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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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22 Abril 2017 04:00:00
La verdadera buena vida
Los humanos existimos más allá del ámbito material, somos seres metafísicos. Quien no lo reconozca está condenado al miedo, el vacío, la ansiedad y el sufrimiento.

Partiendo de este hecho, crecer significa para nosotros descubrir quiénes somos realmente, partiendo de la mentira de lo que creemos ser, del engaño que, a través de nuestra colectividad, nos autoimpusimos como la realidad.

Crecer es un proceso, no un suceso, personalísimo, pero, paradójicamente, acompañado. La conexión es un instinto básico de los seres humanos porque es su verdadera naturaleza. Nuestras almas desean más que nada contacto con la existencia, que no puede ser tal sin los otros.

Por eso crecer es, finalmente, expandir la conciencia más allá del horizonte de lo personal, desarrollar todo el potencial metafísico que tenemos, para conectarnos desde el alma y construir, ahora sí, un mundo justo.

La creación o el surgimiento del universo, como quiera usted verlo, no tuvo otra intención que el crecimiento, la expansión y, por tanto, la conexión con la existencia, producto evidentemente de la conciencia maestra, del UNO, de Dios, de la mente cósmica o como quiera concebirla. Pero trate de hacerlo, porque evadir su naturaleza metafísica solo le llevará al sinsentido de su propia vida.

Lamentablemente, como especie todavía somos pequeños, muy pequeños en conciencia. Tememos a la muerte porque la vemos como un final definitivo, no como el cierre de un ciclo del alma. Tememos envejecer porque nos acercamos a ella. Tememos cambiar porque lo desconocido es para nosotros la inexistencia, debido a que vivimos en la mentira del positivismo, según el cual todo lo real es únicamente aquello que podemos captar con los cinco sentidos, para crear una imagen mental que nos dé seguridad, la ilusoria seguridad que da el confundir tener con ser.

Nos resistimos a la verdadera vida, mirando al pasado o al futuro para escaparnos del presente, de la obligación de existir hoy con todo lo que ello implica. Rechazamos la madurez porque no queremos las responsabilidades y los compromisos que conlleva asumir nuestro poder espiritual, pero sí exigimos los frutos; nos da pánico morir y renacer o resucitar infinitas veces por dentro para crecer, pero la vida es una sucesión de muertes chiquitas.

Nos resistimos a la vida anteponiéndole expectativas, presionando para que las cosas salgan como queremos, las personas sean como consideramos que deben ser y las situaciones se desarrollen como deseamos. Nos resistimos a la resistencia que los demás nos oponen cuando queremos imponernos. Entablamos la lucha, la competencia, y dejamos de crecer.

Cristo murió y resucitó para que supiéramos que eso es lo que tenemos que hacer por dentro en este lugar donde nos tocó existir. Buda se iluminó para mostrarnos que se puede vivir en la verdad aquí y ahora, renunciando a las creencias y a los apegos.

Dice el filósofo y sociólogo Harmut Rosa: “la buena vida se obtiene resonando con nuestro entorno, viviendo conectados con el mundo… La mala vida es una vida alienada, puedes tener mucho dinero y relaciones, pero si pierdes la resonancia, acabas quemado”.

Esta mala vida es hoy la común; hostil e incomprensible, por la velocidad a la que transcurre. Nos deja sólo tres opciones: nos refugiamos en las adicciones y las relaciones destructivas, nos evadimos a través de la mentira del “tengo, ergo soy” o crecemos a partir de nuestra capacidad de resiliencia; es decir, elegimos sobreponernos a la adversidad, transformar el sufrimiento en un aprendizaje de vida y valorar lo que tenemos.

No corra para crecer, para alcanzar la buena vida, de nada le servirá, porque no se puede evolucionar de un estado a otro hasta que se ha experimentado y aceptado en su totalidad el estado en el que se está. Cada quien a su ritmo.

Un buen comienzo es tener la claridad de que se vive la mala vida.
15 Abril 2017 04:02:00
¿Cómo se declara?
La culpa es la emoción que más pesa sobre uno. Si no la eliminas, te corroe vivo. Stuart Neville.

Nada nos vuelve más manipulables que la culpa, la sana y la tóxica. Sólo que la primera se expía a través de la reparación y el perdón, mientras la segunda es como una plaga: no proviene de algo que hicimos mal, nos la transmiten otros, nosotros la transmitimos a nuestra vez y todos enfermamos de necesidad de castigo.

Nos sentimos mal porque hicimos algo que claramente dañó a otro: eso es la culpa sana. Sentimos todo el tiempo, aunque no nos demos cuenta de ello, que algo estamos haciendo mal o algo invariablemente haremos mal, sin que sepamos qué, eso es la culpa tóxica.

“Cómete todo, que hay muchos niños que no tienen”, “tú me hiciste pegarte”, “cuando naciste ya no pude estudiar”, “por cuidarte dejé de trabajar”, “todo lo que he hecho por ti, y mira cómo me pagas”. Así es como nos la transmiten en nuestros primeros años.

A partir de ahí instalamos la voz interna del “debería”, el verbo de la culpa tóxica. “Debería sufrir como tú”, porque cuando me pasan cosas buenas o disfruto, me siento culpable; “debería hacerlo perfecto”, porque nunca satisfago tus expectativas; “debería dejar de hacer lo que te molesta”, porque merecidamente me lastimarás.

Este es el sistema bajo el cual, comúnmente, establecemos relaciones. El propósito no es el amor, sino el castigo y el autocastigo. Alguien tiene que pagar. Esa es la principalísima exigencia de la emoción llamada culpa, la gran tirana.

La culpa tóxica es el motor de las relaciones destructivas, en las que nadie se hace responsable de sus pensamientos, sentimientos y acciones. El reproche y el autoreproche son su discurso. Cada “es que tú...” y “porque tú...”, es un vector. Cada “si hubiera...” y “debí de...”, un instrumento de autoflagelo.

Dice Bernardo Stamateas, en su libro Gente Tóxica: “Son culpas ajenas generadoras de insatisfacciones continuas. Son culpas que se alimentan de mandatos externos y sociales y de emociones internas no resueltas que siguen teniendo poder y valor sobre nuestras vidas.

“Se trata de creencias culturales que jamás te permitieron alcanzar ni disfrutar en absoluto de nada. Son las exigencias que demandaban que dieras más, siempre un poco más, y claro, como no pudiste alcanzar ese parámetro de perfección, terminaste ubicándote en el lugar de la víctima, acarreando culpas que no te correspondían”.

Un ejemplo de esto último, de la psicoterapeuta Marina Castañeda: “Las mujeres siempre se consideran culpables cuando hay una falta de amor. No cuestionan a los demás, sino que se preguntan en qué fallaron ellas. Dan por sentado que fue su culpa, y se lo reprochan. Pero como el problema no estuvo en ellas, no encuentran nada ni pueden reparar nada, y entonces siguen sintiéndose culpables indefinidamente”.

Los hombres, por su parte, cargan casi en general con la culpa del proveedor insuficiente, de dinero y/o atención. Los niños, decía el novelista español Miguel Delibes, “tienen ineluctablemente la culpa de aquellas cosas de las que no tiene la culpa nadie”.

La culpa puede ser insoportable. De ahí que, cuando es sana, reparar el daño, pedir perdón y perdonarse es la única manera de no morirse por dentro envenenados de cinismo. Cuando es tóxica, oprime tanto el alma que surge el impulso irreprimible de arrojarla fuera; pero, como siempre tiene propietario, la depositamos en otros. Aquella que nos quedamos, la de los “debería”, está disfrazada de conveniente canon social.

Para la culpa tóxica el perdón también es muy necesario, sólo que no por lo que hemos hecho o hacemos mal, sino por la forma en que nos autofustigamos. Pero no es suficiente: es necesario aceptar la responsabilidad absoluta de nuestros pensamientos, sentimientos y acciones, para que no culpemos injustamente a nadie ni nadie lo haga con nosotros. Lo mío es mío, lo tuyo es tuyo.
08 Abril 2017 04:00:00
No hay mérito que valga (segunda de dos partes)
Una mirada o un gesto bastan para que alguien nos haga sentir completamente inadecuados, es decir, avergonzados, por cualquier motivo que nos haga diferentes, nos deje fuera de un prototipo o incluso lejos del ideal colectivo de vanguardia, pautado hoy en día por la mercadotecnia y la publicidad.

No falta lla vecina, el amigo, el compañero de trabajo o aun el jefe que, con gran puntería, hagan alusión malévolamente, aunque muy casual, a un aspecto de nuestra vida que de pronto, por la forma en que se hace tal señalamiento, se convierte en motivo de vergüenza.

Y así es como nos manipulamos y nos lastramos unos a otros cuando no hemos podido subsanar nuestras carencias emocionales. Nos estamos diciendo: ‘no puedes estar mejor que yo’, lo cual sólo es útil para aquellos que quieren vendernos algo o quienes están interesados en que no nos inmiscuyamos en determinados asuntos.

En la cárcel de la mediocridad, la vergüenza es el sistema que nos uniforma, nos despersonaliza, nos custodia y nos alienta a formar bandos para enfrentarnos unos a otros. Sólo que este presidio lo construimos nosotros mismos, lo administran algunos de los nuestros, los más astutos, y lo sufrimos todos.

La vergüenza, esa emoción que cuando es sana nos impide hacer algo que dañe a la colectividad, –sostén y el sustento de la existencia–, se ha perdido o distorsionado hasta convertirse en un veneno que aletarga a la mayoría. Se vuelve, pues, tóxica. Todos los sistemas penales del mundo han sido instaurados para contener a quienes la pierden. Los que la usan para vivir aletargados se bastan a sí mismos.

La vergüenza se nos inocula en la primera infancia, incluso en la cuna, porque la mayoría de los seres humanos no tenemos una forma razonable y amorosa de decirle a nuestros hijos que lo que hacen no es conveniente para ellos. Están mal y punto.

El común denominador en las familias es que los padres valoren a sus hijos por méritos. Cada vez que se alejan del prototipo de persona que ellos consideran deben ser, retiran, si no el afecto, sí la aceptación y la aprobación, en el mejor de los escenarios. Ni qué decir de los casos extremos, no pocos desgraciadamente, en que existe constante abuso físico, verbal y hasta sexual.

Esto se debe a que los padres también viven avergonzados. La vergüenza es contagiosa y generacional. Los niños llevan esta vergüenza a la escuela, donde encuentran maestros que la refuerzan, porque a su vez la sienten, de manera que parecerse a aquello que se rechaza es motivo de bullying.

Llegar a la adolescencia sintiendo que hay algo intrínsecamente mal en uno –y casi todos llegamos así– es lo peor que puede pasar, porque es la época en que más activamente se busca la identidad propia, y para ello se recurre a la integración en un grupo, que utilizará descarnadamente cualquier método para hacer sentir vergüenza a quien no se adapte por completo. Es en esta etapa donde aprendemos a escondernos incluso de nosotros mismos.

El miedo a ser lo que somos, que comenzamos a desarrollar de niños, nos domina desde la adolescencia. Para no sentirlo, envenenamos a los demás y ellos a nosotros. Esto nos impide vincularnos profundamente, porque mata el amor. Bajo el esquema de la vergüenza, quien dice amarnos ama su idea de lo que debemos ser y nos hace sentir inadecuados cuando no somos lo que pretende... y viceversa.

Para que el mundo mejore, se requiere un saneamiento mental y emocional a fondo, individual y colectivamente, a partir de varias premisas básicas: los errores son necesarios; si queremos sentirnos adecuados, hagamos sentir así a otros; la única condición para el amor es cero maltrato; no somos lo que hacemos, pensamos o sentimos; está bien ser exactamente lo que somos.
01 Abril 2017 04:00:00
No hay mérito que valga
PRIMERA DE DOS PARTES

Hace miles de años, muy cerca de nuestro surgimiento, los seres humanos confundimos el desarrollo con la meritocracia; es decir, ascender mediante la ampliación de la conciencia en la escala de la evolución, mejorando la especie, con elevar por méritos propios nuestra posición personal en la estructura social, económica y política. Ahí empezaron todos nuestros problemas.

De tal confusión han resultado sociedades injustas e individuos avergonzados, porque mientras la conciencia exige honestidad, primero consigo mismo, la meritocracia es el caldo de cultivo de la doble moral, el cinismo y la hipocresía.

Le echamos la culpa a Darwin de nuestra pobre idea sobre la evolución y, para justificar el encarcelamiento de la conciencia, inventamos el positivismo: el único medio de conocimiento es la experiencia comprobada o verificada a través de los sentidos. Así pues, redujimos la experiencia de vivir a ver, oír, degustar, tocar y oler.

Paradójicamente, todos aspiramos a una vida plena, que sólo puede hallarse a través de una conciencia en evolución, comenzando por desentrañar quiénes, como individuos, somos realmente en relación con nuestro colectivo, para vivenciar después –porque no puede “ser pensado”– qué somos verdaderamente. Simplificado: un alma no es un quién, sino un qué; no piensa, experimenta mucho más allá de los cinco sentidos.

En el quién es donde estaremos atorados un rato, porque sigue siendo, en nuestra ignorancia, terreno de la meritocracia, que jala para el otro lado del desarrollo y amenaza, en el estira y afloja, con derribarlo.

El gran poder de la meritocracia está arraigado en una sola emoción. Las demás sólo hacen alharaca. Hablamos de la vergüenza, que en su faceta nutricia es un freno para no hacer lo que no queremos que otros hagan, pero en su aspecto tóxico o patológico, es la constante sensación de que hay algo intrínsecamente mal en nosotros que debemos compensar con un hacer y un lograr determinados, o de que no somos suficientes, por tanto debemos ser más, comparados con otros, para ser totalmente aceptados.

Esta sensación, oculta regularmente a nuestra conciencia, puede manifestarse ocasionalmente en la conducta o apoderarse casi en su totalidad de ella. La descubriremos, según John Bradshaw, autor de Sanar la Vergüenza que nos Domina, cuando detectemos, en nosotros o en los otros:

Codependencia: nos enfocamos en otros para escapar de nosotros.

Falso yo: máscaras que en muchas ocasiones nosotros mismos aceptamos como el verdadero yo.

Adicción: nos permite escapar del dolor de “no ser válidos”.

Grandiosidad: exageramos la importancia personal para que no descubran nuestra “pequeñez”.

Deseos de humillar a otros: tratamos de hacer que los demás se sientan como nosotros.

Miedo al abandono: sentimos que no merecemos que estén con nosotros, pero nuestra reacción es abandonar antes de que nos abandonen.

Aislamiento: nos apartamos porque no queremos que vean lo “poca cosa” que somos o porque nos cansamos de fingir.

Seré lo que tú quieras que sea: pero acéptame, por favor.

Abuso de uno mismo: desórdenes alimenticios y del sueño, exceso de trabajo, descuido de la apariencia personal, entre otros.

Autosabotaje: es cuando la vergüenza tóxica necesita del fracaso para permanecer.

Hipersensibilidad: nos tomamos todo a personal.

Autorrechazo: privilegiamos las necesidades ajenas sobre las nuestras.

Estas son sólo algunas formas en que se manifiesta la vergüenza tóxica. También podemos encontrar al sabelotodo y a don perfecto, o en el polo opuesto, al patán, al golpeador y al “hater”. Mientras más exagerado el rasgo, más profunda la vergüenza.

Si usted se ha identificado con alguna de estas manifestaciones, es hora de hacer un valiente examen interno, porque está huyendo de sí mismo y, claro, de su conciencia. Y sepa: no hay peor traición al alma, que ama ser lo que es, que su vergüenza por ser quien usted cree que es, que por otra parte es cosa de un ego enfermo.
25 Marzo 2017 04:00:00
Agárrenla, que se escapa
La seguridad sicológica, igual que la felicidad, es una búsqueda que los seres humanos hacemos a partir de una serie de conductas llamada Ley del Efecto Inverso o Contrario; es decir, mientras más la buscamos, más la alejamos.

Esta Ley, nacida de la antigua sabiduría zen, opera con base en cinco factores que definen cualquier quimera humana: 1) nos resistimos al malestar emocional, por tanto emprendemos una búsqueda de lo opuesto; 2) sin embargo, confundimos el objetivo, porque no estamos centrados en encontrar, sino en huir despavoridos; 3) buscamos en el lugar incorrecto, porque si lo hacemos en el correcto tendremos que enfrentar aquello de lo que estamos huyendo; 4) como no encontramos, nos conformamos con el premio de consolación y 5) con todo ello, creamos un estado emocional incompatible con lo que deseamos, que se vuelve más invasivo en la medida en que tratamos de evitarlo.

Cuando algo nos causa temor, dolor y/o sufrimiento, nuestro hábito mental es lo que conocemos como negación: lo rechazamos y lo etiquetamos como “malo”. Mientras más perturbador, más tratamos de no sentirlo. Pocas cosas hay tan perturbadoras para el ser humano como la incertidumbre.

Podemos coexistir con la infelicidad, pero no con la inseguridad. Esta, literalmente, nos impide respirar. De ahí que la búsqueda de certezas sea la más ávida que podemos emprender. Debido a que tales certezas deben convertirse en el analgésico para nuestros malestares, deben ser permanentes, de lo contrario aquellos siempre volverán. Es así como la estabilidad se convierte en sinónimo de seguridad.

Además, deben provenir del exterior, porque para que lo hagan desde nuestro interior tendríamos primero que enfrentar el malestar, idea que nos produce verdadero terror. En consecuencia, buscamos la seguridad en la permanencia en un trabajo, en una pareja, en una actividad cotidiana determinada y en una capacidad de consumo como mínimo invariable. Estas certezas sólo pueden partir de lo conocido. Son nuestras lastimosas zonas de confort. Como sistema de vida, nos hacen mediocres.

Como la naturaleza de la vida es siempre cambiante, cuando cualquiera de estas áreas de nuestra cotidianidad sufre una merma, nos desequilibramos y el malestar se empodera. Es evidente que nuestro problema es rechazar el cambio, pero no cualquiera, sino aquel que no nos permite ver lo que hay del otro lado.

La falsa seguridad obtenida mediante la precaria estabilidad que logramos “acomodando” nuestras circunstancias externas para que nada se mueva, empeñándonos sobre todo en obtener dinero en cantidades si se puede más que suficientes, es el premio de consolación, una compensación a la incertidumbre que a cada rato se nos escapa de la jaula y un mal analgésico para el malestar.

Tras bambalinas está a cargo del melodrama de nuestra vida el apego o resistencia a soltar. Nos resistimos a que acabe un amor, a cambiar de trabajo, de creencias, de gustos, de proyectos. Creamos ansiedad, miedo, preocupación, estados emocionales en los que no puede arraigar seguridad alguna.

Una vez vista la forma en que orquestamos el auto boicot de nuestras vidas, tracemos la ruta correcta: 1) aceptemos el constante cambio tanto en nosotros como en la vida, no como un sí de entendimiento intelectual, sino como una rendición de la resistencia; 2) encaremos los malestares, no nos van a matar y siempre son indicador de lo que debemos cambiar para mejorar. El cambio no sólo sobreviene, empuja si no encuentra franco el camino; 3) comprendamos que la seguridad no es inmovilidad de nuestras circunstancias, sino la certeza interior de que sabremos accionar y reaccionar de la manera correcta en las situaciones adversas, que nos plantean un reto de crecimiento. Sólo se convierten en problemas en nuestra mente; 4) sintamos la inseguridad no como un enemigo, sino como una oportunidad para reflexionar y hacer bien las cosas; 5) tengamos fe en ese poder superior que siempre tiende la red.
18 Marzo 2017 04:00:00
Hágase el hábito
La vida moderna, presa de la mercadotecnia, despierta e instiga apetitos y deseos cuya satisfacción es requisito para alcanzar una felicidad de quimera. Se vale, para ello, de un ideario promotor de modelos de vida ficticios, elaborado mediante la publicidad.

El origen de la felicidad, nos dice la mercadotecnia, está en todos los bienes y servicios que nuestro dinero puede comprar para atraernos aquello que satisfará las falsas necesidades creadas publicitariamente: belleza perfecta, envidia ajena, fama, prestigio, poder, sexo desorbitado, libertinaje, entre otras experiencias en las que erróneamente hemos depositado nuestras búsquedas primordiales de aceptación, compañía, seguridad y amor.

La mercadotecnia se alimenta de los impulsos irresistibles de adquisición, de ahí que reduzca la felicidad a estados de ánimo, evidentemente pasajeros por naturaleza, cuya nueva aparición dependerá de que adquiramos más de lo que ya tenemos, aún mejor o nuevo.

Pero no tiene la culpa la mercadotecnia, sino nosotros, que la hemos creado y la hemos utilizado para quedarnos con el premio de consolación. Efectivamente, como decía el Nobel de Literatura español Jacinto Benavente: “El dinero –y todo aquello que con él se puede comprar, agregaríamos– no puede hacer que seamos felices, pero es lo único que nos compensa de no serlo”.

Trabajamos incansablemente o, en la mayor perversión de la conducta humana, algunos delinquen, a fin de tener todo lo innecesario para ser felices, y descuidamos, aun peor, dejamos en estado salvaje, lo único que puede hacernos comprender la verdadera naturaleza de la felicidad y, por tanto, llevarnos a ella: la inteligencia, entendida no como la capacidad de almacenar y asociar datos, no como astucia ni como competitividad, sino como la sanidad del pensamiento, las emociones y los sentimientos, cuya consecuencia no es otra que la congruencia, la armonía consigo mismo y, por extensión, con nuestros semejantes y con la naturaleza.

De este lado en que ahora vivimos, con la felicidad fuera de nosotros, y no como producto del trabajo espiritual –y olvídese de las religiones; estamos hablando de conocerse uno mismo, que es mucho más complejo y difícil de lo que parece–, rige la paradoja de la felicidad: mientras más la buscamos más se aleja, porque creamos un estado mental de compulsión y ansiedad incompatible con el de bienestar que deseamos y porque allí donde la buscamos no fue donde la perdimos; solo está la intensa luz del farol –lámpara emisora de envite falso– de la publicidad, que nos atrapa como palomillas.

De este lado está su antípoda, la infelicidad, y verla cara a cara, hacerla consciente, es el principio para viajar al polo opuesto. “Encontrar las cosas que lo hacen a uno desgraciado ya es una especie de felicidad”, decía François de La Rochefoucauld.

Y he aquí lo que nos hace infelices a todos: poner la vida en suspenso pensando: “seré feliz cuando...”; sentirnos víctimas de las circunstancias; quejarnos constantemente; preocuparnos por cosas que no podemos cambiar; centrarnos en los problemas; evadir responsabilidades o asumir las que no nos corresponden; desconfiar de los demás como principio de relación; compararnos; tratar de controlarlo todo; tener expectativas sobre otros y/o tratar de cumplir las ajenas; desconocer nuestros miedos y, por supuesto, pasar mucho tiempo y esfuerzo adquiriendo cosas.

Estos pensamientos, las emociones y conductas asociadas, son hábitos en nuestra vida que conforman la costumbre de ser infelices. Esta idea nos revela algo fundamental: la felicidad es también una cuestión de hábitos. No se trata de permanecer imperturbable y perennemente en un estado de ánimo ya sea eufórico o simplemente placentero, lo cual de suyo es imposible, sino de llevar el bienestar a la costumbre.

Piense, sienta y actúe en positivo. Cambie hábito por hábito, poco a poco, con paciencia y tenacidad. La felicidad está en el camino. No es un destino. No se encuentra; ES. Sea con ella.
11 Marzo 2017 04:00:00
La escalera al cielo (segunda de dos partes)
¿Es la conciencia causa o efecto de la existencia del ser humano? La respuesta a esta pregunta ha estado históricamente reservada para los filósofos, por parecer intrascendente a efectos prácticos en la vida cotidiana. Sin embargo, es la diferencia entre una vida llena de malestar y una plena, profundamente satisfactoria y feliz.

La forma en que vivimos es nuestra responsabilidad. Nosotros elegimos entre permitir que las circunstancias nos aprisionen o remontar el vuelo. De ahí la importancia de que todos y cada uno entendamos y respondamos la pregunta.

Si la conciencia humana fuera efecto de la existencia de los seres humanos, sería en su totalidad producto del cerebro; atada sólo a aquello que podemos percibir con los cinco sentidos y producir con el pensamiento; dependiente del mundo material y, por tanto, de la posesión; ergo, terreno del ego y de la moral impuesta para someterlo a control.

Una conciencia sin posibilidades de desarrollo, enfrascada en crear ilusiones como “Dios existe”, para darle sentido a la existencia humana más allá del vacío que todos tratamos de enterrar, pero que persistentemente amenaza con invadirnos.

Si la conciencia humana fuera efecto, ciertamente no habría nada más importante en el mundo que el automóvil sin seguro que acaba de chocar, el trabajo que recién perdió, el dinero que no le alcanza, todo lo que no se puede comprar, el reconocimiento que no logra y la salud quebrantada sin esperanza.

Esta, como ya lo habrá captado, ha sido la elección de la mayor parte de la humanidad hasta ahora, sin siquiera haberse planteado la pregunta.

Si la conciencia fuera causa de la existencia de los seres humanos, estaríamos hablando de un poder real superior a nosotros, de una existencia más allá del pensamiento, de un alma, de posibilidades infinitas de exploración de nuestro ser, de capacidades para sortear cualquier circunstancia sin convertirla en un problema, de una identidad que no requiere autodefiniciones ni autodelimitaciones, de una comprensión que trasciende el entendimiento intelectual, porque conjunta la inteligencia de la mente con la del corazón.

Estaríamos hablando de la posibilidad de conexión con La Fuente de la existencia y por tanto del desarrollo de la conciencia multidimensional, la única que nos permite conocer la verdad y la realidad, que no pueden ser pensadas, sino experimentadas. Ahí donde todo es bueno porque es amor.

Y no, por favor, no se espante por la “intensa espiritualidad” del planteamiento. A menos que seamos Cristo o Buda, no podremos instalarnos en la conciencia multidimensional o cuántica y conciliarla con las exigencias de la vida cotidiana, no al menos como la llevamos ahora.

Nuestra tarea es transformar esa vida, aumentando gradualmente la profundidad de la conciencia hasta comprender, experimentar, nuestra verdadera naturaleza. Todo comienza por observar nuestros pensamientos, emociones y sentimientos, sin ponerles nombres, sin juicios. Simplemente contemplarnos.

Si existe el que observa los pensamientos, existe alguien más arriba que el pensador: la conciencia, eso que realmente somos y que nos permite desidentificarnos con la mente y sus creaciones, el ego y sus exigencias de satisfacción total e inmediata.

En esta contemplación, que se llama meditación activa, podrá usted captar un estado de lejanía emocional y por tanto de quietud respecto de todo lo que le preocupa, le angustia, le duele. Eche ahí ancla.

De ese estado, que se puede alcanzar a diario, se regresa diferente, con una perspectiva nueva, que nos permite ir desapegándonos de las cosas materiales, emocionales e intelectuales que nos condicionan.

Sólo contémplese, la conciencia hará el trabajo. La capacidad de ver, encontrar y modificar en nosotros se irá ensanchando, iremos cada vez más profundo, comprenderemos más y, durante unos instantes, en algún momento, tendremos contacto con La Fuente. Ahí donde ni el miedo ni el vacío existen. Querrá usted volver y lo hará, las veces que así lo desee.

Así, pues, ¿cuál es su respuesta?
04 Marzo 2017 04:00:00
La escalera al cielo (primera de dos partes)
La identidad es la base de la existencia de los seres humanos, incluso en su extravío, pues ninguna de las batallas pírricas del individuo para destacar tendrían sentido alguno si no creyera saber quién es y a dónde pertenece, y con ello a quiénes superará e incluso humillará.

La identidad sólo es posible a través de la conciencia, gran misterio para los científicos, tema recurrente para los filósofos, objetivo primordial de los metafísicos y área de mayor desconocimiento de todo aquel que presume tenerla.

La conciencia no es ninguno de los conceptos que por separado han elaborado científicos, filósofos, metafísicos y el ciudadano de a pie, porque es todos a la vez. Es el camino de la evolución humana. Una escalera al cielo cuyo primer peldaño es el egoísmo y el último la verdadera identidad del hombre, el espíritu uno con la divinidad.

En el primer escalón, aquel en que nos encontramos la mayoría de los seres humanos, hemos definido y delimitado la conciencia –con el afán de poseerla y controlarla, para mantener nuestra falsa identidad y continuar la batalla pírrica por destacar–, como saber intelectual sobre el bien y el mal y nuestros propios actos en consecuencia, desde el punto de vista de la moral; conocimiento íntimo de nosotros mismos y nuestra propia existencia, según la psicología. Y a partir de aquí hemos desarrollado una distractora, por inútil, categorización de la conciencia: social, escrupulosa, laxa, dudosa, cierta, verdadera y errónea, entre otras.

En general, en este primer escalón la conciencia es conocimiento puramente intelectual. Sin comprensión. Es donde los seres humanos hemos asumido, sin cuestionar, determinados patrones y modelos de pensamiento y conducta para pertenecer y, a través de esta pertenencia, autodefinirnos; o sea, establecer nuestra identidad, que no resultará otra cosa que una personalidad reducida a los cánones sociales, de miras cortas y visión estrecha. Es el nivel de las vergüenzas y las culpas, los dogmas y la discriminación.

No importa cuánto tiempo o cuántas vidas nos lleve subir al siguiente peldaño, y al otro y al otro, tendremos que hacerlo. Afortunadamente, el primer paso es el más difícil, los otros se aceleran y aligeran por el propio efecto evolutivo que tiene la conciencia.

La conciencia, para empezar, no es individual. El nivel en que se encuentra actualmente la humanidad es producto de la historia de todas las civilizaciones, perdidas y subsistentes, del planeta. Una evolución no por cierto lineal, sino de predominios.

Muchas creencias espirituales valiosas de pueblos antiguos murieron ante los embates de las conquistas. La ley del físicamente más fuerte y más abusivo, es decir, el bullying histórico, ha venido marcando la pauta. Cuando en la era de los derechos humanos creíamos haber superado esta barbarie, estamos recibiendo un manotazo clarificador de Estados Unidos, cuyo Presidente considera que hace mucho no ganan guerras.

La culpa no la tiene Trump. Todos somos responsables. Para empezar, pocos, poquísimos seres humanos no desean ser más que los demás. ¿Cómo podemos declararnos en favor del derecho humano a la igualdad si la idea de aplicarlo a nuestra vida personal nos es detestable?

El creer que uno puede ser la excepción a las responsabilidades que como seres humanos tenemos con toda la humanidad es lo que nos mantiene en el primer escalón, igual que la comodidad de no creer o no meterse en estos temas.

No obstante, debido a que la conciencia no es individual, sino colectiva y más allá, divina, hay un cambio irreversible, que irá creciendo. Hoy, por ejemplo, la espiritualidad le fue arrebatada a los cotos de poder de las religiones y los iluminados modernos para llegar por internet a cualquiera, con peras y manzanas.

Hoy, ascender por la escalera al cielo ya no es un misterio, sino material del próximo artículo.
25 Febrero 2017 04:00:00
Piénselo
Pensar, eso que todos creemos hacer, resulta en realidad la aguja en el pajar de la actividad humana. De lo que se trata la vida, el amor, la familia, la salud, la abundancia, la felicidad, es algo que nos dijeron, que decidimos creer y que reproducimos como si fuera verdad incuestionable.

Casi nada de la información que recibimos es sometida a análisis, reflexión, cuestionamiento. No hay observación, ni descubrimiento alguno ni creación ni transformación. Hay pensamientos, pero no la acción de pensar, que no son lo mismo. Hay pereza mental, la consorte ideal e innata del miedo. Procreadores de la ignorancia.

El resultado, como dice Sharon Koenig, autora de Los Ciclos del Alma, es que “creemos que somos lo que nos dijo la sociedad, lo que esperan de nosotros... Si no actúo de esa forma, aunque sea incorrecta, no soy aprobado”.

Para qué construir la casa interior si ya viene prefabricada; nada más la amueblamos con cerca de 60 mil pensamientos diarios, de los cuales la mayoría es negatividad pura. Aun peor: sólo somos conscientes del 10%, si bien nos va; el otro 90% es el que nos controla, porque le hemos entregado la batuta a la pereza mental y bailamos al son que nos toca. Like y compartir, retuitear, whatsappear, cualquier tipo de mensaje, indignante o alentador, sin que nos paremos a pensar en su veracidad, nos permiten el autoengaño de percibirnos como seres pensantes y, ¡Oh, Dios!, hasta ciudadanos responsables.

Todos, por supuesto, tenemos terrenos mentales de pereza. Las matemáticas constituyen el más generalizado. No soy bueno para eso o no puedo es la excusa más extendida y difícil de vencer de la pereza mental, no por su lógica, sino por su carga emocional.

Hay quien, no obstante, ha permitido a la pereza mental invadir todos los ámbitos de su vida. Sin la actividad de pensar en forma crítica, que permita observar pensamientos, sentimientos y emociones, así como la congruencia entre ellos y su impacto en el ámbito físico; poner en tela de juicio la información que se obtiene, establecer relaciones, sacar conclusiones, descubrir las realidades ocultas y, en consecuencia, crear y transformar; sin esto, el cuerpo, el sentir y la mente se desconectan entre sí, dando paso a la ansiedad, el gran mal del mundo moderno: “no sé lo que quiero pero lo quiero ya”.

Sin el faro del pensar, la “loca de la casa” divaga todo el día; únicamente la escuchan con pánico las emociones; éstas, descontroladas, acuden por ayuda al cuerpo que, inocente él, se enferma. La existencia en “automático”, sin dirección. El perezoso mental completamente ajeno.

Es la forma predominante, por demás caótica, de sobrevivir, más que de vivir. El ser humano ha acolchonado su lecho de pereza mental con las plumas del ganso de la distracción, al que pone pachón con una cantidad inaudita de bienes y servicios, casi ninguno indispensable, pero cuya existencia ha modificado el concepto de pobreza y cuya carencia ha engrosado las filas de pobres.

La pereza mental ha creado un ejército de alérgicos a la vida, desde los adictos, los obsesivos de la imagen y los perfeccionistas, hasta los que hacen máximo lo mínimo indispensable. Todos escasamente resistentes a las frustraciones, renuentes a las responsabilidades e ignorantes de su condición, dando cauce sin percatarse a los pensamientos negativos.

Un ejército de gente que quiere ser infeliz porque, aunque no lo sepa, está muy confortable en ese estado, pero no se conforma: quiere lo mismo para los demás.

La buena noticia es que todos podemos ser “un hacha” para las matemáticas o iluminarnos como Buda. Sólo se requiere renunciar a la king sise de la pereza mental. Que nadie piense por nosotros. No sólo se puede, se debe.
18 Febrero 2017 04:00:00
¡Ay, amor, cómo me has ‘ponido’!
¡Cuán amorosos somos los seres humanos! ¿Por qué, entonces, no tenemos el poder de cambiar al mundo? ¿Por qué no podemos cambiar ni siquiera nuestras propias vidas? ¿Qué le falla al amor?
No es suficiente, dirán algunos. No existe, asegurarán otros. No es lo más importante, acotarán unos más. Y todos ellos, cuando lo describan, lo harán en términos de un sentimiento profundo, vivificante, incluso duradero, pero al fin y al cabo inconstante. Es decir, no sentimos amor cada minuto de nuestra vida; lo reivindicamos una y otra vez, que es distinto, y ni siquiera tan frecuentemente como deseamos.

Ciertamente la vida adquiere sentido a través de los sentimientos, estados afectivos anclados al corazón y, por tanto, lenguaje del alma; en tanto, lo pierde si predominan las emociones y las pasiones, esencialmente instintivas y conectadas en su mayor parte al sistema digestivo. Sin embargo, el amor en particular trasciende esta esfera de la existencia.

Restringirlo al universo de los sentimientos es lo que nos hace ser amorosos, pero en los términos del poema de Jaime Sabines:

Su corazón les dice que nunca han de encontrar, 

no encuentran, buscan.

Los amorosos andan como locos

porque están solos, solos, solos, 

entregándose, dándose a cada rato, 

llorando porque no salvan al amor. 

Esto es porque los seres humanos tenemos la intención puesta en transformar nuestro exterior, pero dejamos el interior en estado silvestre. Sin cultivo, la mala hierba se reproduce: el lenguaje instintivo contamina e incluso acalla al del alma, crea una confusión desde la cual vivimos el amor con dolor.

Un amor dominado por la necesidad de posesión provocada por el miedo, producto sutilmente engañoso pero omnipresente del pensamiento. Miedo al rechazo, a la soledad, a la pérdida, a la traición, a la injusticia, a la humillación y cuantas desventuras más se le ocurran, que no serán pocas si se pone pensar en ellas.

En el terreno de la vida interior “en automático”, amar es un conflicto, porque el miedo asfixia al amor. Sospecha, celos, dudas, expectativas sobre la forma en que debiera pensar y ser la otra persona, nos impiden amar. La factibilidad del amor radica no sólo en la inteligencia emocional, sino en que es mucho más que un sentimiento. Va más allá de etiquetas como: querer incondicionalmente, respetar, preferir sin necesitar.

Ninguna de ellas es el amor. Todas son resultado de él. El amor es ante todo ausencia de miedo. Sólo ese campo es fértil para el estado del ser, de conciencia, que es realmente el amor. Implica, sí, respeto, comenzando por nosotros mismos, compasión, perdón, no sólo en el sentido de subsanar una ofensa, sino de comprender al otro.

Pero si queremos procesar tales ideas con el pensamiento y construir un armazón intelectual desde el cual abordar y controlar el amor, acabaremos sólo pensándolo sin vivirlo, corrompiéndolo. No hay fórmulas para aprender a amar. El verdadero amor es una experiencia personal ajena al miedo.

Todas las “aplicaciones” del amor a la vida diaria funcionarán correctamente, y las dudas respecto de nuestras relaciones quedarán aclaradas, cuando dentro de nosotros, de primera mano y como vivencia, vencido el temor, tengamos la certeza absoluta de ser dignos tal cual somos, respetables, buenos y literalmente amables. Cuando así sea, nadie podrá dañarnos, porque no habrá manera de que nos involucremos en el no amor, ni aceptemos de nadie conductas y actitudes de no amor.

En tanto sigamos relacionándonos con miedo, permitiremos el abuso y abusaremos. Buscaremos sin encontrar. Seremos insaciables, porque el amor, como poetizó Sabines, será “la prórroga perpetua, siempre el paso siguiente, el otro, el otro”.

Para vencer el miedo tampoco hay fórmulas, gurús ni religión. Como el amor, es un camino individual. Pero sí puedo decirle: quítele el nombre al enfrentarlo, para que no se asuste más; sólo siéntalo, desenmascárelo, compréndalo. No morirá en la experiencia. Antes, todo lo contrario.
11 Febrero 2017 04:00:00
Odio, ergo temo
Detrás de toda emoción negativa hay miedo, el arma más destructiva que el ser humano ha creado. El niño o niña, en su inocencia, nada teme... hasta que tiene su primera experiencia perturbadora o dolorosa. Una vez transcurrida, su ser íntegro la rechaza, porque no la comprende.

Sabe que no quiere repetirla, de manera que se pone en estado de alerta para detectar cualquier amenaza. Nace el miedo y con él una serie de emociones aversivas respecto de las personas y situaciones con que relaciona la mala experiencia.

Sus padres deben enseñarle a procesarla. No saben. Por el contrario, refuerzan tanto el miedo como las emociones asociadas. Lo o la educan diciéndole que la gente es mala, que la vida es dura, que se van a caer, que los van a dejar de querer si no se comportan, que son malos o estúpidos si cometen errores y cientos de otras creencias generalizadoras con las cuales casi todos crecimos y... de adultos reproducimos.

Este es, hoy, el estado predominante en el desarrollo de la conciencia humana. No es la situación, sino lo que pensamos acerca de ella, lo que produce el miedo. El odio es su sima, con s por tratarse de la emoción asociada más cavernosa, profunda, oscura y peligrosa. Tantos se encuentran ahí hoy en día, en todo el mundo, que se ha acuñado el término haters, odiantes u odiadores, identificados y empoderados gracias a las redes sociales.

Son aquellos que muestran actitudes hostiles ante casi cualquier asunto, aunque tienen sus preferencias. Ofenden valiéndose de insultos, ironía, burla. Los buleadores verbales. Les gusta pensar que siempre tienen la razón y los demás están equivocados. Cualquier motivo es bueno para odiar, porque están muertos de miedo.

Viven desde el niño tremendamente asustado. No han procesado ni mental ni emocionalmente sus heridas. El miedo ha crecido con ellos. Es un temor de algo, de cualquier cosa, de todo, como escribiera el poeta chiapaneco Jaime Sabines.

Odiar da la falsa sensación de que el miedo se aleja; es una mezcla compacta de emociones y sensaciones (envidia, resentimiento, angustia, ansiedad, vacío, soledad, rechazo) que los hace sentir poderosos, osados, pero en realidad es el miedo mismo disfrazado, engañándolos.

Los odiantes pueden serlo poco o mucho, pueden solo insultar o llegar a matar. Se valen frecuentemente de la amenaza, el prejuicio, la discriminación, el berrinche, la ira y la violencia para salirse con la suya. Porque, insisto, están muertos de miedo.

Los opresores son y han sido siempre odiantes. Los nazis, los fascistas, los trompistas. Ejemplos y etiquetas sobran. Hoy son más dañinos que nunca, porque tienen la tecnología para manifestarse, conectarse unos con otros y difundir su miedo, anclándose en el de otros que se sienten vulnerables.

A estos los odiantes los llaman cobardes, pero son más valientes porque reconocen su miedo. La cobardía no es otra cosa que ceder al miedo, consciente o inconscientemente. Si empezamos por reconocerlo, hemos dado el primer paso hacia la valentía.

El miedo no es algo contra lo cual se lucha. De hacerlo, lo fortaleceremos y nos ganará la batalla. El miedo se comprende, y para comprender debemos desarrollar una inteligencia integral. Entenderlo intelectualmente será inútil, debemos sentirlo, sentir a ese niño asustado que tenía motivos para temer, debido a su indefensión, para darnos cuenta, captar, que su adulto está a salvo.

El miedo es débil, por eso se disfraza. No resiste ser desenmascarado. Quien vive a través de los disfraces de su miedo es igualmente débil, emocionalmente frágil, por eso inestable y hasta violento. Quien nos odia nos teme, pero eso no excluye la posibilidad de que nos haga daño.

La forma de encarar a los odiantes no puede ser la misma para cada una de sus manifestaciones. Ante la violencia, sólo instinto de supervivencia, pero ante la amenaza y la ofensa, ecuanimidad o hasta indiferencia.
04 Febrero 2017 04:00:00
Hay berrinches y berrinchudos
Todos los adultos hemos hecho en nuestra vida por lo menos un buen berrinche. El culpable es por supuesto el capricho, grado máximo de la expectativa o ánimo porfiado de que las cosas sean exactamente como se nos antoja que sean.

Nuestros caprichos de adultos están generalmente relacionados con antojos insatisfechos de nuestra infancia, fuertemente arraigados en nuestra psique. Imagínese usted el poder de este antojo, que ya decía Oscar Wilde: “la diferencia entre un capricho y una pasión eterna es que el capricho dura algo más”.

La forma en que lidiemos con esto, para estancarnos en el capricho y, por tanto, el berrinche, o superar la necedad, adaptarnos a la realidad y crecer, dependerá de nuestra tolerancia a la frustración. Esta, a su vez, se forma en nuestra primera infancia, entre 1 y 3 años.

En esa etapa depende de nuestros padres comenzar a enseñarnos las actitudes correctas ante la privación, comenzando por diferenciar entre necesidades y antojos. El problema es que pocos lo entienden. La mayoría lo mismo nos alimenta, cubriendo una necesidad, que nos da un juguete, cumpliendo un antojo, bajo la creencia de que darle todo al niño es darle amor, o porque cedieron, por el motivo que fuera, a nuestras demandas externadas en berrinches.

Resultado: aunque la vida nos da siempre lo que necesitamos, nos negamos a recibirlo porque no coincide con lo que creemos que necesitamos. Consecuencia: peleamos con ella en lugar de vivirla.

Afortunadamente, la capacidad de adaptación de los seres humanos es también patrimonio individual, de manera que la mayoría aprendemos a tropezones a desarrollar tolerancia a la frustración. Y aun cuando vamos por ahí sin saber bien a bien la diferencia operativa entre el antojo y la necesidad, somos aceptablemente funcionales y disfuncionales.

Hay, sin embargo, quienes no: bebés con botarga de adultos que pretenden controlar a todos y todo a punta de berrinches. Nenes a los cuales no se les impusieron límites que les permitieran comprender el concepto de recompensa, para postergar el disfrute de un antojo, ni captar la idea de que el cumplimiento de sus deseos es una responsabilidad, no un derecho oponible al mundo entero.

Estos son los adultos que tienen conflicto en cualquiera de sus relaciones, que discuten necedades, pelean por nimiedades, acostumbrados a conseguir todo o casi todo mediante manipulaciones. Su intolerancia a la frustración les impide manejar adecuadamente emociones fuertes y estados afectivos intensos.

Son las personas más dependientes que existen, porque tener lo que se les antoja y como se les antoja depende siempre de los demás, los proveedores, y porque es la atención de estos lo que le da existencia al berrinche. Sin nadie que me vea, para qué pataleo.

Así, les caracteriza su falta de asertividad, pues una vez que no pueden obtener la respuesta que fuerzan, se derrumba su mundo y se paralizan. Debido a que tolerar la frustración les parece imposible, vuelven de nuevo al combate, tratando de reproducir las circunstancias y con los mismos recursos que en su primera infancia fueron efectivos. Si a usted le parece que dentro de este esquema de conducta cabe desde uno de sus seres más queridos, hasta el líder de la nación más poderosa del mundo, sepa que hay manera de negociar con ellos, igual que lo haría con el niño.

Lucas J.J. Malaisi, en su libro Descubriendo mis Emociones y Habilidades, recomienda: trate de empatizar, para saber si es real la herida o sólo una rabieta infundada y gratuita; si es pataleta, no preste demasiada atención, sea displicente, pero no ignore por completo, o podría empeorar la situación; mantenga la calma, sea el adulto; no intente razonar con el berrinche o montará también usted en él, y fije límites claros, precisos, con paciencia y mucha firmeza.

Esto no garantiza que cambie el berrinchudo, pero usted estará a salvo.
28 Enero 2017 04:00:00
¿Por qué llora el niño, mamá?
Sin importar el tiempo que lo separe del niño que alguna vez fue, el ser humano, pasada la adolescencia, tiende a pensar que la infancia es una etapa que ha quedado atrás, superada.

Impone una barrera emocional entre el adulto supuestamente capacitado para vivir y el niño indefenso que, inevitablemente, tuvo que haber sido, porque derrumbarla duele.

Cuando alguna emoción enterrada a piedra y lodo queda al descubierto, tras un evento que lo sacuda, trae al presente memorias difusas de infancia y reconstruye con la imaginación los hechos, en un ejercicio mental llamado memoria sustitutiva, para explicarse lo sucedido en aras de reforzar la barrera.

Así, el adulto se aleja tanto de sí mismo que ni siquiera se da cuenta de que reproduce actitudes y conductas que lo dañan, establece una y otra vez el mismo tipo de infelices relaciones, se ve envuelto frecuentemente en la misma clase de situaciones insostenibles.

Hasta que, por supuesto, se da cuenta y entra en crisis. De entender que todas las heridas son de infancia y que las del adulto no son más que réplicas, comenzará por la más segura de las soluciones: traer el pasado al presente, donde puede ser manejable.

Habrá cosas que comprenda o que crea comprender, pero pocas que pueda solucionar, porque el proceso de sanación es inverso: no se explica el pasado a la luz del presente, sino el presente a la luz del pasado. El que viaja no es el niño, sino el adulto.

El recorrido es introspectivo, un viaje largo de saltos cuánticos; es decir, nos puede llevar años y, sin embargo, de un momento a otro nos encontraremos donde teníamos que estar. Tales saltos se dan con cambios simples de actitudes: dejamos de intentar que el niño sienta como el adulto y le permitimos a este sentir como el niño. Es entonces cuando verdaderamente captamos. De eso se trata el desarrollo de la conciencia.

Da miedo, pero el miedo, que no es más que un autoboicot, se va cuando uno hace lo que tiene que hacer, no antes. Sabremos entonces con certeza por qué llora el niño, y nos daremos cuenta que no está en nuestro pasado, sino aquí y ahora. Somos el niño asustado y herido.

La diferencia es que ya no dependemos de quienes nos pueden fallar, sino del adulto que tiene plena capacidad de darnos lo que siempre hemos necesitado, el que ahora somos, consciente y amoroso tras el viaje interior.

Y a partir de este encuentro, sólo necesitamos cambiar algunas cosas, con perseverancia y paciencia, para que la vida del adulto se transforme espiritualmente, sin que esto signifique que andemos por la vida “pobres y a raíz”, sacrificadamente haciendo el bien, como los arquetipos desalentadores de la psique humana. Loables, sí, pero no la única vía del espíritu.

Cambiamos nuestro diálogo interior, que en la separación con el niño ha sido predominantemente negativo: “soy tonto”, “soy insuficiente”, “los demás se aprovechan de mí”, “las personas no me quieren”. No se trata de sustituir las sentencias, sino de guardar silencio interior, que no es lo mismo que quedarse callado, para ver que no son ni ciertas ni justas. Las verdaderas vendrán solas.

Dejamos de defendernos de todo y de todos. Cada vez que nos defendemos innecesariamente, y en la mayoría de las ocasiones así es, estamos tratando de obtener la aprobación del otro, y por tanto le estamos cediendo nuestro poder y dignidad. Es el niño que no obtiene la aprobación que necesita: la nuestra.

Establecemos una relación entrañable con nuestro niño, al cual protegeremos con responsabilidad, de lo contrario él intentará protegernos, bloqueándonos vivencias para evitar un dolor que considera inmanejable desde su fragilidad.

Hay que consultarlo cuando hacemos algo que lo puede afectar, o estaremos poniendo en riesgo nuestro equilibrio. Hay que mirarlo con empatía y ternura.
21 Enero 2017 04:00:00
¿Mi niño cree en mí?
La forma en que tratamos a los demás es la forma en que nos tratamos a nosotros mismos, y es producto de nuestras experiencias en la infancia, las cuales definen quiénes seremos.

Si siente que su vida no fluye, sus proyectos, sus relaciones y su abundancia son insatisfactorios, sepa que el responsable es un niño: ese que usted fue y sigue siendo. Su niño no cree en usted.

Nadie ha tenido una infancia perfecta, excepto en su imaginación. Todos tenemos heridas, en primera instancia porque el niño exige el amor sin falla, en segunda porque eso no existe. A eso hay que añadirle verdaderos malos tratos en muchos casos, desatención y hasta abandono.

Sin ir al extremo, una crítica mal elaborada, un regaño desmesurado, una exigencia poco realista, autoridad sin razones, poca disposición para escuchar o cualquier palabra que inhiba las emociones y la imaginación, entre otras de las conductas más comunes en cualquier familia promedio, pueden causar en el infante la percepción de ser rechazado, y el rechazo es el mayor dolor para cualquier niño.

No podemos corregir el pasado, pero podemos cambiar la forma en que lo procesamos emocional y mentalmente. La mala noticia es que esto no se logra simplemente localizando la herida, es decir, rememorando el trauma y dejando salir el sentimiento, mucho menos poniendo distancia entre el adulto capaz y el niño indefenso.

La buena noticia es que ese niño está y estará siempre con nosotros. Hasta el día de nuestra muerte, de manera que podemos hacer que crea en nosotros, amándolo, escuchándolo y atendiéndolo. Nosotros somos ahora sus padres.

La idea puede sonar descabellada, sobre todo porque la mayoría de las personas tiene un débil o nulo vínculo con este niño herido, de tal manera que se han alejado también de sus cualidades innatas: inocencia, alegría, creatividad, imaginación, sorpresa, curiosidad, entre otras.

El problema de la vejez no está en el cuerpo, sino en el alma, en la desconexión con este niño. Dice Paulo Coelho que “si no nacemos de nuevo, si no volvemos a mirar la vida con la inocencia y el entusiasmo de la infancia, no tiene sentido seguir viviendo”.

Aquí y ahora podemos ponernos en contacto con ese niño interior, para darle todo lo que necesita, no en una sesión cada Corpus Christi, sino todos los días, empezando por unos momentos, porque la finalidad es reintegrarnos en uno solo con él.

Entonces nunca seremos viejos, aunque nuestros cuerpos viajen hacia el más natural de sus destinos: la muerte. Entonces tampoco le tendremos miedo a ésta. No le tendremos miedo a nada.

Aquel que tiene miedo dentro de nosotros, el que vive tratando de llamar la atención, el que está muy enojado, es arrogante, insolente, díscolo, envidioso y traicionero, entre otras monerías, es este niño herido. Es el que para protegernos del dolor nos boicotea las relaciones, porque sigue exigiendo el amor sin falla.

Algunos terapeutas consideran que el ego es parte de ese niño herido, y no es descabellada la idea, porque, ciertamente, mientras más grande el ego, más dolido el niño.

Si no podemos educar y conducir con sabiduría a nuestro niño interior, jamás podremos hacerlo con nuestros hijos.

Cuando pensamos que no podemos actuar como un niño, porque son inmaduros, débiles, alborotadores o cualquier otro adjetivo descalificativo, estamos considerando a nuestro propio niño interior de esa manera y, por tanto, rechazándolo. De la misma forma trataremos a nuestros hijos.

El sabio siempre es un niño porque ha aprendido a sentir correctamente. El niño interior está en el hemisferio derecho del cerebro, el que siente. Sentir es comprender. El exceso de racionalidad nos lleva a construir un mundo imaginario en el que no existe el dolor, pero tampoco la felicidad.

Ver la vida con los ojos de un niño es vivir plenamente.
14 Enero 2017 04:00:00
No hay yo sin límites, no hay vida sin yo
Los seres humanos sólo podemos saber quiénes somos y cuál es nuestro lugar en el mundo a través de los otros. Nuestras relaciones son, en realidad, la única posibilidad de existencia. Buscando su identidad, niños y jóvenes comienzan por interiorizar a sus padres, maestros, amigos y primeras parejas, entre otras personas.

Esta identificación con otros es la primera etapa de la autodefinción y, lamentablemente, la última en muchos casos. La mayoría de las personas, sin darse cuenta, se describe a sí misma con la mirada de quienes la rodean y basa el sentido de su propia importancia en la opinión ajena.

Falta el límite que muestra dónde comienza y dónde termina la otra persona, para saber dónde comienza y dónde termina el yo. Sin esta delimitación nadie puede pertenecerse a sí mismo. Vivirá complaciendo y dando para ser aceptado por otros, como requisito para la autoaceptación. Será incapaz de un no firme y duradero.

Esperará que en un binomio, filial, amistoso o de pareja, ambos piensen, sientan y quieran lo mismo. Manipulará y permitirá ser manipulado en aras de esta imposibilidad. Señalará, acusará, se victimizará ante lo que considera egoísmo, abuso y maltrato del otro, conduciéndose, paradójicamente, de la misma manera que censura y rechaza.

Esta es la historia de las relaciones humanas. Es la historia de la falta de límites: los personales, los que deben imponerse a los otros y los que determinan el sano funcionamiento de cualquier binomio. Ni se asumen ni se exigen responsabilidades, ni se aceptan las necesidades ajenas ni se afirman las propias, porque, como dice Jorge Bucay, todo el mundo detesta a aquella gente que no se deja manipular.

Bajo este esquema, los padres son incapaces de poner límites a los hijos o de respetarlos si es que los han fijado. Cuando lo hacen, la propia indefinición los lleva más allá de lo sano, limitando no sólo las conductas, sino las emociones y los sentimientos, humillando, descalificando y hasta invalidando, porque el hijo o hija se resiste a cumplir con sus expectativas. Como los jóvenes responden a los hechos y no a las palabras actuarán de la misma forma.

Se llega así, con todo este detestable bagaje, a la experiencia de formar la propia familia. La pareja, su fundamento, nace enferma. La guían creencias erróneas o cuando menos ambiguas sobre el amor, nacidas de, o deformadas por la ausencia de una clara autodelimitación, como “el amor no tiene límites ni barreras”, “el que ama todo lo calla, lo perdona y olvida”, “mientras lo hagas por amor no hay por qué sentirse culpable”, “todo lo que se hace por amor está bien hecho”.

Ante la falta de límites, el concepto mismo del amor es monstruoso: cómo es más importante que me ame el otro a que me ame yo mismo, es su amor el que me otorga valía y una razón para existir. Y si el otro es la fuente del amor, el que yo siento no es más que una reacción, no una acción. Así, dejamos de ser dueños el amor y nos convertimos en sus títeres.

El problema es que el otro lo vive de la misma forma. Si ninguno de los dos genera amor, no existe en realidad. Ambos fingen que aman para sí mismos y para el otro, y fingen que no fingen para hacerlo “funcionar”.

Para romper este ciclo, lo primero que hay que tener claro es que la función primordial de la pareja es el crecimiento, no la felicidad. Esta es incidental en la vida. La tranquilidad, en cambio, es primordial, pero inalcanzable sin límites.

Sólo los miembros de las parejas sanas crecen y sólo las parejas con límites claros son sanas. Los límites empiezan por uno mismo. No siempre sabremos qué queremos, pero estamos obligados a saber qué no queremos, porque esa es la medida de nuestros límites.
07 Enero 2017 04:00:00
Esperar…  o importante es el cómo
Todos los desencuentros humanos, de cualquier tipo, y todas las frustraciones personales, las que se le ocurran, dejarán de ser tales cuando se entienda cabalmente la diferencia entre esperanza y expectativa.

Ambas son formas enteramente opuestas de esperar algo. Una, la esperanza, es la manera de la gente feliz; la otra, la expectativa, la opción de la infeliz. Cambiar la arraigada y devastadora creencia de que la vida es dura e injusta, por la eficaz y constructiva idea de que es bella y justa, radica en la sutileza de esta diferenciación.

En tanto la esperanza es un deseo, la expectativa es una exigencia. Cuando nos apegamos al resultado de aquello que esperamos, y depositamos en él nuestra felicidad, seguridad o tranquilidad, hemos pasado del deseo a la exigencia.

Con la esperanza se desea que una persona o situación cambie para mejor, dejando abiertas en la mente y la emoción las vías por las cuales habrá de hacerlo y aceptando cualquier resultado. Podemos sentirnos desilusionados si aquello que esperamos no sucede, pero no infelices.

Con la expectativa no sólo esperamos un resultado, sino que elaboramos mentalmente las condiciones bajo las cuales debe darse, los pasos a seguir, las formas que adoptará y no aceptamos ninguna desviación. Esto nos lleva a intentar controlar a las personas y los acontecimientos, produciéndonos gran frustración, porque nada, evidentemente, sucederá como queremos.

La esperanza, pues, es una ilusión general, mientras la expectativa es una elaboración detallada del pensamiento, que en ocasiones prefigura hasta el más mínimo detalle sobre lo que se espera, llevándonos a la obsesión.

La esperanza le da tiempo a los sucesos, la expectativa presiona para que sucedan de inmediato. La esperanza está relacionada con la fe y con el alma; la expectativa, con la arrogancia y el ego.

La esperanza es realista, por eso no se aferra al resultado, aunque disfruta el proceso; la expectativa es necia y desmesurada, enfocada únicamente a un resultado por demás imposible, por lo que además sufre el proceso.

Veamos un ejemplo en la relación que más problemas presenta, la de pareja. La fórmula común es: “esto no funciona como debiera porque tú estás mal”. Se culpa al otro u otra porque no es como debiera ser ni hace lo que debiera hacer; no responde en detalle al modelo mental, elaborado a veces durante años, de manera que hay que hacerlo encuadrar por la fuerza, mediante manipulación y maltrato.

El resultado esperado no estará nunca a la mano, aunque el autoengaño diga lo contrario, y mientras más control y presión de se ejerza, más frustración e infelicidad se obtendrá.

En esta situación se dan todos los reclamos comunes de pareja, derivados de demandas absurdas: “tú no me quieres (como quiero que me quieras)”, “no me atiendes (como quiero que me atiendas)”, “no te importo (como quiero importarte)”, “tienes otros intereses”, “no lo haces como yo”, “no piensas como yo”, etc.

El resultado es frustración, queja constante, sufrimiento y resentimiento. En estos casos la expectativa es mutua, pues cuando uno de ellos no puede relacionarse bajo este esquema, se va.

Cambiar esta situación tan extendida es posible si mutamos la expectativa en esperanza. Esta, para comenzar, en pareja es compartida. Ambos tienen el deseo y se involucran en su cumplimiento, de manera coordinada, por tanto cada uno hace lo mejor que puede. Aun así es posible que no se realice, y no obstante cada uno quedará en paz consigo mismo, a pesar de la tristeza.

Existe también la expectativa respecto de nosotros mismos, que es aún más tiránica. Esa es la que nos hace pensar que el otro tiene razón y que debemos encuadrar en su modelo, cosa que nos será imposible, puesto que no podemos dejar de ser nosotros mismos. Y sin embargo, lo intentaremos.

Esperanza o expectativa, frustración o paz. Usted elige.
31 Diciembre 2016 03:40:00
Con qué se come la independencia
Los seres humanos somos por naturaleza interdependientes. Todos necesitamos de los demás en mayor o menor medida para vivir y desarrollarnos hasta alcanzar nuestro máximo potencial.

La interdependencia es, de hecho, uno de los estados de conciencia más avanzados. Todos estamos conectados más allá del tiempo y el espacio, unidos sin importar época, culturas, fronteras, nacionalidades o formas de sentir.

La humanidad es unidad, con lazos aun inexplorados y en formas apenas intuidas. Siendo la interdependencia esencial para existir, ¿en qué consiste aquella independencia personal y aun colectiva que se ha convertido en un ideal humano?

La respuesta es simple: en una falacia. Lo que el ser humano busca en el fondo es la autosuficiencia, es decir, bastarse a sí mismo, por miedo a ser lastimado, traicionado, abandonado, sometido y, finalmente, aniquilado, por cualquiera de quienes necesite algo, porque la necesidad nos vuelve frágiles.

La autosuficiencia es imposible, tanto para los individuos como para las naciones. Existe solo como una abstracción. Es una idea irrealizable. Su efecto no sería otro que el aislamiento, antítesis de la existencia.

La independencia, en cambio, es la libertad de autodeterminación dentro del intercambio que establecemos con otros, a nivel individual y colectivo. Por eso el factor que la hace posible es el equilibrio emocional y el valor que la caracteriza el respeto.

El intercambio más basto, complejo y profundo que los seres humanos establecemos es el amoroso, de ahí que sea en este aspecto donde tenemos más problemas para definir y establecer los límites que nos harán independientes.

En el campo de batalla de lo que erróneamente consideramos amor deponemos rápidamente las armas y cedemos nuestra independencia a cambio de que las emociones, creencias, opiniones y actitudes del otro sean nuestro parámetro para la autodefinición.

Le damos la inmensa responsabilidad de proveernos de aquello que sólo nosotros podemos darnos pero no sabemos cómo: felicidad y seguridad. Responsabilidad que la otredad toma esperando que asumamos la misma con respecto a él o ella.

En esta relación de codependencia una de las partes del binomio se convierte en víctima y la otra en victimario. Ambas tratando de dominarse entre sí desde el rol elegido; necesitadas una de la otra para desempeñarlo, y esperando que el enemigo se convierta en la persona que se desea.

A este absurdo de entregarle el control de nuestras vidas a un oponente es a lo que hemos venido llamando amor. Dice Erich Fromm, en el Arte de Amar: “Si amo a la otra persona, me siento uno con ella, pero con ella tal cual es, no como yo necesito que sea, como un objeto para mi uso. Es obvio que el respeto sólo es posible si yo he alcanzado independencia; si puedo caminar sin muletas, sin tener que dominar ni explotar a nadie”.

Amor y dependencia son polos opuestos. Si se encuentran se destruyen. El amor es respeto al derecho del otro de autodefinirse y actuar libremente, sólo con el límite que le impone la reciprocidad. Por eso la independencia implica una buena dosis de sensatez y empatía, pero sobre todo conciencia de que en el mar de las relaciones humanas lo que hagamos a otros nos será ciertamente devuelto en algún momento, quizá por alguien más.

Haz por otros, lo que quieras que hagan por ti. No hagas a otros, lo que no quieras que te hagan a ti. Esto e independencia.

Por ello es necesario el amor propio para realizar el verdadero amor con otro, sea pareja, amigo, padre, madre, hermanos o hijos. Tú eres tú, yo soy yo. Sólo yo puedo saber quién soy y compartirlo contigo, en respeto y atención mutuos.

Cuando las personas sepan a ciencia propia quiénes son, necesariamente se amarán y sabrán cómo subsanar sus carencias, miedos e inseguridades. Buscarán a sus iguales porque los preferirán, pero nos los necesitarán para ser felices.
24 Diciembre 2016 03:00:00
Ciertamente,  no estamos solos
La soledad, dice el Diccionario de la Real Academia Española, es la carencia voluntaria o involuntaria de compañía. Una definición sencilla, que razonada correctamente no significa otra cosa que el hecho de que por momentos en nuestra vida no estaremos con alguien.

¿Por qué, entonces, es uno de los mayores dramas humanos? Por lo mismo que podría serlo cualquier otra cosa: la equivocada forma de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás.

Tal equivocación radica principalmente en el exceso de ego y la insuficiencia de alma, desequilibrio existencial sostenido firmemente por un sistema de creencias repleto de falsedades.

Una de las creencias erróneas más extendidas e internalizadas es que podemos encontrar en los demás lo que nos hace falta: amor, refugio, felicidad, seguridad, tranquilidad, valía. Ellos esperan lo mismo de nosotros, aun cuando ninguno podamos dar lo que no tenemos.

Y no lo tenemos porque nos relacionamos con el ísmo del ego por delante, con nosotros mismos y con los demás. Queremos ser más que los otros y basamos el sentido de nuestra propia importancia en el reconocimiento ajeno y los bienes materiales. Somos ganadores o perdedores. No aceptamos términos medios. Lo maniqueo es del ego.

Así, pues, damos siempre y cuando podamos recibir; de hecho, exigimos; no dialogamos, monologamos frente a otro; no debatimos para encontrar la verdad o el punto de acuerdo, sino para ganar, para imponer nuestra visión, nuestra emoción; no aceptamos al otro tal cual es, lo juzgamos, tratamos de cambiarlo para que encuadre en nuestro esquema de lo bueno y lo correcto, lo utilizamos.

Ego magnificado es el negocio de las redes sociales, porque no tenemos que ver a los ojos del otro para sentirnos frenados por su reacción. En estos espacios nos enganchamos en lugar de relacionarnos.

El dominio del ego se traduce en una desconexión con nosotros mismos y con los otros. No hay lazos verdaderos, porque esos se dan en la esfera del alma. Esto es a lo que hemos venido llamando soledad. He aquí la gran confusión.

Desde esta desconexión nos metemos en el gran lío de la pareja, esperando que el otro nos dé lo que no tiene. La persona que no puede estar consigo encontrará otra en las mismas condiciones, igual que quien no sabe darse a sí mismo refugio, felicidad, amor, seguridad, tranquilidad y valía.

Ciertamente necesitamos a los demás, pero no para que nos den lo que nos hace falta, sino para crearlo nosotros mismos, en nuestro interior, a través de ellos, de manera que estemos entonces en condiciones de darlo y recibirlo sin negociaciones.

Esto puede lograrse sólo mediante la conexión, en una relación entre almas, que no necesita la presencia física del otro para sentirse acompañado. Para que sea posible, hay que renunciar a los prejuicios y los juicios, las expectativas y las exigencias. Hay que sostener un diálogo meditativo y profundo con nosotros mismos, cuestionarnos, realmente debatir, para cambiar lo que nos decimos y, por tanto, lo que creemos y lo que sentimos.

En esos momentos de meditación necesitaremos aislarnos de los demás para conectarnos con nosotros mismos, mirarnos, escucharnos, conocernos más. Ni siquiera en estos casos estaremos solos, sino en nuestra propia compañía. Esta es la “soledad” a la que se refieren quienes la aprecian.

La conexión es la voz del alma. En cualquier caso, se da en un acto profundamente receptivo y, a la vez, de neutra observancia, en el que se minimiza o cesa el “ruido” mental, es decir, el grito del ego. Puede durar segundos y marcarnos toda la vida. Podemos hacerlo solos o en compañía. Eso es la espiritualidad.

Lo espiritual no es otra cosa que callarle la bocota al ego para ir al encuentro del alma; ese ser fuera del tiempo y el espacio en el que realmente existimos y sabemos quiénes somos.

Hágalo. No estará solo.

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17 Diciembre 2016 04:00:00
Son más los que se creen buenos
Las malas personas pululan en el mundo... con la firme creencia de que son las buenas. Desde su autoerigido pedestal juzgan a los demás como tontos, débiles, hipócritas, traicioneros, egoístas; exigen, amenazan, invalidan, descalifican, fuerzan y manipulan para salirse con la suya, porque aseguran tener la razón.

Las verdaderas personas buenas escuchan, consuelan, orientan, empatizan, estimulan, toleran, aceptan; dudan sobre si están en lo correcto, admiten y corrigen de ser necesario; no critican y nunca tratan de imponer su punto de vista.

A las primeras las conocemos como gente tóxica: son todo aquello de lo que acusan a los demás; a las segundas podríamos llamarlas gente sanadora: son todo lo bueno que ven en otros.

Las tóxicas tratan de controlarnos, inoculándonos miedo y haciéndonos sentir inferiores, culpables, torpes, fracasados, inadecuados, errados, para sentirse bien consigo mismas en comparación con nosotros. O nos hacen sufrir como ellas para equilibrar su balanza de la justicia.

Las sanadoras nos guían para encontrar lo que nos debilita y lo que nos fortalece, potencian nuestras cualidades; despiertan en nosotros nuevos intereses; nos escuchan y contienen cuando nos sentimos mal; comparten su experiencia personal confiados, francos y transparentes.

Las tóxicas no terminan de irse nunca, a menos que pongamos distancia definitiva, pues se alimentan de nuestra energía. Las sanadoras, aunque se vayan, siempre están presentes cuando las necesitamos, compartiendo su alma.

El mundo estaría mucho mejor si esta maniquea clasificación campeara, porque sabríamos de dónde a dónde ir. El problema es que la mayoría de los seres humanos somos y actuamos ambos polos, negro y blanco, acompañados de una amplia escala de grises.

Si estamos junto a gente tóxica y no nos hemos dado cuenta, o ya lo hicimos, pero no podemos salir de la relación, es que en nosotros hay también algo de tóxico que nos permite continuar en esa zona de confort donde podemos evitar la incertidumbre del cambio.

Así que podríamos ver la otra cara de la moneda de nuestro epígrafe: si estamos buscando un cubo para echar nuestra basura, procuremos que no sea la mente de otros.

Casi nadie se salva de hacer sentir culpable, inadecuado, equivocado o insuficiente a otro para manipular la situación en su favor; de maltratarlo verbalmente o de excusarse, mentir y ser ambiguo para controlar una relación, arrogándose la experiencia, el conocimiento y la razón, pero sin una autoobservación y sin un reconocimiento verdadero del ser del otro.

El tóxico no se da cuenta de que es tóxico, especialmente el llamado pasivo agresivo, ya que el neurótico, el chismoso, el autoritario, el psicópata, el maltratador verbal o físico y el descalificador pueden, por sus acciones, quedar expuestos ante los demás, primero, y ante sí mismos, después.

El pasivo agresivo, por omiso, es el tóxico más dañino. Pasa inadvertido largo tiempo. He aquí algunas de sus actitudes: ambigüedad, olvidos frecuentes, tardanza crónica, ineficiencia intencionada, postergación; resentimiento, hostilidad o enfado silenciosos; sarcasmo, resistencia mediante excusas y mentiras, fomento del caos, miedo a la intimidad, la autoridad y la competición.

Sí usted se relaciona con gente así, en algún grado es gente así. El primer paso es reconocer la intoxicación. Después habrá que romper o dejar de establecer esas relaciones para ir eliminando la toxina. Podrá entonces ver en usted aquello de lo que acusa al otro. No querrá entonces otra cosa que cambiar.

El camino de la evolución humana va del negro de un egoísmo venenoso en el que somos incapaces de relacionarnos incluso con nosotros mismos, al blanco de la conciencia de colectividad en el que podremos encontrarnos y conocernos a través de los otros, aunque históricamente hayamos pensado lo contrario, es decir, que el egoísta sólo está con él mismo y el que ve por los demás no puede estar consigo. De esta errónea creencia está hecho el limbo espiritual.
10 Diciembre 2016 04:00:00
Aprendiendo a vivir
En el mundo moderno podemos saber prácticamente cualquier cosa a través del invento más revolucionario de la historia de la humanidad: internet. Cosas que pueden cambiar nuestras creencias o reforzarlas, modificar nuestras decisiones y forma actuar.

Pero nunca hemos sido tan ignorantes, porque seguimos sin saber vivir. Ni siquiera hemos entendido que este aprendizaje en particular es el más importante de todos. Es el despertar de la conciencia.

Aprender a vivir es algo que nada ni nadie puede enseñarnos, aunque pueda orientarnos y asistirnos en el proceso. Es un camino individual, porque requiere que cada uno sepa, por sí mismo, quién es realmente.

Lo básico para aprender a vivir es que conozcamos nuestra geografía interior, empezando por distinguir entre emociones y sentimientos; relacionándolos después con nuestra historia personal, el propio cuerpo, el entorno familiar, cultural y temporal.

Así es, emociones y sentimientos no son lo mismo. Las primeras son olas, frecuentemente embravecidas, que nos hundirán si dejamos la nave de la vida al garete. Son poderosas, pero no son el mar. Los segundos son las corrientes submarinas, las que dan sostén y equilibrio a la verdadera vida.

Las emociones son cambios súbitos de humor, que se nos pasan en minutos u horas, pero de intensificarse, embravecerse, se convierten en pasiones, que pueden durar de semanas a años. Los sentimientos son estados afectivos profundos, perennes, ligados a nuestra capacidad de comprender, a la voluntad y a todo aquello que es de vital importancia, como la familia, los amigos, la vocación.

Las emociones están conectadas más al sistema digestivo –donde operan más de 100 millones de neuronas–, que al cerebro, y son predominantemente instintivas. La ira, el odio, la alegría, el embelesamiento, el miedo, la vergüenza, la tristeza, la lástima, la culpa y el asombro, entre otras, son emociones. Intensificadas, son pasiones. El embelesamiento, en esta fase, se convierte en enamoramiento.

El fanatismo es la pasión del enamoramiento llevada a personajes, objetos, ideologías o creencias. La pasión también puede llevarnos a la virtud si la enfocamos en actividades creativas, asistenciales, productivas, entre otras.

Cuando hemos vivido con miedos, odios, furias y rencores acumulados durante muchos años, nos hemos estado aferrando a pasiones destructivas, que distorsionan la inteligencia y la conducta. Las olas embravecidas han conducido la nave de nuestra vida durante años. El sufrimiento proviene de este estado morboso, por cuanto causa enfermedad mental y física.

Los sentimientos son el lenguaje del alma y se alojan en el corazón. Hablamos de amor, generosidad, gratitud, lealtad, empatía, compasión, dolor real, tristeza profunda y varios más que usted descubrirá en su propio mapa interior.

La importancia de esta clasificación es saber que, como distintos en su naturaleza, distintos son también sus efectos. Las emociones tienen por supuesto un objetivo más que útil: protegernos, pero cuando toman el control de nuestras vidas nos roban la energía vital, la estabilidad, la felicidad y, sobre todo, la profundidad. Nos estresan y dan ansiedad. Las emociones son la parte más superficial del ser humano, seguidas por las pasiones, que pueden por su parte llenarnos de obsesiones o de tenacidad. Uno decide.

La vida se vive en las profundidades, en los sentimientos, que a diferencia de las emociones, nos vivifican, nos dan energía y nos tranquilizan; dan sentido a nuestras vidas; son suaves, benévolos y liberadores. Nos hacen inteligentes y refuerzan nuestra voluntad. Nos llevan no a saber, sino a realmente comprender, cualquier cosa.

El problema del mundo es que la mayoría vive en la superficie de su humanidad, en la esfera emocional. Ahí no hay nada qué hacer, más que dejarse llevar. Sentir es un trabajo constante. Requiere valentía porque hay que ser introspectivo, vulnerable y humilde.

Hoy el analfabetismo es sobre todo personal, no sabemos leernos ni describirnos ni escribirnos a nosotros mismos. Nos autocategorizamos y autoclasificamos pensando que con eso sabemos quiénes somos. Transcurrimos en lugar de existir.
03 Diciembre 2016 02:07:00
Filosofía remasterizada
Ya tiene su tiempo en el planeta Tierra, unos 2 mil 500 años más o menos, la idea de que el principal objetivo de la educación debiera ser enseñar a pensar correctamente. Hasta ahora no conozco un solo detractor, pero sí muy pocos impulsores decididos, y no, por cierto, en los gobiernos del mundo.

Menos son todavía las propuestas para hacerlo viable. Me parece que la mejor es la que plantea Lou Marinoff en su libro Más Platón y menos Prozac, en el que sugiere aplicar la filosofía a nuestro sistema de vida para alcanzar un mayor equilibrio interior.

Esto quiere decir, sí, que lo recomendable, a muy temprana edad incluso, es acercarnos a las grandes mentes de la historia de la humanidad para aprender de sus enseñanzas. Mentes filosóficas por inquisitivas, creativas, críticas, antidogmáticas y, por tanto, revolucionarias. Mentes que preguntaron más de lo que respondieron a cuestiones aún irresueltas, como el sentido de la vida.

Son muchas, pero no tantas como la humanidad necesita. A manera de ejemplo, tenemos a Sócrates, Platón, Aristóteles, Empédocles, Cicerón, Descartes, Diderot, Kant, Hegel, Heidegger, Hobbes, Rousseau, santo Tomás de Aquino, Einstein (la mente filosófica más destacada del pensamiento científico) y hasta Charles Chaplin, Groucho Marx y el infaltable Filósofo de Güemez.

Pero lo más importante es aprender a pensar como ellos. Todos podemos ser Sócrates, ni más ni menos brillantes si nuestra mente opera con el chip de la filosofía, porque como lo dijera él mismo, ya todas las respuestas a todas las preguntas están en nuestro interior.

Ahora bien, lo que mantiene viva la filosofía, lo que activa la mente filosófica, es la pregunta. La pregunta por sí misma es lo esencial, lo valioso. La respuesta vendrá, pero deberá ser superada por otra pregunta, porque, como aseguraba Charles Péguy, “una gran filosofía no es la que instala la verdad definitiva, sino la que produce una inquietud”.

El mal de nuestros tiempos es que vivimos con el recién descubierto cerebro de los intestinos, que nos lleva a las respuestas sin haber formulado las preguntas; respuestas dadas por las ideologías, las creencias, los dogmas. Las internalizamos sin cuestionarlas, es decir, sin poner en acción el pensamiento filosófico, y nos convertimos en zombies que se comen su propio cerebro y prodigan vísceras. Seres que van por la vida con la emoción como lanza en ristre, derribando monstruos imaginarios.

Nuestras vidas internas están muertas cuando no hay inquietud, capacidad de asombro, preguntas, entusiasmo por la búsqueda. No hay por tanto creatividad. Nos queda sólo un apetito insaciable por emociones, cada vez más fuertes. Por eso la ira, la indignación, la envidia y el odio se contagian, se viralizan.

Todo por falta de filosofía como método de razonamiento, más que de conocimiento del pensamiento profundo, pero ajeno. Decía René Descartes que “vivir sin filosofar es, propiamente, tener los ojos cerrados, sin tratar de abrirlos jamás”. Señalaba, también, que “las naciones son tanto más civilizadas y cultas cuanto mejor filosofan sus hombres”.

Ser filósofo no es más que llevar una vida bien pensada y en consecuencia bien sentida; es, según Platón, mantener “un silencioso diálogo del alma consigo misma en torno al ser”. Y aquí aparece un nuevo elemento en la filosofía: el alma. Vivir desde el alma es supeditar la inteligencia de la mente a la del corazón, porque, como bien dijera Arturo Graf, “no es filósofo quien teniendo una filosofía en la cabeza no la tiene además en el corazón”.

En cuanto a la educación, el método por excelencia para enseñar a pensar es el primero en ser creado: la mayéutica de Sócrates: diálogo en el que uno de los interlocutores realiza preguntas pertinentes a otro para que descubra la verdad por sí mismo.

En cualquier caso, la filosofía es, ante todo, un acto creador y la única vía para conocernos a nosotros mismos.
26 Noviembre 2016 02:07:00
La ignorancia también es poder (segunda y última parte)
La ignorancia como elección es tan calamitosa para el mundo como para nuestras vidas personales. No saber nos da una falsa sensación de bienestar y seguridad, a costa de transcurrir en la irrealidad. La conciencia, que siempre nos llevará al conocimiento, es perturbadora, por revolucionaria, pero es la verdadera vida.

Sin embargo, preferimos vivir en pequeños y frágiles mundos aislados, como pompas de jabón. Cualquier día la vida revienta nuestra burbuja y tenemos la alternativa de ver la verdad o la de volver a refugiarnos. Esto es lo común.

Para ilustrar: nunca falta el amigo o la amiga que siempre nos cuenta cuánto sufre. Si le decimos que está así porque quiere, probablemente se enojará. Se aferrará a su oscuridad. En el caso contrario, puede tratarse de algún escapista que ve todo color de rosa cuando lo que le rodea se desmorona. El resultado será el mismo.

¿Recuerda la película de Robin Williams Más Allá de los Sueños, en la que su esposa se suicida y va al infierno? Un infierno construido por ella, por sus recuerdos, sus pérdidas, su sufrimiento, las cosas a las que se apegó en vida. De eso están hechos nuestros pequeños mundos.

Así es como existen muchos sin necesidad de morir, pero sin vivir. Esto no es más que ignorancia. La humanidad todavía desconoce la mayor parte del potencial del cerebro, de los pensamientos; es escasamente consciente del poder individual y colectivo, tanto para el bien como para el mal, de la interdependencia entre personas y sociedades y de la importancia de cada uno dentro de una colectividad. Seguimos estando en la infancia de la conciencia humana.

Aunque no nos demos cuenta claramente, en nuestros pequeños mundos no hay más que miedo: miedo a que se reviente nuestra pompa y quedemos expuestos al rechazo por parte de los habitantes de otras burbujas; miedo a no ser el rey o reina que creemos ser, a la soledad que en realidad ya estamos padeciendo.

El miedo es producto del pensamiento, sí, pero de un pensamiento limitado por la ignorancia sobre lo que hay más allá de todo lo que podemos tocar, mirar, saborear, etcétera. Nuestras percepciones de lo inmanifiesto han sido calificadas durante centurias como brujería, supersticiones o alucinaciones.

El pensamiento limitado produce miedo incluso de las situaciones y las cosas comunes, de público dominio. El pánico se generaliza, se viraliza y la experiencia individual y colectiva se convierte en un una expectativa negativa que por supuesto puede realizarse, por el poder que ponemos en ella más que por destino fatal.

Ante esta situación, la mayoría opta o por continuar dándole energía a la expectativa negativa, si su umbral de estrés es alto, o por ignorar información que cree incomprensible y tapiar su pequeño mundo contra todo lo que lo perturbe. La ignorancia es la antítesis de la mente analítica y la negación es una de sus tácticas favoritas.

Sin embargo, como he dicho antes, y lo creo firmemente, la humanidad está mejor que nunca y a punto de tomar otros rumbos de evolución. La conciencia va ganando hasta ahora, pero el planeta no resistirá mucho más. Hay que acelerar el proceso.

En tanto, muchos siguen transcurriendo por la vida muertos de miedo, confundiendo la vulnerabilidad, que es la capacidad de permitirle a otros mirarnos tal cual somos, con la debilidad, que es sentirnos afectados por el juicio ajeno; la lealtad con la complicidad, el éxito con el logro, el sufrimiento con el dolor, la diferencia con el error. Ignorancia pura.

Podemos ignorar incluso nuestro propio pasado, valiéndonos de la llamada memoria sustitutiva, que nos afecta prácticamente a todos: cuando no recordamos un hecho de nuestra vida, por el motivo que sea, lo sustituimos con otro construido por lo que deseamos sentir.

Cuánto nos mentimos está directamente relacionado con cuánto queremos ignorar.
19 Noviembre 2016 04:07:00
La ignorancia también es poder (1)
De entre los ignorantes surgen los sabios, es decir, aquellos que quieren saber, pero también los necios: los que creen saber, y los cínicos: los que saben el daño que hacen, pero no les importa, porque ignoran cuánto dependen de aquellos a los que dañan.

Los primeros son los menos en el mundo; los segundos, la mayoría; los terceros, más de los que desearíamos, porque en este rango están quienes atentan contra la vida o el patrimonio de sus semejantes. La ignorancia, decía Honorato de Balzac, es la madre de todos los crímenes.

Ignorantes somos todos. Sólo debemos elegir en qué categoría ubicarnos, tomando en cuenta que, como ya se dijo, los más estamos, generalmente sin saberlo, en la segunda, que se convierte por tanto en la más perniciosa. Ya decía Antonio Machado: “de cada diez cabezas una piensa y nueve embisten”.

Superarla es lo que realmente cambiará el mundo. Difícil tarea porque el ignorante común ignora su propia ignorancia. Sólo que hoy es más necesario que nunca, porque nos encontramos ante una disyuntiva: continuamos destruyendo el planeta con nuestra ciega confianza en el progreso material como fuente de bienestar, o lo cuidamos liberándolo de la opresión humana y conviviendo armónicamente con él. La imbecilidad o la verdadera inteligencia.

Sobre la segunda opción, diremos que involucra un cambio activo de conciencia, que no es otra cosa que abrir el corazón para abrir la mente. Comprenderemos entonces nuestra interdependencia con los otros y con la naturaleza. Se trata de querer saber, ni hoy ni mañana, sino siempre.

Saber con el corazón nos mueve a actuar para el bien. La mente es sólo su asistente. Cuando aquel está cerrado o endurecido por el odio, el miedo, el resentimiento, la envidia, etcétera, el pensamiento se distorsiona, elige zonas de confort para que nos sintamos seguros y pone una sólida barrera contra el conocimiento.

Siempre habrá algo que ignoremos. Lo importante es lo que debemos saber: ¿quiénes somos? Decía el filósofo alemán Martin Heidegger que “ninguna época ha sabido tantas y tan diversas cosas sobre el hombre como la nuestra. Pero en verdad nunca se ha sabido menos qué es el hombre”.

De todo lo que ignoramos, lo que no sabemos sobre nosotros mismos es lo que está provocando todas las catástrofes del mundo. En nuestra ignorancia nos vemos separados de los demás y de la naturaleza. Nos sentimos así constantemente amenazados, por otras razas, otras culturas, otras formas de ser y de ver el mundo, incluso entre vecinos.

Nos empecinamos entonces en ser lo que creemos ser y, desde esa trinchera, convirtiendo todo lo que nos es extraño en la representación del mal o del error, lo combatimos con arrogancia, necedad, agresividad y violencia en el extremo.

De este miedo enorme que nos provoca la ignorancia es de donde surgen los populistas y sus votantes; los xenófobos, los homófobos y todos los ófobos. Desde esta noche de la mente tomamos las peores decisiones.

Nos autoengañamos dándole calidad de verdad inmutable a nuestras creencias y no vemos nada que las contradiga aunque nos tropecemos con ello. Ni la víctima ni el victimario verán lo bueno, pues necesitan justificar sus opciones de vida.

El ciudadano y el político, tanto el que confía como el que no, se negarán a saber, lo malo o lo bueno, según el caso, que sucede a su alrededor y en el ejercicio de gobierno, porque necesitan seguir creyendo lo que creen.

La ilusoria seguridad y la malentendida felicidad que nos da la ignorancia son preferibles, porque no sabemos enfrentar la incertidumbre externa desde la certeza del corazón, sabiendo que todo lo que demos y hagamos retornará multiplicado. Esto ya no es cuestión de fe, sino de física cuántica. La espiritualidad ya es ciencia.

Desafortunadamente, la ignorancia es tan poderosa como el conocimiento. Aun peor, es un cómodo sustituto de este.
12 Noviembre 2016 04:05:00
Cuando lo que consumimos nos consume (Segunda y última parte)
El mundo está en una crisis ecológica, social y económica sin precedentes, deteriorándose aceleradamente como consecuencia de la egolatría humana, es decir, el culto excesivo hacia la especie.

Una especie que no considera al planeta como una criatura viva, con la cual debe mantener un intercambio justo y armónico, sino como una fuente inagotable de insumos para satisfacer sus ocurrencias.

Aun peor, una especie que considera inferiores o amenazantes a las otras.

No obstante, tiene la capacidad de mirarse objetivamente a sí misma, de manera que se ha dado cuenta de esta disfunción, sin que desafortunadamente haya podido hasta ahora revertirla, porque, a diferencia del planeta, no opera con unicidad.

Nuestra especie se guía por mayorías, y estas en la historia de la humanidad han causado grandes males y pocos bienes, porque si hay algo que se contagia con mayor rapidez que el virus más pandémico son las emociones negativas y el pensamiento distorsionado.

De emociones negativas y pensamiento distorsionado está constituido uno de los mayores males que ha padecido la humanidad en toda su existencia, el que verdaderamente tiene al borde del abismo al planeta: el consumismo.

Por la adquisición indiscriminada y muchas veces compulsiva de bienes y servicios, la mayoría de ellos deseados pero no realmente necesitados, estamos sobreexplotando al planeta y envenenándolo con los desechos de esta conducta maniaca.

La causa de ello es, como advirtiera el sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman, en la segunda mitad del siglo pasado, que “nos hallamos en una situación en la que, de modo constante, se nos incentiva y predispone a actuar de manera egocéntrica y materialista”.

Tal incentivación se realiza mediante el engaño, en la forma en que lo describiera André Gide, Premio Nobel de Literatura:

“Civilizar a un pueblo no es otra cosa que hacerle sentir nuevas necesidades”.

Engaño que, volviendo a Zygmunt Bauman, “apuesta a la irracionalidad de los consumidores, y no a sus decisiones bien informadas tomadas en frío; apuesta a despertar la emoción consumista, y no a cultivar la razón”.

Pero, ¿quién nos engaña y, por tanto, nos incentiva?: ¿los publicistas?, ¿los gobiernos?, ¿los empresarios?, ¿los poderosos, en general? Pues sí.

O sea, nosotros mismos, que cuando alcanzamos posiciones de poder y/o influencia, seguimos siendo los mismos egoístas de siempre.

Las conciencias que han ido despertando, pocas respecto de las que todavía duermen, pero suficientes para hacerse oír, no sólo han hecho sonoras advertencias, sino que han planteado diversas soluciones que además han ido adaptándose a las circunstancias y enriqueciéndose.

Por ejemplo, durante las últimas dos décadas del siglo pasado y aún durante la primera del presente, se habló del concepto sustentabilidad, como una forma de utilizar racionalmente los recursos del planeta para satisfacer las necesidades humanas del presente sin comprometer la satisfacción de las del futuro.

También involucraba un replanteamiento de las instituciones sociales y de la responsabilidad empresarial para crear condiciones de mayor equidad económica entre los habitantes del planeta.

No obstante, tal planteamiento estaba en ciernes en lo que a la naturaleza de las necesidades humanas respecta y en lo que al bienestar económico representa.

Es así que nació el que hoy se utiliza a nivel mundial: sostenibilidad, que va al meollo del asunto: el verdadero bienestar no depende de la continua acumulación de posesiones materiales, sino de desarrollar una vida llena de sentido en un contexto social cooperativo y en armonía con un entorno natural que mantenga su integridad.

Para que el sentido del yo de la sociedad moderna se desvincule del “mucho tener” y el “poco ser”, la acción determinante corresponde al individuo, a cada persona del planeta.

Cada uno tiene que aprender a ser resiliente, es decir, capaz de superar traumas y carencias para autorrealizarse, y a partir de ahí revalorar la vida, buscarle sentido en la interdependencia, tanto con sus semejantes como con el planeta.
06 Noviembre 2016 03:00:00
Cuando lo que consumimos nos consume (primera parte)
Detrás de cualquier adicción hay un inmaduro patológico queriendo satisfacer de manera inmediata y fugaz, por tanto irracional, una necesidad primigenia, actitud inherente a la primera infancia, en la que denominamos a la persona como “el bebé”.

Ahora bien, las situaciones traumáticas o la insatisfacción de un ser humano, desde su nacimiento hasta la edad adulta, no son causa directa de una adicción, sino la incapacidad de crecer: no nos enseñaron cómo, porque no sabían cómo, y cuando el adicto se enfrenta a la necesidad de hacerlo, se encuentra con una tarea aterrante.

Debe, inicialmente, renunciar a lo único que considera puede “salvarlo” del caos total: su adicción. Este es el reto mayor; el miedo y la angustia pueden ser inatacables. Después tendrá que remontar una vida de pensamiento distorsionado, autoengaño y emociones descontroladas, a la que se aferrará con desespero, porque no conoce otra.

Cuando en la adicción está involucrada una sustancia que altera el cuerpo y la psique de forma radical, se vuelve más difícil corregir el problema, para comenzar a crecer y reinsertarse en la “normalidad”.

Hasta aquí todo claro, puesto que este tipo de adicto es no sólo señalado, sino censurado y en muchas ocasiones marginado socialmente, por el daño que hace, primero, a su familia, después a la comunidad.

Pero, ¿qué pasa cuando la adicción ni siquiera es detectada como tal, cuando la padece la mayoría de las personas y la padecerán muchas otras porque es considerada imprescindible y, por tanto, estimulada? No, no estamos hablando de Un Mundo Feliz, de Aldous Huxley, sino de la sociedad actual y su tendencia al consumismo.

No hay sustancia involucrada, pero la finalidad primordial es la misma: satisfacer de forma inmediata y fugaz, por tanto irracional, una necesidad primigenia y, como la adicción es generalizada, a través de tal conducta ser reconocido como miembro prominente en una cultura en la que prevalece la orientación mercantil y el éxito material es el valor predominante.

Y en tal cultura, como dice Erich Fromm, “no hay en realidad motivos para sorprenderse de que las relaciones amorosas humanas sigan el mismo esquema que gobierna el mercado de bienes y de trabajo”.

Hagamos la distinción entre consumo y consumismo antes de continuar, para evitar confusiones. Consumo es la satisfacción de necesidades mediante el uso de los bienes y los servicios. Consumismo es el afán por comprar bienes indiscriminadamente, aun sin ser necesario adquirirlos.

En cuestión de definiciones puede quedar muy clara la diferencia, no así en el ámbito de la conducta, porque, lo he dicho no pocas veces en este espacio, no sabemos distinguir entre deseos y necesidades. Como el niño que ya camina y habla, queremos un juguete con la misma intensidad con que necesitamos comer, y si no lo obtenemos hacemos berrinche.

Desde ese niño, como dice José Luis López Aranguren, uno de los filósofos españoles más influyentes del siglo 20, “buscamos la felicidad en los bienes externos, en las riquezas”, por eso es que “el consumismo es la forma actual del bien máximo. Pero la figura del consumidor satisfecho es ilusoria: el consumidor nunca está satisfecho, es insaciable y, por tanto, no feliz”.

Es insaciable como el niño que siempre quiere juguete nuevo y, como ese niño, se aburre pronto de él. Es insaciable como el alcohólico o el drogadicto que consumen hasta perder el control.

El individuo insaciable deja a un lado el contacto consigo mismo, los sentimientos, la consideración por los demás, el aprecio por lo que tiene y el conocimiento de lo que realmente necesita, para vivir de manera ficticia, deprimido sin darse cuenta.

Este es el individuo común en las sociedades modernas, en las que la mercadotecnia nos engaña cínicamente y las tarjetas de crédito se obtienen más fácil que una gripe; en las que lo que consumimos nos consume.
29 Octubre 2016 04:07:00
Perdone usted. Tercera y última parte
Esta frase del poeta inglés William Blake está estrechamente relacionada con la expectativa: de nuestros enemigos no esperamos más que ataques, y si bien nos va no los recibiremos; de nuestros amigos aspiramos a lealtad, respeto, empatía y solidaridad, entre otras virtudes, cuyo incumplimiento puede llegar a ser más o menos doloroso según, no sólo las circunstancias en que se dé, sino el nivel de reciprocidad, es decir, cuánto damos respecto de lo que recibimos.

Pensará, porque es lo común, que si damos más de lo que recibimos será mayor la ofensa. Todo lo contrario, es cuando damos menos que nos resentimos mucho más con quien nos ha fallado o supuestamente lo ha hecho, porque si pusiéramos en práctica las virtudes que exigimos del otro, comprenderíamos sus motivos y seríamos menos severos. Podríamos, por tanto, perdonar menos dificultosamente.

En materia de relaciones personales, la expectativa es el desencanto anunciado, y es directamente proporcional a la cantidad de carencias emocionales de quien la interpone. Y todos lo hacemos, en mayor o menor medida, partiendo por supuesto de la relación con nosotros mismos, de la expectativa que tenemos sobre quiénes deberíamos ser.

Con nosotros mismos somos implacables, porque la expectativa es como mínimo la perfección. De manera que si creernos insuficientes ya es motivo para odiarnos, lo será mucho más cometer errores de graves consecuencias o que nos produzcan una gran vergüenza. Esos parecen imperdonables, y si pensamos que lo son, lo serán.

Los guardamos en el cajón cerrado de la memoria, que a nuestro pesar se abre de vez en cuando, o vivimos atormentados por ellos, pero ni se nos ocurre perdonarnos. Así, nos anclamos al pasado y, por tanto, seguimos siendo lo que fuimos; nos juzgamos enteramente a partir de los mismos, reforzando nuestra imagen de inmerecimiento, y llevamos la culpa y la vergüenza a cuestas hasta mutilarnos emocional y espiritualmente.

Nuestra alma necesita las virtudes, y como no podemos tenerlas, nuestra gorgona emocional las exige de los demás, a quienes petrificamos en una imagen virtuosa de la cual no pueden escapar sin provocar nuestra ira.

Esto quiere decir que la mayoría nos quedamos en la primera fase del perdón: la negación, o a lo sumo en la segunda: la ira. Hay quien llega a la tercera: la negociación con la realidad. Pero hasta ahí. Pocos culminan la cuarta y la quinta: el dolor genuino y la aceptación plena, ambas desde el corazón, sin las cuales jamás se perdona ni se crece.

Podemos pasarnos años sintiendo y pensando: esto no puede ser, antes de pasar a sentir ira por lo sucedido, en la cual también nos podemos instalar lustros o décadas. Si logramos sobrepasar la ira, probablemente nos estanquemos otro buen tiempo negociando con la realidad, o sea, racionalizando los hechos y las situaciones para poner orden en la mente, de manera que apacigüemos al animal herido. Tres etapas en las que, por estar pelando, dejamos de vivir.

Pocos llegan al dolor real y a la aceptación plena porque son experiencias duras por transformadoras: derriban estructuras mentales que hemos construido durante toda una vida; es decir, derrumban el ego, y esto puede sentirse literalmente como una experiencia de muerte, porque lo es. Morimos para renacer a una vida que ya nunca podrá ser la misma.

Ahora bien, aunque este proceso es muy íntimo, en realidad es muy difícil hacerlo solos la primera vez. Necesitamos de alguien, preferentemente en igualdad de condiciones, un amigo querido, una persona que haya transitado el camino o un terapeuta, quien sin juzgarnos, con mente y corazón abiertos, nos acompañe a través del dolor rumbo a la aceptación, regalándonos también su propia experiencia si es posible. Sacar todo aquello que nos atormenta es además como un alud, va arrastrando todas las emociones negativas. Nos limpia y nos deja en paz.
22 Octubre 2016 04:08:00
Perdone usted Segunda parte
El verdadero problema del perdón no es la dificultad para llevarlo a cabo, que la hay, ya que se trata de un proceso y no de un suceso; no, el obstáculo principal se halla en saber a ciencia cierta que es necesario.

Tal problema se deriva del hecho de que hemos restringido el concepto del perdón a ofensas que nos hacen otras personas, pero la realidad es que generalmente odiamos y nos resentimos mucho más allá del prójimo.

Odiamos lugares, situaciones, ideas, creencias, responsabilidades, compromisos, la vida y hasta a Dios. Nos resentimos con todo aquello que no cumple las expectativas de “su majestad el bebé”, porque, claro, de eso se trata: no hemos crecido.

Seguimos siendo aquel infante que exige chillando y el niño que quería ser grande para disfrutar de todos los beneficios de un adulto. Ni hablar de responsabilidades. Pocos han sido educados para tenerlas.

Como no podemos chillar y patalear descaradamente sin ganarnos la censura pública, lo hacemos internamente. Por supuesto nadie nos oye, nadie nos atiende; comenzamos a desarrollar emociones negativas a las cuales nos aferramos con la paradójica ilusión de que se realice aquello que demandamos.

Esta no es la imagen que queremos tener de nosotros mismos, sino aquella que hemos construido para los demás, la “máscara”, así que enviamos el original a un rincón oscuro del cerebro donde no tengamos que verlo, y entonces nos perdemos de la experiencia más liberadora y gratificante que puede tener un ser humano: el perdón.

Proceso tan devaluado por los soberbios, que hasta elaboraron la frase “que perdone Dios, porque yo no”, o tan desechado por la falsa modestia, que se le ubicó como un atributo puramente divino: “yo no soy quien para perdonarte”.

Dos frases para decir: nunca te perdonaré, porque no quiero. Y mire, si el objeto del perdón es una persona, se entiende la reticencia, porque los malentendidos de la moral nos presionan a perdonar instantáneamente, sin darnos tiempo a digerir la ofensa; nos empujan cuando aún no estamos listos.

No así, en cambio, cuando odiamos la vida, situaciones, ideas, creencias, etc., porque en tales casos el resentimiento proviene, entre otras cosas, de heridas emocionales mal o nunca sanadas, intolerancia a la frustración y negación sobre la participación que hemos tenido en los resultados. Lo que se llama inmadurez.

Las emociones negativas con que enfrentamos la vida nos enferman más que los virus y las bacterias, no sólo porque modifican la estructura de nuestras células y por tanto la operación de nuestro organismo, sino porque nos impulsan a destruir y autodestruirnos.

Lo que realmente odiamos en el fondo es a nosotros mismos, porque hay una idea instalada tras bambalinas, de la que no somos conscientes, pero que tiene el control: me merezco todo lo malo que me pasa, es mi destino, porque no soy suficiente.

Es aquí, justo en esta “capa de la cebolla”, donde cobra su real dimensión la importancia del perdón. Donde tenemos que dejar ir el odio y el resentimiento para saber que efectivamente nos merecemos todo lo que nos pasa, pero no como fatalidad, sino como respuesta a nuestra forma de pensar, sentir y actuar, porque como dijera Amado Nervo: “veo al final de mi rudo camino, que yo fui el arquitecto de mi propio destino”.

Pensando así, no querremos otra cosa más que cambiar lo que está mal, para adueñarnos de nuestra vida, y la manera de comenzar a hacerlo es perdonando, primero a nosotros mismos, por haber creído tantos años que éramos insuficientes, después al pasado, a la vida, las situaciones y hasta a Dios.

Puede pensar que es blasfemo perdonar a Dios. No, el perdón es absolutamente transformador y pacificante para el que perdona. Es la condición esencial para dejar de pelear y ponerse en paz con la vida. Eso es lo que Dios quiere para todos.
15 Octubre 2016 04:07:00
Perdone usted. Primera parte
Durante poco más de un siglo ha venido ganando terreno en el mundo la exigencia de humanizar los sistemas políticos. El comunismo y el socialismo fueron en su esencia un intento fracasado en tal sentido. Desechada la posibilidad de que una forma específica de organizar y administrar un país fuera la solución, nace y se desarrolla, hasta campear hoy, la ideología de los derechos humanos.

Ésta ha evolucionado y cobrado complejidad, de manera que hoy se comprende que los derechos humanos no los otorga el Estado, sólo los reconoce, que el aparato de gobierno no es el único que los vulnera, sino todos y cada uno de los actores sociales.

Al aterrizar la teoría en ésta última esfera, nos encontramos con que no son los sistemas políticos los deshumanizados, sino el humano mismo. Nosotros, que nos hemos convertido en ciudadanos egoístas y ególatras, con la arrogancia suficiente para atribuirnos toda la razón. La sociopatía, de tan generalizada, ha dejado de ser anómala.

Como no nos reconocemos deshumanizados, proyectamos la falla sobre el sistema político y los políticos mismos, a los cuales acusamos de estar lejos de la gente. La realidad es que la gente está lejos de la gente. Los políticos que operan el sistema no se hicieron lejanos llegando, llegaron así. Y también los hay cercanos, honestos y trabajadores.

La respuesta a la deshumanización generalizada es una nueva corriente ética: rescatar las virtudes, los valores y los principios de los individuos y su colectividad, como la única y efectiva forma de producir el cambio que tanto necesita el planeta.

El enojo, la envidia, el odio y el resentimiento son hoy las actitudes más notorias en redes sociales, movilizaciones colectivas, trato de ciudadano a ciudadano y hasta de país a país. Le echamos la culpa al otro para no hacernos responsables de nuestras emociones y las consecuencias de nuestras acciones. Estas cuestiones “personales” van con nosotros a donde vayamos y, si llegamos alto, perjudicaremos a todos los que podamos con ellas. Piense en Dondald Trump.

Lo que el mundo necesita, dicen millones de voces, cada vez más, que han ido ganando conciencia, es amor. Trillada la frase, pero profunda y cierta. Ahora, no es lo mismo lo que se necesita que lo que urge, y al mundo lo que le urge es perdón, eso tan difícil que, según Mahatma Gandhi, es un atributo sólo de los fuertes, de alma por supuesto.

Sin perdón, seguiremos dañándonos unos a los otros, matándonos, robándonos, imponiéndonos por la fuerza, desconfiando, tanto entre individuos, como entre naciones.

Y sí, no falta quien se escandaliza con la idea, pensando que perdón es lo mismo que impunidad o la posibilidad de volver a ser ofendidos. Ninguna de las dos. El perdón no es más que renunciar al odio, la envidia y el rencor, con los cuales nosotros mismos nos revictimizamos continuamente, porque la memoria emocional nos lleva a revivir una y otra vez el hecho.

Perdonando entramos en dominio de nuestra propia vida, nos quedamos en paz con lo sucedido, pero no perdemos la capacidad de protegernos. Quien ha ofendido pagará las consecuencias de sus actos. A la vida no se le escapa.

Decía Desmond Tutu, religioso, teólogo, profesor y pacifista sudafricano, que el perdón es una necesidad absoluta para la continuación de la existencia humana. Y es que si no perdonamos perpetuaremos en nosotros mismos y en los demás el daño infligido. Querremos que los otros sufran como y con nosotros para sentirnos en igualdad de condiciones y, si continuamos aferrándonos al odio y los resentimientos, nos iremos enfermando cada vez más, física y mentalmente, hasta desear el exterminio del enemigo, que para entonces será cualquiera. Piense en Hitler.

El perdón resulta entonces el primer e insoslayable paso para humanizarnos, para que la gente sea cercana a la gente.
01 Octubre 2016 04:07:00
¿Le duele?... qué bueno
Últimamente se ha difundido mucho por las redes sociales una frase atribuida a Buda: el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. Una idea sin duda revolucionaria.

Como cualquier cosa producto de la actividad humana, la globalización ha traído hasta nuestras casas, a través de internet, lo bueno y lo malo de la creación antropocéntrica. Hoy todos podemos entender a Buda. Atrás quedaron los tiempos en que la iluminación era sólo para los grandes maestros. Cosa que por cierto ellos nunca pretendieron. Su intención era trazar un camino que todos pudiéramos seguir llegada la hora.

El camino, deje usted para la iluminación, para que su vida diaria sea satisfactoria, próspera y llena de sentido, está empedrado de dolor. Así es. No hay de otra. Como diría el poeta John Keats: “¿No ves cuán necesario es un mundo de dolores y problemas para educar nuestra inteligencia y convertirla en alma?”.

Pero el miedo atávico al dolor, que es lo que en realidad mueve montañas, nos ha impedido ser plenos y felices. Eso se debe, como casi todo lo que nos causa ansiedad y angustia, a la confusión, aderezada con vanalidad.

Hemos venido concibiendo al dolor y al sufrimiento como sinónimos, y cómo no temerle al primero si el segundo es un verdadero tormento que, afortunadamente, en la mayoría de los casos es autoinfligido, y aun cuando no lo sea, es manejable, digamos que transmutable.

El dolor es del corazón y el sufrimiento del pensamiento; el primero es del presente, momentáneo, y responde a un hecho concreto, el segundo es un ancla al pasado que prolongamos indefinidamente.

Todos hemos sentido dolor. Me referiré al emocional en este caso. Ese momento en que una pérdida, una traición, un abuso, nos oprime, literalmente, el corazón; nos provoca un nudo en el estómago y, en algunos casos, molestias en los órganos sexuales. En tales momentos estamos en un estado de asombro, de vacío mental, a lo sumo interrumpido por un ¿qué está pasando? Esta es la anatomía del dolor. Su duración es corta, su utilidad inmensa, incalculable, porque nos humaniza, nos hace humildes y amorosos.

Pasado este momento de revelación, porque eso es lo que realmente es el dolor, comienza el sufrimiento si en lugar de procesar la experiencia con el alma lo hacemos con el pensamiento.

Comenzamos a fabricar juicios de cómo debieron haber sido las cosas, culpamos a alguien, ponemos fuera de nosotros el origen del mal. Intentamos absurdamente tomar el control de lo que ya sucedió y, por supuesto, de lo que deberá suceder o no en el futuro.

Mientras el dolor lleva la atención hacia nuestro interior, a nuestras carencias, necesidades y heridas, el sufrimiento la lleva hacia afuera, a los otros, las circunstancias.

El dolor nos permite tener el dominio de nuestras vidas, porque nos orienta sobre lo que tenemos qué hacer para mejorarlas; el sufrimiento nos convierte en víctimas: nada podemos hacer por cambiar la situación. La incomodidad de vivir contra la comodidad de irla pasando.

El dolor es responsabilidad y el sufrimiento irresponsabilidad. En un mundo donde nadie quiere hacer lo que le corresponde, dígame usted si es el dolor o el sufrimiento el que impera.

Ciertamente, hay circunstancias en que el sufrimiento nos es impuesto. Sólo un ejemplo: niños y adultos sujetos a trata de personas. En el caso de los adultos, con capacidad de discernimiento, las situaciones extremas son una oportunidad para un salto cuántico. Viktor Frankl, sobreviviente a los campos nazis de concentración, decía: “Si no está en tus manos cambiar una situación… siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento”.

En el caso de los niños, la monstruosidad de hacerlos sufrir tiene graves consecuencias: un mundo de irresponsables, porque mientras el dolor sensibiliza, el sufrimiento endurece, y lo que endurece amoraliza.
24 Septiembre 2016 04:06:00
Ser o no ser
Los seres humanos somos creencia. La psique humana no puede evitarla. Es su forma de autodefinirse, identificarse, ordenarse y relacionarse. Más importante aún, la creencia tiene un gran poder, hoy científicamente probado. Nos sana o nos enferma, nos fortalece o nos debilita, nos hace felices o infelices.

Nuestras creencias rara, rarísima vez son nuestras. Provienen de todas las generaciones que nos han antecedido en la historia de la humanidad. Cuando tenemos una experiencia personal, retomamos para procesarla con toda la información pertinente que tenemos acumulada, sobre todo en el inconsciente y el subconsciente.

El poder de la creencia, para bien o para mal, es resultado de una emoción asociada a un pensamiento repetido. Una mente perezosa le da el control a lo que cree; una mente analítica, que cuestiona, lo observa, lo cambia y se transforma a sí misma.

La creencia no es la verdad intocable sobre nuestras vidas, el mundo y los otros. Es una herramienta de la psique para evolucionar. Cada cosa que creemos tiene caducidad porque todo cambia y, seguramente, un alto grado de error si no la hemos sometido a un análisis concienzudo.

La creencia, buena o mala, optimista o pesimista, es un ancla al pasado cuando la hacemos pasar como la verdad, y un pasaporte a un futuro en el que sólo habrá más de lo mismo.

Si se convierte usted en aquello que cree, se quedará estancado, pero si entiende que la creencia sólo lo habita temporalmente, podrá liberarse de aquellas que lo dañan, lo debilitan, lo enferman, lo hacen sufrir, para elegir las que lo sanan, lo fortalecen y lo hacen feliz, las cuales, además, podrá renovar en la medida en que lo necesite y hasta dese-char cuando requiera abordar un problema de una forma creativa y novedosa.

Por eso, cuestionar, poner en duda lo que se cree y por qué se cree, es la mejor manera de encontrarse a sí mismo y alcanzar la verdad. No a través de otra creencia, sino en un instante de lucidez en que se da cuenta que no es lo que ha venido creyendo; por tanto, nada ni nadie es lo que creía.

En ese instante se derrumban todas las creencias, no hay a qué asirse, se detiene el pensamiento, se entra en contacto con la verdad y la realidad, que no son ideas, sino vivencias. Al momento de pensar en ellas y tratar de explicarlas, pierden su calidad de verdad y realidad. Se convierten en representaciones. Lo mismo pasa con el amor: pocas veces lo vivimos porque lo pensamos demasiado.

Una vez que hemos hecho contacto con lo que somos en realidad, en momentos fugaces, cierto, pero determinantes, comenzaremos sin darnos cuenta a transformarnos, no habrá marcha atrás; la conciencia no nos lo permitirá y las creencias adquirirán su verdadera dimensión de herramientas psíquicas.

Esta experiencia puede parecer a muchos un absurdo o algo reservado para el autor de nuestro epígrafe. Es su creencia la que se los dice. Y cómo no, si para cuestionar lo primero a lo que hay que renunciar es a la seguridad interior y la sensación de “ser alguien” que nos da la creencia, lo que será posible sólo cuando venzamos el miedo al vacío y al caos que creemos habrá en ausencia de las creencias.

Un galimatías, sí, pero qué prefiere usted creer cuando se siente enfermo: ¡seguro tengo cáncer, me voy a morir! o ¡mi cuerpo está hecho para autosanarse! Recuerde que lo que crea, invariablemente le sucederá.

Su vida transcurre conforme a sus creencias, aunque usted no sepa que las tiene. Mientras más se enoje, se indigne o se escandalice por algo, más arraigada, oculta y perniciosa es su creencia. Más grande su miedo. Abra su mente, cuestione lo que sabe. Dígase: en realidad sólo creo saber, pero no sé. Cambiarán usted, su sociedad y el mundo para mejor, mucho mejor.
17 Septiembre 2016 04:07:58
Todos somos políticos
Nadie puede sustraerse a la política, ni siquiera quienes aseguran no estar interesados, porque como decía el novelista francés Víctor Hugo, “existe solidaridad y participación vergonzosa entre el gobierno que hace el mal y el pueblo que lo deja hacer”.

Y es que la restricción impuesta al término por un uso históricamente persistente de su significado más común, aquel que lo denota como profesión, ha convertido a la política en el arte de la dominación, en lugar de lo que realmente es: la ciencia y la actividad colectiva para organizar la vida social, para integrar la poli.

Desvirtuar así la política ha obstruido la conciencia ciudadana, ha alejado a la gente de la verdad que hay detrás de su cotidianidad y le ha arrebatado su poder tanto al individuo como a la colectividad. Así de perniciosa puede ser la generalización de una creencia errónea.

Ya lo decía Aristóteles, “el hombre es un animal político”, porque es un animal social. Simple: la política es cualquier actividad del ser humano en la convivencia social, una cortesía o una grosería, un diálogo o una discusión, un plan o la falta del mismo, las directrices fijadas para alcanzar una meta en una empresa, una escuela, un proyecto personal.

Remitámonos específicamente al ámbito gubernamental. Aun así, el significado del término es amplio: arte, doctrina u opinión referente al Gobierno de los estados, actividad de quien rige o aspira a regir los asuntos públicos y del ciudadano cuando interviene en cuestiones de interés general con su opinión, su voto o de cualquier otro modo.

La última de estas acepciones nos hace políticos a todos, incluso a quienes se niegan a intervenir cuando tienen la responsabilidad de hacerlo, partiendo del desinterés o el rechazo, porque eso no es sustraerse, sino adoptar una posición, la más dañina, por cierto.

Hoy, además, las redes sociales han revolucionado la actividad de los ciudadanos en materia de participación política en el quehacer gubernamental y, más allá, en la organización social en completud.

Los gobiernos hoy responden más a las críticas de las redes sociales que a las de los medios tradicionales de comunicación, y no porque estos hayan agotado sus posibilidades de influencia, sino porque, como medios alternativos, Facebook, Twitter, Instagram, etc., le han dado al ciudadano de a pie un poder directo e inusitado.

Si los grandes teóricos de la ciencia política vivieran, tendrían como principal objeto de estudio al ciberespacio, que como no tiene ética propia lo mismo difunde pornografía que arte; crueldad que humanismo; estulticia que inteligencia, desafortunadamente más de las primeras categorías que de las segundas.

Por las redes sociales se contagian las emociones, se viralizan las ideas, se homogeinizan las creencias, pero también se cuestiona, se rompen paradigmas y se revolucionan los conceptos.

Si Goebbels viviera estaría frotándose las manos con enorme expectativa y placer.

El meme es hoy la herramienta política por excelencia; es la idea, la opinión, buena o mala, benéfica o dañina, de mayor difusión, mayor penetración e impacto. Hoy casi todos tenemos opinión política y la expresamos, desde el hogar, el lugar de trabajo, el mercado, el taxi y el zócalo, por supuesto, hasta internet. Todos, pues, tenemos actividad política, todos somos políticos, e influyentes cuando usamos redes sociales, blogs y cualquier otro espacio en el que puedan confluir gran cantidad y variedad de lectores u opinantes.

Por eso, hoy es cuando debemos reflexionar sobre la forma en que ejercemos la política. Necesario es por supuesto señalar a quienes la tienen como profesión y la denigran, pero más necesario aún comportarnos nosotros políticamente como queremos que lo hagan ellos.

Debemos ser los políticos responsables que necesitamos en el gobierno, porque de entre nuestras filas manaron y manarán. Si queremos que nos oigan, oigamos; que sean honestos, seámoslo; que vean por la gente, veamos nosotros por ella.
10 Septiembre 2016 04:06:34
Seamos justos…
Uno de los grandes males de la actualidad es que casi todas las personas viven para ser más que los demás. La igualdad es un valor de papel.

Nuestros semejantes nos son tales. Más que posibles amigos, son potenciales enemigos. Ni siquiera en la amistad se da por hecha la igualdad, de lo contrario la presunción no sería una de las actividades más socorridas entre supuestos pares.

La importancia de la igualdad, no sólo como derecho humano, sino como práctica social, radica en que es la primera fase de la justicia; la segunda es la equidad y la tercera, la imparcialidad. Y, mire usted, sólo en la tercera el Estado es completamente responsable.

La justicia como igualdad, llamada conmutativa, y como equidad, denominada distributiva, depende en su mayor parte de cada uno de los individuos de una sociedad. “Cuando uno se atribuye a sí mismo una parte de bien más grande o una parte menos grande de mal, hay iniquidad, hay desigualdad”, aseguraba Aristóteles.

Así, la igualdad es dar al otro el mismo valor que nos atribuimos, y por tanto los mismos derechos, y la equidad, otorgar a cada uno lo que merece. Si bien la idea de igualdad proporcionada es la predominante, aunque no se incorpore como conducta a la vida cotidiana, la de equidad sigue causando problemas.

Por ejemplo, aún persiste la idea de que todos podemos tener exactamente lo mismo en cuestión material. El fracaso rotundo del comunismo es la muestra de tal equivocación. La equidad responde al principio de reciprocidad: la persona recibe en la medida en que contribuye.

Este es el equilibrio que se ha roto, en todos los sistemas políticos.

Sócrates decía: “cada uno de nosotros sólo será justo en la medida en que haga lo que le corresponde”. Y en esa medida recibirá. Esto quiere decir, a su vez, que asumir y cumplir nuestras responsabilidades es la forma fundamental de hacer justicia.

Una sociedad, una nación, un gobierno, son reflejo de los ciudadanos. Esta idea tampoco es nueva, de ahí que Platón, Sócrates y Aristóteles dedicaran la mayor parte de su obra al desarrollo de las virtudes. La justicia es una de las más importantes.

Las virtudes son hábitos de obrar el bien, es decir, realizar lo valores (ideales) de una sociedad, y provienen de un pensamiento recto, producto de la razón.

Desafortunadamente, como señalaba el filósofo humanista David Hume, cuya obra sobre la justicia es muy amplia, “el sentido del deber de los seres humanos sigue siempre el curso común y natural de las pasiones”.

En otras palabras, el control de nuestras vidas y, por tanto, de todos nuestros asuntos colectivos, lo tiene la víscera. Indigestos como estamos por un cúmulo de experiencias sin procesar racionalmente, tenemos gastritis mental e inflamación egocéntrica, que nos impiden, no digamos hacer lo que nos corresponde, sino siquiera reconocer qué nos corresponde.

Por eso es que la justicia, para casi todos, es un bien que el Estado debe hacernos, más no una conducta que debemos convertir en hábito, porque, como dijera el mismo Hume: “Para los hombres no es de interés primordial el interés público, ya que de ser ese el caso, las reglas de la justicia jamás se las hubiesen imaginado”.

Y por eso, también, como aseguraba el escritor español Santiago Rusiñol a principios del siglo pasado, “cuando un hombre pide justicia, es que quiere que le den la razón”, lo cual de facto e inmediatamente anula la idea de imparcialidad, que es la obligación primordial del Estado al impartir justicia.

Y así, viviendo la injusticia a diario como forma de conducta considerada normal, es como los ciudadanos se convierten, cada quien “en su trinchera”, en los principales actores de la impunidad.

La justicia debe ser para todos, sí, pero sobre todo cosa de todos.
03 Septiembre 2016 04:05:23
Ya suéltelo (tercera y última parte)
Resumamos: el apego se origina en el miedo al cambio hacia lo incierto, porque nuestra mente dice que lo que puede venir es dolor, escasez y soledad. Y sí. Cuando usted se enfrenta a la incertidumbre con miedo, atrae aquello a lo que teme. El miedo es un imán.

El miedo es además un extraordinario maestro del disfraz: pocas veces sabrá usted que lo está sintiendo. Pero si hay apego, hay miedo. Así de simple. El miedo, a su vez, proviene del pensamiento, no de la realidad.

Decía Krishnamurti, con toda razón, que cuando nos vemos en una situación de peligro entramos en un estado de alerta, no de miedo. Este nace después, cuando el pensamiento procesa la experiencia y surge el deseo de evitarla en adelante.

De ese deseo nacen otros, los de allegarnos de todo lo necesario para hacer efectiva la evitación. Y mire usted, lo que nos allegamos primero son pensamientos y emociones que se vuelven creencias erróneas, a las cuales nos aferramos para escudarnos de la realidad. La primera de ellas es que podemos vivir constantemente en la seguridad y la certeza.

Esta creencia es la raíz del apego, una fuerte emoción vinculante a lo conocido, o sea al pasado; por eso produce gran miedo al futuro, que a su vez genera la compulsión de controlar todo aquello y aquellos sin los cuales creemos que habrá dolor, escasez y soledad. Y es así que los volvemos depositarios de la felicidad, la abundancia y el amor.

Al anclarnos a lo conocido, no podemos evitar apegarnos a situaciones pasadas que no pudimos controlar. De ahí el “si hubiera” o “si no hubiera”. Una tortura mental en la prisión de lo acontecido, donde el alimento para el alma es tan escaso que sólo nos queda rumiar, es decir, masticar y masticar lo mismo.

Lo peor es que, con el apego como escudo, lo más seguro es que la mala experiencia se repita, porque no la estamos superando, y se afronte, entonces sí, con miedo, que debilita e impide manejar la situación adecuadamente, y haciendo lo mismo esperando diferentes resultados, pues ya estamos condicionados. Por eso el tropezarse siempre con la misma piedra.

Del otro lado, el desapego es, evidentemente, la máxima libertad, adaptación a lo nuevo y en consecuencia evolución, crecimiento, desarrollo. El desapego depende de una aceptación plena de que el cambio es la constante y de que la incertidumbre es su esencia.

Sin incertidumbre no hay cambio, sólo más de lo mismo, aunque sea mejor. Así que la clave está en zambullirse en esas aguas, que son la matriz de la creatividad. Son la oportunidad de hacer las cosas de manera diferente, para dejar de ser víctimas del pasado, de la repetición, de la insatisfacción que nos provoca afianzarnos a lo que probadamente no nos proporciona lo que realmente queremos: satisfacer nuestras necesidades reales.

Para aprender a nadar en la incertidumbre requerimos una nueva creencia: en nosotros ya existe todo lo que necesitamos. No basta con pensar que es cierto, para creerlo hay que acompañar al pensamiento con una emoción positiva y sentirla todos los días hasta que arraigue en el subconsciente.

También hay que establecer reglas: ser responsables de nosotros mismos, quitándole a las personas y a las cosas el peso de nuestra felicidad; aceptar la realidad, enfocándonos en la solución y no en el problema; vivir y dejar vivir, sin forzar los afectos ni los resultados de las relaciones, ni permitir que nos fuercen; asumir el dolor, porque no es opcional, es parte de la vida. Cuando lo evadimos, comenzamos a sufrir.

Suelte todo, lo bueno y lo malo, que en el campo de infinitas posibilidades de la incertidumbre todo lo que vayamos requiriendo y aun deseando llegará en el momento oportuno. Esa es la magia del desapego.
27 Agosto 2016 04:07:32
Ya suéltelo Segunda Parte
Si los seres humanos acostumbráramos a confiar en la vida, en que todo aquello que realmente necesitamos está y estará a nuestra disposición en el momento preciso, no nos apegaríamos a persona, animal, objeto, situación, expectativa, idea o vivencia alguna.

En lugar de eso, retamos a la vida: “dame lo que quiero y confiaré en ti”. Pero sólo los seres humanos aceptamos que se nos condicione la confianza. La vida no, porque la confianza es su lenguaje, y si no lo hablamos no la comprendemos.

Para aprender a hablar el lenguaje de la vida lo primero que tenemos que hacer es discernir claramente entre nuestras necesidades y nuestros deseos. Ella sí lo hace, y satisface cada uno de forma diferente.

Nuestra confusión es lo que causa la creencia de que no hay respuesta, porque damos la misma importancia a ambos, y no la tienen: las necesidades son del cuerpo y del alma, nos muestran aquello que debemos satisfacer para evolucionar en conciencia; los deseos son formulaciones de la mente con una visión de meta, que nos impulsan a desarrollar todo nuestro potencial como personas y como colectividad.

El amor es una necesidad, el dinero un deseo; la conexión con otros es una necesidad, la admiración y la fama un deseo. La confusión consiste en que creemos que el cumplimiento de los deseos satisfará las necesidades, porque estamos muy alejados de la sencillez de estas últimas.

Una segunda confusión surge de la primera: lo que necesito está fuera de mí. Y así es como nos apegamos, por miedo a la vida, a todo cuanto consideramos nos da seguridad y estabilidad. Luchamos por moldearlo a nuestra manera para poder retenerlo indefinidamente.

Todo en aras de satisfacer una necesidad. Y como nuestra necesidad más ingente es la de amor, nuestro mayor apego se da hacia personas y otras criaturas vivas, como mascotas, que necesitan y manifiestan afecto.

Intentamos quitarle a quienes amamos su individualidad y hacer que piensen y actúen de la manera en que consideramos deben hacerlo para satisfacer nuestra necesidad, eso sí: “por su propia conveniencia”, “por su bien”. Podemos incluso hacerlo con las mascotas (si tiene gato, olvídelo). Pero la gente se convierte en otra sólo cuando quiere, y quiere cuando su identidad es frágil.

Comienza la lucha, más que de egos, de individualidades, hasta con el perro: en vez de educarlo hay que someterlo. Ni los perros se dejan, así que ya déjelo por la paz, porque sólo se debilitará en su causa fallida, y lo más grave: perderá su libertad siendo esclavo del incesante intento de moldear a otro y el amor propio creyendo que en ese otro está lo que necesita.

Aunque suene trillado, la satisfacción de nuestras necesidades, las reales, depende de nosotros mismos. Hay una advertencia en la tradición pagana de Wicca para sus adeptos: si aquello que buscas no lo encuentras en tu interior, jamás lo encontrarás fuera.

Con esa claridad hay que soltar todo aquello y aquellos a los que nos aferramos. No es tan difícil si se comprende que el apego no es precisamente a quien cree usted que debe amarlo, sino al deseo de que esa persona en particular lo ame. Suelte ese deseo y habrá soltado a la persona.

El amor no proviene, mana. Delo cómo quiera que se lo den: incondicional, libre y con plena aceptación de la individualidad. Los wiccanos tienen otra fórmula en su código de existencia: vivir y dejar vivir; justamente dar y recibir.

Eso es desapego. Contrario a lo que generalmente hacemos, que es negociar el amor: “cuando me des te doy” o “te doy para que me des”, lo cual lo desnaturaliza. El apego perpetúa la necesidad porque en realidad va dirigido a realizar un deseo; el desapego la satisface, por eso es un acto de amor a nosotros mismos.
20 Agosto 2016 04:07:58
Ya suéltelo (I)
El rasgo más característico del egoísmo es el apego. El egoísmo, por otra parte, es un defecto o un pecado sólo en tanto la moral lo califica como tal, con la intención, absolutamente justificada, de contener los excesos personales que dañan el tejido social.

El egoísmo es, antes que todo, la actitud humana más arraigada en el instinto de sobrevivencia. Reflexionemos: desde antes de que el hombre se irguiera, la escasez ha sido el rostro del entorno en el que la humanidad ha evolucionado. Aún hoy. Así pues, proveerse de lo necesario no ha bastado; ha sido más importante, todavía, retenerlo.

El miedo a la escasez y a las amenazas para la vida y la integridad síquica, visibles u ocultas en la naturaleza o en nuestros semejantes, ha guiado a la humanidad en su historia.

Es ese miedo el que nos ha hecho pensar que sólo estaremos seguros cuando tengamos, siempre, todo aquello que nos da seguridad y estabilidad: personas, objetos, trabajos, obras, ideas, hábitos y aun traumas personales, porque, creemos, si los olvidamos volverán a sucedernos.

En el retener está el apego, que más allá de la simple conducta actúa como un factor psicológico de identidad. Es decir, nos volvemos aquello a lo que nos apegamos, en ello depositamos el sentido de nuestra vida y nuestra importancia. Llevamos dos millones de años cosificando la existencia.

Con el tiempo nos dimos cuenta, además, de que acrecentando las posesiones nos poníamos en ventaja sobre otros y obteníamos el poder, el reconocimiento, el afecto y el apoyo que necesitábamos; vacíos por demás, porque en realidad se le otorgan a la parafernalia, es decir, a aquello que pretendemos ser y a los objetos y personas que se supone nos lo hacen posible.

Extraviados, sin saber quiénes somos. Así es como hemos venido existiendo. De ahí la importancia de quienes han nacido para recordárnoslo: desde Jesús, Buda y Mahoma, hasta los maestros espirituales contemporáneos: el dalái lama, Krishnamurti, Deepak Chopra, Eckhart Tolle y El Filósofo de Güemes.

No hemos podido adaptarnos al entorno porque este es constantemente cambiante, y los humanos gustamos de lo fijo, lo inconmutable, porque sólo a eso puede uno apegarse. Quien logra adaptarse construye, quien no, destruye. He ahí la explicación simple de lo terrible que le pasa al mundo.

No obstante, nunca ha dejado de actuar nuestra naturaleza benévola, nunca nos ha abandonado la conciencia, que se ha vuelto muy gritona porque nos ha ensordecido el apego.

Y desde ahí, la conciencia, se ha desarrollado una forma de pensamiento y de vida que nos dice que el camino correcto es, sí, el desapego, que no quiere decir que las cosas o las personas dejen de importarnos, o que perdamos a todos y todo aquello que tenemos, o que ya no tengamos más, o que soltando el pasado nos volverán a suceder las cosas malas.

Nada de eso: el desapego es un estado mental y emocional de tranquilidad, ante la certeza de que nada es eterno, de que las personas y las cosas vienen y se van, que podemos amar sin poseer. En resumen, es dejar de controlar, necesidad que nos trae mucho sufrimiento.

Dice Matthieu Ricard, monje budista, que “el desapego no consiste en separamos dolorosamente de lo que amamos, sino en suavizar la manera en que lo percibimos. Si miramos el objeto de nuestro apego con una simplicidad nueva, comprendemos que no es ese objeto lo que nos hace sufrir, sino la forma en que nos aferramos a él”.

Añade: “El desapego es la fuerza tranquila de quien está decidido a no dejarse arrastrar por los pensamientos ni acaparar por toda clase de actividades y de ambiciones triviales, que devoran su tiempo y en definitiva sólo le aportan satisfacciones menores y efímeras”.
13 Agosto 2016 04:06:59
Conozca a la insaciable
Vivimos en un mundo que confunde los síntomas con las enfermedades. Por eso no sanamos. Esto es especialmente cierto en materia emocional y resultado del desconocimiento de nuestra naturaleza psíquica, aun cuando hayamos avanzado durante siglos en su investigación.

Uno de los ejemplos más ilustrativos es lo que llamamos ansiedad, a la que aún se considera extendidamente como un trastorno, o sea, una alteración de la salud. Así pues, el santo remedio son los famosos medicamentos conocidos como ansiolíticos, que permiten continuar en la zona de confort, por deteriorada que esté.

La ansiedad en su forma natural es un mecanismo de supervivencia, que se manifiesta como un estado de alerta ante lo que percibimos como un peligro. No obstante, la forma en que el cerebro humano procesa las amenazas en la sociedad moderna, con miedo, como dijera el poeta Jaime Sabines, de todo y de nada, la convierte efectivamente en una patología que debe ser combatida por sí misma, pero que nunca deja de ser el síntoma de una disfunción mayor.

Ansiedad sana es un episodio de corta duración durante el cual se siente inquietud y agitación, hasta que se resuelve aquello que la provoca. La de carácter patológico se prolonga en el tiempo, pues la percepción de peligro se generaliza, produciendo angustia, constante preocupación, sensación de inseguridad, de vacío y de sinsentido, recelo, incertidumbre, irritabilidad, dificultades de atención, concentración, memoria y muchísimo más. La lista es basta y toda ella finalmente provoca quebrantos físicos, desde tensión muscular e insomnio hasta ataques cardiacos.

Afortunadamente, ha ido ganando terreno el nada nuevo enfoque de la ansiedad como indicador de un conflicto emocional originado por la forma en que nos relacionamos con nosotros mismos, con los demás y con nuestro entorno.

En toda gran ciudad hay una gran cantidad de ansiosos patológicos, porque los estímulos son cotidianos y múltiples: el tráfico, el tiempo escaso, las presiones laborales, las obligaciones sociales y familiares. Cada una de estas circunstancias detona un estado de alerta que no alcanza a desactivarse antes de que se produzca el siguiente evento, de tal manera que el cuerpo y la mente entran en tensión, lo que hoy se conoce como estrés, que a su vez deriva en ansiedad patológica.

Nos volvemos agresivos, volubles, fóbicos, obsesivo-compulsivos, adictos, evasivos. Y por supuesto nos enfermamos más de lo que ya estábamos. Se trata de enfermedades derivadas de un síntoma que se convirtió en enfermedad por no atender la enfermedad que lo producía. Pues por eso, repito, no sanamos nunca. Acumulamos y acumulamos enfermedad hasta morir antes de lo que podríamos haber muerto.

Existen otras fuentes de ansiedad de carácter puramente psicológico que, en realidad, son las más peligrosas. Veamos dos de las más comunes y perversas, relativa una a nuestra relación con el presente y la otra con el futuro.

La primera es la idea, generalmente subconsciente, de que somos insuficientes, o como ha dicho HughPrather, escritor y poeta estadunidense: “Creo que la ansiedad que circula en mi vida nace de un desequilibrio entre lo que soy lo que debería ser”.

La segunda es el miedo al futuro, o en palabras también de Prather: “Mi ansiedad no se origina en una visión del futuro sino en el deseo de sujetarlo a mi voluntad”.

Ante estos dos ataques psíquicos sólo se puede aconsejar: no calme su ansiedad con comida, compras, bebida, droga, sexo o cualquier otro anestésico, porque volverá siempre por más. Es insaciable. Desactívela relajándose, en cuerpo y mente. Medite, es gratis y fácil. Piense además que quien le exige más para apreciarlo seguirá exigiendo hasta exprimirlo y nunca lo aceptará totalmente. No vale la pena el esfuerzo. En cuanto al futuro, no puede controlarlo desde el presente, deje de intentarlo, sólo indúzcalo creyendo, firmemente, que los mejores días están por venir.
10 Agosto 2016 04:00:00
Honrar para existir
¡No, permanecer y transcurrir no es perdurar, no es existir,ni honrar la vida! Eladia Blázquez

Como la vida misma, los conceptos que la construyen tienen mucha más profundidad de lo que solemos creer y mucho mayor contenido que sus definiciones de diccionario.

Honrar: respetar a alguien, enaltecer o premiar el mérito, dar honor o celebridad, según el Diccionario de la Real Academia Española es uno de esos conceptos que hemos restringido a la liviandad de las fórmulas de cortesía.

Sin embargo, honrar es una forma de vivir, una de las más satisfactorias y llenas de sentido, una que no puede anclarse sino en el alma, cuando comprendemos la dimensión de la palabra.

Mientras las palabras no analizadas son creencia, por tanto necedad, las dilucidadas nos conducen a la vivencia. Honrar, como vivencia, es un sentimiento de estima originado por la comprensión de las bondades que a nuestra vida trae todo lo malo o todo lo bueno que nos ha pasado.

Estima que se traduce en una actitud de reconocimiento, consideración y cuidado, tanto de tales bondades, como de aquello que las ha producido.

Honrarás a tu padre y a tu madre es un precepto de todas las religiones. Su importancia está más allá del amor filial. Se trata de un reconocimiento que se extiende a todo nuestros ancestros, que vivieron para que hoy fuéramos quienes somos. Sin importar si lo hicieron correcta o erróneamente, hicieron lo mejor que pudieron en el contexto de sus historias personales y sus circunstancias.

Rendir honores a lo que creemos que es honorable es una conducta de ceremonia. La dificultad de vivir honrando es que debemos hacerlo “a pesar de”. Y no, no se trata de aguantar maltratos, de resignarse o de obedecer a ciegas. Eso es sumisión, no honra.

La sumisión denigra, la honra enaltece, porque nos obliga a ser lo mejor que podemos ser y ese es el más alto tributo que podemos rendir a la vida, a nuestros ancestros, familia, amigos, compañeros de trabajo, conciudadanos.

La honra es tributo, o se queda en gratitud, nada despreciable por cierto. La gratitud es otra de las grandes cualidades de un alma plena, pero no es lo mismo. Honrar es corresponder a la medida. Si alguien tiene con nosotros un gesto, cualquiera que sea, con la intención de hacernos felices, y lo aceptamos, nuestra obligación entonces es ser felices en lo relativo; cuidar, disfrutar aquello que nos ha sido dado, sin culpas, sin autodevaluación, sin envidia.

Si alguien nos ha hecho un mal, y de ese mal, una vez procesada la autoliberación que representa el perdón, resulta un bien, debemos honrar a esa persona y su aportación a nuestra vida siendo mejores.

Honrar no es una palabra fácil porque encierra uno de esos misterios esotéricos a los que tanta gente huye hoy para no abandonar la superficialidad o tanta otra se apega en busca de huir del dolor, pero no de crecer.

Honrar la vida, la más grande de las honras, es primero SER y, después, ser lo mejor que podemos ser. Ser con mayúsculas es vivenciar, sentir, pues, todo lo que haya que sentir. ¿Qué no todos hacemos eso?, me dirá.

No. Eso es lo que creemos que hacemos. Vivimos en la esfera de los pensamientos, de las creencias; aferrados al pasado y temerosos del futuro; en la dimensión de las emociones descontroladas, reaccionando desde la víscera, desconfiados de nuestros semejantes y pasándoles por encima cuando se puede.

Vivimos en el polo opuesto, en la deshonra para con nosotros mismos, con la vida y con todo aquello que nos sostiene: los otros, el planeta e incluso aquello que como especie hemos creado.

Por eso es que ser una persona honrada es mucho más que actuar de acuerdo con las convenciones éticas y morales de nuestro tiempo y en nuestras circunstancias. Es estar en contacto con la propia alma, existir en vez de estar.
06 Agosto 2016 04:07:48
‘No seas cruel, mándame un guasap’
Nadie duda en el mundo que el ser humano lleva lo malo y lo bueno dentro. Impulsos de violencia y destrucción, así como de ayuda y protección, productos del miedo y del amor, respectivamente. Todos, además, arraigados en el campo neutral de la naturaleza de cualquier ser vivo: el instinto.

Lo cierto es que ambos lados han estado en constante lucha, individual y colectivamente, durante toda la historia de la humanidad.

Creo, porque soy optimista, que los seres humanos nos estamos convirtiendo, hoy aceleradamente, en los seres de plena conciencia a que nos tiene destinados la evolución. En seres de amor.

La ciencia y la tecnología, que nada tienen que ver con lo bueno y lo malo, como no sea en su calidad de instrumentos, han puesto a la mano de cualquiera no sólo los conceptos de autoconocimiento y unidad con nuestros semejantes y nuestro entorno, sino formas de alcanzarlos menos intrincadas que las enigmáticas máximas de los grandes maestros de la espiritualidad.

Pero es cierto también que, hoy más que nunca, proliferan los seres humanos que piensan, sienten y se conducen desde el miedo, expresándose abiertamente porque tienen derecho; expandiéndose porque tienen internet.

Ahora, el motivo por el cual proliferan es muy simple: todas las expresiones del miedo, las que usted quiera, desde cualquier tipo de violencia, hasta la indiferencia y el silencio, están entreveradas con crueldad, es decir, con la acción de causar o presenciar un daño, a otros o a nosotros mismos, con placer morboso.

El morbo es la atracción hacia acontecimientos desagradables, y no podría existir si no hubiera placer de por medio.

Placer pervertido que producido por el malestar o el dolor que causa el castigo, se vuelve crueldad. Es a la crueldad a la que no le importa quién lo hizo, sino quién lo pague.

La crueldad es la hija predilecta del odio, que es a su vez hijo del miedo. Es la gemela malvada de la envidia.

La crueldad se manifiesta en todo ser humano porque tiene dos maneras de arraigar: primero, el instinto de supervivencia, en este caso deformado por la experiencia psíquica, la más común: de ti depende mi seguridad, pero me has hecho daño, por tanto te odio; y segundo la libido, la energía nata que nos mueve irremisiblemente hacia el placer.

Nietzsche decía que “la crueldad es uno de los placeres más antiguos de la humanidad”.

Por eso es que la crueldad está tan presente y obviada en nuestra forma de ver y entender el mundo, de tal manera que difícilmente podemos hacernos conscientes de ella.

Hay incluso quien asegura que la crueldad es un impulso inherente a la naturaleza humana, y que lo que causa placer es la descarga de tal impulso y no la forma en que se manifiesta.

En cualquier caso, no puede negarse que el castigo produce placer, desde el cerebro reptiliano, claro, aquél en que se generan nuestros impulsos negativos. Hacia ahí se dirigen las películas de terror, las imágenes de cadáveres y de animales maltratados.

Ahí nace la necesidad de la burla, el escarnio, el bullying en general. Desde ahí se admira lo mismo a Hitler que a Hannibal Lecter y desde ahí se deja en visto a alguien en el “guasap”, esperando por una respuesta cuya retención se saborea.

Desde el reptil que llevamos dentro surgieron las conquistas, la Inquisición y el Holocausto. En este cerebro nace desde la pederastia hasta un linchamiento.

Pero nadie, nadie acepta su crueldad. Da horror la idea, porque es el peor de los placeres culposos. Qué vergüenza.

Sólo la luz de la conciencia, del autoconocimiento surgido de ella y del desarrollo de las virtudes, una en particular: la caridad, se puede mantener a raya la crueldad humana. No es fácil claro, hay que tener valor para enfrentarse al reptil.
30 Julio 2016 04:08:28
Útil es el nuevo importante
Y es así como en una sola frase genial (epígrafe) Churchill describe cómo es que la humanidad equivocó el camino. La distancia entre ser útil y ser importante es la que hay entre la generosidad y la avaricia.

Para ser útil hay que compartir; para ser importante hay que retener, porque la importancia en el ámbito de la vida materializada consiste en ser más que los demás y, por tanto, en tener más.

Sin embargo, la naturaleza de la avaricia rebasa el paradigma de la desmedida ambición monetaria, porque la “necesidad” de riquezas del hombre no tiene significado por sí misma, sino por lo que se pretende: estatus y poder.

Además de alcanzarlos, hay que mantenerlos, por tanto hay que acumular lo necesario para hacerlo, lo que significa dejar de dar. La avaricia, pues, es una incapacidad total de compartir, que proviene de la insatisfacción, generalmente imaginaria, de las necesidades personales (no podemos dar lo que no tenemos), ligada a la idea de que esto pone al carente en desventaja respecto de los demás, por tanto nace el impulso de ser más, de ser importante. No igual, porque la igualdad tiene sentido sólo para quien quiere ser útil.

El carácter imaginario de la mayoría de las necesidades personales se deriva de la confusión entre deseo y necesidad. Creyendo que lo que se desea es lo que llenará la carencia, se considera, ergo, que se necesita. Así de fácil y de perversa la confusión. Aun peor, ni siquiera sabemos desear para realmente crear. Nuestros deseos son desordenados, constantemente cambiantes y, por tanto, flácidos.

Decía Erich Fromm que “la avaricia es un pozo sin fondo que agota a la persona en un esfuerzo interminable por satisfacer sus necesidades, sin llegar nunca a conseguirlo”.

El avaro, pues, tratando de llenar, tiene que retener y retener, dinero y bienes materiales, sí, pero también afectos, personas e ideas, porque es en estos últimos donde puede encontrar el sentido de su importancia.

Efectivamente el avaro depende del reconocimiento ajeno de su superioridad. Compartir para él sería tanto como darle a los demás la oportunidad de igualarle. Los otros, por su parte, aquellos que le etiquetan como importante, se relacionan con él a partir de las mismas carencias ficticias y el mismo concepto de importancia. En el país de los ciegos el tuerto es rey.

Al final todos dependemos de los otros hasta para ser importantes.

La búsqueda fundamental del avaro no es el dinero que le dará estatus y poder, sino lo que estos representan: reconocimiento, admiración, envidia ajena, todas pompas de jabón que están muy lejos de ser los afectos genuinos que en verdad necesita para subsanar sus carencias reales.

El sentido de la vida del ser humano y su plenitud no están en otra parte que en sus semejantes. Cuando se entienda eso, es decir, cuando se haga consciente, y no sólo se sepa como un postulado ideológico de vanguardia, estaremos en posibilidades de tratar a los demás como queremos ser tratados.

Existe otra cara de la avaricia sumamente desgastante: el miedo a la carencia futura. El avaro vive pobremente por miedo a ser pobre. Vive sobretodo pobre en afectos, es un estreñido emocional, porque cuando se ama la generosidad se impone.

Todos los seres humanos somos susceptibles de confundir deseos con necesidades. De hecho es lo común. Casi todos tememos la carencia futura. Nos encontramos, pues, frecuentemente, al borde de la avaricia, la que, ni duda cabe, excluye la paz, el amor, la alegría y por supuesto la felicidad.

Para evadirla hay que hacer algo que se dice fácil, pero de ninguna manera lo es: confiar en la paradoja milagrosa de la existencia, que consiste en dar y soltar, para que cuando realmente se necesite, haya lo que tenga que haber.

23 Julio 2016 04:07:40
Temporada de huracanes
Como especie y como individuo, el ser humano, considerándose el centro del universo y en aras de satisfacer necesidades ficticias, ha convertido sus mecanismos innatos de supervivencia en armas de destrucción personal y masiva. La más poderosa de ellas es sin lugar a dudas la ira.

Cuando se trata de responder a una amenaza real a la vida o al tormento, se traduce, de ser posible, en un justificado contraataque. Sin embargo, en la vida cotidiana, la ira sigue presente como reacción a un daño o trato injusto por parte de otros.

Y aquí empieza la confusión, porque, en primera instancia, la ofensa puede ser real o imaginaria, pasada o presente,
maltintencionada o negligente, efectivamente grave o hinchada por un ego inflado. Después, la respuesta puede ser sana o desbordada, oportuna o extemporánea, pasiva o
agresiva.

No obstante, lo fundamental es entender que el verdadero problema está en contener la ira sin más o, lo que desafortunadamente es muy común, detener el natural flujo del dolor, almacenándolo, porque en el depósito de la psique este cúmulo se mezcla con el miedo y, a través del tamiz del pensamiento distorsionado por ambos, se sintetizan en ira acumulada, la cual, a su vez, se convierte en conducta autodestructiva.

Cierto es que con este tipo de ira se daña a otros –el mundo está lleno de ejemplos, hoy en día cotidianos, de personajes que han hecho estragos, desde líderes políticos, hasta delincuentes comunes–, pero antes de que ello suceda el iracundo ya ha aniquilado su capacidad de raciocinio y hasta su propia cordura.

Una reacción desde la ira acumulada es como imponerle la fuerza de un huracán a la pequeña llama de la vela de la inteligencia. Llega incluso a ser un estado temporal de locura.

Cada vez más personas en el mundo están iracundas, frecuente o cotidianamente, y la mayoría históricamente. Tras años de ahorrar dolor en la alcancía de la vida, desarrollan un apetito desordenado de venganza que sacian sin distingo.

El mayor riesgo de la ira es que puede ser adictiva: genera adrenalina y noradrenalina, dos neurotransmisores a los que pueden aficionarse fácilmente quienes gustan de la euforia. El mayor peligro consiste en que es sumamente inflamable, manipulable y contagiosa, de tal manera que cunde hasta por contacto cibernético.

En cualquier caso, el resultado de su manifestación va desde la violencia intrafamiliar hasta los crímenes de lesa humanidad: genocidio, exterminio, desplazamiento forzado, trata de personas, persecución por motivos raciales, sexuales, ideológicos y
políticos, entre otros.

Es importante señalar que la ira puede ser agresiva o pasiva. La primera deriva en violencia y es menos perniciosa que la segunda, porque siempre se pone en evidencia; mientras que la otra se oculta en
desapasionamiento, apatía, derrotismo, evasión. El agresivo grita, insulta, golpea; el pasivo desprecia, ignora, chantajea.

Cualquiera que sea el caso, la ira siempre es necia, porque carece de capacidad para razonar. Por eso su rasgo más sobresaliente es la inflexibilidad. Los porfiados –tercos en su dictamen y parecer– son iracundos patológicos.

Hay consenso en que una respuesta sana en un episodio de ira debe ser oportuna, expresada con una protesta enérgica pero controlada, que incluya una formulación sucinta y precisa de la ofensa recibida, imaginaria o real esta última.

Prácticamente hay que ser budista, por eso tal respuesta está aún lejos de ser común. Es producto, primero, del autoconocimiento; después, de un aprendizaje. La buena noticia es que el budismo está al alcance de todos: respire profundamente, camine de manera consciente, sienta y acepte la ira como suya, abrácela, cuestione sus percepciones.

Y recuerde, si alguien le quema la casa, lo urgente es apagar el fuego, no ir tras el pirómano.
16 Julio 2016 04:03:59
Si está hinchado, no está sano
¡Ah, la soberbia! La más costosa de las malas actitudes del ser humano. Tanto, que le arrebató el Paraíso. El significado del hecho o la parábola, como quiera verse, de perder la gracia divina, no es otro que el extravío del gran propósito de la vida: trascenderse a sí mismo.

No se va, sin embargo, el impulso de hacerlo, pues es parte de la naturaleza humana, pero se confunde trascender con perdurar cuando se carece de una conciencia de existir más allá de lo inmediato y lo material, en un orden cósmico donde todo se sincroniza y cobra sentido. Desde lo que hoy llamamos espiritualidad o desde la física cuántica, esta es una forma generalizada de describir la gracia divina.

Tenemos hijos, inventamos cosas, hacemos arte, política, guerra y religión, con el recóndito propósito de ser recordados, como si eso pudiera llevarnos más allá de nosotros mismos.

Tal confusión deriva de otra aún más perniciosa: se cree que saber es tener conciencia. El saber es acumular información; la conciencia se experimenta como un proceso extra lógico. El primero es pensamiento, la segunda lo rebasa.

En la conciencia está la clave de la trascendencia; en el saber sin conciencia, la morada de la soberbia: un exagerado aprecio de los propios méritos, que nos lleva a creer que merecemos más; mezclado con una desmedida atención en los defectos ajenos, que nos hace pensar que los demás merecen menos.

Atrás de esta forma de ver el mundo hay una emoción raíz: el miedo. En este caso a la visión de sí mismo, porque se cree que no hay horror más grande que conocerse. Se niega la propia oscuridad y se proyecta en otros, para existir con la luz artificial de la soberbia.

El resultado: defectos más notorios que los queremos ocultar, como presunción, ostentación, altanería, codicia, hipocresía, simulación, deslealtad y necedad. Sin ir tan lejos, en la vida cotidiana la soberbia menos notoria, pero no menos dañina, es la que intenta obtener de las personas las virtudes que no tienen y desdeña las que sí poseen.

Vivir intentando cambiar al otro para que “sea mejor” no es otra cosa que soberbia, y la verdadera motivación nunca es el bien de aquel o aquella, sino el propio.

La respuesta del otro se producirá, por supuesto, desde la soberbia, y ambos se sentirán ofendidos.

Ahora bien, no es lo mismo intentar cambiar a alguien que poner límites para evitar el abuso, lo cual simplemente significa que no se admitirán determinadas actitudes y conductas destructivas en la relación. Será responsabilidad del otro saber qué hacer con ellas.

Ya lo dice una popularizada frase: “cambio es lo que tiene que realizar el otro para que yo sea feliz”, porque, agregaríamos, “yo estoy bien y tú estás mal”. Que levante la mano quien realmente acepta a los demás tal cual son.

Y aunque este grado de soberbia es menos monstruoso que el de la necedad, la altanería o la ostentación, es el más extendido.

Así se relacionan tanto los individuos como las naciones. De este deseo aparentemente inocuo surgen la demagogia, el maltrato, la violencia, la guerra, la opresión. En alguna parte de la mente distorsionada por la soberbia se cree que sólo se trasciende si se es superior a los otros.

Y efectivamente, la trascendencia está en la soberbia, pero no en su mandato, sino en su destitución. Trascenderse a uno mismo es ir más allá de todo lo que nos limita: las emociones negativas, los pensamientos distorsionados y sus manifestaciones, llámeles defectos o malas actitudes.

Destituir a la soberbia y a cualquier otro monstruillo interno no consiste en negarlos o siquiera combatirlos. Se trata de aceptarlos, mirar qué hay en el polo opuesto (siempre virtud) y emprender el camino hacia allá.

09 Julio 2016 04:07:18
El virus más letal
De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española, prejuicio es una opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal. Es, pues, el resultado de un proceso mental de formación de un concepto anticipado que distorsiona la percepción. Y es contagioso, no lo dude. Una vez lanzado, un prejuicio se esparce como un virus, el más letal, pues mata la capacidad de razonar.

No hay vacuna ni medicamento. Decía Tyron Edwards, destacado escritor y teólogo estadunidense de finales del siglo antepasado: “Los prejuicios son superados raramente por el razonamiento, pues no estando fundados en la razón, (por lo tanto) no pueden ser destruidos por la lógica”. Como cualquier virus, tienen un ciclo de vida. Mueren solos. Pero mientras viven, dañan severamente al individuo y a la sociedad.

La vida de algunos de estos virus es muy larga. Tras milenios de civilización, el mundo no ha podido liberarse aún de los prejuicios raciales, religiosos, clasistas e ideológicos. Otros viven menos, pero ninguno vive poco. Son resistentes y longevos. Y cada día surgen nuevos o resurgen algunos que se creían erradicados.

Son sigilosos, tanto, que algunas personas creen que están pensando cuando en realidad están reordenando sus prejuicios. Son retrógrados, pues están más lejos de la verdad que la ignorancia misma. Son alienantes, porque la epidemia puede ser aprovechada por uno de los portadores en beneficio propio.

Mire usted el peligro de los prejuicios en esta cita de Joseph Goebbels: “Por regla general, la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales; se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas”.

En nuestro tiempo, nuestro país, nuestra democracia, este concepto de Goebbels se puede traducir en, por ejemplo: “los políticos siempre son rateros”, “todos los sacerdotes son pederastas”, “los empresarios nunca pagan impuestos”, “ningún gobierno, jamás, funciona”. Sí, uno de los efectos inmediatos de un prejuicio es la generalización. El prejuicio opera con base en: siempre, jamás, nunca, todos…

Puede tratarse de una generalización focalizada: “todos los políticos del partido… son tramposos y ladrones” o “todos los gobiernos del partido… son corruptos”. Por eso es que en la política, y particularmente en las contiendas electorales, el prejuicio es el que manda.

Manda también en la vida cotidiana, cuando, por ejemplo, se le dice a la pareja: “tú siempre haces lo mismo”, “tú nunca cambiarás”.

Ahora bien, ¿por qué se percibe así el mundo? Bueno, la función mental de prejuzgar ha venido siendo estudiada desde 1920. La teoría más avanzada señala que la mente humana debe pensar con ayuda de categorías, que una vez formadas son la base del prejuicio, pues todo aquello que se percibe es categorizado.

No se puede evadir este proceso. La vida ordenada depende de ello. Pero hay que trascenderlo, porque se trata sólo de un comienzo. A la percepción y categorización debe seguir un análisis para, en primera instancia, saber si se ha categorizado correctamente y, después, un razonamiento deductivo que nos lleve de lo general a lo particular. La verdad siempre es particular. Los axiomas sólo son una forma de dar orden al mundo y al universo. De ahí la fragilidad de las verdades absolutas.

Para hacer un análisis y un razonamiento deductivo válidos, el primer requisito es encontrar y aislar la emoción tras el prejuicio, de lo contrario terminaremos simplemente justificándolo y cambiándole el nombre.

Efectivamente, el prejuicio no es sólo una opinión. Es la progenie de las emociones negativas; todas, por cierto, derivadas del miedo como envidia, odio, abominación, desprecio.

Durante este proceso debemos estar además muy alertas, pues el prejuicio tratará de apabullarnos con dificultades inexistentes, ayudado por la pereza mental, la más perniciosa, para hacernos cejar en nuestro intento.
02 Julio 2016 04:08:26
Para desperezarse
Los perezosos socialmente reconocidos, por patológicos, no son más que la punta del iceberg. Debajo la masa es inmensa. A la mayoría de los seres humanos, en algún área de la vida, en algún momento, les asalta la pereza.

Y esto es porque, más allá del defecto o del pecado capital, la pereza es producto de la pérdida de motivación, por un presente rechazado y un futuro poco atractivo en relación con lo que exige. El “tengo que…”, en lugar del “quiero…” desinfla, porque en la psique la obligación está peleada con la elección.

En estas circunstancias se vive el día a día sin siquiera voltear a mirarlo. Se busca sólo la satisfacción inmediata y el placer, fácil en el mundo actual, para que existir sea menos tedioso, para evadir el deber y sustraerse temporalmente de lo que no se quiere hacer.

Se arriba así al sillón del mínimo esfuerzo, la pereza más extendida hoy en día, que introduce al cómodo mundo de vivir a medias: nada se termina o todo se mal termina.

Daniel Kahneman, autor del epígrafe, dice: “Una ley general del mínimo esfuerzo rige en la actividad tanto cognitiva como física. La ley establece que si hay varias formas de lograr el mismo objetivo, el individuo gravitará finalmente hacia la pauta de acción menos exigente”.

Las personas perezosas se vuelven, total o parcialmente, negligentes, descuidadas y aun omisas en sus obligaciones; lerdas en lo indispensable. Postergan y pierden la capacidad de discernir entre lo urgente, lo importante y lo prioritario, de manera que la desorganización, la falta de tiempo para completar tareas y la indisciplina se apoderan de su vida.

Las consecuencias son tristeza y depresión patológicas. Nada requiere menos esfuerzo que deprimirse. Antiguamente, se denominaba a la pereza acedía o acidia, concepto más amplio que tenía que ver con estos dos padecimientos.

Cuando, paradójicamente, logran vencer este estado mental y anímico, visualizando unas vacaciones o una jubilación, por ejemplo, trabajan para irse a tirar a la playa una semana entera, en el primer caso, o para quedarse en casa, levantarse tarde y no hacer nada, en el segundo. Es decir, se esfuerzan con miras a la pereza futura, que no es lo mismo que el descanso.

El problema del descanso futuro es que se desea desde el cansancio del momento. Cuando llega la oportunidad, uno puede darse cuenta de que no lo necesita o que requiere menos del que pensaba.

La pereza, por el contrario, es ilimitada, crece, engorda y llega a pesar tanto que inmoviliza. A la tristeza y la depresión se suman el reproche interno, el autoabandono, la insatisfacción, la frustración, entre otras emociones negativas y paralizantes.

El perezoso cesa de adquirir conocimiento y habilidades, porque estas son resultado de la acción, de la disciplina, del esfuerzo. Se estanca. Se embota. Se vuelve mediocre y ni cuenta se da.

Ante este panorama, es claro que desperezarse requiere más que estirarse por las mañanas. Para hacerlo hay que vencer una tendencia inherente al ser humano e ir en contra de pautas culturales que desvaloran el esfuerzo.

Lo primero que hay que tener en cuenta es que las recompensas y las satisfacciones no están en la meta, sino en el recorrido, es decir, en el esfuerzo. Hay que encontrar placer en esforzarse.

El esfuerzo es simplemente el gasto de energía que debe hacerse para lograr un objetivo, no el quehacer sufrido y tedioso que se tiene en mente. A mayor resistencia ante un “tengo que…”, mayor esfuerzo se requerirá.

Sí, la clave para transformar la psicología de la pereza y vencerla está en aceptar plenamente que hay que hacer lo que hay que hacer. Lo hago porque “quiero…”, y esto disminuye el esfuerzo. Menor esfuerzo no es lo mismo que mínimo esfuerzo.
25 Junio 2016 04:08:11
El que esté libre, que tire la primera piedra
La envidia es como el “traje nuevo del emperador”, cuando la traemos puesta, en realidad estamos desnudos y todo mundo se da cuenta, excepto nosotros.

Aunque sea odiosa, es natural e inherente a la naturaleza humana. Se vuelve destructiva cuando la negamos o la ocultamos, porque entonces, subrepticiamente, toma el poder. Se convierte, en cambio, en una guía de transformación para nosotros cuando la encaramos. No hay virtud sin defecto.

La envidia, dice el diccionario, es el deseo de algo que no se posee. Su origen, pues, es la carencia, y ese es el problema: los seres humanos no nos estamos educando para autosubsanar nuestras carencias, de manera que le exigimos a los demás que lo hagan, y así es como cedemos el control de nuestra vida.

De hecho, ni siquiera somos capaces de distinguir nuestras carencias imaginarias de las reales. Cuando sepamos la diferencia recuperaremos el autodominio, y eso sólo puede hacerse viendo a la envidia de frente, reconociéndola, siguiéndole el rastro para ver a dónde, dentro de nosotros, nos lleva.

Encontraremos que nos corroe el alma, porque el deseo del que se nutre es mucho más perverso que el del diccionario: la envidia cree firmemente que aquello de lo que carecemos lo tiene inmerecidamente otro, y entonces lo odiamos, deseamos que lo pierda y hacemos algo al respecto.

En lugar de bendecir lo que tenemos para merecer más, lo maldecimos. Decía Víctor Hugo que el envidioso es un ingrato que detesta la luz que le alumbra y lo calienta.

El envidia se alimenta de la intensa emoción negativa que nos causan los “no voy a poder” y, por tanto, nos impide movernos hacia la satisfacción y la realización que sólo pueden provenir del autoconocimiento.

No es fácil la tarea, la envidia propia es tan horrorosa que antes de enfrentarnos a ella preferimos hacer a los demás igual de infelices que nosotros. Vamos por el mundo criticando, instigando, injuriando, engañando, desdeñando, agrediendo, dominando, reprimiendo, burlándonos, difamando, vengándonos. Y eso sólo a escala individual.

La envidia socializa, le encanta la compañía. Dice José Luis Cano Gil, psicoterapeuta y escritor: “En lo sociopolítico su influencia es determinante. Por ejemplo, la envidia masculina del poder sexual, emocional y procreador de las mujeres alimenta el machismo. La envidia de la fuerza y despreocupación del varón alimenta el feminismo… La envidia de los ricos fomenta sus luchas intestinas… La envidia sexual es el combustible del morbo y la pornografía. La envidia económica desenfrena el motor consumista”.

Y después de leer esto, dígame usted si el mundo no está gobernado por la envidia. Piense en otro ejemplo, muy común en el México de nuestros días: la protesta social, presencial o virtual, sana y necesaria para robustecer la democracia. Sin embargo, realizada con violencia, vandalismo, odio, insulto, inflexibilidad, agresión y falta de respeto al derecho ajeno en aras de imponer por la fuerza el propio, es dañina para todos, excepto para los manipuladores que han azuzado la envidia ajena en beneficio propio.

La envidia sólo se cura dejando de culpar a los demás de nuestras carencias para hacernos responsables de ellas nosotros mismos, empezando por discernir entre las imaginarias y las reales. Las primeras son más difíciles de subsanar, pero son la fuente de la envidia.

Si usted es de los que se pregunta con escepticismo: ¿y yo qué puedo hacer por México o por el mundo? Sépalo: quítele poder a la envidia… y no, por favor, no me diga que no es envidioso. Quien no envidia no es humano.

Cuando la envidia pierda terreno tendremos un mundo mejor, en el que se privilegien las virtudes y los valores; porque, eso sí, ahí donde la envidia campea no hay lugar para buenas intenciones, sólo para la simulación.
18 Junio 2016 04:07:23
Dignidad, el derecho y el deber
El término dignidad le otorga a todo ser humano un sentido profundo de la propia valía y de su naturaleza potencialmente benévola, en cualquiera de sus dos acepciones: como cualidad inherente a la existencia o como reconocimiento al desarrollo individual.

Dignidad humana y dignidad personal. En ambos casos, aquella condición que nos hace respetables y, por tanto, nos pone a salvaguarda de cualquier daño intencional (nadie que realmente nos respete podrá atacarnos). De ahí la inmensa importancia de la palabra respeto: es seguridad, libertad y aprecio, entre otras ventajas que todos deseamos para nuestras vidas.

El concepto de dignidad humana nace del de dignidad personal, como una extensión de su significado primario: cualidad de la cosa que merece respeto. Lo que realmente cambió fue el enfoque de merecimiento. Antes, el mérito era propio. Dignos eran los hombres (y casi exclusivamente los hombres) de mente desarrollada, condición social favorable, actividad destacada o raza superior, aunque, a excepción de los primeros, fueran mezquinos e idiotas.

En la era de los derechos humanos, cualquier persona, de cualquier edad, sexo, raza, condición social, creencia o estatus socioeconómico es digna. Jurídicamente, la dignidad es el continente de todos los demás derechos humanos y es inherente a la existencia.

La dignidad humana es el presupuesto para la consecución de una verdadera emancipación y pacificación del mundo. Pero, al fin y al cabo, sólo un presupuesto. Es decir, si se trata de un derecho, tenemos la obligación no sólo de defenderlo, sino de ejercerlo.

Y para ejercerlo tenemos que desarrollar la dignidad personal, a la que hoy en día el consenso ha despojado de pompa y boato, para restringirla al crecimiento y la autonomía mental, emocional y aun espiritual, a nivel individual y social.

Ante esta exigencia del mundo en la actualidad, legal y fáctica, conceptos como ética, moral, virtudes, valores y principios, adquieren nuevas dimensiones, peso y significado.

El crecimiento que requiere ser digno nos impone hoy la obligación de ser solidarios, leales, honrados, disciplinados, responsables, comprometidos, optimistas, generosos, tolerantes, justos, equitativos. En general, virtuosos y conducidos por valores.

La autonomía que la dignidad implica es una fórmula muy simple en cualquier relación interpersonal, misma que por supuesto impacta finalmente en nuestra sociedad y forma de gobierno: si no estás dispuesto a dar lo que te piden, no tomes lo que te ofrecen.

Pierdes autonomía cuando tomas lo que te ofrecen sabiendo que lo que harás a cambio está mal, aunque compense, porque en la dignidad no hay negociación con la ética, o cuando de antemano sabes que no darás, porque en la dignidad no hay negociación con la equidad.

Pierdes autonomía cuando te sientes merecedor de todo y otorgador de nada, de manera que crees que obtendrás lo que quieres o necesitas sin retribución.

Ganas autonomía, en cambio, cuando das y recibes justamente, vives y dejas vivir, respetas todas las opiniones, actúas de acuerdo con tus valores y te preocupas y ocupas de tus semejantes. No hay autonomía sin otro que te la valide enfrente.

Con crecimiento y autonomía personales, hay dignidad cuando, más allá del derecho humano, dejamos de permitirle a otros que manipulen nuestras emociones, manifiestas o contenidas, para sus fines personales. La indignación moral, decía Marshall McLuhan, es la estrategia tipo para dotar al idiota de dignidad.

Hay dignidad cuando nos convertimos en personas que actúan como queremos que actúen los demás, en la calle, en nuestras casas, en los lugares públicos, en la oficina y en el Gobierno.

La dignidad, pues, es un presupuesto que hay que realizar, un potencial que hay que desarrollar, y por ello el PRI se renueva y cambia constantemente: para ser digno de la confianza y el respeto de los mexicanos; para gobernar con todo lo que implica la dignidad.

11 Junio 2016 04:08:09
Que no cunda el pánico
En circunstancias normales, todos los seres humanos deseamos las más propicias condiciones de desarrollo, las mayores ventajas económicas, políticas, educativas y culturales para tener y ser lo mejor que podamos. Casi todos creemos que el Gobierno es el único responsable de proveérnoslas, porque quienes nos gobiernan hoy nos las prometieron antes. Muchos las exigimos, otros tantos sólo nos quejamos, pero únicamente esperamos, y a veces nos pasamos la vida esperando.

Y sí, la idea de los seres humanos en sociedad, organizándose en un territorio, un estado, un sistema de gobierno y un régimen legal, hoy en día va más allá del Leviatán de la supervivencia. En la era de los derechos humanos, la finalidad del colectivo es el mayor bienestar posible para el mayor número posible.

Pero hoy, también, este nuevo concepto involucra activamente factores olvidados o cuando menos considerados pasivos durante milenios en la historia de la humanidad: la responsabilidad individual en el bienestar social; la importancia del desarrollo interior para transformar el exterior; el rescate de lo que los filósofos griegos tanto nos advirtieron que sería necesario para ser felices y buenos ciudadanos: las virtudes, cualidades personales, convertidas en valores, parámetros sociales, y en principios, bases para gobernar.

Así, pues, todo empieza por el individuo que, interactuando con otros, se beneficia o se perjudica a sí mismo y a los demás. Dependiendo de cómo estamos por dentro nos relacionamos, y estas relaciones determinan también, en parte, lo que nos sucede interiormente.

Afortunadamente, sólo en parte y nada definitivo, porque la esencia de la naturaleza humana es la conciencia, siempre cambiante, y la coronación del desarrollo personal a través de ésta es la virtud de las virtudes, la que nos permitirá alcanzar todo lo que queramos haya o no alrededor lo que necesitamos: la ecuanimidad.

Una mente sosegada ante cualquier dificultad, ante cualquier situación adversa, por grave que sea, nos dará la posibilidad de responder siempre correctamente, de la manera más sana y conveniente para nosotros y los demás. Una mente templada, que pondere y frene hasta nuestros más extremos arrebatos y pasiones, nos permitirá tomar las riendas cuando el pánico cunda, mantenernos optimistas cuando el desánimo se contagie, ver objetivamente tanto las pérdidas como las ganancias. Ni exultantes ni derrotados, ni maniacos ni deprimidos, ni indiferentes ni histéricos.

La verdadera objetividad depende totalmente de la ecuanimidad. Las decisiones acertadas, derivadas de las apreciaciones imparciales, sólo son producto de la ecuanimidad, que proviene del equilibrio interior, de la estabilidad emocional, de la templanza.

La ecuanimidad es la virtud de las virtudes porque es el resultado de haber desarrollado todas las demás, para llegar a la paz y la quietud mental que permiten manifestar acertada y asertivamente la personalidad al exterior, en nuestras relaciones con los otros y con nuestro entorno, en beneficio de todos.

Hay ecuanimidad cuando uno no se aferra a lo agradable ni magnifica lo desagradable; cuando se acepta lo que no se puede cambiar, pero se es suficientemente proactivo para transformar aquello que sí puede ser cambiado y, sobre todo, cuando se discierne claramente la diferencia. La humanidad ha demandado durante toda su historia este estado emocional y mental en sus gobernantes. Incluso lo ha idealizado. Por algo se le decía a los príncipes su Alteza Serenísima o Su Serenidad. La ecuanimidad es la mejor y más deseable virtud en los líderes, y cada uno de nosotros somos líderes de nuestra propia vida; es decir, estamos a la cabeza de las decisiones sobre nuestro propio destino.

El Partido Revolucionario Institucional no sólo está empeñado en formar buenos líderes, ecuánimes, sino en hacer de cada mexicano un buen líder, para que juntos, corresponsablemente, tomemos las mejores decisiones y actuemos en consecuencia. Juntos hacemos más porque los líderes no siempre tienen que competir entre sí, sino cooperar, colaborar.
04 Junio 2016 04:05:05
Ante todo, gobernabilidad
En el Gobierno, o fuera de él, la gobernabilidad es no sólo la prioridad del PRI, sino la nueva forma de hacer política, de sumar voluntades y pactar alianzas, porque nuestra meta principal es fortalecer las instituciones de la democracia con orden y al menor costo social posible.

De ahí las palabras de nuestro dirigente nacional, Manlio Fabio Beltrones: “Lo que debemos procurar los partidos y los aliados políticos es intentar un triunfo electoral, pero de no ser así, tenemos que aspirar a que se garantice la gobernabilidad y que salga ganando la democracia. Apostarle solamente a ganar sería perder en buena parte la ruta de lo que nos estamos jugando en estas elecciones”.

Y para que estas afirmaciones no suenen huecas y parezcan un recurso retórico más, he de explicar las implicaciones de ambos términos: gobernabilidad y democracia. De cuyo dimensionamiento, además, puede inferirse el amplio y profundo sentido de nuestro lema: juntos hacemos más.

El significado de la democracia –gobierno del pueblo— se ha mantenido incólume durante 2 mil 500 años, no así las formas de ejercerla, fortalecerla y mantenerla. Si en la antigua Grecia la calidad de ciudadano, único facultado para ser “pueblo”, era accesible sólo para unos cuantos, en la actualidad, la era de los derechos humanos es prerrogativa de todo ser humano.

Y es así como se complicaron las cosas. En un mundo cada vez más diverso, informado, tecnológicamente avanzado, de grandes contrastes y novedosas formas de seguir abusando unos de otros, pero en el que cada habitante, sin importar su condición, tiene universalmente garantizados sus derechos humanos, aun cuando sus autoridades o sus semejantes le impidan ejercerlos, la democracia sigue siendo el mejor
sistema de gobierno… y el más difícil.

La democracia de la nueva era, la del siglo 21, tiende en la conciencia humana a ir más allá de las elecciones y los acuerdos entre los principales actores políticos y económicos de una nación. Hoy tiene su principal sustento en la madurez de la sociedad civil en su conjunto.

De ahí que la democracia dependa hoy de la gobernabilidad, cualidad de los sistemas sociales y no de su gobierno. La gobernabilidad no es, como se ha venido entendiendo coloquialmente, tener a todo mundo contento. No porque haya disidencia y aun descontento, por grande que sea, deja de haber gobernabilidad.

La gobernabilidad es de hecho un orden institucional plural, conflictivo y abierto, al cual le es inherente la alternancia, pero cuya virtud es una capacidad suficiente de autoridad, gestión eficiente y eficaz del Gobierno frente a otros poderes y a la sociedad misma, justamente porque toda disidencia y todo descontento pueden ser expuestos y resueltos.

Requiere, por ello, un conjunto de condiciones favorables para la acción gubernamental, que por supuesto tiene que ver con el nivel de satisfacción de la población, pero mucho más con el involucramiento y participación de todos los sectores sociales para obtener lo que desean y se han propuesto. Si nos sentamos a esperar que nos lo resuelvan todo, nunca estaremos satisfechos.

Es responsabilidad del Gobierno, sí, crear los espacios, los medios y las formas, para tal involucramiento y participación. A la sociedad le toca usarlos.

Corresponsabilidad es la palabra clave, de principio a fin, lo que incluye por supuesto los resultados. Si negamos que en éstos tenemos parte los ciudadanos, con acción o inacción, estaremos ficticiamente ubicándonos fuera de la democracia y mermando la gobernabilidad. Ningún partido, ningún gobierno, entonces, tendrán la oportunidad de hacer las cosas lo mejor que pueden, porque eso sólo se logra con una sociedad
que actúa como quiere actúe su gobierno, no al revés.

Esa es la sociedad a la que el PRI aspira, a la que convoca y por la que trabaja.
28 Mayo 2016 04:05:29
Renovarse o morir
Ante la notoria necesidad del cambio, en toda nación se presentan dos tendencias sociales en pugna: al progreso y a la regresión. Dos posibilidades: resolver los problemas pensando de la misma forma que cuando surgieron o abrir la mente a otras posibilidades.

Una encrucijada: perder el tiempo tratando de reconstruir lo que ya no se tiene y en lo que, por supuesto, no se puede fincar un futuro, o innovar, es decir, ser creativos y propositivos, desarrollar nuevas habilidades, cambiar de opinión, aceptar lo que pugna por ser reconocido y hacer las cosas de forma diferente.

La respuesta correcta parece obvia. Desafortunadamente no lo es: el cambio para bien siempre produce temor, porque estamos aferrados a lo que tenemos, aunque no sea lo que queremos, y porque el horizonte de lo que tendremos está fuera de la vista.

Sin embargo, la única constante en el universo es el cambio. No podemos resistirlo durante mucho tiempo. Lo mejor es que al llegar nos encuentre preparados. Como dijera Andre Gide, premio Nobel de Literatura: el hombre no puede descubrir nuevos océanos a menos que tenga el coraje de perder de vista la costa. ¿Cómo adquirir ese coraje? Desarrollando inteligencia social, aquella que nos une a los otros para constituirnos en un colectivo y dejar de ser un simple conglomerado. Si quieres llegar rápido, camina solo, si quieres llegar lejos, camina en grupo.

Juntos hacemos más, juntos podemos innovar sin temor, compartiendo nuestras fortalezas, y juntos llegaremos lejos. Esa es la propuesta del PRI para México y una de las mejores razones para votar por el partido el próximo domingo 5 de junio. Innovando haremos que las cosas buenas sucedan. Aferrándonos a ideales caducos, generalmente presentes con la careta del populismo, seguirán sucediendo las mismas.

Somos el partido más importante en la historia de México y seguimos prevaleciendo, en una democracia de ciudadanos hoy más críticos y participativos que nunca. Lo somos, aunque se enojen nuestros detractores, porque así lo ha decidido la mayoría de los mexicanos.

Nos hemos renovado constantemente. Sabemos la importancia que tiene la innovación para el progreso. En muchos sexenios no se había visto la cantidad y la magnitud de las reformas constitucionales que se han producido durante el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto. Ni siquiera en el periodo de alternancia. A principios del siglo pasado el PRI unificó grupos y tendencias para producir grandes transformaciones. Hoy queremos unificar a todos los mexicanos para modernizar al país.

El presidente del Comité Ejecutivo Nacional, Manlio Fabio Beltrones, nos ha convocado a diseñar el PRI del siglo 21.

Para ello nos estamos acercando más que nunca a los jóvenes, porque son los motores de la innovación, y hemos incorporado, más que ningún otro partido y como en ningún otro periodo de la historia del país, el talento de las mujeres al quehacer político, más allá de las cuotas de género, en condiciones de igualdad en toda la estructura partidista y todas las instancias donde participamos.

Hoy innovamos impulsando un cambio de conciencia social, para que predominen los valores por encima de los intereses, y haciendo al interior del partido lo pertinente para dar ejemplo, depurándonos de cara a la sociedad.

Hoy innovamos políticamente con candidaturas de simpatizantes del partido y, para fortalecer nuestra democracia más allá de las elecciones, abanderamos la propuesta de internet para todos, como un derecho fundamental, una poderosa herramienta para la educación y el medio más accesible para que los ciudadanos escruten el ejercicio gubernamental. Se trata de que todos los mexicanos puedan integrarse a la era digital.

La unidad en la inclusión, así es como somos más fuertes, así es como renovaremos a México.
21 Mayo 2016 04:06:50
El precio de la deslealtad
La deslealtad es inadmisible porque quebranta la confianza, defrauda a las personas y afecta a todos cuantos nos rodean.

Sin lealtad no somos nada para nadie, porque nadie querrá relacionarse profunda y genuinamente con quien puede darle la espalda en cualquier momento.

La lealtad es nuestra aportación básica más importante a cualquier colectivo, empezando por la propia familia. La lealtad a nosotros mismos es el comienzo, porque es resultado de un discernimiento para elegir lo que es correcto.

El egocentrismo, la codicia y la ambición de poder, entre otras cadenas que aprisionan al ser humano, no pueden servirse de la lealtad. Son antípodas. Simular que estas motivaciones no están detrás de nuestras conductas no es suficiente, porque al final el resultado invariable será la traición.

No obstante ser campo fértil para el oportunismo político, que resulta siempre en deslealtad, los partidos políticos, cualesquiera que sean, se sostienen sólo por la lealtad de sus militantes y, por supuesto, de sus votantes en general. Ambos, claro está, tienen derecho a cambiar de opinión y de partido. La lealtad no es esclavitud.

Los votantes simplemente podrán emitir su sufragio por otra institución política, los militantes, en cambio, están obligados a actuar conforme a los estatutos, y cualquier partido establece en ellos obligaciones que se traducen en lealtad y sanciona la deslealtad. No pocos son los casos de ciudadanos que dejan un partido y se afilian a otro de la manera correcta.

Es indudable que en el PRI, históricamente y de todos conocido, se privilegia la lealtad no sólo como el cimiento de la organización, sino como uno de los principales valores de acción partidista.

Nuestros cuadros, quienes aspiran y se preparan para acceder a cargos de elección popular, tienen aún mayores obligaciones, porque su deslealtad al partido se traduce en deslealtad con sus electores.

Los estatutos del Partido, en el Artículo 60, establecen que tienen, entre otras obligaciones, las de ratificar públicamente su militancia y compromiso partidista y promover la defensa de los intereses del PRI en el desarrollo de los procesos electorales en que participen. Ambas, muestras de lealtad.

Exactamente lo opuesto a lo que hicieron en Tamaulipas tres candidatos, a quienes se les canceló el registro y se les suspendieron sus derechos partidistas, pues de acuerdo con el Artículo 63 estatutario pierde su militancia quien apoye públicamente o realice labores de proselitismo a favor de un candidato de otro partido político, salvo en el caso de coaliciones o alianzas.

El PRI es leal con México, pero está obligado especialmente con sus bases y sus votantes, con aquellos que eligen nuestra plataforma electoral y apoyan nuestro programa de acción mostrando su adhesión a un candidato en particular, de manera que éste no puede, sin cometer traición al partido y a sus electores, pronunciarse ni en privado ni públicamente por un candidato de otro partido.

Desafortunadamente, estas situaciones son inevitables, porque independientemente de que sea deseable y aun constituya una condición para pertenecer a un partido, la lealtad es finalmente una cuestión de libre albedrío. Una vez que se obliga a alguien, ya no se puede obtener su lealtad.

La de estos tres excandidatos es el tipo de deslealtad que no merece México. En lo sucedido en Tamaulipas no hubo ni compra ni coacción de lealtades. La lealtad no puede venderse ni cederse. Siempre va por el camino recto. No todo apoyo es lealtad.

Lo que hicieron fue violentar la voluntad de sus votantes al intentar vender su sufragio. Lo que hizo quien quiso comprar o coaccionar dicho apoyo fue faltarle el respeto a sus electores y a todos los tamaulipecos, porque trató de empañar el proceso.

En este caso, ni quien vende o cede, ni quien compra o coacciona, conocen de lealtad.
14 Mayo 2016 04:07:09
El factor humano
En la segunda mitad del siglo pasado, cuando se comprendió que el crecimiento económico de los países no se reflejaba necesariamente en bienestar para la población, se trasladó el enfoque del desarrollo al factor humano y se acuñó un término para abrir una nueva vía al progreso: capital social, variable que mide la colaboración entre los diferentes grupos de un colectivo.

En la década de los 80 diversos países realizaron prácticas, no pocas de ellas exitosas, de formación de capital social en pequeñas comunidades, a través de aspectos organizativos, pero no se extendieron y la idea perdió fuerza, principalmente porque se desvirtuó su esencia, originada en la pedagogía a principios del siglo 20: crear conciencia social.

Si bien al término capital social su tecnicismo lo dejó sin sustento, el enfoque en el factor humano predominó y el concepto de conciencia social ganó terreno, hasta evolucionar incluso al de conciencia democrática. Hoy se hace más que nunca evidente que es la acción ciudadana, organizada y orientada al beneficio de la colectividad, es decir, hacer algo por los demás, la que puede producir el verdadero desarrollo.

De ahí que juntos hacemos más. No es sólo un lema: es la apuesta del PRI. No es una simple convocatoria, es un compromiso con el cambio de conciencia de los mexicanos, que hoy exigen a los partidos políticos transformarse para ser representativos de los nuevos ciudadanos, conscientes de que la eficacia de un gobierno no depende de las elecciones sino del el involucramiento de la sociedad en el ejercicio de gobierno; ciudadanos que transforman su entorno a través de organizaciones civiles cada vez más comprometidas y especializadas.

Es por ello que hemos abierto espacios para que todo mexicano pueda sentirse representado; hemos actuado con transparencia para ser confiables y estamos fomentando la recuperación de nuestros valores colectivos para coadyuvar a la formación de ciudadanos solidarios entre sí e involucrados en el ejercicio de gobierno.

En congruencia, somos el único partido en la presente contienda electoral que ha cancelado el registro y suspendido derechos partidistas a candidatos por vincularse con el crimen organizado. Hoy preferimos, como dijo nuestro dirigente nacional, perderlos que darle un voto a los malos.

Los ciudadanos somos la conciencia y el cuerpo del país. Si queremos un México que se desarrolle sanamente ya no podemos darnos el lujo de ser simples espectadores, juzgando con enojo y ofendiendo, a falta de argumentos, al Gobierno, cualquiera que sea su origen partidista, olvidando, más por conveniencia que por ignorancia, los beneficios que nos ha traído aquello que tanto censuramos, como la comodidad de no tener que hacer nada para mejorar las cosas.

La oferta del PRI, hoy, es privilegiar la formación de conciencia social convirtiéndonos, ante todo, en un partido confiable, porque es la confianza, no sólo en la institución política, sino entre ciudadanos, la que nos permite hacer más juntos.

La oferta del PRI es bienestar, seguridad, oportunidades y una mejor educación para las familias mexicanas, como colectivos esenciales del progreso social y humano. No sólo la educación formal, sino aquella a la que están obligadas todas las instituciones del Estado que tienen que ver con la formación de conciencia social; la educación en valores, principios cívicos, orden social y justicia.

Promovemos la construcción de una ciudadanía que exija el cumplimiento de la ley, pero que también la acate, que abandone el vituperio sin argumentos y participe propositivamente, que a través de los partidos políticos se represente dignamente, que impida la impunidad comenzando por su propia persona, que actúe justamente haciendo lo que espera que los demás hagan, que supere los enconos y confíe en sus semejantes, que respete los derechos ajenos en el ejercicio de los propios.

Una ciudadanía producto de una conciencia democrática.
07 Mayo 2016 04:07:19
Para ser honestos
Toda democracia comienza por el individuo, particularmente por sus valores, su ética, su congruencia, su comportamiento y su conciencia en el entorno familiar. El que es bueno en la familia –decía Sófocles– es también buen ciudadano.

El que es buen ciudadano construye democracia y sirve a sus semejantes con honestidad. No hay buenas familias ni buenas democracias sin honestidad, la virtud personal que hace a un ser humano confiable. Virtud que traducida al servicio público se convierte en transparencia.

Ambas, honestidad y transparencia, significan dejar que la verdad esté disponible para que otros la vean, sin tratar de opacar, ocultar o alterar los hechos. Si a nivel de relaciones interpersonales no es fácil, porque se requiere aceptar la realidad y conducirse en honor a la verdad, lo será menos en el ámbito de lo público. De ahí que el ejercicio de rendir cuentas y dar acceso amplio a la información son requisitos para la transparencia.

Tal cual, la honestidad profundiza nuestras relaciones personales, la transparencia produce cambios radicales en la interacción sociedad civil-gobierno: lleva la democracia, más allá de las elecciones, a la corresponsabilidad en la administración de un país y, en consecuencia, impulsa el desarrollo.

Los países más desarrollados son aquellos en los que sus ciudadanos se involucran activamente en los asuntos públicos porque, entre otras cosas, pueden acceder a la información necesaria para ello. Los mexicanos hemos venido construyendo ese tipo de ciudadanía durante los últimos años.

Los partidos políticos han jugado un papel destacado en tal construcción y, en particular, el Partido Revolucionario Institucional ha sido punta de lanza. El PRI impulsó los cambios legislativos que dieron lugar a la Ley de Transparencia de 2001, así como las reformas aprobadas en la LXII Legislatura que obligan a la transparencia y el acceso a la información pública en todos los órdenes de Gobierno y en todo organismo o persona que reciba recursos públicos. 

Acabamos de firmar el Acuerdo Nacional por la Transparencia e impulsamos las leyes secundarias en materia de anticorrupción en concordancia con la sociedad civil. Las organizaciones ciudadanas promotoras de la iniciativa #3de3 respaldaron la propuesta del Partido.

Pero no sólo hemos abierto camino en materia de transparencia, rendición de cuentas y acceso a la información en el ejercicio gubernamental: hemos incorporado estas obligaciones al quehacer partidista, de manera que el Instituto Nacional Electoral y el Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE) reconocieron al PRI como la organización política más transparente de México y declararon su página web como la mejor.

Blindamos a nuestros candidatos contra injerencias del crimen organizado, solicitando a las autoridades información pertinente, de manera que tengamos la seguridad de que son confiables para el partido y para la ciudadanía.

Se nos instruyó para que todo militante que aspire a un puesto de elección popular en las elecciones de 2016 asuma, sin ambigüedades ni cortapisas, las banderas de la transparencia y la rendición de cuentas. Por tanto, deben privilegiar la honestidad como uno de los valores más estimables.

Tenemos la convicción de que un gobierno que tiende puentes de comunicación e interacción con los ciudadanos es un gobierno democrático que incrementa su eficacia y rinde resultados. De ahí que las administraciones del PRI, municipales, estatales y federal, estén totalmente abiertas al escrutinio ciudadano.

Transparencia y rendición de cuentas constituyen uno de los ejes de la oferta electoral del tricolor para este año, en consonancia con los compromisos de la Alianza para el Gobierno Abierto que encabeza el presidente Enrique Peña Nieto.

Estamos demostrando que el PRI se renueva para gobernar mejor. Estamos recobrando la confianza de la ciudadanía y será evidente en las urnas en junio próximo.

Honestidad, transparencia y rendición de cuentas no son un simple lema de campaña, hoy son nuestro código de ética.

30 Abril 2016 04:00:31
Los ganadores del 2016
Los seres humanos nos organizamos para procurarnos, unos a otros, seguridad, bienestar y prosperidad en todos los aspectos de nuestras vidas. Entre la variedad de instituciones que hemos creado con ese fin, los partidos políticos son las organizaciones que transforman el pluralismo social en pluralismo político para convertirlo, desde el Gobierno, en estrategias, programas y acciones que respondan a las demandas sociales.

Los partidos políticos no son ajenos a la sociedad, como se pretende hacer creer para desacreditarlos. Su actuación es resultado de las ideas y la actividad de los individuos en interacción. Todo enfoque que les dé vida ajena a la conducta humana, o los identifique con ella, les arrebata su esencia y su misión: satisfacer las necesidades de los ciudadanos, y les niega a estos toda posibilidad de progreso, pues quedaría fuera de sus manos transformar su realidad.

La política es el mejor camino para hacer que las cosas buenas sucedan, porque es esencialmente la actividad derivada de la conciencia social, dirigida a procurar la realización de las personas. La grilla y la obsesión por el poder son perversiones personales, no política.

Ahora bien, que los partidos políticos cumplan su función cabalmente depende no sólo de la buena y asertiva conducta de sus militantes y dirigentes, sino de su estructura organizativa.

Dice Peter Ducker, filósofo y tratadista austriaco, que la mejor estructura no garantizará los resultados ni el rendimiento, pero la estructura equivocada es una garantía de fracaso.

De entre los partidos políticos de México, el Revolucionario Institucional tiene no sólo una estructura correcta, sino la más amplia y mejor organizada. Nuestra fortaleza radica en su cobertura y, sobre todo, su flexibilidad, que nos permite estar en permanente transformación interna e ir a la vanguardia de los cambios que requiere México.

En cuanto a su cobertura, nuestra estructura ha sido, históricamente, la más representativa del país. El Partido está formado por la alianza democrática de sus sectores Agrario, Obrero y Popular, así como por ciudadanos considerados individualmente o agrupados en diversas organizaciones nacionales y adherentes, unidos para trabajar por el progreso y el bienestar de todos los mexicanos.

Las necesidades y demandas de mayorías y minorías tienen espacio y atención en el PRI. En una sociedad cada día más compleja, diversa y de límites y postura difusos, el Revolucionario Institucional, como partido de centro, tiene oficio en lograr el justo medio entre todos los intereses.

Nuestros representados son nuestras bases y, por ello, nuestros directivos: las clases mayoritarias, urbanas y rurales, que viven de su trabajo, manual e intelectual, y los grupos y organizaciones de jóvenes, hombres, mujeres, adultos mayores, personas con discapacidad y pueblos indígenas, cuya acción política y social permanente es el motor de transformación constante del Partido y garantía de buenos resultados.

Nos transformamos porque somos flexibles, somos flexibles porque estamos organizados de manera horizontal: son nuestras bases las que entienden y realizan el cambio a través de nuestro principal órgano de dirección: la Asamblea Nacional.

Son nuestras bases, reunidas en unidades básicas llamadas comités seccionales, las que organizan y llevan a cabo la acción política y la actividad electoral permanente de los priistas.

Los comités seccionales son el centro de las iniciativas para el desarrollo de la comunidad, así como para la creación y ampliación de círculos de afiliados y de simpatizantes. En estas unidades se promueven, dirigen y coordinan las actividades básicas del Partido, así como las acciones solidarias en apoyo de los sectores y organizaciones nacionales y adherentes.

Son nuestras bases, máxima autoridad, las que dinamizan y democratizan al Partido, mediante un libre debate de ideas, en un necesario contexto de consensos y disensos que nos da alternancia interna y movilidad.

Son nuestras bases las que ganarán las elecciones estatales de 2016.
23 Abril 2016 04:07:14
Los verdaderos revolucionarios
El cambio es una ley natural inexorable. Prácticamente todos aceptamos esa idea… excepto cuando se trata de nosotros. ¡Ahhh, pero los otros, esos sí que necesitan cambiar!

Esta actitud es el origen desde un pleito familiar hasta una guerra. No nos gusta cambiar, porque implica inconvenientes e incomodidades.

La resistencia al cambio es un intento inconsciente e ilusorio de mantener la estabilidad; pero, paradójicamente, sólo el cambio la permite, porque produce un reequilibrio.

Tal reequilibrio puede costarnos el menor esfuerzo y mínimos inconvenientes si dejamos de temerle al cambio. Aprendemos entonces el arte de la adaptación y obtenemos los mejores resultados.

Es desde esa perspectiva que el PRI busca la estabilidad y el desarrollo de México, impulsando constantemente los cambios que el país requiere, desde sutiles hasta profundos, con una actitud revolucionaria, promotora del movimiento continuo hacia el progreso, entendido como el cambio para mejorar, ese que requiere, ante todo, trabajo constante, proactivo, creativo y, sobre todo, aceptación de las nuevas ideas y condiciones en surgimiento.

A casi un siglo, seguimos siendo el partido político de mayor preferencia y más representativo del país. Esto, contrario a lo que se piensa, nos aleja de las etiquetas de intransigencia, prácticas políticas y administrativas obsoletas, incapacidad de rectificar y discurso anticuado, entre otras.

Todas ellas no son más que recursos para desacreditarnos. De hecho, hemos hecho todo lo contrario, nos hemos renovado en todos esos aspectos y más, por eso hemos permanecido y nos hemos fortalecido.

Llevamos lo revolucionario no sólo en el nombre, sino en la mística de partido. Ningún otro aspecto tan revelador de nuestra capacidad para adaptarnos al cambio que el hecho de que, a diferencia de otros partidos, no experimentamos fracturas internas. Competencia sí, lo cual es por supuesto sano y deseable, pero privilegiamos la unidad y la
disciplina como los ejes que nos permiten menguar la resistencia y cambiar sin fragmentarnos.

Sabemos administrar el poder porque sabemos administrar el cambio, de manera que ahorramos esfuerzos y problemas innecesarios. Eso es lo que queremos y proponemos para México: el cambio entendido como un fenómeno estructural y permanente, producto de la adaptación constante a las nuevas realidades nacionales e internacionales, no
sin inconvenientes, pero convertidos en oportunidades.

Ni descartamos ni menospreciamos los cambios coyunturales, incluso si son abruptos y costosos, porque llegan a ser necesarios, pero rechazamos aquellos azuzados con argumentos ficticios y por motivos personales.

Sabemos cambiar para mejorar porque sabemos manejar el conflicto, con la conciencia de que es tan inevitable como el cambio y uno de los principales motores del progreso social, si se le aborda con inteligencia. Buscamos siempre la forma de conducirlo a la creación de condiciones que alienten la confrontación constructiva, enfocada en los
valores compartidos, las metas comunes, las soluciones consensuadas.

Eso es lo que queremos y proponemos para México: que nuestras discrepancias no se conviertan en polarización, sino en punto de encuentro, en diálogo razonado, en propuestas conjuntas.

Quien incita al odio, desde cualquier actividad, pero mucho más peligrosamente desde la política, trata a México como a su enemigo: divide y vencerás. Quien propone cambios ficticios para ganar votos se resiste a los que sí son necesarios y produce más problemas de los que resuelve.

Necesitamos cambios profundos, sí, a veces radicales, pero selectivos, ahí donde son necesarios, donde los ha realizado la administración del presidente Enrique Peña Nieto: energía, competencia económica, laboral, hacienda, finanzas, educación, sistema penal, transparencia, electoral y, sobre todo, de conciencia, de valores, como los que
adopta e impulsa el PRI, porque renovarse es progresar.

La mayoría de los mexicanos lo sabe, pues la mayoría de los mexicanos es la que ha impulsado los cambios en el PRI. Por eso volvió y volverá este año a votar por nuestros candidatos.
16 Abril 2016 04:04:58
Institucionalidad, la mejor opción
Las instituciones son el corazón y la cúspide de la organización social. Es por ellas que los humanos podemos vivir y progresar como conglomerado, tener cohesión y un orden que mantenga la unidad de propósitos y acciones en el transcurso de las constantes transformaciones que experimenta toda sociedad.

Por eso no pueden irse al diablo… ni a ninguna otra parte. Unas mueren, otras nacen y las hay que perviven, pero siempre debe haberlas.

Y si las instituciones son el corazón de la organización social, la institucionalidad es el cerebro, entendida en su más amplio sentido como el conjunto de creencias, ideas, valores, principios, representaciones colectivas, estructuras y relaciones que condicionan las conductas de los integrantes de una sociedad,
caracterizándola y estructurándola.

Dentro de este conjunto, las instituciones que trascienden los cambios perviven y se renuevan, se convierten en las estructuras más representativas de la sociedad, en el resumen de su experiencia, punta de lanza de su progreso y la mejor expresión de su potencial de desarrollo.

Este es el caso del PRI, porque no llevamos lo institucional únicamente en el nombre: es nuestro instinto de permanencia, nuestro sello histórico y nuestra ética.

En el PRI los errores son humanos, pero los aciertos son de la institución. Esto nos permite, por una parte, saber dónde y en qué fallamos, para corregir, porque gobernar es rectificar, decía Confucio; por otra, anteponer el bien del partido y de México a las ambiciones personales.

Esta fórmula ha sido justamente la que nos ha llevado a ser el partido más sólido, con la mayor experiencia para administrar el país, así como, en su momento, la oposición más fuerte y responsable. Nos hemos nutrido tanto de los errores como de los aciertos; hemos cambiado gracias a los primeros, pero nos hemos
robustecido por los segundos, que han sido mucho mayores en su número y su impacto.

Sobrevivimos a quienes hacen lo indebido y nos vivificamos por los espíritus grandes y generosos que ven primero por su partido y su país, y esos son la mayoría; hoy, además, gobernando México y dirigiendo el partido.

En el PRI estamos conscientes de que si bien las instituciones tienen preeminencia sobre las voluntades personales, no son superiores al ciudadano, pues están hechas para servirlo.

Por eso en el PRI lo institucional es un supravalor, que involucra respeto al orden, a la voluntad de la mayoría, pero también a los intereses de la minoría, y lealtad no sólo a la institución, sino a todos aquellos por los que ésta trabaja: los mexicanos; es también una forma de organización que nos ha hecho el partido más
representativo y cercano a la gente y es nuestro sello histórico, el que nos ha dado cohesión y constante vigencia.

El PRI es el agricultor, la estudiante, el maestro, el ama de casa, el obrero, el empleado, la empresaria, el trabajador independiente y más. Ellos y ellas son nuestros militantes y nuestros candidatos y candidatas, ciudadanos institucionales que trabajan por otros ciudadanos.

Ellos han sabido renovarse en el oficio político y han llevado al partido a una nueva etapa en la que nuestra oferta electoral se distingue por la probidad orientada hacia la institucionalidad en el servicio.

Para las elecciones de este año, nuestros candidatos y candidatas garantizan honradez y lealtad no sólo a sus electores, sino a todos aquellos mexicanos que deberán representar o gobernar.

Garantizan, por su probidad, los aciertos producto de la experiencia del partido, la aptitud de innovar e impulsar cambios en beneficio de toda la sociedad y, por supuesto, la capacidad de rectificar, porque la honradez y la institucionalidad lo demandan.

Es por todo esto que somos la mejor opción.
09 Abril 2016 04:05:26
El valor de nuestra oferta
Hay un solo hilo conductor que puede llevar a México hacia el progreso y el desarrollo: sus valores.

Por sus valores podemos conocer tanto a los individuos como a las naciones; en el abandono o la defensa que de ellos hagan veremos su debilidad o su fortaleza y, por tanto, sabremos cuál será su destino.

La vida es esencialmente una cuestión de valores. Los valores son la supraconciencia social que hace posible desde una familia hasta una civilización.

De ahí que los valores, los históricos y los que debemos reconsiderar y readaptar, son y han sido siempre la insignia del Partido Revolucionario Institucional. De ahí que hayamos ocupado este espacio durante 30 semanas para hablar de ellos.

Nuestra capacidad histórica para renovarnos y permanecer como un actor central del desarrollo de México está sustentada por nuestra convicción de que los mexicanos requieren, prefieren y exigen apego a los valores.

Entre revestirse con ellos y actuarlos hay una gran diferencia. Para un partido político, la que hay entre permanecer y desaparecer. El PRI ha demostrado con su permanencia que los valores son para nuestros militantes conductas y no simples lemas.

Sin pretender que no existen fallas, pues estas son parte de la naturaleza humana, actuamos nuestros valores no sólo en tiempos electorales, sino en nuestro trabajo cotidiano, para apoyar, representar dignamente y abanderar las causas de la mayoría de los mexicanos.

En un México cada día más diverso, incluyente, plural y moderno, nos damos a la tarea de impulsar todos los días valores compartidos para unificar la acción social en torno a los grandes propósitos comunes.

Estamos convencidos de que para el bienestar de una comunidad es necesario que existan normas compartidas de carácter ético y moral; es decir, principios y valores. Y creemos, por supuesto, que los principales obligados a impulsarlos y seguirlos somos quienes hemos elegido como vocación y profesión servir a México.

De ahí que para competir por gubernaturas, diputaciones y alcaldías este año hemos seleccionado a nuestros mejores hombres y mujeres; aquellos que encarnan los valores más preciados para los mexicanos y han estado más cerca de la gente.

El PRI está ofreciendo a México, y en esta contienda electoral será más notorio privilegiar y actuar lo único que nos llevará a ser una sociedad más justa y solidaria; lo único que hará gobiernos transparentes, acertados y eficientes: los valores.

Nos hemos propuesto estar presentes en la vida nacional como una institución moderna, evolucionada y al servicio de la sociedad. Sólo se puede ser moderno reconsiderando los valores, sólo se puede ser evolucionado readaptándolos a nuestras nuevas realidades y sólo se puede servir actuándolos.

Cuando en nuestra declaración de principios decimos que estamos comprometidos con la construcción de una ciudadanía integral: política, económica y social, como base del desarrollo de la sociedad en la democracia, lo hacemos desde la conciencia de que serán los valores la herramienta.

Cuando decimos que estamos a favor de una ciudadanía plena, fundada en valores de tolerancia y fraternidad, que se reconozca en su riqueza pluriétnica y pluricultural, que exija la aplicación de acciones afirmativas y políticas públicas que impidan que las diferencias de razas, género, diversidad sexual, edad, cultura, religión, condición de discapacidad, origen o condición económica, política y social se traduzcan en desigualdad, injusticia o motivo de discriminación, lo hacemos con plena seguridad de que la mayoría de los mexicanos actúan sus valores, disciernen con claridad entre quienes persisten en apegarse a ellos y quienes, capitalizando el descontento (que siempre habrá, pues no existe utopía), hacen llamados a pervertirlos, y de que votarán por el PRI, porque hemos sido históricamente el partido que más ha ofrecido y dado a México.
02 Abril 2016 04:05:49
Para servirle a usted
Ninguna otra cosa le da tanto sentido a la vida como servir. Sólo sirviendo desaparece esa molesta sensación de vacío que nos acosa constantemente, y que no es otra cosa que la voz de la conciencia gritando el sinsentido de nuestras vidas.

La conciencia no habla con pensamientos, sino con sentimientos. Si ignoramos su voz de malestar, por miedo, pereza, egoísmo, soberbia y/o cualquier otro de esos defectos que se supone que no tenemos, nos alejaremos cada vez más de nosotros mismos, en camino franco hacia la insatisfacción y la infelicidad.

El problema es que a no pocos nos da horror la idea del servicio: pensamos en la entrega total de Teresa de Calcuta, o en cualquier trabajo que no nos gustaría hacer porque tendríamos que atender gente desa-gradable, o en convertirnos en el hazlotodo, o simplemente en no recibir reconocimiento e incluso ser maltratados.

La realidad es que todo el tiempo estamos dando servicio a otros, y gratis, porque hacer algo por los demás es la definición de servir, en su más amplia acepción.

Cada que hacemos un favor, servimos; si ayudamos a una persona espontáneamente o le enseñamos algo útil, servimos; e incluso cuando decimos no a alguien en su beneficio, servimos.

La clave no es qué hacemos para servir, sino cómo lo hacemos, porque el servicio es ante todo la buena disposición hacia los demás, y mientras más buena, más fructífera para todos.

Debemos servir como queremos ser servidos, y todos queremos calidez y una sonrisa. ¿A quién le gustan la jeta y el maltrato? Ni gratis ni mucho menos pagados.

La mística del servicio es darlo por el gusto de darlo. Nos reporta alegría, vaya usted a saber por qué. Uno de los misterios de la naturaleza humana. Puede ser porque todos somos los otros. El servicio es tan poderoso en nuestras vidas que puede ser una vocación.

Los seres humanos estamos hechos para servir, algunos más, otros menos, algunos pagados, otros gratis. Resistirnos a hacerlo nos pone en contracorriente del flujo de la vida y nos lleva a un estado de privación, pues lo que no damos no recibimos; hacerlo de mala manera nos expone a ser tratados de igual forma.

Podemos por supuesto pervertir el servicio, como hacemos con tantas otras cosas buenas. Para esos casos se acuñó el término servilismo: exagerar atenciones y cuidados a determinadas personas hasta convertirse en una verdadera molestia, siempre esperando algo a cambio.

Para ser un buen servidor se requiere mucho más que poner carita feliz. Es necesario salir del egocentrismo para dejar de tomarse todo a personal, abandonar las suspicacias que nos llevan a creer que los demás están siempre en nuestra contra y los cercanos nos traicionarán.

Para servir bien hay que confiar en la vida y en los otros. La confianza depende más de nuestro optimismo que de las acciones de los demás o las circunstancias adversas que se nos presentan.

Servir nos ayuda a vencer la pereza, la soberbia, el egoísmo, el miedo, la desconfianza, la envidia. No sólo es un camino de crecimiento sin dolor, sino gozoso. Si a usted le pagan por servir, aproveche: gócelo. Recuerde que servicio al cliente no es un departamento, sino una actitud.

El servicio es un valor de civilización. Mientras más serviciales los individuos, más avanzadas sus sociedades.

Servir es la misión del Partido Revolucionario Institucional. Es el motivo de nuestra existencia y el centro de toda nuestra actividad. Servimos con entusiasmo y convicción. Servimos para que México avance, crezca y progrese.

El servicio es el único camino hacia el liderazgo responsable y efectivo. Los priistas somos buenos líderes porque somos buenos servidores.

26 Marzo 2016 04:05:52
Decido decidir
Sin libertad el individuo, como ente social, es incapaz de mejorar su situación personal y su entorno; ninguna nación, como conglomerado, se desarrolla, aun teniendo poder económico. De ahí que sea uno de los principales derechos humanos.

La libertad ha costado a la humanidad, literalmente, sangre, sudor y lágrimas…. hambrunas, guerras y muerte. Y aún existen reductos de la opresión que históricamente hemos combatido, coexistiendo con nuevas formas, más perniciosas, de arrebatar o ceder la libertad, como el consumismo. Lo que antes nos hizo libres, hoy nos esclaviza.

Y es que la libertad, por ser una condición inherente al ser humano, comienza en cada individuo. Es la mente la que nos hace libres o cautivos, de manera que podemos llegar incluso a ser mártires de la defensa de los derechos humanos y, a la vez, empeñar nuestra libertad personal porque no sabemos qué hacer con ella.

Desarrollamos adicciones, coleccionamos tarjetas de crédito, debemos hasta los calcetines, nos pasamos horas en las redes sociales y exponemos en ellas nuestra intimidad. Somos esclavos de nuestros deseos y nuestras imaginarias carencias.

Sobre todo, cedemos nuestra facultad de decidir sobre nuestras propias vidas. Nos decimos: no tengo opción, o ni siquiera pensamos en ello, porque decidir es el núcleo de la libertad y es, o debiera ser, un ejercicio racional que muchas veces nos llevará a renunciar a lo que nos ata. Y eso duele.

Decidir no decidir también es una decisión, y es la peor, porque ni siquiera sabemos que la hemos tomado. Siempre podemos decidir. Siempre hay alternativa para definir cómo vamos a afrontar cualquier circunstancia. Querer cambiar una situación cuando no está en nuestras manos, no es una decisión, es tratar de evadirla, sin ningún otro resultado que la frustración.

Viktor Frankl, autor de la logoterapia, dice: “Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio está nuestro poder de elegir nuestra respuesta. En nuestra respuesta yace nuestro crecimiento y nuestra libertad”.

Habrá crecimiento y, en consecuencia libertad, cuando decidamos desde la sensatez, el autodominio y la responsabilidad. Sin estos tres ingredientes no hay ser libre. Porque la libertad de cada uno de nosotros depende de la libertad de los otros. Hacer o decir lo que me pegue la gana sin importar las consecuencias para mí o para los otros, es libertinaje: desenfreno.

No existe la libertad absoluta. Vivir en sociedad nos exige cederla en determinada medida, pero sólo en acción y expresión. El pensamiento es cosa de cada quien. La libertad tiene fronteras, ciertamente, pero las más importantes deben ser las interiores.

La libertad, además, sólo tiene valor en la medida de lo que podemos conseguir con ella, como individuos y como naciones. Si soy libre solo, en la cima de una montaña, reduzco la libertad a una maravillosa sensación momentánea, pero nada más. A la libertad hay que depositarla en la interacción con otros y en la acción junto con otros.

El desarrollo de las personas, de los países y del mundo, naturalmente, depende de las posibilidades de los individuos de ser todo lo que pueden ser, de liberar sus propias energías creadoras e intercambiarlas con las energías de los demás. Ese es hoy el sentido de la libertad. Por eso, para lograrla, no sólo se sigue luchando contra la opresión, sino por crear para el ser humano el entorno que le facilite alcanzar todo su potencial.

El PRI nació de las luchas libertarias de México. Por eso, uno de sus objetivos primordiales es crear las condiciones políticas, económicas y sociales que permitan a los mexicanos ser lo mejor que puedan ser, liberar al máximo sus energías creadoras y productivas.

El PRI se decanta hoy, como siempre, por la libertad ejercida con sensatez, gobernabilidad y responsabilidad. La verdadera libertad.
20 Marzo 2016 04:05:00
Se lo digo sin humildad
Si en lugar de hacer todo lo que hacemos, bueno o malo, para ocupar un lugar en el mundo, lo hiciéramos para ocupar el NUESTRO, la situación de la humanidad cambiaría radicalmente para bien.

Casi todos los lugares en el mundo ya están ocupados, por eso tenemos que competir para obtenerlos. El único libre, el nuestro, es el que despreciamos. Pero, ojo, sólo desde el nuestro podemos acceder a los demás sin obstáculos, sin desplazar a nadie ni ser desplazado.

Quiero lo que tiene el otro, que generalmente significa: quiero dejar de ser yo, es el síndrome de más alta incidencia en todo el orbe. Casi todos los habitantes de la tierra lo presentamos. La enfermedad que le da origen se llama falta de autoaceptación. O en otras palabras: falta de humildad.

La humildad es un proceso, no un suceso. Desde que nacemos se nos exige desempeñar un rol que nos aleja de nosotros mismos. Podemos cumplirlo hasta morir o podemos darnos cuenta, años después, de que no nos está funcionando. En tal caso tenemos la alternativa de emprender el camino de la autoaceptación.

La verdad sobre nosotros mismos, nuestra verdad, sobre nuestras cualidades y defectos, habilidades y limitaciones, posesiones y carencias; la admisión consciente de las mismas y una posterior aprobación, nos llevan a la autoaceptación, como pleno acogimiento de nuestra realidad.

Cuando esto pasa, dejamos de sentirnos menos o más que los otros, y por eso dejamos de desear lo que tienen los otros o, lo que es peor, que los otros nunca tengan más que nosotros. Abandonamos, pues, la soberbia y el perfeccionismo neurótico que devalúa todos los logros. Comprendemos que somos únicos y, paradójicamente, iguales a los demás. Adquirimos humildad y dejamos de presumirla. Porque no hay nada
menos humilde que presumir humildad.

Entonces, cesamos de pensar constantemente en nosotros mismos, porque ya sabemos quiénes somos. Nos volvemos grandes, tanto en el sentido del crecimiento, como de nuestra importancia ante nosotros mismos, sin tener que irla voceando, porque quien quiere convencer a los demás de ella es que no se la cree.

Debido a que con la humildad obtenemos la tan buscada aceptación de quien realmente interesa que nos la dé: nosotros mismos, adquirimos la capacidad de aceptar a los demás, escucharlos, ayudarlos, ser empáticos y gentiles.

Si cada uno de nosotros fuera así, el mundo sería otro cantar. Como ser humilde implica dejar hacer y dejar ser, orientando desde nuestra verdad sin tratar de imponerla, los seres humanos seríamos muchos más auténticos y centrados de lo que ahora somos desde edades mucho más tempranas.

Traducido en salud integral, la humildad elimina los pensamientos distorsionados y las consecuentes emociones negativas, como envidia, odio, miedo, ansiedad; por tanto, acaba con el descontento, la insatisfacción y la infelicidad. Las mentes sanas son felices y las mentes felices hacen cuerpos sanos.

Las personas felices disfrutan las cosas sencillas de la vida, con mayor razón las que no lo son, ven por otros, sirven con alegría, estimulan a los demás y cambian su entorno de manera positiva. Las relaciones buenas y saludables se convierten en oportunidades recíprocas.

Dígame usted cómo esto no podría cambiar la realidad del mundo entero.

Si la gratitud es el terreno en el que podemos sembrar todas las virtudes y todos los valores, la humildad es la semilla de la cual las obtendremos.

Humildes no son los desposeídos, sino los que se han despojado a sí mismos de soberbia, tengan la posición socioeconómica que tengan.

Esta es la humildad a la que el PRI aspira persistentemente. Por eso hemos hecho un autoanálisis honesto, realizado las reconsideraciones necesarias y los consecuentes cambios. Agradecemos voto por voto el triunfo en 2012, y estamos dando lo mejor de nosotros para servir a México.




12 Marzo 2016 04:00:32
Gracias
La vida sin gratitud es sufrida y aburrida. Se siente un vacío constante y sordo que pretendemos llenar con placeres y/o explicaciones. Pero el vacío es insaciable en lo que a las cuestiones mundanas se refiere, y cuando nos damos cuenta, tendemos a adormecer la conciencia para no verlo ni sentirlo, porque aprender a llenarlo es una tarea cuesta arriba.

Las cosas maravillosas sólo le suceden a los corazones agradecidos. La gratitud es la llave para una vida plena y es, por supuesto, una tarea cuesta arriba, porque hay mucha diferencia entre dar las gracias y sentir gratitud. La primera es sólo una conducta cortés, que puede o no estar ligada a la segunda.

Las cosas extraordinarias y maravillosas nos pueden suceder a diario si sabemos verlas. Y sólo pueden ser vistas con los ojos del corazón, donde nace y crece la gratitud.

El pensamiento, en cambio, puede ser muy ingrato. El positivista, en particular –que no la ciencia en sí misma– reduce la existencia a una explicación; nos arrebata la capacidad de sorprendernos y asesina el milagro cotidiano. Es producto del miedo al misterio.

La vida es siempre un gran misterio, que hay que desentrañar solo, porque el camino siempre es el propio, aunque encontremos ayuda en el trayecto. Para vivir sin miedo hay que tener una cosa muy clara: si no se agradece de corazón lo que se tiene, no se agradecerá lo que llegue; entonces la insatisfacción será la sensación que predomine y nos domine, y el resultado, la escasez imaginaria.

La cotidianidad sin privaciones, con toda su carga de preocupaciones, responsabilidades y rutina nos venda los ojos del corazón, y aprendemos a dar por hechos irremisibles la luz del día, el cobijo por las noches, la comida, la salud, el amor, los amigos y hasta los favores.

La carencia de cualquiera de ellos rompe la venda y la conciencia surge, porque ésta es materia del corazón más que del cerebro. Los milagros recuperan su calidad de existentes y deseables. Ésta es la función real de la carencia y no la de impulsarnos a tratar de subsanarla a través de los otros.

Desafortunadamente, como dice el dicho popular, sólo apreciamos lo que tenemos cuando lo hemos perdido. Agregaríamos: y sólo lo agradecemos cuando lo hemos recuperado.

No obstante, podemos sentir gratitud por las cosas buenas y maravillosas de nuestra vida sin tener que prescindir de ninguna de ellas, apreciando nuestro aquí y nuestro ahora, donde y cuando siempre hay algo que agradecer. Vaya, yéndonos al extremo, podemos agradecer no estar muertos, y si quisiéramos estar muertos, podemos agradecer que invariablemente lo vamos a estar en algún momento.

La gratitud es un sentimiento de una fuerza positiva tal, que proporciona una inmediata sensación de bienestar generalizada. Nos conecta con las cosas buenas de la vida; desaparecen la envidia, la ira y el miedo; el pensamiento y las emociones fluyen por un mismo cauce, el de la alegría; el cuerpo genera endorfinas, nos sentimos cómodos con nosotros mismos y con los demás. Amamos. Todos los semáforos se ponen en verde y nos suceden maravillas.

Nos da felicidad porque nos permite apreciar cada pequeña muestra de belleza o de bondad a nuestro alrededor. Nos volvemos relajados y optimistas.

Por algo Cicerón decía que la gratitud no es sólo la mayor de las virtudes, sino la madre de todas.

La plenitud que trae a nuestros corazones nos lleva a la generosidad, la tolerancia, la solidaridad, el respeto, la lealtad, la paz y súmele.

El PRI ve la gratitud también como un valor y, como un partido de valores, la fomenta entre sus militantes y la impulsa como una obligación con México, con su historia, sus luchas y sus anhelos. México requiere y merece ser gobernado con gratitud.
05 Marzo 2016 04:00:53
Vaya en paz
“Que la paz que anuncian sus palabras esté primero en sus corazones”. Francisco de Asís

Todas las cosas buenas que deseamos, como individuos y colectividad, sólo pueden provenir de la verdadera paz, la que nace en el corazón del ser humano. Sí, incluido el dinero; no aquel que tenemos que arrebatar a otros y luego cuidar, es decir, el escaso, sino el que llega continuamente en las cantidades necesarias y más, porque es parte de la abundancia.

Decía Gutierre Tibón, en su libro El Ombligo como Centro Cósmico, que “la búsqueda del centro es, más que nunca, el camino que conduce a la armonía, la paz, la salvación. El Intelecto sin consciencia del centro, o sea, sin corazón, sin amor, puede llevarnos a la destrucción voluntaria o accidental de la tierra, por el átomo, el virus, la contaminación y la robotización”.

En cada uno de nosotros hay un microcosmos impactando al macrocosmos. Su centro está en nuestro corazón, donde debiera regir la ley armonizadora del amor y, como uno de sus principales preceptos e inefables efectos, la paz.

La paz no es tregua o ausencia de belicosidad. La paz, más allá de la virtud, es decir, de la actitud deseable para una conducta recta, es un estado del ser que sólo germina en el amor; es armonía interna, congruencia que fructifica en un estado de calma total; perdurable o no, depende de nosotros mismos. Nunca de los demás.

La paz es una autosatisfacción que nos da la seguridad de que todo va a estar bien, sin importar las circunstancias, porque somos los proveedores, y no sólo los destinatarios, de todo lo que es esencial: respeto, amor, compasión, comprensión, atención abundancia y mucho más. Eso sí, para lograrlo hay que tener Dios. El que se quiera tener.

Esta autosatisfacción es el insecticida de las emociones negativas, que provienen del miedo a la carencia o la escasez, que a su vez nos lleva a la desconfianza, de ahí a estar a la defensiva y, por ende, pasar a la ofensiva.

¿Cómo se manifiesta esto en las conductas cotidianas? En las que acostumbramos llamar las personas conflictivas: agravian con facilidad, intentan herir, es imposible llegar a un acuerdo con ellas, discuten todo el tiempo, se sienten aludidas y agredidas ante cualquier circunstancia, buscan por todos los medios salirse con la suya, crean dificultades inexistentes. En resumen, viven en guerra interna.

No están en el amor, porque lo entienden como un intercambio sentimental: si me das te doy; lo viven con avidez, porque en la economía como en las relaciones humanas, la moneda de cambio siempre es escasa.

El amor es una energía universal – “Love is in the air”, como dice la canción–, en la que uno se inserta y de la que se alimenta cuando aprende a ser quien es, buscando dentro de sí mismo, no en la opinión o la expectativa ajena.

Se vive en el miedo o se vive en el amor. No hay más. En el amor está la paz, como una ausencia de las emociones venenosas de que se vale el miedo para imperar: envidia, rencor, odio, hostilidad, indiferencia y agréguele. He ahí la dificultad de viajar a nuestro cielo (centro) interno: tendremos que pasar por nuestro infierno, y es tan horroroso, que preferimos vivir en él sin darnos cuenta.

Un viaje espiritual a través de nuestras dolorosas oscuridades. La luz es la aceptación sanadora y, por ende, la paz. Este estado se trabaja, no llega solo ni nos lo conceden los otros. Así que lo más inteligente es dejar exigir paz con violencia.

Sin hostilidades, sin agravios, sin denostaciones. Con civilidad. Así es como el PRI, desde sus inicios, compite por el voto, porque, ya decía Mahatma Gandhi, la paz es el camino. El PRI trabaja por ese camino para México. El PRI nació pacificando.
27 Febrero 2016 04:00:04
No sea imprudente
“El rasgo distintivo del hombre prudente es ser capaz de deliberar y de juzgar de una manera conveniente sobre las cosas”. Aristóteles

Todas las ideas profundas sobre la vida y la naturaleza del ser humano, en cualquier época de la humanidad, provienen de la constante actualización del conocimiento que nos legaron los grandes filósofos griegos, al menos en occidente. No hay nada nuevo bajo el sol.

El desarrollo de las virtudes, en particular, era un objetivo primordial para ellos, como la forma privilegiada de crecimiento personal y bienestar social. Tras una larga época de positivismo, cuyo legado no podía ser otro que el materialismo, y sin negar por supuesto sus grandes aportes, la humanidad vuelve a Sócrates, Platón y Aristóteles.

Las virtudes son vistas hoy no sólo como cualidades que debe desarrollar el individuo, sino como valores sociales, es decir, cánones colectivos de carácter moral, y principios, reglas de conducta para gobernantes y gobernados.

En el mundo actual está claro que sólo podrán salvarnos de nosotros mismos las virtudes, los valores y los principios. Y entre estos hay algunos fundamentales. Platón elaboró un cuarteto virtuoso para formar al ciudadano relevante, útil y perfecto: justicia, prudencia, fortaleza y templanza.

La prudencia, tema de este artículo, era para Platón el ejercicio de la razón, la virtud de actuar de forma justa, adecuada y con moderación, lo que se traduce en respetar los sentimientos, la vida y las libertades de las demás personas. Indudablemente un tema de derechos humanos, hoy en el centro de las principales preocupaciones de la humanidad.

Como a muchos otros conceptos se le confunde. Se piensa que el prudente es temeroso, hipócrita o tímido, por ejemplo. Tales actitudes pueden ser la verdadera motivación de alguien que parezca prudente o deliberadamente se disfrace de tal, pero no son prudencia.

Ésta es discernimiento entre las cosas deseables y las que deben evitarse, ponderación sobre las consecuencias de nuestras palabras y acciones. La prudencia es sabiduría.

La persona prudente es la que hace lo correcto diferenciando claramente entre el bien y el mal. La prudencia, decía santo Tomás, se refiere a los medios (éticos, por supuesto) y nos dice cómo hacer lo que debemos hacer.

Hay que utilizar la razón como luz sobre las emociones y el corazón. No para dejar de sentir, sino para saber qué sentimos y por qué. Esto es prudencia, porque evita que actuemos por impulso. Es autoconocimiento.

Hay que analizar un hecho concreto desde distintos puntos de vista para tener una visión global y no parcial de la realidad. Esto es prudencia, porque evita que dañemos o minimiza los daños, cuando son inevitables. Nos lleva a ser justos.

En nuestras relaciones con los demás, nos indica cuándo decir o no decir, en razón de lo que el otro u otra es capaz de escuchar. Evita que lastimemos. Nos lleva al respeto.

La prudencia nos aleja de los excesos. Nos lleva a la moderación. “El que es prudente es moderado; el que es moderado es constante; el que es constante es imperturbable; el que es imperturbable vive sin tristeza; el que vive sin tristeza es feliz; luego el prudente es feliz”, decía Séneca.

La prudencia, pues, no puede ser producto de otra cosa más que una profunda reflexión, lo que nos lleva a Sócrates, que aseguraba que todas las respuestas a todo están dentro de cada uno. Y para obtenerlas fue que creó la mayéutica: hazte preguntas a ti mismo para establecer un diálogo interior que te permita alcanzar la verdad.

Por todo esto es que en el PRI cabe la prudencia: evitamos responder a las provocaciones; no hacemos llamados a la confrontación y nos hemos propuesto no permitir los excesos ni las conductas dañinas. En resumen, pretendemos ser justos, cautos y moderados, porque hoy México, más que nunca, necesita de la prudencia de sus políticos y gobernantes.



20 Febrero 2016 04:00:00
Existir es dar y dar es existir
“Hay que dar cantando como la fuente, no chirriando como la noria”. Eduardo Marquina, Dramaturgo español

Sólo podemos dar aquello que tenemos y mientras más damos más tenemos. Una ley inmutable del universo que siempre tendrá consecuencias ineludibles.

Todo el bien o todo el mal que demos, tendremos multiplicado, aquí, en esta vida, independientemente de lo que pase después de ella, de acuerdo con las creencias religiosas de cada quien.

De ahí la importancia de reflexionar sobre el significado y las diferentes formas de dar.

En principio, es imposible no dar. Damos problemas o damos soluciones, pero damos. Existir es dar y viceversa.

Qué damos y cómo lo damos es la diferencia no sólo entre nuestro bien y nuestro mal, sino los de toda la humanidad. Como arriba es abajo, como abajo es arriba, uno de los principios herméticos que aplicado al plano de lo social nos indica que como es su colectividad es el individuo y como es el individuo es su colectividad.

Si doy chirriando como la noria soy avaro, si doy cantando como la fuente soy generoso. El origen de todo bien y mal está en el corazón.

El avaro es capaz de dar, pero con un vuelco doloroso en el corazón. No es feliz. Sólo se siente obligado. En realidad lo quiere todo para él.

Los avaros pueden pasar por generosos siendo compartidos o caritativos. La caridad, que significa dar a quien menos tiene o a quien pasa por dificultades, puede ser o parecer generosidad, pero no es La Generosidad.

Lo mismo sucede cuando se comparte, es decir, se sufre o se disfruta junto con otro, o cuando se es solidario, o sea, se empatiza con alguien y se le apoya. Valores importantes, imprescindibles para crecer como humanos y como sociedad, pero sólo facetas del gran valor generosidad.

El generoso no da, se da. Se entrega en tiempo, esfuerzo, conocimiento y dinero con un vuelco gozoso en el corazón, sin esperar nada. Nada necesita, todo lo tiene. El generoso es el que sabe que lo más importante para el ser humano es lo que puede darse a sí mismo, a pesar de las dificultades por su condición social o material y a veces la merced de esas dificultades.

El avaro se siente carente, el generoso pleno, porque da para sí mismo primero y luego reparte y comparte. Tiene siempre lleno el contenedor.

Ambos son las caras de una misma moneda. Toda virtud tiene un defecto del cual depende su existencia y viceversa. Todos somos avaros y todos somos generosos. El viaje del polo del defecto al de la virtud es el crecimiento espiritual, ese que todavía nos hace mucha falta cuando hemos logrado ser generosos con nuestros seres queridos y aun con desconocidos, pero somos avaros con nuestra colonia, municipio, estado y país.

Somos ciudadanos avaros cuando nos enojamos por la delincuencia, pero criamos delincuentes, nos quejamos de la suciedad y ensuciamos, de la discriminación y discriminamos, del maltrato y maltratamos, de la impunidad y violamos la ley esperando no pagar las consecuencias. Cuando exigimos aquello que no damos, cuando lo queremos todo para nosotros.

La avaricia es la forma más perniciosa de sociopatía: queremos que todos respeten las reglas, que sean limpios, educados, corteses, considerados, responsables, respetuosos, pero nosotros nos eximimos de serlo y nos justificamos; manipulamos para salirnos con la nuestra.

Ésta es la actitud que ha regido en todo el mundo en la era del materialismo y el consumismo y es, afortunadamente, porque soy muy optimista, la que hemos comenzado a trascender.

Los mexicanos sin duda lo estamos haciendo. La gran cruzada del PRI y del presidente Enrique Peña Nieto por un México incluyente es, más allá de un objetivo gubernamental, un llamado a nuestra gran generosidad, histórica, comprobada, hoy más necesaria que nunca.

México incluyente = México generoso.
13 Febrero 2016 04:00:13
Recto para ser leal
“Si un hombre me pide lealtad, le daré honestidad. Si un hombre me pide honestidad, le daré lealtad”. John Boyd Orr, Premio Nobel de la Paz

La única lealtad que alguien puede pedirnos es la que nos debemos a nosotros mismos, porque en esa medida podemos ser leales con otros. Cuando alguien a quien no le importa nuestro bienestar ni ve por nuestros intereses nos pide lealtad, lo que quiere es sumisión.

La lealtad requiere, pues, la complementación entre seres humanos, sustentada en la coherencia de cada uno con sus valores y principios, el amor a sí mismo y la confianza mutua.

Desde la lealtad todos somos iguales, sin importar las jerarquías, pues implica procurarse cuidados y respeto recíprocos; ser solidarios y honestos con nosotros mismos y con los demás.

Cuando pasamos sobre nosotros mismos creyendo ser leales a alguien o a algo, lo que en realidad estamos haciendo es pedir desesperadamente amor, reconocimiento, aprecio, respeto, protección; en resumen, todo aquello que no nos estamos dando.

La carencia es la madre de la exigencia. Cuando damos sin condición es porque tenemos tanto que no necesitamos recibir y, paradójicamente, es cuando recibimos.

La lealtad entonces comienza por uno mismo. Si no, no es lealtad. Cuando otorgamos a una persona, idea o institución poder sobre nosotros, estamos siendo oportunistas, serviles o cómplices, según la situación, pero no leales.

Confundir la lealtad con estas actitudes es pervertir el alma, y esto nos lleva a confundir a las personas que están a nuestro alrededor con las que realmente están allí, para nosotros. Nuestras relaciones se vuelven vacuas y frágiles.

La lealtad es lo que le da solidez, profundidad, continuidad y calidad a nuestras relaciones, porque no es consecuencia de un sentimiento afectivo, que puede cesar, sino resultado de un discernimiento para elegir lo que es correcto.

Correcto, recto, honesto para ser leal.

Dice el Diccionario de la Real Academia Española que la lealtad es el cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad, las del honor y la hombría de bien. Es también legalidad, verdad, realidad. Y aunque como muchas de las definiciones de diccionario hoy en día, ésta es ya un tanto obsoleta, es evidente que la lealtad está ligada a otros altos valores.

El egocentrismo, la codicia y la ambición de poder, entre otras cadenas que aprisionan al ser humano, no pueden servirse de la lealtad. Son antípodas. Simular que estas motivaciones no están detrás de nuestras conductas no es suficiente para disfrazar la mezquindad y la complicidad, porque al final el resultado es lo que cuenta: injusticia, ilegalidad, tiranía, arbitrariedad, desigualdad, criminalidad, hambre y tantos otros flagelos que sufre hoy la humanidad.

Podemos, además, prever estos resultados cuando encontramos actitudes desleales, como criticar a nuestros amigos, familiares o jefes sin que estén presentes, quejarnos de ellos sin ayudarlos, divulgar confidencias, dejar una amistad por causas como el modo de hablar, vestir o conducirse en público, poner poco esfuerzo en un trabajo o ausentarse de él frecuentemente, abusar de la confianza de alguien y, en resumen, traicionar, porque la traición asesina la lealtad.

Y no hay mayor deslealtad, que exigir lealtad.

En el nuevo Partido Revolucionario Institucional la lealtad, cimiento de nuestra unidad, no se exige, se da y se recibe; no se negocia, se concilia para que el interés colectivo no anule el individual. Las traiciones son territorio de la conducta humana, y en el partido somos más los leales, de ahí nuestra fortaleza.

En nuestra relación con la sociedad, somos leales a nuestros valores y principios, aquellos que los mexicanos han venido históricamente enarbolando y que en el Gobierno del presidente Enrique Peña Nieto se han traducido en: un México en paz, un México incluyente, un México con educación de calidad, un México próspero.

Un México que desarrolle su máximo potencial por ser leal a sí mismo.

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06 Febrero 2016 04:00:02
Respeto, por favor
“Cada ser viviente merece nuestro respeto, ya sea humilde o altivo, feo o hermoso”. Lloyd Alexander Escritor estadunidense

El respeto es lo que hace posible la dignidad humana y la gobernabilidad. Su cualidad intrínseca es la incondicionalidad. Que no se confunda pues con premio al mérito.

Cuando mal entendemos y utilizamos el concepto como moneda de cambio, esperando se cumplan nuestras expectativas para respetar, estamos degradando nuestra propia persona y a todos y todo lo que nos rodea.

Pensar que nosotros o cualquier otro ser vivo debemos, deben, pensar y ser de tal o cual manera, alcanzar tal o cual logro, para ser respetados, no es más que soberbia, porque nos arrogamos el poder de dar o quitar dignidad humana, y aún peor: desde nuestra propia carencia de autoestima y seguridad.

Desafortunadamente podemos hacerlo y generalmente lo hacemos. El resultado es que nos faltamos al respeto a nosotros mismos, porque creemos no merecer la consideración de los demás, a menos que hagamos algo por ganárnosla. Le entregamos nuestro poder personal a los otros.

¿Debo entonces respetar a quien me confronta, me daña, me roba, me lastima? Pues sí, porque el respeto no es admiración, ni simpatía, ni amor y ni siquiera perdón.

Tampoco, citando a Erich Fromm, es temor y sumisa reverencia; “denota, de acuerdo con la raíz de la palabra (respicere: mirar), la capacidad de ver a una persona tal cual es, tener conciencia de su individualidad única”. Y esto vale sobre todo para relacionarse con uno mismo.

Todos los seres vivos merecen ser valorados, queridos, cuidados, asistidos en situaciones de dificultad y protegidos. Aceptar esto, independientemente de si nos dan gusto o no, y actuar en consecuencia, sobre todo dejando de repartir desprecios, sea cual sea la forma de manifestarlos, es respetar.

Y si nos referimos a todas las criaturas vivas, se porten bien o mal, la dignidad es el derecho principalísimo a existir en las mejores condiciones posibles, lo cual requiere que se concreten muchos otros derechos.

En materia de gobernabilidad, podemos decir que su solidez depende del grado de respeto tanto en el ejercicio del poder como en la interacción entre los ciudadanos entre sí y con el Gobierno. La autoridad y el poder no son algo que nos otorgan o que adquirimos; son algo que SOMOS, producto de un proceso interior de crecimiento y respeto a sí mismo. Que no se confundan con las responsabilidades que eventualmente nos toca asumir en la vida, desde la crianza de un hijo, hasta la dirección de un país.

Cuando no tenemos ni autoridad ni poder, ejercemos esas responsabilidades con exceso, arbitrariedad, estrés, desprecio por otros y hasta crueldad.

Cuando hemos evolucionado lo suficiente para sentirnos poderosos y con autoridad, nos volvemos necesariamente humildes y respetuosos, porque hemos entrado en dominio de nosotros mismos, sabemos quiénes somos y nos aceptamos.

Y desde ese lugar del alma, desde esa actitud, seremos mejores gobernantes, padres, madres, hermanos, amigos, ciudadanos y seres humanos. Sabremos respetar y dejaremos de molestarnos con quienes nos confrontan, nos critican, se burlan o incluso nos lastiman, porque sabremos que a quien no respetan es a ellos mismos.

Y cuando realmente respetemos, en lugar de otorgar premios al mérito y organizarnos en cofradías para combatirnos unos a otros, podremos construir una mejor sociedad en la que la violencia, la agresión, la discriminación o el abuso no existan. En la que prevalezca la conciliación sobre el insulto y la hostilidad.

Una sociedad como la que visualiza el PRI en sus documentos básicos y a la que coadyuva con su propia transformación; como la que se ha propuesto impulsar el presidente Enrique Peña Nieto con un ejercicio respetuoso del poder y la autoridad, procurando el mayor bienestar de todos los mexicanos, pero sobre todo de aquellos más desfavorecidos, porque un gran respeto impele una gran responsabilidad con quienes nos necesitan.
31 Enero 2016 05:05:04
El origen de la vida
Al principio existió el compromiso; el compromiso estaba con el ser humano; el compromiso era el ser humano.

Todo, absolutamente todo en la vida de cualquier persona comienza por el compromiso. No hay relación ni quehacer que no dependan de él.

El compromiso es un concepto mucho más complejo de lo que solemos creer. Rebasa el ámbito de su definición de diccionario, la de obligación contraída o palabra dada (DRAE). Comienza por el propósito y termina con el logro. Su esencia está en la acción continuada.

Es tan necesario como respirar para seguir viviendo o comer para no morir de inanición. Podemos hacer pequeños o grandes compromisos, buenos o malos, pero no podemos evitarlos porque sin un propósito, cualquiera que éste sea, y la acción consecuente, no podríamos ni levantarnos de la cama.

Por eso es que a grandes y buenos compromisos, grandes y buenas vidas. La felicidad no existe sin el compromiso de calidad. De hecho es un subproducto de éste. Todos, estemos como estemos viviendo nuestras vidas, queremos que éstas sean plenas y profundas. Bueno, pues eso depende de la pasión que pongamos en nuestros compromisos y de que estos se dirijan a causas nobles.

Si hacemos sólo pequeños compromisos, nuestras vidas serán insignificantes. Si hacemos malos compromisos pagaremos las consecuencias. De eso no hay duda.

Evitamos unos y contraemos otros. Las decisiones que tomemos al respecto definirán nuestras vidas. Podemos hacerlo desde el amor o desde el miedo, desde el autoconocimiento o desde la irreflexión. Lo cierto es que el resultado de este proceso impactará necesariamente a quienes nos rodean; a todos, no sólo a aquellos que consideramos cercanos.

Esto es porque de la interacción de los individuos depende el destino de la colectividad. Desde una familia y un equipo de cualquier clase, hasta una civilización entera. Una sociedad de ciudadanos comprometidos será ordenada, respetuosa, próspera. Una en la que sus miembros no sean capaces de terminar lo que comienzan porque viven con desgano y falta de dirección,
sin involucrarse, sin explorar sus opciones por miedo a ser más de lo que son, será una sociedad caótica.

El compromiso comienza con uno mismo, pero su verdadero sentido, su verdadero poder y su más amplia dimensión están en la colectividad, porque ante todo es un acto de reciprocidad. No se exige, se recibe, y siempre se devuelve, o no es compromiso.
Cuando su origen es la palabra dada o la obligación contraída, las partes de un binomio o cada integrante de un grupo deben hacer lo que les corresponde para ir en la misma dirección. Si una de ellas se queda pasivamente esperando a que la otra cumpla o avienta la toalla, no hay o se rompe el compromiso, ya se trate de la pareja o de la interacción gobierno-gobernados,
de un equipo de trabajo o un partido político, ni el tipo de binomio ni el tamaño del grupo hacen diferencia.

La palabra dada unilateralmente se llama promesa, no compromiso. Debe haber alguien que la acoja y actúe en consecuencia para que aquél se establezca.

El compromiso del Partido Revolucionario Institucional y del Gobierno de Enrique Peña Nieto va más allá de la palabra dada y la obligación contraída. Toma como base la gran capacidad de los mexicanos de actuar en conjunto para realizar y alcanzar todo aquello por lo que históricamente hemos venido luchando. Aspira a la unidad nacional a través del compromiso
individual y colectivo.

Ese es el más profundo sentido del concepto Un México Incluyente: un México donde todos sintamos que hay reciprocidad, que nuestros esfuerzos personales y grupales reciben el bien que merecen y, en consecuencia, actuemos por el bienestar colectivo y el progreso del país.

El compromiso está en el PRI. El PRI es compromiso.

23 Enero 2016 04:00:40
Cosas de gente grande
“He comprendido que mi bienestar sólo es posible cuando reconozco mi unidad con todas las personas del mundo, sin excepción”. León Tolstoi

Solidaridad es la palabra de la gente grande, tenga la edad que tenga, porque sólo la gente grande piensa en términos de “nosotros”. Para ser solidario, hay que trascender el yo y poner en el centro de la existencia a la colectividad. Hay que aprender a encontrar el bienestar propio en el del prójimo. Hay que saber, desde el alma, que “yo soy los otros”.

La solidaridad significa, ante todo, establecer relaciones desde el alma, que sólo puede existir en comunión. Requiere, entonces, transitar del egocentrismo al sociocentrismo, lo cual implica interesarnos genuinamente en los otros, considerar sus derechos y necesidades, apreciar su punto de vista y aceptar las limitaciones del nuestro. Para ser solidarios tenemos que dejar de vivir confiados en que lo que sabemos es la verdad. Cuestionar nuestras creencias es el primer paso para abrir la mente, crecer y cambiar nuestro estado de conciencia. Dejar de aferrarnos a nuestro punto de vista nos permite encontrar semejanzas con otros y establecer puntos de conexión, a partir de los cuales podemos pensar en términos de “nosotros”. Y hay, por supuesto, que dejar de creer que unos somos más semejantes que otros, porque el elitismo es sólo una forma de egocentrismo extendido. Las semejanzas deben encontrarse desde la alteridad, término de origen filosófico utilizado para denominar la capacidad de convertirse momentáneamente en otro “distinto”.

Esto es posible para cualquiera, porque el alma no ve clases sociales, razas, religiones, niveles educativos, discapacidades, edades, géneros. Sólo ve hermanos y hermanas.

Si somos de los que reafirmamos nuestra importancia en lo que consideramos la inferioridad de los otros, o nos alegramos de la desgracia de nuestro enemigo, o tenemos enemigos, o no confiamos en los demás, o necesitamos ponerles el pie para pasar nosotros, ni hablar, nos espera mucho, muchísimo aprendizaje, y con dolor, que no quepa duda.

También hay que dejar de creer que la solidaridad se reduce a la adhesión circunstancial a una causa, una empresa o una desgracia de otros. La solidaridad es una actitud que se traduce en ayudar a los demás en las pequeñas cosas cotidianas. Aún más: la solidaridad es hacer todo lo que comúnmente hacemos pensando en lo que aportamos a la colectividad.

La solidaridad ha sido históricamente, y hoy más que nunca, uno de los valores privilegiados por el PRI. La solidaridad ha sido, de hecho, el agente de la unidad en el partido y, por supuesto, una de sus principales propuestas y principios de acción para el progreso de México.
16 Enero 2016 04:00:49
Una cuestión de virtud
“Aunque toda sociedad está basada en la intolerancia, todo progreso estriba en la tolerancia”. George Bernard Shaw. Escritor Irlandés

La tolerancia es una virtud, un valor y un principio. Y como en cualquier aspecto de la vida de los seres humanos, sin la virtud no pueden concretarse ni el valor ni el principio. Todo comienza, pues, por el individuo.

Es una virtud porque, necesariamente, surge del alma.

Es un valor porque es un parámetro común de actitud para una mejor convivencia.

Es un principio por cuanto se ha convertido en una norma fundamental para ir ascendiendo en la escala de la civilización.

Como virtud, la tolerancia requiere no sólo respeto y aceptación, sino aprecio por aquellos que son diferentes, por quienes opinan distinto, por lo que no es como nos gusta, por lo que no resulta como queremos. Todas estas condiciones son oportunidades para crecer y mejorar como personas.

La tolerancia requiere por tanto otras cualidades del alma: paciencia, benevolencia, empatía, compasión, generosidad. Nada fácil, pero tampoco imposible, porque existe.

La tolerancia no es resignación. No se trata de soportar algo que me ocasiona dolor, ansiedad, tensión, o me priva en mi desarrollo emocional, físico, intelectual, laboral, económico, etcétera.

La intolerancia, por su parte, proviene de una falta de inteligencia emocional. Nace de impulsos elementales que toman el control de nuestras vidas sin que nos demos cuenta, como la envidia, la codicia, el odio.

Es hija de la inmadurez, porque las personas intolerantes son aquellas que quieren satisfacer sus deseos de manera inmediata. La intolerancia es impaciencia. Es hermana del egocentrismo, porque se manifiesta en quienes quieren que todo salga a su gusto, que todo y todos sean como considera que deben ser.

Somos intolerantes cuando, como decía San Francisco de Sales, “en nosotros todo lo excusamos; en los prójimos nada. Queremos vender caro y comprar barato”. Pero también lo somos cuando no nos aceptamos a nosotros mismos, cuando no nos permitimos equivocarnos o cuando nos exigimos demasiado.

La intolerancia genera discriminación y violencia. La hay en el bullying y en toda guerra; en el desprecio a otros y en cualquier incitación al odio en nombre de la democracia. Un conglomerado de individuos intolerantes harán una sociedad y un gobierno intolerantes y, por ende, un país que no progresa.

Tan importante es la tolerancia que la UNESCO elaboró una Declaración de Principios universalizando su sentido:

Artículo 1

1.1 La tolerancia consiste en el respeto, la aceptación y el aprecio de la rica diversidad de las culturas de nuestro mundo, de nuestras formas de expresión y medios de ser humanos. La fomentan el conocimiento, la actitud de apertura, la comunicación y la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. La tolerancia consiste en la armonía en la diferencia. No sólo es un deber moral, sino además una exigencia política y jurídica. La tolerancia, la virtud que hace posible la paz, contribuye a sustituir la cultura de guerra por la cultura de paz. 

1.2 Tolerancia no es lo mismo que concesión, condescendencia o indulgencia. Ante todo, la tolerancia es una actitud activa de reconocimiento de los derechos humanos universales y las libertades fundamentales de los demás. En ningún caso puede utilizarse para justificar el quebrantamiento de estos valores fundamentales. La tolerancia han de practicarla los individuos, los grupos y los estados. 

Así pues, la tolerancia, sin lugar a dudas, es el sustento de la democracia y del estado de derecho, porque es el sustento de la convivencia armónica entre individuos.

Por todo esto, el ejercicio de la tolerancia es uno de los principios básicos del PRI; aquel que nos permitirá construir un México compartido, el México incluyente en el que cada mexicano se sienta parte de la nación, en el que cada individuo tenga acceso a las oportunidades que hagan efectivo su derecho primordial a un destino humano con plenitud.

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09 Enero 2016 05:05:34
Más allá del eslogan
Todos somos responsables, no sólo de lo que hacemos sino de lo que no hacemos, no sólo de nosotros mismos sino de los demás, aunque no asumamos la responsabilidad.

Esta afirmación puede parecer ininteligible, paradójica y aun absurda, pero tiene mucho sentido si se reflexiona sobre el significado de la responsabilidad. Estamos ante uno de esos conceptos multidimensionales que abarca de principio a fin el quehacer humano.

Entendamos la responsabilidad en tres facetas:

Cumplir un deber

Hacer lo correcto

Hacernos cargo de las consecuencias de nuestras acciones u omisiones

E ilustrémoslas:

¿Cuántas personas conoce usted que tienen siempre (o frecuentemente) una excusa para no cumplir con su deber o para no involucrarse en asuntos que les competen? ¿Cuántas que no prevén los resultados al momento de tomar decisiones o tienen el suficiente cuidado al realizar sus acciones? ¿Cuántas constantemente asignan culpas a los otros?

Pues todas ellas son irresponsables. Y, si somos sinceros, todos somos, o hemos sido irresponsables en alguna ocasión o área de nuestra vida, porque la responsabilidad es un aprendizaje y un estado de conciencia, por tanto, requiere del error para concretarse y de madurez para asumirse y expandirse.

Si nos resistimos a creerlo, basta releer el epígrafe de este artículo… Ni el más optimista puede negar que en la cultura cívica de nuestro país la idea de la corresponsabilidad está en pañales, pero ciertamente, y aquí es donde vale el optimismo, habemos muchos y cada vez más que tenemos la voluntad de responsabilizarnos, en el sentido de involucrarnos, en la procuración del bien común.

No hay forma de que una organización, llámese familia, empresa, asociación, sindicato o nación, funcione correctamente si cada uno de sus miembros no realiza lo que le corresponde. Nuestra falta de acción afecta a los demás miembros y la de ellos a nosotros. Así de importante es que nos sintamos corresponsables.

No hay manera de que los individuos prosperen si no prospera su organización. Así de importante es, además, que reflexionemos acerca de nuestras acciones y su impacto en los demás a la hora de decidirlas. Esta forma de ser responsable implica, ante todo, respeto al prójimo.

Aquel irresponsable que asciende a costa de los demás y no con los demás, no prospera, sólo se eleva y evidentemente tendrá una caída estrepitosa. No pocos ejemplos ha visto de ello la humanidad.

Así pues, podemos esquivar las responsabilidades, pero no sus consecuencias. Asumirlas y reparar los daños, a los demás o a nosotros mismos, cambiar y crecer, es otra forma de ser responsable.

Éste es el tipo de responsabilidad que más temen las personas. Las personas temen crecer porque, ciertamente, crecer duele.

Es más fácil buscar culpables, porque en la culpa ya no hay remedio, sólo castigo. Y nos podemos quedar donde estamos. La culpa es una zona de confort, la responsabilidad es acción.

Y lo mismo que es para los individuos es para las organizaciones. En el preámbulo de su declaración de principios, el PRI se declara un partido responsable, amparado en aspiraciones éticas y, por ello, capaz de atender las demandas de la sociedad mexicana y convertirlas en políticas de gobierno.

El PRI es responsable en todos los sentidos del concepto: porque la construcción del México moderno sólo pudo haberse logrado cumpliendo compromisos, entre ellos el que hemos hecho con la democracia. porque hemos visto siempre primero por la realización de las causas ciudadanas al momento de tomar decisiones y realizar acciones; porque hemos asumido las consecuencias de nuestros errores y, en
congruencia, hemos cambiado y crecido.

Para el PRI, “Juntos hacemos más” no es sólo un eslogan, es una cruzada por la corresponsabilidad.

02 Enero 2016 05:05:43
La madre de todo lo que progresa
“El secreto de la disciplina es la motivación.
Cuando un hombre está suficientemente motivado, la disciplina cuidará de sí misma”.

Alexander Paterson
Penalista inglés


Pocas cosas hay tan aterrantes, por incomprendidas, como la disciplina. Según el Diccionario de la Real Academia Española, disciplinar significa “azotar, dar disciplinazos por mortificación o por castigo”, “imponer, hacer guardar la disciplina”.

Creo que no pocos de nosotros fuimos así disciplinados. Muchos temblamos ante la palabra, recordando cómo fue que adquirimos disciplina… y entonces la imponemos a nuestros hijos de la misma manera que nos la impusieron, ellos a sus hijos y así por generaciones, porque de esa manera nos enseñaron a concebirla.

La disciplina se convierte entonces en algo que tenemos que hacer contra nuestra voluntad, un quehacer obligado que nos esclaviza, nos roba los sueños y nos somete a un orden de cosas que nos aplasta.

Cómo no detestarla

Sin embargo, sin disciplina no hay vida en absoluto, como decía la hermosa actriz Katherine Hepburn. De tal manera que lo más inteligente es replantear el concepto, para llegar incluso a amar la disciplina, porque ésta es el ingrediente más importante del éxito en cualquier tarea que emprendamos.

Y para eso, una definición del psicólogo, escritor, empresario y coaching colombiano Camilo Parrado: “La disciplina se define como la capacidad mental, emocional y física para cumplir un objetivo o meta determinada”.

Nada que ver con las restricciones y el sometimiento. A partir de esta definición, podemos entender que la disciplina debe surgir de nuestro propio interior para prevalecer y perdurar. Si las metas son nuestras o las hacemos nuestras, podemos añadir fácilmente el ingrediente entusiasmo, y entonces amaremos lo que estamos haciendo para alcanzarlas que es nada más ni nada menos que disciplinarnos.

Disciplina y entusiasmo van de la mano. Para mantener el entusiasmo y amar la disciplina es necesario tener hábitos mentales que nos impulsen a actuar con amor, generosidad y respeto, hacia nosotros mismos y a los demás, así como purgar emociones negativas como frustración, tristeza e ira, para sustituirlas por optimismo y alegría.

Pensar y sentir en negativo nos lleva directamente a la parálisis existencial, al abandono de nuestros propósitos y al descontrol personal. La indisciplina, como proceso anárquico, dice Camilo Parrado, aparta al hombre del progreso y lo lleva a una convivencia forzada con el statu quo, para luego justificar la elección de una vida mediocre y que no trasciende.

La disciplina es, además, la base del esfuerzo. En México existe una fuerte cultura del esfuerzo, pero si concebimos la disciplina como castigo y/o sometimiento, y no como la forma de llevar en orden una actividad entusiasta, entenderemos a aquel como sacrificio y sufrimiento, y no como la manera de desarrollar una voluntad firme y fuerte.

La diferencia entre ambas visiones es la misma que hay entre la persona que se lamenta por no haber alcanzado su objetivo a pesar de tantos esfuerzos (privaciones y mortificaciones), y prefiere no volverlo a intentar, y la que tiene claro que no es posible saber con certeza si alcanzará, para cuando lo ha previsto, aquello por lo que se esfuerza, pero que justo por eso hay que
imponerse un ritmo de actividad (con entusiasmo y firme voluntad) que le permita conquistar logros progresivos hasta llegar a la meta deseada y, a partir de ahí, plantearse otra.

El estancamiento y el progreso, así de diametralmente opuestas las actitudes, las conductas y los resultados.

Hoy, México progresa, porque el PRI y el Gobierno del presidente Enrique Peña Nieto actúan con la disciplina motivada por el interés superior de México: estabilidad económica, justicia, equidad, seguridad, paz, educación de calidad y bienestar social. Disciplina que se lleva con libertad, respeto, entusiasmo, firme voluntad, compromiso y perseverancia.

Los grandes hombres, las grandes organizaciones y los grandes países son producto de una gran disciplina… bien enfocada.

26 Diciembre 2015 04:00:16
Soy optimista
El optimista siempre tiene un proyecto; el pesimista, una excusa. Esta es una de esas frases geniales que ya nadie sabe quién dijo inicialmente, pero terminó convirtiéndose en patrimonio de la humanidad.

Está claro: si quiere usted realizar sus sueños, hay que ser optimista; de lo contrario, sólo los roncará.

El optimista no es ingenuo, no ignora problemas, obstáculos, errores o fallas humanas.

Su crítica es constructiva porque ve y juzga las cosas en su aspecto más favorable.

¿De qué le sirve?: Verá una oportunidad en toda calamidad y encontrará una solución para todo problema.

El pesimista ve y juzga las cosas por el lado más desfavorable. Enfoca sólo problemas, obstáculos, errores y fallas humanas. Su crítica es destructiva. Él es en realidad el ingenuo, porque la vida puede ser compleja, pero nunca una porquería.

¿Para qué le sirve?: para amargarse, excusarse, encontrar una calamidad en toda oportunidad y un problema a cada solución.

Son dos formas de ser y vivir diametralmente opuestas. Todo mundo tiene derecho a elegir la que quiera. La cuestión es que entre el optimismo y el pesimismo pocas veces se puede estar por mucho tiempo en la zona gris. Se tiende a uno o a otro polo. Es decir, se va hacia el éxito o hacia la derrota.

¿Usted hacia dónde va? Porque no existe la opción C.

Tampoco se puede ser optimista para unas cosas y pesimista para otras, porque el optimismo y el pesimismo son integrales. Abarcan todo lo que somos. Son producto de nuestras emociones, positivas o negativas, según sea el caso. Y aquí es donde la cosa se pone seria, porque:

“Los mayores enemigos del éxito y la felicidad son las emociones negativas de todo tipo. Esas emociones nos sujetan, nos agotan y nos despojan de la alegría de vivir. Desde el principio de los tiempos, las emociones negativas han hecho más daño a las personas y las sociedades que todas las plagas de la historia”, ha dicho Brian Tracy, escritor y orador motivacional.

Así, pues, en la dimensión personal, nuestro pesimismo es un derecho. Allá nosotros… Pero en la social se convierte en un problema, porque los logros de cualquier organización, desde la familia hasta el país, son producto de los esfuerzos combinados de cada individuo, y los pesimistas no son nunca nada más que expectadores. México no necesita expectadores.

Dejemos el pesimismo al servicio del sentido del humor.

Como yo soy un optimista, creo que México tiene pocos expectadores, creo que todo camino que valga la pena recorrer tiene obstáculos que son una oportunidad de aprender y, como creo en los demás, creo sinceramente en mi partido, en mi gobierno y en mi país.

Celebro los logros de la presente administración: la aprobación de las reformas estructurales que habían sido imposibles durante 15 años; la estabilidad macroeconómica pese a la depreciación del peso y la caída del precio del petróleo; la creación de empleos de calidad y la disminución del desempleo de 5.5 a 4.4% anual; el aumento en la seguridad, con la participación redes ciudadanas en poblaciones de alta incidencia delictiva; el apoyo a los jóvenes estudiantes y emprendedores; pensión para 5.5 millones de adultos mayores; seguro de vida para 5.7 millones de jefas de familia; beneficios para más de 4.5 millones de mexicanos a través de la Cruzada Nacional Contra el Hambre y respaldo para más de 6 millones de familias con Prospera.

Veo con esperanza la constante transformación del PRI para, como siempre lo ha hecho, estar a la altura de las demandas de los mexicanos, acercarse a cada familia y construir unidad nacional en torno a un nuevo proyecto de nación, más justa y próspera, porque juntos hacemos más.

“Soy optimista. No parece muy útil ser otra cosa”. Winston Churchill.

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19 Diciembre 2015 04:00:26
Los lazos que nos unen
“Dicen que soy héroe,
yo débil, tímido, casi insignificante;
si siendo como soy hice lo que hice,
imagínense lo que pueden hacer
todos ustedes juntos”.
Mahatma Gandhi


Lo único que le da sentido a la existencia de un ser humano es pertenecer.

Todos desarrollamos nuestras vidas con ayuda de los demás. Formamos nuestras identidades en relación con otros, en la familia, la escuela, el trabajo, con las amistades, en la colonia en que vivimos, el municipio, el estado, el país.

Somos lo que somos por los otros. Todos somos los otros.

Todos creamos lazos para unirnos, porque la unión es el alimento del alma… y del ego.

La unidad resultante de nuestra relación con los otros dependerá de la calidad de los lazos que nos unan.

Desde el alma somos solidarios, generosos, empáticos y afectuosos. Los lazos perduran y fructifican. La unidad se vuelve poderosa y transformadora. Nuestra calidad de vida mejora.

Desde el ego creemos ser el elemento más importante del conjunto y los otros, por tanto, están para servirnos. La unidad se enferma, se debilita, supervive deteriorada e, incluso, se rompe. Nuestra calidad de vida sufre el mismo destino.

En nuestra cotidianidad casi todos somos capaces (con muchas limitaciones, hay que decirlo) de establecer relaciones del alma, pero como ciudadanos acostumbramos ser egocéntricos. Como entes cívicos nos desligamos de los otros, al menos creemos estarlo (ese es el núcleo del problema) y sobreponemos nuestras necesidades e intereses a los de los demás.

Con sus honrosas excepciones, que paradójicamente no son pocas, por cierto, agredimos, nos aprovechamos, desobedecemos, ensuciamos, desconfiamos… y nos justificamos. Por si fuera poco, desde ahí juzgamos a los demás.

Es decir, como ciudadanos, conformamos una unidad enferma y debilitada. Si no cambiamos las cosas, si cada habitante de este país no se transforma para ser un ente cívico desde el alma, la unidad continuará indefinidamente deteriorada.

Es momento de dejar atrás la era del ciudadano egocéntrico. Éste es el gran cambio que está tratando de producir el Partido Revolucionario Institucional; éste es el sentido de nuestro lema: “Juntos lo hacemos mejor”. De hecho, juntos lo podemos todo, porque como decía Giuseppe Mazzini, periodista, político y activista, conocido como “El Alma de Italia”: “El hombre colectivo es omnipotente sobre la tierra que pisa”.

Estamos promoviendo una unidad en la que todo mundo se sienta representado y todo mundo salga ganando. En la que confiemos unos en otros y cumplamos cada uno cabalmente con lo que nos corresponde.

Una unidad con justicia, entendida esta última como la concibiera el gran filósofo David Hume: que cada quien haga lo que le gustaría que hicieran los demás.

Una unidad en la que todos cabemos y todos somos sustantivamente iguales, en la que todos colaboramos en el mismo proyecto y en sinergia trabajamos por los mismos objetivos: un México en paz, incluyente, con educación de calidad, próspero y globalmente responsable. Un México administrado con total transparencia y rendición de cuentas.

Bajo esta óptica es que el PRI trabaja para construir unidad en los estados que tendrán elecciones en 2016. Colima, Durango, Tlaxcala y Chihuahua están dando la pauta: los aspirantes a la candidatura a Gobernador ya pactaron hacer frente común, uniéndose en torno a uno de ellos.

La unidad no es un simple eslogan. Ha sido nuestra divisa histórica. Hoy, la unidad en el PRI tiene un nuevo sentido: más allá de la estrategia electoral, es un proyecto de nación; es la nueva forma de hacer política, de administrar el país, de ser ciudadanos.

Sólo es cuestión de mutar los lazos que nos unen. Que sean estos los del alma: el respeto, la confianza, la igualdad, la solidaridad, la ayuda para que otros se realicen, porque en esa medida me realizaré yo. El canibalismo cívico y político no tiene futuro alguno. De hecho, ya se acabó su tiempo.

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12 Diciembre 2015 05:05:04
Nosotros, los discapacitados diferentes
“La única discapacidad en la vida es una mala actitud”. Scott Hamilton. Medallista Olímpico

“Recuerdo que estaba cansado. Pensé que simplemente estaba trabajando demasiado… Pero entonces tuve problemas para mantenerme en pie.(…)

“Fui a ver a un médico en Peoria, Illinois, y de repente me hicieron todos esos análisis, análisis que dan miedo. Todo sucedió verdaderamente rápido, pero hay algo que recuerdo con mucha claridad. Nunca olvidaré cuando escuché por primera vez las palabras: usted tiene cáncer.

“Al principio estaba petrificado. Entré en estado de shock. No podía creerlo. Muchas cosas pasan por nuestra mente y, a veces, no son del todo buenas. Pero después decidí que iba a luchar y que podía hacerlo. Fue entonces cuando dije por primera vez: la única discapacidad en la vida es una mala actitud. Realmente lo creo.(…)

“He aprendido mucho de mi experiencia con el cáncer testicular, pero creo que lo que quiero decir es que la experiencia no fue tan mala como temía. El miedo era lo peor…”

Estas palabras de Scott Hamilton (autor de la frase del epígrafe) ilustran tres cuestiones fundamentales que debemos entender acerca de la discapacidad:

Una. Es parte de la condición humana. A quien sea puede sobrevenirnos a cualquier edad y, seguramente, lo hará en la vejez.

Dos. Una discapacidad, la que sea, nunca es peor que el miedo a ella.

Tres. El miedo es la real discapacidad, y ese nos atenaza a todos. Todos somos discapacitados.

El miedo se traduce en malos sentimientos: odio, resentimiento, amargura, entre otros; y, en consecuencia, en malas actitudes: discriminación, crueldad y desde bullying hasta guerra.

Miedo, simple y sencillamente; miedo a no ser amados ni apreciados ni reconocidos, a que nos falte lo que consideramos indispensable física y emocionalmente. Miedo que tamizado por el ego se convierte en soberbia, prepotencia y violencia.

Desde el miedo atacamos todo aquello que consideramos amenaza nuestra “superioridad”, falsa por cierto, y en la que, falsamente por supuesto, basamos nuestros méritos.

Miedo que ha podido superar un gran número de las personas a las que llamamos discapacitados(as), porque, como Scott Hamilton, se llenaron de valor y esperanza al enfrentar su situación.

Hablamos pues, en muchos, muchísimos casos, de gente templada, feliz, llena de fe y energía, que ha tenido que deshacerse de toda la basura emocional que otros venimos cargando, porque no hemos tenido la oportunidad de confrontarnos con nosotros mismos a través de una crisis de vida o una condición “diferente” a la de los demás. Esos demás que vivimos y actuamos nuestros miedos, sin siquiera darnos cuenta.

Ellos, que en México llegan a 10 millones, según la OMS, impulsan la adopción del término “personas con capacidades diferentes”. Bueno, pues debiéramos darles la razón, porque en tanto no los consideremos como tales, nosotros seguiremos siendo la gente con “discapacidades diferentes”.

Dice otro estadunidense ilustre, educador y ministro presbiteriano, Fred Rogers: “Parte del problema con la palabra discapacidad es que sugiere una inhabilidad para ver, escuchar, andar o hacer cosas que muchos de nosotros damos por sentado. Pero ¿qué ocurre con la gente que no puede sentir, hablar de sus sentimientos, controlar sus sentimiento, establecer relaciones cercanas, realizarse; gente que ha perdido la esperanza, que vive en la desgracia y la amargura? Para mí, esas son las discapacidades reales”.

Esas personas de las que habla, muchos de nosotros incluidos, son las que creen que quienes padecen alguna limitación respecto de “lo deseable”, que no de lo normal, son diferentes.

Por ello, uno de los objetivos principales del PRI, como ha quedado de manifiesto en el informe anual 2014-2015 de la Secretaría de Asuntos de las Personas con Discapacidad, es “reconocer y borrar la primera y más generalizada de las discapacidades, la de aquellos que no se han dado cuenta de que todos somos iguales”.

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05 Diciembre 2015 05:04:37
Creencias discapacitadas
“No estoy en desventaja por mi condición. Estoy físicamente desafiada y capacitada de forma diferente”. Janet Barnes

Récord mundial de la vida más larga con cuadriplejia.

El problema de las personas con discapacidad no es su limitación, es la de todos los demás; la de aquellos cuya “normalidad” constituye el parámetro de lo que se incluye y lo que se excluye; es decir, lo que se acepta y lo que se rechaza.

De acuerdo al Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), discapacidad es la calidad de discapacitado (a), y éste (a) es “una persona que tiene impedida o entorpecida alguna de las actividades cotidianas consideradas normales, por alteración de sus funciones intelectuales o físicas”.

Esta definición es la que campea aún en la mente de los seres humanos; pero, en sus propios términos, puede considerarse discapacitada, porque está impedida para revelar la verdadera naturaleza de la discapacidad en la vida de las personas.

En primera instancia es excluyente: fuera de lo normal está lo anormal, y de acuerdo al propio DRAE, anormal es “que accidentalmente se halla fuera de su natural estado o de las condiciones que le son inherentes”, o “infrecuente”, o “una persona cuyo desarrollo físico o intelectual es inferior al que corresponde a su edad”.

Tenemos pues, según la idea predominante en el mundo, que las personas con discapacidad son diferentes, infrecuentes, accidentales y además inferiores.

¡Ah, el poder de las palabras!, su significado literal es en realidad ideológico. A través de él adquieren vida propia y, en la medida en que son el medio por excelencia para comunicarnos, independientemente del idioma, se convierten en creencias generalizadas. No importa quién las pronuncie y en qué parte del mundo lo haga, seguirán representando las mismas imágenes, y quienes las hagamos nuestras actuaremos en consecuencia.

Por eso, cuando queremos cambiar de creencias debemos cambiar las palabras. Y es así que la definición de discapacidad ha evolucionado, hasta convertirse, en el siglo de los derechos humanos y la inclusión, en un término que transmite una idea de revalidación de la persona y pertenencia a la sociedad.

La Convención de la ONU sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, aprobada en diciembre de 2006, establece que son “aquellas que tengan deficiencias físicas, mentales, intelectuales o sensoriales a largo plazo que, al interactuar con diversas barreras, puedan impedir su participación plena y efectiva en la sociedad, en igualdad de condiciones con las demás”.

Para empezar, desaparece la normalidad como un parámetro, por tanto desaparece también la anormalidad como un factor de diferenciación e inferioridad. En segundo lugar, reivindica el derecho de las personas con discapacidad a participar plena y efectivamente en la sociedad en igualdad de condiciones respeto de los demás, y por último atribuye las barreras para ejercer tal derecho a factores ajenos a la limitación física, sensorial o intelectual de la persona.

Ésta es la definición que, legalmente, ha adoptado nuestro país y es la que intenta transformar las creencias discapacitadas sobre las personas con discapacidad, en creencias capacitadas para representar esta limitación como una condición inherente a los seres humanos.

Todos, tarde o temprano, desarrollaremos una deficiencia física, sensorial o de carácter intelectual, la mayoría de nosotros debido a la edad, y aun con ella la mayoría podremos participar plena y efectivamente en la sociedad, en igualdad de condiciones con los demás, si todos, Gobierno y ciudadanos, derribamos las barreras que lo impiden. Los ciudadanos, las de las creencias. El Gobierno, las arquitectónicas, económicas, educativas, culturales, etc.

Por ello, la administración del presidente Enrique Peña Nieto estableció por primera vez en el Plan Nacional de Desarrollo la elaboración del Programa Nacional para el Desarrollo y la Inclusión de las Personas con discapacidad. El PRI, por su parte, trabaja “por una sociedad que incluya a todos” desde la Secretaría de Asuntos de las Personas con Discapacidad.

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28 Noviembre 2015 04:00:39
Una cuestión de actitud
Jamás un hombre es demasiado viejo para recomenzar su vida. Miguel de Unamuno. Escritor y filósofo español

En el mundo de hoy se nos enseña de todo, menos a ser felices. La felicidad es un aprendizaje, no un acontecimiento. No hay mayor fuente de felicidad que amar la vida, y hacerlo no es cuestión de “crear un sentimiento”, sino de aprender a conocerla, conociéndose uno mismo.

Es decir, amar la vida lleva su tiempo. Será por eso que Sófocles pensaba que los que realmente aman la vida son aquellos que están envejeciendo. Sin embargo, mientras más temprano comencemos el camino del autoconocimiento, más pronto alcanzaremos la felicidad; porque la felicidad no es el destino, es el camino. Nunca es demasiado tarde para emprenderlo porque nunca es demasiado tarde para ser feliz.

Este camino ya no es sólo para seres como Cristo y Buda, o más terrenales, la Madre Teresa de Calcuta y Mahatma Gandhi, o iluminados muy modernos, como Eckhart Tolle; hoy es obligatorio para todos si queremos un mundo mejor, porque eso depende, sin duda alguna, de la felicidad de sus habitantes.

La felicidad nos hace conscientes de nuestros semejantes y nuestro entorno, nos hace bondadosos, solidarios, compartidos, respetuosos y empáticos. La felicidad, ¡oh gran decepción!, no se alimenta de la molicie, ni del placer, ni siquiera del merecido descanso. De lo contrario cualquiera podría ser feliz.

La felicidad llega cuando hacemos aquello que amamos hacer, cuando somos útiles a los demás, cuando nos liberamos de nuestra necesidad de reconocimiento y aprecio, cuando amamos por amar, cuando confiamos en los otros, cuando creemos en un poder superior, en la sincronía del universo y en la infinita bondad de la vida.

Es decir, igual que ser infeliz, ser feliz es cuestión de actitud, y es esta actitud la que hará un mundo mejor. Esta idea está cobrando tanta solidez en todo el mundo que ya hay índices para medir la felicidad.

Ciertamente la felicidad, por increíble que parezca, es más fácil para los viejos, que ya se pueden dar el lujo de tirar todo el equipaje psíquico que han venido cargando. Lo importante es que estén conscientes de ello, y entonces emprenderán el camino sin que nada los detenga, porque no hay nada más fuerte que la determinación de un viejo. Llamarla necedad o tenacidad, depende de en qué se enfoque.

Crear conciencia es un trabajo intangible, pero indispensable. Sin ello ni las leyes ni las políticas gubernamentales o públicas rendirán frutos.

El PRI trabaja esforzadamente en esa vertiente, y apoya a los adultos mayores para que se involucren en las tres facetas de vida necesarias para un envejecimiento óptimo: la actividad, la sociabilidad y la participación.

Desde el Gobierno, el tricolor se ocupa de las acciones orientadas a cubrir las necesidades básicas de millones de ancianos en desventaja económica, para que cuenten con lo racionalmente necesario, de manera que puedan dedicarse a desarrollar, por encima de la existencia física, su dimensión humana.

Primera Acción. Transformación del programa 70 y Más en 65 y Más y conformación del Programa Pensión para Adultos Mayores, que apoya a 5.5 millones de beneficiarios que no cuentan con seguridad social, el cien por ciento de la población en esta situación.

Segunda Acción. A través de la Cruzada Nacional contra el Hambre, 60 mil adultos mayores desayunan y comen en comedores comunitarios.

Tercera Acción. Con Prospera se respalda a 16 mil adultos mayores con apoyo económico mensual y acciones de salud y nutrición.

Cuarta Acción. La creación de un programa de Vinculación Productiva a cargo del Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores.

El objetivo de la presente Administración es impulsar la revitalización de los adultos mayores a través de la productividad, la creatividad y el interés por aprender, que, junto con la risa, son los mejores antioxidantes y abono de la felicidad.

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21 Noviembre 2015 04:00:05
Reeducarnos para envejecer… y reverdecer
“La vejez (tal es el nombre que los otros le dan) puede ser el tiempo de nuestra dicha. El animal ha muerto o casi ha muerto. Quedan el hombre y su alma”. 
Jorge Luis Borges
Elogio de la Sombra


No cabe duda: la forma en que los humanos vivimos, convivimos, nos sentimos e, incluso, morimos, es únicamente producto de nuestras creencias.

Esta idea explica casi cualquier cosa, entre otras, por qué pasamos de venerables ancianos hace algunos ayeres, a viejos inútiles hoy en día, cuando menos en las sociedades occidentales.

Para el hombre moderno, los 60 años es la edad ideal no sólo para retirarse del trabajo, sino para no hacer nada, porque “ya nos lo merecemos”. Se detienen todos los procesos, excepto el de deterioro.

Nuestra vida productiva, de aprendizaje, de desarrollo personal y aporte muere. Finito. Comienza el declive, la pérdida de facultades físicas, mentales e intelectuales.

Y esta situación se origina, por supuesto, en otra creencia: llevamos una existencia a tal grado material que todo aquello que no se monetice no tiene mérito, y todo lo que no tiene mérito no vale la pena el esfuerzo.

Y así pues, a los 60 años “sus servicios ya no son necesarios. Muchas gracias y suerte”. Ya se puede uno echar a morir, o antes si es que estamos buscando empleo; basta echar un ojo a las ofertas de trabajo en diarios o en internet: a los 45 años dejamos de ser requeridos como seres productivos.

El primer efecto de ello es el empobrecimiento material y espiritual de las personas mayores de 60 años (o menos si estamos buscando empleo), y con él la pérdida, no sólo para ellas, sino para toda la sociedad, de lo que en realidad es la esencia de la vejez: la sabiduría.

La sabiduría no se reduce a la experiencia. De experiencias vivimos todos desde que nacemos. La sabiduría llega sólo en la madurez, cuando el hombre o la mujer se han encontrado consigo mismos y pueden, entonces, emprender a vela desplegada, el proceso de desarrollarse como seres humanos y como espíritus hasta el máximo de su potencial.

La madurez no tiene edad, pero se facilita cuando, como decía Borges, el animal ha muerto o casi ha muerto y se quedan el hombre y su alma. Platón decía que la madurez se inicia a los 60 años y, como en casi todo lo que dijo, sigue teniendo razón.

Ahora bien, la madurez, como proceso, es actividad, de ahí que el hombre o la mujer pueden producir más que nunca, ser más creativos que nunca, más bondadosos, amorosos y comprensivos que nunca, más felices que nunca y, por tanto, más útiles a la sociedad que nunca.

Cervantes escribió la segunda parte del Quijote a los 68, el mismo Platón murió con la pluma en la mano a los 81, la madre Teresa de Calcuta sirvió más y mejor a sus semejantes durante su vejez, hasta morir a los 87. No son excepciones. De hecho, son la regla. La mayoría de las grandes obras han sido realizadas después de la juventud e incluso en edades avanzadas.

De ahí lo atinado y grandioso del dicho mexicano: “viejos los cerros y todavía reverdecen”. Debemos reeducarnos para envejecer… y reverdecer, como individuos y como sociedad.

Afortunadamente hemos comenzado. El Gobierno del presidente Enrique Peña, sin dejar de mejorar continuamente las acciones necesarias para satisfacer las necesidades básicas de los adultos mayores, está promoviendo su vinculación productiva como un derecho; como el que tienen a retirarse.

El PRI apoya tal enfoque y, desde la Secretaría de Asuntos de los Adultos Mayores, lo refuerza, entre otras formas, promoviendo activamente su incorporación a la vida política del país, porque la productividad va mucho más allá del valor monetario del trabajo.

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