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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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14 Octubre 2017 02:12:00
Sin rencores (segunda parte)
‘El rencor es denso, es mundano; déjalo en la tierra: muere liviano’.

Jean-Paul Sartre

Todas las emociones negativas son densas, pesadas. Nos lastran y llegan a paralizarnos. Aunque encontremos en ellas una zona de confort o hasta una identidad, a nadie le gustan, de manera que las ocultamos o culpamos abiertamente a los demás de producirlas, desde nuestros padres, pareja o hijos, hasta el Gobierno.

Y es que dejar de culpar a los demás significa que la culpa recae en nosotros. No hemos entendido que ser culpable es abismalmente distinto a ser responsable. Los culpables pagan, los responsables reparan. La culpa es justamente una de esas emociones densas que nos impulsan a castigar en un acto de venganza que nada reivindica, pero satisface enormidades al ego.

Todas las emociones negativas, además, provienen del resentimiento y de su patología, la pasión llamada rencor. Comenzamos por actualizar constantemente la humillación que sentimos por no haber salido indemnes o incluso victoriosos de un daño ocasionado por alguien ante quien estábamos vulnerables, o de una confrontación en supuesta igualdad de condiciones, de lo cual, por supuesto, nos culpamos primero a nosotros, pero como la culpa es una papa caliente, la arrojamos a los demás. Si no paramos a tiempo, terminamos viviendo con una furia que lo invade casi todo.

Ya sea todo un archivero, un cajón o un simple expediente, atesoramos celosamente la humillación para actualizarla, recreándola constantemente y haciendo pagar a quien se deje. El episodio original deja de importar porque lo que produjo es a lo que nos aferramos: las emociones negativas; adictivas, por intensas y porque nos dan la ilusión de poder ante el miedo y la indefensión que realmente sentimos.

Del dolor real que hay atrás de esa humillación ni hablar, ese archivo está enmohecido en el fondo del cajón atorado del archivero, porque revivirlo es sentir impotencia, y todos preferimos la ira. Sólo que la impotencia es momentánea, pero la ira puede ser eterna. Para sanar el resentimiento, vuelva a la primera y remóntela.

Desatore el cajón del archivero en el que metió el expediente del dolor real, el que sintió el alma; quítele el moho, ábralo y vívalo, frente a alguien de su confianza siempre es mejor, pero también puede solo. El dolor no lo va a matar, aunque parezca. Antes bien, lo templará.

Muy probablemente su dolor se haya convertido en un secreto que ha jurado llevarse a la tumba. Es hora de revelarlo. En tal caso sí necesita de otro que no lo juzgue. Hay, siempre hay. Nada libera más que desmantelar un secreto, ni nada enferma ni mata más que conservarlo.

Vaya, pues, a la memoria del dolor y no la de la humillación que siente el ego por la falta de una respuesta acertada a la persona que lo hirió. Llore, está bien y es necesario. Dese un abrazo, usted está ahí para contenerse a sí mismo si no hay nadie para asistirlo.

Observe cómo está, antes que nada, resentido con usted mismo por no ser certero o asertivo. Aquí es donde debe usar la razón, no antes de revivir el dolor. Acepte lo que pasó tal como pasó, porque las cosas y las personas solo son como pueden ser, y no como usted espera o esperaba.

Vea que en ese momento no había condiciones para que reaccionara de otra manera. Busque las cosas buenas que puede obtener de la experiencia y que muy probablemente esté ahora rechazando o ignorando.

Póngase en los zapatos del otro, comprenda sus limitaciones. Está ahora en condiciones de perdonar, es decir, de quedarse en paz con lo sucedido, pero no olvide, para que no se vuelva a repetir. Debe crear un recuerdo que lo ilumine, no que lo oscurezca. Entonces podrá agradecer el daño. Así como lo oye. Y se sentirá ligero, aprenderá a fluir con la vida y se irá feliz y liviano.
07 Octubre 2017 04:00:00
Sin rencores (primera parte)
Si queremos explicarnos por qué “el hombre es el lobo del hombre” y el depredador más sanguinario del planeta, no hay más que buscar en nosotros mismos. Somos el campo experimental por excelencia de nuestras investigaciones en materia de conducta humana.

Sígame en este minúsculo viaje interior para que se convenza: seguramente se ha resentido usted con alguien, alguna vez en su vida. Es decir, vivió una experiencia en la que fue herido, y posteriormente la recicló en varias ocasiones, dándole vueltas al asunto, determinando y reforzando la idea de que fue víctima de una injusticia.

Si ya tiene ese resentimiento de nuevo a flor de piel, vea cómo está indeleblemente acompañado por la necesidad de resarcimiento. Ahora, ¿cuándo fue herido?, ¿cuál es su resentimiento más antiguo?, ¿puede la persona que lo hirió resarcir el daño actualmente?, ¿estaría dispuesta?, ¿mostró en algún momento contrición?, ¿se dio siquiera cuenta de cuánto dolor le causó?

Cuando responda a estas preguntas se dará cuenta de que sus principales resentimientos provienen de su infancia, que la persona que lo hirió está muerta o no quiere resarcirle daño alguno, porque no está arrepentida o simplemente fue malvada, o ni siquiera se dio cuenta del perjuicio causado.

Ahora sabe por qué hay gente tan enojada, iracunda, vaya, agresiva a la menor provocación y desconfiada. Aunque ya no relaciona estos sentimientos con aquel episodio, sigue exigiendo ser resarcida y se siente con derecho a reclamar y avasallar a otros. Ya no ve quién se la hizo, sino quién se la paga.

Eso es lo que le pasa a la humanidad a grandes rasgos. Son mucho más los resentidos que los que perdonan. Muchos más los que evaden el dolor del alma herida y se instalan en el ego humillado.

Aquí está la sutileza que hace la diferencia: el dolor es una cuestión del alma, la humillación del ego. El alma perdona, el ego aplasta a todo el que se relacione con nosotros y acepte la deuda ajena.

El resentimiento es tan grande como fue la ofensa primera, la injusticia original, pero después se alimenta de cualquier conducta ajena que no cumpla nuestras expectativas, y entonces nos volvemos rencorosos, es decir, incapaces de perdonar, tenazmente resentidos, hostiles, explosivos, demandantes, quejumbrosos, gritones, criticones y amargados.

Pero mire dónde está exactamente el núcleo del asunto. Lea esta perla del filósofo rumano Emil Cioran: “Nuestro rencor proviene del hecho de haber quedado por debajo de nuestras posibilidades sin haber podido alcanzarnos a nosotros mismos. Y eso nunca se lo perdonaremos a los demás”.

Exactamente, nos resentimos principalmente con nosotros mismos. Por eso cuando le damos vueltas en la cabeza a la ofensa vienen tantos pensamientos de “le hubiera dicho”, “hubiera reaccionado de tal o cual manera”. No nos perdonamos no haber estado a la altura de nuestras expectativas. Ya no recordamos el dolor, sino la humillación.

¿Cómo podemos darnos cuenta? El dolor da tristeza, la humillación rabia. Ante desastres naturales, como los recientes terremotos, todos sentimos tristeza, porque podemos sentir el dolor tal cual es. No hay manera de resentirse con el planeta. Se trata siempre de otro.

Como cualquiera de nuestros sentimientos negativos, el resentimiento puede convertirse en una patología, llamada rencor, y ésta manifestarse en venganza fuera de objetivo, es decir, aquella capaz de masacrar multitudes indefensas, matar a golpes a mujeres, ancianos, niños o animales. Y si a esas vamos, construir un muro o lanzar una bomba atómica.

Debido al rencor, hoy vivimos como dijera la psicoanalista Amelia Musacchio de Zan, en un mundo de “coleccionistas de injusticias. Primero, construyen o imaginan una situación en la que alguien es injusto y los rechaza. Luego se solazan con la cólera de un arsenal de justa indignación aparentemente en defensa propia. Y por último, se compadecen de sí mismos disfrutando de un placer psíquico masoquista”.
30 Septiembre 2017 04:00:00
Del impulso a la voluntad
Si su voluntad es escurridiza y quebradiza, sepa que no se debe a ninguna debilidad, sino al desconocimiento de su naturaleza espiritual.

A diferencia del impulso, ese actuar sin pensar, para bien o para mal, la voluntad requiere un proceso de raciocinio que, de obedecer a móviles vacuos, puede fracturarse en cualquier momento. No porque se piense se razona, y no porque se razone se hace de manera correcta.

El aspecto volitivo del humano nace del deseo que, para ser tal, debe necesariamente formularse en imágenes, ideas, palabras, de tal manera que su consecución requiere, antes que un plan, una convicción (intención más concentración), o sea voluntad, pero sólo los deseos que nos impulsan al bien, personal y colectivo, despiertan firmes convicciones.

El deseo es ajeno a lo negativo. No es verdad que deseemos mal a otros. En realidad tenemos el impulso de dañarlos, y con ello nos llenamos de odio y resentimiento; cicuta y arsénico para el alma. Si realizamos el daño, comenzamos a morir por dentro. Luego vamos por la vida cínicamente justificándonos, porque seguimos respirando, y haciendo más daño, como zombies comecerebros que ya no pueden actuar de otra manera. En estado de negatividad, sustituimos la voluntad por el ímpetu egótico de control y dominio. Y es que enfrentarnos al mal que hemos hecho es terriblemente doloroso. Lo más doloroso que hay para una criatura cuya esencia es divina, creada para el bien.

Así pues, la voluntad está indeleblemente ligada a la calidad del deseo. Si sus deseos son caóticos, materialistas o resanadores de estructuras internas inhabitables, su voluntad es exigua. Si sus deseos son de altas miras, acordes a su vocación, sus llamados de vida, al bien al que se siente fuertemente atraído, producirán una voluntad de hierro.

Este es el primer motivo por el cual nos falla la voluntad: la vacuidad de los deseos. En lugar de depositarlos en los asuntos del alma: el autoconocimiento, la paz interior, la comunión con otros, los concentramos en las demandas del ego: riqueza, prestigio, fama, poder. Hemos creado un mundo del cual el alma difícilmente escapa, pero ese es el reto evolutivo.

Cuando los deseos van y vienen, la voluntad igual, y cuando llega se quiebra, porque un nuevo objetivo vacuo aparece en el camino para atraernos como la luz a los insectos.

Pero hay un malentendido acerca de la voluntad que es el que más daño nos causa: cuando la confundimos con resistencia. En este mundo de vacuidades, vacuos somos, y tenemos el impulso de llenar esos vacíos con comida, bebida, consumo económico indiscriminado e incluso perversiones de fácil acceso por internet o tipificadas como delitos, hasta desarrollar verdaderas adicciones.

Y a eso queremos enfrentarle nuestra capacidad volitiva. A la resistencia que oponemos le llamamos fuerza de voluntad. Y, claro, siempre se nos quiebra, porque mientras más resistencia presentamos más crece la fuerza que nos empuja.

No existe la fuerza de voluntad. Efectivamente, nuestra capacidad volitiva puede extender una firme convicción en el tiempo, e incluso vencer obstáculos, pero nada tiene que ver con la resistencia. La voluntad sostenida depende de evitar todo aquello que nos distraiga de nuestros objetivos y de una constante renovación de nuestros motivos, lo cual nos lleva a mirar siempre más las soluciones que los problemas.

Vencer impulsos destructivos y adicciones es una cuestión de autoconocimiento, de ir al origen, a la zona oscura, de enfrentarnos a nuestros demonios, pero sobre todo de establecer una red de apoyo y una comunicación directa con la divinidad. Usted solo no puede. Que no le importe si Dios existe o no, mientras le funcione la relación.

El impulso se descarga y cesa, la voluntad se renueva y perdura. Dicho esto, expreso mi potente deseo de que el impulso de ayudar a nuestros semejantes, infortunados o afortunados, se convierta en voluntad.
23 Septiembre 2017 04:00:00
Sensible, solidario. ¡México, qué grande eres!
Días de pena y orgullo en México, sentimientos compatibles sólo cuando por la tragedia el alma humana se engrandece para responder con empatía, solidaridad, compasión, fraternidad, generosidad y valentía.

¡México, qué espíritu tan grande tienes! Fuimos uno y fuimos ese pueblo que estamos amando más que nunca, ese cuya sensibilididad volcada al servicio quisiéramos que se prolongara en el tiempo indefinidamente. Pero la historia nos ha demostrado que si no hacemos algo conscientemente, para que ello suceda, lamentablemente volveremos a involucionar.

Y esta tristísima experiencia nos prueba que aquello que necesitamos depende principalmente de que queramos dárnoslo, no sólo como personas (ese es sólo el principio), sino como colectivo, en esa comunión en que hemos estado estos días.

¿Por dónde deberíamos empezar?, me parece que ha quedado claro: sensibilización. Si los seres humanos en general optamos, tanto ante el confort, como ante la desgracia, por endurecer el corazón –el órgano vital no sólo del cuerpo, sino del alma–, es porque no sabemos qué hacer con la sensibilidad. Nos asusta porque nos hace sentir vulnerables, y ante la vulnerabilidad el miedo nos anuncia el peligro del dolor infligido por otros.

Tan arraigado está ese temor en nosotros, que hemos construido poderosas creencias para reforzarlo, con especial énfasis en lo que a los varones se refiere. Si un hombre es sensible, se le niega la posibilidad de triunfar en los ámbitos que involucran poder y liderazgo (justo donde más sensibilidad se necesita hoy en día); si es vulnerable, se le considera débil.

Pero la vulnerabilidad no es debilidad y la sensibilidad no discapacita. Antes lo contrario. La sensibilidad es el “cable” etérico que conecta al cuerpo con el alma y al alma con el espíritu; por tanto, educada y bien orientada, es nuestra fortaleza; volcada al servicio, nuestra satisfacción personal y el sano orgullo colectivo. La vulnerabilidad, por su parte, es lo que nos permite la comunión con nuestros semejantes.

Sensibilizarnos es espiritualizarnos y espiritualizar todo aquello que pensamos, queremos y hacemos. Debemos educarnos para ello, en nuestras casas, entre nosotros, los que optamos por unirnos en lugar de no hacer nada o incluso cometer tropelías; todos los que estamos guardando luto. Somos muchos, millones, que hoy nos abrazamos con el alma.

Sensibilizarnos por voluntad y no por acontecimientos; no sólo respecto de otros seres humanos, sino de la naturaleza. Cuando Mahatma Gandhi dijo que una civilización puede ser juzgada por la forma en que trata a sus animales, se refería justamente a esto, a la sensibilidad.

Una civilización más sensible es una civilización avanzada en conciencia y por tanto en acción, en convivencia y en cultura. La sensibilidad no se tiene sólo para unos aspectos y para otros no. Es universal y omnicomprensiva. Otra cosa es que nuestras creencias la hayan restringido a determinadas categorías.

Quien se da permiso de ser sensible ama el arte, la belleza, al planeta (que hoy está empeñado en sensibilizarnos), a los animales, las plantas y todo cuanto existe. Empatiza, se solidariza, sirve. Por eso es que las vías para la sensibilización son el amor, la ternura, la compasión, la generosidad, la gratitud, el perdón, la risa. Todo aquello que nos hace sentir bien y en armonía con nosotros mismos. Eso es lo que nos traerá la paz interior.

No permitamos que en su natural curiosidad nuestros niños maltraten animales o incluso plantas, se burlen de sus compañeros o sean destructivos y descuidados con sus objetos personales. No permitamos a nuestros adolescentes ser crueles con otros, desconsiderados con nosotros, eufóricos en sus diversiones, desobedientes en sus obligaciones.

No nos permitamos a nosotros mismos ser indiferentes ante ello. No nos dejemos llevar por el odio y el rencor. Privilegiemos el orden y la cortesía, la honestidad y la solidaridad. Así podremos tener a diario el México que tanto amamos.
16 Septiembre 2017 04:05:00
¿Quiere o tiene qué...?
Todos los seres humanos buscamos estar bien. Es nuestra tendencia natural. Por tanto, estar mal es solo el punto de partida, y si nos hemos quedado ahí muchos años es porque no hemos sabido cómo avanzar y hasta hemos encontrado nuestra muy particular forma de bienestar dentro del malestar, es decir, hemos creado una zona de confort.

Y es que avanzar es ir hacia adentro, aunque persistamos en hacerlo hacia afuera. Avanzar requiere un estado de calma que nos permita observarnos para saber qué hay en el espacio interior multidimensional donde habita el alma, ese lugar que no es un lugar, en un tiempo que no es un tiempo, al que hay que ir para encontrar todas las respuestas.

Planteado así el hogar del alma, tal cual es, asusta la sola idea de ir. Es lo ignoto, lo desconocido, y por eso huímos hacia lo que Don Sabiondo, el ego, cree que podemos conocer, ergo, controlar: el mundo de lo material. Entonces aceleramos cada vez más en la carrera de los logros sociales, laborales y económicos, buscando ahí lo que no está.

Pero, oiga, es que no se trata de tirarse a un precipicio sin fondo. Hay escalones, y el primero de ellos es aprender a discernir cuáles son nuestras verdaderas motivaciones para hacer lo que hacemos. Y le anuncio, en cuanto aprenda a descubrirlas, sentirá lo que es el verdadero poder personal, el que está irremisiblemente anclado a la responsabilidad.

Impulsos y deseos. Ahí tiene los motivos, el material de análisis. Ahora unas reflexiones para distinguirlos: Tenemos por un lado el deseo original de experimentarnos, y a partir de este, más deseos de nuevas experiencias, tanto sensibles (las que podemos tener a través de los sentidos) como espirituales. Para experimentarnos tenemos que vivir, lo que implica necesitar, físicamente: comida, bebida, cobijo, descanso y sexo; psicológicamente: seguridad y bienestar, este último en su más pura acepción de sentimiento positivo, sea alegría, gratitud, compasión, amor, etc.

Las necesidades no satisfechas nos producen una tensión o pulsión interna, una punzada de dolor. En el caso de las sensibles o físicas, se vuelve insostenible, de tal manera que nos vemos impelidos a descargarla subsanando el problema, sin que la voluntad pueda mediar, a riesgo de morir y enloquecer antes, si nos resistimos. A esto lo llamamos impulso vital

El impulso vital es instintivo, es decir, parte de ese mecanismo autosustentable de adaptación y supervivencia que nos permite no tener que estar acordándonos constantemente de atender lo primordial para vivir.

Mientras las necesidades sensibles se satisfacen en su totalidad a través del mundo material y su impulso es imperativo, las sicológicas, no. Estas requieren mucho más, deben ser exploradas y su pulsión calmada por otros medios, el raciocinio uno de ellos, la meditación otro, la expansión del ser el mejor: dar y amar.

En la satisfacción de estas necesidades es donde nos enredamos. No es lo mismo lo que necesitamos que lo que deseamos ni lo que realizamos por deseo que lo que hacemos por impulso.

Así pues, tener las cosas que satisfagan mis necesidades básicas de carácter sensible es un impulso imperativo; que sean de tal o cual manera para que me proporcionen determinadas sensaciones es un deseo.

El problema está en las necesidades psicológicas, porque las hemos identificado completamente con las físicas, creando así el impulso artificial de lograr, retener y acumular, pero como en el mundo material no está aquello que puede colmarlas, se convierten en carencias, transformando los impulsos en compulsiones, obsesiones y adicciones, que son aún más imperativas que la pulsión misma.

Y con ello mueren los deseos de virtud y expansión del ser a través de dar y darse. El alma duerme. Ser amado se convierte en necesidad, pues no amamos. Entonces el otro es la fuente de mi bienestar y mi seguridad.
09 Septiembre 2017 04:00:00
Deseo, luego existo
Partamos de la idea de que la mente o la inteligencia universal deseó experimentarse a sí misma y creó todo cuanto existe. Si como es arriba es abajo (afirmación de Hermes Trismegisto que ha confirmado la Física más avanzada), el deseo original y primordial del ser humano es también experimentarse a sí mismo, y para ello necesita vivir, de ahí que se aferre a la vida.

Necesidad y deseo, pues, no son lo mismo, aunque los confundamos frecuentemente. Necesitamos alimentarnos, cobijarnos, amar y ser amados, reproducirnos y desarrollarnos para satisfacer la necesidad de vivir y, así, realizar el deseo de experimentarnos.

La necesidad es entonces, es su aspecto más básico, aquello sin lo cual no podemos vivir. Todo lo demás es deseo, impulso de experimentación, que realizamos a través de las emociones y los sentimientos.

En la medida en que nos desarrollamos, continuamos deseando, porque la fuerza motriz llamada deseo no cesa; entonces la colocamos en todo lo que nos rodea, particularizándola y, con ello, dando relevancia a aquello en lo que la depositamos específicamente.

Conforme deseamos experimentar más sensaciones y emociones, ancladas por los cinco sentidos a un mundo material cada vez más incitante, creamos nuevas necesidades, muy sofisticadas algunas, para realizar deseos determinados. Y en esta espiral nos hemos extraviado.

Fundamentalmente, porque hemos confundido lo que deseamos con lo que necesitamos; tanto, que hablamos de satisfacer nuestros deseos y no de realizarlos, y hemos referido cualquier necesidad, por vana que sea, a la satisfacción de las primordiales.

Así pues, hay quien no tiene claro que desea, por ejemplo, ser delgado y atractivo según los cánones de su época, sino que cree necesitarlo, tanto como amar y ser amado; de hecho, con mayor intensidad, porque supone le garantizará la satisfacción de esa necesidad básica.

Confundido con la necesidad, el deseo se vuelve más vehemente, hasta doler, en la medida en que es más difícil “satisfacerlo”. Y en lugar de funcionar como esa fuerza motriz que nos lleva a evolucionar –porque nos permite trascendernos a nosotros mismos, experimentándonos de maneras cada vez más complejas–, su realización se convierte en la redención de todo malestar.

Así que vamos y adquirimos ese auto, esa hamburguesa, el reloj, el adorno de casa, el último modelo de teléfono, etc., buscando no su utilidad, sino alivio temporal a esa angustia que nos viene del miedo a no satisfacer nuestras necesidades primordiales o a perder lo que hemos conseguido.

Hay quien dice que la naturaleza del deseo es caprichosa, pero no es así. El deseo es lo que es. Nuestra mente, caótica e indisciplinada, desea todo aquello en que ponemos la mirada, con mayor o menor intensidad según el caso. Y no nos damos cuenta de que educándonos para desear correctamente, estamos colocándonos al pie de la escalera que nos llevará a la mejor versión de nosotros mismos.

Lo principal es dejar de soñar y comenzar a tener propósitos claros, firmes, o sea, formular deseos objetivos, realistas, con la convicción de que eso “se hará”. Así podremos deshacernos de aquellos otros que solo nos distraen.

Hay que tener claro además que la finalidad de realizar nuestros deseos no es sentirnos satisfechos, porque el deseo siempre levanta el vuelo y va a depositarse en otra parte. Ver nuestros deseos hechos realidad es probarnos a nosotros mismos que somos capaces de alcanzar lo que nos proponemos, y eso sí que da satisfacción, una muy diferente a la de colmar una necesidad.

Es la satisfacción que nos impulsa a seguir poniéndonos metas cada vez más altas, retos, sino los cuales el ser humano pierde el propósito y el sentido de vida. Cada meta coronada es una nueva y expansiva experiencia en nuestro camino de evolución espiritual. Lo material solo es la herramienta, el medio, nunca el fin.

Deseo-emoción-razón, un triunvirato que nos lleva a buen destino o al precipicio.
02 Septiembre 2017 04:00:00
¡Qué emoción!
Somos seres espirituales porque somos seres emocionales. Las emociones y los sentimientos son el camino hacia nuestra alma. Pero para conocer bien el lugar de destino hay que ir varias veces y, por tanto, hay que recorrer en múltiples ocasiones el camino. Y así, para llegar cuando menos vivos, debemos limpiarlo, allanarlo y hasta corregir su trazo.

Nuestra principal forma de percibir el mundo, a través de los cinco sentidos, no sólo no es la única, ni siquiera es la trascendental, aunque sí imprescindible. Podemos sentir a Dios, a nuestra alma, a la ajena y muchas otras cosas más que no podemos ver, oír, tocar, oler o degustar.

Un simple ejemplo: no hay ser humano que no perciba “las vibras” de otro. ¡Oye, qué buena vibra tiene ese cuate! o ¡híjole, qué malvibroso! En esta simple y cotidiana percepción está usted viviendo en el mundo espiritual.

La buena o la mala vibra de cualquier persona es resultado de sus emociones, positivas o negativas, que no son otra cosa que vibraciones, igual que los pensamientos, que nuestros cuerpos y todo cuanto existe, por sólido que parezca.

Así pues, la emoción y el sentimiento nos hacen uno con todos nuestros semejantes a nivel espiritual y tan cotidiano que ni nos damos cuenta. La vibración nos hace uno con todo el universo.

Decía la poetisa y activista australiana Judith Wright: “Los sentimientos y las emociones son el lenguaje universal que debe ser honrado. Son la expresión auténtica de quiénes somos”.

Por eso, el camino al desarrollo humano no es el del bienestar material que tanto ambicionamos, sino el del equilibrio emocional. Nuestro destino, nos guste o no, lo creamos o no, es alcanzar todo nuestro potencial espiritual.

Ese desarrollo consiste principalmente en elevar nuestro nivel vibratorio, es decir, partir del polo negativo hacia el positivo. He ahí por qué son tan necesarias las emociones negativas: no sólo nos indican que algo anda mal, son el referente de las positivas. Desafortunadamente es muy fácil estancarse en ellas.

Transformarnos espiritualmente es hacer alquimia emocional, a la mano de cualquiera que desee cumplir su inevitable destino –convertirse en un ser de luz–, sin el aprendizaje del sufrimiento, pero ayudado por el dolor como revelación, liberación y purificación.

No se pueden evadir ni el camino ni el destino, porque no existe otra cosa. Pero nos podemos tardar vidas en el trayecto. La razón que busca la verdad, no la que refuerza el autoengaño, se impondrá tarde o temprano, para ir en busca de las emociones y transformarlas, armonizarse con ellas y, finalmente, darle al ser todo el poder de que es capaz.

Mientras la razón marca la dirección, la emoción es el motor, o sea, la voluntad humana que todo lo mueve. No hay voluntad sin emoción. Pero, ¿quién enciende el motor? Expliquémoslo en un paralelismo con la física más avanzada: todo cuanto existe está contenido en la materia oscura, cuya denominación se debe a que no emite radiación electromagnética, pero contiene partículas, de las cuales se considera al bosón de Higgs la más elemental, es decir, la que puso en marcha la creación del universo. Espiritualmente, la materia oscura es la “mente universal” y la partícula, el deseo.

Se dice en hermetismo (la escuela espiritual de Hermes Trismegisto, incomprensible aún para la mayoría de los seres humanos) que la mente universal deseó experimentarse a sí misma para ser consciente de su existencia, y entonces creó todo cuanto es. Creó el Ser. Por eso, como es arriba es abajo. Somos microcosmos dentro del macrocosmos.

Todos, como parte del Ser, somos y nos expandimos gracias al deseo, que se concreta con el lenguaje, se convierte en voluntad a través de las emociones y en meta mediante la razón. Cuando lo eduquemos, estaremos preparados para recorrer el camino seguros y confiados.
26 Agosto 2017 04:00:00
¡Qué emoción!
Estoy viendo dos moscas danzar en el aire al ritmo de la música de Mozart. Primero pensé que eran ideas mías, así que las observé atentamente por largo rato. ¡No! Efectivamente, llevan el ritmo a la perfección y con absoluta gracia.

No sé si pueden oír, pero en todo caso sienten la vibración, y se ven felices, gozosas. Creo que no podré volver a matar ninguna. En este momento me parece valiosísima su vida, porque están en el aquí y el ahora plenamente.

En tanto las observo, absorto, hago lo mismo. Cuando redirijo la atención hacia mí de nuevo, me doy cuenta de que me he quedado con un sentimiento intenso de alegría, pura y llana. De pronto, ¡clinc, clinc, clinc!, me caen todo los veintes: ¡papando moscas se puede alcanzar el nirvana!

He creado un instante de paz interior y ternura. En cuanto me alejé de mi vocerío interior y me dejé sentir con las moscas y a través de las moscas, desapareció por un instante, eternamente memorable, todo aquello que ha venido poniéndome el pie en la vida: mis indómitas y las más de las veces ignotas emociones negativas.

No hay emociones ni buenas ni malas. Sólo son lo que son. Las llamamos positivas o negativas por sus efectos en la mente, el cuerpo y la realidad subjetiva. Aunque le suene raro, existe la realidad subjetiva: aquella que cada uno de nosotros considera realidad.

Y esa realidad responde no a la forma en que pensamos, sino en que sentimos. Son las emociones –englobando en este concepto tanto a éstas como a los sentimientos–, las que tienen el poder de crear, para mal o para bien, todo cuanto a usted se le ocurra. El pensamiento es solo el timonel del barco y también hace de vigía.

Una emoción enferma junto con un pensamiento ídem (no importa si fue primero el huevo o la gallina), crean todas aquellas desgracias a las que usted tanto teme. Si usted endereza el pensamiento, pero no la emoción, el efecto será el mismo. La emoción manda.

El proceso creativo de la mente: atención-intención-concentración, no sería tal sin la emoción y la armonía de ésta con el pensamiento, es decir, la congruencia. Pero es en la emoción donde está la clave de todo lo que quiera hacer usted con su vida. Mucha emoción en la intención y moderada en la concentración, para que no se vuelva obsesión, es lo que mueve el universo a su favor. Ya señalaba Eduardo Punset: “Sin emoción no hay proyecto”.

O, como decía Carl Jung: “La emoción es la principal fuente de los procesos conscientes. No puede haber transformación de la oscuridad en luz ni de la apatía en movimiento sin emoción”.

Si en la emoción radica realmente nuestro poder como criaturas vivas, ¿por qué no nos estamos educando unos a otros para sentir en positivo? ¿Porque cabalgamos por la vida sobre emociones desbocadas sin siquiera darnos cuenta de que vamos rumbo al precipicio? ¿Por qué tratamos de no sentirlas y de pasarle la batuta al pensamiento, cuando está imposibilitado para ser el maestro de la orquesta?

Bueno, porque educarlas duele. Le duele al niño renunciar a su capricho y le duele al adulto renunciar al niño encaprichado. Le duele al niño no ser el centro del universo y le duele al adulto soltar a su majestad el bebé. Ni se diga cuando tenemos motivos reales o hasta trágicos para huir del dolor.

Al alejarnos del dolor nos alejamos en general de nuestro mundo emocional y de la posibilidad de autoconocimiento. Saber quiénes somos, por qué y para qué es un camino laberíntico interior que nos lleva a nuestro propio centro, donde está el verdadero poder de cada ser humano, no en la ilusión de fama, fortuna y reconocimiento que hemos creado como remedo.
19 Agosto 2017 04:00:00
Puros cuentos
Dios dispone, llega el ser humano, todo lo descompone y le echa la culpa al Diablo, es decir, se justifica.

“Es que tú...”, “yo no fui...”, “no tuve otra opción”, “era necesario”, “no pude evitarlo”, “a mí no me va a pasar”. Acusación, negación, evasión y hasta cinismo, para no asumir la responsabilidad por lo que decimos, pensamos y hacemos cuando no es correcto.

Porque esa responsabilidad duele. Efectivamente, vivir duele. No hay manera de evitarlo, pero sí de sobreponerse, templándose, para lo cual es necesario entender la función del dolor.

En sicología existe un término para describir lo que pasa cuando hay conflicto interno: disonancia cognitiva. Se le explica como la tensión o desarmonía del sistema de ideas, creencias y emociones de una persona que está teniendo al mismo tiempo dos pensamientos confrontados o un comportamiento censurado por sus creencias.

En la vida cotidiana es más fácil de comprender: la voz de la conciencia nos indica que hicimos mal, y para que lo entendamos bien produce dolor. Nos está diciendo: “admite, corrige. Es probable que para ello tengas que cambiar, pero solo así estarás en paz contigo mismo”. En tanto, el miedo grita “nooooooooooooo, te va a doler muchoooo”.

Así pues, la tensión de que hablan los psicólogos es una punzada de dolor que rápidamente nos disponemos a evitar, porque el miedo nos dice que crecerá hasta volverse insoportable. Y para encontrar alivio inmediato, aunque momentáneo, recurrimos a la más sofisticada de las mentiras: la que nos contamos a nosotros mismos, llamada autoengaño, el más perfecto artificio del cerebro humano.

Como somos seres racionales, nuestro escudo está hecho de falacias argumentadas, algunas extraordinariamente bien construidas –por un razonamiento brillante, pero enfermo–, de las cuales, claro, estamos perfectamente convencidos, porque de otra manera no sería posible convencer a los demás.

Y así es como convertimos esa serie de razones y argumentos llamada justificación, de una loable forma para demostrar que algo es justo y correcto, en una argucia para hacer que lo injusto e incorrecto parezcan todo lo contrario, o por lo menos sean admisibles.

Por supuesto, nos justificamos primero ante nosotros mismos, porque ese “orden” mental ficticio es el que alivia la punzada de dolor que, de una vez le comento, no crecerá. Además, todo dolor es soportable si se sabe cómo asumirlo.

El alivio es, como ya se dijo, momentáneo. Los embates de la conciencia no cesarán, de manera que para combatirla tenemos que insensibilizarnos cada vez más. La negación es el medicamento inhibidor. A mayor nivel de insensibilidad, mayor capacidad de realizar actos altamente reprobables, aun siendo lo que se considera una buena persona.

Lo paradójico de esto es que la insensibilidad duele más que la conciencia, e incluso –recurriendo a la idea del epígrafe—que el pesimismo más negro. Y es que el medicamento no ataca el mal, sólo el síntoma. El dolor en el fondo va creciendo, sordo e implacable, hasta convertirse en un sufrimiento que todo lo invade: ese vacío que amenaza con tragarnos, ese desasosiego que sólo podemos combatir en desventaja con euforia, la que dan, por ejemplo, las adicciones.

Y esta es la endeble plataforma desde la cual despegamos en busca de una utópica felicidad, ese planeta donde todo va a estar bien eternamente, donde nada que nos duela pasará, nada que cambie lo que ya somos y nada que nos ponga fuera de lugar.

Todo sabemos en el fondo que nos autoengañamos y engañamos a los demás, aunque ya ni siquiera nos demos cuenta de en qué consiste cada una de nuestras mentiras ni en qué momento de nuestra vida nos contamos esos cuentos chinos. Mientras más neguemos esto, más nos autoengañamos.

Nos volvemos cómplices unos de otros, creamos la matrix y, una vez más, convertimos un mecanismo psicológico de protección en un arma de destrucción planetaria.
12 Agosto 2017 04:00:00
Dónde está el mérito
Más allá de la escueta definición de diccionario, el mérito es el valor que otros le otorgan a lo que usted logra, para juzgar qué se merece o para calificarlo o descalificarlo en lo que al éxito respecta y, con ello, elevarlo o arruinarlo.

De ahí que, como pensaba Oscar Wilde, el truco del mérito está en lo que los demás creen que usted hace y no en lo que realmente hace. De lo contrario, tendríamos que evaluarnos como lo propuso William Shakespeare: de tratar a cada uno según sus merecimientos, ¿quién escaparía al látigo? 

Le voy a poner un ejemplo: Nicola Tesla (1856-1943) es reconocido hoy (todavía por una minoría) como el más prolífico inventor de la historia de la humanidad. Sin embargo, fue tratado con la punta del pie por la mayoría de sus colegas y amigos, algunos de los cuales se adjudicaron y patentaron sus inventos.

Mientras ellos se llevaban el mérito, la fama y la fortuna, Tesla vivía en la pobreza y era tildado de loco. No pocos entre quienes se apropiaron de sus inventos siguen conservando los laureles, porque se convirtieron en iconos de la modernidad, en la que el mérito ya no está en la sabiduría, en la creatividad y la genialidad que a Leonardo Da Vinci, entre otros, le granjearon mecenas.

Hoy el mérito se coloca en la productividad y el emprendimiento empresarial, porque es lo que al mundo en expansión industrial y tecnológica conviene. Pasó de ser una consecuencia del impulso creador y creativo del alma, a un cultivo del ego acumulador de bienes y aplausos; dejó de privilegiar la originalidad y premió la imitación; redujo la genialidad a una cuestión genética y fabricó un ejército de hacedores ciegos.

Esta gran diferencia en la colocación del mérito es lo que tiene a la humanidad de rodillas, pues poquísimo reconocemos a quienes hacen cosas creativas y brillantes en beneficio de la colectividad, y mucho a quienes compiten persiguiendo riqueza sin generosidad, poder sin compasión, fama sin buen ejemplo y autoridad sin experiencia. Incluso, se margina y hasta castiga a cualquiera que ose inventar cosas útiles, pero poco redituables o hasta amenazantes para los grandes capitales.

Todos podemos ser genios (ya lo dijo con razón Stephen Hawking) y hacedores o emprendedores. Estas cualidades no se excluyen una a otra. Antes bien, podemos equilibrarlas. Lo importante es comenzar a pensar colectivamente.

Tampoco se trata de demeritar el mérito: somos seres sociales y necesitamos estimularnos unos a otros. Pero para crecer juntos, en lugar de canibalizarnos, debemos entender claramente qué vamos a premiar, en qué medida y bajo qué circunstancias, porque ni el fin justifica los medios (la aseveración contraria es simplemente una cínica justificación) ni todos tenemos igualdad de circunstancias (algunos tienen ventajas, otros desventajas) ni todos pretendemos lo mismo (de manera que no se nos puede evaluar por no obtener lo que no queremos).

Justo por eso es que los argumentos que privilegian el mérito sobre la cuota de género se caen estrepitosamente. Primero hay que emparejar el piso, es decir, garantizar condiciones de equidad, para construir después la escalera.

El mérito es al fin y al cabo una ficción del intelecto humano, una construcción conceptual que nos permite organizarnos socialmente. El problema está en que lo convertimos en un sistema (meritocracia), para competir unos con otros en vez de colaborar, para ser superiores a los demás y aplastar a los de abajo.

Si cada uno de nosotros cambia el objetivo del mérito en su vida, no sólo nos liberaremos del estrés que significa la carrera a ciegas por ascender, sino que introduciremos al colectivo una semilla de cambio.

Desempoderaremos al ego y liberaremos al alma. Al fin y al cabo el que necesita el mérito es el ego; el alma, sólo abrazos.
05 Agosto 2017 04:00:00
Sarcasmos
El éxito puede ser simplemente la culminación de algo o un resultado satisfactorio, pero como concepto social no se trata de otra cosa más que de buena aceptación a partir de cumplimentar méritos y logros impuestos y juzgados por otros que siempre querrán estar por encima de nosotros. Este éxito no es un ideal de mejoría, sino un rasero, siempre limitante. De ahí que sea tan efímero y a veces imposible.

Por eso, una y sólo una es la clave del verdadero éxito: cambiar de aceptante, del otro, cualquiera que este sea, a uno mismo. Habrá que sacrificar por supuesto lo que la mayoría busca verdaderamente (aunque no lo reconozca) cuando persigue el éxito: el placer que causan la admiración y la envidia ajenas, en sustitución de la felicidad que está oculta ahí donde no estamos pudiendo llegar: nuestro auténtico ser.

La mayoría de las personas trata de saber quién es y de encontrar el sentido de la propia importancia a través de la mirada ajena, esa a la que nunca le dará uno gusto; antes, todo lo contrario. Ya decía el escritor y orador motivacional Jim Rohn: “Si no diseñas tu propio plan de vida, hay muchas oportunidades de que caigas en el plan de otra persona. Y adivina qué han planeado para ti. No mucho”.

La idea de buscarnos en los otros se debe a la necesidad de tener una identidad colectiva, de la cual partir para saber lo que como individuos somos, pero hay quienes se estancan ahí, en la aprobación ajena, porque la búsqueda de sí mismo está empañada por la carencia de la mínima aceptación que le debían sus progenitores, de manera que tratan de obtenerla de cualesquiera otros que puedan representarlos.

Tal carencia de aceptación significa, por otra parte, un obstáculo para la felicidad, que sólo se encuentra en la conexión profunda con uno mismo, muy difícil de lograr si no se tuvo antes con los padres.

Ahora, el cambio de aceptante tampoco es fácil, puesto que uno se ve a sí mismo con la exigencia y hasta el desprecio del rasero ajeno e incluso el fraterno. Por eso el éxito no puede ser un proyecto de cinco pasos ni una receta de tres ingredientes.

Tiene que ver con el trabajo interno que hay que llevar al cabo para salir del cautiverio de la opinión ajena, las creencias limitantes, las costumbres depredadoras, la competitividad desgarrante.

Cada uno de nosotros, como aceptante de sí mismo, puede ser aún más cruel e inflexible que los demás si no hay un camino de desarrollo emocional y espiritual. Creemos inconscientemente que si nos exigimos perfección y la logramos no habrá quien pueda rechazarnos. La gran falacia humana, porque la plena aceptación ajena nada tiene que ver con nuestros logros, sino con la empatía y la compasión, el amor.

Así pues, cuando logramos darnos eso a nosotros: compasión y amor, entenderemos que no hay aceptante más importante en nuestras vidas que nosotros mismos. Disfrutaremos más el hacer que el lograr. Ahí está el éxito: hacer lo que queremos y alcanzar lo que nos proponemos siendo lo que sí somos. Eso es lo que los demás finalmente reconocerán.

Ahora bien, juzgado por uno mismo, el éxito al final desaparece como marca en el camino propio, porque siempre es un atributo adquirido para exhibirlo ante los demás. Nos dejará de importar, pues, y nos habremos liberado de un inmenso peso que había venido causando estrés, frustración, irritabilidad, soberbia, envidia, egoísmo, baja autoestima, etc.

Se abrirán todas las puertas, porque ya nadie más que nosotros las custodia. Todo y todos actuarán en nuestro favor. Nos ayudarán tanto quienes nos perjudican como quienes nos apoyan, porque buscaremos crecer y no complacer. Propiciaremos las oportunidades y veremos que las casualidades son causalidades. Seremos felices.
29 Julio 2017 04:00:00
Más allá de los alegatos
Más allá de las posturas y los alegatos entre actores políticos, está la democracia, ese sistema creado justamente para propiciar un equilibrio en la diversidad, que garantice equidad a todos los participantes en los procesos electorales y respeto a los derechos de todos los ciudadanos.

Para dar tales garantías existen leyes, de las cuales derivan instituciones exprofeso, cuya legitimidad y fortaleza provienen más de la confianza de los actores políticos y los ciudadanos, que de su oficialidad.

Por eso es que la gobernabilidad, es decir, la cualidad de gobernable, de cualquier país, comienza con la confiabilidad de sus órganos electorales, una de cuyas principales funciones es asegurar la limpieza y la transparencia de los comicios y, por supuesto, de su propia operación.

Dicho esto, imagínese las repercusiones de los evidentes y sobresalientes malos manejos, tropiezos y “descuidos” en el proceso de fiscalización del gasto de campaña en las recientes elecciones en Coahuila, algunos de ellos notoriamente intencionales, con el afán de anular la elección, violentando con ello los derechos políticos –ergo humanos–, de la mayoría de los votantes, que favoreció a Miguel Riquelme.

Años nos costó a los mexicanos darle al Instituto la confiabilidad que perdió de un tajo. Pero recapitulemos: como la oposición no pudo demostrar el fraude electoral que tanto presumió para Coahuila, pero que nunca hubo –en primera instancia porque no existe como figura jurídica, se trata únicamente de una argucia argumentativa–, recurrió a la acusación del rebase en los topes de gastos de campaña, incluso a sabiendas de que la falta era en realidad suya.

Sin embargo, el Partido Revolucionario Institucional comprobó en tiempo y forma que gastó conforme a la norma, y que por tanto Miguel Riquelme ganó legal y legítimamente.

A pesar de ello, o por ello, se resolvió en contra, haciendo valer lo inválido: reformas al Reglamento de Fiscalización que no fueron publicadas en el Diario Oficial de la Federación, como mandata el Artículo 43 de la Ley General de Instituciones y Procesos Electorales, y ni siquiera en la Gaceta del Instituto, como lo establece el Artículo 27 del Reglamento de Sesiones del Consejo General. Se trata de un acto por demás impugnable, porque también viola la garantía de certeza jurídica, de acuerdo con la cual debían fiscalizar aplicando la misma norma con que se gastó y se comprobó el gasto.

El resultado, ficticio por supuesto, es que el PRI gastó de más; el real es una traición no sólo a la mayoría de los coahuilenses, que votó por Miguel Riquelme, sino a todos los mexicanos, que veníamos confiando en el Instituto.

No hay nada que excluya el requisito de publicidad de las leyes. La ignorancia de las mismas no excusa de su cumplimiento, justo porque han sido dadas a conocer oficialmente y con suficiencia. El INE no lo cumplió.

El acuerdo inédito es el INE/CG875/2016 que, entre otras reformas, adiciona un Artículo 46 bis y una fracción VII al inciso d, del numeral 1 del Artículo 143, normas inválidas bajo las cuales se determinó el rebase en el tope del gasto de campaña del PRI y solo del PRI. Se puede encontrar en: sitios.te.gob.mx/normativa_fiscalizacion/media/files/cfd78c9eea1a5ed.pdf, liga sin validez para ser publicación oficial.

Hay quienes, confundidos o malintencionados, aseguran que las reformas sí están en el DOF, y citan una publicación del 6 de julio de 2016, cuando el acuerdo se tomó cinco meses después.

Afortunadamente, no es el Instituto de estos consejeros perversos el que tiene la última palabra sobre los gastos de campaña –que no, ¡ojo!, la legalidad de la elección. Ese es otro proceso–, sino el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, que ha dado ejemplo de imparcialidad y criterio vanguardista, no sólo en materia de derechos políticos, sino humanos en general.
22 Julio 2017 04:00:00
La declaro inocente
“La vida nunca me dio oportunidad”, “la vida ha matado mis sueños”, en resumen: la vida tiene la culpa. Este tipo de pensamiento insensato predomina en la mente de la mayoría de los seres humanos, arraigado en lo más profundo del inconsciente, impidiendo el desarrollo de su gran potencial creativo y creador.

Pensar con insensatez es lo que nos lleva a ver las oportunidades no como el momento idóneo para aprovechar o evitar algo que hemos venido propiciando, sino como premios de lotería que ganamos sin comprar boleto, y a nuestros llamados de vida como sueños volátiles que hay que perseguir contra viento y marea antes de que nos los arrebaten.

El pensamiento insensato es producto de la indisciplina mental, que a su vez tiene origen en el total descuido, e incluso el desconocimiento, de un proceso que es la clave de todo éxito o fracaso, y de cuyo poder transformador depende no solo la calidad de nuestra vida, sino la del planeta y el cosmos: se trata de la cadena atención-intención-concentración.

Usted no es producto, sino productor de sus circunstancias, aún de aquellas que no parecen tener relación con sus asuntos, porque todo en el universo está conectado a un nivel que ni siquiera podemos imaginar. Y las produce mediante este proceso.

Hablemos primero de cómo funciona para mal: se sufre una herida de infancia, a partir de la cual se pone atención en todo aquello que represente una amenaza; a esto sigue la intención de evitarlo, que incrementa la atención, hasta que se convierte en concentración, o sea, focalización sin distracciones, puesta en la herida y en la gente o la situación que puede infligirla, de tal manera que vamos hacia ella derechitos y sin obstáculos, porque no vemos nada más, y ¡zaz!, nuevamente nos lastiman.

Expliquemos ahora cómo opera este proceso mental a nivel de realidad cuántica, para que produzcamos las cosas buenas, las bendiciones, los milagros, la verdadera magia: todos llenamos de energía aquello en lo que ponemos atención, y aquello de lo que la apartamos pierde fuerza. Por tanto, una atención selectiva nos permitirá realizar cambios en nuestras vidas. Si llenamos de energía lo que no disgusta, eso es lo que obtendremos, porque a eso es a lo que le estaremos dando poder.

Tras la atención, sigue el aspecto volitivo, la intención, el para qué. La voluntad, dicen, mueve montañas. La energía, que es información, comienza a organizarse para dirigirse hacia el objetivo. Es entonces cuando percibimos lo que llamamos casualidades, que en realidad son indicios o señales de que todo se encamina hacia la realización.

Para concretar, se requiere concentración en el desarrollo de los acontecimientos, de manera que se haga lo pertinente en el momento oportuno. En esto consiste la verdadera oportunidad, no en algo que alguien buenamente nos da sin más.

Este proceso solo es fácil cuando resulta en desastre. Solito camina. Cuando lo aplicamos para bien se pone difícil, porque tiene truco: el desapego, que es lo que da carácter cuántico y espiritual a la atención, la intención y la concentración.

La expectativa –dependencia del resultado– pervierte el poder de la cadena y lo pone al servicio del ego controlador, que quiere manipular cada circunstancia para alcanzar su objetivo. Pero la única manera de entrar en control es dejar de controlar, dejar a la mente universal hacer su chamba, que es crear todas las condiciones y circunstancias necesarias para que se cumpla la intención.

El desapego es indispensable para que el universo opere en nuestro favor. Si nos empeñamos en decirle cómo desde nuestra pequeñez, nuestra pobre imaginación y las ínfimas posibilidades que podemos vislumbrar, estamos matando el milagro y cerrándonos las puertas.

Finalmente, convénzase de que “se hará en el mejor momento”, y ese no lo decide usted.
15 Julio 2017 04:00:00
Heridos, de vida y no de muerte
No existe ser humano que no tenga heridas de la infancia. De hecho, son un paso obligado para la evolución espiritual.

La forma en que impactan depende tanto de la gravedad de las heridas como de la manera en que se internalizan, pero todos comenzamos por enviarlas temporalmente a un segundo y hasta tercer plano de la conciencia, pues no estamos preparados ni maduros aún para procesarlas.

Conforme crecemos, los menos se vuelven resilientes naturales: aquellos que rápido las hacen conscientes, las procesan emocionalmente de manera positiva y las convierten en experiencias provechosas.

Los más, las llevan y actúan durante gran parte de su vida, si no es que toda. Dentro de estos, hay quienes las niegan, o las reconocen pero huyen al universo del intelecto; las portan como lanza en ristre para desquitarse con lo que se ponga enfrente, o crean una imagen de contracultura –desde los emos hasta los haters–; se encierran en la vanalidad y la vanidad, o desarrollan adicciones –desde las prohibidas hasta las promovidas–; quienes actúan como víctimas eternas o se convierten en victimarios, cínicos o culpígenos, y quienes –la mayoría, por cierto– desarrollan varios de estos patrones.

Como paso obligado hacia la espiritualidad no basta con tenerlas, hay que sanarlas, y para ello hay que revivirlas –primer escalón que a todos horroriza–, procesarlas emocional y mentalmente –desde el adulto capaz de autodominio–, convertirlas en experiencias enriquecedoras para adquirir sabiduría y, finalmente, traducirlas en las actitudes y conductas de un ser humano que se ocupa en alcanzar la mejor versión de sí mismo.

Algunos pueden solos; otros –casi todos, de hecho– necesitan ayuda y compañía. Pero en ambos casos se trata de quienes dan el paso obligado. La mayoría de las personas se muere evadiéndolo. Esto no hace a los primeros mejores que los segundos, a menos que se juzgue la diferencia desde el punto de vista de que sólo hay una vida para fallar o cumplir. Si pensamos en la eternidad del alma y del espíritu, únicamente están en momentos y posiciones diferentes en la escala de la evolución, que es más colectiva que individual.

Para ayudarnos a dar el paso obligado, los especialistas han planteado diversas clasificaciones de heridas de la infancia. La más popular es la que las divide, de acuerdo con lo que causan, en: miedo al abandono, miedo al rechazo, miedo a la humillación, miedo a la traición o a confiar y miedo a la injusticia.

En tanto no sanemos las heridas de la infancia viviremos con miedo: el gran deformador del ego humano, el mayor obstáculo para la evolución del espíritu, la monstruosa creación del pensamiento indisciplinado, el catedrático del sufrimiento, el hater de todas las redes sociales, virtuales y reales.

El miedo es tan invasivo que le pone trampas aun a quienes están trabajando para dar el paso obligado de sanar sus heridas: debido a que lo primero que hay que hacer es lo más aterrador, o sea, revivirlas, quienes ponen atención y esfuerzo en la inteligencia emocional tienden a justificar a sus padres en lugar de compadecerlos, comprenderlos y perdonarlos.

No es lo mismo entender mentalmente las circunstancias y problemas personales que llevaron a nuestros padres a maltratarnos o les impidieron darnos lo que necesitábamos, que comprenderlos con el corazón y el alma, en un ejercicio de empatía y amor.

Para llegar ahí podemos imaginarlos como los niños a los cuales el adulto que ahora somos les proporcionará, sin ningún resentimiento ni remanente de exigencia, todo aquello que necesitaron. Ellos nos lo dirán. Entonces, si todavía viven, podremos hacerlo personalmente, sin temor a su reacción, con amor incondicional.

Se trata de un ejercicio emocional de imaginación, tal cual hacemos con nuestro niño herido, que los ubique en la dimensión de seres humanos y no de los dioses que vimos en ellos de pequeños.
08 Julio 2017 04:00:00
Compadézcase, por amor de Dios
Preguntémonos, cuando nos cueste trabajo dejarnos conmover, cuán poco felices seríamos si los demás fueran inexorables hacia nosotros. Séneca.

La razón de la existencia no es otra que expandir la conciencia, hasta trascender el plano material siendo materia. Si alcanzaremos el nirvana o el cielo con ello, no lo sé, pero en todo caso el destino es menos importante que el camino.

Recorrer tal camino es nuestra misión de vida, pero se nos presenta a la mayoría aun inaccesible por dos razones, principalmente: la primera es el pensamiento positivista predominante, que nos dice que somos materia y nada más, de manera que la conciencia estará siempre restringida a nuestros sentidos físicos. Es por ello, también, que la autotrascendencia se convirtió puramente en un asunto de competitividad, reproducción y supervivencia personal a costa de otros, como si fueran menos valiosos.

La segunda razón es que una vez aceptado que los planos material y espiritual, lo tangible y lo intangible, son en realidad uno solo, no sabemos ni por dónde empezar tanto por falta como por exceso de información.

Tenemos una clara idea: el camino empieza, continúa y termina en el amor, pero ¿qué clase de amor?, ¿a la pareja, los hijos, los amigos, los animales, a uno mismo, a Dios, a nuestros semejantes en general?

Una es, y sólo una, la clase de amor que expande la conciencia y nos permite autotrascendernos como individuos e incluso como seres humanos: la compasión, tan devaluada y mal entendida que la evitamos porque ofende a quien la recibe y hace sentir superior a quien la da.

Pero oiga, es que la estamos confundiendo con la lástima. La compasión es un sentimiento de pena o de ternura que nos iguala y nos une al compadecido, conocido o desconocido, a quien le damos un transformador –para ambos–, abrazo del alma.

La lástima, por otro lado, implica, sí, un sentimiento de pena, pero con desagrado o abierto desprecio, que nos proporciona el goce de la superioridad. La lástima, a diferencia de la compasión, sólo es posible en la desgracia ajena, y se convierte muy a menudo en hostilidad hacia la persona que supera la situación, arrebatándonos el placer de sentirnos por encima de ella.

La compasión se presenta por supuesto ante la desgracia, propia y ajena, pero su distintivo es un cariño entrañable, es decir, la ternura, que se siente como un baño de agua tibia por dentro, un beso en la frente del corazón. Con la ternura nos quedamos blanditos, limpios, apacibles, amorosos y totalmente abiertos, de manera que podemos experimentar, que no pensar, la realidad, el hecho de que en todo lo que nos rodea hay una belleza indescriptible, pero aprehensible para el alma, que la alimenta, la engrandece y la lleva a una nueva comprensión de la existencia.

Por eso es que la compasión va más allá de la misericordia o la piedad, es decir, de ayudar al prójimo en desgracia y perdonar al ofensor. Aunque, ¡claro!, esto no es en absoluto descalificable, pues si todos practicáramos esta forma de compasión el mundo sería otro.

Pero vamos a la fase superior, la que expande la conciencia, y que consiste en “tocar” con el alma la realidad, es decir, la belleza y la perfección que hay en TODO. Esto nos hace sentirnos íntima y amorosamente unidos a cuanto existe, visible o invisible, permitiéndonos un salto cuántico de conciencia, ese que dio Einstein para decir, contradiciendo a los positivistas irredentos: “Nuestra tarea es la de liberarnos... Mediante la extensión de nuestro círculo de compasión hasta que contenga a todas las criaturas vivientes, la naturaleza entera y su belleza”. Una concepción, por cierto, esencialmente budista.

La compasión es la forma suprema de inteligencia, “que está en todas partes... mueve a la tierra, los cielos y las estrellas”, según Jiddu Krishnamurti. Y con la que, por supuesto, puede y debe tratarse a usted mismo.
01 Julio 2017 03:00:00
Déjese querer
Tomar el sentido contrario al orden natural, interna y externamente, es la causa de la imbecilidad creciente de una buena parte de la humanidad; parte sin la cual, desafortunadamente, poco podrá hacer el resto para enderezar el destino sin que todos compartamos funestas consecuencias.

Así pues, negar el calentamiento global, tan evidente como potencialmente devastador, es tan necio como rechazarnos a nosotros mismos, cosa que, por cierto, a diario y en todo momento hacemos.

El motivo: levantar una barricada para que nadie vea quiénes en realidad somos, porque eso, de acuerdo con nuestra experiencia desde la más temprana infancia, es inaceptable.

Los seres humanos, antes de explorar el vasto territorio llamado hijos, para conocer su potencial, comenzamos a moldearlos a nuestro parecer, yendo incluso contra su carácter, cualidades, inclinaciones; en resumen, aquello que conforma su unicidad.

Ellos, para ser amados por lo más importante que hay en el universo, sus padres, comienzan a amurallar su verdad y su ser real, remozando y pintando la fachada para que los progenitores, primero, y los demás, después, vean lo que piden ver.
Esta conducta generacional y generalizada es exactamente lo opuesto a lo que debemos hacer para convertirnos en las personas aceptadas, amadas, libres, fuertes, creativas y realizadas que todos queremos ser: permitirnos la vulnerabilidad.

Para quien se acaba de horrorizar con la palabra: no es lo mismo ser vulnerable que ser débil o frágil. El débil tiene poca fuerza, el frágil se quiebra fácilmente, el vulnerable se expone, para lo cual hay que ser valiente, pero no tonto, porque no es lo mismo exponerse que “ponerse a tiro”.

Canta Andrés Calamaro, icono del rock argentino: “Soy vulnerable a tu lado más amable, soy carcelero de tu lado más grosero, soy el soldado de tu lado más malvado y el arquitecto de tus lados incorrectos”.

Usted no va a exponerse al maltrato, el abuso o la violencia, y ni siquiera a la deslealtad o a la traición, porque no va a poder relacionarse con gente capaz de ello, ya no será parte de la matrix, del in y el out del recinto amurallado. Dejará el drama compartido y la complicidad en la doble moral como sustitutos de conexión, abandonará la burla como pobre recurso de la risa y el cinismo como negación de lo evidente.

Usted se va a exponer al amor, porque lo que va a mostrar es su verdadero ser, lo más amable que hay en el cosmos. Si a alguien no le gusta es su problema. No se va a quedar solo; tendrá poca, pero selecta compañía, aquella que vale la pena, la que es capaz de pedir una disculpa, escucharlo con el corazón, preocuparse sinceramente por su bienestar; la que no espera nada que no sea su presencia, comparte abiertamente su intimidad, no esconde, no tiene secretos, se gusta a sí misma, corrige, aprende, crece, es creativa, pues no está acotada por estereotipos. En fin, alguien como usted: vulnerable.

Somos infinitos y la vulnerabilidad es lo único que nos lo permite y garantiza. Los muros que nos protegen también nos encarcelan.

La vulnerabilidad es fortaleza porque no hay ego que defender, por tanto nada se vuelve personal, aun cuando sea directo; el problema se queda en el otro. La traición y la deslealtad son una debilidad ajena; debilidad que por cierto hace frágil a quien se entrega a ella.

Quien se ve a sí mismo tal cual es, ve al otro de la misma manera, y entiende entonces que el mal que se le hace tiene detrás miedo, rencor, ira, culpa, vergüenza, carencias, tal cual alguna vez las tuvo quien ahora es fuerte por vulnerable. Desde ahí se puede comprender, empatizar y dar aquello que hace a un ser humano la mejor versión de sí mismo y expande su espíritu: compasión, un abrazo con el alma.
24 Junio 2017 04:00:00
Cuando hace más frío adentro que afuera
¿Se ha sentido solo aun estando con su familia, en un grupo o en medio de una multitud? Parece que a todos nos ha pasado. Esta familiar sensación tiene dos causas: o usted se ha aislado, por sentirse incómodo, abrumado, triste o de cualquier otra manera que por el momento no le permite ser parte, o es un excluido, alguien a quien los demás toleran pero no integran.

El aislamiento se da por iniciativa propia; la exclusión, por una condena ajena. El primero puede ir desde una prerrogativa, hasta una limitación que impide relacionarse naturalmente con otros, derivada de un sentimiento de inadecuación, ya sea porque realmente estamos fuera de un contexto en particular o porque hemos adquirido una discapacidad emocional que nos hace sentirnos así en todo momento, en todo lugar y con toda persona, debido a que fuimos condicionados por episodios repetitivos de exclusión, ocurridos a temprana edad y no pocas veces en el seno de la familia.

En esta era de la globalización, la mayoría de los seres humanos estamos aislados. Aunque podemos “conectarnos” virtualmente con cualquiera en cualquier parte del mundo, hemos extraviado el conocimiento emocional y la costumbre de la verdadera conexión, que sólo se da a través de la empatía, esa cualidad del alma que nos permite sentirnos como se sienten otros, y que no distingue razas, clases, géneros, edades ni condiciones.

Con el aislamiento –lo que nos hacemos a nosotros– ha crecido también la exclusión –lo que le hacemos a otros cuando no se parecen a nosotros o no queremos compartir lo que tenemos con ellos–, producto no sólo de la falta de empatía, sino de la abierta intención de restarle a otros para sumar nosotros. Si bien ambas conductas conllevan patrones deshumanizados de convivencia, la exclusión es por mucho más peligrosa que el aislamiento, pues impacta tanto al que afecta como al afectado, derivando en una canibalización social, la destrucción del planeta y la extinción de la especie.

Sin empatía estamos vacíos, constantemente desasosegados, completamente solos y frágiles, porque no podemos establecer conexión, esencia de la vida, del ser y de la existencia misma. Sin empatía es imposible conocer el verdadero amor. De ahí que lo hayamos sustituido con pasión sexual, apego, posesión e incluso negociación.

La empatía no puede ser ilimitada, ciertamente. La idea de ir por ahí sintiendo en todo momento lo que sienten los demás es aterradora. Hacerlo significaría renunciar a nosotros mismos y sumirnos en la confusión. Pero racionalizar la empatía no es lo mismo que parcializarla.

Somos racionales cuando nuestras emociones, estado de ánimo y conciencia nos permiten sostener el ejercicio de la empatía sin morir de angustia en el intento, de tal manera que podamos ofrecer ayuda o contención a quien la necesite. Somos parciales cuando con culpa o lástima, que no compasión, por tanto emocionalmente endebles y de manera fortuita, nos conectamos con una realidad de otro que no nos gusta –peor la molestia si hemos contribuido a la situación directamente–, e intentamos remediarlo haciendo rápido lo que se espera de nosotros.

Por otra parte, el remedio a la exclusión no es personal, sino colectivo, pero debe, por supuesto, comenzar en la dimensión del sujeto. La verdad de que el bienestar de los demás es el propio se ha instalado apenas en unas cuentas mentes. La realidad de que lo que hago a otros me lo hago a mí es todavía menos presente en la conciencia humana.

Ante la oferta mundial de exclusividad con un “apúrese porque se acaba”, pisamos y dejamos a los demás en el camino, sin que nos importen, ya no sus desgracias, sino las consecuencias para nosotros mismos. Pero excluir a otros es aislarnos, cercarnos, limitarnos, vaciarnos. A su tiempo se paga, mínimamente, con dolor.
17 Junio 2017 04:02:00
La cláusula humana de exclusión
“Mientras haya exclusión difícilmente podremos alcanzar un mundo en paz”. Rigoberta Menchú.

Cuando pensamos en exclusión, lo hacemos generalmente en términos de excepción. Nos viene a la mente el bicho raro, el notoriamente diferente, el indeseable. Sin embargo, no hay nada más practicado, común y cotidiano en este planeta que la exclusión.

Todos somos excluidos de algo en algún momento, como el gordito en la primaria, el sabelotodo de la secundaria, el estrafalario de la prepa o el abstemio en la universidad.

La pobreza, la falta de educación, la discriminación y muchas otras desventajas presentes en cualquier clase social respecto de otra, son producto de la exclusión.

Esto es una pirámide que decrece a partir de las élites de poder en el mundo. La exclusión se va derramando capa por capa hasta la base, en un sistema predatorio autosuficiente, dentro del cual todos participamos.

Decía Noam Chomsky que “el público en general es visto no más que como excluidos ignorantes que interfieren, como ganado desorientado”. Este público, a su vez, excluye a los que Eduardo Galeana se refirió como “los nadies (...) Que no hablan idiomas, sino dialectos. Que no profesan religiones, sino supersticiones. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folclor. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata”.

El hombre es el lobo del hombre, como dijera Plauto, quedándose corto, pues los lobos, a diferencia del hombre, muestran por regla empatía, respeto y bondad, porque saben la importancia que para cada uno de ellos tiene la manada.

Este panorama global se replica en la vida cotidiana en todo lugar habitado por el ser humano, por pequeño que sea, y en cualquier grupo, incluso el de los más inadaptados.

Gente que ha vencido cánones culturales muy arraigados para dejar de ser excluida, tiende a desarrollar rechazo hacia otros, expresar con gran dosis de veneno sus juicios y ejecutar la condena de exclusión con gran frialdad, todo como una forma de reproducir aquello de lo que fue víctima, para no volver a serlo. Es decir, como mecanismo de defensa.

Los excluidos se convierten en excluidores. La vida cambia, pero la mente no. En la mayoría de los casos, ni siquiera nos damos cuenta de que somos excluidos, porque relacionamos la exclusión con una vivencia emocional muy vergonzante. Quién no se ha sentido fuera de contexto por una mirada de sorpresa desaprobadora, una burla, un silencio de molestia, un gesto despectivo, aun cuando provenga de un bicho aún más raro que uno mismo.

La exclusión es la esencia del poder. Sin ella no existe, porque, más allá de su mensaje principal: “usted no es como nosotros y, por tanto, no nos gusta”, significa “usted no puede tener lo que tengo yo, porque usted no es mejor que yo”.

La exclusión puede ser benéfica a nivel personal. Nos permite aislarnos momentáneamente para reflexionar sobre nosotros y la situación, para preguntarnos si realmente debemos o queremos ser parte de algo o relacionarnos con alguien. Pero en lugar de eso nos da por sentirnos inadecuados por distintos. Como no comprendemos que las diferencias son matices y no grados, nos comparamos y, obvio, ganamos o perdemos. Lo aprendemos de nuestros padres, cuando nos quitan las opciones porque critican constantemente lo que elegimos, nos rechazan por cualquier circunstancia, abusan, nos ignoran, se desconectan emocionalmente o permiten que extraños a la familia nos descalifiquen.

Entonces comenzamos a aplicar la cláusula de exclusión, pensando en primera instancia: “usted no me puede excluir, así que antes lo excluyo yo”, y posteriormente: “quiero ser más que usted, así que ¡fuera! o lo saco por la fuerza”.

Nos negamos unos a otros las posibilidades, mientras los lobos comparten.
10 Junio 2017 04:00:00
Intúyalo, luego piénselo
De todas las facultades humanas, la intuición, la más importante, porque nos pone en el camino de la plenitud, es todavía un enigma en el estadio actual de la ciencia, que aún se desecha lo metafísico, no por incomprensible, sino por incontrolable.

Todo lo que la ciencia ha hecho hasta ahora con la intuición es reducirla a una capacidad cerebral, por tanto, a un proceso mental. Esto no es por supuesto lo preocupante del asunto, sino el limitadísimo conocimiento sobre el cerebro y la mente.

La idea científica predominante es que el ser humano sólo utiliza el 10% de su cerebro, cuando lo más probable es que, como ha sido dicho, tal porcentaje es únicamente el que la ciencia ha podido medio descifrar. De hecho, en el otro 90% es donde debe estar la intuición, de ahí que se le comprenda tan poco.

Esta idea nos induce a pensar que si bien los procesos mentales son función del cerebro, la mente en sí es mucho más que este órgano primordial del cuerpo, que sólo es un intérprete, no de los estímulos del mundo físico, sino de algo inefable e intangible: la inteligencia universal, Dios, el campo de potencial infinito, el poder superior o como quiera llamarlo.

Frances Vaughan, pionera en sicología transpersonal y estudiosa de diferentes tradiciones espirituales, dice que la intuición nos permite recurrir a la reserva infinita del conocimiento universal, en la que se superan los límites del individuo. Por eso es generalmente descrita como facultad de comprender las cosas instantáneamente, sin razonamiento.

Acceder a esa reserva no es otra cosa que una capacidad espiritual que podemos desarrollar en cuanto tenemos alma. La intuición es la voz del alma, que está parte allá parte acá, diciéndonos lo que es correcto, aun cuando el raciocinio le lleve la contraria. Por eso es que la intuición se siente, no se piensa. De hecho, el exceso de pensamiento la acalla.

Echar mano de la intuición no debiera ser cosa esporádica, sino cotidiana. Vivimos tomando decisiones todos los días, tantas que ya ni somos conscientes de ellas, y la mayoría de las veces resolvemos en automático, sin tomarnos la molestia de escucharnos a nosotros mismos, sino desde las creencias, lo que nos han dicho, lo que se espera de uno, e incluso controlados por lo que Daniel Kahneman, premio Nobel por sus estudios de la mente humana, describe como sesgos cognitivos, que vendrían siendo procesos distorsionados de razonamiento, como el “efecto halo”, esa tendencia a pensar que si a uno le gusta alguien o una organización, todos sus aspectos son buenos. Y si no le agrada, todo es malo.

Tomamos conciencia de la intuición sólo cuando las decisiones representan para nosotros un conflicto entre lo que nos dice nuestro interior y lo que nos dice el mundo, justificado esto último con un proceso de razonamiento al servicio generalmente del miedo y el prejuicio.

Hay una gran cantidad de cursos para tomar decisiones acertadas en la vida, casi todas ellas estrategias sesudamente planeadas que poco tienen que ver con aquello que nos llevará al verdadero éxito: la intuición. No se trata de eliminar de un plumazo el razonamiento, no. Dice la periodista y novelista Katherine Pancol que “la mente intuitiva es un don sagrado y la mente racional, un fiel servidor. Hemos creado una sociedad que honra al servidor y olvida el don”.

Se trata, pues, de privilegiar el don. ¿Cómo? Si la voz del alma es la intuición, su lenguaje es la calma y la paz, decida aquello con lo que usted se quede en paz, eso es el verdadero éxito, no que las cosas salgan como espera, eso es solo un triunfo.

Tomando decisiones desde el alma es que entraremos en profundo contacto con nosotros mismos.
03 Junio 2017 04:03:00
Veneno para el alma
Lo contrario a la vida no es la muerte, sino la indiferencia. Elie Wiesel

Sólo dos circunstancias pueden llevar al ser humano a perder el sentido de vida: el dolor emocional y la indiferencia. Para protegernos del primero es que recurrimos a la segunda. Pero, desafortunadamente, el resultado es el mismo.

Veamos a la indiferencia más allá de una simple falta de inclinación hacia algo, indispensable para una observación neutral y por tanto una visión objetiva. Llevémosla al terreno de los mecanismos de defensa que se convierten en las patologías que están acabando con el mundo.

Ninguna patología es personal, todas afectan como mínimo a la familia. Mientras más poder tenga una persona, más peligrosa y extensa en su impacto es su patología. En el caso que nos ocupa, la indiferencia, se trata de la pandemia más letal que existe. Es la que permite las guerras, la injusticia, el ecocidio, el abuso y la crueldad.

A diferencia de las otras, no está basada en una emoción o un sentimiento, sino en su ausencia. Como mecanismo de defensa, siempre corre el grandísimo riesgo de convertirse en un sistema de vida fuera de todo sentido de la existencia, pues carece de lo que nos da la categoría de criaturas vivas: sentir.

Ya el filósofo Epicuro, 300 años antes del nacimiento de Cristo, la consideraba como el gran mal de la humanidad. La insensibilidad hacia el sufrimiento ajeno no es nueva. Recientemente el papa Francisco dijo: “Una vez más debemos repetir el nombre de la enfermedad que hoy nos hace tanto mal en el mundo: la globalización de la indiferencia”.

La indiferencia envenena al alma, paralizándola y dejándola impotente ante la negación de la vida. El resultado no puede ser otro que una personalidad disociada, a la que nada le viene bien, sin empatía, vocación, gratitud, aprecio por sí mismo o por otros, guiada sólo por el egoísmo, por un “más allá de lo que me apetece nada me importa”.

La indiferencia puede ir desde una insensibilidad ante el maltrato a seres indefensos, niños o animales, conductas antisociales como tirar basura, malos gobiernos, obligaciones ciudadanas como votar, miseria de personas en situación de calle, hasta un adormecimiento generalizado de los sentidos, que nos deja vacíos y nos convierte en psicópatas o sociópatas.

Quien es indiferente no actúa, presencia todo lo bueno y todo lo malo con el mismo talante, no sabe ni le importa. Lo mismo le da una persona que otra, un quehacer que otro. Su mirada está puesta sólo en aquello que desea evitar: el dolor.

Como mal social, la indiferencia surge también como una reacción a la complejidad de la vida, que mientras más moderna, más indigerible, más confusa, más difícil, más amenazante. Pero ya sea individual o colectivamente, la indiferencia proviene en todo caso de la ilusión de autosuficiencia, de pensar que no necesitamos más que a un círculo cerrado de personas para sobrevivir y aún para vivir satisfactoriamente. No hay conciencia de cuán importante es que coma bien un niño indígena o africano para que todo el planeta esté bien, que tratemos con respeto a los animales y las plantas para que la tierra sea un lugar digno dónde vivir, que tendamos la mano a un desconocido en apuros para que nuestra vida cobre sentido.

Para identificarla piense siempre en insensibilidad, en las personas que están tan ocupadas en sí mismas que los otros sólo importan si los benefician; o en aquellas que aparentemente sufren más que todos los demás; en las que no saben lo que sienten por usted, o en las que reciben como si el que da estuviera obligado.

Piense en las personas vacías, frívolas, competitivas; en las déspotas o mentirosas; incluso en las que se etiquetan de honestas y sinceras como justificación para actuar o decir sin consideración por los demás.

Piense en la indiferencia como algo peor que la maldad.
27 Mayo 2017 04:00:00
El verdadero secreto
A todo pensamiento sigue una emoción o un sentimiento y viceversa. Esta sencilla fórmula contiene el secreto de la vida. Fue el sendero del Buda y de Cristo; es y será la clave para cumplir el propósito de la existencia humana. Para desarrollarla fue que nació la verdadera alquimia, la esotérica, la interior, porque comprenderla no es cosa fácil.

Hoy en día se habla mucho del poder tanto del pensamiento positivo como del negativo. Aquí es donde empieza la confusión: el poder no está en el pensamiento, sino en la emoción o el sentimiento a que se asocia. No se puede superponer un pensamiento positivo a una emoción negativa, tratando de negarla o ahogarla. “¡Voy a tener suerte, voy a tener suerte, voy a tener suerte!”, pienso, mientras todo mi ser invadido por el miedo me dice que fracasaré en esa entrevista de trabajo. Dígame usted lo que pasará.

Ciertamente hay un pensamiento negativo oculto asociado a tal emoción, algo así como: a mí nunca me suceden las cosas buenas, o no soy suficientemente bueno, pero es sólo el autor intelectual del asesinato de nuestra vida. El ejecutor es el miedo.

Resistirnos a lo que nos perturba interiormente lo incrementa, porque la atención horrorizada que ponemos en la negatividad se convierte en concentración, cuya naturaleza es la atracción, en lo físico y lo metafísico.

Nuestros malestares no están en lo que pensamos, sino en la emoción relacionada con ello. El pensamiento es la semilla, el razonamiento el árbol y la emoción o el sentimiento el fruto. Si la semilla está envenenada el árbol crecerá enfermo y el fruto estará podrido. Este último es el que nos vamos a comer y, por supuesto, nos hará daño.

Es importante tener claro que el fruto está podrido porque el árbol, es decir, el razonamiento, está enfermo, evidentemente a consecuencia de una mala semilla que podríamos no haber sembrado, pero nadie nos enseñó a distinguirla de una sana. Esto parece obvio, pero en cuestión de pensamientos y emociones deja de serlo, porque es muy difícil ver todo el árbol desde el árbol.

Además, los pensamientos y sus emociones o sentimientos asociados no son por naturaleza buenos ni malos, sanos ni enfermos. Esa es una etiqueta que les hemos puesto para manejarlos, y mal, por cierto. Ambos tienen su función, son parte de un proceso de crecimiento. Vienen y se van para cambiarnos. No somos ni lo que pensamos ni lo que sentimos. Tal cambio puede darse en dos vertientes: si no intercedemos, predominará la negatividad; si tomamos control de lo que pasa dentro de nosotros, iremos hacia, llamémosle, la luz.

Esto se debe a que los pensamientos negativos están ligados a las emociones y los positivos a los sentimientos. Las primeras son ciertamente superficiales y pasajeras, pero muy potentes y dominantes. Los segundos son profundos y duraderos, pero más suaves, benévolos.

Las emociones nos atacan, a los sentimientos tenemos que invitarlos y crearles el ambiente adecuado para que se sientan cómodos. Eso sí, cuando el sentimiento se instala en casa, ya no hay lugar para tanta emoción. Todos preferiremos la paz a la ira, la alegría a la tristeza. Nos costará trabajo, porque estamos acostumbrados a hospedar inestables que se acomodan donde sea, pero mejorará mucho el hogar interior.

No se irá nunca la negatividad. No hay que combatirla, hay que transmutarla. Empiece por una emoción o por un pensamiento que lo perturbe, y busque a su socio o socia. Habrá un click, le caerá el 20, como se dice coloquialmente, y comenzará el camino de la alquimia interior. Entonces se dará cuenta de que los pensamientos son fácilmente maleables, mientras las emociones son absolutamente tercas. Verá la semilla y verá el fruto, pero al que hay que darle seguimiento y tratamiento es al árbol, al razonamiento que pudrió la emoción. Enderécelo.
20 Mayo 2017 04:00:00
No se confunda
La verdadera satisfacción es la del alma, la única, por cierto, que los seres humanos hemos relegado a lo largo de nuestra existencia como especie. Tan poderoso ha sido nuestro impulso a ir en el sentido opuesto, el de la vacuidad del ser, que hemos llegado a negarla o cuando menos ignorarla.

La insatisfacción personal y colectiva que hoy prevalece es resultado de nuestra indiferencia hacia el alma. Sin escucharla no hay más que confusión: construimos identidades artificiales a partir de la opinión ajena, en lugar de buscarnos dentro; rechazamos los malestares, en vez de aceptarlos como impulsos evolutivos; buscamos no el bienestar, sino su imposible permanencia; exigimos a los otros que subsanen nuestras carencias, cuando debiéramos proveernos nosotros mismos; no sabemos cómo nos sentimos y ni siquiera comprendemos los conceptos que utilizamos para describirlo, descubrirlo y cambiarlo; buscamos al Dios que llevamos dentro a través de la tecnología y no del autoconocimiento.

El resultado es la desconexión con nuestro verdadero ser y, por tanto, una pequeña y primitiva vida atenazada por el miedo, porque si no sabemos que hay dentro, donde lo mutable sólo perfecciona lo inmutable, no sabremos qué hacer con la constante mutabilidad y predominante volatilidad de lo que hay afuera.

Si su afuera no le gusta, es que está mal su adentro, porque el primero no es más que reflejo del segundo. Si no hay orden y control en su adentro, no los hay en su afuera. El caos interior ocasiona evidentemente confusión, que nos lleva a pasar una cosa por otra: enamoramiento por amor, control por interés, veneno verbal por sinceridad, culpa por responsabilidad, sufrimiento por dolor, inconformidad por insatisfacción, etc.

No sabemos bien a bien qué es sentirse ansioso, o inquieto, o angustiado. Extraviados interiormente, perdemos los límites exteriormente, de ahí la necesidad de exigirle a la vida que ponga las cosas en orden, a la moral social que nos contenga y al Estado que nos procure. Pero, como bien señalara Leonardo Da Vinci: “No se puede poseer mayor Gobierno, ni menor, que el de uno mismo”.

La confusión interior nos ha llevado a construir un mundo maniqueo, basado en la polaridad del bien y el mal; vamos en pos del primero y rechazamos el segundo, un dilema imposible de resolver, pues son interdependientes y relativos: no hay ni bien ni mal absolutos en el mundo. Un gran mal puede traer un gran bien y viceversa.

Cualquier mal o bien que nos sobrevenga son exactamente los que tenemos que aprender a manejar para transformarnos. Son, pues, necesarios. Rechazar uno es hacerlo con el otro. Como energía que son, se transforman, pero no desaparecen.

Navegar por la mutabilidad externa e interna requiere una nave: el alma; una brújula: el poder superior; buenos vientos: la sincronicidad del universo y, por supuesto, un ancla: el conocimiento de nosotros mismos.

Sin esto estamos extraviados y, claro, confundidos, por tanto insatisfechos. Transformar esta forma de existir no es fácil, o ya lo habríamos hecho todos. Es un proceso, no un suceso, hecho desafortunado en el mundo de la inmediatez que hemos creado.

Afirma Jon Kabat Zinn, maestro zen: “Se necesita una determinada forma de excavar, un cierto tipo de arqueología interna, para llegar a descubrir nuestra totalidad, aunque esté muy bien cubierta bajo capas de opiniones, de cosas que nos gustan y nos disgustan y por la densa niebla de los pensamientos y hábitos inconscientes y automáticos, por no mencionar el dolor”.

Necesitamos saber qué sentimos, para conectarnos con nuestra alma, y luego aprender a sentir, para darle lo que necesita. No hay otro camino a la satisfacción permanente. Para ello debemos cuestionar todo lo que creemos saber y vencer el miedo paralizante, cambiando nuestros patrones de pensamiento.

Debemos, pues, ser lo que realmente somos, que es lo único que dejará satisfecha a nuestra alma.
13 Mayo 2017 04:00:00
Huya a la necedad
Infidelidades aparte, la estabilidad y, por tanto, duración de la pareja radica principalmente en la forma en que se resuelve la contradicción. Dos cabezas, dos corazones, son necesariamente dos opiniones, no en pocos casos opuestas o cuando menos sin coincidencia.

La discusión es inevitable y, de hecho, necesaria, no sólo para llegar a un acuerdo, sino para progresar, como individuos y como binomio. Pero hay problemas y dificultades –que no son necesariamente lo mismo– para llevar a cabo una discusión fructífera entre parejas.

El problema es que comúnmente no se entiende el concepto de discusión. Discutir es alegar, ciertamente, pero alegar no es gritar, acusar, reprochar; alegar es argumentar, y al calor de la batalla no hay argumentos, hay armas que hieren, en este caso las palabras.

Discutir entre dos o más personas no es otra cosa que una forma de diálogo, es decir, de dirimir las diferencias con ecuanimidad. Lo que conocemos como discutir acaloradamente, en el mejor de los casos, es sostener el propio punto de vista con obstinación e irritarse por la crítica, lo cual está a dos minutos de la pelea.

Así pues, una de las dificultades está en el acaloramiento y, en general, en la carga emocional que tiene una persona al confrontar a su pareja. Miedo, enojo, resentimientos, fría venganza y hasta odio o envidia. El resultado es el “agarrón”, el chantaje, la manipulación descarada, para salirse con la suya.

Las responsabilidades puestas en el tú: “te lo dije”, “es que tú...”, “por tu culpa”, “tú me orillaste”, “yo creí que tú...”, conocidas por la mayoría de las personas de primera mano, son saetas verbales que traspasan la frontera de la discusión y llevan la situación al campo de la violencia psicológica.

De ahí a los insultos, las descalificaciones y las humillaciones directas hay sólo la distancia de una lanza verbal. No todo es calor, hay discusiones aparentemente frías, provenientes de una perversidad calculada o arraigada, envenenadas, con argumentos engañosos y lógica retorcida, plagadas de chantajes y frases para aplastar o enganchar al ego contrario, según se quiera sumisión o aparente igualdad.

Otra dificultad radica en saber cuándo es necesario o cuándo vale la pena discutir, si es que realmente se sabe discutir, porque esta dinámica de la violencia verbal, fría o caliente, mal entendida como discusión, es tan común y normalizada en la sociedad, que hay personas cuya única forma de conectar con otros –ellos creen que de amar– es a través de la confrontación y el conflicto.

En la mayor parte de las ocasiones el “discutidor” ni siquiera escucha, solo se empecina en hacer prevalecer su punto de vista. Ya decía el famoso literato Johann Wolfgang von Goethe: “Hay quien cree contradecirnos cuando no hace más que repetir su opinión sin atender la nuestra”.

Hay también quien se toma todo a personal, los intolerantes a ser contradichos, quienes explotan en berrinches a la menor provocación. Su violencia es la mayor, porque no buscan sólo ganar, sino anular al contrario.

La inmensa importancia de aprender a discutir, para abandonar la violencia en pareja, psicológica y, por supuesto, física, radica en que la familia es el laboratorio social. En ella, se elaboran todas las actitudes y los comportamientos que tendremos en la convivencia con nuestros semejantes.

Lo primero es tener claro que para sostener un episodio de violencia, mal entendida como discusión, dónde sea y con quien sea, se requieren, como mínimo, dos personas. Una de ellas puede ser usted. De ser así, húyale a las necedades, no dé la pelea o retírese, déjele al otro la última palabra, hasta que se calmen los ánimos o hasta nunca, si es necesario, porque la violencia es el contaminante más dañino del planeta, es la basura emocional. El mundo es violento porque la gente es violenta en su casa.
06 Mayo 2017 04:00:00
La verdad sobre los sustitutos
Si duele, no es amor; es cualquiera de los sustitutos con los que lo confundimos: enamoramiento, codependencia estandarizada, incluso obsesión, ninguno de ellos, por cierto, excluyente del cariño, lo que justamente propicia la confusión.

El verdadero amor es ausencia de miedo en nuestros afectos profundos, especialmente por aquellos ante quienes somos más vulnerables. No se trata de “ponerse de pechito”, sino de saber con certeza que cualquier conducta de otro que nos hiera, como abandono, traición y abuso, es opuesta al amor.

Pero si supiéramos amar, no nos relacionaríamos con personas capaces de herirnos, porque no estaríamos sintonizados con los sustitutos del amor. Cuando amamos nos sentimos alegres, ligeros, seguros, compasivos, generosos, cariñosos y vivimos con profundidad. Cuando realmente amamos no aceptamos de los otros algo distinto.

Bajo la Ley del Amor no deseamos poseer, ni restringir, ni encadenar, ni transformar a nuestro gusto; impulsos, todos estos, propios de los sustitutos. El amor mira por la libertad, la creatividad, el bienestar, la tranquilidad y el crecimiento del otro, en sus propios términos.

Si esta explicación sobre el amor le suena absurda o inalcanzable, se ha conformado con los sustitutos. Amar a morir sería la frase que mejor los define. Estaremos dispuestos a consumirnos, de golpe o poco a poco, para obtener y retener lo que creemos necesitar, movidos por el miedo a quedarnos para siempre con la carencia.

Ahora, le tengo una buena noticia: “el amor”, como lo esté viviendo ahora, es aquel que necesita para aprender a amar realmente. Usted decide si aprende o no. Para comenzar, hay que identificar los sustitutos.

El más popular de ellos, el enamoramiento, es una pasión, es decir, una emoción muy fuerte y persistente, pero regulada, que nos puede llevar a la felicidad o al sufrimiento, pero nunca a la tranquilidad, porque es adrenalina, dopamina, oxitocina y serotonina en cantidades ingentes. Vaya, estar enamorado es como estar drogado, de ahí que sea adictivo.

Se trata de una alteración temporal de la conciencia en la que el ser “amado” es prácticamente perfecto para subsanar nuestras carencias. Hay quien lo describe incluso como un estado prepsicótico, con una sublime expansión del yo, que no ve en realidad al otro, sino a su propia idea del otro y de la relación. Cuando acaba se convierte en uno de los más estrepitosos fracasos en la vida. Por qué acaba: está científicamente comprobado. Dura de tres meses a tres años.

Así que cuando alguien, después de más de tres años de casado, novio, arrejuntado, o cualquier otro estatus parecido, dice: “yo todavía estoy enamorado, enamorada”, está confundido. Si no está realmente amando, se está consumiendo en cualquiera de los otros sustitutos del amor: la codependencia estandarizada o la obsesión.

Sobre la codependencia estandarizada, o sea, la común vida cotidiana en pareja, diremos que existe un amplio espectro de relaciones, no exentas ciertamente de afecto: unas aburridas, otras como montañas rusas; desde las lejanas y frías, guiadas por el conflicto entre la necesidad y el miedo a la conexión; hasta las que de tan cercanas y conflictivas se vuelven destructivas, basadas en el miedo a la pérdida.

Estas últimas, muerto el enamoramiento, pueden estar siendo limerencia, es decir, obsesión de “amor”. Una idea tenaz y persistente se apodera de nuestra mente y nuestra vida: me traicionarán, me abandonarán, me dejarán de amar. Comienzo a hacer todo aquello que creo lo evitará y exijo la recompensa de la reciprocidad para confirmar que estoy teniendo éxito, pero nunca llega.

En la limerencia, la necesidad de recompensa se convierte en nuestro oscuro universo. Nos tapa la luz. No obtenerla es, aunque magnificada, una tragedia parecida a la que vivimos de niños –quizá el origen del problema–, cuando, después de portarnos bien todo el año, Santa Claus o los Reyes Magos no nos trajeron lo que pedimos.
29 Abril 2017 04:00:00
...Y todos felices y contentos
El contentamiento, acción y efecto de contentarse: estar alegre y satisfecho, es un término usado predominantemente por el cristianismo y familiar también para el budismo. Por la profundidad e importancia que tiene, para darle sentido y sustento a la vida, es trascendental que traspase las fronteras que lo confinan actualmente y sea entendido por todos los seres humanos que están concibiendo hoy en día la espiritualidad de manera diferente a la de una práctica religiosa.

No obstante, su significado no debiera cambiar, porque es el contexto del contentamiento para los cristianos y los budistas lo que le da al concepto su relevancia: He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación (Filipenses 4:11). Se trata, pues, de una forma de vivir, con alegría y satisfacción, en las altas y en las bajas.

Cualquiera que esté en las bajas podría pensar que en las altas está regalado el contentamiento. Pues no. La dificultad o la facilidad, según quiera verlo, es la misma. De hecho, si usted concibe las altas y las bajas basado en el dinero y las posesiones, el contentamiento podría ser más difícil en las altas: “¿Por qué teniéndolo sigo descontento (a)?”. Esforzarse por algo da más satisfacción que simplemente ir y conseguirlo porque se puede. Satisfacción momentánea, claro, puesto que no se trata de una actitud, sino de una meta cumplida.

El contentamiento, pues, no está en alcanzar nuestros objetivos de vida; no está en la meta, sino en el camino, que puede ser bastante intrincado y pedregoso, por cierto. Pero, ¿por qué habría que estar contento todo el tiempo, en el camino y en el destino? ¿Y por qué no? Si hoy en día la mayoría están descontentos todo el tiempo, en cualquier circunstancia, buena o mala, y en cualquier etapa, al principio, en medio o al final. Eso paraliza, enferma, amarga, frustra y llena de resentimiento e ira. En términos mundanos y de fría lógica, es poco eficiente y eficaz para vivir.

En términos espirituales, el contentamiento es requisito indispensable para la paz interior y la felicidad, pero, ante todo, es la vía para hacer contacto con la realidad y la verdad, que no pueden ser pensadas; es el trampolín del salto cuántico interior, a un estado superior de conciencia; es el camino del sabio, del que ya trascendió el sufrimiento (que no el dolor inevitable) como forma de crecimiento.

El contentamiento, ojo, no es conformidad ni resignación. Ambos términos implican estancamiento, porque conllevan la renuncia a las aspiraciones, el primero con indiferencia, el segundo con sufrimiento.

El contentamiento nos permite esperar más, con la certeza de que vendrá o sucederá en el momento preciso. Llámele fe si gusta. Es fluir con la vida, apertura a todo aquello que hoy no puedo ni imaginar, pero que será siempre bueno, si no como milagro, sí como oportunidad para practicar el contento; es decir, para hacer alquimia emocional, porque el descontento es siempre el punto de partida.

Para aprender contentamiento, dicen los cristianos, sea como el apóstol Pablo. En el lenguaje de la espiritualidad abierta esto sería: agradezca cada circunstancia, si es buena disfrútela sin culpa, si es mala aprovéchela para templarse; crea en la providencia y deje de intentar controlarlo todo y a todos; aprenda a estar satisfecho con poco para que venga más, porque si rechaza poco, ¿cómo quiere más?; viva por encima de las circunstancias de la vida, es decir, no les entregue el poder sobre sus emociones; deje de confundir el dolor con el sufrimiento y viva el primero acompañado y contenido, pero evite vaciar el basurero del segundo sobre los demás; preocúpese por el bienestar de otros, porque si los otros no están bien usted tampoco lo estará.

Consejos prácticos: disfrute conscientemente lo que hace todos los días, sonría antes de levantarse, ría mucho después.
22 Abril 2017 04:00:00
La verdadera buena vida
Los humanos existimos más allá del ámbito material, somos seres metafísicos. Quien no lo reconozca está condenado al miedo, el vacío, la ansiedad y el sufrimiento.

Partiendo de este hecho, crecer significa para nosotros descubrir quiénes somos realmente, partiendo de la mentira de lo que creemos ser, del engaño que, a través de nuestra colectividad, nos autoimpusimos como la realidad.

Crecer es un proceso, no un suceso, personalísimo, pero, paradójicamente, acompañado. La conexión es un instinto básico de los seres humanos porque es su verdadera naturaleza. Nuestras almas desean más que nada contacto con la existencia, que no puede ser tal sin los otros.

Por eso crecer es, finalmente, expandir la conciencia más allá del horizonte de lo personal, desarrollar todo el potencial metafísico que tenemos, para conectarnos desde el alma y construir, ahora sí, un mundo justo.

La creación o el surgimiento del universo, como quiera usted verlo, no tuvo otra intención que el crecimiento, la expansión y, por tanto, la conexión con la existencia, producto evidentemente de la conciencia maestra, del UNO, de Dios, de la mente cósmica o como quiera concebirla. Pero trate de hacerlo, porque evadir su naturaleza metafísica solo le llevará al sinsentido de su propia vida.

Lamentablemente, como especie todavía somos pequeños, muy pequeños en conciencia. Tememos a la muerte porque la vemos como un final definitivo, no como el cierre de un ciclo del alma. Tememos envejecer porque nos acercamos a ella. Tememos cambiar porque lo desconocido es para nosotros la inexistencia, debido a que vivimos en la mentira del positivismo, según el cual todo lo real es únicamente aquello que podemos captar con los cinco sentidos, para crear una imagen mental que nos dé seguridad, la ilusoria seguridad que da el confundir tener con ser.

Nos resistimos a la verdadera vida, mirando al pasado o al futuro para escaparnos del presente, de la obligación de existir hoy con todo lo que ello implica. Rechazamos la madurez porque no queremos las responsabilidades y los compromisos que conlleva asumir nuestro poder espiritual, pero sí exigimos los frutos; nos da pánico morir y renacer o resucitar infinitas veces por dentro para crecer, pero la vida es una sucesión de muertes chiquitas.

Nos resistimos a la vida anteponiéndole expectativas, presionando para que las cosas salgan como queremos, las personas sean como consideramos que deben ser y las situaciones se desarrollen como deseamos. Nos resistimos a la resistencia que los demás nos oponen cuando queremos imponernos. Entablamos la lucha, la competencia, y dejamos de crecer.

Cristo murió y resucitó para que supiéramos que eso es lo que tenemos que hacer por dentro en este lugar donde nos tocó existir. Buda se iluminó para mostrarnos que se puede vivir en la verdad aquí y ahora, renunciando a las creencias y a los apegos.

Dice el filósofo y sociólogo Harmut Rosa: “la buena vida se obtiene resonando con nuestro entorno, viviendo conectados con el mundo… La mala vida es una vida alienada, puedes tener mucho dinero y relaciones, pero si pierdes la resonancia, acabas quemado”.

Esta mala vida es hoy la común; hostil e incomprensible, por la velocidad a la que transcurre. Nos deja sólo tres opciones: nos refugiamos en las adicciones y las relaciones destructivas, nos evadimos a través de la mentira del “tengo, ergo soy” o crecemos a partir de nuestra capacidad de resiliencia; es decir, elegimos sobreponernos a la adversidad, transformar el sufrimiento en un aprendizaje de vida y valorar lo que tenemos.

No corra para crecer, para alcanzar la buena vida, de nada le servirá, porque no se puede evolucionar de un estado a otro hasta que se ha experimentado y aceptado en su totalidad el estado en el que se está. Cada quien a su ritmo.

Un buen comienzo es tener la claridad de que se vive la mala vida.
15 Abril 2017 04:02:00
¿Cómo se declara?
La culpa es la emoción que más pesa sobre uno. Si no la eliminas, te corroe vivo. Stuart Neville.

Nada nos vuelve más manipulables que la culpa, la sana y la tóxica. Sólo que la primera se expía a través de la reparación y el perdón, mientras la segunda es como una plaga: no proviene de algo que hicimos mal, nos la transmiten otros, nosotros la transmitimos a nuestra vez y todos enfermamos de necesidad de castigo.

Nos sentimos mal porque hicimos algo que claramente dañó a otro: eso es la culpa sana. Sentimos todo el tiempo, aunque no nos demos cuenta de ello, que algo estamos haciendo mal o algo invariablemente haremos mal, sin que sepamos qué, eso es la culpa tóxica.

“Cómete todo, que hay muchos niños que no tienen”, “tú me hiciste pegarte”, “cuando naciste ya no pude estudiar”, “por cuidarte dejé de trabajar”, “todo lo que he hecho por ti, y mira cómo me pagas”. Así es como nos la transmiten en nuestros primeros años.

A partir de ahí instalamos la voz interna del “debería”, el verbo de la culpa tóxica. “Debería sufrir como tú”, porque cuando me pasan cosas buenas o disfruto, me siento culpable; “debería hacerlo perfecto”, porque nunca satisfago tus expectativas; “debería dejar de hacer lo que te molesta”, porque merecidamente me lastimarás.

Este es el sistema bajo el cual, comúnmente, establecemos relaciones. El propósito no es el amor, sino el castigo y el autocastigo. Alguien tiene que pagar. Esa es la principalísima exigencia de la emoción llamada culpa, la gran tirana.

La culpa tóxica es el motor de las relaciones destructivas, en las que nadie se hace responsable de sus pensamientos, sentimientos y acciones. El reproche y el autoreproche son su discurso. Cada “es que tú...” y “porque tú...”, es un vector. Cada “si hubiera...” y “debí de...”, un instrumento de autoflagelo.

Dice Bernardo Stamateas, en su libro Gente Tóxica: “Son culpas ajenas generadoras de insatisfacciones continuas. Son culpas que se alimentan de mandatos externos y sociales y de emociones internas no resueltas que siguen teniendo poder y valor sobre nuestras vidas.

“Se trata de creencias culturales que jamás te permitieron alcanzar ni disfrutar en absoluto de nada. Son las exigencias que demandaban que dieras más, siempre un poco más, y claro, como no pudiste alcanzar ese parámetro de perfección, terminaste ubicándote en el lugar de la víctima, acarreando culpas que no te correspondían”.

Un ejemplo de esto último, de la psicoterapeuta Marina Castañeda: “Las mujeres siempre se consideran culpables cuando hay una falta de amor. No cuestionan a los demás, sino que se preguntan en qué fallaron ellas. Dan por sentado que fue su culpa, y se lo reprochan. Pero como el problema no estuvo en ellas, no encuentran nada ni pueden reparar nada, y entonces siguen sintiéndose culpables indefinidamente”.

Los hombres, por su parte, cargan casi en general con la culpa del proveedor insuficiente, de dinero y/o atención. Los niños, decía el novelista español Miguel Delibes, “tienen ineluctablemente la culpa de aquellas cosas de las que no tiene la culpa nadie”.

La culpa puede ser insoportable. De ahí que, cuando es sana, reparar el daño, pedir perdón y perdonarse es la única manera de no morirse por dentro envenenados de cinismo. Cuando es tóxica, oprime tanto el alma que surge el impulso irreprimible de arrojarla fuera; pero, como siempre tiene propietario, la depositamos en otros. Aquella que nos quedamos, la de los “debería”, está disfrazada de conveniente canon social.

Para la culpa tóxica el perdón también es muy necesario, sólo que no por lo que hemos hecho o hacemos mal, sino por la forma en que nos autofustigamos. Pero no es suficiente: es necesario aceptar la responsabilidad absoluta de nuestros pensamientos, sentimientos y acciones, para que no culpemos injustamente a nadie ni nadie lo haga con nosotros. Lo mío es mío, lo tuyo es tuyo.
08 Abril 2017 04:00:00
No hay mérito que valga (segunda de dos partes)
Una mirada o un gesto bastan para que alguien nos haga sentir completamente inadecuados, es decir, avergonzados, por cualquier motivo que nos haga diferentes, nos deje fuera de un prototipo o incluso lejos del ideal colectivo de vanguardia, pautado hoy en día por la mercadotecnia y la publicidad.

No falta lla vecina, el amigo, el compañero de trabajo o aun el jefe que, con gran puntería, hagan alusión malévolamente, aunque muy casual, a un aspecto de nuestra vida que de pronto, por la forma en que se hace tal señalamiento, se convierte en motivo de vergüenza.

Y así es como nos manipulamos y nos lastramos unos a otros cuando no hemos podido subsanar nuestras carencias emocionales. Nos estamos diciendo: ‘no puedes estar mejor que yo’, lo cual sólo es útil para aquellos que quieren vendernos algo o quienes están interesados en que no nos inmiscuyamos en determinados asuntos.

En la cárcel de la mediocridad, la vergüenza es el sistema que nos uniforma, nos despersonaliza, nos custodia y nos alienta a formar bandos para enfrentarnos unos a otros. Sólo que este presidio lo construimos nosotros mismos, lo administran algunos de los nuestros, los más astutos, y lo sufrimos todos.

La vergüenza, esa emoción que cuando es sana nos impide hacer algo que dañe a la colectividad, –sostén y el sustento de la existencia–, se ha perdido o distorsionado hasta convertirse en un veneno que aletarga a la mayoría. Se vuelve, pues, tóxica. Todos los sistemas penales del mundo han sido instaurados para contener a quienes la pierden. Los que la usan para vivir aletargados se bastan a sí mismos.

La vergüenza se nos inocula en la primera infancia, incluso en la cuna, porque la mayoría de los seres humanos no tenemos una forma razonable y amorosa de decirle a nuestros hijos que lo que hacen no es conveniente para ellos. Están mal y punto.

El común denominador en las familias es que los padres valoren a sus hijos por méritos. Cada vez que se alejan del prototipo de persona que ellos consideran deben ser, retiran, si no el afecto, sí la aceptación y la aprobación, en el mejor de los escenarios. Ni qué decir de los casos extremos, no pocos desgraciadamente, en que existe constante abuso físico, verbal y hasta sexual.

Esto se debe a que los padres también viven avergonzados. La vergüenza es contagiosa y generacional. Los niños llevan esta vergüenza a la escuela, donde encuentran maestros que la refuerzan, porque a su vez la sienten, de manera que parecerse a aquello que se rechaza es motivo de bullying.

Llegar a la adolescencia sintiendo que hay algo intrínsecamente mal en uno –y casi todos llegamos así– es lo peor que puede pasar, porque es la época en que más activamente se busca la identidad propia, y para ello se recurre a la integración en un grupo, que utilizará descarnadamente cualquier método para hacer sentir vergüenza a quien no se adapte por completo. Es en esta etapa donde aprendemos a escondernos incluso de nosotros mismos.

El miedo a ser lo que somos, que comenzamos a desarrollar de niños, nos domina desde la adolescencia. Para no sentirlo, envenenamos a los demás y ellos a nosotros. Esto nos impide vincularnos profundamente, porque mata el amor. Bajo el esquema de la vergüenza, quien dice amarnos ama su idea de lo que debemos ser y nos hace sentir inadecuados cuando no somos lo que pretende... y viceversa.

Para que el mundo mejore, se requiere un saneamiento mental y emocional a fondo, individual y colectivamente, a partir de varias premisas básicas: los errores son necesarios; si queremos sentirnos adecuados, hagamos sentir así a otros; la única condición para el amor es cero maltrato; no somos lo que hacemos, pensamos o sentimos; está bien ser exactamente lo que somos.
01 Abril 2017 04:00:00
No hay mérito que valga
PRIMERA DE DOS PARTES

Hace miles de años, muy cerca de nuestro surgimiento, los seres humanos confundimos el desarrollo con la meritocracia; es decir, ascender mediante la ampliación de la conciencia en la escala de la evolución, mejorando la especie, con elevar por méritos propios nuestra posición personal en la estructura social, económica y política. Ahí empezaron todos nuestros problemas.

De tal confusión han resultado sociedades injustas e individuos avergonzados, porque mientras la conciencia exige honestidad, primero consigo mismo, la meritocracia es el caldo de cultivo de la doble moral, el cinismo y la hipocresía.

Le echamos la culpa a Darwin de nuestra pobre idea sobre la evolución y, para justificar el encarcelamiento de la conciencia, inventamos el positivismo: el único medio de conocimiento es la experiencia comprobada o verificada a través de los sentidos. Así pues, redujimos la experiencia de vivir a ver, oír, degustar, tocar y oler.

Paradójicamente, todos aspiramos a una vida plena, que sólo puede hallarse a través de una conciencia en evolución, comenzando por desentrañar quiénes, como individuos, somos realmente en relación con nuestro colectivo, para vivenciar después –porque no puede “ser pensado”– qué somos verdaderamente. Simplificado: un alma no es un quién, sino un qué; no piensa, experimenta mucho más allá de los cinco sentidos.

En el quién es donde estaremos atorados un rato, porque sigue siendo, en nuestra ignorancia, terreno de la meritocracia, que jala para el otro lado del desarrollo y amenaza, en el estira y afloja, con derribarlo.

El gran poder de la meritocracia está arraigado en una sola emoción. Las demás sólo hacen alharaca. Hablamos de la vergüenza, que en su faceta nutricia es un freno para no hacer lo que no queremos que otros hagan, pero en su aspecto tóxico o patológico, es la constante sensación de que hay algo intrínsecamente mal en nosotros que debemos compensar con un hacer y un lograr determinados, o de que no somos suficientes, por tanto debemos ser más, comparados con otros, para ser totalmente aceptados.

Esta sensación, oculta regularmente a nuestra conciencia, puede manifestarse ocasionalmente en la conducta o apoderarse casi en su totalidad de ella. La descubriremos, según John Bradshaw, autor de Sanar la Vergüenza que nos Domina, cuando detectemos, en nosotros o en los otros:

Codependencia: nos enfocamos en otros para escapar de nosotros.

Falso yo: máscaras que en muchas ocasiones nosotros mismos aceptamos como el verdadero yo.

Adicción: nos permite escapar del dolor de “no ser válidos”.

Grandiosidad: exageramos la importancia personal para que no descubran nuestra “pequeñez”.

Deseos de humillar a otros: tratamos de hacer que los demás se sientan como nosotros.

Miedo al abandono: sentimos que no merecemos que estén con nosotros, pero nuestra reacción es abandonar antes de que nos abandonen.

Aislamiento: nos apartamos porque no queremos que vean lo “poca cosa” que somos o porque nos cansamos de fingir.

Seré lo que tú quieras que sea: pero acéptame, por favor.

Abuso de uno mismo: desórdenes alimenticios y del sueño, exceso de trabajo, descuido de la apariencia personal, entre otros.

Autosabotaje: es cuando la vergüenza tóxica necesita del fracaso para permanecer.

Hipersensibilidad: nos tomamos todo a personal.

Autorrechazo: privilegiamos las necesidades ajenas sobre las nuestras.

Estas son sólo algunas formas en que se manifiesta la vergüenza tóxica. También podemos encontrar al sabelotodo y a don perfecto, o en el polo opuesto, al patán, al golpeador y al “hater”. Mientras más exagerado el rasgo, más profunda la vergüenza.

Si usted se ha identificado con alguna de estas manifestaciones, es hora de hacer un valiente examen interno, porque está huyendo de sí mismo y, claro, de su conciencia. Y sepa: no hay peor traición al alma, que ama ser lo que es, que su vergüenza por ser quien usted cree que es, que por otra parte es cosa de un ego enfermo.
25 Marzo 2017 04:00:00
Agárrenla, que se escapa
La seguridad sicológica, igual que la felicidad, es una búsqueda que los seres humanos hacemos a partir de una serie de conductas llamada Ley del Efecto Inverso o Contrario; es decir, mientras más la buscamos, más la alejamos.

Esta Ley, nacida de la antigua sabiduría zen, opera con base en cinco factores que definen cualquier quimera humana: 1) nos resistimos al malestar emocional, por tanto emprendemos una búsqueda de lo opuesto; 2) sin embargo, confundimos el objetivo, porque no estamos centrados en encontrar, sino en huir despavoridos; 3) buscamos en el lugar incorrecto, porque si lo hacemos en el correcto tendremos que enfrentar aquello de lo que estamos huyendo; 4) como no encontramos, nos conformamos con el premio de consolación y 5) con todo ello, creamos un estado emocional incompatible con lo que deseamos, que se vuelve más invasivo en la medida en que tratamos de evitarlo.

Cuando algo nos causa temor, dolor y/o sufrimiento, nuestro hábito mental es lo que conocemos como negación: lo rechazamos y lo etiquetamos como “malo”. Mientras más perturbador, más tratamos de no sentirlo. Pocas cosas hay tan perturbadoras para el ser humano como la incertidumbre.

Podemos coexistir con la infelicidad, pero no con la inseguridad. Esta, literalmente, nos impide respirar. De ahí que la búsqueda de certezas sea la más ávida que podemos emprender. Debido a que tales certezas deben convertirse en el analgésico para nuestros malestares, deben ser permanentes, de lo contrario aquellos siempre volverán. Es así como la estabilidad se convierte en sinónimo de seguridad.

Además, deben provenir del exterior, porque para que lo hagan desde nuestro interior tendríamos primero que enfrentar el malestar, idea que nos produce verdadero terror. En consecuencia, buscamos la seguridad en la permanencia en un trabajo, en una pareja, en una actividad cotidiana determinada y en una capacidad de consumo como mínimo invariable. Estas certezas sólo pueden partir de lo conocido. Son nuestras lastimosas zonas de confort. Como sistema de vida, nos hacen mediocres.

Como la naturaleza de la vida es siempre cambiante, cuando cualquiera de estas áreas de nuestra cotidianidad sufre una merma, nos desequilibramos y el malestar se empodera. Es evidente que nuestro problema es rechazar el cambio, pero no cualquiera, sino aquel que no nos permite ver lo que hay del otro lado.

La falsa seguridad obtenida mediante la precaria estabilidad que logramos “acomodando” nuestras circunstancias externas para que nada se mueva, empeñándonos sobre todo en obtener dinero en cantidades si se puede más que suficientes, es el premio de consolación, una compensación a la incertidumbre que a cada rato se nos escapa de la jaula y un mal analgésico para el malestar.

Tras bambalinas está a cargo del melodrama de nuestra vida el apego o resistencia a soltar. Nos resistimos a que acabe un amor, a cambiar de trabajo, de creencias, de gustos, de proyectos. Creamos ansiedad, miedo, preocupación, estados emocionales en los que no puede arraigar seguridad alguna.

Una vez vista la forma en que orquestamos el auto boicot de nuestras vidas, tracemos la ruta correcta: 1) aceptemos el constante cambio tanto en nosotros como en la vida, no como un sí de entendimiento intelectual, sino como una rendición de la resistencia; 2) encaremos los malestares, no nos van a matar y siempre son indicador de lo que debemos cambiar para mejorar. El cambio no sólo sobreviene, empuja si no encuentra franco el camino; 3) comprendamos que la seguridad no es inmovilidad de nuestras circunstancias, sino la certeza interior de que sabremos accionar y reaccionar de la manera correcta en las situaciones adversas, que nos plantean un reto de crecimiento. Sólo se convierten en problemas en nuestra mente; 4) sintamos la inseguridad no como un enemigo, sino como una oportunidad para reflexionar y hacer bien las cosas; 5) tengamos fe en ese poder superior que siempre tiende la red.
18 Marzo 2017 04:00:00
Hágase el hábito
La vida moderna, presa de la mercadotecnia, despierta e instiga apetitos y deseos cuya satisfacción es requisito para alcanzar una felicidad de quimera. Se vale, para ello, de un ideario promotor de modelos de vida ficticios, elaborado mediante la publicidad.

El origen de la felicidad, nos dice la mercadotecnia, está en todos los bienes y servicios que nuestro dinero puede comprar para atraernos aquello que satisfará las falsas necesidades creadas publicitariamente: belleza perfecta, envidia ajena, fama, prestigio, poder, sexo desorbitado, libertinaje, entre otras experiencias en las que erróneamente hemos depositado nuestras búsquedas primordiales de aceptación, compañía, seguridad y amor.

La mercadotecnia se alimenta de los impulsos irresistibles de adquisición, de ahí que reduzca la felicidad a estados de ánimo, evidentemente pasajeros por naturaleza, cuya nueva aparición dependerá de que adquiramos más de lo que ya tenemos, aún mejor o nuevo.

Pero no tiene la culpa la mercadotecnia, sino nosotros, que la hemos creado y la hemos utilizado para quedarnos con el premio de consolación. Efectivamente, como decía el Nobel de Literatura español Jacinto Benavente: “El dinero –y todo aquello que con él se puede comprar, agregaríamos– no puede hacer que seamos felices, pero es lo único que nos compensa de no serlo”.

Trabajamos incansablemente o, en la mayor perversión de la conducta humana, algunos delinquen, a fin de tener todo lo innecesario para ser felices, y descuidamos, aun peor, dejamos en estado salvaje, lo único que puede hacernos comprender la verdadera naturaleza de la felicidad y, por tanto, llevarnos a ella: la inteligencia, entendida no como la capacidad de almacenar y asociar datos, no como astucia ni como competitividad, sino como la sanidad del pensamiento, las emociones y los sentimientos, cuya consecuencia no es otra que la congruencia, la armonía consigo mismo y, por extensión, con nuestros semejantes y con la naturaleza.

De este lado en que ahora vivimos, con la felicidad fuera de nosotros, y no como producto del trabajo espiritual –y olvídese de las religiones; estamos hablando de conocerse uno mismo, que es mucho más complejo y difícil de lo que parece–, rige la paradoja de la felicidad: mientras más la buscamos más se aleja, porque creamos un estado mental de compulsión y ansiedad incompatible con el de bienestar que deseamos y porque allí donde la buscamos no fue donde la perdimos; solo está la intensa luz del farol –lámpara emisora de envite falso– de la publicidad, que nos atrapa como palomillas.

De este lado está su antípoda, la infelicidad, y verla cara a cara, hacerla consciente, es el principio para viajar al polo opuesto. “Encontrar las cosas que lo hacen a uno desgraciado ya es una especie de felicidad”, decía François de La Rochefoucauld.

Y he aquí lo que nos hace infelices a todos: poner la vida en suspenso pensando: “seré feliz cuando...”; sentirnos víctimas de las circunstancias; quejarnos constantemente; preocuparnos por cosas que no podemos cambiar; centrarnos en los problemas; evadir responsabilidades o asumir las que no nos corresponden; desconfiar de los demás como principio de relación; compararnos; tratar de controlarlo todo; tener expectativas sobre otros y/o tratar de cumplir las ajenas; desconocer nuestros miedos y, por supuesto, pasar mucho tiempo y esfuerzo adquiriendo cosas.

Estos pensamientos, las emociones y conductas asociadas, son hábitos en nuestra vida que conforman la costumbre de ser infelices. Esta idea nos revela algo fundamental: la felicidad es también una cuestión de hábitos. No se trata de permanecer imperturbable y perennemente en un estado de ánimo ya sea eufórico o simplemente placentero, lo cual de suyo es imposible, sino de llevar el bienestar a la costumbre.

Piense, sienta y actúe en positivo. Cambie hábito por hábito, poco a poco, con paciencia y tenacidad. La felicidad está en el camino. No es un destino. No se encuentra; ES. Sea con ella.
11 Marzo 2017 04:00:00
La escalera al cielo (segunda de dos partes)
¿Es la conciencia causa o efecto de la existencia del ser humano? La respuesta a esta pregunta ha estado históricamente reservada para los filósofos, por parecer intrascendente a efectos prácticos en la vida cotidiana. Sin embargo, es la diferencia entre una vida llena de malestar y una plena, profundamente satisfactoria y feliz.

La forma en que vivimos es nuestra responsabilidad. Nosotros elegimos entre permitir que las circunstancias nos aprisionen o remontar el vuelo. De ahí la importancia de que todos y cada uno entendamos y respondamos la pregunta.

Si la conciencia humana fuera efecto de la existencia de los seres humanos, sería en su totalidad producto del cerebro; atada sólo a aquello que podemos percibir con los cinco sentidos y producir con el pensamiento; dependiente del mundo material y, por tanto, de la posesión; ergo, terreno del ego y de la moral impuesta para someterlo a control.

Una conciencia sin posibilidades de desarrollo, enfrascada en crear ilusiones como “Dios existe”, para darle sentido a la existencia humana más allá del vacío que todos tratamos de enterrar, pero que persistentemente amenaza con invadirnos.

Si la conciencia humana fuera efecto, ciertamente no habría nada más importante en el mundo que el automóvil sin seguro que acaba de chocar, el trabajo que recién perdió, el dinero que no le alcanza, todo lo que no se puede comprar, el reconocimiento que no logra y la salud quebrantada sin esperanza.

Esta, como ya lo habrá captado, ha sido la elección de la mayor parte de la humanidad hasta ahora, sin siquiera haberse planteado la pregunta.

Si la conciencia fuera causa de la existencia de los seres humanos, estaríamos hablando de un poder real superior a nosotros, de una existencia más allá del pensamiento, de un alma, de posibilidades infinitas de exploración de nuestro ser, de capacidades para sortear cualquier circunstancia sin convertirla en un problema, de una identidad que no requiere autodefiniciones ni autodelimitaciones, de una comprensión que trasciende el entendimiento intelectual, porque conjunta la inteligencia de la mente con la del corazón.

Estaríamos hablando de la posibilidad de conexión con La Fuente de la existencia y por tanto del desarrollo de la conciencia multidimensional, la única que nos permite conocer la verdad y la realidad, que no pueden ser pensadas, sino experimentadas. Ahí donde todo es bueno porque es amor.

Y no, por favor, no se espante por la “intensa espiritualidad” del planteamiento. A menos que seamos Cristo o Buda, no podremos instalarnos en la conciencia multidimensional o cuántica y conciliarla con las exigencias de la vida cotidiana, no al menos como la llevamos ahora.

Nuestra tarea es transformar esa vida, aumentando gradualmente la profundidad de la conciencia hasta comprender, experimentar, nuestra verdadera naturaleza. Todo comienza por observar nuestros pensamientos, emociones y sentimientos, sin ponerles nombres, sin juicios. Simplemente contemplarnos.

Si existe el que observa los pensamientos, existe alguien más arriba que el pensador: la conciencia, eso que realmente somos y que nos permite desidentificarnos con la mente y sus creaciones, el ego y sus exigencias de satisfacción total e inmediata.

En esta contemplación, que se llama meditación activa, podrá usted captar un estado de lejanía emocional y por tanto de quietud respecto de todo lo que le preocupa, le angustia, le duele. Eche ahí ancla.

De ese estado, que se puede alcanzar a diario, se regresa diferente, con una perspectiva nueva, que nos permite ir desapegándonos de las cosas materiales, emocionales e intelectuales que nos condicionan.

Sólo contémplese, la conciencia hará el trabajo. La capacidad de ver, encontrar y modificar en nosotros se irá ensanchando, iremos cada vez más profundo, comprenderemos más y, durante unos instantes, en algún momento, tendremos contacto con La Fuente. Ahí donde ni el miedo ni el vacío existen. Querrá usted volver y lo hará, las veces que así lo desee.

Así, pues, ¿cuál es su respuesta?
04 Marzo 2017 04:00:00
La escalera al cielo (primera de dos partes)
La identidad es la base de la existencia de los seres humanos, incluso en su extravío, pues ninguna de las batallas pírricas del individuo para destacar tendrían sentido alguno si no creyera saber quién es y a dónde pertenece, y con ello a quiénes superará e incluso humillará.

La identidad sólo es posible a través de la conciencia, gran misterio para los científicos, tema recurrente para los filósofos, objetivo primordial de los metafísicos y área de mayor desconocimiento de todo aquel que presume tenerla.

La conciencia no es ninguno de los conceptos que por separado han elaborado científicos, filósofos, metafísicos y el ciudadano de a pie, porque es todos a la vez. Es el camino de la evolución humana. Una escalera al cielo cuyo primer peldaño es el egoísmo y el último la verdadera identidad del hombre, el espíritu uno con la divinidad.

En el primer escalón, aquel en que nos encontramos la mayoría de los seres humanos, hemos definido y delimitado la conciencia –con el afán de poseerla y controlarla, para mantener nuestra falsa identidad y continuar la batalla pírrica por destacar–, como saber intelectual sobre el bien y el mal y nuestros propios actos en consecuencia, desde el punto de vista de la moral; conocimiento íntimo de nosotros mismos y nuestra propia existencia, según la psicología. Y a partir de aquí hemos desarrollado una distractora, por inútil, categorización de la conciencia: social, escrupulosa, laxa, dudosa, cierta, verdadera y errónea, entre otras.

En general, en este primer escalón la conciencia es conocimiento puramente intelectual. Sin comprensión. Es donde los seres humanos hemos asumido, sin cuestionar, determinados patrones y modelos de pensamiento y conducta para pertenecer y, a través de esta pertenencia, autodefinirnos; o sea, establecer nuestra identidad, que no resultará otra cosa que una personalidad reducida a los cánones sociales, de miras cortas y visión estrecha. Es el nivel de las vergüenzas y las culpas, los dogmas y la discriminación.

No importa cuánto tiempo o cuántas vidas nos lleve subir al siguiente peldaño, y al otro y al otro, tendremos que hacerlo. Afortunadamente, el primer paso es el más difícil, los otros se aceleran y aligeran por el propio efecto evolutivo que tiene la conciencia.

La conciencia, para empezar, no es individual. El nivel en que se encuentra actualmente la humanidad es producto de la historia de todas las civilizaciones, perdidas y subsistentes, del planeta. Una evolución no por cierto lineal, sino de predominios.

Muchas creencias espirituales valiosas de pueblos antiguos murieron ante los embates de las conquistas. La ley del físicamente más fuerte y más abusivo, es decir, el bullying histórico, ha venido marcando la pauta. Cuando en la era de los derechos humanos creíamos haber superado esta barbarie, estamos recibiendo un manotazo clarificador de Estados Unidos, cuyo Presidente considera que hace mucho no ganan guerras.

La culpa no la tiene Trump. Todos somos responsables. Para empezar, pocos, poquísimos seres humanos no desean ser más que los demás. ¿Cómo podemos declararnos en favor del derecho humano a la igualdad si la idea de aplicarlo a nuestra vida personal nos es detestable?

El creer que uno puede ser la excepción a las responsabilidades que como seres humanos tenemos con toda la humanidad es lo que nos mantiene en el primer escalón, igual que la comodidad de no creer o no meterse en estos temas.

No obstante, debido a que la conciencia no es individual, sino colectiva y más allá, divina, hay un cambio irreversible, que irá creciendo. Hoy, por ejemplo, la espiritualidad le fue arrebatada a los cotos de poder de las religiones y los iluminados modernos para llegar por internet a cualquiera, con peras y manzanas.

Hoy, ascender por la escalera al cielo ya no es un misterio, sino material del próximo artículo.
25 Febrero 2017 04:00:00
Piénselo
Pensar, eso que todos creemos hacer, resulta en realidad la aguja en el pajar de la actividad humana. De lo que se trata la vida, el amor, la familia, la salud, la abundancia, la felicidad, es algo que nos dijeron, que decidimos creer y que reproducimos como si fuera verdad incuestionable.

Casi nada de la información que recibimos es sometida a análisis, reflexión, cuestionamiento. No hay observación, ni descubrimiento alguno ni creación ni transformación. Hay pensamientos, pero no la acción de pensar, que no son lo mismo. Hay pereza mental, la consorte ideal e innata del miedo. Procreadores de la ignorancia.

El resultado, como dice Sharon Koenig, autora de Los Ciclos del Alma, es que “creemos que somos lo que nos dijo la sociedad, lo que esperan de nosotros... Si no actúo de esa forma, aunque sea incorrecta, no soy aprobado”.

Para qué construir la casa interior si ya viene prefabricada; nada más la amueblamos con cerca de 60 mil pensamientos diarios, de los cuales la mayoría es negatividad pura. Aun peor: sólo somos conscientes del 10%, si bien nos va; el otro 90% es el que nos controla, porque le hemos entregado la batuta a la pereza mental y bailamos al son que nos toca. Like y compartir, retuitear, whatsappear, cualquier tipo de mensaje, indignante o alentador, sin que nos paremos a pensar en su veracidad, nos permiten el autoengaño de percibirnos como seres pensantes y, ¡Oh, Dios!, hasta ciudadanos responsables.

Todos, por supuesto, tenemos terrenos mentales de pereza. Las matemáticas constituyen el más generalizado. No soy bueno para eso o no puedo es la excusa más extendida y difícil de vencer de la pereza mental, no por su lógica, sino por su carga emocional.

Hay quien, no obstante, ha permitido a la pereza mental invadir todos los ámbitos de su vida. Sin la actividad de pensar en forma crítica, que permita observar pensamientos, sentimientos y emociones, así como la congruencia entre ellos y su impacto en el ámbito físico; poner en tela de juicio la información que se obtiene, establecer relaciones, sacar conclusiones, descubrir las realidades ocultas y, en consecuencia, crear y transformar; sin esto, el cuerpo, el sentir y la mente se desconectan entre sí, dando paso a la ansiedad, el gran mal del mundo moderno: “no sé lo que quiero pero lo quiero ya”.

Sin el faro del pensar, la “loca de la casa” divaga todo el día; únicamente la escuchan con pánico las emociones; éstas, descontroladas, acuden por ayuda al cuerpo que, inocente él, se enferma. La existencia en “automático”, sin dirección. El perezoso mental completamente ajeno.

Es la forma predominante, por demás caótica, de sobrevivir, más que de vivir. El ser humano ha acolchonado su lecho de pereza mental con las plumas del ganso de la distracción, al que pone pachón con una cantidad inaudita de bienes y servicios, casi ninguno indispensable, pero cuya existencia ha modificado el concepto de pobreza y cuya carencia ha engrosado las filas de pobres.

La pereza mental ha creado un ejército de alérgicos a la vida, desde los adictos, los obsesivos de la imagen y los perfeccionistas, hasta los que hacen máximo lo mínimo indispensable. Todos escasamente resistentes a las frustraciones, renuentes a las responsabilidades e ignorantes de su condición, dando cauce sin percatarse a los pensamientos negativos.

Un ejército de gente que quiere ser infeliz porque, aunque no lo sepa, está muy confortable en ese estado, pero no se conforma: quiere lo mismo para los demás.

La buena noticia es que todos podemos ser “un hacha” para las matemáticas o iluminarnos como Buda. Sólo se requiere renunciar a la king sise de la pereza mental. Que nadie piense por nosotros. No sólo se puede, se debe.
18 Febrero 2017 04:00:00
¡Ay, amor, cómo me has ‘ponido’!
¡Cuán amorosos somos los seres humanos! ¿Por qué, entonces, no tenemos el poder de cambiar al mundo? ¿Por qué no podemos cambiar ni siquiera nuestras propias vidas? ¿Qué le falla al amor?
No es suficiente, dirán algunos. No existe, asegurarán otros. No es lo más importante, acotarán unos más. Y todos ellos, cuando lo describan, lo harán en términos de un sentimiento profundo, vivificante, incluso duradero, pero al fin y al cabo inconstante. Es decir, no sentimos amor cada minuto de nuestra vida; lo reivindicamos una y otra vez, que es distinto, y ni siquiera tan frecuentemente como deseamos.

Ciertamente la vida adquiere sentido a través de los sentimientos, estados afectivos anclados al corazón y, por tanto, lenguaje del alma; en tanto, lo pierde si predominan las emociones y las pasiones, esencialmente instintivas y conectadas en su mayor parte al sistema digestivo. Sin embargo, el amor en particular trasciende esta esfera de la existencia.

Restringirlo al universo de los sentimientos es lo que nos hace ser amorosos, pero en los términos del poema de Jaime Sabines:

Su corazón les dice que nunca han de encontrar, 

no encuentran, buscan.

Los amorosos andan como locos

porque están solos, solos, solos, 

entregándose, dándose a cada rato, 

llorando porque no salvan al amor. 

Esto es porque los seres humanos tenemos la intención puesta en transformar nuestro exterior, pero dejamos el interior en estado silvestre. Sin cultivo, la mala hierba se reproduce: el lenguaje instintivo contamina e incluso acalla al del alma, crea una confusión desde la cual vivimos el amor con dolor.

Un amor dominado por la necesidad de posesión provocada por el miedo, producto sutilmente engañoso pero omnipresente del pensamiento. Miedo al rechazo, a la soledad, a la pérdida, a la traición, a la injusticia, a la humillación y cuantas desventuras más se le ocurran, que no serán pocas si se pone pensar en ellas.

En el terreno de la vida interior “en automático”, amar es un conflicto, porque el miedo asfixia al amor. Sospecha, celos, dudas, expectativas sobre la forma en que debiera pensar y ser la otra persona, nos impiden amar. La factibilidad del amor radica no sólo en la inteligencia emocional, sino en que es mucho más que un sentimiento. Va más allá de etiquetas como: querer incondicionalmente, respetar, preferir sin necesitar.

Ninguna de ellas es el amor. Todas son resultado de él. El amor es ante todo ausencia de miedo. Sólo ese campo es fértil para el estado del ser, de conciencia, que es realmente el amor. Implica, sí, respeto, comenzando por nosotros mismos, compasión, perdón, no sólo en el sentido de subsanar una ofensa, sino de comprender al otro.

Pero si queremos procesar tales ideas con el pensamiento y construir un armazón intelectual desde el cual abordar y controlar el amor, acabaremos sólo pensándolo sin vivirlo, corrompiéndolo. No hay fórmulas para aprender a amar. El verdadero amor es una experiencia personal ajena al miedo.

Todas las “aplicaciones” del amor a la vida diaria funcionarán correctamente, y las dudas respecto de nuestras relaciones quedarán aclaradas, cuando dentro de nosotros, de primera mano y como vivencia, vencido el temor, tengamos la certeza absoluta de ser dignos tal cual somos, respetables, buenos y literalmente amables. Cuando así sea, nadie podrá dañarnos, porque no habrá manera de que nos involucremos en el no amor, ni aceptemos de nadie conductas y actitudes de no amor.

En tanto sigamos relacionándonos con miedo, permitiremos el abuso y abusaremos. Buscaremos sin encontrar. Seremos insaciables, porque el amor, como poetizó Sabines, será “la prórroga perpetua, siempre el paso siguiente, el otro, el otro”.

Para vencer el miedo tampoco hay fórmulas, gurús ni religión. Como el amor, es un camino individual. Pero sí puedo decirle: quítele el nombre al enfrentarlo, para que no se asuste más; sólo siéntalo, desenmascárelo, compréndalo. No morirá en la experiencia. Antes, todo lo contrario.
11 Febrero 2017 04:00:00
Odio, ergo temo
Detrás de toda emoción negativa hay miedo, el arma más destructiva que el ser humano ha creado. El niño o niña, en su inocencia, nada teme... hasta que tiene su primera experiencia perturbadora o dolorosa. Una vez transcurrida, su ser íntegro la rechaza, porque no la comprende.

Sabe que no quiere repetirla, de manera que se pone en estado de alerta para detectar cualquier amenaza. Nace el miedo y con él una serie de emociones aversivas respecto de las personas y situaciones con que relaciona la mala experiencia.

Sus padres deben enseñarle a procesarla. No saben. Por el contrario, refuerzan tanto el miedo como las emociones asociadas. Lo o la educan diciéndole que la gente es mala, que la vida es dura, que se van a caer, que los van a dejar de querer si no se comportan, que son malos o estúpidos si cometen errores y cientos de otras creencias generalizadoras con las cuales casi todos crecimos y... de adultos reproducimos.

Este es, hoy, el estado predominante en el desarrollo de la conciencia humana. No es la situación, sino lo que pensamos acerca de ella, lo que produce el miedo. El odio es su sima, con s por tratarse de la emoción asociada más cavernosa, profunda, oscura y peligrosa. Tantos se encuentran ahí hoy en día, en todo el mundo, que se ha acuñado el término haters, odiantes u odiadores, identificados y empoderados gracias a las redes sociales.

Son aquellos que muestran actitudes hostiles ante casi cualquier asunto, aunque tienen sus preferencias. Ofenden valiéndose de insultos, ironía, burla. Los buleadores verbales. Les gusta pensar que siempre tienen la razón y los demás están equivocados. Cualquier motivo es bueno para odiar, porque están muertos de miedo.

Viven desde el niño tremendamente asustado. No han procesado ni mental ni emocionalmente sus heridas. El miedo ha crecido con ellos. Es un temor de algo, de cualquier cosa, de todo, como escribiera el poeta chiapaneco Jaime Sabines.

Odiar da la falsa sensación de que el miedo se aleja; es una mezcla compacta de emociones y sensaciones (envidia, resentimiento, angustia, ansiedad, vacío, soledad, rechazo) que los hace sentir poderosos, osados, pero en realidad es el miedo mismo disfrazado, engañándolos.

Los odiantes pueden serlo poco o mucho, pueden solo insultar o llegar a matar. Se valen frecuentemente de la amenaza, el prejuicio, la discriminación, el berrinche, la ira y la violencia para salirse con la suya. Porque, insisto, están muertos de miedo.

Los opresores son y han sido siempre odiantes. Los nazis, los fascistas, los trompistas. Ejemplos y etiquetas sobran. Hoy son más dañinos que nunca, porque tienen la tecnología para manifestarse, conectarse unos con otros y difundir su miedo, anclándose en el de otros que se sienten vulnerables.

A estos los odiantes los llaman cobardes, pero son más valientes porque reconocen su miedo. La cobardía no es otra cosa que ceder al miedo, consciente o inconscientemente. Si empezamos por reconocerlo, hemos dado el primer paso hacia la valentía.

El miedo no es algo contra lo cual se lucha. De hacerlo, lo fortaleceremos y nos ganará la batalla. El miedo se comprende, y para comprender debemos desarrollar una inteligencia integral. Entenderlo intelectualmente será inútil, debemos sentirlo, sentir a ese niño asustado que tenía motivos para temer, debido a su indefensión, para darnos cuenta, captar, que su adulto está a salvo.

El miedo es débil, por eso se disfraza. No resiste ser desenmascarado. Quien vive a través de los disfraces de su miedo es igualmente débil, emocionalmente frágil, por eso inestable y hasta violento. Quien nos odia nos teme, pero eso no excluye la posibilidad de que nos haga daño.

La forma de encarar a los odiantes no puede ser la misma para cada una de sus manifestaciones. Ante la violencia, sólo instinto de supervivencia, pero ante la amenaza y la ofensa, ecuanimidad o hasta indiferencia.
04 Febrero 2017 04:00:00
Hay berrinches y berrinchudos
Todos los adultos hemos hecho en nuestra vida por lo menos un buen berrinche. El culpable es por supuesto el capricho, grado máximo de la expectativa o ánimo porfiado de que las cosas sean exactamente como se nos antoja que sean.

Nuestros caprichos de adultos están generalmente relacionados con antojos insatisfechos de nuestra infancia, fuertemente arraigados en nuestra psique. Imagínese usted el poder de este antojo, que ya decía Oscar Wilde: “la diferencia entre un capricho y una pasión eterna es que el capricho dura algo más”.

La forma en que lidiemos con esto, para estancarnos en el capricho y, por tanto, el berrinche, o superar la necedad, adaptarnos a la realidad y crecer, dependerá de nuestra tolerancia a la frustración. Esta, a su vez, se forma en nuestra primera infancia, entre 1 y 3 años.

En esa etapa depende de nuestros padres comenzar a enseñarnos las actitudes correctas ante la privación, comenzando por diferenciar entre necesidades y antojos. El problema es que pocos lo entienden. La mayoría lo mismo nos alimenta, cubriendo una necesidad, que nos da un juguete, cumpliendo un antojo, bajo la creencia de que darle todo al niño es darle amor, o porque cedieron, por el motivo que fuera, a nuestras demandas externadas en berrinches.

Resultado: aunque la vida nos da siempre lo que necesitamos, nos negamos a recibirlo porque no coincide con lo que creemos que necesitamos. Consecuencia: peleamos con ella en lugar de vivirla.

Afortunadamente, la capacidad de adaptación de los seres humanos es también patrimonio individual, de manera que la mayoría aprendemos a tropezones a desarrollar tolerancia a la frustración. Y aun cuando vamos por ahí sin saber bien a bien la diferencia operativa entre el antojo y la necesidad, somos aceptablemente funcionales y disfuncionales.

Hay, sin embargo, quienes no: bebés con botarga de adultos que pretenden controlar a todos y todo a punta de berrinches. Nenes a los cuales no se les impusieron límites que les permitieran comprender el concepto de recompensa, para postergar el disfrute de un antojo, ni captar la idea de que el cumplimiento de sus deseos es una responsabilidad, no un derecho oponible al mundo entero.

Estos son los adultos que tienen conflicto en cualquiera de sus relaciones, que discuten necedades, pelean por nimiedades, acostumbrados a conseguir todo o casi todo mediante manipulaciones. Su intolerancia a la frustración les impide manejar adecuadamente emociones fuertes y estados afectivos intensos.

Son las personas más dependientes que existen, porque tener lo que se les antoja y como se les antoja depende siempre de los demás, los proveedores, y porque es la atención de estos lo que le da existencia al berrinche. Sin nadie que me vea, para qué pataleo.

Así, les caracteriza su falta de asertividad, pues una vez que no pueden obtener la respuesta que fuerzan, se derrumba su mundo y se paralizan. Debido a que tolerar la frustración les parece imposible, vuelven de nuevo al combate, tratando de reproducir las circunstancias y con los mismos recursos que en su primera infancia fueron efectivos. Si a usted le parece que dentro de este esquema de conducta cabe desde uno de sus seres más queridos, hasta el líder de la nación más poderosa del mundo, sepa que hay manera de negociar con ellos, igual que lo haría con el niño.

Lucas J.J. Malaisi, en su libro Descubriendo mis Emociones y Habilidades, recomienda: trate de empatizar, para saber si es real la herida o sólo una rabieta infundada y gratuita; si es pataleta, no preste demasiada atención, sea displicente, pero no ignore por completo, o podría empeorar la situación; mantenga la calma, sea el adulto; no intente razonar con el berrinche o montará también usted en él, y fije límites claros, precisos, con paciencia y mucha firmeza.

Esto no garantiza que cambie el berrinchudo, pero usted estará a salvo.
28 Enero 2017 04:00:00
¿Por qué llora el niño, mamá?
Sin importar el tiempo que lo separe del niño que alguna vez fue, el ser humano, pasada la adolescencia, tiende a pensar que la infancia es una etapa que ha quedado atrás, superada.

Impone una barrera emocional entre el adulto supuestamente capacitado para vivir y el niño indefenso que, inevitablemente, tuvo que haber sido, porque derrumbarla duele.

Cuando alguna emoción enterrada a piedra y lodo queda al descubierto, tras un evento que lo sacuda, trae al presente memorias difusas de infancia y reconstruye con la imaginación los hechos, en un ejercicio mental llamado memoria sustitutiva, para explicarse lo sucedido en aras de reforzar la barrera.

Así, el adulto se aleja tanto de sí mismo que ni siquiera se da cuenta de que reproduce actitudes y conductas que lo dañan, establece una y otra vez el mismo tipo de infelices relaciones, se ve envuelto frecuentemente en la misma clase de situaciones insostenibles.

Hasta que, por supuesto, se da cuenta y entra en crisis. De entender que todas las heridas son de infancia y que las del adulto no son más que réplicas, comenzará por la más segura de las soluciones: traer el pasado al presente, donde puede ser manejable.

Habrá cosas que comprenda o que crea comprender, pero pocas que pueda solucionar, porque el proceso de sanación es inverso: no se explica el pasado a la luz del presente, sino el presente a la luz del pasado. El que viaja no es el niño, sino el adulto.

El recorrido es introspectivo, un viaje largo de saltos cuánticos; es decir, nos puede llevar años y, sin embargo, de un momento a otro nos encontraremos donde teníamos que estar. Tales saltos se dan con cambios simples de actitudes: dejamos de intentar que el niño sienta como el adulto y le permitimos a este sentir como el niño. Es entonces cuando verdaderamente captamos. De eso se trata el desarrollo de la conciencia.

Da miedo, pero el miedo, que no es más que un autoboicot, se va cuando uno hace lo que tiene que hacer, no antes. Sabremos entonces con certeza por qué llora el niño, y nos daremos cuenta que no está en nuestro pasado, sino aquí y ahora. Somos el niño asustado y herido.

La diferencia es que ya no dependemos de quienes nos pueden fallar, sino del adulto que tiene plena capacidad de darnos lo que siempre hemos necesitado, el que ahora somos, consciente y amoroso tras el viaje interior.

Y a partir de este encuentro, sólo necesitamos cambiar algunas cosas, con perseverancia y paciencia, para que la vida del adulto se transforme espiritualmente, sin que esto signifique que andemos por la vida “pobres y a raíz”, sacrificadamente haciendo el bien, como los arquetipos desalentadores de la psique humana. Loables, sí, pero no la única vía del espíritu.

Cambiamos nuestro diálogo interior, que en la separación con el niño ha sido predominantemente negativo: “soy tonto”, “soy insuficiente”, “los demás se aprovechan de mí”, “las personas no me quieren”. No se trata de sustituir las sentencias, sino de guardar silencio interior, que no es lo mismo que quedarse callado, para ver que no son ni ciertas ni justas. Las verdaderas vendrán solas.

Dejamos de defendernos de todo y de todos. Cada vez que nos defendemos innecesariamente, y en la mayoría de las ocasiones así es, estamos tratando de obtener la aprobación del otro, y por tanto le estamos cediendo nuestro poder y dignidad. Es el niño que no obtiene la aprobación que necesita: la nuestra.

Establecemos una relación entrañable con nuestro niño, al cual protegeremos con responsabilidad, de lo contrario él intentará protegernos, bloqueándonos vivencias para evitar un dolor que considera inmanejable desde su fragilidad.

Hay que consultarlo cuando hacemos algo que lo puede afectar, o estaremos poniendo en riesgo nuestro equilibrio. Hay que mirarlo con empatía y ternura.
21 Enero 2017 04:00:00
¿Mi niño cree en mí?
La forma en que tratamos a los demás es la forma en que nos tratamos a nosotros mismos, y es producto de nuestras experiencias en la infancia, las cuales definen quiénes seremos.

Si siente que su vida no fluye, sus proyectos, sus relaciones y su abundancia son insatisfactorios, sepa que el responsable es un niño: ese que usted fue y sigue siendo. Su niño no cree en usted.

Nadie ha tenido una infancia perfecta, excepto en su imaginación. Todos tenemos heridas, en primera instancia porque el niño exige el amor sin falla, en segunda porque eso no existe. A eso hay que añadirle verdaderos malos tratos en muchos casos, desatención y hasta abandono.

Sin ir al extremo, una crítica mal elaborada, un regaño desmesurado, una exigencia poco realista, autoridad sin razones, poca disposición para escuchar o cualquier palabra que inhiba las emociones y la imaginación, entre otras de las conductas más comunes en cualquier familia promedio, pueden causar en el infante la percepción de ser rechazado, y el rechazo es el mayor dolor para cualquier niño.

No podemos corregir el pasado, pero podemos cambiar la forma en que lo procesamos emocional y mentalmente. La mala noticia es que esto no se logra simplemente localizando la herida, es decir, rememorando el trauma y dejando salir el sentimiento, mucho menos poniendo distancia entre el adulto capaz y el niño indefenso.

La buena noticia es que ese niño está y estará siempre con nosotros. Hasta el día de nuestra muerte, de manera que podemos hacer que crea en nosotros, amándolo, escuchándolo y atendiéndolo. Nosotros somos ahora sus padres.

La idea puede sonar descabellada, sobre todo porque la mayoría de las personas tiene un débil o nulo vínculo con este niño herido, de tal manera que se han alejado también de sus cualidades innatas: inocencia, alegría, creatividad, imaginación, sorpresa, curiosidad, entre otras.

El problema de la vejez no está en el cuerpo, sino en el alma, en la desconexión con este niño. Dice Paulo Coelho que “si no nacemos de nuevo, si no volvemos a mirar la vida con la inocencia y el entusiasmo de la infancia, no tiene sentido seguir viviendo”.

Aquí y ahora podemos ponernos en contacto con ese niño interior, para darle todo lo que necesita, no en una sesión cada Corpus Christi, sino todos los días, empezando por unos momentos, porque la finalidad es reintegrarnos en uno solo con él.

Entonces nunca seremos viejos, aunque nuestros cuerpos viajen hacia el más natural de sus destinos: la muerte. Entonces tampoco le tendremos miedo a ésta. No le tendremos miedo a nada.

Aquel que tiene miedo dentro de nosotros, el que vive tratando de llamar la atención, el que está muy enojado, es arrogante, insolente, díscolo, envidioso y traicionero, entre otras monerías, es este niño herido. Es el que para protegernos del dolor nos boicotea las relaciones, porque sigue exigiendo el amor sin falla.

Algunos terapeutas consideran que el ego es parte de ese niño herido, y no es descabellada la idea, porque, ciertamente, mientras más grande el ego, más dolido el niño.

Si no podemos educar y conducir con sabiduría a nuestro niño interior, jamás podremos hacerlo con nuestros hijos.

Cuando pensamos que no podemos actuar como un niño, porque son inmaduros, débiles, alborotadores o cualquier otro adjetivo descalificativo, estamos considerando a nuestro propio niño interior de esa manera y, por tanto, rechazándolo. De la misma forma trataremos a nuestros hijos.

El sabio siempre es un niño porque ha aprendido a sentir correctamente. El niño interior está en el hemisferio derecho del cerebro, el que siente. Sentir es comprender. El exceso de racionalidad nos lleva a construir un mundo imaginario en el que no existe el dolor, pero tampoco la felicidad.

Ver la vida con los ojos de un niño es vivir plenamente.
14 Enero 2017 04:00:00
No hay yo sin límites, no hay vida sin yo
Los seres humanos sólo podemos saber quiénes somos y cuál es nuestro lugar en el mundo a través de los otros. Nuestras relaciones son, en realidad, la única posibilidad de existencia. Buscando su identidad, niños y jóvenes comienzan por interiorizar a sus padres, maestros, amigos y primeras parejas, entre otras personas.

Esta identificación con otros es la primera etapa de la autodefinción y, lamentablemente, la última en muchos casos. La mayoría de las personas, sin darse cuenta, se describe a sí misma con la mirada de quienes la rodean y basa el sentido de su propia importancia en la opinión ajena.

Falta el límite que muestra dónde comienza y dónde termina la otra persona, para saber dónde comienza y dónde termina el yo. Sin esta delimitación nadie puede pertenecerse a sí mismo. Vivirá complaciendo y dando para ser aceptado por otros, como requisito para la autoaceptación. Será incapaz de un no firme y duradero.

Esperará que en un binomio, filial, amistoso o de pareja, ambos piensen, sientan y quieran lo mismo. Manipulará y permitirá ser manipulado en aras de esta imposibilidad. Señalará, acusará, se victimizará ante lo que considera egoísmo, abuso y maltrato del otro, conduciéndose, paradójicamente, de la misma manera que censura y rechaza.

Esta es la historia de las relaciones humanas. Es la historia de la falta de límites: los personales, los que deben imponerse a los otros y los que determinan el sano funcionamiento de cualquier binomio. Ni se asumen ni se exigen responsabilidades, ni se aceptan las necesidades ajenas ni se afirman las propias, porque, como dice Jorge Bucay, todo el mundo detesta a aquella gente que no se deja manipular.

Bajo este esquema, los padres son incapaces de poner límites a los hijos o de respetarlos si es que los han fijado. Cuando lo hacen, la propia indefinición los lleva más allá de lo sano, limitando no sólo las conductas, sino las emociones y los sentimientos, humillando, descalificando y hasta invalidando, porque el hijo o hija se resiste a cumplir con sus expectativas. Como los jóvenes responden a los hechos y no a las palabras actuarán de la misma forma.

Se llega así, con todo este detestable bagaje, a la experiencia de formar la propia familia. La pareja, su fundamento, nace enferma. La guían creencias erróneas o cuando menos ambiguas sobre el amor, nacidas de, o deformadas por la ausencia de una clara autodelimitación, como “el amor no tiene límites ni barreras”, “el que ama todo lo calla, lo perdona y olvida”, “mientras lo hagas por amor no hay por qué sentirse culpable”, “todo lo que se hace por amor está bien hecho”.

Ante la falta de límites, el concepto mismo del amor es monstruoso: cómo es más importante que me ame el otro a que me ame yo mismo, es su amor el que me otorga valía y una razón para existir. Y si el otro es la fuente del amor, el que yo siento no es más que una reacción, no una acción. Así, dejamos de ser dueños el amor y nos convertimos en sus títeres.

El problema es que el otro lo vive de la misma forma. Si ninguno de los dos genera amor, no existe en realidad. Ambos fingen que aman para sí mismos y para el otro, y fingen que no fingen para hacerlo “funcionar”.

Para romper este ciclo, lo primero que hay que tener claro es que la función primordial de la pareja es el crecimiento, no la felicidad. Esta es incidental en la vida. La tranquilidad, en cambio, es primordial, pero inalcanzable sin límites.

Sólo los miembros de las parejas sanas crecen y sólo las parejas con límites claros son sanas. Los límites empiezan por uno mismo. No siempre sabremos qué queremos, pero estamos obligados a saber qué no queremos, porque esa es la medida de nuestros límites.
07 Enero 2017 04:00:00
Esperar…  o importante es el cómo
Todos los desencuentros humanos, de cualquier tipo, y todas las frustraciones personales, las que se le ocurran, dejarán de ser tales cuando se entienda cabalmente la diferencia entre esperanza y expectativa.

Ambas son formas enteramente opuestas de esperar algo. Una, la esperanza, es la manera de la gente feliz; la otra, la expectativa, la opción de la infeliz. Cambiar la arraigada y devastadora creencia de que la vida es dura e injusta, por la eficaz y constructiva idea de que es bella y justa, radica en la sutileza de esta diferenciación.

En tanto la esperanza es un deseo, la expectativa es una exigencia. Cuando nos apegamos al resultado de aquello que esperamos, y depositamos en él nuestra felicidad, seguridad o tranquilidad, hemos pasado del deseo a la exigencia.

Con la esperanza se desea que una persona o situación cambie para mejor, dejando abiertas en la mente y la emoción las vías por las cuales habrá de hacerlo y aceptando cualquier resultado. Podemos sentirnos desilusionados si aquello que esperamos no sucede, pero no infelices.

Con la expectativa no sólo esperamos un resultado, sino que elaboramos mentalmente las condiciones bajo las cuales debe darse, los pasos a seguir, las formas que adoptará y no aceptamos ninguna desviación. Esto nos lleva a intentar controlar a las personas y los acontecimientos, produciéndonos gran frustración, porque nada, evidentemente, sucederá como queremos.

La esperanza, pues, es una ilusión general, mientras la expectativa es una elaboración detallada del pensamiento, que en ocasiones prefigura hasta el más mínimo detalle sobre lo que se espera, llevándonos a la obsesión.

La esperanza le da tiempo a los sucesos, la expectativa presiona para que sucedan de inmediato. La esperanza está relacionada con la fe y con el alma; la expectativa, con la arrogancia y el ego.

La esperanza es realista, por eso no se aferra al resultado, aunque disfruta el proceso; la expectativa es necia y desmesurada, enfocada únicamente a un resultado por demás imposible, por lo que además sufre el proceso.

Veamos un ejemplo en la relación que más problemas presenta, la de pareja. La fórmula común es: “esto no funciona como debiera porque tú estás mal”. Se culpa al otro u otra porque no es como debiera ser ni hace lo que debiera hacer; no responde en detalle al modelo mental, elaborado a veces durante años, de manera que hay que hacerlo encuadrar por la fuerza, mediante manipulación y maltrato.

El resultado esperado no estará nunca a la mano, aunque el autoengaño diga lo contrario, y mientras más control y presión de se ejerza, más frustración e infelicidad se obtendrá.

En esta situación se dan todos los reclamos comunes de pareja, derivados de demandas absurdas: “tú no me quieres (como quiero que me quieras)”, “no me atiendes (como quiero que me atiendas)”, “no te importo (como quiero importarte)”, “tienes otros intereses”, “no lo haces como yo”, “no piensas como yo”, etc.

El resultado es frustración, queja constante, sufrimiento y resentimiento. En estos casos la expectativa es mutua, pues cuando uno de ellos no puede relacionarse bajo este esquema, se va.

Cambiar esta situación tan extendida es posible si mutamos la expectativa en esperanza. Esta, para comenzar, en pareja es compartida. Ambos tienen el deseo y se involucran en su cumplimiento, de manera coordinada, por tanto cada uno hace lo mejor que puede. Aun así es posible que no se realice, y no obstante cada uno quedará en paz consigo mismo, a pesar de la tristeza.

Existe también la expectativa respecto de nosotros mismos, que es aún más tiránica. Esa es la que nos hace pensar que el otro tiene razón y que debemos encuadrar en su modelo, cosa que nos será imposible, puesto que no podemos dejar de ser nosotros mismos. Y sin embargo, lo intentaremos.

Esperanza o expectativa, frustración o paz. Usted elige.
31 Diciembre 2016 03:40:00
Con qué se come la independencia
Los seres humanos somos por naturaleza interdependientes. Todos necesitamos de los demás en mayor o menor medida para vivir y desarrollarnos hasta alcanzar nuestro máximo potencial.

La interdependencia es, de hecho, uno de los estados de conciencia más avanzados. Todos estamos conectados más allá del tiempo y el espacio, unidos sin importar época, culturas, fronteras, nacionalidades o formas de sentir.

La humanidad es unidad, con lazos aun inexplorados y en formas apenas intuidas. Siendo la interdependencia esencial para existir, ¿en qué consiste aquella independencia personal y aun colectiva que se ha convertido en un ideal humano?

La respuesta es simple: en una falacia. Lo que el ser humano busca en el fondo es la autosuficiencia, es decir, bastarse a sí mismo, por miedo a ser lastimado, traicionado, abandonado, sometido y, finalmente, aniquilado, por cualquiera de quienes necesite algo, porque la necesidad nos vuelve frágiles.

La autosuficiencia es imposible, tanto para los individuos como para las naciones. Existe solo como una abstracción. Es una idea irrealizable. Su efecto no sería otro que el aislamiento, antítesis de la existencia.

La independencia, en cambio, es la libertad de autodeterminación dentro del intercambio que establecemos con otros, a nivel individual y colectivo. Por eso el factor que la hace posible es el equilibrio emocional y el valor que la caracteriza el respeto.

El intercambio más basto, complejo y profundo que los seres humanos establecemos es el amoroso, de ahí que sea en este aspecto donde tenemos más problemas para definir y establecer los límites que nos harán independientes.

En el campo de batalla de lo que erróneamente consideramos amor deponemos rápidamente las armas y cedemos nuestra independencia a cambio de que las emociones, creencias, opiniones y actitudes del otro sean nuestro parámetro para la autodefinición.

Le damos la inmensa responsabilidad de proveernos de aquello que sólo nosotros podemos darnos pero no sabemos cómo: felicidad y seguridad. Responsabilidad que la otredad toma esperando que asumamos la misma con respecto a él o ella.

En esta relación de codependencia una de las partes del binomio se convierte en víctima y la otra en victimario. Ambas tratando de dominarse entre sí desde el rol elegido; necesitadas una de la otra para desempeñarlo, y esperando que el enemigo se convierta en la persona que se desea.

A este absurdo de entregarle el control de nuestras vidas a un oponente es a lo que hemos venido llamando amor. Dice Erich Fromm, en el Arte de Amar: “Si amo a la otra persona, me siento uno con ella, pero con ella tal cual es, no como yo necesito que sea, como un objeto para mi uso. Es obvio que el respeto sólo es posible si yo he alcanzado independencia; si puedo caminar sin muletas, sin tener que dominar ni explotar a nadie”.

Amor y dependencia son polos opuestos. Si se encuentran se destruyen. El amor es respeto al derecho del otro de autodefinirse y actuar libremente, sólo con el límite que le impone la reciprocidad. Por eso la independencia implica una buena dosis de sensatez y empatía, pero sobre todo conciencia de que en el mar de las relaciones humanas lo que hagamos a otros nos será ciertamente devuelto en algún momento, quizá por alguien más.

Haz por otros, lo que quieras que hagan por ti. No hagas a otros, lo que no quieras que te hagan a ti. Esto e independencia.

Por ello es necesario el amor propio para realizar el verdadero amor con otro, sea pareja, amigo, padre, madre, hermanos o hijos. Tú eres tú, yo soy yo. Sólo yo puedo saber quién soy y compartirlo contigo, en respeto y atención mutuos.

Cuando las personas sepan a ciencia propia quiénes son, necesariamente se amarán y sabrán cómo subsanar sus carencias, miedos e inseguridades. Buscarán a sus iguales porque los preferirán, pero nos los necesitarán para ser felices.
24 Diciembre 2016 03:00:00
Ciertamente,  no estamos solos
La soledad, dice el Diccionario de la Real Academia Española, es la carencia voluntaria o involuntaria de compañía. Una definición sencilla, que razonada correctamente no significa otra cosa que el hecho de que por momentos en nuestra vida no estaremos con alguien.

¿Por qué, entonces, es uno de los mayores dramas humanos? Por lo mismo que podría serlo cualquier otra cosa: la equivocada forma de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás.

Tal equivocación radica principalmente en el exceso de ego y la insuficiencia de alma, desequilibrio existencial sostenido firmemente por un sistema de creencias repleto de falsedades.

Una de las creencias erróneas más extendidas e internalizadas es que podemos encontrar en los demás lo que nos hace falta: amor, refugio, felicidad, seguridad, tranquilidad, valía. Ellos esperan lo mismo de nosotros, aun cuando ninguno podamos dar lo que no tenemos.

Y no lo tenemos porque nos relacionamos con el ísmo del ego por delante, con nosotros mismos y con los demás. Queremos ser más que los otros y basamos el sentido de nuestra propia importancia en el reconocimiento ajeno y los bienes materiales. Somos ganadores o perdedores. No aceptamos términos medios. Lo maniqueo es del ego.

Así, pues, damos siempre y cuando podamos recibir; de hecho, exigimos; no dialogamos, monologamos frente a otro; no debatimos para encontrar la verdad o el punto de acuerdo, sino para ganar, para imponer nuestra visión, nuestra emoción; no aceptamos al otro tal cual es, lo juzgamos, tratamos de cambiarlo para que encuadre en nuestro esquema de lo bueno y lo correcto, lo utilizamos.

Ego magnificado es el negocio de las redes sociales, porque no tenemos que ver a los ojos del otro para sentirnos frenados por su reacción. En estos espacios nos enganchamos en lugar de relacionarnos.

El dominio del ego se traduce en una desconexión con nosotros mismos y con los otros. No hay lazos verdaderos, porque esos se dan en la esfera del alma. Esto es a lo que hemos venido llamando soledad. He aquí la gran confusión.

Desde esta desconexión nos metemos en el gran lío de la pareja, esperando que el otro nos dé lo que no tiene. La persona que no puede estar consigo encontrará otra en las mismas condiciones, igual que quien no sabe darse a sí mismo refugio, felicidad, amor, seguridad, tranquilidad y valía.

Ciertamente necesitamos a los demás, pero no para que nos den lo que nos hace falta, sino para crearlo nosotros mismos, en nuestro interior, a través de ellos, de manera que estemos entonces en condiciones de darlo y recibirlo sin negociaciones.

Esto puede lograrse sólo mediante la conexión, en una relación entre almas, que no necesita la presencia física del otro para sentirse acompañado. Para que sea posible, hay que renunciar a los prejuicios y los juicios, las expectativas y las exigencias. Hay que sostener un diálogo meditativo y profundo con nosotros mismos, cuestionarnos, realmente debatir, para cambiar lo que nos decimos y, por tanto, lo que creemos y lo que sentimos.

En esos momentos de meditación necesitaremos aislarnos de los demás para conectarnos con nosotros mismos, mirarnos, escucharnos, conocernos más. Ni siquiera en estos casos estaremos solos, sino en nuestra propia compañía. Esta es la “soledad” a la que se refieren quienes la aprecian.

La conexión es la voz del alma. En cualquier caso, se da en un acto profundamente receptivo y, a la vez, de neutra observancia, en el que se minimiza o cesa el “ruido” mental, es decir, el grito del ego. Puede durar segundos y marcarnos toda la vida. Podemos hacerlo solos o en compañía. Eso es la espiritualidad.

Lo espiritual no es otra cosa que callarle la bocota al ego para ir al encuentro del alma; ese ser fuera del tiempo y el espacio en el que realmente existimos y sabemos quiénes somos.

Hágalo. No estará solo.

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17 Diciembre 2016 04:00:00
Son más los que se creen buenos
Las malas personas pululan en el mundo... con la firme creencia de que son las buenas. Desde su autoerigido pedestal juzgan a los demás como tontos, débiles, hipócritas, traicioneros, egoístas; exigen, amenazan, invalidan, descalifican, fuerzan y manipulan para salirse con la suya, porque aseguran tener la razón.

Las verdaderas personas buenas escuchan, consuelan, orientan, empatizan, estimulan, toleran, aceptan; dudan sobre si están en lo correcto, admiten y corrigen de ser necesario; no critican y nunca tratan de imponer su punto de vista.

A las primeras las conocemos como gente tóxica: son todo aquello de lo que acusan a los demás; a las segundas podríamos llamarlas gente sanadora: son todo lo bueno que ven en otros.

Las tóxicas tratan de controlarnos, inoculándonos miedo y haciéndonos sentir inferiores, culpables, torpes, fracasados, inadecuados, errados, para sentirse bien consigo mismas en comparación con nosotros. O nos hacen sufrir como ellas para equilibrar su balanza de la justicia.

Las sanadoras nos guían para encontrar lo que nos debilita y lo que nos fortalece, potencian nuestras cualidades; despiertan en nosotros nuevos intereses; nos escuchan y contienen cuando nos sentimos mal; comparten su experiencia personal confiados, francos y transparentes.

Las tóxicas no terminan de irse nunca, a menos que pongamos distancia definitiva, pues se alimentan de nuestra energía. Las sanadoras, aunque se vayan, siempre están presentes cuando las necesitamos, compartiendo su alma.

El mundo estaría mucho mejor si esta maniquea clasificación campeara, porque sabríamos de dónde a dónde ir. El problema es que la mayoría de los seres humanos somos y actuamos ambos polos, negro y blanco, acompañados de una amplia escala de grises.

Si estamos junto a gente tóxica y no nos hemos dado cuenta, o ya lo hicimos, pero no podemos salir de la relación, es que en nosotros hay también algo de tóxico que nos permite continuar en esa zona de confort donde podemos evitar la incertidumbre del cambio.

Así que podríamos ver la otra cara de la moneda de nuestro epígrafe: si estamos buscando un cubo para echar nuestra basura, procuremos que no sea la mente de otros.

Casi nadie se salva de hacer sentir culpable, inadecuado, equivocado o insuficiente a otro para manipular la situación en su favor; de maltratarlo verbalmente o de excusarse, mentir y ser ambiguo para controlar una relación, arrogándose la experiencia, el conocimiento y la razón, pero sin una autoobservación y sin un reconocimiento verdadero del ser del otro.

El tóxico no se da cuenta de que es tóxico, especialmente el llamado pasivo agresivo, ya que el neurótico, el chismoso, el autoritario, el psicópata, el maltratador verbal o físico y el descalificador pueden, por sus acciones, quedar expuestos ante los demás, primero, y ante sí mismos, después.

El pasivo agresivo, por omiso, es el tóxico más dañino. Pasa inadvertido largo tiempo. He aquí algunas de sus actitudes: ambigüedad, olvidos frecuentes, tardanza crónica, ineficiencia intencionada, postergación; resentimiento, hostilidad o enfado silenciosos; sarcasmo, resistencia mediante excusas y mentiras, fomento del caos, miedo a la intimidad, la autoridad y la competición.

Sí usted se relaciona con gente así, en algún grado es gente así. El primer paso es reconocer la intoxicación. Después habrá que romper o dejar de establecer esas relaciones para ir eliminando la toxina. Podrá entonces ver en usted aquello de lo que acusa al otro. No querrá entonces otra cosa que cambiar.

El camino de la evolución humana va del negro de un egoísmo venenoso en el que somos incapaces de relacionarnos incluso con nosotros mismos, al blanco de la conciencia de colectividad en el que podremos encontrarnos y conocernos a través de los otros, aunque históricamente hayamos pensado lo contrario, es decir, que el egoísta sólo está con él mismo y el que ve por los demás no puede estar consigo. De esta errónea creencia está hecho el limbo espiritual.
10 Diciembre 2016 04:00:00
Aprendiendo a vivir
En el mundo moderno podemos saber prácticamente cualquier cosa a través del invento más revolucionario de la historia de la humanidad: internet. Cosas que pueden cambiar nuestras creencias o reforzarlas, modificar nuestras decisiones y forma actuar.

Pero nunca hemos sido tan ignorantes, porque seguimos sin saber vivir. Ni siquiera hemos entendido que este aprendizaje en particular es el más importante de todos. Es el despertar de la conciencia.

Aprender a vivir es algo que nada ni nadie puede enseñarnos, aunque pueda orientarnos y asistirnos en el proceso. Es un camino individual, porque requiere que cada uno sepa, por sí mismo, quién es realmente.

Lo básico para aprender a vivir es que conozcamos nuestra geografía interior, empezando por distinguir entre emociones y sentimientos; relacionándolos después con nuestra historia personal, el propio cuerpo, el entorno familiar, cultural y temporal.

Así es, emociones y sentimientos no son lo mismo. Las primeras son olas, frecuentemente embravecidas, que nos hundirán si dejamos la nave de la vida al garete. Son poderosas, pero no son el mar. Los segundos son las corrientes submarinas, las que dan sostén y equilibrio a la verdadera vida.

Las emociones son cambios súbitos de humor, que se nos pasan en minutos u horas, pero de intensificarse, embravecerse, se convierten en pasiones, que pueden durar de semanas a años. Los sentimientos son estados afectivos profundos, perennes, ligados a nuestra capacidad de comprender, a la voluntad y a todo aquello que es de vital importancia, como la familia, los amigos, la vocación.

Las emociones están conectadas más al sistema digestivo –donde operan más de 100 millones de neuronas–, que al cerebro, y son predominantemente instintivas. La ira, el odio, la alegría, el embelesamiento, el miedo, la vergüenza, la tristeza, la lástima, la culpa y el asombro, entre otras, son emociones. Intensificadas, son pasiones. El embelesamiento, en esta fase, se convierte en enamoramiento.

El fanatismo es la pasión del enamoramiento llevada a personajes, objetos, ideologías o creencias. La pasión también puede llevarnos a la virtud si la enfocamos en actividades creativas, asistenciales, productivas, entre otras.

Cuando hemos vivido con miedos, odios, furias y rencores acumulados durante muchos años, nos hemos estado aferrando a pasiones destructivas, que distorsionan la inteligencia y la conducta. Las olas embravecidas han conducido la nave de nuestra vida durante años. El sufrimiento proviene de este estado morboso, por cuanto causa enfermedad mental y física.

Los sentimientos son el lenguaje del alma y se alojan en el corazón. Hablamos de amor, generosidad, gratitud, lealtad, empatía, compasión, dolor real, tristeza profunda y varios más que usted descubrirá en su propio mapa interior.

La importancia de esta clasificación es saber que, como distintos en su naturaleza, distintos son también sus efectos. Las emociones tienen por supuesto un objetivo más que útil: protegernos, pero cuando toman el control de nuestras vidas nos roban la energía vital, la estabilidad, la felicidad y, sobre todo, la profundidad. Nos estresan y dan ansiedad. Las emociones son la parte más superficial del ser humano, seguidas por las pasiones, que pueden por su parte llenarnos de obsesiones o de tenacidad. Uno decide.

La vida se vive en las profundidades, en los sentimientos, que a diferencia de las emociones, nos vivifican, nos dan energía y nos tranquilizan; dan sentido a nuestras vidas; son suaves, benévolos y liberadores. Nos hacen inteligentes y refuerzan nuestra voluntad. Nos llevan no a saber, sino a realmente comprender, cualquier cosa.

El problema del mundo es que la mayoría vive en la superficie de su humanidad, en la esfera emocional. Ahí no hay nada qué hacer, más que dejarse llevar. Sentir es un trabajo constante. Requiere valentía porque hay que ser introspectivo, vulnerable y humilde.

Hoy el analfabetismo es sobre todo personal, no sabemos leernos ni describirnos ni escribirnos a nosotros mismos. Nos autocategorizamos y autoclasificamos pensando que con eso sabemos quiénes somos. Transcurrimos en lugar de existir.
03 Diciembre 2016 02:07:00
Filosofía remasterizada
Ya tiene su tiempo en el planeta Tierra, unos 2 mil 500 años más o menos, la idea de que el principal objetivo de la educación debiera ser enseñar a pensar correctamente. Hasta ahora no conozco un solo detractor, pero sí muy pocos impulsores decididos, y no, por cierto, en los gobiernos del mundo.

Menos son todavía las propuestas para hacerlo viable. Me parece que la mejor es la que plantea Lou Marinoff en su libro Más Platón y menos Prozac, en el que sugiere aplicar la filosofía a nuestro sistema de vida para alcanzar un mayor equilibrio interior.

Esto quiere decir, sí, que lo recomendable, a muy temprana edad incluso, es acercarnos a las grandes mentes de la historia de la humanidad para aprender de sus enseñanzas. Mentes filosóficas por inquisitivas, creativas, críticas, antidogmáticas y, por tanto, revolucionarias. Mentes que preguntaron más de lo que respondieron a cuestiones aún irresueltas, como el sentido de la vida.

Son muchas, pero no tantas como la humanidad necesita. A manera de ejemplo, tenemos a Sócrates, Platón, Aristóteles, Empédocles, Cicerón, Descartes, Diderot, Kant, Hegel, Heidegger, Hobbes, Rousseau, santo Tomás de Aquino, Einstein (la mente filosófica más destacada del pensamiento científico) y hasta Charles Chaplin, Groucho Marx y el infaltable Filósofo de Güemez.

Pero lo más importante es aprender a pensar como ellos. Todos podemos ser Sócrates, ni más ni menos brillantes si nuestra mente opera con el chip de la filosofía, porque como lo dijera él mismo, ya todas las respuestas a todas las preguntas están en nuestro interior.

Ahora bien, lo que mantiene viva la filosofía, lo que activa la mente filosófica, es la pregunta. La pregunta por sí misma es lo esencial, lo valioso. La respuesta vendrá, pero deberá ser superada por otra pregunta, porque, como aseguraba Charles Péguy, “una gran filosofía no es la que instala la verdad definitiva, sino la que produce una inquietud”.

El mal de nuestros tiempos es que vivimos con el recién descubierto cerebro de los intestinos, que nos lleva a las respuestas sin haber formulado las preguntas; respuestas dadas por las ideologías, las creencias, los dogmas. Las internalizamos sin cuestionarlas, es decir, sin poner en acción el pensamiento filosófico, y nos convertimos en zombies que se comen su propio cerebro y prodigan vísceras. Seres que van por la vida con la emoción como lanza en ristre, derribando monstruos imaginarios.

Nuestras vidas internas están muertas cuando no hay inquietud, capacidad de asombro, preguntas, entusiasmo por la búsqueda. No hay por tanto creatividad. Nos queda sólo un apetito insaciable por emociones, cada vez más fuertes. Por eso la ira, la indignación, la envidia y el odio se contagian, se viralizan.

Todo por falta de filosofía como método de razonamiento, más que de conocimiento del pensamiento profundo, pero ajeno. Decía René Descartes que “vivir sin filosofar es, propiamente, tener los ojos cerrados, sin tratar de abrirlos jamás”. Señalaba, también, que “las naciones son tanto más civilizadas y cultas cuanto mejor filosofan sus hombres”.

Ser filósofo no es más que llevar una vida bien pensada y en consecuencia bien sentida; es, según Platón, mantener “un silencioso diálogo del alma consigo misma en torno al ser”. Y aquí aparece un nuevo elemento en la filosofía: el alma. Vivir desde el alma es supeditar la inteligencia de la mente a la del corazón, porque, como bien dijera Arturo Graf, “no es filósofo quien teniendo una filosofía en la cabeza no la tiene además en el corazón”.

En cuanto a la educación, el método por excelencia para enseñar a pensar es el primero en ser creado: la mayéutica de Sócrates: diálogo en el que uno de los interlocutores realiza preguntas pertinentes a otro para que descubra la verdad por sí mismo.

En cualquier caso, la filosofía es, ante todo, un acto creador y la única vía para conocernos a nosotros mismos.
26 Noviembre 2016 02:07:00
La ignorancia también es poder (segunda y última parte)
La ignorancia como elección es tan calamitosa para el mundo como para nuestras vidas personales. No saber nos da una falsa sensación de bienestar y seguridad, a costa de transcurrir en la irrealidad. La conciencia, que siempre nos llevará al conocimiento, es perturbadora, por revolucionaria, pero es la verdadera vida.

Sin embargo, preferimos vivir en pequeños y frágiles mundos aislados, como pompas de jabón. Cualquier día la vida revienta nuestra burbuja y tenemos la alternativa de ver la verdad o la de volver a refugiarnos. Esto es lo común.

Para ilustrar: nunca falta el amigo o la amiga que siempre nos cuenta cuánto sufre. Si le decimos que está así porque quiere, probablemente se enojará. Se aferrará a su oscuridad. En el caso contrario, puede tratarse de algún escapista que ve todo color de rosa cuando lo que le rodea se desmorona. El resultado será el mismo.

¿Recuerda la película de Robin Williams Más Allá de los Sueños, en la que su esposa se suicida y va al infierno? Un infierno construido por ella, por sus recuerdos, sus pérdidas, su sufrimiento, las cosas a las que se apegó en vida. De eso están hechos nuestros pequeños mundos.

Así es como existen muchos sin necesidad de morir, pero sin vivir. Esto no es más que ignorancia. La humanidad todavía desconoce la mayor parte del potencial del cerebro, de los pensamientos; es escasamente consciente del poder individual y colectivo, tanto para el bien como para el mal, de la interdependencia entre personas y sociedades y de la importancia de cada uno dentro de una colectividad. Seguimos estando en la infancia de la conciencia humana.

Aunque no nos demos cuenta claramente, en nuestros pequeños mundos no hay más que miedo: miedo a que se reviente nuestra pompa y quedemos expuestos al rechazo por parte de los habitantes de otras burbujas; miedo a no ser el rey o reina que creemos ser, a la soledad que en realidad ya estamos padeciendo.

El miedo es producto del pensamiento, sí, pero de un pensamiento limitado por la ignorancia sobre lo que hay más allá de todo lo que podemos tocar, mirar, saborear, etcétera. Nuestras percepciones de lo inmanifiesto han sido calificadas durante centurias como brujería, supersticiones o alucinaciones.

El pensamiento limitado produce miedo incluso de las situaciones y las cosas comunes, de público dominio. El pánico se generaliza, se viraliza y la experiencia individual y colectiva se convierte en un una expectativa negativa que por supuesto puede realizarse, por el poder que ponemos en ella más que por destino fatal.

Ante esta situación, la mayoría opta o por continuar dándole energía a la expectativa negativa, si su umbral de estrés es alto, o por ignorar información que cree incomprensible y tapiar su pequeño mundo contra todo lo que lo perturbe. La ignorancia es la antítesis de la mente analítica y la negación es una de sus tácticas favoritas.

Sin embargo, como he dicho antes, y lo creo firmemente, la humanidad está mejor que nunca y a punto de tomar otros rumbos de evolución. La conciencia va ganando hasta ahora, pero el planeta no resistirá mucho más. Hay que acelerar el proceso.

En tanto, muchos siguen transcurriendo por la vida muertos de miedo, confundiendo la vulnerabilidad, que es la capacidad de permitirle a otros mirarnos tal cual somos, con la debilidad, que es sentirnos afectados por el juicio ajeno; la lealtad con la complicidad, el éxito con el logro, el sufrimiento con el dolor, la diferencia con el error. Ignorancia pura.

Podemos ignorar incluso nuestro propio pasado, valiéndonos de la llamada memoria sustitutiva, que nos afecta prácticamente a todos: cuando no recordamos un hecho de nuestra vida, por el motivo que sea, lo sustituimos con otro construido por lo que deseamos sentir.

Cuánto nos mentimos está directamente relacionado con cuánto queremos ignorar.
19 Noviembre 2016 04:07:00
La ignorancia también es poder (1)
De entre los ignorantes surgen los sabios, es decir, aquellos que quieren saber, pero también los necios: los que creen saber, y los cínicos: los que saben el daño que hacen, pero no les importa, porque ignoran cuánto dependen de aquellos a los que dañan.

Los primeros son los menos en el mundo; los segundos, la mayoría; los terceros, más de los que desearíamos, porque en este rango están quienes atentan contra la vida o el patrimonio de sus semejantes. La ignorancia, decía Honorato de Balzac, es la madre de todos los crímenes.

Ignorantes somos todos. Sólo debemos elegir en qué categoría ubicarnos, tomando en cuenta que, como ya se dijo, los más estamos, generalmente sin saberlo, en la segunda, que se convierte por tanto en la más perniciosa. Ya decía Antonio Machado: “de cada diez cabezas una piensa y nueve embisten”.

Superarla es lo que realmente cambiará el mundo. Difícil tarea porque el ignorante común ignora su propia ignorancia. Sólo que hoy es más necesario que nunca, porque nos encontramos ante una disyuntiva: continuamos destruyendo el planeta con nuestra ciega confianza en el progreso material como fuente de bienestar, o lo cuidamos liberándolo de la opresión humana y conviviendo armónicamente con él. La imbecilidad o la verdadera inteligencia.

Sobre la segunda opción, diremos que involucra un cambio activo de conciencia, que no es otra cosa que abrir el corazón para abrir la mente. Comprenderemos entonces nuestra interdependencia con los otros y con la naturaleza. Se trata de querer saber, ni hoy ni mañana, sino siempre.

Saber con el corazón nos mueve a actuar para el bien. La mente es sólo su asistente. Cuando aquel está cerrado o endurecido por el odio, el miedo, el resentimiento, la envidia, etcétera, el pensamiento se distorsiona, elige zonas de confort para que nos sintamos seguros y pone una sólida barrera contra el conocimiento.

Siempre habrá algo que ignoremos. Lo importante es lo que debemos saber: ¿quiénes somos? Decía el filósofo alemán Martin Heidegger que “ninguna época ha sabido tantas y tan diversas cosas sobre el hombre como la nuestra. Pero en verdad nunca se ha sabido menos qué es el hombre”.

De todo lo que ignoramos, lo que no sabemos sobre nosotros mismos es lo que está provocando todas las catástrofes del mundo. En nuestra ignorancia nos vemos separados de los demás y de la naturaleza. Nos sentimos así constantemente amenazados, por otras razas, otras culturas, otras formas de ser y de ver el mundo, incluso entre vecinos.

Nos empecinamos entonces en ser lo que creemos ser y, desde esa trinchera, convirtiendo todo lo que nos es extraño en la representación del mal o del error, lo combatimos con arrogancia, necedad, agresividad y violencia en el extremo.

De este miedo enorme que nos provoca la ignorancia es de donde surgen los populistas y sus votantes; los xenófobos, los homófobos y todos los ófobos. Desde esta noche de la mente tomamos las peores decisiones.

Nos autoengañamos dándole calidad de verdad inmutable a nuestras creencias y no vemos nada que las contradiga aunque nos tropecemos con ello. Ni la víctima ni el victimario verán lo bueno, pues necesitan justificar sus opciones de vida.

El ciudadano y el político, tanto el que confía como el que no, se negarán a saber, lo malo o lo bueno, según el caso, que sucede a su alrededor y en el ejercicio de gobierno, porque necesitan seguir creyendo lo que creen.

La ilusoria seguridad y la malentendida felicidad que nos da la ignorancia son preferibles, porque no sabemos enfrentar la incertidumbre externa desde la certeza del corazón, sabiendo que todo lo que demos y hagamos retornará multiplicado. Esto ya no es cuestión de fe, sino de física cuántica. La espiritualidad ya es ciencia.

Desafortunadamente, la ignorancia es tan poderosa como el conocimiento. Aun peor, es un cómodo sustituto de este.
12 Noviembre 2016 04:05:00
Cuando lo que consumimos nos consume (Segunda y última parte)
El mundo está en una crisis ecológica, social y económica sin precedentes, deteriorándose aceleradamente como consecuencia de la egolatría humana, es decir, el culto excesivo hacia la especie.

Una especie que no considera al planeta como una criatura viva, con la cual debe mantener un intercambio justo y armónico, sino como una fuente inagotable de insumos para satisfacer sus ocurrencias.

Aun peor, una especie que considera inferiores o amenazantes a las otras.

No obstante, tiene la capacidad de mirarse objetivamente a sí misma, de manera que se ha dado cuenta de esta disfunción, sin que desafortunadamente haya podido hasta ahora revertirla, porque, a diferencia del planeta, no opera con unicidad.

Nuestra especie se guía por mayorías, y estas en la historia de la humanidad han causado grandes males y pocos bienes, porque si hay algo que se contagia con mayor rapidez que el virus más pandémico son las emociones negativas y el pensamiento distorsionado.

De emociones negativas y pensamiento distorsionado está constituido uno de los mayores males que ha padecido la humanidad en toda su existencia, el que verdaderamente tiene al borde del abismo al planeta: el consumismo.

Por la adquisición indiscriminada y muchas veces compulsiva de bienes y servicios, la mayoría de ellos deseados pero no realmente necesitados, estamos sobreexplotando al planeta y envenenándolo con los desechos de esta conducta maniaca.

La causa de ello es, como advirtiera el sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman, en la segunda mitad del siglo pasado, que “nos hallamos en una situación en la que, de modo constante, se nos incentiva y predispone a actuar de manera egocéntrica y materialista”.

Tal incentivación se realiza mediante el engaño, en la forma en que lo describiera André Gide, Premio Nobel de Literatura:

“Civilizar a un pueblo no es otra cosa que hacerle sentir nuevas necesidades”.

Engaño que, volviendo a Zygmunt Bauman, “apuesta a la irracionalidad de los consumidores, y no a sus decisiones bien informadas tomadas en frío; apuesta a despertar la emoción consumista, y no a cultivar la razón”.

Pero, ¿quién nos engaña y, por tanto, nos incentiva?: ¿los publicistas?, ¿los gobiernos?, ¿los empresarios?, ¿los poderosos, en general? Pues sí.

O sea, nosotros mismos, que cuando alcanzamos posiciones de poder y/o influencia, seguimos siendo los mismos egoístas de siempre.

Las conciencias que han ido despertando, pocas respecto de las que todavía duermen, pero suficientes para hacerse oír, no sólo han hecho sonoras advertencias, sino que han planteado diversas soluciones que además han ido adaptándose a las circunstancias y enriqueciéndose.

Por ejemplo, durante las últimas dos décadas del siglo pasado y aún durante la primera del presente, se habló del concepto sustentabilidad, como una forma de utilizar racionalmente los recursos del planeta para satisfacer las necesidades humanas del presente sin comprometer la satisfacción de las del futuro.

También involucraba un replanteamiento de las instituciones sociales y de la responsabilidad empresarial para crear condiciones de mayor equidad económica entre los habitantes del planeta.

No obstante, tal planteamiento estaba en ciernes en lo que a la naturaleza de las necesidades humanas respecta y en lo que al bienestar económico representa.

Es así que nació el que hoy se utiliza a nivel mundial: sostenibilidad, que va al meollo del asunto: el verdadero bienestar no depende de la continua acumulación de posesiones materiales, sino de desarrollar una vida llena de sentido en un contexto social cooperativo y en armonía con un entorno natural que mantenga su integridad.

Para que el sentido del yo de la sociedad moderna se desvincule del “mucho tener” y el “poco ser”, la acción determinante corresponde al individuo, a cada persona del planeta.

Cada uno tiene que aprender a ser resiliente, es decir, capaz de superar traumas y carencias para autorrealizarse, y a partir de ahí revalorar la vida, buscarle sentido en la interdependencia, tanto con sus semejantes como con el planeta.
06 Noviembre 2016 03:00:00
Cuando lo que consumimos nos consume (primera parte)
Detrás de cualquier adicción hay un inmaduro patológico queriendo satisfacer de manera inmediata y fugaz, por tanto irracional, una necesidad primigenia, actitud inherente a la primera infancia, en la que denominamos a la persona como “el bebé”.

Ahora bien, las situaciones traumáticas o la insatisfacción de un ser humano, desde su nacimiento hasta la edad adulta, no son causa directa de una adicción, sino la incapacidad de crecer: no nos enseñaron cómo, porque no sabían cómo, y cuando el adicto se enfrenta a la necesidad de hacerlo, se encuentra con una tarea aterrante.

Debe, inicialmente, renunciar a lo único que considera puede “salvarlo” del caos total: su adicción. Este es el reto mayor; el miedo y la angustia pueden ser inatacables. Después tendrá que remontar una vida de pensamiento distorsionado, autoengaño y emociones descontroladas, a la que se aferrará con desespero, porque no conoce otra.

Cuando en la adicción está involucrada una sustancia que altera el cuerpo y la psique de forma radical, se vuelve más difícil corregir el problema, para comenzar a crecer y reinsertarse en la “normalidad”.

Hasta aquí todo claro, puesto que este tipo de adicto es no sólo señalado, sino censurado y en muchas ocasiones marginado socialmente, por el daño que hace, primero, a su familia, después a la comunidad.

Pero, ¿qué pasa cuando la adicción ni siquiera es detectada como tal, cuando la padece la mayoría de las personas y la padecerán muchas otras porque es considerada imprescindible y, por tanto, estimulada? No, no estamos hablando de Un Mundo Feliz, de Aldous Huxley, sino de la sociedad actual y su tendencia al consumismo.

No hay sustancia involucrada, pero la finalidad primordial es la misma: satisfacer de forma inmediata y fugaz, por tanto irracional, una necesidad primigenia y, como la adicción es generalizada, a través de tal conducta ser reconocido como miembro prominente en una cultura en la que prevalece la orientación mercantil y el éxito material es el valor predominante.

Y en tal cultura, como dice Erich Fromm, “no hay en realidad motivos para sorprenderse de que las relaciones amorosas humanas sigan el mismo esquema que gobierna el mercado de bienes y de trabajo”.

Hagamos la distinción entre consumo y consumismo antes de continuar, para evitar confusiones. Consumo es la satisfacción de necesidades mediante el uso de los bienes y los servicios. Consumismo es el afán por comprar bienes indiscriminadamente, aun sin ser necesario adquirirlos.

En cuestión de definiciones puede quedar muy clara la diferencia, no así en el ámbito de la conducta, porque, lo he dicho no pocas veces en este espacio, no sabemos distinguir entre deseos y necesidades. Como el niño que ya camina y habla, queremos un juguete con la misma intensidad con que necesitamos comer, y si no lo obtenemos hacemos berrinche.

Desde ese niño, como dice José Luis López Aranguren, uno de los filósofos españoles más influyentes del siglo 20, “buscamos la felicidad en los bienes externos, en las riquezas”, por eso es que “el consumismo es la forma actual del bien máximo. Pero la figura del consumidor satisfecho es ilusoria: el consumidor nunca está satisfecho, es insaciable y, por tanto, no feliz”.

Es insaciable como el niño que siempre quiere juguete nuevo y, como ese niño, se aburre pronto de él. Es insaciable como el alcohólico o el drogadicto que consumen hasta perder el control.

El individuo insaciable deja a un lado el contacto consigo mismo, los sentimientos, la consideración por los demás, el aprecio por lo que tiene y el conocimiento de lo que realmente necesita, para vivir de manera ficticia, deprimido sin darse cuenta.

Este es el individuo común en las sociedades modernas, en las que la mercadotecnia nos engaña cínicamente y las tarjetas de crédito se obtienen más fácil que una gripe; en las que lo que consumimos nos consume.
29 Octubre 2016 04:07:00
Perdone usted. Tercera y última parte
Esta frase del poeta inglés William Blake está estrechamente relacionada con la expectativa: de nuestros enemigos no esperamos más que ataques, y si bien nos va no los recibiremos; de nuestros amigos aspiramos a lealtad, respeto, empatía y solidaridad, entre otras virtudes, cuyo incumplimiento puede llegar a ser más o menos doloroso según, no sólo las circunstancias en que se dé, sino el nivel de reciprocidad, es decir, cuánto damos respecto de lo que recibimos.

Pensará, porque es lo común, que si damos más de lo que recibimos será mayor la ofensa. Todo lo contrario, es cuando damos menos que nos resentimos mucho más con quien nos ha fallado o supuestamente lo ha hecho, porque si pusiéramos en práctica las virtudes que exigimos del otro, comprenderíamos sus motivos y seríamos menos severos. Podríamos, por tanto, perdonar menos dificultosamente.

En materia de relaciones personales, la expectativa es el desencanto anunciado, y es directamente proporcional a la cantidad de carencias emocionales de quien la interpone. Y todos lo hacemos, en mayor o menor medida, partiendo por supuesto de la relación con nosotros mismos, de la expectativa que tenemos sobre quiénes deberíamos ser.

Con nosotros mismos somos implacables, porque la expectativa es como mínimo la perfección. De manera que si creernos insuficientes ya es motivo para odiarnos, lo será mucho más cometer errores de graves consecuencias o que nos produzcan una gran vergüenza. Esos parecen imperdonables, y si pensamos que lo son, lo serán.

Los guardamos en el cajón cerrado de la memoria, que a nuestro pesar se abre de vez en cuando, o vivimos atormentados por ellos, pero ni se nos ocurre perdonarnos. Así, nos anclamos al pasado y, por tanto, seguimos siendo lo que fuimos; nos juzgamos enteramente a partir de los mismos, reforzando nuestra imagen de inmerecimiento, y llevamos la culpa y la vergüenza a cuestas hasta mutilarnos emocional y espiritualmente.

Nuestra alma necesita las virtudes, y como no podemos tenerlas, nuestra gorgona emocional las exige de los demás, a quienes petrificamos en una imagen virtuosa de la cual no pueden escapar sin provocar nuestra ira.

Esto quiere decir que la mayoría nos quedamos en la primera fase del perdón: la negación, o a lo sumo en la segunda: la ira. Hay quien llega a la tercera: la negociación con la realidad. Pero hasta ahí. Pocos culminan la cuarta y la quinta: el dolor genuino y la aceptación plena, ambas desde el corazón, sin las cuales jamás se perdona ni se crece.

Podemos pasarnos años sintiendo y pensando: esto no puede ser, antes de pasar a sentir ira por lo sucedido, en la cual también nos podemos instalar lustros o décadas. Si logramos sobrepasar la ira, probablemente nos estanquemos otro buen tiempo negociando con la realidad, o sea, racionalizando los hechos y las situaciones para poner orden en la mente, de manera que apacigüemos al animal herido. Tres etapas en las que, por estar pelando, dejamos de vivir.

Pocos llegan al dolor real y a la aceptación plena porque son experiencias duras por transformadoras: derriban estructuras mentales que hemos construido durante toda una vida; es decir, derrumban el ego, y esto puede sentirse literalmente como una experiencia de muerte, porque lo es. Morimos para renacer a una vida que ya nunca podrá ser la misma.

Ahora bien, aunque este proceso es muy íntimo, en realidad es muy difícil hacerlo solos la primera vez. Necesitamos de alguien, preferentemente en igualdad de condiciones, un amigo querido, una persona que haya transitado el camino o un terapeuta, quien sin juzgarnos, con mente y corazón abiertos, nos acompañe a través del dolor rumbo a la aceptación, regalándonos también su propia experiencia si es posible. Sacar todo aquello que nos atormenta es además como un alud, va arrastrando todas las emociones negativas. Nos limpia y nos deja en paz.
22 Octubre 2016 04:08:00
Perdone usted Segunda parte
El verdadero problema del perdón no es la dificultad para llevarlo a cabo, que la hay, ya que se trata de un proceso y no de un suceso; no, el obstáculo principal se halla en saber a ciencia cierta que es necesario.

Tal problema se deriva del hecho de que hemos restringido el concepto del perdón a ofensas que nos hacen otras personas, pero la realidad es que generalmente odiamos y nos resentimos mucho más allá del prójimo.

Odiamos lugares, situaciones, ideas, creencias, responsabilidades, compromisos, la vida y hasta a Dios. Nos resentimos con todo aquello que no cumple las expectativas de “su majestad el bebé”, porque, claro, de eso se trata: no hemos crecido.

Seguimos siendo aquel infante que exige chillando y el niño que quería ser grande para disfrutar de todos los beneficios de un adulto. Ni hablar de responsabilidades. Pocos han sido educados para tenerlas.

Como no podemos chillar y patalear descaradamente sin ganarnos la censura pública, lo hacemos internamente. Por supuesto nadie nos oye, nadie nos atiende; comenzamos a desarrollar emociones negativas a las cuales nos aferramos con la paradójica ilusión de que se realice aquello que demandamos.

Esta no es la imagen que queremos tener de nosotros mismos, sino aquella que hemos construido para los demás, la “máscara”, así que enviamos el original a un rincón oscuro del cerebro donde no tengamos que verlo, y entonces nos perdemos de la experiencia más liberadora y gratificante que puede tener un ser humano: el perdón.

Proceso tan devaluado por los soberbios, que hasta elaboraron la frase “que perdone Dios, porque yo no”, o tan desechado por la falsa modestia, que se le ubicó como un atributo puramente divino: “yo no soy quien para perdonarte”.

Dos frases para decir: nunca te perdonaré, porque no quiero. Y mire, si el objeto del perdón es una persona, se entiende la reticencia, porque los malentendidos de la moral nos presionan a perdonar instantáneamente, sin darnos tiempo a digerir la ofensa; nos empujan cuando aún no estamos listos.

No así, en cambio, cuando odiamos la vida, situaciones, ideas, creencias, etc., porque en tales casos el resentimiento proviene, entre otras cosas, de heridas emocionales mal o nunca sanadas, intolerancia a la frustración y negación sobre la participación que hemos tenido en los resultados. Lo que se llama inmadurez.

Las emociones negativas con que enfrentamos la vida nos enferman más que los virus y las bacterias, no sólo porque modifican la estructura de nuestras células y por tanto la operación de nuestro organismo, sino porque nos impulsan a destruir y autodestruirnos.

Lo que realmente odiamos en el fondo es a nosotros mismos, porque hay una idea instalada tras bambalinas, de la que no somos conscientes, pero que tiene el control: me merezco todo lo malo que me pasa, es mi destino, porque no soy suficiente.

Es aquí, justo en esta “capa de la cebolla”, donde cobra su real dimensión la importancia del perdón. Donde tenemos que dejar ir el odio y el resentimiento para saber que efectivamente nos merecemos todo lo que nos pasa, pero no como fatalidad, sino como respuesta a nuestra forma de pensar, sentir y actuar, porque como dijera Amado Nervo: “veo al final de mi rudo camino, que yo fui el arquitecto de mi propio destino”.

Pensando así, no querremos otra cosa más que cambiar lo que está mal, para adueñarnos de nuestra vida, y la manera de comenzar a hacerlo es perdonando, primero a nosotros mismos, por haber creído tantos años que éramos insuficientes, después al pasado, a la vida, las situaciones y hasta a Dios.

Puede pensar que es blasfemo perdonar a Dios. No, el perdón es absolutamente transformador y pacificante para el que perdona. Es la condición esencial para dejar de pelear y ponerse en paz con la vida. Eso es lo que Dios quiere para todos.
15 Octubre 2016 04:07:00
Perdone usted. Primera parte
Durante poco más de un siglo ha venido ganando terreno en el mundo la exigencia de humanizar los sistemas políticos. El comunismo y el socialismo fueron en su esencia un intento fracasado en tal sentido. Desechada la posibilidad de que una forma específica de organizar y administrar un país fuera la solución, nace y se desarrolla, hasta campear hoy, la ideología de los derechos humanos.

Ésta ha evolucionado y cobrado complejidad, de manera que hoy se comprende que los derechos humanos no los otorga el Estado, sólo los reconoce, que el aparato de gobierno no es el único que los vulnera, sino todos y cada uno de los actores sociales.

Al aterrizar la teoría en ésta última esfera, nos encontramos con que no son los sistemas políticos los deshumanizados, sino el humano mismo. Nosotros, que nos hemos convertido en ciudadanos egoístas y ególatras, con la arrogancia suficiente para atribuirnos toda la razón. La sociopatía, de tan generalizada, ha dejado de ser anómala.

Como no nos reconocemos deshumanizados, proyectamos la falla sobre el sistema político y los políticos mismos, a los cuales acusamos de estar lejos de la gente. La realidad es que la gente está lejos de la gente. Los políticos que operan el sistema no se hicieron lejanos llegando, llegaron así. Y también los hay cercanos, honestos y trabajadores.

La respuesta a la deshumanización generalizada es una nueva corriente ética: rescatar las virtudes, los valores y los principios de los individuos y su colectividad, como la única y efectiva forma de producir el cambio que tanto necesita el planeta.

El enojo, la envidia, el odio y el resentimiento son hoy las actitudes más notorias en redes sociales, movilizaciones colectivas, trato de ciudadano a ciudadano y hasta de país a país. Le echamos la culpa al otro para no hacernos responsables de nuestras emociones y las consecuencias de nuestras acciones. Estas cuestiones “personales” van con nosotros a donde vayamos y, si llegamos alto, perjudicaremos a todos los que podamos con ellas. Piense en Dondald Trump.

Lo que el mundo necesita, dicen millones de voces, cada vez más, que han ido ganando conciencia, es amor. Trillada la frase, pero profunda y cierta. Ahora, no es lo mismo lo que se necesita que lo que urge, y al mundo lo que le urge es perdón, eso tan difícil que, según Mahatma Gandhi, es un atributo sólo de los fuertes, de alma por supuesto.

Sin perdón, seguiremos dañándonos unos a los otros, matándonos, robándonos, imponiéndonos por la fuerza, desconfiando, tanto entre individuos, como entre naciones.

Y sí, no falta quien se escandaliza con la idea, pensando que perdón es lo mismo que impunidad o la posibilidad de volver a ser ofendidos. Ninguna de las dos. El perdón no es más que renunciar al odio, la envidia y el rencor, con los cuales nosotros mismos nos revictimizamos continuamente, porque la memoria emocional nos lleva a revivir una y otra vez el hecho.

Perdonando entramos en dominio de nuestra propia vida, nos quedamos en paz con lo sucedido, pero no perdemos la capacidad de protegernos. Quien ha ofendido pagará las consecuencias de sus actos. A la vida no se le escapa.

Decía Desmond Tutu, religioso, teólogo, profesor y pacifista sudafricano, que el perdón es una necesidad absoluta para la continuación de la existencia humana. Y es que si no perdonamos perpetuaremos en nosotros mismos y en los demás el daño infligido. Querremos que los otros sufran como y con nosotros para sentirnos en igualdad de condiciones y, si continuamos aferrándonos al odio y los resentimientos, nos iremos enfermando cada vez más, física y mentalmente, hasta desear el exterminio del enemigo, que para entonces será cualquiera. Piense en Hitler.

El perdón resulta entonces el primer e insoslayable paso para humanizarnos, para que la gente sea cercana a la gente.
01 Octubre 2016 04:07:00
¿Le duele?... qué bueno
Últimamente se ha difundido mucho por las redes sociales una frase atribuida a Buda: el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. Una idea sin duda revolucionaria.

Como cualquier cosa producto de la actividad humana, la globalización ha traído hasta nuestras casas, a través de internet, lo bueno y lo malo de la creación antropocéntrica. Hoy todos podemos entender a Buda. Atrás quedaron los tiempos en que la iluminación era sólo para los grandes maestros. Cosa que por cierto ellos nunca pretendieron. Su intención era trazar un camino que todos pudiéramos seguir llegada la hora.

El camino, deje usted para la iluminación, para que su vida diaria sea satisfactoria, próspera y llena de sentido, está empedrado de dolor. Así es. No hay de otra. Como diría el poeta John Keats: “¿No ves cuán necesario es un mundo de dolores y problemas para educar nuestra inteligencia y convertirla en alma?”.

Pero el miedo atávico al dolor, que es lo que en realidad mueve montañas, nos ha impedido ser plenos y felices. Eso se debe, como casi todo lo que nos causa ansiedad y angustia, a la confusión, aderezada con vanalidad.

Hemos venido concibiendo al dolor y al sufrimiento como sinónimos, y cómo no temerle al primero si el segundo es un verdadero tormento que, afortunadamente, en la mayoría de los casos es autoinfligido, y aun cuando no lo sea, es manejable, digamos que transmutable.

El dolor es del corazón y el sufrimiento del pensamiento; el primero es del presente, momentáneo, y responde a un hecho concreto, el segundo es un ancla al pasado que prolongamos indefinidamente.

Todos hemos sentido dolor. Me referiré al emocional en este caso. Ese momento en que una pérdida, una traición, un abuso, nos oprime, literalmente, el corazón; nos provoca un nudo en el estómago y, en algunos casos, molestias en los órganos sexuales. En tales momentos estamos en un estado de asombro, de vacío mental, a lo sumo interrumpido por un ¿qué está pasando? Esta es la anatomía del dolor. Su duración es corta, su utilidad inmensa, incalculable, porque nos humaniza, nos hace humildes y amorosos.

Pasado este momento de revelación, porque eso es lo que realmente es el dolor, comienza el sufrimiento si en lugar de procesar la experiencia con el alma lo hacemos con el pensamiento.

Comenzamos a fabricar juicios de cómo debieron haber sido las cosas, culpamos a alguien, ponemos fuera de nosotros el origen del mal. Intentamos absurdamente tomar el control de lo que ya sucedió y, por supuesto, de lo que deberá suceder o no en el futuro.

Mientras el dolor lleva la atención hacia nuestro interior, a nuestras carencias, necesidades y heridas, el sufrimiento la lleva hacia afuera, a los otros, las circunstancias.

El dolor nos permite tener el dominio de nuestras vidas, porque nos orienta sobre lo que tenemos qué hacer para mejorarlas; el sufrimiento nos convierte en víctimas: nada podemos hacer por cambiar la situación. La incomodidad de vivir contra la comodidad de irla pasando.

El dolor es responsabilidad y el sufrimiento irresponsabilidad. En un mundo donde nadie quiere hacer lo que le corresponde, dígame usted si es el dolor o el sufrimiento el que impera.

Ciertamente, hay circunstancias en que el sufrimiento nos es impuesto. Sólo un ejemplo: niños y adultos sujetos a trata de personas. En el caso de los adultos, con capacidad de discernimiento, las situaciones extremas son una oportunidad para un salto cuántico. Viktor Frankl, sobreviviente a los campos nazis de concentración, decía: “Si no está en tus manos cambiar una situación… siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento”.

En el caso de los niños, la monstruosidad de hacerlos sufrir tiene graves consecuencias: un mundo de irresponsables, porque mientras el dolor sensibiliza, el sufrimiento endurece, y lo que endurece amoraliza.
24 Septiembre 2016 04:06:00
Ser o no ser
Los seres humanos somos creencia. La psique humana no puede evitarla. Es su forma de autodefinirse, identificarse, ordenarse y relacionarse. Más importante aún, la creencia tiene un gran poder, hoy científicamente probado. Nos sana o nos enferma, nos fortalece o nos debilita, nos hace felices o infelices.

Nuestras creencias rara, rarísima vez son nuestras. Provienen de todas las generaciones que nos han antecedido en la historia de la humanidad. Cuando tenemos una experiencia personal, retomamos para procesarla con toda la información pertinente que tenemos acumulada, sobre todo en el inconsciente y el subconsciente.

El poder de la creencia, para bien o para mal, es resultado de una emoción asociada a un pensamiento repetido. Una mente perezosa le da el control a lo que cree; una mente analítica, que cuestiona, lo observa, lo cambia y se transforma a sí misma.

La creencia no es la verdad intocable sobre nuestras vidas, el mundo y los otros. Es una herramienta de la psique para evolucionar. Cada cosa que creemos tiene caducidad porque todo cambia y, seguramente, un alto grado de error si no la hemos sometido a un análisis concienzudo.

La creencia, buena o mala, optimista o pesimista, es un ancla al pasado cuando la hacemos pasar como la verdad, y un pasaporte a un futuro en el que sólo habrá más de lo mismo.

Si se convierte usted en aquello que cree, se quedará estancado, pero si entiende que la creencia sólo lo habita temporalmente, podrá liberarse de aquellas que lo dañan, lo debilitan, lo enferman, lo hacen sufrir, para elegir las que lo sanan, lo fortalecen y lo hacen feliz, las cuales, además, podrá renovar en la medida en que lo necesite y hasta dese-char cuando requiera abordar un problema de una forma creativa y novedosa.

Por eso, cuestionar, poner en duda lo que se cree y por qué se cree, es la mejor manera de encontrarse a sí mismo y alcanzar la verdad. No a través de otra creencia, sino en un instante de lucidez en que se da cuenta que no es lo que ha venido creyendo; por tanto, nada ni nadie es lo que creía.

En ese instante se derrumban todas las creencias, no hay a qué asirse, se detiene el pensamiento, se entra en contacto con la verdad y la realidad, que no son ideas, sino vivencias. Al momento de pensar en ellas y tratar de explicarlas, pierden su calidad de verdad y realidad. Se convierten en representaciones. Lo mismo pasa con el amor: pocas veces lo vivimos porque lo pensamos demasiado.

Una vez que hemos hecho contacto con lo que somos en realidad, en momentos fugaces, cierto, pero determinantes, comenzaremos sin darnos cuenta a transformarnos, no habrá marcha atrás; la conciencia no nos lo permitirá y las creencias adquirirán su verdadera dimensión de herramientas psíquicas.

Esta experiencia puede parecer a muchos un absurdo o algo reservado para el autor de nuestro epígrafe. Es su creencia la que se los dice. Y cómo no, si para cuestionar lo primero a lo que hay que renunciar es a la seguridad interior y la sensación de “ser alguien” que nos da la creencia, lo que será posible sólo cuando venzamos el miedo al vacío y al caos que creemos habrá en ausencia de las creencias.

Un galimatías, sí, pero qué prefiere usted creer cuando se siente enfermo: ¡seguro tengo cáncer, me voy a morir! o ¡mi cuerpo está hecho para autosanarse! Recuerde que lo que crea, invariablemente le sucederá.

Su vida transcurre conforme a sus creencias, aunque usted no sepa que las tiene. Mientras más se enoje, se indigne o se escandalice por algo, más arraigada, oculta y perniciosa es su creencia. Más grande su miedo. Abra su mente, cuestione lo que sabe. Dígase: en realidad sólo creo saber, pero no sé. Cambiarán usted, su sociedad y el mundo para mejor, mucho mejor.
17 Septiembre 2016 04:07:58
Todos somos políticos
Nadie puede sustraerse a la política, ni siquiera quienes aseguran no estar interesados, porque como decía el novelista francés Víctor Hugo, “existe solidaridad y participación vergonzosa entre el gobierno que hace el mal y el pueblo que lo deja hacer”.

Y es que la restricción impuesta al término por un uso históricamente persistente de su significado más común, aquel que lo denota como profesión, ha convertido a la política en el arte de la dominación, en lugar de lo que realmente es: la ciencia y la actividad colectiva para organizar la vida social, para integrar la poli.

Desvirtuar así la política ha obstruido la conciencia ciudadana, ha alejado a la gente de la verdad que hay detrás de su cotidianidad y le ha arrebatado su poder tanto al individuo como a la colectividad. Así de perniciosa puede ser la generalización de una creencia errónea.

Ya lo decía Aristóteles, “el hombre es un animal político”, porque es un animal social. Simple: la política es cualquier actividad del ser humano en la convivencia social, una cortesía o una grosería, un diálogo o una discusión, un plan o la falta del mismo, las directrices fijadas para alcanzar una meta en una empresa, una escuela, un proyecto personal.

Remitámonos específicamente al ámbito gubernamental. Aun así, el significado del término es amplio: arte, doctrina u opinión referente al Gobierno de los estados, actividad de quien rige o aspira a regir los asuntos públicos y del ciudadano cuando interviene en cuestiones de interés general con su opinión, su voto o de cualquier otro modo.

La última de estas acepciones nos hace políticos a todos, incluso a quienes se niegan a intervenir cuando tienen la responsabilidad de hacerlo, partiendo del desinterés o el rechazo, porque eso no es sustraerse, sino adoptar una posición, la más dañina, por cierto.

Hoy, además, las redes sociales han revolucionado la actividad de los ciudadanos en materia de participación política en el quehacer gubernamental y, más allá, en la organización social en completud.

Los gobiernos hoy responden más a las críticas de las redes sociales que a las de los medios tradicionales de comunicación, y no porque estos hayan agotado sus posibilidades de influencia, sino porque, como medios alternativos, Facebook, Twitter, Instagram, etc., le han dado al ciudadano de a pie un poder directo e inusitado.

Si los grandes teóricos de la ciencia política vivieran, tendrían como principal objeto de estudio al ciberespacio, que como no tiene ética propia lo mismo difunde pornografía que arte; crueldad que humanismo; estulticia que inteligencia, desafortunadamente más de las primeras categorías que de las segundas.

Por las redes sociales se contagian las emociones, se viralizan las ideas, se homogeinizan las creencias, pero también se cuestiona, se rompen paradigmas y se revolucionan los conceptos.

Si Goebbels viviera estaría frotándose las manos con enorme expectativa y placer.

El meme es hoy la herramienta política por excelencia; es la idea, la opinión, buena o mala, benéfica o dañina, de mayor difusión, mayor penetración e impacto. Hoy casi todos tenemos opinión política y la expresamos, desde el hogar, el lugar de trabajo, el mercado, el taxi y el zócalo, por supuesto, hasta internet. Todos, pues, tenemos actividad política, todos somos políticos, e influyentes cuando usamos redes sociales, blogs y cualquier otro espacio en el que puedan confluir gran cantidad y variedad de lectores u opinantes.

Por eso, hoy es cuando debemos reflexionar sobre la forma en que ejercemos la política. Necesario es por supuesto señalar a quienes la tienen como profesión y la denigran, pero más necesario aún comportarnos nosotros políticamente como queremos que lo hagan ellos.

Debemos ser los políticos responsables que necesitamos en el gobierno, porque de entre nuestras filas manaron y manarán. Si queremos que nos oigan, oigamos; que sean honestos, seámoslo; que vean por la gente, veamos nosotros por ella.
10 Septiembre 2016 04:06:34
Seamos justos…
Uno de los grandes males de la actualidad es que casi todas las personas viven para ser más que los demás. La igualdad es un valor de papel.

Nuestros semejantes nos son tales. Más que posibles amigos, son potenciales enemigos. Ni siquiera en la amistad se da por hecha la igualdad, de lo contrario la presunción no sería una de las actividades más socorridas entre supuestos pares.

La importancia de la igualdad, no sólo como derecho humano, sino como práctica social, radica en que es la primera fase de la justicia; la segunda es la equidad y la tercera, la imparcialidad. Y, mire usted, sólo en la tercera el Estado es completamente responsable.

La justicia como igualdad, llamada conmutativa, y como equidad, denominada distributiva, depende en su mayor parte de cada uno de los individuos de una sociedad. “Cuando uno se atribuye a sí mismo una parte de bien más grande o una parte menos grande de mal, hay iniquidad, hay desigualdad”, aseguraba Aristóteles.

Así, la igualdad es dar al otro el mismo valor que nos atribuimos, y por tanto los mismos derechos, y la equidad, otorgar a cada uno lo que merece. Si bien la idea de igualdad proporcionada es la predominante, aunque no se incorpore como conducta a la vida cotidiana, la de equidad sigue causando problemas.

Por ejemplo, aún persiste la idea de que todos podemos tener exactamente lo mismo en cuestión material. El fracaso rotundo del comunismo es la muestra de tal equivocación. La equidad responde al principio de reciprocidad: la persona recibe en la medida en que contribuye.

Este es el equilibrio que se ha roto, en todos los sistemas políticos.

Sócrates decía: “cada uno de nosotros sólo será justo en la medida en que haga lo que le corresponde”. Y en esa medida recibirá. Esto quiere decir, a su vez, que asumir y cumplir nuestras responsabilidades es la forma fundamental de hacer justicia.

Una sociedad, una nación, un gobierno, son reflejo de los ciudadanos. Esta idea tampoco es nueva, de ahí que Platón, Sócrates y Aristóteles dedicaran la mayor parte de su obra al desarrollo de las virtudes. La justicia es una de las más importantes.

Las virtudes son hábitos de obrar el bien, es decir, realizar lo valores (ideales) de una sociedad, y provienen de un pensamiento recto, producto de la razón.

Desafortunadamente, como señalaba el filósofo humanista David Hume, cuya obra sobre la justicia es muy amplia, “el sentido del deber de los seres humanos sigue siempre el curso común y natural de las pasiones”.

En otras palabras, el control de nuestras vidas y, por tanto, de todos nuestros asuntos colectivos, lo tiene la víscera. Indigestos como estamos por un cúmulo de experiencias sin procesar racionalmente, tenemos gastritis mental e inflamación egocéntrica, que nos impiden, no digamos hacer lo que nos corresponde, sino siquiera reconocer qué nos corresponde.

Por eso es que la justicia, para casi todos, es un bien que el Estado debe hacernos, más no una conducta que debemos convertir en hábito, porque, como dijera el mismo Hume: “Para los hombres no es de interés primordial el interés público, ya que de ser ese el caso, las reglas de la justicia jamás se las hubiesen imaginado”.

Y por eso, también, como aseguraba el escritor español Santiago Rusiñol a principios del siglo pasado, “cuando un hombre pide justicia, es que quiere que le den la razón”, lo cual de facto e inmediatamente anula la idea de imparcialidad, que es la obligación primordial del Estado al impartir justicia.

Y así, viviendo la injusticia a diario como forma de conducta considerada normal, es como los ciudadanos se convierten, cada quien “en su trinchera”, en los principales actores de la impunidad.

La justicia debe ser para todos, sí, pero sobre todo cosa de todos.
03 Septiembre 2016 04:05:23
Ya suéltelo (tercera y última parte)
Resumamos: el apego se origina en el miedo al cambio hacia lo incierto, porque nuestra mente dice que lo que puede venir es dolor, escasez y soledad. Y sí. Cuando usted se enfrenta a la incertidumbre con miedo, atrae aquello a lo que teme. El miedo es un imán.

El miedo es además un extraordinario maestro del disfraz: pocas veces sabrá usted que lo está sintiendo. Pero si hay apego, hay miedo. Así de simple. El miedo, a su vez, proviene del pensamiento, no de la realidad.

Decía Krishnamurti, con toda razón, que cuando nos vemos en una situación de peligro entramos en un estado de alerta, no de miedo. Este nace después, cuando el pensamiento procesa la experiencia y surge el deseo de evitarla en adelante.

De ese deseo nacen otros, los de allegarnos de todo lo necesario para hacer efectiva la evitación. Y mire usted, lo que nos allegamos primero son pensamientos y emociones que se vuelven creencias erróneas, a las cuales nos aferramos para escudarnos de la realidad. La primera de ellas es que podemos vivir constantemente en la seguridad y la certeza.

Esta creencia es la raíz del apego, una fuerte emoción vinculante a lo conocido, o sea al pasado; por eso produce gran miedo al futuro, que a su vez genera la compulsión de controlar todo aquello y aquellos sin los cuales creemos que habrá dolor, escasez y soledad. Y es así que los volvemos depositarios de la felicidad, la abundancia y el amor.

Al anclarnos a lo conocido, no podemos evitar apegarnos a situaciones pasadas que no pudimos controlar. De ahí el “si hubiera” o “si no hubiera”. Una tortura mental en la prisión de lo acontecido, donde el alimento para el alma es tan escaso que sólo nos queda rumiar, es decir, masticar y masticar lo mismo.

Lo peor es que, con el apego como escudo, lo más seguro es que la mala experiencia se repita, porque no la estamos superando, y se afronte, entonces sí, con miedo, que debilita e impide manejar la situación adecuadamente, y haciendo lo mismo esperando diferentes resultados, pues ya estamos condicionados. Por eso el tropezarse siempre con la misma piedra.

Del otro lado, el desapego es, evidentemente, la máxima libertad, adaptación a lo nuevo y en consecuencia evolución, crecimiento, desarrollo. El desapego depende de una aceptación plena de que el cambio es la constante y de que la incertidumbre es su esencia.

Sin incertidumbre no hay cambio, sólo más de lo mismo, aunque sea mejor. Así que la clave está en zambullirse en esas aguas, que son la matriz de la creatividad. Son la oportunidad de hacer las cosas de manera diferente, para dejar de ser víctimas del pasado, de la repetición, de la insatisfacción que nos provoca afianzarnos a lo que probadamente no nos proporciona lo que realmente queremos: satisfacer nuestras necesidades reales.

Para aprender a nadar en la incertidumbre requerimos una nueva creencia: en nosotros ya existe todo lo que necesitamos. No basta con pensar que es cierto, para creerlo hay que acompañar al pensamiento con una emoción positiva y sentirla todos los días hasta que arraigue en el subconsciente.

También hay que establecer reglas: ser responsables de nosotros mismos, quitándole a las personas y a las cosas el peso de nuestra felicidad; aceptar la realidad, enfocándonos en la solución y no en el problema; vivir y dejar vivir, sin forzar los afectos ni los resultados de las relaciones, ni permitir que nos fuercen; asumir el dolor, porque no es opcional, es parte de la vida. Cuando lo evadimos, comenzamos a sufrir.

Suelte todo, lo bueno y lo malo, que en el campo de infinitas posibilidades de la incertidumbre todo lo que vayamos requiriendo y aun deseando llegará en el momento oportuno. Esa es la magia del desapego.
27 Agosto 2016 04:07:32
Ya suéltelo Segunda Parte
Si los seres humanos acostumbráramos a confiar en la vida, en que todo aquello que realmente necesitamos está y estará a nuestra disposición en el momento preciso, no nos apegaríamos a persona, animal, objeto, situación, expectativa, idea o vivencia alguna.

En lugar de eso, retamos a la vida: “dame lo que quiero y confiaré en ti”. Pero sólo los seres humanos aceptamos que se nos condicione la confianza. La vida no, porque la confianza es su lenguaje, y si no lo hablamos no la comprendemos.

Para aprender a hablar el lenguaje de la vida lo primero que tenemos que hacer es discernir claramente entre nuestras necesidades y nuestros deseos. Ella sí lo hace, y satisface cada uno de forma diferente.

Nuestra confusión es lo que causa la creencia de que no hay respuesta, porque damos la misma importancia a ambos, y no la tienen: las necesidades son del cuerpo y del alma, nos muestran aquello que debemos satisfacer para evolucionar en conciencia; los deseos son formulaciones de la mente con una visión de meta, que nos impulsan a desarrollar todo nuestro potencial como personas y como colectividad.

El amor es una necesidad, el dinero un deseo; la conexión con otros es una necesidad, la admiración y la fama un deseo. La confusión consiste en que creemos que el cumplimiento de los deseos satisfará las necesidades, porque estamos muy alejados de la sencillez de estas últimas.

Una segunda confusión surge de la primera: lo que necesito está fuera de mí. Y así es como nos apegamos, por miedo a la vida, a todo cuanto consideramos nos da seguridad y estabilidad. Luchamos por moldearlo a nuestra manera para poder retenerlo indefinidamente.

Todo en aras de satisfacer una necesidad. Y como nuestra necesidad más ingente es la de amor, nuestro mayor apego se da hacia personas y otras criaturas vivas, como mascotas, que necesitan y manifiestan afecto.

Intentamos quitarle a quienes amamos su individualidad y hacer que piensen y actúen de la manera en que consideramos deben hacerlo para satisfacer nuestra necesidad, eso sí: “por su propia conveniencia”, “por su bien”. Podemos incluso hacerlo con las mascotas (si tiene gato, olvídelo). Pero la gente se convierte en otra sólo cuando quiere, y quiere cuando su identidad es frágil.

Comienza la lucha, más que de egos, de individualidades, hasta con el perro: en vez de educarlo hay que someterlo. Ni los perros se dejan, así que ya déjelo por la paz, porque sólo se debilitará en su causa fallida, y lo más grave: perderá su libertad siendo esclavo del incesante intento de moldear a otro y el amor propio creyendo que en ese otro está lo que necesita.

Aunque suene trillado, la satisfacción de nuestras necesidades, las reales, depende de nosotros mismos. Hay una advertencia en la tradición pagana de Wicca para sus adeptos: si aquello que buscas no lo encuentras en tu interior, jamás lo encontrarás fuera.

Con esa claridad hay que soltar todo aquello y aquellos a los que nos aferramos. No es tan difícil si se comprende que el apego no es precisamente a quien cree usted que debe amarlo, sino al deseo de que esa persona en particular lo ame. Suelte ese deseo y habrá soltado a la persona.

El amor no proviene, mana. Delo cómo quiera que se lo den: incondicional, libre y con plena aceptación de la individualidad. Los wiccanos tienen otra fórmula en su código de existencia: vivir y dejar vivir; justamente dar y recibir.

Eso es desapego. Contrario a lo que generalmente hacemos, que es negociar el amor: “cuando me des te doy” o “te doy para que me des”, lo cual lo desnaturaliza. El apego perpetúa la necesidad porque en realidad va dirigido a realizar un deseo; el desapego la satisface, por eso es un acto de amor a nosotros mismos.
20 Agosto 2016 04:07:58
Ya suéltelo (I)
El rasgo más característico del egoísmo es el apego. El egoísmo, por otra parte, es un defecto o un pecado sólo en tanto la moral lo califica como tal, con la intención, absolutamente justificada, de contener los excesos personales que dañan el tejido social.

El egoísmo es, antes que todo, la actitud humana más arraigada en el instinto de sobrevivencia. Reflexionemos: desde antes de que el hombre se irguiera, la escasez ha sido el rostro del entorno en el que la humanidad ha evolucionado. Aún hoy. Así pues, proveerse de lo necesario no ha bastado; ha sido más importante, todavía, retenerlo.

El miedo a la escasez y a las amenazas para la vida y la integridad síquica, visibles u ocultas en la naturaleza o en nuestros semejantes, ha guiado a la humanidad en su historia.

Es ese miedo el que nos ha hecho pensar que sólo estaremos seguros cuando tengamos, siempre, todo aquello que nos da seguridad y estabilidad: personas, objetos, trabajos, obras, ideas, hábitos y aun traumas personales, porque, creemos, si los olvidamos volverán a sucedernos.

En el retener está el apego, que más allá de la simple conducta actúa como un factor psicológico de identidad. Es decir, nos volvemos aquello a lo que nos apegamos, en ello depositamos el sentido de nuestra vida y nuestra importancia. Llevamos dos millones de años cosificando la existencia.

Con el tiempo nos dimos cuenta, además, de que acrecentando las posesiones nos poníamos en ventaja sobre otros y obteníamos el poder, el reconocimiento, el afecto y el apoyo que necesitábamos; vacíos por demás, porque en realidad se le otorgan a la parafernalia, es decir, a aquello que pretendemos ser y a los objetos y personas que se supone nos lo hacen posible.

Extraviados, sin saber quiénes somos. Así es como hemos venido existiendo. De ahí la importancia de quienes han nacido para recordárnoslo: desde Jesús, Buda y Mahoma, hasta los maestros espirituales contemporáneos: el dalái lama, Krishnamurti, Deepak Chopra, Eckhart Tolle y El Filósofo de Güemes.

No hemos podido adaptarnos al entorno porque este es constantemente cambiante, y los humanos gustamos de lo fijo, lo inconmutable, porque sólo a eso puede uno apegarse. Quien logra adaptarse construye, quien no, destruye. He ahí la explicación simple de lo terrible que le pasa al mundo.

No obstante, nunca ha dejado de actuar nuestra naturaleza benévola, nunca nos ha abandonado la conciencia, que se ha vuelto muy gritona porque nos ha ensordecido el apego.

Y desde ahí, la conciencia, se ha desarrollado una forma de pensamiento y de vida que nos dice que el camino correcto es, sí, el desapego, que no quiere decir que las cosas o las personas dejen de importarnos, o que perdamos a todos y todo aquello que tenemos, o que ya no tengamos más, o que soltando el pasado nos volverán a suceder las cosas malas.

Nada de eso: el desapego es un estado mental y emocional de tranquilidad, ante la certeza de que nada es eterno, de que las personas y las cosas vienen y se van, que podemos amar sin poseer. En resumen, es dejar de controlar, necesidad que nos trae mucho sufrimiento.

Dice Matthieu Ricard, monje budista, que “el desapego no consiste en separamos dolorosamente de lo que amamos, sino en suavizar la manera en que lo percibimos. Si miramos el objeto de nuestro apego con una simplicidad nueva, comprendemos que no es ese objeto lo que nos hace sufrir, sino la forma en que nos aferramos a él”.

Añade: “El desapego es la fuerza tranquila de quien está decidido a no dejarse arrastrar por los pensamientos ni acaparar por toda clase de actividades y de ambiciones triviales, que devoran su tiempo y en definitiva sólo le aportan satisfacciones menores y efímeras”.
13 Agosto 2016 04:06:59
Conozca a la insaciable
Vivimos en un mundo que confunde los síntomas con las enfermedades. Por eso no sanamos. Esto es especialmente cierto en materia emocional y resultado del desconocimiento de nuestra naturaleza psíquica, aun cuando hayamos avanzado durante siglos en su investigación.

Uno de los ejemplos más ilustrativos es lo que llamamos ansiedad, a la que aún se considera extendidamente como un trastorno, o sea, una alteración de la salud. Así pues, el santo remedio son los famosos medicamentos conocidos como ansiolíticos, que permiten continuar en la zona de confort, por deteriorada que esté.

La ansiedad en su forma natural es un mecanismo de supervivencia, que se manifiesta como un estado de alerta ante lo que percibimos como un peligro. No obstante, la forma en que el cerebro humano procesa las amenazas en la sociedad moderna, con miedo, como dijera el poeta Jaime Sabines, de todo y de nada, la convierte efectivamente en una patología que debe ser combatida por sí misma, pero que nunca deja de ser el síntoma de una disfunción mayor.

Ansiedad sana es un episodio de corta duración durante el cual se siente inquietud y agitación, hasta que se resuelve aquello que la provoca. La de carácter patológico se prolonga en el tiempo, pues la percepción de peligro se generaliza, produciendo angustia, constante preocupación, sensación de inseguridad, de vacío y de sinsentido, recelo, incertidumbre, irritabilidad, dificultades de atención, concentración, memoria y muchísimo más. La lista es basta y toda ella finalmente provoca quebrantos físicos, desde tensión muscular e insomnio hasta ataques cardiacos.

Afortunadamente, ha ido ganando terreno el nada nuevo enfoque de la ansiedad como indicador de un conflicto emocional originado por la forma en que nos relacionamos con nosotros mismos, con los demás y con nuestro entorno.

En toda gran ciudad hay una gran cantidad de ansiosos patológicos, porque los estímulos son cotidianos y múltiples: el tráfico, el tiempo escaso, las presiones laborales, las obligaciones sociales y familiares. Cada una de estas circunstancias detona un estado de alerta que no alcanza a desactivarse antes de que se produzca el siguiente evento, de tal manera que el cuerpo y la mente entran en tensión, lo que hoy se conoce como estrés, que a su vez deriva en ansiedad patológica.

Nos volvemos agresivos, volubles, fóbicos, obsesivo-compulsivos, adictos, evasivos. Y por supuesto nos enfermamos más de lo que ya estábamos. Se trata de enfermedades derivadas de un síntoma que se convirtió en enfermedad por no atender la enfermedad que lo producía. Pues por eso, repito, no sanamos nunca. Acumulamos y acumulamos enfermedad hasta morir antes de lo que podríamos haber muerto.

Existen otras fuentes de ansiedad de carácter puramente psicológico que, en realidad, son las más peligrosas. Veamos dos de las más comunes y perversas, relativa una a nuestra relación con el presente y la otra con el futuro.

La primera es la idea, generalmente subconsciente, de que somos insuficientes, o como ha dicho HughPrather, escritor y poeta estadunidense: “Creo que la ansiedad que circula en mi vida nace de un desequilibrio entre lo que soy lo que debería ser”.

La segunda es el miedo al futuro, o en palabras también de Prather: “Mi ansiedad no se origina en una visión del futuro sino en el deseo de sujetarlo a mi voluntad”.

Ante estos dos ataques psíquicos sólo se puede aconsejar: no calme su ansiedad con comida, compras, bebida, droga, sexo o cualquier otro anestésico, porque volverá siempre por más. Es insaciable. Desactívela relajándose, en cuerpo y mente. Medite, es gratis y fácil. Piense además que quien le exige más para apreciarlo seguirá exigiendo hasta exprimirlo y nunca lo aceptará totalmente. No vale la pena el esfuerzo. En cuanto al futuro, no puede controlarlo desde el presente, deje de intentarlo, sólo indúzcalo creyendo, firmemente, que los mejores días están por venir.
10 Agosto 2016 04:00:00
Honrar para existir
¡No, permanecer y transcurrir no es perdurar, no es existir,ni honrar la vida! Eladia Blázquez

Como la vida misma, los conceptos que la construyen tienen mucha más profundidad de lo que solemos creer y mucho mayor contenido que sus definiciones de diccionario.

Honrar: respetar a alguien, enaltecer o premiar el mérito, dar honor o celebridad, según el Diccionario de la Real Academia Española es uno de esos conceptos que hemos restringido a la liviandad de las fórmulas de cortesía.

Sin embargo, honrar es una forma de vivir, una de las más satisfactorias y llenas de sentido, una que no puede anclarse sino en el alma, cuando comprendemos la dimensión de la palabra.

Mientras las palabras no analizadas son creencia, por tanto necedad, las dilucidadas nos conducen a la vivencia. Honrar, como vivencia, es un sentimiento de estima originado por la comprensión de las bondades que a nuestra vida trae todo lo malo o todo lo bueno que nos ha pasado.

Estima que se traduce en una actitud de reconocimiento, consideración y cuidado, tanto de tales bondades, como de aquello que las ha producido.

Honrarás a tu padre y a tu madre es un precepto de todas las religiones. Su importancia está más allá del amor filial. Se trata de un reconocimiento que se extiende a todo nuestros ancestros, que vivieron para que hoy fuéramos quienes somos. Sin importar si lo hicieron correcta o erróneamente, hicieron lo mejor que pudieron en el contexto de sus historias personales y sus circunstancias.

Rendir honores a lo que creemos que es honorable es una conducta de ceremonia. La dificultad de vivir honrando es que debemos hacerlo “a pesar de”. Y no, no se trata de aguantar maltratos, de resignarse o de obedecer a ciegas. Eso es sumisión, no honra.

La sumisión denigra, la honra enaltece, porque nos obliga a ser lo mejor que podemos ser y ese es el más alto tributo que podemos rendir a la vida, a nuestros ancestros, familia, amigos, compañeros de trabajo, conciudadanos.

La honra es tributo, o se queda en gratitud, nada despreciable por cierto. La gratitud es otra de las grandes cualidades de un alma plena, pero no es lo mismo. Honrar es corresponder a la medida. Si alguien tiene con nosotros un gesto, cualquiera que sea, con la intención de hacernos felices, y lo aceptamos, nuestra obligación entonces es ser felices en lo relativo; cuidar, disfrutar aquello que nos ha sido dado, sin culpas, sin autodevaluación, sin envidia.

Si alguien nos ha hecho un mal, y de ese mal, una vez procesada la autoliberación que representa el perdón, resulta un bien, debemos honrar a esa persona y su aportación a nuestra vida siendo mejores.

Honrar no es una palabra fácil porque encierra uno de esos misterios esotéricos a los que tanta gente huye hoy para no abandonar la superficialidad o tanta otra se apega en busca de huir del dolor, pero no de crecer.

Honrar la vida, la más grande de las honras, es primero SER y, después, ser lo mejor que podemos ser. Ser con mayúsculas es vivenciar, sentir, pues, todo lo que haya que sentir. ¿Qué no todos hacemos eso?, me dirá.

No. Eso es lo que creemos que hacemos. Vivimos en la esfera de los pensamientos, de las creencias; aferrados al pasado y temerosos del futuro; en la dimensión de las emociones descontroladas, reaccionando desde la víscera, desconfiados de nuestros semejantes y pasándoles por encima cuando se puede.

Vivimos en el polo opuesto, en la deshonra para con nosotros mismos, con la vida y con todo aquello que nos sostiene: los otros, el planeta e incluso aquello que como especie hemos creado.

Por eso es que ser una persona honrada es mucho más que actuar de acuerdo con las convenciones éticas y morales de nuestro tiempo y en nuestras circunstancias. Es estar en contacto con la propia alma, existir en vez de estar.
06 Agosto 2016 04:07:48
‘No seas cruel, mándame un guasap’
Nadie duda en el mundo que el ser humano lleva lo malo y lo bueno dentro. Impulsos de violencia y destrucción, así como de ayuda y protección, productos del miedo y del amor, respectivamente. Todos, además, arraigados en el campo neutral de la naturaleza de cualquier ser vivo: el instinto.

Lo cierto es que ambos lados han estado en constante lucha, individual y colectivamente, durante toda la historia de la humanidad.

Creo, porque soy optimista, que los seres humanos nos estamos convirtiendo, hoy aceleradamente, en los seres de plena conciencia a que nos tiene destinados la evolución. En seres de amor.

La ciencia y la tecnología, que nada tienen que ver con lo bueno y lo malo, como no sea en su calidad de instrumentos, han puesto a la mano de cualquiera no sólo los conceptos de autoconocimiento y unidad con nuestros semejantes y nuestro entorno, sino formas de alcanzarlos menos intrincadas que las enigmáticas máximas de los grandes maestros de la espiritualidad.

Pero es cierto también que, hoy más que nunca, proliferan los seres humanos que piensan, sienten y se conducen desde el miedo, expresándose abiertamente porque tienen derecho; expandiéndose porque tienen internet.

Ahora, el motivo por el cual proliferan es muy simple: todas las expresiones del miedo, las que usted quiera, desde cualquier tipo de violencia, hasta la indiferencia y el silencio, están entreveradas con crueldad, es decir, con la acción de causar o presenciar un daño, a otros o a nosotros mismos, con placer morboso.

El morbo es la atracción hacia acontecimientos desagradables, y no podría existir si no hubiera placer de por medio.

Placer pervertido que producido por el malestar o el dolor que causa el castigo, se vuelve crueldad. Es a la crueldad a la que no le importa quién lo hizo, sino quién lo pague.

La crueldad es la hija predilecta del odio, que es a su vez hijo del miedo. Es la gemela malvada de la envidia.

La crueldad se manifiesta en todo ser humano porque tiene dos maneras de arraigar: primero, el instinto de supervivencia, en este caso deformado por la experiencia psíquica, la más común: de ti depende mi seguridad, pero me has hecho daño, por tanto te odio; y segundo la libido, la energía nata que nos mueve irremisiblemente hacia el placer.

Nietzsche decía que “la crueldad es uno de los placeres más antiguos de la humanidad”.

Por eso es que la crueldad está tan presente y obviada en nuestra forma de ver y entender el mundo, de tal manera que difícilmente podemos hacernos conscientes de ella.

Hay incluso quien asegura que la crueldad es un impulso inherente a la naturaleza humana, y que lo que causa placer es la descarga de tal impulso y no la forma en que se manifiesta.

En cualquier caso, no puede negarse que el castigo produce placer, desde el cerebro reptiliano, claro, aquél en que se generan nuestros impulsos negativos. Hacia ahí se dirigen las películas de terror, las imágenes de cadáveres y de animales maltratados.

Ahí nace la necesidad de la burla, el escarnio, el bullying en general. Desde ahí se admira lo mismo a Hitler que a Hannibal Lecter y desde ahí se deja en visto a alguien en el “guasap”, esperando por una respuesta cuya retención se saborea.

Desde el reptil que llevamos dentro surgieron las conquistas, la Inquisición y el Holocausto. En este cerebro nace desde la pederastia hasta un linchamiento.

Pero nadie, nadie acepta su crueldad. Da horror la idea, porque es el peor de los placeres culposos. Qué vergüenza.

Sólo la luz de la conciencia, del autoconocimiento surgido de ella y del desarrollo de las virtudes, una en particular: la caridad, se puede mantener a raya la crueldad humana. No es fácil claro, hay que tener valor para enfrentarse al reptil.
30 Julio 2016 04:08:28
Útil es el nuevo importante
Y es así como en una sola frase genial (epígrafe) Churchill describe cómo es que la humanidad equivocó el camino. La distancia entre ser útil y ser importante es la que hay entre la generosidad y la avaricia.

Para ser útil hay que compartir; para ser importante hay que retener, porque la importancia en el ámbito de la vida materializada consiste en ser más que los demás y, por tanto, en tener más.

Sin embargo, la naturaleza de la avaricia rebasa el paradigma de la desmedida ambición monetaria, porque la “necesidad” de riquezas del hombre no tiene significado por sí misma, sino por lo que se pretende: estatus y poder.

Además de alcanzarlos, hay que mantenerlos, por tanto hay que acumular lo necesario para hacerlo, lo que significa dejar de dar. La avaricia, pues, es una incapacidad total de compartir, que proviene de la insatisfacción, generalmente imaginaria, de las necesidades personales (no podemos dar lo que no tenemos), ligada a la idea de que esto pone al carente en desventaja respecto de los demás, por tanto nace el impulso de ser más, de ser importante. No igual, porque la igualdad tiene sentido sólo para quien quiere ser útil.

El carácter imaginario de la mayoría de las necesidades personales se deriva de la confusión entre deseo y necesidad. Creyendo que lo que se desea es lo que llenará la carencia, se considera, ergo, que se necesita. Así de fácil y de perversa la confusión. Aun peor, ni siquiera sabemos desear para realmente crear. Nuestros deseos son desordenados, constantemente cambiantes y, por tanto, flácidos.

Decía Erich Fromm que “la avaricia es un pozo sin fondo que agota a la persona en un esfuerzo interminable por satisfacer sus necesidades, sin llegar nunca a conseguirlo”.

El avaro, pues, tratando de llenar, tiene que retener y retener, dinero y bienes materiales, sí, pero también afectos, personas e ideas, porque es en estos últimos donde puede encontrar el sentido de su importancia.

Efectivamente el avaro depende del reconocimiento ajeno de su superioridad. Compartir para él sería tanto como darle a los demás la oportunidad de igualarle. Los otros, por su parte, aquellos que le etiquetan como importante, se relacionan con él a partir de las mismas carencias ficticias y el mismo concepto de importancia. En el país de los ciegos el tuerto es rey.

Al final todos dependemos de los otros hasta para ser importantes.

La búsqueda fundamental del avaro no es el dinero que le dará estatus y poder, sino lo que estos representan: reconocimiento, admiración, envidia ajena, todas pompas de jabón que están muy lejos de ser los afectos genuinos que en verdad necesita para subsanar sus carencias reales.

El sentido de la vida del ser humano y su plenitud no están en otra parte que en sus semejantes. Cuando se entienda eso, es decir, cuando se haga consciente, y no sólo se sepa como un postulado ideológico de vanguardia, estaremos en posibilidades de tratar a los demás como queremos ser tratados.

Existe otra cara de la avaricia sumamente desgastante: el miedo a la carencia futura. El avaro vive pobremente por miedo a ser pobre. Vive sobretodo pobre en afectos, es un estreñido emocional, porque cuando se ama la generosidad se impone.

Todos los seres humanos somos susceptibles de confundir deseos con necesidades. De hecho es lo común. Casi todos tememos la carencia futura. Nos encontramos, pues, frecuentemente, al borde de la avaricia, la que, ni duda cabe, excluye la paz, el amor, la alegría y por supuesto la felicidad.

Para evadirla hay que hacer algo que se dice fácil, pero de ninguna manera lo es: confiar en la paradoja milagrosa de la existencia, que consiste en dar y soltar, para que cuando realmente se necesite, haya lo que tenga que haber.

23 Julio 2016 04:07:40
Temporada de huracanes
Como especie y como individuo, el ser humano, considerándose el centro del universo y en aras de satisfacer necesidades ficticias, ha convertido sus mecanismos innatos de supervivencia en armas de destrucción personal y masiva. La más poderosa de ellas es sin lugar a dudas la ira.

Cuando se trata de responder a una amenaza real a la vida o al tormento, se traduce, de ser posible, en un justificado contraataque. Sin embargo, en la vida cotidiana, la ira sigue presente como reacción a un daño o trato injusto por parte de otros.

Y aquí empieza la confusión, porque, en primera instancia, la ofensa puede ser real o imaginaria, pasada o presente,
maltintencionada o negligente, efectivamente grave o hinchada por un ego inflado. Después, la respuesta puede ser sana o desbordada, oportuna o extemporánea, pasiva o
agresiva.

No obstante, lo fundamental es entender que el verdadero problema está en contener la ira sin más o, lo que desafortunadamente es muy común, detener el natural flujo del dolor, almacenándolo, porque en el depósito de la psique este cúmulo se mezcla con el miedo y, a través del tamiz del pensamiento distorsionado por ambos, se sintetizan en ira acumulada, la cual, a su vez, se convierte en conducta autodestructiva.

Cierto es que con este tipo de ira se daña a otros –el mundo está lleno de ejemplos, hoy en día cotidianos, de personajes que han hecho estragos, desde líderes políticos, hasta delincuentes comunes–, pero antes de que ello suceda el iracundo ya ha aniquilado su capacidad de raciocinio y hasta su propia cordura.

Una reacción desde la ira acumulada es como imponerle la fuerza de un huracán a la pequeña llama de la vela de la inteligencia. Llega incluso a ser un estado temporal de locura.

Cada vez más personas en el mundo están iracundas, frecuente o cotidianamente, y la mayoría históricamente. Tras años de ahorrar dolor en la alcancía de la vida, desarrollan un apetito desordenado de venganza que sacian sin distingo.

El mayor riesgo de la ira es que puede ser adictiva: genera adrenalina y noradrenalina, dos neurotransmisores a los que pueden aficionarse fácilmente quienes gustan de la euforia. El mayor peligro consiste en que es sumamente inflamable, manipulable y contagiosa, de tal manera que cunde hasta por contacto cibernético.

En cualquier caso, el resultado de su manifestación va desde la violencia intrafamiliar hasta los crímenes de lesa humanidad: genocidio, exterminio, desplazamiento forzado, trata de personas, persecución por motivos raciales, sexuales, ideológicos y
políticos, entre otros.

Es importante señalar que la ira puede ser agresiva o pasiva. La primera deriva en violencia y es menos perniciosa que la segunda, porque siempre se pone en evidencia; mientras que la otra se oculta en
desapasionamiento, apatía, derrotismo, evasión. El agresivo grita, insulta, golpea; el pasivo desprecia, ignora, chantajea.

Cualquiera que sea el caso, la ira siempre es necia, porque carece de capacidad para razonar. Por eso su rasgo más sobresaliente es la inflexibilidad. Los porfiados –tercos en su dictamen y parecer– son iracundos patológicos.

Hay consenso en que una respuesta sana en un episodio de ira debe ser oportuna, expresada con una protesta enérgica pero controlada, que incluya una formulación sucinta y precisa de la ofensa recibida, imaginaria o real esta última.

Prácticamente hay que ser budista, por eso tal respuesta está aún lejos de ser común. Es producto, primero, del autoconocimiento; después, de un aprendizaje. La buena noticia es que el budismo está al alcance de todos: respire profundamente, camine de manera consciente, sienta y acepte la ira como suya, abrácela, cuestione sus percepciones.

Y recuerde, si alguien le quema la casa, lo urgente es apagar el fuego, no ir tras el pirómano.
16 Julio 2016 04:03:59
Si está hinchado, no está sano
¡Ah, la soberbia! La más costosa de las malas actitudes del ser humano. Tanto, que le arrebató el Paraíso. El significado del hecho o la parábola, como quiera verse, de perder la gracia divina, no es otro que el extravío del gran propósito de la vida: trascenderse a sí mismo.

No se va, sin embargo, el impulso de hacerlo, pues es parte de la naturaleza humana, pero se confunde trascender con perdurar cuando se carece de una conciencia de existir más allá de lo inmediato y lo material, en un orden cósmico donde todo se sincroniza y cobra sentido. Desde lo que hoy llamamos espiritualidad o desde la física cuántica, esta es una forma generalizada de describir la gracia divina.

Tenemos hijos, inventamos cosas, hacemos arte, política, guerra y religión, con el recóndito propósito de ser recordados, como si eso pudiera llevarnos más allá de nosotros mismos.

Tal confusión deriva de otra aún más perniciosa: se cree que saber es tener conciencia. El saber es acumular información; la conciencia se experimenta como un proceso extra lógico. El primero es pensamiento, la segunda lo rebasa.

En la conciencia está la clave de la trascendencia; en el saber sin conciencia, la morada de la soberbia: un exagerado aprecio de los propios méritos, que nos lleva a creer que merecemos más; mezclado con una desmedida atención en los defectos ajenos, que nos hace pensar que los demás merecen menos.

Atrás de esta forma de ver el mundo hay una emoción raíz: el miedo. En este caso a la visión de sí mismo, porque se cree que no hay horror más grande que conocerse. Se niega la propia oscuridad y se proyecta en otros, para existir con la luz artificial de la soberbia.

El resultado: defectos más notorios que los queremos ocultar, como presunción, ostentación, altanería, codicia, hipocresía, simulación, deslealtad y necedad. Sin ir tan lejos, en la vida cotidiana la soberbia menos notoria, pero no menos dañina, es la que intenta obtener de las personas las virtudes que no tienen y desdeña las que sí poseen.

Vivir intentando cambiar al otro para que “sea mejor” no es otra cosa que soberbia, y la verdadera motivación nunca es el bien de aquel o aquella, sino el propio.

La respuesta del otro se producirá, por supuesto, desde la soberbia, y ambos se sentirán ofendidos.

Ahora bien, no es lo mismo intentar cambiar a alguien que poner límites para evitar el abuso, lo cual simplemente significa que no se admitirán determinadas actitudes y conductas destructivas en la relación. Será responsabilidad del otro saber qué hacer con ellas.

Ya lo dice una popularizada frase: “cambio es lo que tiene que realizar el otro para que yo sea feliz”, porque, agregaríamos, “yo estoy bien y tú estás mal”. Que levante la mano quien realmente acepta a los demás tal cual son.

Y aunque este grado de soberbia es menos monstruoso que el de la necedad, la altanería o la ostentación, es el más extendido.

Así se relacionan tanto los individuos como las naciones. De este deseo aparentemente inocuo surgen la demagogia, el maltrato, la violencia, la guerra, la opresión. En alguna parte de la mente distorsionada por la soberbia se cree que sólo se trasciende si se es superior a los otros.

Y efectivamente, la trascendencia está en la soberbia, pero no en su mandato, sino en su destitución. Trascenderse a uno mismo es ir más allá de todo lo que nos limita: las emociones negativas, los pensamientos distorsionados y sus manifestaciones, llámeles defectos o malas actitudes.

Destituir a la soberbia y a cualquier otro monstruillo interno no consiste en negarlos o siquiera combatirlos. Se trata de aceptarlos, mirar qué hay en el polo opuesto (siempre virtud) y emprender el camino hacia allá.

09 Julio 2016 04:07:18
El virus más letal
De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española, prejuicio es una opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal. Es, pues, el resultado de un proceso mental de formación de un concepto anticipado que distorsiona la percepción. Y es contagioso, no lo dude. Una vez lanzado, un prejuicio se esparce como un virus, el más letal, pues mata la capacidad de razonar.

No hay vacuna ni medicamento. Decía Tyron Edwards, destacado escritor y teólogo estadunidense de finales del siglo antepasado: “Los prejuicios son superados raramente por el razonamiento, pues no estando fundados en la razón, (por lo tanto) no pueden ser destruidos por la lógica”. Como cualquier virus, tienen un ciclo de vida. Mueren solos. Pero mientras viven, dañan severamente al individuo y a la sociedad.

La vida de algunos de estos virus es muy larga. Tras milenios de civilización, el mundo no ha podido liberarse aún de los prejuicios raciales, religiosos, clasistas e ideológicos. Otros viven menos, pero ninguno vive poco. Son resistentes y longevos. Y cada día surgen nuevos o resurgen algunos que se creían erradicados.

Son sigilosos, tanto, que algunas personas creen que están pensando cuando en realidad están reordenando sus prejuicios. Son retrógrados, pues están más lejos de la verdad que la ignorancia misma. Son alienantes, porque la epidemia puede ser aprovechada por uno de los portadores en beneficio propio.

Mire usted el peligro de los prejuicios en esta cita de Joseph Goebbels: “Por regla general, la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales; se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas”.

En nuestro tiempo, nuestro país, nuestra democracia, este concepto de Goebbels se puede traducir en, por ejemplo: “los políticos siempre son rateros”, “todos los sacerdotes son pederastas”, “los empresarios nunca pagan impuestos”, “ningún gobierno, jamás, funciona”. Sí, uno de los efectos inmediatos de un prejuicio es la generalización. El prejuicio opera con base en: siempre, jamás, nunca, todos…

Puede tratarse de una generalización focalizada: “todos los políticos del partido… son tramposos y ladrones” o “todos los gobiernos del partido… son corruptos”. Por eso es que en la política, y particularmente en las contiendas electorales, el prejuicio es el que manda.

Manda también en la vida cotidiana, cuando, por ejemplo, se le dice a la pareja: “tú siempre haces lo mismo”, “tú nunca cambiarás”.

Ahora bien, ¿por qué se percibe así el mundo? Bueno, la función mental de prejuzgar ha venido siendo estudiada desde 1920. La teoría más avanzada señala que la mente humana debe pensar con ayuda de categorías, que una vez formadas son la base del prejuicio, pues todo aquello que se percibe es categorizado.

No se puede evadir este proceso. La vida ordenada depende de ello. Pero hay que trascenderlo, porque se trata sólo de un comienzo. A la percepción y categorización debe seguir un análisis para, en primera instancia, saber si se ha categorizado correctamente y, después, un razonamiento deductivo que nos lleve de lo general a lo particular. La verdad siempre es particular. Los axiomas sólo son una forma de dar orden al mundo y al universo. De ahí la fragilidad de las verdades absolutas.

Para hacer un análisis y un razonamiento deductivo válidos, el primer requisito es encontrar y aislar la emoción tras el prejuicio, de lo contrario terminaremos simplemente justificándolo y cambiándole el nombre.

Efectivamente, el prejuicio no es sólo una opinión. Es la progenie de las emociones negativas; todas, por cierto, derivadas del miedo como envidia, odio, abominación, desprecio.

Durante este proceso debemos estar además muy alertas, pues el prejuicio tratará de apabullarnos con dificultades inexistentes, ayudado por la pereza mental, la más perniciosa, para hacernos cejar en nuestro intento.
02 Julio 2016 04:08:26
Para desperezarse
Los perezosos socialmente reconocidos, por patológicos, no son más que la punta del iceberg. Debajo la masa es inmensa. A la mayoría de los seres humanos, en algún área de la vida, en algún momento, les asalta la pereza.

Y esto es porque, más allá del defecto o del pecado capital, la pereza es producto de la pérdida de motivación, por un presente rechazado y un futuro poco atractivo en relación con lo que exige. El “tengo que…”, en lugar del “quiero…” desinfla, porque en la psique la obligación está peleada con la elección.

En estas circunstancias se vive el día a día sin siquiera voltear a mirarlo. Se busca sólo la satisfacción inmediata y el placer, fácil en el mundo actual, para que existir sea menos tedioso, para evadir el deber y sustraerse temporalmente de lo que no se quiere hacer.

Se arriba así al sillón del mínimo esfuerzo, la pereza más extendida hoy en día, que introduce al cómodo mundo de vivir a medias: nada se termina o todo se mal termina.

Daniel Kahneman, autor del epígrafe, dice: “Una ley general del mínimo esfuerzo rige en la actividad tanto cognitiva como física. La ley establece que si hay varias formas de lograr el mismo objetivo, el individuo gravitará finalmente hacia la pauta de acción menos exigente”.

Las personas perezosas se vuelven, total o parcialmente, negligentes, descuidadas y aun omisas en sus obligaciones; lerdas en lo indispensable. Postergan y pierden la capacidad de discernir entre lo urgente, lo importante y lo prioritario, de manera que la desorganización, la falta de tiempo para completar tareas y la indisciplina se apoderan de su vida.

Las consecuencias son tristeza y depresión patológicas. Nada requiere menos esfuerzo que deprimirse. Antiguamente, se denominaba a la pereza acedía o acidia, concepto más amplio que tenía que ver con estos dos padecimientos.

Cuando, paradójicamente, logran vencer este estado mental y anímico, visualizando unas vacaciones o una jubilación, por ejemplo, trabajan para irse a tirar a la playa una semana entera, en el primer caso, o para quedarse en casa, levantarse tarde y no hacer nada, en el segundo. Es decir, se esfuerzan con miras a la pereza futura, que no es lo mismo que el descanso.

El problema del descanso futuro es que se desea desde el cansancio del momento. Cuando llega la oportunidad, uno puede darse cuenta de que no lo necesita o que requiere menos del que pensaba.

La pereza, por el contrario, es ilimitada, crece, engorda y llega a pesar tanto que inmoviliza. A la tristeza y la depresión se suman el reproche interno, el autoabandono, la insatisfacción, la frustración, entre otras emociones negativas y paralizantes.

El perezoso cesa de adquirir conocimiento y habilidades, porque estas son resultado de la acción, de la disciplina, del esfuerzo. Se estanca. Se embota. Se vuelve mediocre y ni cuenta se da.

Ante este panorama, es claro que desperezarse requiere más que estirarse por las mañanas. Para hacerlo hay que vencer una tendencia inherente al ser humano e ir en contra de pautas culturales que desvaloran el esfuerzo.

Lo primero que hay que tener en cuenta es que las recompensas y las satisfacciones no están en la meta, sino en el recorrido, es decir, en el esfuerzo. Hay que encontrar placer en esforzarse.

El esfuerzo es simplemente el gasto de energía que debe hacerse para lograr un objetivo, no el quehacer sufrido y tedioso que se tiene en mente. A mayor resistencia ante un “tengo que…”, mayor esfuerzo se requerirá.

Sí, la clave para transformar la psicología de la pereza y vencerla está en aceptar plenamente que hay que hacer lo que hay que hacer. Lo hago porque “quiero…”, y esto disminuye el esfuerzo. Menor esfuerzo no es lo mismo que mínimo esfuerzo.
25 Junio 2016 04:08:11
El que esté libre, que tire la primera piedra
La envidia es como el “traje nuevo del emperador”, cuando la traemos puesta, en realidad estamos desnudos y todo mundo se da cuenta, excepto nosotros.

Aunque sea odiosa, es natural e inherente a la naturaleza humana. Se vuelve destructiva cuando la negamos o la ocultamos, porque entonces, subrepticiamente, toma el poder. Se convierte, en cambio, en una guía de transformación para nosotros cuando la encaramos. No hay virtud sin defecto.

La envidia, dice el diccionario, es el deseo de algo que no se posee. Su origen, pues, es la carencia, y ese es el problema: los seres humanos no nos estamos educando para autosubsanar nuestras carencias, de manera que le exigimos a los demás que lo hagan, y así es como cedemos el control de nuestra vida.

De hecho, ni siquiera somos capaces de distinguir nuestras carencias imaginarias de las reales. Cuando sepamos la diferencia recuperaremos el autodominio, y eso sólo puede hacerse viendo a la envidia de frente, reconociéndola, siguiéndole el rastro para ver a dónde, dentro de nosotros, nos lleva.

Encontraremos que nos corroe el alma, porque el deseo del que se nutre es mucho más perverso que el del diccionario: la envidia cree firmemente que aquello de lo que carecemos lo tiene inmerecidamente otro, y entonces lo odiamos, deseamos que lo pierda y hacemos algo al respecto.

En lugar de bendecir lo que tenemos para merecer más, lo maldecimos. Decía Víctor Hugo que el envidioso es un ingrato que detesta la luz que le alumbra y lo calienta.

El envidia se alimenta de la intensa emoción negativa que nos causan los “no voy a poder” y, por tanto, nos impide movernos hacia la satisfacción y la realización que sólo pueden provenir del autoconocimiento.

No es fácil la tarea, la envidia propia es tan horrorosa que antes de enfrentarnos a ella preferimos hacer a los demás igual de infelices que nosotros. Vamos por el mundo criticando, instigando, injuriando, engañando, desdeñando, agrediendo, dominando, reprimiendo, burlándonos, difamando, vengándonos. Y eso sólo a escala individual.

La envidia socializa, le encanta la compañía. Dice José Luis Cano Gil, psicoterapeuta y escritor: “En lo sociopolítico su influencia es determinante. Por ejemplo, la envidia masculina del poder sexual, emocional y procreador de las mujeres alimenta el machismo. La envidia de la fuerza y despreocupación del varón alimenta el feminismo… La envidia de los ricos fomenta sus luchas intestinas… La envidia sexual es el combustible del morbo y la pornografía. La envidia económica desenfrena el motor consumista”.

Y después de leer esto, dígame usted si el mundo no está gobernado por la envidia. Piense en otro ejemplo, muy común en el México de nuestros días: la protesta social, presencial o virtual, sana y necesaria para robustecer la democracia. Sin embargo, realizada con violencia, vandalismo, odio, insulto, inflexibilidad, agresión y falta de respeto al derecho ajeno en aras de imponer por la fuerza el propio, es dañina para todos, excepto para los manipuladores que han azuzado la envidia ajena en beneficio propio.

La envidia sólo se cura dejando de culpar a los demás de nuestras carencias para hacernos responsables de ellas nosotros mismos, empezando por discernir entre las imaginarias y las reales. Las primeras son más difíciles de subsanar, pero son la fuente de la envidia.

Si usted es de los que se pregunta con escepticismo: ¿y yo qué puedo hacer por México o por el mundo? Sépalo: quítele poder a la envidia… y no, por favor, no me diga que no es envidioso. Quien no envidia no es humano.

Cuando la envidia pierda terreno tendremos un mundo mejor, en el que se privilegien las virtudes y los valores; porque, eso sí, ahí donde la envidia campea no hay lugar para buenas intenciones, sólo para la simulación.
18 Junio 2016 04:07:23
Dignidad, el derecho y el deber
El término dignidad le otorga a todo ser humano un sentido profundo de la propia valía y de su naturaleza potencialmente benévola, en cualquiera de sus dos acepciones: como cualidad inherente a la existencia o como reconocimiento al desarrollo individual.

Dignidad humana y dignidad personal. En ambos casos, aquella condición que nos hace respetables y, por tanto, nos pone a salvaguarda de cualquier daño intencional (nadie que realmente nos respete podrá atacarnos). De ahí la inmensa importancia de la palabra respeto: es seguridad, libertad y aprecio, entre otras ventajas que todos deseamos para nuestras vidas.

El concepto de dignidad humana nace del de dignidad personal, como una extensión de su significado primario: cualidad de la cosa que merece respeto. Lo que realmente cambió fue el enfoque de merecimiento. Antes, el mérito era propio. Dignos eran los hombres (y casi exclusivamente los hombres) de mente desarrollada, condición social favorable, actividad destacada o raza superior, aunque, a excepción de los primeros, fueran mezquinos e idiotas.

En la era de los derechos humanos, cualquier persona, de cualquier edad, sexo, raza, condición social, creencia o estatus socioeconómico es digna. Jurídicamente, la dignidad es el continente de todos los demás derechos humanos y es inherente a la existencia.

La dignidad humana es el presupuesto para la consecución de una verdadera emancipación y pacificación del mundo. Pero, al fin y al cabo, sólo un presupuesto. Es decir, si se trata de un derecho, tenemos la obligación no sólo de defenderlo, sino de ejercerlo.

Y para ejercerlo tenemos que desarrollar la dignidad personal, a la que hoy en día el consenso ha despojado de pompa y boato, para restringirla al crecimiento y la autonomía mental, emocional y aun espiritual, a nivel individual y social.

Ante esta exigencia del mundo en la actualidad, legal y fáctica, conceptos como ética, moral, virtudes, valores y principios, adquieren nuevas dimensiones, peso y significado.

El crecimiento que requiere ser digno nos impone hoy la obligación de ser solidarios, leales, honrados, disciplinados, responsables, comprometidos, optimistas, generosos, tolerantes, justos, equitativos. En general, virtuosos y conducidos por valores.

La autonomía que la dignidad implica es una fórmula muy simple en cualquier relación interpersonal, misma que por supuesto impacta finalmente en nuestra sociedad y forma de gobierno: si no estás dispuesto a dar lo que te piden, no tomes lo que te ofrecen.

Pierdes autonomía cuando tomas lo que te ofrecen sabiendo que lo que harás a cambio está mal, aunque compense, porque en la dignidad no hay negociación con la ética, o cuando de antemano sabes que no darás, porque en la dignidad no hay negociación con la equidad.

Pierdes autonomía cuando te sientes merecedor de todo y otorgador de nada, de manera que crees que obtendrás lo que quieres o necesitas sin retribución.

Ganas autonomía, en cambio, cuando das y recibes justamente, vives y dejas vivir, respetas todas las opiniones, actúas de acuerdo con tus valores y te preocupas y ocupas de tus semejantes. No hay autonomía sin otro que te la valide enfrente.

Con crecimiento y autonomía personales, hay dignidad cuando, más allá del derecho humano, dejamos de permitirle a otros que manipulen nuestras emociones, manifiestas o contenidas, para sus fines personales. La indignación moral, decía Marshall McLuhan, es la estrategia tipo para dotar al idiota de dignidad.

Hay dignidad cuando nos convertimos en personas que actúan como queremos que actúen los demás, en la calle, en nuestras casas, en los lugares públicos, en la oficina y en el Gobierno.

La dignidad, pues, es un presupuesto que hay que realizar, un potencial que hay que desarrollar, y por ello el PRI se renueva y cambia constantemente: para ser digno de la confianza y el respeto de los mexicanos; para gobernar con todo lo que implica la dignidad.

11 Junio 2016 04:08:09
Que no cunda el pánico
En circunstancias normales, todos los seres humanos deseamos las más propicias condiciones de desarrollo, las mayores ventajas económicas, políticas, educativas y culturales para tener y ser lo mejor que podamos. Casi todos creemos que el Gobierno es el único responsable de proveérnoslas, porque quienes nos gobiernan hoy nos las prometieron antes. Muchos las exigimos, otros tantos sólo nos quejamos, pero únicamente esperamos, y a veces nos pasamos la vida esperando.

Y sí, la idea de los seres humanos en sociedad, organizándose en un territorio, un estado, un sistema de gobierno y un régimen legal, hoy en día va más allá del Leviatán de la supervivencia. En la era de los derechos humanos, la finalidad del colectivo es el mayor bienestar posible para el mayor número posible.

Pero hoy, también, este nuevo concepto involucra activamente factores olvidados o cuando menos considerados pasivos durante milenios en la historia de la humanidad: la responsabilidad individual en el bienestar social; la importancia del desarrollo interior para transformar el exterior; el rescate de lo que los filósofos griegos tanto nos advirtieron que sería necesario para ser felices y buenos ciudadanos: las virtudes, cualidades personales, convertidas en valores, parámetros sociales, y en principios, bases para gobernar.

Así, pues, todo empieza por el individuo que, interactuando con otros, se beneficia o se perjudica a sí mismo y a los demás. Dependiendo de cómo estamos por dentro nos relacionamos, y estas relaciones determinan también, en parte, lo que nos sucede interiormente.

Afortunadamente, sólo en parte y nada definitivo, porque la esencia de la naturaleza humana es la conciencia, siempre cambiante, y la coronación del desarrollo personal a través de ésta es la virtud de las virtudes, la que nos permitirá alcanzar todo lo que queramos haya o no alrededor lo que necesitamos: la ecuanimidad.

Una mente sosegada ante cualquier dificultad, ante cualquier situación adversa, por grave que sea, nos dará la posibilidad de responder siempre correctamente, de la manera más sana y conveniente para nosotros y los demás. Una mente templada, que pondere y frene hasta nuestros más extremos arrebatos y pasiones, nos permitirá tomar las riendas cuando el pánico cunda, mantenernos optimistas cuando el desánimo se contagie, ver objetivamente tanto las pérdidas como las ganancias. Ni exultantes ni derrotados, ni maniacos ni deprimidos, ni indiferentes ni histéricos.

La verdadera objetividad depende totalmente de la ecuanimidad. Las decisiones acertadas, derivadas de las apreciaciones imparciales, sólo son producto de la ecuanimidad, que proviene del equilibrio interior, de la estabilidad emocional, de la templanza.

La ecuanimidad es la virtud de las virtudes porque es el resultado de haber desarrollado todas las demás, para llegar a la paz y la quietud mental que permiten manifestar acertada y asertivamente la personalidad al exterior, en nuestras relaciones con los otros y con nuestro entorno, en beneficio de todos.

Hay ecuanimidad cuando uno no se aferra a lo agradable ni magnifica lo desagradable; cuando se acepta lo que no se puede cambiar, pero se es suficientemente proactivo para transformar aquello que sí puede ser cambiado y, sobre todo, cuando se discierne claramente la diferencia. La humanidad ha demandado durante toda su historia este estado emocional y mental en sus gobernantes. Incluso lo ha idealizado. Por algo se le decía a los príncipes su Alteza Serenísima o Su Serenidad. La ecuanimidad es la mejor y más deseable virtud en los líderes, y cada uno de nosotros somos líderes de nuestra propia vida; es decir, estamos a la cabeza de las decisiones sobre nuestro propio destino.

El Partido Revolucionario Institucional no sólo está empeñado en formar buenos líderes, ecuánimes, sino en hacer de cada mexicano un buen líder, para que juntos, corresponsablemente, tomemos las mejores decisiones y actuemos en consecuencia. Juntos hacemos más porque los líderes no siempre tienen que competir entre sí, sino cooperar, colaborar.
04 Junio 2016 04:05:05
Ante todo, gobernabilidad
En el Gobierno, o fuera de él, la gobernabilidad es no sólo la prioridad del PRI, sino la nueva forma de hacer política, de sumar voluntades y pactar alianzas, porque nuestra meta principal es fortalecer las instituciones de la democracia con orden y al menor costo social posible.

De ahí las palabras de nuestro dirigente nacional, Manlio Fabio Beltrones: “Lo que debemos procurar los partidos y los aliados políticos es intentar un triunfo electoral, pero de no ser así, tenemos que aspirar a que se garantice la gobernabilidad y que salga ganando la democracia. Apostarle solamente a ganar sería perder en buena parte la ruta de lo que nos estamos jugando en estas elecciones”.

Y para que estas afirmaciones no suenen huecas y parezcan un recurso retórico más, he de explicar las implicaciones de ambos términos: gobernabilidad y democracia. De cuyo dimensionamiento, además, puede inferirse el amplio y profundo sentido de nuestro lema: juntos hacemos más.

El significado de la democracia –gobierno del pueblo— se ha mantenido incólume durante 2 mil 500 años, no así las formas de ejercerla, fortalecerla y mantenerla. Si en la antigua Grecia la calidad de ciudadano, único facultado para ser “pueblo”, era accesible sólo para unos cuantos, en la actualidad, la era de los derechos humanos es prerrogativa de todo ser humano.

Y es así como se complicaron las cosas. En un mundo cada vez más diverso, informado, tecnológicamente avanzado, de grandes contrastes y novedosas formas de seguir abusando unos de otros, pero en el que cada habitante, sin importar su condición, tiene universalmente garantizados sus derechos humanos, aun cuando sus autoridades o sus semejantes le impidan ejercerlos, la democracia sigue siendo el mejor
sistema de gobierno… y el más difícil.

La democracia de la nueva era, la del siglo 21, tiende en la conciencia humana a ir más allá de las elecciones y los acuerdos entre los principales actores políticos y económicos de una nación. Hoy tiene su principal sustento en la madurez de la sociedad civil en su conjunto.

De ahí que la democracia dependa hoy de la gobernabilidad, cualidad de los sistemas sociales y no de su gobierno. La gobernabilidad no es, como se ha venido entendiendo coloquialmente, tener a todo mundo contento. No porque haya disidencia y aun descontento, por grande que sea, deja de haber gobernabilidad.

La gobernabilidad es de hecho un orden institucional plural, conflictivo y abierto, al cual le es inherente la alternancia, pero cuya virtud es una capacidad suficiente de autoridad, gestión eficiente y eficaz del Gobierno frente a otros poderes y a la sociedad misma, justamente porque toda disidencia y todo descontento pueden ser expuestos y resueltos.

Requiere, por ello, un conjunto de condiciones favorables para la acción gubernamental, que por supuesto tiene que ver con el nivel de satisfacción de la población, pero mucho más con el involucramiento y participación de todos los sectores sociales para obtener lo que desean y se han propuesto. Si nos sentamos a esperar que nos lo resuelvan todo, nunca estaremos satisfechos.

Es responsabilidad del Gobierno, sí, crear los espacios, los medios y las formas, para tal involucramiento y participación. A la sociedad le toca usarlos.

Corresponsabilidad es la palabra clave, de principio a fin, lo que incluye por supuesto los resultados. Si negamos que en éstos tenemos parte los ciudadanos, con acción o inacción, estaremos ficticiamente ubicándonos fuera de la democracia y mermando la gobernabilidad. Ningún partido, ningún gobierno, entonces, tendrán la oportunidad de hacer las cosas lo mejor que pueden, porque eso sólo se logra con una sociedad
que actúa como quiere actúe su gobierno, no al revés.

Esa es la sociedad a la que el PRI aspira, a la que convoca y por la que trabaja.
28 Mayo 2016 04:05:29
Renovarse o morir
Ante la notoria necesidad del cambio, en toda nación se presentan dos tendencias sociales en pugna: al progreso y a la regresión. Dos posibilidades: resolver los problemas pensando de la misma forma que cuando surgieron o abrir la mente a otras posibilidades.

Una encrucijada: perder el tiempo tratando de reconstruir lo que ya no se tiene y en lo que, por supuesto, no se puede fincar un futuro, o innovar, es decir, ser creativos y propositivos, desarrollar nuevas habilidades, cambiar de opinión, aceptar lo que pugna por ser reconocido y hacer las cosas de forma diferente.

La respuesta correcta parece obvia. Desafortunadamente no lo es: el cambio para bien siempre produce temor, porque estamos aferrados a lo que tenemos, aunque no sea lo que queremos, y porque el horizonte de lo que tendremos está fuera de la vista.

Sin embargo, la única constante en el universo es el cambio. No podemos resistirlo durante mucho tiempo. Lo mejor es que al llegar nos encuentre preparados. Como dijera Andre Gide, premio Nobel de Literatura: el hombre no puede descubrir nuevos océanos a menos que tenga el coraje de perder de vista la costa. ¿Cómo adquirir ese coraje? Desarrollando inteligencia social, aquella que nos une a los otros para constituirnos en un colectivo y dejar de ser un simple conglomerado. Si quieres llegar rápido, camina solo, si quieres llegar lejos, camina en grupo.

Juntos hacemos más, juntos podemos innovar sin temor, compartiendo nuestras fortalezas, y juntos llegaremos lejos. Esa es la propuesta del PRI para México y una de las mejores razones para votar por el partido el próximo domingo 5 de junio. Innovando haremos que las cosas buenas sucedan. Aferrándonos a ideales caducos, generalmente presentes con la careta del populismo, seguirán sucediendo las mismas.

Somos el partido más importante en la historia de México y seguimos prevaleciendo, en una democracia de ciudadanos hoy más críticos y participativos que nunca. Lo somos, aunque se enojen nuestros detractores, porque así lo ha decidido la mayoría de los mexicanos.

Nos hemos renovado constantemente. Sabemos la importancia que tiene la innovación para el progreso. En muchos sexenios no se había visto la cantidad y la magnitud de las reformas constitucionales que se han producido durante el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto. Ni siquiera en el periodo de alternancia. A principios del siglo pasado el PRI unificó grupos y tendencias para producir grandes transformaciones. Hoy queremos unificar a todos los mexicanos para modernizar al país.

El presidente del Comité Ejecutivo Nacional, Manlio Fabio Beltrones, nos ha convocado a diseñar el PRI del siglo 21.

Para ello nos estamos acercando más que nunca a los jóvenes, porque son los motores de la innovación, y hemos incorporado, más que ningún otro partido y como en ningún otro periodo de la historia del país, el talento de las mujeres al quehacer político, más allá de las cuotas de género, en condiciones de igualdad en toda la estructura partidista y todas las instancias donde participamos.

Hoy innovamos impulsando un cambio de conciencia social, para que predominen los valores por encima de los intereses, y haciendo al interior del partido lo pertinente para dar ejemplo, depurándonos de cara a la sociedad.

Hoy innovamos políticamente con candidaturas de simpatizantes del partido y, para fortalecer nuestra democracia más allá de las elecciones, abanderamos la propuesta de internet para todos, como un derecho fundamental, una poderosa herramienta para la educación y el medio más accesible para que los ciudadanos escruten el ejercicio gubernamental. Se trata de que todos los mexicanos puedan integrarse a la era digital.

La unidad en la inclusión, así es como somos más fuertes, así es como renovaremos a México.
21 Mayo 2016 04:06:50
El precio de la deslealtad
La deslealtad es inadmisible porque quebranta la confianza, defrauda a las personas y afecta a todos cuantos nos rodean.

Sin lealtad no somos nada para nadie, porque nadie querrá relacionarse profunda y genuinamente con quien puede darle la espalda en cualquier momento.

La lealtad es nuestra aportación básica más importante a cualquier colectivo, empezando por la propia familia. La lealtad a nosotros mismos es el comienzo, porque es resultado de un discernimiento para elegir lo que es correcto.

El egocentrismo, la codicia y la ambición de poder, entre otras cadenas que aprisionan al ser humano, no pueden servirse de la lealtad. Son antípodas. Simular que estas motivaciones no están detrás de nuestras conductas no es suficiente, porque al final el resultado invariable será la traición.

No obstante ser campo fértil para el oportunismo político, que resulta siempre en deslealtad, los partidos políticos, cualesquiera que sean, se sostienen sólo por la lealtad de sus militantes y, por supuesto, de sus votantes en general. Ambos, claro está, tienen derecho a cambiar de opinión y de partido. La lealtad no es esclavitud.

Los votantes simplemente podrán emitir su sufragio por otra institución política, los militantes, en cambio, están obligados a actuar conforme a los estatutos, y cualquier partido establece en ellos obligaciones que se traducen en lealtad y sanciona la deslealtad. No pocos son los casos de ciudadanos que dejan un partido y se afilian a otro de la manera correcta.

Es indudable que en el PRI, históricamente y de todos conocido, se privilegia la lealtad no sólo como el cimiento de la organización, sino como uno de los principales valores de acción partidista.

Nuestros cuadros, quienes aspiran y se preparan para acceder a cargos de elección popular, tienen aún mayores obligaciones, porque su deslealtad al partido se traduce en deslealtad con sus electores.

Los estatutos del Partido, en el Artículo 60, establecen que tienen, entre otras obligaciones, las de ratificar públicamente su militancia y compromiso partidista y promover la defensa de los intereses del PRI en el desarrollo de los procesos electorales en que participen. Ambas, muestras de lealtad.

Exactamente lo opuesto a lo que hicieron en Tamaulipas tres candidatos, a quienes se les canceló el registro y se les suspendieron sus derechos partidistas, pues de acuerdo con el Artículo 63 estatutario pierde su militancia quien apoye públicamente o realice labores de proselitismo a favor de un candidato de otro partido político, salvo en el caso de coaliciones o alianzas.

El PRI es leal con México, pero está obligado especialmente con sus bases y sus votantes, con aquellos que eligen nuestra plataforma electoral y apoyan nuestro programa de acción mostrando su adhesión a un candidato en particular, de manera que éste no puede, sin cometer traición al partido y a sus electores, pronunciarse ni en privado ni públicamente por un candidato de otro partido.

Desafortunadamente, estas situaciones son inevitables, porque independientemente de que sea deseable y aun constituya una condición para pertenecer a un partido, la lealtad es finalmente una cuestión de libre albedrío. Una vez que se obliga a alguien, ya no se puede obtener su lealtad.

La de estos tres excandidatos es el tipo de deslealtad que no merece México. En lo sucedido en Tamaulipas no hubo ni compra ni coacción de lealtades. La lealtad no puede venderse ni cederse. Siempre va por el camino recto. No todo apoyo es lealtad.

Lo que hicieron fue violentar la voluntad de sus votantes al intentar vender su sufragio. Lo que hizo quien quiso comprar o coaccionar dicho apoyo fue faltarle el respeto a sus electores y a todos los tamaulipecos, porque trató de empañar el proceso.

En este caso, ni quien vende o cede, ni quien compra o coacciona, conocen de lealtad.
14 Mayo 2016 04:07:09
El factor humano
En la segunda mitad del siglo pasado, cuando se comprendió que el crecimiento económico de los países no se reflejaba necesariamente en bienestar para la población, se trasladó el enfoque del desarrollo al factor humano y se acuñó un término para abrir una nueva vía al progreso: capital social, variable que mide la colaboración entre los diferentes grupos de un colectivo.

En la década de los 80 diversos países realizaron prácticas, no pocas de ellas exitosas, de formación de capital social en pequeñas comunidades, a través de aspectos organizativos, pero no se extendieron y la idea perdió fuerza, principalmente porque se desvirtuó su esencia, originada en la pedagogía a principios del siglo 20: crear conciencia social.

Si bien al término capital social su tecnicismo lo dejó sin sustento, el enfoque en el factor humano predominó y el concepto de conciencia social ganó terreno, hasta evolucionar incluso al de conciencia democrática. Hoy se hace más que nunca evidente que es la acción ciudadana, organizada y orientada al beneficio de la colectividad, es decir, hacer algo por los demás, la que puede producir el verdadero desarrollo.

De ahí que juntos hacemos más. No es sólo un lema: es la apuesta del PRI. No es una simple convocatoria, es un compromiso con el cambio de conciencia de los mexicanos, que hoy exigen a los partidos políticos transformarse para ser representativos de los nuevos ciudadanos, conscientes de que la eficacia de un gobierno no depende de las elecciones sino del el involucramiento de la sociedad en el ejercicio de gobierno; ciudadanos que transforman su entorno a través de organizaciones civiles cada vez más comprometidas y especializadas.

Es por ello que hemos abierto espacios para que todo mexicano pueda sentirse representado; hemos actuado con transparencia para ser confiables y estamos fomentando la recuperación de nuestros valores colectivos para coadyuvar a la formación de ciudadanos solidarios entre sí e involucrados en el ejercicio de gobierno.

En congruencia, somos el único partido en la presente contienda electoral que ha cancelado el registro y suspendido derechos partidistas a candidatos por vincularse con el crimen organizado. Hoy preferimos, como dijo nuestro dirigente nacional, perderlos que darle un voto a los malos.

Los ciudadanos somos la conciencia y el cuerpo del país. Si queremos un México que se desarrolle sanamente ya no podemos darnos el lujo de ser simples espectadores, juzgando con enojo y ofendiendo, a falta de argumentos, al Gobierno, cualquiera que sea su origen partidista, olvidando, más por conveniencia que por ignorancia, los beneficios que nos ha traído aquello que tanto censuramos, como la comodidad de no tener que hacer nada para mejorar las cosas.

La oferta del PRI, hoy, es privilegiar la formación de conciencia social convirtiéndonos, ante todo, en un partido confiable, porque es la confianza, no sólo en la institución política, sino entre ciudadanos, la que nos permite hacer más juntos.

La oferta del PRI es bienestar, seguridad, oportunidades y una mejor educación para las familias mexicanas, como colectivos esenciales del progreso social y humano. No sólo la educación formal, sino aquella a la que están obligadas todas las instituciones del Estado que tienen que ver con la formación de conciencia social; la educación en valores, principios cívicos, orden social y justicia.

Promovemos la construcción de una ciudadanía que exija el cumplimiento de la ley, pero que también la acate, que abandone el vituperio sin argumentos y participe propositivamente, que a través de los partidos políticos se represente dignamente, que impida la impunidad comenzando por su propia persona, que actúe justamente haciendo lo que espera que los demás hagan, que supere los enconos y confíe en sus semejantes, que respete los derechos ajenos en el ejercicio de los propios.

Una ciudadanía producto de una conciencia democrática.

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