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Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
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Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

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06 Julio 2018 04:00:00
Elecciones 2018
Pasaron las elecciones y ahora ¿qué? Ponernos a trabajar, decimos, como si hubiéramos dejado de hacerlo en estos meses. Ganó Andrés Manuel López Obrador en su tercer intento. Apuntalado por un fuerte equipo de colaboradores llegados de los cuatro puntos cardinales, entre dichos y promesas, ganó. Sólo esperamos que sus palabras se cumplan, que no queden en gastados lemas de campaña.

Sin lugar a dudas, lo mejor de esta elección fue la participación masiva de “el pueblo”, como le gusta llamarnos a AMLO. Fueron los jóvenes quienes más se involucraron. Las redes sociales influyeron mucho y ese entusiasmo se contagia. Era fácil seguir el pulso de los candidatos en Twitter, saber en tiempo real dónde estaban, que sentían, que pensaban. En la era de la sobreinformación, también las fake news y los memes sobredimensionaron día a día las candidaturas.

Los 12 años de campaña de López Obrador ahora se convertirán en 18, ya que como presidente de la república aseguró un ejercicio itinerante, un hombre que seguirá haciendo lo que mejor ha demostrado que sabe hacer, llegar hasta la puerta de tu casa y prometer.

Ojalá que cumpla por lo menos con sus dos más cacareadas, acabar con la impunidad y desterrar la corrupción.

Ojalá que la cuarta transformación que él propone, llegue como sus pasos, a todos los rincones del país y podamos ser mejores compatriotas, que el litro de gasolina sea de verdad un litro, que las básculas de los mercados estén bien calibradas y pesen kilo por kilo, que todos los grandes supermercados paguen los centavos que, a millones de clientes al día, le quedan a deber o le redondean.

Ojalá que todos aquellos empresarios, como gasolineros y restauranteros, que pagan a sus trabajadores con las propinas de sus clientes, les den un mucho mejor sueldo y seguridad social. Ojalá que el trabajo doméstico sea regularizado y tantas mujeres dejen de ser explotadas por sus empleadores, cuenten también con una pensión de retiro y servicio médico.

Ojalá que el martes pasado que se reunió Andrés Manuel López Obrador y el presidente Peña Nieto en Palacio Nacional, entre sonrisas y miradas pizpiretas, no se hayan puesto de acuerdo para cubrirse la espalda y arroparse bajo el viejo nacionalismo priista. Porque el perdón no es justicia y un país que ha tenido más de 250 mil muertos en dos sexenios también espera respuestas, no borrón y cuenta nueva.

Ojalá que no todo quede en lemas de campaña como los de sus antecesores: “Arriba y adelante” de Luis Echeverría; “La solución somos todos” de López Portillo; “La renovación moral” de Miguel de la Madrid; “Que hable México” de Salinas de Gortari; “Bienestar para tu familia” de Ernesto Zedillo; “El voto del cambio” de Vicente Fox; “El presidente del empleo” de Felipe Calderón y “Mi compromiso es contigo” de Peña Nieto.

Pasaron las elecciones y desde el próximo primero de diciembre sonarán más las palabras de AMLO, su lema de campaña: “No les fallaré”; porque como dijo en su discurso de ruptura el también candidato a la Presidencia de la República Luis Donaldo Colosio, yo sigo viendo “un México con hambre y sed de justicia”.
22 Junio 2018 04:00:00
De Rusia con amor
Fuimos amantes poco más de dos meses. Llegaba a mi casa los fines de semana. La madrugada del sábado tocaba el timbre. A veces caía rendida en un sueño profundo hasta el mediodía del domingo o venía con una hiperactividad que no controlaba ni los cigarros ni el alcohol. Nos amábamos en silencio y sin rituales.

Era rusa, de Siberia, tenía dos años en México. Su sueño había sido ser bailarina clásica, pero la Perestroika le frustró el destino. Cuando le pregunté quién la había traído a México, me dijo que fue la mafia rusa. Un chico de veintitantos años con conexiones por todo el mundo, a quien le seguía pasando una mensualidad bajo amenaza de muerte sobre su madre y su hijo que había dejado en Siberia.

La conocí en el table dance donde bailaba. Ese día acompañé a Beto Gómez a hacer un casting para su siguiente película. Fue deseo a primera vista. Al final de la noche ella decidió irse conmigo. Antes de llegar a mi casa pasamos a un OXXO por cervezas y cigarros, cuando quise pagar me dijo, “soy rusa, no latina”. Lo mismo me dijo al descubrir que su cuerpo no había pasado por el bisturí, a pesar de su pequeño busto.

Vivía en viejo edificio de la Zona Rosa. El inmueble estaba poblado por 40 bailarinas de Hungría, Rumania, Venezuela y Argentina. En la puerta, sentado en un huacal, siempre había un gordo que atisbaba a qué auto se subían las chicas. En un cuaderno de primaria apuntaba la hora de salida y las placas del coche.

Nuestras salidas eran al cine o a cenar. Ella ganaba lo suficiente para usar sólo ropa de diseñador, perfumes de colección. Para ir cada sábado a la cama de bronceado, lo que le hacía más náufragos sus ojos azules, más deslumbrante su cabello rubio. Pero ni siquiera el exceso de rayos UVA disimulaban el contraste de su piel siberiana cuando le echaba encima la oscuridad de mi peso.

Un domingo que fuimos a la ópera a Bellas Artes, salió con el cabello planchado y vestido rojo, largo hasta los tobillos. Aunque no lloró como Julia Roberts, en Pretty Woman, yo sí me sentí Richard Gere caminado de su mano por la Alameda como si fuera Central Park. Esa noche me contó, “las que trabajamos en esto es porque no sabemos hacer otra cosa, y tenemos por lo menos un hijo que mantener. Ganamos mucho dinero, pero hay que saberlo administrar, porque la competencia es tremenda. Mis enemigos no son los clientes, sino mis compañeras”.

Continuó relatándome la Perestroika, el frío que pasaban por los prolongados cortes de luz, ver cómo bajaba el termómetro de su casa a 40 grados bajo cero. “A Siberia dejó de llegar el subsidio de Moscú. Viejos y niños comenzaron a morir de frío. Fueron años horribles. Si pudieras escuchar el rasgar del viento en mitad de la Tundra Siberiana”, me decía, “también preferirías la música, los aplausos, gritos y manoseo de los hombres que cada noche pagan por verme bailar”.

Dos semanas después supe su verdadero nombre. Ella decía que se lo cambiaba cada semana por seguridad. Fuimos amantes casi tres meses y la última noche que pasamos juntos, faltando al primer principio de su oficio me lo dijo mientras me besaba: Ludmila.
08 Junio 2018 04:00:00
Día del padre
No sé cuándo decidí no tener hijos. Ahora, sin proponérmelo, soy el “padre” de tres gatos, Runa, Simón y Kikapú. En la primavera del 2011, Runa llegó a mis brazos, tenía dos meses. Era como un alambre lleno de pelos y un par de ojos amarillos que se oscurecían en la sombra. Dormía todo el día y de esa bolita negra que se echaba cerca de mí sobresalían un par de radares.

Runa creció correteando su sombra, descubrió el mundo a través de la ventana, desesperada por no poder atrapar palomas al vuelo; durmiendo siempre en un sitio distinto de la casa. Tan negra como el silencio, a Runa se le formó el carácter propio de las hijas únicas.

Simón fue una sorpresa, un hijo que no estaba planeado. Llegó con nosotros en abril de 2015. Más negro que blanco, enorme y bonachón, Simón tenía dos años cuando Andrea y yo lo adoptamos. Un adolescente confiable y amoroso que tuvo que enfrentar los ataques de Runa, sus acechantes celos, sus constantes peleas. Pero Simón, siempre bueno y bien educado, a pesar de ser más del doble de grande que Runa, jamás le ha levantado la mano ni la ha acusado de maltrato.

Poco a poco se fueron acoplando, ya comen del mismo plato y duermen en el mismo horario. Con Runa y Simón he aprendido a ser cuidadoso, tolerante, a veces enérgico, pero la mayor parte del tiempo, cariñoso y responsable. Yo mismo les doy de comer, les cambio el agua, los cepillo a diario, juego con ellos y los observo dormir. Puedo pasarme horas velándoles el sueño. Simón tiene muchas pesadillas, tiembla y suspira en mitad de la siesta, una leve caricia es suficiente para que vuelva a acompasar su ritmo.

Tuvieron que pasar tres años para que la rutina se volviera a alterar. En diciembre pasado, al salir de madrugada de un coctel de la Feria del Libro de Guadalajara, me encontré una gatita blanca y antifaz negro, merodeaba en mitad de la calle. Antes de subir al auto, ronroneó entre mis pies. Estaba chamagosa y flaca, parecía más un trapo que una gata de nariz negra en forma de corazón. Sin pensarlo mucho y sin mirar a mi alrededor, la subí conmigo y ahora vive con nosotros.

Si Simón es bueno, dócil y obediente. Escucha su nombre y atiende, baja de donde esté y llega hasta mis pies maullado, como preguntando “¿qué quieres?”. Kikapú, a pesar de ser callejera, es aún más mansa, temerosa y le ha costado más de un manojo de pelos hacer que Runa la acepte. Voluntariosa y de carácter fuerte, Runa, sigue en defensa de su territorio, entre Simón y Kika han aprendido a compartir sus gruñidos y arañazos. “Esto es mío y esto también”, les dice sin darles tiempo a reaccionar.

Por la curiosidad de Runa, Simón y Kikapú todos los días son distintos. A través de su silencio, también yo descubro un mundo de pequeñeces a mi alrededor, los giros del sol, los sonidos de la noche; pues no nos vamos a dormir hasta que estén los tres juntos. A la mañana siguiente comienza la rutina: la comida, el cepillado, la limpieza del arenero. Con ellos aprendí a ser padre, serán los únicos hijos que tenga. Esa decisión sí sé cuándo la tomé: el día que Runa, pequeñita, llegó a mis brazos.
25 Mayo 2018 04:00:00
Salma
“¡No disparen, soy inocente!”, pudo haber gritado Salma, aunque sus palabras se las hubiera llevado el viento, pero no lo hizo, una bala le entró en mitad del cráneo. Segundos antes varios impactos hicieron lo mismo con Juan David, su pareja. La sangre estalló a borbotones, salpicó las micheladas que tenían sobre la mesa y llegó al suelo antes de que su cabeza rebotara contra el biscoso charco de sesos y plasma.

Celebraban un cumpleaños, eran cinco chavos y una mujer, Salma. A ella le tocó porque estaba junto a Juan David, apretados en una mesa para cuatro. Bebían en la Cervecería de Barrio, un bar de puertas abiertas, casi una terraza bajo la noche fresca. Su última noche juntos.

Esa cervecería, popular en la colonia Del Valle, está en la esquina de Av. Universidad y Pitágoras, frente a mi casa, yo también la frecuento. Voy por sus tacos de camarón y su aguachile. La noche del pasado 15 de mayo, Andrea y yo veíamos a Denise Maerker en su noticiero cuando oímos los truenos secos a poca distancia, tan lejos como quien avienta cuatro, seis, siete piedras a un pozo de agua. Nuestros gatos salieron disparados a refugiarse. “Son balazos”, le dije a Andrea.

Minutos después, desde mi ventana tomé una foto de la escena del crimen, la tuiteé y bajé a averiguar. En medio del escándalo de las ambulancias, el derrapar de las patrullas que seguían llegando y el llanto contenido de más de una mujer, vi a la pareja en el suelo, juntos, sobre el charco de sangre. “Huele a cohete quemado”, pensé y un mesero con el mandil ensangrentado o sería la salsa Valentina que también escurría de la mesa y se avivaba con la luz roja de las torretas, gritó: “¡se fueron por allá!”.

Los dos sicarios entraron por Pitágoras, caminaron entre el bullicio y las mesas de madera y a pocos centímetros de los celebrantes desenfundaron sus .9 milímetros. A él le metieron 16 balazos, a ella dos. Luego regresaron por donde habían llegado y huyeron en una moto entre el mortal silencio de la noche. Nadie vio nada, aseguraron los demás comensales. Ni siquiera notaron en qué momento, los otros cuatro que estaban en la mesa se fueron sin pagar la cuenta.

Andrea no había querido acompañarme, ella monitoreaba mis movimientos desde la ventana, seguía el pulso de las redes que hacian viral mi fotografía. Desde su puesto de guardia vio cómo dos patrullas le cerraban el paso a un Sonic que circulaba en contrasentido por la avenida. Después sabríamos que era Edwin, llegaba tarde a la celebración, al cumpleaños 26 de Juan David.

Enseguida, mi celular comenzó a vibrar, dos, tres, cinco mensajes, era Arturo Sánchez, editor del periódico Metro, con quien de vez en cuando intercambio fotos de chicas encueradas, me preguntó: “¿estás ahí?, fíjate qué dice el tatuaje que ella tiene en la espalda”. Eran 12 palabras en dos líneas, frases que no pude ver por los mirones, por tantos policías que acordonaban el lugar y los paramédicos de seis ambulancias. Palabras que Itzel, también conocida como Salma, de 19 años, otra víctima del narcomenudeo que gobierna esta ciudad, se llevará a la tumba.
11 Mayo 2018 04:00:00
Hace una década
¿Cómo te ves dentro de 10 años? Es una pregunta que nos hacen con frecuencia y la mayoría de las veces respondemos imaginando un futuro mejor. Sin embargo, ¿recuerdas dónde estabas hace 10 años? Yo sí. 2008 fue determinante para mí, había regresado a México después de dos años de radicar en Buenos Aires y tenía en mis manos mi primera novela, publicada en septiembre del año anterior. Esto es un poco de lo que recuerdo de hace una década.

En enero, Argentina aún pulsaba en mi recuerdo y llegué a febrero arrastrando la cobija. Viajé a Chicago en plena precampaña de Obama, muchos creían que no llegaría. En la ciudad de los vientos conocí la nieve, la tuve por primera vez en mis manos. Me reencontré con Gina Wiberg y como se ve en las películas, hicimos muñecos de nieve en el jardín de su casa.

Llegó marzo y, en Semana Santa, conocí a quien sería mi novia los siguientes cuatro años, Nadir Chacín. En abril hice por fin la presentación de El Orden Infinito, me acompañaron Antonio Ramos y Daniel Sada. Cobijado por el Icocult, ese mes recorrí siete ciudades de Coahuila con Antonio Sonora como mi anfitrión y mi novela bajo el brazo.

El 6 de mayo abordé un avión rumbo a Europa, donde estuve cinco meses. Un mes de ese viaje acompañé a Massimo Falá, italiano mochilero que me enseñó a distinguir el valor de pesos y centavos.

Viví en casas de amigos en Lisboa, Madrid y Granada. Recorrí el calvario de García Lorca, estuve en su casa natal y en la Huerta de San Vicente. Fui a Viznar, a tratar de encontrar un rastro de su paradero.

En Toulouse aprendí algo de francés, viví tres meses en casa de Nicole Commels. Mi último mes en Europa me hospedé con Christian y Homar en Barcelona. Ahí me aficioné a ir a una playa nudista que me quedaba a la vuelta de la esquina y comencé a escribir La Columna Chueca, para compartir lo que veía y sentía en completa libertad.

En octubre, de vuelta en México, Arturo Pimentel me contó de algo que, me aseguró, cambiaría el futuro: Facebook. Noviembre se me fue sin sentir, reescribiendo mi novela de ese entonces, Cállate Niña.

Beto Gómez terminó el rodaje de su película Salvando al Soldado Pérez y en diciembre viajé a la FIL de Guadalajara. Allá me reencontré, después de 22 años, con mis amigos de la universidad, Jorge, Agustín, Bonnie, Mawi, Gerardo y Mónica.

Durante ese año leí casi todo lo traducido de Amos Oz; Los Informantes, de Juan Gabriel Vázquez; Caballeriza de Rodrigo Rey Rosa. Vi las óperas primas: Rec y Satanás, adaptación de la novela del mismo nombre del colombiano Mario Mendoza, protagonizada por Damian Alcazar. Humberto Zurita me sorprendió con Bajo la Sal y me pareció buena la adaptación cinematográfica de Ensayo Sobre la Ceguera de Saramago. Aluciné con Funny Games.

Hace una década compartí mi casa con Audomaro Hidalgo, quien era becario de la Fundación para las Letras Mexicanas. Hace una década comenzaba un largo viaje por el universo de los libros. No sabía nada del futuro, de lo único que estaba seguro era que quería escribir. ¿Cómo me veo dentro de 10 años? Espero que sin miedo, por fin, a la hoja en blanco.
27 Abril 2018 04:00:00
Ese llanto fácil
“¡Callen a ese pinche perro!”, gritaba Christian Obregón desde una ventana de mi casa. Eran las 3 de la madrugada y el perro del vecino tenía varias horas ladrando. Era un animal de guardia, pues esa casa funcionaba como oficina durante el día. Christian, sacudido por los calores de mayo, en calzones, sacaba medio cuerpo por la ventana y gritaba con todas sus fuerzas a lo profundo de la noche. Nadie respondía y el perro seguía en su afónico lamento de ladridos.

Desde hace un par de años esa casa dejó de ser oficina y ahora es un jardín de niños decorado como castillo de Disney, al cual llegan por lo menos una veintena de creaturas.

Niñas y niños que lloran por contagio. Sólo falta que uno comience con un puchero para que los demás lo consecuenten. La mañana es mi horario para leer y tomar notas, sin embargo, esos berridos sinfín, acompañados a veces por el grito de un niño que, al parecer, se debate entre la vida y la muerte, me desconcentran hasta la exasperación.

Según investigaciones de Pampers “los recién nacidos también pueden llorar por no estar aún adaptados a las luces brillantes, a ciertos ruidos o a la textura de algunas prendas de vestir”.

“Hay infantes más emocionales que otros, varones que, por un mayor apego a la madre, lloran más que las niñas cuando los dejan por primera vez en el kínder”, me explicó Gloria Martínez, educadora del colegio Asunción, de la Ciudad de México.

Pampers aconseja que, antes de la primera cita por enfermedad al doctor, se lleve a la niña o al niño al consultorio a hacer una visita de reconocimiento, para que conversen con el doctor, vean algunos instrumentos, sepan cuál es su utilidad y les pierdan el miedo; así, cuando vayan realmente a una consulta, los infantes estarán familiarizados con ese entorno, por lo que se sentirán más seguros.

“El llanto comunica, es la forma que tenemos a temprana edad de entablar un vínculo de sobrevivencia con nuestra madre. Ella aprende a distinguir los distintos llantos, por hambre, berrinche o dolor.

“El primero comienza con pequeños gemidos y poco a poco se incrementa, en el segundo es característico que el niño llore con ciertos intervalos de silencio para volver a llorar con más fuerza; el llanto por dolor no se calma con nada”, me dijo mi hermano Leonel, pediatra neonatólogo.

Un dolor semejante al del abandono sufrí cuando a los 4 años me llevaron por primera vez al kínder. Llegué de la mano de una empleada de mi casa y me dejó ahí sin ninguna explicación.

Recuerdo a un niño de cabello lacio sobre la frente, aferrado a los barrotes de una reja, convulsionado en llanto mientras una mujer, quien sería mi primera profesora, lo jalaba de la cintura y desprendía uno a unos sus deditos de aquella prisión.

Aunque aprendí a temprana edad a llorar ante un abandono, ahora, mientras leo o investigo en la placidez de mi estudio, no disculpo ese “llanto fácil” e histriónico de los niños del kínder Lucecita y como Christian Obregón, exasperado por los calores de abril, las lluvias de junio o los vientos de otoño, me dan ganas de gritar desde mi ventana: ¡callen a esos “dulces” niños!
13 Abril 2018 04:00:00
Las letras de mi nombre
“Por el registro extemporáneo se le impuso al compareciente una multa que cubrió en la Tesorería Municipal”. Así dice mi acta de nacimiento seguida del nombre de mi padre. Soy el cuarto hijo de un médico de pueblo que viene de una familia numerosa: tres hermanos de una familia se casaron con tres hermanas de otra y algunas tías parieron hasta 20 hijos, primos y tíos que tienen dos nombres, como se acostumbra en mi familia, por lo que la repetición puede ser un exceso.

Mi papá no quería que eso sucediera conmigo, quiso que su último hijo llevara un nombre nuevo y no le importó que mi madre hubiera resuelto llamarme Luis Fernando, como su único hermano. A mi papá le sonaba pomposo e imperialista, por lo que hizo consenso con sus tías que, para ese entonces muchas eran viudas y como reza la costumbre familiar, vestían de negro desde el día de su viudez hasta el de su muerte. Ellas, como cuervos sabios, opinaban alrededor de mi cuna.

El nombre marca a las personas, les delinea el destino, puede hacerlos únicos o dueños de una “patente”, como es el caso de Gabo, después de leerlo, uno se refiere a él como si fuera parte de la familia. Lo mismo sucede con los apodos que también se heredan, a mi mejor amigo de la universidad le decíamos “Pollo” y pocos sabían que se llama Alfredo Castellanos, ahora a su hijo mayor también así le dicen.

El absurdo del destino, como los vástagos de Pedro Páramo, es cuando los hijos no saben cómo se llamaba su padre. Les pasó a los Rulfo, cuando se enfrascaron en un pleito con la Feria Internacional del Libro de Guadalajara que cada año otorga el galardón Premio FIL, antes llamado Premio Latinoamericano y del Caribe Juan Rulfo, perdieron la demanda por no poner en los documentos oficiales el verdadero nombre del escritor: Juan Nepomuceno Pérez Vizcaíno.

Peor dilema de apelativos hemos padecido, al no saber “bautizar” espacios públicos, teatros o museos y los denominamos con nombres genéricos: Auditorio Nacional o Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México resumido en AICM, aunque se llame Benito Juárez.

El colmo ha sido en los últimos años, teatros, auditorios y museos llevan por nombre las marcas de otros liderazgos, no el de artistas, científicos y próceres: Centro Banamex, Auditorio Telmex, Arena Monterrey. No me extrañaría que pronto haya una Plaza Jabón Roma, un Pasaje Durex, una Universidad Bimbo.

Lo difícil es encontrar una palabra que determine, constituya y defina. Acertar el nombre adecuado para un libro, un poema o para cada columna. A mi padre le sucedió conmigo. Habían transcurrido seis meses desde mi nacimiento y yo seguía sin bautizar, sin registrar y sin nombre. Tan preocupante era el asunto que Carlota, mi abuela materna, me llamaba Sotero como el santo patrono del día en que nací.

Fue hasta que terminaron de recorrer más de 100 años del árbol genealógico familiar, que dieron con mi nombre, no había ningún Rodolfo en mi parentela. “¿Y el segundo?”, preguntó mi tía Pachita. “Suficiente”, respondió mi mamá, “o peor multa nos van a poner, si nos cobran cada letra extemporánea de sus nombres”.
30 Marzo 2018 04:00:00
Las razones de Zuzunaga
Los días de asueto nos dan más de una razón para leer. El tiempo adquiere otra constancia y hasta la digestión es distinta. La Ciudad de México se vive diferente. Hace un par de meses salió la nueva novela de Jorge Alberto Gudiño Hernández, Siete Son tus Razones, la segunda entrega del excomandante Cipriano Zuzunaga, personaje creado por Gudiño al puro estilo de Elmer Mendoza y su Zurdo Mendieta o el Belascoarán de Taibo II. Zuzunaga es un policía que tiene por mayor virtud sus propios
claroscuros.

En su anterior entrega, Tus Dos Muertos, Cipriano Zuzunaga después de que capturó a los secuestradores del hijo bastardo del diputado Manrique, el procurador lo premia –además de perdonarle su cuota de extorsiones y mordidas– con otro caso: encontrar al asesino de un importante empresario.

Ha pasado un mes desde que Zuzunaga resolvió el secuestro de Juan Perea y su novia, ahora H y H, sobrinos del empresario asesinado lo contratan casi como investigador privado para resolver el caso de su tío. Todo indica que Néstor Quiñones, un carnicero narcotraficante, es el asesino, aunque al parecer, ya estaba muerto cuando ocurrió el atentado.

En Siete Son tus Razones, Gudiño Hernández nos presenta a un Cipriano Zuzunaga de carne y hueso que se enfrenta a sus propios demonios. Aquel excomandante de Policía que en Tus Dos Muertos agarró a criminales sin escrúpulos y que arriesgó la vida por un amigo o una prostituta, en Siete Son Tus Razones le teme más al juicio de Leslie, su hija; a enfrentar el recuerdo de Sonia, su exmujer; a la mirada de Nat, una adolescente que vive en su casa, madre de una bebé y mujer de quien asesinó a su antigua amante, que a la cólera del procurador o a la persecución de sus enemigos.

Así como Cipriano Zuzunaga se mueve por las calles de la Ciudad de México como un viejo zorro, Gudiño Hernández, quien en 2011 obtuvo el Premio Lipp de Novela, con su segunda novela Con Amor, tu Hija, a la cual le siguieron Instrucciones Para Mudar un Pueblo y Justo Después del Miedo, movió su registro narrativo a la novela negra, con un personaje que Benito Taibo calificó de “escalofriante”. En Siete Son tus Razones, el procurador también lo sabe, por lo que le encomienda un caso difícil: encontrar a un asesino que ya murió.

En Siete Son tus Razones, Jorge Alberto Gudiño entrega la segunda parte de una saga que me atrapó desde la primera página. Con voz potente y narración en segunda persona que no da pie a ambigüedades, Gudiño hace un mapa criminal de nuestra sociedad: el narco, “descabezados, amputados, cocinados en tambos repletos de diésel”. Un mundo perverso que Zuzunaga tratará de humanizar sin notar que hay una trampa al final del camino.

He pasado los días de Semana Santa reflexionando sobre cuáles son mis razones, porque Zuzunaga, al pie de la cama donde la muerte reposa, enumera las suyas, aquellas que lo mantienen con vida. Siete Son tus Ra
16 Marzo 2018 04:00:00
Ladrón que roba a ladrón
Estábamos mi editora y yo en la parte alta del stand cuando vimos que un chico se metió un libro en el morral. Minutos antes hablábamos de una maestría en diseño editorial que ella está cursando. Bebíamos un coctel semejante a un martini y botaneábamos papas fritas con salsa Valentina. Fue en la pasada FIL de Guadalajara. Faltaban pocos minutos para las 2 de la tarde, hacíamos tiempo y hambre para ir a comer cuando vimos al ladrón solitario.

Ni el cuerpo de seguridad que contrata cada año Editorial Planeta, ni los jóvenes de la Universidad de Guadalajara que dan apoyo en la feria, ni los vendedores del stand, más de 25 personas en total, vieron nada. Fue en un abrir y cerrar de ojos que pasó frente a nuestras narices, de mi editora y la mía, quienes vimos desde la “terraza” alta cómo, en medio de ese hormiguero de gente que es el stand de Planeta, el muchacho veinteañero se llevaba un libro.

Todo el año y por todo el país hay ferias de libros pequeñas y medianas. De sur a norte cada semana del año, los vendedores de las editoriales recorren los caminos de México para instalar ferias de libros, para promocionar, vender y acercar a los escritores con sus lectores. En todas hay robos, según me contó después Víctor Zuzuárregui, encargado de ventas de Planeta, pero en ninguna como en la FIL de Guadalajara.

“El año pasado se robaron 2 mil 600 libros, un poco de todo”, me dijo, “aunque se van más por la novela juvenil, los libros de Benito Taibo”. Muchos de los jóvenes roban en grupo, para echarse ¡aguas!, se llevan los libros sólo porque les gusta. En la FIL de Guadalajara no hay Ministerio Público y los policías que cuidan las puertas no pueden cargar con nadie. “La feria no se hace responsable de nada y lo mejor es quitarles el libro y dejarlos ir. De otro modo es una pérdida de tiempo”, agregó Zuzuárregui.

Situación diferente revela la FIL del Palacio de Minería, donde los ladrones no son jóvenes habidos de lectura, sino revendedores de libros, piratas literarios que, más de alguna vez han esperado al vendedor que los agarró manos en la masa afuera de la feria. “Al final del día tenemos que salir en bola”, me contaba Bañales, otro de los vendedores de Planeta, “porque cinco o seis cabrones nos esperan a la salida para madrearnos. Son una mafia. Los libros que nos roban de inmediato los venden en el pasaje que está al costado de Minería”.

Si el promedio del valor de un libro es de 150 pesos, en la pasada FIL de Guadalajara la cifra de robos se elevó a más de 400 mil pesos y en Minería, que terminó hace un par de semanas, ascendió a los 100 mil.

De aquel chico que vi embolsarse un Paul Auster en el morral no supe ni su nombre, mi editora al dar el pitazo le quitaron el libro, él sólo se defendió diciendo, “ladrón que roba a ladrón” y se fue muy digno.

UANLeer

Este domingo estaré por primera vez en la UANLeer de Monterrey, llevo Cállate Niña. Compartiré mesa con Alberto Villarreal y su poemario Todo Lo Que Fuimos.

La cita es a las 3 de la tarde en el Patio Sur del Colegio Civil, en el Centro, sede de la feria. Las espero para robarles más que un suspiro.
02 Marzo 2018 04:00:00
Fuera de contexto
¿Qué ideas te asaltan cuando lees “ceder”? Le das la vuelta a la página del periódico y te encuentras con “falta”, “rudo”, “momento”. Cabezas de terribles noticias, a estas palabras trato de encontrarles otra ocupación. Viajo al universo que encierra cada una de ellas y las reinterpreto según mi historia de vida. El universo de esos verbos o sustantivos me da la oportunidad de reescribirlas.

La vastedad del lenguaje es tan infinita como la de los números. Todo el futuro puede reducirse a un rotundo “no” o puede ampliarse tanto como lo queramos al leer “vamos”. Así como “populismo” no es igual en México que en Estados Unidos, “pasión” deja de tener una connotación sexual en Semana Santa y se vuelve un cúmulo de dolor. Es el mismo sustantivo, pero con diferente sentimiento, una palabra que según sea el tiempo y el lugar en donde la leamos, nos puede referir otra emoción, fuera de contexto nos apropiamos de ese término, es nuestra propia voz.

En la preparatoria, donde fui uno de los peores estudiantes, una de las pocas materias a la que nunca fallaba era etimologías grecolatinas. El profesor Gutiérrez, un hombre moreno, panzón y de ojos de sapo que miraban, uno al techo y otro a la izquierda, me enseñó las bases de nuestro idioma, el alfa y el omega de la vida. Nos leía en latín una versión “original”, según nos decía, de la Divina Comedia y nos pedía llevarle palabras recortadas del periódico para encontrar su raíz etimológica en la clase.

Desde ese tiempo, cuando leo cualquier impreso me descubro repitiendo mentalmente ciertas palabras, las he pronunciado tanto hasta hacerlas mías, hasta que me evocan ciertos recuerdos. “Retorno” me parece una de las más bellas, su sonoridad latina tornare, me hace volver a vivir otras vidas, retornar sobre ese otro que fui en tantas reencarnaciones que he vivido. La Edad Media me suena tan cercana y familiar como el primer beso de mi adolescencia.

Aunque mis palabras favoritas son las esdrújulas, por la cadencia de su sonoridad, por la fuerza en su sílaba tónica, siempre la antepenúltima, siempre con acento ortográfico, esa tilde que es el alma de las palabras. El fruto del árbol que se paladea al pronunciarlas. Hasta su nombre: esdrújula, me suena a término gótico, a insípida lágrima: Cólera matemática tu triángulo cálido, caótico, bárbaro. Gárgola fantástica tu vértice, depósito de mis centímetros. Podría escribir sólo con esdrújulas, versos de didáctico cálculo.

Como si fuera un diccionario de emociones, desde hace un par de años recorto palabras y las pego en mi libreta de notas. Les escribo una nueva acepción, les devuelvo un poco de la vida que me dieron cuando las necesité por primera vez. Comencé la libreta con la palabra “complicidad”, la recorté de la nota roja de un periódico. La siguiente fue “diálogo”, palabra tan desperdiciada en las redes sociales. La tercera palabra fue “ceder”, para la cual escribí que siempre suelto el cuerpo, miro hacia otra mañana, aunque me hago el rudo, en ciertos momentos, cuando siento que me falta, aflojo y retorno. Ceder también es perdonar, buscar la paz de la conciencia.
16 Febrero 2018 04:00:00
Campbell, más allá de la sopa
La sopa favorita de Federico era la de champiñones. Me lo dijo el día que en su casa comentábamos mi novela El Orden Infinito, luego me preguntó si ya tenía editorial. Respondí que no. Corría el 2004 y yo sólo había publicado poesía. Sin más, abrió su directorio y llamó a varios editores para que me recibieran. Al terminar la tercera llamada me dijo, “el día que firmes contrato te prepararé mi sopa Campbell’s”.

Tres días después estaba en la oficina de Joaquín Díez-Canedo, editor del Fondo de Cultura Económica. Fue una cita breve y puntual. Entre pregunta y respuesta, Díez-Canedo revisaba su computadora, se notaba apurado, impaciente. Yo llevaba mi primer borrador, dos engargolados que sumaban 500 cuartillas. Joaquín ni siquiera los tocó, amablemente me pidió que los dejara sobre aquella mesa. Había cerros de originales esperando lectura.

Una semana después fui a ver a Marcelo Uribe, editor de Era. Me invitó un café y charlamos durante una hora. La entrevista fue cordial. Leyó las primeras páginas, se interesó en la novela y me dijo que querían autores noveles. Como buen principiante, al final de la entrevista vino mi error. Uribe me preguntó a dónde más la había llevado. “Al FCE”, respondí. Entonces la rechazó. Pude ver en su rostro una gran decepción por haber perdido una hora de su tiempo.

“Si a ellos les gusta se la quedarán y tú preferirás publicar en el Fondo”, me aseguró. Le conté que durante un año la novela estuvo en manos de Braulio Peralta, editor de Plaza & Janes, quien me había pedido que no se la diera a leer a nadie más. “Esperé un año”, le repetí. “Así son los tiempos editoriales”, me dijo antes de devolverme mis dos mármoles engargolados.

Al día siguiente fui a ver a Federico. Campbell, en 1977 fundó La Máquina de Escribir, una editorial de plaquettes que él pagaba de su bolsillo. Su sensibilidad de editor lo llevó a publicar por primera vez a firmas que ahora son reconocidas: Juan Villoro, Carmen Boullosa, David Huerta, Esther Seligson, María Luisa Puga, Coral Bracho. Su generosidad no tenía límites, por lo que me dijo que él me acompañaría a mi siguiente cita, Alfaguara.

Minutos antes de entrar a la oficina de Marcela González Durán, Campbell se agitó los cabellos de las sienes, dándose un aire de cesar laureado. Me pidió la novela y él mismo la puso en manos de la editora. No fue necesario que regresara, por teléfono, Marcela me dijo que buscaban novelas no tan locales, aún se oían los ecos del Crack, manifiesto de 1996 de Volpi, Palou, Padilla y Urroz. “Por qué no te escribes una novela de alemanes”, me dijo, antes de cortar la llamada.

Ayer se cumplieron cuatro años de la muerte de Federico y sus libros, Tijuanenses, Máscara Negra, La Clave Morse, Padre y Memoria, más allá de modas o tendencias son ejemplo de buen sazón literario. Tuvieron que pasar tres años para que pudiera comer la sopa Campbell’s de Federico. En 2007 Planeta publicó El Orden Infinito y al final de ese septiembre, de la última repisa de su alacena, Campbell tomó la añejada lata y la abrió como quien descorcha una botella de champan.
02 Febrero 2018 04:00:00
Sobrevive el amor
Por amor hacemos lo que sea y más a los 17 años. Andrea y yo, el pasado diciembre salíamos de una posada a las 3 de la madrugada y antes de abordar el taxi, gritos y forcejeos me hicieron detener mis pasos y ver lo que pasaba del otro lado de la calle. Con calificativos de machín de barrio, una docena de policías tenían rodeado un BMW y a su conductor con las piernas abiertas y los brazos puestos contra la lámina del auto. Era un jovencito enamorado que también temblaba de frío.

Andrea me dijo que estaban a punto de golpearlo. “Mira está llorando”, me señaló. Me acerqué a ver lo que pasaba y me fijé que el chico vestía un pantalón de pijama y una camisa echada encima al azar. Calzaba unas medias de hacer deporte, negras ya de tanto pisarlas. Efectivamente era un muchacho de 17 años que había salido de su casa a buscar a su novio quien amenazaba con suicidarse.

La policía lo detuvo porque, sin saber conducir, se había pasado una luz roja y al tratar de esquivarlos, había doblado en contra sentido en una calle donde otra patrulla le cerró el paso. Les dije a los policías que era mi primo, que yo me hacía cargo. “Déjeme platicar con él”, le ofrecí al comandante. En cuanto Bernardo y yo entramos en el coche me dijo que su papá lo iba a matar si se lo llevaban preso o, si no llegaba pronto a su destino, su novio se mataría.

Los ruidos de la noche se habían convertido en un silencio de siglos. Afuera los policías esperaban como lobos al pie de un árbol. “No pasa nada, nadie va a morir en las próximas 24 horas”, le aseguré. Salí del auto y le expliqué al comandante un caso de extrema urgencia que, por supuesto no me creyó y me dijo que mejor nos arregláramos. Mientras buscaba un billete grande le escuché un sermón sobre faltas a la moral y consejos para la buena crianza. Al final me soltó: “dígale a su tío que al muchacho ya le hace falta una mujer o acabará en malos pasos”.

Bernardo me pidió llevarlo a casa de su amante. El tiempo del amor no sabe de segundos. Andrea despachó al taxista que se había quedado a ver la trifulca y los tres nos subimos al BMW. En pocos minutos el chico nos contó su vida y sus enamoramientos. Nos dijo que todo lo había hecho por amor. Dejó las almohadas debajo de las cobijas, abrió el portón eléctrico de su casa de manera manual, sacó el auto de su padre poco a poco y lo encendió a media calle. “Hiciste bien, el don de amar es privilegio de unos cuántos”, le dije. “No tuve tiempo de vestirme, mi novio se moría y yo no podía perder un minuto más”, me contestó ya sin llanto, moviendo las manos como si fueran alas de libertad.

Cuando lo dejamos en casa de su amante, Bernardo nos dijo que el próximo 14 de febrero cumplirían un año de novios, que su amor había sobrevivido a peores momentos, casi todos familiares, pruebas que ni él mismo sabía cómo las había superado.
19 Enero 2018 03:00:00
Mi columna chueca
Cuando comencé a escribir poesía, hace más de veinte años, lo hice para nombrar las cosas con mis palabras, para expresar un sentimiento que me torturaba y exorcizar mis temores. Al principio lo hacía a escondidas. Por muchos años nadie de mi entorno sabía que leía y escribía poemas. En la familia cada hijo carga con un estigma diferente, según el grado y número de hermanos que tenga. Yo, siendo el menor de cuatro, tuve que soportar la burla de mis hermanos, hacer un mayor esfuerzo para ganarme su respeto.

Fue también cuando niño que, por un azar, me descubrieron una desviación en la columna. Mi padre, médico, me hizo unas placas y descubrió que la séptima vértebra cervical estaba incompleta y que me hacía falta una costilla. A partir de ese día fue un peregrinar de médicos, hospitales y terapias, para evitar una mayor curvatura que, con mi crecimiento, tiró primero a la izquierda, años después hacia la derecha y al final para uno y otro lado.

Se me diagnosticó escoliosis congénita y al cabo de diez años de visitar periódicamente al especialista en la Ciudad de México, la operación fue inevitable. A mis 16 me pusieron una barra de acero de treinta centímetros para alinear las vértebras, injertos de hueso para adaptarla a mi cuerpo y enderezarla lo más posible, para que al fin terminara haciendo la función de la columna: sostenerme.

Hace un año que empecé a escribir en Zócalo esta columna, para seguir nombrando mi tiempo y mi mundo. Escribo sobre lo cotidiano, lo que me atormenta o apasiona: la literatura y sus personajes, la Historia. Para compartir mi proceso creativo. Mis rutinas y obsesiones. El sexo y lo que me erotiza. Sobre las cosas simples. Escribo de aquello que ocultamos por pudor o sentimentalismo. Lo que me preocupa. Mis odios y pequeñas venganzas. Mis fracasos al volver a empezar.

Escribo sobre el desamor y las mujeres. Para tratar de descubrir el testarudo y torpe razonamiento masculino. Lo que se dice con los ojos. Sobre mi comida favorita, mi pasión por la pimienta y el ajo. La música que escucho, el cine que veo. Mis lecturas y autores predilectos. Mis maestros. Mis amigos, que son fuente inagotable de inspiración.

Hace un año ya que me acompañan en este viaje sin retorno, en el que Saltillo representa un alto en el camino, una hoja en blanco en mi libreta de notas, donde apunto la ficción de la realidad, porque un tanto así es la vida, como la vivimos y como creemos o queremos vivirla. En estas líneas dejo de ser yo para encarnar al otro, al personaje que escribe, que habla sobre el principal enemigo que todos tenemos: uno mismo.

La poesía ha sido un estímulo, una forma de vida, el impulso creativo y el tamiz por el que pasa todo lo que escribo. Porque la poesía está por todos lados, hasta en la más chueca de las desviaciones. Nada negativo hay, como alguna vez me lo dijo Federico Campbell, ni nada de doble interpretación tiene el nombre que le he dado a estos artículos, como algunos me han preguntado, pensando en otras turgencias que también suelen inclinarse. Porque nada hay más cierto en mi vida que mi columna (vertebral) chueca.
05 Enero 2018 04:00:00
En Cuba no se cantaban mal las rancheras
Con el inicio del año llega un aniversario más de la Revolución cubana. El pasado 1 de enero se cumplieron 59. Hace una década, por estas fechas, varias amigas y yo nos reunimos a cenar en el merendero Las Lupitas de Coyoacán, sin saber que esa noche acabaría en mi linchamiento por mencionar qué tan pertinente sería un Starbucks en los portales de Oaxaca.

Mencionar esaSdos palabras, Oaxaca y Starbucks en el centro de Coyoacán fue un atentado. No sólo se me echaron encima las amigas que cenaban conmigo, también la señora de la mesa de junto, la pareja de más allá, la mesa del fondo y otras personas que no supe de dónde salieron, me cuestionaron como si yo hablara de traiciones a la patria.

Recuerdo que los argumentos que más mencionaban quienes habían dejado sus sillas y sus enchiladas y ya me rodeaban, eran los avances de la medicina cubana o que Cuba es el único país de América Latina con cero índice de analfabetas, gran logro llevado a cabo en 1961.

Pero en 1956, la isla que sería de Castro sólo tenía un 23% de población sin saber leer y escribir, cuando Venezuela, Brasil, Perú, Bolivia y España, tenían el doble de analfabetas: 50 por ciento.

Los cubanos, históricamente, tampoco han estado tan mal en avances tecnológicos, medicina, construcción y un largo etcétera, como reflejan los siguientes datos: en 1847 fue un cubano el primero que aplicó anestesia con éter en Iberoamérica y en 1881, el médico cubano Carlos Juan Finlay descubrió que un mosquito era el transmisor de la fiebre amarilla. Para 1907 se estrenó en un hospital de La Habana el primer departamento de Rayos X de Iberoamérica.

También Cuba se precia de haber tenido el primer alumbrado eléctrico público de Iberoamérica, en 1889. El primer tranvía que circuló por las calles de una ciudad de América Latina fue en La Habana, en 1900, y en ese mismo año llegó a la capital de Cuba el primer automóvil, antes que a ningún otro país de Latinoamérica.

En materia de telecomunicaciones, en 1837 Cuba tuvo el primer ferrocarril de Iberoamérica y en 1906 fue La Habana la primera ciudad del mundo en tener telefonía sin operadoras. También fue Cuba, en 1922, el segundo país del mundo en inaugurar una emisora de radio, la PWX, así como en tener a una mujer como la primera locutora del mundo: Esther Perea de la Torre. Para 1928 Cuba contaba ya con 61 emisoras de radio, 43 de ellas en La Habana y ocupaba el cuarto lugar del mundo, sólo superada por Estados Unidos, Canadá y la Unión Soviética.

Tampoco en progreso social los cubanos se quedan atrás.

Fue en 1918 cuando en Cuba se aprobó el divorcio y un año antes se le concedió a la mujer la patria potestad de sus hijos y la administración de sus bienes.
En el año 1937, por primera vez en Iberoamérica, en Cuba se decretó el salario mínimo y la jornada laboral de ocho horas.

La lista de lo que he ido recopilando a lo largo de los años es interminable. Desde aquella noche en Las Lupitas he buscado por aquí y por allá cifras y datos que me alumbren los años anteriores a la Revolución de 1959 y he confirmado que en Cuba no se cantaban mal las rancheras.
23 Diciembre 2017 02:14:00
Obra negra
Llega el fin de año y uno comienza a hacer un recuento de los días. Comenzamos a ver listas por todos lados, lo hecho y lo pendiente, lo vivido y lo leído. Babelia, el suplemento de libros y arte que encarta el periódico español El País cada sábado, ya presentó su lista de los mejores libros del 2017. En México, extrañaremos la lista, en Reforma, de Sergio González Rodríguez, finado el pasado abril.

Mi lista es de un solo libro, el mejor de todos. Un libro que me acompañó durante un par de semanas. Fue una de esas lecturas que no quieres terminar por no volver a sentir el vacío que te deja un amigo con quien compartiste “lo confidencial”. Fue un libro en el que constaté que la memoria también es ficción, un asunto particular. Fue un espejo en el que al mirarme, reconocí que tenemos que reconstruirnos día a día para seguir viviendo.

Gilma Luque sigue el ejercicio que comenzaron Guadalupe Nettel en El Cuerpo en que Nací y Julián Herbert en Canción de Tumba, ambas novelas autobiográficas y en torno a la madre. Con la disciplina de un corredor de fondo, Luque, desde el 2010 nos ha entregado Hombre de Poca Fe, Mar de la Memoria y Los Días de Ema, con Obra Negra, su novela más íntima, nos despliega un mapa de años, el trazo de una generación que ahora ronda los 40 años.

En Obra Negra, la llaneza de las letras de Gilma son como el sol en el cenit: alumbran lo que no queremos ver. Su cuarta novela, puntillosa y profunda en la psicología de sus personajes, cuenta la historia de una mujer desde su infancia en la Unidad Santa Fe de la Ciudad de México, sus años escolares, su entorno familiar, sus amores, hasta la enfermedad mortal de su madre descubierta cuando ella tiene 4 años de edad, el paulatino deterioro: el bastón, la andadera, la silla de ruedas, la parálisis en la cama.

El acecho de la muerte siempre está presente en las páginas de Obra Negra, Gilma escribe: “A la salida de la escuela veo a mi abuela y no a mi madre. La piedra es enorme. Sin decir nada comienzo a llorar. Mi madre murió, pienso, dejó de respirar: seré huérfana”. Páginas más adelante leemos: “Cada noche sueño que mamá muere. Tengo que tomar una decisión: cuidar a mi madre o abandonarla otra vez, abandonar la idea de ser su cuerpo, de ser ella”.

Obra Negra de Gilma Luque, editada por Almadía, también es una novela de iniciación en la vida amorosa y sexual de una adolescente que, contrario al destino de su madre, siempre se está moviendo, como si en el fondo supiera que el agua estancada apesta. Que la familia debe de girar alrededor de los sueños propios, que la búsqueda de la felicidad siempre será individual, así se encuentre en un clan de circo o al otro lado del mundo.

Al terminar de leer Obra Negra, esa piedra enorme que también yo había tenido en la garganta se soltó, como si esos veintitantos años de vida de la protagonista hubieran sido parte de mi vida. Porque la muerte, aún tan anunciada y esperada, a veces tan liberadora, no deja de ser un abandono. Al terminar de leer el libro puse puertas y ventanas a esa casa en construcción que fue mi lectura y habité mi propia obra negra de recuerdos.

@RNaró
08 Diciembre 2017 04:00:00
El perfil de Villa
“Ay de aquel que se atreva a quitarla, porque lo mato”, dijo el general Villa al bajar de la escaldera a la que había subido para clavar un trozo de madera con el nuevo nombre de la antigua calle Plateros. Era la mañana del 8 de diciembre de 1914, en la improvisada placa se leía: “Francisco I. Madero”. Luego vino el flash que tanto lo encandilaba pero que el general disfrutaba.

Enseguida Villa se echó un séntido discurso sobre el mártir de la revolución y lloró con cada palabra que exaltaba su vida y su obra. Para sus allegados, no era extraño ver llorar al Centauro del Norte. El perfil de Villa era de contrastes, así como era colérico en el momento menos oportuno, también era sensible y lloraba con frecuencia. También eran famosas sus sonoras carcajadas.

Pero no todo fue miel sobre hojuelas en esos días. El general Villa detestaba a los capitalinos, los culpaba de no haber hecho nada por defender la vida del presidente Madero. Sus hombres hicieron cuanto desmán se les ocurrió, violaron mujeres, saquearon casas. La gente que semanas antes los había recibido con alegría, ahora les ocultaba los víveres. Así fue todo diciembre, la fiesta y la orgia de sangre se alternaron los días.

Pancho Villa pronto olvidaría los pactos que hizo, en la Convención de Aguascalientes en noviembre de ese mismo año, con el general Zapata, así como las alianzas que los hermanaron en Xochimilco días antes de que ambos ejércitos, la poderosa División del Norte compuesta por más de 50 mil hombres y el Ejercito del Sur, con 15 mil, tomaran la Ciudad de México.

El sitio comenzó con un desfile la madrugada del domingo 6 de diciembre. La División del Norte llegó por Tacuba y la Hacienda de Los Morales. Los zapatistas hicieron su arribo por Tlalpan y San Ángel hasta nutrir un solo contingente que los llevó al Zócalo, donde los esperaba el Presidente de la República, Eulalio Gutiérrez, y el recién nombrado secretario de Educación, José Vasconcelos, quien, después de un banquete en Palacio Nacional, los invitó a conocer el rincón preferido de don Porfirio.

Villa le pasó el brazo izquierdo por el hombro a Zapata y caminaron hasta llegar a una puerta de doble altura, con partes recubiertas en cobre labrado. Dos hombres quitaron la aldaba y empujaron sus dos hojas que se azotaron contra la pared. El eco pareció venir de otro tiempo. En un rincón del despacho estaba la silla presidencial del general Porfirio Díaz, con su vivo oro de hoja. La misma silla que tantas veces ocupó don Porfirio, no sólo para recibir a los embajadores, sino también para dormir la siesta, porque según él, allí dormía mejor que en su casa.

A una indicación de Vasconcelos, movieron el pesado sillón de las sombras y le ofreció la silla al general. “Después de usted, general Zapata”, dijo Villa con la mirada llena de ganas. “No, mi amigo, vaya usted a saber qué chinches tenga”, rezongó Zapata. “Pues yo sí me voy a sentar, nomás para ver qué se siente”, dijo Villa. “Ora pues, dónde está el fotógrafo, para que todos se enteren hasta dónde llegó la División del Norte”. Pancho Villa volvió a pedir ese flash que tanto disfrutaba.
24 Noviembre 2017 04:00:00
Firma de libros
Todos hacemos lo que sea necesario para tener el autógrafo de quien admiramos: largas filas, interminables esperas o autogoles. Entre los libros que atesoro por su firma y dedicatoria está la Obra Poética, de Octavio Paz; Seda, de Alessandro Baricco, alguno de Vargas Llosa, Mutis, Nandino; y Ensayo Sobre la Ceguera, de José Saramago.

Recuerdo la vez en que Arturo Pérez Reverte firmó a más de 300 personas La tabla de Flandes, como también acostumbraba hacerlo Carlos Fuentes, de pie. Su editor le insistía que se sentara, pero Pérez Reverte no aceptó, “si las personas están de pie haciendo fila no veo por qué yo tenga que estar sentado”, dijo.

La firma de García Márquez en Cien años de Soledad la obtuve en Bellas Artes la noche que le hicieron un homenaje a Álvaro Mutis. La sala estaba llena, quizá había mil personas a la espera. Después de los aplausos y las felicitaciones, Gabo prefirió quedarse a firmar libros en vez de ir al coctel. Fue a sentarse en la tercera fila de luneta y, rodeado de gente, departió con todos como si estuviéramos en la sala de su casa.

Mañana comienza la madre de todas la ferias, la FIL de Guadalajara, la que empezó hace más de 30 años como una reunión de editores y libreros, con un país o una región invitada, ahora es la más grande fiesta de los libros en español en el mundo.

Con 28 mil metros cuadrados de exposición y venta de libros, 2 mil editoriales de 47 países y cientos de presentaciones de libros, este año la comunidad de Madrid es la invitada de honor y el francés Emmanuel Carrère es el ganador del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances.

Antes de la FIL, los escritores eran inalcanzables, uno tenía que burlar vigilancias, escabullirse entre las sombras, hacerse pasar por alguien importante para tener el autógrafo deseado, pero ahora, las ferias del libro, como la de Guadalajara, han democratizado el oficio. Por los pasillos de la Expo Guadalajara se hacen largas filas para tener la firma de Rey Rosa, Ken Follet o Gael García Bernal, aunque todavía quedan algunos imposibles.

En los años en que Hugo Sánchez era el director técnico de la Selección Nacional, Paco Ignacio Taibo II y yo coincidimos con él en el aeropuerto de Guadalajara. Los tres regresábamos en el mismo vuelo a la Ciudad de México. Con retraso de una hora,

Taibo y yo esperábamos sentados conversando sobre su biografía de Pancho Villa. Él, un día antes había estado en la FIL, había movido multitudes en un evento con mil jóvenes y firmado cientos de libros con una paciencia asombrosa. Mientras que Hugo, esa noche, desesperado corría de sala en sala tratando de burlar a una pequeña horda de seguidores que lo correteaba pidiéndole un autógrafo, hasta que llegó a donde estábamos nosotros.

En el momento en que Taibo me contaba la Batalla de Celaya me dejó con el azoro en los ojos para buscar un cuaderno o quizá uno de sus propios libros y corrió a pedirle un autógrafo a Hugo. Cuando el pentapichichi se vio sitiado por sus admiradores fue rescatado por las fuerzas de seguridad del aeropuerto y lo llevaron a un privado sin haber estampado una sola firma.
10 Noviembre 2017 04:00:00
No tenemos escapatoria
Todo está conectado con la Camorra. A sus puertos llegan barcos con mercancías de China, tecnologías del Japón, tabacos y perfumes, cualquier prenda hecha con mano de obra barata o infantil. En pocas horas los barcos vuelven a zarpar para surtir grandes almacenes del mundo, a los vendedores ambulantes y a aquellos que en las esquinas de las calles de cualquier ciudad de México ofrecen el mismo artículo.

Nápoles esta tomada por la Camorra. Es una ciudad lastimada, un traste en el abandono, apesta con el tufo que deja la apatía. En esa ciudad situé algunos capítulos de Cállate Niña. La historia de amor de una bailarina clásica y un fotógrafo de guerra, Antonio, quien luego de huir de la Selva Lacandona cuando el alzamiento zapatista de 1994, busca refugio en Nápoles y es inevitable que se enrede con la mafia, que siga huyendo, como quien no quiere enfrentar su destino.

El mes pasado salió una nueva edición de Cállate Niña en Editorial Planeta. Antes de irse a imprenta, mientras la revisaba y escribía un epílogo donde narro el génesis de la novela, recordé mi viaje a Nápoles en julio de 2008.

Caminar sus callejones del centro, poblados de inmigrantes rumanos o gitanos, tan estrechos y largos que, una vez que los comienzas a andar, el retorno es tan largo como la salida.

Yo me sabía observado por los que viven en la clandestinidad, familias de doce o veinte personas hacinados en cuartos reducidos, con el olor a cañería y ragú en las narices, aturdidos por la música y el futbol de la televisión.

Hombres y mujeres que trabajan de costureros, copiando discos, embolsando dosis, con la puerta abierta y la abuela sentada en la entrada mirando para todos lados. Siempre con ropa tendida en la ventana, ciertas prendas y colores son claves de peligro, de ausencia, o de trabajo terminado.

Tenía que enfrentar el destino de mi personaje. Mis citas fueron con el propietario de un cine porno y con la dueña de un restaurante que, después del exprés, me mandó con un mendigo que lloraba sus miserias afuera de los tribunales.

Entre un sitio y otro, sentí la mirada retadora de los adolescentes al moverme con la prisa en una ciudad que me recordaba tanto a México, donde los cárteles también son familias con nombre y apellido que trafican con personas, secuestran y se asocian con gobernantes.

Organizan a los vendedores de los semáforos para desplazar las mercancías que llegan al Puerto de Veracruz. Lo peor es que nos hemos acostumbrado a vivir entre la delincuencia, a retar al miedo, a ver al Gobierno como lo que es: el crimen organizado. Desde aquí hasta China, todo está conectado por la Camorra o sus filiales. No tenemos escapatoria, los malos vigilan desde el poder.

La Camorra, como los Zetas o los herederos de Joaquín “El Chapo” Guzmán, no sólo es narcotráfico, también controla la usura, vende protección y extorsiona, desaparecen a sus enemigos en tanques de ácido o aplican la venganza transversal: matan a las personas que tienen lazos de unión con el que quieren castigar, padres, esposa, hermanos, amigos. Antonio, en Cállate Niña, lo sabe y aún así se arriesga, vive para contarlo.
29 Octubre 2017 04:00:00
La Guerra
Su voz sonó fuerte y dulce a la vez, llenó todo el ámbito del escenario. Ely Guerra cantó en un auditorio al aire libre en el ITESO. Varios amigos de la universidad y yo fuimos a verla. Gloria su hermana, de quien yo estaba enamorado y quien era cinco años mayor que Ely nos invitó. En el escenario, guitarra en mano, Ely parecía distinta, no era la misma niña que meses atrás había festejado sus 15 años en una fiesta de luz y sonido.

Por esos años, yo visitaba mucho la casa de Ely, por alguna tarea, un cumpleaños o para ver un partido de futbol. Alberto Guerra era el entrenador de las Chivas y llevaría a su equipo a coronar la temporada 1986-87. En ese tiempo yo sólo tenía ojos para Gloria y oídos para Ely, quien no dejaba de razgar la guitarra con sonidos nuevos para mí en ese entonces: bossa nova.

El destino uno lo escribe día a día y a veces puede ser tan efímero como el sonido, Ely lo sabía, lo escribía en papel pautado, lo perseguía. Cuando Gloria y yo terminamos la universidad y ella la preparatoria, Ely se impuso a sus padres y siguió por el camino de la música, se fue a la escuela de artes The Evergreen State College, en Olimpia, Washington.

Volvió en 1992 con un disco entre manos, “Ely Guerra”. A su alrededor todo estaba cambiado, su papá había dejado a las Chivas, para mi desgracia, Gloria su hermana se había casado y yo, que le seguía escribiendo poemas, estaba por mudarme a la Ciudad de México.

En el Distrito Federal, Ely y yo nos volvimos a encontrar, nos veíamos sobre todo cuando Gloria la visitaba. Así pasaron los años, entre mis libros y sus discos, la madurez de su voz era evidente. Sería hasta 2011, después de su disco Invisible Man, cuando por fin trabajamos juntos.

Mientras Ely preparaba El Origen, un disco íntimo, sólo voz y piano, al lado de Nicolás Santella, le pedí que me acompañara en la presentación de mi novela Cállate Niña. Por esas fechas, Ely ya sabía que mi primer libro de poesía, Los Días Inútiles, se lo había escrito a Gloria. “Las letras

habrían de hermanarnos”, me dijo y se haría mi cómplice más de una vez.

Cállate niña lo presentamos en marzo de 2012. Al año siguiente fue Del rojo al púrpura y en abril pasado, en Bellas Artes, hicimos una lectura en atril al lado del Ángel Luna. Esa tarde, día de mi cumpleaños, me dijo: “Te espero en mi concierto del 16 de junio en el Esperanza Iris”.

Su voz sonó fuerte y templada, profunda y dolorosa. Con tantos matices como los días del año. Ely dividió el concierto según las cuatro estaciones, comenzó con el verano y Colmena, Vereda Tropical y You Love Me. Dos horas más tarde y 21 canciones, en plena primavera y con un teatro abarrotado que se desbordaba en aplausos, se despidió.

Instantes después, Ely volvió al escenario sin sus músicos, sólo piano y voz, volvió con Lágrimas de Agua Salada, Júrame y Vale que Tengas. En esta última rola, su voz cambió, sonó a capella, desnuda, sin piano, sin micrófono, casi a oscuras, sólo su voz por todo el ámbito del teatro. Era una voz desgarrada, potente, una voz que habitaba más allá de la piel. La voz de un animal herido, la voz de la Guerra.
13 Octubre 2017 04:00:00
Olvidados de Dios
Mi madre alguna vez me dijo que a los pájaros, Dios les da de comer. Desde entonces me he fijado que siempre hay alguien que les arroja morusas de pan, maíz o alpiste.

La semana pasada, con mi libro Lo que Dejó tu Adiós, recorrí varios pueblos de Hidalgo. En Tlaxcoapan comí su típica barbacoa de borrego, en Tula visité su zona arqueológica eregida en el siglo 7 por los toltecas, en Tlahuelilpan pasé por su fería patronal, la de san Francisco de Asis, y en Tetepango leí en la antigua Capilla de los Desahuciados. En todos estos sitios me encontré a cada paso perros callejeros, no muy distintos de otros pueblos de Morelos, Jalisco o Coahuila.

En plazas, mercados y calles y hasta a la sombra de las pirámides de Tula había perros famélicos, de mirada triste y asustada, de ralo pelaje y ardidos por la sarna. Perras de ubres crecidas y de andar cansado. Perros de todos los tamaños y colores: negros, güeros, pintos, blancos. Perros tan ariscos que ya no buscaban una caricia, mucho menos un trozo de pan.

México es el país con más perros callejeros de Latioamérica, unos 25 millones, de los cuales, 10 viven en la Ciudad de México. Muchos nacieron en las calles, pero la mayoría, 70%, fueron abandonados y están sentenciados a muerte, por hambre, enfermedades o atropellamiento. Y los que llegan a alguno de los 20 antirrábicos de la ciudad, atrapados por la “perrera” o llevados por sus dueños, morirán electrocutados.

El mes pasado, con el sismo que nos sacudió hasta las pulgas, nos maravillamos con la perra Frida, una labrador de 6 años que nos conquistó con sus gogles, su chaleco de la Marina y sus botitas. Frida se convirtió en un símbolo. A lo largo de su carrera ha rescatado a 52 personas con vida en distintos desastres. Sus compañeros Eco y Evil, pastores belgas, también hicieron lo suyo entre las ruinas: olfateaban y ladradraban sin descanso al encontrar un cuerpo.

Los perros rescatistas del Ejército son adiestrados para captar olores humanos como la transpiración, el olor a hueso quemado o la putrefacción. Las mejores razas para esta labor son el pastor alemán, el labrador, el golden retriever y el pastor belga. Razas no muy distintas de tantos perros que he visto vagabundeando por las calles y caminos de México. Ellos no son como los pájaros, son los olvidados de Dios. Todos los miran y pocos los ayudan. Al parecer, nadie les da de comer, al contrario, una patada y un “sáquese perro” los vuelve de nuevo a la profundidad de las sombras.
29 Septiembre 2017 04:00:00
Me gusta, pero me asusta
El día que rodamos mi escena en Me gusta pero me asusta, película que se estrenó el pasado viernes, atribulado, le cambié el nombre a mi personaje. Fue un sábado de agosto de 2016. Estábamos en un edificio corporativo de Paseo de la Reforma. Beto Gómez me dijo con precisión, “pon cara de asustado”, luego lo escuché decir: “acción”.

Beto Gómez y yo nos conocimos en la universidad, aunque la amistad surgiría después. Durante los años de estudio hubo cierta rivalidad, la competencia propia de la edad. En ese tiempo ninguno de los dos sabía a qué se dedicaría, aunque ya lo veíamos venir. Él era un as con el manejo de las cámaras y yo reprobaba esa materia, aunque sacaba 10 en periodismo escrito.

En los últimos 20 años nuestras vidas tomaron rumbo, y lo que empezó como una prueba de fuego con El Agujero, su primer largometraje –película que Beto hizo con Arturo Pimentel, otro amigo de la universidad–, le han seguido siete largos más: El Sueño del Caimán, Hasta el Último Trago Corazón, Puños Rosas, Salvando al Soldado Pérez, Volando Bajo, Cinderello (aún sin estrenar) y Me Gusta Pero me Asusta.

Beto no sólo es director de cine, es un cumplidor de sueños, por lo que me ha invitado a ser extra en sus películas. Aunque en El agujero sólo hice de chofer de Roberto Cobo, para Puños Rosas, película de boxeadores y malas apuestas de vida, rodada en Matamoros, me tocó hacerla de cadáver. La película comienza con mi rostro en primer plano. Estoy en la plancha de una funeraria. Corte A: el cuadro se abre, estoy desnudo. Soy un cadáver a punto de ser lavado.

Después de Ciencias de la Comunicación, Beto Gómez estudió cine en una escuela de Vancouver, Canadá. Luego se fue a España, donde se fogueó con Almodóvar, Alex de la Iglesia y Joaquín Sabina, con ellos aprendió a escribir guiones.

Siendo de Culiacán, casi todas sus películas las sitúa en el norte. En ellas presenta nuestra realidad pasada por colores de los 70 y un tamiz de humor sin albures. Su cine homenajea a algunos de sus ídolos: Tin Tan, Rigo Tovar y el inmortal Pedro Infante.

Para Me gusta Pero me Asusta, protagonizada por Minnie West, Alejandro Speitzer, Héctor Kotsifakis y Joaquín Cosío, Beto consiguió la casa de Cuajimalpa del ídolo de Guamúchil. Esa es la casa que renta Brayan Rodríguez (Speitzer) cuando llega a expandir los negocios de su familia a la Ciudad de México, donde conoce a Claudia (West) y se enamoran. Pero Brayan debe guardar un gran secreto, así se lo prometió a su padre (Cosío), y como las apariencias engañan y los estereotipos nos han hecho hacernos falsos juicios sobre las personas, el gran enredo se dispara.

Hace un año, Beto Gómez rodó Me gusta Pero me Asusta y otra vez me invitó a actuar, me dijo: “te voy a dar un diálogo, te lo ganaste, después de encuerarte y ser el mejor muertito”. Era un sábado de agosto. Leí mis líneas. Las memoricé. A media mañana, entre el ir y venir de actores, recibí un whats con una fatal noticia, en la madrugada, Ignacio Padilla había muerto en un accidente de tráfico. Le dije a Beto que así se llamaría mi personaje: Padilla. Luego lo escuché repetir: “acción”.
15 Septiembre 2017 04:00:00
El tiempo de Mutis
Si Álvaro Mutis aún viviera, seguramente usaría las redes sociales. Era un hombre de su tiempo, generoso con los jóvenes y gran conversador.

El próximo 22 de septiembre, se cumplen cuatro años de su partida y cada septiembre lo recuerdo, pues fue en este mes cuando lo conocí en un coctel de la Casa Lamm, en 1997. En ese entonces yo sólo había leído su poesía, después vendrían sus novelas de Maqroll el Gaviero, siendo, Ilona llega con la lluvia, mi favorita.

Dejé mi copa de vino y lo abordé. Yo quería que me leyera un poeta y opinara sobre mis versos.

Esa noche yo llevaba bajo el brazo, engargolado, mi poemario Amor convenido. Me presenté con él. Se lo entregué, le pedí que lo leyera y me diera su opinión, “cómo no, con mucho gusto” me dijo.

Pasaron varios meses para que lo volviera a ver. Aquella noche en Casa Lamm me pareció un atrevimiento pedirle su número de teléfono, así que dejé que la suerte nos volviera a reunir otra vez.

Ocho meses después, en un homenaje que le hacían a García Márquez en Bellas Artes, logré colarme al coctel en un salón del mismo Palacio.

Me reconoció y haciendo gala de su humor, como ninguno de los dos traíamos pluma, me advirtió: “sólo voy a decirle mi teléfono una sola vez, para que se lo aprenda”. Lo dijo rapidísimo, fue un abrir y cerrar de ojos que se quedó en mi memoria para siempre.

Dos semanas más tarde me citó en su casa de San Jerónimo para revisar mis poemas.

En las ocasiones que estuve en su estudio hablamos de poesía, de barcos, teníamos conversaciones tan profundas como cuál era la mejor hora para degustar un buen tequila, si al mediodía o en la noche, “al mediodía”, le aseguré, “es el mejor aperitivo para acentuar el calor”.

Don Álvaro, con su plática, llenaba el ámbito del estudio, el cual se transformaba en una potente nao que surcaba los tiempos.

El día que le pregunté por la fotografía del Zar Nicolás II que tenía colgada al lado de su escritorio, pasamos la tarde hablando de los Romanov y de Rasputín. Mutis conocía San Petersburgo como la palma de su mano.

Sus ojos brillaban emocionados y su voz, con tanto asombro, me parecía tan familiar. Luego supe porqué: Mutis era quien doblaba a Walter Winchell, el narrador de Los Intocables, uno de mis programas favoritos en mi infancia.

Años después, mientras yo escribía El orden infinito, don Álvaro leía y, en su casa o por teléfono, hablábamos sobre los personajes y su circunstancia, discutíamos sobre ellos, me recriminaba la sintaxis o las faltas de ortografía. “Un poeta de su calidad no puede tener semejante ortografía”, lo escuché varias veces.

Sencillo en su trato, era un hombre sin rodeos. A Mutis se llegaba sin recomendación ni saludos de algún conocido.

No era necesario saber cuántos amigos en común se tenía con él.

Celebraba la amistad, como el día que le llevé, por fin, el primer borrador de El orden infinito, al siguiente sábado fuimos a comer al Bellinghausen de la Zona Rosa.

En la terraza, entre los caballitos de tequila y bajo un tibio sol de septiembre, me felicitó, yo sólo atiné a decirle: “gracias, don Álvaro por su amistad y su tiempo”.
06 Septiembre 2017 03:13:00
El corazón de México
Los mexicanos tenemos horror al vacío. La primera vez que pisé el Zócalo me sentí en el centro del mundo. Extrañamente no había feria ni exposición, sólo cientos de personas que como yo, caminaban. Era un mediodía de verano y el sol nos seguía en silencio con su mirada de fuego. Tenía 18 años y era mi primer viaje solo a la Ciudad de México. Ese día, miré por primerea vez con detalle el Portal de Mercaderes, Palacio Nacional y el Ayuntamiento. Me maravilló la catedral, la cual estuvo casi 250 años en construcción.

La Plaza de la Constitución, llamada así a honras de la constitución de Cádiz, promulgada en 1812, pero conocida simplemente como Zócalo, por el basamento que se le puso al centro para eregir una columna de la independencia, proyecto que planeo el presidente Antonio López de Santa Anna, ha sido el centro neurálgico de nuestros antepasados aztecas, de las pompas virreinales y punto de quiebre de nuestra política contemporánea.

El Zócalo, patrimonio cultural de la humanidad por la UNESCO, es una de las cinco plazas más grandes del mundo. Comparada en belleza con la plaza de San Marcos de Venecia, sólo superada en tamaño por la Plaza Roja de Moscú y Tiananmén de Pekin, el Zócalo, hace unos días fue reabierto al público por el Jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera, luego de cuatro meses de restauración.

Conocida también como Plaza de Armas y Plaza Mayor, a lo largo de casi 500 años ha tenido tantos rostros: jardines, árboles, kiosko, fuentes y enrejado, una estación de tranvía y estatua ecuestre de Carlos IV. Cada vez más austera, nuestra Plaza del Palacio tuvo en sus entrañas, por más de 200 años, la Piedra del Sol, hallada en otra remodelación ordenada por el virrey Revillagigedo en 1790. El también conocido como Calendario Azteca, durante 100 años estuvo exhibido en el atrio de catedral.

Fue hace 60 años la última vez que el Zócalo tuvo una reparación mayor, con el sempiterno Jefe de Gobierno Ernesto P. Uruchurtu, reforma en la que adquirió su estado actual: plancha de concreto con sólo un asta bandera en el centro. El Zócalo, que llegó a tener hasta 5 mil 300 baches, ahora luce concreto hidráulico busardeado, algo así como cantera, además de antiderrapante y sellador anti manchas, leyó usted bien, manchas, no marchas.

En la plancha ya se instalaron, estratégicamente, 56 puntos de anclaje para evitar nuevas perforaciones. Tiene guía tactil para ciegos y rampas para sillas de ruedas y diablitos. Se amplió su páramo 10%, alcanzando los 22 mil metros cuadrados.

El Zócalo, que ha contenido a más de 100 mil personas en conciertos y acarreos se ha convertido también en el mayor tianguis del país. Los mexicanos tememos tanto a la nada que, durante todo el año, excepto el 16 de septiembre y el 20 de noviembre, lo sembramos de expos, ferias, pista de hielo. No ha habido otro día en el que pueda estar bajo la gran bandera y me sienta en el corazón de México.

Aún con piso nuevo de 150 millones de pesos, al día siguiente de su reapertura, la Plaza de la Constitución, faltando a su vocación de libre tránsito, lució carpas monumentales que cubrieron el vacío, para que nadie puede ver más allá de un palmo de narices.

06 Septiembre 2017 03:05:00
Regreso a clases
Ahora que comienza un nuevo ciclo escolar, recordé que nunca fui un alumno modelo, que al final de la preparatoria terminé pepenado basura. A pesar de que siempre fui un muchacho correcto y diligente, apegado a las formas, también tuve grandes enemigos.

En el último año de bachillerato pasé de ser el alumno consentido de la profesora de taquigrafía, a ocupar el último peldaño de la escalera que baja a la deshonra. Se llamaba Sandra y a diario usaba falda traje sastre entallada y tacones abrillantados que hacían juego con la porcelana de su rostro. Ella sabía que yo era un alumno modelo, incapaz de robarme un examen o de llegar crudo a las prácticas que teníamos los sábados en la mañana.

La preparatoria Guadalupe Zuno era mixta, ahí comencé a escribir mis primeros versos, a medir mis capacidades amatorias con mis compañeros. Como todo poeta en ciernes, acostumbraba a enamorarme de la chica más guapa del salón, la más asediada, la que todos volteaban a ver al pasar. También me sucedía lo mismo con la chica de la cuadra y sería igual en la universidad. Ellas, por supuesto, jamás se fijaban en mí, pero en el fondo no me importaba porque tenía el favor de la profesora de taquigrafía, quien entre suspiros corregía mis poemas.

La Zuno era una preparatoria vespertina incorporada a la Universidad de Guadalajara que no tenía su propio plantel, sino que utilizaba las instalaciones del colegio Cervantes del Bosque, una secundaria jesuita que concluía sus clases a las 2 de la tarde y raras veces coincidíamos unos alumnos con los otros. Los bachilleres ya fumábamos, noviábamos y a escondidas bebíamos cerveza en el recreo.

Pues en uno de esos recesos, atrás de la cafetería, unos niños comenzaron a pelearse. Era una tarde de septiembre, aún llovía, el más corpulento era el más torpe, vestía el uniforme del Cervantes; el otro, escuálido y pequeño, era hijo de la señora de la limpieza. Pronto hicimos rueda alrededor de ellos y se abrieron las apuestas. Los chiquillos se daban con todo, rodaban entre la tierra, tiraban gritos y manotazos. A los pocos minutos el niño uniformado quedó ensangrentado y mugroso hasta las pestañas.

Al día siguiente la profesora de taquigrafía me mandó llamar y ahora fui yo quien salió “ensangrentado” luego de hablar con ella. Resultó que el de uniforme azul y blanco era su hijo, un niño más bueno que el pan, me aseguró. “Jamás lo hubiera esperado de ti”, me dijo, “yo que te creía un caballero, nunca imaginé que te divertirías con mi Ernestito”. Le temblaba la voz y tenía los ojos a punto del llanto. Pura rabia contenida, la misma que le había faltado a su hijo para ganar. Juró que siempre reprobaría su materia, “tan inútil como mis versos”, aseguró.

Más tarde, en la oficina del director, como no quise decir quienes más azuzaron la pelea, fui el único que pagó las consecuencias. Como “castigo ejemplar”, según le oí decir, los siguientes sábados del semestre, frente a la sonrisa burlona de los demás y las miradas de asco de mis compañeras, recogería con la mano, la basura de toda la prepa. Apenas teníamos dos semanas de haber regresado a clases.
04 Agosto 2017 04:00:00
Hablemos de sexo
Hablamos poco de sexo con nuestra pareja. Apenas las cosas básicas, lo más simple y en el fondo queda aquella gran fantasía, la posición exacta, el anhelo frustrado o los límites transgredidos y el orgasmo incompleto. Nos vamos a la cama creyendo que somos el mejor amante, aunque tratemos de esconder nuestras deficiencias y no nos atrevamos a hablar de ellas por no sentirnos vulnerables, desnudos como un niño que necesita ayuda para arroparse.

Desde pequeños aprendemos a vestirnos de prejuicios, a imitar para sentirnos parte de algo. Los hombres nos defendernos a través del silencio.

Como tampoco hablamos de nuestros miedos, frustraciones o complejos, hace unos días hice un ejercicio de crítica en mi Facebook, convocando a mis amigas a opinar sobre las 10 (o más) cosas que odian las mujeres de los hombres y la participación fue abrumadora, con frases tan sencillas, como: “que no se bañen”, o “que eructen ruidosamente” y “se rasquen en público sus genitales”.

También tuve comentarios simpáticos, como opinó Carina Sainz: “que se saquen los mocos”. Ninguna respuesta exótica o fuera de lo común.

Muchas de esas opiniones fueron sólo falta de urbanidad masculina, sensatez o sensibilidad ante ellas, como opinó Catalina Rojas: “que sean celosos, que se crean amos y señores de nuestra vida, tiempo y amistades”.

O como escribió Liliana Zertuche: “que te digan a una hora y lleguen a otra”. Pequeños grandes detalles.

Hablar debería de ser la manera más simple para comunicarnos, pero, mientras que a los hombres nos educan para callar y aguantar, a las niñas se les inculca la obediencia y el pudor ¿Quién se atreve a decir primero lo que le pasa, a expresar sus verdaderos deseos?

La siguiente semana hice el mismo ejercicio en Facebook, convocando a los hombres a escribir las 10 (o más) cosas que odiaban de las mujeres y, aunque hubo una mayor participación que la anterior, casi llegando a los 100 comentarios, curiosamente fueron las mujeres las que más opinaron sobre su género.

Edith Oropeza dijo: “que se quieran casar con el primero”, y Montserrat Moreno nos recordó el clásico “espérame 5 minutos, ya voy, y se tarden 2 horas más”. O simplezas tan profundas como las que Juan Luis Oberhauser puso de ejemplo: “¿qué quieres comer?”, y que te responda, “lo que sea”. “¿Sushi?” “No, sushi, no”. “¿Tacos?” “No”. “¿Pizza?”. “No, tampoco”. ¿Entonces”, “¡Ash! ya te dije, lo que sea”. O el uso indiscriminado de ciertas palabras trascendentales como opinó Iván Bronstein: “que usen con gran facilidad las frases que empiezan con, ‘es que tú nunca...’ o ‘es que tú siempre...’. O que cualquier discusión, por no imponerse y hacer valer su derecho de pareja la terminen con lo que Bere Amor escribió en mi muro: “que digamos ‘estoy bien’ cuando está todo realmente mal”.

Al final, quien se atreve a hablar primero no es el más valiente sino quien tiene más necesidad de ser escuchado.

El ejercicio complementario sería ese, precisamente, saber escuchar y dialogar. Hablemos de sexo con nuestra pareja, aunque sintamos que el peso de la infancia, la educación, la religión o la orfandad de ideas nos dominen.
21 Julio 2017 04:00:00
Corazón de hielo
Ama a tu refrigerador por sobre todas las cosas. Mantenlo limpio y con alimento, que él también te alimentará. En mi libro Amor Convenido, que contiene “poemas domésticos” escribo sobre los objetos que a diario nos acompañan: las sábanas, los cuadros, las lámparas y la nevera, como le dicen en Argentina. En el poema Mi Casa escribo: “Necesito un refrigerador más grande, / con nevera sin escarcha, para congelar tu recuerdo / y poco a poco alimentar mi esperanza”. Y en Cállate Niña, menciono que “hay quien cuida más los objetos que a las personas”, sin llegar a esos extremos, siempre he creído que los muebles tienen vida, no solo la que les damos al usarlos, sino alma, esencia que enamora.

Hace unos días soñé con mi refrigerador. Fue una pesadilla. Soñé que se descomponía. Al escucharlo toser, me levantaba en la madrugada, con Runa y Simón caminando a cada lado y al entrar a la cocina veíamos un gran charco al pie del refrigerador. Al abrir sus puertas verticales, como pidiendo un abrazo, su luz me cegaba e instantes después veíamos caer agua como una cascada. Días antes había comprado una bolsa de cubos de hielo y era de ahí de donde emanaba ese torrente. Además de que el pescado y la carne molida estaban al rojo vivo, casi sangrantes.

Pero mi angustia en el sueño no era la comida ni los hielos ni las verduras podridas, sino el aparato, su luz intensa seguía invadiendo la cocina y no paraba su ruido extraño. Él, que era tan calladito, respiraba con dificultad. Mientras yo me preguntaba qué le había pasado, los gatos habían salido disparados. Ponía mi mano sobre su pecho, hasta que poco a poco se quedó en silencio y su luz se extinguió como un atardecer sin edad.

Cuando en terapia, mi psicóloga me preguntó lo que había soñado, le conté y ella anotó para llegar a conclusiones. Me dijo: “¿Si tu casa es tu cuerpo, qué representa en tu cuerpo el refrigerador?”, sin meditarlo mucho le respondí: “el corazón”. “¿Por qué?” preguntó de nuevo (cuando la sesión se pone álgida, vienen muchos “por qué” o “para qué”, de parte de Berenice). “Es el aparato más importante de la casa”, me escuchó. “¿Por qué?”, volvió a decir, “porque guarda los alimentos, los conserva en óptimas condiciones. No se puede vivir sin refrigerador”, le aseguré. “Sin microondas, sin tostador, sin televisión o aspiradora, sí, pero no sin refrigerador. Es el único aparato de la casa que siempre está conectado y funcionando, como el corazón”, le ratifiqué.

“¿Qué pasaba en tu sueño, recuerdas?”, me volvió a preguntar. “Había una cascada, una gran liberación de agua”, le repetí. “¿Y el congelador para qué sirve?”, insistió. “Preserva”, puntualicé. “Te das cuenta”, tu corazón liberó sentimientos y emociones que seguías conservando. Quizá resentimientos o ilusiones congeladas que ya encontraron su escape en esos chorros de agua que salieron al abrirlo, al perdonar, al olvidar. Dejaste de tener corazón de hielo. Tu corazón ha sanado”, me aseguró y me pidió volver un mes después. Esa noche luego de tomar mi vaso de leche e irme a la cama, fui a la cocina a darle un beso de buenas noches a mi refrigerador.
07 Julio 2017 04:00:00
La muerte del emperador
“Fue un mártir”, me dijo Álvaro Mutis al tiempo que descolgaba de la pared una pequeña fotografía enmarcada del zar Nicolás II de Rusia. Estábamos en su biblioteca, trabajando en mi novela El Orden Infinito. Leía el capítulo del fusilamiento de Maximiliano, del cual, se cumplieron 150 años el pasado 19 de junio. Aquella mañana, en su casa de San Jerónimo, don Álvaro me pidió que leyera de nuevo ese momento.

“La Nina Ramos estuvo pendiente de la farsa de juicio que condenó a muerte al emperador, por lo que organizó un grupo de 200 mujeres para pedirle el indulto al presidente Benito Juárez. Faltaban dos días para la ejecución, pero la audiencia nunca llegó. Hasta el escritor Víctor Hugo mandó una carta pidiendo indulgencias.

“Desesperada, la Nina buscó al general Miguel López, que comandaba el último bastión leal a sus majestades: el Regimiento de la Emperatriz, y le urgió hacer lo imprescindible para evitar la sentencia. Pero fue demasiado tarde. Miles de soldados republicanos custodiaban la prisión del emperador, las plazas públicas, las calles de Querétaro y el Cerro de las Campanas.

“Meses después la Nina hacía cumplir otra sentencia: el general Miguel López ajusticiaba al coronel Platón Sánchez, presidente del tribunal y cuyo voto había resuelto el empate de los seis miembros del jurado y decidido la suerte del emperador”.

“‘¿Conoce usted esa carta que menciona?’, me interrumpió don Álvaro, que me escuchaba desde un sillón de orejas. Sin esperar mi respuesta se levantó y de un archivero con llave sacó un folder. Con movimientos precisos, buscó hasta encontrar una copia fiel de la carta del gran Víctor Hugo al presidente Juárez. Carta fechada en la residencia del escritor: ‘Hauteville House, a 20 de junio de 1867’”.

La caligrafía era impecable. Abundaban las “colas de zorra”, me dijo don Álvaro que así se llamaban las vueltas exageradas de ciertas letras. Se calzó los lentes, se aclaró la garganta y con su voz de actor de doblaje, la que usaba para Los Intocables, me leyó.

“Juárez, acabáis de abatir las Monarquías con la democracia. Que el príncipe se quede asombrado al ver que el lado por el cual es sagrado, es precisamente aquel por el cual no es Emperador. Que este príncipe que no sabía que era un hombre, sepa que hay en él una miseria: el rey; y una majestad: el hombre.

“Juárez, haced que la civilización dé este paso inmenso. Juárez, abolid sobre toda la tierra la pena de muerte. Que el mundo vea esta cosa prodigiosa: la República tiene en su poder a un asesino, un emperador; en el momento de aniquilarlo descubre que es un hombre, lo deja en libertad y le dice: eres del pueblo como los otros. ¡Vete! Esta será, Juárez, vuestra segunda victoria. La primera, vencer la usurpación, es soberbia. La segunda, perdonar al usurpador, será sublime”.

A Mutis le temblaba la voz al terminar de leer. Se incorporó un poco del sillón, cerró la carta, respiró hondo y me dijo, “Maximiliano, como el zar Nicolás, también fue un mártir”. Luego, sin titubear, me aseguró con su voz de leyenda, “en el fondo, como la Nina Ramos, también yo soy imperialista”.
24 Junio 2017 04:00:00
Elegir el mañana
Elegir también pueden ser una ilusión surrealista. Andar un laberinto a ojos cerrados. Tratar de vencer al gran dinosaurio, perdón, minotauro que, como a niños de primaria, con un tirón de orejas nos vuelve a la realidad. Ayer soñé que viajaba en metro. Era de noche. Llevaba un iPad que debía de entregar al final de mi viaje a Juan Pablo Vasconcelos. En un descuido, dejaba el aparato en el asiento de al lado y yo mismo me decía: mejor póntelo en las piernas, se te va a olvidar.

Era el metro de la Ciudad de México, ni siquiera el tren del célebre Harry Potter, lo comprobé al bajarme en la estación Pantitlán. Y en el momento justo en que escuchaba cerrarse las puertas vi por la ventanilla el iPad sobre el asiento. Mi elección, nada lógica, fue cambiarme de andén para alcanzar ese tren. Corrí a largos pasos en la dirección contraria y, al bajar las escaleras eléctricas, del otro lado del andén me encontré en el interior de un Sanborns, cerrado, porque ya casi era la medianoche.

Los anaqueles de la tienda estaban cubiertos por gruesos plásticos y cintas amarillas como las que usan en los peores asesinatos de CSI. Elegí cruzar la tienda para volver al metro y como si fuera el Sanborns universal, a cada paso se multiplicaban los pasillos con anaqueles cubiertos. Mi reproche seguía siendo el mismo: “te lo dije, no dejes el iPad en el asiento de al lado, se te va a olvidar”.

Al llegar por fin a la puerta de la tienda, le pregunté al vigilante por la salida y el hombre me señaló otra escalera eléctrica. Corrí hacia ella y al llegar a la planta baja dieron las 12 de la noche. Un reloj de campana anunció la hora en el interior de mi oído. “No puede ser”, me dije, “el tipo me engañó”. No estaba en la estación del metro, sino en un escenario que yo no había elegido: el foro de un teatro, en el ensayo de un coro de monaguillos. Sin decir buenas noches crucé el escenario y a la mitad de mi camino los niños me impidieron el paso. Eran como un rebaño de ovejas que no cantaba, reían. Me miraban y reían al tiempo que mi celular sonó y en la pantalla se desplegó un nombre: Juan Pablo Vasconcelos.

Intenté tomar la llamada, pero el teléfono no enlazó. “Maldito Telcel, sigue siendo una mierda”, me dije. Recordé el iPad al verme rodeado de ovejas con piel de niño. Transpiraba, sentí que me asfixiaban, que se me trepaban hasta la cabeza cuando apareció el director del coro y gritó: “¡Apague ese celular!”. Con su batuta, como espada de Darth Vader me señaló, en Mí menor, la salida.

Ya sin el celular en la mano, salí entre bambalinas y mi última sorpresa fue que tampoco llegué al metro ni a la casa de mi amigo, no había iPad en mi memoria, no había teatro, tampoco niños, ni Sanborns ni recuerdo del pasado, estaba en la plaza de Tequila, rodeado de toda la armonía de mi infancia. Todo era tan real. Veía el kiosco, los árboles, las bancas. Respiraba hondo, tranquilo y cuando por fin, seguro de mí, elegía dar un paso hacia ese nuevo país, una mano me jalaba de la oreja. Era el señor cura que me llevaba de regreso a misa.
23 Junio 2017 03:00:00
Elegir el mañana
Elegir también pueden ser una ilusión surrealista. Andar un laberinto a ojos cerrados. Tratar de vencer al gran dinosaurio, perdón, minotauro que, como a niños de primaria, con un tirón de orejas nos vuelve a la realidad. Ayer soñé que viajaba en metro. Era de noche. Llevaba un iPad que debía de entregar al final de mi viaje a Juan Pablo Vasconcelos. En un descuido, dejaba el aparato en el asiento de al lado y yo mismo me decía: mejor póntelo en las piernas, se te va a olvidar.

Era el metro de la Ciudad de México, ni siquiera el tren de Harry Potter, lo comprobé al bajarme en la estación Pantitlán. Y en el momento justo en que escuchaba cerrarse las puertas vi por la ventanilla el iPad sobre el asiento. Mi elección, nada lógica, fue cambiarme de anden para alcanzar ese tren. Corrí a largos pasos en la dirección contraria y, al bajar las escaleras eléctricas, del otro lado del andén me encontré en el interior de un Sanborns, cerrado, porque ya casi era la medianoche.

Los anaqueles de la tienda estaban cubiertos por gruesos plásticos y cintas amarillas como las que usan en los peores asesinatos de CSI. Elegí cruzar la tienda para volver al metro y como si fuera el Sanborns universal, a cada paso se multiplicaron los pasillos con anaqueles cubiertos. Mi reproche seguía siendo el mismo: “te lo dije, no dejes el iPad en el asiento de al lado, se te va a olvidar”.

Al llegar por fin a la puerta de la tienda, le pregunté al vigilante por la salida y el hombre me señaló otra escalera eléctrica. Corrí hacia ella y al llegar a la planta baja dieron las 12 de la noche. Un reloj de campana anunció la hora en el interior de mi oído. “No puede ser”, me dije, “el tipo me engañó”.

No estaba en la estación del metro, sino en un escenario que yo no había elegido: el foro de un teatro, en el ensayo de un coro de monaguillos. Sin decir buenas noches crucé el escenario y a la mitad de mi camino los niños me impidieron el paso. Eran como un rebaño de ovejas que no cantaba, reían.

Me miraban y reían al tiempo que mi celular sonó y en la pantalla se desplegó un nombre: Juan Pablo Vasconcelos.

Intenté tomar la llamada, pero el teléfono no enlazó. “Maldito Telcel, sigue siendo una mierda”, me dije. Recordé el iPad al verme rodeado de ovejas con piel de niño. Transpiraba, sentí que me asfixiaban, que se me trepaban hasta la cabeza cuando apareció el director del coro y gritó: “¡Apague ese celular!”.

Con su batuta, como espada de Darth Vader me señaló, en Mí menor, la salida.

Ya sin el celular en la mano, salí entre bambalinas y mi última sorpresa fue que tampoco llegué al metro ni a la casa de mi amigo, no había iPad en mi memoria, no había teatro, tampoco niños, ni Sanborns ni recuerdo del pasado, estaba en la plaza de Tequila, rodeado de toda la armonía de mi infancia. Todo era tan real.

Veía el kiosco, los árboles, las bancas. Respiraba hondo, tranquilo y cuando por fin, seguro de mí, elegía dar un paso hacia ese nuevo país, una mano me jalaba de la oreja. Era el señor cura que me llevaba de regreso a misa.
09 Junio 2017 04:00:00
Leonardo Dicaprio
“Nice to meet you”, me dijo Leonardo DiCaprio, clavándome sus ojos azules al final de mi mirada, con un gesto de, yo a este lo conozco. Era mi tercer día en Nueva York, había alcanzado a Beto Gómez, quien estaba presentando su película El Sueño del Caimán en el Latin Beat: Festival de Cine, en el Lincoln Center.

Los primeros días, Beto y yo anduvimos por las calles de Manhattan. Recorrimos sus parques y plazas. Parábamos a comer donde nos asaltaba el hambre o cuando el lugar nos seducía: comida tailandesa, paquistaní o italiana. Era septiembre con el mejor clima para recorrer la ciudad.

Ese día salimos temprano del hotel, ubicado en el mismo Lincoln Center y caminamos hacia el sur más de 80 cuadras, quería ver la estatua de la libertad desde Battery Park. Bajamos por Broadway Av. para luego desviarnos por la Quinta Avenida, Madison, hasta perdernos por horizontes con galerías, boutiques, librerías y callejones semi iluminados como set de cine de gangsters.

Antes del atardecer pasamos por la Zona Cero, que dos años después seguía siendo un hoyo profundo y abandonado. A pocas cuadras de ahí nos encontramos con el toro bravo de Wall Street. Atardecía. Nos sentamos en una banca y pude distinguir a lo lejos la Isla Ellis. Pero no fue eso lo que llamó mi atención, sino ver pasar en bicicleta, enfundados en pants grises, a Leonardo DiCaprio y Gisele Bündchen, como un sueño de libertad.

Le dije a Beto que no sabía quién era Gisele cuando me preguntó si me había fijado en ella. Pasaron tan lentamente cerca de nosotros que reparé en todo: su nariz prominente, su rubio cabello cogido en una improvisada coleta, sus largas piernas como un cuadro más de la bicicleta. Su sombra proyectada en el piso me pareció perfecta. Desde esa tarde no he dejado de admirarla.

De Leonardo DiCaprio había visto todas sus películas y hasta ese momento no era mi actor favorito. Titanic había pasado ante mis ojos como una película cursi y taquillera, nada comparada con sus siguientes trabajos: Atrápame si Puedes, de Steven Spielberg, Gangsters de Nueva York y Los Infiltrados, ambas de Scorsese, o Revolutionary Road de Sam Mendes, película basada en la novela homónima de Richard Yates. Después vendría su gran éxito, El Renacido, de Alejandro González Iñárritu, película con la que por fin ganó un Oscar como mejor actor.

Hace unos días Leonardo estuvo en México con el presidente Enrique Peña Nieto y Carlos Slim. Los tres firmaron un acuerdo para proteger a la vaquita marina. El cetáceo más pequeño del mundo se extingue en las costas de Baja California.

La imagen del presidente saludando de mano a DiCaprio me recordó aquella imagen de Leonardo, al día siguiente que lo vi pasear en bicicleta. Nos lo presentaron a Beto Gómez y a mí en un coctel del Festival. Fue un simple “Nice to meet you”, pero suficiente para el flechazo. Antes del siguiente brindis de la noche Beto me volvió a preguntar, “¿te fijaste en Gisele?”, que iba esplendida en un vestido rojo Valentino. “¿Gisele? No”, respondí, “hoy no tuve ojos más que para Leonardo”.
26 Mayo 2017 03:00:00
Llanto por la muerte de Javier Valdez Cárdenas
Doce balas para Javier a las 12 del día. Cada una pudo haber llevado el nombre de los 12 apóstoles. Los buchones son muy creyentes, los muy hijos de su madre, la virgen, a quien le rezan antes de cualquier jale. Cada bala por un mártir: Andrés, el de la cruz en forma de X.

12 balas para Javier a las 12 del día. Él, que escuchó a todo aquel que quiso contar sus hazañas: morros, buchonas, batos placosos, policías de medio pelo. Cada bala por un mártir: Bartolomé, el que fue despellejado vivo.

12 balas para Javier a las 12 del día. Cronista de la violencia del narcotráfico en Culiacán. La violencia cotidiana, la de a pie, aunque esos batos anden en una jámer perrona, una escaleid o un dobleú. Cada bala por un mártir: Simón, el menos conocido. También murió en una cruz.

12 balas para Javier a las 12 del día. La última vez que lo vi, presenté su libro Malayerba en la FIL de Guadalajara. Son crónicas rulfianas, dije. Son esos mismos seres sin mañana que describe Juan Rulfo en El llano en llamas. Cada bala por un mártir: Tomás, el incrédulo, sólo una lanza lo pudo matar.

12 balas para Javier a las 12 del día. Los habitantes de Malayerba son nuestros vecinos, primos, cuñadas, hermanos. Pues dos de ellos lo mataron. Cada bala por un mártir: Santiago el Menor, a quien cortaron en pedazos después de morir.

12 balas para Javier a las 12 del día. La última vez que hablamos fue el 12 de enero, antes, me mandó un WhatsApp: “Bato querido, avísame cuando puedas atenderme por teléfono”. Cada bala por un mártir: Juan el pescador, al único que intentaron envenenar.

12 balas para Javier a las 12 del día. ¿Quién fue? Quién sabe. ¿Los hijos de El Chapo, que también son dos? Quienes quisieron comprar toda la edición de Ríodoce del domingo 19 de febrero. Cada bala por un mártir: Judas Tadeo, el de los imposibles, asesinado con una flecha en el corazón.

12 balas para Javier a las 12 del día. ¿Quién fue? Quién sabe. ¿El cochino gobierno? El PRI todo ha solapado. Padre de nuestra corrupción y de tanta impunidad. Cada bala por un mártir: Mateo, el odiado cobrador de impuestos.

12 balas para Javier a las 12 del día. Lo tenían en la mira. Amenazado. “Hacer periodismo es caminar sobre una invisible línea marcada por los malos que están en el narcotráfico y en el gobierno”. Dijo. Cada bala por un mártir: Pedro, quién negó a Jesús con feroz resignación.

12 balas para Javier a las 12 del día. Fueron dos que se han convertido en legión. Se cruzaron por su camino en un coche blanco. Seguro se persignaron. Sabían a quien iban a matar. Cada bala por un mártir: Santiago el Anciano, el decapitado.

12 balas para Javier a las 12 del día. Lo bajaron de su coche. El sol ardía, pero su sombrero le cubría la cara. No quisieron verlo de frente. Lo hincaron. Ojos que no ven, se habrán dicho y lo persignaron. Cada bala por un mártir: Felipe, el pesimista, el que murió colgado por su fe.

12 balas para Javier al mediodía. Quizá Javier los conocía y bajó de su coche a saludarlos. Quizá eran los morros con los que él platicaba y confiado se les acercó. Batos culeros, traidores, hijos de su chingadísima madre que encomendaron sus balas a Judas Iscariote. 12 balas para un mártir a las 12 del día.
12 Mayo 2017 03:00:00
El tiempo de la madre
¿A qué edad se está lista para ser madre?, si se aprende sobre la marcha y toda mujer es madre primeriza con cada hijo que tiene. Todos conocemos historias de vida o de muerte, amor y sacrificio de una madre. En mi familia, mi tía Adela, hermana de mi abuelo paterno, tuvo 20 hijos en su matrimonio con mi tío Pancho, hermano de mi abuela paterna. Sólo dos murieron a edad temprana y los otros 18 llegaron a la vida adulta. Nueve hombres y nueve mujeres.

Visitar la casa de mi tía Adela era como seguir en el colegio. Un hogar lleno de niños y de reglas. Entre las primas había pequeñas mamás, pues cada hermana se encargaba de cuidar a un hermano menor, verificar que se lavara los dientes, que hiciera la tarea o que lustrara sus zapatos. La hora de la comida era toda una fiesta, con una docena de lugares disponibles y, conforme pasaban los años, ponían una silla más para el o la recién llegada.

Muchos años después, Adelita, una de las hijas mayores, recordaría que, sus primeros 20 años de vida, siempre vio a su mamá embarazada. Año tras año, había que escoger dos nombres para el nuevo hermanito.

Los tiempos han cambiado y los 6 hijos que se tenían en promedio en la década de 1960, en México, ahora se redujo a 2. Las mujeres tienen otras ilusiones, ya no creen en la teoría del llamado de la naturaleza, el reloj biológico o el instinto maternal, se resisten a las creencias religiosas, a la sociedad o a la misma familia que las impulsa a embarazarse. Si a mediados del siglo XX la edad promedio del primer embarazo rondaba los 18 años, ahora pasan los 30 años de edad o la temida barrera de los 40.

Madres maduras, conscientes de su condición. Mujeres, algunas independientes, que no necesitan de un hombre para embarazarse. En los últimos meses, dos casos han soltado las alarmas, en España y en México. Mauricia Ibáñez, de 64 años, el pasado febrero, en Burgos, dio a luz a gemelos y el mes pasado, en Culiacán, una mujer de 58 años, madre ya de tres hijos adultos, parió a un niño y a una niña prematuros. Ambos embarazos fueron mediante técnica de reproducción asistida in vitro.

Digo que se han disparado las alarmas pues, un hombre de 70 años puede embarazar a una mujer joven sin que nadie proteste, pero cuando una mujer madura lo hace, nos alarmamos. ¿Cuántos años les queda a estos recién nacidos con su madre? ¿Llegará Mauricia o la mujer de Culiacán a la graduación universitaria de sus hijos, los verán casarse y cargarán a sus nietos?, seguramente que no, aunque ahora la esperanza de vida de las mujeres en España es de 85 años y 77 en México.

Según la tanatología, la perdida de los padres es un trauma irreparable en el ser humano, entre más joven es el hijo, es peor. La muerte de alguno de los padres en la niñez o en la adolescencia nunca se compensa. Aunque se ha llegado a pensar lo contrario, que la muerte de un hijo es la peor de las pérdidas.
Quizá no sea así, crecer sin uno de los padres, quienes son la gran estructura de nuestras emociones, es tocar el fondo del desamparo. Ese tiempo sin la madre es un trauma con el que el crio tendrá que lidiar por el resto de su vida.




28 Abril 2017 02:51:00
Si me sueñan, existo
Antes de nacer, mis padres me soñaron, quisieron tener un cuarto hijo. Vivían en Tequila y su familia la conformaban sus hijos Leonel, Enrique y Ana Cecilia. Ellos soñaban con tener otra niña, soñaban con una familia grande, con tener más de cuatro hijos. Eran jóvenes veinteañeros, con una vida por delante y un pueblo que era toda su esperanza.

Tequila, por aquel tiempo era un pueblo rascuache con menos de 10 mil habitantes y media docena de fábricas de tequila. Negocios familiares que estaban muy lejos de ser los grandes emporios de ahora: Sauza, Cuervo, Orendain, San Matías, Viuda de Romero, El Tequileño. Fue hasta la década de los noventa que la bebida nacional tuvo su boom y dejó de ser sólo un trago de cantina y ocupó un lugar en las mesas de mantel largo.

La Cámara Nacional de la Industria Tequilera consiguió la denominación de origen y consintió, por mero estatus, cambiar el tradicional caballito por la copa de brandy. Beber tequila ya era costumbre de ricos. Se triplicaron las exportaciones y aumentó el número de marcas hasta rozar el millar.

Mis padres fueron parte de ese sueño que miles de hombres y mujeres tequilenses construyeron. Su casa estaba frente a la iglesia y a un costado del portal neoclásico que vio sucumbir la furia del general Manuel Lozada, mejor conocido como El Tigre de Alica, frente a las fuerzas federales. Una torrencial noche de julio, después de conmemorarse los 90 años de la muerte de Lozada, mis padres se amaron con el deseo de perpetuarse.

Los hijos antes de concebirse, se sueñan, se buscan en la oscuridad de la noche, en la soledad de dos cuerpos, en la penumbra del silencio. Mi destino estaba trazado, sólo era cuestión de que me animara a vivirlo. Crecí en ese pueblo con olor a mieles y agave, escuché cuántas vidas de otros. Crecí imaginando lo que mi madre me leía, historias de amor, biografías, la ruina y el abolengo. No soñaba con ser escritor. No fui ese niño que descubre la vocación y se forja con empeño. Sin embargo, narraba pequeños cuentos.

Así como los personajes se van escribiendo con tinta y sangre de uno, con los anhelos propios y las grandes frustraciones. Así como uno

hereda a los hijos los bienes y las enfermedades, las creencias y los defectos. Asimismo, mis personajes son tan yo que a veces me confundo con ellos, trasciendo a través de ellos, los riño o felicito cuando debo hacerlo. El pasado 22 de abril cumplí 50 años y el domingo 30 celebraré en Bellas Artes. Invitado por el INBA, estarán, Ely Guerra y Ángel Luna conmigo, leeremos mis poemas y fragmentos de mis novelas. Pero sobre todo estarán mis personajes.

Mis padres también me acompañarán, como estuvieron en Tequila al pie de mi cama. Todos de alguna manera somos un sueño, la esperanza de alguien más. El amor es reconstruir y continuar ese fruto que nos legaron para compartir, para seguir siendo el complemento que sólo funciona por instantes o sólo una vez en la vida. A lo largo de estos años, he sido la fortaleza de otros en mi más intima debilidad: la escritura, por lo que seguiré existiendo cada vez que alguien me lee y luego sueña.

@RNaro
17 Abril 2017 04:00:00
Diles que no me maten
Federico Campbell tenía por lo tres años de proscrito por la Fundación Rulfo cuando me lo advirtió, pero yo no lo quise escuchar. También era abril. Una tarde de martes, antes de tomar el café en su casa, me dijo: “Naró, ya terminé de leer tu novela”. Un par de meses antes, yo le había dejado el manuscrito de mi primera novela, El orden infinito (2007), en la cual invertí diez años de escritura y había incorporado tantos datos históricos, personajes reales y de ficción que Federico me los mostró en una lista, “son más de 40 personajes”, lo escuché. Sólo dos estaban subrayados: Abundio Martínez y Pedro Páramo.

Hace unos días, la Fundación Juan Rulfo que dirige Víctor Jiménez hizo otra pataleta y negó a la Feria del Libro y de la Rosa de la UNAM usar el nombre de Juan Rulfo en el homenaje que ya se había pactado por el centenario de su natalicio. A pesar de que el pasado 4 de abril, Jorge Volpi, coordinador de Difusión Cultural de la UNAM, anunció que la Universidad tenía el visto bueno de la familia para la celebración, el jueves 6 de abril, Víctor Jiménez lo canceló.

Si bien, la Fundación tiene el derecho patrimonial sobre la obra y el nombre del jalisciense, pues registraron “Juan Rulfo” como marca y mencionarlo en cualquier homenaje causaría el pago de derechos, no deja de ser un secuestro de un escritor universal y de su obra. Rapto paranoico que ha ido en aumento con el paso de los años.

La reacción no se hizo esperar y en Twitter, David Miklos creo la cuenta @nuestrorulfo, donde Enrigue, Ortuño, Sheridan, Chimal, Montiel Figueiras, entre otros escritores se manifestaron, casi todos en tono de meme sobre la última determinación de los herederos de Rulfo.

Quien quizá no se habría manifestado, por ser un caballero, habría sido Campbell, considerado el “discípulo preferido de Rulfo”. Campbell, desde finales del siglo pasado comenzó a trabajar en una recopilación de ensayos, críticas y entrevistas sobre Rulfo y su obra, todo lo que se había escrito sobre el creador de la Media Luna desde 1955 hasta 2001.

Con las puertas abiertas a la familia, a la Fundación y sus registros, el autor de Tijuanenses armó el compendio crítico más completo sobre la obra de Rulfo, en el que reunió los trabajos de Fuentes, Alfonso Reyes, Borges, Roa Bastos, García Márquez, Arreola, Susan Sontag, Monsiváis, Villoro, entre otros. Antología que Federico Campbell tituló La ficción de la memoria. Juan Rulfo ante la crítica. (ERA/UNAM, 2003). Libro que al final la Fundación desautorizó y puso a Federico Campbell en la lista negra por negarse a eliminar, de última hora, algunos ensayos que ya no les eran convenientes, escritores que como Federico, habían sido amigos de Rulfo y de los cuales la Fundación renegaba.

Ese martes, después del café en su casa, Campbell sacó mi original de El orden infinito, lo abrió y volvió a señalarme un subrayado con su pluma fuente: “Abundio Martínez buscó refugio en Analco, después de matar a Pedro Páramo”. Cuando escribí El orden infinito, una novela costumbrista, la historia de un matriarcado, retomé al personaje de Rulfo. Y así como en Pedro Páramo, Abundio Martínez es un personaje secundario y determinante, en mi novela también un detonante que incide en el desenlace de mi universo narrativo: Analco.

“¡Aguas, Naró!, dos personajes de Rulfo en tu novela. Después no me vengas a decirme: diles que no me maten”, me advirtió Campbell jugándome la broma.


@RNaro


17 Marzo 2017 03:55:00
Mujeres que amaron demasiado
Siempre me he enamorado de la mujer equivocada. Aquella que tenía un pasado tortuoso y un futuro incierto. Madres solteras. Mujeres golpeadas. Mujeres con síntoma de abuso por anteriores parejas. Mujeres sin familia. Mujeres que habían protagonizado un divorcio escandaloso. Mujeres pegadas a drogas duras, que entraban y salían de psiquiátricos dos o tres veces al año. Dependientes del alcohol y algunos fármacos. Mujeres que amaban el chocolate por sobre todas las cosas.

Mujeres con más de una enfermedad sexual. Mujeres arrogantes, voluntariosas y posesivas. Mujeres que tenían más de una cicatriz en el alma. Mujeres que se dejaban degustar como un manjar, expertas en prácticas amatorias filosas. Mujeres de instintos primitivos, que amaban no hasta la muerte sino amenazando de muerte. Mujeres suicidas.

Mujeres vampiro. Mujeres tan al pie del abismo como el agua que se despeña. Mujeres exhibicionistas, no de medias verdades sino de grandes mentiras. Mujeres de claroscuros. Mujeres de rara belleza, que atraían otras miradas. Mujeres egocéntricas. Despechadas.

Exploradoras de nuevos placeres, de instantes mortales. Mujeres al borde de un ataque de celos, que no distinguían el placer del dolor, la diferencia entre hazme tuyo y tuya soy. Mujeres que tenían alas en vez de labios, que al entrar en ellas me hacían bucear.

Mujeres profundas, laberínticas, con tantos instantes como secretos. Llenas de eternidad. Mujeres sin culpa pero tampoco inocentes. Mujeres escapistas, que huían de todo y de todos, menos de sí mismas. Mujeres fieles a sus obsesiones. Mujeres furiosas. Cada berrinche era una nueva personalidad. Mujeres templadas con el acero de los días. Líquidas y blandas cuando entre mis manos se perdían. Mujeres adivinas por la sensibilidad de su desdicha. Mujeres siempre a punto del llanto, sólo a punto. Mujeres que sólo lloraban en el orgasmo. Autocomplacientes. Mujeres que jamás perdían, que reclamaban apuntándome con el índice. Mujeres capaces del indulto.

Mujeres tatuadas. Mujeres rencorosas y vengativas. Que confiaban en el amor como en una inagotable cifra. Mujeres tan feministas. Mujeres misóginas. Mujeres que me hacían llorar de tristeza más que de coraje. Mujeres anticlericales.

Mujeres de izquierda o políticamente incorrectas. Mujeres que mis amigos preguntaban, “¿ésta de qué pie cojea?”, y que mi familia miraba de soslayo. Independientes como una isla.

Mujeres guerreras, cada palabra y cada gesto, ciertas palabras eran un arma mortal. Mujeres que me mostraban el mundo como un campo minado. Mujeres araña, con red en la entrepierna. Mujeres llenas de primavera. Miel en sus labios de abeja reina, más gran que mi sueño de poseerla.

Mujeres con un mundo propio, cielo e infierno incluido. Mujeres que no viajan, se mudan. Mujeres que destruyen lo que tocan. Mujeres que reconstruyen lo que sueñan. Mujeres promiscuas. Pornógrafas. Soñadoras. Mujeres solas. Mujeres imperfectas. Mujeres ambiguas, desesperadas, depresivas.

Mujeres que me pedían con la mirada que las rescatara. Mujeres que al tratar de rescatarlas me salvaba a mí mismo.

@RNaró
03 Marzo 2017 02:06:00
La regla
Que las maquiladoras de México estén llenas de mujeres no es un azar. Que en muchos casos sean más estudiosas que los hombres hasta llegar a la obsesión. Que cumplan el rol de madre y padre al mismo tiempo y hagan todo lo posible por sacar adelante a su familia, tampoco es una cuestión cultural ni de educación sino de su naturaleza.

La primera gran responsabilidad que tuve fue a los 17 años, en mi primer trabajo, que no duró más de tres meses. Tampoco mis noviazgos duraban muchas semanas. En la adolescencia notaba que algo se iba modificando entre mis vecinas de la cuadra, niñas con las que había crecido. Cuando en las tardes varios amigos y yo nos reuníamos al final de la calle a hablar de mujeres, de nuestros delirios y fantasías, al final terminábamos mencionando los cambios de nuestras antiguas compañeras de juegos, sus cambios de humor, su sensibilidad y su llanto. A esa edad todos ignorábamos el significado de la palabra cólico. Para nosotros, la única obligación que teníamos era la de estar bien peinados.

Ahora que veo a mis sobrinos acicalarse para ir al centro comercial y que postean en Facebook las fotos de sus primeras fiestas o me cuenta sus enamoramientos, recuerdo a las mujeres que he conocido a lo largo de mi vida laboral, a mi madre y a mi hermana, a mis parejas, recuerdo el alto grado de eficiencia y dedicación que ponen en todo lo que emprenden, y ahora sé porqué las mujeres toman tan enserio la vida: por la regla.

Ese rito de iniciación que se repite cada 28 días y que parece estar ligado al ciclo de la luna por tener 27 días y medio de duración. Esa maravilla de la naturaleza que ha sido considerada en la Historia como un estado sucio e impuro de la mujer y que la Biblia califica de pecaminoso, a mí me ha seducido e intrigado. Esa fase tan ligada a la procreación es el motivo de la gran responsabilidad que tiene la mujer con el estudio, el trabajo, la familia y consigo misma.

Desde el momento en que las niñas tienen su primera menstruación, alrededor de los 12 años, tienen que hacerse cargo de llevar la cuenta de su ciclo, de ponerse la toalla o el tampón, de escucharse y de sentirse hasta saber sus días de mayor flujo. A los 15 años no sólo deben aprender a bailar vals, ya cumplen con esa responsabilidad mensual, ya saben del dolor y la vergüenza, conocen el significado de las palabras estrógeno, progesterona, amenorrea, embarazo y endometrio. Mientras que los varones a esa edad seguimos jugando con el Xbox, haciendo zapping en la televisión, copiando en los exámenes y planeando cómo tirarnos a la vecina o de dónde sacar dinero para un nuevo iPhone.

Cuando las mujeres descubren que la regla es sólo el inicio de una cadena de responsabilidades que tendrán a lo largo de su vida: la procreación, el embarazo, la lactancia, la familia, la educación, todo aquello que representa la preservación de la vida, se vuelven expertas para cualquier tarea, desde manejar una máquina en una fábrica maquiladora hasta gobernar un país. Puede ser que la regla sea el sexto sentido que dicen tener y por el cual siempre nos llevarán años de ventaja.

@RNaro



20 Febrero 2017 04:00:00
Lugar común: la muerte
Así como todos vamos a morir, también todos hemos de amar. Tarde o temprano cumplimos con ese destino, enamorarnos. Puede ser que el amor nos llegue a los 11 o 12 años, en plena adolescencia o pasados los turbulentos 20. Puede ser que nos llegue después de un primer divorcio o al despuntar la madurez. ¿Cuándo se llega por fin al “verdadero amor”? ¿Dónde radica “el amor de mi vida”’? ¿Amé con mayor intensidad en mi juventud o ahora que tengo más experiencia o cautela?

Empecé a escribir poesía a los 15 años, cuando tuve mi primer choque con el amor. En unas vacaciones de Semana Santa en Mazatlán conocí a una chica de Durango y sólo tres días de encuentros en la playa bastaron para sentir, cuando ella se marchó, que yo perdía algo o que me perdía por completo. Pero ella no fue la primera, antes pasaron por las fantasías de mis manos, Mónica, Cristina, Adriana. Mi corazón aún era de terciopelo y se gastaría con el lustre que le da los años a los casimires.

A esa edad no encontraba respuestas, creía ser el único que sufría la levedad de haber puesto mis ojos en esa o en aquella chica. Buscaba respuestas en mis libros de adolescencia hasta que encontré, primero en el Nocturno a Rosario de Manuel Acuña y luego en La amada inmóvil de Amado Nervo, el espejo en el cual podía reflejar mis frustraciones. Y me fui a buscar esa media naranja, el complemento que hablara de mí en silencio.

Dicen que los novios que se parecen se casan. Es porque nos hemos pasado la vida mirándonos al espejo y aún así nos desconocemos, somos nuestro gran misterio. Cuando nos enamoramos, ¿qué parte de nosotros vemos en ese otro que nos seduce? Al final, somos como Narciso, unos enamorados de nuestras propias carencias, de nuestras virtudes inventadas. Más que a nadie, nos amamos a nosotros mismos.

El puro romanticismo, el que arrastramos desde finales del siglo XVIII. El amor trágico idealizado, el destino como un trazo imborrable. Las eternas golondrinas de Bécquer. La fuente de la eterna juventud. La culminación del “yo” en el reflejo de mi iPhone.

Nadie muere dos veces de la misma muerte. ¿En cuántas ocasiones he querido acabar con mi yo adolescente, el que escribía irresponsables versos? Cuando tenía veintitantos años yo mismo pagué la edición de mi primer poemario. Fui a una imprenta y tiré 500 ejemplares. Libro en mano, hasta ese momento me sentí poeta. Lo regalé a diestra y siniestra. Libro con tantas erratas que ahora busco en librerías de viejo para quemarlo. Ya he echado al fuego más de 50.

Gustavo Adolfo Bécquer decía que la mejor poesía es aquella que no se escribe, yo agregaría que el amor más grande es el amor no consumado, aquel platónico deseo que se guarda en el universo de los hubiera. Hasta hace unos días, en una clase en Filosofía y Letras de la UNAM, supe que no son mis primeros versos los que he querido borrar –ejercicios de aprendizaje, a fin de cuentas, prueba y error de la metáfora–, sino mis primeros amores, mis más dolorosas derrotas, la memoria idealiza más que la realidad, mi juventud llena de versos que caían en el lugar común: amar hasta la muerte.

03 Febrero 2017 04:00:00
El fantasma del futuro
Comienza el año y con él una lista de propósitos. Los más comunes son, levantarme temprano, volver el próximo lunes al gimnasio, respetar la dieta al pie de letra, eso sí, desde el lunes. Siempre me he concentrado en lo que no tengo, aquello que en toda nuestra vida no he podido lograr. El inicio de año es un buen motivador para, ahora sí, comenzar de cero.

Sin embargo y como dijo Julio Cortázar, “el azar hace mejor las cosas que la lógica”. Este año dejé de lado mi lista de propósitos, la carrera hacia ese infatigable destino que más y más se aleja en cuanto más alcance le doy. Esa lucha con rudeza por llegar a la meta que otros trazaron. No quiero planear atardeceres ni programar mis noches para el insomnio. No quiero una nueva agenda de pastas negras o aún a oscuras, escuchar el bip del celular y despertar con ese escándalo de tren que está a punto de arrollarme.

O será que, ¿llevar una lista de propósitos significa trazar una ruta al porvenir? ¿Y el libre albedrío, dónde queda? Si todos somos víctimas de las circunstancias y la mayoría de las veces reaccionamos al primer impulso y culpamos a otros de nuestra derrota. Me resisto a escribir, como cada año, lo que antes no he podido cumplir. Anticipar en una lista el remordimiento.

Prefiero la sorpresa, la aventura a la vuelta de la esquina, la fantasía de creer que sí lo voy a lograr. Abrir las páginas de un periódico y saber que ese es el único futuro que tengo: el ayer. Este año quiero vivir libre, sin presiones autoimpuestas, sin citas conmigo mismo a las cuales no llegaré. Dejar de pensar que cada lunes es una nueva oportunidad, el gran desafío convertido en una pequeña nueva decepción.

Andaré sin mapas, guiado sólo por la brújula de la intuición. El futuro siempre es especulativo, ¿quién tiene la certeza de amanecer mañana? Dejémonos pescar por el anzuelo de la corazonada. Vivamos la realidad del que sueña. Conscientes de que cada momento es el mejor, único espacio de tiempo que sólo ha de repetirse en los laberintos de la memoria, donde será mejor perdernos hasta encontrar ese otro que nos habita, a veces bestia, a veces humano.

Con esta entrega, revive La columna chueca, invitado por Zócalo nos encontraremos dos veces al mes. Hoy comienza un diálogo en que trataré de ser un oportuno columnista. No escribiré de política ni de finanzas, sino sobre aquello que miro cuando cierro los ojos y de todo lo que toco también cuando los cierro. Trataré de fijar el instante en palabras, vivir lo que escribo antes de dejarlo impreso: lecturas, viajes, amigos, museos, el pulso de la cotidianidad. Escribiré lo que no me atrevo a pronunciar.

Coahuila es un estado donde tengo muchos amigos, al que voy con regularidad desde hace 15 años, al que siempre quiero volver y febrero es un buen comienzo. Espero que juntos lleguemos al fin del año y hagamos un recuento de historias y quien se anime, también un recuento de propósitos. Al final, espero que no vea su agenda incompleta, habitada por cadáveres de frustración, fantasmas que lo acompañarán en el futuro.

@RNaro
04 Enero 2017 04:00:00
La ley del hielo
En México estamos obsesionados con la nieve. Pistas de hielo congelan el Zócalo y los centros comerciales. Apenas con las primeras ventiscas del invierno que por cruel que parezca en la Ciudad de México alcanza el promedio de 10 grados centígrados, los chilangos sacamos abrigos, bufandas, suéteres de cashmere de Moroleón y los más enteleridos, guantes para sudar las manos. Todo se vuelve algarabía alrededor de simuladas chimeneas y envidiamos la suerte de nuestros vecinos del norte, sus casas blancas custodiadas por artesanales muñecos.

Apenas en febrero de 2008 conocí la nieve. Invitado por el Joliet Junior College viajé a Chicago a presentar El orden infinito. El hielo cubría todo, calles, coches, parques, los árboles resistían con voluntad de acero. Tras las ventanas de la casa de Gina Wiberg, donde me hospedé, la nieve caía sin cesar como pedacitos de nube. Una semana después fui a Detroit y me hospedé en casa de Gloria Guerra. El clima era peor. Ahí pasé mi primera gran nevada, que nos tuvo tres días recluidos en casa, sin poder asomar ni siquiera las narices.

La mañana que escampó, sin meditar mucho salí a la calle con mis botas de montaña, cubierto de pies a cabeza. Me sorprendió ver todo blanco, los autos encobijados de nieve, estalactitas que ya no goteaban desde el techo de las casas. Al fondo todo era gris y el viento tampoco movía los esqueletos de los árboles. Aún así me aventuré a caminar. Las piernas se me hundían en la nieve hasta las rodillas y antes de llegar a la esquina, ya estaba empapado, tenía los pies entumidos, no podía seguir avanzando. Con las piernas como horqueta de resortera, a punto de la congelación, tuve que pedir auxilio.

Hace unos días, en una reunión de amigos, hablábamos sobre las diferencias entre los mexicanos y los estadounidenses. ¿Por qué a nosotros se nos dificulta tanto trabajar en equipo? ¿Por qué no podemos celebrar el triunfo de nuestros compatriotas? ¿Por qué nos identificamos con la parábola del cangrejo y aplicamos la ley del hielo? “Precisamente por eso”, les dije, “por el clima”.

Nada nos constituye tanto como nuestro envidiable sol. Sólo un clima tan terrible como el que tienen en el norte del continente, con temperaturas que pueden bajar hasta los -25° centígrados en Chicago o Nueva York con sensaciones térmicas de hasta -50° celsius hacen que la gente trabaje en equipo y reconozca que el éxito o la sobrevivencia del vecino ayuda a la propia sobrevivencia. Sólo en estrecha cooperación y llegando a consensos para el bienestar de la mayoría pudieron construir ciudades como Boston, Filadelfia o Washington en territorios que hace 200 años eran gobernados por el hielo.
Después de aquel día en el que Gloria me rescató del jardín de su vecina, cuando la nieve comenzaba a cubrirme como muñeco de nariz de zanahoria, entiendo a las springbreakers que deliran por el sol de nuestras playas, donde la vegetación nos provee todo el año de jugosas frutas y manjares marinos que puede uno disfrutar en solitario. Selvas, bosques, playas, donde todo, hasta las gringas, parecen estar al alcance de la mano.

@RNaró

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