad.

“Honrar, honra”, afirmaba José Martí, y ahora la biblioteca Carlos Monsiváis se ha honrado honrando a quien lo merece.

Enhorabuena.
25 Septiembre 2016 04:07:00
Circo periodístico
Después del desastroso y –en términos de popularidad costosísimo– encuentro con el candidato republicano Donald Trump, los estrategas de comunicación de Los Pinos parecen haber diseñado una contraofensiva mediática. La idea era que el presidente Enrique Peña Nieto concediera entrevistas a periodistas mexicanos de la televisión. De esa manera, pensaron, podría explicar las razones por las cuales había invitado y recibido al odioso aspirante a la Presidencia de Estados
Unidos.

Puesto en marcha el plan, el desfile lo abrió el director de diario Milenio de la Ciudad de México, Carlos Marín. La entrevista –si se le puede llamar así– estuvo muy lejos de ser un ejercicio periodístico y rendir los frutos esperados por los expertos. Marín aprovechó la ocasión para lucir una supuesta independencia, que terminó por convertirse en bochornosa sarta de groserías.

El encuentro requirió una complicada logística. En vez de celebrar la entrevista, como era lógico, en la residencia presidencial o en Palacio Nacional, a cierto anónimo genio se le ocurrió concertarla en ¡Anchorage, Alaska!, a unos pasos del Polo Norte. Allí haría una escala técnica el avión presidencial antes de circunvolar el Polo en su viaje a Oriente. Para ello, Marín se trasladó de México a Anchorage (un
viaje de alrededor de 10 horas), aprovechando la corta estadía de Peña Nieto en el aeropuerto de aquella ciudad.

En Los Pinos debió de sorprender lo mal que resultó tan complicada operación, pues Marín, quien suele ser obsecuente con el poder, en Anchorage se mostró, no incisivo, lo que es propio de un periodista, sino agresivo. ¡Hasta le dio consejos al Presidente! Entre ellos uno muy inteligente: mentarle la madre al señor Trump la próxima vez que lo viera.

Después, el Presidente habló con José Cárdenas y Ciro Gómez Leyva. Aunque en tono más profesional, sin rispideces, groserías y consejos gratuitos de por medio, ambos periodistas obtuvieron prácticamente lo mismo que Marín en la helada Anchorage. El esquema fue similar: preguntas cortas y respuestas largas; en ocasiones demasiado largas.

El Presidente habló de su visión del futuro, al sacrificar la popularidad por el bien del país, y se mostró seguro de que la serie de reformas emprendidas por su Gobierno redundarán en grandes beneficios.

Es difícil saber hasta dónde calaron en el ánimo de los televidentes estos cambios de impresiones, aunque el talante que priva actualmente entre los mexicanos se evidenció en el eco obtenido por las tres entrevistas en las redes sociales. La de Carlos Marín se volvió, como ahora se dice, “viral”. Hubo miles de repeticiones y abundante festinación de la actitud retadora del director de Milenio en su trato con el
Presidente.

En lo personal, me permití utilizar la grabación del circo armado en Anchorage, intentando explicar a mis alumnos de Periodismo cómo no debe hacerse una entrevista. El intercambio de preguntas y respuestas de entrevistador y entrevistado tiene un solo fin: obtener información importante, o al menos interesante para el lector, radioescucha, el televidente o cibernauta. No es ocasión para hacer alardes de
valentía –a sabiendas de que no tendrán ninguna consecuencia– o arrogarse el papel de consejero.

Lo menos que podemos pedir los ciudadanos es que si se considera conveniente criticar al Gobierno se haga respetando las reglas básicas del periodismo.

Nada más, pues si desean divertirse les conviene mejor ir a disfrutar de una función de lucha libre, espectáculo más serio y respetable.
18 Septiembre 2016 04:07:39
Gringos de tercera
Al paso que vamos, es de temerse que podría llegar en el futuro un 15 de septiembre cuando en lugar de gritar “¡Viva México!”, empecemos a corear: “For He’s a Jolly good country, For He´s a Jolly good country”, para concluir con un estentóreo “¡Hip, hip! ¡Hurray Mike Hidalgo!”. ¿Exageraciones? Posiblemente, pero en el más reciente número de la revista Letras Libres, el artículo de Enrique Serna, Cómplices Mexicanos de Trump, hace imaginar un porvenir desolador para nuestra lengua, y con ello para nuestra identidad.

Serna nos alerta: “En vez de responder con trompetillas las agresiones del demagogo (Donald Trump), debería preocuparnos la infiltración de su ideología entre nuestros compatriotas… pues a pesar del incesante cacareo patriótico en radio y televisión, el autodesprecio es ya un factor en cualquier estrategia de mercadotecnia. Ser o parecer gringos es la mayor aspiración de los mexicanos que llevan a Donald Trump incrustado en el alma…”.

El narrador y ensayista enfoca sus baterías en la publicidad y la mercadotecnia, efectivamente invadida por expresiones en inglés, las cuales, supuestamente, “elevan el estatus social de los consumidores”. Y espiga entre los anuncios que nos asaltan tanto en la calle como en los medios de comunicación.

Sin embargo, no son solamente los publicistas quienes acuden a un inglés pedestre intentando volver más apetecibles los productos anunciados. Entre nosotros se utiliza para cubrir con una ridícula capa de pretendido internacionalismo determinados actos. Ya tenemos una sangrona Winefest, supuesta versión saltillera de la tradicional celebración alemana de la cerveza, la mundialmente famosa Oktoberfest. ¿No tendremos mañana un Mezcalfest?

También se ha vuelto común leer en las páginas de sociales de los periódicos sobre un grupo de muchachas y muchachos que disfrutaron “drinks” y “shots” de tequila en un animado “party”, y no hace mucho, la reportera de un prestigiado periódico de la Ciudad de México informaba que el líder nacional del PRI “aparcó” en doble fila su auto eléctrico. Antes, en español, decíamos “estacionó”.

Bueno, hasta las autoridades municipales de la capital de Coahuila han contraído esta virulenta infección de la lengua inglesa. En la calzada Antonio Narro, al sur del periférico Echeverría, hay un letrero de antología, según el cual se prohíbe a camiones de carga “accesar” a determinada calle. Horrenda castellanización del verbo inglés “access”, término vuelto popular en el mundo de los ordenadores.

Ante esta invasión, Serna pregunta: “¿Pero, ¿cuál es el propósito que se persigue al no traducirlos? ¿Convertir al mexicano en un gringo de tercera? ¿Acomplejar más a un público monolingüe? ¿Darnos el mismo trato que Puerto Rico?”.

No hay por qué temer al enriquecimiento del idioma con aportaciones de otras lenguas, cuando las palabras no existen en español. Esta es vieja y aceptada práctica. Durante los 700 años de dominación mora en España, los peninsulares agregaron a su vocabulario, según los conocedores, cerca de 2 mil palabras tomadas del árabe, muchas de ellas relacionadas con la agricultura: atarjea, alberca, alhelí, alcachofa, acequia y muchas otras. Hoy, el meteórico avance de la tecnología nos obliga a hacer lo mismo con chip, internet, tuit y decenas más. Pero cosa muy distinta es esa anglofilia ignorante que, pronostica Serna, “sólo puede tener efectos envilecedores”.

¿De verdad ansiamos volvernos gringos de tercera?
11 Septiembre 2016 04:08:20
Ídolos caídos
El que más de 700 mil personas hayan desfilado por el Palacio de Bellas Artes ante la urna conteniendo las cenizas de Juan Gabriel es, viéndolo bien, una noticia desconsoladora. No porque el cantautor no fuera merecedor de esas muestras de cariño, pues el homenaje fue espontáneo, sino porque denuncia la ausencia de referentes en el país. Esta carencia llevó a cientos de miles de personas a centrar su pena por la pérdida de alguien a quien admiraban y de alguna manera sentían que los representaba.

Los periódicos se encargaron de recordar las honras fúnebres de Pedro Infante, Carlos Fuentes, Octavio Paz y El Santo, que también atrajeron multitudes, aunque ninguna en la cantidad que lo hicieron las de Juan Gabriel. Todos y cada uno de ellos, merecedores de reconocimiento, tocaron durante su vida distintos registros del sentir de sus compatriotas. En otras palabras: por razones obvias unos alcanzaron mayor popularidad. Imposible establecer comparaciones
entre un escritor y un artista de cine o un luchador. Es decir, Paz y Fuentes no compiten en la misma arena que Pedro Infante o El Santo.

Sin embargo, la muerte de Juan Gabriel no solamente enmudeció la voz de un cantante, reveló, como ya se decía antes, la carencia de personajes capaces de despertar el fervor de amplias capas de la población. Repase usted, lector, la posible lista de mexicanos, hombres o mujeres emblemáticos, cuya muerte pudiera provocar manifestaciones de dolor del calibre de las registradas en días pasados tanto en Bellas Artes como en Ciudad Juárez.

Buscar en el campo de la política constituiría una lamentable pérdida de tiempo. Quizá el último político cuya muerte fue sentida por un gran número de mexicanos fue la del general Lázaro Cárdenas.

Tiempo perdido sería explorar en las iglesias, sean cual fueren sus denominaciones. Las historias de corrupción, pederastia y encubrimiento minaron la credibilidad y el respeto que antaño gozaron algunos representantes de la jerarquía católica nacional. Por otra parte, la politización del discurso de los pastores, obispos, arzobispos y cardenales, es incapaz de prender ya el entusiasmo popular. El país está hasta la coronilla de peroratas de ese tipo.

Tampoco en el arte escénico hay estrellas fulgurantes como las de antaño. Los únicos sobrevivientes del star system son, quizá, Silvia Pinal e Ignacio López Tarso, dos nombres que quién sabe cuánto puedan decir a las nuevas generaciones. El resto son estrellitas fugaces cuya fama termina en el último capítulo de la telenovela en la que participaron.

En los espacios del arte sobresalen, sin alcanzar la calidad de héroes populares, dos o tres nombres, uno de ellos Francisco Toledo, quizá más por su activismo social que por su obra. En la cinematografía hay ahora más tela de dónde cortar: Alejandro González Iñárritu, Alfonso Cuarón y esa hermosa mujer llamada Salma Hayek son figuras no sólo conocidas, también admiradas, entre otras cosas –o quizá principalmente– por sus triunfos en el extranjero.

Los deportes ofrecen algunos nombres, como el de Javier “El Chicharito” Hernández, pero él está muy lejos de representar lo que en su momento fue para los aficionados del futbol Hugo Sánchez, por ejemplo. Para no hablar de ídolos de la talla de Raúl “El Ratón” Macías, Joaquín Capilla o Fernando “El Toro” Valenzuela.

Habrá quienes piensen que este es un tema intrascendente mas, sea como fuere es una demostración de una sociedad huérfana de ídolos y quizá una de las causas del ambiente de desesperanza percibible.

04 Septiembre 2016 04:06:24
Ustedes los nacos
El alboroto causado por las declaraciones de Nicolás Alvarado, el ya exdirector del canal de televisión de la UNAM, tiene un detestable trasfondo que va más allá de la falta de respeto a la memoria del recientemente fallecido Juan Gabriel. Al hacer un análisis gramatical y literario de las canciones del cantautor, Alvarado acertó cuando apunta: “Es uno de los letristas más torpes y chabacanos en la historia de la música popular, todo sintaxis forzada, prosodia torturada y figuras que oscilan entre el lugar común y lo absurdo”.

En efecto, Juan Gabriel era capaz de encajar en una canción frases de sabor tan gastadas como “te casaste con un viejo que es muy rico” y “formé un hogar”. Esta última expresión muy utilizada por los cronistas de sociales de los años 40 del siglo pasado. Atreviéndose, además, en sus presentaciones personales a rematar cada frase con un infantil “¡Qué bueno! ¡Qué bueno!”, rubricado con la expresión de burla propia de los niños de pasadas décadas: “Lero, lero, lero, lero”.

Es imposible negar validez al purismo lingüístico del que hace gala Nicolás Alvarado. Sin embargo, lo que para él son defectos inadmisibles, para quienes no se quedan en las palabras o el estilo, sino rebasan las teorías propias de literatos o de profesores de preceptiva literaria, sorprende que esos “deslices populares” funcionaran tan bien. Y no sólo entre los “nacos” a los que hizo referencia el pedante exdirector de TV UNAM, sino en públicos provenientes de todas las capas sociales.

Esto no podía ser posible sin una poderosa mezcla de genio y de ángel –“duende”, diría Federico García Lorca– de la que gozaba Juan Gabriel. Parafraseando a su tocayo don Juan Tenorio, el Divo de Juárez podría haber presumido: “Yo a los palenques bajé y a Bellas Artes subí, y en todas partes dejé gratos recuerdos de mí”.

Por otra parte, lo que se diga o deje de decir carece de importancia en relación al lugar que en la cultura popular se ha ganado el compositor e intérprete. Pero mirar sobre el hombro, con una mueca de desdén al “naco” Juan Gabriel, como lo ha hecho Alvarado, denuncia una de las más odiosas manifestaciones de nuestro rastacuero tercermundismo.

En países como el nuestro, la cultura no es algo que ayude a comprender al mundo, incluyendo lo diferente. No. Aquí, la cultura es un garrote para golpear al iletrado. Al naco, vaya. Y al hacerlo, sentir estar uno o varios peldaños por encima de quienes no han tenido la oportunidad de acercarse a los libros o a las aulas universitarias.

Es alentador que Nicolás Alvarado haya dejado la dirección de la televisora unamita por su insufrible soberbia clasista, por creer que este país se divide en dos: nosotros y los nacos. A pesar de resultar tan odiosa esa supuesta superioridad, no es ninguna novedad en la sociedad mexicana. Ya en la Colonia los conquistadores se ocuparon de dividir a la sociedad en castas. Luego, los porfiristas se cuidaron de marcar las diferencias entre las gentes de razón y el peladaje.

Es desconsolador que alguien que ha tenido el privilegio de cursar estudios superiores crea que sólo por ese hecho está por encima de la mayoría de sus conciudadanos. Tercermundismo rampante.

Pobreza y pequeñez intelectual. Cómo no recordar que Gabriel García Márquez aseguraba que cambiaría todas sus novelas por haber escrito un bolero que cantaran decenas de millones de gentes. Juan Gabriel lo hizo, y ante esa realidad nada valen las eyecciones seudointelectuales de cualquier Alvarado.
28 Agosto 2016 04:08:01
De tesis y periodismo
Solamente se me ocurren dos explicaciones: o lo motivó un profundo, irrefrenable, rencor, o estamos ante un ejemplo de sofisticada “guerra sucia” cuyas miras se localizan en la próxima elección presidencial. Si no es así, ¿cuál sería el motivo para destinar horas y horas, quizá muchos días de investigación y seguramente decenas de consultas con académicos, para descubrir párrafos plagiados insertos en la tesis profesional presentada por un estudiante de
Derecho hace casi un cuarto de siglo? Todo con la intención de manchar la imagen del ahora Presidente de la República.

La acción puede ser irrelevante o imperdonable –usted juzgue–. Resulta obvio, estuvo mal. Eso queda fuera de discusión. Quienes pretendemos enseñar algo en cualquier universidad nos hemos topado con esa práctica. Ahora, en complicidad con la computadora e Internet es más fácil, se requieren únicamente dos clics para “bajar y pegar”. Y tal cosa merece la categoría de plagio cuando el autor del texto intenta pasar como originales ideas de otro u otros.

Como profesor me han tratado de dar gato por liebre bajando y pegando. Cierto alumno, tan chapucero como descuidado, alguna vez entregó un ensayo sobre la crónica. Uno de sus párrafos iniciaba: “Como vosotros sabéis…”, evidentemente copiado del texto de un periodista español. Para revolcarse de risa. Reprobación automática, por supuesto. 

Pero no se trata, al menos en este espacio, de discutir la falta de ética en la redacción de la tesis profesional del presidente Enrique Peña Nieto, en la que difícilmente pueden considerarse las omisiones al producto de un desliz en el estilo, como se trató de explicar.

La intención es enfocar el escándalo desde la perspectiva del oficio periodístico. En ese sentido, haciendo un ejercicio de imaginación, volví mentalmente a mis tiempos de reportero. Me figuré una escena frente al escritorio del jefe de información recibiendo la siguiente orden: “Consíguete la tesis de licenciatura presentada por fulano de tal hace más de dos décadas. Luego, revísala cuidadosamente, párrafo por párrafo, renglón por renglón, palabra por palabra, pues
hay sospechas de que su autor no se comportó con la ética esperada en un graduando. Tómate el tiempo que sea necesario y consigue ayuda de especialistas”.

Un servidor, entonces joven reportero, seguramente habría puesto cara de extrañeza y preguntado: “¿Está hablando en serio?”. “¡Qué flojera!”. Y remataría: “¿A quién podrá interesar tal noticia? Considero más periodístico que me pagaran un viaje a El Cairo para comprobar si el puñal de Tutankamon fue, como se dice, fabricado con metal proveniente de un meteorito”.

La supuesta escena sólo adquiriría visos de realidad si, como se apuntaba al principio, existiera un deseo enfermizo de dañar la imagen del autor de la tesis, sea como fuere, o bien, si aquella noticia con resonancia asegurada debido a la mala opinión que tiene gran número de ciudadanos del actual régimen, sirviera para allanar el camino a Los Pinos a tal o cual aspirante.

Tomarse tamaño trabajo para desenterrar un error de ese calibre cometido en su juventud por cualquier personaje debe tener, pienso yo, intenciones que rebasan la sana curiosidad y el interés periodístico. Como se decía: alguien odia tan irracionalmente a Peña Nieto que es capaz de dedicarle tanto tiempo a desprestigiarlo, o alguien espera obtener beneficios de ese desprestigio. Sin intención de defender a nadie –él sabrá defenderse–, sinceramente no se me
ocurren otras explicaciones. 
21 Agosto 2016 04:08:05
Generaciones
El desaparecido José Emilio Pacheco afirmaba formar parte de la última generación de mexicanos a los que no arrulló esa nana electrónica llamada televisión. En efecto, quienes eran jóvenes a la mitad de los años 60 del siglo pasado pertenecieron a una generación anterior a la de los televidentes: la de la radio y el cine. Ambos, el aparato de radio y la pantalla “de plata” –como la llamaban los críticos de aquellos tiempos– constituían los dos vehículos disponibles para explorar el mundo exterior.

Si bien, como dijo alguna vez el poeta Sergio Pitol, “Me atrevo a decir que soy los libros que he leído”, aun los jóvenes lectores de la mitad del siglo 20 recibieron su educación sentimental –Stendhal dixit– en la butaca de una sala cinematográfica, comiendo palomitas de maíz. Definitivamente, los miembros de esa generación se sentían más identificados con el enamoramiento de Gene Kelly en Cantando Bajo la Lluvia, que con el de Werther. Y, por supuesto, Marilyn
Monroe resultaba más deseable y cercana que Ana Karenina o incluso la impúdica Naná de Émile Zola.

A esa generación del cine siguió la de la televisión, cuyos sueños infantiles se alimentaron a base de telenovelas del corte de Mundo de Juguete y, poco después, sus ansias románticas siguiendo la saga de remakes modernizados de la Cenicienta al estilo de Muchacha Italiana Viene a Casarse o María la del Barrio. La cultura popular mexicana de esos años la construían desde la pantalla chica Raúl Velasco en Siempre en Domingo y Jacobo Zabludovsky, encargado
de recetar al teleauditorio un maquillado y gobiernista noticiario nocturno.

La generación de la tele no tuvo, como la del cine, modelos revolucionarios. Careció de un Marx, un Fidel Castro y de un Mao. Tampoco recibió su dosis de ruptura con el pasado y el establishment del atormentado James Dean en Rebelde sin Causa, Elvis y el rock o los hippies de fines de los 60. Alguien la calificó como Generación X, y cargando esa etiqueta pasó a la historia.

La tecnología de la comunicación sustituyó a los X por una nueva generación nacida, formada y crecida, teléfono celular en mano, frente a la computadora. Son los jóvenes y niños de la era del Internet, las redes sociales y cuanta nueva plataforma se les ocurra a los magos de Silicon Valley. Hasta sus juegos pertenecen al mundo virtual de la cibernética.

Son ellos quienes leen, cuando leen, libros en línea, se comunican y envían imágenes por WhatsApp y crean memes si les da la gana burlarse de algo o alguien. Son, por definición, globales. Sus sueños no conocen fronteras. Los más afortunados estudian un semestre en España, Irlanda o Conchinchina, y se consideran analfabetos si no dominan el idioma inglés.

La tolerancia es su bandera. Aceptan al amigo o amiga gay con toda naturalidad. Sitiados día y noche por mensajes sexuales disparados por todos los medios, desde los anticuados impresos y anuncios publicitarios hasta la pornografía accesible mediante un clic en el celular, encuentran en su cuerpo el mejor laboratorio para experimentar sensaciones, ya sea en solitario, con él o con ella. No importa. Generalizo: una gran cantidad de ellos desconoce o ha roto las
barreras morales impuestas por la religión, y al único demonio al que temen se llama sida. Es la generación del milenio.

Estas deshilvanadas reflexiones surgieron a propósito del alarmante incremento del número de casos de adolescentes embarazadas. ¿No fracasarán las campañas para evitar el embarazo precoz debido a que nos obstinamos en utilizar lenguajes anticuados propios de la generación de la tele o incluso de la del cine?
14 Agosto 2016 04:05:59
‘Desmedallados’
El jueves por la noche me autorreceté una fuerte dosis de masoquismo frente al televisor. En otras palabras, seguí el desempeño de los equipos mexicanos de voleibol de playa y de salón en las Olimpiadas de Río de Janeiro. La inferioridad mostrada por nuestros atletas ante sus competidores resultó al final de cuentas un ejercicio doloroso. Ni siquiera cabía el falso conformismo de las manidas frases de “cayeron con la cara al cielo” o “vendieron cara la derrota”.
Primero, porque los juegos fueron por la noche, y segundo, porque la derrota fue un regalo para los contrincantes.

Habrá quien juzgue frívolo considerar termómetro confiable el lamentable papel de nuestros atletas para medir la temperatura del país. No obstante, es válido preguntarse: ¿Hasta dónde lo ocurrido en Brasil es reflejo de la situación que vivimos actualmente?

“Hicimos nuestro mejor esfuerzo”, se escuchó en boca de los competidores eliminados. Nadie pone en duda eso. Asistir a una Olimpiada es el sueño de cualquier deportista de cualquier disciplina, y no es de dudarse que todos y cada uno de los representantes mexicanos entrenó arduamente para conseguir el boleto a Río. Tampoco es creer en favoritismo, nepotismo o compadrazgo para que algún mediocre hiciera el viaje sin merecerlo.

Consideremos que la selección fue impecable. También que se eligió a los deportistas tomando en cuenta solamente sus méritos y capacidades. Y si partimos de ambos supuestos, vale hacer otra pregunta: Entonces, ¿qué sucedió?

Es difícil señalar con seguridad a los culpables. Sin embargo, al menos los comentaristas de futbol insistieron en que al equipo enviado a la Olimpiada se le regatearon apoyos. Igualmente, uno de los atletas se quejó de no haber sido dotado del uniforme adecuado. Falla imputable a la deficiente administración.

Pero frívolo o no, lo que ha ocurrido hasta ahora en Brasil, y tememos mucho que siga ocurriendo, merece una investigación a fondo. Dilucidar las causas es urgente, si se desea remediar lo que estuvo mal, rediseñar políticas y reencauzar el trabajo de los organismos públicos encargados del deporte, los cuales, es bueno recordarlo, se sostienen gracias a nuestros impuestos.

En lo personal –por si hay alguien a quien le interese mi opinión– me niego rotundamente a admitir que somos un pueblo genética y síquicamente disminuido para hacer frente al reto de una competencia mundial. Aunque conocemos nuestras limitaciones (basquetbolistas de dos metros o más de altura no abundan en nuestra tierra, por ejemplo), no parece residir allí la respuesta.

Es claro, estamos muy lejos de ser una potencia deportiva, pero, no obstante, hay disciplinas en las cuales nuestros compatriotas brillaron intensamente en el pasado. No son multitud, mas los hubo. Por citar algunos ganadores de medallas de oro: Joaquín Capilla, Humberto Mariles, Ernesto Canto, Felipe “El Tibio” Muñoz y los futbolistas en Londres.

Ahora, todo lo indica, la representación nacional volverá con las alforjas vacías. Definitivamente, el honor nacional no se encuentra en los zapatos de un futbolista, en los saltos de un clavadista o en la brazada de un nadador. No por el mal papel de la representación olímpica se va a desteñir el verde o el rojo de la bandera. Tampoco amaneceremos más pobres a causa de los fracasos en pistas o las albercas.

No. Habrá que reconocerlo. Sin embargo, siempre es más agradable ganar que perder y al mexicano de hoy, asediado por tantos problemas, como que le hace falta celebrar un triunfo, ¿no?
07 Agosto 2016 04:10:34
‘Allí está’
Como la madrileña Puerta de Alcalá, que hicieron mundialmente famosa en una canción Ana Belén y Víctor Manuel, el Santo Cristo de la Capilla de Saltillo “allí está viendo pasar el tiempo” desde hace 409 años. Vio pasar a los primeros colonos, a los alguaciles de capa negra, a las muchachas del servicio que acudían a la fuente de la plaza a llenar sus cántaros, a soldados de relucientes cascos y tintineantes espuelas, a muchachos y muchachas que al son de la música de la Banda Municipal daban vueltas y vueltas en torno a la plaza, a parejas pares, diría López Velarde, sentadas en las bancas a la sombra de los fresnos, tejiendo sueños de futuro.

Vio desaparecer los fresnos, se desvanecieron los alguaciles de capa negra, los franciscanos de hábitos café desleído y se perdió en ecos cada vez más lejanos el retintín de las espuelas.

Contempló la llegada de los insurgentes en 1811, que dieron gracias a Dios en un solemne “Te Deum”, celebrado en la parroquia adjunta, por salir vivos de Puente de Calderón y Monte de las Cruces. Después los miró partirrumbo a la emboscada de Baján y a encontrar al pelotón de fusilamiento en Chihuahua.

Hasta su recinto llegaron en 1821 los gritos de “¡Viva México!” y “¡Viva Agustín de Iturbide!”, lanzados por la muchedumbre, vitoreando, embriagada de un fervor patrio de estreno, la recién adquirida independencia. Pasó el tiempo. Soldados venidos de quién sabe dónde, siguiendo al fachendoso Antonio López de Santa Anna, se arrodillaron a sus pies antes de marchar al norte con la idea de apaciguar a los levantiscos tejanos.

Rezos apenas musitados por ancianas piadosas se convirtieron en gritos de dolor en febrero de 1847, cuando el piso de su capilla se empapó con la sangre de mexicanos y norteamericanos heridos en la Batalla de La Angostura. Quizá alguno de ellos alzó los ojos hacia el Cristo sufriente y expiró con la imagen del crucificado estampada en las pupilas. También llegaron los franceses que, siendo católicos, asistían a los oficios religiosos.

“Y allí está, viendo pasar” a insurgentes, militares norteamericanos, franceses, revolucionarios, soldados federales. Todos acabaron por irse. El silencio y el olvido los cubrió. Dejó de escucharse el golpear metálico de las herraduras de los caballos al pasar por la empedrada calle de Hidalgo: lo apagó el sonido de los motores de los autos. Alborozadas novias vestidas de blanco que cruzaron la puerta, regresarían años después en severos catafalcos negros. Pero otras novias igualmente alegres y llenas de promesas vendrían a hincarse ante Él.

Llegó el ferrocarril, los aviones empezaron a trazar estelas en azul profundo del cielo de Saltillo. La modernidad se vino encima. Ahora los novios –algunos de ellos, al menos– dejaron de cuchichearse cursilerías en las bancas de la plaza y se comunican con el celular.

Solamente el estremecido tañer de las campanas, que diría el poeta Jesús Flores Aguirre, y el revolotear de las palomas insisten en desafiar al tiempo. Las mujeres dejaron de llegar cubiertas con el velo, y los sacerdotes olvidaron aquel “Paternosterqui es in caelis…” y empezaron a rezar “Padre Nuestro que estás en los cielos…”.

Pasaron los años y pasaron los siglos. El piadoso Santos Rojo, que trajo a Saltillo la imagen, hace mucho que es polvo confundido con el polvo. Y Él “allí está, viendo pasar el tiempo”. Recibiendo multitudes cada 6 de agosto. Bien decía el inolvidable don Andrés Henestrosa: “Está más cerca de la verdad la fe más ingenua que la más avanzada de las ciencias”. “Allí está”.
31 Julio 2016 04:07:51
Conjugar en futuro
Resulta tan desolador el panorama actual que los mexicanos preferimos olvidarnos del presente y mirar hacia el futuro. Así es. Periódicos y espacios informativos de la radio y la televisión nos abruman diariamente con noticias desalentadoras, para no hablar de ese diván de siquiatra en que se han convertido las redes sociales.

Bloqueos. Mesas de diálogo semejantes a cansados monólogos o representaciones del teatro del absurdo. El peso al borde de la frontera de 20 por dólar. Corrupción e impunidad.

Estadísticas maquilladas para reducir, en el papel, el número de pobres. Gobernadores que utilizan Congresos a modo para “blindar” su salida y eludir la cárcel. La paradoja de que el precio del petróleo vaya en picada y suba el precio de la gasolina. Presidentes municipales asesinados. Y como cereza del pastel, la inseguridad sigue terca en mantener en alto sus índices.

Por esos deprimentes motivos, para una gran mayoría es preferible hacer cábalas sobre el mañana y dejar de pensar en el presente. Es tanto el hartazgo del hoy, que hay quienes hasta pretenden, como decían los comunistas de antaño, “quemar etapas”. Para ello exigen la renuncia de Enrique Peña Nieto. Quieren un mañana anticipado, aquí y ahora, como si el cambiar un sexenio por un cuatrienio fuera la panacea contra los males que afligen al país.

Este dar la espalda al presente indeseable ha puesto de moda hacer cábalas sobre lo que ha de suceder dentro de un año o dos. Inmersos en el futurismo, los analistas políticos escudriñan el más insignificante detalle intentando adivinar si en realidad los momios a favor del secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, han caído tanto como aseguran algunas encuestas, y si Margarita Zavala supera en las preferencias de los electores al incombustible
Andrés Manuel López Obrador.

Por otra parte, las especulaciones acerca de la política doméstica giran en torno al resultado de las pasadas elecciones, cuando el PAN dio la sorpresa alzándose con siete gubernaturas. ¿El Presidente pidió perdón? Claro, piensa en el 2018. ¿Aurelio Nuño y el Gobierno flexibilizan su posición frente al repudio de la reforma educativa? Naturalmente.

No quieren engrosar el número de malquerientes con miras a las elecciones presidenciales. ¿La Procuraduría General de Justicia decide ir contra tres gobernadores cuyos actos de corrupción han sido de escándalo? Lógico, trata de lavarle la cara al sistema y reponerlo de la paliza sufrida por el PRI.

Y ya encarrilados en el papel de profetas, se internacionalizan. Discuten las probabilidades de que esa caricatura llamada Donald Trump sea capaz de vencer en las urnas a la demócrata Hillary Clinton.

¿Cómo afectará a México si gana Trump? ¿Nos irá mejor con Hillary en la Presidencia? Los opinadores profesionales hacen cábalas, diseñan hipotéticos escenarios y plantean predicciones. Todo, absolutamente todo, gira en torno a las próximas elecciones en México y en Estados Unidos.

Prever es aconsejable, pero actuar en función de lo que podrá ocurrir mañana es un error que al final se paga muy caro. Existe el riesgo de que, hipnotizados por la bola de cristal del adivino, dejemos a un lado asuntos que ya están encima de nosotros demandando nuestra atención. El país está urgido de gente dispuesta a arremangarse la camisa y trabajar para resolver los problemas del hoy, pues jugar al futurólogo un rato puede ser divertido, pero hay que dejar que las gitanas hagan ese trabajo de tiempo completo.
24 Julio 2016 04:06:29
Otro Saltillo
Saltillo está por cumplir 439 años, según el calendario adoptado en 1977. Desde aquella celebración de los cuatro siglos de existencia de la capital de Coahuila hasta hoy ha corrido mucha agua bajo los puentes (donde hay puentes y ríos), y la ciudad ha sufrido una transformación inimaginable hace 39 años. El detonador de estos cambios que afectan lo económico, lo social y lo moral se localiza en el arranque de la industria automotriz. Aquel “bonito Saltillo, nomás de pasada, porque pa’ quedarse está de la chingada”, pasó a ser, a velocidad mareante, foco de vibrante economía asentada en la industrialización y, consecuentemente, en imán de millares de buscadores de trabajo venidos de los cuatro puntos cardinales.

De golpe y porrazo, antes de que nos diéramos cuenta, estábamos instalados en una globalización con fuerte acento yanqui. La invasión foránea, principalmente extranjera, no sólo se refleja en el sector industrial. Su presencia en el comercio y los servicios resultó apabullante. Hoy en cada esquina nos topamos con tiendas departamentales y especializadas de origen estadunidense, cuando antes era preciso viajar “al otro lado” si se deseaba conocerlas.

Poco antes del meteórico despegue industrial, los cambios de costumbres en la ciudad se daban lentamente, casi de manera imperceptible. El paulatino incremento del número de automóviles determinó, por ejemplo, las formas de socialización de los jóvenes. Hasta principios de los 50 del siglo pasado, la Plaza de Armas era escenario los martes y jueves de serenatas, donde peripatéticos muchachos y muchachas se daban la maña de pactar romances
encontrándose en cada vuelta de aquel girar y girar en sentido contrario. Eso sí, a las 10 de la noche, las jóvenes partían de prisa a sus hogares, pues ninguna chica decente andaba en la calle después de esa hora fatídica.

El muy relativo incremento del parque vehicular –como dicen los reporteros– obligó al desplazamiento de los jóvenes a una calle de más fácil tránsito: Victoria, donde los encuentros eran de auto a auto o de peatón a auto en el tramo que separa la calle de Allende de la Alameda.

Otra novedad ha sido la popularización de los “desayunos de señoras”. Después de dejar a los niños en la escuela, miles de damas saltillenses toman por asalto los restaurantes. Hace 40 las amas de casa permanecían en el hogar, cocinando. Esta actividad casi olvidada tenía el domingo su día de mayor esplendor. La comida dominical reunía a la tumultuosa familia extendida, incluyendo abuelos y tías viudas y solteronas. Hoy, los domingos, como dicen en
Castaños, el gato amanece arriba de la estufa, refiriéndose a las de leña, cuando permanecen mucho tiempo apagadas y permiten al gordo minino treparse encima sin quemarse. Ahora: ¿Pedimos pizza o prefieres hamburguesa? Un telefonazo libera de largas horas frente al fogón.

Pero quizá el fenómeno más interesante, al que hemos puesto poca atención, es el engrosamiento de la clase media saltillera. Una clase antes poco menos que inexistente, pues los únicos empleos de “cuello blanco” eran la burocracia, el magisterio y algunas profesiones liberales. Vivimos hoy un Saltillo más próspero, más vibrante, más diverso, con mayores oportunidades de trabajo y de diversión. No obstante, conserva resabios de sus antiguas costumbres.

Antes, las viejecitas atrincheraban su privacidad detrás de los postigos de las ventanas. Hoy las familias se amurallan tras las bardas de fraccionamientos privados. Imposible negar la cruz de nuestra parroquia.
17 Julio 2016 04:07:41
Personaje de novela
Los alumnos que asistían a fines del siglo 19 a clases en el antiguo edificio del Ateneo Fuente, frente a la plaza de San Francisco, veían con respeto y cierto temor a aquel hombre moreno, delgado, con barba entrecana, gesto inescrutable y mirada alerta. Era el prefecto. Bajo su vigilancia de halcón al acecho, el amplio primer patio de la escuela jamás se convertía en escenario de juegos y chacota. Los muchachos ocupaban las bancas del patio para estudiar en gordos libros de Física, Química, Filosofía y demás arduas materias de los cursos.

Pocos de los jóvenes estudiantes conocían el pasado del severo prefecto, quien más de un siglo y medio después reviviría, literariamente hablando, como personaje de novela. Y es que su misma vida fue novelesca. Siendo maestro de escuela abandonó la tranquilidad de las aulas, vistió uniforme militar y empuñó un rifle. Él fue uno de los cientos de coahuilenses que atendieron el llamado de la patria en uno de los momentos más angustiosos por los que ha
transitado México, temporal y presuntamente gobernado por Maximiliano.

Asistió al Sitio de Querétaro donde se derrumbó el imperio. Luego regresaría al Ateneo a enseñar gramática castellana. Entre sus alumnos sobresalía uno, larguirucho, pómulos salientes y quijada cuadrada, venido desde la lejana Cuatro Ciénegas. Se llamaba Venustiano Carranza Garza. Aquel muchacho llegaría a Presidente de la República y desde Palacio Nacional promovió la construcción de una hermosa escuela en Saltillo a la que impuso el nombre de su
profesor de Español: Miguel López.

Estando en Querétaro, el profesor López —homónimo del traidor que se asegura entregó la ciudad a Mariano Escobedo— se carteaba con Antonio García Carrillo, contándole los avatares de la guerra y las penalidades de la vida castrense. Tomada la capital queretana por el Ejército Republicano, el domingo 16 de julio de 1867, don Miguel, ya capitán primero del Primer Batallón Ligero de Coahuila, recibió la orden de trasladarse al Cerro de las Campanas, lugar
elegido para el fusilamiento de Maximiliano, Miguel Miramón y Tomás Mejía. Un telegrama de última hora suspendió la ejecución.

El miércoles 19 de junio, cuando el reloj marcaba las 5 de la mañana, el capitán López recibió la misma orden del domingo: marchar al Cerro de las Campanas para formar el cuadro encargado de mantener a la gente lejos del paredón. A las 7 en punto escuchó la descarga que segó la vida de Maximiliano, Miramón y Mejía, a quienes vio caer después de escuchar el grito de “¡Viva México!”. Todo ello lo contó a su amigo García Carrillo en una carta que casi siglo y
medio después reproduce completa el escritor Vicente Quirarte en su novela La Isla Tiene Forma de Ballena (Seix Barral. Biblioteca Breve, 2015).

En su novela, Quirarte hace viajar al profesor López a Nueva York, donde encuentra a un grupo de liberales ansiosos de conocer los pormenores del triunfo de la República sobre los imperialistas. Estos consideran la carta como documento de gran valor, pues no se sabe de otros relatos de militares mexicanos que atestiguaron la muerte de Maximiliano de Habsburgo.

Miguel López Ávila (1840-1905), profesor de Español y prefecto del Ateneo Fuente, cuyo nombre ostenta una escuela primaria de Saltillo, pasó de las aulas al campo de batalla, y del campo de batalla a las páginas de la espléndida novela de Vicente Quirarte. Inescrutables caminos del destino.
10 Julio 2016 04:07:54
Propuestas, no lodo
Calma y nos amanecemos. La vieja frase coloquial adquiere hoy calidad de llamado urgente de atención a los políticos mexicanos y, por qué no, también a un buen número de comunicadores. Con la relativa proximidad de las elecciones federales, y las más cercanas estatales, actores políticos de las más diversas tendencias parecen haber olvidado el hoy para sólo pensar en el mañana. Y muchos de ellos lo hacen, no para reflexionar en cómo podríamos resolver los problemas que agobian al país, sino para afilar machetes, espadas, alfanjes y dagas, como si en lugar de diseñar estrategias rumbo a unas elecciones estuvieran preparándose para la noche de los cuchillos largos.

Hace un par de semanas, en el programa La Hora de Opinar, conducido por Leo Zuckermann, el excanciller Jorge Castañeda aseguró que bloqueos y marchas de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) recibían aliento, e incluso apoyos, de altos funcionarios del gobierno de Peña Nieto. El objetivo: descarrilar la precandidatura de uno de los secretarios del Gabinete presidencial. Castañeda no aportó mayores datos apuntalando su aserto y la duda quedó en el aire, pero resultó evidente que el presunto precandidato descarrilado no era otro sino el secretario de Educación, Aurelio Nuño, a quien el periodista Raymundo Riva Palacio ya califica de “cadáver político”.

De ser verdad lo afirmado por Castañeda, estamos en una descarnada lucha por el poder entre personajes que, en lugar de preocuparse por el país y sus múltiples problemas, se interesan únicamente en su futuro. Se dice que en la guerra –y la política es una modalidad de la guerra– todo se vale. La cínica afirmación será útil para quienes son capaces de considerar que allanan su camino hacia el éxito destruyendo todo a su paso, mas no para los provistos de mentalidad de estadistas, de esos que, decía Otto von Bismarck, no piensan como los políticos en la próxima elección, sino en la próxima generación.

Un país como el nuestro, donde los desencuentros se ahondan y los enconos se agudizan, lo menos que necesita es a hombres públicos echando gasolina a la hoguera. Conducta irresponsable si las hay, cuando los mexicanos deseamos encontrar el camino que nos permita resolver las diferencias de manera civilizada.

Estamos urgidos de mentes constructivas, propositivas. Ya hay demasiados con el zapapico en las manos intentando destruir a las instituciones con la intención de convertir la geografía nacional en campo de escombros. No se trata, por supuesto, de esperar un idílico acuerdo entre quienes piensan diferente. No. La esperanza es que los políticos mexicanos aprendan de una buena vez a encontrar coincidencias y a ver a quienes no piensan igual que ellos como
contrincantes, no como enemigos.

¿Será muy difícil anteponer el bien de la nación a las ambiciones personales? Apresten los políticos sus armas ideológicas y sus propuestas con miras a las elecciones venideras, no las armas blancas ni las cubetas repletas de lodo destinado a sus enemigos; lodo que indefectiblemente acabará manchándolos a ellos mismos. Nada bueno podemos esperar de las “campañas sucias” excepto, quizá, aumentar a límites peligrosos la crispación de una sociedad ya de por sí crispada. ¿Cuál es la idea? ‘¿Vota por mí, no porque soy bueno, sino porque creo ser menos malo que el de enfrente?’ ¡Qué pobreza de imaginación!
03 Julio 2016 04:06:10
Desmitificando el mito
Claudio Lomnitz, doctor en Antropología, profesor de la Universidad de Columbia y colaborador de Nexos, acaba de publicar un voluminoso libro: El Regreso del Camarada Ricardo Flores Magón” –681 páginas, más agradecimientos y bibliografía– acerca de ese personaje, uno de los actores más fascinantes de la Revolución Mexicana.

El doctor Lomnitz hubo de realizar una exhaustiva investigación para rescatar un vívido retrato de Ricardo en todas sus facetas, desde la del ideólogo incorruptible hasta las del homofóbico y periodista que cargaba su pluma con bilis y veneno al atacar a sus antiguos compañeros de lucha.

Don Alfonso Reyes decía que hay dos clases de historiadores: los que aportan explicaciones acerca de hechos del pasado y los simples amontonadores de datos. C. L. representa con gran brillantez a la primera categoría. Los datos duros son para él punto de partida hacia la reflexión, el rastreo de posibles motivaciones y evidentes o soterradas contradicciones.

En otras palabras, el autor se permite bajar del nicho en que ha colocado la historia al director del periódico Regeneración, para estudiarlo cara a cara, evaluarlo acción por acción, artículo por artículo. Sin embargo, debe decirse, su libro no está pensado desde la antihistoria oficial. De ninguna manera. Se trata de la desapasionada disección de la biografía de uno de los precursores de la Revolución, a quien nos hemos acostumbrado a envolver con un espeso halo
de romanticismo. (Su muerte en la cárcel constituyó el final perfecto del hombre capaz de sacrificarlo todo por sus ideales).

Pero la disección practicada por Lomnitz no tiene la intención de descuartizar al personaje. No. La intención es científica: conocerlo mejor, llegar al fondo de su carácter, sus fortalezas y también sus debilidades.

Estamos ante una investigación novedosa en el panorama nacional hecha desde una perspectiva ubicada al norte del río Bravo. Gran acierto, pues Ricardo Flores Magón y los miembros del proscrito Partido Liberal Mexicano vivieron y sufrieron persecuciones y prisiones en Estados Unidos. Víctimas de la connivencia del gobierno de Porfirio Díaz y el gobierno norteamericano, estos liberales, algunos de ellos convertidos en anarquistas al correr de los años,
desafiaron –a gran costo– la pinza México-norteamericana decidida a exterminarlos.

Para los coahuilenses, El Regreso del Camarada Ricardo Flores Magón depara conocimientos importantes sobre nuestro pasado. Detengámonos en uno: el levantamiento de miembros del Partido Liberal en la fronteriza villa de Jiménez, en 1906. El ataque a la población fracasó. Los alzados fueron derrotados en unas cuantas horas. Alguna vez, cierto historiador local habló despectivamente de este episodio, calificándolo de simple e intrascendente alboroto.

Pues bien, Lomnitz nos descubre las enormes repercusiones que tuvieron esas pocas horas de violencia en un pueblo perdido de la frontera coahuilense. El ataque a Jiménez, conmemorado dignamente durante las fiestas del centenario de la Revolución, produjo efectos devastadores para los liberales de la Junta de San Luis Misuri. Muchos de ellos acabaron en la cárcel acusados de quebrantar las leyes de neutralidad estadunidenses.

Quizá el grosor de El Regreso del Camarada Ricardo Flores Magón, presentado en la más reciente edición de la Feria Internacional del Libro en Arteaga por Salvador Hernández Vélez, desaliente a algunos. Sin embargo, estamos ante una importantísima aportación al mejor conocimiento de nuestro pasado, a la que, sin duda, los historiadores volverán una y otra vez.
26 Junio 2016 04:06:09
El terremoto inglés
Antes de la construcción del túnel submarino que conecta Inglaterra con Francia, se contaba la historia apócrifa de un locutor del programa de noticias de la BBC de Londres, quien cierto día informó al auditorio: “Fuertes tormentas en el mar del Norte afectan el Canal de la Mancha. La navegación se ha suspendido y por esa causa el continente europeo quedó aislado”.

La historia, seguramente falsa, refleja sin embargo el carácter del pueblo inglés, individualista y aferrado a costumbres impermeables a las influencias externas, convencidos de que si el mundo tuviera ombligo, este quedaría más o menos en el londinense Picadilly Circus.

Reflejo de esta mentalidad es que los británicos conducen sus autos por la derecha y aun perteneciendo a la Unión Europea (EU), se negaron a adoptar el euro. Mantuvieron la libra esterlina como moneda nacional con todo y su complicadísima composición en peniques, chelines, medias coronas y coronas. Con tales antecedentes no nos debe sorprender el resultado del referéndum en que decidieron separarse de la UE, “aislando” al continente, según sería la
interpretación del mítico locutor de la BBC.

La decisión de dar la espalda a Europa, el Brexit, como se le ha llamado, provocó un remesón en las economías de todo el orbe. Las bolsas de valores sufrieron bajas importantes, y el peso, ya de por sí maltrecho, recibió un derechazo que lo tiene, si no contra las cuerdas, en una cotización cercana a los $20 por dólar.

La incertidumbre también obligó a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público a efectuar un recorte de $31 mil millones en el gasto público, afectando a la Educación Pública y a las secretarías de Salud y Agricultura y Ganadería.

El desmembramiento de Inglaterra podría significar, según muchos analistas, el principio del fin de la Unión Europea, un experimento sin duda exitoso que sirvió de palanca para el despegue del Viejo Continente después de la Segunda Guerra Mundial. Y es que no se trata de una amputación menor: Inglaterra es la segunda economía de Europa, después de Alemania.

En el Brexit hay, además, otro ángulo poco tranquilizador. La decisión de los ingleses ha provocado, digámoslo así, un renacimiento de los sentimientos localistas –separatistas– que hicieron eclosión después de la caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento de la Unión Soviética. La prensa internacional ya habla de la intensificación de los discursos separatistas en Escocia, Irlanda del Norte, Holanda y Francia en boca de políticos conservadores de fuerte tufo
populista.

Escocia, donde se votó a favor de continuar en la Unión Europea, está a punto de declarar su independencia. ¿Cuánto influirá esta tendencia en Cataluña, por ejemplo, cuyas intenciones de desprenderse de España han sido noticia los últimos años? Quizá hasta a los separatistas laguneros, que a últimas fechas han estado muy silenciosos, se les antoje desempolvar la bandera del estado de La Laguna y ondearla de nuevo.

Lo único cierto es que apenas estamos empezando a ver las repercusiones del Brexit. El efecto mariposa generado en Inglaterra afectará necesariamente a todo el mundo en mayor o menor grado. Esas son las ventajas y las desventajas de la globalización y de la acentuación de la interdependencia de los países conectados hoy por tupidas redes económicas. Seguramente no tendremos que esperar mucho tiempo para ver las consecuencias del aislacionismo
británico.
19 Junio 2016 04:06:03
Amor y aborrecimiento
El reciente e indudablemente exitoso medio maratón de los 21K se anunció como “La mejor carrera de México”. No se requiere ser experto en tales menesteres deportivos para dudar del aserto. ¿Los 21K serán más importantes que el Maratón de la Ciudad de México, el de Mazatlán, Sinaloa, o la competencia efectuada cada año en Torreón con el patrocinio de una empresa lechera? ¿Cuáles serían las características de la carrera saltillense para ubicarla por encima de las tres anteriores y otras muchas más realizadas a lo largo y ancho del país?

Definitivamente, el calificativo no se basa en el número de participantes ni tampoco en los escenarios por los cuales transcurre la ruta. El Maratón de Mazatlán atrae a más de 12 mil 500 participantes (un periódico de ese puerto lo considera “entre los mejores 50 del mundo”) y ofrece como atractivo que un largo tramo del recorrido se hace por el paseo Olas Altas, frente a la inmensidad del Océano Pacífico.

Aclaremos: no se trata de minimizar el enorme esfuerzo requerido para llevar a cabo una competencia como el medio maratón saltillense. Mucho menos de opacar los importantes logros obtenidos o restar méritos a quienes tuvieron la idea de crearlo, entre ellos el inolvidable Javier Cabello Siller. Nada de eso. La intención sería, simplemente, evitar que el localismo nos lleve a hacer afirmaciones imposibles de sostener.

Hay un viejo dicho mexicano aplicable al caso: “Amor y aborrecimiento no quitan conocimiento”. En otras palabras, el amor a la ciudad no es excusa para amplificar sus éxitos, cualidades o bellezas. Sobre el bulevar Francisco Coss, en el camellón frente a la plaza ubicada a espaldas del edificio de las oficinas del Congreso, hay uno de esos postes de los colocados por la pasada administración municipal para informar a los visitantes de los lugares de interés en la
ciudad. En la leyenda de ese poste –milagrosamente libre de pintas– se informa de la fecha de fundación de Saltillo, a la que todavía se le llama La Atenas de México.

Creíamos que tan extravagante comparación entre la capital de Coahuila y la de Grecia era cosa del pasado. Esa exaltación sirvió solamente para dar pie a bromas de muy escasa imaginación: “La Apenas de México”, solían llamar a la ciudad algunos saltillenses ácidamente críticos.

Pero, ¿qué necesidad?, diría el divo de Ciudad Juárez. Nuestro cariño y agradecimiento a la tierra que nos vio nacer, o a la que se ha llegado a vivir de otras partes, no es motivo para caer en exageraciones. Como todas las poblaciones del mundo, la nuestra tiene cualidades, pero también defectos, y se le debe amar como a las mujeres que uno ama, con todos sus defectos y todas sus cualidades.

Nada se gana exagerando las primeras o intentando ocultar los segundos. Así, lo de “Atenas de México” fue un mote que se le ocurrió a alguien en el siglo 19 y al paso del tiempo tomó carta de naturalización. Igual podría suceder, me parece, con “la mejor carrera de México”. No se requiere poner un lente de aumento sobre tal o cual aspecto positivo para enorgullecernos de nuestro terruño. Tampoco resulta sano, creo, el afán de establecer comparaciones.

No es necesario creer a Saltillo la Atenas de ninguna parte o que la 21K sea mejor a esta o a aquella carrera para sentir el orgullo de pertenecer a una sociedad donde hay personas, grupos e instituciones deseosas de superarse, de hacer mejor las cosas. Nada más, pero tampoco nada menos.
12 Junio 2016 04:06:27
De encuestas y otras mentiras
La semana anterior, en este mismo espacio se recordaba a Alejandro Rossi, quien afirmaba que la política es el teatro más rápido del mundo. E impredecible, podríamos agregar. Ese mismo día, domingo 5, se confirmó el aserto de Rossi. Todas las predicciones y encuestas fallaron. Ricardo Anaya, dirigente nacional del PAN, se ufanaba porque su partido había obtenido “al menos” tres gubernaturas. Eso lo decía pasadas las 11 de la noche en la mesa redonda organizada por Joaquín López Dóriga en Televisa. Ni el mismo Anaya se imaginaba la dimensión del triunfo del blanquiazul, que se alzó con la mayoría de los sufragios en siete estados.

En esta ocasión, las fallas de las empresas encuestadoras se balancearon entre lo ridículo y lo patético. Todas fallaron con sus pronósticos antes de la elección y también en los llamados sondeos de salida. Ni siquiera se aproximaron a los números arrojados por los comicios. El grotesco papelón hizo recordar a Harry S. Truman, que en su calidad de vicepresidente ocupó la Casa Blanca a la muerte de Franklin Delano Roosevelt.

En 1949, al terminar el periodo correspondiente a Roosevelt, Truman buscó la presidencia apoyado por el Partido Demócrata. Enfrentó a un duro contendiente republicano, Thomas E. Dewey. Todas las encuestas señalaban a Dewey como favorito. Fue aquella una de las elecciones más reñidas en la historia de Estados Unidos. A tal grado que, al día siguiente, uno de los principales periódicos norteamericanos anunció en su primera página el triunfo del republicano.

El sorpresivo resultado dejó mudos a encuestadores y periodistas. Cuando un reportero entrevistó a Truman, deseando saber cómo había sido posible aquel triunfo por nadie esperado, contrario al pronóstico de las encuestas, el todavía presidente electo respondió con una frase memorable: “Mira –dijo al reportero–, si a Moisés se le hubiera ocurrido hacer una encuesta antes de salir en pos de la Tierra Prometida, los israelitas seguirían todavía hoy en Egipto”.   

El 5 de junio se  recordará no solamente como el día en que el PAN logró ganar siete gubernaturas. También deberá ser la fecha en que México escribió el epitafio de las encuestadoras. Sin embargo, resulta difícil saber por qué fallaron. Quizá, algunas al menos, por levantar encuestas “a modo” del partido o el candidato que las contrató. Es posible que en un afán de publicar pronósticos al vapor a diestra y siniestra, algunos medios de comunicación cayeran en improvisaciones y carencia de profesionalismo.

El académico y politólogo Federico Reyes Heroles fundó en 1991 la revista Este País, dedicada a señalar tendencias y publicar opiniones. Concepto novedoso en México, pues su contenido fundamental eran sondeos acerca de los más variados temas relacionados con la vida nacional y las inclinaciones de los mexicanos. El éxito de Este País tentó a muchos. Pues parecía fácil convertir en negocio a las encuestas.

Por otra parte, para los saltillenses no son nuevos tales yerros. En 1996, el panista Manuel López enfrentaba al priísta Salomón Abedrop. Todos daban por triunfador al candidato del tricolor. Un solo medio, el catorcenal Espacio 4, apoyado en el trabajo de la doctora Zoyla Hernández, señaló a Manuel López puntero en las preferencias electorales. La noche de las elecciones hubo fiesta en el PRI y Abedrop se fue a dormir
seguro de que sería el próximo alcalde de la capital de Coahuila; cuando despertó se enteró de la realidad.

¡Ay, las encuestas!  
05 Junio 2016 04:06:21
Futurismo galopante
Como nunca antes, las elecciones para la renovación del gobierno en 12 estados de la República han causado tanta expectación y desatado tal torrente de especulaciones y profecías. Hoy, multitud de opinadores considera estos comicios certero augurio, signo claro, de lo que ocurrirá dentro de dos años en las elecciones presidenciales. Lo creen termómetro poco menos que infalible, no para tomar la temperatura del electorado en este momento en 12 entidades distintas, sino punto de partida de una tendencia a cumplirse fatalmente en 2018.

Sin demeritar los ejercicios de inteligencia e imaginación que requiere la tarea de hacer pronósticos, los opinadores a ello dedicados olvidan la sabia frase del desa-parecido Alejandro Rossi: “La política es el teatro más rápido del mundo”. En otras palabras: las reacciones del electorado son impredecibles, pues sus decisiones dependen de multitud de factores que cambian continuamente.

Las campañas preelectorales en Estados Unidos son ejemplo cercano que apuntalan el aserto de Rossi. Cuando anunció sus aspiraciones y principió a despotricar a diestra y siniestra, el bizarro Donald Trump provocó una carcajada de resonancia mundial. Sin embargo, a medida que las campañas avanzaron, las carcajadas se interrumpieron, los rostros se tornaron circunspectos y poco después aparecieron gestos de temor causados por la posibilidad de un triunfo del millonario.

En el mismo tenor de Rossi, don Braulio Fernández Aguirre, quien fuera gobernador de Coahuila, puesto que ocupó después de sufrir serios tropiezos en el resbaladizo mundo de la política, era hombre cauteloso. Solía decir “Hasta los gallos, de amarrados se desamarran”, cuando alguien hablaba de la seguridad de que fulano o zutano llegara a ocupar determinado puesto de elección popular.

El proceso de este día se estará desarrollando en 12 estados de condiciones sociales, políticas y económicas totalmente distintas. ¿Qué similitudes hay entre la norteña e industriosa Chihuahua y la sureña Oaxaca, donde habitan numerosos grupos étnicos? Tampoco el contento o el descontento de los votantes con el Gobierno actual es el mismo, sin olvidar el peso del entusiasmo, aburrimiento o rechazo que cada uno de los candidatos despertara.

“Si el candidato de x partido triunfa en Veracruz, los bonos de x presunto aspirante a la Presidencia de la República subirán como la espuma de una cerveza caliente”, afirman algunos. ¿Será verdad? ¿Acaso los veracruzanos que hoy simpatizan con cierto candidato estarán al mismo tiempo sellando un pacto de sangre indisoluble con el partido que este representa y votarán igual en 2018?

Puede ser, pero es de dudarse. Sus motivaciones al tachar este u otro logotipo de la boleta no conllevan un compromiso de lealtad a futuro. Es simplemente un acto producto de una reacción o de una reflexión en un lugar y en un tiempo determinados. Quizá dentro de dos años piense y vote diferente cuando en la boleta aparezcan otros nombres y sean otras las circunstancias.

En estos momentos importa más preguntarnos qué sucederá tras la elección en aquellos estados donde la lucha electoral se vio salpicada de violencia y abundaron los improperios lanzados entre los aspirantes. ¿Cómo podrá, quien resulte ganador, unir y articular a una sociedad en un plan de gobierno después de la lucha feroz desatada en las campañas? ¿Será tarea sencilla limar asperezas luego de acusarse de mantener ligas con el narcotráfico?
29 Mayo 2016 04:06:19
Leer es viajar
Hace muchos años, siendo niño, viajé docenas de veces por el Mar del Sur de China. Eran travesías llenas de peligros en aguas infestadas de veleros piratas cuya tripulación parecía ser catálogo de la basura humana vomitada desde los cinco continentes: negros enormes, indios con extraños tatuajes en brazos y rostro, exballeneros tuertos, estranguladores desalmados, individuos de procedencia desconocida cuyas cimitarras eran capaces de partir en dos el cuerpo de un hombre, como quien parte un melón con machete.

Gracias a estos viajes, Borneo, Tailandia y la Malasia acabaron por convertirse en nombres familiares, aunque jamás me revelaron sus misterios. Tuve entonces la fortuna de ser grumete en un barco capitaneado por el más valiente de los marinos. Mi capitán no temía ni a los más furiosos tifones ni a los más crueles corsarios. Su nombre acabó por convertirse en leyenda. Le llamaban Sandokan.

Todos esos fabulosos viajes los hice sin moverme de la silla de mi habitación, gracias a un señor italiano, Emilio Salgari que, después supe, tenía facha de dueño de frutería y usaba sombrero de paja. Él me permitió hacer aquellos viajes a través de las páginas de El Corsario Negro, Los Piratas de la Malasia, Los Tigres de Momparcem y una docena de libros más. Este autor acuñó una frase que hago mía con ligero cambio: “Escribir es viajar sin la molestia del equipaje”, dijo. El único cambio sería el verbo: “Leer es viajar sin la molestia del equipaje”.

Debo confesarlo, al paso de los años abandoné el Mar del Sur de China, a Sandokan y a los piratas de la Malasia, para empezar a compartir la soledad de Robinson Crusoe. Poco después, florete en mano y en calidad de quinto e imaginario mosquetero, combatí a los esbirros del malvado cardenal junto con cuatro espadachines alegres e invencibles: Athos, Portos, Aramis y D’Artagnan. Luego –¿cómo no?– me enamoré de Esmeralda, igual que el Jorobado de Nuestra Señora de París.

La travesía continuó con las desventuras del pobre de Oliver Twist y las aventuras de Tom Sawyer. Pude evadirme del tenebroso castillo de If nadando en aguas turbulentas al lado de Edmundo Dantés. Sin solución de continuidad desfilaron ante mí Don Quijote, los atormentados hermanos Karamasov, Rodion Raskolnikov, Julián Sorel, Javier de Montenegro, marqués de Bradomín, Cyrano de Bergerac, el príncipe Bulkonsky de La Guerra y la Paz, y decenas de personajes más. Por cierto, Cyrano era el predilecto de mi padre, quien sabía de memoria largos parlamentos de la obra: “Pero, venirme a insultar/ porque guantes no tenía,/ uno quedábame un día/ recuerdo de un viejo par./ Muy pronto de él me libré,/ menguada molestia diome/ vino un necio, importunome/ y en su rostro lo dejé”.

También sufrí con Goriot las canalladas de sus hijas, odié la avaricia del padre de Eugenia Grandet y me sumergí en el mundo maravilloso de La Comedia Humana. Cierto día, para honrar viejas lecturas, hice una peregrinación hasta la estatua de Hemingway en El Floridita de La Habana, donde bebí a su salud un par de frozen daiquirís. Shakespeare extendió para mí los terribles claroscuros del alma humana y Antonio Machado, Azorín, Alberti y García Lorca me sembraron la añoranza de una España ya ida.

Decía Borges que no estaba orgulloso de los libros que había escrito, sino de los que había leído. Hoy, cuando está en pleno esplendor la Feria del Libro de Arteaga, me asaltaron los recuerdos de las muchas horas que he disfrutado frente a un libro, y doy gracias a dos mujeres maravillosas: la señorita Petrita, que me enseñó a leer, y mi madre, quien abrió por primera vez un volumen de cuentos de los hermanos Grimm ante mis asombrados ojos.
22 Mayo 2016 04:06:54
Desaliento en México
En el más reciente número de Letras Libres (Mayo de 2016) Enrique Krauze plantea una pregunta fundamental: ¿A qué se debe la aguda inconformidad con el funcionamiento de la democracia? El ensayo titulado Desaliento en México, lo ilustra en la portada de la revista una desconsoladora imagen: La Columna de la Independencia coronada, pero no por el ángel victorioso que luce, sino con otro ángel, funerario, cabizbajo y la corona de laurel a punto de caer de su lánguida mano derecha.

El ensayo ha sido ampliamente comentado. Se trata de una disección a fondo del humor que priva actualmente en amplias capas de la población. En él, Krauze apunta a tres de las causas principales del desaliento: corrupción, violencia e impunidad. Pero no reside ahí la novedad de la visión krauziana, quien enfoca con precisión a un sector de la población en donde la desmoralización hace estragos: los jóvenes. Aquellos pertenecientes a la llamada Generación X,
nacida entre 1965 y 1980, y los Millennials, nacidos entre 1981 y 1995.

Los miembros de estas dos generaciones, apunta el autor, componen el 70% de la población y, “como es natural, se inclinan por poner poca atención a las tendencias económicas positivas porque siendo adultos no experimentaron los puntos bajos de la historia reciente de México”: inflaciones galopantes, desabasto, quiebra nacional de 1982 y desastres económicos de los 90 que expulsaron a Estados Unidos a millones de compatriotas.

Esta falta de memoria y el consecuente desconocimiento de los antecedentes lleva a los jóvenes a plantearse los problemas con la visión propia de su edad: “aquí y ahora”. Los X y los Millennials no vivieron la época del partido único ni la del poder omnímodo de un presidencialismo al que Mario Vargas Llosa le colgó el cartelito de “dictadura perfecta”. Tampoco saben o se han enterado del férreo control ejercido por décadas de los informativos: periódicos, radio,
televisión. No recuerdan a Jacobo Zabludovsky el 2 de octubre de 1968 iniciando su noticiero nocturno de televisión –el más importante entonces– informando que el día había amanecido soleado, mientras en Tlatelolco seguía corriendo la sangre de decenas, quizá centenas, de jóvenes asesinados. Hoy, es indudable, la libertad campea en buen número de medios de comunicación, donde abiertamente se hacen críticas hasta feroces a los funcionarios públicos, del
presidente hacia abajo. Para no hablar del acceso a las redes sociales, donde el vituperio y la mofa, muchas veces no solamente se instalan en el franco libertinaje sino incluso en la calumnia.

Claro que México está muy lejos de ser Disneylandia. También lo es que la corrupción, la violencia y la impunidad están corroyendo el tejido social y convirtiéndose en una pesadilla de la que, parafraseando a Octavio Paz, no podemos despertar. Sin embargo, como aconseja Krauze, no por conformismo, sino simplemente por realismo, es aconsejable ver si hemos avanzado y hoy se abren oportunidades de desarrollo personal antes exclusivas para unos cuantos
privilegiados. Un ejemplo: en la universidad pública donde intento enseñar algo, una decena de estudiantes de licenciatura ha tenido la oportunidad de cursar un semestre en el extranjero: Chile, Alemania, Corea, Argentina, Estados Unidos y otros. Antes, ni soñarlo.

De alguna manera, sin aferrarse a optimismos ilógicos, incapaces de ser confrontados con la realidad, es indudable que en buen número de aspectos las cosas han cambiado para bien.
15 Mayo 2016 04:06:49
¿Así es la democracia?
Las jornadas preelectorales en Tamaulipas y Veracruz son dos desalentadores ejemplos del grado de descomposición socio-política imperante en ambas entidades. Allí, los partidos políticos se han enfrascado en una “guerra sucia” sin precedentes. La intención de uno y otro bando no es, como pudiera pensarse, dar a conocer las virtudes públicas de sus respectivos candidatos o las bondades del programa de gobierno que proponen. No. La única intención es descalificar al contrincante. Y para ello cualquier arma es válida, incluyendo aquellas que rozan peligrosamente los terrenos de la ilegalidad, como es la de trucar fotografías o lanzar acusaciones sin avalarlas con las pruebas correspondientes.

El hecho de que el propio presidente del PRI, Manlio Fabio Beltrones anunciara en Tampico el retiro del apoyo de su partido a tres candidatos a presidentes municipales, debido a que están “amenazados o comprados” por bandas de narcotraficantes, manifiesta crudamente la gravedad de la situación. Beltrones dijo que pedirá a las autoridades electorales la cancelación del registro de los candidatos de su partido a las presidencias municipales de Hidalgo, Mainero y
Villagrán. Estos, a su vez, negaron tener vínculos o estar amenazados por delincuentes.

Los acontecimientos en Tamaulipas y Veracruz, dos de los cuatro estados más conflictivos del país –los otros serían Guerrero y Michoacán– revelan el grado de descomposición que impera en ambos.

No es difícil prever cuáles serán las secuelas de esta lucha incivil una vez realizadas las elecciones y que asuma el poder el nuevo Gobierno. Nada bueno habrá de esperarse entonces.

El problema de fondo es la ausencia de un verdadero espíritu democrático. En los países donde impera la democracia, los aspirantes a los puestos de elección popular de los distintos partidos se ven como contrincantes, no como enemigos. En los casos a los que se hace referencia, parecería que la idea no es vencer en las urnas al contrincante, sino exterminarlo –moral y socialmente– desde antes del día de la votación.

Acusarse mutuamente de corrupción o de ser aliados del narcotráfico no es asunto menor. Constituyen imputaciones que, de tener sustento, debieran ventilarse en la barandilla de los juzgados y, de comprobarse, terminar con el acusado en prisión.

Hay, además, un daño colateral muy grave a la democracia que apenas estamos construyendo. Los ciudadanos de a pie que contemplan o siguen por los medios de comunicación tales pleitos, seguramente se preguntarán escépticos: “¿Esta lucha en el lodo es la democracia?”.

Reza el viejo dicho que cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pongas las tuyas a remojar. Y, si hablamos de Coahuila, Tamaulipas es una vecina muy cercana separada solamente por una minúscula línea que termina en el río Bravo. Naturalmente, las condiciones de nuestro estado son muy distintas a las de la entidad vecina al oriente, pero quizá no estuviera de más que frente a las elecciones del próximo año, los partidos políticos firmaran un pacto de
civilidad para evitar los lamentables desatinos que ahora contemplamos.

No estaría de más.

Con tilde, por favor

Preocupado por la ortografía y sus raíces mexicanas, el jugador de los Dodgers de Los Ángeles, Adrián, “El Titán”, González, logró que las Ligas Mayores pusieran tilde a su apellido en el uniforme que utiliza. ¿Jonrón contra Trump?
08 Mayo 2016 04:06:49
El mal está hecho
Sea cual sea el resultado de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, el daño causado por el candidato republicano Donald Trump ya está hecho. No importa que sea derrotado en las urnas por Hillary Clinton, la virtual aspirante demócrata. Trump removió y volvió políticamente correctos sentimientos que en grandes capas de la población permanecían larvados: el racismo, la xenofobia, el aislacionismo, la idea de la supremacía de su país y su calidad de árbitro del mundo.

Tales sentimientos permanecían latentes, ocultos. De ellos se avergüenzan numerosos ciudadanos inteligentes, pero Trump y la agresividad de sus discursos los invistió de legitimidad. En otras palabras, el republicano ha dicho que no hay por qué avergonzarse de odiar a personas de distinta raíz étnica, que es patriótico expulsar a los migrantes indocumentados y que lo mejor para Estados Unidos es levantar muros para
aislarse de un mundo exterior, que lo único que hace es contaminar el “american way of life”.

Recordemos una obra que en los años 60 del siglo pasado se convirtió en éxito de librería: El Americano Feo, de William J. Lederer y Eugene Burdick. El libro, escrito en la atmósfera de los abusos cometidos por Estados Unidos en Oriente, fue llevado al cine con Marlon Brando como actor principal.

Pues bien, la idea central de ese fenómeno llamado Donald es resucitar al americano feo. Y el peligro reside no en que el hombre del peinado imposible lo predique: el peligro está realmente en que millones de norteamericanos compartan sus ideas y estén dispuestos a llevarlo a la Casa Blanca para hacer efectivos sus proyectos.

Incluso en el mejor de los escenarios, si Hillary Clinton resulta triunfadora en las elecciones, seguramente habrá que esperar varias décadas para que los seguidores de Trump y quienes comparten sus ideas apacigüen las llamas de odio que él ha esparcido.

Por otra parte, dado el éxito de su discurso, no es de extrañarse que muy pronto empecemos a escuchar réplicas del mismo. En un supuesto, un candidato a gobernador o hasta el aspirante a sheriff de Falfurrias, Texas, echará mano del odio a los mexicanos, prometiendo perseguir a los indocumentados hasta debajo de las piedras y darles el trato que “merecen como seres humanos de tercera clase”.

Es de temerse que suceda lo que suceda, en muchas regiones de la Unión Americana a nuestros compatriotas esperan tiempos difíciles. Aunque las odiosas tesis trumpianas no acaben convertidas en leyes, persistirán los prejuicios y sus nefastas consecuencias para millones de hombres y mujeres avecindados en el país del norte. Trump sembró vientos que desatarán tempestades.
¿Qué distancia hay entre el muro prometido por el republicano –y que pagará México, según planea– y la política del gran garrote (“the big stick”) de Teodoro Roosevelt de principios del siglo pasado? Muro y garrote son dos símbolos del arbitraje y el dominio norteamericano sobre el “traspatio” o “basurero” que tienen al sur de su frontera. El asunto podría tener también consecuencias políticas internas. Basta citar la frase
de un presidente de Estados Unidos, quien decía: “En efecto, Anastasio Somoza (el dictador nicaragüense) es un hijo de puta; pero es nuestro hijo de puta”.

Donald Trump no es el peligro que podría venir, es el mal que ya está aquí, acechando a millones de compatriotas y acechándonos desde la otra ribera del Bravo.
01 Mayo 2016 04:05:21
Las dos raíces
Paradójicamente, mientras numerosas instituciones culturales, literatos e intelectuales mexicanos han convertido el mes de abril en homenaje al cuarto aniversario de la aparición de la segunda parte de El Quijote, millones de compatriotas continúan maldiciendo a los conquistadores españoles, quienes, entre otras muchas cosas, nos trajeron la lengua que nos capacita para leer la obra de Cervantes en su idioma original.

Ante esta suerte de esquizofrenia histórica –odiar y alabar– frente a lo venido de España, parece abrirse un resquicio de congruencia. La semana anterior, a través del Canal 22, así como las estaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México y del Instituto Politécnico Nacional, se difundió un video sobre las luces y las sombras de la biografía de Hernán Cortés.

Se trata de un trabajo en el que priva la ponderación, con testimonios de algunos de los más destacados historiadores mexicanos, así como un par de extranjeros. Las reflexiones de Miguel León-Portilla, Eduardo Matos Moctezuma y José N. Iturriaga de la Fuente abordan distintos ángulos del tema.

De espaldas a las alabanzas grandilocuentes de varios de sus contemporáneos, como Francisco López de Gómara, pero también lejos del Cortés deforme, jorobado y sifilítico que pintara Diego Rivera en los muros del Palacio Nacional, la videobiografía no calla las grandes crueldades del conquistador, pero las contextualiza. Tampoco olvida las facetas de grandeza del hijo de la Medellín hispana.

El programa –muy recomendable– también coloca en el escenario de su tiempo a doña Marina, la Malinche, que a fuerza de anatemizar la conquista acabamos por convertir su nombre en raíz de un adjetivo despectivo: malinchista. También se explica la errónea clasificación de “traidores” para los tlaxcaltecas que colaboraron con los españoles en la captura de la Gran Tenochtitlan.

La Malinche ni siquiera era mexica, y los tlaxcaltecas odiaban a los aztecas cuyas tropelías imperialistas agobiaban a los numerosos pueblos habitantes del altiplano mexicano. Por eso vieron en los “blancos y barbados” la oportunidad de librarse del yugo opresor de la Gran Tenochtitlan, y pasar factura cobrándose los reiterados abusos de los súbditos de Moctezuma, que iban desde el pago de tributos hasta la entrega de seres humanos destinados al sacrificio.

Es posible que el odio hacia los conquistadores –por lo demás, no ha existido en la historia conquistador humanitario– sea un subproducto del centralismo sufrido por siglos en este país. México, aseguraba Gutierre Tibón, significa “en el ombligo de la Luna”, y la capital, la antigua Tenochtitlan, ha sido desde antes de la Conquista el ombligo del país.

Debido al centralismo, hemos creído, o nos han hecho creer, que lo que es México nació precisamente en los terrenos del Templo Mayor, y que es allí donde brota la raíz de nuestra nacionalidad. Bajo ese supuesto, debemos sentirnos ofendidos por la masacre de Cholula y la matanza de Pedro de Alvarado perpetrada durante la fiesta de Hutzilopochtli.

El que canales de televisión sostenidos por el erario federal trasmitan un programa donde se intenta matizar la figura histórica de Hernán Cortés, siempre dibujada en blanco y negro, es una esperanzadora señal de cordura, pues, nos guste o no, México, el México de hoy, no el de Moctezuma ni el de Cuauhtémoc, nació en el momento en que el conquistador y la Malinche concibieron un hijo mestizo. Cuando aceptemos las dos raíces de lo que somos, quizá empezaremos a salir del paciano laberinto de la soledad.
24 Abril 2016 04:05:02
Esto de escribir
Esto de escribir y publicar lo escrito es un quehacer extraño, comparable a tomar una piedra y lanzarla hacia atrás sin volver el rostro para ver dónde cayó. En ocasiones, la ausencia de comentarios hace pensar que el pedrusco se hundió en una ciénega sin hacer ruido. De vez en cuando hay las que se estrellan con otras piedras y producen agradecibles chispas de reflexión o vivificantes controversias. Algunas pegan en la cabeza de alguien y lo descalabran.

Sin el menor asomo de vanidad, que creo no tenerla, o al menos espero no tenerla, sino con la intención de subrayar la enorme responsabilidad que implica dar a la imprenta lo que a uno se le ocurre, relataré la historia de tres piedras cuyo destino fue sorprendente.

1.- Hace tiempo recibí una llamada telefónica del gobernador Rubén Moreira Valdez. Había encontrado dos libros sobre el poeta Pedro Garfias impresos en España. Con el licenciado Moreira –gran lector– comparto la devoción por la poesía de Garfias, quien, trashumante irredento, vivió varios años en Torreón. El hallazgo de los dos libros desconocidos sobre él no era asunto menor, pues el autor de Primavera en Eaton Hastings está muy olvidado y escasean nuevas ediciones críticas de su obra.

A poco recibí los dos volúmenes. Uno de ellos recoge los poemas de Garfias con el tema de la Guerra Civil Española. Él fue uno de los cientos de republicanos que encontraron refugio en México luego del triunfo de Francisco Franco y el inicio de su prolongadísima y odiosa dictadura.

El otro es un estudio crítico de su poesía, y en él hay un texto firmado por este escribidor acerca de la grabación de una charla de Garfias con un grupo de amigos laguneros. El destino del mentado texto es extraño. Se publicó originalmente en un periódico de Saltillo. Un torreonense miembro del grupo de entusiastas que revivieron la prestigiosa y mítica revista cultural Cauce, llamándola Nuevo Cauce, tomó el artículo y lo incluyó, sin yo saberlo, en uno de los números de Nuevo Cauce. La revista llegó a manos del crítico español, que a su vez lo utilizó en el estudio del que se habla.

2.- Sin ser abrumador el número, de cuando en cuando alguien recurre a datos incluidos en algunos de mis libros. Pero hace poco encontré una cita por demás generosa debida a Felipe Ávila Espinosa y Pedro Salmerón Sanginés, autores de la Historia breve de la Revolución Mexicana (Siglo XXI–INEHRM, 2015): “Se han escrito numerosas biografías del jefe de la revolución, entre las que destacan dos recientes y complementarias entre sí: la de Javier Villarreal, quien explica en Venustiano Carranza, la Experiencia Regional, la clave justamente regional de la formación del personaje, de manera que entendemos sus ideas, sus impulsos y pulsiones, así como la raíz de su arraigo y liderazgo”. La otra es el excelente estudio de Luis Barrón, Carranza. El último reformista porfiriano”.

3.- La semana anterior, un correo electrónico del maestro Jesús Medina, cuya tesis sobre Vidaurri acaba de recibir merecido reconocimiento, me informa: “En una reunión familiar conocí a Vicente Quirarte, secretario de la Academia Mexicana de la Lengua, y al platicar de su novela La isla que Tenía Forma de Ballena, me comentó que había tomado para uno de sus personajes a un saltillense de los que estuvieron en Querétaro, de su libro Cartas de Querétaro. Me dijo que tenía interés en hacerle llegar la novela y que iba a empastar Cartas de Querétaro para su biblioteca”.
Moraleja: Hay que sopesar cuidadosamente las piedras antes de lanzarlas hacia atrás.
17 Abril 2016 04:07:22
Eliseo Mendoza Berrueto
Cumplir 85 años es cuestión de suerte. También es achacable al azar llegar con las facultades intelectuales intactas. Pero cumplir 85 años y mantenerse activo requiere necesariamente de una mezcla de suerte y de voluntad. Todavía más: festejarlos publicando un nuevo libro, es un asunto digno de aplauso y, ¿por qué no?, de envidia de la buena. Pues esto es lo que ha hecho Eliseo Mendoza Berrueto, quien al presentar su más reciente obra dio la bienvenida al segundo quinquenio de su octava década.

En paralelo a su larga y exitosa carrera política, Mendoza Berrueto ha tenido una intensa y fructífera actividad intelectual. Pocos coahuilenses pueden mostrar un palmarés como el suyo en el servicio público. El único puesto que le faltó escalar fue el de secretario del gabinete presidencial, pero ocupó tres subsecretarías:
la de Comercio, la de Educación Superior y la de Energía, Minas e Industria Paraestatal. Además, fue senador de la República, diputado federal y presidente de la Gran Comisión del Congreso de la Unión, gobernador de Coahuila de 1989 a 1993, y hasta hace algunos meses diputado estatal.

Resulta difícil explicarse de dónde ha sacado tiempo este hombre para destacar también en la cátedra y la investigación: profesor del Instituto Politécnico Nacional; de la Universidad de Guadalajara y de El Colegio de México. Al concluir su mandato frente al Ejecutivo coahuilense encontró la salida ideal, más airosa y
elegante para un exgobernador: emigró varios años a Baja California, donde se incorporó al claustro de profesores de El Colegio de la Frontera Norte.

A todo lo anterior habría que sumar la publicación de una decena de libros en los que examina con ponderación y agudeza asuntos fundamentales atañederos al desarrollo económico y a la política en México. Él fue uno de los pioneros en el abordaje del fenómeno del presidencialismo, estudio en el cual anunció
tácitamente el final de la versión moderna del Gran Tlatoani, eso que el maestro Daniel Cosío Villegas llamó las facultades metaconstitucionales del Poder Ejecutivo.

El viernes anterior, a la altura de la sabiduría y la serenidad de sus 85 años, arropado por el afecto de tres centenares de amigos, presentó su más reciente trabajo: Historias Dispares, ensayo multidisciplinario histórico-económico-político acerca de las muchas veces ásperas relaciones de México con su vecino del norte.

Después de ser recibido por un prolongado aplauso del público puesto de pie, Mendoza Berrueto y los presentadores del libro, Hilda Flores Escalera y Tereso Medina, destacaron los puntos esenciales del estudio. En este volumen, el autor busca las causas por las que dos naciones nacidas de una guerra de
independencia similar y con sistemas políticos semejantes basados en la federación y la división de poderes, en el transcurso de la historia tomaron caminos cada vez más distantes el uno del otro.

Político, maestro e investigador, Mendoza Berrueto llegó a su octagésimo quinto cumpleaños erguido física, mental y espiritualmente, con la mirada y la mente claras, sin que el prolongado navegar por las tormentosas aguas del mar de la política hayan logrado empañar el plumaje de sus valores.

Hace tiempo, conviviendo en la casa de Coyoacán del ya desaparecido don Carlos Abedrop Dávila, padrino de la generación de economistas de la UNAM a la que pertenece don Eliseo, alguien preguntó al anfitrión: “¿Cuántos años tiene, don Carlos”, a lo que el aludido respondió con un categórico: “Los hombres que
tenemos proyectos no tenemos edad”. De estar todavía entre nosotros, don Carlos Abedrop hubiera reconocido en su ahijado de graduación, Eliseo Mendoza Berrueto, a uno de esos hombres que a los 85 años no tienen edad… tienen proyectos.
10 Abril 2016 04:06:01
Tres décadas de paz
La muy probable reelección del rector de la Universidad Autónoma de Coahuila, Blas Flores Dávila, no sorprendió a nadie. Fue, parafraseando a García Márquez, la crónica de una reelección anunciada. Desde hace varios meses, a quienes señalaban los medios de comunicación como posibles sucesores del rector
Flores, hicieron mutis –al menos de las columnas de los periódicos–, plegando las banderas que diarios y programas de radio pusieron en sus manos, ya fuera con su consentimiento o sin él.

Por el momento, no hay opositores a la vista, y difícilmente surgirá alguno en los días que restan para la elección. Tampoco se anuncian nubarrones, mucho menos tormentas, en el pronóstico climatológico preelectoral de la UAdeC.

Desde hace 32 años, cuando nuestra máxima casa de estudios se vio sacudida por un conflicto a causa de la elección de rector, los procesos han transitado un camino de terciopelo.

En 1984, la pugna llevó a centenares de universitarios a las calles. Se organizó una marcha a la Ciudad de México –remedo de la Caravana del Hambre, sólo que con mochilas estudiantiles–, que tuvo un saldo trágico, pues costó la vida a uno de los participantes. Hubo paros de labores, ruinosas tomas de edificios
propiciatorias de saqueos y encendidos mítines en la Plaza de Armas.

El licenciado Valeriano Valdés, rector electo, se vio precisado a renunciar. Hubo un interregno, y el arquitecto Jesús Ochoa Ruesga –padre del actual secretario de Educación en el estado– asumió interinamente aquella nave que daba bandazos y parecía imposible de manejar.

El arquitecto Ochoa logró tranquilizar las aguas y se organizaron nuevos comicios, pero el resultado no dejó conforme a uno de los candidatos, hasta que, finalmente, en la reposición del proceso triunfó el candidato impulsado por el gobernador José de las Fuentes Rodríguez, el ingeniero Jaime Isaías Ortiz, un buen
hombre. Paradójicamente, al acercarse el final del periodo, de las oficinas de Gobierno del Estado se filtraban a la prensa documentos falsos contra el rector.

Ortiz recibió una herencia maldita, pues en su equipo más cercano se incrustaron algunos personajes impresentables, entre ellos el secretario general. La “grilla” era tan insufrible, que el exdirector de la Escuela de Arquitectura, hoy representante del Gobierno federal ante los actores del conflicto de Chiapas, Jaime
Martínez Veloz, quien también ocupaba un puesto, prefirió abandonar el barco y poner tierra de por medio. La limpieza definitiva de la Universidad se debió a un rector al que no se le ha hecho la justicia que merece, el maestro Remigio Valdés, quien se atrevió a meter la escoba a fondo.

El maestro Blas Flores ha hecho un trabajo pulcro al frente de la rectoría y se ganó el derecho a postularse nuevamente. Prudente, eficaz, de resultar electo tendrá oportunidad de terminar algunos de sus proyectos aún no concluidos por falta de tiempo. Se antoja que en un segundo periodo decidiera abandonar el
discreto perfil que ha elegido, y la voz del rector de la universidad más importante de Coahuila se haga oír con mayor frecuencia y en un tono más alto.

Sin hacer mucho ruido, la UAdeC marcha, y hasta ahora marcha bien. Quedaron atrás los escándalos de corrupción y enriquecimiento inexplicable del antecesor del maestro Flores, y la casa de estudios ha recuperado, en su conjunto, la dignidad que nunca debió haber perdido. Buena parte de este logro nada
despreciable se debe precisamente al ya exrector, que busca nuevamente contar con el respaldo de los universitarios en las muy próximas e
03 Abril 2016 05:05:16
Una vergüenza, nada más
Vergüenza. No hay otro sustantivo. Definitivamente no lo hay capaz de describir, así sea pálidamente, el sentimiento que provoca visitar en las goteras de la ciudad el lugar donde se libró la sangrienta batalla de La Angostura en febrero de 1847. Espectáculo denigrante: acumulación de basura, pilas de llantas desechadas, bolsas de plástico en el piso y prendidas en las ramas de los matorrales –enseñas de nuestra incuria–, botes que alguna vez contuvieron aceite quemado, según denuncia de enormes manchas negruzcas en la tierra. Maquinaria herrumbrosa, mugre, mugre y más mugre. Basura por todos lados. Lo que semeja ser una instalación para el aprovechamiento de la piedra de los cerros tiene una “oficina” construida con material de desecho. Una pocilga, monumento a la más ruin improvisación. El cerro inmediato muestra en un costado los profundos zarpazos de palas, pilas o maquinaria con que se ha extraído el material. 

Al poniente, la carretera a Zacatecas. Más allá, el profundo cauce del arroyo. Cerros y arroyo aprisionan la carretera, casi estrangulándola. Por ese mismo estrecho, que da nombre al lugar, pasaba desde tiempo inmemorial el camino de Saltillo a Zacatecas. Sobre la loma de más altura, los ingenieros de la Secretaría de Comunicaciones y de la
Comisión Federal de Electricidad levantaron enormes torres, justo al lado de las trincheras donde soldados norteamericanos se parapetaron el 22 y 23 de febrero del 47. Las mentadas torres van al sitio como un par de pistolas a un Santo Cristo, para utilizar la expresión tan cara a don Artemio de Valle-Arizpe.

Triste es decirlo, pero causa pena el estado de abandono del escenario de la batalla donde murieron centenares de mexicanos en un esfuerzo heroico por detener la Invasión Norteamericana. Es inaudito que no haya el más mínimo respeto por un campo regado por la sangre de hombres de uno y otro país que lucharon en ese territorio.
Resulta incongruente. Nuestra ciudad cuenta con un Museo de La Angostura, el cual pretende honrar a los mexicanos que inútilmente ofrendaron su vida por defender a este pedazo del mundo al que llamamos patria y, sin embargo, el escenario de la batalla, la más cruenta de las registradas durante la Invasión Norteamericana, es un nauseabundo y
caótico vertedero de desperdicios.

Solo un pequeño monumento, apenas un pilote de poco más de dos metros de alto, recuerda el hecho. Se construyó durante el gobierno estatal de don Venustiano Carranza, hace ya casi un siglo. Nada más.

Estamos en una propiedad privada, sin duda. Hasta hay una puerta fabricada con tubos que dos ensombrerados a bordo de una traqueteante camioneta negra nos piden cerrar cuando terminemos de tomar fotografías. Pero privado o no, es un crimen mantener en ese estado un sitio que posee enorme valor histórico-cultural, y al cual hacen
referencia centenares de libros publicados en nuestro país y en Estados Unidos. Al contemplar aquello es ineludible pensar en las bondades de las expropiaciones por utilidad pública.

Hoy que tanto se habla de los valores culturales intangibles, deberíase incluir en la lista a sitios históricos como el de La Angostura. ¡Qué mal habla de nosotros el permitir que permanezca sepultado bajo toneladas de inmundicias un importante capítulo de nuestro pasado!

Y todavía se ven letreros por ahí donde se presume que somos la Atenas de México. Retiren los letreritos o dignifiquen el lugar.
27 Marzo 2016 04:05:23
La paz del beisbol
Para quien escuchaba los juegos de beisbol de la vieja liga cubana en un zumbante Zenith de onda corta, cuando el Matanzas era el equipo dominante –hablo de la prehistoria–, resultó muy emocionante ver por televisión a un parque de La Habana como escenario del partido de los Rays de Florida contra la selección cubana. El reencuentro deportivo del pasado martes 22 me resultó más significativo incluso que el brillante discurso de Barack Obama en su visita a la isla.

Fue el beisbol de la paz. Qué diferente, por fortuna, de aquella infausta “Guerra del Futbol”, como la bautizara el más grande de los reporteros del siglo 20, el polaco Ryszard Kapuscinski. En aquel julio de 1969, Honduras y El Salvador se enfrentaron en el campo de batalla después de hacerlo en un estadio de futbol en México. El resultado deportivo favoreció a El Salvador, que ganó el derecho a participar por primera vez
en el Mundial de Futbol.

Los salvadoreños ganaron el juego de desempate en 90 minutos, pero ambos países perdieron alrededor de 4 mil hombres en una estúpida batalla que duró cuatro días. Los historiadores opinan que la derrota de Honduras fue solamente el detonador de viejas tensiones económicas y políticas entre ambos países.

Ahora, más que un encuentro en el estadio Latinoamericano de La Habana, hubo un reencuentro. Feliz reencuentro de las que son, fuera de duda, las mayores potencias mundiales del Rey de los Deportes en el mundo, aunque Japón ha despuntado en los últimos años.

Mirar a Barack Obama y a Raúl Castro sentados en primera fila del estadio fue realmente histórico. Cuba, semillero de grandes peloteros, muchos de ellos militando en el beisbol profesional de Estados Unidos, recibía a un equipo de las grandes ligas, al que peleó out por out durante nueve entradas. Los Rays, como se sabe, ganaron 4-1, pero, en realidad, quien resultó la máxima triunfadora fue esta América nuestra que
parece empezar a explorar el camino de la unidad.

En recuerdo de aquel seguir por radio los juegos de la liga cubana, una vez que tuve la oportunidad de visitar La Habana, de inmediato busqué la forma de asistir al partido en el que los Industriales de la capital vencieron a los Tigres del Ciego de Ávila. A pesar de las limitantes impuestas por las difíciles condiciones económicas, el entusiasmo del público jamás decayó.

Para los jugadores cubanos, el partido del martes fue diferente. Utilizaron bates de madera –normalmente los usan de aluminio, por durables–, y cada vez que la pelota sufría un rozón al pegar en tierra, se empleaba otra. Estos lujos son imposibles en juegos normales, donde la austeridad impone su ley.

Alfonso, mi señor tío, quien me introdujo en la afición al beisbol, hubiera estado feliz de haber podido ver por la televisión este juego. Fue mucho mejor que escuchar las narraciones a través del Zenith de onda corta, aparato que tenía la pésima costumbre de trasmitir extraños ruidos producto de la estática, precisamente cuando la cosa se ponía más emocionante.

Esperemos que la paz del beisbol, y no la guerra del futbol, siga imperando en este dolido territorio del alguna vez llamado “Nuevo Continente”.

¿Desacralización?

No obstante el avance del laicismo en las vidas pública y privada del país, resultó notable cómo la ciudad entró en letargo con motivo del Viernes Santo. ¿Será esto sólo imputable a las vacaciones? No lo sé, pero en lo personal me asaltaron los recuerdos de otros viernes santos y pensé en Renán, quien decía que perder la fe es como vaciar un frasco de perfume. Ya no queda líquido, pero persiste el aroma.
20 Marzo 2016 04:05:23
Generalizar es errar
La educación está hoy en el centro de las preocupaciones nacionales. Quizá, más que nunca, los mexicanos estamos convencidos de que la mejor apuesta es impulsar la preparación de las futuras generaciones, capacitándolas para enfrentar un mundo globalizado donde la competencia adquiere características de ferocidad.

“Un país sin educación no tiene futuro. Una nación sin educación tendrá un triste e incierto futuro”, sentenció el doctor Enrique Graue Wiechers al protestar como nuevo rector de la Universidad Nacional Autónoma de México.

De allí que la reforma educativa emprendida por el Gobierno de la República sea un tema sobre el cual se debate en todas las esferas con mayor o menor acierto y conocimientos. Una de las voces más autorizadas para hablar de educación es sin duda la de Gilberto Guevara Niebla, quien posee una amplia experiencia y ha demostrado ser un analista ponderado y profundo.

En el más reciente número de la revista Nexos (marzo de 2016), Guevara Niebla utiliza el fino bisturí de su análisis al hablar de El Servicio Profesional Docente.

Reconociendo la importancia de las evaluaciones, que ya eran necesarias, y de la adecuada medida del Gobierno de arrebatar al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) las decisiones sobre la educación, el autor hace pertinentes reflexiones acerca del evidente apresuramiento al instrumentar las pruebas a las que se somete a los profesores.

Una de ellas es, a juicio de Guevara Niebla, la de generalizar.

Debido a ello, se presentan situaciones aberrantes.

Y ofrece un ejemplo: “Hemos visto a maestros que están a punto de jubilarse (se encuentran en prejubilación o les falta un mes o un trimestre para hacerlo) y se ven compelidos por la ley a presentarse en la evaluación y no pueden dejar de hacerlo, pues de otra manera ‘perderían su empleo’”.

¿Puede pensarse en una mayor incongruencia, tontería o, mejor dicho, injusticia?

Guevara Niebla propone que las evaluaciones se hagan solamente a maestros con menos de 10 o 15 años de experiencia, pues resultará ridículo que a un docente que lleva 20 años manchándose las manos de gis, de pronto se le diga: “Usted perdone, pero no sirve para esto”.

¿De quién sería la responsabilidad de que un incompetente estuviera maleducando a 20 generaciones de niños, o sea, alrededor de mil?

Esa y otras incongruencias –algunas de fácil solución– señala Guevara Niebla en su artículo, siempre sin dejar de reconocer las bondades de los esfuerzos por mejorar la calidad de la educación, empresa impostergable para un país como México.

El fondo del problema no es nuevo, es el resultado de intentar aplicar conceptos generales sin tomar en cuenta las particularidades ni las situaciones especiales que merecen ser atendidas, como es la de los profesores a punto de jubilarse y que, sin embargo, son evaluados. ¿Para qué –se pregunta cualquiera–, cuando abandonarán para siempre la escuela en dos o tres meses?

Modernizar la educación es una tarea urgente, impostergable.

No es posible perder más tiempo, pero habrá que hacerlo con mayor cuidado, para no caer en absurdos como los apuntados por Guevara.

Por último, el Estado deberá también asumir la parte de la culpa que le corresponde, pues no puede evadir la responsabilidad de haber contratado hace 10, 15 o 20 años a personal mal preparado, dejándole a cargo de centenas de educandos.

Hay casos en los que es imposible, por no decir inmoral, intentar tranquilamente acogerse a la fórmula de “borrón y cuenta nueva”.
13 Marzo 2016 03:05:37
Precandidatitis
Abandonados los viejos rituales y procedimientos preelectorales, ahora vivimos nacional y estatalmente una incontenible epidemia de “precandidatitis”. En el pasado, la frase del eterno líder de la CTM, Fidel Velázquez, se volvió canónica: “El que se mueve no sale en la fotografía”. Y nadie se movía. Eran los tiempos del “tapado” y de los sobres lacrados del presidente nacional del PRI, indicando hacia dónde debían inclinarse las simpatías populares. Hoy, los aspirantes al Gobierno federal se reproducen a una velocidad relampagueante. Surgen en cualquier momento, salidos de los sitios más inesperados.

Ahora, según algunos columnistas y politólogos, de los mismísimos Pinos partió una consigna diametralmente opuesta a la advertencia de don Fidel. “Muévanse todos y con todo”. Y, atentos a la orden presidencial, todos empezaron a moverse con todo. La búsqueda de escenarios donde lucirse, o al menos esperar lucirse, se tornó frenética, y es casi seguro que en los próximos meses atestigüemos el nomadismo de los
secretarios del Gabinete federal a lo largo y ancho del territorio nacional.

Eso no es privativo del partido en el poder, las demás instituciones políticas, como dicen los elegantes, tampoco se quedan atrás. Y a estos aspirantes se suman quienes han decidido navegar en busca de la anhelada gubernatura o Presidencia de la República con la bandera blanca de los independientes. Si la fiebre continúa y se extiende –lo cual es muy probable y de temerse–, las columnas dedicadas a la política que
den cuenta de los aspirantes llegarán a tener el grueso y la extensión del directorio telefónico de una ciudad de mediano tamaño.

Ni duda cabe, éste es un país que se mueve como péndulo, de un extremo al otro, sin encontrar nunca ese término medio, esa “aurea mediócritas” alabada por Horacio. En México pasamos de la inmovilidad estatuaria aconsejada por Fidel Velázquez, a los destapes masivos y al frenético movimiento de todos con todo, sin hallar nunca el deseable y sano justo medio. Ese elusivo “ni tan tan, ni muy muy” del lenguaje
coloquial.

Aunque excesivo, éste es un efecto de la democracia, que ha encontrado un poderoso aliado –¿cómplice?– en las redes sociales. La facilidad para autopromocionarse prácticamente sin costo es un incentivo para quienes desean externar sus aspiraciones a conseguir un puesto público por la vía del voto. El bajo costo de tales campañas y el éxito obtenido por “El Bronco” en Nuevo León, son alicientes irresistibles para

quienes habían mantenido en silencio sus antes nunca confesados sueños de grandeza.
El fenómeno, en sí, no es dañino. Dejará en el camino muchos sueños rotos y ligeras depresiones, pero de índole personal, sin que afecten a la sociedad en su conjunto. Sin embargo, el uso y abuso de las redes sociales, vehículo publicitario predilecto de numerosos precandidatos, contamina las precampañas de la superficialidad de esa forma de comunicación. La ausencia de propuestas serias, congruentes y viables está
ausente de estas precampañas, en las que predomina la imagen sobre las ideas.

Tampoco, creo, es atendible la idea de Jorge Castañeda, quien cree en la posibilidad de convertir las próximas elecciones presidenciales en un plebiscito reprobatorio de la actuación de los partidos políticos. Cambiar por cambiar no es el camino aconsejable para un país tan asediado por carencias y problemas como es el nuestro. Los cambios en sí mismos no son necesariamente positivos. Un enfermo que se muere
también cambia... y lo que queremos es curarnos.
06 Marzo 2016 05:04:59
El lector ausente
Para quienes nos iniciamos en este oficio en ruidosas máquinas de escribir, con la imprescindible libreta llena de garabatos a un lado, los acelerados cambios tecnológicos han constituido una interesante, pero a la vez agotadora carrera de obstáculos. No fue fácil decir adiós a la negra Remington, cuya letra “b” tenía la mala costumbre de imprimirse más alto, haciendo del texto un remedo de montaña rusa. Tampoco resultó sencillo abandonar la libreta y empezar a utilizar aquellas enormes y estorbosas grabadoras de cinta. Decir adiós a los linotipos, para abrir espacio a las primeras computadoras capaces de “componer y ajustar” los textos, volvió nostálgico pensar en lo que los tipógrafos de entonces llamaban “sistema caliente”. Enfrentar por primera vez la pantalla en blanco, con el cursor palpitando cual corazón cibernético, nos retó a ser adaptables.

Ahora, Antonio Caño, director de El País, el periódico en español más influyente del mundo, acaba de profetizar la muerte de los diarios sustentados en papel. En una carta a sus colaboradores, Caño dijo que “el trasvase de lectores del papel al digital es constante. Se puede dar ya por hecho que el hábito de la compra del periódico en el quiosco ha quedado reducido a una minoría. La mayoría de las personas,
fundamentalmente los más jóvenes, buscan la información en otros soportes y la consumen de forma diferente”.

Lo anterior sería el preludio de un anuncio trascendente: la conversión de El País del papel a las pantallas, es decir, a ser un periódico “esencialmente” digital: “Empiezo a tener la impresión de que el paso del papel a lo digital es sólo uno y no el más grande de los muchos pasos que los periódicos tendremos que dar hasta alcanzar nuestro verdadero espacio futuro”.

Los cambios de hábitos y la popularización de amplia gama de receptores de información en línea, desde computadoras de escritorio hasta relojes, pasando por teléfonos móviles y tabletas, han arrinconado al periódico de papel. Ya ni siquiera tiene validez el viejo chiste según el cual el periódico tradicional jamás sería sustituido por la computadora: “A ver, intente envolver un kilo de pescado con una computadora”.

Como en todo, la conversión tiene ventajas y desventajas. Una de las primeras sería la posibilidad de llegar, ahora sí, a todo el mundo, con sólo oprimir una tecla o aplanando el lado correcto del “mouse”. Sin embargo, no todos son tan optimistas de los beneficios deparados por el paraíso cibernético. Alberto Manguel (El Viajero, la Torre y la Larva, Fondo de Cultura Económica, 2014) está convencido de que la
absorbente pantalla deteriorará finalmente algunas de nuestras capacidades intelectuales.

“Esta persistente instantaneidad nos convence de que sólo existimos aquí y ahora… Nos crea la ilusión de un presente constante, atrapado en el emblema de la pantalla resplandeciente que siempre está abierta ante nosotros y nos sugiere que, ya que hemos confiado nuestra memoria a una máquina, podemos ignorar el pasado en todas sus manifestaciones (bibliotecas, archivos, los recuerdos de los ancianos, nuestra
propia habilidad para recordar) y así descartar las consecuencias de nuestras acciones”.

¿Acabarán las nuevas tecnologías por crear un nuevo tipo de lector, ya sea de periódicos, revistas y libros? Pareciera que la respuesta es sí, pues este continuo viajar –¿vagar?– por la red nos conducirá fatalmente a la sentencia de Cees Nooteboom: “Quien viaja constantemente nunca para en el mismo sitio… y, por lo tanto, siempre estará ausente”.

" Comentar Imprimir
columnistas

top-add