×
Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
ver +

" Comentar Imprimir
22 Septiembre 2018 04:00:00
El síndrome del ángel caído (3)
La maldad nos acecha; los malos están entre nosotros. Y hay una noticia peor: no son los otros, esos que planean con placer y minuciosamente sus crueldades, tan comunes en series y películas. No. Esos son solo estereotipos que nos permiten sentirnos buenos.

Sin embargo, hacemos daño, a veces mucho y durante mucho tiempo, sin razón, solo con un pretexto o por impulso, y luego nos justificamos porque nos provocaron o, en el peor de los casos, cometimos un error, por el cual acostumbramos pedir un perdón prematuro para no pagar las consecuencias de nuestras acciones.

Hay, y no son pocos, quienes golpean a su pareja y a sus hijos, los humillan, descalifican, insultan, abandonan física, emocional y/o económicamente. Dígame usted, si esto no es maldad, qué es.

Recordemos la definición de Phil Zimbardo, organizador y operador del Experimento Stanford: “La maldad consiste en obrar deliberadamente de una forma que dañe, maltrate, humille, deshumanice o destruya a personas inocentes, o en hacer uso de la propia autoridad y del poder sistémico para alentar o permitir que otros obren así en nuestro nombre”.

Esta visión de la maldad responde muy bien a la violencia intrafamiliar, que está produciendo tanto víctimas como victimarios del bullying, más allá incluso del ámbito escolar, en un contexto generalizado de agresión, que se ve muy claramente en las redes sociales.

El bullying, en su sentido más estricto, es el maltrato deliberado, psicológico, físico o verbal que recibe un niño por parte de sus compañeros de clase, juego o actividades, en ocasiones en forma de bromas pesadas. ¿Son los victimarios en estos casos inconscientes de su intención de dañar? No. Pueden no saber la magnitud del daño que causan, ya que el propio está tan normalizado en sus vidas, que se vuelven insensibles en cierta medida, pero disciernen entre el bien y el mal.

La maldad radica en la intención, en la deliberación, no en la magnitud del daño causado. El bullying y aquello que lo causa, un entorno familiar violento, son entonces las formas de maldad más cotidianas, extendidas y… aceptadas, de tal forma que ni siquiera las vemos como maldad.

Son distorsiones sicológicas, males de nuestro tiempo, etc., etc. Ciertamente, pero no por ello dejan de ser maldad, y no por estar lejos de las manifestaciones más extremas y/o escandalosas, pueden ser excusadas. Qué hay más malvado que provocar un daño profundo y cotidiano a una persona hasta volverla una villana u orillarla al suicidio, o someter a otros a explotación inhumana en la mendicidad o la prostitución. Tan familiares son ya estas formas de maldad que nos hemos vuelto, como el niño maltratado, insensibles a ellas, y con ello les hemos quitado su esencia maligna.

Para conocer la maldad necesitamos ver películas de terror, programas de homicidios, reales o dramatizados, noticias y el día a día en las redes sociales, pero no volteamos a mirarnos, a ver nuestro entorno y la forma en que lo impactamos, porque descubrir que, aunque sea un poquito, somos malvados, nos obligaría a salir de nuestra zona de confort, ver la negra noche en que hemos sumido a nuestra alma dándole el control de nuestras vidas a un ego que de todo se defiende, en consecuencia cambiar, asumir nuestras responsabilidades, afrontar nuestro dolor y crecer a través de él y con su ayuda. ¿Quién querría hacer esto antes de que la vida lo obligue?

Y eso es solo en la dimensión de lo personal, lo interno. Es todavía mucho peor tomar conciencia del daño que le hemos causado a otros. Ese es como un puñal en el corazón. Una herida insoportable.

Lo cierto es que, como decía León Tolstoi, todos los males del mundo provienen de que el hombre cree que puede tratar a sus semejantes sin amor. Si hay alguien que crea que está amando a aquel que daña deliberadamente, está absolutamente equivocado.
15 Septiembre 2018 04:00:00
El síndrome del ángel caído (2)
Detrás de toda guerra, conflicto civil, linchamiento, batalla personal o contienda política hay un fabricante de enemigos: alguien que te hace creer que quien piensa diferente a ti amenaza tu identidad, tu patrimonio, a tus seres queridos y/o aun tu vida. Del tamaño del miedo que desarrolles será tu odio, tu capacidad de ser malvado y, por supuesto, de justificarte.

Ese fabricante de enemigos puede ser un experto “amarranavajas”, tu mejor amigo, cualquiera que esté suficientemente asustado o tú mismo, esa voz interna que te llena de temores, dudas, inseguridades, hasta ponerte paranoico y ordenarte acabar con aquellos que te arrebatarían todo lo que tienes si te descuidas, e incluso torturarlos cruelmente, porque es lo que desearían hacerte si pudieran.

En ese momento de miedo incontrolable se derrumba la razón y, por tanto, las consideraciones éticas y los valores morales desaparecen: el enemigo ya no es humano, alguien como nosotros pero con otra opinión, otras circunstancias, otros dolores y otras desesperaciones. Ahora es diabólico; hay que combatirlo con furia incontenida.

Todos, absolutamente todos podemos llegar a ese extremo. No hace falta más que la mezcla exacta de factores.

Para ilustrar, cito al reconocido escritor y filósofo Umberto Eco: “Véase qué le sucedió a Estados Unidos cuando desapareció el imperio del mal y se disolvió el gran enemigo soviético: peligraba su identidad, hasta que Bin Laden, acordándose de los beneficios recibidos cuando lo ayudaban contra la Unión Soviética, tendió hacia Estados Unidos su mano misericordiosa, y le proporcionó… la oportunidad de crear nuevos enemigos, reforzando el sentimiento de identidad nacional y su poder”.

Hay quien, como Eco, entiende el origen y propósito de esta clase de confrontaciones, pero en general la gente ve solo al enemigo. Sumemos las paranoias individuales que se van generando, con o sin manipulación, y se contagiará ese pánico y esa furia que nos pueden llevar a cometer verdaderas atrocidades.

El capítulo quizá más vergonzante y aterrante de maldad en la historia de la humanidad es la cruzada de la Inquisición contra los herejes, y particularmente contra las brujas y los brujos, instrumentos de Satanás para corromper al mundo. Las herramientas y las formas de tortura desarrolladas (algunas de las cuales aún se utilizan en cárceles del mundo, según Phil Zimbardo, creador y operador del Experimento Stanford) no tienen igual en ningún episodio de crueldad humana que pueda rememorarse, individual o colectiva.

El enemigo, sin embargo, es alguien que en otras circunstancias podría llegar a ser incluso nuestro amigo. Es un igual, pero en condiciones de vida diferentes, con percepciones diferentes, que nosotros mismos desarrollaríamos de estar en su lugar.

Parafraseando de nuevo a Eco, cuando intentamos ponernos en lugar de nuestro enemigo para entenderlo, surge la instancia ética, renacen los valores, porque establecemos un vínculo de empatía que reduce al máximo el miedo.

Es cuando nos damos cuenta de que ese “monstruo” no es más que una creación de la mente, una mentira. La maldad, entonces, es producto de la mentira, de una visión deformada de la realidad.

Hay ciertamente malvados incomprensibles aun para quienes estudian la psicología de la maldad, pero en la mayoría de los casos ésta es producto de una ilusión aterradora: no solo un enemigo imaginario, sino uno que es avasallador, porque como es “solo nuestro”, individualizado, aunque sea común, conoce nuestras debilidades, de manera que estamos ante él indefensos. Y con el fuego con que lo atacamos nos autoinmolamos.

Si usted analiza las redes sociales hoy en día, en México particularmente, es una pena observar el conflicto que existe entre mexicanos que tienen diferente posición política. Se insultan constantemente, en ocasiones con maldad, desahogando sus tensiones personales y abonando al caldo de cultivo de los odios entre compatriotas. Una tristeza para un país que necesita un pueblo solidario y cooperativo.
08 Septiembre 2018 04:10:00
El síndrome del ángel caído
“No hagáis el mal y no existirá”. León Tolstoi

Dividir al mundo en buenos y malos es la peor ocurrencia que ha tenido la humanidad, porque tan tajante división permite justificar la maldad de los buenos, culpando a las circunstancias que nos obligaron, las personas que nos hirieron, la genética que nos determinó o el sistema que nos orilló, y eliminando así la responsabilidad por la decisión que tomamos y, por tanto, las consecuencias de nuestros actos.

Quienes se han dedicado a estudiar la maldad humana tienen diversas posturas respecto de sus detonantes: la disposición psicológica y/o genética del individuo, el sistema socio-cultural al que pertenece, los hechos que afronta, el grupo con el que se identifica, etc.

La religión tiene sus propias explicaciones. Recordemos la más familiar para nosotros, la católica: el ángel favorito de Dios cae de su gracia por traicionarlo, a causa de su ambición por convertirse en ÉL. Cuando Luzbel es confinado al infierno y se convierte en Satanás, decide corromper lo más preciado de la creación: el ser humano, y así encarna la maldad.

Pero, ojo –y esta por supuesto es mi opinión–: esa ambición fue creada por el propio Dios. Nada existe fuera del creador y su creación. Todos podemos ser el ángel caído. El mal viene de origen. De lo contrario no existiría el bien. La dualidad es el punto de partida de la evolución; su equilibrio, el propósito.

Independientemente de los inevitables factores externos e internos que nos conducen hacia el mal (y sin restarles importancia), es necesario reflexionar sobre lo que pasa dentro de nosotros en ese momento crucial en que determinamos hacia dónde inclinarnos.

Es importante, antes, distinguir la verdadera maldad, el extremo, de un acto inmoral, uno irracional o uno ilegal. Dice Phil Zimbardo, quien llevara a cabo el famoso Experimento Stanford: “La maldad consiste en obrar deliberadamente de una forma que dañe, maltrate, humille, deshumanice o destruya a personas inocentes, o en hacer uso de la propia autoridad y del poder sistémico para alentar o permitir que otros obren así en nuestro nombre”.

Cuando alguien nos hace una cosa así, nosotros se la hacemos a otro o a nosotros mismos, el alma sufre una gran herida. El dolor la obliga a replegarse un tiempo, para sanar y transformarse. Digamos que como las orugas construye una crisálida de la que saldrá mariposa.

Entonces toma el control el ego, que junto con el cuerpo es la parte mortal del individuo. Debido a su carácter “artificial” (no tiene vida propia), no siente ni la herida ni el dolor del alma, pero si humillación, indignación, cólera, deseos de venganza y odio.

Efectivamente, no podemos odiar con el alma. Ella solo ama, no necesita pertenecer a ningún grupo, espiritual o delictivo, porque ya está conectada con el todo. No necesita una identidad porque ya sabe quién es.

Es pues elego al que vamos construyendo toda la vida, pero la personalidad es el resultado de la interacción entre éste y el alma. Si la ignoramos, si no nos acercamos ni compartimos su dolor ni la abrazamos; si no compatibilizamos al ego con ella, nos convertiremos en una de las dos clases de malvados que hay: el que lo es abiertamente, porque su miedo le dice que ya no hay marcha atrás, a riesgo de ser vilipendiado, aislado y “morir”, o el que creyéndose de los buenos siente cierto placer morboso en presenciar actos de violencia, lujuria, crueldad y excesos, cometidos por quienes “no son” como él, ya sea en el cine, internet, la televisión o las calles de su ciudad, sin hacer nada por alejarse o suprimirlos, y creyendo que pueden ser una forma de desahogo de sus impulsos.

Yentonces llegamos a lo que decía Albert Einstein: “El mundo no está en peligro por las malas personas, sino por aquellas que permiten la maldad”.
01 Septiembre 2018 04:00:00
Exponiendo a la mentirosa
Solo hay dos clases de víctimas: la establecida y la fortuita; es decir, la voluntaria y la involuntaria. A nadie le gusta ser esta última. Que un desconocido nos asalte o un conocido nos hiera produce dolor, miedo e inseguridad, pero sobre todo un sentimiento de impotencia insostenible, del que debemos movernos lo más rápido posible. Generalmente transitamos hacia la ira, en la que podemos, malsanamente, instalarnos bastante tiempo.

La otra clase de víctima, en cambio, la establecida, es la favorita de chicos y grandes. Instalados en ella, sufrimos cómodamente, o sea, hasta donde nos es tolerable, mientras obtenemos lo que deseamos: atención, quizá afecto o un heroico rescate. Incluso el paquete completo.

La víctima establecida, como todos bien sabemos, es esa persona que vive contando sus desgracias, renegando de su situación, sintiéndose ofendida, incomprendida, maltratada y traicionada. El victimismo puede restringirse a un solo aspecto de su vida; la pareja, por ejemplo: “es que no tengo suerte en el amor”; o la economía: “es que soy pobre”.

Como evidencian estos ejemplos, el victimismo establecido no es solo una forma de llamar la atención para lograr incluso que un rescatador se haga cargo de nosotros; constituye ante todo un conjunto de creencias limitantes: no puedo, nadie me quiere, nada me sale bien, todos me odian, la vida conspira contra mí, por qué Dios permite estas cosas. Es, pues, la más frecuente forma de mediocridad.

Prácticamente todos podemos detectar una víctima… y también serlo, casi siempre sin advertirlo, por imitación. Muchos nos enganchamos con ella, porque históricamente es la parte inocente, la buena, la luchona, la sufridora, la que merece reivindicación, justicia y bendiciones. Recuerde el estereotipo de Pepe el Toro. Pero la realidad es que la víctima es egocéntrica y manipuladora.

Se cree el centro del universo y desde ahí acusa a todos de ocasionar sus desgracias: al gobierno por su situación económica, su desempleo y su falta de perspectivas; a sus parejas o exparejas por su soledad e infelicidad, a Dios o a la vida porque las cosas no son como desea, etc.

Lo que la víctima rehúye más que al cáncer, es la responsabilidad, porque la confunde con culpa y porque implica hacerse cargo de sí misma, de sus carencias, sus condiciones de vida, su rol en la familia y en la sociedad, lo cual conlleva cometer errores y, por tanto, “cargar con las culpas”.

Hay, pues, un rechazo al error. Todo error que cometa una víctima es ocasionado por otro. La víctima es perfecta. Exacto: aquello que adora el ego. Si teníamos la idea de que una persona egótica era aquella que se imponía abusando de su poder, su dinero, su conocimiento, etc., pues hoy es un buen día para que nos caiga el 20: al ego le gusta más la víctima que el victimario. Este último es un papel muy arriesgado. Los egos agresivos son abatidos rápidamente.

Para saber si somos víctimas inadvertidas, aunque sea en un solo aspecto de nuestra vida, hay que ver cuándo rehuimos la responsabilidad, cuándo señalamos culpables y de qué nos quejamos. Si vivimos permanentemente insatisfechos, también estamos sintiéndonos víctimas de la vida.

Pues hay que moverse de ahí, porque desde ese lugar generamos todo aquello de lo que nos quejamos; nuestros pensamientos y nuestras emociones atraen nuestras desgracias, nos imponen limitaciones.

Pero no se trata de repudiar a su pobre víctima, se trata de que le dé lo que está buscando de los demás, para que pueda trascenderla. Dese amor, respeto, seguridad. La víctima es real: hay un estado de dolor, miedo e indefensión interna producto de experiencias específicas, que trasladamos por conveniencia a otros aspectos de nuestras vidas. Hay que abrazarla y comprenderla. Lo que no hay que hacer es creerle, porque es la voz del ego, que ha estado utilizándola.
25 Agosto 2018 04:00:00
Cambia la idea y cambiará la vida
Hay un poder superior: el arquetipo del creador. De lo contrario no podría ser imaginado ni nombrado. Hasta ahora es una idea, efectivamente. No podemos verlo ni tocarlo, pero sí sentirlo, y la manera en que lo hagamos determinará nuestra cercanía o nuestra lejanía de él, y con ello nuestra calidad de vida.

Llamémoslo con su nombre más conocido: Dios. Si es iracundo, le temeremos; si es amoroso, lo buscaremos; si es ambas cosas, seremos hipócritas, esconderemos nuestros defectos para que no nos castigue y cacarearemos nuestras virtudes para que nos premie, o definitivamente lo negaremos.

La mayoría de los seres humanos, estemos o no conscientes de ello, actuamos acordes a la idea de un creador dual, y entramos en conflicto con él. Por eso nos negamos a sentirlo en esa otra parte donde está siempre: nuestro cuerpo.

Muchos seres humanos han descubierto a su poder superior dentro de sí mismos, y su idea del creador ha cambiado radicalmente, pues han encontrado algo muy distinto a las descripciones religiosas, sobre todo aquellas que nos enseñan a temer a Dios.

Ese contacto es prácticamente indescriptible y absolutamente transformador. Lo primero que comprendemos es que lo más importante en la vida es la paz interior.

Pero casi nadie tiene a Dios presente, todos los días, en el cuerpo, no piensa que cuando disfruta la comida y el sexo con amor, permite que él lo haga también, que si mata se aleja de él y por tanto de sí mismo, que si se odia lo odia a él y que si envidia se siente completamente separado de él. La envidia es particularmente la emoción que más nos aleja del creador, porque nos hace creer que nos ama menos que a los demás.

Retornando al cuerpo, existe una idea que sería estupendo adoptar en occidente, ahora que vivimos en una era de destrucción y construcción acelerada de paradigmas, gracias al internet: Dios nos creó para experimentarse a sí mismo físicamente, en una dimensión de sensualidad: el ámbito material.

No es nueva. Los cabalistas la ilustran muy bien en su árbol de la vida: en Keter, la Corona, Dios se ha desdoblado para derramar su esencia hasta llegar a El Reino, la tercera dimensión.

A estas alturas, ya entenderá que es muchos menos importante saber quién es Dios en realidad, que conocer la idea que tenemos de él. Si bien la ciencia desacredita su existencia, es ella misma la que ha comprobado que lo que pensamos y sentimos determina no solo la calidad de nuestra vida en la famosa rueda del karma y el dharma, sino que modifica nuestras células y, con ello, nuestros cuerpos. La idea de Dios es Dios.

Si en lugar de avergonzarnos por nuestras funciones corporales primarias las concibiéramos como una forma de permitirle a Dios experimentarse, puesto que él está en cada molécula de nuestros cuerpos, habría por supuesto mucho menos desórdenes alimenticios, sexuales y en general psicológicos y conductuales.

Si en lugar de sentirnos mal porque no tenemos ni la cara ni el cuerpo que los estereotipos de nuestro tiempo pautan como belleza, nos aceptáramos y nos amáramos tal como somos, nos acercaríamos a ese amor de Dios que tanto deseamos todos.

Si tuviéramos la mayor parte del tiempo presente que Dios está en los cuerpos que se aman, en las manos que se estrechan, los abrazos francos y las carcajadas, nuestra vida cambiaría radicalmente. Siendo los portadores del creador, nos procuraríamos lo mejor, con respeto, placer divino y ternura, sin excesos. No usaríamos la risa par ofender a otros ni los golpes para someterlos.

Dice Deepak Chopra: “Si quieres cambiar tu cuerpo, cambia primero tu conciencia. Todo lo que te ocurre es resultado de cómo te ves a ti mismo”.

Si quieres cambiar tu conciencia, cambia tus paradigmas. Dios no está fuera de su creación. Es su creación.
18 Agosto 2018 04:00:00
¡¡¡¿Por qué a mí, Dios mío?!!!
Le llamamos destino a los resultados de decisiones, actitudes y acciones que tomamos sin darnos cuenta de nuestras verdaderas motivaciones, es decir, los pensamientos y emociones que las guiaron, ni mucho menos de las consecuencias que acarrearían. Y Luego, ante no pocos problemas, nos ponemos a gritar, aunque sea internamente: ¡¡¡¿por qué a mí, Dios mío?!!!

La mayor parte de la vida de cada individuo se compone de causas y efectos. Sobre las primeras se puede, es más se debe, tener el control, sobre los segundos, no. Solo se asumen o no: responsabilidad o irresponsabilidad.

Ese control sobre las causas es lo que se llama libre albedrío. Hay quien opina que siempre se tiene y por eso somos arquitectos al 100% de nuestro destino, hay quien cree que es solo una ilusión y por tanto no tenemos influencia sobre lo que nos sucede, y hay quien piensa que ambos coexisten.

La tercera opción es, por supuesto, la más lógica, pero no es tan simple. Personalmente, creo que hay dos tipos de destino, según su fuente: exotérico (ajeno a nuestra voluntad) y esotérico (producto de nuestras elecciones inconscientes). Este último predomina en nuestras vidas bajo la denominación de locura de Einstein: seguimos haciendo lo mismo esperando diferentes resultados.

El libre albedrío es, por su parte, autodeterminación consciente, por eso en realidad no se tiene hasta que el individuo toma decisiones basadas en un profundo conocimiento de sí mismo y asumiendo de antemano cualquier resultado de las mismas.

En tanto no conozcamos aquello que nos motiva a tomar decisiones, generalmente emociones rechazadas y pensamientos ignorados, no podremos tomar el control de nuestras actitudes y nuestras acciones. No somos internamente libres. Solo reaccionamos, aun cuando nos encontremos en una disyuntiva que parezca requerir una elección y por ello creamos estar decidiendo.

Dos ejemplos: nuestra vida cambia cuando sufrimos una gran pérdida. La mayor es generalmente la del padre, la madre o un hijo. En el orden natural de las cosas no es algo que provocamos y, desafortunadamente, tampoco algo que nos permita hacer uso de una buena dosis de libre albedrío para que duela menos, sino solo para resistir, aceptar el consuelo y dejar que el tiempo pase. Este tipo de acontecimientos y los encuentros que tenemos con personas significativas en nuestras vidas son cuestión del destino exotérico. Vivencias que suceden hagamos lo que hagamos.

No así cuando decidimos la forma en que llevamos nuestras relaciones y cuándo terminan. En estos casos podemos, y debemos, decidir conscientemente nuestra actitud, analizar expectativas, ponderar el grado de participación e involucramiento y finalmente determinar si la relación es buena o no para nosotros. Otra cosa es que no estemos acostumbrados a hacerlo, que solo seamos reactivos a la forma de ser y de desenvolverse del otro, que creamos que no hay alternativa más que soportar o controlar, que nos sintamos obligados a cumplir paradigmas como el de hacer feliz a otro, ser suficiente para otro, mantener a otro, ser admirable, etc.

Esto no es más que ignorancia sobre nuestra naturaleza, poder, carga de libertad, capacidad de elección, potencial de amor propio, posibilidades de salud mental y emocional e importancia de la paz interior.

La forma en que nos sentimos determinará todo aquello que atraeremos a nuestras vidas y cómo nos relacionamos, y está estrechamente relacionada con la forma en que pensamos. El manejo de ambas, con conciencia de cada una, es el libre albedrío.

En otras palabras, no existe el libre albedrío cuando decidimos guiados por una emoción intelectualmente justificada, sin darnos cuenta de que lo estamos haciendo. O sea, no existe el libre albedrío en la mayor parte de la vida de la mayor parte de las personas.

La libertad requiere conciencia, de lo contrario no es más que una elección producto de un impulso.
11 Agosto 2018 04:00:00
Detrás del cinismo
Hace miles de años, en el siglo 5 antes de Cristo, nació un grupo de jóvenes rebeldes –comandados por el irreverente filósofo Antístenes–, que se dedicaron a rechazar los convencionalismos sociales y la moral comúnmente admitida en la época. Se llamaban a sí mismos “cínicos”.

Estos muchachos, en particular, no se quedaron en un grupúsculo revoltoso; no. Representaron toda una doctrina filosófica. El significado atribuido a la palabra cínico es el de “perro”, porque aspiraban a vivir con la sencillez y desfachatez de los cánidos. El humor y la ironía eran sus mordidas.

Si bien el movimiento no trascendió más allá de su época, sí su denominación: cinismo, porque definió un tipo de rebeldía muy específico, aquel con base en el cual se conforman, época tras época, grupos sociales específicos de contracultura.

Estos grupos son siempre, por la propia naturaleza evolutiva del hombre, conformados por jóvenes, y la motivación de fondo, se justifique como se justifique, es ese desprecio que sienten por la autoridad, en su búsqueda de identidad, desde un ego muy poco pulido, más bien en bruto, tendiente a desarrollar una soberbia que otorga la razón absoluta y una arrogancia que justifica en el fuero íntimo cualquier abuso.

Hay de hecho para este tipo de conducta generacional un cuentecito muy ilustrativo, el del joven que se refiere a su padre como un viejo tonto mientras está vivo, y como un sabio cuando él ha madurado y el otro ha muerto.

Pero como la naturaleza humana es contradictoria, aquel que se rebeló para que las cosas cambiaran, ahora ya no quiere que cambie lo que logró. Se aferra. Deja de adaptarse, de crecer, y es muy probable, por tanto, que su personalidad y sus actos permanezcan arraigados en ese desprecio por sus semejantes que lo impele a la burla (o la fina ironía si hay condición educativa), al “trepadurismo”, la falta de respeto, el abuso descarado, la simulación y la doble moral de quien antepone sus intereses personales a los de los demás, ya sea que lo haga desde una actitud de abierto reto, o una de pretendida pertenencia.

Esto es tan común que se ha convertido ya en el significado extendido del término cínico. Pero no cualquiera puede ser un cínico redondo. La moral lo impide. Así pues, claramente uno de los rasgos psicológicos del cínico es la inmoralidad o bien la amoralidad.

Todos los seres humanos podemos actuar alguno de los aspectos del comportamiento entendido como cinismo. El de rechazar los convencionalismos, por ejemplo. De hecho, deberíamos ser cínicos en ocasiones, para repeler los intentos de manipulación emocional de personas que quieren controlarnos. En esos casos tenemos que afirmar nuestra posición, incluso estando equivocada, porque de lo contrario terminaremos pensando o haciendo lo que otro quiera. El arma más afilada para esta batalla es la ironía.

Hay, sin embargo, personas cuyo estilo de vida es el cinismo, y tienen por supuesto conductas reiterativas muy especiales:

1.- Sostienen mentiras evidentes con una cara dura que anonada al más templado.

2.- Defienden acciones y conductas condenables con argumentos justificativos que pretenden hacerlas pasar como necesarias.

3.- Simulan que no hacen lo que hacen.

4.- Responden con desvergüenza y descaro cuando son descubiertos haciendo de las suyas.

5.- Son capaces de pasar sobre cualquiera para lograr sus fines.

6.- Interactúan con una gran dosis de humor negro (el cual por supuesto no es privativo del cínico, pero sí una de sus actitudes favoritas).

Ahora bien, las características psicológicas de la gente que desarrolla este patrón son, entre las más destacadas:

1.- Narcisismo.

2.- Lejanía emocional respecto de sí mismo.

3.- Grandes carencias emocionales ignoradas.

4.- Ambiciones desmedidas de poder y riquezas para subsanarlas.

5.- Mucha rabia acumulada.

Y bueno, no le ponga nombres. Mejor no señale. Acuérdese de que lo que le choca le checa.
04 Agosto 2018 04:00:00
Las trampas de la espiritualidad (2)
El mayor obstáculo para la espiritualidad es nuestra creencia sobre lo que es ser espiritual. Algunos desprecian lo místico, porque no hay pruebas de su existencia, como si Dios tuviera la obligación de responder a nuestro arrogante reto demostrando que ahí está. Otros lo aceptan, pero prefieren no acercarse mucho, porque significaría una serie de renuncias que no están dispuestos a hacer.

Algunos más se acercan ávidamente a la espiritualidad para calmar sus tormentos mentales y emocionales, aliviar su dolor y encontrar respuestas a sus angustiosas preguntas, pero fracasan.

Esto es porque hemos creado estereotipos de espiritualidad inalcanzables. Creemos que ser espirituales es un asunto de sacrificio y privación, de ser un Cristo sufriente; o bien un estado de cómoda insensibilidad y superioridad, mala imitación de Buda iluminado.

Pero no tomamos en cuenta que tanto Buda como Cristo disfrutaron también de la vida material ¡sin culpas! Comieron y bebieron con placer y en su justa medida, erraron, dudaron e incluso desesperaron, para finalmente aprender y entregarse con humildad a su poder superior, en un acto de completa fe; es decir, de confianza más allá del entendimiento. No le pidieron ni a Dios ni al nirvana que les demostrara su existencia para hacerlo ni negociaron sus renuncias.

Así pues, el problema para abordar nuestra espiritualidad es que sólo vemos el lado ideal del arquetipo; o sea, el estereotipo, y este implica perfección mediante la privación y la virtud pura. Creemos que la parte donde no somos generosos, agradecidos, amorosos, solidarios, compasivos, ecuánimes, tolerantes, etc., no es espiritual.

Y nada más equivocado. Esa es la orilla espiritual de la que partimos para llegar a la otra. Y este recorrido interior, llamado espiritualidad, no hará que desaparezca la faceta en que somos superficiales, hipócritas, envidiosos, rencorosos, soberbios, ególatras, codiciosos, etc. Sólo nos permitirá desarrollar nuevas emociones positivas, para que no actuemos las negativas; adquirir técnicas para poner en consonancia nuestros pensamientos, y arribar así a una zona de nuevas realidades casi milagrosas, creadas por nosotros mismos, en el territorio de los sentimientos profundos, que es el que habita el alma.

Ahí está su alma, todo el tiempo, acompañándolo, atada a usted en ese cuerpo, la reconozca o no, la sienta o no. Cuando hace algo que ama hacer, diga lo que diga quien lo diga, está poniendo el alma. Está enriqueciéndose espiritualmente. Si no lo hace, porque para los demás es poco relevante o inútil o sin mérito, se está alejando de su alma, por tanto se está empobreciendo espiritualmente. Pobre o rico, pero en ningún caso deja de ser espíritu ni, por tanto, espiritual.

Así pues, tanto el que huye del camino espiritual porque no hay evidencias sólidas de la existencia de Dios, del alma, etc., o no está dispuesto a renunciar a nada, como el que ya se siente más allá del bien y del mal, emocionalmente hablando, y considera que ha trascendido sus miedos y defectos, sin haber hecho el recorrido arquetípico, no evaden otra cosa que su realidad.

Pero entendamos pues a la espiritualidad como comúnmente lo hacemos: una opción de vida, un camino interior voluntario que nos lleva a desarrollar nuestro máximo potencial místico. ¿Nos premiaría Dios por elegirlo, o nos castigaría por no hacerlo? Ninguna de las dos. Ese Dios es una de las trampas de la espiritualidad.

Dios nos ama tanto, a todos, que respeta nuestro libre albedrío para pensar, sentir y hacer tanto el mal como el bien. Nos mira con el mismo amor cuando no nos damos cuenta de que no nos damos cuenta y cuando ya lo hacemos.

Dios no actúa, para eso nos creó a nosotros. Sólo ama. Y no, no hay evidencia contundente de que Dios nos creó, pero eso al final no tiene la menor importancia.
28 Julio 2018 04:00:00
Las trampas de la espiritualidad (1)
La mayor inclinación espiritual que existe es la búsqueda de la felicidad. Todos queremos ser felices, por tanto, todos somos espirituales. Todos, además, necesitamos amar y ser amados, perdonar y ser perdonados, dar y recibir bondad, seguridad, comprensión, gentileza, apoyo, atención, respeto y una larga lista de satisfactores emocionales que no son otra cosa que manifestaciones muy claras del mundo espiritual.

Sin embargo, lo opuesto a todo ello también es espiritual: adoptar el papel de la víctima o del victimario, maltratar y dejarnos maltratar, odiar, envidiar, ser egoísta, etc. Todo ello es parte del camino interno que, ineludiblemente, hay que recorrer. Si no en esta, en otra vida, pero será.

Crecer espiritualmente es otra cosa, y por cierto no tiene nada que ver con ser perfecto, desapasionado, meditativo, creyente, desinteresado en el mundo material, envuelto en un halo de misterio, enfocado en lo esotérico y otras posturas, actitudes y paradigmas por el estilo.

Crecer espiritualmente es transitar por una serie de despertares de la conciencia que pueden ser bastante turbulentos. Todos comenzamos identificados con el mundo material (lo cual puede durar toda una vida), para después concebirnos como seres espirituales, multidimensionales y progresivos, de manera que empezamos, lenta y torpemente primero, rápida y hábilmente después, a trabajar con nosotros mismos, a crecer y gozar nuestras profundidades.

En todo caso, crecer no es cuestión de mejorar, sino de conectar. Quien crece espiritualmente bucea profundo en sí mismo, enfrenta día a día sus emociones, explora sus miedos, se permite sentir su negatividad, acepta sus creencias erróneas, se emociona con el autoconocimiento y la alquimia interior; es transparente, empatiza con otros, hace conexiones genuinas, en completa confianza y vulnerabilidad, es servicial y solidario con sus semejantes, mira como igual a cualquiera. Hay ejemplos. Piense en Teresa de Calcuta.

Sin embargo, la creencia común es que espirituales son aquellos a los que les están prohibidas la sensualidad, el placer, el enamoramiento, el interés material y la comodidad. Con esta lista, quién querría ser espiritual.

Quítese de la cabeza esta idea equivocada. Sepa que un ser espiritual comete muchos errores, cede no pocas veces a sus apetitos y es, sobre todo, dual: es decir, tan defectuoso como virtuoso. Lo que lo distingue es que lo sabe y lo acepta; lo aprovecha para elegir pensar y actuar lo mejor que hay en él. Es aquí, justo en las elecciones que tenemos que hacer en nuestra vida cotidiana, donde está el milagro del libre albedrío. Hoy podemos elegir entre estar enojados o perdonar, entre sentirnos deprimirnos o ponernos alegres. Tan fácil, tan accesible y tan elemental es la espiritualidad. Piénselo.

Quienes quieren convertirse en su idea de perfección con unas cuántas meditaciones o saltar directamente a la parte de arriba de la escalera espiritual, militando furiosamente en alguna religión o culto, e incluso consumiendo sustancias como la ayahuasca, lo que en realidad están haciendo es evadir lo que tienen que enfrentar: sus emociones.

Sin embargo, es imprescindible el desarrollo psicológico, paso a paso; esto es, la gestión psicoemocional o alquimia interior, tropiezo tras tropiezo, pues el camino es bastante empedrado, pero no tan horroroso como uno se imagina. De hecho, puede volverse emocionante, estimulante y, sobre todo, muy muy satisfactorio.

No existen los atajos espirituales. No hay caminos despejados ni GPS interior. El verdadero trabajo espiritual se parece más al de un respetable pepenador que al de un aséptico médico de bata blanca. Así es como debe ser.

El recorrido nos lleva directo hacia aquello que no queremos sentir ni ver, no para analizarlo ni combatirlo ni mucho menos identificarnos con ello, sino para amarlo, abrazarlo, transitarlo y trascenderlo. Nuestras emociones no pueden determinarnos si no se los permitimos. No son indelebles. Solos nos habitan por un corto tiempo, vienen y se van.

Siempre habrá dolor e incomodidad. Acéptelo y supérelo.
21 Julio 2018 04:00:00
Evadiendo el dolor se evade la vida
Podremos negarlo cuanto queramos, pero todos los seres humanos tenemos siempre cubierta, con una cortina de negación, al menos una parte de la realidad, para protegernos de dolores que no estamos preparados para afrontar.

Esto es normal. En todas las etapas de la vida. Evita la locura. ¿Qué niño puede, por ejemplo –aun con la ayuda adecuada en el momento oportuno–, afrontar correctamente el abandono, el maltrato y/o el abuso? Tenderá a ocultar para sí mismo, a suavizar, justificar o hasta cambiar imaginariamente la porción de realidad que le duela más.

Quien no recibió ayuda adecuada en el momento oportuno es probable que tarde mucho más en digerir emocionalmente sus realidades, pasadas y presentes; o que nunca lo haga. Este es, desafortunadamente, el común denominador. La mayoría no somos, en nuestro potencial dañino como adultos, más que niños asustados y enojados, haciendo berrinche para salirnos con la nuestra, y por tanto adultos inseguros, coléricos, insatisfechos y miedosos, evadiendo la vida.

En estas circunstancias, emocionalmente infantiles, nos resistimos más de lo necesario al dolor, que por tanto crece, todo lo invade sin que nos demos cuenta, hasta que se “normaliza”, porque, claro, lo negamos. Para mejorar este mundo, concretar la justicia social que deseamos y la felicidad personal que sin excepción buscamos, tenemos que educarnos para el desarrollo psicoemocional sano y la colectividad responsable, en las escuelas y las familias.

Las emociones son como los músculos: es necesario fortalecerlas, desarrollarlas, poco a poco, para que puedan cargar con el peso de nuestras mentes, que a su vez deben ser ejercitadas para ser creativas. Es imposible vivir afrontándolo todo tal cual viene en el momento en que viene. El crecimiento es un proceso, no un suceso.

Resistirse a procesar el dolor ayuda momentáneamente, pero no resuelve nada. Eventualmente habrá que hacerlo. Mientras más rápido mejor, o perderemos cada vez más contacto con nuestra realidad, de manera que viviremos inconscientes en la mentira de que los otros pueden y deben llenar nuestras carencias, y que lo harán en la medida en que seamos guapos, ricos, inteligentes y/o carismáticos, populares y/o poderosos; atributos en los que erróneamente hemos depositado nuestra identidad, de manera que si no los poseemos no somos nadie y si los perdemos dejamos de existir.

Por eso es que perder riquezas, estatus, poder, notoriedad y dominio es la muerte para quien solo ve eso en su persona; es decir, para quien deposita en esos elementos paradigmáticos su importancia personal, el sentido de su propia vida.

Ser más que eso; simplemente ser, sin autodefinirse, es puramente cuestión de comprender el proceso del dolor, no como una prueba de la vida ni como un inconveniente, una perturbación o algo indeseado, sino como un síntoma.

El objetivo no es enfrentar el dolor por sí mismo y salir airoso, sino ir a su fuente. El dolor es solo un indicador de que algo no anda bien, está enfermo o herido. Eso es lo que hay que atender.

Lo primordial para encarar el dolor e ir a su fuente, es aceptar que en este preciso momento hay algún aspecto de su vida, un suceso, una emoción generalmente, una situación, que usted está negando, y que esto es normal. Y es que el poder de la negación radica en que puede negarse a sí misma, de manera que se vuelve invisible.

El manejo del dolor sólo es posible mediante una habilidad que se llama templanza, que se va adquiriendo con la resolución de las crisis internas, si no le da por negarlas. Tenemos que salir de estos procesos críticos suficientemente duros y a la vez flexibles, como para enfrentar retos cada vez mayores sin quebrarnos, pero adaptándonos. Adaptación es la forja de la madurez.

Ah, y algo muy importante: el miedo al dolor se vence sintiendo dolor.
14 Julio 2018 04:00:00
Es real la irrealidad
La mente humana es arquetípica: solo puede conocer, aprender y crear a partir de representaciones imaginarias. La comunicación, por el medio que sea, únicamente es posible mediante la transmisión y recepción de modelos compartidos.

Los arquetipos son los unos y los ceros, o sea, el lenguaje binario, con el que se programa el pensamiento, pero –¡ojo!– no la conciencia, puesto que pueden experimentarse estados del “ser” en los que no hay representación imaginaria, sino un “saber” inexpresable; estados arquetípicamente crísticos o búdicos.

Un día todos habremos de experimentarlos, en esta o en otra de las vidas de nuestra infinita existencia, y sólo podremos expresar –tratando de explicar nuestras sensaciones (arquetipos: paz, plenitud, felicidad, etc.)– una millonésima porción de la experiencia y, en ese momento, como decía Krishnamurti, habrá perdido su calidad de realidad y verdad; será simplemente una proyección. De ahí que no esté tan descabellada la nueva teoría científica según la cual nuestra experiencia de vida es sólo un holograma de la verdadera realidad.

Estamos hablando del término arquetipo, por supuesto, como lo concibiera Carl Jung: esa representación que se considera modelo de cualquier manifestación de la realidad, o incluso como lo entiende la religión: tipo soberano y eterno que sirve de ejemplar y modelo al entendimiento y a la voluntad humanos.

Tenemos arquetipos omnicomprensivos, como Dios; primigenios, como madre; modernos, como industria; de existencia concreta, como perro; de carácter imaginario, como dragón. Todo aquello en lo que se pueda pensar proviene de un arquetipo, toda manera de autodefinirse también.

Cada arquetipo tiene, por supuesto, sus características particulares y muchas variantes según las regiones, religiones, culturas, épocas e individualidades humanas. Están arraigados en nuestro inconsciente y, los tengamos o no presentes, los vivimos, los protagonizamos, somos sus avatares.

“Es esencial insistir que no son meros conceptos filosóficos. Son pedazos de la vida misma, imágenes que están integralmente conectadas al individuo a través del puente de las emociones”. Carl Jung.

A través de los arquetipos podemos conocernos a nosotros mismos y, aún mejor, construirnos. Constituyen el universo de todo lo que podemos ser, de polo a polo: de principio a fin, de malo a bueno, de oscuro a luminoso, etc. En nuestro contacto con lo que nos rodea, material o etéreo, vamos modificándolos, dándoles más matices, facetas, formas y significados.

Son la guía intergaláctica hacia las profundidades de nuestra alma. De ahí la importancia de conocerlos. El hombre ha creado muchos métodos para sistematizarlos y convertirlos en un camino iniciático. Uno de ellos es, por ejemplo, el Tarot.

Sin embargo, también podemos utilizarlos para esclavizarnos unos a otros, empequeñecernos, estancarnos. Y, claro, eso es lo que comúnmente hacemos. El sistema que usamos para hacer esto se llama “estereotipar”. Ya estamos en terreno más que conocido, ¿verdad?

Revestimos un arquetipo de características limitadas, fijas y “expandibles”, es decir, aceptables e incluso deseables por una mayoría, de acuerdo a las exigencias de la época y la cultura, y le imponemos el sello “deber ser”. Y esta es, estimados lectores, la razón de existir de la publicidad y la mercadotecnia: marcar tendencias a partir de estereotipos.

¿Cómo se vive usted respecto de su “deber ser”? ¿Es suficientemente delgado o delgada?, ¿posee el coche, la casa y la ropa de marca que lo destacarían?, ¿se dedica a lo que en su entorno le reporta reconocimiento?, ¿tiene las mujeres que lo harían héroe entre sus amigos o los pretendientes que sus amigas envidiarían?

Si sus respuestas son más “no”, es usted afortunado o afortunada, porque está a tiempo liberarse sin tanto dolor de la prisión de la mediocridad, para explorar todas sus potencialidades. Sólo debe renunciar a la idea de que obtendrá todo lo que desea y necesita si, y solo si, encaja en eso que los demás dicen que hay que ser.
07 Julio 2018 04:00:00
La inevitable crisis (2)
Los cambios se llaman crisis cuando una situación insostenible, producto de una persistente resistencia, desemboca en derrumbe de la certeza y la seguridad, más por la evidente inutilidad de una forma de pensar, que por las pérdidas materiales.

Esa resistencia tiene su sustento en el miedo, individual o colectivo, sea en la forma frágil de un temor o en el monstruo devorador del pánico; y no importa cuán bien racionalizado, argumentado y justificado esté, el miedo no deja de ser una de las emociones más dominantes cuando le permitimos salir a la superficie de la conciencia.

Una vez revelada la verdadera naturaleza de la crisis, no es difícil inferir que: 1) vivirla es inevitable, porque el cambio casi siempre asusta; 2) transcurrirla lo menos dolorosamente posible equivale a dominar el miedo o a impedirle simplemente que modifique nuestras convicciones o nos paralice y 3) superarla requiere enfocarnos en las soluciones, que casi siempre son una forma de adaptación, posible sólo mediante la aceptación de nuestras nuevas circunstancias.

El más apto no es el que más domina a otros, por la violencia o la manipulación, sino el que mejor se adapta al cambio, porque es el que evoluciona.

Desafortunadamente, los seres humanos somos bastante porfiados en eso de someter la realidad a nuestra voluntad antes de admitirla tal cual, por eso tendemos a empeorar las crisis antes de afrontarlas.

Dígame si no: 1) Lo que no está de acuerdo con nuestra forma de pensar, está mal; hay que repelerlo, alejarlo o destruirlo; 2) si no sabemos cómo resultará algo, seguramente nos decantaremos por el peor escenario posible, dominados por el miedo; 3) si el cambio nos produce incertidumbre, intentaremos controlarlo, forzarlo hacia cierto rumbo, apresurarlo; 4) Si no soportamos la inseguridad, nos refugiaremos en una creencia, una actividad, una persona o una adicción, para no ver ni sentir; 5) si las nuevas circunstancias se perfilan distintas a lo que esperamos, nos sentiremos víctimas de la injusticia o unos perdedores; de manera que no asumiremos responsabilidades, pues nada de lo que hagamos resultará bien; 6) si el cambio nos perjudica, culparemos a otros, para desquitarnos un buen tiempo.

Estas son solo algunas de las actitudes y conductas que acostumbramos adoptar frente a una crisis. En términos generales, el resultado es que nos paralizamos, nos estancamos en situaciones, relaciones y pensamientos obstaculizantes, durante semanas, meses, años o toda la vida.

Como todo lo que es individual se vuelve colectivo con la sencilla operación matemática de la suma, y después se reproduce con la no tan complicada fórmula de la multiplicación, pues eso que creemos confinado a lo personal, a lo íntimo, se extiende impensablemente para volverse una realidad social, nacional, mundial incluso.

Por eso en el mundo, si sabemos observar con atención, encontramos en todo los ámbitos de la vida en sociedad del ser

humano, y por tanto en su fuero interno, oleadas de resistencia y oleadas de empuje al cambio, a veces indistinguibles; es decir, muchas crisis, desde las naturales, hasta las intencionalmente provocadas, desde las locales, hasta las regionales y las mundiales.

Lo que tienen en común es que todas son producto de la percepción humana. Lo que para usted puede ser una crisis, no lo es para otro. Lo que hoy le aqueja fuertemente, mañana le producirá risa.

Por eso el mayor secreto para remontar una crisis es la paciencia. Ya pasará. No desespere, no se estrese. Viva el día a día. Todo se resuelve en el hoy. Por qué preocuparse del mañana, si un día será hoy.

Algunas crisis pueden ser incluso evitadas, sobre todo aquellas que son repeticiones. Detecte las situaciones que lo ponen en riesgo innecesario y aprenda a darle un nuevo significado a la pérdida y la adversidad.

No hay crisis que no resulte para bien.
30 Junio 2018 04:00:00
La inevitable crisis (1)
Aquello que más aterra a los seres humanos es el cambio, el cual, paradójicamente, viven esperando... siempre y cuando sea en su favor, porque nadie desea ese otro, el que requiere “un salto de fe” hacia lo desconocido, proeza que pocos logran porque la mayoría no confiamos en la vida ni en la red que infaliblemente tiende bajo nuestras acrobacias ni en que los mejores días están siempre por venir.

Del primer tipo de cambios hay pocos, del segundo está llena la vida, pero no por azar, sino por terquedad. Tan sencillo como esto: nos negamos a abandonar el lastre, y en vez de salir a flote nos vamos a pique.

Las crisis son como un naufragio, no hay mejor analogía. El oleaje que abata nuestra embarcación será del tamaño de las decisiones, acciones, responsabilidades y aceptaciones que hemos evadido, a veces durante años; y/o de las negligencias, indiferencias, malas conductas y opciones erróneas que hemos ido acumulando. Podrá tratarse de una buena sacudida o del tsunami de nuestras vidas. En todo caso, es uno quien determina la cantidad y la fuerza de sus crisis.

Porfiar en lo que creemos que nos define, pero ya no nos funciona, aunque no nos demos cuenta, hace inevitable una crisis, esa catástrofe personal o colectiva más dolorosa en la medida en que más nos aferramos al mástil de la embarcación semihundida, con pánico porque no avistamos tierra.

La crisis podría definirse, entonces, como esos lapsos de confusión, miedo, estrés y sufrimiento que hay cuando algo o todo se ha derrumbado y nada ha sido aún construido. Lo que la caracteriza es la turbulencia, no el hecho mismo del cambio.

La causa es la resistencia a deshacernos de todas las emociones, creencias, patrones mentales y pensamientos que nos han venido poniendo en jaque, hasta hacer inminente el mate, si no cambiamos la estrategia.

Tendremos menos crisis y más leves en la medida en que fluyamos con la vida, cuya constante es el cambio. ¡Pero puede ser para peor!, me dirá usted. Sí, fíjese que sí, pero no sólo no podrá evitarlo, incluso agravará la situación si se pone terco en quedarse donde está. Aprenda la lección que tiene que aprender y transitará cuanto antes hacia el siguiente cambio, que lo llevará a una situación mejor, sin duda alguna, en la medida en que usted así lo determine. Determinación es la actitud.

El cambio está lleno de pérdidas y, en la misma medida, o aún más, de ganancias. Puede ser que tenga menos dinero, aunque más tranquilidad y libertad, puede ser que alguien se vaya de su vida, pero lleguen importantes personas, o aprenda a relacionarse mejor con usted mismo. El cambio nunca es injusto, a menos que usted venda demasiado caro lo que debe soltar.

La crisis es indispensable para el crecimiento personal, para adquirir habilidades que nos facilitarán la vida y nos permitirán ir sintiéndonos cada vez más en dominio de nosotros mismos y, por tanto, de nuestras reacciones ante todo lo que nos ocurra. Pero si queremos, por comodidad, que la vida sea sólo eso que nos sucede azarosamente, pues echemos esto en saco roto.

El gran secreto para manejar las crisis es dominar el miedo a la pérdida, porque es inevitable, tanto el miedo, como la pérdida. Para eso requerimos desarrollar la habilidad emocional del desapego, que no significa perder interés en las cosas o afecto en las personas, sino dejarlas ir y lidiar con su ausencia, porque todo tiene un ciclo de vida.

Sin embargo, antes que nada, debemos aprender a distinguir una crisis de una zona de confort acolchada de problemas. La primera siempre trae un cambio al que, en mayor o menor medida, nos resistiremos. La segunda se pregona para obtener la atención que creemos necesitar.
23 Junio 2018 04:00:00
¡El placer es mío!
2/2

Si usas el placer para alejar el malestar y evitar el dolor, te volverás su esclavo. El intento de incrementar su frecuencia y su intensidad consumirá tu cordura y el vacío que tras esto queda te arrebatará la energía vital.

Según el grado de tu malestar cotidiano será la intensidad de placer que necesites, y de acuerdo con la cantidad del dolor acumulado en tu vida y a la vergüenza que te produzcan tus deseos será la perversión del mismo.

Se puede vivir así, ciertamente, pero es la manera más segura de alejar aquello que se busca. El placer sano, liso y llano, sin esa punzada de dolor que da la mala conciencia, sólo es posible a través de la intimidad con otro en completa vulnerabilidad, y como resultado de un equilibrio con la responsabilidad, el compromiso y el esfuerzo. De lo contrario se va diluyendo hasta ser únicamente dolor.

Entre las deformidades del placer, aparte de su uso analgésico, está el alivio de la descarga irresistible de una perversión. Cuando hemos sufrido abusos humillantes y profundamente traumatizantes en nuestra infancia, como los de tipo sexual, quedamos marcados, con cierta incapacidad para establecer relaciones del alma, debido a la rabia, la vergüenza y el dolor guardados, acumulados y muchas veces muy ocultos. Esa parte de nosotros que no queremos que alguien vea será un factor de “inmerecimiento” hasta que no hayamos expiado las turbulentas emociones que produce el recuerdo del hecho. En la mayoría de los casos, la única manera de despresurizar el trauma es reproduciendo la conducta del abusador, tanto para comprender su acto, como para compensar nuestra indefensión ante él.

El abuso sexual es uno de los placeres más enfermos y vergonzantes, para quien lo comete y para quien lo sufre. Desafortunadamente, como nos lo han revelado las redes sociales, es también de los más comunes.

Hoy en día existen diversos hashtags para las valientes víctimas, pero ninguno para los victimarios, porque eso da todavía más vergüenza. Según los últimos estudios, alrededor de cinco de cada 10 personas han sufrido abuso infantil. Con cuántos #yosoyundepredadorsexual convivimos diariamente sin darnos cuenta.

Esto es importante porque podría parecer que el placer perverso es solo de psicópatas, pero no. Desafortunadamente una sola distorsión tan grave como esta entre la gente común y corriente, va enfermando sociedades poco a poco, mientras crece silenciosa.

En cualquier caso, una vida basada en la creencia de que el placer viene y se va a su gusto, nunca a nuestra satisfacción, es una vida trivial. Pensar que es un asunto personal, simplemente una cuestión de lo que me gusta y no, de cómo me hace sentir esto o aquello, de estar bien o estar mal, es desperdiciar el enorme potencial del placer no solo para establecer genuinas y profundas relaciones, sino para crecer espiritualmente. Dice el escritor y maestro de yoga español Ramiro Antonio Calle Capilla: “el placer embota e incluso embrutece a algunos, pero si se sabe tomarlo como trampolín, ayuda a elevar la conciencia”.

Administrar el placer, esa es la clave. Y se puede.

Hay que tener conciencia de su naturaleza conectiva. El placer es antes que nada el vehículo del amor. Es pues, la única forma de establecer una relación genuina, profunda y satisfactoria, con otros, con nosotros mismos, con la naturaleza, con otras especies, con Dios.

En nuestra relación con nosotros mismos, el placer debe ser producto de la postergación. Quien sabe recompensarse, que no compensarse, después de merecerlo, siente el placer en la justa y satisfactoria medida en que lo ha estado esperando. Quien sin ganárselo trata de sentirlo, tendrá una experiencia efímera y vaciante.

El buen placer, aquel cuya satisfacción nos dura y su recuerdo lo reactiva, es nuestro, siempre que nos lo hayamos ganado. El placer es, pues, de quien lo trabaja.
16 Junio 2018 04:00:00
¡El placer es mío! 1/2
Todo placer languidece cuando no se disfruta en compañía.
David Hume

–¡Un placer!

–¡El placer es mío!

Este viejo intercambio de palabras para las ocasiones en que conocemos a alguien –desafortunadamente ya casi en desuso–, contiene un gran arcano: el secreto de la existencia humana.

Solo hay humanidad a través de la conexión entre individuos de la especie. Puede ser destructiva o constructiva, superficial o profunda, equitativa o utilitarista o, por supuesto, una amplia gama de grises entre esos polos.

Como quiera que se dé, esa conexión es lo que sustenta la vida humana. Una persona que cierra su interior a los demás fenece pronto o se quita la vida. La conexión es la verdadera energía vital.

La fuerza y la calidad de una conexión estarán determinadas por el tamaño de nuestro ego y el contenido de nuestras emociones. A más egoísmo, más exangüe el enlace, y a mayor negatividad emocional, mayor destructividad. En el otro extremo, a un ego sano, una relación profunda, y a emociones positivas, más felicidad. Estar en uno o en otro extremo, o en algún otro estatus intermedio, no es más que parte del aprendizaje necesario para evolucionar como individuo y como especie.

En cualquiera caso, aquello que nos permite la conexión, el lazo o energía de mutualidad, es única y exclusivamente el placer, sano o perverso. Ese fenómeno espiritual y bioquímico que se presenta de manera natural e inevitable, tan común y tan incomprendido a la vez, tiene su principal razón de ser en su función conectiva más allá de lo sensorial, de lo que podemos experimentar superficialmente a través de los cinco sentidos.

Todo huele, sabe, se toca, se oye y se ve mucho mejor, incluso de formas sublimes, cuando se comparte el placer con otro, en cualquier tipo de relación. Es, sin embargo, en el sexo, aplicando esos cinco sentidos al unísono y siempre que logremos derrumbar las barreras del ego, para que las almas se unan, cuando podemos alcanzar niveles e éxtasis.
Lo más frecuente, no obstante, es que el placer compartido de comer, beber, jugar, reír y otras actividades agradables, sea más común entre amigos que entre parejas, pues la lucha de egos es menor o inexistente en la amistad.

El placer es, pues, esa cualidad innata que cada uno de nosotros tiene para entablar relaciones e incluso “ser uno” con otro y con lo que nos rodea. Quién no siente placer cuando, sin preocupaciones, puede observar tranquilo un hermoso paisaje, acariciar a su gato o jugar con su perro, practicar algún arte, cultivar algo o salir a dar un paseo sin rumbo fijo, ocasiones en que además de compartir el alma con lo que “es”, sin clasificarlo, se da placer a una de las mejores compañías que existe: uno mismo, pero como producto de nuestras relaciones satisfactorias con otros y no del aislamiento interior.

La conexión es la esencia de la vida y el placer compartido es lo único que nos la permite, pero ¡ojo!, tanto como nuestras emociones y deseos, el placer también se enferma. Hay placer en la idea de venganza que nos produce el odio, en la imagen mental de desgracia ajena a que nos incita la envidia o en el desahogo de la crueldad, es decir, en la sensación de descarga que nos da lastimar seres vulnerables porque no podemos, por momentos, contener el dolor de haber sido a nuestra vez maltratados psíquica y física cuando estábamos indefensos, generalmente en nuestra niñez.

El placer es nuestro. No es algo que nos viene de fuera, sino que producimos conforme percibimos el mundo. Podemos hacer de su búsqueda un culto hedonista, evitar los sentimientos profundos y dejar la vida en las sensaciones, aunque intensas, de puro alivio; o compartirlo con otros en amor genuino, generosidad, experiencias sibaríticas, buen humor, largas charlas sin escudo, suave y cálidamente.

Aduéñese de su placer, porque es suyo.


.(Javascript debe estar habilitado para ver esta direccion de correo)
09 Junio 2018 04:00:00
La depresión empobrece
Zygmunt Bauman, uno de los sociólogos más destacados y respetados del mundo, dijo alguna vez: “En la sociedad de consumidores nadie puede convertirse en sujeto sin antes convertirse en producto”.

Nos hemos mimetizado con las marcas. Valemos tanto como nuestro coche o la chamarra que traemos puesta. Siempre podemos, además, aspirar a mejorar en estos términos, de manera relativamente fácil, gracias a un pequeño pedazo de plástico llamado tarjeta de crédito, que nos permite estar “in”, sentirnos envidiados y adulados como remedos de reconocidos y amados.

Si usted debe pagar mensualmente a su tarjeta más de lo que gana o si sale “tablas” e incluso con un mínimo margen que le impediría hacer frente a un imprevisto, ha pasado a formar parte de la nueva, creciente y hoy la más numerosa masa de pobres, que no se han dado cuenta que lo son: los esclavos del sistema financiero, el cual es culpable en la medida en que ellos son irresponsables.

Esto es porque atrás de la pobreza new age no hay sólo un mundo que nos induce a depositar la felicidad donde no tiene cabida: el objeto de consumo; hay también una masa gigantesca de individuos deprimidos que ni siquiera saben que lo están, pero que se sienten muy aliviados o empoderados al comprar.

De acuerdo con los especialistas, la ansiedad, el estrés y la depresión son las enfermedades sicológicas más comunes hoy en día. Están relacionadas no solamente con nuestras historias personales, sino con una modernidad en la que el único y verdadero objetivo del esfuerzo laboral y de la realización personal es alcanzar un estatus definido por el nivel de riqueza. Y aunque en el fondo no lo creamos así, actuamos como si fuera una verdad incuestionable.

En su libro: Hacia una terapia fenomenológica mundana, la reconocida sicóloga Virginia Moreira le llama neurosis contemporánea a la conducta del paciente que “nunca tiene tiempo, es cada vez menos capaz de expresar sentimientos, sufre por su rigidez, es esclavo del trabajo, del estatus, del consumismo, la tecnología y la soledad que acompaña a la globalización. Quiere vivir en un mundo exacto, concreto, donde se sienta seguro”. Así que si no estaba deprimido, invariablemente lo estará.

Se trata de ese tipo de personas que no creen que puedan hacer algo para mejorar la situación de su país, no consideran que su comportamiento personal y su ejemplo sea de utilidad, ni están dispuestos a cambiar si no ven cambios en otros. Se procuran a sí mismos en un mundo donde sólo adquieren existencia y relevancia a través de lo que puedan adquirir y, por supuesto, de los likes que puedan obtener.

Ahora bien, no estar deprimidos, tener una autoestima bien puesta, estatus interior, autoaprecio, objetividad y ecuanimidad, nos daría inmediata claridad de cuán valiosos somos, para nuestros semejantes y para el mundo, cada uno de nosotros, actuando en nuestro ámbito personal, con absoluta honestidad para con nosotros mismos.

La sociedad no es más que un reflejo de la suma de sus individuos y la forma en que se relacionan entre sí. No le gusta la suya, cambie usted primero: busque el origen de su depresión, que generalmente está en la falta de manifestaciones claras de aprecio y valía durante su infancia o incluso en descalificaciones y maltratos.

La próxima vez que tenga ganas de comprarse algo que realmente no necesita, y sienta malestar por no poder hacerlo o ansiedad por concretarlo a la de ya, pregúntese qué sensación desagradable está sintiendo, que está tratando de tapar.

Todo en la vida está ligado con la forma en que usted se siente respecto de sí mismo. Un mundo que lo rechaza es producto del autorechazo. Gente que lo agrede se siente atraída por su energía de agresión. Igual que la gente que lo ama.
02 Junio 2018 04:00:00
Hipócrates relowded
Somos emocionalmente responsables de cualquier disfunción o enfermedad de nuestro cuerpo. Si después de leer esto prefiere no continuar, lo entiendo. Pocas ideas nos causan más rechazo que ésta, porque ubica la sanación en un terreno desconocido y aterrador: la aceptación, procesamiento y liberación del dolor psíquico.

La forma en que no queremos sentirnos cobra vida en el cuerpo, porque la energía del dolor emocional no desaparece, sólo se transforma en enfermedad si tratamos de evadirlo. A mayor represión del sentimiento, mayor el padecimiento corporal.

Pero entrarle a eso de saber qué estamos sintiendo y viajar interiormente a momentos dolorosos de la vida para después perdonar, abrazar, comprender, y así sanar emocional y corporalmente, no es nada atractivo, ni fácil ni elegible frente a una cirugía, una píldora o una vida de cirugías y píldoras.

Nada personal tengo por supuesto en contra de la medicina. Nos ha ayudado a alargar nuestras vidas y mejorar nuestros cuerpos en todos sentidos. Pero sólo nosotros podemos transformar nuestras células, para bien o para mal, fortalecer o debilitar nuestro sistema inmunológico; por tanto, sanar o enfermar.

La medicina es un coadyuvante de la verdadera sanación, holística por cierto, pues desde el cuerpo, respirando, durmiendo, caminando y comiendo bien, podemos incidir en el estado de ánimo, produciendo las hormonas necesarias para sentir bienestar, lo que nos facilita cambiar nuestras emociones de negativa a positivas; pero, ojo, sólo momentáneamente. La sanación definitiva es un trabajo psicoterapéutico, lo hagamos con un profesional o con un acompañante idóneo. Es un buceo interior, hacia aguas profundas; atemorizante al principio, emocionante y apasionante después, mientras más se avanza y más hondo se llega.

Pero comencemos el enfoque holístico con padecimientos muy comunes, para los cuales la medicina tiene pocas respuestas y menos opciones. Hablemos de alergias.

La ciencia psicobiologista ha llegado a la conclusión de que la mayoría de las alergias (algunos sostienen que incluso el 90%) se deben a impactos emocionales que sufrimos a lo largo de nuestras vidas, de los cuales estamos huyendo. Percibidos como un peligro de vida o muerte –es decir, literalmente sentimos que el dolor puede matarnos–, tratamos de enterrarlos en lo más profundo de nosotros, ahí donde nunca vamos.

Este es el proceso: vivencia traumática>asociación simbólica subconsciente de la emoción no procesada con algún estímulo sensorial presente (olfativo, auditivo, gustativo, táctil, visual), producido por un elemento físico que se convierte en el alérgeno (polen, pelo de gato, polvo, etc.)> respuesta fisiológica en sucesivas ocasiones, con el fin de mantenernos alejados de la amenaza, tanto física, como psicológica.

Sin embargo, funciona al revés: la reacción física nos acerca al dolor emocional cada vez que aquello que convertimos en un alérgeno hace efecto en nosotros, pero a la vez nos impide hacer contacto con la experiencia traumática, ocupados como estamos en las molestias de la crisis alérgica.

Ahora bien, la pequeña porción de alergias que no se deben a traumas psicológicos propios obedecen a otros dos factores más o menos similares: eventos traumáticos de familia (transgeneracional) e impactos emocionales de la madre durante el embarazo (gestacional). Así pues, los elementos externos a los cuales culpamos son sólo coyunturales.

Hay incluso amplias clasificaciones sobre el significado de cada alergia. La rinitis, por ejemplo, es consecuencia de un deseo de echar a un intruso de nuestro espacio de seguridad o libertad. Si se trata de una persona, es generalmente alguien de quien, paradójicamente, queremos aprobación.

En fin, tome esto con las reservas que guste, pero la próxima vez que tenga una crisis alérgica, pregúntese qué es lo que no quiere sentir, qué dolor y qué miedo ocultos lo atenazan. Escuche, sienta. No morirá, no se desmoronará.

Si lo hace bien, verá curada su alergia y de su médico oirá: “bueno, es que así como vienen se van”.
26 Mayo 2018 04:00:00
Buenas noches, mejores mañanas
Dormir es una más de las cosas vitales que erróneamente creemos saber hacer, como respirar, comer y amar. Pero en la era de las satisfacciones inmediatas, la intolerancia a la frustración, la adicción a la tecnología, el estrés de la competitividad y la ansiedad resultante de todo ello, dormir mal es ya una constante en nuestras vidas.

Vemos esta situación como algo que nos pasa y no como algo que nos hacemos, así que intentamos múltiples remedios externos: somníferos, sintéticos o naturales, un baño caliente, cena ligera, horario fijo, lectura con luz cálida, té, leche tibia.

Debido a que la solución común al problema no lo remedia, terminamos desatendiendo este fundamental aspecto de nuestras vidas, sin tener en cuenta que la falta de descanso envejece, debilita el sistema inmunológico y está asociada con diversas enfermedades crónicas como hipertensión y diabetes, e incluso se considera que incrementa la posibilidad de cáncer, particularmente de mama.

Dormir mal no sólo enferma físicamente. También nos vuelve irascibles, menos empáticos, impacientes, intolerantes y merma nuestras capacidades de aprendizaje, razonamiento, concentración y toma de decisiones. El problema es que tanto acostumbramos a dormir mal, que ya no nos damos cuenta de que estamos en un estado mental y emocionalmente malsano.

Ciertamente, el sedentarismo, la mala alimentación y el exceso de horas pasadas frente a una computadora, una tableta o un teléfono móvil, entre otros hábitos poco sanos, nos dificultan dormir y, cuando lo hemos logrado, nos impiden descansar, pero el principal impedimento es una mente caótica. Hay que bajar la velocidad de nuestras ondas cerebrales, de lo contrario dormiremos hasta que nos venza el agotamiento, lo cual implica mal descanso.

Todos queremos de adultos volver a dormir como un bebé: suficiente, continuo y profundo, sin preocupaciones, culpas o autorreproches; es decir, sin esos pensamientos y emociones que nos mantienen en un estado vibratorio de vigilia. Sin embargo, nadie nos dice cómo se supone que debemos dejar de pensar y sentir para dormir, y hacerlo bien.

Podemos, por supuesto, meditar, concentrarnos en nuestra respiración y relajarnos, lo cual quizá ya intentamos sin éxito, así que aquí va un truco: a pensamientos caóticos, oponga solo uno, que acalle el “mitote” y neutralice o transforme las emociones. Repítalo una y otra vez estando en la cama, hasta quedar dormido. Por ejemplo: “tendré un descanso profundo y reparador”. Orar es otra alternativa: eleve su corazón a su poder superior pidiéndole ese estado interior en que se duerme como bebé.

¿Le ha pasado que ya para dormirse fija usted mentalmente una hora para despertarse, tenga o no despertador, y al día siguiente abre los ojos exactamente a esa hora o incluso un poco antes?

Si le parece intrascendente, piense: está usted programando alguna parte de su cerebro que no es su consciente, pues ese es el que se va a desconectar. Si puede hacerlo para algo tan trivial, podría hacerlo para algo un poco más ambicioso, y cuando lo logre, para algo más aún, y así, paso por paso, cambiar su forma de pensar y sentir casi sin esfuerzo, pero sí con mucha disciplina: todas las noches háblese antes de dormir, aprenda qué es lo que su cerebro sí escucha y ejecuta y qué rechaza. Estará descubriendo cómo autoprogramarse.

Le voy a decir por qué y cómo funciona: llega un momento mientras repite su pensamiento elegido en que comienza a entrar en un estado de sueño Theta, dentro del cual el caos mental y emocional se calma y desaparecen los juicios y dudas con que se autolimita. Es entonces cuando el subconsciente toma lo que está decretando como verdad, y todo el universo a partir de aquí se confabula para materializarlo, porque usted lo cree firmemente. El decreto debe ser simple y conciso, para ser inmediatamente incorporado.

Imagínese lo que puede hacer con su vida.
19 Mayo 2018 04:00:00
A darle, que es mole de olla
Puede ser nueva para muchos la idea de que no sabemos hacer correctamente las cosas más elementales para nuestras vidas, como caminar, respirar, dormir, sonreír, abrazar e incluso amar, pero ya no es noticia para nadie que no comemos bien.

Debido a los evidentes estragos que están haciendo en nuestra salud los alimentos superprocesados y las bebidas hiperazucaradas, surgió, creció y se universalizó la contracorriente alimenticia que nos invita a comer correctamente.

Son diversos los enfoques de lo que es comer bien y son variados los motivos de quienes lo recomiendan. Están los que se preocupan únicamente por la estética y/o por la salud corporal, los que practican un código de ética y los que tienen una visión holística entre cuerpo y alma. Entre estos últimos hay dos visiones que son aplicables a cualquier tipo de alimentación que se elija, y si bien no tendrán efectos dramáticos a corto plazo, sí cambiarán su vida. Una está dirigida al cuidado del cuerpo como un regalo divino, como vehículo sagrado de manifestación material del alma, idea que necesariamente nos llevaría a amarlo; el otro, al acto mismo de comer con plena atención en el proceso, con conciencia de su significado trascendental, es decir, superior al aspecto metabólico.

Si hacemos confluir estas dos visiones habremos descubierto un secreto para adquirir en cualquier aspecto de nuestra vida el poder de sentirnos bien y en control, cuando queramos y determinemos hacerlo, sean cuales sean nuestras circunstancias: conciencia de lo que somos y acción con amor.

La dificultad, que siempre la hay, estriba en ese asunto de amar nuestro cuerpo, cuando todo a nuestro alrededor, durante milenios, nos ha hecho sentir incómodos respecto a él. Todo nos indica que es imperfecto, incluso feo, sucio y hasta pecaminoso. No puede ser el templo de un alma. Y así nos escindimos psíquicamente de él. Entonces le atribuimos sus disfunciones y enfermedades a factores puramente externos y le dejamos la cura a la intervención foránea. Los resultados, por supuesto, han sido muy limitados, pero ese es otro tema.

La plena atención, en cambio, es mucho más fácil. Sólo es cuestión de voluntad, que evidentemente fluirá de manera natural impulsada por la sensación de bienestar que da aceptar el propio cuerpo, aunque todavía no lo amemos. Bastará, así, con apapacharlo, que es muy diferente que a calmarlo o colmarlo.

Amar el cuerpo es tarea titánica si lo que pretendemos es comenzar a alimentarnos correctamente. La sugerencia es entonces que se coma con amor, más que amor a la comida, al propio acto de comer.

Mire, comer para algunos es un milagro. Nosotros no sólo lo damos por hecho, sino que en occidente millones se mueren justo por comer, sin haber disfrutado realmente del ritual sagrado de la comida, sino sólo de la placidez que produce la saciedad.

Si el secreto de una buena comida es el amor con el que fue hecha (el de nuestra madre, abuela o tía, que nos duran para siempre en el paladar y en el alma), la clave para sentir ese amor es el gusto consciente que pongamos en el acto mismo de comer, saboreando no sólo el alimento, sino su significado: la bendición. Poner atención en cada bocado, dando las gracias, exaltará cualquier sabor. Nuestro cuerpo se inundará de bienestar, nuestra química cerebral cambiará, con ella nuestra actitud y así nuestra vida. Aun mejor: compartir este evento magnifica la experiencia, porque hace circular el amor.

De que se puede, se puede; de hecho lo hacemos naturalmente de niños. Por algo de jóvenes y adultos nos da por sustituir el amor con la comida. Y lo mismo pasará cuando caminemos, respiremos, sonriamos, durmamos, abracemos y amemos bien: con conciencia de la bendición que significa cada una de esas cosas.

Si somos lo que comemos, cuando menos procuremos no ser rápidos, fáciles, tóxicos, indigestos, adictivos, chatarra y artificiales.
12 Mayo 2018 04:00:00
¿De veras ya respiró hoy?
Si usted cree que respirar sólo sirve para no morirse, está desaprovechando la vida. Imagínese que Buda se iluminó respirando. Incluso hay una disciplina yóguica llamada pranayama, prácticamente una ciencia empírica, para experimentar todos los misterios de la existencia a través de la respiración.

Pero si no aspira a tanto no importa. Basta con sentirse bien todos los días, saludable, alerta, pero relajado, creativo, lleno de energía, optimista, alegre, seguro, confiado. Esto, aunque le parezca exagerado, está al alcance de su nariz.

El prestigiado psicoterapeuta Alexander Lowen, decía: “Cuando respiramos profundamente, es fácil sentir lo bueno que es el mundo, lo justo y lo hermoso. Estamos inspirados. Qué trágico es, entonces, que tan pocas personas respiren libremente y bien”.

La respiración y la forma en que nos sentimos se determinan una a la otra, para bien o para mal. Si aprendemos a manejar correctamente la parte del binomio que está por completo bajo nuestro control de manera inmediata, que es inhalar y exhalar, podremos cambiar el mucho más complejo y mediato factor de las emociones.

Dicho de otra manera: aquel que no mejora su estado de ánimo, por tanto sus actitudes y, en consecuencia, su vida, a través de la respiración –casi todos–, ni sabe respirar ni se ha dado cuenta de ello.

La dificultad no está en aprender a respirar correctamente, y a partir de ahí conocer técnicas para sacar el mejor provecho a la respiración y a la vida, sino en adquirir la disciplina autoimpuesta de inhalar y exhalar consciente, lenta y profundamente, primero unas cuantas veces por la mañana, después todo lo que se pueda durante el día.

Difícil porque puede parecer no sólo antinatural, sino perturbador, ya que estamos habituados a respirar superficial, rápida y entrecortadamente. Este tipo de respiración no sólo es muestra de la forma en que nos sentimos: a su vez, nos empequeñece el alma y encoge el cuerpo; angustia, envilece y enferma. Nos hacemos chiquitos ante los acontecimientos, los retos y los propósitos del día; egoístas, porque estamos incapacitados para dar; sólo absorbemos.

Fíjese en estos síntomas que he descrito, y vea cómo son exactamente los que produce el miedo. Ahora ya sabe de dónde proviene originalmente la respiración entrecortada y superficial. Los dos, miedo y mala respiración, se convierten después en un hábito invisible en nuestras vidas.

Mala respiración o respiración pectoral es aquella que solo se queda en las partes más altas de todo nuestro sistema respiratorio, y es la que consideramos normal.

Buena respiración o respiración diafragmática es la que produce movimiento en las costillas inferiores y la parte superior del abdomen.

Andrew Weil, pionero en el campo de la medicina integral, tras asegurar que consumir más oxígeno puede ayudar a sanar muchísimas enfermedades, dijo: “Si tuviera que dar un solo consejo sobre cómo vivir mejor, sería aprender a respirar correctamente”.

A principios del siglo pasado, en 1931, Otto Warburg recibió el Premio Nobel en medicina por demostrar que el cáncer es anaeróbico, es decir, se da en ausencia de oxígeno libre.

Hay muchos ejercicios para respirar bien. El que proporciono a continuación es solo uno de ellos: parado o sentado cómodamente, con la espalda erguida, aspire lentamente, levantando los brazos hasta la altura de los hombros, para llevar más aire: primero, al abdomen; vea como se infla (si se siente “panzón(a)” y le molesta, ya está viendo uno de sus motivos para respirar mal), luego sea consciente de cómo se expanden las costillas, más arriba los pulmones y con ellos toda su caja torácica; sostenga la respiración 2 o 3 segundos y expire lentamente, por la nariz o por la boca, según se sienta cómodo, mientras va bajando los brazos. Haga nueve de estas respiraciones durante unas 10 veces al día. Para mejorar el efecto, sonría levemente mientras respira.

Ya me dirá si estoy equivocado.
05 Mayo 2018 04:00:00
El poder de la carita feliz
Y ahí estuvo todo el tiempo, literalmente bajo nuestras narices, la tan anhelada fuente de la juventud: levante las comisuras de la boca junto con las mejillas, enseñando los dientes, hasta formar arrugas alrededor de los ojos. Sostenga este gesto el mayor tiempo que pueda y repítalo el máximo de veces posible durante el día, y así todos los días de su vida hasta morir, joven, por supuesto.

No me diga que es difícil hacerlo, si así es como nacemos: sonriendo (está científicamente comprobado).

Quizá no con la sonrisa descrita en el párrafo anterior, considerada la más espontánea y genuina que hay, pero sí con una muy leve, de esas que nos dirigimos más a nosotros mismos, y cuyo efecto no es menos poderoso.

La sonrisa no es sólo uno de los medios de expresión y comunicación más poderosos del ser humano; es, de hecho, uno de los más naturales y potentes métodos de sanación con que contamos, tanto como dormir, comer, amar, orar.

El problema de la eterna juventud nunca fue encontrar la fuente, sino entender qué había en ella. Creer que es posible detener indefinidamente el envejecimiento físico es no solo iluso, sino un intento de preservar un yo inflado que no es más que una ínfima porción de nuestra existencia.

Tan mal entendemos la juventud, que cuando creemos resistirnos a envejecer, en realidad estamos rechazando la posibilidad de que nuestro cuerpo renuncie a aquellos apetitos cuya satisfacción, nos dice nuestro ego con euforia, es la más pura expresión del poder de la juventud.

Sin embargo, la verdadera juventud, la que se lleva dentro, consiste en mantener la mente curiosa y abierta, la herramienta del intelecto siempre en uso, el corazón amante y el alma libre y alegre, todo lo cual puede lograrse con una sonrisa en la boca.

Si cree que no tiene motivos para sonreír, seguramente se siente estresado, incluso abrumado, lo que, por cierto, produce visión de túnel, es decir, sólo ve aquello que lo hace sentir de esa manera. Sonreír, en cambio, le ayuda a abrir la mente y encontrar soluciones a sus problemas. Le da el valor de detener su loca carrera por cumplir las expectativas ajenas.

Busque gente sonriente, porque la sonrisa se contagia. Si no la encuentra, lo cual no sería raro, sonría aunque sienta el gesto ridículo y forzado; mientras más practique más fácil será lograrlo con naturalidad. Comience con una leve sonrisa, de Mona Lisa. Esa es más fácil de mantener durante un tiempo prolongado. Verá el efecto que produce.

De hecho, este tipo de sonrisa, que consiste en levantar ligeramente las comisuras de la boca, sin plegarlas realmente, hasta sentirse cómodo, es una práctica milenaria del Tao de la Transformación, disciplina china que nos permite regular la energía de nuestro cuerpo, tranquilizar la mente y sanar los órganos.

No es poca cosa sonreír. Hay gente que lo hace tan poco en su vida, que este simple ejercicio de la leve sonrisa es un suplicio. La sonrisa es algo natural, pero a veces muy difícil de dar y de obtener, porque no sólo es una reacción a lo que nos sucede, sino un arte que hay que dominar para generar todas las hormonas que nos proporcionan bienestar emocional.

Nosotros podemos cambiar nuestra química cerebral, llevarla de la nube que nos oscurece el ánimo a la claridad que nos alegra. La sonrisa es la runa, el secreto.

Si sonríe para sí le será más fácil aceptarse como es y fluir con la vida; si sonríe a otro es seguro que obtendrá su aprecio y confianza; si le sonríe a su hígado, pulmones, corazón, riñones o cualquier otra parte del cuerpo que esté afectada, sanará. Está científicamente comprobado, por la medicina cuántica, que las emociones enferman o sanan células. Así que ponga más sonrisas en su cara y menos en el WhatsApp.
28 Abril 2018 04:00:00
Quién es yo
Hay múltiples formas de describir al ego, todas alegóricas, por estar referidas a la forma intangible en que los seres humanos nos individuamos e individualizamos todo cuanto creemos que existe.

Una de las mejores alegorías que he encontrado es la de Jorge Lomar, reconocido conferencista en temas de autorrealización: “El ego es ese programa genérico de la mente que rige no sólo a la humanidad, sino todas las percepciones desde el inconsciente colectivo. Es algo así como un sistema operativo, el Windows que opera por defecto mientras la comprensión no sea elegida”.

Partiendo de esta descripción, podemos inferir varias cosas sobre el ego. La primera es que esa persona que creemos que somos no es más que una proyección de nuestra mente, uno de los planos de nuestra multidimensionalidad, el más plano de todos, por cierto.

Lo segundo es que el ego sólo es personal en la medida en que, inadvertidamente por supuesto, nos hemos apropiado o nos han instalado las creencias, sentencias, paradigmas y advertencias de una mente colectiva intangible que determina nuestro engañoso libre albedrío.

Lo tercero es que el ego toma el control cuando estamos absolutamente identificados con él, vaciándonos de verdadera vida. Entonces surge una opresión en el pecho, como si no pudiéramos respirar bien o como si nos estuvieran estrujando el corazón, que se convierte en una persistente sensación de que algo nos falta o de sinsentido de la existencia.

Hay quien dice que el ego es un falso yo. Claro que no: el ego es el yo. Más allá de él somos uno con todo, nos fundimos existencialmente con la creación. Por eso no se puede vivir sin ego.

Una de sus funciones principales, además, es la de ser nuestro guardián, el más irracional con que pueda usted contar, porque de acuerdo con su autopercepción como centro del universo, todo gira a su alrededor para asistirlo o para atacarlo.

Esa es la naturaleza del ego, porque es la única forma que tiene una persona para decir “yo existo” y para conocer todo lo que cree que existe como una forma separada, como un “no yo”. Los progresos, los errores, las calamidades y las bondades de la humanidad, así como el desarrollo personal, el sufrimiento, la felicidad y el amor, tal como los conocemos, son posibles únicamente a través de la existencia del ego y su relación “yo-no yo”.

Pero, nuevamente, el ego es solo una proyección de la verdadera y profunda existencia, que no puede pensarse ni por tanto expresarse, clasificarse o conocerse racionalmente, sino sólo experimentarse, sentirse.

La verdadera existencia es ahí donde se va el vacío, donde una presencia nuestra que no puede llamarse yo está observando al yo, ese que piensa siempre en términos de “lo mío”, “lo que soy”, “lo que hago”, “lo que logro”, “lo que tengo”, “lo que debo hacer”, “lo que espero de los demás”, “lo que ellos esperan de mí”. La lista, en fin, es muy larga.

El ejercicio mental que debemos aprender a desarrollar para vivir siendo el proyector y no la proyección, es decir, la persona que construye un ego sano, se llama autoconciencia.

Un ego sano es aquel que obedece a esa presencia observadora, despojada de las emociones desbocadas y generalmente negativas en que se monta el yo para “defendernos”, agrediendo a los demás, pasándoles por encima y alegrándonos de su desgracia, por supuesto.

No se requiere más que una disciplina de meditación –algo que todos sabemos hacer por naturaleza, pero buscamos aprender por fuera–, para retornar constantemente a nuestro centro, a la entidad sin individuación, donde la vida se resuelve sola.

De lo contrario, como señala la escritora española Gema Martíz, “si nos pasamos el día perdidos en el laberinto del ego, la personalidad se hace egoísta, egotista, egocéntrica y ególatra”.
21 Abril 2018 04:00:00
¿Se aburre?¡Qué fortuna!
“El que conoce el arte de vivir consigo mismo ignora el aburrimiento”.
Erasmo de Rotterdam

En esta maniquea visión del mundo y de la existencia que tenemos los seres humanos, origen de nuestras insatisfactorias vidas, hemos convertido en enemigo a uno de los más poderosos detonadores de creatividad, progreso y evolución espiritual: el aburrimiento.

Se le ha considerado como al peor enemigo, en voz de Voltaire, o una enfermedad, según el militar francés Caballero de Lévis, o causante de atrocidades, de acuerdo al filósofo español Fernando Savater.

Esa sensación compuesta de irritación, desasosiego, vacío y sinsentido, que es el aburrimiento, ha sido a tal grado incomprendida, desaprovechada y denostada, que prácticamente le prohibimos a nuestros hijos aburrirse porque “se les meten malas ideas”, al fin y al cabo el ocio, productor de aburridos, es la madre de todos los vicios.

Y es así que cuando no tenemos la posibilidad de proporcionarles nosotros mismos los quehaceres o no sabemos encauzarlos hacia aquellos que pueden convertirse en vocaciones y pasiones, les permitimos distraerse horas frente a la computadora, el teléfono celular y los videojuegos, matando el aburrimiento de la manera más inútil y perniciosa.

Si cuando se aburren únicamente se distraen, estos chicos solo cambian de aburrimiento, por tanto pueden llegar a convertirse en aburridos crónicos, ergo: seres autodestructivos y dañinos para otros. Está comprobado, además, por las ciencias que estudian la mente y la conducta, que ante el aburrimiento somos proclives a caer en las adicciones.

Pero una vez más, y como todo, no es el aburrimiento la causa de nuestros males, sino sólo un impulso a movernos, al que podemos reaccionar muy mal, desde una distorsionada forma de ver y vivir la vida.

Sin aburrimiento nos quedaríamos paralizados, muriendo poco a poco de indolencia en una cama o un sillón, sin querer nada, ni televisor ni celular ni libro ni compañía.

Es necesario el aburrimiento para descansar, pues nos impulsa al placer; para crear, porque nos lleva a emprender nuevos proyectos; para autoconocernos, ya que nos permite observarnos.

Sin embargo, para evitarlo, así como para evitar sentir malestar en general, acostumbramos vivir ocupados, muertos de cansancio o, en el otro extremo, completamente distraídos en actividades vanas e ideas superficiales; siempre, por supuesto, evitando mirarnos hondo.

Como el aburrimiento es un malestar, no es fácil verlo como un aliado, menos en la actualidad, en la era de la intolerancia a la frustración, debido a la consecución casi inmediata de nuestros deseos, posible gracias a la tecnología y las tarjetas de crédito.

Y debido, también, a la mediocridad de esos deseos, así como a la calidad de distracción, y no de ocupación gozosa y profunda, que le imprimimos a la mayoría de nuestras actividades.

El problema es que las distracciones duran poco y el aburrimiento vuelve pronto. Cuando emprendemos, en cambio, empresas difíciles y de largo aliento o gran compromiso, que mantengan nuestro entusiasmo en el tiempo, el aburrimiento no solo se alejará por temporadas, sino se habrá convertido en progreso.

Si en lugar de ver una película nos observamos un rato, para ver por qué una vez que alcanzamos aquello que deseamos, nos acostumbramos tan rápido a ello que dejamos de disfrutarlo y, por ende, nos aburrimos, descubriremos que no pocos aspectos de nuestras vidas necesitan atención.

En primera instancia, veremos que satisfacer nuestros deseos no es sinónimo de bienestar interno, como no sea momentáneo, porque nacimos para ir siempre más allá de donde llegamos, incluso después de morir; que, por cierto, nos está faltando gratitud por todo aquello que tenemos, sentimiento profundo que sí nos posibilita tanto el placer como la satisfacción para ya, aquí y ahora; y que el malestar, cualquiera que sea su origen y su forma de manifestación, siempre tiene un lado bueno: es el aviso de que tenemos que movernos de donde estamos de inmediato, sobre todo internamente.

Si se aburre, agradézcalo, significa que quiere y puede avanzar.
14 Abril 2018 04:00:00
Tache, tache, tache
Tenemos dos personas que se sienten secretamente en desventaja respecto de los demás, inseguras, necesitadas de aprobación y reconocimiento; una de ellas piensa, sin saberlo, que sólo podrá destacar cuando los demás valgan menos, así que se dedica a descalificarlos; la otra necesita ser descalificada para confirmar su poca valía, pues así recibe atención, evade responsabilidades y evita decisiones. Resultado: una de las relaciones más tóxicas, destructivas y, desafortunadamente, comunes que existen, sin importar si es de pareja, filial, de amistad o profesional.

No hay una tercera opción, es uno u otro rol, o no habría binomio enfermo, porque dos egos voluntariosos y dominantes se repelen. Aquí hay, no obstante, dos soberbias gigantes, cada una tratando de ganar la batalla; el dominante sometiendo, la víctima manipulando.

Esta explicación es necesaria para hablar sobre la personalidad descalificadora y el mal que puede hacer, pero sin satanizarla, pues para que se desarrolle debe haber, del otro lado, quien acepte la descalificación como una verdad sobre sí mismo, y aunque esta es la persona que más daño recibe, en gran medida es autoinfligido. En realidad lleva la ventaja, porque es “el bueno”.

Para la víctima es tan difícil como para el descalificador dejar de serlo. Hay que vencer creencias, experiencias traumáticas y miedos. Es necesario entender esto para aceptar con menos reticencia que una de cada dos personas es descalificadora, o sea “el malo”, y que podemos ser nosotros. De hecho se contagia, como cualquier actitud con la que seamos agredidos, porque hay una función espejo en el subconsciente que nos posibilita la supervivencia, copiando las tácticas del enemigo para combatirlo.

Ambos roles se aprenden en casa, “se maman”, como se dice popularmente, a través del comportamiento de pareja de los padres. Además, no es poco frecuente que uno o los dos progenitores “impulsen” a sus hijos a ser mejores descalificándolos: “no sirves”, “eres un inútil” o, aún más dañino, por la ambigüedad emocional: “lo hiciste muy bien, pero...”.

El descalificador ambigüo es el mayor controlador que existe; es el que fue sometido en su niñez a maltrato “por su bien”; el que no pocas veces escuchó: a mí me duele más que a ti. Como buen contradictorio, da pan y palo, atrae y repele, nos ama y nos odia. Es al que se engancha ese tipo de víctima que tiende a esperar indefinidamente a que su verdugo cambie, y se va dejando minar emocionalmente, cede su poder, se autoanula en aras de que le digan quién es y cuánto vale, lo declaren incapaz de ser responsable y tomen decisiones por él o ella.

Dice Bernardo Stamateas, en su libro Gente Tóxica: “el descalificador se encargará de hacerte cumplir sus exigencias o, de lo contrario, te hará la vida imposible. Sea como fuere, querrá conseguir que pienses, sientas y acciones solo como él lo desea”.

Pero como ya se dijo, esto es de dos que quieren. Si está del lado de la “pobre” víctima, es momento de que deje de creer que es “el bueno” del binomio y busque ayuda. Si es, en cambio, quien descalifica, sepa que nadie en realidad creerá por mucho tiempo que usted es o lo hace mejor. Todo mundo termina dándose cuenta de su miedo y su inseguridad. Están con usted por conveniencia, no porque lo(a) amen o respeten.

Siendo prácticos, ni uno ni otro rol resuelve nada, pero es el aprendizaje obligado para el crecimiento personal. Es la forma de hacerlo mal, en busca de hacerlo bien. La gente se estanca en estas relaciones porque no conoce otras y, peor aún, cree que así es como deben ser.

Por más tóxica que sea una relación, el impulso con el que entramos a ella siempre es positivo: queremos ser felices. Pero la felicidad es un asunto estrictamente personal. Las relaciones, de cualquier tipo, son para crecer en compañía de alguien.
07 Abril 2018 04:00:00
Usted manda
Hay dos grandes mitos acerca del cerebro humano: que lo comprendemos y que lo usamos, pero la realidad es que sigue siendo un gran misterio y que, por lo general, él nos usa a nosotros.

Hemos descubierto que funciona al 100%, no al 10, como se creyó durante mucho tiempo; que se remodela constantemente y que no es nuestra mente, sino depositario y operario de la misma.

Aunque esta última afirmación no tiene sustento científico, es fundamental para concebir al ser humano como una criatura cuya existencia trasciende su fisiología y para entender por qué en realidad no sabemos usar el cerebro.

Acostumbramos darle el control, y así vivimos por vivir. Pero hay otra manera: vivir con voluntad de vivir, siendo el líder del cerebro. Vivir por vivir no nos hace menos trascendentes, pero sí ignorantes de dicha trascendencia. Vivir con voluntad de vivir nos conduce principalmente a la conciencia y consecuentemente a trascender.

Los seres humanos trascendemos cuando aprendemos a manejar la vida, para lo cual es imprescindible administrar nuestro cerebro. Aprender a manejar la vida consiste ante todo en aprender a sentirse bien por voluntad propia, como comer cuando se tiene hambre.

En este sentido, hay dos vías en las que debemos desarrollar nuestro cerebro: obviamente la fisiológica y, claro, la mental, la del ser consciente y observante del propio cerebro.

El cerebro tiene una cualidad llamada neuroplasticidad, descrita como la flexibilidad del sistema nervioso para cambiar adaptativamente su organización estructural y funcional ante estímulos del entorno o para llevar a cabo las instrucciones provenientes de la mente consciente. Los monjes budistas, por ejemplo, se concentran en imaginar cómo la temperatura de su cuerpo sube, hasta que lo hacen realidad, de manera que pueden meditar hasta un día entero en un entorno helado, a la intemperie o en alguna caverna.

Esta neuroplasticidad es ilimitada. O sea, gran noticia: el cerebro no envejece a menos que lo abandonemos a su suerte. De hecho, la verdadera vejez no está en el deterioro del cuerpo, por demás normal, sino en la actitud ante la vida, que no proviene más que de un cerebro anquilosado, que no cambió nunca ni sus puntos de vista ni sus malos hábitos.

Por una parte, pues, podemos mantener y aumentar la plasticidad biológica de nuestro cerebro comiendo sano, durmiendo suficiente y ejercitándolo con algunas actividades que podrían parecernos ociosas y en realidad son muy útiles, como rompecabezas, sopas de letras, crucigramas y sudokus, o algunas otras que consistan en aprender una nueva habilidad, la que sea: música, pintura, idiomas. No existe ninguna limitante para el cerebro a ninguna edad, como no sea nuestra propia idea de que no podemos.

Para aprender no se necesita ninguna otra cosa que seguir uno de los principales impulsos del cerebro y por tanto de la mente: la curiosidad. Satisfacerla vivifica, estimula, despierta; dejarla apagarse nos atonta, nos adormece.

Lo que no se usa se atrofia y ese es el caso del cerebro. El proceso degenerativo no es ni natural ni inevitable. Todo lo contrario. Se puede llegar al final del servicio que nos da nuestro cuerpo con un cerebro joven e inquieto, feliz y satisfecho.

Respecto de la actividad para la trascendencia, observemos a nuestro cerebro, seamos testigos silenciosos de sus procesos, sus recovecos, sus resultados, para cambiarlos a voluntad: si encontramos recuerdos nocivos, heridas de viejos traumas, malos hábitos, pensamientos caóticos, miedos, obsesiones, compulsiones, es que el cerebro nos está usando a nosotros.

Hay que reprogramarlo para la gratitud, la alegría, la generosidad, el optimismo, el entusiasmo por aprender siempre algo nuevo, por reinventarnos cambiando nuestras ideas. Dice el autor de nuestro epígrafe, Deepak Chopra: “Existen pruebas de que podemos prevenir los síntomas de senilidad y envejecimiento cerebral si mantenemos las relaciones sociales y la curiosidad intelectual durante toda nuestra vida”.
31 Marzo 2018 04:00:00
¿Bienvenida, felicidad?
“A nada en la vida se le debe temer, sólo se le debe comprender”.
Marie Curie.

No importa ya de dónde provienen las ideas de que la vida es difícil y a este mundo se viene a sufrir, son tan poderosas y están tan arraigadas en la psique humana que siguen predominando en forma de miedo a la felicidad.

A estos antiquísimos paradigmas no han podido derrotarlos sus modernos opuestos, según los cuales la vida es en realidad benévola y existimos para ser felices. Nuestra codificación para el sufrimiento es aún muy sólida.

Paradójicamente, sufrimos para no sentir dolor. Aunque deseemos la felicidad fervientemente, hay rechazo a sentirla en casi cada ser humano, por un temor atávico al castigo de Dios y un supersticioso miedo al dolor que puede sobrevenirnos de distintas formas justo porque somos felices y justo en el momento de mayor vulnerabilidad, cuando estamos indefensos por la felicidad.

En alguna parte de nuestro subconsciente está la absurda idea de que si dejamos de sentir felicidad evitaremos el dolor o estaremos preparados para afrontarlo. Pero como no soportamos la espera, propiciamos o incluso causamos las situaciones que lo producirán, señalándolas como externas e inevitables. A esto se le llama autoboicot.

Este estresante estado de defensividad, que nos impide disfrutar la vida, se ve reforzado por toda clase de ideas fatalistas que tienen como base la creencia en un cruel destino, así como por la culpa tóxica de tener aquello de lo que otros carecen (“cómete todo porque hay muchos niños que no tienen qué comer”), o de no haberlo obtenido tras un esfuerzo que por sufrido y sacrificado se vuelve meritorio en la cultura de la penosa dificultad de vivir.

A esto hay que añadirle nuestra terca creencia de que la felicidad es un estatus que proviene de fuera, de lo que nos sucede, y no una mezcla de sentimientos positivos cuya composición e intensidad podemos regular sea cual sea la situación, o sea, sentirse bien por voluntad propia.

El mismo mecanismo priva en el amor. Para una gran cantidad de personas el precio es sufrimiento, pérdida de libertad e identidad. Es volver a sufrir el maltrato, la traición, la desatención y hasta el abandono con que entrelazaron el afecto a muy temprana edad. Cómo no boicotear las relaciones.

Lo cierto es que el sufrimiento –como una mezcla indistinta de dolor, ansiedad, miedo, resentimiento y pesimismo– puede ser nuestra opción emocional de largo plazo, porque ya pocas cosas pueden empeorar y porque siempre hay un placer morboso, doloroso y mezquino en sufrir. Además, el sufrimiento es cómodo. No tenemos que hacer nada para alcanzarlo. La felicidad, en cambio, requiere primero un aprendizaje y luego trabajo personal constante.

Pero incluso el sufrimiento es inestable. Llega un momento en que nos pasa algo bueno que nos despierta de nuestro letargo y nos inyecta entusiasmo. Y justo cuando mejor nos sentimos, vuelve esa desagradable sensación de que la vida nos arrebatará la felicidad de alguna manera.

La vida es, pues, inestable, pero eso no la hace traicionera. La estabilidad es sumamente aburrida tras un tiempo.

Necesitamos la emoción para disfrutar, nosotros decidimos si la alegría del autodescubrimiento o la euforia de los placeres mundanos, si vivimos profunda o superficialmente, tranquila o compulsivamente, en la autorregulación o en la confusión y el fallido intento de control de cuanto nos rodea.

Lo malo sucederá. Siempre sucede. Es inevitable y necesario para que aprendamos a remontarlo. Una vez que lo comprendamos dejará de asustarnos y perderá su calidad de atemorizante.

Pero en tanto aprendemos nuestras lecciones, ir a nuestro centro, atravesando el ego, oyendo al corazón y sintiendo el alma, es lo que nos permitirá aceptar y comprender los cambios que implica la vida, al menos nuestra vida, y transcurrir con la mayor seguridad posible cualquier situación.

La felicidad es lo que sucede cuando vencemos el miedo. El miedo se va cuando lo encaramos.
24 Marzo 2018 04:00:00
Todo perfecto
Cuando el disfraz ya no te oculte a tus propios ojos, podrás quitártelo, saber quién eres en realidad, para conectarte profundamente con los demás y alcanzar, así, las cosas realmente buenas de la vida: amor, paz, serenidad, claridad.

Nada más opuesto a nuestra naturaleza evolutiva que ese deseo de perfección que casi todos tenemos, entendida como el logro de lo incuestionable, universalmente reconocido e inmejorable, primero que nada respecto de nuestra persona.

¿Podría usted amar a alguien así? Nadie. A todos nos gusta ver y cuidar la vulnerabilidad de nuestros seres queridos, porque es una condición para el amor. Entonces, ¿por qué pretender que se es o se puede ser alguien invulnerable, paradójicamente para ser amado o cómo mínimo aceptado?

Toda perspectiva de dicha en la vida depende de nuestras relaciones, sólo que en la mayor parte de los casos no sabemos cómo llevarlas. Creemos que dependen de lo que merecemos recibir y no de lo que somos capaces de dar. Este es el error de juicio que le da el control de la vida al ego y se lo quita al alma.

Cuando en nuestra infancia, cualquiera que fuese la razón, vimos insatisfecha nuestra necesidad de amor y atención, el natural egocentrismo de la edad nos hizo sentir que no éramos o hacíamos lo suficiente para merecerlo.

Eso es normal. Lo trágico es que no nos hayamos dado cuenta de que aun adultos seguimos sintiendo lo mismo y que educamos a las nuevas generaciones para sentirlo.

Nos relacionamos pensando en que lo que necesitamos nos viene de los otros, y ponemos énfasis en cómo queremos que nos vean para merecerlo; así, ocultamos lo que realmente somos, que incluye lo que de pequeños nos inhibieron, señalado como motivo de desamor y desatención. Fingimos que no somos quienes somos y fingimos que no fingimos ser otros.

En la medida en que el desamor y la desatención fueron mayores, o en que la sensibilidad personal los acrecentó, muchas personas fueron exigiéndose cada vez más perfección en más áreas de su vida, hasta ponerle a la palabra el “ismo” y a la búsqueda la obsesión.

El perfeccionismo es inútil y frustrante, por la imposibilidad de ser alguien incuestionable que obtiene resultados ídem. Con el perfeccionismo sobrevienen incontables angustias por todo lo que pudo haber sido de otra manera (la perfecta) y no lo fue, incluidas las acciones propias. Atormentado, el perfeccionista se jura que en la siguiente ocasión todo saldrá perfecto, y se vuelve un compulsivo.

Debido a que esa meta resulta inalcanzable, el perfeccionista se autodesprecia en el fondo. Nunca disfruta sus logros e incluso prefiere no tenerlos, pero jamás acepta sus derrotas ni sus defectos, porque los considera un obstáculo infranqueable en su afán de perfección. El perfeccionista no es aquel que se equivoca muchas veces y sigue intentándolo. Ese es perseverante, optimista, apasionado o sólo terco. Es, por el contrario, el incapaz de admitir que se equivoca, el que evade responsabilidades y reparte culpas, el que siempre tiene la razón, exige la perfección que finge tener y está eternamente insatisfecho.

Hay varios tipos de perfeccionistas, pero la mayoría de estas características son comunes a todos, tal cual lo es la siguiente verdad, dicha por la novelista y poeta Julia Cameron: “El perfeccionismo no es una búsqueda de lo mejor. Es perseguir lo peor de nosotros, la parte que nos dice que nada de lo que hagamos será nunca lo bastante bueno”.

La perfección es inalcanzable, porque no es algo que se logra, sino que ya es. Es producto de la percepción y no de la acción. Es en realidad de las pocas cosas que pueden ser un suceso y no un proceso. La belleza verdadera de las cosas tal cual son, que sólo puede apreciarse con el corazón, es lo único que puede llamarse perfecto.
17 Marzo 2018 04:00:00
Hombres de verdad
Señora, señorita, si usted cree que su pareja es un insensible, tiene razón y está equivocada a la vez. Hoy le voy a revelar el gran misterio: no existe un solo momento del día en que estemos libres de emociones, ni hombres ni mujeres, sólo que no estamos conscientes de ello, y los hombres, en particular, ni siquiera podemos identificar la mayoría de ellas, porque hemos sido histórica e infructuosamente educados para no sentirlas, especialmente las que nos hacen sentir vulnerables.

Hoy en día muchos hombres muestran vulnerabilidad y no sienten comprometida su virilidad; lamentablemente, la mayoría continúa parapetada detrás de una máscara de insensibilidad, lo cual aumenta su estrés emocional y físico, pues las emociones no pueden dejar de ser sentidas y, en tanto no son identificadas y canalizadas adecuadamente, se vuelven una bomba de tiempo que al explotar daña la salud física y las relaciones de cualquier tipo, causando sufrimiento, miedo creciente e ira.

Hay muchos seres humanos enojados porque no pueden manejar sus emociones, pero ciertamente hay más hombres que mujeres. Para ellas son naturales la compasión, la ternura, la tristeza y todos los sentimientos que suavizan por dentro. Para nosotros son aterradores, porque la vulnerabilidad es considerada debilidad, fragilidad; en resumen: “falta de hombría”.

Desafortunadamente, cuando bloqueamos este tipo de emociones, bloqueamos todas las de carácter positivo, que son las que permiten conectar profundamente con la vida.

Hombres y mujeres somos afortunada y ciertamente diferentes, complementarios, pero más parecidos de lo que creemos. Sentimos igual, solo que no lo manejamos igual. Las mujeres lo hacen mejor, para ser honestos, pues tienen socialmente permitido sentir abiertamente y expresarlo; por tanto, les es más fácil identificar lo que sienten.

Ambos, no obstante –en la mayoría de los casos, por supuesto–, tenemos aún una deficiente habilidad de gestión sicoemocional. La inteligencia o alquimia emocional es relativamente nueva en el mundo como objetivo accesible y hasta obligado para todo aquel que quiera seguridad, felicidad y tranquilidad en su vida.

El trabajo de autoexploración como una forma de desarrollo sano a nivel personal dejó muy atrás el concepto de autoconocimiento como un camino puramente espiritual. El que más hombres que mujeres lo rechacen no se debe a su racionalidad, sino a su temor, porque tienen que luchar contra el condicionamiento que hay en su cerebro, producto de miles de años de entrenamiento sobre una malentendida masculinidad, útil para la sobrevivencia, pero no para la vida plena.

Los hombres tenemos que luchar además contra nuestra naturaleza hipersensible. Sí, suena descabellado, pero se ha comprobado científicamente que somos más reactivos emocionalmente que las mujeres y más expresivos desde pequeños. Los bebés varones se sienten más afligidos con mucha mayor facilidad que las niñas y lloran más pronto y más frecuentemente que ellas.

Y toda esa capacidad de sentir es la que debemos enterrar bajo las toneladas del peso de un paradigma que ha regido durante milenios a la humanidad. Cada varón recibe el mismo mensaje: “no reconozcas tu dolor. No lo expreses”, “no llores”, “no hables sobre lo que te aflige”, “no seas débil (vulnerable)”.

Con este condicionamiento se nos mutila emocionalmente, dejamos de ser capaces de sentir profundo. Nos limitamos a la satisfacción momentánea. Dejamos de aprender a vivir, porque bloqueamos emociones imprescindibles para ello.

Salirse del paradigma no es fácil, pero hoy es absolutamente necesario. Las nuevas generaciones de hombres son cada vez más sensibles, emocionales y por tanto aptos para manejarse psicológicamente. En cuanto a los de mayor edad, estamos a tiempo. No nos muramos en el viejo paradigma.

Y a nuestras maravillosas mujeres les pido: si nos ven atorados emocionalmente, ayúdennos a identificar qué nos pasa. No somos insensibles, solo que no sabemos lo que sentimos; no estamos enojados, nos defendemos porque estamos asustados, y téngannos paciencia, porque estamos programados para creer que podemos hacerle frente a todo solitos.
10 Marzo 2018 04:00:00
De todo corazón
Póngase cómodo, respire profundo, centre su atención en el corazón; siéntalo, sonría levemente, sólo levantando ligeramente las comisuras de la boca, cierre los ojos y permanezca así unos minutos, suficientes para sentirse en paz. Ahora llene su corazón, agrándelo, con un sentimiento profundo: amor o gratitud, y después bombee este a todo el cuerpo. Quédese disfrutando la sensación el mayor tiempo posible.

Con esto, usted acaba de hacer dos cosas fundamentales para vivir con plenitud: conectarse con su corazón, la puerta del alma, y llevar salud a cada célula de su cuerpo.

Si se hace esto diario, la inteligencia del corazón toma las riendas de la vida y todo cambia. Se descubre que aquello que realmente necesitamos y deseamos ha estado ahí siempre: seguridad, paz, alegría, amor, confianza y certezas profundas, libres de todo miedo.

Nada daña más al corazón que el miedo, porque es libre por naturaleza de él. El corazón es completamente inocente, sin las memorias dolorosas de las cuales extraemos el miedo con pensamientos aciagos.

Y aun así el corazón piensa, como pensaría un ángel, a través del amor, como un estado de conciencia más que como un sentimiento. Entregarle al corazón humano el control es lo único que puede salvar al mundo de lo que nuestro egoísmo está haciendo con él.

El corazón humano es la verdadera conciencia colectiva, que se sabe a sí misma existente y evolutiva, capaz de transformar y trascender. Del otro lado, la inconciencia colectiva destruye todo cuanto toca con la facilidad y la crueldad que lo haría un demonio.

El hombre ha creado los arquetipos de lo angélico y lo demoniaco para conocerse a sí mismo, para conectar el reino de la mente con el reino del corazón y reequilibrar la creación.

No se trata de ir por ahí a corazón abierto para que nos lastimen. No. La función del ego, el raciocinio y la lógica es justamente proteger esa fragilidad que nos hace hijos de Dios.

No hay nada más poderoso que el corazón humano. En él está arraigada la verdad. La mente, en cuanto pensamiento, es en cambio la gran ilusionista.

El corazón genera un campo electromagnético que se extiende hasta cuatro metros alrededor de nuestro cuerpo, y que es caótico cuando tenemos emociones negativas, o armónico cuando son positivas. Así es como, en primera instancia, para bien o para mal, afectamos a los demás: electromagnéticamente.

El corazón está compuesto en su mayoría por neuronas, de manera que genera hormonas que producen bienestar, como la que asegura el equilibrio general u homeostasis, e inhibe las que causan estrés, en especial el cortisol.

He aquí las explicaciones científicas de lo que cada ser humano sabe por experiencia acerca de la inteligencia y el lenguaje de su corazón. Por algo frases como “lo sé en el fondo de mi corazón”.

Sólo quien vive muerto de miedo puede negar que el corazón es más inteligente que el cerebro. Pero aunque la mayoría sepamos la verdad, acostumbramos vivir desconectados de nuestro corazón, con la puerta del alma bien cerrada, a candado si es preciso. Por miedo a que algo nos vuelva a doler, en realidad perpetuamos el dolor, encapsulado, y vivimos sintiendo poquito, a base de emociones de baja vibración, como la envidia, la ira, el resentimiento. Esas son manejables y cosa del ego, que se vale del raciocinio para justificarlas y reproducirlas.

En cambio, sentir profundo asusta, porque nos lleva a lugares interiores desconocidos, a dimensiones en las que debemos soltar todo control. Pero los sentimientos profundos, igual que el músculo del corazón, pueden ejercitarse y por tanto fortalecerlo. De eso se trata el crecimiento, la evolución: aprender a sentirnos bien desde el corazón, para conectarnos con todo el bien que existe.

El camino es eterno, pero luminoso y, tan fácil en realidad como conectarnos todos los días un rato con nuestro corazón.
03 Marzo 2018 04:00:00
Fluye sólo el alma
Todos hemos tenido días de semáforos en verde: esos excepcionales, en los que nos levantamos alegres, tranquilos y todo funciona a la perfección.

Lo más común, sin embargo, son los semáforos en rojo o descompuestos cuando nos ponemos a bregar con la vida, dominados, sin darnos cuenta, por la preocupación y el miedo.

Estamos acostumbrados a forzar las cosas y a las personas para doblegarlas a nuestra voluntad, porque creemos que esa es la vía correcta para lograr nuestros objetivos. Creemos que esforzarse es porfiar hasta dejar el pellejo, que perseverancia es terquedad y que actuar es controlar.

Tan alto es el precio emocional que se paga por la necedad, la terquedad y el control neurótico, que ningún logro vale tanto. La relación precio-calidad estará desproporcionada, y trataremos infructuosamente de ir por otro que sí compense, invirtiendo más todavía.

A lo sumo lograremos ese placer morboso que nos producen la envidia ajena, la zalamería y el sometimiento de los pobres de espíritu, sólo importante para el ego, al que le encantan los semáforos descompuestos y, en general, todo lo que se le resista, porque de eso se alimenta.

En cambio, los semáforos en verde son asunto del alma: un fenómeno de sincronía derivado de vivir fluyendo. Fluir es el movimiento interno resultante de abandonar toda resistencia a la realidad, incluida la expectativa de que las cosas sucedan como se quiere cuando se quiere y, con ella, la compulsión por controlar. Nada cambia con tanta rapidez y sin esfuerzo como cuando aceptamos que está sucediendo.

Mientras estemos peleados con el mundo, con quienes somos, con lo que nos sucede, con Dios, el país, los políticos, el vecino, el jefe y todo aquello que “no debiera estar siendo”, batallaremos, lucharemos, forcejearemos; infelices, necios, realmente solos, insatisfechos.

Cuando las cosas no están saliendo, pare, calle, observe y escuche esa voz interior que le está indicando que algo no anda bien. No existen la casualidad ni el azar. Todo cuando le sucede es creación suya, resultado de una o varias emociones que han persistido pasando desapercibidas, porque da pánico enfrentarlas.

Lo bueno y lo malo vienen de las profundidades, de esa parte de nosotros que es el gran misterio: el inconsciente, oscuridad a la que debemos penetrar con la luz de la conciencia, para obtener la claridad que resulta de todo descubrimiento trascendental.

Al fluir le sigue comunicar al universo qué queremos, pero no formulado como un pensamiento de petición, ruego o instrucción, sino como una vibración. Le hablamos sintiendo amor, gratitud, generosidad, vulnerabilidad, confianza, compasión y alegría, y nos contesta con sincronía. Nada tan equitativo como el universo: devuelve lo que se le da, se le pida o no.

Para generar esos sentimientos, y que predominen sobre las emociones negativas que generalmente nos dominan, hay primero que experimentar lúcidamente estas últimas, para finalmente aceptarlas y transformarlas.

Hay un concepto esotérico que explica los resultados de una buena meditación: sólo lo que se siente se capta y se conoce. No se trata de huir hacia el nirvana, sino de mirar con tranquilidad nuestras aguas turbulentas. Nos dividimos en dos, el que siente y el que observa, comprende y abraza al que siente.

Cuando observamos, comprendemos y abrazamos al que siente –que puede ser nuestro niño asustado, el adolescente enojado o el adulto frustrado–, lo estamos haciendo con el alma, esa parte de nosotros que es semejante a Dios, que nos mira con ternura y compasión.

La vida está llena de señales que nos indican cuándo, dónde, quién, qué y cómo, sólo que no queremos verlas; queremos hacerlo a nuestro modo, creyendo que sabemos más y mejor. Arrogancia pura.

Preferimos bregar, o sea, aprender a través del dolor y quedarnos en la zona de confort de la víctima de las circunstancias. Soberbia infinita.
25 Febrero 2018 04:00:00
Para discernir la diferencia
“Siempre hay un momento en que la vida se descarrila”.
Gillian Flyn

En cuestiones de control, sólo hay dos clases de personas: el que controla y el que cree que controla. La mayoría pertenece a la segunda categoría.

Decía el autor y orador motivacional Jim Rohn: “Es irónico que una de las pocas cosas sobre las que tenemos control es sobre nuestras propias actitudes, y aun así la mayoría de nosotros vive la vida entera comportándose como si no tuviera ningún control”. Y eso es, claro, porque no lo tienen.

Esta idea de Rohn nos ubica ahí donde el control sí es factible, completamente real, verdadero y necesario: nuestro interior, siempre y cuando lo entendamos como una autorregulación emocional y mental, no como una forma de evitar sentimientos o pensamientos indeseados.

Quien tiene autodominio, sabe lo que puede y no puede controlar fuera de sí mismo. En cambio, el que no lo tiene intenta controlar, y cree que puede, personas, situaciones, circunstancias y cosas. Este autoengaño es denominado ilusión de control y quien la padece es mejor conocido como controlador.

La sensación de control sobre lo que nos rodea es prácticamente una droga: dopamina. Nos quita momentáneamente el miedo y nos da seguridad. Por eso no importa que sea mentira y que la realidad nos sacuda con frecuencia.

Un ámbito donde a casi todos nos ha poseído el controlador, es el de las relaciones afectivas, parentales, filiales, de pareja, o hasta de amistad. Cuando alguien se preocupa por otro o sospecha de él o ella, entre otras emociones, intenta controlarlo.

Le ordena o “sugiere” con quién estar, qué pensar, cómo actuar, o simplemente critica lo que dice, piensa y hace. Señala con desagrado aquello que quiere que cambie. Al final, la gente a la que se desea someter se cansa, y cuando deja de serle útil el controlador, lo de-secha. Este, por su parte, es quien se quiebra.

Zygmunt Bauman, filósofo y sociólogo inglés, aseguraba, con toda razón, que “los intentos de superar la dualidad, de domesticar lo díscolo y domeñar lo que no tiene freno, de hacer previsible lo incognoscible y de encadenar lo errante son la sentencia de muerte del amor”.

Del pequeño controlador que todos llevamos dentro nacen la intolerancia, la ira, el odio, la envidia, la injusticia y todas las actitudes humanas que están destruyendo al planeta y denigrando a la especie.

El controlador puede incluso apoderarse de nuestras vidas. Así encontramos al eterno criticón, al perfeccionista, al conflictivo, al chantajista, al manipulador, al reclamante, al agresivo y al concentrado de todos ellos: el tirano emocional.

Todos son niños asustados con el poder de un adulto inseguro y descontrolado. Peligrosos, sin duda. Se trata de una patología que no es, desafortunadamente, poco frecuente. Échele cuentas a su alrededor.

El pequeño controlador –esta distorsión de la personalidad que en algún momento terminamos manifestando todos en un área de nuestra vida o en todas, durante una temporada–, es por supuesto, y valga la paradoja, controlable. Lo primero, e indispensable, es aceptar el miedo que estamos sintiendo, porque lo que aceptamos nos transforma y lo que negamos nos posee.

Ese miedo viene acompañado por sentimientos de culpa, inferioridad, inmerecimiento, insuficiencia, entre otros con un gran poder para derrumbarnos; abrumadores ciertamente, tanto que preferimos deformar la realidad, haciéndola más agradable, lo cual incluye la ilusión de control, que a cada rato, por cierto, se nos cae. Aun así, la reconstruimos y seguimos haciendo lo mismo esperando diferentes resultados.

Quizá sea hora de aprender dos conceptos: sincronía y fluidez, dos habilidades que nos permitirán soltar el control y deshacernos de la inmensa carga que no sabemos que llevamos.

Nos sería muy útil para comprenderlas y desarrollarlas, reflexionar en el significado de la oración: “Señor, concédeme serenidad, para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las que sí puedo, y sabiduría para discernir la diferencia”.

24 Febrero 2018 04:00:00
Para discernir la diferencia
Siempre hay un momento en que la vida se descarrila. Gillian Flyn

En cuestiones de control, solo hay dos clases de personas: el que controla y el que cree que controla. La mayoría pertenece a la segunda categoría.

Decía el autor y orador motivacional Jim Rohn: “Es irónico que una de las pocas cosas sobre las que tenemos control es sobre nuestras propias actitudes, y aun así la mayoría de nosotros vive la vida entera comportándose como si no tuviera ningún control”. Y eso es, claro, porque no lo tienen.

Esta idea de Rohn nos ubica ahí donde el control sí es factible, completamente real, verdadero y necesario: nuestro interior, siempre y cuando lo entendamos como una autorregulación emocional y mental, no como una forma de evitar sentimientos o pensamientos indeseados.

Quien tiene autodominio, sabe lo que puede y no puede controlar fuera de sí mismo. En cambio, el que no lo tiene intenta controlar, y cree que puede, personas, situaciones, circunstancias y cosas. Este autoengaño es denominado ilusión de control y quien la padece es mejor conocido como controlador.

La sensación de control sobre lo que nos rodea es prácticamente una droga: dopamina. Nos quita momentáneamente el miedo y nos da seguridad. Por eso no importa que sea mentira y que la realidad nos sacuda con frecuencia.

Un ámbito donde a casi todos nos ha poseído el controlador, es el de las relaciones afectivas, parentales, filiales, de pareja, o hasta de amistad. Cuando alguien se preocupa por otro o sospecha de él o ella, entre otras emociones, intenta controlarlo. Le ordena o “sugiere” con quien estar, qué pensar, cómo actuar, o simplemente critica lo que dice, piensa y hace. Señala con desagrado aquello que quiere que cambie. Al final, la gente a la que se desea someter se cansa, y cuando deja de serle útil el controlador, lo desecha. Éste, por su parte, es quien se quiebra.

Zygmunt Bauman, filósofo y sociólogo inglés, aseguraba, con toda razón, que “los intentos de superar la dualidad, de domesticar lo díscolo y domeñar lo que no tiene freno, de hacer previsible lo incognoscible y de encadenar lo errante son la sentencia de muerte del amor”.

Del pequeño controlador que todos llevamos dentro nacen la intolerancia, la ira, el odio, la envidia, la injusticia y todas las actitudes humanas que están destruyendo al planeta y denigrando a la especie.

El controlador puede incluso apoderarse de nuestras vidas. Así encontramos al eterno criticón, al perfeccionista, al conflictivo, al chantajista, al manipulador, al reclamante, al agresivo y al concentrado de todos ellos: el tirano emocional. Todos son niños asustados con el poder de un adulto inseguro y descontrolado. Peligrosos, sin duda. Se trata de una patología que no es, desafortunadamente, poco frecuente. Échele cuentas a su alrededor.

El pequeño controlador --esta distorsión de la personalidad que en algún momento terminamos manifestando todos en un área de nuestra vida o en todas, durante una temporada--, es por supuesto, y valga la para paradoja, controlable. Lo primero, e indispensable, es aceptar el miedo que estamos sintiendo, porque lo que aceptamos nos transforma y lo que negamos nos posee.

Ese miedo viene acompañado por sentimientos de culpa, inferioridad, inmerecimiento, insuficiencia, entre otros con un gran poder para derrumbarnos; abrumadores ciertamente, tanto que preferimos deformar la realidad, haciéndola más agradable, lo cual incluye la ilusión de control, que a cada rato, por cierto, se nos cae. Aun así, la reconstruimos y seguimos haciendo lo mismo esperando diferentes resultados.

Quizá sea hora de aprender dos conceptos: sincronía y fluidez, dos habilidades que nos permitirán soltar el control y deshacernos de la inmensa carga que no sabemos que llevamos. Nos sería muy útil para comprenderlas y desarrollarlas, reflexionar en el significado de la oración: “Señor, concédeme serenidad, para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las que sí puedo, y sabiduría para discernir la diferencia”.

.(Javascript debe estar habilitado para ver esta direccion de correo)
17 Febrero 2018 04:00:00
Sólo hay de dos sopas 2/2
Sentirse bien o mal es entera responsabilidad de cada quien. Depositar la felicidad, tranquilidad, seguridad y autoestima en la opinión y conducta de otros es inmadurez, debida a un proceso trunco de autodescubrimiento, que a su vez deriva de una distorsión educativa.

Somos un planeta de inmaduros, porque cada uno de nosotros cree que es lo que los otros creen que es. Así es como irreflexivamente nos educamos unos a otros, generación tras generación.

En lugar de acompañarnos respetuosamente en nuestros procesos de autodescubrimiento y aceptarnos tal cual somos, les exigimos a los otros que sean lo que necesitamos que sean, y les hacemos creer que somos lo que necesitan. Establecemos relaciones basadas en la negociación de las expectativas mutuas.

Nos explotamos, pues, nos robamos la energía, la identidad y la paz los unos a los otros. Lo que realmente somos y lo que paradigmáticamente se supone que no debiéramos ser, quedan ocultos, pero como no pueden permanecer de esa forma, los proyectamos en los demás; en ellos vemos lo bueno y lo malo de nosotros, pero como ajeno. Es como un juego de espejos que distorsionan la realidad en múltiples y diferentes reflejos.

El malestar de vivir está en la falta de reconocimiento de uno mismo, porque nos aleja del cometido principal de la existencia: experimentarnos, sentirnos. En la base de todas las doctrinas esotéricas y muchas religiones, está la creencia de que Dios creó todo cuanto existe para experimentarse a sí mismo. Así de importante es vivirse, no sólo para conocerse, sino para amarse.

Paradójicamente, para evadir el malestar, y creyendo que está en lo que se oculta y no en el acto de ocultar, nos alejamos de quienes somos y de lo que sentimos pero “no debiéramos”, y confundimos esa baja intensidad de molestia con bienestar.

En eso que sentimos pero “no debiéramos” está depositada una carga moral que nos aplasta con el peso de la vergüenza. Es el calificativo de despreciable, y no la emoción en sí misma, lo que la hace insoportable, y es el acto de ocultarla lo que causa el sufrimiento.

Mientras más intentamos tapar ese tipo de emociones, más sufrimos, porque su insistencia arrecia. Nunca se irán, hasta que las hayamos confrontado, las dejemos expresarse, toleremos su intensidad, dialoguemos con ellas y lleguemos a acuerdos justos. Son como hijos adolescentes y rebeldes.

E igual que ellos, nos producen preocupación y agobio, dos de los malestares emocionales más perjudiciales para el ser humano, y desafortunadamente más frecuentes.

La preocupación es esa actividad mental y emocional de darle vueltas y vueltas en la cabeza a una situación inexistente. Según nuestro miedo, podemos evitar que suceda lo que tanto tememos si lo resolvemos cuando todavía no pasa, por lo menos en nuestra mente y nuestra emoción. Una locura super estresante, por absorbente.

El agobio es una emoción que surge cuando nos enfrentamos a la posibilidad o aun a la necesidad de hacer algo que no queremos hacer, por el motivo que sea. Con ese rechazo por delante, hacemos un recuento angustioso de nuestros pendientes, como si tuviéramos que desahogarlos juntos y ahora. Obvio, nos abrumamos. El agobio es un aviso de que tenemos de establecer prioridades.

Preocupación y agobio son, pues, inventos humanos. Dos formas erróneas de evitar el malestar que producen mucho malestar. Cada vez que las sintamos hay que ir a lo que estamos ocultando. Si eso nos da miedo, hay que saber que podemos resistirlo, sobrevivirlo y remontarlo si contamos con las herramientas adecuadas para oponerle a cada emoción y cada pensamiento negativos: buenos recuerdos, imágenes agradables, ideas lógicas y constructivas, por tanto, buenos sentimientos.

Y recuerde, en alquimia emocional o autorregulación no funciona la superposición de lo positivo sobre lo negativo. No vamos a hacer crecer nada en la basura si no la convertimos antes en abono.
10 Febrero 2018 04:00:00
Sólo hay de dos sopas
Primera de dos partes

Sólo hay dos procesos en el universo: evolución y entropía. Por eso hay positivo y negativo, amor y miedo, dentro y fuera, luz y oscuridad. Entre esos polos vibra, es decir, se mueve, todo cuanto existe.

Mientras la entropía arrastra hacia aquello que no comprendemos, a lo cual llamamos caos, la evolución requiere volición, un acto de voluntad, pues, para darse y sostenerse, para organizar la existencia en patrones cada vez más complejos y plurales, sublimar lo creado, llevarlo a su máxima expresión.

De ahí que sea imposible, por donde se quiera ver, la inexistencia de un poder superior a nosotros. Está. Lo creamos o no. Creerlo nos despierta; no creerlo, aunque no lo parezca, nos embrutece. No crea si no quiere en el Dios que han querido imponerle, pero descubra el suyo o estará destinado a la primitividad interior, a una vida instintiva y aburrida.

Ahora aterricemos al planeta tierra, a usted, a mí, a cualquiera: o aprendemos a sentirnos bien, o siempre estaremos sintiéndonos mal. El malestar no se va solo. Este es el gran secreto, la clave de la vida, la gran respuesta o como le quiera llamar. Se dice fácil, pero en realidad es bastante complicado, o ya lo habríamos logrado todos. Para empezar, ni siquiera lo tenemos claro como especie o como colectivo.

Es difícil porque sentirse bien no es un resultado de lo que nos sucede, sino un aprendizaje que dura toda la vida y un trabajo concienzudo de alquimia interior, para transmutar el malestar en bienestar, el odio en amor, la envidia en bendiciones, la avaricia en generosidad, la discriminación en tolerancia, el egoísmo en generosidad, y eso puede lograrse sin un sicoterapeuta, pero no sin poder superior.

Simplificando: la felicidad no es la ausencia de problemas, sino la capacidad de tratar con ellos. Ahora traslade este significado al concepto más amplio y abarcante de sentirse bien. Así es, se trata de obtener, recuperar cuando se requiera y mantener el mayor tiempo posible un estado de bienestar generalizado “a pesar de...”, hasta que un nuevo obstáculo nos obligue a una nueva alquimia interior que nos llevará a mayor experiencia, sabiduría y comprensión. Evolución, se llama.

Aprender a sentirse bien es proyectarse bien y proyectar el bien, por tanto crear bien y obtener bien, porque la vida se vive de adentro hacia afuera en cualquier caso; es decir, sacamos lo que tenemos, lo enviamos a los demás, al universo, y justo eso obtenemos de regreso.

Así pues, sentirse bien no es una consecuencia de vivir, es una habilidad que se adquiere y que debiéramos enseñar a nuestros hijos desde pequeños. Si hemos vivido durante muchos años sintiéndonos mal, es hora de cambiar. No hay edad.

Se empieza por saber exactamente qué pensamos y qué sentimos. Y aquí es donde, créame, necesitará a su poder superior, porque lo más probable es que no pueda hacer el camino exploratorio solo, sin salir huyendo, tanto así es lo que le han hecho creer que hay de malo en usted. Pero si su Dios lo ama tal cual es y así lo acepta y lo abraza, ¿usted por qué no? Si no lo hace, no era Dios.

Cuando se haya familiarizado con usted mismo, podrá entonces aumentar o disminuir la intensidad de una emoción, así como convertir una negativa en su opuesta y, lo más importante, podrá frenar impulsos como la glotonería, la crueldad y otros más o menos oscuros que nos llevan a tener vidas descontroladas, en el mejor de los casos, y muy destructivas, en el peor.

A esto se llama autorregulación, y hay muchas técnicas, para diferentes emociones y diversos momentos, pero antes es imprescindible quitarse el piloto automático con el que estamos acostumbrados a conducir nuestras vidas y tomar el control, encendiendo el comando de la conciencia emocional.
03 Febrero 2018 04:00:00
¡Silencio!
No existe la nada. Es un término que le hemos dado a la imperceptibilidad. Ahí donde creíamos que estaría en última instancia, la física cuántica descubrió la materia oscura –llena hasta ahora más de misterios que de partículas– y la mística siempre vio a la mente universal o inteligencia divina, ese “fuera del espacio y el tiempo” que es en realidad el “aquí y el ahora”.

En este sentido, la nada es nuestro ser esencial. Ciertamente, no somos nada. Vayamos para entenderlo al aspecto más común de la “nada” para todos los seres humanos: el silencio, que en realidad es la ausencia de sonidos que esperamos oír. Aun cuando dejemos de percibir auditivamente por completo, el ruido está. Nuestro perro lo sabe.

Está claro, entonces, que hay existir más allá de lo que podemos ver, oír, tocar, oler y degustar; por tanto, de lo que podemos pensar, razonar, creer, opinar y esperar. Lo que no está claro, es que nuestra verdadera y real existencia también está “más allá”, porque dicha claridad debe provenir de la conciencia, ese estado superior de la mente que ve y sabe en lugar de pensar y creer que sabe, y del cual la inteligencia es solo un eco débil y mundano.

La conciencia es una dimensión de conocimiento neutral y metafísico; un “sitio” interno al cual va el alma o nuestro yo incorpóreo, sin ego, para comprender y aprender, y dentro del cual podemos incluso desaparecer existiendo plenamente, vivir, pues, la experiencia de unidad con todo cuanto existe.

Se puede acceder a ella, ¡mire usted!, durante cualquier actividad o postura en la que nuestro cuerpo tenga suficiente dominio como para no poner atención mental en lo que está haciendo, sino en contemplar concentradamente algo que nos absorba, sólo durante unos segundos: una mosca, una mancha, un mosaico, una nube, un animal, un árbol, cualquier cosa.

Nada más lejano a esta experiencia, por supuesto, que la televisión, los videojuegos, internet y las redes sociales. Lo de hoy en el mundo.

Una contemplación, en consecuencia, silente, concentrada, relajada, completamente despreocupada y desocupada. De pronto, sin oír y sin pensar, despertaremos en ese otro “sitio”, donde en lugar de la nada aterradora estará nuestro Ser esencial, conectado a todo, arraigado al verdadero amor, que es silencioso pero omnipresente.

La ausencia de sonido es solo la fachada del silencio, por dentro de lo que se trata es de acallar el pensamiento. La concentración sin estrés es un camino incomparable, aquella que no active las funciones memorista, asociativa, analítica o de alerta del cerebro. De eso se trata, en esencia, la meditación. No es cosa de ir, sino de dejarse llevar.

Así es la conciencia. Una experiencia de este mundo, no como posibilidad, sino como paso obligado. Todo es cuestión de administrar el silencio, y para ello primero hay que comprenderlo.

Se ha comprobado científicamente que el silencio, como ausencia de sonido, es indispensable para regenerar el cerebro. Así, el silencio como ausencia de pensamiento, una vivencia de apenas segundos, es imprescindible para regenerar el alma y, con ello, revelarnos nuestra verdadera naturaleza.

El silencio interior no es otra cosa que una introspección para sentirnos, sin pensarnos. Podemos primero observarnos neutralmente, sin juzgarnos, o simplemente dejarnos fluir en sentimiento.

Cualquiera de las dos vías de acceso al “más allá” es buena, pero imposible si no vencemos la terrible resistencia que tenemos al silencio externo e interno, que no es otra cosa que pánico a los sonidos que sí vamos a encontrar, invariablemente: la queja del malestar interior, el grito de viejos y abandonados dolores, la severidad de un juez que nos declara culpables y nos condena a ser menos, entre otras muchas, muchísimas voces perturbadoras.

A esas es a las que hay que afrontar y desactivar, para que podamos estar en condiciones de ir “al más allá” desde acá.
27 Enero 2018 04:11:00
El lado oscuro del deseo
Como en el caso de la envidia, no hay ambición de la buena, aunque coloquialmente le hayamos dado al término la opción de una connotación positiva. Por definición, la ambición es un deseo desproporcionado, por ardiente y vehemente, de conseguir algo, generalmente fama, fortuna y poder.

Cuando se habla de falta de ambiciones, la intención es señalar la ausencia de impulso y objetivos, y cuando se hace referencia a la sana ambición, el propósito es destacar el deseo de superación. Ninguna de estas actitudes tiene que ver en realidad con la ausencia o la presencia de la condición emocional que le arrebata la cordura al ambicioso.

La ambición es por antonomasia insaciable. Cuando se logra lo que se ambicionaba se quiere más. Es el vacío interior perpetuo. Suele, también, ser engañosa si se le liga a lo ideal, entendido como lo que sólo puede existir en idea. En tal caso, nos arrastra hacia un destino al que nunca llegaremos.

En cualquier caso, la ambición nos incendia por dentro y nos oculta la realidad. Dejarnos llevar es levar el ancla del contacto con nosotros mismos en un mar embravecido por deseos incontrolados cuya satisfacción, si es posible, nunca nos hará felices.

Por algo decía Voltaire que “en el desprecio a la ambición se encuentra uno de los principios esenciales de la felicidad”, la cual es ciertamente difícil de comprender, pero invariablemente comienza por un grado de satisfacción consistente, absolutamente inalcanzable para el ambicioso.

La ambición es estrictamente egoísta; nunca ve por los demás, como no sea para utilizarlos, explotarlos. Por eso es una actitud recomendable en las culturas individualistas y competitivas.

La ambición es de hecho uno de los principales motivos del fracaso de no pocas democracias, que en su afán de proteger el ámbito de lo individual de los embates de un Estado todopoderoso o de mayorías aplastantes, han colocado al ciudadano egoísta, protector irredento de sus intereses personales y defensor furioso de unos derechos sólo suyos, como centro del acontecer político, económico, social, cultural y educacional, relegando lo colectivo al discurso. En esta simulación generalizada, aún pretendemos que el homo egoico se organice socialmente y trabaje por sus semejantes.

Ya que en realidad, en cualquier país, cualquier momento de la historia y cualquier cultura, lo colectivo, que no lo masificado (por irracional), es lo que importa como base de la existencia humana, el homo egoico, ambicioso por naturaleza, se autoboicotea en su paso sobre los demás para alcanzar sus objetivos.

Y así es como una distorsión que parece ser estrictamente personal, deteriora países. Se ha comprobado que cuanto más progreso económico desarrolla una sociedad, más infelices suelen ser sus miembros. Las naciones más ricas, como Suecia, Noruega, Finlandia y Estados Unidos, registran las tasas de suicidio más elevadas del planeta.

El ambicioso es un carente que pretende colmarse de nada, porque nada significan para el alma las riquezas, el poder y la fama. En lugar de reconocimiento atraen envidia y en vez de amor, interesado embeleso.

El ambicioso es alguien que definitivamente no se acepta. Sin embargo, está dispuesto a aceptarse todavía menos para alcanzar la nada. Infamia tras infamia sigue adelante en su ambición, esperando que lo venidero compense su vileza, pero a sabiendas de que requerirá más de ella.

No hay nadie que ponga la mirada más lejos de sí mismo que el ambicioso. Dice la reconocida psicoterapeuta, autora de varios libros, Any Krieger, que la ambición es una pulsión que arrastra al individuo a lugares donde puede encontrarse peligrosamente fuera de su eje.

La ambición es prácticamente una adicción. Los estados de vehemencia que crea son literalmente drogas, actúan como neurotransmisores que dan la sensación de empoderamiento.

Mientras la ambición no deje de ser de esas patologías toleradas y hasta estimuladas socialmente, estaremos lejos de la seguridad, la felicidad y la tranquilidad, individual y colectivamente.

.(Javascript debe estar habilitado para ver esta direccion de correo)
20 Enero 2018 04:00:00
En el injusto medio
Pocos juicios tan temidos como el de mediocridad, sobre todo por los mediocres, aquellos que se guían por la opinión ajena. Temen tanto ser considerados medianos, en una sociedad donde esto es además la regla oculta para ser plenamente aceptado, que se paralizan creyendo alejarse del fracaso, y sólo se alejan de lo único que no es mediocridad: los sucesivos despertares de conciencia que nos llevan a trascender nuestra materialidad.

Por algo Stephen Covey ha señalado que “quienes viajan por el camino inferior de la mediocridad viven el ‘software’ cultural del ego, la competición, la escasez, la comparación, la extravagancia y el victimismo”, paradigmas de la conciencia humana primitiva que aún rigen de manera subterránea nuestras vidas. Tanto así que tratamos de sobreponerles, desde la perspectiva light de la new age de la espiritualidad, conceptos como abundancia y unicidad a partir de la repetición constante de decretos “positivos”, ahorrándonos la alquimia de nuestro plomo en oro, es decir, tratando de saltarnos el paso de la imprescindible sanación emocional, porque duele.

Sólo vencer nuestros miedos, cosa posible únicamente a través de la alquimia emocional, nos permitirá salir de la verdadera mediocridad, la de una mente dormida, cero analítica, ignorante de sí misma, moldeada y dirigida por creencias impuestas, que amanece y anochece en automático, sigue operando igual mientras dormimos y nos arrebata el descanso, la tranquilidad y la felicidad, porque está llena en un 90% de los temores del Pithecanthropus erectus, trasladados a las vicisitudes de la vida moderna.

“No existe la mediocridad, lo gris. Sólo existe nuestro miedo. Miedo de crecer, miedo de abrirse a las emociones. Miedo de descubrir que no hay ninguna jaula alrededor, sino sólo libertad, aire. Y si levantamos apenas la mirada, el espacio infinito del cielo”, dice, creo que con toda razón, la novelista y documentalista científica Susana Tamaro.

La mediocridad, o medianía tirándole a malito, está en las zonas de confort, esos espacios interiores donde la conciencia duerme para protegernos de aquello cuyo poder aumenta de manera directamente proporcional a nuestro esfuerzo emocional por alejarnos de él: el miedo.

La emoción en el ser humano es un poderoso vehículo vibratorio que nos lleva hacia la evolución o hacia la entropía, según la imprimamos de amor o de miedo.

La mediocridad, ese tratar de mantenernos estáticos, cómodos, con una insatisfactoria estabilidad sostenida por alfileres, tiene diversas formas de manifestación, entre otras:

1.- Envidia: quiero todo lo que tienes sin esforzarme por ello. Debido a que es imposible, desearé y hasta haré algo para que tú no lo tengas.

2.- Conformismo: no hago nada porque nadie hace nada. Si alguien puede hacerlo, que lo haga él, si nadie puede, ¿por qué yo?

3.- Victimismo: no soy responsable de lo hago porque no soy culpable de lo que me pasa.

4.- Aversión agresiva: Todo aquello que está fuera de mi alcance o de mi entendimiento es amenazante. Por tanto, lo odio, monto en ira ante su persistencia, lo condeno y lo ataco con saña.

5.- Pereza: puedo hacer más, pero no quiero.

6.- Arrogancia: humillo a otros porque es algo que me hace sentir importante.

7.- Extravagancia: Seré escandalosamente diferente, raro, incluso grotesco, para destacarme.

8.- Kakonomía (economía de lo malo o cultura del mínimo esfuerzo): prefiero que el otro haga menos para que yo no tenga que hacer más o quede en evidencia que nunca lo hago. Sin embargo, pondré mi expectativa en que dé lo mejor de sí.

Queda claro que la mediocridad no es la falta de logros ni de mérito ni de éxito, sino una mezcla de pobreza emocional y pereza mental que no nos permite ver más allá de nuestras narices, pero desde la cual queremos organizar el mundo. Por eso es que hay mediocres muy notorios y, sobre todo, peligrosos.

Si el justo medio es la prudencia, el injusto medio es la mediocridad.
13 Enero 2018 04:00:00
¡Qué belleza!
Histórica y predominantemente, el ser humano ha limitado su apreciación de la belleza al ámbito estético, propio de lo que sensorialmente puede percibir, pero no de manera neutral, sino guiado por los estereotipos nacidos de las creencias.

El concepto de belleza de los seres humanos está basado, así, en paradigmas limitantes y excluyentes que apocan espiritualmente, entristecen, debilitan y embrutecen. Drástico, pero cierto. Y me explico:

La verdadera belleza es una experiencia mística, es decir, de unión del alma con la divinidad. Es el sello de Dios y, por eso, la esencia de todo cuanto existe. Nos conecta directamente con el amor, de ahí que todo cuanto existe puede y debe ser amado. Para amar al prójimo hay que verlo bello. Ahí está el secreto del mensaje de Cristo. La belleza es el alimento del alma y el amor la saciedad espiritual.

Ciertamente, se requiere de los sentidos, pero en atención plena, sin pensamiento ni, por tanto, prejuicio, para entrar por sólo unos instantes, que serán paradójicamente eternos, en la dimensión de la belleza, colmante y transformadora, invisible pero omnipresente; nuestro verdadero hogar.

Para llegar ahí es necesario aprender una forma diferente de ver, oír, tocar, oler y degustar, más allá de lo evidente, de lo predeterminado. Para vivir la belleza hay que atreverse a abandonar la botarga del ego unos instantes, eso que los artistas hacen cuando crean.

La belleza es una experiencia conmovedora, que nos hará sentir llenos de amor, del verdadero, de ese que no necesita ser depositado en nada ni nadie en particular, porque está en todo.

Dicen que Fiodor Dostoievski, quien aseguraba que la belleza salvaría al mundo, iba a contemplar cada año, durante horas, la Madonna de Rafael, y no para aprenderse cada detalle de la obra, sino para sentir su esencia, el alma del artista, manifiesta y expandida.

Y así, nadie como Dostoievski para diseccionar literariamente el alma, para encontrar la belleza en lo más oscuro de la naturaleza humana, y nadie igual a Víctor Hugo, político y poeta, además de novelista, para sublimarla, hasta hacer cegadoramente bello lo aparentemente feo. Qué me dice de Mozart y Beethoven, entre otros muchos prodigadores de belleza. Todos podemos, de diversas y únicas maneras, ser como ellos, si sabemos fluir con la belleza y sentirnos parte de ella.

Si los seres humanos comprendiéramos que la belleza es una experiencia espiritual, esencialmente transpersonal, evolutiva, que impulsa cambios cuánticos de conciencia, le da sentido a la existencia y nos hace mejores en todos los sentidos, aprenderíamos a encontrarla en las cosas más sencillas de nuestra cotidianidad y entonces, como aseguraba Dostoievski, salvaríamos al mundo.

Así de importante la belleza y así de relevante saber lo que verdaderamente es y cómo acceder a ella.

Sin embargo, vivimos en la dimensión de la falsa belleza, o belleza sin alma, aquella a la que paradigmáticamente debemos aspirar y que, en la mayoría de los casos, podemos pagar: hombres y mujeres largamente jóvenes, delgados, de facciones casi perfectas y carnes firmes; coches de lujo, animales de raza, ropa de marca, etc. Una belleza fría y utilitarista, apropiable y, por tanto, deteriorable. Una belleza que nos mata de hambre.

Tan ralita es nuestra relación con la belleza que la creemos acabada cuando pasa la juventud, como si en la madurez o la vejez no la hubiera, como si por dentro estuviésemos ya vacíos, sin nada apreciable ni valioso.

Tan mal entendida la tenemos, que la confundimos con la ternura que nos produce un niño o un cachorro, el deseo o la lujuria que nos despierta un cuerpo estereotipado y hasta el placer inicial que nos produce una adicción.

La forma en que concebimos la belleza es la forma que adquieren nuestras relaciones, nuestro entorno y nuestro mundo. Por eso estamos como estamos.
06 Enero 2018 04:04:00
Nunca por la fuerza
Son diversos los motivos por los cuales las personas viven insatisfechas e insaciables, pero uno de los principales, indudablemente, es la confusión en torno a la naturaleza del esfuerzo, un concepto moralmente ejemplar y socialmente premiado, pero emocionalmente perturbador, por tanto, paradójicamente indeseable.

De ahí que prefiramos ceder a nuestros impulsos de procurarnos placer fácil e inmediato, que no es otra cosa, en realidad, que alivio momentáneo a la angustia de vivir insatisfecho por evadir el esfuerzo y a la ansiedad que produce renunciar a los propósitos prioritarios cuya consecución requiere esforzarse. El resultado es gente insaciable, adicta e inmadura.

En el imaginario colectivo, este gasto intensivo de energía que es el esfuerzo está asociado con sufrir. Uno se esfuerza y se esfuerza, sufre y sufre, con escasos resultados. Tenemos incluso una palabra para ello: luchón o luchona.
Para el luchón o luchona, esa gente que “le pedalea” todos los días para sobrevivir y sacar adelante lo indispensable, porque “la vida es dura y llena de sacrificios” o porque tienen “una cruz que cargar”, la satisfacción es impensable y, por tanto, la felicidad lejana.

Lo que en el fondo busca el luchón o la luchona es que se le reconozca el desproporcionado y francamente desatinado, por mal entendido, esfuerzo, cuando menos por parte de aquellos que son motivo de sus sacrificios. La alegría no es parte de sus vidas. A lo más, reúnen por la mañana de cada día el coraje para continuar pegándose de topes contra la pared.

Y esto, créame, es recompensado socialmente con admiración, de ahí que el patrón de pensamiento y conducta esté tan arraigado, pero sea tan ineficiente e ineficaz, tan contrario a lo que por naturaleza es el verdadero esfuerzo.

Pocas personas entienden de qué se trata realmente el esfuerzo, y esas, en todos los casos, son las que calificamos como exitosas. Este tipo de gente ha entendido, en primera instancia, que si no hay eficiencia y eficacia, previa planeación, no hay en realidad esfuerzo, sino un simple gasto inútil de energía.
Han comprendido, también, que tal gasto inútil de energía duele, porque se lucha en realidad contra la resistencia interior a esforzarse o incluso el miedo a tener éxito, de ahí que el resultado no se verá o será insuficiente respecto de lo que se ha invertido emocional y físicamente en alcanzarlo. No compensará todo el sacrificio y la puja. Será, por tanto, insatisfactorio, debido a la expectativa de merecimiento nacida de la profunda molestia de tratar de obtener algo por la fuerza, que es con lo que se ha confundido el esfuerzo.

En primera instancia, el esfuerzo debe entusiasmarnos, para que el proceso sea gozoso y el obstáculo estimulante, emocionante, motivo de una respuesta creativa que signifique dejar de hacer siempre lo mismo esperando diferentes resultados. Los nuevos enfoques, la distinta perspectiva con la cual abordaremos un reto, el descubrimiento y la revelación de nuevas formas de hacer las cosas, nos proporcionan alegría, que renueva la energía que estamos poniendo en alcanzar nuestro objetivo. Esto se llama aprendizaje óptimo.

El esfuerzo es también inteligente, selectivo y concentrado. No debemos esforzarnos en todo ni hasta el límite. Hay cosas para las que nos somos aptos o que están fuera de nuestro ámbito de acción. En estos casos el gasto eficiente y eficaz de energía consiste en hacer lo que nos corresponde y dejar que la vida opere en nuestro favor. Tratar de controlar lo que está fuera de nuestro control no es esfuerzo, es locura.

Cuando abordamos con gusto las tareas que debemos realizar para alcanzar una meta y renovamos el entusiasmo frecuentemente, nos encontraremos con que en realidad haremos el menor esfuerzo. Si, en cambio, hacemos las cosas con disgusto, desde nuestra resistencia interna, haremos el mínimo esfuerzo. Entre mínimo y menor esfuerzo está la diferencia entre mediocridad y éxito.

.(Javascript debe estar habilitado para ver esta direccion de correo)
30 Diciembre 2017 04:02:00
El mejor ciudadano
“Ajustarse a la ley es necesario para la buena ciudadanía, pero no es suficiente”. / Julian Baggini

Como no puede separarse al Estado democrático de la naturaleza humana, la calidad de la democracia depende en realidad de las actitudes y las conductas de los individuos, que sumadas y reproducidas configuran un país, un estado, un municipio, una comunidad.

De ahí que hoy siga teniendo la misma importancia que para Platón y Sócrates el desarrollo de las virtudes, esas cualidades personales que nos permiten interactuar sanamente con nuestros conciudadanos y nuestro entorno, producto de valores sociales interiorizados, es decir, ideales de comportamiento, que a su vez se convierten en principios o reglas de actuación.

Platón consideraba como objetivo de la educación el desarrollo de la virtud y el deseo de convertirse en un buen ciudadano; no por obligación, sino por voluntad. Querer ser buenas personas es lo que puede convertirnos en buenos ciudadanos, y ser buenos ciudadanos nos hace, necesariamente, agentes de cambio; querer sin peros, sin condición, sin esperar que sea otro el que dé el ejemplo o el primer paso.

No hay, pues, mayor falacia que la afirmación de “yo no puedo hacer nada” o la pregunta de ¿y yo qué puedo hacer? De hecho esa actitud derrotista produce un efecto: que las cosas sigan igual. Las cosas están como están no porque no podamos hacer nada, sino porque no queremos hacer nada. No queremos ser buenas personas.

Votar, no tirar basura, ser corteses, no ser indiferentes ante el maltrato y la violencia, pagar impuestos, respetar las leyes y participar en acciones colectivas, entre otras actividades, son indispensables para mejorar nuestras condiciones de vida, pero no serán efectivas si nosotros no somos buenas personas, si somos egoístas, resentidos, cínicos, groseros, trepadores, mentirosos, ladrones, discriminadores y una larga lista de etcéteras.

Por algo decía Sócrates que el que es bueno en la familia es buen ciudadano. Y nadie puede ser bueno para la familia si no da buen ejemplo. Ahí es donde se pone a prueba realmente la calidad humana. Hemos llegado a ser tan descuidados y desconsiderados en la primerísima instancia colectiva de la sociedad, que hasta inventamos la frase: “haz lo que digo, pero no lo que hago”.

Cada individuo es tal porque pertenece a una colectividad. Cada individuo es entonces, en esencia, un ciudadano, y todo ciudadano está principalmente obligado a procurar el bien común.

El bien común se procura sobre todo desde la intimidad de cada uno, desde la mejora personal, y a partir de ahí la congruencia con los valores sociales, los cuales, por cierto, no son inmutables; cambian, se transforman de acuerdo con las necesidades de la colectividad, aunque su esencia permanezca.

Ser buen ciudadano es tener capacidad de ser solidario, responsable, disciplinado, considerado con sus semejantes, empático, generoso, ecuánime y otra larga lista de cualidades. Es, antes que nada, desarrollar patrones emocionales que te hagan feliz, como aprender a perdonar, a sentir verdadera gratitud, a desapegarte de todo aquello que te causa sufrimiento, a amarte y respetarte a ti mismo, porque sin todo aquello que alimenta y engrandece el alma, nada de lo que concierne a la convivencia con otros será real o bueno.

Ser buen ciudadano es además comprender que para tener las libertades, derechos, comodidades y oportunidades que tenemos hoy, otros antes tuvieron que pasar por sufrimientos a los que hoy ni siquiera en la imaginación queremos acercarnos. Y no hablamos únicamente de lo que conocemos como nuestros héroes patrios.

Hablamos de nuestros padres, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos; nuestros ancestros, a los cuales debemos honrar siendo lo mejor que podemos ser, disfrutando todo lo que nos legaron porque lucharon por ello. Literalmente derramaron sangre, sudor y lágrimas. No es justo que lo demos por hecho así nada más. Saquémosle el partido que ellos le hubieran sacado. Seamos los ciudadanos que ellos querrían que fuésemos.
23 Diciembre 2017 04:06:00
Poderosa Doña Obsesión
Quien crea que no se ha obsesionado alguna vez en su vida, seguramente está confundiendo la obsesión con perseverancia, tenacidad o cualquier otro término similar de significado positivo intrínseco, que disfraza lo que podríamos describir como una fijación emocional y mental enfermiza.

Siempre podremos encontrar palabras de impacto positivo que nos ayudarán a sustituir las de significado negativo, y con ello ocultar emociones y pensamientos distorsionados, de envidia, resentimiento, odio, arrogancia, miedo, obsesión y lo que se le ocurra.

Ya ve, este es el segundo paso en el camino del autoengaño. El primero es el rechazo a lo que somos, sentimos y pensamos. Pero centrándonos en el tema: ciertamente hay pequeñas y grandes obsesiones, es decir, menos o más invasivas, menos o más paralizantes, menos o más cegadoras. Casi todo el mundo conoce lo que es no poder dejar de darle vueltas a una idea en la cabeza y lo estresante y agotador, física, emocional y mentalmente que esto es.

Las obsesiones, pues, no producen bienestar interior, a diferencia de actitudes como la perseverancia o la tenacidad, que requieren concentración, una actividad cerebral que nos permite desechar distracciones, durante corto o largo tiempo, tanto como requiramos, para alcanzar una meta, y cuyo combustible es el entusiasmo por el descubrimiento, la alegría del aprendizaje y el gozo del logro.

Además de la diferencia en el impacto emocional que producen, obsesión y concentración se distinguen también por lo que ocasionan en nuestra cotidianidad: mientras la obsesión pone la vida en suspenso, la concentración inspira, impulsa e induce creatividad.

Las obsesiones pueden ir desde consumirnos mentalmente durante una semana o más en la preocupación de cómo pagar una factura, hasta dejar literalmente de respirar con normalidad toda una vida tratando de obtener o de rechazar algo.

Una obsesión que paraliza nuestras vidas puede provenir de un pensamiento que echa raíces profundas en una carencia emocional, y por tanto la ramifica a todos los aspectos de nuestra vida, hasta hacernos creer que si no conseguimos tal o cual cosa o a tal o cual persona, no podremos nunca estar tranquilos ni ser felices ni sentirnos satisfechos. Podemos, sin ello, incluso, morir. Es absurdo si se piensa, pero así se siente.

Las obsesiones más invasivas pueden deberse también a un pensamiento arraigado en un miedo profundo e irracional, que igualmente se ramifica hasta invadir toda nuestra energía vital y hacernos creer que podemos ser destruidos por un germen, una persona, toda una raza, determinada creencia o situación, de manera que nos dedicamos a combatirla sin descanso.

Las obsesiones por completo invasivas y paralizantes despiertan la conducta llamada compulsión, la necesidad imperativa de hacer algo repetida y mecánicamente, creyendo alejar lo que nos atemoriza o conseguir lo que queremos. Podemos vivir lavándonos las manos cada cinco minutos o repetir mentalmente y sin tregua palabras, oraciones, etc. La finalidad de la compulsión es calmar la insoportable ansiedad que produce la obsesión.

Pero estos son los casos extremos. Vayamos a los comunes, que podrían ser perfectamente encuadrados en la siguiente descripción que hace de sí mismo Emmanuel Carrere, escritor francés: “Como obsesivo que soy puse de mi parte el máximo de posibilidades. Lo cual no me impide saber, como todo buen obsesivo, que del otro lado está el azar, lo imprevisto, todo lo que puede dar al traste con los planes mejor preparados. Y ahí está el horror”.

A esto nos enfrentamos constantemente todos. Esto es lo que confundimos con tenacidad, perseverancia e incluso amor. Mientras más se nos resiste o aleja, mayor es la obsesión, porque más invasiva es la idea y más grande la falsa necesidad de atraer o repeler.

La obsesión más común para todos es la del amor. Queremos atraerlo y/o conservarlo a toda costa y eso nos vuelve insaciables. Si a usted le gustan los esquivos o las esquivas, es un obseso del amor.
16 Diciembre 2017 04:00:00
Vivir sin hiel
Y hasta que no aprendan a contentarse con lo que son, siempre estarán quejosos. He aquí, en menos de un reglón, la piedra filosofal, la sustancia alquímica que nos permitirá cambiar nuestro plomo emocional en el oro de la verdadera conciencia, la que trasciende nuestra limitada existencia material, el pequeño yo egoico, los vanos apetitos, pobres ambiciones y mutilantes paradigmas. Ahí, en esa conciencia, se es siempre joven y eterno.

Esta verdad no ha sido revelada por ningún gurú, sino por Philip Phullman, escritor inglés, autor de una de las mejores obras de fantasía: La Materia Oscura. Esto es porque una gran imaginación, bien enfocada, es una vía privilegiada hacia la sabiduría, de ahí que muchas de las enseñanzas de los grandes maestros nos hayan sido entregadas en parábolas.

Contentarnos con lo que somos no es conformarnos, es estar alegres y satisfechos con ello. Sólo a partir de ahí se crece y se mejora realmente. El polo opuesto es la amargura, no hay más. El disgusto con uno mismo y por tanto con todos y todo lo que nos rodea.

De pequeñas a inmensas amarguras están hechas la violencia, la envidia, la venganza, la arrogancia, el cinismo, la adicción. Ese rumiar durante largo tiempo la ofensa y la herida, el apetito insatisfecho, la ambición truncada, el sueño abortado, es el origen de toda amargura. Algunos cargan unas cuantas, otros son su amargura.

El primer y más cotidiano síntoma de la amargura es la queja sin propósito ni acción ni resultado, y dígame quién de nosotros no ha caído en este dasaguisado. Como la amargura es voraz, se va alimentando de falsas adversidades cotidianas, situaciones que vistas con sus anteojos oscuros se vuelven inevitables desgracias. Así va creciendo hasta invadirlo todo si no la paramos a tiempo. Luego se conecta con sus pares y se colectiviza, convirtiéndose en el mejor aliado de los manipuladores de masas. Piense usted en los episodios de la historia marcados por sociedades adictas a la indignación, el insulto y la rabia, sociedades amargadas.

Y llegamos a un punto crítico, al amargado más notorio, el que, abierta o encubiertamente, vive en conflicto con los demás y con la vida; reclamante, ofendido, regañón, monta en ira, acusa, señala, es decir, pone fuera de él la causa de su amargura. No olvidemos al que en agridulce resignación, la indefensa víctima, acepta la vida como una inevitable cauda de males. Ese el que más rescatadores atrae y más simpatías levanta.

Finalmente, el amargado extremo, que proclama el asco que es la vida y vive prefiriendo morir. Y, oiga, no son pocos. Eche un vistazo en Google, hay foros, muchos. Algunos de ayuda, otros simplemente para el desahogo.

Ahora bien, la amargura, como cualquier cosa inherente a la naturaleza humana, no es ni debe ser evitable. Es un paso obligado para madurar, para alcanzar una conciencia “aceptante”, el único punto de partida para experimentar –que no pensar– la verdad y la realidad, personales primero, colectivas y universales, después.

La contraseña para ingresar al lugar donde está la piedra filosofal –nuestro centro personal– es la claridad de que eso que creemos que somos es mentira, una ilusión creada por poderosos paradigmas, reforzantes siempre de los anteriores, hasta que no vemos otra cosa. No sabemos lo que somos, en la mayoría de los casos no tenemos ni la menor idea. Por eso no podemos contentarnos con ello. La pregunta no es quién, sino qué soy.

El segundo tramo es una relación personalísima y estrecha con un Dios que nos vea con tierno amor y siempre nos depare lo mejor. Ese es el poder superior con el que se puede fluir. Si lo depositamos en uno mismo, cualquier otra persona, el trabajo, la familia, las exigencias sociales o profesionales y los bienes materiales, la amargura será el destino.
09 Diciembre 2017 04:00:00
El valor de lo devaluado
La amistad es una necesidad básica del ser humano, cuya satisfacción damos por hecha ante cualquier relación cordial. El concepto está tan devaluado que podemos tener amigos que ni conocemos en una lista virtual a la que no nos damos cuenta que pertenecen hasta que recibimos un like.

Esta falta de solidez y profundidad en la relaciones puede ser evidente para quienes crecimos jugando en las calles, sin o con poca televisión, pero mucha compañía e imaginación. No así para las generaciones de las redes sociales.

Sin embargo, de la amplia gama de relaciones que etiquetamos con la palabra amistad, sólo una satisface la necesidad básica: aquella en la que dos almas se han reconocido; es decir, en la que podemos ser exactamente quienes somos frente al otro, porque habrá siempre aceptación plena.

Tan necesaria es la amistad en la vida que ya Epicuro y Aristóteles la ubicaban en el centro de sus disquisiciones cuando de relaciones humanas hablaban. Aristotélicamente, es un alma habitando dos cuerpos y un corazón habitando dos almas. Epicúreamente, es el bien al que debiera aspirar todo hombre como el más preciado.

Cuando dos almas se entrelazan en amistad nunca vuelven a estar solas, aunque respetan absolutamente las individualidades y las peculiaridades. Entre ellas, nada esperan, siempre están y dan lo que la otra necesita; siempre agradecen y honran; siempre bendicen la buena fortuna de la compañera, más allá de los géneros, del tiempo y del espacio.

Por eso es tan difícil que exista una real amistad entre parejas, ya que en la mayoría de los casos predominan las expectativas que tienen uno sobre el otro, originadas en las carencias que pretenden llenar, los conflictos antiguos que intentan resolver, las viejas heridas que quieren vengar o reparar. Es al cabo de los años cuando dos personas que se han amado románticamente pueden pasar a la fase de la amistad, y verdaderamente es extraordinario que suceda. Por lo general, sólo se llega a la complicidad, la cordialidad e incluso el mutuo apoyo que merece la inversión emocional en una relación prolongada.

Un amigo del alma es como un espejo mágico: nos vemos a nosotros mismos en él, en nuestra mejor versión, y podemos entonces ver la mejor versión de todo cuanto existe. ¡Qué cosa más grande tener a alguien con quien puedas hablar como contigo mismo!, decía Cicerón. Y aún más: que te escuche mejor de lo que tú te escuchas, lo que implica total receptividad emocional, ausencia de juicios y la inclinación afectiva que nos impulsa al apoyo incondicional, llamada compasión.

Lo mejor de la amistad, lo más significativo, es que la podemos establecer con cualquiera. No es algo que nos suceda, es algo que propiciamos cuando dejamos de ofendernos por todo y defendernos de todos; nos permitimos ser vulnerables y tratamos con cariño, respeto y delicadeza la vulnerabilidad ajena.

El único motivo para que no hagamos esto es el pánico que le tenemos a la vulnerabilidad, pensando en que volveremos a ser heridos, defraudados, abandonados, traicionados, burlados, menospreciados, descalificados y cuanta otra tragedia nos pueda suceder.

Sólo el miedo, pues, nos impide satisfacer esta necesidad básica. Cuando nos atrevamos a colmar nuestra sed de amistad nos encontraremos con que todavía hay una fase superior, que es la de dos conciencias evolucionando juntas. A quien te acompaña en tu camino espiritual los celtas le decían el anam cara, amigo del alma.

El que tenía un anam cara adquiría un profundo conocimiento de la naturaleza del alma y accedía a los misterios del espíritu universal, el Awen, que está en todo y lo ha creado todo. Para los celtas, este tipo de amistad no tenía principio ni fin, siempre había sido, en comunión y pertenencia.

Afrontados junto con un anam cara, lo desconocido, lo anónimo, lo negativo y lo amenazante nos revelan poco a poco su verdad.
02 Diciembre 2017 04:00:00
Lo mismo da un problemita que un problemón
Todo cuanto existe evoluciona mediante el conflicto, entendido como el encuentro de los opuestos que hay en cualquier aspecto de la creación, para librar una pequeña o gran batalla que terminará en sincretismo o en el dominio de un aspecto sobre otro, lo que creará una nueva realidad donde habrá nuevos polos.

Los seres humanos, por supuesto, no somos la excepción. Es más, estamos entre los más dignos representantes de la creación de conflictos. Efectivamente, nosotros los creamos, igual que los problemas, representados por los “enemigos” a vencer, trátese de personas, situaciones, emociones o ideas que no se parecen a nosotros ni se comportan como consideramos que debieran hacerlo.

Entrar en conflicto con la vida y problematizarla es absolutamente necesario para comprendernos a nosotros mismos, a través de aprehender y entender lo que nos rodea, es decir, el contexto dentro del cual existimos. La distorsión radica en creer que tales problemas son autónomos, vienen de fuera y por tanto no están bajo nuestro control.

Sólo el día en que un problema se esfuma, no porque se haya resuelto materialmente, sino porque nuestra perspectiva emocional y mental cambió, es que nos damos cuenta de que la tranquilidad depende de la percepción. Tan fácil, pero hay gente que nunca lo logra.

Hay gente que vive del conflicto porque es la única forma de conexión consigo y con otros. Le aterra la vulnerabilidad, así que está siempre en pie de guerra. La hay adicta a los problemas, porque es la única forma de ser atendida. Prefieren sentirse miserables en su zona de confort que enfrentarse al cambio, por “miedo a lo desconocido”, otro falaz problema que inventamos, ya que en realidad tememos a todo aquello de lo que poblamos ese “desconocido” con nuestra catastrófica imaginación.

Conflictuar y problematizar son cualidades (sí, cualidades) del ser humano; actividades internas que le permiten relacionarse dinámicamente con la vida. No son reacciones, sino inyecciones, las aplicamos intermitente y a veces indiscriminadamente en aspectos del exterior.

Se entra en conflicto para trascenderlo y se problematizan las cosas para conocerlas. Con esta actividad mental y emocional se supone que debiéramos tomar más dominio sobre nosotros mismos, templarnos, descubrir la realidad y desarrollar nuestro potencial. Pero los hemos usado para destruir el planeta, nuestras relaciones y a nuestros semejantes, porque, claro, “el problema está afuera”.

Esto sucede porque tardamos mucho en salir de la etapa narcisista de la infancia y la adolescencia o no salimos nunca, particularmente en la cultura occidental, que basa todo su dogma cultural en el individualismo. En oriente existe una tendencia del individuo hacia el bien colectivo, por eso sus sociedades son menos depredadoras.

Mientras ellos se han dado cuenta de que trabajar en exceso mata, aquí lo seguimos promoviendo como un mérito; en tanto han comprendido que preocuparse por los demás aporta el mayor beneficio personal, aquí lo consideramos una actividad para altruistas que puede resultar incluso contraproducente. Mientras ellos tratan con amabilidad a quien está enojado, nosotros nos escalamos todavía más que el supuesto enemigo. Nos tomamos las cosas a personal y a pecho porque somos lo más importante que existe, pero como dijera T.S. Eliot, poeta y dramaturgo, “la mayor parte de los problemas del mundo se deben a que la gente quiere ser importante”.

Un cambio de conciencia es lo que solucionará nuestros conflictos y problemas. No todos, por supuesto. Los necesitamos para evolucionar; pero al menos serán los trascendentales y no los accesorios, los importantes y no las nimiedades, los estrictamente necesarios y no todos los que se nos ocurran. Y tendrán un carácter constructivo, no destructivo, serán un escalón y no un pozo, nos estimularán en lugar de aterrarnos, nos moverán en vez de paralizarnos.

En resumen, hay que dejar de echarle la culpa a los demás o a la vida.
25 Noviembre 2017 04:00:00
La verdadera falsa realidad
A la mayoría de la gente no le interesa desarrollar la conciencia porque no cree que podrá encontrar en ella remedio a sus preocupaciones, solución a sus problemas ni satisfacción a sus apetitos.

No le encuentra sentido al autodescubrimiento y ha reducido la búsqueda a Google, donde halla cualquier “verdad” prefabricada que le haga falta, filosófica, religiosa o ideológica, para reforzar sus paradigmas o creencias.

Todos, en algún momento, depositamos nuestra identidad en esos paradigmas, porque nadie nos dijo que hay más yo fuera de lo que creemos que somos y que la experiencia de vida sin tiempo, sitio, ni pensamiento, es decir, transpersonal, es lo trascendental.

Nadie nos enseñó a experimentarnos como energía y conciencia pura. Estamos tan desconectados de nosotros mismos, que la connatural actividad de la meditación –la forma en que se conecta nuestra alma con el espíritu– se ha convertido en una técnica que hay que aprender y practicar durante años para “iluminarse”.

Nos convencieron de que la conciencia es el paradigma, esa verdad prefabricada que reforzamos con información y raciocinio, o a la que sobreponemos otra verdad prefabricada cuando ya no nos sirve. “Pienso, luego existo” se convirtió en el fundamento de una falsa conciencia: lo que interpreto sobre lo que percibo es real y verdadero, y eso, en el mundo moderno, privilegia el saber sobre el conocer, el tener y hacer sobre el ser y el razonar antes de experimentar.

Tenemos vida exterior, pero no interior. El ruido mental nos guía. Pensamientos raudos, dispersos, desatendidos, nos distraen de lo fundamental y, como lupas, enfocan sólo el detalle, mientras ignoran la función y el sistema.

Ahí tiene usted el paradigma aspiracional del american dream: no hay limitantes ni límites, todos podemos lograr lo que queramos sólo con nuestro esfuerzo. Lo único que necesitamos es mucho crédito y todavía más trabajo para pagar el crédito.

Somos esclavos del sistema financiero, que puede apretar la soga que ha puesto alrededor de nuestro cuello y ahorcarnos cuando quiera, pero eso no se ve ni se siente, distraídos como estamos en procurarnos todos los bienes, servicios, baratijas, chucherías, placeres, logros intelectuales, físicos o profesionales, ventajas sociales y demás que creemos necesitar para alcanzar nuestros sueños y colmar nuestros apetitos, que ni siquiera son nuestros, sino los que nos han dicho que deben ser.

No aceptamos nada que nos contradiga, porque entonces lo que pensamos y creemos dejaría de ser verdadero; nos sentiríamos extraviados. No queremos desarrollar la conciencia porque no queremos renunciar a las preocupaciones, los problemas y los apetitos que conlleva el paradigma, y que necesariamente se vuelven intrascendentes cuando “despertamos”.

Sin embargo, la conciencia, la verdadera, está siempre ahí, sin que la reconozcamos ni, por tanto, accedamos a ella. La primera distinción que hay que hacer entre ambas es que la falsa es estática, sólo se mueve cuando se mueve el paradigma; la real es independiente, evolutiva, autocorrectora, abarcante y personalísima.

La verdadera conciencia depende del error visto como el paso obligado para mejorar. Artistas, inventores y científicos tienen una relación transpersonal con la vida, inspiración sin pensamiento ni razonamiento, ensayo y error, autocorrección y evolución.

La conciencia es ese experimentarse más allá del yo egoico, del ruido mental, en un tiempo que no es un tiempo y un sitio que no es un sitio, donde se conoce de primera mano, y luego, al utilizar las herramientas de la mente para manifestarlo, se accede al saber qué y cómo. Así le sucedía a Einstein.

Eso y no otra cosa es la espiritualidad al fin y al cabo: habitarse uno mismo, tener vida interior, observarse, experimentarse y conocerse. Es la manera de existir plenamente y no en un sueño. Es la única forma real de ser el centro del universo, porque exploramos el microcosmos que somos para conocer el macrocosmos.
11 Noviembre 2017 04:00:00
La espiritualidad no es una opción
Tercera y última parte

Todo es espiritualidad, no hay nada fuera de ella, pero la clave para sentirse, vivir y actuar como un ser dotado de alma y no sólo de ego, es que el trabajo espiritual lo tenemos que hacer nosotros mismos, conscientemente. No depende de un milagro ni de una religión o de creencias y conocimientos metafísicos, sino de convertir el plomo que somos en oro, es decir, de alquimia interior, lo cual, créame, le va a doler, de lo contrario todo mundo lo haría con singular alegría.

La buena noticia es que ese dolor no tiene nada que ver con lo que usted cree que será. En primera instancia, es benévolo y liberador, a veces suave, otras intenso, pero sanador. En segunda, nunca lo matará y ni siquiera lo sobrepasará, antes bien, le dará una profundidad insospechada, que le permitirá hacer contacto directo con su alma.

Para desgracia de los adictos al pensamiento positivista, nacido de un formato científico hoy rebasado por la realidad del Universo, no existe un único método para la espiritualidad, pero sí derroteros interiores recorridos y probados por muchísima gente, ya sea que escoja usted el budista, el crístico, el más mundano de la alquimia emocional o el que le acomode.

Por lo pronto, le platico el mío: personalmente, comienzo por identificar claramente aquello que me perturba, que es evidentemente transformable. Venzo luego el temor a sentirlo en su totalidad. Lo experimento. Le asigno en seguida uno o varios temas: emociones, creencias, conductas, etc. Todas ellas relacionadas entre sí a un nivel vibratorio.

Después investigo, me allego mucha y diversa información; la discrimino, tomando en cuenta sobre todo la que contradice mis creencias, porque se trata de romper paradigmas, no de reforzar ignorancias. La medito.

Tras ello, cuestiono si esa emoción negativa está en su justa medida, si la creencia que la sostiene es verdadera, si la conducta que obedece a ella es la correcta, para después realizar un viaje histórico a mi vida y ver dónde se originó el problema. Revivo con valor, pero sobre todo acompañado por Dios, aquello que me hirió o me marcó, de manera que lo comprenda no sólo a nivel intelectual, sino emocional.

Surgirán varias hipótesis, es decir, propuestas sobre las causas, los efectos y las formas de trascender el problema. Las medito. Luego trazo mis objetivos y realizo los procesos pertinentes: perdón, comprensión, empatía, etc. Finalmente, experimento nuevas creencias, nuevas vías de cambio mental, formas de sanar una herida, todo se irá acomodando.

Conforme voy sacando la basura, es decir, quitando la negatividad de emociones y pensamientos, mi nivel vibratorio sube y me siento mejor, aliviado, liberado y con entusiasmo para volver a iniciar otra investigación.

Si emprende el camino espiritual, la consecuencia será que descubra un mundo, su mundo, donde el poder es suyo, donde no es la víctima de nadie, donde hallará la seguridad de que aquello que le perturbe podrá ser transmutado en el momento en que lo decida. Vivimos de altas y bajas, pero usted aprenderá a anclarse a las altas y a transitar por las bajas con la capacidad de no abatirse.

Este trabajo interior es indispensable para la conciencia de espiritualidad. Es de hecho el requisito inicial. No es evadible. La amenaza de dolor que nos imbuye el miedo a volver a vivir aquello que nos hirió no se irá volteando para otro lado. Hay que afrontar nuestra oscuridad para encontrar nuestra luz.

La espiritualidad ya no es lo que era antes, accesible solo para unos cuantos de acuerdo con nuestras viejas creencias. Ya no es coto de templos, devotos y virtuosos intachables. Hoy cualquiera puede ser, y de hecho es, espiritual, porque no puede renunciar a su alma, por tanto tiene derecho y acceso al cambio y al camino interior que sana.
04 Noviembre 2017 04:02:00
La espiritualidad no es una opción
‘En cualquier dirección que recorras el alma, nunca tropezarás con sus límites’. Sócrates

Segunda parte

Todo cuanto hay en el cosmos es espíritu, es decir, tiene una dimensión inmaterial en la que la física más avanzada ha reconocido capacidad de organización, función y propósito, o sea, inteligencia. La ciencia, pues, se topó con la divinidad, la mente universal, y cree (sin que nos atrevamos a desmentirla, por supuesto) que el punto de partida de la existencia es el Bosón de Higgs, al que ha llamado la partícula de Dios.

Todavía no saben dónde está, pero sí saben dónde no está. Y creen firmemente en su existencia. Estamos ante una nueva etapa de la ciencia, en la que lo inmaterial, lo ignoto e inmensurable, aunque experimentable, es objeto de estudio.

Ante ello, ya no hay cabida para los escépticos de lo espiritual que alegaban su improbabilidad científica. Ya se quedaron en simples agnósticos o ateos aferrados a una zona de confort que les permite ser unos amargados irredentos, egoístas y/o amorales justificados, porque es fácil y cómodo.

Hoy la espiritualidad está más allá de una creencia religiosa; es ecléctica y secular, basada en todo caso en la prevalencia del alma, porque el alma es al fin y al cabo algo que ni el más escéptico puede negar. Sabe que la tiene, finge lo contrario, y con ello se niega a sí mismo. Es a través de ella que unimos lo físico con lo metafísico y podemos armonizarlo. Lo que le acomoda al alma es lo que importa, no lo que le parece bien al ego.

Hoy la espiritualidad se trata simplemente de tener conciencia de la conciencia, propia y universal. Cosa que solamente el alma nos hace posible. Fácil de decir, no tanto de ejecutar, porque la conciencia asusta: nos muestra una dimensión desconocida e infinita de nosotros mismos, donde el ego, el yo, eso que nos permite existir en este plano, desaparece y no queda más que la chispa divina o Bosón de Higgs.

Podemos comenzar a entender la espiritualidad ahí donde en experiencia se une con la ciencia: en la vibración. Tanto para la física como para la metafísica, el universo y todo cuanto existe es vibración, vehículo de la creación.

La vibración es algo tan común y cotidiano que ya ni apreciamos su naturaleza divina. La percibimos a través de los sentidos, pero también de la intuición y la emoción. Sabemos lo que es una mala vibra: densa, deprimente; por tanto, lo que es una buena: ligera, alegrante.

Es lógico pensar, entonces, que transformar la vibración es transformar la existencia. La física más avanzada sigue siendo teórica porque tiene dificultad para producir tal transformación a partir de la experimentación controlada y reproducible, pero usted puede hacerlo todos los días si así lo decide: sea consciente de su propia conciencia para ser consciente de sí mismo, podrá entonces ser su propio observador y por tanto su propio investigador. Así no tendrá otra opción que el cambio de sus emociones negativas por positivas, sus pensamientos derrotistas y limitantes por ideas creativas y proactivas.

Cambie el odio por amor, la avaricia por generosidad, la envidia por bendiciones, la arrogancia por humildad. Usted es el físico teórico y experimental de sí mismo. Su conocimiento científico se basará en los resultados que obtenga, no en los que le dicen los demás de debiera obtener o en lo que opinan que se puede o no se puede hacer.

Conforme vaya transmutando la negatividad su nivel vibratorio irá subiendo y eso no sólo le asegurará mejores planos de existencia cuando muera: aquí y ahora recuperará su poder, dejará de ser la víctima, cambiará aquello que le perturbe en el momento en que lo decida, se anclará a las altas y transitará por las bajas sin abatirse.

La espiritualidad es inevitable y tiene fines prácticos, todas las respuestas a sus preguntas y todas las soluciones a sus problemas.
28 Octubre 2017 04:00:00
La espiritualidad no es una opción
Primera parte

Tras poco más de 3 siglos de euforia positivista, en los que nada que no fuera mensurable y experimentalmente comprobable era verdadero; en los que el cuerpo se volvió la prisión del alma y lo sensorial su carcelero, la cruda realidad azota a la humanidad y al planeta, la confusión campea y la ignorancia se empodera.

La exposición de este panorama no está motivada por visión amarga alguna ni actitud fatalista o triste augurio. Todo lo contrario: estamos aterrizando al fin, y la tarea que nos espera como especie no es sencilla ni desdeñable: habremos de rearmonizar lo que habíamos extrapolado: lo físico y lo metafísico, lo cuantificable y lo cualificable; porque tanta importancia tienen las verdades de consenso como las personales.

Tendremos que devolverle al alma lo que es del alma: el ser en lugar del tener, y trascender la estrecha visión cartesiana que dio origen al materialismo y el antropocentrismo. Necesitamos –y estamos desarrollando– una nueva espiritualidad, que rebase las fronteras limitantes de las religiones, pero se arraigue en los principios que todas comparten; que no responsabilice a Dios de todo; que, sin olvidar la relevancia de la conciencia humana, le dé a todo cuanto nos rodea calidad de existencia y por tanto espiritualidad. Sin dogmas de fe ni amenazas de castigo, es una visión universalista de lo divino, muy antigua en realidad, hermética, socrática, platónica y aristotélica.

Ahora, ¿cómo concebimos esa neoespiritualidad?, ¿dónde encontramos sus preceptos, mandatos, prácticas? O sea, cuál es el Discurso del Método. Ah, pues aquí hay un verdadero problema: nada de esto existe en la nueva era de evolución del espíritu humano. Seguramente nos parecerá caótico y aterrador emprender un camino sin un Waze o un Google Maps espiritual.

No desespere. Este camino de la espiritualidad es inevitable, infinito, siempre evolutivo, en espiral y personal; va de la inconciencia a la conciencia. Nadie puede recorrerlo por usted, pero sí lo pueden acompañar y orientar. No estará nunca solo.

¿Por dónde empezar? Hay muchas formas; yo le sugiero un primer paso para iniciar la comprensión de la espiritualidad de la nueva era, esa que puede usted practicar en cualquier actividad cotidiana que se le ocurra.

El primer escollo que hay que sortear es el de la idea de Dios. En primera instancia, Dios sí existe, “en cada uno de nosotros, como aspiración, como necesidad, y también como último fondo, intocable de nuestro ser”, decía Octavio Paz.

¿Y qué Dios es ese? El que usted quiera concebir. Lo importante es que establezca contacto. Dios es uno en cada uno de nosotros y para cada uno de nosotros. Usted qué busca en él. Decía, por ejemplo, Albert Einstein: “Creo en el Dios de Spinoza, que nos revela una armonía de todos los seres vivos. No creo en un Dios que se ocupe del destino y las acciones de los seres humanos”.

Conciba pues a su Dios. Eso no lo hace menos real, porque su idea de lo divino guiará a su alma y su espíritu en su camino de evolución. Lo intangible es más poderoso que lo tangible. Vacías se quedan las vidas y las almas de quienes consideran que, como invento de la mente, por imponderable, Dios no existe. Olvidan que Dios es experimentable para toda alma y todo corazón que lo quieran experimentar

Evite a los gurús censuradores. Nadie puede decirle qué tan profunda o vana es su espiritualidad. Es su camino y usted está donde está. No quiera correr. Encuentre la voz de Dios dentro de sí, y sabrá que no tiene que parecerse a él, aspirar a su aceptación y a su amor. Ya es él, aceptado y amado por ende.

Piense, además, como decía Nicolás Maquiavelo, aunque usted no lo crea, que “Dios no quiere hacerlo todo, para no quitaros el libre albedrío y aquella parte de la gloria que os corresponde”.
21 Octubre 2017 04:00:00
Metiendo la pata sin miedo
Pocas cosas teme tanto el ser humano como el juicio descalificador que atrae el error, porque cometer uno, o incluso “ser” uno, acarrea regaño, castigo, pérdida, desigualdad y desprecio.

Pocos seres humanos –aquellos que aceptan responsablemente sus errores– tienen la capacidad de hacer notar a alguien, en el momento oportuno y con amor, que, desde su perspectiva, está equivocado. Los demás, la mayoría, los restriegan en la jeta y se cobran deudas de otras personas y otros tiempos.

La amenaza de pagar el costo de los errores produce una inmensa resistencia a cometerlos o a aceptarlos. Hay una carga emocional que nos rebasa en la palabra error, que poco tiene que ver con su significado literal: acción desacertada, juicio equivocado.

Las principales emociones atrás del error son el miedo a cometerlo y la culpa por haberlo cometido. Agréguele sus asociadas: rabia, vergüenza, envidia, ira. Una mezcla explosiva que detona en arrogancia, la actitud defensiva por excelencia.

Nuestros padres no aceptaron nuestros errores con amor, nosotros no aceptamos los propios ni los de nuestros hijos con amor, mucho menos los de los demás. Sosteniendo esto se halla el mayor error del ser humano: creer que la perfección está en la conducta y no en la naturaleza del ser, y que tal perfección es factible.

Atrás de este paradigma hay miles de años de condicionamiento social, por eso, aunque los sabios nos digan que del error se aprende más que del acierto y nuestra lógica y experiencia corroboren tal aseveración, seguimos aterrados ante la posibilidad de cometer uno.

Aunque detestemos a la gente que siempre tiene la razón y nunca se equivoca, porque sabemos que no es ni verdadero ni posible, el error nos sigue produciendo pánico. Y continuamos buscando la perfección o fingiéndola. Nos fustigamos a nosotros mismos, cuando cometemos uno, antes de que nadie se dé cuenta, para que la descalificación ajena duela menos y sólo corrobore lo que ya pensamos: que somos unos incompetentes, fracasados, tontos. Y de esta manera nos vamos amoldando a las convenciones sociales del momento y la región, el limitadísimo ámbito del cual se supone que debiéramos liberarnos, rompiendo paradigmas y trascendiendo las condiciones impuestas.

Pero cuando nos resistimos a cometer errores o a reconocer los que hemos cometido estamos espiritualmente constreñidos, sin avanzar, sin disfrutar la vida, sin realizar proyectos ni correr riesgos, sin expandirnos, ni ser realmente nosotros mismos. No nos interesa la verdad, sino la aceptación, lo que los demás esperan.

Como la ausencia del error es imposible, se genera una presión interna que nos lleva a la ansiedad y al sufrimiento. La manera de liberarla es señalar el error ajeno con la misma dureza con que juzgamos el propio. Intentamos, pues, transferirlo y contagiar la miserable forma en que nos sentimos.

Si el ego, esa coraza con la que salimos al mundo, nos dice que el error es de fracasados, el alma y la conciencia nos gritan que no sólo es natural, sino educativo, evolutivo, a veces divertido, una antorcha que ilumina el camino, y que lo que para los demás es un error, personalmente puede ser un acierto.

Hay que crear una nueva visión sobre el error para cambiar nuestras vidas, quitándole la carga emocional. Primero, paremos en seco cuando estemos a punto de justificarnos, sin importar cuán ansioso esté otro por nuestras explicaciones. Nos retiramos a nuestro fueron interno y analizamos emociones y creencias. Ahí estará la verdad. Porque una vez dada la justificación, sólo tenderemos a reforzarla. Después, hay que aprender a reírnos de nosotros mismos.

El fracaso, por otra parte, es la actitud errónea de no hacer nada para evitar cometer errores, cometer siempre los mismos porque “es nuestro destino” o no aceptar los que se cometen porque “yo no me equivoco nunca”.

Así pues, ¡que el verdadero error lo acompañe!
14 Octubre 2017 02:12:00
Sin rencores (segunda parte)
‘El rencor es denso, es mundano; déjalo en la tierra: muere liviano’.

Jean-Paul Sartre

Todas las emociones negativas son densas, pesadas. Nos lastran y llegan a paralizarnos. Aunque encontremos en ellas una zona de confort o hasta una identidad, a nadie le gustan, de manera que las ocultamos o culpamos abiertamente a los demás de producirlas, desde nuestros padres, pareja o hijos, hasta el Gobierno.

Y es que dejar de culpar a los demás significa que la culpa recae en nosotros. No hemos entendido que ser culpable es abismalmente distinto a ser responsable. Los culpables pagan, los responsables reparan. La culpa es justamente una de esas emociones densas que nos impulsan a castigar en un acto de venganza que nada reivindica, pero satisface enormidades al ego.

Todas las emociones negativas, además, provienen del resentimiento y de su patología, la pasión llamada rencor. Comenzamos por actualizar constantemente la humillación que sentimos por no haber salido indemnes o incluso victoriosos de un daño ocasionado por alguien ante quien estábamos vulnerables, o de una confrontación en supuesta igualdad de condiciones, de lo cual, por supuesto, nos culpamos primero a nosotros, pero como la culpa es una papa caliente, la arrojamos a los demás. Si no paramos a tiempo, terminamos viviendo con una furia que lo invade casi todo.

Ya sea todo un archivero, un cajón o un simple expediente, atesoramos celosamente la humillación para actualizarla, recreándola constantemente y haciendo pagar a quien se deje. El episodio original deja de importar porque lo que produjo es a lo que nos aferramos: las emociones negativas; adictivas, por intensas y porque nos dan la ilusión de poder ante el miedo y la indefensión que realmente sentimos.

Del dolor real que hay atrás de esa humillación ni hablar, ese archivo está enmohecido en el fondo del cajón atorado del archivero, porque revivirlo es sentir impotencia, y todos preferimos la ira. Sólo que la impotencia es momentánea, pero la ira puede ser eterna. Para sanar el resentimiento, vuelva a la primera y remóntela.

Desatore el cajón del archivero en el que metió el expediente del dolor real, el que sintió el alma; quítele el moho, ábralo y vívalo, frente a alguien de su confianza siempre es mejor, pero también puede solo. El dolor no lo va a matar, aunque parezca. Antes bien, lo templará.

Muy probablemente su dolor se haya convertido en un secreto que ha jurado llevarse a la tumba. Es hora de revelarlo. En tal caso sí necesita de otro que no lo juzgue. Hay, siempre hay. Nada libera más que desmantelar un secreto, ni nada enferma ni mata más que conservarlo.

Vaya, pues, a la memoria del dolor y no la de la humillación que siente el ego por la falta de una respuesta acertada a la persona que lo hirió. Llore, está bien y es necesario. Dese un abrazo, usted está ahí para contenerse a sí mismo si no hay nadie para asistirlo.

Observe cómo está, antes que nada, resentido con usted mismo por no ser certero o asertivo. Aquí es donde debe usar la razón, no antes de revivir el dolor. Acepte lo que pasó tal como pasó, porque las cosas y las personas solo son como pueden ser, y no como usted espera o esperaba.

Vea que en ese momento no había condiciones para que reaccionara de otra manera. Busque las cosas buenas que puede obtener de la experiencia y que muy probablemente esté ahora rechazando o ignorando.

Póngase en los zapatos del otro, comprenda sus limitaciones. Está ahora en condiciones de perdonar, es decir, de quedarse en paz con lo sucedido, pero no olvide, para que no se vuelva a repetir. Debe crear un recuerdo que lo ilumine, no que lo oscurezca. Entonces podrá agradecer el daño. Así como lo oye. Y se sentirá ligero, aprenderá a fluir con la vida y se irá feliz y liviano.
07 Octubre 2017 04:00:00
Sin rencores (primera parte)
Si queremos explicarnos por qué “el hombre es el lobo del hombre” y el depredador más sanguinario del planeta, no hay más que buscar en nosotros mismos. Somos el campo experimental por excelencia de nuestras investigaciones en materia de conducta humana.

Sígame en este minúsculo viaje interior para que se convenza: seguramente se ha resentido usted con alguien, alguna vez en su vida. Es decir, vivió una experiencia en la que fue herido, y posteriormente la recicló en varias ocasiones, dándole vueltas al asunto, determinando y reforzando la idea de que fue víctima de una injusticia.

Si ya tiene ese resentimiento de nuevo a flor de piel, vea cómo está indeleblemente acompañado por la necesidad de resarcimiento. Ahora, ¿cuándo fue herido?, ¿cuál es su resentimiento más antiguo?, ¿puede la persona que lo hirió resarcir el daño actualmente?, ¿estaría dispuesta?, ¿mostró en algún momento contrición?, ¿se dio siquiera cuenta de cuánto dolor le causó?

Cuando responda a estas preguntas se dará cuenta de que sus principales resentimientos provienen de su infancia, que la persona que lo hirió está muerta o no quiere resarcirle daño alguno, porque no está arrepentida o simplemente fue malvada, o ni siquiera se dio cuenta del perjuicio causado.

Ahora sabe por qué hay gente tan enojada, iracunda, vaya, agresiva a la menor provocación y desconfiada. Aunque ya no relaciona estos sentimientos con aquel episodio, sigue exigiendo ser resarcida y se siente con derecho a reclamar y avasallar a otros. Ya no ve quién se la hizo, sino quién se la paga.

Eso es lo que le pasa a la humanidad a grandes rasgos. Son mucho más los resentidos que los que perdonan. Muchos más los que evaden el dolor del alma herida y se instalan en el ego humillado.

Aquí está la sutileza que hace la diferencia: el dolor es una cuestión del alma, la humillación del ego. El alma perdona, el ego aplasta a todo el que se relacione con nosotros y acepte la deuda ajena.

El resentimiento es tan grande como fue la ofensa primera, la injusticia original, pero después se alimenta de cualquier conducta ajena que no cumpla nuestras expectativas, y entonces nos volvemos rencorosos, es decir, incapaces de perdonar, tenazmente resentidos, hostiles, explosivos, demandantes, quejumbrosos, gritones, criticones y amargados.

Pero mire dónde está exactamente el núcleo del asunto. Lea esta perla del filósofo rumano Emil Cioran: “Nuestro rencor proviene del hecho de haber quedado por debajo de nuestras posibilidades sin haber podido alcanzarnos a nosotros mismos. Y eso nunca se lo perdonaremos a los demás”.

Exactamente, nos resentimos principalmente con nosotros mismos. Por eso cuando le damos vueltas en la cabeza a la ofensa vienen tantos pensamientos de “le hubiera dicho”, “hubiera reaccionado de tal o cual manera”. No nos perdonamos no haber estado a la altura de nuestras expectativas. Ya no recordamos el dolor, sino la humillación.

¿Cómo podemos darnos cuenta? El dolor da tristeza, la humillación rabia. Ante desastres naturales, como los recientes terremotos, todos sentimos tristeza, porque podemos sentir el dolor tal cual es. No hay manera de resentirse con el planeta. Se trata siempre de otro.

Como cualquiera de nuestros sentimientos negativos, el resentimiento puede convertirse en una patología, llamada rencor, y ésta manifestarse en venganza fuera de objetivo, es decir, aquella capaz de masacrar multitudes indefensas, matar a golpes a mujeres, ancianos, niños o animales. Y si a esas vamos, construir un muro o lanzar una bomba atómica.

Debido al rencor, hoy vivimos como dijera la psicoanalista Amelia Musacchio de Zan, en un mundo de “coleccionistas de injusticias. Primero, construyen o imaginan una situación en la que alguien es injusto y los rechaza. Luego se solazan con la cólera de un arsenal de justa indignación aparentemente en defensa propia. Y por último, se compadecen de sí mismos disfrutando de un placer psíquico masoquista”.
30 Septiembre 2017 04:00:00
Del impulso a la voluntad
Si su voluntad es escurridiza y quebradiza, sepa que no se debe a ninguna debilidad, sino al desconocimiento de su naturaleza espiritual.

A diferencia del impulso, ese actuar sin pensar, para bien o para mal, la voluntad requiere un proceso de raciocinio que, de obedecer a móviles vacuos, puede fracturarse en cualquier momento. No porque se piense se razona, y no porque se razone se hace de manera correcta.

El aspecto volitivo del humano nace del deseo que, para ser tal, debe necesariamente formularse en imágenes, ideas, palabras, de tal manera que su consecución requiere, antes que un plan, una convicción (intención más concentración), o sea voluntad, pero sólo los deseos que nos impulsan al bien, personal y colectivo, despiertan firmes convicciones.

El deseo es ajeno a lo negativo. No es verdad que deseemos mal a otros. En realidad tenemos el impulso de dañarlos, y con ello nos llenamos de odio y resentimiento; cicuta y arsénico para el alma. Si realizamos el daño, comenzamos a morir por dentro. Luego vamos por la vida cínicamente justificándonos, porque seguimos respirando, y haciendo más daño, como zombies comecerebros que ya no pueden actuar de otra manera. En estado de negatividad, sustituimos la voluntad por el ímpetu egótico de control y dominio. Y es que enfrentarnos al mal que hemos hecho es terriblemente doloroso. Lo más doloroso que hay para una criatura cuya esencia es divina, creada para el bien.

Así pues, la voluntad está indeleblemente ligada a la calidad del deseo. Si sus deseos son caóticos, materialistas o resanadores de estructuras internas inhabitables, su voluntad es exigua. Si sus deseos son de altas miras, acordes a su vocación, sus llamados de vida, al bien al que se siente fuertemente atraído, producirán una voluntad de hierro.

Este es el primer motivo por el cual nos falla la voluntad: la vacuidad de los deseos. En lugar de depositarlos en los asuntos del alma: el autoconocimiento, la paz interior, la comunión con otros, los concentramos en las demandas del ego: riqueza, prestigio, fama, poder. Hemos creado un mundo del cual el alma difícilmente escapa, pero ese es el reto evolutivo.

Cuando los deseos van y vienen, la voluntad igual, y cuando llega se quiebra, porque un nuevo objetivo vacuo aparece en el camino para atraernos como la luz a los insectos.

Pero hay un malentendido acerca de la voluntad que es el que más daño nos causa: cuando la confundimos con resistencia. En este mundo de vacuidades, vacuos somos, y tenemos el impulso de llenar esos vacíos con comida, bebida, consumo económico indiscriminado e incluso perversiones de fácil acceso por internet o tipificadas como delitos, hasta desarrollar verdaderas adicciones.

Y a eso queremos enfrentarle nuestra capacidad volitiva. A la resistencia que oponemos le llamamos fuerza de voluntad. Y, claro, siempre se nos quiebra, porque mientras más resistencia presentamos más crece la fuerza que nos empuja.

No existe la fuerza de voluntad. Efectivamente, nuestra capacidad volitiva puede extender una firme convicción en el tiempo, e incluso vencer obstáculos, pero nada tiene que ver con la resistencia. La voluntad sostenida depende de evitar todo aquello que nos distraiga de nuestros objetivos y de una constante renovación de nuestros motivos, lo cual nos lleva a mirar siempre más las soluciones que los problemas.

Vencer impulsos destructivos y adicciones es una cuestión de autoconocimiento, de ir al origen, a la zona oscura, de enfrentarnos a nuestros demonios, pero sobre todo de establecer una red de apoyo y una comunicación directa con la divinidad. Usted solo no puede. Que no le importe si Dios existe o no, mientras le funcione la relación.

El impulso se descarga y cesa, la voluntad se renueva y perdura. Dicho esto, expreso mi potente deseo de que el impulso de ayudar a nuestros semejantes, infortunados o afortunados, se convierta en voluntad.
23 Septiembre 2017 04:00:00
Sensible, solidario. ¡México, qué grande eres!
Días de pena y orgullo en México, sentimientos compatibles sólo cuando por la tragedia el alma humana se engrandece para responder con empatía, solidaridad, compasión, fraternidad, generosidad y valentía.

¡México, qué espíritu tan grande tienes! Fuimos uno y fuimos ese pueblo que estamos amando más que nunca, ese cuya sensibilididad volcada al servicio quisiéramos que se prolongara en el tiempo indefinidamente. Pero la historia nos ha demostrado que si no hacemos algo conscientemente, para que ello suceda, lamentablemente volveremos a involucionar.

Y esta tristísima experiencia nos prueba que aquello que necesitamos depende principalmente de que queramos dárnoslo, no sólo como personas (ese es sólo el principio), sino como colectivo, en esa comunión en que hemos estado estos días.

¿Por dónde deberíamos empezar?, me parece que ha quedado claro: sensibilización. Si los seres humanos en general optamos, tanto ante el confort, como ante la desgracia, por endurecer el corazón –el órgano vital no sólo del cuerpo, sino del alma–, es porque no sabemos qué hacer con la sensibilidad. Nos asusta porque nos hace sentir vulnerables, y ante la vulnerabilidad el miedo nos anuncia el peligro del dolor infligido por otros.

Tan arraigado está ese temor en nosotros, que hemos construido poderosas creencias para reforzarlo, con especial énfasis en lo que a los varones se refiere. Si un hombre es sensible, se le niega la posibilidad de triunfar en los ámbitos que involucran poder y liderazgo (justo donde más sensibilidad se necesita hoy en día); si es vulnerable, se le considera débil.

Pero la vulnerabilidad no es debilidad y la sensibilidad no discapacita. Antes lo contrario. La sensibilidad es el “cable” etérico que conecta al cuerpo con el alma y al alma con el espíritu; por tanto, educada y bien orientada, es nuestra fortaleza; volcada al servicio, nuestra satisfacción personal y el sano orgullo colectivo. La vulnerabilidad, por su parte, es lo que nos permite la comunión con nuestros semejantes.

Sensibilizarnos es espiritualizarnos y espiritualizar todo aquello que pensamos, queremos y hacemos. Debemos educarnos para ello, en nuestras casas, entre nosotros, los que optamos por unirnos en lugar de no hacer nada o incluso cometer tropelías; todos los que estamos guardando luto. Somos muchos, millones, que hoy nos abrazamos con el alma.

Sensibilizarnos por voluntad y no por acontecimientos; no sólo respecto de otros seres humanos, sino de la naturaleza. Cuando Mahatma Gandhi dijo que una civilización puede ser juzgada por la forma en que trata a sus animales, se refería justamente a esto, a la sensibilidad.

Una civilización más sensible es una civilización avanzada en conciencia y por tanto en acción, en convivencia y en cultura. La sensibilidad no se tiene sólo para unos aspectos y para otros no. Es universal y omnicomprensiva. Otra cosa es que nuestras creencias la hayan restringido a determinadas categorías.

Quien se da permiso de ser sensible ama el arte, la belleza, al planeta (que hoy está empeñado en sensibilizarnos), a los animales, las plantas y todo cuanto existe. Empatiza, se solidariza, sirve. Por eso es que las vías para la sensibilización son el amor, la ternura, la compasión, la generosidad, la gratitud, el perdón, la risa. Todo aquello que nos hace sentir bien y en armonía con nosotros mismos. Eso es lo que nos traerá la paz interior.

No permitamos que en su natural curiosidad nuestros niños maltraten animales o incluso plantas, se burlen de sus compañeros o sean destructivos y descuidados con sus objetos personales. No permitamos a nuestros adolescentes ser crueles con otros, desconsiderados con nosotros, eufóricos en sus diversiones, desobedientes en sus obligaciones.

No nos permitamos a nosotros mismos ser indiferentes ante ello. No nos dejemos llevar por el odio y el rencor. Privilegiemos el orden y la cortesía, la honestidad y la solidaridad. Así podremos tener a diario el México que tanto amamos.
16 Septiembre 2017 04:05:00
¿Quiere o tiene qué...?
Todos los seres humanos buscamos estar bien. Es nuestra tendencia natural. Por tanto, estar mal es solo el punto de partida, y si nos hemos quedado ahí muchos años es porque no hemos sabido cómo avanzar y hasta hemos encontrado nuestra muy particular forma de bienestar dentro del malestar, es decir, hemos creado una zona de confort.

Y es que avanzar es ir hacia adentro, aunque persistamos en hacerlo hacia afuera. Avanzar requiere un estado de calma que nos permita observarnos para saber qué hay en el espacio interior multidimensional donde habita el alma, ese lugar que no es un lugar, en un tiempo que no es un tiempo, al que hay que ir para encontrar todas las respuestas.

Planteado así el hogar del alma, tal cual es, asusta la sola idea de ir. Es lo ignoto, lo desconocido, y por eso huímos hacia lo que Don Sabiondo, el ego, cree que podemos conocer, ergo, controlar: el mundo de lo material. Entonces aceleramos cada vez más en la carrera de los logros sociales, laborales y económicos, buscando ahí lo que no está.

Pero, oiga, es que no se trata de tirarse a un precipicio sin fondo. Hay escalones, y el primero de ellos es aprender a discernir cuáles son nuestras verdaderas motivaciones para hacer lo que hacemos. Y le anuncio, en cuanto aprenda a descubrirlas, sentirá lo que es el verdadero poder personal, el que está irremisiblemente anclado a la responsabilidad.

Impulsos y deseos. Ahí tiene los motivos, el material de análisis. Ahora unas reflexiones para distinguirlos: Tenemos por un lado el deseo original de experimentarnos, y a partir de este, más deseos de nuevas experiencias, tanto sensibles (las que podemos tener a través de los sentidos) como espirituales. Para experimentarnos tenemos que vivir, lo que implica necesitar, físicamente: comida, bebida, cobijo, descanso y sexo; psicológicamente: seguridad y bienestar, este último en su más pura acepción de sentimiento positivo, sea alegría, gratitud, compasión, amor, etc.

Las necesidades no satisfechas nos producen una tensión o pulsión interna, una punzada de dolor. En el caso de las sensibles o físicas, se vuelve insostenible, de tal manera que nos vemos impelidos a descargarla subsanando el problema, sin que la voluntad pueda mediar, a riesgo de morir y enloquecer antes, si nos resistimos. A esto lo llamamos impulso vital

El impulso vital es instintivo, es decir, parte de ese mecanismo autosustentable de adaptación y supervivencia que nos permite no tener que estar acordándonos constantemente de atender lo primordial para vivir.

Mientras las necesidades sensibles se satisfacen en su totalidad a través del mundo material y su impulso es imperativo, las sicológicas, no. Estas requieren mucho más, deben ser exploradas y su pulsión calmada por otros medios, el raciocinio uno de ellos, la meditación otro, la expansión del ser el mejor: dar y amar.

En la satisfacción de estas necesidades es donde nos enredamos. No es lo mismo lo que necesitamos que lo que deseamos ni lo que realizamos por deseo que lo que hacemos por impulso.

Así pues, tener las cosas que satisfagan mis necesidades básicas de carácter sensible es un impulso imperativo; que sean de tal o cual manera para que me proporcionen determinadas sensaciones es un deseo.

El problema está en las necesidades psicológicas, porque las hemos identificado completamente con las físicas, creando así el impulso artificial de lograr, retener y acumular, pero como en el mundo material no está aquello que puede colmarlas, se convierten en carencias, transformando los impulsos en compulsiones, obsesiones y adicciones, que son aún más imperativas que la pulsión misma.

Y con ello mueren los deseos de virtud y expansión del ser a través de dar y darse. El alma duerme. Ser amado se convierte en necesidad, pues no amamos. Entonces el otro es la fuente de mi bienestar y mi seguridad.
09 Septiembre 2017 04:00:00
Deseo, luego existo
Partamos de la idea de que la mente o la inteligencia universal deseó experimentarse a sí misma y creó todo cuanto existe. Si como es arriba es abajo (afirmación de Hermes Trismegisto que ha confirmado la Física más avanzada), el deseo original y primordial del ser humano es también experimentarse a sí mismo, y para ello necesita vivir, de ahí que se aferre a la vida.

Necesidad y deseo, pues, no son lo mismo, aunque los confundamos frecuentemente. Necesitamos alimentarnos, cobijarnos, amar y ser amados, reproducirnos y desarrollarnos para satisfacer la necesidad de vivir y, así, realizar el deseo de experimentarnos.

La necesidad es entonces, es su aspecto más básico, aquello sin lo cual no podemos vivir. Todo lo demás es deseo, impulso de experimentación, que realizamos a través de las emociones y los sentimientos.

En la medida en que nos desarrollamos, continuamos deseando, porque la fuerza motriz llamada deseo no cesa; entonces la colocamos en todo lo que nos rodea, particularizándola y, con ello, dando relevancia a aquello en lo que la depositamos específicamente.

Conforme deseamos experimentar más sensaciones y emociones, ancladas por los cinco sentidos a un mundo material cada vez más incitante, creamos nuevas necesidades, muy sofisticadas algunas, para realizar deseos determinados. Y en esta espiral nos hemos extraviado.

Fundamentalmente, porque hemos confundido lo que deseamos con lo que necesitamos; tanto, que hablamos de satisfacer nuestros deseos y no de realizarlos, y hemos referido cualquier necesidad, por vana que sea, a la satisfacción de las primordiales.

Así pues, hay quien no tiene claro que desea, por ejemplo, ser delgado y atractivo según los cánones de su época, sino que cree necesitarlo, tanto como amar y ser amado; de hecho, con mayor intensidad, porque supone le garantizará la satisfacción de esa necesidad básica.

Confundido con la necesidad, el deseo se vuelve más vehemente, hasta doler, en la medida en que es más difícil “satisfacerlo”. Y en lugar de funcionar como esa fuerza motriz que nos lleva a evolucionar –porque nos permite trascendernos a nosotros mismos, experimentándonos de maneras cada vez más complejas–, su realización se convierte en la redención de todo malestar.

Así que vamos y adquirimos ese auto, esa hamburguesa, el reloj, el adorno de casa, el último modelo de teléfono, etc., buscando no su utilidad, sino alivio temporal a esa angustia que nos viene del miedo a no satisfacer nuestras necesidades primordiales o a perder lo que hemos conseguido.

Hay quien dice que la naturaleza del deseo es caprichosa, pero no es así. El deseo es lo que es. Nuestra mente, caótica e indisciplinada, desea todo aquello en que ponemos la mirada, con mayor o menor intensidad según el caso. Y no nos damos cuenta de que educándonos para desear correctamente, estamos colocándonos al pie de la escalera que nos llevará a la mejor versión de nosotros mismos.

Lo principal es dejar de soñar y comenzar a tener propósitos claros, firmes, o sea, formular deseos objetivos, realistas, con la convicción de que eso “se hará”. Así podremos deshacernos de aquellos otros que solo nos distraen.

Hay que tener claro además que la finalidad de realizar nuestros deseos no es sentirnos satisfechos, porque el deseo siempre levanta el vuelo y va a depositarse en otra parte. Ver nuestros deseos hechos realidad es probarnos a nosotros mismos que somos capaces de alcanzar lo que nos proponemos, y eso sí que da satisfacción, una muy diferente a la de colmar una necesidad.

Es la satisfacción que nos impulsa a seguir poniéndonos metas cada vez más altas, retos, sino los cuales el ser humano pierde el propósito y el sentido de vida. Cada meta coronada es una nueva y expansiva experiencia en nuestro camino de evolución espiritual. Lo material solo es la herramienta, el medio, nunca el fin.

Deseo-emoción-razón, un triunvirato que nos lleva a buen destino o al precipicio.
02 Septiembre 2017 04:00:00
¡Qué emoción!
Somos seres espirituales porque somos seres emocionales. Las emociones y los sentimientos son el camino hacia nuestra alma. Pero para conocer bien el lugar de destino hay que ir varias veces y, por tanto, hay que recorrer en múltiples ocasiones el camino. Y así, para llegar cuando menos vivos, debemos limpiarlo, allanarlo y hasta corregir su trazo.

Nuestra principal forma de percibir el mundo, a través de los cinco sentidos, no sólo no es la única, ni siquiera es la trascendental, aunque sí imprescindible. Podemos sentir a Dios, a nuestra alma, a la ajena y muchas otras cosas más que no podemos ver, oír, tocar, oler o degustar.

Un simple ejemplo: no hay ser humano que no perciba “las vibras” de otro. ¡Oye, qué buena vibra tiene ese cuate! o ¡híjole, qué malvibroso! En esta simple y cotidiana percepción está usted viviendo en el mundo espiritual.

La buena o la mala vibra de cualquier persona es resultado de sus emociones, positivas o negativas, que no son otra cosa que vibraciones, igual que los pensamientos, que nuestros cuerpos y todo cuanto existe, por sólido que parezca.

Así pues, la emoción y el sentimiento nos hacen uno con todos nuestros semejantes a nivel espiritual y tan cotidiano que ni nos damos cuenta. La vibración nos hace uno con todo el universo.

Decía la poetisa y activista australiana Judith Wright: “Los sentimientos y las emociones son el lenguaje universal que debe ser honrado. Son la expresión auténtica de quiénes somos”.

Por eso, el camino al desarrollo humano no es el del bienestar material que tanto ambicionamos, sino el del equilibrio emocional. Nuestro destino, nos guste o no, lo creamos o no, es alcanzar todo nuestro potencial espiritual.

Ese desarrollo consiste principalmente en elevar nuestro nivel vibratorio, es decir, partir del polo negativo hacia el positivo. He ahí por qué son tan necesarias las emociones negativas: no sólo nos indican que algo anda mal, son el referente de las positivas. Desafortunadamente es muy fácil estancarse en ellas.

Transformarnos espiritualmente es hacer alquimia emocional, a la mano de cualquiera que desee cumplir su inevitable destino –convertirse en un ser de luz–, sin el aprendizaje del sufrimiento, pero ayudado por el dolor como revelación, liberación y purificación.

No se pueden evadir ni el camino ni el destino, porque no existe otra cosa. Pero nos podemos tardar vidas en el trayecto. La razón que busca la verdad, no la que refuerza el autoengaño, se impondrá tarde o temprano, para ir en busca de las emociones y transformarlas, armonizarse con ellas y, finalmente, darle al ser todo el poder de que es capaz.

Mientras la razón marca la dirección, la emoción es el motor, o sea, la voluntad humana que todo lo mueve. No hay voluntad sin emoción. Pero, ¿quién enciende el motor? Expliquémoslo en un paralelismo con la física más avanzada: todo cuanto existe está contenido en la materia oscura, cuya denominación se debe a que no emite radiación electromagnética, pero contiene partículas, de las cuales se considera al bosón de Higgs la más elemental, es decir, la que puso en marcha la creación del universo. Espiritualmente, la materia oscura es la “mente universal” y la partícula, el deseo.

Se dice en hermetismo (la escuela espiritual de Hermes Trismegisto, incomprensible aún para la mayoría de los seres humanos) que la mente universal deseó experimentarse a sí misma para ser consciente de su existencia, y entonces creó todo cuanto es. Creó el Ser. Por eso, como es arriba es abajo. Somos microcosmos dentro del macrocosmos.

Todos, como parte del Ser, somos y nos expandimos gracias al deseo, que se concreta con el lenguaje, se convierte en voluntad a través de las emociones y en meta mediante la razón. Cuando lo eduquemos, estaremos preparados para recorrer el camino seguros y confiados.
26 Agosto 2017 04:00:00
¡Qué emoción!
Estoy viendo dos moscas danzar en el aire al ritmo de la música de Mozart. Primero pensé que eran ideas mías, así que las observé atentamente por largo rato. ¡No! Efectivamente, llevan el ritmo a la perfección y con absoluta gracia.

No sé si pueden oír, pero en todo caso sienten la vibración, y se ven felices, gozosas. Creo que no podré volver a matar ninguna. En este momento me parece valiosísima su vida, porque están en el aquí y el ahora plenamente.

En tanto las observo, absorto, hago lo mismo. Cuando redirijo la atención hacia mí de nuevo, me doy cuenta de que me he quedado con un sentimiento intenso de alegría, pura y llana. De pronto, ¡clinc, clinc, clinc!, me caen todo los veintes: ¡papando moscas se puede alcanzar el nirvana!

He creado un instante de paz interior y ternura. En cuanto me alejé de mi vocerío interior y me dejé sentir con las moscas y a través de las moscas, desapareció por un instante, eternamente memorable, todo aquello que ha venido poniéndome el pie en la vida: mis indómitas y las más de las veces ignotas emociones negativas.

No hay emociones ni buenas ni malas. Sólo son lo que son. Las llamamos positivas o negativas por sus efectos en la mente, el cuerpo y la realidad subjetiva. Aunque le suene raro, existe la realidad subjetiva: aquella que cada uno de nosotros considera realidad.

Y esa realidad responde no a la forma en que pensamos, sino en que sentimos. Son las emociones –englobando en este concepto tanto a éstas como a los sentimientos–, las que tienen el poder de crear, para mal o para bien, todo cuanto a usted se le ocurra. El pensamiento es solo el timonel del barco y también hace de vigía.

Una emoción enferma junto con un pensamiento ídem (no importa si fue primero el huevo o la gallina), crean todas aquellas desgracias a las que usted tanto teme. Si usted endereza el pensamiento, pero no la emoción, el efecto será el mismo. La emoción manda.

El proceso creativo de la mente: atención-intención-concentración, no sería tal sin la emoción y la armonía de ésta con el pensamiento, es decir, la congruencia. Pero es en la emoción donde está la clave de todo lo que quiera hacer usted con su vida. Mucha emoción en la intención y moderada en la concentración, para que no se vuelva obsesión, es lo que mueve el universo a su favor. Ya señalaba Eduardo Punset: “Sin emoción no hay proyecto”.

O, como decía Carl Jung: “La emoción es la principal fuente de los procesos conscientes. No puede haber transformación de la oscuridad en luz ni de la apatía en movimiento sin emoción”.

Si en la emoción radica realmente nuestro poder como criaturas vivas, ¿por qué no nos estamos educando unos a otros para sentir en positivo? ¿Porque cabalgamos por la vida sobre emociones desbocadas sin siquiera darnos cuenta de que vamos rumbo al precipicio? ¿Por qué tratamos de no sentirlas y de pasarle la batuta al pensamiento, cuando está imposibilitado para ser el maestro de la orquesta?

Bueno, porque educarlas duele. Le duele al niño renunciar a su capricho y le duele al adulto renunciar al niño encaprichado. Le duele al niño no ser el centro del universo y le duele al adulto soltar a su majestad el bebé. Ni se diga cuando tenemos motivos reales o hasta trágicos para huir del dolor.

Al alejarnos del dolor nos alejamos en general de nuestro mundo emocional y de la posibilidad de autoconocimiento. Saber quiénes somos, por qué y para qué es un camino laberíntico interior que nos lleva a nuestro propio centro, donde está el verdadero poder de cada ser humano, no en la ilusión de fama, fortuna y reconocimiento que hemos creado como remedo.
19 Agosto 2017 04:00:00
Puros cuentos
Dios dispone, llega el ser humano, todo lo descompone y le echa la culpa al Diablo, es decir, se justifica.

“Es que tú...”, “yo no fui...”, “no tuve otra opción”, “era necesario”, “no pude evitarlo”, “a mí no me va a pasar”. Acusación, negación, evasión y hasta cinismo, para no asumir la responsabilidad por lo que decimos, pensamos y hacemos cuando no es correcto.

Porque esa responsabilidad duele. Efectivamente, vivir duele. No hay manera de evitarlo, pero sí de sobreponerse, templándose, para lo cual es necesario entender la función del dolor.

En sicología existe un término para describir lo que pasa cuando hay conflicto interno: disonancia cognitiva. Se le explica como la tensión o desarmonía del sistema de ideas, creencias y emociones de una persona que está teniendo al mismo tiempo dos pensamientos confrontados o un comportamiento censurado por sus creencias.

En la vida cotidiana es más fácil de comprender: la voz de la conciencia nos indica que hicimos mal, y para que lo entendamos bien produce dolor. Nos está diciendo: “admite, corrige. Es probable que para ello tengas que cambiar, pero solo así estarás en paz contigo mismo”. En tanto, el miedo grita “nooooooooooooo, te va a doler muchoooo”.

Así pues, la tensión de que hablan los psicólogos es una punzada de dolor que rápidamente nos disponemos a evitar, porque el miedo nos dice que crecerá hasta volverse insoportable. Y para encontrar alivio inmediato, aunque momentáneo, recurrimos a la más sofisticada de las mentiras: la que nos contamos a nosotros mismos, llamada autoengaño, el más perfecto artificio del cerebro humano.

Como somos seres racionales, nuestro escudo está hecho de falacias argumentadas, algunas extraordinariamente bien construidas –por un razonamiento brillante, pero enfermo–, de las cuales, claro, estamos perfectamente convencidos, porque de otra manera no sería posible convencer a los demás.

Y así es como convertimos esa serie de razones y argumentos llamada justificación, de una loable forma para demostrar que algo es justo y correcto, en una argucia para hacer que lo injusto e incorrecto parezcan todo lo contrario, o por lo menos sean admisibles.

Por supuesto, nos justificamos primero ante nosotros mismos, porque ese “orden” mental ficticio es el que alivia la punzada de dolor que, de una vez le comento, no crecerá. Además, todo dolor es soportable si se sabe cómo asumirlo.

El alivio es, como ya se dijo, momentáneo. Los embates de la conciencia no cesarán, de manera que para combatirla tenemos que insensibilizarnos cada vez más. La negación es el medicamento inhibidor. A mayor nivel de insensibilidad, mayor capacidad de realizar actos altamente reprobables, aun siendo lo que se considera una buena persona.

Lo paradójico de esto es que la insensibilidad duele más que la conciencia, e incluso –recurriendo a la idea del epígrafe—que el pesimismo más negro. Y es que el medicamento no ataca el mal, sólo el síntoma. El dolor en el fondo va creciendo, sordo e implacable, hasta convertirse en un sufrimiento que todo lo invade: ese vacío que amenaza con tragarnos, ese desasosiego que sólo podemos combatir en desventaja con euforia, la que dan, por ejemplo, las adicciones.

Y esta es la endeble plataforma desde la cual despegamos en busca de una utópica felicidad, ese planeta donde todo va a estar bien eternamente, donde nada que nos duela pasará, nada que cambie lo que ya somos y nada que nos ponga fuera de lugar.

Todo sabemos en el fondo que nos autoengañamos y engañamos a los demás, aunque ya ni siquiera nos demos cuenta de en qué consiste cada una de nuestras mentiras ni en qué momento de nuestra vida nos contamos esos cuentos chinos. Mientras más neguemos esto, más nos autoengañamos.

Nos volvemos cómplices unos de otros, creamos la matrix y, una vez más, convertimos un mecanismo psicológico de protección en un arma de destrucción planetaria.
12 Agosto 2017 04:00:00
Dónde está el mérito
Más allá de la escueta definición de diccionario, el mérito es el valor que otros le otorgan a lo que usted logra, para juzgar qué se merece o para calificarlo o descalificarlo en lo que al éxito respecta y, con ello, elevarlo o arruinarlo.

De ahí que, como pensaba Oscar Wilde, el truco del mérito está en lo que los demás creen que usted hace y no en lo que realmente hace. De lo contrario, tendríamos que evaluarnos como lo propuso William Shakespeare: de tratar a cada uno según sus merecimientos, ¿quién escaparía al látigo? 

Le voy a poner un ejemplo: Nicola Tesla (1856-1943) es reconocido hoy (todavía por una minoría) como el más prolífico inventor de la historia de la humanidad. Sin embargo, fue tratado con la punta del pie por la mayoría de sus colegas y amigos, algunos de los cuales se adjudicaron y patentaron sus inventos.

Mientras ellos se llevaban el mérito, la fama y la fortuna, Tesla vivía en la pobreza y era tildado de loco. No pocos entre quienes se apropiaron de sus inventos siguen conservando los laureles, porque se convirtieron en iconos de la modernidad, en la que el mérito ya no está en la sabiduría, en la creatividad y la genialidad que a Leonardo Da Vinci, entre otros, le granjearon mecenas.

Hoy el mérito se coloca en la productividad y el emprendimiento empresarial, porque es lo que al mundo en expansión industrial y tecnológica conviene. Pasó de ser una consecuencia del impulso creador y creativo del alma, a un cultivo del ego acumulador de bienes y aplausos; dejó de privilegiar la originalidad y premió la imitación; redujo la genialidad a una cuestión genética y fabricó un ejército de hacedores ciegos.

Esta gran diferencia en la colocación del mérito es lo que tiene a la humanidad de rodillas, pues poquísimo reconocemos a quienes hacen cosas creativas y brillantes en beneficio de la colectividad, y mucho a quienes compiten persiguiendo riqueza sin generosidad, poder sin compasión, fama sin buen ejemplo y autoridad sin experiencia. Incluso, se margina y hasta castiga a cualquiera que ose inventar cosas útiles, pero poco redituables o hasta amenazantes para los grandes capitales.

Todos podemos ser genios (ya lo dijo con razón Stephen Hawking) y hacedores o emprendedores. Estas cualidades no se excluyen una a otra. Antes bien, podemos equilibrarlas. Lo importante es comenzar a pensar colectivamente.

Tampoco se trata de demeritar el mérito: somos seres sociales y necesitamos estimularnos unos a otros. Pero para crecer juntos, en lugar de canibalizarnos, debemos entender claramente qué vamos a premiar, en qué medida y bajo qué circunstancias, porque ni el fin justifica los medios (la aseveración contraria es simplemente una cínica justificación) ni todos tenemos igualdad de circunstancias (algunos tienen ventajas, otros desventajas) ni todos pretendemos lo mismo (de manera que no se nos puede evaluar por no obtener lo que no queremos).

Justo por eso es que los argumentos que privilegian el mérito sobre la cuota de género se caen estrepitosamente. Primero hay que emparejar el piso, es decir, garantizar condiciones de equidad, para construir después la escalera.

El mérito es al fin y al cabo una ficción del intelecto humano, una construcción conceptual que nos permite organizarnos socialmente. El problema está en que lo convertimos en un sistema (meritocracia), para competir unos con otros en vez de colaborar, para ser superiores a los demás y aplastar a los de abajo.

Si cada uno de nosotros cambia el objetivo del mérito en su vida, no sólo nos liberaremos del estrés que significa la carrera a ciegas por ascender, sino que introduciremos al colectivo una semilla de cambio.

Desempoderaremos al ego y liberaremos al alma. Al fin y al cabo el que necesita el mérito es el ego; el alma, sólo abrazos.
05 Agosto 2017 04:00:00
Sarcasmos
El éxito puede ser simplemente la culminación de algo o un resultado satisfactorio, pero como concepto social no se trata de otra cosa más que de buena aceptación a partir de cumplimentar méritos y logros impuestos y juzgados por otros que siempre querrán estar por encima de nosotros. Este éxito no es un ideal de mejoría, sino un rasero, siempre limitante. De ahí que sea tan efímero y a veces imposible.

Por eso, una y sólo una es la clave del verdadero éxito: cambiar de aceptante, del otro, cualquiera que este sea, a uno mismo. Habrá que sacrificar por supuesto lo que la mayoría busca verdaderamente (aunque no lo reconozca) cuando persigue el éxito: el placer que causan la admiración y la envidia ajenas, en sustitución de la felicidad que está oculta ahí donde no estamos pudiendo llegar: nuestro auténtico ser.

La mayoría de las personas trata de saber quién es y de encontrar el sentido de la propia importancia a través de la mirada ajena, esa a la que nunca le dará uno gusto; antes, todo lo contrario. Ya decía el escritor y orador motivacional Jim Rohn: “Si no diseñas tu propio plan de vida, hay muchas oportunidades de que caigas en el plan de otra persona. Y adivina qué han planeado para ti. No mucho”.

La idea de buscarnos en los otros se debe a la necesidad de tener una identidad colectiva, de la cual partir para saber lo que como individuos somos, pero hay quienes se estancan ahí, en la aprobación ajena, porque la búsqueda de sí mismo está empañada por la carencia de la mínima aceptación que le debían sus progenitores, de manera que tratan de obtenerla de cualesquiera otros que puedan representarlos.

Tal carencia de aceptación significa, por otra parte, un obstáculo para la felicidad, que sólo se encuentra en la conexión profunda con uno mismo, muy difícil de lograr si no se tuvo antes con los padres.

Ahora, el cambio de aceptante tampoco es fácil, puesto que uno se ve a sí mismo con la exigencia y hasta el desprecio del rasero ajeno e incluso el fraterno. Por eso el éxito no puede ser un proyecto de cinco pasos ni una receta de tres ingredientes.

Tiene que ver con el trabajo interno que hay que llevar al cabo para salir del cautiverio de la opinión ajena, las creencias limitantes, las costumbres depredadoras, la competitividad desgarrante.

Cada uno de nosotros, como aceptante de sí mismo, puede ser aún más cruel e inflexible que los demás si no hay un camino de desarrollo emocional y espiritual. Creemos inconscientemente que si nos exigimos perfección y la logramos no habrá quien pueda rechazarnos. La gran falacia humana, porque la plena aceptación ajena nada tiene que ver con nuestros logros, sino con la empatía y la compasión, el amor.

Así pues, cuando logramos darnos eso a nosotros: compasión y amor, entenderemos que no hay aceptante más importante en nuestras vidas que nosotros mismos. Disfrutaremos más el hacer que el lograr. Ahí está el éxito: hacer lo que queremos y alcanzar lo que nos proponemos siendo lo que sí somos. Eso es lo que los demás finalmente reconocerán.

Ahora bien, juzgado por uno mismo, el éxito al final desaparece como marca en el camino propio, porque siempre es un atributo adquirido para exhibirlo ante los demás. Nos dejará de importar, pues, y nos habremos liberado de un inmenso peso que había venido causando estrés, frustración, irritabilidad, soberbia, envidia, egoísmo, baja autoestima, etc.

Se abrirán todas las puertas, porque ya nadie más que nosotros las custodia. Todo y todos actuarán en nuestro favor. Nos ayudarán tanto quienes nos perjudican como quienes nos apoyan, porque buscaremos crecer y no complacer. Propiciaremos las oportunidades y veremos que las casualidades son causalidades. Seremos felices.
29 Julio 2017 04:00:00
Más allá de los alegatos
Más allá de las posturas y los alegatos entre actores políticos, está la democracia, ese sistema creado justamente para propiciar un equilibrio en la diversidad, que garantice equidad a todos los participantes en los procesos electorales y respeto a los derechos de todos los ciudadanos.

Para dar tales garantías existen leyes, de las cuales derivan instituciones exprofeso, cuya legitimidad y fortaleza provienen más de la confianza de los actores políticos y los ciudadanos, que de su oficialidad.

Por eso es que la gobernabilidad, es decir, la cualidad de gobernable, de cualquier país, comienza con la confiabilidad de sus órganos electorales, una de cuyas principales funciones es asegurar la limpieza y la transparencia de los comicios y, por supuesto, de su propia operación.

Dicho esto, imagínese las repercusiones de los evidentes y sobresalientes malos manejos, tropiezos y “descuidos” en el proceso de fiscalización del gasto de campaña en las recientes elecciones en Coahuila, algunos de ellos notoriamente intencionales, con el afán de anular la elección, violentando con ello los derechos políticos –ergo humanos–, de la mayoría de los votantes, que favoreció a Miguel Riquelme.

Años nos costó a los mexicanos darle al Instituto la confiabilidad que perdió de un tajo. Pero recapitulemos: como la oposición no pudo demostrar el fraude electoral que tanto presumió para Coahuila, pero que nunca hubo –en primera instancia porque no existe como figura jurídica, se trata únicamente de una argucia argumentativa–, recurrió a la acusación del rebase en los topes de gastos de campaña, incluso a sabiendas de que la falta era en realidad suya.

Sin embargo, el Partido Revolucionario Institucional comprobó en tiempo y forma que gastó conforme a la norma, y que por tanto Miguel Riquelme ganó legal y legítimamente.

A pesar de ello, o por ello, se resolvió en contra, haciendo valer lo inválido: reformas al Reglamento de Fiscalización que no fueron publicadas en el Diario Oficial de la Federación, como mandata el Artículo 43 de la Ley General de Instituciones y Procesos Electorales, y ni siquiera en la Gaceta del Instituto, como lo establece el Artículo 27 del Reglamento de Sesiones del Consejo General. Se trata de un acto por demás impugnable, porque también viola la garantía de certeza jurídica, de acuerdo con la cual debían fiscalizar aplicando la misma norma con que se gastó y se comprobó el gasto.

El resultado, ficticio por supuesto, es que el PRI gastó de más; el real es una traición no sólo a la mayoría de los coahuilenses, que votó por Miguel Riquelme, sino a todos los mexicanos, que veníamos confiando en el Instituto.

No hay nada que excluya el requisito de publicidad de las leyes. La ignorancia de las mismas no excusa de su cumplimiento, justo porque han sido dadas a conocer oficialmente y con suficiencia. El INE no lo cumplió.

El acuerdo inédito es el INE/CG875/2016 que, entre otras reformas, adiciona un Artículo 46 bis y una fracción VII al inciso d, del numeral 1 del Artículo 143, normas inválidas bajo las cuales se determinó el rebase en el tope del gasto de campaña del PRI y solo del PRI. Se puede encontrar en: sitios.te.gob.mx/normativa_fiscalizacion/media/files/cfd78c9eea1a5ed.pdf, liga sin validez para ser publicación oficial.

Hay quienes, confundidos o malintencionados, aseguran que las reformas sí están en el DOF, y citan una publicación del 6 de julio de 2016, cuando el acuerdo se tomó cinco meses después.

Afortunadamente, no es el Instituto de estos consejeros perversos el que tiene la última palabra sobre los gastos de campaña –que no, ¡ojo!, la legalidad de la elección. Ese es otro proceso–, sino el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, que ha dado ejemplo de imparcialidad y criterio vanguardista, no sólo en materia de derechos políticos, sino humanos en general.
22 Julio 2017 04:00:00
La declaro inocente
“La vida nunca me dio oportunidad”, “la vida ha matado mis sueños”, en resumen: la vida tiene la culpa. Este tipo de pensamiento insensato predomina en la mente de la mayoría de los seres humanos, arraigado en lo más profundo del inconsciente, impidiendo el desarrollo de su gran potencial creativo y creador.

Pensar con insensatez es lo que nos lleva a ver las oportunidades no como el momento idóneo para aprovechar o evitar algo que hemos venido propiciando, sino como premios de lotería que ganamos sin comprar boleto, y a nuestros llamados de vida como sueños volátiles que hay que perseguir contra viento y marea antes de que nos los arrebaten.

El pensamiento insensato es producto de la indisciplina mental, que a su vez tiene origen en el total descuido, e incluso el desconocimiento, de un proceso que es la clave de todo éxito o fracaso, y de cuyo poder transformador depende no solo la calidad de nuestra vida, sino la del planeta y el cosmos: se trata de la cadena atención-intención-concentración.

Usted no es producto, sino productor de sus circunstancias, aún de aquellas que no parecen tener relación con sus asuntos, porque todo en el universo está conectado a un nivel que ni siquiera podemos imaginar. Y las produce mediante este proceso.

Hablemos primero de cómo funciona para mal: se sufre una herida de infancia, a partir de la cual se pone atención en todo aquello que represente una amenaza; a esto sigue la intención de evitarlo, que incrementa la atención, hasta que se convierte en concentración, o sea, focalización sin distracciones, puesta en la herida y en la gente o la situación que puede infligirla, de tal manera que vamos hacia ella derechitos y sin obstáculos, porque no vemos nada más, y ¡zaz!, nuevamente nos lastiman.

Expliquemos ahora cómo opera este proceso mental a nivel de realidad cuántica, para que produzcamos las cosas buenas, las bendiciones, los milagros, la verdadera magia: todos llenamos de energía aquello en lo que ponemos atención, y aquello de lo que la apartamos pierde fuerza. Por tanto, una atención selectiva nos permitirá realizar cambios en nuestras vidas. Si llenamos de energía lo que no disgusta, eso es lo que obtendremos, porque a eso es a lo que le estaremos dando poder.

Tras la atención, sigue el aspecto volitivo, la intención, el para qué. La voluntad, dicen, mueve montañas. La energía, que es información, comienza a organizarse para dirigirse hacia el objetivo. Es entonces cuando percibimos lo que llamamos casualidades, que en realidad son indicios o señales de que todo se encamina hacia la realización.

Para concretar, se requiere concentración en el desarrollo de los acontecimientos, de manera que se haga lo pertinente en el momento oportuno. En esto consiste la verdadera oportunidad, no en algo que alguien buenamente nos da sin más.

Este proceso solo es fácil cuando resulta en desastre. Solito camina. Cuando lo aplicamos para bien se pone difícil, porque tiene truco: el desapego, que es lo que da carácter cuántico y espiritual a la atención, la intención y la concentración.

La expectativa –dependencia del resultado– pervierte el poder de la cadena y lo pone al servicio del ego controlador, que quiere manipular cada circunstancia para alcanzar su objetivo. Pero la única manera de entrar en control es dejar de controlar, dejar a la mente universal hacer su chamba, que es crear todas las condiciones y circunstancias necesarias para que se cumpla la intención.

El desapego es indispensable para que el universo opere en nuestro favor. Si nos empeñamos en decirle cómo desde nuestra pequeñez, nuestra pobre imaginación y las ínfimas posibilidades que podemos vislumbrar, estamos matando el milagro y cerrándonos las puertas.

Finalmente, convénzase de que “se hará en el mejor momento”, y ese no lo decide usted.
15 Julio 2017 04:00:00
Heridos, de vida y no de muerte
No existe ser humano que no tenga heridas de la infancia. De hecho, son un paso obligado para la evolución espiritual.

La forma en que impactan depende tanto de la gravedad de las heridas como de la manera en que se internalizan, pero todos comenzamos por enviarlas temporalmente a un segundo y hasta tercer plano de la conciencia, pues no estamos preparados ni maduros aún para procesarlas.

Conforme crecemos, los menos se vuelven resilientes naturales: aquellos que rápido las hacen conscientes, las procesan emocionalmente de manera positiva y las convierten en experiencias provechosas.

Los más, las llevan y actúan durante gran parte de su vida, si no es que toda. Dentro de estos, hay quienes las niegan, o las reconocen pero huyen al universo del intelecto; las portan como lanza en ristre para desquitarse con lo que se ponga enfrente, o crean una imagen de contracultura –desde los emos hasta los haters–; se encierran en la vanalidad y la vanidad, o desarrollan adicciones –desde las prohibidas hasta las promovidas–; quienes actúan como víctimas eternas o se convierten en victimarios, cínicos o culpígenos, y quienes –la mayoría, por cierto– desarrollan varios de estos patrones.

Como paso obligado hacia la espiritualidad no basta con tenerlas, hay que sanarlas, y para ello hay que revivirlas –primer escalón que a todos horroriza–, procesarlas emocional y mentalmente –desde el adulto capaz de autodominio–, convertirlas en experiencias enriquecedoras para adquirir sabiduría y, finalmente, traducirlas en las actitudes y conductas de un ser humano que se ocupa en alcanzar la mejor versión de sí mismo.

Algunos pueden solos; otros –casi todos, de hecho– necesitan ayuda y compañía. Pero en ambos casos se trata de quienes dan el paso obligado. La mayoría de las personas se muere evadiéndolo. Esto no hace a los primeros mejores que los segundos, a menos que se juzgue la diferencia desde el punto de vista de que sólo hay una vida para fallar o cumplir. Si pensamos en la eternidad del alma y del espíritu, únicamente están en momentos y posiciones diferentes en la escala de la evolución, que es más colectiva que individual.

Para ayudarnos a dar el paso obligado, los especialistas han planteado diversas clasificaciones de heridas de la infancia. La más popular es la que las divide, de acuerdo con lo que causan, en: miedo al abandono, miedo al rechazo, miedo a la humillación, miedo a la traición o a confiar y miedo a la injusticia.

En tanto no sanemos las heridas de la infancia viviremos con miedo: el gran deformador del ego humano, el mayor obstáculo para la evolución del espíritu, la monstruosa creación del pensamiento indisciplinado, el catedrático del sufrimiento, el hater de todas las redes sociales, virtuales y reales.

El miedo es tan invasivo que le pone trampas aun a quienes están trabajando para dar el paso obligado de sanar sus heridas: debido a que lo primero que hay que hacer es lo más aterrador, o sea, revivirlas, quienes ponen atención y esfuerzo en la inteligencia emocional tienden a justificar a sus padres en lugar de compadecerlos, comprenderlos y perdonarlos.

No es lo mismo entender mentalmente las circunstancias y problemas personales que llevaron a nuestros padres a maltratarnos o les impidieron darnos lo que necesitábamos, que comprenderlos con el corazón y el alma, en un ejercicio de empatía y amor.

Para llegar ahí podemos imaginarlos como los niños a los cuales el adulto que ahora somos les proporcionará, sin ningún resentimiento ni remanente de exigencia, todo aquello que necesitaron. Ellos nos lo dirán. Entonces, si todavía viven, podremos hacerlo personalmente, sin temor a su reacción, con amor incondicional.

Se trata de un ejercicio emocional de imaginación, tal cual hacemos con nuestro niño herido, que los ubique en la dimensión de seres humanos y no de los dioses que vimos en ellos de pequeños.
08 Julio 2017 04:00:00
Compadézcase, por amor de Dios
Preguntémonos, cuando nos cueste trabajo dejarnos conmover, cuán poco felices seríamos si los demás fueran inexorables hacia nosotros. Séneca.

La razón de la existencia no es otra que expandir la conciencia, hasta trascender el plano material siendo materia. Si alcanzaremos el nirvana o el cielo con ello, no lo sé, pero en todo caso el destino es menos importante que el camino.

Recorrer tal camino es nuestra misión de vida, pero se nos presenta a la mayoría aun inaccesible por dos razones, principalmente: la primera es el pensamiento positivista predominante, que nos dice que somos materia y nada más, de manera que la conciencia estará siempre restringida a nuestros sentidos físicos. Es por ello, también, que la autotrascendencia se convirtió puramente en un asunto de competitividad, reproducción y supervivencia personal a costa de otros, como si fueran menos valiosos.

La segunda razón es que una vez aceptado que los planos material y espiritual, lo tangible y lo intangible, son en realidad uno solo, no sabemos ni por dónde empezar tanto por falta como por exceso de información.

Tenemos una clara idea: el camino empieza, continúa y termina en el amor, pero ¿qué clase de amor?, ¿a la pareja, los hijos, los amigos, los animales, a uno mismo, a Dios, a nuestros semejantes en general?

Una es, y sólo una, la clase de amor que expande la conciencia y nos permite autotrascendernos como individuos e incluso como seres humanos: la compasión, tan devaluada y mal entendida que la evitamos porque ofende a quien la recibe y hace sentir superior a quien la da.

Pero oiga, es que la estamos confundiendo con la lástima. La compasión es un sentimiento de pena o de ternura que nos iguala y nos une al compadecido, conocido o desconocido, a quien le damos un transformador –para ambos–, abrazo del alma.

La lástima, por otro lado, implica, sí, un sentimiento de pena, pero con desagrado o abierto desprecio, que nos proporciona el goce de la superioridad. La lástima, a diferencia de la compasión, sólo es posible en la desgracia ajena, y se convierte muy a menudo en hostilidad hacia la persona que supera la situación, arrebatándonos el placer de sentirnos por encima de ella.

La compasión se presenta por supuesto ante la desgracia, propia y ajena, pero su distintivo es un cariño entrañable, es decir, la ternura, que se siente como un baño de agua tibia por dentro, un beso en la frente del corazón. Con la ternura nos quedamos blanditos, limpios, apacibles, amorosos y totalmente abiertos, de manera que podemos experimentar, que no pensar, la realidad, el hecho de que en todo lo que nos rodea hay una belleza indescriptible, pero aprehensible para el alma, que la alimenta, la engrandece y la lleva a una nueva comprensión de la existencia.

Por eso es que la compasión va más allá de la misericordia o la piedad, es decir, de ayudar al prójimo en desgracia y perdonar al ofensor. Aunque, ¡claro!, esto no es en absoluto descalificable, pues si todos practicáramos esta forma de compasión el mundo sería otro.

Pero vamos a la fase superior, la que expande la conciencia, y que consiste en “tocar” con el alma la realidad, es decir, la belleza y la perfección que hay en TODO. Esto nos hace sentirnos íntima y amorosamente unidos a cuanto existe, visible o invisible, permitiéndonos un salto cuántico de conciencia, ese que dio Einstein para decir, contradiciendo a los positivistas irredentos: “Nuestra tarea es la de liberarnos... Mediante la extensión de nuestro círculo de compasión hasta que contenga a todas las criaturas vivientes, la naturaleza entera y su belleza”. Una concepción, por cierto, esencialmente budista.

La compasión es la forma suprema de inteligencia, “que está en todas partes... mueve a la tierra, los cielos y las estrellas”, según Jiddu Krishnamurti. Y con la que, por supuesto, puede y debe tratarse a usted mismo.
01 Julio 2017 03:00:00
Déjese querer
Tomar el sentido contrario al orden natural, interna y externamente, es la causa de la imbecilidad creciente de una buena parte de la humanidad; parte sin la cual, desafortunadamente, poco podrá hacer el resto para enderezar el destino sin que todos compartamos funestas consecuencias.

Así pues, negar el calentamiento global, tan evidente como potencialmente devastador, es tan necio como rechazarnos a nosotros mismos, cosa que, por cierto, a diario y en todo momento hacemos.

El motivo: levantar una barricada para que nadie vea quiénes en realidad somos, porque eso, de acuerdo con nuestra experiencia desde la más temprana infancia, es inaceptable.

Los seres humanos, antes de explorar el vasto territorio llamado hijos, para conocer su potencial, comenzamos a moldearlos a nuestro parecer, yendo incluso contra su carácter, cualidades, inclinaciones; en resumen, aquello que conforma su unicidad.

Ellos, para ser amados por lo más importante que hay en el universo, sus padres, comienzan a amurallar su verdad y su ser real, remozando y pintando la fachada para que los progenitores, primero, y los demás, después, vean lo que piden ver.
Esta conducta generacional y generalizada es exactamente lo opuesto a lo que debemos hacer para convertirnos en las personas aceptadas, amadas, libres, fuertes, creativas y realizadas que todos queremos ser: permitirnos la vulnerabilidad.

Para quien se acaba de horrorizar con la palabra: no es lo mismo ser vulnerable que ser débil o frágil. El débil tiene poca fuerza, el frágil se quiebra fácilmente, el vulnerable se expone, para lo cual hay que ser valiente, pero no tonto, porque no es lo mismo exponerse que “ponerse a tiro”.

Canta Andrés Calamaro, icono del rock argentino: “Soy vulnerable a tu lado más amable, soy carcelero de tu lado más grosero, soy el soldado de tu lado más malvado y el arquitecto de tus lados incorrectos”.

Usted no va a exponerse al maltrato, el abuso o la violencia, y ni siquiera a la deslealtad o a la traición, porque no va a poder relacionarse con gente capaz de ello, ya no será parte de la matrix, del in y el out del recinto amurallado. Dejará el drama compartido y la complicidad en la doble moral como sustitutos de conexión, abandonará la burla como pobre recurso de la risa y el cinismo como negación de lo evidente.

Usted se va a exponer al amor, porque lo que va a mostrar es su verdadero ser, lo más amable que hay en el cosmos. Si a alguien no le gusta es su problema. No se va a quedar solo; tendrá poca, pero selecta compañía, aquella que vale la pena, la que es capaz de pedir una disculpa, escucharlo con el corazón, preocuparse sinceramente por su bienestar; la que no espera nada que no sea su presencia, comparte abiertamente su intimidad, no esconde, no tiene secretos, se gusta a sí misma, corrige, aprende, crece, es creativa, pues no está acotada por estereotipos. En fin, alguien como usted: vulnerable.

Somos infinitos y la vulnerabilidad es lo único que nos lo permite y garantiza. Los muros que nos protegen también nos encarcelan.

La vulnerabilidad es fortaleza porque no hay ego que defender, por tanto nada se vuelve personal, aun cuando sea directo; el problema se queda en el otro. La traición y la deslealtad son una debilidad ajena; debilidad que por cierto hace frágil a quien se entrega a ella.

Quien se ve a sí mismo tal cual es, ve al otro de la misma manera, y entiende entonces que el mal que se le hace tiene detrás miedo, rencor, ira, culpa, vergüenza, carencias, tal cual alguna vez las tuvo quien ahora es fuerte por vulnerable. Desde ahí se puede comprender, empatizar y dar aquello que hace a un ser humano la mejor versión de sí mismo y expande su espíritu: compasión, un abrazo con el alma.
24 Junio 2017 04:00:00
Cuando hace más frío adentro que afuera
¿Se ha sentido solo aun estando con su familia, en un grupo o en medio de una multitud? Parece que a todos nos ha pasado. Esta familiar sensación tiene dos causas: o usted se ha aislado, por sentirse incómodo, abrumado, triste o de cualquier otra manera que por el momento no le permite ser parte, o es un excluido, alguien a quien los demás toleran pero no integran.

El aislamiento se da por iniciativa propia; la exclusión, por una condena ajena. El primero puede ir desde una prerrogativa, hasta una limitación que impide relacionarse naturalmente con otros, derivada de un sentimiento de inadecuación, ya sea porque realmente estamos fuera de un contexto en particular o porque hemos adquirido una discapacidad emocional que nos hace sentirnos así en todo momento, en todo lugar y con toda persona, debido a que fuimos condicionados por episodios repetitivos de exclusión, ocurridos a temprana edad y no pocas veces en el seno de la familia.

En esta era de la globalización, la mayoría de los seres humanos estamos aislados. Aunque podemos “conectarnos” virtualmente con cualquiera en cualquier parte del mundo, hemos extraviado el conocimiento emocional y la costumbre de la verdadera conexión, que sólo se da a través de la empatía, esa cualidad del alma que nos permite sentirnos como se sienten otros, y que no distingue razas, clases, géneros, edades ni condiciones.

Con el aislamiento –lo que nos hacemos a nosotros– ha crecido también la exclusión –lo que le hacemos a otros cuando no se parecen a nosotros o no queremos compartir lo que tenemos con ellos–, producto no sólo de la falta de empatía, sino de la abierta intención de restarle a otros para sumar nosotros. Si bien ambas conductas conllevan patrones deshumanizados de convivencia, la exclusión es por mucho más peligrosa que el aislamiento, pues impacta tanto al que afecta como al afectado, derivando en una canibalización social, la destrucción del planeta y la extinción de la especie.

Sin empatía estamos vacíos, constantemente desasosegados, completamente solos y frágiles, porque no podemos establecer conexión, esencia de la vida, del ser y de la existencia misma. Sin empatía es imposible conocer el verdadero amor. De ahí que lo hayamos sustituido con pasión sexual, apego, posesión e incluso negociación.

La empatía no puede ser ilimitada, ciertamente. La idea de ir por ahí sintiendo en todo momento lo que sienten los demás es aterradora. Hacerlo significaría renunciar a nosotros mismos y sumirnos en la confusión. Pero racionalizar la empatía no es lo mismo que parcializarla.

Somos racionales cuando nuestras emociones, estado de ánimo y conciencia nos permiten sostener el ejercicio de la empatía sin morir de angustia en el intento, de tal manera que podamos ofrecer ayuda o contención a quien la necesite. Somos parciales cuando con culpa o lástima, que no compasión, por tanto emocionalmente endebles y de manera fortuita, nos conectamos con una realidad de otro que no nos gusta –peor la molestia si hemos contribuido a la situación directamente–, e intentamos remediarlo haciendo rápido lo que se espera de nosotros.

Por otra parte, el remedio a la exclusión no es personal, sino colectivo, pero debe, por supuesto, comenzar en la dimensión del sujeto. La verdad de que el bienestar de los demás es el propio se ha instalado apenas en unas cuentas mentes. La realidad de que lo que hago a otros me lo hago a mí es todavía menos presente en la conciencia humana.

Ante la oferta mundial de exclusividad con un “apúrese porque se acaba”, pisamos y dejamos a los demás en el camino, sin que nos importen, ya no sus desgracias, sino las consecuencias para nosotros mismos. Pero excluir a otros es aislarnos, cercarnos, limitarnos, vaciarnos. A su tiempo se paga, mínimamente, con dolor.
17 Junio 2017 04:02:00
La cláusula humana de exclusión
“Mientras haya exclusión difícilmente podremos alcanzar un mundo en paz”. Rigoberta Menchú.

Cuando pensamos en exclusión, lo hacemos generalmente en términos de excepción. Nos viene a la mente el bicho raro, el notoriamente diferente, el indeseable. Sin embargo, no hay nada más practicado, común y cotidiano en este planeta que la exclusión.

Todos somos excluidos de algo en algún momento, como el gordito en la primaria, el sabelotodo de la secundaria, el estrafalario de la prepa o el abstemio en la universidad.

La pobreza, la falta de educación, la discriminación y muchas otras desventajas presentes en cualquier clase social respecto de otra, son producto de la exclusión.

Esto es una pirámide que decrece a partir de las élites de poder en el mundo. La exclusión se va derramando capa por capa hasta la base, en un sistema predatorio autosuficiente, dentro del cual todos participamos.

Decía Noam Chomsky que “el público en general es visto no más que como excluidos ignorantes que interfieren, como ganado desorientado”. Este público, a su vez, excluye a los que Eduardo Galeana se refirió como “los nadies (...) Que no hablan idiomas, sino dialectos. Que no profesan religiones, sino supersticiones. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folclor. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata”.

El hombre es el lobo del hombre, como dijera Plauto, quedándose corto, pues los lobos, a diferencia del hombre, muestran por regla empatía, respeto y bondad, porque saben la importancia que para cada uno de ellos tiene la manada.

Este panorama global se replica en la vida cotidiana en todo lugar habitado por el ser humano, por pequeño que sea, y en cualquier grupo, incluso el de los más inadaptados.

Gente que ha vencido cánones culturales muy arraigados para dejar de ser excluida, tiende a desarrollar rechazo hacia otros, expresar con gran dosis de veneno sus juicios y ejecutar la condena de exclusión con gran frialdad, todo como una forma de reproducir aquello de lo que fue víctima, para no volver a serlo. Es decir, como mecanismo de defensa.

Los excluidos se convierten en excluidores. La vida cambia, pero la mente no. En la mayoría de los casos, ni siquiera nos damos cuenta de que somos excluidos, porque relacionamos la exclusión con una vivencia emocional muy vergonzante. Quién no se ha sentido fuera de contexto por una mirada de sorpresa desaprobadora, una burla, un silencio de molestia, un gesto despectivo, aun cuando provenga de un bicho aún más raro que uno mismo.

La exclusión es la esencia del poder. Sin ella no existe, porque, más allá de su mensaje principal: “usted no es como nosotros y, por tanto, no nos gusta”, significa “usted no puede tener lo que tengo yo, porque usted no es mejor que yo”.

La exclusión puede ser benéfica a nivel personal. Nos permite aislarnos momentáneamente para reflexionar sobre nosotros y la situación, para preguntarnos si realmente debemos o queremos ser parte de algo o relacionarnos con alguien. Pero en lugar de eso nos da por sentirnos inadecuados por distintos. Como no comprendemos que las diferencias son matices y no grados, nos comparamos y, obvio, ganamos o perdemos. Lo aprendemos de nuestros padres, cuando nos quitan las opciones porque critican constantemente lo que elegimos, nos rechazan por cualquier circunstancia, abusan, nos ignoran, se desconectan emocionalmente o permiten que extraños a la familia nos descalifiquen.

Entonces comenzamos a aplicar la cláusula de exclusión, pensando en primera instancia: “usted no me puede excluir, así que antes lo excluyo yo”, y posteriormente: “quiero ser más que usted, así que ¡fuera! o lo saco por la fuerza”.

Nos negamos unos a otros las posibilidades, mientras los lobos comparten.
10 Junio 2017 04:00:00
Intúyalo, luego piénselo
De todas las facultades humanas, la intuición, la más importante, porque nos pone en el camino de la plenitud, es todavía un enigma en el estadio actual de la ciencia, que aún se desecha lo metafísico, no por incomprensible, sino por incontrolable.

Todo lo que la ciencia ha hecho hasta ahora con la intuición es reducirla a una capacidad cerebral, por tanto, a un proceso mental. Esto no es por supuesto lo preocupante del asunto, sino el limitadísimo conocimiento sobre el cerebro y la mente.

La idea científica predominante es que el ser humano sólo utiliza el 10% de su cerebro, cuando lo más probable es que, como ha sido dicho, tal porcentaje es únicamente el que la ciencia ha podido medio descifrar. De hecho, en el otro 90% es donde debe estar la intuición, de ahí que se le comprenda tan poco.

Esta idea nos induce a pensar que si bien los procesos mentales son función del cerebro, la mente en sí es mucho más que este órgano primordial del cuerpo, que sólo es un intérprete, no de los estímulos del mundo físico, sino de algo inefable e intangible: la inteligencia universal, Dios, el campo de potencial infinito, el poder superior o como quiera llamarlo.

Frances Vaughan, pionera en sicología transpersonal y estudiosa de diferentes tradiciones espirituales, dice que la intuición nos permite recurrir a la reserva infinita del conocimiento universal, en la que se superan los límites del individuo. Por eso es generalmente descrita como facultad de comprender las cosas instantáneamente, sin razonamiento.

Acceder a esa reserva no es otra cosa que una capacidad espiritual que podemos desarrollar en cuanto tenemos alma. La intuición es la voz del alma, que está parte allá parte acá, diciéndonos lo que es correcto, aun cuando el raciocinio le lleve la contraria. Por eso es que la intuición se siente, no se piensa. De hecho, el exceso de pensamiento la acalla.

Echar mano de la intuición no debiera ser cosa esporádica, sino cotidiana. Vivimos tomando decisiones todos los días, tantas que ya ni somos conscientes de ellas, y la mayoría de las veces resolvemos en automático, sin tomarnos la molestia de escucharnos a nosotros mismos, sino desde las creencias, lo que nos han dicho, lo que se espera de uno, e incluso controlados por lo que Daniel Kahneman, premio Nobel por sus estudios de la mente humana, describe como sesgos cognitivos, que vendrían siendo procesos distorsionados de razonamiento, como el “efecto halo”, esa tendencia a pensar que si a uno le gusta alguien o una organización, todos sus aspectos son buenos. Y si no le agrada, todo es malo.

Tomamos conciencia de la intuición sólo cuando las decisiones representan para nosotros un conflicto entre lo que nos dice nuestro interior y lo que nos dice el mundo, justificado esto último con un proceso de razonamiento al servicio generalmente del miedo y el prejuicio.

Hay una gran cantidad de cursos para tomar decisiones acertadas en la vida, casi todas ellas estrategias sesudamente planeadas que poco tienen que ver con aquello que nos llevará al verdadero éxito: la intuición. No se trata de eliminar de un plumazo el razonamiento, no. Dice la periodista y novelista Katherine Pancol que “la mente intuitiva es un don sagrado y la mente racional, un fiel servidor. Hemos creado una sociedad que honra al servidor y olvida el don”.

Se trata, pues, de privilegiar el don. ¿Cómo? Si la voz del alma es la intuición, su lenguaje es la calma y la paz, decida aquello con lo que usted se quede en paz, eso es el verdadero éxito, no que las cosas salgan como espera, eso es solo un triunfo.

Tomando decisiones desde el alma es que entraremos en profundo contacto con nosotros mismos.
03 Junio 2017 04:03:00
Veneno para el alma
Lo contrario a la vida no es la muerte, sino la indiferencia. Elie Wiesel

Sólo dos circunstancias pueden llevar al ser humano a perder el sentido de vida: el dolor emocional y la indiferencia. Para protegernos del primero es que recurrimos a la segunda. Pero, desafortunadamente, el resultado es el mismo.

Veamos a la indiferencia más allá de una simple falta de inclinación hacia algo, indispensable para una observación neutral y por tanto una visión objetiva. Llevémosla al terreno de los mecanismos de defensa que se convierten en las patologías que están acabando con el mundo.

Ninguna patología es personal, todas afectan como mínimo a la familia. Mientras más poder tenga una persona, más peligrosa y extensa en su impacto es su patología. En el caso que nos ocupa, la indiferencia, se trata de la pandemia más letal que existe. Es la que permite las guerras, la injusticia, el ecocidio, el abuso y la crueldad.

A diferencia de las otras, no está basada en una emoción o un sentimiento, sino en su ausencia. Como mecanismo de defensa, siempre corre el grandísimo riesgo de convertirse en un sistema de vida fuera de todo sentido de la existencia, pues carece de lo que nos da la categoría de criaturas vivas: sentir.

Ya el filósofo Epicuro, 300 años antes del nacimiento de Cristo, la consideraba como el gran mal de la humanidad. La insensibilidad hacia el sufrimiento ajeno no es nueva. Recientemente el papa Francisco dijo: “Una vez más debemos repetir el nombre de la enfermedad que hoy nos hace tanto mal en el mundo: la globalización de la indiferencia”.

La indiferencia envenena al alma, paralizándola y dejándola impotente ante la negación de la vida. El resultado no puede ser otro que una personalidad disociada, a la que nada le viene bien, sin empatía, vocación, gratitud, aprecio por sí mismo o por otros, guiada sólo por el egoísmo, por un “más allá de lo que me apetece nada me importa”.

La indiferencia puede ir desde una insensibilidad ante el maltrato a seres indefensos, niños o animales, conductas antisociales como tirar basura, malos gobiernos, obligaciones ciudadanas como votar, miseria de personas en situación de calle, hasta un adormecimiento generalizado de los sentidos, que nos deja vacíos y nos convierte en psicópatas o sociópatas.

Quien es indiferente no actúa, presencia todo lo bueno y todo lo malo con el mismo talante, no sabe ni le importa. Lo mismo le da una persona que otra, un quehacer que otro. Su mirada está puesta sólo en aquello que desea evitar: el dolor.

Como mal social, la indiferencia surge también como una reacción a la complejidad de la vida, que mientras más moderna, más indigerible, más confusa, más difícil, más amenazante. Pero ya sea individual o colectivamente, la indiferencia proviene en todo caso de la ilusión de autosuficiencia, de pensar que no necesitamos más que a un círculo cerrado de personas para sobrevivir y aún para vivir satisfactoriamente. No hay conciencia de cuán importante es que coma bien un niño indígena o africano para que todo el planeta esté bien, que tratemos con respeto a los animales y las plantas para que la tierra sea un lugar digno dónde vivir, que tendamos la mano a un desconocido en apuros para que nuestra vida cobre sentido.

Para identificarla piense siempre en insensibilidad, en las personas que están tan ocupadas en sí mismas que los otros sólo importan si los benefician; o en aquellas que aparentemente sufren más que todos los demás; en las que no saben lo que sienten por usted, o en las que reciben como si el que da estuviera obligado.

Piense en las personas vacías, frívolas, competitivas; en las déspotas o mentirosas; incluso en las que se etiquetan de honestas y sinceras como justificación para actuar o decir sin consideración por los demás.

Piense en la indiferencia como algo peor que la maldad.
27 Mayo 2017 04:00:00
El verdadero secreto
A todo pensamiento sigue una emoción o un sentimiento y viceversa. Esta sencilla fórmula contiene el secreto de la vida. Fue el sendero del Buda y de Cristo; es y será la clave para cumplir el propósito de la existencia humana. Para desarrollarla fue que nació la verdadera alquimia, la esotérica, la interior, porque comprenderla no es cosa fácil.

Hoy en día se habla mucho del poder tanto del pensamiento positivo como del negativo. Aquí es donde empieza la confusión: el poder no está en el pensamiento, sino en la emoción o el sentimiento a que se asocia. No se puede superponer un pensamiento positivo a una emoción negativa, tratando de negarla o ahogarla. “¡Voy a tener suerte, voy a tener suerte, voy a tener suerte!”, pienso, mientras todo mi ser invadido por el miedo me dice que fracasaré en esa entrevista de trabajo. Dígame usted lo que pasará.

Ciertamente hay un pensamiento negativo oculto asociado a tal emoción, algo así como: a mí nunca me suceden las cosas buenas, o no soy suficientemente bueno, pero es sólo el autor intelectual del asesinato de nuestra vida. El ejecutor es el miedo.

Resistirnos a lo que nos perturba interiormente lo incrementa, porque la atención horrorizada que ponemos en la negatividad se convierte en concentración, cuya naturaleza es la atracción, en lo físico y lo metafísico.

Nuestros malestares no están en lo que pensamos, sino en la emoción relacionada con ello. El pensamiento es la semilla, el razonamiento el árbol y la emoción o el sentimiento el fruto. Si la semilla está envenenada el árbol crecerá enfermo y el fruto estará podrido. Este último es el que nos vamos a comer y, por supuesto, nos hará daño.

Es importante tener claro que el fruto está podrido porque el árbol, es decir, el razonamiento, está enfermo, evidentemente a consecuencia de una mala semilla que podríamos no haber sembrado, pero nadie nos enseñó a distinguirla de una sana. Esto parece obvio, pero en cuestión de pensamientos y emociones deja de serlo, porque es muy difícil ver todo el árbol desde el árbol.

Además, los pensamientos y sus emociones o sentimientos asociados no son por naturaleza buenos ni malos, sanos ni enfermos. Esa es una etiqueta que les hemos puesto para manejarlos, y mal, por cierto. Ambos tienen su función, son parte de un proceso de crecimiento. Vienen y se van para cambiarnos. No somos ni lo que pensamos ni lo que sentimos. Tal cambio puede darse en dos vertientes: si no intercedemos, predominará la negatividad; si tomamos control de lo que pasa dentro de nosotros, iremos hacia, llamémosle, la luz.

Esto se debe a que los pensamientos negativos están ligados a las emociones y los positivos a los sentimientos. Las primeras son ciertamente superficiales y pasajeras, pero muy potentes y dominantes. Los segundos son profundos y duraderos, pero más suaves, benévolos.

Las emociones nos atacan, a los sentimientos tenemos que invitarlos y crearles el ambiente adecuado para que se sientan cómodos. Eso sí, cuando el sentimiento se instala en casa, ya no hay lugar para tanta emoción. Todos preferiremos la paz a la ira, la alegría a la tristeza. Nos costará trabajo, porque estamos acostumbrados a hospedar inestables que se acomodan donde sea, pero mejorará mucho el hogar interior.

No se irá nunca la negatividad. No hay que combatirla, hay que transmutarla. Empiece por una emoción o por un pensamiento que lo perturbe, y busque a su socio o socia. Habrá un click, le caerá el 20, como se dice coloquialmente, y comenzará el camino de la alquimia interior. Entonces se dará cuenta de que los pensamientos son fácilmente maleables, mientras las emociones son absolutamente tercas. Verá la semilla y verá el fruto, pero al que hay que darle seguimiento y tratamiento es al árbol, al razonamiento que pudrió la emoción. Enderécelo.
20 Mayo 2017 04:00:00
No se confunda
La verdadera satisfacción es la del alma, la única, por cierto, que los seres humanos hemos relegado a lo largo de nuestra existencia como especie. Tan poderoso ha sido nuestro impulso a ir en el sentido opuesto, el de la vacuidad del ser, que hemos llegado a negarla o cuando menos ignorarla.

La insatisfacción personal y colectiva que hoy prevalece es resultado de nuestra indiferencia hacia el alma. Sin escucharla no hay más que confusión: construimos identidades artificiales a partir de la opinión ajena, en lugar de buscarnos dentro; rechazamos los malestares, en vez de aceptarlos como impulsos evolutivos; buscamos no el bienestar, sino su imposible permanencia; exigimos a los otros que subsanen nuestras carencias, cuando debiéramos proveernos nosotros mismos; no sabemos cómo nos sentimos y ni siquiera comprendemos los conceptos que utilizamos para describirlo, descubrirlo y cambiarlo; buscamos al Dios que llevamos dentro a través de la tecnología y no del autoconocimiento.

El resultado es la desconexión con nuestro verdadero ser y, por tanto, una pequeña y primitiva vida atenazada por el miedo, porque si no sabemos que hay dentro, donde lo mutable sólo perfecciona lo inmutable, no sabremos qué hacer con la constante mutabilidad y predominante volatilidad de lo que hay afuera.

Si su afuera no le gusta, es que está mal su adentro, porque el primero no es más que reflejo del segundo. Si no hay orden y control en su adentro, no los hay en su afuera. El caos interior ocasiona evidentemente confusión, que nos lleva a pasar una cosa por otra: enamoramiento por amor, control por interés, veneno verbal por sinceridad, culpa por responsabilidad, sufrimiento por dolor, inconformidad por insatisfacción, etc.

No sabemos bien a bien qué es sentirse ansioso, o inquieto, o angustiado. Extraviados interiormente, perdemos los límites exteriormente, de ahí la necesidad de exigirle a la vida que ponga las cosas en orden, a la moral social que nos contenga y al Estado que nos procure. Pero, como bien señalara Leonardo Da Vinci: “No se puede poseer mayor Gobierno, ni menor, que el de uno mismo”.

La confusión interior nos ha llevado a construir un mundo maniqueo, basado en la polaridad del bien y el mal; vamos en pos del primero y rechazamos el segundo, un dilema imposible de resolver, pues son interdependientes y relativos: no hay ni bien ni mal absolutos en el mundo. Un gran mal puede traer un gran bien y viceversa.

Cualquier mal o bien que nos sobrevenga son exactamente los que tenemos que aprender a manejar para transformarnos. Son, pues, necesarios. Rechazar uno es hacerlo con el otro. Como energía que son, se transforman, pero no desaparecen.

Navegar por la mutabilidad externa e interna requiere una nave: el alma; una brújula: el poder superior; buenos vientos: la sincronicidad del universo y, por supuesto, un ancla: el conocimiento de nosotros mismos.

Sin esto estamos extraviados y, claro, confundidos, por tanto insatisfechos. Transformar esta forma de existir no es fácil, o ya lo habríamos hecho todos. Es un proceso, no un suceso, hecho desafortunado en el mundo de la inmediatez que hemos creado.

Afirma Jon Kabat Zinn, maestro zen: “Se necesita una determinada forma de excavar, un cierto tipo de arqueología interna, para llegar a descubrir nuestra totalidad, aunque esté muy bien cubierta bajo capas de opiniones, de cosas que nos gustan y nos disgustan y por la densa niebla de los pensamientos y hábitos inconscientes y automáticos, por no mencionar el dolor”.

Necesitamos saber qué sentimos, para conectarnos con nuestra alma, y luego aprender a sentir, para darle lo que necesita. No hay otro camino a la satisfacción permanente. Para ello debemos cuestionar todo lo que creemos saber y vencer el miedo paralizante, cambiando nuestros patrones de pensamiento.

Debemos, pues, ser lo que realmente somos, que es lo único que dejará satisfecha a nuestra alma.
13 Mayo 2017 04:00:00
Huya a la necedad
Infidelidades aparte, la estabilidad y, por tanto, duración de la pareja radica principalmente en la forma en que se resuelve la contradicción. Dos cabezas, dos corazones, son necesariamente dos opiniones, no en pocos casos opuestas o cuando menos sin coincidencia.

La discusión es inevitable y, de hecho, necesaria, no sólo para llegar a un acuerdo, sino para progresar, como individuos y como binomio. Pero hay problemas y dificultades –que no son necesariamente lo mismo– para llevar a cabo una discusión fructífera entre parejas.

El problema es que comúnmente no se entiende el concepto de discusión. Discutir es alegar, ciertamente, pero alegar no es gritar, acusar, reprochar; alegar es argumentar, y al calor de la batalla no hay argumentos, hay armas que hieren, en este caso las palabras.

Discutir entre dos o más personas no es otra cosa que una forma de diálogo, es decir, de dirimir las diferencias con ecuanimidad. Lo que conocemos como discutir acaloradamente, en el mejor de los casos, es sostener el propio punto de vista con obstinación e irritarse por la crítica, lo cual está a dos minutos de la pelea.

Así pues, una de las dificultades está en el acaloramiento y, en general, en la carga emocional que tiene una persona al confrontar a su pareja. Miedo, enojo, resentimientos, fría venganza y hasta odio o envidia. El resultado es el “agarrón”, el chantaje, la manipulación descarada, para salirse con la suya.

Las responsabilidades puestas en el tú: “te lo dije”, “es que tú...”, “por tu culpa”, “tú me orillaste”, “yo creí que tú...”, conocidas por la mayoría de las personas de primera mano, son saetas verbales que traspasan la frontera de la discusión y llevan la situación al campo de la violencia psicológica.

De ahí a los insultos, las descalificaciones y las humillaciones directas hay sólo la distancia de una lanza verbal. No todo es calor, hay discusiones aparentemente frías, provenientes de una perversidad calculada o arraigada, envenenadas, con argumentos engañosos y lógica retorcida, plagadas de chantajes y frases para aplastar o enganchar al ego contrario, según se quiera sumisión o aparente igualdad.

Otra dificultad radica en saber cuándo es necesario o cuándo vale la pena discutir, si es que realmente se sabe discutir, porque esta dinámica de la violencia verbal, fría o caliente, mal entendida como discusión, es tan común y normalizada en la sociedad, que hay personas cuya única forma de conectar con otros –ellos creen que de amar– es a través de la confrontación y el conflicto.

En la mayor parte de las ocasiones el “discutidor” ni siquiera escucha, solo se empecina en hacer prevalecer su punto de vista. Ya decía el famoso literato Johann Wolfgang von Goethe: “Hay quien cree contradecirnos cuando no hace más que repetir su opinión sin atender la nuestra”.

Hay también quien se toma todo a personal, los intolerantes a ser contradichos, quienes explotan en berrinches a la menor provocación. Su violencia es la mayor, porque no buscan sólo ganar, sino anular al contrario.

La inmensa importancia de aprender a discutir, para abandonar la violencia en pareja, psicológica y, por supuesto, física, radica en que la familia es el laboratorio social. En ella, se elaboran todas las actitudes y los comportamientos que tendremos en la convivencia con nuestros semejantes.

Lo primero es tener claro que para sostener un episodio de violencia, mal entendida como discusión, dónde sea y con quien sea, se requieren, como mínimo, dos personas. Una de ellas puede ser usted. De ser así, húyale a las necedades, no dé la pelea o retírese, déjele al otro la última palabra, hasta que se calmen los ánimos o hasta nunca, si es necesario, porque la violencia es el contaminante más dañino del planeta, es la basura emocional. El mundo es violento porque la gente es violenta en su casa.
06 Mayo 2017 04:00:00
La verdad sobre los sustitutos
Si duele, no es amor; es cualquiera de los sustitutos con los que lo confundimos: enamoramiento, codependencia estandarizada, incluso obsesión, ninguno de ellos, por cierto, excluyente del cariño, lo que justamente propicia la confusión.

El verdadero amor es ausencia de miedo en nuestros afectos profundos, especialmente por aquellos ante quienes somos más vulnerables. No se trata de “ponerse de pechito”, sino de saber con certeza que cualquier conducta de otro que nos hiera, como abandono, traición y abuso, es opuesta al amor.

Pero si supiéramos amar, no nos relacionaríamos con personas capaces de herirnos, porque no estaríamos sintonizados con los sustitutos del amor. Cuando amamos nos sentimos alegres, ligeros, seguros, compasivos, generosos, cariñosos y vivimos con profundidad. Cuando realmente amamos no aceptamos de los otros algo distinto.

Bajo la Ley del Amor no deseamos poseer, ni restringir, ni encadenar, ni transformar a nuestro gusto; impulsos, todos estos, propios de los sustitutos. El amor mira por la libertad, la creatividad, el bienestar, la tranquilidad y el crecimiento del otro, en sus propios términos.

Si esta explicación sobre el amor le suena absurda o inalcanzable, se ha conformado con los sustitutos. Amar a morir sería la frase que mejor los define. Estaremos dispuestos a consumirnos, de golpe o poco a poco, para obtener y retener lo que creemos necesitar, movidos por el miedo a quedarnos para siempre con la carencia.

Ahora, le tengo una buena noticia: “el amor”, como lo esté viviendo ahora, es aquel que necesita para aprender a amar realmente. Usted decide si aprende o no. Para comenzar, hay que identificar los sustitutos.

El más popular de ellos, el enamoramiento, es una pasión, es decir, una emoción muy fuerte y persistente, pero regulada, que nos puede llevar a la felicidad o al sufrimiento, pero nunca a la tranquilidad, porque es adrenalina, dopamina, oxitocina y serotonina en cantidades ingentes. Vaya, estar enamorado es como estar drogado, de ahí que sea adictivo.

Se trata de una alteración temporal de la conciencia en la que el ser “amado” es prácticamente perfecto para subsanar nuestras carencias. Hay quien lo describe incluso como un estado prepsicótico, con una sublime expansión del yo, que no ve en realidad al otro, sino a su propia idea del otro y de la relación. Cuando acaba se convierte en uno de los más estrepitosos fracasos en la vida. Por qué acaba: está científicamente comprobado. Dura de tres meses a tres años.

Así que cuando alguien, después de más de tres años de casado, novio, arrejuntado, o cualquier otro estatus parecido, dice: “yo todavía estoy enamorado, enamorada”, está confundido. Si no está realmente amando, se está consumiendo en cualquiera de los otros sustitutos del amor: la codependencia estandarizada o la obsesión.

Sobre la codependencia estandarizada, o sea, la común vida cotidiana en pareja, diremos que existe un amplio espectro de relaciones, no exentas ciertamente de afecto: unas aburridas, otras como montañas rusas; desde las lejanas y frías, guiadas por el conflicto entre la necesidad y el miedo a la conexión; hasta las que de tan cercanas y conflictivas se vuelven destructivas, basadas en el miedo a la pérdida.

Estas últimas, muerto el enamoramiento, pueden estar siendo limerencia, es decir, obsesión de “amor”. Una idea tenaz y persistente se apodera de nuestra mente y nuestra vida: me traicionarán, me abandonarán, me dejarán de amar. Comienzo a hacer todo aquello que creo lo evitará y exijo la recompensa de la reciprocidad para confirmar que estoy teniendo éxito, pero nunca llega.

En la limerencia, la necesidad de recompensa se convierte en nuestro oscuro universo. Nos tapa la luz. No obtenerla es, aunque magnificada, una tragedia parecida a la que vivimos de niños –quizá el origen del problema–, cuando, después de portarnos bien todo el año, Santa Claus o los Reyes Magos no nos trajeron lo que pedimos.
29 Abril 2017 04:00:00
...Y todos felices y contentos
El contentamiento, acción y efecto de contentarse: estar alegre y satisfecho, es un término usado predominantemente por el cristianismo y familiar también para el budismo. Por la profundidad e importancia que tiene, para darle sentido y sustento a la vida, es trascendental que traspase las fronteras que lo confinan actualmente y sea entendido por todos los seres humanos que están concibiendo hoy en día la espiritualidad de manera diferente a la de una práctica religiosa.

No obstante, su significado no debiera cambiar, porque es el contexto del contentamiento para los cristianos y los budistas lo que le da al concepto su relevancia: He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación (Filipenses 4:11). Se trata, pues, de una forma de vivir, con alegría y satisfacción, en las altas y en las bajas.

Cualquiera que esté en las bajas podría pensar que en las altas está regalado el contentamiento. Pues no. La dificultad o la facilidad, según quiera verlo, es la misma. De hecho, si usted concibe las altas y las bajas basado en el dinero y las posesiones, el contentamiento podría ser más difícil en las altas: “¿Por qué teniéndolo sigo descontento (a)?”. Esforzarse por algo da más satisfacción que simplemente ir y conseguirlo porque se puede. Satisfacción momentánea, claro, puesto que no se trata de una actitud, sino de una meta cumplida.

El contentamiento, pues, no está en alcanzar nuestros objetivos de vida; no está en la meta, sino en el camino, que puede ser bastante intrincado y pedregoso, por cierto. Pero, ¿por qué habría que estar contento todo el tiempo, en el camino y en el destino? ¿Y por qué no? Si hoy en día la mayoría están descontentos todo el tiempo, en cualquier circunstancia, buena o mala, y en cualquier etapa, al principio, en medio o al final. Eso paraliza, enferma, amarga, frustra y llena de resentimiento e ira. En términos mundanos y de fría lógica, es poco eficiente y eficaz para vivir.

En términos espirituales, el contentamiento es requisito indispensable para la paz interior y la felicidad, pero, ante todo, es la vía para hacer contacto con la realidad y la verdad, que no pueden ser pensadas; es el trampolín del salto cuántico interior, a un estado superior de conciencia; es el camino del sabio, del que ya trascendió el sufrimiento (que no el dolor inevitable) como forma de crecimiento.

El contentamiento, ojo, no es conformidad ni resignación. Ambos términos implican estancamiento, porque conllevan la renuncia a las aspiraciones, el primero con indiferencia, el segundo con sufrimiento.

El contentamiento nos permite esperar más, con la certeza de que vendrá o sucederá en el momento preciso. Llámele fe si gusta. Es fluir con la vida, apertura a todo aquello que hoy no puedo ni imaginar, pero que será siempre bueno, si no como milagro, sí como oportunidad para practicar el contento; es decir, para hacer alquimia emocional, porque el descontento es siempre el punto de partida.

Para aprender contentamiento, dicen los cristianos, sea como el apóstol Pablo. En el lenguaje de la espiritualidad abierta esto sería: agradezca cada circunstancia, si es buena disfrútela sin culpa, si es mala aprovéchela para templarse; crea en la providencia y deje de intentar controlarlo todo y a todos; aprenda a estar satisfecho con poco para que venga más, porque si rechaza poco, ¿cómo quiere más?; viva por encima de las circunstancias de la vida, es decir, no les entregue el poder sobre sus emociones; deje de confundir el dolor con el sufrimiento y viva el primero acompañado y contenido, pero evite vaciar el basurero del segundo sobre los demás; preocúpese por el bienestar de otros, porque si los otros no están bien usted tampoco lo estará.

Consejos prácticos: disfrute conscientemente lo que hace todos los días, sonría antes de levantarse, ría mucho después.
22 Abril 2017 04:00:00
La verdadera buena vida
Los humanos existimos más allá del ámbito material, somos seres metafísicos. Quien no lo reconozca está condenado al miedo, el vacío, la ansiedad y el sufrimiento.

Partiendo de este hecho, crecer significa para nosotros descubrir quiénes somos realmente, partiendo de la mentira de lo que creemos ser, del engaño que, a través de nuestra colectividad, nos autoimpusimos como la realidad.

Crecer es un proceso, no un suceso, personalísimo, pero, paradójicamente, acompañado. La conexión es un instinto básico de los seres humanos porque es su verdadera naturaleza. Nuestras almas desean más que nada contacto con la existencia, que no puede ser tal sin los otros.

Por eso crecer es, finalmente, expandir la conciencia más allá del horizonte de lo personal, desarrollar todo el potencial metafísico que tenemos, para conectarnos desde el alma y construir, ahora sí, un mundo justo.

La creación o el surgimiento del universo, como quiera usted verlo, no tuvo otra intención que el crecimiento, la expansión y, por tanto, la conexión con la existencia, producto evidentemente de la conciencia maestra, del UNO, de Dios, de la mente cósmica o como quiera concebirla. Pero trate de hacerlo, porque evadir su naturaleza metafísica solo le llevará al sinsentido de su propia vida.

Lamentablemente, como especie todavía somos pequeños, muy pequeños en conciencia. Tememos a la muerte porque la vemos como un final definitivo, no como el cierre de un ciclo del alma. Tememos envejecer porque nos acercamos a ella. Tememos cambiar porque lo desconocido es para nosotros la inexistencia, debido a que vivimos en la mentira del positivismo, según el cual todo lo real es únicamente aquello que podemos captar con los cinco sentidos, para crear una imagen mental que nos dé seguridad, la ilusoria seguridad que da el confundir tener con ser.

Nos resistimos a la verdadera vida, mirando al pasado o al futuro para escaparnos del presente, de la obligación de existir hoy con todo lo que ello implica. Rechazamos la madurez porque no queremos las responsabilidades y los compromisos que conlleva asumir nuestro poder espiritual, pero sí exigimos los frutos; nos da pánico morir y renacer o resucitar infinitas veces por dentro para crecer, pero la vida es una sucesión de muertes chiquitas.

Nos resistimos a la vida anteponiéndole expectativas, presionando para que las cosas salgan como queremos, las personas sean como consideramos que deben ser y las situaciones se desarrollen como deseamos. Nos resistimos a la resistencia que los demás nos oponen cuando queremos imponernos. Entablamos la lucha, la competencia, y dejamos de crecer.

Cristo murió y resucitó para que supiéramos que eso es lo que tenemos que hacer por dentro en este lugar donde nos tocó existir. Buda se iluminó para mostrarnos que se puede vivir en la verdad aquí y ahora, renunciando a las creencias y a los apegos.

Dice el filósofo y sociólogo Harmut Rosa: “la buena vida se obtiene resonando con nuestro entorno, viviendo conectados con el mundo… La mala vida es una vida alienada, puedes tener mucho dinero y relaciones, pero si pierdes la resonancia, acabas quemado”.

Esta mala vida es hoy la común; hostil e incomprensible, por la velocidad a la que transcurre. Nos deja sólo tres opciones: nos refugiamos en las adicciones y las relaciones destructivas, nos evadimos a través de la mentira del “tengo, ergo soy” o crecemos a partir de nuestra capacidad de resiliencia; es decir, elegimos sobreponernos a la adversidad, transformar el sufrimiento en un aprendizaje de vida y valorar lo que tenemos.

No corra para crecer, para alcanzar la buena vida, de nada le servirá, porque no se puede evolucionar de un estado a otro hasta que se ha experimentado y aceptado en su totalidad el estado en el que se está. Cada quien a su ritmo.

Un buen comienzo es tener la claridad de que se vive la mala vida.

" Comentar Imprimir
columnistas