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Sara Sefchovich
Sara Sefchovich
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Es licenciada y maestra en Sociología y doctora en Historia de México. Desde hace tres décadas se dedica a la investigación en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, en temas de cultura y discurso. Es conferencista, traductora y narradora, autora de libros, capítulos de libros y artículos en revistas y periódicos nacionales e internacionales, comentarista en radio y profesora en universidades de México y del extranjero. Entre sus ensayos están La suerte de la consorte y País de mentiras y entre sus novelas Demasiado amor, La señora de los sueños y Vivir la vida. Su obra literaria ha sido traducida a ocho idiomas y llevada al cine y al teatro. Ha obtenido premios de ensayo, novela y periodismo, entre ellos el Agustín Yáñez, El Plural y la beca Guggenheim y forma parte del Sistema Nacional de Investigadores. Página electrónica: www.sarasefchovich.com. E-Mail: [email protected]

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28 Diciembre 2016 04:00:00
Más de lo mismo
La escena sucedió en el Auditorio Nacional en la Ciudad de México: un pequeño de 5 años se subió a un muro alto y no se quería bajar, por más que los padres le rogaban que lo hiciera. En eso se acercó un policía y le dijo al niño que se tenía que bajar porque estaba prohibido subirse a ese lugar. Inmediatamente los padres se le fueron encima a la autoridad: “Usted ¿con qué derecho le dirige la palabra a nuestro hijo?”, fue lo primero que dijeron y de allí se siguieron con insultos relativos a su condición de persona pobre, de piel morena y de asalariado.

La tristemente célebre Lady de Polanco, que hace algún tiempo insultó y hasta golpeó a un policía que la detuvo por manejar en estado de ebriedad, lo insultó también con el “asalariado de mierda”.

“Aristocracia rufianesca” le llama Verónica Murguía a estos personajes que hoy pululan con su total falta de respeto al prójimo, sea este quien sea: autoridad, anciano, burócrata. Es la manera de ser que está de moda: arrogancia, desobediencia a la autoridad, insultos.

Murgía cuenta cómo un niño que corría por los pasillos del súper la golpeó con el carrito y cuando ella le reclamó a la madre, esta la insultó ¡a ella! Mi vecino cuenta que llevaba media hora haciendo cola en una ventanilla cuando llegó un joven y se metió en la fila adelante de todo mundo. Como le reclamó, el sujeto contestó con amenazas.

En nuestro diario vivir, un conductor atropella a una policía que le señala que va en sentido contrario o lo detiene en el alcoholímetro. Los habitantes de no sé qué pueblo apedrean a los policías que persiguen a unos delincuentes, estudiantes encapuchados avientan petardos a los soldados dentro de la zona militar, maestros queman vehículos, oficinas, archivos.

Todo esto viene a cuento para seguir con el tema de la semana pasada: cada cual considera que él es el centro del mundo y que puede hacer lo que le venga en gana, porque “¡yo lo valgo!”, como dice un comercial. Estas actitudes no son exclusivas de unos cuantos, sino un modo de ser social en el cual han desa-parecido las reglas de convivencia, el civismo, los modales, las cortesías, y todo eso se considera inútil. Por eso ya nadie saluda, no cede su lugar a un discapacitado, viejo, embarazada, insulta a la primera de cuentas.

Y claro: de la falta de respeto al prójimo se pasa fácil a la falta de respeto a la autoridad y del incumplimiento de las cortesías básicas se pasa fácil al incumplimiento de la ley.

Hace unos días escuché un programa de radio en el que un locutor anunció una nueva serie de TV de la que los productores no han querido hablar, pero él, orgulloso, contó que había hackeado la información y sus compañeros le aplaudieron.

¿Por qué escribo esto ahora?

Porque esta es la época del año en que nos endilgan el discurso de la bondad y la alegría y el cariño, de que la familia y los amigos y los vecinos son lo más maravilloso. En los comerciales todos sonríen y se intercambian regalos como si de veras a unos les importaran los otros y a los otros los unos. Pero esos mismos son los que, en lugar de educar a su hijo, insultan a la señora que se queja porque el niño la atropelló, los que agreden en las redes sociales, golpean a los policías y les importa muy poco la ley y la decencia. En este país celebramos la ilegalidad, la trampa, la mentira, la corrupción, la grosería y el racismo, pero luego nos enojamos cuando otros las cometen.

Ya lo he dicho aquí: nada de eso cae del cielo, sale de nuestra propia sociedad. Esas personas violentas y groseras aprenden, se educan y maceran en ella. Los niños repetirán esas conductas, y conforme crezcan irán aumentando su intensidad, porque así es como funciona esto: ante la impunidad, siempre se prueba un poco más. Y otro poco más. Y así, hasta ¿dónde?

Como también dice Verónica Murguía. “Da tristeza y miedo”.
12 Agosto 2012 04:07:33
La marcha mexicana en Estados Unidos
Hoy domingo se inicia la marcha del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad que cruzará Estados Unidos. Los contingentes tanto mexicanos como norteamericanos que se han sumado a ella partirán desde San Diego, California, al otro lado de la frontera mexicana con Tijuana, sobre la orilla del océano Pacífico, y llegarán, dentro de un mes, a Washington, en el extremo opuesto, sobre la costa este, y que es el centro de las decisiones políticas del Gobierno
norteamericano. 

Se trata de un modo inédito de lucha para terminar con la guerra que vive México y que ha dejado miles de muertos, desaparecidos y desplazados y ha convertido la vida de los mexicanos en un infierno de violencia, inseguridad y temor. Un modo que al mismo tiempo reconoce, sin absurdas apelaciones nacionalistas, la interdependencia entre los dos países, así como el poder del vecino del norte para afectar, en lo bueno y en lo malo, a México. En su paso por ese territorio enorme, cultural, ideológica y políticamente tan diverso, la marcha seguramente encontrará apoyo y solidaridad y también rechazo y enojo, porque entre los ciudadanos norteamericanos los hay defensores de las mejores causas y derechos y también los hay reaccionarios y racistas. Entre estos últimos están los que tienen gran odio por los mexicanos y se oponen a lo que pide el grupo encabezado por Javier Sicilia. 

En diversas entrevistas el poeta ha explicado los objetivos de este impresionante esfuerzo: Se trata de “sensibilizar a la población estadounidense sobre nuestro dolor y el sufrimiento que nos ha dejado esta violencia”, y de “llevar a la conciencia del pueblo norteamericano su corresponsabilidad en la guerra contra el narco”. 

Esto último es muy importante porque es muy probable que la mayoría de los ciudadanos de ese país ni siquiera lo sepan. La corresponsabilidad deriva de varios hechos: El primero, que los norteamericanos son los principales consumidores de las drogas que se producen o se mueven a través del territorio nacional. El segundo, que los norteamericanos son quienes le venden las armas a los delincuentes. El tercero, que los norteamericanos han instigado, apoyado y hasta supervisado al Gobierno mexicano en su forma de llevar a cabo la guerra contra el narco: Desde el Plan Mérida hasta sus agentes en el país, desde los entrenamientos al Ejército hasta la investigación de políticos, militares y bancos. 

Pero eso no es todo, pues al hacer explícitos estos hechos también se harán evidentes a los ciudadanos de aquel país las contradicciones de ellos mismos, la principal de las cuales es que prohíben el consumo de las drogas porque son dañinas para la salud y hasta pueden provocar la muerte, pero venden libremente el armamento. Como dice Sicilia: “Esas armas están armando a los mismos que el Plan Mérida quiere perseguir”. Y concluye: “Entonces hay una doble responsabilidad de Estados Unidos. La prohibición de las drogas nos está matando y las armas norteamericanas nos están matando”. 

Y aquí está el meollo del asunto que la marcha hará ver y que es lo que ha afirmado Noam Chomsky: “Que son intencionales las fallidas consecuencias de la guerra contra el narco”, pues digan lo que digan los políticos norteamericanos, no parecen querer que este negocio se acabe. Menos aun si los muertos los ponemos nosotros. 

La marcha pretende conseguir apoyo para que esto cambie: No más Plan Mérida, no más venta de armas y regulación (algunos incluso dicen legalización) de las drogas. Tres pasos que, de cumplirse, le permitirían a México empezar a salir de este abismo en el que estamos. 

Para terminar de salir, faltará desenmascarar aquí a quienes dicen que quieren acabar con esa delincuencia pero en los hechos no lo desean porque los tráficos de drogas y armas y el lavado de dinero les benefician más que la paz. 
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06 Junio 2010 03:00:38
Historias de huesitos
La decisión de la comisión de celebración del bicentenario/centenario del gobierno federal, de sacar de su nicho en la Columna de la Independencia los restos de huesos que allí reposaban, para, según explicó la historiadora Carmen Saucedo, investigar si son o no son y llevarlos después al Palacio Nacional (aunque el director del INAH le dijo a Joaquín López Dóriga que regresarían a la columna) ha sido criticada por muchos con el argumento de que se trata de una acción inútil que no le agrega nada a la celebración ni al estudio de la historia. Luis Martínez de plano lo calificó de “humorada patriotera” ,“profanación y necrolatría”.

Seamos francos: los festejos del bicentenario y centenario se han convertido en poca cosa, en puras pequeñeces e inutilidades, eso sí, con un enorme desperdicio de recursos que se han ido, sobre todo, en mantener a una burocracia especialmente creada para ello tanto a nivel federal como estatal.
Las razones de esto son varias:

a. Un desesperado deseo de ser originales y como apuntó el historiador Enrique Florescano, de no hacer lo mismo que hizo Porfirio Díaz hace cien años;
b. Eso sumado al deseo de hacer algo muy grande, serio pero también llamativo, académico y además mediático, ilustrado pero al mismo tiempo popular, que lo incluya todo y lo abarque todo;

c. Pero que no sea susceptible de crítica porque hay terror a la crítica;
d. Y lo anterior, con una supuesta falta de presupuesto suficiente que aducen los funcionarios encargados de las comisiones.

Dado que estos cuatro requisitos son incompatibles en sí y entre sí, el resultado es que nadie sabe qué hacer y entonces todos los días se inventan actividades sin ton ni son, que van desde darles medallas y hacerles homenajes a un montón de personas e instituciones, hasta iluminar algún edificio o monumento público o ponerle letreros alusivos a una carretera o a un puente que ya existían y que así se convierten en parte de los festejos.

Y ahora esto de trasladar los huesos, que no es otra cosa que un espectáculo más, que de paso pretende, según afirmó la historiadora Verónica Zárate Toscano en un evento en El Colegio de México, que la ciencia sea el nuevo discurso ideológico, buscando una comprobación científica de algo que no lo necesita por ser un símbolo histórico.

El problema es que los festejos han dependido de lo que decide cada uno de los encargados de las comisiones, lo cual tiene que ver con su manera muy particular de representarse los sucesos históricos y de medir su importancia. En un artículo publicado el año pasado en la revista Nexos, Luis Medina Peña ponía sobre la mesa lo que se ha ido haciendo evidente y es que hay diferentes interpretaciones de la historia nacional y a los gobernantes panistas la historia oficial no les dice nada, no se reconocen en ella: “Debe ser sumamente difícil para la élite gobernante actual afrontar las celebraciones. Debe resultarles incómodo gobernar a una nación con cuya inmensa mayoría se encuentran en estado de constante disonancia cognoscitiva y tener que respetar los ritos y símbolos heredados”.

Esto explica que las acciones que se llevan a cabo sean lo que son, pues como bien afirma un estudioso, “celebrar es una decisión política”. ¿Por qué se decidió que estos son los héroes a exhumar y no los que están en el Monumento a la Revolución o en la Catedral o en el Panteón de San Fernando o en cualquier otra parte? ¿Por qué se decidió privilegiar el festejo de la Independencia por sobre el de la Revolución? Y en todo caso, ¿cómo hacer para, como han señalado los historiadores Enrique Krauze y Juan Escamilla, quitarnos la costumbre de festejar los momentos violentos y de destrucción en lugar de los tranquilos y de construcción?

A decir verdad, lo que han hecho todas las comisiones hasta ahora son actividades destinadas a fomentar el imaginario oficial en lugar de la reflexión o de nuevas interpretaciones del pasado y eso aunque nadie lo quiera reconocer y uno le eche en cara al otro que hace las cosas mal.
 
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Escritora e investigadora en la UNAM
23 Mayo 2010 03:00:15
Diego y los ciudadanos
Durante muchos años, semana a semana recibí cartas primero y después correos electrónicos de los lectores, para comentar mis artículos. Siempre respondí y llegué a establecer interesantes diálogos y hasta alguna que otra amistad, aun si no estábamos de acuerdo.

Cuando empezó el periódico en línea, creí que sería una oportunidad para ampliar este debate. Pero no fue así. Me encontré con que la mayor parte de quienes mandan sus comentarios para que se suban a la página, no dicen nada que merezca la pena leerse y en cambio suman la prepotencia y grosería a la ignorancia y la mala ortografía. Decidí entonces no leerlos más. Y lo he venido cumpliendo desde hace buen rato.

Pero en una reunión de trabajo, un colega mostró los comentarios en torno al secuestro de Diego Fernández de Cevallos: “Lo que es tener medios mediocres en un país mediocre que tiene que explotar una noticia tan menor como si fuera el pronóstico del fin del mundo. Lo siento por la familia de este tipo pero pues la verdad 50 millones de pobres no lo van a extrañar”, “Es un acto de justicia, el primero de los muchos que vienen y que pondrán a la clase política en su lugar”, “Diego no se merecía esto... se merece algo peor”, “Ojalá no aparezca. Una rata menos”, “La neta, hay que hacerle un monumento al que se lo llevó”. Y cuando el coordinador de la bancada del PRI en el Senado, Manlio Fabio Beltrones, dijo que su desaparición “indigna y consterna” a la sociedad, le escribieron que: “No indigna a toda la sociedad, es bueno también acabar con las ratas de corbata!!”, “Indigna que toquen a gente honesta, trabajadora, con valores, humildes y comunes y corrientes, no a gente que toda su vida ha vivido del erario a costillas del pueblo”.

Otro colega recordó casos similares: cuando la muerte en un accidente aéreo de varios miembros de la familia Saba, los comentarios eran: “Malditos judíos, que se mueran”. Y cuando la muerte de la niña Paulette: “Se mueren muchos niños, ¿por qué tanto escándalo por una niña rica?”

María Teresa Priego ha tratado de entender y de explicarnos el significado de este tipo de descargas. Ella dice que funcionan “como búsqueda de resarcimiento de los dolores, las rabias, las frustraciones, el propio sentimiento de inadecuación”. Dicho de otro modo, que su utilidad consiste en encontrar un chivo expiatorio para nuestro daño interior.

Tiene mucha razón. Alguna ocasión en que escribí que “semana a semana hay lectores que se enojan conmigo, con Monsiváis, con Denise Maerker y con otros articulistas porque criticamos”, un lector me reclamó que me pusiera en el mismo plano que Monsiváis, “porque él se cocina aparte”. Su rabia personal le impidió ver que no hablaba yo del gran cronista (que por supuesto se cuece aparte) sino de los lectores que lo maltratan igual que a cualquiera de nosotros. Pero como dice Priego, descalificar al otro nos alivia, nos permite ocultar y silenciar nuestros sentimientos de inadecuación y de envidia, nuestra precariedad emocional.

Hoy día hay un importante debate sobre el internet. Se dice que es una maravilla como espacio de democratización y de fuerza ciudadana, que permite conectar a la gente y ayudar en causas significativas. Esto sin duda es cierto, pero como toda moneda, tiene dos caras, pues también permite lo contrario: ofender, atacar y defender las peores causas.

Los comentarios en línea, dado que se hacen desde el anonimato y la distancia, facilitan según dice Álvaro Cueva, a quien cita Priego, “tirar a matar con salvajismo impresionante”. Eso les permite a las personas que lo hacen, conseguir “un segundo de superioridad”.

Es mi opinión que los medios no deberían dejar hablar a los lectores que no se identifiquen plenamente. Porque lo que empezó como una idea excelente para conversar entre ciudadanos se ha convertido en otra cosa. Y no creo que toda esa gente que tira la piedra y esconde la mano, merezca la oportunidad. Quien quiera decir algo, que saque la cara, como la sacamos los que escribimos los artículos.

Así sí se vale. Pero entonces veríamos que no son tan machos los muchos.

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Escritora e investigadora en la UNAM
09 Mayo 2010 03:00:39
La división principal
La semana pasada hablé en este espacio de lo que divide a los seres humanos: la propiedad de los medios de producción, la posibilidad del ocio y el consumo, la religión, la cultura, el género, la edad.

Aunque todo eso es sin duda importante, me parece que la división significativa hoy es la ideológica, como lo ha sido desde el siglo XIX y durante el XX. Y esa la podríamos resumir, a pesar de sus muchas diferencias, en conservadora y liberal.

En Estados Unidos, por ejemplo, unos y otros han obtenido triunfos y fracasos en distintos momentos. La derrota de los nazis se considera un triunfo de los liberales, mientras que la lucha contra el comunismo se ve como uno de los conservadores. Un día es Roosevelt y otro Reagan, un día Clinton y otro Bush.

A raíz de los ataques terroristas en Nueva York y del triunfo de Barack Obama, muchos norteamericanos conservadores han decidido que “es hora de recuperar a América y a sus valores”, idea que va claramente en contra de la que planteó Obama durante su campaña, y que hablaba de “construir una nueva América”.

No deja de ser interesante que ese país haya elegido a un liberal al mismo tiempo que aumentan los grupos, predicadores y medios de comunicación conservadores, pero sobre todo, que su actitud es cada vez más vociferante e incluso beligerante. Son los que se oponen a la inmigración, a la que consideran un peligro y afirman que así defienden a la libertad, a la que consideran el valor más alto. Curiosamente sin embargo, también los liberales dicen defender la libertad, como se puede ver en los discursos que han pronunciado desde Kennedy hasta Obama.

Algo similar está sucediendo en los países de Europa Occidental. En Francia, el presidente Sarkozy ha pedido a los prefectos que indaguen qué es lo que la sociedad considera que es ser francés. Aparentemente, lo que pretende es quitarle a la ultraderecha el uso exclusivo del concepto de identidad nacional, aunque algunos aseguran que sólo busca argumentos que le permitan legitimar la cada vez mayor limitación de los derechos para los inmigrantes.

En Italia el gobierno de Berlusconi ha declarado la guerra a quienes “no son católicos ni hablan italiano ni se visten igual que nosotros ni tienen nuestras costumbres”, lo cual ha dado el permiso para que se maltrate a los inmigrantes y se cometan actos violentos como el asalto con palos y latas de gasolina a las míseras viviendas de una colonia de rumanos. Enchina la piel que cuando días después, en el colegio del barrio los profesores pidieron a los niños que describieran lo que había sucedido, la mayoría relató con júbilo lo hecho por sus padres.

En España un líder local del PP está queriendo ganar elecciones con un discurso xenófobo, según el cual los extranjeros —en particular los gitanos— son una plaga y una lacra. Algo similar ocurre en Alemania y Austria. Y todos justifican los abusos diciendo que “el extremismo en defensa de la libertad no es condenable”. De nuevo la libertad como pretexto.

En nuestro país también el conservadurismo ha resurgido con fuerza. Y de nuevo también, no ceja en sus objetivos, con todo y que han sido fuente de fuertes conflictos, incluso de guerras civiles.

Aquí los temas principales son la religión y la educación: se trata de impedir que las personas puedan tener otras religiosidades y se trata de revertir la educación laica. A eso le llaman libertad, tal como le llamaban los liberales del siglo XIX a lo contrario. Y en aras de esa supuesta libertad, sistemáticamente se niegan a aceptar leyes que ponen al día a nuestra sociedad de acuerdo con las realidades del mundo actual, como la del aborto o los derechos civiles para los homosexuales.

Sin duda esto explica por qué los tan cacareados festejos del bicentenario y centenario nada más no cuajan. Pero es que para los conservadores, la historia se lee diferente que para los liberales y no comparten lo que estos consideran grandes momentos y personajes o triunfos de las causas justas y correctas. Aunque pretendan que sí y gasten dinerales en espectáculos multimedia y en pirotecnia.
 
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Escritora e investigadora en la UNAM
11 Abril 2010 03:00:50
Ayuda de los vecinos
Europa tomó la decisión de salvar a Grecia, país que está al borde de la quiebra pues resultó muy afectado por la crisis. Las condiciones son duras, pero a fin de cuentas se va a dar un préstamo del Fondo Monetario Internacional (algo insólito, pues esta institución nunca había intervenido en la zona europea) y en caso de que eso no baste, se harán préstamos bilaterales. La idea es evitar una tormenta más dura y mantener la tranquilidad.

Pero además, y esto es a mi juicio lo interesante, con esta medida los países de la comunidad económica aceptan, como en los matrimonios religiosos, que su unión no es sólo para lo bueno sino también para lo malo, y que aquellos que la conforman tienen una responsabilidad con todos, la cual debe hacerse evidente cuando es necesario.

Esto que suena lógico es el tema medular al que me quiero referir, por la simple y sencilla razón de que no parece ser el camino que nuestros vecinos del norte han tomado respecto de México, con todo y que también formamos una comunidad comercial.

Frente al narco y la inseguridad, Canadá se ha quedado en silencio y Estados Unidos no ha aceptado responsabilidad.

Una vez, en mayo de 1997, en visita oficial a México, el presidente Clinton reconoció que ellos eran “el país que más droga consume en el mundo”, pero nunca más lo dijeron así. Al contrario, los secretarios, gobernadores y encargados siempre acusan a México y critican lo que no hace y lo que sí hace, sin temor a caer en contradicciones, pues por un lado la secretaria de seguridad interior dice que se debe retirar al Ejército de la frontera y por el otro ellos mandan cada vez más guardias esa zona.

Pero de pronto, en las últimas semanas, parece haber un cambio: funcionarios del más alto nivel y personalidades están viniendo a México. Aquí estuvo la plana mayor de la seguridad encabezada por la secretaria de Estado y ahora está por venir la primera dama. Son gestos que simbólicamente significan que se han dado cuenta de que les somos importantes.

Y más todavía: la misma persona que acompañó en aquella ocasión al mandatario estadounidense, porque era su esposa, ahora, convertida en secretaria, admite la responsabilidad de su país en el tráfico de armas y en el consumo de la droga.
Y además, dice lo que hay que decir: que es necesaria la colaboración entre los dos países y que la estrategia ya no sólo se puede enfocar al aspecto policiaco-militar sino que hay que atender el aspecto social.

Las palabras pues están dichas y son las adecuadas. Ahora falta el pequeño detalle de llevarlo a la práctica. Y allí empieza el problema. Hasta ahora los únicos acuerdos y compromisos reales son que nos manden dinero y equipo para usarlo en acciones represivas. Lo demás es sólo discurso. La actitud del gobierno estadounidense es francamente extraña, porque es obvio que no sólo a los mexicanos conviene el desarrollo social y económico de México, con el respeto a la ley y el fortalecimiento de las instituciones sino que a ellos también. Y dado que nos tienen en la puerta, esto hasta tendría que ser una prioridad para Estados Unidos y Canadá.

Pero por otra parte, tampoco nosotros podemos echarle toda la bolita a ellos, pues la migración hacia el otro lado no empezó ayer, ni los muertos en Juárez empezaron cuando el narco y el Ejército salieron a las calles, ni los asesinados recientemente en un consulado fueron los primeros ciudadanos americanos vinculados a cuestiones oficiales que corren esa suerte en nuestro país. También nosotros tenemos que atrevernos a buscar y a encontrar lo que hemos hecho mal. Eso para no hablar de nuestros eternos temores a acciones injerencistas de Washington.

Pero por ahora, más allá del discurso y las visitas simbólicas (y hasta inútiles en sentido concreto, como la de la señora Michelle Obama que viene a ver algunos de los programas de Margarita Zavala, pero no los que tienen que ver con niños migrantes devueltos por ese país), México ha sido abandonado por su vecino, a diferencia de Grecia que va a ser rescatada por los suyos.
 
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Escritora e investigadora en la UNAM
14 Marzo 2010 04:00:27
Contra lo correcto
Cuando se tiene una ideología o posición política, se usa que se la compre en paquete y que no se cuestionen las partes que lo componen. En México, ser de izquierda significa decir que sí a lo que sea que hagan o digan los indígenas, los pobres, los maestros o los electricistas de la extinta Luz y Fuerza del Centro y no a todo lo que digan la televisión o el Presidente de la República. Y ser de derecha significa decir sí a la Iglesia, los grandes empresarios y medios de comunicación y no a cualquier cosa que digan o hagan los grupos de derechos humanos, de defensa del medio ambiente o de las causas de los arriba citados.

Para unos, es siempre estar contra las medidas gubernamentales y para otros a favor del libre mercado. Para unos es estar en contra de los ricos y para otros, de los activismos sociales. Y no importa si a veces el paquete llega demasiado lejos, la izquierda parece obligada a apoyar a Hugo Chávez en Venezuela y la derecha a callar frente a los abusos de los chinos en el Tíbet.

Y resulta sumamente difícil ir en contra de este modo de proceder. Cuando una legisladora republicana apoyó la propuesta de reformar el sistema de salud que hizo Obama en Estados Unidos, fue un escándalo, porque esa era vista como una causa de los demócratas.

Ahora el senador Pablo Gómez lo está haciendo: desde la izquierda dice que el Estado laico “implica terminar con privilegios y afirmar las libertades, pero para todos”. Esto significa que, en su opinión, también los sacerdotes deben tener derechos políticos, sin importar su trabajo, género, color de piel, lengua, modo de pensar, de vivir o de ejercer la sexualidad.

El tema no es sencillo, porque quienes argumentan en contra también tienen sus buenas razones, sustentadas en la historia de México que ha visto reiteradamente los afanes de la Iglesia por imponer sus ideas y su disposición a llegar hasta donde sea con tal de lograrlo. Y porque llegar hasta las últimas consecuencias del otorgamiento de derechos iguales para todos puede ser peligroso, pues ello necesariamente incluiría a los muchos contra los que generaciones enteras han combatido y a quienes ha costado tanto esfuerzo quitar.

Pero aquí lo que me interesa destacar es otra cuestión: la dificultad para alguien de cuestionar y no comprar completos los paquetes.

Esto resulta muy excepcional, si es que de plano alguna vez sucede. Nadie de izquierda hablaría contra la APPO en Oaxaca y nadie de derecha contra el Teletón. Un caso reciente lo hace evidente: el de los supuestos hijos del cura Marcial Maciel, que han contado los supuestos abusos sexuales de que fueron objeto por parte de dicho personaje. Llama la atención que quienes han comentado el caso en los medios les han creído la historia sin dudar un ápice.

Esto me parece interesante, porque son los mismos que dudan de cada palabra que dice el Presidente, los gobernadores, procuradores, legisladores, dirigentes de partidos y burócratas de cualquier nivel y ni siquiera le creyeron a los máximos jueces de la nación cuando dieron su veredicto sobre la guardería ABC de Sonora, pero en cambio tomaron al pie de la letra la palabra de estas personas.

El tema que me parece que hay que destacar es entonces, por qué en algunos casos damos por bueno lo que se nos dice y en otros casos lo damos por malo desde el principio y sin más.

Que quede claro: no me cabe la menor duda de que a un abusador se le debe castigar. Lo que sin embargo me parece que hay que hacer es investigar antes de juzgar.

Desconfiar es una actitud que debería ser pareja. Es decir, si dudamos de los poderosos porque sabemos que tienen intereses que los impulsan a mentir, también deberíamos poner en duda a los ciudadanos en casos en que es tan obvio que hay mucho dinero en juego.

Pero por supuesto, es más fácil comprar en paquete, decir que los malos son los malos y los buenos son los buenos y que no hay matices ni grisuras, pero ese no debería ser el modo de funcionar de una sociedad a la que queremos democrática.
 
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Escritora e investigadora en la UNAM
07 Marzo 2010 04:33:00
El discurso negador
En días pasados recibí un correo electrónico de una persona a quien no conozco: “Antier un comando armado entró a este municipio de Valle Hermoso, Tamaulipas, y calle por calle fueron asaltando, golpeando y disparando a cuanto ciudadano encontraron, mataron a los policías colgándolos de los semáforos y destruyeron todo a su paso. Por mas de 36 horas no sabíamos si ya podíamos salir de nuestras casas o no, no entraba ni un auto ni podía salir, no hubo gasolina ni abastos ni tampoco bancos. No apareció nada en las noticias a excepción de un periódico de otro estado, que abrió un espacio para que la gente que tuviera noticias de acá las mandara informar. Hace unos momentos están llegando helicópteros y soldados, parece zona de guerra”.

El mismo día, encontré en un diario de la capital el siguiente relato de un ama de casa también de la misma localidad: “Estamos peor que en Afganistán o Irak. Los plomazos se escuchan por todos lados. Las escuelas, bancos y tiendas están cerradas. El centro está despoblado, dicen que ya no hay gasolina ni víveres. Tenemos miedo de salir a ver qué sucede. Y no se ven policías ni autoridades y al parecer la presencia del Ejército desapareció. Nadie sabe a ciencia cierta qué sucede porque los medios locales no dicen nada”.

Otro residente del lugar abundó: “Nadie sabe a ciencia cierta qué está pasando. Nadie reporta nada. Durante toda la noche se escucharon balaceras, la alcaldía y negocios alrededor amanecieron baleados”.

Sin embargo, según el gobernador de Tamaulipas, “no pasa nada” y todo lo que se dice son “rumores”. Y según la Procuraduría estatal, “los hechos de violencia no sucedieron y son puros rumores”.

Negar se ha convertido en la manera que nuestros gobernantes han decidido enfrentar los problemas que no saben cómo resolver. Y digo nuestros gobernantes en plural, porque eso se está convirtiendo en la tónica. Cuando la responsable de la seguridad interior de Estados Unidos afirmó hace unas semanas que no hay estado de derecho en Juárez, que es lo mismo que sostienen sus habitantes, el gobernador de Chihuahua respondió: “No estamos de acuerdo con esa afirmación”. Como si fuera un asunto para estar o no de acuerdo, cuando todos sabemos lo que pasa. En la mismísima capital de ese estado han matado en el lapso de un mes a tres policías municipales.

Parece como si desde el Presidente de la República para abajo, los funcionarios tuvieran la obsesión por negar la realidad de la violencia e inseguridad. Pero paradójicamente, ha resultado que conforme más crece el discurso negador, más va aumentando la violencia. Y al revés.

Pero ellos no están dispuestos a reconocerlo y prefieren decir que “existe inseguridad pero también quienes magnifican el problema”.

No sé a quiénes se refiere el presidente Calderón cuando dice esto. ¿Será a los ciudadanos encerrados a piedra y lodo en sus hogares? ¿Son ellos los que están magnificando los hechos? ¿Será a las familias de los policías colgados en los semáforos? ¿Son ellos los que están inventando? ¿Será a los que hablamos de esto y no nos dejamos convencer por las autoridades de que es mentira? ¿Somos nosotros los responsables del rumor? ¿Será a los que no hablan del tema pero sus acciones dicen más que mil palabras, como la alcaldesa de un municipio de Nuevo León que mandó clausurar con bloques de cemento los ventanales de su oficina que dan a la calle, después de que se habían perpetrado ataques con granadas a sedes policiacas municipales en la zona conurbada de Monterrey?

La lectora que me mandó el correo arriba citado lo termina diciendo: “Ver al presidente Calderón decir que no caigamos en paranoias y que nada malo sucede por estas tierras fue bastante irritante”.

Y cómo no. En lugar de reconocer lo que se está viviendo, prefieren el silencio y si no pueden, entonces de plano la mentira. Y eso hace que no podamos confiarles, pues como dice el editorial de EL UNIVERSAL del pasado 1 de marzo: “La congruencia entre palabras y acciones ganaría de forma sólida y constante el apoyo ciudadano”.

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Escritora e investigadora en la UNAM
28 Febrero 2010 04:00:45
El carácter
Entre los historiadores se debate qué tan importante es el carácter de la persona que ocupa la presidencia de un país.

Hay quienes consideran que los cargos definen lo que se puede hacer y en esa medida son independientes del modo de ser de las personas, que deben adaptarse a sus exigencias y presiones. Para otros en cambio, la personalidad de quien ocupa un cargo define en mucho lo que se hace y el cómo.

Según aquéllos, si no hubiera sido Mao habría surgido otro igual, pero según éstos, si no hubiera estado Churchill, las cosas habrían sido distintas en la Segunda Guerra Mundial.

Últimamente, sin embargo, la mayoría de los estudiosos se está inclinando más por la segunda forma de entender las cosas. En EU, un grupo que se ha especializado en desentrañar la personalidad de los presidentes le está dando peso a la importancia que tiene el carácter.

Esto no tiene que ver con si son más inteligentes o están más preparados o más informados, lo que cuenta es el temperamento. Hay personas que son capaces de escuchar y otras que no, de tomar decisiones sin darle muchas vueltas y otras que no, de aceptar la crítica o de resistir mejor en momentos difíciles sin quebrarse. Hay personas irritables, con la mecha demasiado corta como decimos, y otras que aguantan y no pierden los estribos. Las hay que tienen delirio de persecución y ven enemigos y complots por todas partes, las hay que son seguras de sí mismas, las hay disciplinadas, las hay profunda y verdaderamente religiosas, las hay que tienen habilidad para negociar. Y no sólo eso: hay personas que se cansan más pronto que otras, o que se estresan fácilmente, o que se toman la vida con más ligereza y hasta con sentido del humor. “El carácter del presidente —afirma David Coleman— determina qué tipo de información está en disposición de recibir, el tipo de consejos que va a escuchar y hasta la forma como van a reaccionar las personas que están con él”. Y Jarred Diamond, el célebre profesor de la Universidad de California, autor de dos libros en los que explica por qué algunas sociedades tienen éxito y otras decaen, afirma que esto tiene relación directa con las mejores o peores decisiones que toman quienes las dirigen.

En México hemos tenido presidentes parranderos, supersticiosos, obedientes en extremo de sus superiores cuando tenían algún cargo, con jaquecas fortísimas o con malestares estomacales graves.

Dicen que si se quería lograr algo con Miguel Alemán, había que llevar a jovencitas bonitas a las audiencias, que Ruiz Cortines no podía oír mentar a sus opositores sin tocar madera, que a Echeverría cuando era secretario de Gobernación, lo invitaba el presidente a jugar golf pidiéndole que llegara temprano y se aparecía de madrugada, que López Mateos tenía que encerrarse en una habitación oscura porque no aguantaba el dolor, que Díaz Ordaz tenía el carácter muy amargado porque sufría del estómago. Esto viene a cuento porque ahora tenemos un Presidente que señala cuál es su candidato a gobernador con el gesto infantil de meterle la cabeza en un pastel.

Lo mismo aplica para otros en cuyas manos está también la responsabilidad de tomar decisiones. Es el caso por ejemplo del Congreso que, según Diamond, tendría que ser capaz de dejar de lado formas de pensar y de actuar e incluso valores, y tener la visión suficiente para arriesgar lo inmediato (el voto político, la aprobación personal) y de ver a largo plazo, pero sobre todo, de actuar a tiempo porque cuando ya es demasiado tarde, no solamente resulta muy caro sino que muchas veces hasta se vuelve imposible hacer las cosas o aunque se las haga ya no se consigue nada, y que sin embargo, ha sido lo contrario, incapaz de ponerse a la altura de las circunstancias. Por eso un grupo de intelectuales les ha llamado la Generación del No.

¿Son ellos ejemplo de lo que somos todos? Seguramente, pues no salieron de la nada, salieron de nuestra sociedad. Pero como dicen los estudiosos, su carácter y temperamento también cuenta y eso no es nuestra responsabilidad, excepto en el hecho de haberlos elegido, que no es poca cosa.

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Escritora e investigadora en la UNAM
14 Febrero 2010 04:00:30
Lamento
Cuando Miguel de la Madrid tomó posesión como presidente en los años 80, dijo que el país se nos deshacía entre las manos. Hoy esto parece cierto otra vez. Todo conspira contra México y los mexicanos.

Parten el alma las imágenes de colonias enteras inundadas, el olor de las aguas negras brinca desde la pantalla de la televisión y penetra en nuestras narices; parte el alma la tristeza e impotencia en las caras de las personas, que con el agua hasta la cintura hacen lo que pueden por salvar algunas pertenencias;
parten el alma los albergues abarrotados, los damnificados comiendo lo que sea, durmiendo como sea; parte el alma ver anegada una de las carreteras más importantes del país, columna vertebral de una economía de por sí herida de muerte, los vehículos ahogados o flotando, una semana y ni para cuándo bajen las aguas. Parten el alma las escuelas llenas de lodo, el miedo de los niños que no quieren volver a ellas.

Si voltea uno la cabeza para otro lado, son los vientos que arrancan árboles, los arrastran y lanzan contra lo que sea, son los derrumbes de cerros, es la destrucción de caseríos. Parte el alma ver a los habitantes de Angangueo cuyo pueblo ha quedado tan inservible que lo tienen de plano que cambiar de lugar antes de reconstruirlo, a los de las montañas de Guerrero sin luz y totalmente incomunicados.

Y si entonces se voltea mejor para el lado opuesto, son los muertos, los asesinados en una fiesta, en un restorán, en una calle, bajo un puente. O los niños calcinados en una guardería.

¿A qué hora nos convertimos en esto? ¿A qué hora?
Parten el alma los ciudadanos furiosos gritándole al Presidente, al gobernador y a los funcionarios. Parte el alma la madre que le escupe su dolor a la cara a los políticos. Parten el alma los que sueltan su letanía de peticiones: nos falta esto, nos falta lo otro. Todos ellos esperan una respuesta y no se las van a dar.

Porque no se las pueden dar aunque estén allí sentaditos escuchando y prometiendo y también conmoviéndose. Imposible no.

Y es que no se puede reparar en un día años de errores. Porque todas esas tragedias son resultado de un viejísimo sistema corrupto, negligente, desinteresado, impune, mentiroso.

El sistema que permite a los que nos gobiernan dejar correr a cielo abierto un canal de aguas negras con todo y que ya una vez se desbordó, el que se hace de la vista gorda cuando se levantan casas a la orilla de lugares tan peligrosos como los ríos y las laderas de los cerros y las barrancas. El que deja estar escuelas y guarderías junto a gasolineras. El que permite que se sigan vendiendo artefactos explosivos, metiendo armas por las fronteras, traficando con seres humanos, torturando animales, devastando bosques y llenando de basura cada rincón del territorio. El que no se atreve a enfrentar a las transnacionales y no puede ni parece que vaya a poder contra el narco y con la delincuencia, ni con la organizada ni con la espontánea.

Porque además, por si lo anterior no bastara, no hay recursos que alcancen. ¿Cuántos soldados, policías, médicos, enfermeras, maestros y ciudadanos voluntarios se requieren para atender las tareas urgentes? ¿De dónde van a salir para ocuparse de Juárez y Chalco y Michoacán y Guerrero y la carretera a Puebla al mismo tiempo? ¿De dónde va a salir el mucho dinero que cuesta esto? Y lo más importante: ¿de dónde va a salir el liderazgo para dirigir, organizar y resolver? Y después, pasada la emergencia, enterrados los muertos, lavado el lodo ¿cómo se van a evitar más tragedias?

El país está deshaciéndose entre las manos. Lo sabe el presidente municipal de Juárez que por eso se fue a vivir a El Paso. Lo sabemos los que nos atrincheramos en nuestros hogares y nos mandamos correos electrónicos de lo que hay que hacer o no hacer para evitar ser asaltados o secuestrados. Lo saben los que juran que la violencia no es tanta como parece. Lo saben los que nos gobiernan y nos piden hablar bien de México. Y mientras, los ciudadanos nos preguntamos con Carlos Monsiváis: “¿Pero qué es México? ¿Una catástrofe a corto, mediano y largo plazo?”.
 
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Escritora e investigadora en la UNAM
07 Febrero 2010 04:42:42
¿Por qué sorprende?
Dos escándalos mediáticos de los últimos días permiten reflexionar sobre nuestra cultura. Uno es el del ataque a Salvador Cabañas, otro es el de lo dicho por el diputado perredista Ariel Gómez León sobre Haití.

En el primer caso, llama la atención que con todo y que se han repetido las mismas formas de reaccionar de autoridades y medios de comunicación, hay sin embargo sorpresa y enojo de los ciudadanos.

Pero ¿por qué sorprende que suceda un acto de violencia extrema entre dos personas como modo de resolver diferendos? ¿Por qué sorprende que el culpable huya y se esconda “tan bien” que la policía no lo pueda encontrar? ¿Por qué sorprende que en cambio agarren a todo el que andaba por allí y los hagan declarar durante horas como si la cantidad de tiempo fuera señal de mejor información? ¿Por qué sorprende el escándalo en torno al asunto si los medios viven de vender y nada vende más que la sangre, sobre todo cuando la víctima y/o el victimario son célebres y/o ricos?

¿Por qué sorprende que el dueño y los encargados del local donde sucedieron los hechos se porten tan serviciales con ciertas personas, al punto de salir hasta la calle a recibirlos y consecuentarles sus caprichos, entre ellos portar armas y guaruras? ¿No es acaso ése el trato que siempre reciben los poderosos o ricos y que tanto nos ofende a los demás? ¿Por qué sorprende que el atacante tuviera un montón de identidades oficiales? ¿Será porque a los ciudadanos normales nos la hacen tan complicada para sacar una credencial del IFE, cobrar un cheque o demostrar que somos quien decimos ser?

¿Por qué sorprende que los antros no cumplan la ley? ¿Es acaso porque la ley es absurda?, pues a decir verdad, ¿cuál es la diferencia entre vender alcohol o cerrar a las tres de la madrugada o a las seis de la mañana? ¿O será porque en México de todos modos, sea cual sea la ley, nadie la cumple? ¿Por qué sorprende que a raíz de ese evento las autoridades y los medios aprovechen para lanzarse en contra de todos los sitios públicos en los cuales la gente se divierte, como si la maldad estuviera allí por definición y como si dueños y clientes fueran culpables de algo inconfesable?

¿Por qué sorprende la respuesta del gobierno que de la noche a la mañana “habilita” a inspectores y verificadores y decide emprender una cacería de brujas dizque para resolver el problema, que todos sabemos que es sólo para taparle el ojo al macho mientras el escándalo se calma? ¡Me recuerda cuando a raíz del asesinato del joven Martí, se creó de la noche a la mañana una brigada con 300 señores que nos dijeron que estaban perfectamente capacitados, que eran incorruptibles y que trabajarían 24 horas al día, para darle seguridad al país! Entonces, como ahora, me pregunté ¿a qué horas los capacitaron? Y si ya estaban preparados ¿por qué esperaron para ponerlos a actuar? Y ¿de dónde sacaron a esa gente “incorruptible” en una sociedad donde la esencia del modo de funcionamiento de los negocios es la corrupción?

Por lo que se refiere al segundo caso, también me impresiona la sorpresa que causó. Desde hace años en los medios se puede decir cualquier cosa: desde burlarse de los homosexuales y los famosos hasta defender las posturas de la Iglesia o el gobierno. Hoy día ya todo y todos caben, hasta los tontos, los que se atreven a hacer mofa de un futbolista al que en el curso de un asalto hirieron en una nalga, lo cual les parece el colmo de lo divertido.

Sin embargo, si creemos en la democracia y si eso es lo que queremos para México, tenemos que aceptar que todos pueden decir lo que quieran porque tienen derecho a ello. A mí no me gusta lo que piensan y dicen muchos de los que tienen acceso a un foro público, detesto su mochería o su racismo o su intolerancia o simple y llanamente su imbecilidad, pero tienen tanto derecho a decirlo como yo. No tienen derecho a querer imponer su modo de pensar con amenazas, violencia física o sicológica, pero sí a hacer públicos sus modos de pensar. De eso se trata en una sociedad libre y abierta y no puedo prohibir su existencia si quiero que nadie pueda prohibir la mía.



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Escritora e investigadora en la UNAM
31 Enero 2010 04:36:01
Los intelectuales sirven
Las acciones y declaraciones recientes del presidente Calderón parecerían indicar que el poder está escuchando a los intelectuales. Por ejemplo, la propuesta de reforma política incluye elementos que durante años algunos han expresado como necesarios: desde la reelección de legisladores hasta la segunda vuelta, pasando por quitarle tanto poder a diputados y senadores, y obligarlos a cumplir en lugar de dejar asuntos sin resolver y sólo pensar en sus intereses partidistas y personales.

Otro ejemplo: la afirmación de algunos estudiosos de que la violencia real es menor a la violencia que perciben los ciudadanos o que propagan los medios, la cual ha sido felizmente convertida en un triunfo que ahora reivindica como suyo hasta la PGR.

Un ejemplo más: la instrucción del Presidente a los representantes en el extranjero de “hablar bien de México”, que se extendió hasta convertirse en solicitud a todos los ciudadanos, la cual se parece a las propuestas de algunos pensadores en el sentido de que ya es tiempo de terminar con la costumbre de ver al país solamente como resultado de momentos violentos y empezarlo a ver también como producto de lo que se hace en tiempos de paz, de construcción y no de destrucción.

Esta idea de encontrar la parte “positiva” de nuestro pasado, el Presidente la ha convertido en una actitud que según él debe seguirse en el presente: no mirar lo “feo” y sólo mirar lo “bonito”, no ver la violencia y sólo ver los logros.

Un último ejemplo: algunos analistas han emprendido una campaña para afirmar que la política calderonista se sustenta en y tiene como objetivo la defensa de las instituciones. Este argumento sirve por una parte para pretender contrarrestar la idea de que el año del centenario y el bicentenario vería otra vez un levantamiento social y por otra parte para justificar las acciones gubernamentales, cualesquiera que sean.

Propuestas de este tipo suponen una visión muy agradable del país, que todos quisiéramos que fuera cierta: un lugar en el que se puede vivir sin conflicto y se puede no pensar en la violencia ni en la ilegalidad, visión que supone a su vez, la existencia de una sociedad diversa, felizmente trabajando y construyendo su día a día.

Pero la realidad no es así. No hay un solo momento de la historia de México ni en su presente en que no haya conflictos, mejor o peor enfrentados o resueltos, pero siempre los hay. La violencia nos persigue y atosiga cotidianamente, y no basta con agarrarse de algún dato (“hubo menos secuestros de los que parece”), por cierto que pueda ser, para negarlo, porque de todos modos sigue siendo demasiada y, sobre todo, porque su forma de ser es arbitraria e indiscriminada y esa “lógica” resulta muy amenazante. No se puede hablar de un país que vive en la diversidad cuando los datos hablan de que no hay aceptación de quienes tienen diferentes religiosidades, sexualidades, color de piel, formas de pensar o incluso de vestir. Y tampoco se puede hablar de un país institucional, cuando las instituciones son débiles e ineficientes, las leyes no se cumplen y predomina el poder de los fuertes y los ricos.

Los que criticamos y cuestionamos y no aceptamos las afirmaciones oficiales, quisiéramos también poder ver a un país en el que se respetan los derechos humanos, se hace justicia social, se cuida el medio ambiente, a los animales y plantas, hay estado de derecho. Pero no es así. Y por eso la crítica sigue siendo no solamente pertinente sino absolutamente necesaria.

De todos modos, me parece excelente que el Presidente escuche a los intelectuales y analistas políticos, en lugar de cerrarse a cualquier cosa que ellos digan, como lo hacían Zedillo y Fox o el mismo Calderón hace apenas algunos meses. Pero ojalá no solamente escuchara a quienes dicen lo que le gusta oír o a quienes le dan argumentos para hablar de lo bien que su gobierno hace las cosas, sino también a los otros, a los que se atreven a decir como en aquel cuento infantil que “el rey va desnudo” y afirman que las cosas no están tan bien como nos dicen.



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Escritora e investigadora en la UNAM
24 Enero 2010 04:00:40
Recuerdo de Luis Spota
El día 20 se cumplió un cuarto de siglo de la muerte del escritor Luis Spota, autor de casi treinta novelas que relatan el país que fue México entre los años 40 y fines de los 70 del siglo XX.

Fue el suyo un fresco enorme y ambicioso que incluía todo: al mexicano que peleó en la Segunda Guerra Mundial, a los braceros o “mojados” que cruzaban a Estados Unidos para ganarse unos dólares, tema por entonces tan novedoso que dijeron que lo había inventado, a un torero que quiso y consiguió el éxito aunque a costa del sacrificio personal, a una actriz de la época de oro del cine mexicano, a la lucha por el poder de los líderes sindicales, a la construcción de una presa en medio de la selva que le sirvió para mostrar su admiración por el régimen de Alemán y sus grandes obras de infraestructura, a la burguesía que había nacido a la sombra de la Revolución y se enriquecía a pasos agigantados y a la otra cara de ese proceso que eran los pobres que empezaban por entonces a llegar a la ciudad de México y a establecerse en sus márgenes.

Hay también el retrato de una república latinoamericana con un héroe que es a la vez Castro y Trujillo, Pérez Jiménez y Perón, Sandino y Cárdenas y el de la Decena Trágica mexicana desde la perspectiva de las vivencias cotidianas de la gente. Hay también novelas sicológicas e intimistas en las que se ocupa de un hombre que encerró por años a su familia, de los intelectuales contra quienes sentía enorme amargura porque lo trataron muy mal (los que califica de neuróticos, oportunistas y flojos), de un individuo asediado por el poder dictatorial y de un hombre que había sido ladrón y quería regenerarse, pero no lo consigue porque la policía corrupta lo obliga a robar otra vez.

Su novela La Plaza se refirió al movimiento estudiantil de 1968 y en ella exculpaba al gobierno por la represión. Autores a los que había citado lo obligaron a retirarla de circulación y reescribirla.

Su obra cumbre fue la serie La costumbre del poder, seis novelas publicadas entre 75 y 80 que relatan a un país gobernado por un presidente todopoderoso rodeado de una camarilla corrupta y servil. “Crónica y novela, mezcla caracteres ficticios y reales, da un quién es quien de la época y describe las costumbres y moral de esos años”, escribió un crítico.

En sus últimas novelas retomó hilos argumentales y personajes de obras anteriores para darles nuevos giros, con los mismos temas y modos de escribir que siempre usó.

Durante cinco años estudié la obra de este escritor y le dediqué un libro. Puedo asegurar que su interés y su obsesión fue el poder: “Poder para hacer triunfar a un torero o a una estrella de cine, para encerrar a una familia, para obligar a un hombre a robar, para terminar con una huelga, para reprimir a los estudiantes o asesinar opositores. Poder del general y del presidente, del empresario y del funcionario, del policía y del padre, pero sobre todo y ante todo, poder del dinero”.

A Spota hubo quien lo consideró “el Balzac mexicano” mientras que otros lo despreciaron por su manera de relatar las historias con lo que un crítico llamó “un realismo de rompe y rasga”. Alguien dijo que estaba demasiado interesado en “lo más superficial y sensacionalista, escandaloso, espectacular”. Se le acusó de que la estructura y lenguaje de sus novelas eran demasiado simples y los personajes poco desarrollados. Un estudioso dijo que lo suyo era “chapucería artística” y hubo quien afirmó que sus novelas no merecían ni tomarse en cuenta sino simplemente tirarlas al cesto de la basura.

Pero más que la escritura, lo que más molestó de este autor fue su ideología, que él mismo resumía en su mantra: “Tener buenas relaciones con los hombres en el poder”. Ello hizo que se le acusara también de “chapucería moral”: “El problema de Spota como escritor no es una cuestión de estética sino de moral”, escribió Carballo.

Pero algo tendría su narrativa que a los lectores les encantaba, vendía muchísimo y era muy leído. Y ese algo fue que encontraban en sus obras un retrato hablado del país que conocían y de sus poderosos que soportaban.

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Escritora e investigadora en la UNAM
10 Enero 2010 05:01:43
Al menos técnicamente
Después de casi dos décadas de pretender explicarme por qué en México el discurso y la realidad no tienen nada que ver, el secretario de Hacienda Ernesto Cordero me dio hace unos días la pista que iluminó mi ignorancia.

En declaraciones para justificar los aumentos a la gasolina, afirmó que ellos no tendrían que significar incremento de precios en otros rubros. Así lo dijo: “No deberían de reflejarse, al menos técnicamente, en el precio de los bienes”.

Allí está el detalle, como decía Clavillazo. Para nuestros funcionarios una cosa es lo que se quiere que suceda y otra lo que realmente sucede. Su “no debería” hace que la realidad sea la equivocada y de eso ellos no tengan la culpa.

Este es un modo nacional de funcionar. En mi colonia se fue la luz a las ocho de la mañana. Pasaban las horas y no volvía. Los vecinos contactamos a la flamante empresa de clase mundial llamada Comisión Federal de Electricidad. La respuesta siempre fue la misma: con amabilidad dijeron que estaban para servirnos, que la llamada iba a ser grabada con fines de calidad en el servicio y que con gusto nos atendía Fulanito Menguez, pero que lamentablemente no podía hacer nada porque su trabajo era solamente levantar el reporte y enviarlo al área correspondiente. Técnicamente todo parece perfecto: sonrisas y amabilidades y discursos de “estamos para servirle”, pero la luz volvió a las nueve de la noche.

Y así todo. Hasta niveles de franca y grave esquizofrenia. Por ejemplo: técnicamente el país sigue funcionando, pero la realidad es completamente otra.

El menor contacto con los gobiernos, federal, estatales y locales sirve para darse cuenta de que no es así. Y la razón es simple: que aunado a la tradicional ineficiencia y corrupción además no se está dejando que fluya eso que los burócratas llaman “el recurso”.

Aunque técnicamente hay dinero (para tenerlo es que se hicieron los aumentos en impuestos y precios y el ex secretario Carstens juró que con eso se lograría), éste no llega a donde está destinado.

Dineros que ya estaban autorizados pero no fueron entregados, pagos que no se hacen a trabajos ya realizados, presupuestos comprometidos que no se transfieren, programas que se anuncian y no se cumplen, eventos y publicaciones que se suspenden a medio camino, cheques que no se pueden depositar quesque por la falta de una firma o porque la firma en cuestión no coincide, instituciones y organismos que aún no reciben su dinero ¡del año 2009!

Pero nada de eso se nota porque en apariencia todo sigue funcionando.

¿Qué está pasando?

Todos sabemos la verdad en este país de mentiras: dinero hay, lo que sucede es que ya empiezan a meterlo en su cochinito para las campañas electorales que vendrán. Los discursos sobre eficiencia, transparencia, austeridad con los que se justifican las medidas de recorte o las no entregas de recursos o las suspensiones de lo ya aprobado o los dineros que cuando llegan desvían su camino o se les mocha una parte, no son más que para encubrir esta realidad.

Tan es así, que hace unos días, cuando Carlos Loret de Mola entrevistaba al secretario de Educación sobre las medidas que se tomarían por el frío, Alonso Lujambio se refirió al “programa electoral” en vez de al “programa escolar”, porque el que hambre tiene, en pan piensa.

En México no habría necesidad de dejar volando todo porque el dinero existe y alcanza. El problema es que lo quieren usar para otra cosa y al mismo tiempo quieren pretender que no es así y que lo van a dar a donde lo deben dar. Y allí estamos con nuestras flamantes instituciones para celebrar bicentenarios o para construir infraestructura o para generar cultura o para impartir salud o para lo que se quiera, todas amarradas de manos porque el dinero no les llega, todas pura fachada discursiva.

Técnicamente vivimos en una democracia pero realmente la nuestra es una que lo corrompe todo desde el momento en que su único motivo, objetivo y modus operandi es la siguiente elección. Estamos a los primeros días de enero del 2010 y esto ya está sucediendo aunque técnicamente falte mucho para el proceso electoral.

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Escritora e investigadora en la Universidad Nacional Autónoma de México
27 Diciembre 2009 04:00:01
Se acabó
El año llega a su fin. Semana a semana nos hemos esforzado, escritora y lectores, por seguir el pulso a los acontecimientos y a las personas, tratando de entender lo que hay detrás, pretendiendo desmontar los discursos, encontrar sentidos y significados, conectar cosas aparentemente inconexas, explicar en base a ideas, ubicarse dentro de la historia, interpretar a partir de lo que piensan y dicen intelectuales y estudiosos. Si lo hemos logrado no sé, pero el esfuerzo por hacerlo y el debate entre nosotros, lectores y escritora, le ha dado sentido a este quehacer. En una reseña reciente a un libro de ensayos, el comentarista dice que leerlo le permitió sentirse a él más inteligente. Esto es lo que se logra con el debate.

Miro para atrás y veo lo que no cambia nunca: empezamos y terminamos el año con balaceras y muertos en nuestras calles, junto a nuestras casas y escuelas, siempre acompañados de discursos sobre cómo se está ganando la batalla.

Empezamos y terminamos el año con los señores del IFE pidiendo más dinero para luego sentarse durante semanas a discutir si hay que cambiar o no las credenciales que terminan en un cierto número. Transcurrimos el año dándoles medallas de oro y haciéndoles homenajes a los mismos ya muy enmedallados y homenajeados. Lo transcurrimos sin que a nadie le importen los animales maltratados. Seguimos oyendo las críticas de los perdedores a todo lo que se haga y las promesas de los ganadores de todo lo que se va a hacer, los regaños de los empresarios porque no hacen lo que a ellos les conviene y los pleitos y ronquidos de los legisladores que sólo paran a la hora de subirse sus sueldos. Y el tiempo transcurre como siempre, paralizando todo por la ineficiencia y la ineptitud y el incumplimiento y la corrupción y el circo y las decisiones arbitrarias y las demasiadas palabras. Y mientras la derecha callada extiende sus tentáculos.

Hubo también cosas que sí cambiaron. La salchichonería de la esquina cambió de giro porque la clase media ya no compra quesos ni carnes frías ni pan por aquello del sobrepeso y la salud. La fábrica de ropa de mi amigo cerró porque con el pretexto de la influenza Wal-Mart no le recibió la mercancía que le había encargado ni le pagó la ya entregada. Una ruta de camiones que llevaba añísimos de funcionar, un día simplemente y sin aviso cambió su camino y la señora que vive de limpiar casas no pudo llegar más a su trabajo. En los parques están apareciendo columpios y resbaladillas para los niños. El movimiento social del Sindicato de Electricistas se transformó en una extraña mezcla de radicalismo y religión, de marchas y misas.

Me gustó que el único suplemento cultural decente que queda en el país publique a algunos jóvenes que realmente lo hacen bien. Leerlos da nuevamente fe en la cultura. Y que mis vecinos sigan haciendo fiestones que duran toda la tarde, moda, noche y madrugada, porque se pasan a la crisis por el arco del triunfo.

Aunque no me dejan pegar el ojo, me suben el ánimo porque me doy cuenta de que este país nunca se va a caer gracias a que los mexicanos somos fiesteros y ruidosos y manirrotos por encima de cualquier consideración. Y también que durante el año transcurrido menos lectores me insultaron y más me escribieron, a mi correo o en el espacio para comentarios del Online. Sigue habiendo quienes nomás no leen con atención o no entienden lo que digo, dicen que dije lo que ni se me hubiera ocurrido o me atribuyen lo que digo que dijeron otros o lo que ellos mismos quisieran que dijera, pero no importa, pues como ya dije, lo que agradezco es la comunicación que le da sentido a mi trabajo. Y a EL UNIVERSAL le reitero mis gracias por darme la oportunidad.

Y pues sí, se acabó el año, nos hacemos más viejos, el mundo sigue girando, cambia pero también permanece idéntico en muchas cosas. Y mientras tanto, se acerca a pasos agigantados otra elección de presidente de la República y uno sabe desde ya a dónde va a ir a parar todo el dinero que debería usarse en cosas mejores. Duele, pero es la vida entre nosotros y ni para qué llorar.

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Escritora e investigadora en la UNAM
13 Diciembre 2009 04:00:34
Realidad y percepción
En un número reciente de la revista Nexos, Fernando Escalante Gonzalbo afirma que la percepción que tenemos en México sobre la violencia es distinta a la realidad de la violencia. Según la presentación a su artículo: “La imagen de un país más homicida que nunca es falsa. México es menos violento hoy que hace tres lustros. Los homicidios dolosos no han hecho sino descender. La violencia del narco es episódica” Y concluye afirmando que ”Esta es la verdad enorme”.

En un libro apenas publicado, Jorge Castañeda y Rubén Aguilar afirman algo parecido: que los datos duros sobre el consumo de drogas y sobre violencia relacionada con el narco no justifican la estrategia de guerra emprendida.
Lo contrario también es cierto: hay autores que aseguran que la pobreza o el desempleo o los estragos de la influenza o la falta de dinero son peores de lo que nos dicen. ¿Que sucede? ¿Por qué no vemos las cosas como son? ¿A qué y a quienes sirve ese afán por inflar o desinflar la realidad? ¿Y cómo es que se logra que ella termine por no tener que ver con la percepción que tenemos los ciudadanos?

Escalante lo atribuye a los medios con su gusto por ser “estridentes” y a los “expertos” a los que les gusta arreglar los datos “de modo que cuadren con explicaciones preconcebidas.” Castañeda y Aguilar lo atribuyen al deseo del presidente Calderón de legitimarse haciendo suponer que la guerra contra los carteles es más importante de lo que es, cuando de hecho, según dicen los autores “nada justifica una estrategia como la emprendida”.

Me parece, como ya lo he dicho, que la respuesta a las preguntas planteadas es que entre nosotros existe desde hace algunos años una manera de hacer política según la cual todo se vale (desde alterar datos duros hasta de plano inventar) con tal de llevar agua a un molino de intereses personales. Pero también, por cierto que esto sea, todavía no alcanza a explicar de fondo las cosas.

Falta referirse a lo que hace posible que esto sea de esa manera. Y la explicación radica en la separación enorme que existe entre los grupos dominantes y los demás. Es una brecha que históricamente siempre ha estado allí.

Los dos lados del espectro social tienen una idea de lo que son y de lo que quieren ser, de cómo se imaginan a sí mismos y al país que poco tienen que ver entre sí.

En el siglo XIX, los liberales inventaron una nación a partir de sus ideas y de sus deseos pero no de la realidad. Algo similar ocurrió durante el Porfiriato. Y así seguimos siendo hoy cuando nuestros ilustrados tienen un concepto de democracia y de modo de gobernar basado en los libros y en lo que quisieran que fuéramos más que en lo que somos, mientras que “los demás” tienen el suyo a partir de su realidad muy concreta: trabajo, vivienda, salud, servicios, cultura, prioridades.

Un ejemplo de esta brecha se puede observar en la manera de vivir el conflicto generado por el decreto de desaparición de la compañía de luz. Mientras los ilustrados y los políticos debaten en cenas y foros, analizan e interpretan, los trabajadores despedidos y sus aliados marchan en las calles y peregrinan a la Basílica de Guadalupe acompañados de sus familias que participan intensamente en apoyar a los suyos. Las formas de reaccionar de unos desconciertan completamente a los otros, porque en la mentalidad de los modernos eso de impedir el tránsito es absurdo y eso de acudir a la fe para un conflicto laboral nomás no cabe, mientras que para la de los otros lo que no cabe es eso de desaparecer a un sindicato o de cambiar las formas tradicionales de organización y funcionamiento social.

Pero entonces, dado que lo que nos dicen no es la verdad y que México no es como parece que es, entonces ¿qué esperar para el futuro?

Muchos ilustrados aseguran que en el 2010 va a haber un estallido social. ¿Será? ¿hay elementos para sustentar la afirmación? ¿y cuáles son esos elementos? ¿y qué piensan de eso quienes se supone serían los que lo llevarían a cabo, sean quienes sean estos?

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Escritora e investigadora en la UNAM
29 Noviembre 2009 04:00:08
Los verdaderos culpables
Cuenta Lorenzo Meyer que después de la Revolución, Aarón Sáenz, al no recibir apoyo del presidente Calles para ser el primer candidato presidencial del PNR, se separó y amenazó con buscar el respaldo de otro partido. Sin embargo, en el último momento desistió de su aventura, y si bien ya no sería presidente “tendría un dulce triunfo al traducir su capital político —la disciplina— en capital constante y sonante en la industria azucarera”.

Y cuenta también el caso de José Vasconcelos, el destacado intelectual, que rompió con Calles al no obtener su apoyo para ser gobernador de Oaxaca y fue el principal opositor del PNR en las urnas en 1929. En su caso, la derrota “fue aplastante y él permanecería marginado hasta el final”.

Lo anterior indica que hay dos formas de ser de oposición: una en la que se arrepienten y entonces reciben beneficios y otra en la que persisten y entonces les va como en feria.

Esto viene a cuento por dos acontecimientos recientes que evidencian que así sigue siendo el país que supuestamente ya llegó a la democracia, y cuyos poderosos se la pasan discurseando sobre lo importante que es “el cuestionamiento y disentimiento”, el debate “crítico y plural”.

Uno es el dinero que el Congreso de la Unión dio a los gobernadores: si hay lección de la historia es que esa es la forma de asegurar lealtad. Y esto en un sentido amplio, pues a su vez ellos conseguirán, con las derramas que podrán hacer en sus entidades, que sus súbditos estén contentos, lo cual se reflejará en votos para su partido. Pensar así parte de la premisa de que aquel al que le va bien en términos materiales quiere cuidar el statu quo y no arriesgarlo. El otro es el suicidio de Carlos Briseño Torres, ex rector de la Universidad de Guadalajara destituido a mediados del año pasado por sus críticas a Raúl Padilla López y marginado desde entonces.

El tema es que la crítica no gusta y que los aludidos hacen todo por evitarla o castigarla, en un espectro que va desde comprar a quien la hace hasta mandarlo matar, pasando por excluir, marginar, hostilizar, burlarse, descalificar.

Los sicoanalistas han señalado que la crítica no solamente humilla (pues nuestro yo depende en buena medida de la mirada de los otros), sino también afecta porque toca algo que el aludido sabe (aunque lo niegue) que es verdad. Y por eso enoja tanto.

Estudios recientes han mostrado que del enojo surgen las ganas de venganza por una razón física real: se activan los circuitos cerebrales del “striatum dorsal”, ya que “tenemos este cerebro primitivo que te dice hazlo, hazlo”, dice Kramer.

Pero, como también existe otra parte del cerebro (el córtex prefrontal), que es donde se procesa la información social, ello hace que se inhiba la respuesta natural. Freud afirmaba que esa represión nos obliga a someter a nuestros instintos frente al superyó cultural pues, de no hacerlo, no podríamos vivir en este mundo, lo cual no significa que desaparezca el sueño primitivo de la venganza, pues “evidentemente al ser humano no le resulta fácil renunciar a la satisfacción que le dan estas tendencias agresivas suyas”.

Esto explicaría la reacción desmesurada de nuestros poderosos a las críticas que hizo Joseph Stiglitz sobre el mal manejo de la economía mexicana en la crisis (las mismas que se tienen cada vez que alguien dice que aquí algo funciona mal, sean derechos humanos o reformas fiscales).

Y es que nuestra clase política sabe bien que el problema real está en su pequeñez de miras, de funcionarios, legisladores y partidos que solamente trabajan para su propio beneficio (como se ve en el caso del reparto del presupuesto) en lugar de trabajar para el país. Aquí está la esencia del problema: se prefiere que no haya reformas ni acciones ni nada con tal de no arriesgar que el presidente pudiera resultar beneficiado políticamente.

Esto el Nobel no podría aprenderlo así leyera todos los libros sobre México que le propuso un secretario, pues es imposible entender que prefieran hundirnos a todos. Los legisladores y los partidos podrán hacerse los ofendidos, pero son los verdaderos responsables de nuestras desgracias.

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Escritora e investigadora en la UNAM
15 Noviembre 2009 04:00:05
Pobres y miserables
Pobre, dice el Diccionario de la Lengua Española, se define como “desdichado, infeliz, necesitado, falto de lo necesario para vivir o que lo tiene con mucha escasez”. Esa carencia o insuficiencia, dicen los estudiosos, es de alimentos, vivienda y servicios, de salud y educación, pero también de acceso a ciertos bienes que son los que se acostumbran (y se han vuelto necesarios) en la sociedad: desde shampoo hasta refrigerador, desde información hasta diversiones. Por eso Abraham Maslow definió las necesidades básicas en una jerarquía formada por cinco niveles: “Las fisiológicas, las de seguridad, las afectivas, las de estima y las de necesidad de autorrealización o realización de las potencialidades”.

En el imaginario mexicano se adora a los pobres. Esto viene desde principios del siglo XIX, cuando para “renegar de la España que se ha complacido en devorarnos”, como decía Altamirano, los escritores (Fernández de Lizardi, Prieto, Payno, Cuéllar, Altamirano, De Campo) decidieron “mexicanizar la literatura”, lo cual significaba, según ellos, “exponer flores de nuestros vergeles y frutas de nuestros huertos deliciosos”, como decía Prieto. Esas flores y esos frutos fueron los que la Colonia había desdeñado: lo rústico, lo pobre, lo sencillo, o como decía Tomás de Cuéllar: “La china, la polla, la cómica, el indio, el chinaco, el tendero”.

“Una minoría culta decide mirar al pueblo, idealizarlo y declamarlo”, afirma Raimundo Lazo. Por eso las novelas y crónicas del siglo XIX son el retrato de figuras y escenas populares de las que surgirían los que se considerarían los “tipos mexicanos”, que tuvieron “proyección nacional y larga vida en el imaginario colectivo”, según ha escrito Enrique Florescano.

Y en efecto, hoy día sigue siendo así. Los más importantes escritores de México son aquellos que miran fascinados a los pobres: Carlos Monsiváis considera que siempre la razón está de su lado y esto “no admite el método Rashomon”; Elena Poniatowska se conmueve ante los juanes, las marías y los niños de la calle: “pájaros sin nido”, “alicaídos, tratando de pasar entre los coches, golpeándose en contra de las salpicaderas, atorándose en las portezuelas, magullando sus músculos delicados, azuleando su piel de por sí dispuesta a los moretones”; José Emilio Pacheco los ve bellos siguiendo, según dicen Ignacio Corona y Beth Jorgensen, “la venerable tradición platónica que iguala lo bueno con lo bello”; y lo mismo hace José Joaquín Blanco, quien los admira de manera total y sin cuestionamientos.

Para él los ricos son siempre arrogantes y vulgares, “con su payez opulenta”, que se sienten “pequeños potentados llenos de presunciones ridículas, andando y desandando almacenes y bancos, trepando unos milímetros más en la escala del saqueo y la transa, el cerebro atascado de mensajes electrónicos y de consumo”, mientras que los pobres, “la muchedumbre sucia y astrosa con sus panzas voluminosas, mal nutridos, extenuados y sudados, con los rostros fatigados, atormentados por la miseria y sus cotidianos trajines”, son siempre dignos y hasta hermosos.

De acuerdo con estos escritos, la miseria y la pobreza son lo mismo. De hecho, el diccionario citado define como miserable también al desdichado e infeliz, mismos adjetivos con que define al pobre. Pero, además, dice que miserable es “avariento, perverso, abyecto, canalla”. Entonces pobre y miserable no son lo mismo, y por lo tanto se puede ser pobre sin ser miserable y al revés.

En México estamos viendo a muchos miserables. Hay entre nosotros personas que venden y personas que compran a una bebé por unos cuantos miles de pesos, hay entre nosotros personas que cambian a un niño (el suyo), por un terreno. Su argumento para hacerlo es que son pobres, que quieren tener los bienes que hoy se han vuelto “necesarios” para vivir, para tener autoestima y autorrealizarse, como dice Maslow.

Pero en realidad son miserables. A ellos se les aplica lo que dice una personaja pobre de Poniatowska: “Soy peor que la basura, no soy nada. Soy basura porque no puedo ser otra cosa”.

Escritora e investigadora en la UNAM
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30 Agosto 2009 03:00:18
La palabra y el país
El lector Ernesto Partida me mandó un correo electrónico para darme a conocer una carta que le escribió al publicista Carlos Alazraki, en la cual le comunica su desacuerdo con la forma como conduce su programa de televisión.

La razón de su molestia y el centro de su reclamo es “que todos tus invitados se la pasen hablando del México jodido”. Dice: “Todo lo que sale de nuestra boca o de nuestra pluma es un acto de creación, si hablamos de la jodidez de México, es algo que estamos creando y si esto lo mencionas en un programa de televisión, es algo que estás transmitiendo a miles o a millones de personas en todo el país”.

Y le sugiere “hablar de cómo crear la riqueza en México”: “Ya no hagas preguntas que sólo estimulan el pesimismo. Mejor haz preguntas que estimulen el optimismo”.

Lo que dice esta persona forma parte de una tendencia a culpar de los males del país a quienes hablan de ellos, como si las palabras no recogieran la realidad sino que la crearan.

Se trata de una idea que está presente en muchas culturas de la humanidad y que se expresó con gran fuerza en la Edad Media, cuando los cabalistas sostenían que dado que el mundo fue creado por una palabra, entonces la palabra es creadora de realidad. Y lo contrario: si no se habla de algo, ese algo no existe.

Por eso hoy el mantra de quienes defienden el pensamiento “positivo” consiste en que nada más se debe hablar de lo “bueno”. Esto se puede ver en los libros de autoayuda y en una película que ha tenido gran éxito, llamada El secreto, según la cual cada persona puede invocar la riqueza y el bienestar si se esfuerza en pensarlo y ponerlo en palabras y, sobre todo, si evita pensar en y hablar de “lo malo”.

Sin embargo, también existe una perspectiva que supone exactamente lo contrario: que si se dice lo malo, se le saca, se le exorciza, se le hace perder su fuerza.

Es también un modo de pensar presente en muchas culturas en las que se le recitan las penas a santos, árboles o muñequitos, que se quedan con ellas liberando así al portador de las mismas. Es la base de la confesión religiosa y el sustento del sicoanálisis freudiano, según el cual la palabra tiene poder curativo. Y hoy, en esos cursos para aprender a perdonar y a ser feliz que tanto se han puesto de moda, se pide a las personas que escriban una carta o griten sus agravios a alguien que actúa como el agraviador y de esa manera se los sacan de adentro y una vez afuera dejan de hacerles daño.

Cualquiera que sea el camino que se decida creer, lo que queda claro es que le asignamos enorme peso a la palabra. Pero lo que sigue sin resolverse es la cuestión de la realidad.

Para algunos, ese concepto se refiere a aquello que existe independientemente de quien lo mira o escucha, “la cosa en sí misma” según Krieger, “una cualidad propia de los fenómenos que reconocemos como independiente de nuestra volición”, dicen Berger y Luckmann. Para otros, en cambio, ella no existe más que por la percepción que tenemos: “la cosa para nosotros”, según Lewis. Y algunos llegan más lejos hasta afirmar que, dado que dicha percepción necesariamente se realiza a través del lenguaje, filtro inevitable y única forma de captarla, resulta que la realidad termina siendo la palabra.

Así las cosas en el complejo mundo de las definiciones, no hallo respuesta y en cambio me queda la duda: si (siguiendo el primero de los caminos) no se dice lo mal que está México, ¿ya por eso no lo va a estar? Y al revés si (siguiendo el segundo de los caminos) se dice un millón de veces lo mal que está México, ¿ya por eso se va a componer? Y lo contrario también: si se dice que el país está de maravilla (lo dicen una y otra vez nuestros funcionarios), ¿ya por eso lo está? O al revés, si se dice que el país está muy mal (como hacemos una y otra vez muchos de nosotros), ¿ya por eso lo está?

Mi pregunta entonces es: ¿no hay acaso una realidad independiente de lo que decimos? ¿No están allí la pobreza, la inseguridad, la riqueza, las lluvias que no caen y todo lo que estamos viviendo, así lo digamos o no lo digamos?
02 Agosto 2009 03:19:35
Origen de la desgracia
El Presidente encabezó la celebración del aniversario de la promulgación de las Leyes de Reforma, que cumplieron siglo y medio. A ellas les debemos grandes cosas, como la existencia del Estado laico, la separación entre las creencias privadas y la vida pública, la libertad de cultos y la educación libre de iglesias y religiones. Pero también un concepto de la economía que se sustenta, como dice Arnaldo Córdova, en la necesidad de crear una amplia masa de pequeños propietarios emprendedores que permitan movilizar la riqueza y sirvan de base a la formación del mercado nacional.

Eso que plantearon los pensadores del siglo XIX lo llevaron a cabo los gobiernos de mediados del XX al impulsar y proteger a la empresa mexicana a fin de que pudiera ocupar lugares competentes en las industrias de transformación, textiles y alimentos, entre otras.

Pero eso se terminó de tajo con la entrada a la globalización en los años 80. Lo que para los tecnócratas de la época era un gran camino resultó un enorme fracaso, porque somos un país con bases económicas endebles, inexistencia de leyes, normas y regulaciones adecuadas y elevado grado de corrupción, de modo que la apertura total al comercio, servicios y movimientos de capital afectó gravemente a la pequeña y mediana industria mexicanas.

Desde entonces se deja hacer a las grandes empresas transnacionales y nacionales, al contrabando y al lavado de dinero (pues aunque estos dos últimos supuestamente se persiguen, no es cierto; tan sólo en lo que se refiere al dinero ilícito, “en 20 años no hay una sola condena contra ningún capo”), pero no se mueve un dedo para apoyar a las medianas y pequeñas industrias y comercios, dejándolos que se ahoguen, quiebren y mueran.

El INEGI acaba de hacer públicos los siguientes datos: las actividades manufactureras se clasifican en 21 subsectores, de los cuales todos se han visto afectados, pero algunos con cifras que alcanzan los dos dígitos: los que fabrican equipos de transporte, maquinaria, muebles, productos metálicos, equipos para computación, industria textil, minerales no metálicos, plástico y hule.

No sólo han despedido gente, obreros y administrativos, sino que para los que se quedaron se redujeron el número de horas de trabajo y las remuneraciones. Lo dice también el propio Banco de México, cuyas cifras de pérdidas de plazas superan a las creadas por la actual administración en los dos años anteriores, y eso que se refiere solamente al sector formal y cuantificable, que no es ni remotamente toda la verdad.

Esto no se debe solamente a la crisis, como quieren hacernos creer desde la Secretaría de Hacienda, ni se debe nada más a la dependencia hacia Estados Unidos, como afirma Scotiabank asegurando que las dificultades por las que atraviesa el sector industrial mexicano dependen de las de ese país, sino que se debe a la concepción de la economía que nos rige, que ha demostrado ser inadecuada con y sin crisis. Esto no lo dice nada más la izquierda sino que en un documento reciente lo afirma la OCDE: “El crecimiento en México en los últimos 20 años es decepcionante… el fracaso industrial demuestra que el pobre desempeño tuvo una amplia base”.

Así que la reforma liberal se festeja de manera oficial al tiempo que se entierra su principal postulado. Y ninguna nación desarrollada hace algo así. En plena crisis, una encuesta en Estados Unidos arrojó el resultado de que para sus ciudadanos su país sigue dando la mejor oportunidad para hacer negocios.

Que entre nosotros se haga todo al revés no puede sino conducir a la desgracia, porque los pequeños y medianos son la columna vertebral de una economía sana y productiva; de ellos depende para vivir la mayoría de los ciudadanos de este país, patrones y trabajadores por igual, porque dan empleo y cuando hay empleo hay consumo, pagan impuestos y cumplen con lo que exige la ley, pero también porque producen algo que es tan importante como el aire que respiramos: que exista ambiente de trabajo, movimiento, confianza, ganas de hacer proyectos, esperanza.

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Escritora e investigadora en la UNAM
24 Mayo 2009 03:00:15
Petición a Ebrard
Hace unos días el gobierno de la ciudad anunció que la contingencia se daba por superada, que no más bandera amarilla, que ahora es luz verde.

Como ciudadana, me siento agradecida con el jefe de Gobierno por su atrevimiento para tomar las decisiones tan drásticas que tomó, con las cuales se logró detener el contagio. Aunque hay personajes como Manlio Fabio Beltrones que dicen sandeces como que “a lo mejor nos salvaron de la gripe pero nos dejaron sin empleos y sin negocios”, y que “el remedio salió más caro que la enfermedad”; estoy segura de que la mayoría de los capitalinos agradecemos la fuerza y oportunidad con que se tomaron.

Por lo demás, no nos engañemos: la crisis estaba allí y no se dio por la contingencia. Es falso que sea tan frágil la economía de las empresas como para que unos cuantos días de parálisis las destruyan.

En mis años de vida y en los de personas a quienes se lo pregunté, jamás nadie recuerda haber visto que la ciudad se clausurara, es algo que no había sucedido. En tiempos de la Revolución algunas personas decidían encerrarse a piedra y lodo cuando se enteraban de que entraban tropas de este o de aquel bando, pero que las autoridades tomaran una decisión de esta naturaleza y de este calibre es algo completamente novedoso y que no deja de ser sorprendente.

Y sin embargo, se ha hablado poco de eso. Después de los temblores de 1985, la Asociación Mexicana de Psicoterapia Psicoanalítica de Grupo organizó grupos a los que llamó Mamut, en los cuales las personas hablaban sobre lo que habían vivido y lo que habían sentido. Hacerlo es más que necesario, porque se trata de una situación de excepción y de miedo que entra y se queda en la conciencia colectiva. En su libro How the mind works, Steven Pinker señala que una de las necesidades humanas es la de narrar, y ya Freud mostró que hay curación por la palabra.

Pedir es una costumbre que tenemos los mexicanos. Los empresarios piden que se les condonen impuestos y se les den apoyos.

El secretario de Salud pide al Grupo de los Siete que se levanten las restricciones comerciales. El de Hacienda pide unas cuantas reformas fiscales para enfrentar la recesión. Andrés Manuel pide que los votantes le den 30 diputados para frenar cualquier propuesta de reforma. Algunos cristianos rezan en el Zócalo y le piden a Dios por México. Los productores de cerdo piden a los funcionarios que coman carnitas para mostrarle a la gente que no hay problema.
En esa misma tónica, yo le pido al jefe de Gobierno dos cosas: una es analizar lo que sucedió, otra es echar a andar medidas para la ciudad.

La primera consiste en lo siguiente: si le creemos a los que saben, tendremos más pandemias (además de otras situaciones difíciles que siempre pueden suceder, como inundaciones, temblores, accidentes) y más nos vale aprender para actuar adecuadamente. Esta vez salió bien gracias a la audacia de las autoridades de la capital y federales, pero el riego que se corrió fue enorme. De modo que así como se creó un comité científico que vigiló el desarrollo de la epidemia, así hay que crear ahora un comité que analice la cuestión social y cultural que dio lugar a las decisiones de las autoridades y a las respuestas de los ciudadanos, y que considere —de manera honesta, realista y a partir de nuestra forma de pensar y actuar— las opciones para otra ocasión.

La segunda petición tiene que ver con los esfuerzos que ha emprendido el gobierno de la ciudad para que vuelva a llegar el turismo y haya recuperación económica. Me parece excelente la idea de enviar cartas a los ricos y a los famosos para pedirles su apoyo y de hacerle publicidad a la capital, pero estoy convencida de que sólo la cultura puede cumplir el encargo.

Rinde más dar dinero para que se monten espectáculos, teatro, deportes, conferencias y conciertos y para que se remocen parques y plazas que para crear fondos burocráticos para ciertos rubros. Porque eso hace que la gente se junte, pierda el miedo y la pase bien, y una cosa jala a la otra; si las personas se mueven, el dinero circula, hay empleos y los turistas regresan a esta ciudad cuya vibra es única.

19 Abril 2009 04:03:55
¿Amigous?
Cuando estaba en campaña Barack Obama hizo evidente que no tenía la menor idea de sus vecinos del sur, México incluido. Esto ha cambiado. Como presidente electo al primer jefe de Estado que recibió fue a Felipe Calderón. Su visita de hace unos días, aunque de pisa y corre, no deja duda sobre que la nueva administración estadounidense se ha dado cuenta de que México es importante.

Hay varias señales de este reconocimiento. Hace algunas semanas vino Hillary Clinton en una visita oficial en la que todo fueron sonrisas y demostraciones de interés. Que haya sido precisamente ella la encargada de darnos coba no es gratuito, pues además de ser la funcionaria que se ocupa de esos asuntos tiene en su haber una relación particular con México.

Eso lo ha dicho varias veces —y pone como ejemplo que aquí pasó su luna de miel hace 40 años y que varias veces lo ha visitado tanto oficial como privadamente—, pero además todos sabemos que cuando la crisis de 1994, el famoso error de diciembre recién iniciado el gobierno de Ernesto Zedillo, el Congreso estadounidense negó el préstamo de emergencia solicitado por México y fue su marido quien usando su prerrogativa presidencial consiguió los recursos que salvaron la situación.

Por eso, cuando tres años después, en 1997, la pareja vino en visita oficial al país, se les recibió por todo lo grande no nada más de parte del gobierno, sino que la gente en las calles espontáneamente les aplaudía, algo que por cierto se repitió durante el viaje reciente de la señora.

Otras señales son las autoridades responsables de puestos importantes para la relación bilateral: Janet Napolitano, la secretaria de Seguridad Interna, fue gobernadora de Arizona, el estado más conflictivo con México en el aspecto migratorio, y el jefe de inteligencia de la DEA y el nuevo responsable de asuntos fronterizos hablan español, algo poco usual en ese tipo de funcionarios.

Y sin embargo, no nos engañemos: nosotros no les importamos más que en la medida en que representamos un problema para ellos. David Brooks incluso asegura que se nos considera un asunto de política interior. Por eso las señales no nos deben confundir. No podemos olvidar que con todo y su filiación demócrata, tanto Obama como Hillary votaron en 2004, en su calidad de senadores, a favor de la construcción del muro fronterizo con México, y que la señora Napolitano, cuando era gobernadora, practicó medidas duras en la frontera, incluida la de llamar a la Guardia Nacional.

Ni podemos dejar de considerar quién es el nuevo embajador propuesto por Obama para México: se trata de Carlos Pascual, un experto en estabilización y reconstrucción de sociedades conflictivas y un autor que desde hace tiempo (antes de que se pusiera de moda) ha usado la expresión de “Estado fallido” para referirse a los estados débiles que en su opinión son un riesgo para Estados Unidos y para la seguridad global.

En 2005, Pascual escribió un artículo con Stephen D. Krasner, que se publicó en la revista Foreign Affairs, en el que afirmaba que lo que provoca esa debilidad es el caos que producen el terrorismo, el narcotráfico y otras formas de delincuencia organizada, las cuales a su vez existen por la pobreza y la debilidad de las instituciones. Y ha manifestado que le preocupan particularmente los países que tienen frontera con el suyo, los cuales son sólo dos y, como diría el chiste, Canadá no es. De modo, pues, que haberlo elegido lanza un mensaje bastante claro.

Por supuesto, siempre es preferible y se agradece el esfuerzo por hacer menos ríspida la relación y mostrar amistad y cordialidad, en lugar de la actitud distante con la que Bush castigó a México cuando no votamos como él quería sobre la guerra. Pero de allí a las grandes esperanzas, pues no da para tanto. En parte porque tienen otros problemas y otras prioridades y en parte porque ni idea tienen de quiénes somos. Basta con recordar que la señora Hillary nos echó la “flor” de afirmar que “acababa de descubrir que toda América tiene raíces y valores”. ¿Acaso creían que sólo ellos los tienen? ¿Y qué entonces suponían que somos?

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Escritora e investigadora en la UNAM


12 Abril 2009 03:54:02
¿Cuál es la realidad?
Dice la escritora española Rosa Montero que “ya se sabe que las cosas sólo existen si salen en las noticias”. Y en efecto, lo que aparece en los medios se vuelve nuestra realidad, porque es de lo único que nos enteramos (fuera de nuestro entorno inmediato), y porque es de lo mismo que se enteran los demás con quienes convivimos y conversamos, de modo que se establece un sustrato colectivo de conocimiento que parte de los medios y a su vez los refuerza.

Dicho de otro modo, que sabemos más de la vida y milagros de Angelina Jolie que de la tía Luisita, y más de lo que opina cualquier político que de lo que tiene para decir nuestro vecino. Y que de eso pedimos cada vez más a los propios medios.

En nuestro país esto ha llegado a lo grotesco, limitando nuestro conocimiento del mundo a unos cuantos elementos: la farándula, la delincuencia y las elecciones. Los medios no parecen interesarse en nada que no sean esos asuntos y a su vez nosotros, los ciudadanos, dado que eso es lo que podemos conocer, lo convertimos en nuestra única realidad.

Así resulta que todos sabemos si el IFE multó o no a una televisora o si los narcos cortaron tres o 12 cabezas, pero no la historia de un ciudadano al que le desaparecieron a sus bebés recién nacidos en el hospital del IMSS en el que su esposa dio a luz.

Ahora bien: lo interesante de este proceso es que da lugar no solamente a aquello de lo que sí y de lo que no se habla, sino más todavía, a la forma de decir las cosas.

Si se observan los periódicos y revistas, la televisión o la radio, no solamente resulta que todos hablan de lo mismo sino que hasta lo dicen con idénticas palabras, sin importar si son reporteros, académicos, funcionarios del gobierno, cómicos o militantes de grupos de oposición. Es como si una fuerza superior cristalizara los conceptos antes de su uso por los mortales. Cada vez que se mencione a George Clooney irá acompañado por la frase “el soltero más codiciado”, y cada vez que se hable del gobierno actual se usará la expresión “Estado fallido” como si fueran verdades reveladas y no palabras que se pueden o no usar.

Un ejemplo de lo anterior me acaba de suceder. La semana pasada escribí en este espacio un artículo sobre cómo se hacen entrevistas en los medios, y entre los casos que cité estuvo el de una que le hizo una conductora mexicana a la nueva secretaria de Trabajo de Estados Unidos. Al elegir ese ejemplo, pretendía yo demostrar cómo no se deja hablar al entrevistado y cómo quienes tienen el micrófono imponen los lugares comunes del discurso, en ese caso específico, el de la felicidad porque una persona de origen hispano y además mujer llegara a un cargo tan alto.

Pero unos días después recibí un correo electrónico en el cual una persona que se identificaba como la entrevistadora aludida por mí me decía que el ejemplo que yo cité no era real, sino que la entrevista había sido inventada por ella, como “una parodia de los noticieros, una mofa de las entrevistas y de los reporteros”. Es obvio que yo no lo entendí así y que no supe diferenciar entre una entrevista verdadera y una falsa, pues como ella misma me dijo: “No dudo que pudiera haber mil casos verdaderos para ser expuestos y usarlos como ejemplo, he oído muchas entrevistas con las características que numeraste pero la que utilizaste no fue real”.

Me disculpo con Claudia Franco de Multivisión por ese error que pone en evidencia mi mala escucha, pero que también pone en evidencia lo que he venido diciendo: que lo que aparece en los medios es lo que nos creemos, que eso se vuelve la realidad y que muchas veces ya ni siquiera percibimos cuando no es así porque todo mundo usa los mismos modos de decir las cosas, las mismas palabras sea para hacer reportajes o análisis, reales o irónicos, profundos o superficiales.

Curiosamente, y para abonar a mi argumento, no fui la única para quien esa entrevista fue real. La escuché en una miscelánea fuera de la ciudad de México y cuando le pregunté a la señora que la atendía de qué programa se trataba, sin asomo de duda me respondió: “Es el noticiario”.

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Escritora e investigadora en la UNAM

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