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Algarabía
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10 Mayo 2015 03:30:00
Inventos los de la Gran Guerra
Por Carlos Bautista Rojas

No todo fue muerte y destrucción durante la Primera Guerra Mundial. He aquí una lista muy breve de algunas invenciones que se desarrollaron o tuvieron su auge durante este periodo histórico y que aún se emplean en la actualidad.

Cambio de horario
La idea de “ahorrar energía” cambiando el horario en primavera y otoño se remonta a Benjamin Franklin, quien hizo esta propuesta en 1784 mientras se encontraba como diplomático en París.
Una de las consecuencias de la guerra fue la escasez de carbón. Por ello, el Gobierno alemán fue el primero en decretar el adelanto de una hora en los relojes el 30 de abril de 1916; con ello, se aseguraban una hora más de luz natural para sus actividades. Tres semanas después, el 21 de mayo, el Reino Unido implementó la misma medida. En 1918 el Congreso de los EE. UU. legisló sobre sus husos horarios y los diversos cambios de hora según la época del año.

Bolsas de té
En 1908, un comerciante estadounidense tuvo la idea de enviar “muestras” de té en bolsas de algodón a sus clientes frecuentes, para que probaran los nuevos embarques. Éstos, tal vez por practicidad, empezaron a introducir las bolsas directamente en el agua caliente en lugar de prepararlo en las acostumbradas esferas de metal. Cuando estalló la guerra, la empresa francesa Teekanne empezó a empacar té en bolsas para que los soldados pudieran tomarlo con facilidad en sus campamentos.

Reloj de pulsera
En realidad, esta forma de portar un reloj se inventó a finales del siglo 19 –década de 1880– para los soldados ingleses que participaron en los combates colonialistas en Sudáfrica. Luego, a principios del siglo 20 los pilotos empezaron a adaptar los relojes de bolsillo –que tenían una cadena– con correas para amarrarlos por encima de sus trajes. Cuando estalló la Gran Guerra, el reloj era un instrumento indispensable para coordinar las actividades militares y por ello se masificó su producción para portarse en las muñecas. Para 1917, el Departamento de Guerra Británico decretó que sus soldados debían usarlos.

Cierre –cremallera–
Aunque la idea original se remonta a 1851, el primer diseño funcional lo patentó el inventor estadounidense Whitcomb L. Judson –para la Feria Mundial de Chicago– en 1893, y su uso se limitaba al calzado. Gideon Sundback, un sueco que se casó con la hija de Judson, mejoró el diseño en 1913 –con el nombre de hookless fastener–. Para 1917 Sundback lo patentó con el nombre de separable fastener y de inmediato se empleó en objetos militares: botas y bolsas. En 1923 la Goodrich Company desarrolló el popular nombre de zipper, apócope de zip fastener.

Toallas sanitarias
Aunque en 1896 la empresa Johnson & Johnson creó las primeras toallas sanitarias comerciales –entonces sólo eran empleadas por enfermeras–, resultaron un fracaso debido a que estaba prohibido que se promocionaran de forma pública. En 1914 la Kimberley Clark desarrolló el cellucotton, un material cinco veces más absorbente que el algodón y que, producido en cantidades industriales, ahorraba la mitad de los costos. Cuando los EE. UU. entraron a la guerra en 1917, lo usaron para fabricar los uniformes de médicos y soldados. Fueron las enfermeras de la Cruz Roja quienes emplearon la absorbencia de este material para controlar su menstruación. Cuando terminó la guerra se dejó de producir el cellucotton, pero el uso que le dieron las enfermeras trascendió hasta que en 1920 se volvió a producir este material para comercializar las toallas femeninas. La palabra Kotex es un apócope de las palabras con que se promovieron en origen: cotton texture.

03 Mayo 2015 03:30:00
De mujeres, parteras y centeno…
Por Julia Bazán

Los orígenes de la ginecología y de la obstetricia se pueden rastrear hasta los griegos y los romanos, cuyos tratados hablaban de la mujer y de su anatomía, aunque con una visión totalmente masculina y característica de sus tiempos. Tales son los casos de Galeno, Sorano de Efeso e Hipócrates.
Sin embargo, poco nos acordamos de aquello que ha rodeado a los padecimientos femeninos a través de siglos de tradición empírica, como la labor de las parteras, las prácticas para evitar la concepción, las creencias alrededor de la maternidad –la mayor parte de las veces erróneas–, y las fiebres puerperales1 o las infecciones, como la sífilis y la gonorrea. Todo ello engloba la visión en la que profundiza Norma Blázquez: “[Las mujeres, consideradas brujas] eran parteras, alquimistas, perfumistas, nodrizas o cocineras que tenían conocimiento en campos como la anatomía, la botánica, la sexualidad, el amor o la reproducción”. Y de esto hay mucho que decir, pero con unos datos basta:
- En el siglo 4 a.C., Platón afirmaba que el “llamado vientre o matriz” era una animal deseoso de procrear hijos y que, cuando no lo hacía, se enojaba y vagaba por todo el cuerpo.
- Aristóteles afirmaba, en su “Tratado de la Reproducción”, que la mujer era anatómicamente “como un varón deforme”, y creía que la menstruación era “semen en estado impuro” que carecía de un constituyente: el principio del alma.
- En el siglo 2, Galeno sostenía que la mujer era un “hombre al revés” y que los ovarios eran testículos imperfectos.
- En el siglo 16, la sífilis, que se había propagado desde Italia hasta el norte de Europa, era considerada por algunas autoridades eclesiásticas –y por los hombres– como una enfermedad que sólo portaban las mujeres.
- En ese mismo siglo, no menstruar significaba tener un útero enfermo, y se creía que esto se debía a que estaba ahogado en algo así como “excremento femenino”.
- En el siglo 18 –y todavía en el 19–, el principal peligro del parto entre las mujeres campesinas en los pueblos franceses e ingleses eran las laceraciones en la vagina, que se producían debido a que ésta era incapaz de dilatarse gradualmente para acomodar la cabeza del niño, lo que podía provocar desgarramientos y, como consecuencia, infecciones.
- Para salvar a una mujer en los partos complicados, y antes de que sufriera daños mayores, el niño era sacrificado. Si no había un barbero cirujano en el pueblo, la partera empleaba ganchos y martillos para aplastar el cráneo del bebé. Si la madre moría antes de ese procedimiento, la costumbre dictaba que se le abriera el abdomen y se le retirara al niño, y ésa fue la “incisión cesárea original”.
- Un parto prolongado –que durara más de 24 horas– podía causar la muerte, ya fuera por deshidratación, cansancio, fallos cardiacos o desgarramientos y hemorragias internas.
- Los estudios demográficos señalan una disminución de la natalidad a finales del siglo 19, entre otras cosas porque en 1880 el condón ya podía comprarse, aunque sólo por las clases altas. En 1890, las revistas femeninas anunciaban dispositivos para evitar la concepción y otros métodos para interrumpir el embarazo.
- En esa época, se redujo el tamaño de la familia sin que se hubieran distribuido nuevos métodos anticonceptivos a gran escala. Las parejas recurrían a la abstinencia, al coitus interruptus y, si era necesario, al aborto.
- Ya entrado el siglo 20, las mujeres todavía intentaban controlar su fecundidad con remedios tradicionales, como prolongar la lactancia durante mucho tiempo.

1 Infección desencadenada en el posparto o en los abortos, tanto espontáneos como provocados, debido al desconocimiento de la asepsia.
26 Abril 2015 03:30:26
Accesorios ‘de pelos’
Por Carolina Arriaga Dorantes

La historia de la peluca es larga, pues, desde la antigüedad, se consideró como símbolo de estatus y fue un factor estético esencial en el arreglo de hombres y mujeres. Si revisamos lo que ha significado para diferentes culturas en el pasado, hallaremos que ha sido una herramienta importante en el intento de alcanzar la tan anhelada belleza o en el afán de diversificar la apariencia.

Encontramos los primeros vestigios de su uso en la cultura egipcia, formadora de grandes artesanos de pelucas. La iconografía de su arte evidencia que estos postizos eran parte esencial de la indumentaria: recordemos esas cabelleras oscuras de corte cuadrado con un fleco que enmarcaba los rasgos de la cara. Gracias a investigaciones arqueológicas, se ha descubierto que las elaboraban con cabello natural y fibra vegetal.

Por su parte, en la historia griega y romana también hay antecedentes de estos añadidos de pelo. El culto hacia la perfección y la admiración que los griegos profesaban por el cuerpo los llevó a cuidar con devoción las cabelleras; incluso, algunos datos muestran que con ellos surgen las primeras academias de peluquería y que proliferaron los peinados con muchos detalles: melenas largas, onduladas, recogidas y trenzadas.

En realidad, las pelucas fueron introducidas al resto de las culturas por los romanos y se asegura que los cabellos utilizados en su fabricación eran de aquellos a quienes el portentoso imperio sometía.

Por su parte, a Calígula le gustaba usar un postizo amarillo cuando visitaba los prostíbulos; por ello, las pelucas rubias se volvieron el distintivo de las meretrices romanas. Se dice que esto fue lo que llevó a la Iglesia católica a prohibir su uso, al grado de negar la bendición a quienes las portaban. De hecho, el Concilio de Constantinopla decidió excomulgar a quienes se oponían a quitárselas.

A pesar de todo, la peluca se popularizó con el paso del tiempo y renovó sus estilos. Su verdadero auge ocurrió durante el siglo 18, en la corte de Versalles, donde la realeza ostentaba ensortijadas y largas melenas que les llegaban a la cintura. Así, la peluca pasó de ser un simple accesorio a un símbolo de poder aristocrático, pues, ¡ay de aquel caballero que se preciara de serlo y saliera de casa sin ella!

Y, siguiendo con las modas europeas, en el Londres del siglo 18, las pelucas formaban parte fundamental de la indumentaria de los abogados, jueces y magistrados, pues eran símbolo de sabiduría. Y aunque los ingleses dedicados a las leyes llevan hasta la fecha estas largas y claras cabelleras como emblema de autoridad, lo hacen sólo dentro de los recintos dedicados a ello, pues anteriormente se portaban aun en las calles y llegaron a ser tan valiosas que los ladrones de postizos proliferaron por toda la ciudad. Los delincuentes arrancaban la extensión de pelo de la cabeza del noble en plena vía pública y echaban a correr, dejándolo, además de asustado, en ridículo, con la calva al aire.

Al parecer, a las pelucas se les daba mantenimiento con una mezcla de cera, miel y otros productos viscosos que ayudaban a conservar cada pelo en su sitio —lo que ocasionó que ratas y arañas anidaran en ellas e hicieran pasar muy malos ratos a sus encumbrados usuarios.

Más hacia nuestros días, en las décadas de los 60 y 70 del siglo pasado, las pelucas poblaron el mundo y se mostraron orondas y coloridas en las cabezas de las mujeres de prácticamente todo el mundo occidental. Jóvenes y maduras, las chicas llevaban, orgullosas de su liberación, outfits integrados por minifaldas escandalosamente cortas y estrafalarias, y enormes postizos de pelo platinados, rojos o color caoba. Recordemos que en esa época, en México, se pusieron de moda las pelucas “Mi Alegría”.
19 Abril 2015 03:30:35
Villamelones
Por Arturo Ortega Morán

En los toros, en el futbol, en el teatro y en todo tipo de espectáculos, nunca faltan los “expertos” que se nutren de la esperanza de que los demás los tengan por eruditos: con soltura expresan sus opiniones, pero pronto dan a ver lo hueco de sus razonamientos. Estos personajes, fáciles de detectar, desde mediados del siglo 19 son llamados “villamelones”.

La historia de esta curiosa palabra empieza en España, donde a fines del siglo 18 o quizá a principios del 19 dieron por llamar melones a quienes consideraban tontos, acepción que aún conserva el diccionario. Luego, el ingenio popular creó el hipotético pueblo de Villamelón, de donde provendrían estos personajes con mote de fruta que, siendo rústicos e ignorantes, intentaban incorporarse a la “culta” sociedad española de aquel tiempo. Cuando alguien, queriendo hacerse notar, externaba opiniones evidenciando su ignorancia, solía decirse: “Éste viene de Villamelón”.

Huella de lo dicho se encuentra en la edición del 13 de mayo de 1883 de la revista “Madrid Cómico”, donde a manera de epigrama, e ilustrado con un dibujo en donde se ve desfilar a un grupo de personajes rústicos, se lee lo siguiente:
“Semos” de Villamelón
No sabemos “escrebir”
Venimos a la “junción”
¡Nos vamos a divertir!


En la misma época existió en Madrid una revista taurina llamada “La Lidia”, en la que escribía un personaje que se firmaba como Don Jerónimo –que en realidad era Antonio Peña y Goni, director de esa publicación–. Él fue quien promovió el término “villamelón” para criticar a los aficionados que, a su juicio, no sabían apreciar el arte del toreo. En la edición del 18 de octubre de 1886, escribió un artículo jocoso al que tituló “Los aficionados de Villamelón”. Lo empezó así: “Hay en España un pueblo verdaderamente notable, cuyos habitantes forman, a manera de los bohemios, tribus nómadas que se desparraman por toda la Tierra…”. Luego, justificando la abundancia de tales especímenes, en otra parte dice: “Lo más asombroso de Villamelón es la extraordinaria fecundidad de sus mujeres…”, y también aclara: “El rasgo característico de los de Villamelón, es querer hablar de todo y entender todo, sin haber estudiado nada”.

En la edición del 10 de abril de 1887, Don Jerónimo contó que el periódico mexicano “La Sombra de Pepe Hillo”, en la edición del 30 de enero de 1887, reprodujo su artículo “Los Aficionados de Villamelón”. Esto puede explicar cómo es que se difundió la palabra en nuestro país, porque incluso en 1894 apareció un articulista taurino que escribía en el diario mexicano “El Puntillero”, que firmaba con el seudónimo de Villamelón, y su nombre era Antonio Hoffman.

Del toreo, la palabra pasó al teatro, al cine, al futbol y a todo tipo de eventos en los que nunca falta el que, por hacerse notar, habla sin poner sustancia en sus opiniones. Como lo hacían en España los imaginarios habitantes del hipotético pueblo de Villamelón.
12 Abril 2015 03:30:00
Por la boca muere el pez
Por Arturo Ortega Morán

Sin duda, el lenguaje es uno de nuestros mejores activos. No obstante, a veces nos falla el freno de la lengua y disparamos palabras que enseguida se nos regresan en forma de problemas. De este riesgo la sabiduría popular nos advierte con refranes como: “en boca cerrada no entran moscas”, “palabra que se suelta no puede recogerse”, “quien mucho habla, mucho yerra” y “por la boca muere el pez”.

Como este tema ya está muy platicado, voy a girarlo un poco para ver un ángulo que nos muestra que hay otras formas de “morir por la boca”. De nuestros padres adoptamos la llamada “lengua materna”. Además de palabras, también aprendemos a emitir ciertos sonidos –fonemas–, aunque hay otros que no aprendemos. Por eso cuando hablamos una lengua extranjera, por mucho que la estudiemos, nunca la pronunciaremos como los hablantes nativos. Lo increíble es que esa incapacidad para pronunciar fonemas que no nos son naturales, les ha costado la vida a miles de seres humanos.

Para empezar, abramos la Biblia en el capítulo 12 del Libro de los Jueces. Ahí se narra cómo perdieron la vida 42 mil hombres de la tribu de Efraín en manos de los galaaditas, y todo por no poder pronunciar la palabra hebrea Shibbólet, ‘arroyo’. Textualmente dice:
“Y los galaaditas tomaron los vados del Jordán a los de Efraín. Y aconteció que cuando los fugitivos de Efraín decían: ‘Dejadme pasar’, los hombres de Galaad preguntaban: ‘¿Eres tú efrateo?’, y si respondía ‘No’, le decían: ‘Ahora, pues, di Shibbólet’. Y él decía ‘Sibbólet’ porque no podía pronunciarlo correctamente. Entonces le echaban mano y lo degollaban junto a los vados del Jordán. Y murieron entonces de los de Efraín 42 mil”.

No es ésta una anécdota aislada. La historia de Sibbólet se vivió en Tokio durante el terremoto de 1923, al que siguió un gigantesco incendio que destruyó casi la tercera parte de la capital. En una irracional reacción, los japoneses culparon a los coreanos de esta tragedia y, para vengarse, mataron a muchos de ellos. Para evitar que alguno ocultara su nacionalidad, se les hacía pronunciar la frase “jyugoen gojyussen” –“15 yen 50 sen”, una cantidad de dinero–, que los nativos de Corea pronunciaban /chugo en kochussen/. Así, de la boca salía su sentencia. Aquel día, cerca de 6 mil coreanos fueron asesinados.

Historia parecida había ocurrido en el año 1282, en Sicilia, isla mediterránea que era controlada por Francia. En ese año se produjo una revuelta popular conocida en la historia como Vísperas Sicilianas, conflicto que terminó con el dominio francés. En esa ocasión, los isleños sublevados pasaron cuchillo a quienes al ser invitados a pronunciar cicero, ‘garbanzo’, ponían el acento en la última sílaba –ciceró–, señal indudable de su origen francés.

Así, estas historias nos enseñan que hay más de una manera para que el “pez por la boca muera”.
05 Abril 2015 03:30:26
¿Qué onda con… los perros detectores de alimentos?
Por el Dr. Ian. Q. Carrington

Si usted ha viajado al extranjero, seguro se ha preguntado a su regreso a México qué hace un perro rondando su equipaje.

Desde 2006, en varios aeropuertos y puntos fronterizos de México, se ha implementado una medida de control sanitario que consiste en emplear perros para detectar alimentos –en los que pueden alojarse plagas y enfermedades potenciales– sin necesidad de abrir ningún equipaje.

Cuando un “canino detector” percibe en alguna maleta plantas, semillas, frutas, cárnicos, lácteos, entre otros, su señal es muy discreta: se sienta. Entonces, el perro le indica al oficial de inspección dónde detectó algo, poniendo una pata sobre la maleta que será inspeccionada en ese instante y en presencia del dueño. A este entrenamiento –para que el animal no ladre ni se altere– se le llama “detección pasiva”.

Contrario a lo que se piensa, los perros que se entrenan para detectar alimentos no son castigados ni se les hace pasar hambre para que “aprendan más rápido”; todo lo contrario: cuando aprenden a detectar cualquier producto agropecuario se les da un premio –una croqueta, una pelota u otro objeto de juego.

Hace poco se inauguró en Tecámac, Estado de México, una de las escuelas de adiestramiento canino más avanzadas del mundo –que incluye, por ejemplo, simuladores de bandas de equipaje y sonidos ambientales de un aeropuerto– para entrenar a más perros en esta técnica y así ampliar los controles sanitarios en los puntos de ingreso al país, como puertos, aeropuertos y fronteras1.

¿Cómo empezó todo?
En 1984, previo a los Juegos Olímpicos en Los Ángeles, las autoridades sanitarias de los Estados Unidos pensaron que se podrían diseminar plagas debido a los alimentos que los turistas que llegarían de todo el mundo pudieran introducir a su país.

Para no tener que revisar cada maleta, decidieron entrenar perros de la raza Beagle –como el célebre Snoopy– porque, además de que tienen un olfato muy desarrollado, la conducta de estos animales es tranquila y amigable.

Gracias a estos “caninos detectores”, se ha fortalecido la inspección turística de alimentos, lo que ha permitido mantener a México libre de plagas y enfermedades devastadoras como la mosca del mediterráneo, el gorgojo khapra, la fiebre aftosa, la fiebre porcina clásica, la salmonelosis aviar y la encefalopatía espongiforme bovina –mejor conocida como “el mal de las vacas locas”–, entre otros padecimientos o plagas.



1 El Centro Nacional de Adiestramiento y Desarrollo de la Unidad Canina, forma parte de las innovaciones que desarrolla el Servicio Nacional de Sanidad, Inocuidad y Calidad Agroalimentaria. Mayores informes:
http://www.senasica.gob.mx/
22 Marzo 2015 03:30:36
No soy de aquí ni soy de allá: los falsos adjetivos (Parte 2 de 2)
Por María Luisa Durán

Existen muchos productos y alimentos que llevan en su nombre un punto del planeta en el que no fueron ni inventados, ni cultivados, ni confeccionados; lugares en donde –a veces– ni siquiera los conocen. Los cacahuates japoneses, por ejemplo, no son de Japón, sino del mercado de La Merced; y los tacos árabes fueron creados, sí, por un libanés... pero en Puebla. (Continúa...)

Postres napolitanos
Ni el helado ni el flan napolitanos se inventaron en Nápoles. El helado lo crearon inmigrantes italianos en los EEUU, inspirados en los tres colores de la bandera de su país –verde, blanco y rojo–, pero usando los sabores de helado más populares entre los yanquis: fresa, vainilla y chocolate. En cuanto al flan, históricamente fue inventado por los antiguos romanos, pero en México se le agregó queso y tal vez por esto se le llamó así: flan napolitano.

Lechuga romana
Su nombre científico es Lactuca sativa y al parecer es originaria de Asia, pero como fue llevada a Europa por el Imperio romano, en el resto del Viejo Continente se le llamó popularmente lechuga romana y con este nombre llegó hasta nosotros.

Montaña rusa
Esta atracción indispensable de los parques de diversiones no se inventó en Rusia, sino en los EEUU; le pusieron ese nombre porque está inspirada en un juego infantil ruso del siglo 19; curiosamente, en Rusia le llaman Amyerikánskiye gorki, “montaña americana”.

Pizza hawaiana
Esta variedad de pizza hecha con queso, jamón y piña no fue inventada en Hawái, y ni siquiera los italianos disputan el crédito. Al parecer –esta hipótesis no ha sido comprobada– tiene su origen en Alemania y es la adaptación de un platillo del chef Clemens Wilmenrod, quien inventó la tostada hawaiana –un pan tostado con queso y jamón–, que se relaciona con la pizza por aquello de que lleva piña.

Sevillanas
A este par de obleas rellenas de cajeta y envueltas en papel celofán que dice “Las Sevillanas” se las puede reconocer por las dos españolitas, sello inconfundible de la marca. El dulce llamado sevillana no es de Sevilla, ni siquiera de España, es netamente mexicano. Las Sevillanas es una empresa fundada en 1959 por la familia Medellín, originaria de Matehuala, San Luis Potosí.

Sombrero Panamá
También conocido como de paja-toquilla, montecristi y jipijapa. Este tradicional accesorio con ala para la cabeza, que se hace con las hojas trenzadas de la palmera Carludovica palmata, nació en Cuenca, Ecuador. El falso adjetivo de este objeto surgió durante la construcción del Canal de Panamá, en Centroamérica. Los trabajadores se cubrían de las inclemencias del sol con este sombrero tejido creado en Ecuador. El entonces presidente estadounidense Theodore Roosevelt lo usó cuando visitó las obras, lo que aumentó la popularidad de la prenda, que actualmente también se produce en Panamá.

Zapato zueco
Si este calzado proviniera de Suecia, lo más lógico sería que se escribiera con s, pero no es así. La palabra zueco viene del latín soccus, que quiere decir “especie de pantufla empleada por las mujeres y los comediantes”. Estos zapatos hechos de madera son parte del traje típico de varias partes de Europa, como Inglaterra, España y la ya mencionada Suecia, pero la verdad es que cuando pensamos en ellos generalmente visualizamos a una holandesa en traje regional, quizá porque en este país son muy populares estos inconfundibles zapatones.

Acabamos este recuento con otro simpático ejemplo: el Parque Nacional Desierto de los Leones, en la Ciudad de México, que ni es un desierto ni habita en él ningún león. Es en realidad una zona boscosa con una extensión de 1866 hectáreas. Quizá su nombre se deba a que durante el periodo colonial el lugar estuvo en disputa por parte de cierta familia de apellido León. El calificativo desierto le fue impuesto porque la orden de Carmelitas Descalzas fundó en él un convento alejado del bullicio humano, que sirvió de retiro y meditación cristiana.
Para consolarnos un poco de todos estos falsos adjetivos tal vez sirva comentar que los bacilos búlgaros sí son de Bulgaria, las morelianas de Morelia y la salsa mexicana de México.
15 Marzo 2015 03:30:43
No soy de aquí ni soy de allá: los falsos adjetivos (Parte 1 de 2)
Por María Luisa Durán

Existen muchos productos y alimentos que llevan en su nombre un punto del planeta en el que no fueron ni inventados, ni cultivados, ni confeccionados; lugares en donde –a veces– ni siquiera los conocen. Los cacahuates japoneses, por ejemplo, no son de Japón, sino del mercado de La Merced; y los tacos árabes fueron creados, sí, por un libanés... pero en Puebla.
Igual que estos dos casos, hay otros más que ejemplifican a los falsos adjetivos; la mayoría de ellos son gentilicios otorgados por usos y costumbres, aunque pertenezcan a una región distinta de aquella que los nombra.

Carne a la tampiqueña
Que no es de Tampico: el potosino José Inés Loredo fue el inventor de este platillo en la Ciudad de México. Loredo vivió muchos años en Tampico, Tamaulipas, donde fue mesero y presidente municipal –al mismo tiempo, ya que ganaba más dinero con las propinas que con el cargo público–. A finales de los años 30 emigró a la capital en compañía de su hermano y tres socios, con quienes fundó el restaurante Tampico Club, que cobró fama por su almuerzo huasteco, pero principalmente por su carne a la tampiqueña, consistente en un delgado y alargado trozo de filete de res con guarnición de guacamole, frijoles refritos, rajas de chile poblano y enchiladas potosinas, para hacer honor al estado que lo vio nacer.

Corno inglés
Este instrumento musical de la familia de los oboes –o sea que no es un corno– obtiene su nombre de una confusión lingüística. Su país de origen no es Inglaterra, sino Francia, donde inicialmente se le llamó cor anglé, “corno anguloso”, por su forma ligeramente curvada en su extremo inferior. La palabra anglé se entendió como anglais, “inglés”, y este nombre se le quedó para la posteridad. Por cierto, algo similar sucede con el corno francés, que ni es un corno ni es francés: se trata de otro instrumento de viento-metal llamado trompa, probablemente de origen belga.

Enchiladas suizas
Se llaman así porque los colores de sus ingredientes originales eran similares a los de la bandera suiza, pero en realidad son resultado de la creatividad mexicana. Su cuna fue un restaurante llamado Café Imperio, situado en la calle Tacuba del Centro Histórico de la Ciudad de México. Este lugar ya desapareció, pero el Sanborns de la Casa de los Azulejos guardó la receta y aún sigue sirviendo estas tortillas dobladas y rellenas de pollo deshebrado, bañadas en una salsa que no pica –pensando en los extranjeros–, cubiertas de crema y queso gratinado.

Filipina
Auguste Escoffier (1846-1935) fue al mismo tiempo “chef de reyes” y “rey de los chefs”. A él se debe la actual organización –aséptica y casi militar– de las cocinas de grandes restaurantes, hoteles y trasatlánticos. Una de sus muchas aportaciones es el actual uniforme de chef, formado por pantalones, gorro y una chaqueta que llamamos filipina, aunque no provenga de Filipinas. Se dice que Escoffier se inspiró en las camisas de los nativos de este país para crear esta prenda de doble solapa y mangas largas, que sirve para protegerse de posibles quemaduras y esconder en lo posible salpicaduras y manchas de alimentos. Total, que la filipina no es de origen filipino, sino francés.

Guayabera
Es una prenda de vestir masculina –considerada de etiqueta en países tropicales– que cubre la parte superior del cuerpo, ya sea con mangas cortas o largas. Adornada con pliegues verticales y bordados, se fabrica en tejidos de algodón, lino, seda o telas sintéticas. Su país de origen es Cuba, donde se le llamó en un principio “yayabera” –por provenir de la zona del río Yayabo–, pero el nombre fue cambiando porque sus usuarios guardaban guayabas en las bolsas; ésta parece ser la única relación que tiene la prenda con la fruta. La guayabera llegó a México por Mérida, Yucatán, donde fue popularizada por el comerciante de origen español Pedro Mercader.
08 Marzo 2015 03:30:32
De complejos y acomplejados (Parte 2 de 2)
Por Karla Bernal Aguilar

Es esta ocasión continuamos con la galería de complejos y acomplejados que suelen aquejar al ser humano, así como, las anécdotas que inspiraron sus nombres.

Complejo de Electra
La contrapartida del de Edipo, es decir, la fijación ofuscada y singular de la hija por el padre... O, visto desde otra perspectiva, la debilidad femenina por los “cabecitas blancas”.
Origen: del mito griego de Electra, hija de Agamenón y Clitemnestra, quien sugirió “sutilmente” a su hermano, Orestes, que vengara a su padre matando a sus asesinos, que no eran otros que su madre y su amante, Egisto. Nietzsche tenía razón: “en la venganza, como en el amor, la mujer es más bárbara que el hombre”.

Complejo de Judas
Impulso a traicionar compulsivamente a quienes se cree que pueden llevarse la “banda de honor” en cualquiera de los aspectos de la vida, dejando al acomplejado en evidencia de su “nula” capacidad. Como diría Iván Ilich: “muchos miden su éxito por el fracaso de los demás”.
Origen: ¿cuál traición más grande que la supuestamente ejecutada por Judas Iscariote contra Jesús de Nazaret?

Complejo de Narciso
Estimación excesiva de uno mismo que pide a gritos cantar esa canción setentera que dice: “soy tan hermoso, ya lo ven; soy tan precioso, ya lo sé; soy primoroso, bello, lindo, soy gracioso. Soy exquisito, yo lo sé; soy tan bonito, miren bien; y soy muy fino, soy... [y aquí puede usted poner el nombre que mejor le acomode]”.
Origen: del mito griego de Narciso, un hermosísimo pastor que ignora su belleza hasta que se inclina en un río para beber. Una vez que ve su reflejo, todo es inútil –y cualquiera que se haya enamorado lo sabe bien–, pues queda cautivado consigo mismo, al punto de lanzarse al agua para reunirse con tan sublime imagen, y muere ahogado.

Complejo de Otelo
Seguridad absoluta –y angustiante zozobra– de que la “media naranja”, objeto indiscutible de nuestra propiedad, tiene el mal tino de pintarnos el cuerno.
Origen: del drama de Shakespeare, “Otelo”, que narra la historia del rey moro, quien vive convencido de que su esposa, Desdémona, lo engaña, para colmo de males, con su amigo Casio; y, como dice la canción: “los celos no perdonan al agua, ni a las algas, ni a la sal”.

Complejo de Peter Pan
Búsqueda obcecada de la eterna juventud y de la libertad, así como la negación absoluta de que con los años vienen no sólo las arrugas y las canas, sino también la sabiduría y la plenitud.
Origen: de la historia de James Matthew Barrie, en la que un chico adolescente, Peter Pan, se dedica a jugar y chacotear, además de evitar, a toda costa, abandonar el País de Nunca Jamás, donde nunca jamás se volverá adulto. ¡Qué chico listo!

Complejo de Wendy
Ansioso y maternal afán femenino a hacerla de salvavidas del cónyuge, amante, novio, concubino, compañero o simple compañía, no sólo para solventar el complejo de abandono, sino para equilibrar la balanza con el oportuno empeño masculino de continuar siendo niño.
Origen: la misma historia de Barrie, en la que Wendy es la chica protectora que Peter Pan lleva al País de Nunca Jamás para hacerla de mamá de los Niños Perdidos y, ya entrados en detalles, también suya.

01 Marzo 2015 04:30:26
De complejos y acomplejados   (Parte 1 de 2)
Por Karla Bernal Aguilar

Primera escena: Sheldon pide con fervor no que su madre muera, sólo que desaparezca. Segunda escena: la madre de Sheldon ¡desaparece! Tercera escena –y recuerde: la tercera es la vencida–: Sheldon ha superado la desaparición de su madre –sólo está el “pequeño detalle” de que la hiperprotectora viejecita se le aparece en la pared, en el refrigerador, en la pantalla del televisor... ¡hasta en el cielo!– y continúa enamorado de su prometida, una mujer, por cierto, igual a su madre.

¿De qué estamos hablando? ¡Por supuesto! Del complejo de Edipo, ese molesto e inconsciente amor patológico que algunos hijos sienten por su mami, al extremo de buscarla en la mujer de su vida, y que Woody Allen dibuja muy bien en “Oedipus Wrecks” 1. Y ya que estamos en estos complicados temas, tomando en cuenta que lo complicado es complejo y lo complejo... Un “conjunto de ideas, emociones y tendencias generalmente reprimidas y asociadas a experiencias del sujeto, que perturban el comportamiento” –DRAE–, aquí le presentamos una lista de ellos, junto con las anécdotas que sirvieron de inspiración para su definición y descripción.

Complejo de Agar y Sara
Tendencia masculina a la simplificación administrativa respecto al concepto de las féminas; sólo existen de dos tipos: las “buenas”, puras e intocables, como la madre; y las “malas”, aptas sólo para la satisfacción sexual y sin derecho a ser amadas.
Origen: del episodio bíblico en el que Abraham toma por “amante” a su esclava, Agar, con anuencia de su esposa, Sara, pues no pueden concebir. Cuando Sara engendra a Isaac, Agar es expulsada como una mala mujer.

Complejo de Aquiles
Tendencia a mostrarse poderoso e invulnerable, para ocultar desesperadamente el “talón de Aquiles” o, lo que es lo mismo, que se es frágil y delicado. También se puede estar escondiendo la impotencia o la homosexualidad.
Origen: de la leyenda de Aquiles, el héroe de “La Iliada”, al que su madre, Tetis, sumerge en el río de Estigia, cuando bebé, para hacerlo inmortal; como el agua nunca toca su talón, pues de ahí lo sujetaba, se convierte en su único punto vulnerable.

Complejo de Brunilda
Inclinación femenina a ver a su “príncipe azul” precisamente como eso, como el héroe de la película, para después del matrimonio darse cuenta de que el galán en cuestión no era más que un ser humano de carne y hueso, por lo que decide hacerle pagar caro el haberla “engañado”.
Origen: del mito escandinavo de la valquiria Brunilda, quien promete al rey Gunter casarse con él si vence tres pruebas, así que el rey se hace de la ayuda del héroe Sigfrido para superar el reto... Sin que Brunilda se entere. Gunter logra vencer y se casa con la valquiria, que más tarde descubre el engaño y lo cobra con la vida de Sigfrido. Con todo y eso, ella decide seguirlo al otro mundo... ¿Quién entiende a las mujeres?

Complejo de Caín
Disposición adversa hacia el benjamín de la familia, que es considerado por el primogénito como el intruso y ladrón de los privilegios que sólo a él pertenecen.
Origen: de la historia bíblica en la que el primogénito de Adán y Eva, Caín, celoso por la preferencia de Dios hacia su hermano menor, Abel, decide resolver el pequeño problema despachándolo con una quijada de burro.

Complejo de Dafne
Miedo absurdo de una mujer a tener un encuentro cercano del tercer tipo con el sexo opuesto, en especial si, ¡para más!, viene con cópula incluida.
Origen: del mito griego de Dafne y Apolo, en el que la ninfa es el motivo de los desvelos y humedades del dios, hasta que un día, en plena huida de los divinos apetitos carnales, Dafne pide ayuda a Zeus; éste la transforma en un laurel... Que, a partir de entonces, se convierte en el árbol consagrado al dios Apolo. Ironías míticas.

1. En New York Stories (1989), “Oedipus Wrekcs”, dirigida por Woody Allen.
22 Febrero 2015 04:30:16
Para hablar bien: ¿coche, carro o auto?
¿Cuál de estas palabras es la más correcta para designar a ese vehículo, tan utilizado hoy en día y del cual hay más de 17 millones en nuestro país? Pues podríamos atrevernos a decir que cada una de ellas tiene un uso específico, de acuerdo con la evolución del transporte, empezando desde los jalados por animales hasta llegar a los movidos por motores, más los que estén por inventarse.
Si seguimos esta premisa, existió primero el carro1 –del latín carrus–, que es un “carruaje de dos ruedas, con lanza o varas para enganchar el tiro, y cuya armazón consiste en bastidor con listones o cuerdas para sostener la carga, y varales o tablas en los costados, y a veces en los frentes, para sujetarla”. Carro, en origen, era aquel vehículo que llevaba carga y era arrastrado por animales; por ello, utilizado en el trabajo de campo.

Mientras tanto, la palabra coche, así como el transporte del mismo nombre, son de origen húngaro. Así lo decía Luis de Ávila en 1548: “Se puso a dormir en un carro cubierto, al que en Hungría llaman coche”. El término proviene del pueblo de Kocs, donde, en 1518, se empezaron a construir carruajes especiales para transportar gente de un lugar a otro. Así se formó la palabra kocsi /kóchi/, que los españoles empezaron a utilizar como coche2 en escritos a partir de 1548, para referirse al carro cubierto. Es decir, el coche es aquel vehículo que transporta personas.

Por otro lado, auto es la abreviación de automóvil: “Que se mueve por sí mismo. Y se aplica principalmente a carruajes que pueden ser guiados para marchar por una vía ordinaria sin necesidad de carriles y llevan un motor... que los pone en movimiento”. El término automóvil se utilizó por primera vez en una editorial del “New York Times”, el 3 de enero de 1899, mientras que el primer antecedente del auto lo tenemos en 1771, con la carretilla de vapor que inventó el francés Nicolas-Joseph Cugnot; y luego, tal como lo conocemos, con el de Karl Benz, en 1886, en Alemania.

Como vemos, lo que actualmente nos lleva y nos trae a todos lados es un auto –automóvil–, ya que se mueve con ayuda de un motor, pero también es un coche de pasajeros. La palabra coche se refiere a vehículos que transportan pasajeros –entre cinco y no más de nueve personas–, como sería el caso del coche de tren: los vagones con espacios para dormir y viajar cómodamente. Mientras que carro se aplica a los transportes de carga rural –carretas– y se puede utilizar para referirse a los vagones del tren, al transporte de los bomberos –no camión de bomberos, sino el carro de bomberos–; en fin, lo que no tenga que ver con transporte de gente, sino de objetos. Quizá hasta valga el término carro de combate o carro acorazado para el vehículo militar que conocemos como tanque, aunque también funcione con un motor y transporte personas y objetos –armas.

Sin embargo, el uso de estas palabras depende mucho del empleo del lenguaje en cada región y nivel socioeconómico, hasta convertirse en un localismo. Así, en España es coche y ningún otro; en la América hispanoparlante, las tres palabras son correctas y entendibles, e incluso hasta se pueden encontrar muchas otras, como: tocomocho o fierro en Chile; carcacha, unidad, mueble o nave en México, etcétera.
Pero usted, querido lector, que ya sabe la diferencia, practíquela.

1. Las definiciones que se dan a continuación de carro, coche y auto son del Diccionario de la Real Academia Española.
2. “Carruaje de cuatro ruedas, con una caja, dentro de la cual hay asiento para dos o más personas”.

15 Febrero 2015 04:30:01
¿Qué onda con… los cuatro humores?
Por Cintia Calderón Bustamante

Durante la Antigüedad –y hasta el Renacimiento–, el hombre se consideraba un microcosmos que contenía en sí todos los atributos del Universo, y como tal, el hombre estaba compuesto de los cuatro elementos: fuego, tierra, agua y aire.

El hombre creía que cuando comía se nutría de estos elementos esenciales, los cuales eran procesados por el hígado y se convertían en cuatro sustancias líquidas: los humores. Humor es una palabra que proviene del latín y que significa ‘líquido, humedad’ –específicamente la que surge de la tierra, que en latín es humus.

Los humores eran para el cuerpo lo que los elementos para el Universo, por lo que cada uno tenía su correspondiente en el mundo físico, como se ve en la tabla.
Elemento Humor Cualidad común Temperamento
Fuego Cólera o bilis amarilla Caliente y seca Colérico
Tierra Melancolía o bilis negra Fría y seca Melancólico
Agua Flema Fría y húmeda Flemático
Aire Sangre Caliente y húmeda Sanguíneo

Para el buen funcionamiento del cuerpo era necesario que existiera un balance entre los humores. De la relación entre éstos y el «calor vital» dependía el temperamento: un «buen temperamento» hablaba de un adecuado equilibrio entre los humores, mientras que si uno de ellos excedía a los otros tres se producía una enfermedad o, bien, un desequilibrio espiritual que se reflejaba directamente en el estado de ánimo, que era, propiamente, el temperamento de una persona.

Así, si alguien poseía demasiada bilis amarilla o cólera, que se producía en el hígado, daba lugar a un temperamento colérico; es decir, iracundo, de alguien que enoja y se prende a la primera, como el fuego. Del bazoprovenía la melancolía o bilis negra –en griego , mélanos, ‘negro’, y kholé, ‘bilis’–, de ahí que al dominado por este humor negro se le llamara melankholikós, –o sea, melancólico– y se caracterizara por la tristeza, el pesimismo, la indecisión y hasta la locura. El humor flemático se producía por demasiado moco o humedad que provenía de los pulmones, y se asociaba con la indiferencia y la pereza; por esta razón, quienes actúan fríamente o se alteran poco se les llama «flemáticos». El temperamento sanguíneo se produce por un exceso de sangre en el cuerpo; el exceso de este humor producía un temperamento hiperactivo e impulsivo. Se creía que extrayendo esta sangre impura del cuerpo se podían curar ciertas enfermedades, así que era común practicar sangrías, que muchas veces ocasionaban que el afectado se debilitara más y muriera.

Si la mezcla de los cuatro humores estaba equilibrada se decía que la persona estaba de buen humor, y de mal humor, si estaban desequilibrados. Resulta curioso cómo esta creencia tan arcaica permanece en nuestras expresiones cotidianas e, incluso, en algunos estudios sobre la personalidad.
Y usted, ¿de qué humor anda hoy?


08 Febrero 2015 04:30:07
La caja de Pandora
Por Laura Manzanera

¿Por qué hay hambre en el mundo?, ¿por qué la naturaleza desata de vez en cuando toda su ira?, ¿por qué existen plagas que causan estragos? Si buscamos en la mitología griega, la culpa de todas las desgracias la tienen Pandora y su caja.

Según recoge la mitología griega, el titán Prometeo tuvo la osadía de entregar a los hombres el fuego reservado a los dioses, y pagó muy caro su desacato. Zeus lo condenó a permanecer encadenado en una cima de la cadena montañosa del Cáucaso, donde un águila le devoraba diariamente el hígado, que volvía a crecerle para que el suplicio fuera eterno. La ira de Zeus también afectó a los hombres, para quienes ideó otro castigo ejemplar. Para ello les envió a Pandora, la primera mujer.

La esperanza, lo último que se pierde
Tan hermosa como temible, Pandora había recibido como regalo una cualidad de cada una de las bellas divinidades del Olimpo: belleza, gracia, persuasión, habilidad manual. De ahí su nombre, que significa “la que tiene los dones”. Pero Hermes, el mensajero de los dioses, introdujo la mentira en su corazón. Y así fue enviada con una vasija y la orden terminante de no abrirla jamás.
Prometeo era consciente de que Zeus podía tramar desgracias para los mortales, así que había aconsejado a su hermano Epimeteo –[cuyo nombre significa] “el que reflexiona demasiado tarde”– que tuviese cuidado con posibles obsequios inesperados. Hermes entregó a Pandora a la humanidad y Epimeteo, desoyendo los sabios consejos de su hermano, sucumbió a su belleza y la acogió con los brazos abiertos. Tal como Zeus había previsto, ella no tardó en destapar el receptáculo secreto y dejó escapar todas las desgracias que, a partir de entonces, iban a afligir a los humanos: la guerra, el hambre, la enfermedad, la maldad, el pecado. Éstas se esparcieron por doquier. Tan sólo una cosa permaneció en el fondo del recipiente: la esperanza –elpis.

¿Más mal que bien?
De este arraigado mito deriva la expresión “abrir la caja de Pandora”, que hoy define el diccionario como “acción o decisión de la que, de manera imprevista, derivan consecuencias desastrosas”. No obstante, si nos basamos en las fuentes griegas, lo que portaba Pandora no era una caja, sino una tinaja –pithos.
Existen discrepancias en torno a lo que contenía dicha caja. Según Babrios, un fabulista del siglo II d.C., originariamente guardaba cosas buenas, pero, cuando se le quitó la tapa, todos aquellos bienes escaparon del alcance de la humanidad, con la excepción de la esperanza. Hesíodo, sin embargo, defiende otra opinión, que dejó plasmada en su obra “Los Trabajos y los Días”. Para él, lo que almacenaba eran males; al escaparse éstos, quedaba la esperanza. Así pues, como buen mito griego, resulta tan intrigante como contradictorio. La polémica está servida, que cada uno lo interprete como quiera.

La Eva griega
Modelada en barro por Hefesto, dios del fuego, Pandora fue creada con una intención concreta: sancionar a los hombres por sus imperdonables pretensiones. Su aspecto era totalmente engañoso, ya que lo desagradable permanecía oculto tras su imagen de belleza, candidez y bondad. Puede considerarse como la primera mujer de la mitología griega. Y, al igual que la Eva en la tradición judeocristiana, su insubordinación desató la ira divina. Por eso encarna el castigo de los dioses y representa la perdición de la humanidad.

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01 Febrero 2015 04:30:52
De dónde viene: elefante blanco
¿Quién no ha recibido un regalo que, lejos de ser motivo de alegría, se vuelve un permanente dolor de cabeza? Y como a todo le ponemos nombre, decimos que algo o alguien es nuestro “elefante blanco” cuando nos hace perder más que ganar.

El elefante blanco es una especie rara debido a su color y, desde épocas remotas, ha sido considerado un animal sagrado, sobre todo en el hinduismo y en el budismo. Por ello, en Tailandia —de tradición budista—, estos elefantes eran adquiridos por los monarcas como símbolo de su poderío y buena fortuna, ya que los costos de su manutención eran tan altos que sólo quienes poseían grandes riquezas los podían solventar: mientras más animales de esta clase tuviera un rey, mayor era su señorío.

Cuenta la leyenda que los reyes regalaban elefantes blancos no sólo a sus amigos y aliados, sino a sus enemigos y a los nobles con los que estaban a disgusto. Quienes recibían un elefante blanco como obsequio se veían obligados a excusar a estos animales de los trabajos comunes debido a su condición sagrada; además, tenían que mantenerlos con una serie de lujos que terminaban llevando a sus dueños a la ruina. Así, este regalo tan pomposo resultaba al mismo tiempo una bendición —por tratarse de un símbolo de buena fortuna y del favor del monarca— y una maldición —pues era una manera sutil de castigar a alguien que no podía mantener al animal.

Esta práctica pasó a la cultura occidental como una expresión que se usa para referirse a aquello que, aunque asombroso por alguna característica en particular, implica una manutención costosa que no tiene ningún valor práctico ni remunera la inversión económica, ni de tiempo. Elefantes blancos tenemos “pa’ aventar pa’ arriba”, pues se puede aplicar a casi cualquier cosa, persona o situación: mascotas cuyos cuidados convierten a los dueños en sus esclavos, artículos lujosos que exceden en su manutención el presupuesto de los propietarios, árboles o plantas muy delicados, pero que no dan frutos, o un monumento luminoso que costó millones de pesos y que sirve para... ¿contemplarlo?

25 Enero 2015 04:30:11
El excusado, inodoro, retrete, WC, flush, o como se quiera llamar
Por Arturo de Quevedo Martínez

Al contrario de lo que dice la historia, la civilización no comenzó con el fuego, la rueda o la escritura, sino el día en que el hombre se pudo deshacer de sus heces para no verlas más. Esta necesidad ha acompañado siempre al hombre y para satisfacerla se ha valido de su imaginación, inventando todo tipo de artefactos y sistemas.

Cuando el hombre era nómada “se hacía” donde el aparato digestivo se lo demandaba. Luego, cuando se volvió sedentario se encontró con la necesidad de encontrar un lugar en el cual pudiera deshacerse de sus excreciones que estuviera tan cerca como para que fuera cómodo, accesible y práctico, pero lo suficientemente lejano para no padecer sus olores fétidos y su presencia incómoda.

Una de las primeras civilizaciones en dotarse de un sistema de eliminación de heces fue la cretense que, allá por el año 2000 a.C., diseñó un sistema a base de agua corriente y primitivos drenajes.

Sin embargo, durante los siguientes 3 mil 500 años no se nos ocurrió otra cosa que la letrina, que consiste en un asiento con un hoyo que da a una fosa profunda hecha en la tierra a la que se le agrega cal para degradar lo ahí depositado; ésta se construye fuera de las casas y lo más alejada posible para sólo padecer los olores cuando se hace uso de ella. Así que en estos recintos es imposible permanecer más de lo necesario y obviamente en ellos ni siquiera se puede leer “Algarabía”. Lo más increíble es que aún en nuestros días se sigan usando no sólo en las zonas rurales, sino también en las urbanas.

Tampoco tuvimos otra idea más genial que las diferentes versiones de la bacinica –con silla integrada o sin ella, con tapa, fabricada en oro, hecha de madera, de piedra, de cerámica, etcétera. Cuando las ciudades no tenían drenaje ni agua corriente, la gente defecaba y orinaba en ella y al grito de ¡aguas! arrojaba a la calle sus desperdicios. Recordemos que nuestros abuelos o bisabuelos aún tenían una bacinica debajo de su cama, ya que en las casas de esos tiempos había un solo baño lejos de la recámara, por lo que salir en la noche era menos que impensable.
Uno de los primeros modelos de inodoro –por decirle de alguna manera– era una versión de la letrina, que en vez de desembocar hacia un hoyo en la tierra, lo hacía en un canal con agua corriente como en los baños del convento de los monjes carmelitas del Desierto de los Leones.

Fue en 1596 en la Inglaterra de Isabel I cuando su ahijado Sir John Harrington –que además era poeta– inventó el primer inodoro, un artefacto que a través de un tanque de agua, una válvula de descarga, un asiento y un desfogue al drenaje conseguía confinar los olores y llevarse las heces. El primer inodoro fue construido e instalado en el palacio de Richmond para el uso exclusivo de su madrina, quien se negó a darle la patente por considerar que se trataba de un invento “indigno de un noble”. Pero la verdad de las cosas es que para que prosperara dicho invento la Reina hubiera tenido que construir una red de drenaje en Londres, algo poco menos que imposible en esa época. El inodoro que conocemos actualmente es una versión sofisticada y depurada del de Sir John Harrington, quien bautizó su invento como Ajax, aunque en realidad tiene una gran cantidad de apelativos: muchas personas lo conocen como WC, apelando al sistema de la trampa de agua –water closet–, otras como inodoro –denotando su antiaromático objetivo–; los españoles lo llaman retrete –una palabra de origen provenzal– y los ingleses lo llaman coloquialmente John en honor a su inventor.

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18 Enero 2015 04:30:36
El cinturón de castidad
Por María Magdalena Buenrostro Hernández

Hay instrumentos que pueden ponerle la piel de gallina a cualquiera: el cascacráneos, la “dama de hierro” –no Margaret Thatcher, sino la original del medioevo; aunque también hay quien se asusta con la ex primera ministra, con justa razón–, el “garrote vil” y otras múltiples variantes de artilugios que no parecen tener ninguna misión santa ni buena en esta vida.

Pero, entre todos éstos, hay uno que tortura con “buenas intenciones”, que, más que castigar, prefería “guardar y proteger”. Me refiero al recordado cinturón de castidad, presente en algunas historias que hablan de cruzadas y damiselas en apuros.

Las primeras referencias históricas que asociarían a la castidad con los cinturones –sin ser todavía “cinturones de castidad” que eviten el contacto físico, sino que más bien la simbolizan y representan– se pueden encontrar en la literatura del siglo 14.

El término como tal aparece ya en los textos de Régine Pernoud (1909-1998), historiadora especialista en la Edad Media, que explica cómo entonces utilizar un cordón alrededor de la cintura era un símbolo de castidad, justo como ocurre con aquellos que se entregan a la vida monástica.

En la “Épica” de Guiguemar, escrita por Marie de France alrededor de 1180, se menciona ya que su amada, ante la inminente partida del héroe, se coloca un cordel a manera de cinturón y le jura que no conocerá –en sentido bíblico– a otro hombre que no sea él, “único capaz de desatar suavemente dicho lazo”.

Este tipo de cintos eran un poco más sutiles que los modelos blindados, cuyas evidencias de existencia real se encuentran por primera vez en el lugar menos esperado –aunque el más obvio, hablando de blindajes–: un manual de guerra.

En 1405, Keyser von Eichstad, un soldado retirado, decidió escribir un tratado acerca del arte de la guerra y las maravillas del equipamiento militar de la época. Este tratado, llamado “Bellifortis”, contiene un dibujo que representa un modelo de cinturón de castidad muy semejante a los que podrían verse en ciertos museos actualmente, con una inscripción explicativa que consistía más o menos en la frase: “Est florentinarum hoc bracile dominarum ferreum et durum ab antea sit reseratum” –“pantaletas de hierro florentino que se cierran por el frente”.

Dichos cinturones de castidad, sin embargo, no eran sólo una garantía para maridos celosos y desconfiados, que no querían dejar solas en casa a sus mujeres, sino también un escudo para damiselas en apuros: las mujeres de Florencia solían utilizarlos para evitar las violaciones en tiempos de peligro –como en invasiones, viajes en carruaje por zonas despobladas, acuartelamientos militares en las ciudades, estancia en posadas, etcétera– y solamente por periodos cortos.

¿Por qué hacer hincapié en los periodos cortos? Colocarse el cinturón de castidad durante temporadas largas era como aceptar una condena de muerte. El contacto constante con el hierro de dichos “cinturones florentinos” causaba laceraciones y heridas, además de dificultades que suponía para la higiene personal y para el libre tránsito de los desechos corporales, lo que podían transformar al instrumento en una bomba tóxica para el organismo.

Además, difícilmente podemos imaginar que existiesen tallas de cinturón de castidad, por lo que para las mujeres más corpulentas la molestia de usarlo debe haber sido doble –aunque bien pudieron haberse mandado a hacer el suyo a la medida con el herrero local.

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11 Enero 2015 04:30:24
El chocolate
Por Rubén Serros Garduño

El encanto del chocolate se hace presente, invariablemente, en muchos y distintos momentos de nuestra historia personal; ya sea cuando los abuelos sacaban de uno en uno los chocolates de la confitera, o cuando íbamos a comprar una barra de chocolate a la tiendita de la esquina, o en aquella decepción amorosa que el efecto de una caja de chocolates ayudó a aminorar.

Al hablar de las cualidades del chocolate, viene a nuestra mente el sabor de una pieza bien trabajada que encuentra un balance perfecto entre el sutil sabor del cacao y la fuerza de un licor o la frescura de los ingredientes frutales.

Así, el chocolate pasa de ser una golosina o un postre a alcanzar los mismos niveles que el café, el vino o el tabaco, porque es tan versátil, delicioso, adictivo y «prohibido», como ellos.

LA HISTORIA
La planta de cacao –Theobroma cacao– es originaria de América y necesita un clima muy húmedo para cultivarse. En la Mesoamérica precolombina, el cacao era considerado un regalo de los dioses y, de hecho, se llegó a utilizar como unidad monetaria en Yucatán. La lujosa bebida conocida como xocoátl, que bebían la aristocracia mexica y Moctezuma, era una infusión de la mezcla de granos de cacao, chiles, axiote, vainilla y maíz, que se servía fría y se endulzaba con miel.

Colón llevó el cacao en su viaje de regreso a España en 1493, pero fue Hernando de Soto quien lo introdujo de forma más general en Europa, donde más tarde, al añadírsele leche y azúcar, nacería el chocolate tal como lo conocemos. De allí vino de vuelta a América y en el México colonial beberlo caliente con leche se convirtió en tradición.

LA FUENTE
El grano de cacao –que se divide en tres variedades distintas: criollo, trinitario y forastero– proporciona los dos ingredientes básicos para la elaboración de las coberturas de chocolate: la manteca de cacao y la masa o licor de cacao. Ambas se obtienen mediante una prensa que separa estos dos elementos de la semilla previamente tostada. La mezcla de estos dos elementos con azúcar y leche da como resultado la amplia gama de chocolates, desde los oscuros hasta los claros y blancos. 1

LA ELABORACIÓN
El secreto más preciado en la elaboración del chocolate es el temperado. Gracias a este proceso se consiguen piezas brillantes, crocantes y de sabor equilibrado. Temperar consiste en fundir la cobertura y llevarla hasta los 45°C, para después, de manera tradicional, sobre una placa de mármol, llevarla hasta los 28 o 32°C, dependiendo del tipo de chocolate. En el filme “Chocolat” (2000) de Lasse Hallström, Juliette Binoche explica cómo, con este procedimiento, para producir un chocolate de excelente calidad, el chocolate debe alcanzar la temperatura del cuerpo.

Ya teniendo el chocolate a punto, se elaboran las piezas principalmente de tres maneras: con molde, cortados o como trufas. Al utilizar moldes, los chocolates pueden tomar una infinidad de formas; estas piezas suelen llevar un ganache2 o ser completamente sólidas, como en el caso de las barras macizas. Los cortados son cuadrados hechos con una base de chocolate, una capa de gianduja3 u otro ganache, y van trampados.4 Por último, están las trufas, que son bolitas de chocolate mezcladas con algún otro ingrediente, y pueden estar trampadas o rodadas sobre coco, nuez o cocoa en polvo.

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1 Técnicamente, el chocolate blanco no es en verdad chocolate, ya que no contiene masa de cacao, sino que es una mezcla de manteca, azúcar y leche.

2 Mezcla de chocolate con un líquido; usualmente crema y/o café, licores y mieles a base de azúcar.

3 Masa de avellanas, almendras y otras nueces que va mezclada con chocolate.

4 Trampar: técnica que consiste en sumergir la pieza en chocolate y lograr cubrirla totalmente para después decorarla con más chocolate.

28 Diciembre 2014 04:30:40
Gordo, gordo, gordo: el pavo
Por Perla Reyes Herrero

El pavo, también conocido como guajolote –Meleagris gallopavo Linnaeus–, es uno de los alimentos que América ha legado al mundo, junto con el cacao, la vainilla, el jitomate y el cacahuate. Su carne es muy apreciada desde la época prehispánica y muestra de ello es que se le tenía en los patios de las casas para engordarlo y después comérselo en ocasiones especiales.

La historia del guajolote como platillo de fiesta es longeva, como podemos ver, pero, además, cabe recalcar que, tan pronto como llegó a Europa (h. 1523), se volvió un manjar de reyes –aunque, con la instauración de criaderos, poco a poco se abarató su carne y se popularizó. Lo cierto es que en América, sobre todo en México, comenzó a ser un infaltable en toda clase de guateques. Muy pronto se le maridó con el mole y he ahí el pavo con mole en bodas, bautizos, primeras comuniones y quinceaños, entre otros festejos, como símbolo inequívoco de las ganas de agasajar a los convidados.

Ahora bien, aunque los guisos que usan pavo suelen tener este sentido festivo y hoy en día es uno de los invitados de honor en la cena de Nochebuena, debemos decir que no es un alimento consumido históricamente por los mexicanos durante la Navidad. La costumbre del pavo navideño en nuestras cenas es más bien reciente. Un típico menú en casa de mi bisabuela, por ejemplo, consistía en una sopa, romeritos y esa sospechosa ensalada de Navidad hecha con jícama, betabel, cacahuates y no sé cuántas cosas más. Sólo para los niños había unos pollitos y, claro, muchos dulces –tejocotes, cañas y colación. ¿Cuándo, entonces, comenzamos a incluir el pavo? Es difícil saberlo, pero no debe pasar de unas cuantas décadas; sin embargo, no cabe duda de que ésta es una costumbre heredada que se relaciona estrechamente con una tradición estadounidense: la cena de Acción de Gracias –Thanksgiving.

El pavo de Acción de Gracias

El origen del Día de Acción de Gracias se remonta a la época colonial de Estados Unidos, cuando los puritanos protestantes salieron exiliados de la Gran Bretaña hacia las colonias americanas por conflictos religiosos con la iglesia y la Corona Británica.

La historia cuenta que el 16 de septiembre de 1620 salieron 101 puritanos del puerto de Plymouth en el navío Mayflower, el cual llegó en diciembre del mismo año a una ensenada que, por casualidad, había sido bautizada con el mismo nombre del puerto inglés del que ellos habían partido: Plymouth, en el actual estado de Massachusetts. Y, ¿qué pasó?, ¿comieron pavo llegando? No, más bien la falta de bastimentos acabó, en menos de un año, con la mitad de la población de este primer grupo de exiliados –llamados posteriormente los Padres Peregrinos, Pilgrimsen inglés. Fue entonces cuando el gobernador, William Bradford (1590-1657), buscó la ayuda de los indios de la zona –wampanoag–, a fin de procurarse la primera cosecha de maíz para el año siguiente, y la lograron. Por ello, Bradford instituyó un día de «dar gracias al Señor» por los alimentos recibidos. Y, con este fin, se hizo una gran comilona en la que departieron, indios y puritanos,1 platillos cocinados a base de maíz, calabaza y pavos silvestres.

Durante mucho tiempo, la festividad tuvo una periodicidad irregular y sólo era celebrada de forma regional, hasta que, en 1789, tras la Independencia de las Trece Colonias, el Congreso instauró esta celebración como fiesta nacional el cuarto jueves de noviembre.2
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1 Poco duró esta armonía, pues los problemas por las formas de tenencia de la tierra –comunal contra privada–, entre otros factores, desataron una lucha cruenta entre los peregrinos y los indios wampanoag.
2 Nieves Fidalgo, «El pavo de Acción de Gracias», La aventura de la historia 85, Madrid: Arlanza, noviembre 2005. pp. 103-104.

21 Diciembre 2014 04:30:53
¿Qué onda con… El Sombrerero Loco?
Por Ilse Lyssen Pérez

“Aquí todos estamos locos. Yo estoy loco. Tú estás loca”.
Gato Cheshire a Alicia


En el séptimo capítulo de “Las Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas” (1865), Alicia llega a la mesa donde la Liebre de Marzo, el Sombrerero y el Lirón beben té de forma muy peculiar. Desde el principio se percata de que “algo no anda bien”, pues le dicen que no hay sitio para nadie más –cuando en realidad sobran los asientos–, le ofrecen vino que no hay, y le preguntan acertijos de los que ellos no saben ni jota. En particular, le parece extraño que el Sombrerero hable de forma ilógica y que su reloj, el que escucha y remoja en la bebida caliente, le dé el día del mes mas no la hora. Fastidiada por los cuentos absurdos del Lirón, los constantes juegos de palabras sin aparente lógica del Sombrerero y los groseros modos de la Liebre de Marzo, decide partir de ahí con la idea de haber participado en «Una merienda de locos», título que da nombre al capítulo.

A pesar de que Charles Lutwidge Dodgson (1832-1898), mejor conocido por el seudónimo de Lewis Carroll, nombrara al personaje del bombín simplemente como Sombrerero, en el imaginario popular se le conoce con el calificativo de “loco”, lo cual no está tan errado si se atiende a las afirmaciones del Gato de Cheshire –que desaparece con sonrisa y sin ella– en el capítulo anterior, y si se juzga el comportamiento del excéntrico anfitrión que hace constantes preguntas sobre el sentido de las palabras: “veo lo que como” y “como lo que veo”, por ejemplo. En cualquier caso, uno podría preguntarse por qué Carroll eligió a alguien con este oficio para protagonizar un capítulo tan disparatado.

Sucede que en la época en la que el matemático y escritor británico Dodgson escribió esta entrañable novela, creada a partir de unos cuentos que les narró a tres hermanas –una de ellas llamada Alice Liddell, a quien le dedicó su obra– en un paseo por el río, el oficio del sombrerero gozaba de una popularidad singular: en Inglaterra se usaba la frase “Mad as a hatter” –loco como sombrerero– debido a que el uso de mercurio para procesar el fieltro producía en los artesanos intoxicaciones crónicas y agudas, y éstas les hacían sufrir patologías que alteraban sus facultades mentales. De hecho, no fue sino hasta 1953 cuando comenzó a estudiarse seriamente este fenómeno, al que se denominó científicamente hidrargirismo. Además de los síntomas comunes de intoxicación, esta enfermedad produce cambios en el ánimo y el comportamiento, como tristeza, ansiedad, insomnio, irritabilidad, excitación y susceptibilidad emocional.

Ahora bien, si recordamos que el Sombrerero le cuenta a Alicia que fue condenado por el Tiempo a permanecer en la hora del té, las 6 de la tarde, por querer matar el tiempo cantando –¡qué dilema–, y se pasea ansioso alrededor de la mesa, cambiando de lugar cada vez que necesita una taza limpia, melancólico, esperando que su reloj cambie la hora, con una verborrea atípica, no nos parecerá extraña la elección del autor por un oficio que, aunque con sombrero, deja volar a “la loca de la casa”.
14 Diciembre 2014 04:30:09
Los emblemas de Francia
Por Vanessa Mena Lugo

Todos los países tienen símbolos que los identifican ante el mundo. En el caso de Francia, dichos emblemas surgen de su historia, de la Revolución, de su cocina, de sus monumentos y de su vida cotidiana. Todos ellos persisten en el imaginario colectivo.

1. 'Liberte, Égalité, Fraternité' –“Libertad, Igualdad, Fraternidad”–, lema de la República francesa. Fue utilizado por primera vez durante la Revolución, sólo que en aquel entonces agregaban la frase “¡...o la muerte!” que, por considerarse políticamente incorrecta, fue eliminada poco tiempo después.
2. La Torre Eiffel. Con todo y que a los parisinos al principio les parecía muy fea, hoy es el monumento francés más reconocido en el mundo. Fue creada por Gustave Eiffel para la Exposición Universal de París de 1889. Tiene una altura de 300 metros.
3. El Arco del triunfo. Monumento de 50 metros de altura que representa las victorias del ejército francés al mando de Napoleón Bonaparte. Ubicado en la Plaza Charles de Gaulle –antes Plaza de la Estrella–, fue inaugurado en 1836.
4. La Bandera tricolor. Es el único emblema nacional oficial de la República de Francia –según la Constitución de 1956–. El color blanco representa la monarquía, y el azul y el rojo la ciudad de París.
5. El gallo. Este animal es tomado como símbolo francés debido a que el vocablo latín “gallus” significa “gallo” y “galo” a la vez. Durante la Revolución francesa, y tiempo después en la Primera Guerra Mundial, fue usado en estandartes y escudos.
6. “La Marsellesa”. El 26 de abril de 1792 Claude Joseph Rouget de Lisle compuso esta obra –originalmente llamada “Chant de guerre pour l'armée du Rhin”– para ser empleada como canto de guerra en el conflicto contra Austria –las tropas marsellesas entraron cantándola en París, de ahí su nombre actual–. En 1879 fue adoptada oficialmente como himno nacional.
7. La moda. Durante el reinado de Luis XIV, Francia se convirtió en la capital de la moda, debido a que este gobernante solía invitar a diseñadores de todo el mundo a contemplar las creaciones francesas y llevarlas a su país. Así, la moda francesa se volvió mundialmente reconocida como la más innovadora y chic.
8. La Flor de lis. Este símbolo fue utilizado en los escudos de la realeza de Francia durante el siglo 12. El primero en usarlo fue el rey Luis VII en un sello real. Sus tres pétalos representan “perfección, luz y vida”.
9. Los cafés. En 1661 se inauguró la primera cafetería en Marsella, Francia. Algunos años después, en 1672, un armenio llamado Pascal abrió el primer café en París. Desde entonces, los cafés son los puntos de reunión más comunes en Francia. Algunos son emblemáticos por los artistas e intelectuales que los frecuentan.
10. Vino, pan y queso. En una cena elegante no puede faltar vino, pan y queso de origen francés. La fama de los vinos se debe a su gran variedad, pues van desde blancos ligeros hasta tintos de fuerte sabor. La gama de quesos también es muy amplia, ya que este país produce alrededor de 350 variedades. Además, la baguette y el croissant son íconos de la gastronomía gala.
07 Diciembre 2014 04:30:08
El semáforo
por el Dr. Ian Q. Carrington

¿Se imagina un cruce peatonal sin luces que indiquen el paso o alto a personas y vehículos? He aquí una brevísima semblanza sobre el origen de estos infaltables objetos citadinos.

Del griego σῆμα, sema, ‘señal’, y φόρος, -foros, ‘portar, llevar’, el término semáforo es en realidad muy reciente, pues hay registros de su uso en español desde 1884 —según el diccionario etimológico de Corominas.

Desde tiempos del imperio romano hasta nuestros días, el desarrollo y crecimiento de las ciudades más importantes ha llevado a las civilizaciones a buscar una forma de control para sus vías de transporte y circulación. Asimismo, la necesidad de los pueblos antiguos de enviar mensajes urgentes a regiones lejanas obligó a las comunidades a desarrollar sistemas de comunicación que permitieran enviar señales; fogatas y torres con banderas de colores fueron usadas durante siglos para pedir ayuda de pueblos vecinos en caso de invasiones enemigas, así como para anunciar la muerte de monarcas.

Durante el siglo 18 se les llamó “semáforos” a las torres que funcionaban como estaciones portuarias; éstas, por medio de señales visuales —mostradas en un mástil— avisaban de la llegada de buques o daban a conocer avisos urgentes. Más tarde, en el siglo 19, se utilizó este nombre para llamar a las estaciones telegráficas.

En diciembre de 1868 se instaló el primer semáforo para tránsito vehicular en Londres —una columna de hierro de seis metros de altura—, diseñado por el ingeniero ferroviario John Peake Knight. Éste fue instalado cerca de la Cámara de los Comunes (Cámara Baja del Parlamento británico, cuya sede se encuentra en el Palacio de Westminster), y contaba con dos “brazos” que se alzaban para indicar el sentido y el momento en que debían detenerse los vehículos; este semáforo debía ser operado de forma manual por un oficial de policía.

Lo interesante de la invención de Knight es que ésta ya contaba con lámparas de gas de color rojo y verde que eran visibles de noche. A menos de un mes de «inaugurado» este semáforo, el tanque de gas por medio del cual funcionaba explotó y, cuentan, el operador murió —no hay documentación que confirme este hecho—. Luego de este supuesto incidente, el semáforo dejó de usarse durante varios años.

Hacia 1910, el ingeniero Earnest Sirrine adaptó el diseño de Knight y cambió el tanque de gas por una instalación eléctrica. El primero de estos modelos fue instalado en Cleveland, en 1914.

El primer semáforo automático —también con luces verde y roja— fue patentado por William Ghiglieri en San Francisco, California, hacia 1917.
En 1920 William Potts —oficial de policía de Detroit— agregó la luz ámbar intermedia para advertir del cambio de luces y así evitar los accidentes de tránsito que ocurrían justo en el cambio inminente de luces. Sin embargo, tuvo que esperar a que la legislación estadounidense aprobara esta modificación. Debido a la II Guerra Mundial, la producción de semáforos de tres luces para los EE. UU. se retrasó hasta finales de los años 40.

Y en México...

Aunque don Porfirio Díaz estableció un cuerpo de policías de tránsito que debía controlar el paso de vehículos en las principales avenidas del país, debido a las revueltas de 1910 no fue posible implementar el uso de los primeros semáforos manuales sino hasta 1930; un par de años después se instaló el primer semáforo automático en el cruce de avenida Juárez y San Juan de Letrán —esquina donde hoy confluyen la Torre Latinoamericana, la explanada del Palacio de Bellas Artes y el anexo Guardiola.

30 Noviembre 2014 04:30:56
El carrito de supermercado
En 1937, Sylvan Nathan Goldman, (para ese entonces sus tiendas ya eran de autoservicio —ofrecían canastas tejidas a los clientes—, y de hecho los Goldman ya eran propietarios de buena parte de la cadena Standard/Piggly Wiggly) gerente del supermercado Humpty Dumpty, de Oklahoma, notó que entre más mercancía pudieran cargar los clientes, más compraban. Con esta idea en mente, una noche se quedó viendo una silla plegable de madera y se le ocurrió poner sobre ella una canasta y llantas en las patas. La idea básica del carrito del súper había nacido.

Goldman solicitó a Fred Young, un mecánico local, la elaboración del primer modelo del carrito: un armazón de metal plegable con asas y llantas, que los clientes pudieran sacar al pagar. Goldman llamó a su invento “folding basket carrier” —“portacanastas plegable”—, y en 1936, fundó la compañía fabricante de carritos Folding Carrier Basket, conocida hoy en día como Unarco.

Para los años 40, los carritos ya eran muy populares en los Estados Unidos, al grado que los supermercados adaptaron a ellos sus instalaciones. Aunque el diseño básico no ha cambiado mucho, el carrito ha sufrido algunos cambios: en 1946, Orla E. Watson ideó un carrito plegable que no requería el armado y desarmado de sus partes, y que podía insertarse en otro carrito para un almacenaje compacto; en 1947 se le añadió el asiento para niños, y en 1952, la pieza plástica que cubre los orificios del mismo —para el comprador sin hijos.

Ciertos estudios sostienen que las tiendas que no cuentan con carritos venden mucho menos que las que sí los ofrecen. En México, los carritos llegaron junto con los supermercados: el primero de ellos, Aurrerá, inició operaciones en 1958.

23 Noviembre 2014 04:30:50
Echarles margaritas a los cerdos
Como es bien sabido, esta frase se usa cuando se destinan objetos muy valiosos o se practican acciones generosas con personas que no saben apreciarlas en su justo valor. La expresión procede del Evangelio de San Mateo 7:6, donde se dice que Jesucristo la usó en el sermón de la montaña: “Noite dare sactum canibus neque mittatis margaritas vestras ante porcos, ne forte conculcent eas pedibus suis et conversi dirumpant vos”(“No deis lo santo a los perros ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen y se vuelvan y os despedacen”).

Mucha gente se sorprende hoy de que una flor bella, pero humilde, como la margarita, se considerara de tanto valor como para ponerla al nivel tanto de las perlas como de las cosas santas. Pero lo que posiblemente esa gente no sabe –y que nosotros acabamos de descubrir– es que la palabra margarita viene del griego μαργαριτης, /margarítes/, cuyo significado es “perlas”, razón por la cual el latín vulgar la usó para nombrar a la flor y a la joya. De hecho, una de las acepciones de margarita en el DRAE es la de “perla de los moluscos”. Esto ya aparece en el “Tesoro de la Lengua Castellana” (1611) de Sebastián Covarrubias, que explica que perla es “la margarita o unión preciosa que a fin de adornar con ella los cuellos y las orejas de las mujeres, hace entrar a los hombres en lo profundo del mar a pescarlas, y no sin gran peligro”. Incluso, para los franceses, la palabra marguerite significaba “perla”, además de “flor”.
Por cierto, ¿no ha escuchado últimamente en la radio una popular canción que justamente retoma el sentido primigenio de la expresión “echar margaritas a los cerdos”?:

“No puedo pedir que el invierno perdone a un rosal. No puedo pedir a los olmos que entreguen peras. No puedo pedirle lo eterno a un simple mortal y andar arrojando a los cerdos miles de perlas”.

En cuanto a la palabra margaritomancia –que no viene en el DRAE–, se refiere a una forma de adivinación que se practica por medio de una perla fina después de haberla sometido a ritos de encantamiento para darle vida. Y, para quitarle la duda sobre su origen, le contamos que Marianne Verneuil sostiene, en su Dictionnaire Pratique des Sciences Occultes, que la margaritomancia tiene su origen en Persia y Arabia. (Este artículo se basó en el libro “Cuento de cuentos I”, de Néstor Luján, Barcelona: Folio, 1996; p. 154.)

16 Noviembre 2014 04:30:16
Los libros del Antiguo Testamento de la Biblia –Tercera parte–
Esta semana cerramos las entregas sobre los orígenes de los nombres del Antiguo Testamento de la Biblia con los Libros Sapienciales y los Libros Proféticos.

Libros sapienciales
Así llamados porque conceden un lugar a la sabiduría, del latín sapientia, “sapiencia”.
- Job. Procede del hebreo yob, que significa “perseguido”, y es el nombre de un hombre muy rico y de recta conducta, que de pronto se ve en la mayor carencia y precariedad al permitir a Dios que pruebe su fe.
- Salmos. Salmo significa en hebreo “alabanza”. Es la colección de composiciones poéticas del pueblo de Israel: himnos, súplicas y poemas de gratitud, sabiduría, instrucción o historia; existen los llamados “salmos alfabéticos”, que inician en el orden de las letras del alfabeto hebreo.
- Proverbios. Del latín proverbium, “sentencia, adagio, refrán”. Es una colección de máximas, refranes, dichos y poemas para la instrucción de la juventud, atribuidos a Salomón.
- Eclesiastés. Al libro se le ha dado también el nombre de Qohélet –que significa “el predicador”–, derivado a su vez de la palabra hebrea qahal, que significa ‘asamblea’. De aquí su relación con la griega ekklesía, cuyo significado es el mismo.
- Cantar de los Cantares. ¿Poema entre un hombre y una mujer, o alegoría entre Dios y la humanidad? cualquiera que sea el sentido, su belleza es inigualable: imágenes sensuales y metáforas con que se describe a los amantes y a su profundo deseo de estar juntos. La construcción “cantar de los cantares” tiene valor superlativo –superior a todos los demás–; también se le conoce como “cantar de Salomón”.

Libros proféticos
Estos 18 libros, los últimos del Antiguo testamento, se atribuyen a los profetas; esto es, a hombres inspirados por Dios para hablar en su nombre y transmitir sus enseñanzas. Para dividirlos existen varios criterios; los más usuales: por tiempo –primeros y últimos profetas– y por extensión del libro –profetas mayores y profetas menores.
Los libros de los profetas mayores son: Isaías, Jeremías, Baruc, Lamentaciones –cuyo nombre procede de El Libro de los Setenta, donde se denominan Zrénoi, que son cantos fúnebres y, justamente, lamentaciones–, Ezequiel y Daniel. Los profetas menores son 12 en total: Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías; de entre estos últimos, destaca el relato del Libro de Jonás, quien es tragado por un gran pez después de un naufragio, mientras intenta escapar de su tarea profética.

09 Noviembre 2014 03:30:10
Los libros del Antiguo Testamento de la Biblia –Segunda parte–
Esta semana continuamos con la segunda de tres partes sobre el origen de los nombres de los libros del Antiguo Testamento.

Libros históricos
Llamados así por su carácter historiográfico; también responden a una antigua tradición según la cual estos libros fueron compuestos por algunos profetas de Israel, a quienes se les denomina “Profetas Anteriores”, con el fin de distinguirlos de los “Posteriores”.
- Josué. Narra la historia de Josué –que significa “Dios salva”–, quien guía al pueblo hebreo después de la muerte de Moisés.
- Jueces. Proviene de la palabra hebrea shoftim, que significa “justicia”; según algunas versiones, narra desde la muerte de Josué hasta el nacimiento de Samuel –un periodo de 300 años, aproximadamente.
- Rut. Este libro recibe su nombre gracias a la protagonista del relato: Ruth o Rut –que significa “compañera”–, joven viuda que cuidó de su suegra Noemí, quien a su vez la ayudó a encontrar nuevo marido. El hombre pertenecía a la tribu de Judá y de su unión nació el abuelo del rey David.
- Samuel. Se llama así porque se presenta a tres personajes clave: Samuel, último juez de Israel y el primero de los profetas, que por su ministerio da nombre a estos libros; Saúl, quien fue ungido primer rey de Israel por Samuel, y David, el nuevo rey, soldado de Dios, famoso por vencer a Goliat, un enorme guerrero filisteo.
- Reyes. Comienza con los últimos años del rey David y, posteriormente, el reinado del Rey sabio –de ahí su nombre.
- Crónicas. su nombre se debe a san Jerónimo, padre de la Iglesia. En otras versiones se les llama “Las cosas de los días” o Paralipómena, es decir, “Las cosas dejadas a un lado”, omitidas. Ofrecen información complementaria no contenida en los demás libros.
- Esdras. Del nombre del escriba y sacerdote judío que, cerca de 450 años antes de nuestra era, compiló el Pentateuco y el resto del Antiguo testamento. su nombre proviene del hebreo y arameo ezra, que significa “ayuda” o “asistencia”.
- Macabeos. El primer libro con este nombre narra el intento de helenizar forzadamente a los judíos, y la resistencia de Matatías; la jefatura militar pasó pronto a Judas, el hijo, quien tenía por apodo “Macabeo”, que significa “martillo”. El segundo narra ciertos hechos que también se incluyen en el primer libro, y otros, como la herejía de Heliodoro.

Continuará…

02 Noviembre 2014 03:30:53
Los libros del Antiguo Testamento de la Biblia   –Primera parte–
En el principio creó Dios el cielo y la tierra, o al menos eso dice la Biblia de Jerusalén –que es referente de 83.9% de la población en México–, pero sucede que la Biblia no es un solo libro, sino una colección de libros con varias divisiones estructurales. Además, la biblia utilizada por los protestantes es diferente a la de los católicos, los libros sagrados mormones y la de los testigos de Jehová. Otra diferencia es la riqueza de traducciones disponibles. Por ejemplo, a partir de la reforma protestante en el siglo 16, las iglesias cristianas no católicas rechazaron la traducción griega hasta entonces conocida –además de siete libros del Antiguo testamento–, y los testigos de Jehová tienen su propia biblia titulada “La Traducción del Nuevo Mundo”.

Por otro lado, antes del cristianismo ya existía la biblia hebrea –o Tanakh–, que consta de 24 libros: la Torah –que los cristianos conocen como Pentateuco o Libros de la Ley–, Nevi ́im –Libros de los Profetas– y el Ketivum –escritos o Hagiographa–. La versión católica de la Biblia que conocemos se definió durante el concilio de trento, celebrado de 1545 a 1563, y actualmente existen diversas versiones. Veamos a continuación los libros del Antiguo testamento:

Pentateuco
Palabra de origen griego: de πέντε, pénte, ‘cinco’ y τευξος, teuxos, ‘caja’, “cinco cajas”, así llamado por los estuches, cajas o vasijas donde en la antigüedad se guardaban y protegían del deterioro los rollos de papiro o de pergamino utilizados como soporte de escritura. Lo forman:
Génesis. Del latín genesis, y éste del griego γένεσις, génesis, ‘comienzo’; describe la creación del Universo y de su mayor obra, el hombre.
Éxodo. Del griego έξοδος, éxodos, ‘partida, salida’. Después de la contienda entre Moisés y el faraón, narra la salida de Egipto y la consecuente peregrinación del pueblo hebreo a la tierra prometida.
Levítico. Del latín Leviticus, y éste del hebreo léví; su nombre se debe a una especie de manual religioso para uso de los levitas o sacerdotes de culto, elegidos de entre los miembros de la tribu de Leví –hijo de Jacob, cuyo nombre lleva una de las 12 tribus del pueblo de Israel.
Números. Llamado así por la referencia con la que comienza: Dios ordena a Moisés realizar un censo del número de hebreos capaces de usar armas; además, el libro está lleno de referencias numéricas de diversos tipos.
Deuteronomio. Del griego δευτερος νόμοσ, deuteros nómos, ‘segunda ley’; este nombre fue dado por oposición a la Primera Ley. Es el quinto libro del Pentateuco, y en él se narra, entre otras cosas, la muerte de Moisés.

Continuará…


26 Octubre 2014 02:30:26
¿Qué onda con… el burka?
Por Dulce de Reyes

Cuando pensamos en el burka, solemos asociarlo con misoginia, intransigencia, y con la exclusión que sufre la mujer oriental de los cargos públicos. Para entender esta costumbre, debemos conocer un poco el trasfondo social, cultural y religioso de las regiones1 donde su uso es común.

Antes que todo, hay que aclarar que el término burka –o burqa– puede designar dos prendas de vestir usadas por las mujeres en los países árabes como una manifestación del Hiyab:2 la primera es un velo que se ata a la cabeza –sobre un cobertor– y que oculta toda la cara, excepto la zona de los ojos, la cual se cubre con un enmallado para que la mujer pueda “ver” a través de él; otro tipo, llamado burka completo, burka afgano o chador, cubre el cuerpo y la cara por completo –éste fue obligatorio en Afganistán bajo el mandato de los talibanes.3

Su uso obedece a algunas menciones que se hacen en el Corán, en las cuales se insta a las fieles a “pedir algo detrás de un velo”, a que “ciñan sus velos”, que “no muestren sus adornos más que lo que se ve” y oculten el pecho con sus velos.

El atuendo tradicional femenino en las culturas islámicas incluye cubrirse la cabeza de distintos modos, lo cual también es característico de la vestimenta masculina y de otros atuendos tradicionales cristianos, judíos o hindúes. Esta costumbre, en contra de lo que se suele pensar, no es una idea reciente ni exclusiva de los pueblos arabófonos o islámicos; de hecho, en muchas partes del mundo las mujeres tienen por costumbre cubrir la mayor parte de su cuerpo, incluida la cabeza –de hecho, hasta el Concilio Vaticano II, la mujer debía entrar a las iglesias católicas portando un velo–, por argumentos paralelos a los esgrimidos por los musulmanes.

Ahora bien, a finales del siglo 19, se desarrolló un fenómeno en el mundo islámico, conocido como nahda o “Renacimiento”, que supuso una mirada hacia Occidente –en concreto a Europa y sus valores ilustrados– y hacia el glorioso pasado de la civilización araboislámica: desde entonces se empiezan a cuestionar determinados aspectos del Hiyab e, inevitablemente, la tradición femenina de cubrirse la cabeza y, sobre todo, el rostro; aunque en algunas regiones aún es un signo de distinción social, que diferencia a las mujeres urbanas de las campesinas, quienes llevan la cara descubierta.

Sin embargo, en los últimos años, estas prendas se han considerado un símbolo de la exclusión femenina y la no participación de las mujeres en los asuntos públicos. Como señalan algunas autoras musulmanas –entre ellas HudaSha’arawi, la madre del feminismo árabe–, el ocultamiento del cuerpo femenino no procede tanto de las prescripciones sagradas, como de una interpretación rigorista y descontextualizada de las mismas, hecha por los hombres. Seguramente sabe lo que dice.


1 El burka se utiliza en países y regiones predominantemente islámicos, como Afganistán y el noroeste de Paquistán.
2 El burka se utiliza en países y regiones predominantemente islámicos, como Afganistán y el noroeste de Paquistán.
3 Grupo fundamentalista islámico que gobernó Afganistán de 1996 a 2001. Aunque en el dialecto del persa que se habla en este país la forma talibán es plural –del singular talib, que significa «estudiante»–, esta voz se ha acomodado ya a la morfología española y se usa talibán para el singular y talibanes para el plural.

19 Octubre 2014 03:32:59
Cementerios, panteones y camposantos
Por Rodrigo Velázquez Moreno

La mayoría de las culturas originarias coincidieron en enterrar a sus muertos y en considerar sagrado el lugar donde éstos reposaban. A pesar de la tecnología y los siglos transcurridos, esta tradición ha permanecido sin grandes cambios.

He aquí una brevísima semblanza sobre ese espacio en el que, tarde o temprano, «descansaremos».

¿Panteón o cementerio?
En principio hay que aclarar que un panteón es un altar, mientras que un cementerio es el espacio físico en donde se depositan cadáveres. Un poco de historia nos aclarará la tan común confusión entre ambos términos: el primero tiene origen en los antiguos templos donde los griegos adoraban a sus dioses; después, con la invasión romana, algunos de esos panteones fueron destruidos; otros, con más suerte, fueron transformados en nuevos templos para los dioses romanos.

Años después, cuando el catolicismo se convirtió en la religión oficial, la Iglesia se apropió de estos templos y los convirtió en basílicas.1 El Panteón Romano –Panteón de Agripa– fue uno de los que atravesó por dicha transformación: se convirtió en la Iglesia de Santa María de los Mártires, por lo que obtuvo inmunidad ante la masiva destrucción de espacios «paganos» –hoy es el único edificio de la Antigua Roma en la ciudad.

Durante el Renacimiento, aquella iglesia se convirtió en la Academia de los Virtuosos de Roma que, además, sirvió de sepulcro a artistas de la talla y fama de Rafael; en la época moderna, al recuperar su valor original como Panteón de Agripa, la idea de «ir al panteón a ver las tumbas de los famosos» no se hizo esperar: las familias adineradas la copiaron para sus nichos fúnebres y construyeron «panteones» para sus difuntos. Así, por costumbre, las personas comenzaron a llamar «panteón» a cualquier tumba y, también por extensión, a los cementerios. Entonces, el cometido de la religión católica se cumplió: se olvidó por completo que, de origen, un panteón era un templo dedicado a los dioses «paganos» –los griegos, primero, y después los romanos.

Y bueno...
Los cementerios siempre han tenido espacios físicos delimitados, normalmente ubicados lejos de las poblaciones. Supongo que desde tiempos prehistóricos el ser que dejaba de vivir era abandonado por varias razones: 1. no tenía ya ninguna utilidad para nadie –salvo, quizá, en las culturas caníbales–; y 2. los muertos apestan, atraen enfermedades y animales salvajes. Presumo entonces que, después de miles de años, los hombres entendieron que el riesgo de contraer enfermedades por la presencia de cadáveres disminuye si éstos se queman o se entierran; imagino también que ya eran lo bastante civilizados como para entablar lazos fraternales, incluso con cuerpos inanimados. Así pues, decidieron conmemorar las muertes de sus amigos y parientes y, para hacerlos permanecer en el recuerdo, qué mejor que edificar un lugar especial, que cumpliera con el requisito de lejanía [pero nomás tantito] para matar dos pájaros de un tiro: poderlos visitar en un lugar en el que no «contaminen» con su presencia.

Estos lugares reflejan las tradiciones y culturas de los pueblos que los construyeron. De ahí su importancia para los historiadores por sus múltiples asociaciones: catacumbas, sarcófagos, cementerios y ataúdes; cruces, lápidas, flores, etcétera.


1. Del griego basilikéoikía, ‘casa real’. Para los romanos, una basílica era un suntuoso edificio público.
12 Octubre 2014 03:30:21
¿Qué onda con… el mojito y el daiquirí?
“Mi daiquirí, en el Floridita. Mi mojito, en La Bodeguita”1.

El ron es una bebida de piratas, por eso no es de sorprender que su historia esté tan ligada al Caribe, allí se destiló por primera vez y allí es donde se produce la mayor cantidad hoy en día, tampoco sorprende que dos de los tragos más emblemáticos que se preparan con él provengan de Cuba: el daiquirí y el mojito.

Daiquirí es una palabra en taíno2 que nombra una playa cercana a Santiago de Cuba. A comienzos del siglo 20, cerca de allí, uno de los trabajadores de una mina local, Jennings Cox, al recibir visitas y no tener whisky –o ginebra–, mezcló jugo de limón, azúcar, ron, y al final agregó hielo, como probando un nuevo estilo de whisky sour, sólo que sustituyendo el alcohol maltés por el destilado de caña. El nombre llegó de manera natural: “ron a la daiquirí”, que finalmente se contrajo hasta ser sólo daiquirí.

Aunque hizo falta un eslabón más para que la cadena cerrara, y el daiquirí se convirtiera en un trago mundial. El coctel salió de Cuba y se popularizó luego de que el almirante Lucius W. Johnson, oficial médico de la Armada estadounidense, lo probó y, seducido por su encanto, llevó la receta al club de oficiales marinos y navales en Washington. Luego de eso, pasó poco tiempo antes de que su popularidad fuera mundial y hasta el presidente John F. Kennedy se deleitara con él.

Por otro lado, el mojito es, tal vez, la bebida cubana más popular fuera de Cuba. Se le puede encontrar en restaurantes y bares de todo el mundo, más o menos respetando la misma receta. La bebida obtiene su nombre de una parte del proceso de preparación: mojito es diminutivo de mojo, un tipo de salsa que se obtiene al machacar ingredientes en una base –como se machacan las hojas de menta o hierbabuena.

A diferencia del daiquirí, la historia del mojito se remonta hasta el siglo 16, cuando los marinos ingleses recibían raciones de licor como prestación, hábito que se suspendió hasta el año 1970. El antecedente del mojito, se cree, es el grog: una versión en la que se suavizaba el sabor agresivo del ron perfumándolo con limón, diluyéndolo con agua, y endulzándolo con azúcar. De hecho, la palabra ron proviene de la palabra inglesa rum, cuyo origen más probable son los términos rumbulliono rumbustion, palabras de moda en la época en que se perfeccionó el destilado de la melaza, y que eran términos coloquiales para “tumulto o alboroto”.

Estos dos tragos están muy arraigados en la mitología literaria gracias a Ernest Hemingway. Él fue uno de los responsables de darle fama al daiquirí. Durante sus años en La Habana frecuentaba el bar Floridita, donde se sentaba a disfrutar su receta especial. A diferencia del trago original, la variedad preparada para Hemingway no tenía endulzante, ya que él –hipocondriaco– pensaba que tenía diabetes, y por eso evitaba el azúcar, además de llevar el doble de ron y el jugo de dos toronjas. De ahí que sea prudente cuestionar el mito que lo coloca en la Bodeguita del Medio tomando mojitos.
La única imagen, el único homenaje posible, debe ser en el Floridita. Salud.


1 Frase que, según Delio Valdés, promotor de la primera La Bodeguita del Medio, Fernando G. Campoamor hizo firmar a Ernest Hemingway como suya, sobre un papel de estrasa, durante una borrachera.

2 Grupo indígena procedente de lo que hoy es Venezuela, que habitó en las Antillas Mayores y Bahamas; eran hablantes de una lengua de origen arahuaca. Quedan algunas poblaciones en Puerto Rico.

05 Octubre 2014 03:30:25
Los griegos en la mesa
Por Laura Pérez Sandi Cuen

Quizás el más famoso de los banquetes de la antigüedad fue el banquete en casa de Agatón que nos describe Platón en su diálogo Simposio o de la Erótica, en el que el más sabio ateniense, Sócrates, nos dijo lo que es el amor. Pero ¿qué hay detrás de las comidas griegas comunes, menos filosóficas?

En la Grecia clásica, inicialmente, se organizaban sencillos banquetes para ofrecerlos en honor a los difuntos. Durante ellos se sentaban y comían en taburetes; más adelante estilaron comer recostados, apoyados del lado izquierdo del cuerpo. El banquete no era una comida en sí, sino una reunión social e intelectual donde se bebía vino. Los festines se realizaban en casas de prostitutas a las que los hombres pagaban por entrar y que se conocían como simposios –del gr. συμ, con y πο ́ σιον, beber, que significa beber al mismo tiempo y que, por extensión, pasó a significar festín o banquete. Éstos constaban de varias partes: un brindis y enseguida una comida, ya sin vino. Mientras comían era importante la conversación, escuchar música acompañada por representaciones escénicas y respirar un ambiente impregnado del aroma de diversas esencias.

Antes de comer se lavaban las manos y los pies. Los servicios iban poniéndose en orden sobre una mesa baja y sin mantel, que era lavada al finalizar cada uno. Comían con los dedos y como no acostumbraban usar servilletas, se limpiaban con migas de pan, que una vez saturadas de grasa, arrojaban a los perros. El primer servicio o tiempo se componía de mariscos, huevos y embutidos; el segundo consistía en carne, volatería, pescados y una extensa variedad de guisos y legumbres. La comida era muy condimentada y salada para que a los comensales les diera sed y prepararan su paladar para las siguientes degustaciones.

Terminando de comer, se lavaban en un aguamanil ofrecido por esclavos y después los sirvientes vertían vino en ritones –copas con forma de cuerno, sin base, hechas para pasarse de mano en mano– y brindaban con ellos. Entonces elegían con dados al συμποσιαρχος, simposiarca o “rey del banquete” que se encargaba de fijar la dosis de agua en el vino y el número de copas que cada invitado tomaría.

Durante la segunda degustación cantaban, tocaban la flauta, bebían vino –a razón de dos partes de agua y una de vino y, generalmente aromatizado y enriquecido con especias, miel, pétalos de rosa, violetas, entre otros– y comían frutas y bizcochos. En las degustaciones posteriores, primero bebían en copas pequeñas y después en otras de mayor tamaño, el contenido lo tomaban de un solo trago y lo ofrecían a la salud del comensal que se encontraba a su derecha.
28 Septiembre 2014 03:30:04
De dónde viene… Las marcas de los coches
Por: Manuel Alonso de la Florida Rivero

En esta ocasión le platicamos sobre los hombres que les dieron nombre a algunas otras marcas igualmente célebres.

Ford

Después de ser jefe de ingenieros en una de las empresas de Thomas A. Edison, Henry Ford fundó la Detroit Automobile Company, pero la diosa de la fortuna no le asistió entonces, pues esta compañía fue disuelta dos años más tarde. Después fundó la Henry Ford Company, y esta vez su aventura duró todavía menos: su mecenas, William H. Murphy, contrató a otro Henry, de apellido M. Leland, como consultor; a Ford le disgustó el arribo de su tocayo y se salió de la empresa llevándose con él su nombre. Finalmente, en 1903, fundó la Ford Motor Company, junto con otros 11 inversionistas y 28 mil dólares como capital inicial. En la actualidad, la compañía es conocida por su tendencia a bautizar algunos de sus modelos con nombres de animales salvajes.

Cadillac

Después de que Ford abandonara la Henry Ford Company, sus socios tenían pensado disolver la compañía. Sin embargo, el mismo Henry M. Leland los convenció de que podían seguir en el negocio con un motor producto de su ingenio, y así lo hicieron. La compañía fue renombrada Cadillac Automobile Company, en honor del explorador francés Antoine Laumet de La Mothe Cadillac, quien fundó la ciudad de Detroit, Michigan, en 1701.

Renault

Louis Renault es uno de los más grandes genios de la industria automotriz: a los 21 años diseñó su primer automóvil, el Voiturette–que podría traducirse como “cochecillo”, pues voiture en francés significa “coche”–, maravilla que incluía un revolucionario Cardán2 y una caja de cambios con tres velocidades y reversa. Luego, junto con sus hermanos Fernand y Marcel, fundó la Société Renault Frères. Después de ganar varias carreras con sus propias creaciones, y ante la muerte de Marcel en una de ellas, decidió dedicarse exclusivamente al desarrollo de su compañía, que llegaría a ser la más grande productora e importadora de vehículos motorizados de Francia.

Ferrari

Después de haber servido como peón en el ejército italiano durante la Primera Guerra Mundial y de no haber conseguido trabajo en FIAT, Enzo Ferrari ingresó en Alfa Romeo como piloto de carreras. En 1929 fundó la Scuderia Ferrari, la división de Alfa Romeo dedicada a las competencias. Ferrari se independizó en 1940. En los años 60, debido a problemas financieros, se vio obligado a buscar la reestructuración de su compañía y, adivine quién se interesó... Así es, FIAT entró al quite y para 1969 ya era dueña de 50% de la empresa. Desde 1989, FIAT posee 90% de las acciones de Ferrari.

Lamborghini

Ferruccio Lamborghini se mantuvo cerca de los motores mientras participaba en la Segunda Guerra Mundial e, incluso, cuando fue prisionero de guerra de los ingleses. Al finalizar la guerra, Lamborghini se dedicó a la construcción de tractores, lo que le permitió amasar una gran fortuna. Amante de los coches deportivos, en su colección incluyó algunos Ferraris, a los que con frecuencia les encontraba fallas mecánicas. Cuando a su Ferrari 250 GTB le falló el clutch, Lamborghini decidió hacerle una visita nada amistosa a Enzo Ferrari para reclamarle. Se dice que Ferrari, furioso, le reviró diciéndole que un constructor de tractores no podía entender sus automóviles. En venganza, Lamborghini decidió ganarle a Ferrari en su propio juego, construyendo un automóvil más rápido que cualquiera de los de éste. Situó su fábrica –a la que le puso su nombre–, cerca de la de Ferrari e, incluso, contrató algunos ingenieros que habían trabajado para él.
21 Septiembre 2014 03:30:30
¿Qué onda con… las tres Parcas?
Por Sofía Reyes

“La vida no es sólo coser y cantar”, podría decir la Bella Durmiente en ese relato antiquísimo que Charles Perrault reescribió, en el que ella no debe acercarse a una rueca, pues una maldición que recibió al nacer dice que, si se pincha con el huso1 de una rueca, caerá en un sueño mortal.

Ése, desafortunadamente para la hermosa princesa –y afortunadamente para Disney– terminó por ser su fin: ella sí encuentra la rueca malvada. Pero que sea una rueca la ejecutora de su destino no es casualidad, ya que el acto de hilar y de tejer, según la mitología griega, es lo que diseña la trama de nuestras vidas, pues son las divinidades quienes confeccionan el destino de los hombres. Y, específicamente, tres hermanas hilanderas que viven en el Hades y que reciben el nombre de las tres Moiras o, para los romanos, las tres Parcas.2

La hermana más joven es Cloto, “la hilandera”, que posee múltiples telas de colores y texturas diferentes; se encarga de escoger los hilos que pertenecen a cada una de las personas. Pero, como en todo, no todas las entregas son iguales: a quien ella conceda hilos de oro o de seda tendrá una vida dichosa; por el contrario, si otorga hilos de cáñamo o de lana, quien los reciba no tendrá mucho por qué sonreír a su paso por este mundo.

Láquesis, “la que da a cada uno su lote”, es la responsable de girar el huso y, al azar, entrelazar los hilos que forman el presente y el futuro de los hombres, así como la distribución del bien y el mal que regirá la naturaleza de esa persona. Además, esta moira decide la longitud del “hilo de la vida” de cada individuo.

La hermana mayor es Átropos, “la inflexible”, quien espera el momento en el que tenga que usar sus tijeras para cortar el hilo y, cuando lo hace, da por concluida la existencia del desafortunado. A ella es a quien habría que reclamarle las “injusticias” de una muerte, con frases como “era tan joven” o el “no merecía morir”. Aunque quizá no se encontraría respuesta, pues es de ella la balanza y el sentido de justicia.3

Frente a las acciones de las Moiras, dice la mitología, hay poco o nada qué hacer. Ni siquiera los dioses son capaces de retrasar o de cambiar el destino que ellas construyen, ya que ellos también están determinados por su hilado. En este punto, hombres y dioses se tocan, pues ambos están a expensas del tejido de las Moiras y del futuro que ellas conocen, pero no revelan.4

Bajo esa sintonía podemos decir que no todos los hombres estarían satisfechos con sus hilos, tejidos y con la proclividad de terminar sus días por un distraído, aunque justo, tijeretazo. Y Borges nos da la razón en “La Noche Cíclica”, cuando dice: “El tiempo que a los hombres / trae el amor o el oro, a mí apenas me deja / esta rosa apagada, esta vana madeja / de calles que repiten los pretéritos nombres de mi sangre: Laprida, Cabrera, Soler, Suárez...”.



1 Instrumento manual, generalmente hecho de madera, que se adelgaza desde el medio hacia las dos puntas, y sirve para hilar torciendo la hebra y devanando en él lo hilado.
2 Para Teresa Mayor Ferrándiz, las Moiras podrían ser hijas de la Noche, Nix, que sería capaz de procrear por sí sola; sin embargo, y a causa de otros documentos, considera más confiable que ellas serían hijas de Zeus y Temís, quien habría sido su segunda esposa.
3 Estas divinidades son representadas iconográficamente como doncellas melancólicas, o también como mujeres mayores de aspecto severo, aunque en ambas interpretaciones hay una coincidencia: hacen su trabajo con poca luz, casi en penumbras. Y justo como ocurre con los santos, a ellas se les reconoce por sus atributos: Clotos, con una rueca, Láquesis, sosteniendo un mundo y Átropos, con balanza en mano.
4 Para los romanos estos personajes, con las mismas labores, recibían los nombres de: Nona, Décima y Morta. De modo semejante, los nórdicos tenían a las Nornas: Urd, Verdandi y Skuld, que también hilaban el Destino.
14 Septiembre 2014 03:30:24
La cacería de brujas en Salem
Por María del Pilar Montes de Oca Sicilia

Salem, la sola palabra evoca la imagen de brujas, aquelarres, persecuciones y hogueras; de persistencia, de lucha contra el demonio y de un lugar en donde se hizo famosa la confesión cruzada que a partir de entonces se conoce como “cacería de brujas”. Sin embargo, muy pocos saben qué fue lo que realmente pasó y aquellos que han averiguado algo no logran ponerse de acuerdo en cuál fue la causa.

¿Qué fue lo que realmente pasó a fines del siglo 17 en ese pobladito de Massachusetts en la Nueva Inglaterra? ¿Cómo sucedió? ¿Cuál fue la causa? He aquí la crónica de los acontecimientos. De usted será la conclusión, querido lector:

Pequeño pueblo de puritanos
La mañana del 20 de enero de 1692, en el poblado de Danvers –que entonces era una parroquia del pueblo de Salem, en Nueva Inglaterra–, dos niñas, Betty y Abigail Williams, hija y sobrina del ministro de la villa, el reverendo Samuel Parris, empezaron a sufrir ataques, desmayos y comportamientos extraños, de tipo epiléptico e histérico: se arrastraban por el suelo, arrojaban objetos y se contorsionaban y convulsionaban al unísono y de forma impresionante y aparatosa. Al ser interrogadas al respecto, ambas afirmaron que se sentían afligidas por una “presencia sobrenatural, inhumana e invisible”.

Los colonos, doctores y autoridades juzgaron que eso era obra del Diablo e instaron a las niñas a confesar quién o qué creían que fuera la causa de sus padecimientos. Las niñas, al verse acorraladas, no tuvieron a nadie más que acusar que a su nana, Tituba, una esclava negra procedente de Barbados que trabajaba en casa de Parris y que, al ser negra y extranjera, se convirtió en el blanco perfecto, ya que, desde su llegada, les había llenado la cabeza de cuentos y fantasías procedentes de sus creencias primitivas: vudú, apariciones y hechizos. Las niñas también mencionaron a otras dos mujeres: Sarah Good, una pobre pordiosera, sin casa, sin oficio ni beneficio, y Sarah Osburn, otra mujer que nunca iba a la iglesia y que había escandalizado al pueblo por sus amoríos con un mozo de labranza forastero.

En febrero de 1692, las tres mujeres fueron examinadas por los magistrados del pueblo, quienes creían en la existencia del mal, la tentación y el demonio y de su interferencia en la vida diaria. Ellos les preguntaron en forma directa si tenían contacto con el Diablo y, acto seguido, las exhortaron a confesar afirmativamente, “ya que ésta era la única forma para salvarse”, si no lo hacían serían condenadas a la horca. Las dos Sarahs lo negaron todo; sólo Tituba, por miedo a ser asesinada, confesó ser bruja y “haber visto al Diablo en forma de cerdo y perro, haber visto el libro del demonio y haber firmado en él”. La corte entera de jueces y parroquianos quedó sorprendida y fascinada con la narración.

Debido a la confesión de Tituba, las tres mujeres fueron encarceladas en Boston en condiciones realmente precarias. Los relatos de la posesión diabólica y de las tres brujas corrían de boca en boca en el poblado, por lo que pronto otras niñas mostraron los mismos síntomas y, a su vez, acusaron a otras mujeres, lo que dio por resultado una oleada interminable de juicios condenatorios.

Habría que entender el mundo en el que vivían los colonos puritanos de esta región, en la que se habían establecido recientemente, provenientes de una Inglaterra que no había querido reformar su Iglesia, misma que ellos consideraban mundana y corrupta. Su intención era crear en esta tierra americana un New Bible State, en el que sólo los miembros devotos prevalecieran y el mal se combatiera día con día. Creían en el Diablo como un ser equiparable a Dios y al que sólo Dios podía someter, y creían también que el Diablo no podía agredir a ninguna persona físicamente, sino que, de manera forzada, tenía que hacer contacto con una mujer, que tendría que firmar en su libro su nombre con sangre y en ese momento era nombrada bruja.



31 Agosto 2014 03:00:31
Palabrotas: Ominoso
Vaya que esta vez tocó el turno a una verdadera palabrota, una que augura lo sumamente malo, despreciable o repulsivo. Lo ominoso es, según el DRAE, lo «azaroso, de mal agüero, abominable, vitando1»; es también lo odioso y execrable. Fue tomado del latín ominosus, que significa «de mal agüero», que a su vez deriva de omen, ominis, «presagio», «predicción» o «lo que anuncia». Con esta palabra se relacionan otras como omisión, omiso y abominable.

Lo ominoso era, en principio, lo que presagiaba un mal, pero se convirtió en lo que debe ser condenado y despreciado; por ejemplo, se denomina Década Ominosa al periodo de la historia de España que comprende los años de 1823 a 1833, durante los cuales se dio muerte a una gran cantidad de liberales españoles, mientras otros tuvieron que salir al exilio.

Otro significado de esta terrible palabrota proviene de los escritos de Sigmund Freud, quien en 1919 publicó un artículo titulado «Das Unheimliche», traducido al español como «Lo ominoso».2 En este texto, el padre del psicoanálisis califica como ominosa la sensación, relacionada con lo terrorífico, que provoca aquello que nos es familiar y extraño al mismo tiempo y que, por tanto, llega a ser inquietante. Ciertos objetos inanimados que parecen vivos pueden ocasionarnos esta sensación; también la experiencia del doble o del otro yo. Se trata de algo familiar que se vuelve ajeno, o de lo que –por su naturaleza siniestra– se mantiene oculto y, de pronto, aflorara o saliera a la luz.

¿Ha visto esas muñecas de porcelana con vestidos antiguos y pelo natural que parece que en cualquier momento moverán los ojos? Pues éstas producen miedo porque nos hacen recordar lo que nos es propio, lo que somos, pero con un componente ajeno, antinatural.

Por eso, aquellos seres que tienen algo humano y algo animal al mismo tiempo, o los objetos que parecen adquirir vida, producen en nosotros esa sensación espeluznante. Por algo la película “Chucky, el Muñeco Diabólico” (1988) tuvo tanto éxito.


1 Lo que se debe evitar.
2 Sigmund Freud, Obras completas, t. XVII, Buenos Aires: Amorrortu, 1976.

24 Agosto 2014 03:00:12
La moto Vespa
La empresa italiana Piaggio& Co. SpA, fundada en 1882, se encargaba de fabricar tranvías, camiones de carga, autobuses, motores, y al inicio de la I Guerra Mundial, aviones e hidroaviones. Tras la II Guerra Mundial, el heredero Enrico Piaggio decidió introducir al mercado un transporte para dos personas que fuera barato y fácil de manejar.

En 1946 se creó el primer prototipo, mp5, conocido como Paperino –nombre italiano del Pato Donald–, que fue rediseñado por Corradino D’Ascanio, quien colocó el motor sobre la rueda trasera, y la rueda delantera en una extensión que emula el tren de aterrizaje de un avión, y así surgió el mp6. Por su forma, se la asoció con una avispa y de ahí su apodo: Vespa.

La patente del diseño se obtuvo el 23 de abril de 1946, e incluye el guardafangos, la parte delantera que cubre el segmento inferior del cuerpo del piloto, la palanca de cambios en el manillar, y una cubierta del motor que evita que quien la conduzca se ensucie con la cadena de transmisión.

La Vespa se hizo popular a partir de la película “Vacanze romane” –La princesa que quería vivir– (1953), en la que Audrey Hepburn y Gregory Peck recorren las calles de Roma en una Vespa. Desde entonces, la Vespa se convirtió en un símbolo del estilo de vida italiano, de la libertad y el cambio social.

Hasta el día de hoy, Piaggio& Co. SpA ha fabricado más de 140 modelos, entre ellos GTS, GTV, LX, LXV, Sport y Supersport. El más vendido y exitoso es el Vintage Original (1977).

Precios en línea 2012: Vespa lx504v 2012, 3 mil 399 dólares; Vespa gts 300; Super Sport se, 6 mil 399 dólares.
17 Agosto 2014 03:00:39
¿Qué onda con… la moda?
por Julia Santibáñez

Entendida como una “sucesión continua, ininterrumpida e institucionalizada de cambios de estilo en la vestimenta”,1 la moda despierta interés en todos los puntos del planeta y genera derramas económicas de millones de dólares.
Muchos creen frívolo ocuparse seriamente de ella, ya que el abordar temas ligeros implica, en automático, ligereza; pero, a pesar de sus rasgos frívolos y efímeros, este fenómeno cultural merece analizarse profundamente, ya que encarna, entre muchos otros usos, la esencia de la sociedad capitalista: el deseo consumista de cambiar por cambiar, el culto individualista y la primacía absoluta de la imagen, ya que tiene que ver con quiénes somos dentro de la sociedad... y con quiénes queremos ser.

Verme, verte, ser visto
La moda es una expresión cultural que va más allá de los aparadores, las pasarelas y las modelos anoréxicas. En realidad hunde sus raíces en terreno profundo, casi freudiano, al tocar el deseo, exalta de forma simbólica la curiosidad sobre los instintos sexuales: empieza en el narcisismo –verme–, pasa por el erotismo –verte– y acaba en el exhibicionismo –ser visto–. En otra interpretación, la moda está relacionada con necesidades básicas de todo ser humano: las de pertenecer, diferenciarse y reinventarse. Se trata, también, de un juego social que encarna tanto el afán de distinción individual como el de identificación con el grupo social, al estar en la base de los roles sociales que desempeñamos o, mejor dicho, de los distintos papeles que asumimos en la vida.2

Supermercado del Yo
Las implicaciones simbólicas de la selección de un atuendo quedan claras si se piensa que la indumentaria influye de algún modo en tres formas de representación:
1. De la propia identidad o “qué personaje quiero ver en mí al mirarme al espejo”. Por ejemplo, estrenar lencería de encaje en el juego erótico puede modificar la forma en que me concibo... y, por tanto, cuánto me aventuro.
2. De la interacción con otros o “qué quiero comunicar con lo que visto”. Aparecer en la oficina con un clásico traje sastre dice a los demás algo muy distinto de mí de lo que expresará un pantalón de tubo con botas altas y un saco con estampado de leopardo. 3 Asimismo, me relaciono con los demás a partir de las inferencias que hago sobre su atuendo. Seguramente reacciono distinto si al llegar al dentista, en vez de ser recibida por un médico vestido de blanco, aparece un jovencito con pelo estilo mohicano y chamarra llena de estoperoles.
3. De la influencia de la cultura o “cómo me marca mi momento”. Así, la mujer que usa para una fiesta el último vestido de alta costura de Christian Lacroix refleja una historia de vida y cultura totalmente distinta a las que visten un blusón y un pantalón de mezclilla acampanado, un vestido y un chal tejido o un conjunto de cuero con zapatos rojos de tacón.
Por eso, en esta época en la que no existe una, sino muchas modas –tantas como usuarios–, cuando todos los estilos tienen legitimidad –el desaliñado, el sofisticado, el casual, el “no estilo”–, podemos valorar el simbolismo de los botines de satén rosa de madame Bovary que colgaban del empeine de su pie cuando ella se sentaba en las rodillas de su amante. Son muestra de actualidad indumentaria, pero también de coquetería, deseo, anticipación a la aventura, transgresión. Con base en ese rasgo significativo, podríamos tejer buena parte de la historia de este personaje. De igual forma, cualquiera que analizara hoy nuestros zapatos y nuestro atuendo podría reconstruir el personaje social que elegimos este día en la tienda departamental de identidades que conforma el escenario de la moda actual.4


1 Fred Davis, Fashion, Culture and Identity, Chicago: University of Chicago Press, 1992; p. 28.
2 v. Christopher Breward, Fashion, Oxford: Oxford University Press, 2003; p. 217.
3 Sobre la influencia animal en la moda, v. Andrew Bolton, Wild: Fashion Untamed, Nueva York: The Metropolitan Museum of Art, 2004.
4 v. Gilles Lipovetsky, El imperio de lo efímero: la moda y su destino en las sociedades modernas, Barcelona: Anagrama, 1990; pp. 43-46; y Margarita Riviere, Lo cursi y el poder de la moda, Madrid: Espasa, 1992; p. 35.
10 Agosto 2014 03:00:19
El objeto de mi afecto: la silla de director
De acuerdo con registros históricos, la silla plegable, con su característica estructura en ‘x’, se creó en el Antiguo Egipto, entre el 2000 y el 1500 a.C. Esta silla no era sólo un objeto funcional de casa, sino que cargaba con fuertes significados relacionados con la divinidad, el poder y el rango, por lo que se reservaba para usos ceremoniales. Más tarde también llegó a considerarse como un signo de autoridad.

Su evolución puede trazarse desde Egipto hasta Grecia y Roma, donde la llamada sella curulisse adoptó en el tribunal romano durante el periodo de la República. A partir de entonces, la silla plegable se desarrolló en dos sentidos, uno secular y otro eclesiástico. Ya en el siglo 16 era conocida como “silla de tijera”, y las había plegables y fijas.

Con el pasar del tiempo, la silla de tijera fue perdiendo su estatus divino y empezó a utilizarse en la vida cotidiana. Fue adoptada por los ejércitos para salir de campaña, de modo que el diseño se simplificó para que fuera práctica y durable, pero no perdió su significado de autoridad, y se destinaba exclusivamente a los oficiales de alto rango. Se cree que la silla de Napoleón Bonaparte, que ostentaba su nombre e insignias, es la antecesora de la silla de director.

En el siglo 19, con la proliferación de exploradores como David Livingstone, los implementos de campaña del ejército se adaptaron para los campamentos civiles. Así se hizo natural la llegada de este equipo al cine: tanto en los sets como en las locaciones se requerían implementos portátiles y resistentes. La silla plegable y rotulada se destinó, por su significado de rango y poder, a los directores, para quienes se fabrican a mano, ex profeso y personalizadas. Por su estatus de estrellas y protagonistas del filme, algunos actores tienen el privilegio de sentarse en una propia.

En 1893 la silla de director fue presentada por la compañía Gold Medal Camp Furniture en la Feria Mundial de Chicago. En 1903 la Telescope Cot Bed & Novelty Company presentó su propia versión, con lo que se desató una guerra de demandas, cuyo fallo en la corte permitió que ambos fabricantes conservaran sus derechos bajo el argumento de que el diseño de la Gold Medal no era más que una adaptación de la silla de tijera. Finalmente, en 1953, la Telescope patentó el modelo de forros reemplazables, a partir del cual se le han agregado accesorios como cojines, y fabricado versiones en piel, además de la clásica lona.
03 Agosto 2014 05:55:00
Para hablar y escribir bien:  Los metaplasmos o ‘¿me copeas, pareja?’
Hay formas de hablar que no deberían ser o decirse o, simplemente, pronunciarse. Tal es el caso de los errores fonéticos llamados también metaplasmos o vicios de dicción, que son provocados por agregar, quitar o alterar los fonemas en una palabra.

En lingüística estricta puede corresponder a una forma socialmente estigmatizada –propia de un determinado segmento sociocultural–, o bien, a una innovación lingüística de quienes incurren en este error por creer equivocada la forma correcta –este fenómeno se llama ultracorrección–. Y no hay estatus social ni apariencia, ni ropa que discrimine a quienes dicen cambear en lugar de cambiar, o vacear en lugar de vaciar: la realidad es que abundan los viciosos de hipercultismo y ultracorrección por todos lados.

Así, por ejemplo, utilizar la palabra copear para referirse al acto de imitar a alguien, o de escribir en una parte lo que está escrito en otra, es un barbarismo. Naturalmente que se puede copear –no copiar– si se trata de copeo, es decir, de beber en general, tomarse unas copas. Pero queda claro que son cosas totalmente distintas.

Preste atención a los siguientes ejemplos. No vaya a ser que usted también se esté confundiendo:
¿Me puede cambear este billete?
¿Me puede cambiar este billete?

Copee todos los datos, por favor.
Copie todos los datos, por favor.

El presidente espúreo.
El presidente espurio.

Los ladrones me vacearon el departamento.
Los ladrones me vaciaron el departamento.

Pues es que varea, señorita.
Pues es que varía, señorita.

Estaba ansioso de vertir sus conocimientos.
Estaba ansioso de verter sus conocimientos.


1 «Ultracorrección» en El manual para hablar mejor, México: Editorial Otras Inquisiciones / Editorial Lectorum, 2009.
27 Julio 2014 03:00:00
¿De dónde viene… tiquismiquis?
Si esta palabra no existiera, ¿cómo describiría yo a mi madre? Cualquier definición se quedaría corta. Usted también la ha oído, sin duda. Y de seguro conoce a algún tiquismiquis, y probablemente lo tenga más cerca de lo que quisiera.

Tiquismiquis designa a esa persona quisquillosa y “exquisita” que siempre tiene algo de qué quejarse; alguna minucia que al simple mortal le da igual, el tiquismiquis la rechaza al instante, sobre todo si es especialista en el tema: que si su platillo no está cocinado justo hasta el punto que le gusta, que si la cátsup no es de tal marca mejor ni la prueba, que es incapaz de salir de casa sin ponerse perfume o con la ropa arrugada, que no va a la playa porque le molesta la arena y que, como nunca nada está suficientemente limpio, se lava las manos de modo obsesivo o siempre carga toallitas húmedas.

Esta voz –que Francisco de Quevedo emplea por primera vez en español en 1632– tiene su origen en el latín medieval hispánico, por una alteración vulgar de tichi, ‘para ti’ y michi, ‘para mí’, que debido a una artificial pronunciación donde se adjudicó a la h un sonido gutural, derivó en tibi y michi, literalmente “cositas para ti y para mí”. Esta apropiación puede relacionarse también con la frase latina hodiemihi, cras tibi, “hoy por ti, mañana por mí”.

Según el DRAE, se refiere a los “escrúpulos o reparos vanos o de poquísima importancia” que hace alguna persona, o a la persona que los hace. Se empleó primeramente con referencia a ciertas discusiones teológicas monacales y también alude a riñas o discusiones promovidas con muy poco motivo, pesadas o frecuentes. Si se encuentra a alguien así, anímese, pronuncie la palabra, y quizá hasta le produzca cosquillitas.
20 Julio 2014 04:04:25
¿Qué onda con… el derecho de pernada?
Por J. López El “derecho a la primera noche” –también conocido como Iusprimaenoctis, en latín, o Droit de cuissage, en francés– se ejercía por parte del señor feudal al tener relaciones sexuales con la novia del siervo en su noche de bodas. Este poder de apropiación carnal de la virginidad de sus súbditas por parte del señor feudal, sintetizaba las relaciones de dominio sobre los campesinos. El derecho de pernada sólo podía ser evitado si el siervo pagaba en metálico una suma de dinero que generalmente estaba muy por encima de sus posibilidades.

Aunque existen evidencias de esta práctica durante la Edad Media europea, e incluso antes, se ha tendido una “cortina de silencio” histórica para ocultarla o justificarla, ya sea mediante el argumento del “mandato divino” o tratando de encontrar parangón en ciertos comportamientos animales para controlar la manada y asegurar la descendencia.

Esta cortina de silencio medieval no pudo ocultar innumerables signos que en el arte feudal se expresaron contra esta práctica. Sólo mencionaremos dos casos: a) los hechos de abuso sexual en el pueblo cordobés de Fuente Obejuna, entre 1474 y 1516, que serían inmortalizados por Lope de Vega en 1619 con su obra teatral “Fuenteovejuna”; b) “Las bodas de Fígaro, de Mozart”, basada en la obra de teatro de Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais, que estuvo censurada por años porque atentaba contra los privilegios de la nobleza, criticaba el orden social y reflejaba el fermento de la lucha de clases que más tarde se expresó en la Revolución francesa de 1789.

La acumulación de la indignación en la Edad Media por este tipo de abusos sexuales desató numerosas rebeliones campesinas en contra del modo de generación y apropiación de la riqueza. Una de las más documentadas se suscitó entre 1440 y 1486 con la servidumbre de Remensa en Cataluña.

Estas rebeliones campesinas les reprocharon dicha práctica a los señores feudales y los forzaron al reconocimiento de la institución del matrimonio canónico entre la servidumbre. Un matrimonio “bendecido por Dios” tenía mayor rango que una simple unión civil, así que cada vez fue más complicado justificar el derecho de pernada. Hoy en Occidente no es socialmente reconocida la primaenoctis, pero hay, en muchas otras culturas, expresiones igualmente lacerantes. La situación general de la mujer, y en concreto de su sexualidad, sigue siendo un indicador del estadio general de la época social e histórica.

1 Por ejemplo, Heródoto afirmaba que entre los adirmáquidas era costumbre “presentar al rey todas las doncellas que están para casarse, y si alguna le agrada, él es el primero en conocerla”.
13 Julio 2014 05:55:05
Días de escuela
A propósito del día del maestro ¿acaso no recuerda a la profesora conchita? A la que le puso sobre la silla una etiqueta de pavo premium, que, inexorablemente, se pegaría en su trasero... O, ¿ya olvidó al profesor Ramiro? Ése que ponía en la frente, como «estrellita», el chicle recién arrancado de sus fauces.

Las historias entre profesores y alumnos se remontan a épocas antiguas. Por ejemplo, la escuela griega o paideia era opcional hasta los 18 años para los varones atenienses del siglo V a.C. –momento en que se convertían en ciudadanos y se presentaban obligatoriamente al servicio militar.

Como en cualquier escuela que se jacte de serlo, existían situaciones que ponían en jaque a los profesores y en general al sistema educativo, tal cual lo hizo Sócrates, que es retratado en “Las Nubes” de Aristófanes, como un sofista burlón capaz de pervertir el noble espíritu de tal institución. Y hay otros ejemplos: Teopompo1, un siglo atrás, criticaba férreamente los componentes de la educación griega, aunque nunca cayó en el exceso de poner una bomba apestosa en los lugares de enseñanza.

Los romanos tenían sus propias particularidades educativas y, por el siglo I d.C., Quintiliano escribió en sus “Instituciones oratorias” que el vínculo entre alumnos y maestros debería ser respetuoso: «No se les debe azotar a los discípulos; aunque está recibido por las costumbres y Crisipo no lo desaprueba, de ninguna manera lo tengo por conveniente. Primeramente, porque es cosa fea y de esclavos, y ciertamente injuriosa si fuera en otra edad, en lo que convienen todos». Un buen intento, sí, para limar cualquier aspereza en los templos del saber; sin embargo, no dudamos que ya se estuvieran gestando, bajo los infantiles y angelicales rostros romanos, ideas retorcidas de «justicia» educativa que se transmitirían hasta nuestros días.
Actualmente se cuentan por puñados inverosímiles historias educativas, y es el turno de que algunos algarabíos nos cuenten sus experiencias a lo largo de ¡más de 50 años de maratón educativo!

«En la preparatoria tuve un profesor de francés originario de Camerún. Nunca llevaba su relación de alumnos, por lo que solía pasar lista con una hoja que recorría el salón y en la que cada uno de los presentes anotaba su nombre. Como es de suponer, siempre aparecían nombres de más que, increíblemente, el profesor pronunciaba sin rubor, como el de Lisa Simpson. Todo el salón, entre carcajadas mal disimuladas y miradas cómplices, se mantenía a la expectativa para ver qué sucedía a continuación, pero el profesor siempre satisfacía nuestras malignas expectativas, pues cada vez más enojado, gritaba: “Lisa... Simpson... ¡Lisa Simpson!... ¡¿Dónde está Simpson?! ¡¿Por qué no está, eh?!”. Sobra decir que ese nombre era uno de los más benignos: el profesor llegó a aventarse la puntada de leer Benito Camelo y Alma Marcela Silva de Alegría, entre otros».
En conclusión, si dar clases fuera tan poco riesgoso como la montaña rusa, uno pagaría por hacerlo.


1 La obra donde Quintiliano explica todas las particularidades del ser elocuente.

06 Julio 2014 05:55:46
Causas y azares: Sobre el origen de las monedas
Por Armando Sánchez Pérez.- La existencia de la moneda surge con la necesidad del intercambio regulado de bienes; esto es, el comercio. En la prehistoria, los hombres obtenían sus satisfactores mediante la caza, la pesca y la recolección de productos silvestres; difícilmente generaban excedentes, así que el comercio, además de innecesario, resultaba imposible.

Antes de las monedas
El desarrollo de la agricultura y de la ganadería trajo consigo ciertos avances culturales sustanciales; entre ellos, que resultó más fácil a las comunidades hacerse de los satisfactores indispensables y aun generar excedentes. Así, las formas más antiguas de comercio consistieron en el trueque de estos últimos: un arma de caza por vegetales, pescados por pieles, cereales por lana, etcétera.

Sin embargo, el artesano que producía cerámica y necesitaba pan, debía encontrar a un panadero que tuviera necesidad de adquirir cacharros; de no encontrarlo, tendría que canjear sus productos con alguien que ofreciera otros que fueran del interés del panadero. Para la solución de estos problemas, se buscaron los llamados bienes o productos de referencia, cuyos valores de intercambio eran aceptados por la mayoría.

Sorprende la diversidad de cosas que funcionaron como tal: conchas marinas, granos de cacao, plumas exóticas como las del quetzal y de otras aves, tabaco y té; incluso, la palabra salario deriva del hecho de que en la Roma imperial se pagaba a los trabajadores y soldados con sal, dada su relativa escasez y su utilidad en la conservación de alimentos.

La era del metal
Sin embargo, los bienes de referencia tenían varios inconvenientes, ya que muchas veces su traslado, su cuidado y su almacenamiento eran trabajosos; además, surgió la necesidad de contar con otros productos susceptibles de ser fragmentados, para el caso de intercambios menores, cotidianos, de menor valor. Fue entonces cuando se crearon las monedas. Muchos estudiosos coinciden en que fue en el reino de Lidia –hoy Turquía– donde se acuñaron las primeras monedas, alrededor del siglo 7 a.C., y hay quienes atribuyen tal invención a Creso, último rey de Lidia, de quien se decía que era el hombre más rico de su tiempo.

Por otra parte, Antonio Beltrán –catedrático de Numismática en la Universidad de Zaragoza– sostiene que fueron los jonios los que, hacia el siglo 7, empezaron a fabricar monedas. Las evidentes ventajas de contar con un sistema monetario determinaron su rápida adopción por Tracia, Grecia, Macedonia y, merced a las conquistas de Alejandro, hasta por la India.
Pronto los lingotes de metales nobles demostraron su utilidad como medios flexibles de intercambio: su relativa escasez, su incorruptibilidad –pues a comparación del hierro, la plata y el oro, éstos no se oxidan– y su fácil transportación eran una gran ventaja. Además, eran susceptibles de fragmentación y resultaba fácil determinar su peso.

El siguiente paso lógico se dio con la «invención» de la moneda, que tenía las mismas ventajas y otras más: la uniformidad de su peso, la confiabilidad de su valor –determinado por las marcas de su emisor– y la diversidad de su denominación. Además, eran más manejables y más fácilmente transportables que los lingotes. Durante la expansión y el apogeo del Imperio Romano, la adopción de su complejo sistema monetario unificado sentó las bases de los sistemas posteriores.
29 Junio 2014 05:55:15
El flojo y el mezquino…
Dicen que mientras más dinero se tiene, más tacaño uno se vuelve. Pero no sólo personajes como el Scrooge de Charles Dickens o el señor Burns de Los Simpson sufren de tacañería. También en la vida real existen otros como Hetty Green, una de las primeras mujeres en tener influencia en Wall Street, proclamada como la mujer más tacaña del mundo en el Libro de los Récords Guiness. A pesar de su gran fortuna, la historia cuenta que uno de sus hijos perdió una pierna porque su madre no encontró a ningún médico que quisiera curarlo sin costo, y que prefirió postrarlo en una silla de por vida, antes que pagar una operación.

Pero no es necesario ni ser tan rico ni llegar a tales extremos. Toda proporción guardada, egoístas y avaros los hay en todos lados. Sumérjase cual Rico McPato y descubra quién es quién en las siguientes líneas.

Avaro: término acuñado durante el siglo 15, tomado del latín avarus. Adjetivo y sustantivo que define a quien está ansioso de adquirir y atesorar riquezas, sólo por el placer de poseerlas. Mezquino, miserable, ruin. Guardador celoso de algo, particularmente de una riqueza espiritual, sin gastarlo o darlo a otros. Que ansía no gastar ni compartir con otros lo que tiene.
«Avaro es el que no gasta en lo que debe, ni lo que debe, ni cuando debe.» Aristóteles

Envidioso: término acuñado durante el siglo 13. Tomado del latín invidıa, a su vez, derivado de invidere, ‘mirar con malos ojos’. Se aplica al que siente envidia o al que es, por temperamento, inclinado a sentirla. Quien desea para sí algo que tienen otros. Según el Diccionario de Mexicanismos, quien desea honestamente tener lo que otro tiene. A veces, en un uso incorrecto del término, se suele confundir al envidioso con el egoísta.
Se dice: No seas envidioso, y préstale a tu hermano tus juguetes.

Egoísta: Del francés, égoïsme, del siglo 18, y éste a su vez, del latín ego, ‘yo’. Se aplica a la persona que antepone en todos los casos su propia conveniencia a la de los demás, que sacrifica el bienestar de otros al suyo propio o reserva sólo para ella el disfrute de las cosas buenas que están a su alcance y, correspondientemente, a sus actos, palabras, etcétera.
«Un egoísta es una persona que piensa más en sí misma que en mí.» Ambrose Bierce

Tacaño: Término acuñado en Francia e Italia durante los siglos 15 y 16, respectivamente. El sentido antiguo es «persona despreciable o de clase baja». Desde el siglo 17 se aplica a la persona que escatima exagerada o innecesariamente en lo que gasta o da.
«No seas tacaño, pídete otro taco, sólo cuestan seis pesos.»

Mezquino: ca. 950. Del árabe mizkın, ‘pobre’. Sinónimo de tacaño. Excesivamente moderado en lo que gasta o da. Aplicado a las personas y a sus acciones, sentimientos, etcétera. Que carece de nobleza, generosidad y dignidad; que resulta miserable por tener sentimientos bajos o buscar en todo momento su provecho. Se dice de aquello a lo que le falta mucho para ser suficiente. En otra de sus acepciones, abultamiento de la piel parecido a un grano que brota generalmente en las manos o en los pies y se debe a un estado nervioso o a una infección.
«El flojo y el mezquino andan dos veces el camino.»
23 Junio 2014 03:00:57
¿Qué onda con… la adicción al sexo?
México.- Cualquiera podría pensar que lo disfrutan más de lo que lo sufren; que se van satisfechos tras cada encuentro y que vuelven a casa, tranquilamente, para seguir con su vida normal. Y nada más lejos de la realidad.

La adicción al sexo funciona como cualquier otra: o puedes con ella o ella puede contigo; porque todos hemos conocido a personas que frecuentan prostíbulos, y a hombres y mujeres con alta actividad sexual no necesariamente afectiva… mas puede que ninguno de ellos sea adicto al sexo. En realidad, esta afección no es un problema moral, sino médico; es decir, no se trata de tener un mayor impulso sexual, sino de poseer o no, la capacidad de controlarlo.

El primero en acuñar la expresión fue el estadounidense Patrick Carnes en su libro “Out of the Shadows: Understanding Sexual Addiction (1983)”. «Como un alcohólico incapaz de parar de beber, los adictos al sexo son incapaces de parar su conducta sexual autodestructiva, a pesar de las rupturas familiares, los desastres financieros, la pérdida del empleo y otros riesgos que su conducta pueda acarrear», escribió Carnes.

Según los expertos, los adictos al sexo cruzan varias fronteras: tienen una necesidad imperiosa que les crea problemas externos e internos; utilizan el sexo para aliviar una carencia; y aunque la culpa y la vergüenza los atacan después de cada encuentro, siempre regresan por más. Para algunos, el impulso se activa con el alcohol o la cocaína; para otros basta cruzarse en la calle con algún escote, para huir de la escena y desahogarse como sea –y la mayoría sería capaz de llevar hasta el tope su tarjeta de crédito o de vender su alma para costear uno de esos impulsos.

Como sabemos, las funciones necesarias para la continuidad de la especie actúan como un circuito de placer y recompensa; los adictos al sexo, a fuerza de practicarlo, sufren el mismo deterioro cerebral que produce el consumo de ciertas drogas, afectando la zona que regula la voluntad, y provocando, en su lugar, la compulsión.
Ya por último –por si se prestara a confusiones–, cabe aclarar que la adicción al sexo no es ese impulso natural a la mayoría de los hombres; para el sexoadicto, por el contrario, la compulsión es placer, pero nunca un juego: una prisión interna a la que diario se enfrentan, el Cielo y el Infierno y, como en cualquier adicción, un mal insaciable.
08 Junio 2014 03:00:58
Vampiro
Pareciera que la palabra vampiro siempre nos ha pertenecido. La literatura, el cine, la televisión, los disfraces de Halloween, todo nos remite a esos seres pálidos, ávidos de sangre, que viven fascinados por clavar sus colmillos en gargantas sanas y apetecibles.

En las culturas antiguas hay innumerables referencias a seres que beben sangre, vuelan y, en general, son seres «no muertos»; por ejemplo, en Mesopotamia, se hablaba de los utukku y los ekimmu, y en Medio Oriente, de los ghouls y los jinns.

El DRAE define un vampiro como un espectro o cadáver que, según el folclor de ciertos países, va por las noches a chupar poco a poco la sangre de los vivos hasta matarlos; un murciélago hematófago –que chupa sangre– de América del Sur, o «una persona codiciosa y abusiva» –de ahí la palabra vampiresa–. Además, indica que su origen es del francés vampire y éste, a su vez, del alemán vampir. No obstante, ésa es apenas la punta del iceberg, porque Martí Ló afirma que la palabra vampiro debe de tener un origen eslavo –de Hungría, Moravia, Silesia y Rumania– en el siglo 17, pero admite que su postura es una entre cuatro vertientes lingüísticas muy peleadas.

La primera vertiente, que tiene como principal exponente al filólogo esloveno Franz Miklosich, halla su origen en el turco uber, ‘bruja’, que a su vez derivaría en upior, uper o upyr, fuente de la palabra upír. La segunda considera que proviene del griego πίνω, pinoo, ‘beber’; el principal defensor de esta versión es Montagne Summers, reconocido sacerdote y exorcista inglés, a quien en la primera mitad del siglo 20 lo tildaron de ingenuo y simplista por considerar este origen.

La tercera se refiere a las lenguas eslavas, en las que hay palabras como pirati, ‘sangre’, o el lituano wempti, ‘beber’, aunque también podría surgir del bactriano –idioma del imperio kushan– vyambara, del ruso vopry o del albanés dhampir o hasta del búlgaro upir, que surgió del griego clásico. La cuarta sostiene que vampiro proviene del serbio vampir, que significa ‘espectro’ o ‘cadáver’.

Matthew Bunson sostiene que vampire llegó al inglés en 1732, en la traducción de un artículo llamado «Political Vampires», aunque Martí Ló contempla uno de los primeros usos del término en las historias de horror del periódico francés Mercure Galant. Pero sin duda, el vampiro que sacó a la luz a su especie de las sombras de los Cárpatos fue Drácula , personaje delineado por el escritor irlandés Bram Stoker –inspirado en el príncipe Vlad Tepes– que, de ser una criatura repugnante y temible, en las pantallas se convirtió en un arquetipo de seducción, elegancia y distinción.


1 v. Algarabía 36, julio 2007, los chicos malos: «Drácula: hombre, mito y superstar»; pp. 44-49.










18 Mayo 2014 03:00:51
¿Arcaísmo? Chivear
Mientras que en 1969 Led Zeppelin estrenaba su primer disco, el Concorde surcaba los aires y el Apolo 11 cumplía su misión, en México las quinceañeras descubrían el amor en las canciones de Leonardo Favio e imaginaban que ese hombre resistía por ellas cantando bajo un chaparrón: “Hoy corté una flor, y llovía, llovía, / esperando a mi amor, y llovía, llovía”. En ese frenesí musical, casi podían oler el capullo y se chiveaban frente a sus propios pensamientos.

Según el DRAE, en México chivear es sinónimo de avergonzarse, y eso hacían mi tía y el resto de las chicas de su edad: se chiveaban a la menor provocación, los cachetes se les ponían de un tono rosado, parpadeaban con timidez y no eran capaces de resistir una mirada. También se chivean los niños y se arrebujan en las faldas de sus madres cuando un desconocido –o una de esas tías perdidas– les pellizca los chapetes y les dice lo guapos y grandes que se han puesto.

Pero lo que más resulta peculiar es saber que, en esa época de niñas chiveadas a causa de su candor por casi cualquier suceso, parecía que las frases que hacían referencia a la cabra macho –o chivo– eran muy recurrentes: las madres decían que los pretendientes que no llevaban flores recién cortadas, no esperaban bajo la lluvia ni traían los zapatos bien boleados, no sólo eran pésimos partidos, sino que también, con seguridad, “olían a chivo”. Y si un pretendiente no se presentaba con propiedad frente a los padres, entonces quería hacerle “de chivo los tamales”, es decir, quería engañar a la chiveadísima jovencita.

Nunca es demasiado tarde para chivearse –con todo y núbil rubor–, pues todavía se escuchan las estrofas de Leonardo Favio: “Cuando llegues, mi amor, te diré tantas cosas / o quizás simplemente te regale una rosa”, y seguramente deben de existir aún jardines con rosas al alcance de los enamorados.
04 Noviembre 2012 04:54:42
Una ‘aventura’ de Sigmund Freud
Por Madame Currutaca

"Pequeñuelos míos, una vez más, como todas las semanas, me invade la consternación, pues me toca enterarme de cada cosa…".
Viena, Austria, agosto de 1898


El chisme de hoy le atañe a uno de los médicos más prestigiados de Viena, el doctor Sigmund Freud, quien trata a sus pacientes –aquejados con problemas mentales– con una nueva técnica de su propia creación llamada psicoanálisis. Me han contado que los hace recostarse en un diván, ellos le cuentan sus vidas con pelos y señales y él siempre descubre que sus males se deben a traumas de la niñez relacionados con ¡cuestionaes sexuales!

Pero no voy a seguir hablando de las intimidades de los pacientes de Freud, sino de un rumorcillo que me llegó desde los Alpes Suizos. Un amigo mío enfermó de catarro y para que no se le convierta en pulmonía cuata se fue a reponer a un bello hotel llamado Schweizerhaus, ubicado en la localidad de Maloja, en la Suiza Oriental. Cuál sería la sorpresa de mi amigo al ver salir a Freud del mismo hotel tomando a una dama del brazo. Aún dudando si se trataba del prestigioso doctor, mi amigo –discretamente, por supuesto– revisó el registro de huéspedes y, efectivamente, ahí estaba: “Doctor Freud y señora”.

Hasta ahora todo parece normal, don Sigmund, de 44 años, se tomó una quincena de vacaciones para respirar el sano ambiente de los Alpes. Pero –y aquí viene lo bueno– la mujer que lo acompaña ¡no es su cónyuge! y esto no es lo peor. Al parecer, se trata de ¡su cuñada Minna Bernays, hermana de su esposa Martha!

Y pensar que hace un par de días estuve en una reunión aquí en Viena a la que también asistió Marthita y nos presumió una postal de su “adorable” marido, donde le cuenta que los Alpes son muy bellos, que sus lagos son espléndidos y sus bosques incomparables. ¡Habrase visto tamaño cinismo! Quién sabe desde cuándo le estará poniendo el cuerno con la hermanita. ¡Qué sofoco, mejor me despido! Au revoir!
28 Octubre 2012 03:31:43
Expresiones con palabras olvidadas (2)
Muchas expresiones que se usan desde hace tiempo, y que todos entendemos, incluyen una o más palabras cuyo significado hemos olvidado porque están ocultas en los arcanos de un lenguaje que, al usarse, va cambiando. (Continúa…)

“De oquis” es una expresión que se refiere a hacer algo de balde o inútilmente. Oquis viene del árabe haqq que significa “retribución o propina”. Durante la ocupación mora en España al término se le añadió la preposición de y se convirtió en “de oque”, y así llegó a México durante la conquista, hasta que se “naturalizó” y se convirtió en “de oquis”. El Diccionario de Santa María menciona dos obras —ambas de 1939— donde se alude a la expresión “de oquis” como “de gratis, gratuitamente, sin resultado, sin provecho”, y pone como ejemplo: “El dos me resulta guango, no di oquis es número uno el batallón de Durango”, como parte de la lírica del corrido popular “El gavilán”, según texto de Francisco Castillo Nájera.

Para referirnos a alguien flaco, desgarbado, como colgado, podemos decir que está o es ñango.

Originalmente, la palabra ñanga se refería a la carne que tenía cartílagos o nervios, ésa que es toda pellejuda, y quizá por extensión, comenzó a utilizarse para designar personas. El DRAE refiere la expresión como un mexicanismo que designa a alguien “desmedrado, enclenque”. Por su parte, Santamaría dice que: “En Michoacán vale como ñengo en Tabasco, flaco, débil, enclenque, desmedrado. En Cuba dicen ñangado, muy usado en la región para designar a un individuo flaco, desforzado”.

Es probable que si alguien está muy ñango también tenga “piernitas de chichicuilote”, es decir, que tenga piernas flacas como de pájaro. Y no cualquier pájaro, los chichicuilotes —del náhuatl tzitzicuilotl o atzizicuilotl— son unas aves pequeñas de color gris, pico largo y delgado, y piernitas de hilo.

Pero si le dices a alguien que está ñango y tiene piernitas de chichicuilote corres el riesgo de que “se arme la de San Quintín”, es decir, algo muy importante y grande, un gran revuelo, una gran trifulca. Esta antigua expresión alude a la Batalla de San Quintín, que ocurrió cuando, tras haber sido invadido en 1556 el reino de Nápoles por las tropas francesas, Felipe II ordenó a las tropas españolas que se encontraban en los Países Bajos españoles invadir Francia. Las tropas españolas invadieron San Quintín, que se rindió a los 17 días de asedio. Como consecuencia —la más señalada— del triunfo, el soberano español dio la orden de construir el monasterio de El Escorial en las afueras de Madrid.

Si no se te arma la de San Quintín, quizá te toque que te “den una tunda”. “Dar una tunda” es una expresión muy usada por las mamás, que implica un castigo físico. Quizá algunos hemos olvidado el significado de tunda, un sustantivo que viene del verbo tundir, del latín tundere, y que significa “castigar con golpes, palos o azotes”. Una tunda es la acción y efecto de tundir, y el lector es libre de imaginar lo que eso conlleva.

Una estrategia para evitar que te den una tunda es “hacerte guaje”, es decir “hacerte el bobo, el desentendido”. La palabra guaje viene del náhuatl hoatzin o hoaxin y designa a los frutos cuya cáscara sirve para hacer vasijas y flotadores —por ahí otro dicho: “no necesito guajes para nadar”—. Al estar vacíos, por extensión, los guajes se asemejan a alguien hueco, bobo o tonto.

Hasta aquí, lector, las expresiones que nos han llegado a la mente o cuyo significado nos han preguntado. Si usted tiene otras cuyo origen conoce o, al revés, desea conocer, por favor no se haga guaje y háganoslas llegar.
21 Octubre 2012 04:00:29
Expresiones con palabras olvidadas (I)
Muchas expresiones que se usan desde hace tiempo, y que todos entendemos, incluyen una o más palabras cuyo significado hemos olvidado porque están ocultas en los arcanos de un lenguaje que, al usarse, va cambiando.

Un primer ejemplo lo tenemos en la expresión “estar del cocol”. Para los mexicanos, el nahuatlismo cocol —decocolli, ‘tamal de maíz y frijol amasado con miel’— es un rombo, o más específicamente un panecillo que tiene forma de rombo, cubierto de ajonjolí y con sabor a anís, pero además, el drae señala que la frase “irle a alguien del cocol” se trata de una expresión coloquial mexicana que significa “irle a alguien muy mal” y, por su parte, el “Diccionario de Mejicanismos de Santa María” registra la expresión “quedar del cocol” como un vulgarismo que significa “quedar mal o indecorosamente” en una actividad o empresa.

Otra frase que casi podría ser un refrán y que cada vez se usa menos es “decirlo de chía pero ser de horchata”, y significa “tú lo dirás de broma, pero es verdad”. La expresión hace alusión a las aguas frescas típicas mexicanas. La de chía —del náhuatl chia o chian— es un agua de limón con semillitas de chía —una planta parecida a la salvia— que remojadas en agua sueltan una especie de baba y son muy refrescantes. La de horchata —del latín hordeata ‘hecha de cebada’, quizá por conducto mozárabe—es de origen español, y generalmente se hace con granos de arroz machacados, exprimidos y mezclados con agua y azúcar. Una es más clara y menos consistente, la otra es más blanca y espesa —por ello la analogía.

Otra frase muy mexicana es “chupar faros”, que significa “morirse, perecer, petatearse”. Esta expresión alude a la marca de cigarros Faros, quizá porque son los cigarros tradicionalmente más económicos y, por lo tanto, está más cerca de morirse el que los fuma que el que fuma otra cosa. Viene de ahí también la frase “¡Ay, farito, ni que fueras luquistray!”, debido al contraste de los Faritos con los Lucky Strike, unos cigarrillos estadounidenses que, por ser importados y caros, eran símbolo de gente rica y pudiente.

No es raro que, antes de chupar faros, uno “comience a chochear”. Expresiones como “¡Ése ya está chocheando!” o “¡Ya empezó con sus chocheces!” utilizan derivaciones de chocho, voz onomatopéyica que alude a alguien que tiene debilitadas las facultades mentales por efecto de la edad, pero chochea también aquel que está tan enamorado o lelo que, de puro cariño, empieza a conducirse como el que chochea.

La expresión “en un santiamén” quiere decir “en un instante, en un dos por tres, súbitamente”, y viene de la costumbre de persignarse, rezar o bendecir pronunciando las palabras latinas Spiritus Sancti, amen —o sea, el final de: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén”, que generalmente se dice en vilo, rápido y, como dice mi amigo Eduardo, “como queriendo acabar ya”—.

(Continúa…)
14 Octubre 2012 03:11:48
Pusilánime
Pusilánime Era un tipo de esos que pasan desapercibidos, de esos que aunque guapo y de buen ver, no se deja ver después de visto, por ser pusilánime, justo eso, pusilánime. Y ese término le queda más que pintado porque de acuerdo con el diccionario viene del latín pusillanimis y está compuesto por las raíces latinas “pusillus” (pequeño) y “anima” (alma), es decir “de alma pequeña”, justo lo que él era.

Esa palabra se refiere a un hombre que es como él, apocado y “falto de empuje, con poco ánimo, voluntad y valor para tolerar las desgracias o para intentar cosas grandes”. María Moliner lo describe perfectamente, lo describe mejor que yo que lo conocí, que me junté con él, que lo padecí, haga de cuenta que me leyó la mente, quizás ella que hizo este diccionario del uso del Español conoció a alguien como él, porque dice y dice bien que es alguien “corto, apocado, de poca intención; alguien de poco ánimo para emprender cosas o arrostrar peligros o dificultades”. Un hombre “apocado, cohibido, corito, poca cosa, pobre de espíritu” y agrega “un pobre hombre, mandria, pendejo, parapoco, cobarde, parado, tímido, vergonzoso”.

Todo eso y más porque un pusilánime por serlo va por la vida sin hacerse cargo de él mismo, ni de los actos que comete ni de las palabras que dice ni, evidentemente de las consecuencias de los mismos, causando más mal que un tornado, ya que uno acaba confundida, con la culpa encima —porque él con su carita ¡cómo va a hacerle uno mal!— y aun después de años sigue pensando si hizo bien o mal en mandarlo a freír espárragos.

Y es que un pusilánime —como él era— es lo que define el DSMV IV como pasivo-agresivo y causa más daño que cualquier otro. Seguro se lo pueden imaginar hablando quedito, “apocado, inútil, de escaso o ningún valor, temeroso, medroso, encogido, cabizbajo”, pero urdiendo tramas para salirse con la suya, para engatuzar con su actitud mezquina y bajanera y así conseguir lo que se propone, para lavarse las manos después de sus fechorías y seguir así dando lástima.

Si usted conoce o llega a conocer a alguien así, relea esta nota y haga como María Moliner y yo y húyale como la rabia.

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