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Dalia Reyes
Dalia Reyes
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23 Junio 2017 04:00:00
Un mariguano
Dijeron que era un mariGuano. Les bastó verlo enloquecido, con los ojos inyectados, y llevar la mesa en vilo para azotarla en medio de la calle. Todos los invitados estuvieron de acuerdo; las invitadas no pudieron escuchar la sentencia, porque estaban dando de gritos y así permanecieron uno 15 minutos después de que el hombre se había marchado.

Muchos años después llegué a dos conclusiones tajantes: Que los presentes no sabían mucho sobre los efectos de ciertos estupefacientes y que nadie estaba acostumbrado a situaciones tan inesperadamente violentas como ver a alguien agrediendo, sin deberla ni temerla, a los pobres invitados a una boda sencillita. Es decir, nadie anexaba, todavía, esos asuntos a su cultura cotidiana.

Lo sé: estamos entrándonos en los intríngulis de saber si algo es cultura o no. Si abordamos el tema desde esa identidad que nos da el comportamiento social, sus tradiciones y rutinas, entonces estaremos de acuerdo en ello; incluso la respuesta ante acontecimientos violentos es parte de esa expresión territorial, trazo de nuestra construcción social.

Ayer mismo, en un centro comercial de mi ciudad, departíamos entre decenas de chiquillos, madres haciendo compras navideñas y abuelas corriendo tras sus nietos. De pronto, un par de detonaciones y alegatos masculinos hicieron el silencio entre la multitud. Dos segundos después, todos estábamos agazapados tras de sillones, basureros y rincones mil, ofrecidos al instante como buen resguardo. No hubo gritos de mujeres; ningún hombre salió a verificar los hechos acercándose al lugar del conflicto, y cada chiquillo se apretaba a sus padres reflejando el miedo sólo en sus ojos desorbitados, porque todos contuvieron el llanto. Pasó un minuto y la cosa volvió a la normalidad: la gente ocupó sus puestos de nuevo y la vida siguió adelante.

¿Serán esas formas la cultura en nuestros días? Creo que sí: Es un acuerdo de supervivencia comunitaria asistida. Hemos aprendido, a fuerza de repetirlo, a resguardarnos en actos inconscientes de autoprotección; nadie empuja, nadie quita el lugar a otro; todos reptan hasta donde les es posible y, en un silencio cómplice, se decide si pasó el peligro o no.

Alguien, además de mí, tendrá la ocurrencia de conservar este texto para mostrarlo a sus descendientes en tiempos mejores; contará con detalle las formas de vida a las cuales nos adaptamos y, a pesar de ello, muchos seguíamos siendo felices. Quizá sirva de lección esta cultura suya y mía para explicar a nuestros hijos lo terrible de compartir el miedo, aunque sea por un segundo, como forma de identidad y de cultura.

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22 Junio 2017 04:00:00
Juego imposible
Los programas en las Escuelas Normales de Educación Física mexicanas incluyeron, hasta 1999, la asignatura juegos tradicionales y su didáctica. No es necesario extenderme en el contenido programático, porque usted no sólo lo adivinó, sino que de sólo mencionarlo, sustrajo de su memoria un montón de bonitos recuerdos.

Entre otras cosas, los estudiantes normalistas aprendían los juegos de sus padres y, además, cómo enseñarlos a sus alumnos de preescolar, primaria o secundaria. De este modo, los futuros profesores deberían describir el procedimiento para hacer un papalote, las estrategias didácticas para jugar a las canicas, el trabajo en equipo para bailar cabalmente la raspa, formas de evaluar los encantados, armar las rondas infantiles.

La lista podrá extenderse más allá de cuántos elementos usted y yo podamos recordar. Pero esas actividades ahora son solamente eso, un recuerdo, pues a partir del año 2000 no se volvió a tocar el tema.

Con todo y el buen tino de mantener el susodicho curso por casi 20 años, quedó siempre pendiente una asignatura en lo que a juegos infantiles del pasado respecta, y seguirá en ese estatus por el resto de nuestros días. Me refiero a todos los divertimentos que diseñábamos con la imaginación.

Mi hermano Arturo y yo teníamos una comunidad diversa que convivía en paz y felizmente. Estaba conformada por un caracol, un gusano, un caballo y un hombre; todos ellos tenían las mismas dimensiones, el mismo color e igual consistencia, porque estaban armados sólo con los dedos de nuestras manos.

Cada uno tenía un nombre, un rol en su sociedad y un carácter. El escenario era tan cambiante como nuestros deseos y las historias en donde vivían sus aventuras nunca terminaban, porque siempre sucedía algo distinto, coincidentemente parecido a las vivencias nuestras.

Los juegos de la imaginación no se enseñan en la escuela, pero sí podrían incentivarse. Lo curioso de esto es que no se va a lograr con la intervención de las nuevas tecnologías, sino alejando a los niños de ellas.

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21 Junio 2017 04:00:00
Escándalo
Un par de meses ha cuando yo vi a una jovencita, acompañada de su joven madre, en una agencia automovilística. Ambas estaban interesadísimas en un vehículo cerrado cuyo brillo también a mis ojos encandiló.

Hubo, como quiera, otra circunstancia que superó en mucho el esplendor del auto: El respetuoso silencio y discreción visual de todos los caballeros presentes, si se considera el atuendo de la hija, consistente en una playera a la cintura, unas pantimedias y, trasluciéndose, unas pantaletas. Claro, también llevaba sandalias.

La cortedad en las faldas, la profundidad en el escote, el ajuste en los vestidos, todo esto ha dejado de provocar zafarranchos cuando los porta una dama en áreas públicas. Ciertamente, salir a la calle solo con playera y pantimedias no ha se ha vuelto rutinario; sin embargo, el acontecimiento habla de cuánto la sociedad ha avanzado en respeto al otro y tolerancia.

Quizá a los jóvenes les siga pareciendo insuficiente la permisividad con la que cuentan, tal vez sea porque desconocen la historia de la sociedad. Para aportar un poco a ello, les comparto una noticia publicada en febrero de 1911, en un periódico mexicano, en donde se narra el escándalo provocado por una dama en Madrid.

“El uso de la controversial falda pantalón sigue causando gran alboroto en Madrid. Durante la noche de ayer la calle de la Montera se congestionó y afectó el tráfico público. Todo fue debido al paso de una mujer que vestía falda pantalón, y a que muchas personas se aglomeraron para decirle y gritarle una serie de insultos y groserías. Al paso de los minutos se armó un zafarrancho porque ya no eran sólo los gritos a la dama, sino las discusiones entre los transeúntes porque el paso quedó bloqueado… La aterrada dama que suscitó todo este escándalo fue apoyada por las autoridades responsables de la comisaría, pues no le hicieron ningún cargo o reconvención”.
Nada más eso falto, que además de injuriada, la multaran por usar Christian Dior.

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20 Junio 2017 04:00:00
Huidos
Se acostumbra volver los regalos cuando los matrimonios duran muy poco tiempo. Cada sociedad tiene sus propios parámetros: Menos de un mes, menos de un año y párale de contar, porque no imagino el estado de una vajilla cuando una pareja se divorcia tras más de doce meses del casamiento, sería una escena muy más trágica si fue por una relación violenta; por lo menos, el regalo tornará incompleto.

Tengo una buena noticia para todos los padrinos y ragalones a quienes se les altera cierta hormona cuando se enteran de un matrimonio efímero. Una tía lamenta, desde hace 50 años, la bella tetera que regaló a Mary, quien escapó con su cuñado apenas 15 días después de su boda. Años después de la “tragedia”, la tía fue a visitar al “viudo” y ella vio el traste muy pulido y puesto en medio de la vitrina. En cuanto el hombre descubrió la mirada de la mujer fija el objeto, hizo una tajante aclaración: “Pues aquí le tengo guardada la tetera a Mary, por si viene a buscarla, luego ¡usted no sabe! se pone muy brava”.

Las venturosas nuevas consisten en hacerles saber que cada regalo, sea cual fueren su dimensión o precio, ayudará siempre a dos personas en su vía por descubrir si ese o esa consorte era lo correcto en su vida… o no. No hay manera de saber cómo es un matrimonio en tanto uno no se case. Dirá la gente de los noviazgos largos y las uniones libres interminables, que son convenientes, poco recomendadas, bonitas, riesgosas, apasionantes, rutinarias, relajadas, hastiantes. Serán lo que ustedes gusten y quieran, pero no un matrimonio.

No es fácil, compañeros, diría don Ramiro. Hay que tener valor para comprometerse de por vida, y donde que ésta a veces es bien ladina y se empeña en alargarnos la existencia sin saber si estamos cómodos o no. Se los digo porque sé: Luego de llevar una pareja sin compromisos legal, tomar la pluma y estampar la firma nos lleva a hacer un recuento de la vida entera y, al igual que los condenados, poner nuestra existencia en manos del creador.

Algunos descubrimos que, ciertamente, hay un limbo, pero luego aparece el paraíso; otros se encuentran con un mundo diferente al de Alicia y sus maravillas, pues erraron el camino y tomaron por el de Dante y su laguna estigia.

Pero solo se camina andando, dice don Juan Manuel Serrat, y para eso hace falta que padrinos y regalones unan sus manos –y las ollas, las toallas de “ella y él”, el micro, las sábanas, etc.- para armar entre todos una casa sostenida por el buen deseo de salir avante en la misteriosa aventura de estar casado; ya luego Dios dirá.

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17 Junio 2017 04:00:00
El miedo
Si pudiera describir el miedo que provocaba en mí la enfermedad de nuestra madre, seguro no conservaría la poca cordura que cabe en mí.

El olvido es un mecanismo de defensa, un recurso para la supervivencia y un resguardo para la recuperación. Claro está, me refiero a ese olvido conservador que no se lleva de tajo las vivencias, porque entonces empezaríamos a vivir en la candidez cada mañana.

La enfermedad de mi madre duró el tiempo suficiente para heredarnos tics, manías y sueños recurrentes: Uno tartamudeó hasta los 11, otro encogió las manos hasta los 20, un tercero se ajustó compulsivamente el cinturón por una eternidad, alguien más enfermó de los nervios y yo, yo tenía mucho miedo.

En ese tiempo, durante el día, mi madre tenía crisis espontáneas que la hacían perder el conocimiento. Mi hermano y yo veíamos cómo se descomponía primero y luego se desvanecía. Tengo la imagen mía aferrada a una pared, como queriendo escapar cruzando el muro, con el pavor dibujado en todo el cuerpo; a mi hermano lo veo de espaldas, apenas dos años mayor que yo, mirándola a ella, pero no puedo imaginar su expresión.

Durante años tuve un sueño recurrente: Caminaba en derredor de una casa redonda, en cuyas numerosas puertas estaban recargadas sillas inclinadas hacia atrás con sendos ancianos imposibilitando la entrada; yo sabía que mi madre estaba dentro. Una noche, uno de los hombres se inclinó hacia adelante dejando libre el paso por esa puerta. Desperté y nunca más volvió el sueño.

Ella dejó de estar enferma. Nosotros seguimos tartamudos, “ticosos” y empavorecidos por un tiempo, pero no podría determinar si he vuelto a tener esa sensación de terror que me provocaban sus accesos; sin embargo, asumo que he pagado la cuota de miedo que cobra la vida.

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16 Junio 2017 04:00:00
Ovejas y parejas
Mis primeros recuerdos caben en una bolsa de papel estraza. Todos metidos sin distinción de clases, formas o colores; los más transparentes se tocan con los oscuros, y así.

Será esa imagen resultado de la vida cotidiana durante la infancia pero mezclada con la fotografía de mi abuela materna: Ella muy serena caminando por la acera en mientras sostenía en la mano una bolsa con la marca de manteca Lirio muy a la vista. Siempre he tenido la certeza de que llevaba ahí dentro dos bolillos y una concha, por lo menos; aunque, pensándolo bien, pudo hacer sido cualquier cosa.

Esto es porque cualquier cosa se colocaba en una bolsa de papel moreno y no había ni objeciones ni demandas si la costra del pan salado se comunicaba con el azúcar mantecada de las conchas, cuánto más sucedía; o bien, si la mercería iba junta con una barra de jabón y medio kilo de huevos.

Quizá junto con el descubrimiento de la bolsa plástica se inició una batalla irreconciliable entre las categorías de cosas que uno puede comprar. En algún momento, alguien creyó verse mejor con tantas bolsas como productos diferentes y eso se puso de moda en la pasarela.

La consecuencia no sÓlo radica en la invasión de bolsas plásticas en las casas, siempre rebosantes de un bote, cajón u otra bolsa, amenazando con tomar vida y asfixiar a cada uno de los miembros familiares. En realidad, tiene qué ver con una falsa conjetura de higiene y estilo que deriva en contaminación, incremento de precios y gasto innecesario.

La bolsa de pan de la abuela Aurora nunca ha sido una intriga para mí: Si en ese tiempo teníamos como normal recibir bolos navideños en donde la naranja había tenido cercanía íntima con las colaciones y tenía encima la grajea de las galletas; si recibíamos platillos de piñata en donde el pastel había dado un beso francés a las tostadas y la gelatina hizo lo propio con ambos, no veo por qué su envoltorio había de ser diferente.

La intriga más bien es sobre la guerra de bolsas que vino después.

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15 Junio 2017 04:00:00
‘Youtuber’ medieval
Bien pensado, los juglares fueron los creadores de los canales por donde la gente se enteraba de cosas, en parte fantasiosas, en parte falsas y, probablemente, con un toque de verdad. En pocas palabras, fueron los “youtuber” medievales.

Su auge se acrecentó en el Renacimiento, es cierto, pero sus creaciones cantadas y contadas en las calles pueblerinas no distaban mucho de lo que hoy sucede en el canal de youtube “Hola soy Germán” o “Dross”.

La fórmula acaba por ser simple: Un hecho cotidiano, una descripción exacerbada de ciertos momentos rutinarios, una forma personalísima de verlos y una manera muy peculiar de contarlos que, a fin de cuentas, la verdad queda rebasada por la diversión.

A los juglares le siguieron contadores de cuentos, habitantes de carpas nómadas que aparecían y desaparecían como por artes mágicas, ya en un pueblo, ya en otro, pero siempre con la misma presencia de un ser que hipnotizaba con esas historias cuyo don esencial era mencionar situaciones comunes a casi cualquier oyente.

Entre los cuenta cuentos y los “youtuberos” estoy yo. Hace nueve años usted y yo hablamos cada día de los detalles domésticos con los que construimos la vida. Entablamos una conversación con el tema en común con el cual nos identificamos ambos; reflexionamos sobre las penurias y dolores, y luego nos reímos de lo bueno que es estar hablando de ello, pues la prueba fehaciente de que sobrevivimos a ese mal.

No hay nada nuevo bajo el sol: Nos siguen ocupando los mismos asuntos, seguimos hablando de ellos en el mismo tono, nos lamentamos, nos reímos, continuamos viviendo. La vida, antes y después de youtube, sigue como debiera seguir.

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14 Junio 2017 04:00:00
Las puntitas
Andar de puntitas tiene muchos significados entre los hispanohablantes. En particular, los mucho significados que los latinos damos a las frases llevan, como en este caso, de la buena cuna a la indecencia; entre las mujeres, va de la vida a la muerte.

Una mujer anda de puntitas cuando duermen los niños; mi madre lo hacía y nos hacía andar así cuando mi papá dormía su interminable siesta dominguera. Pero también lo hace cuando desea no ser pillada en cierta acción, quedando de manifiesto que las maneras son tan universales e incluyentes que se prestan a todo mundo.

Las puntitas de una dama la llevarán al estrellato o al paraíso: En el primer caso si alcanza la perfección en el ballet; en el segundo, si no alcanza la acera de enfrente en su loca carrera por cruzar la calle.

Cuando una mujer se dispone a correr so pena de ser atropellada por cierto vehículo relativamente cercano, todos se dan cuenta, excepto ella. Estira el torso, saca el cuello hacia adelante, tensa las manos y alarga los dedos; aprieta su bolso y se pone de puntas; si el coche ha tenido a bien detenerse, es probable que a esas alturas la dama empiece a “correr” o, en su defecto, no pueda hacerlo nunca más.

Por razones insondables, una chica a media calle usa solamente sus dedos para apoyarse, cuando la situación le demanda el mayor impulso posible. En lugar de iniciar una carrera, apenas logra cierto brinco entre tímido y gracioso que mejor la llevará a una obra plástica que a salvar su vida.

Cada día obran milagros en las calles cuando todas esas bailarinas urbanas llegan sanas y salvas al otro lado. Es más, arriban agitadas a la otra acera, pero con una gran satisfacción en su alma por la hazaña alcanzada: Claro, no cualquiera salva su vida en esta selva de asfalto.

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13 Junio 2017 04:00:00
La madrina de la Cenicienta
A la niña le gusta Cenicienta. Un año con todos sus meses planeó junto con la madre el festejo. La lista de pendientes crecía y se achicaba con un bajo continuo en todos sus elementos, que era los tules en azul celeste.

El pastel fue diseñado a medida, con la cantidad de quequitos suficiente para alimentar a la casa hogar de los pequeños con tal cantidad de betún azul como para colorear sus bocas hasta el cumpleaños siguiente.

Los centros de mesa rebosaban de la fineza heredada por la princesa Disney así estuviese ataviada de mucama. De lindos botecitos pintados de azul, por supuesto, emergían varitas mágicas como las del hada que hizo el milagro.

El vestido, sobre todo, el vestido, flotaba en el aire y dentro de él la chiquilla feliz con sus estrenados cuatro años. No era, claro está, el atuendo que mandaba la madrastra, sino la magia que confeccionó la madrina. Se trataba, imagine usted, de un modelito que bien hubiesen envidiado Carlota o Grace Kelly.

Era clara la admiración con que la niña representó al personaje, se movía como ella, lucía su talle como si tuviese 15 centímetros más, mantuvo la tiara en su lugar tal como pasó cuando el baile con el príncipe. Era amor lo que rebosaba.

Llegó el clímax del festejo. Todos listos esperaron a que emergiera del salón la pieza principal del acontecimiento, y ésta no se hizo esperar para dejar a todos con un extraño sabor de boca más extraño aún que el de esos modernos y salados quequitos de pastelería.

Pendía del cordón la Cenicienta. Se balanceaba perturbadoramente como si fuese bruja de la inquisición. La cumpleañera, amante del personaje, se hizo del palo y, ya muy cerca de ella, dio cuenta de su persona, con todo y vestido azul de encajes, hasta que vio caer en pedazos a su admirada. Luego desanduvo el camino con graciosos pasos de princesa que lleva las zapatillas bien puestas.

Estoy entre decidir si eso es cierta clase de amor o, en realidad, esa fue la madrina de Cenicienta. Me pregunto si no hubiese sido menos sádico colgar a la bruja.

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10 Junio 2017 04:00:00
Cuando los hombres de la época
Cuando mi amiga Tati se negaba a divorciarse por evitar el insalvable problema de no tener quién le cambiara el gas, a la fecha, han pasado muchas cosas, entre ellas que a los hombres se les requiere un perfil de ingreso al amor muy distinto al que les bastaba en tiempos de mi madre.

Cambiar el gas era solamente una de las acciones destinadas al varón, esto por las implicaciones de fuerza física, de ahí que la lista de sus pendientes se agrandaba con el acarreamiento de bártulos pesados, cambiar los sillones de lugar, mover el refri, trasladar materiales para el mantenimiento de la casa. Hoy en día, además del gas domiciliario, se inventaron diablitos mecánicos y eléctricos, muebles con llantitas, refrigerados deslizables y venta de cemento con carga y puesta en la obra sin costo extra.

Algunas acciones habilidosas también estaban vedadas a las mujeres, con lo que contraer matrimonio y mantenerse en él era requisito para sobrevivir en la sociedad. Hablo, por ejemplo, de conducir un auto, repara la plancha, cambiar los fusibles, sustituir las lámparas, ensamblar un estante o cambiar un neumático. Sucedió entonces que las mujeres resultamos tan buenas conductoras como cualquiera, se abrieron cursos de electrónica para damas, los fusibles son quitapón, las lámparas incluyen manuales y las palancas hicieron relativamente sencillo salir de la avería en carretera o, en su defecto, hay servicios de autopista, Ángeles Verdes, garantías de cobertura amplia, etcétera.

El hombre, hoy en día, no es indispensable para plantar un árbol, cortar ramas, pintar la casa, instalar el gas. Es más, acepta sin mayor problema compartir el compromiso económico que implica una familia, por lo cual, se enfrena a un mercado bastante complejo.

Si un caballero desea volverse indispensable, únicamente lo logrará mostrando confianza, solidaridad, comprensión e inteligencia para conseguir exactamente lo mismo de su pareja, quien, entre otra cosas, gana dinero, arregla la plancha, mueve el refri, pinta la casa y cambiar la llanta. Eso es infalible.

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09 Junio 2017 04:00:00
Mi verdad
Vivir de planta en el campo –no fue mi intención el juego de palabras- supera por mucho el bucólico encanto de un fin de semana acampando en el bosque. La gratificación de amanecer cual gancho tras dormir en el suelo y titiritando de frío, pero contento por hacer de Daniel Boone, se traslada a la historia a la de Hansel y Gretel, pero sin chocolate alguno.

Mi verdad es que cuando decidí ser habitante en una comunidad campirana con 250 habitantes, no pensé en cuánto le cambia la vida a cualquiera pasar de ser visitante a convertirse en el 251 del poblado, con censo y todo.

Cocinar a la leña un fin de semana nos hereda el aroma a humo que evocaremos desde nuestro como rincón urbano un año después. Hacerlo a diario, nos recuerda que la naturaleza no se anda con sutilezas y la va penetrando a una hasta la médula, al grado que no hay lavadora eficiente para ahuyentar por sí misma el buqué campirano en la ropa.

Hacer cada día de aguador dista mucho de fingir baños a medias con una botellita de agua purificada. El acto se convierte en un ritual de vida o muerte, cuyas medidas deberán ser perfectas, so pena de amanecer mocoso o, de plano, no amanecer.
El agua se calcula en lo suficiente, ni más ni menos, y se calienta en lo necesario, ni más ni menos. Ambas cosas se harán con tal maestría que no sobre una gota ni tampoco falte un líquido tibio que ni queme ni congele.

Tras dos meses de habitar en el campo, pude reflexionar sobre la ficción en esas películas románticas en donde la cabaña del bosque permanece ordenada, intacta, pulcra, sin mota de polvo, con un perro tranquilo y un caballo sereno. En realidad, las probabilidades nos dicen que el lodo entrará hasta la cocina en tiempos de lluvia –si se coloca aserrín, entonces entrará lodo con aserrín-, que no hay percheros suficientes para los aperos, que el perro no es tranquilo ni el caballo sereno.
Hay algo, entonces, insondable, que nos hace quedarnos acá y nos abre las puertas para construir una verdad muy verdadera.
08 Junio 2017 04:00:00
Puros llantos
Tengo por regla abstenerme de ver películas dramáticas y melodramáticas, terroríficas, de suspenso o profundamente lacrimógenas; considero mi vida lo suficientemente complicada como para andar desperdiciando sustos, llantos o temores por una bola de desconocidos a quienes la situación ni les importa y además les pagan por eso.

Debo sumar a mi lista los filmes franceses, los de sensibilidad norteamericana y las telenovelas latinas. (¿Y cómo es que tiene sólo un hijo? Se preguntarán. La respuesta es que me entretengo viendo las secuelas de Shrek, Toy Story, y lo más trágico que me entretiene es Marcelino Pan y Vino). Éstas por una muy lógica razón: Lo que sucede ahí va mucho más allá del realismo mágico más aventurado. ¿Acaso no se han fijado cómo las mujeres se quedan calladas en unas y en las otras los hombres las escuchan? Vamos, eso es imposible.

Las historias provenientes de Francia se entretienen media historia en un diálogo sin fin, en el que participa activamente tanto el hombre como la mujer, hasta llegar al fondo y las últimas consecuencias de sus sentimientos; ambos parecen tener buena disposición para agotar el asunto y alcanzar el estado catártico que les permita seguir siendo buenos amigos… los cuatro.

Ahora bien, cuando los norteamericanos abordan un asunto del corazón, puede suceder que toda la trama se consuma en aclarar el prudente silencio guardado por la chica, lo que provocó la confusión de sus sentimientos y no permitió explicarle al novio que el galán con quien la sorprendió era su primo –el de ella-. Por Dios, no sé de ningún silencio como esos en toda la historia de la mujer desde Eva a nuestros días.

Lo de las telenovelas no hay necesidad de explicación: La joven buena –muy buena- es capaz de ocultarle al protagonista que su hijo es suyo y de los dos hasta que éste tiene edad suficiente para ser cerillo en algún centro comercial; por su parte, el caballero ingenuo podrá creer en la paternidad de otro bebé a cuya madre no ve desde hace 10 años.

El problema no es que suceda en la pantalla. Pasa luego que nos metemos tanto en esos papeles y venimos a poner el ejemplo en práctica con los resultados previstos: Ni ellos tienen la paciencia para escucharnos ni nosotros la capacidad para callarnos; los hijos no se ocultan porque saltan a la vista, y el hombre en cuestión no va a creerse lo del hijo, así haya cenado con la madre.

Como digo, prefiero volcar mis pasiones en la varita mágica de Harry Potter y poner atención en el atuendo de Fiona para ir con mi sastre y fabricar mis modelitos. Eso me ha evitado muchas visitas al sicólogo.

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07 Junio 2017 03:37:00
Cochinadas
Supongo que los académicos de cepa no hacen cochinadas, al menos ésa es mi interpretación, considerando que la asquerosa palabra no aparece en el diccionario de la Real Academia de la Lengua.

Salvo, debo decir, los mexicanos –académicos o no- puesto que el Diccionario de la Academia Mexicana de la Lengua sí registra el vocablo con sus dos acepciones: Cosa sucia o acción con mala intención para perjudicar a alguien.

No me sorprende que los mexicanos hagamos cochinadas; vamos, usted mismo las ha hecho a lo largo de su vida; sumarán dos, tres o más si se pone a escudriñar en su pasado, en su presente y, por qué no, en su futuro: Si existe la palabra entonces también deberá dársele su lugar a la cochinada platónica o potencial.

Hoy en día no es tan común, pero en el pasado los niños hacíamos una “cochinada de tarea”, dejábamos una “cochinada en la cocina” o estábamos tan sucios que despertábamos sospechas de haber realizado “cualquier clase de cochinada”.
Escuchar el sustantivo no dejaba lugar a dudas sobre el mensaje, pues tener cochinos –cerdos, marranos, puercos, chanchos, cuinos- en las casas no era cosa rara; es decir, teníamos el concepto empírico bastante a la mano.

El tiempo ha hecho de las suyas con la cochinada: A falta del cochino, sólo quedó la acción. Ayer mismo escuché en CNN una noticia importante sobre la supuesta tregua entre pandillas de El Salvador para alcanzar la paz. El conductor inició su entrevista con el vocero oficial preguntándole si ese supuesto acuerdo “fue nada más una cochinada del gobierno”. El entrevistado no tuvo empacho en responder y usar el término.

En conclusión, cuando se usa la palabra para referir a un acto o apariencia, ya nadie se remite al chiquero, con su aspecto y sus aromas, más bien se voltea a un significado como éste: Acción realizada por un ser humano en contra de otro, prioritariamente entre políticos.

Vaya, con todo esto, nuestras cochinadas de chiquillos no tenían nada de porquería.

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06 Junio 2017 04:00:00
El bolsazo de Letizia
Entre el bolsazo de Letizia y el pellizco real de mi madre no hay tanta diferencia; en todo caso, ésta se podría encontrar en las posibilidades de la víctima: La infanta Sofía no pudo decir ni pío, en cambio yo, a voz en cuello, ejercí mis derechos diciendo: “¿Por qué me pellizca?”

No sé si el protocolo real en España ha permitido siempre la participación de los hijos en la coronación de sus padres, pero no tenía noticia de pescozones ni zarandeos en otros eventos magnos, excepto cuando el Rey Felipe asume el cargo que su padre, el Rey Juan Carlos, botó para irse tras de una más joven que la reina.

Fue muy conveniente que Letizia llevara un bolso de mano, pues de portar uno colgado al hombro, hubiese sido más dramático todavía el bolsazo que le dio a su hija porque se empeñaba en hacer algún comentario a su delgadísima madre. La cronista, muy conveniente para el caso, resaltó como esa perfecta mujer y madre estaba al pendiente de su pequeña para indicarle cuándo hacer un saludo; a mí lo que me apreció fue un empujón más parecido al de Shrek contra Fiona, y si la pequeña no acabó entre las zarzas fue porque a su lado estaba un guardia real.

Ahora bien, el acto, como quiera que sea, humaniza bastante a la pareja de rey y reina, pues eso de andar dándole a uno correcciones físicas en público es tan antiguo como mi tatarabuela; así las cosas, en muchas formas iguala al pobre y al rico, al noble y al truhán.

Siendo honesta, tengo bastante pena por la posición de la infanta, pues aun siendo una niña señalada por los dioses para ser princesa y, quién sabe, tal vez reina, no puede defenderse ni un palmo de lo que, en cualquier escuela primaria mexicana, sería motivo para echarle al profesor toda la caballería de Derechos Humanos.

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03 Junio 2017 04:00:00
Mala madre
En mi opinión, soltar a los hijos no es criticable, al fin y al cabo la autonomía les redituará mayores beneficios que la dependencia. Con todo y eso, no ha sido la Malamadre sino la Cuna de Moisés la mata más pérfida si de maldad se trata.

Doña Librada tenía el proverbial zaguán ataviado con hojas de hule, helechos, geranios y gladiolas. En una esquina al fondo, estiraba los brazos la Cuna de Moisés, y yo, apenas supe su nombre, me puse a buscarle al niño y, por Dios santo que no lo encontré.

Esa noche dormí poco y mal. No tenía la certeza de los derroteros no de un Moisés sino de todos los que habían desaparecido en las hojas de aquella planta. A la mañana siguiente mi madre me tranquilizó cuando hizo la aclaración de que era solo la cuna, pero el niño no llegaba aún.

Al pasar de los años descubrí dos cosas importantes: La primera, que Moisés si estaba perdido; la segunda, cuánto ingenio y piedad despliegan las señoras al bautizar a las plantas domesticables y también a las silvestres.

En el bosque norteño, el verano se engolosina distribuyendo tanto Cordón de Jesús que la vista azulea incluso entre los manzanos y las margaritas. Ya puestos a imaginar, la vara larga con los pompones pequeños a los lados sí remite al ajuste en la túnica santa.

Ahora bien, la Corona de Cristo es más bien una sinécdoque: No es la pieza en sí lo que simula, sino la parte principal que la construye, medio por el cual el hombre se hizo santo a través de semejante martirio.

La Siempreviva es un arreglo especial entre las señoras y la naturaleza, porque el nombre en sí es una promesa consistente entre ambas, ya que las primeras se comprometen al resguardo y la segunda a la subsistencia a pesar de los malos tiempos y las ocupaciones de sus dueñas con otras macetas más chiquionas.

La Bandera, en lo que a mí respecta, me remite más bien a los dulces de Halloween; confundo a la Moneda con la Millonaria; veo al Alcatraz amarillo como una creación en fomi y la Dalia es, por mucho, la mejor flor del universo.
Eso, un universo femenino hay en las plantas y sus nombres.

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02 Junio 2017 04:00:00
Novia sucia
Media hora antes de la boda religiosa, se apresuró con los últimos toques del maquillaje. El vestido albo reflejaba la luz del mediodía sobre la tela brillante del pecho; se sacudió una mota de polvo y procedió a pintarse los labios en color rojo profundo. Apenas tocar los labios, la barra se dejó vencer por la presión y, partida en dos, fue a dar con la blanca y brillante tela que cubría el pecho. Así, cochina, se fue a casar.

Cinco años después ella hizo un recuento de los hechos y sumó la rabia del labial rojo a los terribles presagios que se cernían sobre ese matrimonio que había expirado ya. Muy pronto, a decir su suegra, como si hubiese una tabla de equivalencias para saber cuándo es tiempo para divorciarse.

Hay muchas formas de suciedad en las novias; tengo también el ejemplo de Mariana, quien aceptó la propuesta matrimonial del amado de su hermana. Cierto es que él nunca mostró interés por esta, pero, al fin y al cabo, ensució esa unión con el estigma del amor filial traicionado.

La nueva pareja, apenas instalada en su casa familiar, hubo de posponer las pasiones ante la terrible enfermedad que aquejó a Mariana y no la dejaba moverse de su cama, mucho menos recibir a cabalidad las obligaciones conyugales de su esposo. Él, como sea, dijo que no tomaría una decisión a la brava, y esperó 25 años, hasta que alguien le dijo cómo quitar el embrujo del cual fue víctima su mujer.

La tercera prometida en cuestión fue víctima de los medios. Arribó a la Cruz Roja en calidad de urgencia médica: Una hemorragia vaginal, ocasionada por relaciones sexuales agresivas, la tenía en artículo mortis ante los ojos incrédulos de su familia y el odio de todos en contra del futuro esposo. La prensa tomaba fotos para la edición vespertina.

Esperaron hasta que llegó el susodicho; el padre lo encaró, sorprendido de que el joven no tuviera una expresión de angustia, sino de coraje. La prensa tomaba fotos para la edición matutina. El novio no dijo nada; se acercó a la cama de la moribunda y, ya bastante cerca, le arrojó a la cara el anillo de compromiso: No era él con quien había estado. La prensa tomaba fotos para la edición de últimas noticias.

Muchas formas hay de ensuciarse las novias, pero eso no sería problema si hubiese a la mano una chalina, otro novio para la hermana o una prensa menos curiosa.
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01 Junio 2017 04:00:00
Mason o muerto
Mi tatarabuelo se quitó la vida. La hija mayor, fruto de su primer matrimonio, le visitó una noche antes; encerrados en la recámara principal, hablaron largo y tendido sin que nadie más pudiera saber el contenido de esa sospechosa conversación.

Dos horas después, la hija salió de la habitación; parecía más atribulada que al llegar. Se acomodó la chalina negra y, sin despedirse, cruzó el interminable patio, recién llovido, perfumado a fuerzas por las pocas plantas que mi tatarabuela cultivaba por obligación, porque a los 14 años no da la voluntad para ser esposa de un anciano y hacer como si se viviera feliz.

Mi tatarabuela quedó en sospechas, aunque no le fue ajena la estancia de su marido en los aposentos, considerando que era su costumbre cuando debía contar sus muchos pesos y resguardar sus bastantes monedas. La tataranieta rechinaba un asiento del elegante carro que esperaba frente a la casa.

Adelante y atrás, se columpiaba la chiquilla; rechinaba el sillón; adelante y atrás; rechinaba el sillón; adelante y atrás, dos truenos opacaron el juego de la niña; el eco se detuvo un rato por encima de su cabeza y luego fue a parar hasta la acera de enfrente y, probablemente, a las calles contiguas, a las casas cercanas, a las huertas floreadas y sus membrillos.

La niña esposa tocó la puerta, empujó, gritó; sintió cómo daba un brinco el niño que llevaba dentro; empujó más y al fin pudo ver la escena: Su esposo se había pegado un tiro en la boca y yacía, cuán grande era, tendido junto a la cama. No había dinero ni monadas contables.

Luego supimos la historia: la hija deseaba casarse con un hombre quien le condicionaba el matrimonio a la conversión de su padre, quien era masón. Cuando la muchacha le planteó él problema, él pareció asentir y la dejó irse con bastantes esperanzas; al fin y al cabo, si el problema era él, se quitaría del camino.

Bien pensado, como las cosas cambian tan rápido en el tema de las creencias, creo que con el tiempo le hubieran perdonado lo masón, pero nunca lo muerto. Ella quedó soltera, su primera mujer viuda y mi tatarabuela, sola, pobre y con un hijo menos.

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30 Mayo 2017 04:00:00
El breve espacio
Puede ser el sillón en la oficina, al lado de Adelita, la latosa, ese sitio nos espera cada día y se vuelve un sitio imprescindible para saber que alguien nos espera.

Esa sensación que nos da en medio del pecho cuando pasamos por un lugar cuyos muros nos acogieron en alguna época de nuestra vida, no sé cómo se llama. Podría confundirla con la nostalgia, pero no es tal porque tiene algo de temor y otro poco de desolación.

Es un sentimiento presente cuando dejamos un sitio, o bien, cuando legamos a un nuevo lugar cuyos espacios nos son desconocidos y no dominamos su tránsito. Luego de mucho pensarlo llegué a una conclusión: Se trata de identidad.

La identidad es identificarse con algo. En la escuela, desde preescolar, los profesores empiezan a esculpir esa figura en nuestra mente a fin de hacernos sentir parte de un grupo específico. Cuando nos familiarizamos con las tradiciones, los valores y las costumbres de ese grupo, finalmente logramos movernos en él con cierta confianza, incluso, algunos proponemos cambios a ella con la certeza de que dominamos la base conceptual.

Cuando dejé la primaria, igual que cuando termino la secundaria, prepa y universidad, tuve esa sensación de sentirme extraña en un sitio al que pertenecí, y todo se debía a que esa mesa y ese banco que me esperaban cada día y no lo iba a hacer. Volví siempre a esos lugares y la desolación se apoderó de mi persona cuando supe que sería saludada con afecto y alegría, pero no tenía ninguna espacio esperándome.

Al pasar de un nivel a otro, en tanto mi estancia se hacía costumbre, cada mañana avanzaba con el temor de que tal vez no estuviera ya mi silla ahí o hubiese desaparecido de la lista. Cuando era niña, los primeros días de clase solía preguntarle a mis compañeros: ¿Te acuerdas de mí? Hasta que uno me dijo: ¡Claro, si no estoy loco! Y me dio a entender que la desconectada era yo, pero tuve la seguridad de pertenecer a ese grupo por fin.

Que un espacio esté destinado para nosotros nos da la certeza de pertenecer ahí, sea una escuela, casa, oficina, fábrica o lugar de esparcimiento. La identidad nos da la certeza de ir por el camino correcto y sentirnos aceptados; su ausencia, en cambio, nos deja la sensación de no pertenecer a un lugar preciso y, por lo tanto, desconocemos cuáles son los valores que nos construyen.

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27 Mayo 2017 04:00:00
Sangre y sudor
Sacar la sangre a alguien era una afrenta mayor que pagaría el agresor ante la justicia o, lo que es peor, ante la directora de la escuela.

No era difícil que sucedieran cosas como esa: Pelearse a la salida era una práctica común cuya mercadotecnia no requería mayor inversión que correr la voz entre los compañeros. En esos momentos desaparecían las fronteras de sexo, posición económica o grado escolar, pues se mezclaban chicos y grandes para presenciar el espectáculo cuyo fin lo marcaba la roja y sanguínea aparición –a reserva de ser interrumpidos por la directora que extendía su jurisdicción hasta el baldío más cercano a la escuela.

Como es evidente, esas guerras tenían arte y reglas, pues una víctima sangrante daba suficiente como para detener la barbarie, situación que, en todo caso, hablaba bastante bien de la humanidad que nos revestía a los chicos de la escuela.

En una ocasión yo fui protagonista del encuentro. Nunca me enteró nadie cómo acabé en semejante situación, pues, a mi entender, yo iba como espectadora, pero un decidido empujó me puso al centro del ruedo y con el único certero golpe de Raquel, terminé con la nariz en un lugar ajeno. Nadie volvió a convocarme para esos eventos, supongo yo que mi nula capacidad de pelea derivaba en muy poco rating.

Hace muchos años no escucho la frase entre los chiquillos; al parecer, sacarle la sangre al otro ya no es una noticia ni representa mayor excitación. Claro, cuando los niños tienen a diario la salvaje realidad donde contabilizar asesinatos y cercenamientos es incluso cotidiano, quedarse a ver una nariz ensangrentada no implicará un currículum deseable para ninguno que ande buscando la fama.

No suena bien, pero ojalá sacarle la sangre a alguien fuera otra vez el mayor reto de un fortachón en la escuela; a vistas de la modernidad, eso era bastante caballeroso.

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26 Mayo 2017 04:00:00
Tus propias uñas
Eso de rascarse con sus propias uña tiene un importante trasfondo, porque no es lo mismo salir de un conflicto con las manos manicuradas, con las uña de gel o con un simple gelish.

Hay dos barbarismos en el párrafo anterior, usted no lo verá, pero el procesador de textos se aferró a subrayarlos en rojo para lavarse las manos en el pecado léxico que estoy cometiendo. Yo tengo una buena razón sobre esto y se trata de que en asuntos de moda ningún país es dueño de sus palabras.

Si al hablar de uñas se comenten barbarismos, al estudiarlas se enfrentan bárbaras emociones, pues la cantidad de cosas que se pueden untar, pegar, dibujar, escarchar, pavimentar, colorear, iluminar van más allá de cualquier utopía.

Rascarse, que parece un acto tan simple, se torna una real aventura cuando alejar el escozor implica una terapia de garras cuyos ornamentos amenazan con quedarse en cualquier pliegue anatómico de la persona.

En lo personal, me parece inalcanzable la hazaña de subirse o bajar la ropa interior, quedando ileso en el intento, con las protuberancias de tres centímetros en la culminación de los dedos; si se logra poner la pantimedia en su lugar y sin roturas, entonces se trata de una experta escapista quien, en realidad, puede rascarse con sus propias uña, aunque, técnicamente hablando, no son tan propias.

Así las cosas, en lo que respecta a las mujeres, la frase “rascarse con sus propias uñas” parece una hazaña más difícil de alcanzar que la de usar las postizas.

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25 Mayo 2017 04:00:00
Ronco pecho
Estudiar Filosofía ya es difícil de por sí: Implica darse cuenta de que uno no es uno sino todos pero nada a la vez y, además, esa cosa indescriptible se puede individualizar para luego identificarse con un colectivo. Si no entendió, estimado señor, no se preocupe… yo tampoco, y vaya que he invertido tres años en el intento.

Los ingratos filósofos, deben reconocerlo, son aún más intrincados que la Filosofía misma, pues, al igual que algunos pedagogos y sicólogos, si no inventan una palabra de su ronco pecho nunca descansarán en paz. Así, debemos memorizar entelequias, cosificaciones y “epochés”.

No conformes con neologismos construidos a base de extranjerismos que, de acuerdo con la Academia, si los uso se convierten en barbarismos, osan derivar los nombres de grandes pensadores a fin de inventarse como partidarios de alguna corriente. Se les hace muy fácil pegarle sufijos a los ya de por sí complicados apellidos en cuanto extranjero tuvo a bien plantear una teoría.

Con los kantianos y los aristotélicos no tengo gran problema, pero guardo mis reservas con kikergardianos y nietzscheanos. Ahora mismo la lengua se me hace un nudo para pronunciar, imagínense nada más adentrarse en sus teorías.

Bueno, paso a contarles que el otro día nos dieron para leer a Wittgenstein, pensador nacido en Austria; en la clase, el maestro nos recibió con una pregunta profundísima: “¿Quién se volvió wittgensteiniano?”. Un murmullo recorrió el salón y todos nos dimos a la tarea de encontrarle una respuesta correcta, pero cuando fuimos capaces de pronunciar la palabrita, ya se había acabado la hora; todos decidimos ser platónicos, resultó mucho más fácil.

No crean que soy tan conservadora; sí voy de acuerdo con la evolución léxica y la necesidad de nuevas palabras, pero, digo yo, guardando las formas. El pobre austriaco, ya por sí complicado de leer, se quedará sin seguidores si insisten en pegarle más complicaciones al nombre y, como diría Hermione, la de Harry Potter: temerle al nombre sólo acrecienta el miedo al hombre.

A resultas de todo esto, durante algún tiempo me quise promover como heideggeriana, pero era tan difícil pronunciar la palabra sin error que parecía lideresa sindical dando un discurso; me decidí por Santo Tomas, para ser tomista, y si no me quedé nada más con el Santo, es porque no podía ser santa… pues aún no muero.

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24 Mayo 2017 04:00:00
Valor sentimental
Alguna vez leí la anécdota sobre un ama de casa quien acostumbraba preparar el pavo navideño en una forma poco usual: Centraba el ave, ya rellena y todo, en la pavera y entonces procedía a cortarle un tajo del costado derecho.

Su madre, quien vivía en otra ciudad, fue a visitarla para las fiestas decembrinas y ambas estaban dispuestas para la preparación del platillo. Cuando la mujer notó cómo su hija quitaba el trozo de carne al pavo le preguntó la razón, y entonces respondió que lo había aprendido de ella, porque acostumbraba a realizar ese corte antes de acomodarlo en el recipiente. La madre, ahogada de la risa explicó: “Sí, hija, yo nunca tuve una pavera tan grande como la tuya y tenía que quitarle un pedazo a fin de que cupiera el pavo”.

Tal vez hubiese sido mejor no conocer la causa, porque media vida la hija revivió su historia familiar y se sintió parte inseparable de una familia cada ocasión cuando tocaba cercenarle la lonja al pavo. Como sea, esta narración sirve de pretexto para reflexionar sobre las acciones aprendidas en la casa paterna que luego repetimos sin necesidad de una razón práctica.

Lavar la ropa en cierta forma, colocar los utensilios en otra, doblar las toallas así, tender las camas asá, usar el peinado tal o calzar el zapato cual. ¿De cuántos usos y costumbres somos realmente autores conscientes?

En lo particular, amaso como mi hermana, licuo como mi madre, conduzco como papá, cocino como la señora Diana, canto como doña Andrea, gusto del campo como don Felipe, me peino como mi abuela, me maquillo como Mayela, entrevisto como Arauz, me cepillo los dientes como el profesor Ariel, enseño como mi maestro de metodología… lo que después de esto y más, ésa soy yo.

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23 Mayo 2017 04:00:00
Al grito de guerra
Comer un elote empieza con la figuración de ello. Si bien existe una vía alterna para lograr el cometido –por ejemplo escuchar el grito sin haber pensado antes en tener antojo-, el deseo pone más sabor en este alimento que la misma crema y el mismo chile.

Debo aclarar la diferencia entre consumir elotes públicos y privados: Mientras los segundos son una opción alterna al menú, los primeros representan una posibilidad azarosa cuya manifestación tiene más qué ver con la voluntad del elotero que con nuestro posible antojo; esto los reviste con cierto aire prohibitivo de concupiscencia –además de la crema y el chile–.

Imaginar la pieza incluye una dosis de vapor sobre la cara, una emanación cálida que conlleva los olores donde dejaron su caldo precioso esos granos carnosos. Los místicos baños metálicos, continentes del tesoro, están preñados con un color cobrizo desde la base y hasta el borde, dejando apenas libres las asas colgantes que los adornan.

Las vestiduras todo-sabor con que los mexicanos adornamos un elote son un verdadero reto al paladar: Si la tradición se sometía al unto de crema y la verbena del chile, hoy bien pueden recibir baños de queso blanco o amarillo –incluso en sus versiones más plásticas-, gamas de tamarindo, granizadas de sal y pimienta, albures de ajonjolí más las aventuras en las cuales nos involucre el vendedor.

Comer elote es una práctica ancestral que nos identifica como sociedad; no nos vuelve más internacionales el degustarlo en plato largo y con cheddar, solamente nos convierte en mexicanos gourmet con esencia globalizada.

Igual que las palomitas, cocinados en casa carecen de esa esencia comercial, necesitan el toque del maligno y adictivo conservador y, sobre todo, no ofrecen el espectáculo del hacinamiento dentro del recipiente nómada que tienen a bien llevar los eloteros para el mundo.


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20 Mayo 2017 04:00:00
Volver el traste
Regresar el traste es un signo del bien nacido, es santo y seña de la buena cuna, resulta en la conjunción del saber cultural acumulado por muchas generaciones atrás y de la filosofía social para el bienestar común y las relaciones duraderas.

Tener la delicadeza para volver aquello convertido en continente del amor, la amistad, la voluntad, la actitud propia del ser gregario, empieza con la entrega; en palabras llanas: Entregar el recipiente ajeno empieza cuando éste llega a casa con su precioso contenido.

Doña Quica llevaba a casa platitos con nopales guisados al huevo y chile colorado; la servilleta de papel, en su rol de tapadera, resultaba en cierta viscosa materia mezclada la celulosa con el juego imperdonable del guisado. Adivinar el alimento brindado era un bonito juego de antaño, cuyas pistas se diseminaban por las casas del barrio apenas empezando los olores a la hora de cocinar.

Si bien, los guisados se entregaban en el transcurso de la tarde, las tortillas de harina habían de entregarse al pardear, cuando las señoras recién terminaban la tarea diaria de palotear suficiente para la cena. A diferencia del platillo húmedo, las gorditas permitían papalotear el papel blanco apenas suficiente para cubrirlas.

Esa entrega desinteresada iniciaba un rito generacional: el platito volvería con su dueña, mas no vacío, sino con los preciosismos culinarios destinados a sorprender por lo menos en igual forma como lo hicieron los primeros. Así se establecía un compromiso no escrito, pero grabado en la genética de las familias: igual como se heredan los odios, compartir la comida es testado a las descendientes de una estirpe.

En mi calle transitan todavía platos llanos con tortillas, platos hondos con caldito, cajas con capirotada, ollas con atole, desechables con asado y envases reciclados con guisados. El surco hecho por dos generaciones anteriores a la mía, se sigue regando igual para obtener la besana del buen vecino.

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19 Mayo 2017 04:00:00
Sin planes
¿Recuerda usted el tiempo cuando hacíamos planes? En esa época, trazar una ruta de vida no era algo descabellado; prometer y cumplir consistía en calcular las probabilidades con cierto esmero.

Cumplía apenas los 13 años cuando afirmé que quería ser corresponsal de guerra. Dos o tres desvíos temporales retrasaron mi intención pero, a fin de cuentas, acabé por seguir una ruta prevista de muchas maneras. Las niñas de mi generación querían ser maestras y los niños buscaban ser ingenieros; la mayoría se mantuvo en la raya hasta lograr el propósito.

Nuestros padres tenían cierta cajita misteriosa a donde iban a parar los ahorros alcanzados por trabajo extra o por abstinencia voluntaria; luego parecía viable abrir una cuenta bancaria con “réditos”, decían, y comprar luego aquello para lo cual se preparaban durante años.

Hacer planes es un deporte en vías de extinción, porque todo dura muy poco: La insistencia, la voluntad, el plan mismo y las condiciones sobre las cuales se construyeron los castillos no en el aire, más bien, ahora se medio apila en el humo.

La realidad en esta mañana puede ser muy otra al anochecer, y una cajita de metal con billetes acaba por ser una esperanza irrisoria para alcanzar el futuro soñado. No se sueña hoy en día, se vive al margen y se sobrevive al cambio.

No es extraño escuchar los planes de un niño para su futuro profesional: Ser narcotraficante es una opción, porque la idea de uno, la imagen y la volátil prosperidad es una imagen que hoy por hoy forma parte del ideario cultural en América Latina. En esos momentos, tratamos de evadir la palmaria realidad pensando que, al fin y al cabo, la mayoría de los chicos en el kínder quisieron ser bomberos hace dos generaciones y menos del uno por ciento lo hizo. Con mucha fe, pudiera suceder lo mismo en el futuro próximo.


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18 Mayo 2017 04:00:00
Qué le importa
Todavía a mis 10 años, la frase “qué te importa” solía redituarme en un pellizco y dos chancletazos. La ofensiva frase estaba catalogada en el lexicón paterno prohibido como una de las más ofensivas entre las ofensivas.

De todos modos la seguimos usando, a veces con el eufemismo sin sentido de “what in for”, que muy poco limaba la aspereza de la ofensa y menos disminuía los chancletazos si acaso nos pillaban en la acción léxica. Además de la expresión, agregamos otras anexadas a nuestro vocabulario estandarizado, cuya sola mención seguro iba a provocar muchos desheredados en el siglo anterior.

Decir que los abuelos defendieron la lengua o pensar que nuestros padres fiscalizaran nuestra habla es un tema de pretexto, como tocar el tema del clima haciendo esos comentarios innecesarios para la comprensión del comportamiento termométrico pero utilísimas para romper el hielo y saber si se está tocando suelo familiar o sencillamente los bochornos son personalísimos y menopáusicos.

Hablar del habla es bueno; defenderla, innecesario. ¿Cuándo las palabras han requerido de un abogado para sobrevivir o de un fiscal para quedarse presas en la cárcel del silencio? “Nuncamente”, diría una señora, a quien la inexistencia de la palabra jamás le preocupó ni la hizo sentirse impropia.

Nuestra generación alteró las formas de hablar que nuestros padres tenían ya catalogadas en buenas, malas, pertinentes e impertinentes; nosotros generamos una mezcla bárbara, misma que hoy nos resulta el estándar obligado entre nuestros hijos. Pero no, ellos están haciendo su propia revolución.

Tomar una posición frente al habla vigente, plagada de vocablos que hacen estallar nuestros oídos –y que en su momento nos hubieran hecho estallar los dientes si las hubiésemos pronunciado ante los abuelos- es nuestro derecho; decidir ser parte o no de una conversación en donde abundan las palabras altisonantes es una posibilidad; sin embargo, combatirla, satanizarla o enfrentarla, no está ni en nuestras manos ni en nuestra lengua. Así son las palabras.

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17 Mayo 2017 04:00:00
Mejor perro
Me encantaría tener la determinación de los perros callejeros cuando andan por las aceras. No hace falta preguntar: tienen la expresión tallada en su prisa de tener perfectamente claro el destino que los está llamando.

Algunos perros callejeros suelen distraerse con tentaciones banales como un pedazo de pan, una caricia, un mimo o un puntapié, pero siguen su camino, y uno no se explica cómo es posible prefieran continuar en su mundo astroso que permanecer frente a la verja de una casa con ciertas posibilidades de volverse la mascota familiar.

Hay personas con imán para el perro sin dueño; es decir, esa gente es justo el destino por el cual andaba con tanta determinación el can, cuya historia de aventuras se quedará en la tumba perruna, si es que tiene una.

A simple vista, la decisión parece fácil: Quedarse en una casa a riesgo de ser rechazados; sentirse cómodos cuando se sospecha de ellos toda clase de fechorías posibles, fundamentadas únicamente en la apariencia. Hay perros que los elige el dueño, porque este fue elegido por su mascota.

Los callejeros ladinos se distinguen por su simpatía; cuentan con una felicidad a prueba de todo y suelen ser versátiles. Enamoran con su disponibilidad y tolerancia a la frustración; permanecen en un sitio el tiempo necesario, ni un día más, para continuar su camino. ¿Cómo se conoce el calendario de un perro callejero? Eso seguirá siendo un misterio.

Algunas son taciturnos y fantasmales: Vuelven cada noche a dormir junto a la puerta y no emiten queja si apareció algo sobre el plato improvisado que un alma buena tuvo a bien cederle. Si hay comida, se queda a cenar; si no la hay, también.

Un perro callejero rompe toda regla social: No elabora un contrato matrimonial, no tiene un acta de adopción, ni siquiera hay una carta compromiso. Él decide cuándo llega y cuándo se va dejando tácito el acuerdo donde se establecen los límites y las libertades para cada una de las partes.

No son nuestros: somos de ellos.

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16 Mayo 2017 04:00:00
Pajarito
Mi bisabuela revivía a los pájaros soplándoles con determinación sobre del pico. Fueran hijuelos caídos del nido, aves libres accidentadas o algún miembro de su harem emplumado, la técnica solía surtir efecto, a reserva de que se adelantara el gato en los primeros auxilios.

Según he observado, los caballos pasan por el mismo procedimiento, sólo que, en este caso, para familiarizarse con los humores de su dueño y facilitar de este la domesticación y el entrenamiento. A decir verdad, los caballerangos logran respuestas realmente admirables de sus ejemplares.

Jamás vi a mi abuela soplando a ser vivo ninguno. Ella se bastaba con un adusto carácter que amenazaba a cualquiera cuya intención fuera salirse de las normas; siempre pensé que los pajaritos habitantes en las jaulas que pendían sobre la pared del patio hubiesen permanecido dentro así las rejitas corredizas estuvieran abiertas. Sólo a mi abuelo se le ocurrió tener una enemiga de esa talla.

Ciertos loros se volverán incondicionales si se les enseña a ser tan dependientes de sus amos que dejen muy profundo, en el subconsciente, su capacidad para subsistir en la naturaleza, utilizando sus dotes fónicas no para divertir a la concurrencia, sino para mantenerse con vida.

Los millonarios de medio oriente, con cierto picor en la conciencia, mandan fabricar jaulas inmensas para que en ellas habiten sus pájaros exóticos; los cetreros condicionan a las aves para que no sepan vivir de otro modo que en simbiosis; los ornitólogos y los sofisticados desarrollaron chips inteligentes para monitorear las andanzas de sus mascotas emplumadas y hacerlas volver de formas imaginables o lanzarse según su antojo.

Así las cosas, repasando la historia sobre las maneras como el hombre ha logrado aprisionar a los pájaros desde tiempos inmemoriales, llego a la siguiente conclusión: El amor no es un pájaro.


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13 Mayo 2017 04:00:00
Machitos
A estas alturas de la vida, cuando escucho hablar de miembros masculinos inmediatamente se me viene a la cabeza la imagen de unos suculentos tacos de machito. La mente, a fin de cuentas, se apiada del ser humano cuando ya pagó la cuenta por ser descendiente de pecadores.

Las muy escasas parejas que llegan al final de sus vidas en esa misma calidad, como parejas, coinciden en la misericordia con el cual la naturaleza flexibiliza su régimen con el hombre, quien ha de luchar durante casi toda su existencia con las dificultades de la supervivencia, de la socialización y, sobre todo, con el autocontrol.

Si en el primer tercio la edad infantil y la adolescencia se vuelven contra el hombre mismo, como su sus síntomas fuera una enfermedad autoinmune, en el segundo se recrudecen las manías, las taras y los minusvalías físicas y mentales que hereda la imposición familiar, el prejuicio social y le imitar modelos que parecen decisivos.

Los impulsos incontrolables caracterizan las decisiones de las personas, en todos los planos de la vida. En el aspecto íntimo se multiplican las filias y las fobias traduciéndose en una cantidad de dolor incalculable, pues cuando un adulto joven padece de amores, es incapaz de encontrar otra palanca qué mover para seguir andando.

El amor durante la edad adulta está contaminado, sobre todo de esperanza: las prefiguraciones que se hacen sobre la perfección de la vida en pareja arruinan cualquier realidad; las imposiciones religiosas, firmadas a modo de condena, predisponen al tentador delito; los estigmas de la fealdad versus la belleza determinada por los medios acrecientan la inseguridad en hombres y mujeres sobre si son o no capaces de retener a su lado a alguien.

Frisar la ancianidad otorga un respiro. Hasta entonces se empieza a comprender la búsqueda que San Agustín recomendó a la humanidad: buscarse en el interior de cada uno otorgará todas las respuestas y calmará las dudas más profundas.

La tercera edad, por usar el eufemismo en boga, se presenta con un regalo en las manos: No hay más preocupación que ocuparse de sí mismo; los fracasos amorosos no existen, son solo veleidades o partidas mal jugadas. El amor se transforma, después de tantos besos, en un príncipe etéreo que se deja tomar al modo como el otro quiera.

Pensar en la pasión servida sobre el plato preferido, ese es el verdadero amor.

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12 Mayo 2017 04:00:00
San Jack el destripador
Poco me sorprendería ver a Porfirio Díaz en el nicho de los súper héroes, todo esto gracias a una buena historia transmitida en televisión a manera de telenovela. Bastaría un chasquido dactilar de Krauze para que todos estuviéramos de acuerdo con bautizar calles, escuelas y bibliotecas con su nombre.

Bueno, tengo mis argumentos para fundar estas sospechas, y el más poderoso es que hoy estamos a una mordida de convertir en lindo todo lo que antes fue terrorífico y rechazado. Las cosas empezaron con abejitas y hormigas trabajadoras cuyo esfuerzo deberá ser reconocido con una convivencia humana-abejil (u hormiguil) hasta llegar a tejerle suetercitos a los insectos, así es como lo presentan a los niños en los filmes; es más, está la propuesta de Ratatouille para dejar entrar en la cocina a una ratota.

Lo más reciente –seguro ya lo adivinaron- es el culto a los vampiros, sí, los mismos cuyos dientotes fueron por muchos siglos motivo de espanto y amenaza de los chiquillos reacios a dormir temprano. Millones de ristras de ajos, escapularios, biblias y rosarios se vendieron por siglos para estar prestos a defenderse de la terrible amenaza de esos seres envueltos en capas y desvelados. ¿Cómo se dio el doblete?

Desconozco el camino que siguieron, pero estos seres mitológicos hoy están en el hit parade del corazón juvenil de hombres y mujeres. Ya no importa si sacan los colmillos o terminan ensangrentados después de morder el cuello de alguien, hoy resulta que esta acción no sólo es tierna sino hasta sexy y sugerente.

Alguna relación habrá con el hecho de que todos los vampiros cinematográficos han sido personajes bien parecidos, pálidos, ojerosos y trasnochadones, pero al final se erigieron con hombres espigados pero fuertes, mirada profunda y bien vestidos, lo que sea de cada quien. Entonces, la versión moderna es un jovenazo ataviado a la moda Gap, guapetón y con sus respectivas y retráctiles dentaduras.

En conclusión, llevamos al punto donde las historias más románticas, tiernas y apasionadas están protagonizadas por vampiros, a veces es ella, otras, él, como sea, pero saber que una película incluye a estos seres tendrá asegurada una fila de chicas enamoradas frente a su taquilla.

¿Qué vendrá después? Cucarachas también fueron protagonistas ya y uno que otro gusano; personajes de leyenda y mito ya los encumbró la pantalla haciéndonos pensar que Pie Grande sólo es un peluche divino perdido en la nieve; bueno, quedan algunos políticos sin considerar.

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11 Mayo 2017 04:00:00
Comer y querer
El mejor licuado de guayaba lo tomé en su casa. Aprendí la receta, aunque debo de reconocer que es uno de los procedimientos más minuciosos conocidos por mí; lo comparto en el interés de que rinda tantos frutos para ustedes como para mí.

En primer lugar, compre guayabas para cualquier cantidad de personas como pudieran visitarla durante la semana; se requiere yogurt y leche en la misma medida; necesitará miel también, o azúcar, según su preferencia. El corazón del procedimiento radica, justamente en eso: En el corazón del anfitrión quien reciba a las vistas, sea cual fuere la hora.

En primer lugar, reciba con gusto genuino a su huésped, abrácelo, pregúntele por su situación con interés verdadero por saber si todo camina como debiera. Saque el yogurt del refrigerador y lave las guayabas, desinféctelas debidamente.

Enseguida, acomode a la visita en derredor de la mesa, en la cocina, a fin de hacerle sentir bienvenido, en casa y seguro. Corte las guayabas en cuatro partes y mida cinco cucharadas de yogur por persona. Vierta todo en la licuadora.

Atienda con seriedad el asunto por cual es visitado, sea extraordinario o mero extrañamiento. Si lo desea, agregue dos cubos de hielo por ración. Pongo unja cucharada de miel o de azúcar a los ingredientes vertidos en la licuadora.

Con la charla ya encaminada, deje claro cuánto bienestar le provoca la visita, mismo que puede manifestar permitiendo a las personas abordar los asuntos por los cuales llegar hasta su hogar y compartir solamente aquellos que puedan enriquecer a todos los presentes. Licue los ingredientes durante cuatro minutos.

Antes de servir, no pregunte a nadie si comieron o no, solo asegúrese de que nadie sea alérgico a las guayabas, el yogur o la miel; sus visitantes están ahí porque se saben siempre bienvenidos con una cálida recepción, y su humilde receta del licuado de guayaba es la prueba fehaciente de ello. Use un colador para verter el licuado en cada vaso. Sirva bien frío, pero con toda la calidez que le sea posible.

Finalmente, agradezca a doña Tina, quien me enseñó cuánto amor puede caber en un vaso con licuado de guayaba. Si lo desea, agregue leche.

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09 Mayo 2017 04:00:00
Bochornos
Los dos momentos más bochornosos en la vida de un ser humano son: a) En su cumpleaños, mientras le cantan las mañanitas, b) EN una fila donde no queda claro cuál es el turno correspondiente.

Una fila es un reto múltiple para cualquiera. El carácter, la actitud, la circunstancia física, la situación emocional, esto y más se ve confrontado cuando aparece en toda su intensidad. La teoría de la relatividad aplica aquí con toda su einsteniana esencia: El deseo prefigurado antes de arribar al sitio determinará la largura, la velocidad o la inconveniencia de esa cola.

Las filas, estaremos de acuerdo, se hacen de pie. Balancearse como barco en alta mar, pasar de un pie a otro, girar la cadera para mirar nada en particular, mirar desde la altura hacia abajo y desde ahí mismo hacia arriba, sospechar de cualquiera que se acerque porque se convierte en un potencial ratero de sitios; todos son actos determinantes del ritual cuando se hace cola. La modalidad con sillas intercambiables, vino a trastocar la definición ontológica de la fila, porque las distancias quedan marcadas a priori, y se aleja así la posibilidad de haber estado demasiado cerca del amor de tu vida o de ese hermano desconocido que se perdió cuando chiquito.

No tengo claro si es en respuesta a un requerimiento de Derecho Humanos, una estrategia de mercadotecnia o sencillamente manifestación de la buena alma del dueño, pero la espera de turnos en modalidad “sentado”, implica otras complejidades.

Si la tecnología da para la máquina de turnos o, más humanamente tratado, una guapa chica entregando papelitos con números dibujados a mano, las cosas flexibilizan el ambiente y hasta puede convertirse la espera en una experiencia relajante. Ahora bien, irrumpir en una sala con más de tres personas sentadas y uno sin saber cuándo corresponde el propio, eso sí es difícil. El acto de preguntar: “¿Quién llegó al último?” implica asumir una jerarquía, una posición de último que se acabará cuando otro se aproxime y suelte el cuestionamiento.

Esperar es ya difícil, hacer es uno de los castigos que debió venir en el paquete con la expulsión de Adán y Eva.

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06 Mayo 2017 04:00:00
Tengo un viejo
Hay muchas razones por las cuales yo no soy poeta. A más de argumentar mi dificultad para comprender las intrincadas definiciones sobre figuras literarias, aportadas por la deífica Elena Berinstain, hay otras razones de mucho más peso: Tengo un viejo, tengo un hijo, tengo un perro. El último me lo regaló Santa; el segundo la cigüeña y el primero aún no sé bien si Dios o el diablo.

Como sea, cada uno traía algo bajo el brazo, y no era una torta. El perro venía con una serie de requerimientos para su estancia con dignidad como mascota en la familia, so pena de ser yo abducida por la Sociedad Protectora de Animales; el hijo venía sin instructivo y exige observación 24 horas diarias para tratar de entender la mejor forma de mantenerlo vivo, sano y feliz, y con la espada no de Damocles sobre mí, por si no soy tolerante y consentidora; el viejo traía la etiqueta de “wash and ware” y listo para usarse, pero nadie me advirtió acerca de los minuciosos cuidados que requería tan fina prenda.

En verdad no tengo explicación congruente para saber cómo hicieron nuestras madres, lidiando con un equipo de futbol y, además, con el perro, el viejo y hasta un gato necesario que habitaba en las casas de las generaciones pasadas. Por otro lado, ese ajetreo me explica ciertos desvíos sicológicos en mi persona, los cuales enfrentan a diario quienes viven conmigo.

Para escribir poemas se necesitan algunos ingredientes imposibles de eliminar en esa receta: El primero es la abstracción; quedarse con uno mismo dará la sazón necesaria para alcanzar la fama como escritor más o menos dedicado. ¿Cómo lograr semejante acto de valor cuando las señoras hemos de repartirnos como la Coyolxauhqui?

La educación tradicional nos dejó marca de caballo respecto de atender las necesidades del marido, tampoco sin irse al baño, claro está, pero no desentenderse de sus tentaciones y sus urgencias; los hijos, nadie lo duda, dependen de la madre por lo menos los primeros 42 años, pues ahora resultan renegados a salir de casa, porque el matrimonio es una asunto medio tenebroso y con demasiadas obligaciones.

Entre comprar la despensa, lavar la ropa, trabajar dentro y fuera de casa, asegurarse de dar pan y circo a tooodos los miembros de la familia, pagar recibos, atender a las vecinas, ser una buena hija y mediana hermana, mantener vivas a la mascotas propiedad del hijo, el viejo y el resto de la familia, muy poco espacio queda para la introspección, y los únicos poemas resultantes de todo esa rueda de la fortuna, serán unas construcciones medio bizarras en donde se discutan las razones por las cuales el tomate oscila entre 6 y 24 pesos en el súper mercado, o bien, si la carne de pollo deberá ser amarilla, blanca o rositita a fin de no ver crecer pezones donde no debieran aparecer.

Como pueden darse cuenta, no es falta de talento; es de tiempo y nada más.

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04 Mayo 2017 04:00:00
Angélica de fondo
En el caso de Angélica no, pero el resto de las mujeres en mi pasado, quienes dejaban asomar la puntita del fondo bajo la falda, lo hacían para dar una muestra fehaciente de su pudor y recato.

Angélica era desenfadada y el esmero en su apariencia física siempre fue contrariamente proporcional a la fijación con la limpieza de su casa. Yo no la recuerdo con otros ropajes que esas batas en color pastel desvaído, con botones al frente, desde el cuello hasta la pantorrilla: Ella siempre usó nada más siete de los 10 que ofrecía la prenda, pues su calor interno sobrepasaba los más crudos inviernos.

Con la mano derecha se abanicaba sin importar la estación del año; con la izquierda, golpeaba su muslo con tal fuerza que todos apostábamos tenía ya un tatuaje de los cinco dedos. Tras el golpe, milésimas de segundos después, el faldón de la bata bailaba una rumba pavoneando el dobladillo del fondo claro que sin falta usaba.

La función de esa prenda no la tuve muy clara entonces, ahora sí, aunque la lista que compone esta preclara idea incluye muy apenas la funcionalidad de ocultar, modosamente, la ropa interior.

Mi abuela y su hermana usaban fondo bajo sus muy oscuras y gruesas faldas. A diferencia de Angélica, ellas podían andar en volandas sin que se les asomara ni un ápice de las pantaletas o la orillita de las medias; estaban siempre tan cubiertas que de niña apostaba a que su anatomía no incluía las partes íntimas.

El fondo, nieto del refajo y hoy casi en vías de extinción, ha sido un espacio para la imaginación: Su imagen se presta para prefigurar unas piernas albas de tan poco sol, unos muslos recios de estar parados, un modo de ser mujer.

Así como Madonna y Selena pusieron en boga mostrar el sostén, pero uno adicionado con toda clase de lujurias en bisuterías, las señoras de antes inauguraron esa moda con tal conciencia, que durante muchos años no hubo encaje más exquisito que el de la orilla de un fondo de mujer.

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03 Mayo 2017 04:00:00
Tan chiquito pie
Si el invierno urge a sacar las botas apenas el termómetro tiembla amenazante y coqueto con los 10 grados en diciembre, el verano es un reto monumental para todas las mujeres del mundo.

En tanto reina la calceta, los pies femeninos son un misterio apenas descubierto por las mismas dueñas de los mismos. El tiempo de frío es un periodo de gracia para las extremidades inferiores, las cuales se libran de restriego, remojo y crítica; se les da la concesión para estar francos de esa chistosa exigencia de parecer cualquier cosa menos pies.

Aunado al tema de los vellos, los hombres pueden indistintamente mostrar sus pies en condiciones cualesquiera: Crecidos –los vellos- o peludos –los pies- y no descienden ni un ápice en la posición de su espacio social. A las mujeres, en cambio, nos resultaría más fácil un cambio completo de piel que el ritual de prepararnos para usar zapato abierto.

Más allá de la categorización socioeconómica del calzado, hecha en forma de catálogos inimaginables, la exigencia rompe las barreras que marca la desigualdad social: Mujeres de todas las clase sociales, rangos, colores, estaturas y dimensiones deben de cumplir el pago por pertenecer a una comunidad de civilizados.

Los requisitos de ingreso podológico al verano consisten en una hidratación intensa, una exfoliación ingente, un enfrentamiento inevitable a todas las cremas posibles, un corte de uñas urgente, una barnizada indispensable y un redescubrimiento inevitable de las causas por las cuales no se puede ser modelo de zapatos.

Los pies femeninos hablan por sí mismos cuando sube la temperatura: Caracterizan a la mujer, la posicionan, la colocan, la califican sin lugar a duda, la distinguen entre el mismo género y en comparación con el contrario.

Como quedó de manifiesto, hablar de los pies femeninos en el verano requirió de mucha cabeza.

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02 Mayo 2017 04:00:00
Tasa de cariño
La tasa de cariño calculada por una abuela es tan impredecible como fundamentada. No hay acto fortuito en el procedimiento clínico de esculcar el monedero, seleccionar el monto y elegir la moneda o el billete merecidos por un nieto.

Tal vez Don Felipe –que Dios lo tenga sosteniéndose el pantalón con cincho- me llegó a dar un tostón de vez en cuando; suficiente dádiva era para comprarme coquitos de aceite, muelas y un chupirul de rompope, tal vez dos Palelocas, esas con caramelo por ambos lados. Como sea, nunca fui de las nietas agraciadas a quienes sus abuelos los surten de promesas monetarias apenas se encuentra con ellos.

Junto con el ritual de dar dinero al nieto está el introito de descubrir el escondite. Sacar el dinero frente a alguien implica en las abuelas un acto excesivo de confianza, de certeza sobre la seguridad en la que se encuentran plantas; así, encamina su mano derecha hacia el seno izquierdo y ahí, en la parte superior del sostén, aparece en un acto de magia, un fajito caliente de billetes enroladas uno sobre de otro de donde se elige el que corresponde al momento amoroso provocado por la relación filial.

Alguien debiera hacer una investigación científica sobre las estrategias militares para guardarse sus recursos las abuelas: El dobladillo, la liga de las medias, el zapato izquierdo, el puño de la blusa, el sostén. El bolso de mano nunca ha sido, por paradójico que parezca, el sitio más seguro para aquello que más se aprecia.

Si bien mi abuelo entraba la mano en la bolsa de su pantalón para sacar la moneda, las abuelas de antes no tenían un espacio disponible como a ese, a reserva de traer ya un mandil ya un suéter tejido, los únicos permitidos para llevar bolsillos en sus versiones femeninas.

No fue mi caso, pero sé de cierto que hay una cantidad importante de abuelitas que dotan a sus nietos de todo aquello que evidencian necesitar: Más dulces, más libertad, más regalos, más paciencia, más dinero cálido para planear una vida entera con un tostón en la palma de la mano.

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29 Abril 2017 04:00:00
Licuadora de las estrellas
Escuché en la radio, en una de esas magníficas cápsulas de divulgación, que el “ruido” de las estrellas es algo así como una enorme licuadora; si se pudiera escuchar el ruido en el espacio exterior, claro está.

Como sea, alimentó mi imaginación para prefigurar una situación de sonido insistente y eterno; un zumbido insistente que de tanto en tanto se vuelve o invisible o mortal. La licuadora de las estrellas acabaría por convertirse en una estación de onda corta que transmite las 24 horas los 365 días del año.

Para asustar a la soledad, hay quienes sintonizan una estación radial cercana en lo físico para hacerse la cuenta de estar acompañados; otros se conforman con la buena recepción de alguien que transmite no sé dónde pero nunca deja de hablar; algunos no tienen interés por la fidelidad del sonido, lo único que vale es el ruido, corroborar la certeza de que no se está solo en el mundo.

El ruido tiene la solidaridad equiparable de los perros: no se va aunque se le ignore, no se aleja aunque se le deje de escuchar, no desaparece si se le olvida. Estamos hablando de una compañía incondicional y siempre con el talante en pie.

¿Por qué a muchos les aterran los silencios? He pensado en las estrellas internas que cada personas tenemos, de la licuadora personal que nos bulle al interior y suele ser demasiado estridente si se empeña en tocarnos la melodía que nosotros mismos componemos con los actos y las omisiones del día a día.

Ruido y silencio no son contrarios. En realidad, el segundo en la corroboración del primero, es la marca de su existencia, es la señal de vida o muerte en lo que respecta a todo aquello en derredor nuestro.

Callar el ruido sería estar dispuesto a escucharnos; de otro modo, estamos condenados a ser licuados en el sonido del universo.

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27 Abril 2017 04:00:00
Perros nocturnos
No me he dado a la tarea sistemática de buscar estudios científicos al respecto, pero estoy cierta de la siguiente teoría: Dueño de perro ladrador, es sordo. No hay otra forma para explicarme la supervivencia de esas mascotas noctámbulas en sus ladrar y el dueño ni se inmuta, porque si se inmutare, mínimo un chanclazo le lanzare al can escandaloso.

En pro de la buena vecindad, cuando se presenta un caso insomne hecho a puro ladrar, solemos acercarnos al dueño de la bestia con bastante tiento y comentarios así: “Anoche hubo mucho ruido en la calle; el problema es que tengo el sueño muy ligero y no podía dormir… ya imaginarás lo desvelada que me fui a trabajar, espero esta noche esté más tranquila”.

El buen hombre –o buena mujer- escuchan con paciencia la retahíla y suelen responder, con toda sinceridad, algo así: “Ah, no, yo no escuche nada”. ¡Vaya desarmados como nos dejan! Por alguna razón, el angelito de los buenos modales nos impide soltarles una cantidad de improperios y quejas que incluirían algo como esto: a ver si callas a tu perro, porque no lo llevas a la perrera, pásalo al patio trasero o regálalo a tu suegra.

El otro día una vecina mía hizo campaña para desperrizar la calle e incitó a todas y todos para llamar a sanidad; urgía la limpia. Al fin, después de cinco llamadas, vino el hombre de la camioneta y repasó el sitio con la mirada: Solo un cánido negro y medio escuálido estaba sentado frente a nosotros. Ya a punto de la captura, la vecina incitadora le dice: “No, ese no se lo leve, aquí nos cuida”.

El fulano tomó su cuerda, subió al vehículo y se fue más de prisa que como llegó. Ya sabrán cuánto la vergüenza y el coraje invadió nuestros rostros, más aún esa noche, cuando, el animal cuidador, estuvo aullando en franca celebración por su triunfo. Al día siguiente preguntamos a la mujer cómo había dormido con tanto ruido, para encontrar en el fondo de su cordura un poco de lucidez y recapacitar sobre la pésima decisión. Ella, muy oronda, solo dijo: “No, no escuché nada”.
26 Abril 2017 04:00:00
Basura perdida
Ella no calculó cuán profundo era su cuestionamiento, mucho menos la inmarcesible marca existencial que estaba dejando en mi persona cuando preguntó: “¿A dónde se va la basura de la computadora?

Los años posteriores a ese planteamiento he desarrollado teorías diversas, pues ni la cibernética, ni la técnica, ni la semiótica responden a cabalidad para despejar cualquier duda sobre los derroteros de los desdichados documentos puestos en el botón de vaciar.

Hoy sé cosas como que esa basura no se va, precisamente, queda deambulando en algún pliegue espacio temporal y, entonces, no es del todo inviable pensar en que tarde o temprano nos volvamos a encontrar.

Ahora bien, la basura no podría ser el objeto único suspendido en ese inasible sitio, el tiempo mismo podría encontrarse en semejante limbo inexplicable para el común de los mortales.

¿A dónde se va el tiempo? ¿Estará guardado en algún rincón tras la pantalla de los relojes? Siendo así, deshacernos de ellos es tal como tirar una parte vital que bien podríamos requerir en el futuro.

Si mi reflexión no es descabellada, entonces la expresión “perder el tiempo” no tiene sentido, porque no hay manera de extraviarlo, está ahí con nuestra venia o contra nuestra voluntad.

La posibilidad de recuperarlo se convertiría en una promesa, pero no en el modo como los legos la aplicamos: voy a recuperar el tiempo perdido y subiré al Himalaya en mi cumpleaños 82. En ese caso, es más probable la aceleración del tiempo final que el regreso al pasado.

Suponiendo que el tiempo no se pierda, entonces tampoco se termina; nuestro tiempo sigue andando aunque a nosotros nos falten piernas para caminarlo, ojos para verlo o inconsciencia para gastarlo.

Si nada le quedó claro en este texto, ni se preocupe: Leonora Carrington aceptó que jamás comprendió la teoría del espacio-tiempo, Renato Leduc jamás encontró palabra que rimara con tiempo y yo tampoco he comprendido nada.

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25 Abril 2017 04:00:00
Mírame a la boca
Mi vecinita de ocho años tuvo unos días aciagos hace tiempo: Se negaba a dormir en su recámara porque tenía la certeza de que, pasada la medianoche, la entonces recién fallecida Jenni Rivera se le aparecería saliendo del guardarropa.

Nunca pregunté a su mamá cómo resolvió el problema –tal vez no lo ha hecho–, pero mis reflexiones me llevaron a concluir lo siguiente: La pequeña veía demasiada televisión y estaba siendo bombardeada por el trágico accidente de la cantante y la historia de Monsters Inc. Las imágenes grabadas en su mente estaban haciendo efectos caóticos.

Algo parecido me sucedió cuando era niña, pero a mí con una muñeca tiesa y enorme, cuyos cabellos enredados sirvieron de trampa a un ratón que dejó la vida en el empeño por escapar de esa melena castaña y falsa. Yo procuraba ponerla tan lejos que sus ojos eternamente abiertos no alcanzaran a mirarme; sin embargo apenas cerraba los míos, esa mirada fría se aparecía en mis sueños.

Como sea, encontrarse con una parte del cuerpo ajena, de alguien que nos resulta ajeno y, sobre todo, no está vivo, es una escena poco deseable, al menos eso dictan las reglas de la normalidad, pero creo que mi conclusión es anormal, y eso lo prueban las tazas, los tarros, los cojines, los saleros, las plumas, los sillones y todo objeto con formas voluptuosas de labios rojos, ojos incandescentes y pompas paraditas.

Las relaciones establecidas entre el ser humano y esos objetos se vuelven por demás extrañas: Hay quienes los bautizan, los apapachan, les conocen el carácter y les encuentran el modo; así ya no tienen una obra de arte con forma de boca, ojo o nalga, sino una taza feliz, un sillón angustiado o un lápiz insano.

Las formas humanas nos resultan familiares, tal vez esa es la razón por la cual tendemos a encontrársela a lo inanimado, llámese roca, montaña, planta o balón de futbol, aunque el caso del náufrago es tema aparte.

Mi abuela decía que cada frijol, en su ombligo, tenía dibujada a la virgen María. Como adivinarán, limpiar frijoles con ella representaba una dicotomía difícil de librar sin culpa, pues en mi cabeza pasaba de la herejía a la necesidad de santiguarme cada vez que echaba uno en la olla de agua caliente.

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22 Abril 2017 04:00:00
De frente al amo
“No mire de frente al amo”, decía don Felipe –que Dios lo tenga haciendo hijos- con un cierto dejo de irrealidad al terminar la frase.

Debió aprender la orden a punta de dolor, venida de sus padres y de sus tíos, cuyo estricto ser lo forjaron en el trabajo duro y la estrechez de vida, acostumbrándolo a una moderada forma de adquirir todo, menos mujeres.

Así como el miedo aseguraba la autoridad, hoy la determinación nos garantiza la veracidad. Si los abuelos basaron su respeto en el soslayo, las nuevas generaciones la ponderamos en la postura.

Mirar a los ojos es un reto, una prueba de honestidad y certeza en lo que se dice; más aún, es una manera de corroborar el interés, el aprecio o la atención. Convertido en una orden, el “mírame a los ojos” es una cita al duelo con la única arma con la cual nos dota la mirada.

La neurolingüística ha hecho una mina de datos con la mirada; no solo la considera el espejo del alma, sino que ha clasificado incluso las señales enviadas por ese espejo cuando se gira hacia arriba, se cantea a la izquierda, se vierte a la derecha o se decanta hacia abajo.

¿Cómo funcionará la mirada honesta y determinadora en las madres ocupadas y en los invidentes? Una madre atiende a todos a la vez sin tener la posibilidad de una mirada ubicua; un invidente tiene desnudo su espejo y, sin embargo, puede ser honesto, atento y comprensivo al escuchar.

Tal vez haya otras extensiones de la mirada cuando se hace menester hacerla múltiple, suplirla o acrecentarla. Los oídos, el olfato, el gusto, el tacto pueden, al fin y al cabo, convertirse en ojos si la vida lo hace necesario.

Ya nadie evita mirar de frente al amo; de cualquier manera, cuando se le ha dado la jerarquía a alguien, si no los ojos, alguna parte de nuestro cuerpo se habrá puesto de hinojos ante él.

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21 Abril 2017 04:00:00
Muy carbón
Mis mejores esfuerzos han sido insuficientes para comprender el asunto relativo a los bonos de carbono.

Un bono de carbono incluye: Adaptación natural al cambio climático, alejamiento de la amenaza en la producción de alimentos, desarrollo económico sostenible. Lo más admirable es que el bono, en sí, no se palpa, no se ve, no se escucha; es una entelequia.

Bien visto, es tan incomprensible como las garantías.

Las garantías no radican en el papelito que acompaña el producto adquirido. Para empezar, son entregados junto con la advertencia de que se le borrarán los números después de ocho días o de uno expuesto al sol, lo que suceda primero. ¿La desaparición de los números se lleva consigo la vida útil del objeto? En realidad el documento es nada más la presencia palpable de una promesa.

En primer término, garantía es una “fianza”. En el mundo terrenal, la fianza es algo que debe pagar quien es, si no culpable, por lo menos sospechoso; es decir, implica que adquirir un objeto o un servicio conlleva la posibilidad de su ser fallido.

En segundo término, dice el diccionario, garantía es una cosa que asegura o protege contra algún riesgo o necesidad; es decir, que el acompañamiento de ella es la aceptación de lo imperfecto en aquello que recién nos vendieron como insuperable.

Desconozco cómo evolucionó este tema
en la historia de los mercaderes, pero asumo que la señal de tener garantía por algo pasó de ser una certeza a una incertidumbre autorizada, es decir, se transitó de un “te lo garantizo” a un “tiene garantía”. El primero llevaba implícita la infalibilidad de la palabra; el segundo, se cura en salud al aceptar que se corre el riesgo de que las cosas no salgan como uno lo deseara.

El negocio de la garantía es el miedo certificado, la duda oficializada, la falencia regular en todas las cosas que tienen garantía.
20 Abril 2017 04:00:00
Costoso vacío
Sólo hay otra cosa tan amenazante como la hoja en blanco: Un frasco vacío.
Cuando jóvenes, mis hermanos insistían en sacar el diablo a las botellas vacías; hacían malabares incomprensibles para mis seis años de edad, tanto que no podría recordarlos siquiera, sin embargo sí tengo una certeza: Jamás lo vi salir de su guarida vítrea.

Tengo para mí que el diablo es inherente a toda botella; es más, todo envase de vidrio posee uno, el cual no suele salir, en realidad, se queda dentro para apresar el alma de su dueño.

¿Por qué guardamos un frasco vacío? ¿Por qué convertimos en eternidad su cualidad de desechable, reciclable, incluso? La respuesta es sencilla: Porque ejerce sobre los hombres –y más sobre las mujeres– una atracción inenarrable para reinar en los hogares de las formas menos pensadas.

Primero es el dilema: tirarlo o conservarlo. Luego nos hipnotiza con la inercia de su vacío y las más bizarras ideas se vienen a la mente para verlo convertido en dulcero, lapicero, maceta, resguardo de conservas dulces o saladas, envase para llevar, vertedero para congelar, lámpara, bombilla u organizador de todo.
En un frasco se puede clasificar todo en modo similar como cierta enciclopedia china citadas por Borges organizaba a los animales: a) pertenecientes al emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificación, i) que se agitan como locos, j) innumerables, k) dibujados con un pincel finísimo de camello.

Del mismo modo, en sendos frascos se podría crear la más impensada clasificación de botones: Los blancos, los negros, los verdes, los rojos, los que no son ni blancos ni negros ni verdes ni rojos; los de bebé, los que no son de bebé; los grandes, los medianos, los chicos, los inmensos, los miserables.

La transparencia del vidrio permite toda clase de figuraciones para ver dentro del envase toda la potencialidad de su vacío; justo eso erradica la certeza de que una de las posibilidades es echarlo a la basura y acabar con el conflicto.
Los humanos guardamos frascos sin tapas, así esto sea una doble negación del frasco; los consideramos una ganga por habernos hecho de ellos con gratuidad, pero el costo, a fin de cuentas, es el más alto que pueda cobrar el diablo dentro de la botella: La de ocupar, paulatinamente, nuestra vida y nuestra casa con todo su vacío.

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19 Abril 2017 04:00:00
Una mujer sin plantas
Doña Librada tenía helechos, hule, cuna de Moisés y geranios en el zaguán; no afirmaría con certeza cuánto tiempo logró mantenerlas con vida, pero sí tengo la seguridad de que su madre las cultivó y su abuela también.

Todas las mujeres de doña Librada cuidaron plantas en el zaguán; ella heredó no sólo los helechos, el hule, la cuna de Moisés y los geranios, sino también el afán por alejar el estigmático fantasma de ser una mujer sin plantas.

También doña Nora poseía algunas: Les hablaba con cariño y miel sin falta todas las mañanas, bien podía olvidarse de regarlas, pero el diálogo establecido con los alcatraces era una religión para la supervivencia tanto de la mujer como de la planta. Una mujer sin plantas nunca lo ha sido en plenitud.

La historia de la mujer tiene siempre macetas; el lugar que ocupan en la casa ha cambiado, quizá dejó el protagonismo del recibimiento la visitante para convertirse en el discreto encanto de la biblioteca, pero logró mantenerse viva aun en estos tiempos de exacerbado feminismo y alejamiento del compromiso.

Una planta es un compromiso, un nudo con la casa familiar, una obligación femenina, un estigma que se lleva en la conciencia y en el ser si acaso se deja morir todo aquello que mantuvo con vida la pléyade de féminas que pueblan una historia personal.

La simbiosis mujer-planta es una circunferencia vital: Aquella enfrentaría la muerte social y ésta moriría como mártir ante una sociedad indiscreta que valora y califica a cualquier dama por la cantidad y la calidad de las margaritas que puedan producir sus matas.

Las matas hablan de quien de quien cree haber domesticado la vida en una maceta, de quien las posee: el tamaño, el color, la variedad, la ubicación, el empeño, la apariencia. Dime qué plantas tienes y te diré qué clase de mujer eres; esta causa y consecuencia hace imperceptible la frontera para decidir qué es peor: Una mujer sin plantas o una planta sin mujer.

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18 Abril 2017 04:00:00
Distancias
Mi primer teléfono celular medía lo que un estuche rígido de lentes oscuros. Tenía un apéndice a modo de antena, el cual era menester desperezar jalándole un sombrerito metálico a fin de tener una señal que permitiera hacer llamadas cuya duración no excediera un minuto, pues las recargas eran efímeras y los procesos de reposición tan complicados como una aclaración en cualquier banco mexicano.

La cubierta protectora del teclado se abría mediante un mecanismo anclado con bisagras pequeñísima; el rechinido provocado por la operación del mismo, recordaba más el despertar de Drácula que la presencia de una maravilla tecnológica.

Recibir una llamada o realizarla era un albur. Uno debía tener tanto optimismo como alto nivel de tolerancia a la frustración; si bien nunca hice una estadística seria, puedo decir que el factor de éxito era uno de cada 10.

Durante la recepción, las voces parecían provenir bien del inframundo o de un ser con grave trastorno de personalidad, pues pasaban de ser clarísima a una especie de murmullo lejano y esotérico, todo esto mediado por la posibilidad de escucharlas en versión tartamuda, profunda, atiplada o de contralto.

Recargar la batería resultaba un ritual que requería del usuario cierta paciencia de santo y un cargador irremplazable. Volver a tener carga suficiente llevaba aproximadamente dos horas; además, la vida útil de las baterías era bastante inútil y eso obligaba a comprar un nuevo aparato en periodos devastadoramente cortos.

Puestos en antecedentes por esta quien escribe, testigo presencial y protagonista de la era previa a la posesión de teléfonos a fin de sobrevivir, no tengo mucho más qué decir para comprender las razones ostentadas por los mayores de cuarenta para tener bastante tacto al interactuar con la tecnología: No nacimos con ella, sino que tuvimos que lidiar con sus problemas de niñez y adolescencia en lo que se convertían tan manejables como para usarlas en cualquier parte del mundo y sin siquiera tocarlas, sólo dándole órdenes.

Dudo mucho que un chico de hoy hubiese resultado con salud mental si se enfrentara a una llamada telefónica en las condiciones que nosotros lo hicimos hace 20 y tantos años.

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15 Abril 2017 04:00:00
Tengo más
Nada debemos envidiar a esas espantosas mujeres cuyos cuerpos adornan, sin pudor alguno, las pantallas de todos tamaños porque, simple y sencillamente, tenemos lo mismo, quizá mejor acomodado, pero al fin lo mismo.

Ahora sustentaré mi tesis de que no sólo tenemos lo mismo, sino muchos más. Citaré sólo a unas cuantas despampanantes porque son mis argumentos contundentes; y si consideran que saldré por la tangente aludiendo a cuestiones intelectuales a fin de superar a estas pobres inocentes, están equivocados, se trata exclusivamente de temas corporales.

Respecto de Ninel Conde, Thalía y Jennifer López, explicare cómo, por mucho, las superamos. En orden de mención: Casi todas nosotras, chicas, tenemos doble ancho de nariz, triple ancho de cintura y cuádruple de chamorro que esas fulanas, respectivamente (El otro día, un señor que vendía botas, dijo que debía llevarme varios pares porque mis piernas valían por las de dos señoras. ¿Lo haría sólo por vender más? Supongo que sí, es que están a comisión). Alguien contestará: La primera, por ser pobres y sin cirugía; la segunda, por ser mexicanas sin apellido Sodi; la tercera, por cometer el grave error de representar justo la edad que tenemos. Anden, ni hagan caso a las voces de la envidia y la incomprensión.

Si no fuesen suficientes mis palabras anteriores, debo hacer alarde de cuánto amor despierta la perfecta anatomía con que la naturaleza me dotó: Mi marido, a menudo me recuerda que yo valgo el doble que Beyoncé, y hasta hace la medida separando las manos a mi costado para demostrar su dicho. ¿Qué tal? Claro, se ha dado a la tarea de medir bien a esta insulsa muchachita para poder tener punto de comparación. ¡Cuán lindo mi viejo!

Está de más aludir a los kilos con los que superamos a Niurka, Madona y Anahí; pensándolo en términos rastreros –o sea, del rastro eso nos convierte en valiosas presas. Al respecto, ellas, en la vida real, deben ser rechazadas por los caballeros, porque a los que tenemos en casa siempre nos dicen cuánto nos prefieren llenitas.

¿Lo ven? Y ustedes, mujeres de la farándula, ahí luciendo sus flaquezas. ¡Ah, cómo las compadezco!

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14 Abril 2017 04:00:00
La reforma y el problema
La escuela en México está conformado por una serie de asignaturas que construyen un intrincado y reiterativo esquema de conocimientos cuyo estilo, según la moda, es la caja fuerte: Nada parece combinar con lo demás; pero al final, sumados y evaluados, parecen muy justos para cubrir las necesidades de las evaluaciones nacionales y hacernos quedar como palo de gallinero.

Es decir, todas las materias del currículo en educación básica sirven muy bien dentro de las aulas pero parecen poco prácticas a la hora de pedir la feria en el Oxxo. Aun las asignaturas encaminadas a reflejarse en cierta forma de comportamiento en las personas, se trabajan como respuestas para un examen y no como un modo de proceder. Por ejemplo, Formación Cívica y Ética se escinde en impartición de valores, entendimiento de las instituciones sociales o identificación de elementos de identidad en una lista para ser recitada.

Lo que ahora importa es cómo hacemos las cosas; los porqués están demás, para qué y en beneficio de quién, son asuntos en los que nadie debe detenerse porque reflexionar en uno mismo suele ser peligroso, engendra, incluso, revoluciones indeseables. Hoy la educación es una herramienta para el sustento del sistema productivo, educación para entrar en el mercado laboral que es muy competitivo y hace engañoso el avance cuantitativo; el resultado, es una proyección cinematográfica llena de culpables, “De Panzazo”, y de muchos argumentos ciertos en la primaria, pero también presentes en la preparación de los profesores quienes también tiene el vientre muy raspado.

Los jóvenes profesores mexicanos demuestran que integran las TIC a sus clases al apoyarla con una clase bajada de internet: Presione el botón y deje que sus alumnos se diviertan; los profesores de español, piden ejercicios en el cuaderno para calificar ortografía según una regleeta de respuestas, pero ellos no se miden en decir “dijistes”, “haiga” o hasta 73 “este” en 45 minutos.

Viendo lo anterior, bien estamos en posibilidades de aplicarnos la Carta de Derechos Lingüísticos, que heredó la administración de Vicente Fox, mal entendida como aplicable sólo a comunidades indígenas, cuando el acceso al lenguaje es universal, y un derecho lo es “cuando todos lo pueden cumplir en igualdad de condiciones y la escolaridad es igual para todos en la medida que todos tienen cabida en ella”, establece el documento que asevera los hablantes de una lengua indígena tienen derecho a ser enseñados en ella. Bien: Nuestros alumnos hispanohablantes también tienen el mismo derecho y lo violan profesores que egresaron con profundas debilidades al respecto e imparten una clase desde sus limitaciones léxicas. Y todos los escuelantes, también tienen derecho a recibir una educación con sentido, aunque sea el común.

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13 Abril 2017 04:00:00
Viaje mudo
Durante 24 meses viajé por todo México. Montada en un Volkswagen acomodaba mi humanidad lo mejor posible para ser una extensión de ese pequeño y maravilloso vehículo por periodos de entre dos a 24 horas.

El cometido de esos viajes era encontrar rutas turísticas para mostrarlas al mundo. Empezaba la empresa con la revisión de los folletos proporcionados en las oficinas de turismo y acababa siempre en caminos no mencionados en esos papeles, pero siempre mucho más seductores.

No había gran secreto en encontrar caminos nuevos para mostrarle al mundo: Solo se requería hablar con la gente de cada lugar y aparecían ante uno tantos sitios inexplorados por el visitante que daban para hacer diez folletos más.

Gracias a esas conversaciones con lugareños conocí y publiqué las maravillas de la reserva Sian Ka´an mucho antes de que lo fuera; entrevisté a Chan Kin viejo antes de que apareciera en National Geographic y mostré ruinas arqueológicas que nunca habían sido puestas en un recorrido turístico.

Hoy en día, si alguien me cuenta las maravillas de su viaje y me deja ver las fotografías tomadas en los sitios más populares de cada ciudad, siempre le pregunto si habló con personas del lugar; casi nadie lo hace porque no lo consideran necesario si ya internet les mandó decir qué era importante para y ver y lo que no valía la pena.

Para conocer otros pueblos, otras culturas, otros sitios, es necesario hablar con las personas que han construido todo eso, de otra forma, el viaje será mudo y poco retroalimentador; antes que conocer solo se habrá ido a constatar la reiteración de la experiencia vivida por otros.

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12 Abril 2017 04:00:00
Leche blanca y café negro
Mientras la vida se escanció con eche blanca y café negro todo parecía manejable.

Nada más llegar a un hogar sencillo le ofrecían café a la gente; la respuesta era un sí gracias o no gracias, aunque este segundo debía estar acompañado de un buen argumento para el rechazo, de otro modo, el visitante sería clasificado como no digno de entrar en la lista de invitados para la levantada y cosas así.

El café era hervido, negro, cargado y dulcísimo. Al carecer de una variedad para ofrecer al huésped, los anfitriones eran abundantes en lo que tenían, del mismo modo como hacían con la comida: Si frijoles cocinaban, desechaban las mitades para mantener en alto la dignidad de su recurrente platillo principal.

La leche era una oferta aparte: Caliente y espumosa si acaso se contaba con ella. Aceptarla implicaba una bebida espesa, cremosa y blanca, sin variaciones sobre el tema básico dado a luz por una vaca paciente.

La vida se complicó en proporción a las variedades de café que empezaron a salir en el mercado. Primero debió decidirse entre café hervido y café soluble; después apareció la opción de tomarlo descafeinado o con cafeína y más tarde empezaron a ofrecerse cafés saborizados.

La leche no tuvo derrotero diferente: Primero se eligió entre leche bronca o de caja; luego apareció deslactosada o entera; más tarde se pudo elegir con grasa, sin grasa o son leche. En el colmo de la modernidad, tomamos leche ordeñada de semillas y granos.

Siempre fue más fácil decir sí a la oferta de un café y ponerse a platicar del clima, del campo y de los animales. Tomar decisiones tan profundas sobre esta bebida siempre acaba llevándonos a hacer públicas nuestros problemas de salud, origen de elegir entre café de verdad y otra cosa.
11 Abril 2017 04:00:00
Guerra de caracoles
“Nunca hemos sabido de una guerra de caracoles, ¿verdad?”, respondió preguntando Leonora Carrington durante una entrevista que retransmitieron justo ayer como complemento a un recorrido biográfico de esta inglesa tan mexicana.

El tema sobre el cual platicaba con la entrevistadora era relativo a las enseñanzas que los animales pudieran dar al ser humano; ella opinó que la principal radicaba en que aquellos no se mataban por miles como los hombres acostumbran hacer.

En general, hay muchas respuestas poéticas sobre las diferencias entre hombres y animales; en particular, poco se ha reflexionado sobre el verdadero rol del género humano sobre la Tierra, sin comparación con otras especies. La Filosofía trata el problema, pero es un asunto tan intrincado como irresoluto.

En una reflexión novata yo he opinado ante las críticas sociales sobre el depredador comportamiento humano que deberíamos partir de algo innegable: no es el hombre más fuerte ni más “pensante” que la naturaleza. Así como los dinosaurios exterminaron especies de flores, insectos y animales pequeños, así nosotros giramos el ciclo vital de universo pero no porque resultemos vencedores, sino un instrumento más de la evolución.

Algunos animales matan a su contrincante para mostrar el poderío frente a la manada; otros, para ganar la preferencia de una hembra. No buscan alimentarse de su compañerito: es un signo de poder; nadie los califica de innecesariamente violentos, simple t sencillamente se comprende su comportamiento para la supervivencia.

Los seres humanos nos criticamos unos a otros por actuar con violencia “innecesaria”, nos señalamos por “alterar” los ciclos de la naturaleza y, en general, asumimos que somos capaces de comportarnos de otra manera. ¿En verdad lo somos?
A menudo creo que darnos cuenta de nuestra racionalidad nos volvió tan soberbios hasta llegar a creer que nuestra racionalidad nos llevará a ser diferentes y fingir que somos nosotros quienes usamos la naturaleza a nuestro favor e ignorar que es ella quien nos trajo aquí y aquí seguirá inmutable cuando nos hayamos ido.

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06 Abril 2017 04:00:00
Buena crítica

Sobre las cosas hechas todos nos volvemos críticos. Trátese de comida, tecnología, futbol, redacción o moda, como dijo Ego en la película Ratatouille: El trabajo del crítico es sencillo en más de un sentido: Arriesgamos muy poco, y sin embargo usufructuamos de una posición situada por encima de quienes someten su trabajo y su persona a nuestro juicio. Prosperamos gracias a nuestras críticas negativas, que resultan divertidas cuando se las escribe y cuando se las lee.

La moda preferida por los jóvenes, trátese de la generación que se tratare, siempre será ajusticiada por una pléyade de críticos que surgen en cantidades similares a las de los virus en el medio ambiente o los paseantes dominicales y veraniegos a las riberas de cualquier charquillo refrescante.

A esos seguidores de Ego, les tengo una noticia: Lo criticable no es la moda juvenil, sino que deben ellos de pasar su tiempo viendo a un grupo tan reducido de muchachos que no se han dado cuenta sobre las múltiples preferencias para vestirse que hay entre ellos.

Como detesto afirmar sin mostrar las pruebas, quiero ofrecerles una, si no contundente, sí lo bastante reveladora para provocar una reflexión: Las compras de ropa por internet. No somos ajenos a la publicidad inevitable al lado de nuestros correos electrónicos y redes sociales; la moda es lo más recurrente.

Cediendo a la insistencia publicitaria, entré a ver la fotografía de los llamativos ropajes que ofrecen por lo menos dos marcas de compras en línea.

Llamó mi atención que un buen número de modelos tenían el sello de “agotado”.

¿Cuáles modelos eran ésos? No los pantalones rotos ni las microfaldas: La mayor demanda se encuentra, a nivel mundial, en los vestidos bajo la rodilla, con vuelos y fondos amplios; los pantalones para usarse con botas, los sacos y chamarras, las blusas con estampados florales y de aves.

¿En qué mundo pasa eso? En el nuestro, es decir, el suyo, si se asoma a verlo.

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05 Abril 2017 04:00:00
Todo cabe
Contra el sobrepeso, la depresión, el deslizamiento o la insatisfacción; para combatir la pereza, evitar la albúmina, alejar el dolor de cabeza, alinear la espalda, resistir la semana, sobrevivir a la rutina, todo eso, y mucho más, está enfrascado en una fórmula cuyo vehículo mejor es una mano femenina. Todo cabe en el termo de una mujer.

Semejante maravilla puede presentarse en polvo, sólida, líquida, gaseosa o coloidal; viene en blanco y negro o a colores. En el principio de los tiempos su apariencia fue algo comestible, pero hoy por hoy, entre más viscosa es mejor, porque implica sacrificio el ingerir esta poción, y cualquier elixir adjudicado entre el sacrificio, por lo menos entre las mexicanas, parece surtir mejor efecto. “No pain no gain”.

Azul, rosa, negro, café chocolate y café café; sabor mora azul, naranja-toronja y bambú oriental, tan puro y natural que, si se destilara, presentaría rastros orinales de bebé Panda.

La mujer poseedora de tal patente debe de ser, además, japonesa: Nadie más haría caber en un espacio de 450 mililitros tanta promesa de efectividad; tal portabilidad, inigualable y variadísimo diseño.

Además, será una empresaria exitosa, de otra forma, si no, pudiera estar tan al día con la creatividad; nada más hoy en la mañana vi cómo una jovencita viajaba con la bolsa completa de la pócima embutida en ese recipiente tan exquisito.

Las señoras acuden con su potingue a cualquier sitio; beben de él en público a manera de aclarar su determinante postura de ser eternas, bellas para siempre y saludables de por vida. A cada trago, así consista de un mejunje más parecido al lodo que a otra cosa, sonríen satisfechas de ver cuánto milagro obra en ellas y tan rápido.

Creo y pienso lo siguiente: El cilindro ha sido el mejor invento de nuestra era para la vanidad femenina: Caben ahí tantas esperanzas, deseos, empeños, decretos y sueños, presentados de forma tan diversa que muy bien representa el género entero y sus variadas etapas en lo diacrónico y estatus en lo sincrónico.

¡Vieran ustedes cuánto las féminas son capaces de encerrar en ese envase su pasado, presente y futuro sin ninguna dificultad, pero sí con bastante misterio! Se atesora ahí el consejo de la amiga, la receta de familia, el horror de la enemiga y la mejor receta de un doctor quien, dicen, es tan maravilloso como desconocido.

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31 Marzo 2017 04:00:00
Casi Singer
La máquina de coser que me regaló es de una marca buena, la que le siguió a la Singer en los años 70. Como sea, en ella se dieron a luz vestidos, fondos, cortinas y calzones de dormir.

La importancia de llamarse Singer hizo una marca profunda en la sociedad mexicana desde mediados del siglo pasado: Toda señora sabía coser, si señora se consideraba; podía hacerlo a mano y salían de sus dedos mil maravillas; sin embargo, quien obtenía una máquina, subía en el rango de la escalada social con cierta rapidez.

Ahora bien, ser acreedora de una Singer colocaba a las mujeres entre el cielo y el limbo, porque, de cualquier manera, si se sentaba frente a la máquina, era seña de ser la que producía para otra, más arriba todavía, que solo tenía costuras para entretener las blancas manos en tanto los maridos volvieran de quién sabe dónde.

Esta máquina es de metal pesado, con gabinete de madera. El pedal tiene filigranas caprichosas que le dan un vestido decente para no ser Singer. Todos la usamos alguna vez: Los hombres hacían dobladillos, las mujeres, más aventuras, deshicimos vestidos y los volvimos a armar en una aventura cuyo resultado era siempre fortuito.

Las comparaciones que detonaba esta marca se extendieron a los usos y costumbres de la comunidad: las personas podrían equiparase como si fueran Singer o la que le sigue; las licuadoras, las lavadoras, los autos, las vacaciones también.

Juanita tenía una Singer. DE ahí brotaban vestidos para la primera comunión, otros para los quince años y también destinados a novias desesperadas por la entrega siempre apresurada de sus pedidos, los cuales, a menudo, eran terminados de zurcir cinco minutos antes de la misa.

Poseerla daba señas de hacendosidad, valía, poder, determinación y cuidado, porque estaba destinada a las damas capaces de dar valor y proteger una preciada joya. Mi máquina no es Singer, sino la que le sigue.
30 Marzo 2017 04:00:00
Préstamelo
Considerar cada tema, asunto, problema como una parcela circulada por alambre de púas es tan efectivo como las parcelas cercadas con alambres de púas: Los animales siempre encuentra por dónde entrar.

No bien se lanza al viento cierta teoría, un paradigma o tal moda, cada lugar la adopta y la adapta lo mejor que puede a sus vientos de cambio. En la educación, por ejemplo, se hace una mezcla de conceptos y cuando menos se piensa, ya lo psicológico brincó las barreras de lo didáctico.

En lo que a sociedad se refiere, la adaptación de las corrientes más sofisticadas se hace con tal verosimilitud que nadie logra asimilar de dónde proviene cuando ya está de salida. Como es de suponerse, nunca se llega entender bien a bien las causas por las cuales nos andamos comportando así o asado.

La semana pasada escuché una conferencia sobre ergonomía, ese arte para diseñar con todos los parámetros de la comodidad los objetos que solazan al humano. Cuando las especialistas enumeraban las características básicas, los postulados en los cuales han basado su vida profesional, no supe si hablaban de objetos, situaciones o personas.

La tendencia a la simplificación, la economía en tiempos, la facilidad de acceso, la limitación de esfuerzo podrían colocarse a una gran cantidad de circunstancias; yo, por alguna razón, lo trasladé a las formas de vida entre las nuevas generaciones.

Si usted trabaja con adolescentes comprenderá por qué la comparación: Es viable pensar que ellos están aplicando esos parámetros a su forma de vida al tratar de simplificar las vías por las cuales alcanzar los logros esperados, la dedicación disminuida a lo que será su ocupación el resto de la vida, la exigencia de la sencillez como un derecho, el esfuerzo mínimo para alcanzar lo mínimo esperado.

Estoy generalizando, claro está, pero a final de cuentas la mayoría es la voz de todo. Cuando a los jóvenes poetas románticos les daba por suicidarse, eran ellos quienes se convertían en noticia, no quienes se mantuvieron con vida; así, una generación de apáticos, tiene más peso en esta sociedad que la minoría ocupada.

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29 Marzo 2017 04:00:00
La pasión
Si no fuera por la ortografía, la pasión fuese prima hermana de la paz; si no fuese por sus raíces, sería hermana de lo pasajero.

Si la paz es concordia, sosiego y calma, existe en exclusiva para dar a luz a la pasión, pues ningún mortal sería capaz de reconocer el ímpetu, la emoción, la afición exagerada de esta emoción personalísima sin tener antes un estado pacífico.

No es pasajera la pasión, ciertamente, mas ese estado es indispensable para impulsar el deseo desmesurado que provoca el anhelar algo con profundo deseo así sea con perfecta sinrazón, porque nadie ha dicho que ser apasionado tenga su qué ver con el raciocinio.

Ambas cosas: la paz y lo pasajero son las cualidades efímeras que hacen más valioso todo aquello que nos apasiona, pues tengo por sabido que el trance para alcanzar el objeto del deseo acaba por ser mucho más vivificador que llegar al objetivo.

La idea de la pasión es mucho más duradera que la manifestación misma. Prefigurar lo que está por alcanzarse está más cerca de la perfección, porque el hecho final, a menudo, resulta desalentador y vacuo.

La búsqueda, cuando se hace con determinación, se convierte en el propósito mismo sustituyendo el impulso que nos lleva a entrar algo, esto, al fin y al cabo, se vuelve un pretexto para seguir buscando, porque el incentivo de la pasión es la esperanza.

La pasión encuentra la paz en su desasosiego; es pasajera en tanto llega a destino, pero es circular: Inicia justo en el momento cuando parece haber terminado. No hay pasión buena ni mala, no es algo que deba cargar con el prejuicio humano: Es una inspiración eterna que nos heredó un dios bueno para recordarnos cuánto somos hálito de lo inconmensurable.

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28 Marzo 2017 04:00:00
Buscando amigos
Fue un maravilloso librito –cuyo costo de cinco pesos se convirtió en el primer atractivo– el cual me llevó a comprender los motivos que empujan a las personas a perderse a sí mismos con tal de hacer amigos.

El título, “Jefes, cabecillas y abusones”, fue dado por Marvin Harris, su autor, con un tino impresionante, porque quienes ostentan el poder sumando aliados con manifestaciones de beneficio y ostentosidad caen, irremediablemente, en alguna de estas clasificaciones.

El ser reconocido por el otro se volvió tan indispensable para el humano común en proporción directa a su incapacidad para reconocerse y autovalorarse; se acaba siendo lo que otros dicen que somos.

El tema es profundo y arisco, así no lo parezca, y deriva en una cantidad impresionante de relaciones estropeadas porque quien domina pierde el objetivo de las finalidades que tiene pertenecer a un grupo y ejercer autoridad sobre él.

En el libro de Harris se explica cómo en ciertas tribus un jefe se confirmaba como cabecilla al ofrecer ostentosos festines, incitar a la comida y la bebida, convivir en planos personalísimos hasta llegar al plano del abuso al exigir a cambio, prácticamente, ser los propietarios de los otros.

En el libro de la vida diaria, el poder se sigue manifestando con dominio, con ejercicio de la posibilidad para dotar o arrebatar aunque, a diferencia de los abusones que mostraban su diente y su lanza, ahora se hace con movimientos silenciosos y ocultos.

Hacerse de amigos da fortaleza; ser parte de todos los grupos da seguridad; ostentar fuerza, volumen o cantidad –de lo que usted guste o se le ocurra– legitima una aceptación social. Los jefes, cabecillas y abusones nunca se quedaban solos, pues sin conocer la filosofía de Hobbes, tenían muy claro que apenas dormidos cualquiera les daría un mazazo en la cabeza, incluso uno de esos muchos “amigos”.

En este tiempo los amigos se buscan en grupos de WhatsApp y comunidades de Facebook en donde se dice en voz alta lo que se desea que el mundo sepa de alguien, aunque no sea capaz de deletrear la palabra introspección.

Un alienado de los amigos en masa se basta a sí mismo y atesora a personas de carne y hueso, que no guarda espaldas. Buscar amigos se ha vuelto una trata de blancos, un mercado negro de amor apócrifo; construirlos, es un arte milenario que muy pocos cultivamos hoy en día.

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25 Marzo 2017 04:00:00
Sábado aquí
El sábado toca, eso ha sido una tradición mexicana desde tiempos inmemoriales.

El sábado se plancha previo a pardear la tarde, lo aprendí de mi madre, de Doña Luz, de mi hermana, de mis tías, de Conchita la de Arteaga, de las vecinas y de toda la pléyade de mujeres que han poblado mi historia mediata e inmediata.

Este día tiene color y aroma especiales. Empieza, en realidad, la noche del viernes, cuando se abraza la ensoñación de levantarse tarde, tomar el café con detenimiento y el almuerzo con cariño, pero esa realidad le llega a muy pocos y muy pocas en este país.

El séptimo día se lava el coche. Los hombres hacen un ritual de agradecimiento para ese tótem mueble que los protege de todo mal; le rinden tributo con decididos tallones en los tapetes y embestidas libidinosas contra los sillones empolvados.

Ellos visten un traje ceremonial cuya vistosidad anuncia a cualquiera la profundidad del acto y la religiosidad del momento; cumplir la ceremonia con pantaloncillos cortos y libre el pecho de la camisa profana es el éxtasis de la simbiosis varón-auto-varón.

Las mujeres, en ese día, hacen hot cakes y lavan ropa; se conectan con la lavadora en una manifestación esotérica, durante la cual, las penas de una levitan sobre el entendimiento de la otra y así se comprenden en las cadenas invisibles que las atan a una rutina nunca escrita, pero asumida por un flagelo histórico intangible.

La lavandería es el preámbulo del viaje al súper ?exceptuando a las mujeres a quienes, en el éxtasis de la desgracia, ?las llevan? a las compras el domingo. Surtir la despensa en sábado, al parecer, vino junto con el anatema eterno cuando el hombre fue echado del Paraíso.

El día cierra sin sobresaltos: Visitar a la abuela en visita oficial, una destinada a visitar y no a llevarle a la santa mujer niños por la mañana y recogerlos en la tarde.

Un sábado así nos deja dormir tranquilos, pues es tan claro que el mundo gira como se debe.

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24 Marzo 2017 04:00:00
Un beso así
Pensé que venía a saludarme de beso, pero pasó de largo y fue a poner su queja en la ventanilla. La perplejidad me invadió, porque nadie camina con la trompa parada rumbo a la autora de sus desdichas.

Hasta ese día, no había notado lo protuberante de sus labios, más bien la recuerdo fina y acotada en sus rasgos faciales, toda armoniosa y pequeña. Cuando me percaté de su desdén, caí en esta cuenta a) ahora pertenecía a la tribu etíope de los mursi y se puso un plato en los labios, o b) se inyectó colágeno para emular a la Jolie.

Pero antes que emularla la pasó a amolar, porque ella de Jolie tenía lo que la humanidad moderna de civilizada. Nadie en sus cinco sentidos defenderá que hemos evolucionado cuando nuestras costumbres siguen siendo tan tribales; la diferencia es que nosotros llevamos vestidos y los aborígenes taparrabos. No, perdón, muy seguido también revistas como Hola y TV Notas publican con bombo y platillo chicas con atuendos de monja si se comparan con la desnudez de las mujeres papúas.

Pero no es el encueramiento lo que nos hermana con los ancestros incivilizados, sino la competencia por tener más hoyos en nuestro cuerpo, y conste que no es albur. El otro día vi en la tele un ritual de conquista entre hombres y mujeres zulu: Todos aparecen con las caras maquilladas de colores fantásticos, abren los ojos y boca desorbitadamente para que vean cuán blancos tienen ambos y se mueven en el frenesí de los tambores.

¿Cuál es la diferencia entre ellos y nosotros? Las bodas mexicanas en la actualidad incluyen novios maquillados hasta la ignominia –los dos-, ataviados de formas inusuales en la vida cotidiana y bailando al ritmo que les toque la banda. Estoy hablando de nosotros. En los ritos tribales se perforan por encima de la ceja para colocarse una espina; usan argollas en la nariz y agrandan agujeros en los lóbulos de las orejas. No, señor, ahora estoy hablando de las tribus.

La cosa está así: no hay diferencia ninguna entre esos ritos tribales y las modas vigentes, porque ambos son señas de identidad no consigo mismo, sino con un grupo enorme que dice ser diferente a todos los demás. La pintura en el rostro sigue siendo usada para conquistar o para declarar la guerra, las mujeres no me dejarán mentir.

No he vuelto a ver a mi amiga, pero nada dudo que la próxima vez yo deba torearla con mi chal, pues es muy posible que tenga un aro en la nariz. En todo caso ella podría alegarme la existencia existe una desemejanza entre ambos: los aborígenes salen en National Geographic y nosotros en las páginas de Sociales.

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23 Marzo 2017 04:00:00
Macizo
Un macizo, además de los significados que usted le conozca, es también un grupo de plantas creciendo muy juntas y cuyas flores boyan pegaditas en un festín primaveral para la mirada de cualquiera, esté o no esté enamorado.

Si hablamos de árboles nos referimos a ellos según su tipo: Alameda, olmedo, pinar, por ejemplo. Pero todo depende del propósito con que los estemos agrupando. Yo descubrí uno cuando era niña, lo entendí hasta ahora que soy considerablemente grande y lo enriquecí en este momento cuando me vuelvo mesurada.

La gente del campo decía “pinalito”; a veces se referían al “alamerío” y muchas otras referían un camino señalando un “guayamé”. Con el tiempo comprendí que un pinar no distinguía un grupo de estos árboles comparado con otro; supe que demasiados álamos para ellos no implicaba un sombreado parque, sino una plaga y cambiarle el nombre al oyamel lo personalizaba según la musicalidad de su entendimiento.

Luego de eso, miré la cresta de la montaña y en lugar de distinguir una línea de pinos, pude ver una procesión de camélidos, atados de sus colas uno tras otro, siguiendo la ruta de la Sierra Madre. Ayer apenas aprendí otra forma de agrupar los árboles que se vuelven personales e indispensables, esta me la enseñó Gastón Mirón, un poeta de Quebec, a quien tanto le duele la historia de su ciudad como le gana la poesía de sus árboles.

“Las mareas de abedules”, dice él y luego menciona a “las cofradías de espinetas, de abetos y demás compinches”. No se me hubiera ocurrido una mejor forma para describir esas agrupaciones arboladas sospechosas que de tan juntas se vuelven una.

Además, por si las figuras anteriores fueran insuficientes, coloca sus arboledas bajo “un tropel de estrellas sobre millas de paciencia” y les pone por escenario “un campo espantado de desolación”. Las imágenes que desata este poeta son tan tristes como hermosas, tan bonitas, tan bonitas, pero tan horrorosas, como el monstruo que protagonizaba el cuento que muchas veces me contó, siendo muy niña, mi prima Mini.

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22 Marzo 2017 04:00:00
Formas de recordar
La principal diferencia entre vivir en la ciudad y habitar el campo consiste en los recuerdos y sus maneras. La ciudad deja pasar; el campo, mantiene vivo.

Las distancias en el medio rural son muy grandes: Trasladarse de casa al lugar de trabajo implica hasta cinco horas de camino, porque el trayecto generalmente se hace andando. Cada centímetro parece repetirse entre piedras, tierra, pasto, árboles, gorjeos y murmullos, sin embargo el campesino distingue una cosa de la otra porque la relaciona con las personas que pisaron antes el mismo lugar, con un animal que se perdió aquí y un pino que se quemó acá.

Los recorridos en la ciudad son muy lentos: Trasladarse del lugar de trabajo a casa puede llevar horas, y eso la circulación es en vehículos. Las calles cambian a cada tramo y parecen pedazos de lugares extraños unos a otros; nuevas construcciones aparecen de la noche a la mañana y el asombro se termina al terminar ese día porque nadie tiene tiempo de sembrar pasado en tantos espacios como se ofrecen.

En el rancho la gente sabe con certeza cuándo murió María y cuando nació Betsabé, no hay manera de olvidarlo si fue justo la noche del granizo que tumbó las huertas cuando –presente lo tienen–. Falleció Ismael de pura pena.

En la ciudad el tiempo el vuela y de pronto –porque la televisión lo recuerda– nos damos cuenta de que ya empezó la primavera porque las tiendas cambiaron sus adornos y muy apenas alguien se percata de que es marzo y no hizo frío en el invierno, que los crímenes aumentan y que tenemos 19 años sin Sabines.

En el rancho siguen frescas las flores en el panteón; en la ciudad, las fosas se confunden entre lápidas chiquitas y encimadas.

Qué manera de recordar la del campesino y qué modos tan feos de olvidar tenemos los citadinos.

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21 Marzo 2017 04:00:00
Tres a uno
Doña Quica estudió hasta tercero de primaria; una, dos y tres veces acudió a repasar las mismas lecciones hasta completar nueve ciclos de educación que le dieron nada más –y nada menos- que las herramientas para leer, escribir su nombre con buena letra, sumar, restar y medio dividir.

Un niño del campo con habilidades para el estudio tenía ante sí esa oportunidad: Hacer una escuela única de tres años y repetirlos si le apetecía sin recibir mayor preparación; al mismo tiempo, un pequeño de la ciudad hacía los mismos nueve años con los siguientes aprendizajes: moral práctica; instrucción cívica, lengua nacional, incluyendo la enseñanza de la escritura y la lectura; lecciones de cosas; aritmética; nociones de geografía; nociones de historia patria, dibujo, canto, gimnasia, labores manuales para niñas, instrucción cívica, lengua nacional, nociones de ciencias físicas y naturales, nociones de economía política y doméstica; aritmética, nociones prácticas de geometría, nociones de geografía, nociones de historia general; dibujo, caligrafía, música vocal, gimnasia, ejercicios militares, francés e inglés.

La diferencia es evidente y el impacto social para cada uno de los niños también lo fue no solo para ellos sino para el país que, de muchas maneras, ha relegado a quienes viven en el medio rural por accidente, necesidad o decisión. De la educación indígena en la época infantil de Doña Quica ni hablar: No existía.

A las comunidades las distingue su cultura y esta se construye sobre la tradición y el pasado inmediato aprendido para sujetar al individuo a un grupo que le dé pertenencia; la educación es la vía para esa construcción. Si hay individuos que no tienen acceso a la escuela como tal, tampoco lo tendrán a la comprensión de sí mismos.

En San Cristóbal de las Casas hay una Escuela Normal para jóvenes indígenas, quienes son preparados a fin de ser los profesores de primaria en escuelas ubicadas dentro de comunidades indígenas. Ellos van a educar a los pequeños quienes aprenderán su cultura y su identidad; sin embargo, esos futuros docentes cargan con el peso de la no educación y la no cultura propia, pues al preguntarles cómo se definen frente a quienes no son indígenas, ellos dicen que su cultura es la extraña, la otra, la mestiza, la verdadera.

Doña Quica murió pensando que la escuela tenía nada más tres años para los niños del rancho porque eso era lo que les correspondía por haber nacido allá.

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10 Marzo 2017 04:00:00
Desde aquí
Viajar por carretera es una historia contada, hoy el día, en imágenes públicas y evidentes. Ver viajar a alguien en la carretera es una narración fantástica e imposible.

Vivir cada acontecimiento del camino dentro de un vehículo es ser testigo de la verdad invulnerable de un viaje; ver a la distancia los autos circulando es una oportunidad para imaginar cualquier posibilidad de hechos reales.

A la distancia, el conductor de un camión doble rodada está vestido con una playera cómoda de algodón y un pantalón caqui. Escucha cierta estación de radio ubicada en cualquier parte del país desde donde transmiten baladas en inglés o música country. Del espejo pende una fotografía pequeña de una niña sonriente abrazada por su madre; en la caja se aprieta un cargamento inocuo de papelería.

El otro vehículo es conducido por un adulto joven, distraído con las sombras de la media tarde y más atento a sus planes de aterrizaje que a la música que se perdió hace rato en el reproductor usb conectado al tablero. Ataviado con ropa casual, el hombre tiene buen gusto y transpira un perfume costoso y seductor. Le acompaña su teléfono celular, una tableta y la práctica maleta negra.

Enseguida aparece una camioneta doble cabina, en donde viaja una familia de cuatro personas. Todos algarabía se comunican deficientemente debido a la efusividad del momento, considerando que es el inicio de un paseo planeado hace tiempo. Sobre el auto se dibuja un maletero relleno con los planes de niños y adultos para descansar los próximos cinco días.

Hay muchas realidades simultáneas: mientras mis historias perfectas con final feliz se escriben sin interrupción, bien el camión es tripulado por un descuidado conductor que guía materiales peligrosos a un destino fatal; el segundo es un delincuente con corbata, y el tercero, una mujer desolada que huye de su propia verdad.

Como puede ver, mi verdad vista desde aquí es mucho más bella.
09 Marzo 2017 04:00:00
Historia de un árbol
Desconozco si fue primero el pirul y después la casa; más allá del orden, uno daba sombra a la que le otorgó calor y viceversa, un trabajo de equipo perfecto para su subsistencia y para nuestra memoria.

Los pirules, todos los saben, tienen usos múltiples: Sus semillas hacen de pimienta rosa; su altura se convierte en mirador para los niños; los brazos son guaridas y las hojas sombrilla permanente; las ramas remedio y el olor aliciente y veneno.

Este pirul era, además, el lugar mítico en donde toda clase de seres podían manifestarse. Formaba un triángulo con el cuarto enorme en donde dormía un ejército de nietos y la cocina desde la cual emergían olores irrepetibles en la ciudad.

Su altura siguió siendo imponente, así yo fuera ganando centímetros cada año de vacaciones, cuando trocábamos nuestra vida urbana por una rural y mucho más emocionante. En sus brazos se paraban toda clase de aves canoras durante el día y cualquier suerte de misterios en la noche.

Antes de asimilar la bondad de la mujer que vivía ahí, creí las versiones de mis primos acerca de su brujería, de cómo por las noches, convertida en lechuza, volaba para posarse en las ramas y atisbar por si algún niño osaba salir del cuarto.

El cuarto, como quiera que sea, era un resguardo seguro: Amplio, oloroso a tierra de adobe, ornado con calendarios cuyas imágenes narraban historias de rancheros y sus mujeres hermosas ataviadas con trajes impolutos. Contra la puerta de madera, astillada, golpeaban las sombras del pirul durante las noches con luna; se mecían despacio, sin hacer mucho alboroto.

Alguna vez estuve a punto de corroborar la versión familiar. Junto con las ramas, se proyectó la sombra de un ser vivo, pequeño para ser humano y grande para considerarse pájaro. Se movía despacio, sigilosamente, sin alcanzar el extremo. Desperté a mi prima y en ese momento ella también creyó su propia historia. Se hizo un alboroto dentro del cuarto: Unos gritaban, otros se arrinconaban en la esquina; los mayores trataban de ver hacia afuera por las rendijas de la puerta.

Por encima de nuestro ruido tronó la voz de mi abuelo gritando en el patio: “Gato condenado, ya te metiste otra vez a la cocina”, dijo y todos estallamos en carcajadas, mismas que, seguramente, todavía pueblan las paredes de esa casa y ese pirul, aún vivos, aunque ahora ajenos.

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08 Marzo 2017 04:00:00
Viudo de Nueva York
Cuando las promociones en tu Facebook pasan de vacaciones en la playa a viudos norteamericanos puede implicar dos cosas: La tercera edad está a la vuelta de la esquina o tu madre está “hackeando” esa cuenta.

Sería por demás interesante saber cómo los hackers hacen para mantenerse al tanto de nuestras vidas, su evolución, altibajos y aspiraciones. No tengo ninguna duda sobre su amplio conocimiento de cada terrícola usando redes sociales.

Cuando empecé a usar Facebook me aparecían incontables anuncios ofreciendo becas en el extranjero, estudios de maestrías innombrables en países impronunciables. Comunidades de adultos jóvenes me sonreían desde hermosas postales europeas tentándome a salir del lugar en donde cómodamente me he instalado.

Algunos años después abundaron en la mercadotecnia virtual los comerciales sobre comida saludable, recetas exóticas, vinos afrodisiacos, ropa ajustada y viajes a los paraísos no soñados siquiera por los fotógrafos de National Geographic.

Posteriormente fueron sustituidos por innumerables marcas de ropa elegante, empresarial, moderna, sí, pero con largos conservadores y colores sobrios; los accesorios ofrecidos consistían en elegantes y discretísimas bisuterías, además de zapatos cuyos tacones disminuyeron con el pasar del tiempo de 15 a 8 centímetros.

El acabose empezó hace un par de meses, cuando los vestidos se tornaron largos, oscuros y de cuellos altos; los zapatos ahora son ortopédicos y, lo más grave, me llueven solicitudes de amistad provenientes de viudos norteamericanos, jubilados del Ejército, amorosos, buenos partidos y, lo más probable, falsos.

Inicialmente me preocuparon esas solicitudes por sus derivaciones con la edad: Ya no me buscan apolíneos hombres –nunca lo hicieron, creo- sino caballeros que conocen mi avanzada edad. Luego pasé a un miedo genuino: Si sus perfiles son falsos, tal vez quieran chantajearme de alguna manera, quizá haciendo públicos mis videos en pantuflas cuando estoy en casa, o tal vez mostrando a mi marido cómo paso horas viendo la foto de Palito Ortega en sus mocedades.

Ya no sé ni qué pensar.

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07 Marzo 2017 04:00:00
Depresión circular
Las mujeres gozamos de una ventaja enorme sobre los caballeros en lo que a combatir la depresión se refiere. La paradoja aquí es cómo esa tristeza circular se vuelve la serpiente comiéndose a sí misma.

Salir de compras será siempre el número uno en la lista. No hay mejor remedio para una tristeza profunda que sentir cuánto es posible transformarnos para dejar en la otra, la mujer del pasado, la depresión y llevar ahora la esperanza en la frente. Esto sucederá siempre y cuando tengamos suficientes recursos, en efectivo o electrónico.

Descubrirnos carentes de recursos provoca una importante depresión porque, además del detonante inicial, ahora deberá agregarse el estigma de la pobreza. Se hace entonces necesario recurrir a una segunda opción remedial.

Charlas con las amigas viene a colocarse en un segundo y muy relevante lugar. Coincidir en una cita relajante y relajada, sea en un lugar público –vetado en caso de extrema pobreza– o en casa, promete abrir la puerta a la esperanza. Esto sucederá siempre y cuando las amigas tengan tiempo suficiente entre su trabajo, su familia y sus estudios, considerando que, hoy en día, casi todas hacemos todo eso.

Encontrarnos como la única persona con tiempo libre, quiere decir: a) no tenemos empleo –claro, por eso estamos pobres– b) estamos solteras y sin hijos, c) no estudiamos nada, d) todas las cosas anteriores juntas. La depresión que esto dispara requerirá ayuda profesional.

Iniciar una actividad deportiva ocupa el tercer lugar. Está en tal sitio porque exige bastante fuerza de voluntad y cierta autoestima: Una arrastra su tristeza por la pista en tanto otras chicas perfectas zumban a nuestro lado con ligereza de gacela. Ellas, además, están vestidas con ropa especial para no sufrir calor ni frío, para sentirse cómodas, soportar bien la columna y sus pies; usan protectores solares de muchos y FPS, incluso algunas trotan con cierto maquillaje que se aferra a sus rostros delgados sin una gota de sudor. Bueno, como pueden ver, todo esto generará otra depresión irresoluta de la cual no saldremos ni yéndonos de compras.

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04 Marzo 2017 04:00:00
Alí Babá y las verduras
Abrir la cueva de Alí Babá era hazaña destinada a un hombre inteligente; encontrar la manera de sacar la espada Excalibur, incrustada en una piedra, fue honor para un gobernante; correr los velos del misterioso universo estuvo asignado al mayor de los profetas. Abrir las bolsas para verduras en el súper mercado está a la espera de arúspice, vidente o zahorí.

Las expertas en el tema han desarrollado una buena cantidad de metodologías para lograr, con éxito, introducir en las bolsas plásticas las verduras que ofrecen los grandes almacenes. Las bolsas son gratis, lo que cuesta es dar con el derecho y el revés de cada una, un precio que muchas personas no están dispuestas a pagar.

El revolucionario y contaminante sistema de la bolsa plástica dio al traste con el romántico paisaje mercantil del papel revolución, el cual, a lo largo de 100 años, jamás dio problemas tan vergonzantes como la imposibilidad de abrirlas o hacer malabares en público para lograr sus favores.

El primer y más antiguo sistema consistía en aprovechar los recursos propios de la persona: dedo índice y salivita. En una época cuando el recurso era útil para hojear un libro, peinar a un niño o amansar las cejas, no fue criticable; pero cuando aparecieron las sospechas de poca higiene o contagios inesperados, quedó anacrónico.

Tallarla entre sus propias partes fue cierta opción exitosa en tanto no se inventaron, a fin de economizar, los materiales súper delgados que se adhieren a sí mismos con un narcisismo casi tan grande como el de Salvador Dalí o Melania Trump.

Lo de hoy en estos días consiste en mantenerse cerca de los refrigerados y tocar, con estilo y delicadeza, la humedad de las berenjenas o el hielo de los botaderos para así, con cierta facilidad, hacer presión y generar la tensión necesaria para lograr el cometido que, en palabras llanas, consiste en abrir la condenada bolsa para echar en ella las zanahorias.

Todo está en fase de prueba, nada se ha patentado todavía. Si usted recaba experiencias una vez por semana, haga un favor a la sociedad y divúlguelas sin tardanza.

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03 Marzo 2017 04:00:00
Galletas asesinas
Veinte centavos era un puño de galletas de animalitos; comprarlas por bolsa, una semana completa con la gula infantil cubierta con creces.

Además de las de animalitos, comíamos otras pequeñas y panzoncitas bañadas con gragea; unas más estaban glaseadas en colores rosa, amarillo y azul brillante. Podían adquirirse sueltas o conseguirse en los bolos que tenían a bien darnos los padrinos en las levantadas.

Ahora sé que esas galletas matan, como matan también los caramelos duros, los suaves, las gelatinitas en envases minúsculos, las gomitas, los huevos esponjosos en tonos fosforescentes. Saber demasiado seguro me va a matar.

En los años cincuenta la talidomida, presentada como un inocente sedante y antiácido, provocó millones de malformaciones en los bebés que nacieron en esa época. Luego, hace dos décadas, el país entero se alarmó al conocer el riesgo de usar barro pintado por resultar, la tintura usada, cancerígena.

El desconocimiento sobre los riesgos implícitos en los utensilios de uso cotidiano, en la comida más rutinaria que se llevaba a la mesa provocó enfermedades impensables, muertes innecesarias, confianza excesiva. La pregunta ahora sería si, conociéndolos evitaríamos el uso.

Las frituras, los chetos en particular, están fabricados en gran parte con petróleo. Esa información circuló y fue confirmada hace 10 años; este producto sigue vendiéndose en variedades multiplicadas que chicos y grandes engullen con singular alegría.

Así las cosas, si antes el problema era no saber, saber demasiado igualmente acabará por matarnos.

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02 Marzo 2017 04:00:00
Nota o mito
¿Cómo identificamos un programa de revista? En la escuela de periodismo nos enseñan toda clase de publicaciones, su clasificación y sus clasificadores. Claro está; hacen énfasis en la posibilidad de encontrarnos algunas eclécticas, ya liberadas o no muy bien definidas.

El asunto es este: hoy sería imposible definir con precisión el carácter de los medios, principalmente de los electrónicos. Una rápida solución sería llamarlos a todos de revista; así, diremos que un programa de revista es aquel que analiza el asunto de Carmen Aristegui y, a un lado, da consejos para controlar el berrinche de un bebé.

Cuando yo era una novel reportera –siempre teníamos el cincel a la mano por si había algo para escribir–, las secciones de los medios impresos estaban tajantemente delimitadas, no había duda alguna que Sociales era sociales, Locales, locales y Política, política. Hoy es común encontrarnos a políticos socializando en planos locales y gente local politizando en medios sociales.

Wikipedia nos ayuda mucho a seguir sin entender la mezcla de notas. Dice así:

•Una revista, magazine (por su denominación en inglés) o magacín es una publicación de aparición periódica, a intervalos mayores a un día.

•Hoy es uno de los medios escritos más vendido, diverso y consultado tanto por jóvenes como por adultos, mujeres, ancianos, científicos, profesionales o no; cuyo requisito mínimo de comprensión la hace un artículo de fácil uso y difusión.

•Se compone de una variedad de artículos sobre varios temas o alguno en específico.

•Las revistas se clasifican en: Especializadas, informativas, de entretenimiento y científicas.

Ahora vayan a ver las ediciones electrónicas que nos lanza y Google apenas los abrimos. ¿A cuál clasificación pertenecen? Vaya, hasta la fecha no he podido determinarlo y les cabe casi cualquier adjetivo de la muy famosa Wiki.

La definición de revista cambiará muy pronto, debe hacerlo, porque de otro modo este tema de los medios de comunicación y los géneros periodísticos, que es un tema muy abordado en la educación básica, será como una clase de mitología.

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01 Marzo 2017 04:00:00
No lo hice yo
Hoy no escribiré yo, sino ustedes. Ustedes son los autores porque están representados en el contenido. Este contenido fue aportado por un grupo de personas que, se supone, son una muestra de lo que son ustedes: Miembros de esta sociedad la cual, a veces, habla un idioma que parece diferente al nuestro.

Tuve la encomienda de hacer algunas propuestas para la educación en México. Me organicé con seriedad y me fui pensando en los grandes edificios de progreso que podríamos lograr si cada quién ejercemos, con eficiencia, el papel para el cual fuimos elegidos.

Obtuve respuestas. No todas fueron las que esperaba: A cada uno de mis planteamientos encontró una contraparte interesante de la que todos somos partícipes. Aquí se les comparto la experiencia.

A mi propuesta de progreso individual para alcanzar bonanza en equipo, consistente en riqueza espiritual y material, por qué no si hay quién la disfruta, me topé con este muro: Una gran parte de la población mexicana sostiene el ideario de la pobreza como un vínculo directo con la eternidad; ambicionar una mejor posición económica acaba por ser entre criticable y pecaminoso.

Luego pensé en ofrecer modelos que llevaran a buscar la ciencia como un vehículo de bienestar social, un modo de acrecentar la ética en todo el país; encontré otro muro: Los valores que legitiman los medios de comunicación están más apegados a la ejecución de un milagro que a la estimulación de actuar para lograr algo.

Después ideé un sistema para que la cultura acrecentara el interés por aprender sin dejar de lado nuestra identidad; este muro me salió al paso: Los acontecimientos culturales que legitiman los medios no tienen nada qué ver con un pensamiento crítico en realidad magnificar los XV de Rubí ha sido más trascendental.

Finalmente imaginé las formas para estimular a los estudiantes, quienes tienen presente que su este momento es para crecer en espíritu y mente dedicándose a prepararse para competir en cualquier campo; un gigantesco muro detuvo mi paso: Las leyes protegen y benefician, hoy por hoy, significativamente más a una adolescente que se embaraza que a una quien no lo hace.

Todos esos muros nosotros los hicimos y los estamos pagando.

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28 Febrero 2017 04:00:00
Sí parece
Mi ensortijado cabello no siempre ha sido así, tampoco lo será siempre. Si a menudo parecen los rizos descuidados de Anita la Huerfanita, otros días se asemejan a los que lleva Bellatrix, la de Harry Potter, en su indescriptible melena.

Las pocas ocasiones cuando he logrado darle forma, matiz, brillo, acomodo, largo y posición han sido históricas, no sólo por el triunfo sobre la rebeldía ingente que habita mi cabello, sino porque el comentario siguiente es obligado: ¡Ay, se te va tan bien que hasta parece que te lo enchinaste!

Enchinarse el cabello una lacia es para parecer rizada natural, al menos eso es lo que yo asumí toda mi vida hasta que conocí a las mujeres conocedoras de las más modernas tendencias de la moda capilar.

La vida ha revolucionado tanto nuestra percepción, que hoy por hoy, lo que fue hermosamente natural parece asemejarse a lo perfectamente artificial. Mi cabello sólo fue un pretexto para abordar el tema, pero este asunto se extiende a una cantidad impensable de la anatomía humana expuesta a estas comparaciones: Si es hermosa, seguro es artificial; si fallida, fatalmente natural.

Ayer mismo conocí la obra de Alexa Meade, una joven pintora norteamericana quien se dedica a realizar su pintura sobre el cuerpo humano con el único fin de hacerlo parecer parte de un cuadro plástico. Es increíble lo que logra sobre las personas, que son en realidad su lienzo, a quienes se les puede confundir con personajes de cartones o pinturas impresionistas.

Antes de Alexa Meade estábamos fascinados con los hiperrealistas capaces de engañar a nuestra vista mezclando objetos en tercera dimensión con imágenes pintadas por ellos sobre papel. Es decir, el mundo se esforzó lo suficiente para hacer parecer vivo lo inanimado que hoy pasó de aquietar lo viviente.

Así somos de veleidosos.

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25 Febrero 2017 04:00:00
Lo que enseño
Desde que Platón instauró la significancia de enseñar y sus acotaciones, a la fecha, aún no nos ponemos de acuerdo. Algunos discuten todavía si debemos seguir a Rousseau y dejar que los niños sufran el aprendizaje como un escarmiento. La misma Real Academia aún lo define como amaestrar con reglas y preceptos, en su primera acepción.

Como sea, la raíz sigue siendo la misma: Enseñar nació de insignare, que quiere decir señalar. Cuando alguien aprende algo de nosotros, lo dejamos señalado, por decirlo de alguna manera. El asunto es cómo llegar a ese punto sin que la marca escueza como fierro de caballo.

Los derechos humanos nos marcan un procedimiento de observación, comparación, consulta, espera, escucha, tolerancia y vuelta a empezar. Estamos hablando del aprendizaje de las cosas de la vida. ¿Cómo podremos ser significativos para nuestros hijos, por ejemplo?

Hablar con ellos no funciona siempre –no existirían los sicólogos–, castigarlos está en desuso –de ahí el origen de la CNDH que ahora prohíbe hasta la proverbial nalgada–, dejar que aprendan de sus errores nos parecerá siempre muy riesgoso –y aquí debería mencionar la existencia de la Policía–.

Tal vez las propuestas de la Reforma 2006, criticadas como cualquier otra cosa nueva, contengan ideas valiosas para aplicar dentro y fuera del aula, porque a fin de cuentas es uno de sus principales cometidos y, como resultado de reflexionar en ella, esto digo.

Se trata de enfrentarlos al problema, pero no en una enseñanza física, como lo hacían en Samoa, sino que a partir del análisis de una situación real, pongan frente a sí todas las posibilidades que los involucren, tanto a ellos como a sus cercanos.

La pena de muerte a violadores, por ejemplo. Si hacemos debatir a un grupo sobre el tema, tendremos de inicio una respuesta de catálogo, mas si cambiamos el panorama al suponer que alguien de su familia fue el o la violentada; la respuesta será otra. Y si aparece en escena que el agresor es una persona que vive en su casa, su padre tal vez, entrarán en un análisis personal y de consideración que no viene sólo en las páginas de los diarios ni en los comentarios de televisión, porque los medios son eso, medios para que nosotros lleguemos a un punto.

El aprendizaje –resultado de la enseñanza– por haberse enfrentado a todas las vertientes de una situación, podría darse significativamente sin necesidad de escribir toda una mañana o presentar un examen de opción múltiple. Quizá sea una buena manera de dejar nuestra señal como maestros, padres, hermanos o hijos, porque nunca se acaba de aprender.

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23 Febrero 2017 04:00:00
Abrácela
En retrospectiva, la suma de las ocasiones cuando quisimos abrazar pudiera ser menor al resultado de cuántas pudimos odiar. El resultado numérico viene en segundo plano, en realidad, mi morbo se mueve a saber las causas.

¿Por qué deseamos abrazar? Las respuestas permearán entre motivos físicos -tener frío, sentirse amenazado-, o bien, emocionales -añorar, amar-. Es probable que contestemos cosas muy parecidas si nos cuestionamos sobre las razones por la cuales sentimos rechazo a mostrar ese acercamiento: Porque nos provoca frío o nos da miedo; porque no lo amamos ni, mucho menos, deseamos.

La probabilidad dicta que a estas alturas usted acumuló una buena cantidad de imágenes mentales abrazando o desabrazando a igual número de personas. Así es de anticipada y curiosa, porque, en realidad, no me he referido, hasta ahora, a ese tipo de abrazos.

Más que abrazar, atropellamos el enamoramiento: Sale por los ojos, las manos la sonrisa; nos mantenemos asidos a la esperanza con energía evidente; rodeamos a la promesa con actitud determinada. ¿Qué le pasa a nuestros brazos ante el dolor, el odio, la ignominia?

Aprendí a abrazar la melancolía durante mi adolescencia. Valoré sus andaduras por mi vida cuando me di cuenta de que esta no iba a ceder a mi capricho de exiliarla, que no iba a disminuir por mandato mío y duraría justamente lo que iba a durar antes de anunciarme el alborozo. De la misma manera, enteré cuánto el alivio viene contenido en el dolor.

Me inventé recursos para la espera, cosas como compara un estado emocional difícil con la fila en el banco: Larga, pero se terminará al fin. Domado el rechazo, entonces, abracé mi melancolía con fuerza, me enseñé a disfrutarla y darle rienda suelta hasta agotarla, entendí cómo amarla y, al mismo tiempo, hacerla mi protectora frente a la amenaza.

Así, ahora le puedo decir que abrace su tristeza porque, créalo o no, tarde o temprano se irá.

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22 Febrero 2017 04:00:00
Facilito
Mafalda, la de Quino, se molestaba porque usaban a los niños para definir a las mujeres tontas, esto aludían a procedimientos tan sencillos que hasta un niño podía hacerlo. Pero la situación se complica cada vez más, no porque ya los chicos ya no sean capaces de tal o cual, sino porque esos niños pueden hacer cada vez más cosas que ninguna mujer, ni tonta ni inteligente, pudiera.

En algún momento de la historia las cosas llegaron al extremo: la mujer inhábil se transformó en el niño y a partir de ahí, todos los aparatos domésticos fueron hechos pensando en sus manitas inocentes y esa mente endemoniadamente ágil. Es más, adivino cuántos chiquillos fueron contratados para “testear” las nuevas producciones de Mabe e Easy. ¿Y que pasó con las damas verdaderamente mastuerzas, como yo? Pues nos comió el león.

Bueno, hasta la cafetera tiene ahora dedicación infantil, pues implica un conocimiento amplio de lo programable y la ralentización del tiempo. Así he trazado mi vida en dos etapas anuales: las de vacaciones y las de escuela. Cuando no hay niños a la mano, porque andan de paseo, me abstengo de un despertar oloroso a café luego de una noche previa cuando acabo tomando diazepam tras de la batalla con el aparato que ni me dio la hora, ni hirvió el agua ni, claro está, me dio café.

El aparato de sonido es un caso. Tiene la función perfecta para levantarlo a uno con la música preferida. Del reproductor no me puedo quejar, pues, al fin y al cabo, cumplió su cometido: nunca pudimos programar el control para que encendiera a las 6:45 A.M tocando a Juan Gabriel, pero cada mañana mi marido acaba “haciéndose de palabras con la máquina” y yo me levanto ipso facto.

Lavadoras y pantallas planas entran en el conjunto de aparatos hechos para niños más listos que sus madres. No le relato a usted lo difícil de presentarse uno con ellas, sino tan sólo la hazaña de encontrarles el derecho, porque parecen igual de frente que detrás y los botones están camuflados en coordenadas secretas, cuya ubicación se omite en el instructivo porque ¡vamos! hasta un bebé sabría donde están.

El fenómeno no es tan reciente. Bien recuerdo cómo, hace algunos años, en una ciudad de la frontera, fui a la lavandería y en lugar de ponerle las monedas a la lavadora, le pagué el doble a un chiquillo que correteaba sin descanso. En cada vuelta de ida programaba una carga de 5 kilos; en el regreso, la ponía a secar. Salió caro sí, pero yo salí con mi dignidad impoluta dejando ver cuán preocupada estoy por ayudar a la niñez mexicana.

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21 Febrero 2017 04:00:00
De colores
Su nueva foto de perfil muestra su más reciente evacuación: Rosada por demás, brillante, las tonalidades fosforescentes pelean por destacar entre el repositorio tan indeseable para tan bella obra de arte.

Adorar el excremento humanas no es cosa nueva: A lo largo de la historia se han usado como estuco para la construcción, mascarilla para la cara, medicamento para los sustos, ingrediente para los amarres amorosos, estimulador del folículo capilar, en fin. Cada cultura le ha encontrado utilísimas aplicaciones.

Tan antigua es la veneración esta como, por hace comparación, perforarse las orejas, los labios o impensables partes del cuerpo. Las mujeres de National Geographic, exhibiendo toda la tradición en sus atuendos, a menudo compiten con las expuestas por Hola en las páginas sociales y de diseñador.

En conclusión, estas prácticas discutibles ni son nuevas ni están extintas, se siguen presentando en la cultura moderna aunque en versiones y empaques diferentes. O, como en el caso de las heces en boga, en colores y sabores muy variados.

Cuesta más o menos 300 pesos darle tonos llamativos y combinables al excremento. Los colorantes vienen en pastillas muy fáciles de digerir y cuyo precio no representa ni una mínima parte del gran divertimento que parece estar generando en la gente hoy en día. Tómese, espere, vaya al baño, evacue y verá que cosa tan hermosa.

Considerar perfecta la naturaleza humana es un atributo de nuestra especie, dotada con la capacidad para valorar, distinguir, discernir y discrepar. Gracias a la Madre Naturaleza quien nos distinguió de otras especies incapaces de reconocer lo hermoso y diferenciarlo de lo bizarro.

Pintarse las uñas tiene su origen entre los cazadores; entintarse la cara nació entre los guerreros; perforarse la piel viene de los sabios. Pero colorearse la popó no ofrece un antecedente histórico, antropológico, etnográfico. Definitivamente, si queremos explicarnos la razón por la cual los chavos hoy pintan su caca, tendremos que consultar un libro de sicología.

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17 Febrero 2017 04:00:00
Siete años no es nada
Hace siete años escribí este artículo para esta misma fecha. Lo encontré, lo releí y me solacé al ver que los regalos de la vida a lo largo de 49 años han sido de ésos que nunca se van.

En el pasado, la edad era sinónimo de sabiduría. Los viejos representaban la verdad y el sentido de un pueblo, daban identidad a los suyos, pues eran los vasos preservadores de una tradición que distingue de los otros.

Así como hay quienes han dedicado su vida para indagar sobre los procesos de la memoria y el olvido, también alguien debió registrar la fecha precisa cuando los años se trocaron en exactamente lo contrario de lo que eran: Pasaron de ser orgullo a dar pena.

Aún hay sitios, principalmente en el campo, donde presumen tumbas en las que yacen hombres y mujeres cuasi centenarios que llevaron su vida con energía y decisión hasta el último momento. Pero este valor está en extinción hasta en esos sitios.

Uno de los inolvidables viajes de mi vida fue el que hice a la sierra lacandona, en Chiapas. Hablé largo con Chan Kin viejo, su líder espiritual, quien con 103 años se mecía en la hamaca, orgulloso de haber conservado a su pueblo libre de la corrupción citadina y su única preocupación, en ese momento, era que Quisin, su dios del inframundo, hubiese estado atento a sus buenas acciones y no lo convirtiera, luego de muerto, en serpiente o en gallina. Murió unos meses después y no se dio cuenta de que, al otro lado del río, la mitad de su gente vestía ropas cortas y ajustadas, chicos y grandes consiguieron televisiones a cambio de un pedazo de tierra; las mujeres tenían todas el mismo rojo en los labios y en las uñas: Nadie era diferente ya, pues habían maquillado su esencia.

En el libro Los Nuevos Dioses se narra la historia en apariencia fantástica de un grupo de científicos que encontraron la forma de cambiar cuerpos. Hombres mayores y poderosos acudían a sus clínicas frente al mar y “escogían”, de alguna manera, el cuerpo que deseaban tener. Los cirujanos “instalaban” la cabeza de sus clientes en una anatomía joven que les permitiera seguir con sus excesos del pasado, sin embargo debían conservar el conocimiento acumulado en sus cerebros. El final es más trágico de lo que puedan suponer, pero alguien debe haber tomado la idea y la estará procesando. El mensaje es simple: Para seguir siendo nosotros requerimos conservar lo que hemos visto, aprendido o puesto en práctica, el asunto es que esos datos no sólo se guardan en la cabeza: ¿Cómo es que recordamos el tacto de alguien, el olor de nuestra madre, la sensación de amor en el estómago o el sobrecogimiento que debilita las piernas?

Somos los años vividos y quererlos es amar nuestra propia historia y sus actores. Ayer cumplí 42 (hoy 49) y estoy abriendo apenas un capítulo más de esta narración inconclusa en la que muchos de ustedes tienen diálogos importantes.

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