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Dalia Reyes
Dalia Reyes
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17 Junio 2019 04:02:00
Perita
En tiempos de futbol, todo mexicano es un comentarista experto; cuando el viaje consiste en circular por las atestadas calles citadinas, cualquier conductor es avezado ingeniero en tránsito; si se trata de atender urgencias infantiles en la casa, una madre cuenta con la más alta certificación de enfermería.

Visto así, quienes mejor hacen un peritaje de algo somos todos los que en nada somos peritos.

Si perito es el entendido o experto en algo, determinemos cuándo se es lo uno y cuándo lo otro. Entendido en algo es quien tiene grandes conocimientos de una materia específica, especialmente de una rama determinada de la ciencia, la técnica o el arte, según dice el diccionario.

Para experto, refiere a quien es muy hábil o tiene gran experiencia en un trabajo o actividad.

Un conductor, por dar cierto ejemplo, podría dejarse llevar entre los brazos del GPS, cuya programación fue hecha a pie juntillas para resultar infalible.

Sin embargo, es el propio individuo al volante quien salvará la vida si determina mayor o menor riesgo, poca o mucha oscuridad o sencillamente un cambio repentino de sentido por la fiesta de San Miguel Arcángel. Esto es, a mi ver, ser entendido en algo.

Para justificar la habilidad ciudadana, me sirve el sempiterno ejemplo del burro y el camino: cuando un ingeniero cuestionaba a indígenas o campesinos cómo trazaban los caminos, sus instrumentos de medición y cálculo de riesgos, aquellos contestaban con sencillez que todos bastaba con soltar a un burro y seguir su ruta. Quizá no haya sido las vías más cortas, pero sí las más seguras.

Sean guías de calidad en los restaurantes, eficiencia de servicios para el hogar, funcionalidad de marcas, resistencia de asientos automotrices a las familias mexicanas, alimentos que no causan gases a las mascotas, en fin, la vida diaria tiene tantos peritos como quienes la vivimos.
15 Junio 2019 03:50:00
La realidá
La lengua que le pertenece a Niurka posee la coloquialidad aguda de terminar con un acento inexistente. Hoy le tomará en préstamo una palabra cuya definición no puede ir en la forma tradicional: “Realidad” es cosa o hecho real, lo efectivo; en cambio, ya escrito en cubano, se dice “Realidá” porque mi queja hoy requiere una melodía agresiva, pronunciada con la tilde nítida. Todos estos prolegómenos son para pedir respeto a mis derechos de turista: exijo ver cada sitio del mundo tal cual los muestran en las fotos.

Quiero ir a la parte del Cañón del Sumidero que sale en los promocionales turísticos; viajar en la única clase los que pasean en tren panorámico para el comercial de televisión; quiero al guía políglota, el paquete con alimentos y las entradas cubiertas.

Sé que merezco ver a la Gioconda a una distancia pertinente para la vista de un humano con más de 40 años; tomar cocoa caliente frente a un ventanal interminable después de esquiar en manos del más famoso entrenador; conocer -no solo pasar- por los 15 puntos de interés incluido en un paquete viajero por Europa cuya duración apenas me permitiría conocer la mitad de Morelia, Michoacán.

Me asumo capaz para nadar en un mar límpido; bailar sobre una explanada principal libre de vasos y olotes; disfrutar de nuestros centros arqueológicos a la misma cercanía de donde se sientan nuestras autoridades; acceder a eventos gratuitos en calidad de persona y no cual ganado vacuno.

La realidad es que hoy podemos conocer más sitios hasta hace poco anónimos; la realidá consiste en que saber de su existencia no otorga una entrada en automático con todos sus privilegios. La maravilla anunciada en la televisión cuesta más, ya se agotó, está reservada o solo se mantuvo pulcra durante la filmación.
13 Junio 2019 04:00:00
Qué hago ahora contigo
El título es evocación de un tema hermosísimo compuesto por Silvio Rodríguez. Si bien, él envía un mensaje de profundo amor a su pareja, yo hago la pregunta literal a ciertos objetos cuyos servicios prestados durante el año 2012 fueron invaluables.

Es difícil botar a la basura lo que nos acompañó en un trayecto de la vida creando un apego bien intencionado, una relación simbiótica, como la del zorro y Principito.

Mi calendario de cocina, por ejemplo, lo compré seducida por las atractivas fotografías representativas en cada mes. No eran modelos en bikini, sino salmones rosados y desnudos, tamales envueltos en sugerentes hojas, lechugas desbordando frescura y disposición.

No preparé ninguna de las recetas, pero se veía muy lindo pendiendo al lado del refrigerador. Es aparatoso para guardarlo ahora, pero muy bello para desecharlo; no sirve para consultar la fecha y charolea con el sol, pero la inversión hecha no fue poca.

Otra pieza difícil de largar es la agenda. Los impresores se esmeran más y más en crear bellísimas portadas; la de este año es una con motivos tribales, cuyo fondo sicodélico abunda en verdes, rosa mexicano y naranjas tornasoles, como cualquier atuendo Niurka, y en su interior tiene grecas dibujadas y contiene tarjetitas con adhesivo. Solo pensar que me quedan seis meses de relación con ella me da escalofríos.

Debo confesar que los lentes del año 2000, cuyos aros hacían de ceros, aún permanecen en una cajita brillante, en el fondo del guardarropa. Justo cuando quise tirarlos, apareció en la tele un comercial del IFE recordándome que si mi afiliación fue cuando usé esos anteojos, estaba yo bastante mayor”.

Consideraré la posibilidad de hablar a los conductores de esos programas en donde dos desconocidos vienen a casa y venden en la cochera los sobrantes que habitan nuestros domicilios, aunque, cabe aclarar, no soy acumuladora, sólo una mujer muy querendona.

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11 Junio 2019 03:50:00
Poder con eso
En el suicidio número 20. Otro adolescente murió por voluntad propia. No dejó una nota, pero la abuela afirmó que en el último enfrentamiento con él decidió retirarle el teléfono celular. El muchacho se colgó: si no pudo con esa tontería no iba a poder con la vida, fue un juicio generalizado ante la noticia colocada en una esquina apenas visible del diario local.

La causa y la consecuencia, vista como legos del juicio, parece muy clara: sin celular no vale la pena vivir. Atinar con ese razonamiento sería tanto como dar a un blanco lejano con una venda en los ojos.

Ante el incremento de suicidios -como ante el de asesinatos, pederastas o violadores- la respuesta popular busca limar las posibles asperezas que como grupo restregamos sobre los demás. Los adolescentes, en particular, enfrentan un problema que las generaciones anteriores no conocimos: al parecer, esta sociedad no los necesita, sino que los repudia.

La orientadora familiar Ángela Marulanda escribió lo siguiente: “Todos los seres humanos necesitamos saber que tenemos una misión qué cumplir en esta tierra, en otras palabras, encontrarle un sentido a nuestra existencia. Y este es especialmente importante durante la adolescencia. Muchos adolescentes sienten que nadie cuenta con ellos y por lo mismo que no tienen una razón para vivir (lo que los hace más propicios al suicidio). A diferencia de los niños, ya no consideran que su vida es responsabilidad de sus padres, sino que están conscientes de que son personas de una identidad distinta y un destino propio”.

Cierra su texto hablando de la función de los padres para completar ese círculo inconcluso emocional que enfrentan porque, aunque se les tilde de lo contrario, ya son seres pensantes y, si se me permite la palabra, “deseantes”.

¿Para qué sirve un adolescente, entonces? Supongo que pone a prueba la capacidad para seguir construyéndonos como una sociedad y no como una horda. Ellos no son invisibles, ni mudos; quizá los adultos deberíamos ser menos ciegos y sordos.
08 Junio 2019 03:55:00
Don Chencho, del rancho
A la distancia, los panteones pueblerinos parecen todos iguales. No es así, cada uno tiene sus historias propias y las formas heredadas por la costumbre local para recordar a sus parientes apresurados en comprobar la realidad de su fe. Pero algo ha venido a cambiar esos bonitos modos.

En el pasado, sepultar a los muertos consistía en volverlos a la tierra, entregarlos a la naturaleza que se encargaría de darles vida nuevamente: la mitad en el Cielo, la otra mitad, en la tierra misma. Los pobres sabían, solo en esos momentos, que eran exactamente iguales a los ricos, pues unos y otros florecían tal cual en las mismas flores.

Pero antaño había algo diferente a hoy: vivos y muertos quedaban avecindados en el mismo pueblo. Ahora, a veces ventaja, a veces no, los más jóvenes emigran a las ciudades para vivir y regresan, ya grandes, a los ranchos para morir. Entonces la gente nueva se empeña en dar reflectores a su cariño ya no dejando que la tierra les florezca a sus difuntos, sino dejándole muerta bajo placas de cemento.

Los panteones de los pueblos chicos apenas emergen de la tierra; en los pueblos grandes, la vista abierta se ve coartada por construcciones de simples a suntuosas pero todas, eso sí, innecesarias. Las flores, entonces, son de papel y tela a falta de sustrato.

Hay algunas tumbas envueltas en baldosas, con rejas en los vanos y puertas de metal frente a las cruces. Y donde nadie entra a molestar muertos ajenos en los ranchos. No entiendo tanto empeño en un lugar de donde nadie se puede salir y nadie se quiere meter.

Yo sí quisiera, aunque sea hasta entonces, después de muerta, ser libre para andar del tingo al tango, aunque sea con la mirada.
05 Junio 2019 03:45:00
Hasta las manitas
No tengo suficientes neuronas, o bien, si hay bastantes, poco material intelectivo contienen, pues no me es asequible el entendimiento para aprehender la razón por la cual las personas comen manitas de puerco.

Nada tengo en contra de los cerdos –ni de sus patas–, es más, me resultan por demás simpáticos cuando están vivos y relativamente apetecibles cuando fueron a gruñir a otro reino. No es el animal en sí, sino el afán inexplicable de los seres humanos por llevarse a la boca todo lo que encuentren a su paso.

Las historias sobre difuntos cuya última comida fue un complicadísimo pez globo son numerosas. Ningún nombre de esos glotones aparece en el santoral. Ahora bien, algunos se empeñan en poner en el caldero crustáceos cuyas patas aún están en movimiento y cuyos ojos los miran con determinación, en primer lugar porque no tienen párpados; en segundo, pidiendo piedad. Yo podría pensar que cualquier día aparecerá en el periódico la fatídica noticia sobre un cocinero tragado por su receta.

Como sea, tengo un especial problema con las manos de puerco. (No, señor, no refiero a las mías, al fin me he acostumbrado a ellas). No entiendo por qué, en tratándose de una cosa tan dañina, altamente pegajosa, difícil de cocinar y con muchísimas posibilidades de dejarlo tuerto a uno, siguen apareciendo en el menú familiar.

Lean bien lo siguiente: cada 100 gramos de las manos porcinas contienen 291 kilocalorías, 25 gramos de grasa y 6.2 miligramos de colesterol. ¿Esto no los hace desistir? Tampoco desistiría yo si me apetecieran, pues muy poco sé de los valores numéricos que requiere mi panza, pero básteme con saber que al dorarlas disparan fuegos cruzados a distancias infinitas y, por si esto fuera poco, dejan los platos con cierta cantidad de coloide rejego ante cualquier lavatrastes.

No tiene sentido arriesgar el mercado de la gelatina, dejar mancos a los cerditos ni estropear nuestra reputación chupándonos los dedos durante la comida. ¿Qué les parecen unos chicharrones? Ahora bien, si es usted vegetariano, también los hay de harina, en tanto que las manitas nada más de manos hay.
03 Junio 2019 03:55:00
Todos los carriles
Ando por los caminos del Señor, y en los primeros cien kilómetros me embarga un sentimiento encontrado: en verdad son bienvenidos, como cualquiera que anda en el extranjero próximo o lejano, pero no podemos, quienes conducimos, estar ciegos a sus consecuencias.

Quienes vienen de afuera a visitarnos son paisanos, sea que vengan de Laredo o de Londres; solo que con los primeros -y con todos los que llegan de Estados Unidos en estas fechas- tenemos un asunto pendiente: su forma de conducir. Tras algunos años de investigaciones, llego a una conclusión: dentro de la excentricidad norteamericana, seguro ponen a un camellero a enseñar reglas de manejo a nuestros compatriotas idos al norte.

No importa la cantidad de carriles en nuestras autopistas, están empeñados en utilizar la vía rápida, cancelando así la posibilidad de quienes deseamos avanzar de prisa o bien, nos obligan a violar nuestras leyes de tránsito y debemos rebasar por la derecha con el peligro de que algún agente nos detenga –porque a ellos está prohibido decirles nada aunque lleven una caravana interminable y obstaculizante en el camino-.

“Puras desveladas”, comentó uno de los visitantes mientras hacía escala en un restaurante. Pensé que esta podría ser la razón de su sinrazón, tal vez el mejor estado del carril izquierdo en nuestras carreteras, pero nada argumentó a su favor que, a pesar de deshacernos en señales luminosas para que dejen libre el paso, se quedan como si nada y contestando a la llamada con un amable y norteño saludo. ¿Será que lo toman como señal de bienvenida?

He pensado que deberíamos pedir una carretera alterna y exclusiva para ellos, de dos carriles, claro, porque así podrán tomar el izquierdo. Otra opción puede ser una banda sinfín en donde se monten todos, y con señalamientos por todo el trayecto que digan: sólo carril izquierdo para circular.

No se tome a mal mi comentario, sé que su regreso es una buena noticia, mas no creo que sea mucho pedir un aleccionamiento de cómo circular en México, es por su bien y el de nosotros.
01 Junio 2019 04:00:00
La humillación duele
Cuando los criminales hacen su aparición, matan sin piedad a policías, queman autos, violentan ciudades disparando contra propiedades, vehículos, personas para mostrar su fuerza ¿Qué cree usted que deben hacer las fuerzas del orden?

Yo no creo deban sentarse a esperar a contar los muertos, mucho menos dejar ir a los delincuentes que han venido a sembrar terror en nuestro país.

Lo hemos observado, los delincuentes no respetan ya a nadie, ni leyes, ni autoridades han logrado frenar la ola de violencia que azota al país.

Cada vez es más frecuente el asomo de criminales en ciudades que han escogido con el propósito de sentar sus reales para imponer su propia ley. La ley del miedo, del terror, de la sumisión, de la complicidad.

Miedo de los ciudadanos que no tienen ningún respaldo de autoridades ya que desconfían de ellas. Terror reflejado en rostros y emociones al ver cuerpos masacrados sin piedad alguna.

Sumisión de algunas autoridades a quienes la criminalidad ha comprado o amenazado y complicidad de un pueblo que defiende a los criminales y ofende a policías y al mismo ejército.

La fotografía que ha circulado recientemente, así como un video mostrando a militares retenidos en Michoacán ha causado verdadera molestia. ¿Cómo es posible que digan que el “pueblo” es quien reclama armas decomisadas por el ejército? ¿Cómo es posible que el supuesto “pueblo” retenga a militares y los ofenda como lo hicieron?

Uno de los militares habló por teléfono con su superior, aparentemente un Teniente Coronel para informarle la situación que estaban viviendo él y sus compañeros: “Quieren las armas de ellos, el Barret, todo lo que traían las personas estas, la camioneta, todo”

Lo interesante del caso es que quienes retenían a los militares se identificaron como “gente del pueblo” al reclamar las armas que supuestamente personal de Sedena les quitaron.

Con tono amenazador exigían la devolución del armamento incluyendo por supuesto el fusil de asalto Barret que es utilizado para atravesar blindajes.

“No somos gente armada, somos el pueblo y estamos esperando las armas, por favor” dijo quien hablaba con el teniente coronel.

¿Cómo? Dicen ser gente del pueblo y aseguran no estar armados. En cambio reclaman armas que aparentemente el ejército les decomisó. No entiendo

Como si fuera poco, se observa en el video el comportamiento de una mujer quien, alterada reclama a los militares el haber disparado contra un menor.

Nadie en su sano juicio va a creer que sea verdad lo que la mujer asegura. Y no se cree por una sencilla razón: Los militares no disparan a la población; están para proteger al pueblo.

Lamentablemente, la posición en que los han colocado en esta lucha desigual contra la delincuencia es verdaderamente inaceptable. Los hemos visto “tragarse” su coraje, su propia indignación ante las frases humillantes de personas que arremeten contra ellos y defienden a delincuentes.

Menciono como lucha desigual, ya que por una parte tenemos a Derechos Humanos, impidiendo actuar a las fuerzas armadas como deberían hacerlo en el combate a la delincuencia y por otro a una parte del pueblo defendiendo a criminales.

La ONU a través de la Comisión de Derechos Humanos, ha venido a entorpecer las labores de la policía y por supuesto de los militares. Pretenden que con buenas intenciones o buenas maneras, compongan una situación de violencia que está fuera de control desde hace mucho tiempo.

La mujer que aparece en el video reclamando a los militares por qué razón dispararon contra un menor, debería ser castigada.

Primero, por mentir y acusar porque nadie le disparó a un niño. Y segundo porque a lugares inseguros como marchas, plantones o posibles enfrentamientos, los menores no deben acompañar a sus padres.

Por lo tanto, los padres del menor que resultó herido accidentalmente, deberían ser castigados por su irresponsabilidad al exponer a su hijo en un enfrentamiento como el que sucedió en Michoacán.

Si los ataques injustificados contra las Fuerzas Armadas y Marina, cuyos elementos exponen su propia vida en el combate, molestan, imaginemos la humillación a que fueron sometidos los militares, fueron retenidos por individuos que reclamaban el armamento que les fue decomisado.

La humillación duele, porque se sienten atados de manos para actuar como deberían hacerlo. Por eso ya es hora que Derechos Humanos deje actuar a quienes con valor están combatiendo a las bandas criminales. Ese será tema para una futura colaboración.

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30 Mayo 2019 04:03:00
Yo, pecadora
Me gusta planchar, sin albures. Relaja mi mente el sonido posterior al disparo del agua vaporizada porque regresa el silencio de la cotidianidad, de la rutina conforme y lo reconozco so pena de verme señalada de sumisa y violentada. Es más, ya en confesiones, también me agrada si me ceden el asiento en el autobús, así no esté ni anciana, ni preñada, ni nada. Tomar la plancha y permanecer en ese rincón cuya temperatura es más alta que cualquier otro sitio de la casa, es un acto de pertenencia; es como llenar un sitio exclusivo y personalísimo en donde nadie marca el ritmo más que la parsimonia de mirar cómo las arrugas se van a ninguna parte.

Doña Luz debió inaugurar esa sensación de seguridad. El sábado era todo de ella y su largo y delgado cabello blanco, tanto como de su llegada matutina cuya entrada marcaba el arranque de un día particularmente predecible y, por ello, tranquilizador.

Sus manos se ocupaban con dos bolsas, en una sus minúsculos haberes personales y en la otra, suficientes memines, kalimanes y rarotongas para tendernos, después de comer, todos en derredor de ella a leer las historias fantásticas y a la vez creíbles. De alguna manera las camas en esa habitación se ensanchaban para dar cabida a siete personas arrulladas por el andar parsimonioso de la plancha sobre las ropas cuyos olores a lado perfumaban la habitación hecha de adobe.

Me gusta planchar. Dejo ese acto para los momentos cuando la tranquilidad me posee y no discuto la justicia o la responsabilidad de una obligación autoasignada sin necesidad de leyes ni emolumentos; en realidad, es uno de esos castigos elegidos con trampa porque acaban por volverse un premio.

La transformación de un montón informe en la hilera distinguida de ropa lánguida; la conjunción del sol entrando por la ventana en competencia con los muchos grados de calor en el aparato; la posesión y autonomía de su manejo; el silencio; la introspección. Eso cabe en una tarde de planchar.
27 Mayo 2019 03:35:00
Famélica y oronda
Nadie desconoce los malabares ideados por millones de madres alrededor del mundo a fin de que los hijos coman su sopa.

El avioncito es, quizá, lo más universal entre las estrategias alimentarias madre-hijo, aunque hoy se cuenta con todo una mercadotecnia tras nosotros con platos cuyas formas caprichosas pueden emular a Hulk, el Capitán América o una bacinica.

Lo más decente, creo, es premiar. Es una forma efectiva y aceptada por la Comisión Internacional de Derechos Humanos en casi todas las especies, principalmente en las domésticas, para lograr el cometido de quien tiene la sartén por el mango, y en casa es, justamente, la señora.

Una familia consumía tostadas callejeras entre la charla cotidiana y el guiri guiri infantil.

La señora, como buena dama, se abstuvo de solicitar semejante charolota con más de dos; así, solicitó por separado una y luego otra.

Se animó con la tercera y a punto estaba de llamar a la chica mesera cuando la pequeña –acaso de 3 años- se deshizo en aplausos, cantó cierta tonadilla celebratoria, se ensalivó el dedo y lo presionó sobre la frente materna diciendo “¡bravo, bravo, te acabaste toda la comida, ganaste una estrellita!”

La mujer, sonrojada por el frescor vespertino, empezó a tornarse violácea y miró en derredor para saber cuántos fueron testigos de la glotonería expuesta por su linda hija.

Acribilló a la chiquita con la mirada y solo se animó a pronunciar: “Ya pedí otra parta ti, ya cállate”. No es culpa de nadie más que de esta sociedad tan enredada: en edad de comer mucho hemos de rogar y dar estímulos para verlo realizado; cuando estamos ya en años de merecer y con todo el apetito en pleno, la estrellita se gana por cada tostada en indulto sobre la mesa.

¿En qué momento esa linda niña entenderá que las cosas serán al revés y entre más famélica más premiada? Al rato, la familia se retiró.

La señora, discretamente, llevó su cargamento de otras cuatro tostaditas bien envueltas y para llevar; la niña caminó oronda y segura, a sabiendas de que tiene una mamá tan comelona como bien portada.
25 Mayo 2019 03:50:00
Tradición pecaminosa
No son los movimientos culturales, los conflictos bélicos ni las modas europeas sino la salud quien viene a dar al traste con las tradiciones mexicanas.

Almorzar chilaquiles con café negro, comer mole con agua de chía y cenar tamales con atole no era, de ningún modo, barbaridad calificada para nuestros bisabuelos; si enfermaban, o incluso morían, era por enfermedad inexplicable, cierto embrujo o meras, cosa natural. Pero un día, alguien tuvo a bien dedicar su ocio creativo a las correlaciones que hay entre la comida mexicana, nuestros padecimientos más comunes y la razón por la cual los japoneses mueren de otra cosa, pero más sanos que nosotros.

De ser vehículo para el valor y la hombría, toda clase de chiles y sus inconmensurables gamas cromáticas se tornaron una amenaza en pleno para cualquier estómago, así corresponda a hembra o varón. Las tortillas empezaron a ser mal vistas porque se las acusó de pesadas, peligrosas y, además, ordinarias.

Ya puestas en la lista del infierno toda clase de enchiladas, taquitos y tostadas, podríamos habernos quedado con el relleno; sin embargo, la costumbre de darle vida y sabor a la comida con aceites cuyos orígenes van desde el girasol hasta los cacahuates, dieron al traste con la opción. Así, hubimos de conformarnos con asados y planchados a fin de bajarle a los números del colesterol y los triglicéridos, cuyos aromas, para el gusto mexicano, dejan mucho qué desear.

De este modo, ahora masticamos ciertos pollos cocidos en lugar de la tinga y el mole; delgadas piezas de carne roja –una vez al mes- a la plancha, sin cebolla, quesadillas ni guacamole; el arroz dejó sus colores rojo, amarillo y verde para volverse una especie de sushi sin relleno, pero tan pegajoso como este, pues ha de ir cocido, nomás, todo en pro de la salud y en menoscabo de la felicidad.

¿Cómo ha de vivir uno si no lo dejan hacer patria aunque sea con la panza cuando el café, la salsa, las tortillas, la carne de colores y los carbohidratos resultaron mordelones antes que mordidos?
21 Mayo 2019 03:55:00
Así Dios nos trajo al mundo
Fresquita y natural, olorosa a retama, como el lecho de La Casita que entonaba Pedro Infante. Estas eran las cualidades que idealizaban los caballeros no ha mucho tiempo. Con muchas dificultades trataré de mostrar cómo sigue vigente esa práctica

Las abuelas podían mostrar sus rubicundos pómulos a fuerza de sol, polen o betabel, eso daba valor agregado a esas figuras de cintura breve y curvas pronunciadas. Hoy, si los señores piensan en la posibilidad de la imagen natural de una mujer, las cosas se pueden volver perversas.

Habría que determinar lo que es natural, antes que nada. Entendamos la frase “como Dios nos trajo al mundo” como una posibilidad para hablar de una piel libre de artificios. Lograrlo a estas alturas de la modernidad es un reto.

Si hacemos un recuento de cabeza a pies, deberíamos eliminar los tintes al cabello, sea en rayos, luces y mechas, para quedarnos con una tonalidad natural, como sea que el paso del tiempo la haya coloreada. A cierta edad femenina, un buen ejercicio para combatir el Alzheimer es recordar el color original de la melena.

Vamos a descartar los delineados permanentes: cejas, párpados, labios. Imaginemos la piel libre de esos pigmentos extraños y el rostro quedará como un lienzo, totalmente en blanco. Y la albura viene de la gran cantidad de maquillaje que, sabemos, se lleva entre las cremas la tonalidad de la dermis que nuestra madre nos regaló.

Si hablamos de agregados –por no decir postizos–, guardemos en la caja del recuerdo las copas de gel, las fajas capaces de convertirse en churro después de un rato, los jeans con aplicaciones traseras y el tacón de 10 centímetros.

La lógica nos diría que el resultado será esa frescura de la que empezamos a platicar hoy. Pero las mujeres somos más que nuestras partes: el resultado es un rostro de papel impávido cuyas facciones se han perdido entre la cera depilatoria y la pintura hipoalergénica; los cabellos de listón se tornarán infame rizado informe “sin control del frizz”, fósil de lo que fueron bucles infantiles en el pasado remoto.

El ir natural es una cualidad que pocas pueden presumir; digamos que la sofisticación es lo de hoy a riesgo de convertir en estatua de sal a los maridos.
14 Mayo 2019 03:29:00
A la pinza
Las pinzas para las cejas ocupan un relevante papel en la historia de la vida cotidiana. No las menciona Dubois ni De Certeau, pues se ocuparon de la cama, la cocina, el vestido y el amor; sin embargo, sin las pinzas, nada de lo anterior fuere como fue, es y será.

Mi interés por este artilugio demoníaco inició hace 15 años, cuando mi estatus laboral era insondable pues amanecía trabajando en Tijuana y anochecía en Oaxaca. Los aviones se volvieron mi casa, mi auto y mi todo, hasta que me prohibieron llevar en el bolso de mano las pinzas para las cejas.

La razón por la cual estaban catalogadas en la misma lista donde aparecían navajas, cuchillos carniceros, bombas molotov y cuernos de chivo no era asunto menor. Si a un delincuente no se le había ocurrido aplicarse a iniciar una guerra con unas pincitas, su curiosidad estaría ya picada para saber cuántos males es posible causar con ellas.

La primera ocasión me quitaron una de esas largas, con florecitas rosadas a los costados y la punta plana. Al verlas caer en el cubo transparente a donde paran los objetos amenazadores mi mente voló tan alto como el avión que abordé.

Con unas pincitas, desde su más remoto origen, las mujeres se mantuvieron lampiñas para ir a la cama; de la cocina obtenían los materiales para fabricar el instrumento capaz de arrancar vellosidades, imperfecciones y espinitas; los hilos de la ropa, a menudo escondidos, solo aceptan una punta tan fina como la de aquellas, y el amor hoy en día no se concibe con la sombre, impertinente de las cejas sobre los ojos.

Son útiles para recuperar clavos caídos, ajustar alambritos, activar imanes, sostener chongos, quitar padrastros, rascar resquicios, limar hendiduras, provocar cortocircuitos, ajustar engranes, reparar relojes, apretar tornillos, eliminar cutícula, colocar chaquira y sacar las cejas.

Tantos años después, me queda claro que la mujer ha tenido siempre un arma mortal en sus manos y bastante la ha sabido provechar. Sea esta una oda a la pinza.
11 Mayo 2019 03:30:00
El arte sutil de irse al baño
Ir al baño no ha mucho tiempo implicaba una despedida cuyos derroteros lindaban entre la vida y la muerte. El tiempo nos enseña cuánto esta noble acción de desalojo puede volverse nuestra mayor satisfacción o el magnífico estigma personal.

Quizá debiera ostentar como la máxima prueba de movilidad social en mi persona la posesión de dos sanitarios en mi hogar. Si vinieran a encuestarme ahora, enfatizaría bastante que en la casa paterna solo hubo un baño para atender a nueve personas, mismo espacio cuyos muros firmes fueron construidos cuando ya esa misma cantidad de usuarios teníamos algunos años con la desarrollada capacidad de hacer la acción por nosotros mismos.

Ese lugar tenía madera, al menos la suficiente para cubrir las vergüenzas usuales en un baño; el área húmeda –muy a menudo seca porque nos bañábamos usando un recipiente y un vasito– era oscura, a pesar de las muchas hendiduras. Un día llegaron don Pedro y Castañeda como prueba fehaciente de que nuestras vidas tendrían un cambio importante.

La construcción del baño en la casa paterna marcó un parteaguas, ahora sí mojado, pues fue colocada una regadera. Claro está, el mosaico, el azulejo y los herrajes tardaron otro poco, sin embargo, el estatus personal con el cual salíamos de casa, remojados como un pollo, se visibilizaba en nuestro salero. Aquello era suficiente para mí; luego me atropelló el saber.

Conocer otros baños domésticos es una de las diatribas más difíciles en mi existencia. Si me mido con el baño de mi niñez, tengo demasiado; si pienso en las regaderas que usan los protagonistas en Hola, sigo habitando en la pobreza.

De alguna manera el cuarto de baño y sus posibilidades –mucho más allá de la mera evacuación– se ha vuelto objeto del deseo. Los muebles dentro de él, sus colores, la brillantez, la iluminación, la forma como se doblan sus blancos y la decisión sobre si cultivar un listón, un helecho o un bambú acabaron por ser una labor que, en definitiva, no hubiesen hecho don Pedro y Castañeda, quienes consideraban que su trabajo de albañilería no incluía limpiar la mezcla, levantar los clavos ni pulir ningún enjarre.

Para ser un lugar de mero desahogo, la sociedad ha convertido el cuarto de baño en un deseo siempre insatisfecho.

10 Mayo 2019 04:00:00
Más de dos
Si alguno de ustedes coleccionó más de tres insultos contra su expareja, es porque se quedaron demasiado tiempo ahí.

Los elementos necesarios para construir un nombre peyorativo hacia el marido o la mujer están puestos sobre la mesa apenas inaugurada la relación matrimonial; la intención de construirlos, esta tarda un poco más en llegar.

Los motes iniciales, aludiendo a los defectos entonces vistos como gracia, contienen un tono limado, una letra pequeña opacada por la voz de fondo con la cual se dicen. Llamarse “chistosito”, “Kardashian”, “peque” o “pulguita” bien pudieron ser el preludio para la lista borgiana -por Borges- que bien canta Lupita D’Alessio: “payaso”, “engreído”, “enano”, “insufrible”.

Dentro de esos tres minutos, la misma canción “Ese hombre”, el varón es calificado como arrogante, necio, estúpido, egoísta, caprichoso, vanidoso, inconsciente, presumido, falso, rencoroso, lleno de celos, inseguro. No termina ahí: Deja abierta la puerta con puntos suspensivos al final de la canción.

Si el amor inicial dura no más de cuatro años, según los especialistas, una colección de insultos debería llevarse más tiempo; ahora bien, si esa edición se adelanta, se pondría en tela de juicio si existió realmente el punto de partida. Abundar en semejante cantidad de agresiones debería de llevarse mucho tiempo, pero tanto tiempo no debiera de existir para permitirlo.

Las parejas se van cambiando el nombre conforme los seres humanos cambian también; llegar a llamarse “Rata de dos patas”, y que el aludido permanezca para escucharlo, requiere de una compenetración insana.

Ya de por sí es criticable compartir la vida con alguien que merece el nombre de “perdida” o “arrastrado”, tomarse el trabajo de construirle el nombre implica una inversión importante de procesos mentales y compromisos emocionales; esto si solo se trata de un insulto a la vez.

No debería nadie permanecer en su misma rutina si ya está ideando un apodo; si acaso tiene en la colección más de dos, entonces es que se ha quedado demasiado.
07 Mayo 2019 04:00:00
Poder con eso
Fue el suicidio número 20. Otro adolescente murió por voluntad propia. No dejó una nota, pero la abuela afirmó que en el último enfrentamiento con él decidió retirarle el teléfono celular. El muchacho se colgó: Si no pudo con esa tontería no iba a poder con la vida, fue un juicio generalizado ante la noticia colocada en una esquina apenas visible del diario local.

La causa y la consecuencia, vista como legos del juicio, parece muy clara: Sin celular no vale la pena vivir. Atinar con ese razonamiento sería tanto como dar a un blanco lejano con una venda en los ojos.

Ante el incremento de suicidios -como ante el de asesinatos, pederastas o violadores- la respuesta popular busca limar las posibles asperezas que como grupo restregamos sobre los demás. Los adolescentes, en particular, enfrentan un problema que las generaciones anteriores no conocimos: Al parecer, esta sociedad no los necesita, sino que los repudia.

La orientadora familiar Ángela Marulanda escribió lo siguiente: “Todos los seres humanos necesitamos saber que tenemos una misión qué cumplir en esta Tierra, en otras palabras, encontrarle un sentido a nuestra existencia. Y este es especialmente importante durante la adolescencia. Muchos adolescentes sienten que nadie cuenta con ellos y por lo mismo que no tienen una razón para vivir (lo que los hace más propicios al suicidio). A diferencia de los niños, ya no consideran que su vida es responsabilidad de sus padres, sino que están conscientes de que son personas de una identidad distinta y un destino propio”.

Cierra su texto hablando de la función de los padres para completar ese círculo inconcluso emocional que enfrentan porque, aunque se les tilde de lo contrario, ya son seres pensantes y, si se me permite la palabra, “deseantes”.

¿Para qué sirve un adolescente, entonces? Supongo que pone a prueba nuestra capacidad para seguir construyéndonos como una sociedad y no como una horda. Ellos no son invisibles, ni mudos; quizá los adultos deberíamos ser menos ciegos y sordos.

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02 Mayo 2019 04:00:00
Eso es todo
Me tomó dos largos segundos el combate interno frente Sanborns. Solo un protector solar, nada más eso debía comprar, por lo tanto, no veía razón alguna para temer por la integridad de mi muy aporreada cuenta bancaria. Así las cosas, empujé la puerta de cristal. Después, ya nada fue igual.

El destino presupuestal de una mujer vanguardista es la mejor forma de ejemplificar lo churrigueresco si quisiera explicarse al neófito. De lejos, parece un claro y lindo entretejido, pero visto muy cerca, se convierte en intrincadas ramificaciones de un centro común, es decir, la mujer misma.

Las listas de compras dan apenas una pista muy superficial de lo que digo, porque una cosa es planificar las adquisiciones futuras y otra es el acto mismo de acrecentar las necesidades en un momento emergente. Así, al lado de la leche fresca y la mantequilla, van las chanclas de baño, champú, perfume fino, tapa del fregadero, conector para el riego exterior, chocolates, vinos y libros, muchos libros.

Tras la rama gruesa de los libros se derivan otras claramente independientes. Una pudo agotar su presupuesto en libros para el trabajo, pero eso no suple a los necesarios para estudiar un posgrado, además, están los de cocina, pues una dama moderna es una empírica chef. Ahora bien, se es esposa y madre, falta adquirir los textos que explican la realidad desde la filosofía, la historia, la sociología, la pedagogía.

Los libros clásicos son compras extraordinarias, las cuales cada vez se vuelven en pecados reiterativos pues las editoriales se empeñan en publicar clásicos modernamente presentados con ilustraciones antiguas retocadas de muy moderna manera.

Volviendo al principio, les decía que entré a Sanborns, necesitaba una pantalla solar. Atravesé el pasillo de los libros cual una paloma que cruza el pantano y se enfanga toditita, y al llegar a la farmacia me dijeron que no había pantalla solar. Me fui a la caja escondiendo el rostro para que nadie descubriera la vil forma como había caído en la tentación otra vez.

El muy solícito cajero se acerca y me dice, con un tono inolvidable: Eso es todo, su rostro se transfiguró en demonio y la frase coloquial convirtiose en un sarcasmo. Así que dije:

No, agrégueme la revista Aalgarabía.

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02 Mayo 2019 03:32:00
La languidez
La relajación siempre es buena, hablando del cuerpo estresado, claro. Pero cuando aplicamos el término a leyes y reglamentos, las consecuencias superan la levitación.

En la escuela, si dejamos una vez a un chiquillo incumplir con la tarea, será un infiernillo la vida después de esa tarde para volverlo al redil; igual a la oveja, con dificultad la regresaremos si dejamos que sea montaraz.

Hace poco me tocó consolar a una mujer entrada en años quien salió bañada en lágrimas de la iglesia. Sé cuán catártico puede ser enfrentarse con el dueño de la casa máxima en cuestión de fe, pero no se trataba de eso, sino de una extrañísima respuesta dada por un sacerdote.

Me contó la dama de su intención para regalar una Biblia a su amiga Judith; como quería hacer el favor completo, llevó el libro a bendecir con el sacerdote de la iglesia católica más cercana. El hombre, cuya apariencia era más de empecatado que de confesor, le contestó sardónico: “¿Una Biblia? ¡Regálele mejor el Kamasutra, señora!”.

Comprendí a cabalidad el dolor que la invadió, porque en la respuesta cupo no solo una falta de respeto a persona tal, sino una indignidad que abraza a nuestras instituciones, incluso aquellas cuya solidez debiera ser indiscutible.

El sacerdote ventiló con el tiempo mucho más de su carácter y la iglesia; al mantenerlo en su puesto, mucho más de su extravío. Las instituciones sociales deben de cumplir un cometido, cuando este se pierde, van con ellas al abismo todos sus seguidores.

Hace poco un representante y alto jerarca católico criticó la situación educativa en nuestros niños mexicanos y exigió la atención debida en las aulas y la corrección en los sistemas magisteriales. Muy estimado señor, le diría yo: la educación no se cierne a las escuelas, ni a las familias, ni al aparato de Estado nada más, para eso está usted leyendo la Biblia. ¿O acaso le recomendaron también el Kamasutra?


30 Abril 2019 04:00:00
Hasta las manitas
No tengo suficientes neuronas, o bien, si hay bastantes, poco material intelectivo contienen, pues no me es asequible el entendimiento para aprender la razón por la cual las personas comen manitas de puerco.

Nada tengo en contra de los cerdos –ni de sus patas-, es más, me resultan por demás simpáticos cuando están vivos y relativamente apetecibles cuando fueron a gruñir a otro reino. No es el animal en sí, sino el afán inexplicable de los seres humanos por llevarse a la boca todo lo que encuentren a su paso.

Las historias sobre difuntos cuya última comida fue un complicadísimo pez globo son numerosas. Ningún nombre de esos glotones aparece en el santoral. Ahora bien, algunos se empeñan en poner en el caldero crustáceos cuyas patas aún están en movimiento y cuyos ojos los miran con determinación, en primer lugar, porque no tienen párpados; en segundo, pidiendo piedad. Yo podría pensar que cualquier día aparecerá en el periódico la fatídica noticia sobre un cocinero tragado por su receta.

Como sea, tengo un especial problema con las manos de puerco. (No, señor, no refiero a las mías, al fin me he acostumbrado a ellas). No entiendo por qué, tratándose de una cosa tan dañina, altamente pegajosa, difícil de cocinar y con muchísimas posibilidades de dejarlo tuerto a uno, siguen apareciendo en el menú familiar.

Lean bien lo siguiente: cada 100 gramos de las manos porcinas contienen 291 kilocalorías, 25 gramos de grasa y 6.2 miligramos de colesterol. ¿Esto no los hace desistir? Tampoco desistiría yo si me apetecieran, pues muy poco sé de los valores numéricos que requiere mi panza, pero básteme con saber que al dorarlas disparan fuegos cruzados a distancias infinitas y, por si esto fuera poco, dejan los platos con cierta cantidad de coloide rejego ante cualquier lavatrastes.

No tiene sentido arriesgar el mercado de la gelatina, dejar mancos a los cerditos ni estropear nuestra reputación chupándonos los dedos durante la comida. ¿Qué les parecen unos chicharrones? Ahora bien, si es usted vegetariano, también los hay de harina, en tanto que las manitas nada más de manos hay.

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25 Abril 2019 04:00:00
Yo pecadora
Me gusta planchar; sin albures. Relaja mi mente el sonido posterior al disparo del agua vaporizada porque regresa el silencio de la cotidianidad, de la rutina conforme y lo reconozco so pena de verme señalada de sumisa y violentada. Es más, ya en confesiones, también me agrada si me ceden el asiento en el autobús, así no esté ni anciana, ni preñada, ni nada.

Tomar la plancha y permanecer en ese rincón cuya temperatura es más alta que cualquier otro sitio de la casa, es un acto de pertenencia; es como llenar un sitio exclusivo y personalísimo en donde nadie marca el ritmo más que la parsimonia de mirar cómo las arrugas se van a ninguna parte.

Doña Luz debió inaugurar esa sensación de seguridad. El sábado era todo de ella y su largo y delgado cabello blanco, tanto como de su llegada matutina cuya entrada marcaba el arranque de un día particularmente predecible y, por ello, tranquilizador.

Sus manos se ocupaban con dos bolsas, en una sus minúsculos haberes personales y en la otra, suficientes memines, kalimanes y rarotongas para tendernos, después de comer, todos en derredor de ella a leer las historias fantásticas y a la vez creíbles. De alguna manera las camas en esa habitación se ensanchaban para dar cabida a siete personas arrulladas por el andar parsimonioso de la plancha sobre las ropas cuyos olores a lado perfumaban la habitación hecha de adobe.

Me gusta planchar. Dejo ese acto para los momentos cuando la tranquilidad me posee y no discuto la justicia o la responsabilidad de una obligación autoasignada sin necesidad de leyes ni emolumentos; en realidad, es uno de esos castigos elegidos con trampa porque acaban por volverse un premio.

La transformación de un montón informe en la hilera distinguida de ropa lánguida; la conjunción del sol entrando por la ventana en competencia con los muchos grados de calor en el aparato; la posesión y autonomía de su manejo; el silencio; la introspección. Eso cabe en una tarde de planchar.

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24 Abril 2019 04:00:00
Famélica y oronda
Nadie desconoce los malabares ideados por millones de madres alrededor del mundo a fin de que los hijos coman su sopa. El avioncito es, quizá, lo más universal entre las estrategias alimentarias madre-hijo, aunque hoy se cuenta con todo una mercadotecnia tras nosotros con platos cuyas formas caprichosas pueden emular a Hulk, el Capitán América o una bacinica.

Lo más decente, creo, es premiar. Es una forma efectiva y aceptada por la Comisión Internacional de Derechos Humanos en casi todas las especies, principalmente en las domésticas para lograr el cometido de quien tiene la sartén por el mango, y en casa es, justamente, la señora.

Una familia consumía tostadas callejeras entre la charla cotidiana y el guiri guiri infantil. La señora, como buena dama, se abstuvo de solicitar semejante charolota con más de dos; así, solicitó por separado una y luego otra. Se animó con la tercera y a punto estaba de llamar a la chica mesera cuando la pequeña –acaso de tres años- se deshizo en aplausos, cantó cierta tonadilla celebratoria, se ensalivó el dedo y lo presionó sobre la frente materna diciendo “¡bravo, bravo, te acabaste toda la comida, ganaste una estrellita!”

La mujer, sonrojada por el frescor vespertino, empezó a tornarse violácea y miró en derredor para saber cuántos fueron testigos de la glotonería expuesta por su linda hija. Acribilló a la chiquita con la mirada y solo se animó a pronunciar: “Ya pedí otra para ti, ya cállate”.

No es culpa de nadie más que de esta sociedad tan enredada: En edad de comer mucho hemos de rogar y dar estímulos para verlo realizado; cuando estamos ya en años de merecer y con todo el apetito en pleno, la estrellita se gana por cada tostada en indulto sobre la mesa. ¿En qué momento esa linda niña entenderá que las cosas serán al revés y entre más famélica más premiada?

Al rato, la familia se retiró. La señora, discretamente, llevó su cargamento de otras cuatro tostaditas bien envueltas y para llevar; la niña caminó oronda y segura, a sabiendas de que tiene una mamá tan comelona como bien portada.

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17 Abril 2019 04:00:00
Estuve ahí
Aprovechar la ocasión del incendio en Notre Dame para poner las fotos en facebook del viaje hecho muy a tiempo a París me lleva a realizar las siguientes conjeturas sobre la humanidad: A pesar del raciocinio, todavía no distinguimos entre la superficialidad y la cultura; tenemos serios problemas para identificar integralmente lo que es un patrimonio cultural; ignoramos que es más complicado “restaurar” una especie extinta que cualquier obra hecha por el hombre, o bien, que no importa cuántos otros viajes se hagan, poco nutrirán el intelecto si solo sirven para el autohalago y nada para la reflexión.

En el maratón párrafo inicial ya desahogué mi confusión; en el siguiente haré una catarsis para dejar luego espacio a la aspiración.

Desde mis siete años he visto cómo el fuego consume los bosques de mi tierra. Quien ha estado cerca de uno sabe lo poco que se puede hacer para sofocarlo cuando la víctima es justamente incombustible. Por entre las llamas corren animales calcinados, muertos ya pero no lo saben. El sentimiento de impotencia es inconmensurable.

Conservo una gran cantidad de fotografías previas al desastre, pero jamás he tenido en mente sentirme salva de la tragedia por haber estado antes ahí; esa sería una acción inútil para el mundo.

Hemos dejado que el fuego se lleve tantas cosas que nos construyeron, cosas verdaderamente cercanas y no nos dimos cuenta que se llevaron parte de nuestra historia personal; de eso no hay fotografías. Dejamos que otros pinten, dañen o quemen nuestros espacios y no tenemos una evidencia del pasado porque lo inmediato nos parece pobre.

Tristísimo la de Notre Dame, pero deprimente nuestra incapacidad para publicar no una foto para mostrar que sí estuvimos, sino una evidencia de que sí estamos antes de que llegue el caos.


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16 Abril 2019 04:00:00
Así Dios nos trajo al mundo
Fresquita y natural, olorosa a retama, como el lecho de La Casita que entonaba Pedro Infante. Éstas eran las cualidades que idealizaban los caballeros no hace mucho tiempo. Con muchas dificultades trataré de mostrar cómo sigue vigente esa práctica.

Las abuelas podían mostrar sus rubicundos pómulos a fuerza de sol, polen o betabel, eso daba valor agregado a esas figuras de cintura breve y curvas pronunciadas. Hoy, si los señores piensan en la posibilidad de la imagen natural de una mujer, las cosas se pueden volverse perversas.

Habría que determinar lo que es natural, antes que nada. Entendamos la frase “como Dios nos trajo al mundo” como una posibilidad para hablar de una piel libre de artificios. Lograrlo a estas alturas de la modernidad es un reto.

Si hacemos un recuento de cabeza a pies, deberíamos eliminar los tintes al cabello sea en rayos, luces y mechas para quedarnos con una tonalidad natural, como sea que el paso del tiempo la haya coloreada. A cierta edad femenina, un buen ejercicio para combatir el Alzheimer es recordar el color original de la melena.

Vamos a descartar los delineados permanentes: Cejas, párpados, labios. Imaginemos la piel libre de esos pigmentos extraños y el rostro quedará como un lienzo, totalmente en blanco. Y la albura viene de la gran cantidad de maquillaje que, sabemos, se lleva entre las cremas la tonalidad de la dermis que nuestra madre nos regaló.

Si hablamos de agregados –por no decir postizos– guardemos en la caja del recuerdo las copas de gel, las fajas capaces de convertirse en churro después de un rato, los jeans con aplicaciones traseras y el tacón de 10 centímetros.

La lógica nos diría que el resultado será esa frescura de la que empezamos a platicar hoy. Pero las mujeres somos más que nuestras partes: El resultado es un rostro de papel impávido cuyas facciones se han perdido entre la cera depilatoria y la pintura hipoalergénica; los cabellos de listón se tornarán infame rizado informe “sin control del frizz”, fósil de lo que fueron bucles infantiles en el pasado remoto.

El ir natural es una cualidad que pocas pueden presumir; digamos que la sofisticación es lo de hoy a riesgo de convertir en estatua de sal a los maridos.
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09 Abril 2019 04:00:00
Se llama rebozo
El vaivén cultural que da y quita metió las manos en el chal; dejó así de ser rebozo y chalina para trocarse en manto castizo sobre hombros de reinas y cuellos de princesa. Cambió de nombre, eso sí, pero de esencia nunca.

Ese tapado de tela al mismo tiempo escondía a la persona como a sí mismo. Quien lo portaba se sentía el otro, ajeno a la visibilidad que otorga el miembro legítimo de una sociedad; a su vez, el rebozo envolvía su aparente simpleza por ser un objeto parido de manos rudas, que llegó del telar artesanal y no en un barco francés.

Fue en un pueblo con telares, con manos rudas y sin barcos en donde conseguí un rebozo. Lo miré sobre la cabeza y los hombres de una mujer bajita, y luego de otra morena y finalmente de diez damas menudas uniformadas a medias, envueltas del torso hacia arriba. Busqué un lugar para adquirir el mío, pero no fue fácil: La pieza se confeccionaba no tanto para vestir a las mujeres como distinguirlas, para ponerles su comunidad sobre la espalda y yo no tenía ningún elemento de identidad que me presentara como oaxaqueña. Conseguí el rebozo y lo traje conmigo, al mundo.

Del torso hacia arriba me cubrió cien veces, pero ya no era rebozo, era un magnífico chal, una mascada fina, una pashmina colorida, un sobretodo. Conté la historia de mi atuendo y casi nadie creyó la historia porque ropa con ese nombre no se ve opulenta ni distinguida; los rebozos los llevan las indias, las mujeres portan magníficas pashminas.

Aceptar el nombre de la prenda llevaría implícito el delito: Nos robamos una apariencia vulnerada durante tantos siglos, tildada de menor, pero puesta en nuestro espacio la hemos convertido en elogio por el simple hecho de cambiarle el nombre.

Se llama rebozo, todavía, también el chal y la pashmina, y sus autoras tienen telares, manos rudas y tiendas en donde no venden sus obras a cualquiera. Nosotras, no ellas, somos cualquiera.

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04 Abril 2019 04:00:00
Club tortilla
Estoy cordialmente invitada al club #anteshaciatortillasyamejorlascompro. La tentación es grande y los beneficios no pocos traducidos en tiempo y más tiempo, mi problema radica, en realidad, en mi fea manía de relajarme cuando cocino.

En las redes sociales hay tantos avisos publicitarios en donde ofrecen comida preparada como videos cortísimos con el santo y seña para cocinar lo que otros venden ya listo. Determinar las ventajas y los inconvenientes entre ambos no es tan sencillo como parece, pues no se trata única y nada más de las prisas con las cuales vive la mujer actual -sea el caso de que la mujer cocine, pues hay numerosos señores encargados de alimentar a la familia.

Comprar las tortillas de harina fue, hace años, un emergente acto de rebeldía femenina, algo así como la quema de brasieres en una flagrante postura contra los objetos de opresión infligidos contra la mujer. Si bien, palotear tortillas no oprime, sí calienta, entretiene y agota, pero el resultado contiene un significado particular en el acercamiento con la familia.

Claro está, hay una diferencia importante entre una madre quien a diario se quemaba las pestañas y las manos frente al comal para alimentar a su pléyade familiar, sin más remedio, que fabricar este alimento como una artesanía voluntaria pensando en cuánto disfrute se provocará con ellas.

Los sitios con indicaciones guiadas para cocinar platillos variopintos tienen la cualidad de invitar a la acción, no solo para mostrar, en ocasiones especiales, cuán damas somos las mujeres modernas, sino el desglosar una lista de ingredientes cuyos sabores serán potenciados por las preferencias de quienes están cerca de nosotros. El primer requisito es, como se adivina, saber cuáles sabores prefieren; para saberlo, es necesario tener una convivencia muy cercana, y para tenerla se necesita mucha comunicación.

Así las cosas, preparar en casa un sándwich para el lonche escolar necesita pan de barra, mayonesa, mostaza, jamón, queso, lechuga y el deseo de multiplicar los cinco minutos que lleva el procedimiento en una mañana completa de certeza y seguridad.

Se me ha ocurrido que si cocinamos en casa cuantas veces sea posible -aunque afuera vendan comida hecha y muy buena- tendríamos buenos resultados en la comunicación, la salud y el estado de ánimo. Es algo parecido a lo que sucede cuando somos nosotros quienes escuchamos a nuestros hijos y no dejamos ese procedimiento en manos de otro. Valdría la pena probar. Las dos cosas.


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02 Abril 2019 04:00:00
La certeza
Mi entrevistada en radio la semana anterior narró cómo logró liberar a su persona del centro de gravedad que la tenía predestinada a ser señora y ama de casa. Su historia me llevó a recordar otras muchas en donde lo inesperado encamina hacia lo imposible; creo, entonces, que en épocas pasadas había o demasiadas certezas o muchísimos milagros.

Las generaciones humanas, aunque bautizadas según las edades, no tienen un momento específico para terminar una y empezar otra; todavía mi persona alcanzó el rabo de la intención paterna -y materna- de no invertir demasiado en las mujeres sino encaminarlas a un “buen matrimonio”. No me lo dijeron abiertamente, pero sí con fueron explícitos al afirmar que no había recursos para mi universidad.

Desde esa perspectiva, yo soy un milagro social escapado de las garras tradicionales de la predestinación; también mi hermana lo es y veterinaria quien cuida animales en el Yukón; en la misma lista está Emma Encinas, primera piloto mexicana, y Marie Curie primera mujer premio nobel. Concedo membresía a este club a Benito Juárez, primer indígena presidente.

Mi lista milagrosa es muy pobre, pues la historia registra miles de excepciones a reglas tradicionales como: Las mujeres no estudian, no hacen política, son débiles, no sobreviven sin un hombre; los pobres no tienen oportunidad para destacar; las personas con necesidades especiales están condenadas al anonimato. Así las cosas, si hay tantas excepciones, me parece que la regla se ha puesto a prueba demasiadas veces y ya toca replantearla.

Las certezas con las cuales se construyó la sociedad por cientos de años se derrumbaron a fuerza de milagros; hoy se volvió regla lo contrario: Todo es incierto, y aprender a manejar la incertidumbre como una oportunidad es el reto para todos, principalmente los adultos, quienes, acostumbrados a trazar caminos, estamos heredando inseguridad a los más chicos a resultas de nuestra poca capacidad de adaptación.

Nunca existió la certeza plena, ni siquiera en la ciencia. Los destinos previstos para las mujeres, los pobres, los enfermos no fueron más que una montaña de mitos.

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30 Marzo 2019 03:30:00
A la tuya
Por alguna razón borré de mi agenda nemotécnica a Vidrick Taore, Hassan Ullah Amer, Shaniqua Kirkland, Robert Akonuche y Aisha Mad. Ellos me han enviado saludos con tratamientos de muy estimada, querida y mi amor; algunos, incluso, me proponen matrimonio o desean compartir conmigo la jugosa herencia que les ha dejado el padre, fatalmente acaecido entre las garras de la guerra.

Esas personas habitan algún punto de la tierra y han tenido la deferencia de empeñar su tiempo en enviarme cordiales invitaciones para que yo les envíe mi número de tarjeta bancaria, mi dirección, número telefónico y, en general, mis particulares. Son personas bien intencionadas, supongo, pues de otra manera no me llamarían “my dear” o expresarían su solicitud con tal corrección como “please, a need your assistance”.

Ocasionalmente decidí leer con comedimiento uno de esos correos venido desde África. Se trataba de una chica joven, guapa y maquillada para la ocasión. A la pobre, los enemigos de su padre, quien era algo así como un sultán, la dejaron huérfana e invidente, supongo, pues habiendo tantas fotos mías en internet no veo cómo me pudo confundir con un señor. Como sea, ella me pidió matrimonio, así nada más, sin mediar antes ninguna formalidad. Como tampoco lo hizo Ulla, quien está dispuesto a transferirme la gran cantidad de dinero que tiene en un banco de Medio Oriente, de donde es tan caro sacar su efectivo como conseguir una escritura en el estado de Coahuila. ¿Cómo se enteró de mi honestidad y entereza? Con Taore de plano nada quiero, pues se trata de tomar personas a mi servicio sin mayor cargo que techo y comida.

No puedo recordar a ninguna de estas personas, ni siquiera las tengo en Facebook, así que pensaré dos veces ese asunto de la transferencia bancaria y el matrimonio. Ahora bien, si por alguna razón no tengo remembranza de ellos, de sus maternales progenitoras sí se me vienen ideas a la cabeza.

19 Marzo 2019 03:30:00
La chancla y el tacón
El título de este artículo bien podría estar en la discografía de Los Montañeses del Álamo o Lupe Esparza. Mi objetivo, en cambio, no es festivo, sino melancólico, porque la sociedad mexicana bien puede dividirse en dos eras, a saber, antes y después de la chancla materna como adminículo de control y adiestramiento.

En un programa norteamericano de emergencias médicas dramatizaron el caso de una joven a quien su amiga –su mejor amiga– le clavó el tacón de su zapato, cuyo largo se extendía a 15 centímetros, en un pómulo. Fue una discusión sin importancia, alegaba la mujer, a quien su estado de embriaguez la dotaba de suficiente adrenalina para no torturarla con el dolor de la herida y el correspondiente a la pérdida de su amiga.

Esa dramatización vino a responder la pregunta realizada por millones de personas referente a por qué el uso de la chancla materna quedó en el pasado. Es obvio cuando nos damos cuenta que ahora una gran cantidad de madres ya no usan chancla y se montan en tacones, cuya estructura y precio los eximen de convertirse en herramientas para la educación de los hijos.

La chancla pulcra, suave, decorada, era una seña de vida ordenada, sencilla, pero feliz. Su manejo tenía cierta técnica, sobre todo en lo relacionado con la velocidad, pues, para ser sincera, yo nunca logré detectar el trayecto de la mano dirigiéndose hasta el pie, el cual, seguramente, colaboraba con el movimiento alzándose lo suficiente para que los dedos tomaran la pieza con cuidado y determinación justo de la cintura chancletal.

Ya entre los dedos, las madres podían hacer toda clase de suertes con el calzado, igualando a los pialadores tras la res. En la misma categoría que la mirada, la chancla materna ejercía su poder y hegemonía sin necesidad de ponerse en movimiento, pues su sola presencia recordaba, al mismo tiempo, autoridad, normativa, reglamento y castigo.

Las madres ya no quieren andar en chanclas. Ese cambio, más allá de simple moda y lucimiento, ha sido responsable de un cambio social significativo en las nuevas generaciones. Eso y más cabe en una chancla.

14 Marzo 2019 04:00:00
Fácil pérdida
Perderse una mujer en cada esquina es la cosa más sencilla que alguien, del sexo femenino, puede realizar al menos una vez durante su vida. Hay quienes lo hacen a cada rato y muchas otras de vez en cuando; la historia y la sociedad se han encargado de recordárnoslo.

Mi primera clase de orientación vocacional la tuve a los 14 años. Fue una tarde, cuando una mujer, familiar cercano, estaba sentada junto a mí en sendas sillas sobre la banqueta, como era costumbre en el pasado.

Más que mirar a los transeúntes, yo tenía fija la mirada en la pintura desconchada de mi casa, la puerta con óxido viejo y la banqueta de muy mal ver. Tuve la ocurrencia de preguntar por qué mi papá no arreglaba todos esos desperfectos, a lo que obtuve por respuesta “si esta casa no te gusta, busca quién te ponga una a tu gusto”.

Ahora sé que cometí pecado de ambición a externar mi aspiración por habitar en un lugar que delataba ser atendido, y eso no era propio de una mujer recatada. Antes, a mis ocho años, con la misma persona experimenté mi primera bofetada al preguntar la razón por la cual cierta monja tenía los ojos bizqueados; ahí supe que la curiosidad no tiene cabida en las cosas de Dios.

Hay un montón de cosas que llevan a una mujer por el camino de la perdición, como andar sola por la noche, caminar por lugares poco transitados, usar ropa ajustada, contestar a las agresiones con determinación y solvencia, ser madre soltera, destacar en el ámbito laboral. No tengo espacio para enlistar la gran cantidad de circunstancias que llevan fácilmente a una mujer a la perdición porque son tantas las ocasiones en las cuales se supone, entre formaciones imaginarias, que una mujer no debería actuar, estar, vestir, decir, hablar, defenderse, gritar a fuerza de ser considerada perdida o fácil.

La humanidad ha perdido a muchas mujeres en los últimos años. Mujeres que decidieron ir más allá del prejuicio y la suposición continuando sus vidas con airosa determinación; yo estoy por renovar mi credencial como parte de ese club al cual todavía nos da miedo darle un nombre.

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07 Marzo 2019 04:00:00
Ente peluchoso
Años atrás, Don Kevin Swason, un pastor evangélico, abrió un archivo criminal en contra de la Rana René, la de los Muppets, y todo porque se le ocurrió al batracio apoyar el matrimonio gay; es más, el hombre hizo una advertencia al público infantil: “René no está tan interesado en la cerdita Peggy, quizás está interesado en otra rana”, con quien, seguramente, anda en la senda de la sodomía.

No fue el único desaguisado que enfrentó el animalillo, pues antes de la demanda rompió contrato con una enorme cadena de restaurantes en donde este personaje y sus compañeros eran imagen. La ruptura se dio porque el dueño del emporio habló en contra de la homosexualidad.

La empresa Henson, que respalda a René, respondió al acusador, a quien respalda su esposa y su monaguillo, y decidió donar las ganancias obtenidas en la cadena restaurantera a una asociación en defensa de la homosexualidad y en contra de su difamación. Como sea, el religioso ya perdió de muchas formas.

Yo no sé si el pastor cierre filas con otras religiones o si René se adhiera al Partido Verde para apoyarlos con sus comerciales proselitistas, lo único que tengo por cierto es el gran desazón generado entre los habitantes de este mundo, quienes están aún en proceso de elegir postura y, quizá, inclinación sexual, así sea que la naturaleza los dotó con una clara predisposición.

La exaltación causada por el tema es un asunto viejo, apuntado en la historia y argumentado, en todas sus posturas, desde puntos de vista tan variados como los establecidos en la Biblia, anatómicos, genéticos, económicos, políticos o por mero divertimento. En esa discusión, el grupo homosexual acaba siendo, de todas formas, utilizado por partidos y separado de la sociedad, más si se le prometen derechos especiales, atenciones dirigidas, defensa personal y no una protección integral como la que viene en la carta de los Derechos Humanos y ya.

Entiendo que la demanda contra René no procedió, quizá por ser un ente peluchoso, pero alguien debía jalar las orejas a ese pastor por pervertir una imagen impoluta, hasta ahora, ante los ojos infantiles; junto con él, todos esos que ven al demonio en la gatita Kittie y los pitufos, a mí me gustan ambos, qué caray.

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05 Marzo 2019 04:00:00
Sin enderezar
En 2009 “sembré” este artículo. Usé ese verbo porque he cosechado buenos y numerosos frutos entre estudiantes y profesores quienes transitaron de una idea acartonada sobre la lectura a la peligrosa libertad de leer como uno quiera. Hoy una maestra me pidió que lo replicara en este espacio para solaz de sus alumnos.

Hay diferentes pruebas para evaluar la calidad de la educación básica en nuestro país. Algunas son propias y otras prestadas, pero en ambos casos se pretende hurgar, escarbar, en los cajones intelectuales de nuestros niños para saber si sus maestros los dejaron medio llenos o medio vacíos.

La más conocida es Enlace, test de batería –se llama así porque contiene preguntas de diferentes tipos de respuesta– que todavía pone a los niños ante el reglazo de qué es el objeto directo en “la vaca come alfalfa”. La otra es la prueba PISA, encaminada a unos cuantos sectores específicos de la educación con énfasis en la lectura.

Si los profesores estuviéramos todos preparados para manejarlas con la madurez de que estamos trabajando con seres vivos y que las condiciones pueden ser cambiantes en cada momento y en cada persona, voy de acuerdo en aplicarlas, pero cuando nos exigen que el lector esté sentado, sin cruzar las piernas porque le dan várices, sin mover la cabeza, solo los ojos; no abrir la boca, no emitir sonido alguno, que en su alrededor reine el silencio, no levantar el libro, tomarlo con ambas manos… Bueno, ya me cansé solo de platicárselo.

Uno de los libros que más he disfrutado es “El Mundo de Sofía”, y la mayor parte de sus páginas las repasé con voracidad tendida en la tierra del bosque con un árbol por recargadera. Sí me distrajeron muchas veces las aves, rebuznos y bramidos, a los que dediqué tiempo haciendo un espacio para continuar con la historia de la Filosofía. ¡Y sí le entendí!, hasta logré que mis alumnos de preparatoria lo leyeran voluntariamente.

“El Médico” lo terminé mientras cocinaba pollo en mole y “Ensayo Sobre la Ceguera” en dos o tres vueltas al banco, justo en quincena.

Algo debo confesar: no he presentado la prueba PISA, tal vez la repruebe; seguro me rechazarán los de la lectura rápida, pero no tienen idea de cuánto disfrute de mis lecturas.

Entonces ¿por qué no leer de cabeza si eso nos da placer? ¿O acaso usted no ha terminado un buen libro dando un profundo suspiro en el baño?


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28 Febrero 2019 04:00:00
Yo pecadora
Cometí un delito, soy culpable; volveré al lugar del crimen. Así actúan los delincuentes y yo, con una conciencia más grande que mi cerebro, me empuja a estar otra vez, y otra, frente al agraviado.

Más en mi agravio, el delito lo he venido cometiendo desde hace 35 años, y no es mi descargo el hecho de que no estuve consciente de ello; muy al contrario: Me sentía la heroína, salvadora, redentora de decenas, cientos de chiquillos y adolescentes atropellados por la escuela.

Tengo por regla -y mis alumnos de ayer, hoy y siempre lo saben- permitir a los estudiantes que propongan, diseñen, hagan y piensen todo lo que les es dado por la imaginación siempre y cuando cubran un único requisito: Hacerlo todo con la ropa puesta.

“Hacerlo todo con la ropa puesta” es una manera de pedirles que sus acciones, tan libres como nos sea posible hacerlo en la escuela, no tengan más acotación que el respeto; hasta ahora todos lo han entendido, desde alumnos de primaria hasta universitarios. Hoy, tres décadas después, me doy cuenta de cuánto una parte de mi metodología no estaba siendo asimilada: La libertad.

No les sucede a los chicos en educación básica, sí a los pre y universitarios. La libertad de acción, la posibilidad de opinar de construir significados, de generar conceptos se ha convertido en una posibilidad tan amenazante que parece malintencionada. He notado, con tristeza, como alumnos brillantes se tornan inseguros porque no he incluido en clase la imposición de un significado, la letanía de un autor, la memorización de una teoría.

Cada día expongo a mis alumnos al riesgo de pensar; cada día me demuestran cuánto puede avanzar una mente joven si se le deja volar. Cada clase, ellos han estado esperando la verdad, una verdad única e indiscutible y, lamentablemente, no tengo esa respuesta porque ni quisiera tenerla.

En mi próxima clase vestiré con sobriedad, me calaré mis anteojos y recitaré un par de teorías con sus conceptos; luego vendrá el examen. Esto me hará ganar una evaluación docente favorable, aunque yo, en mi interior, me sienta reprobable.

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27 Febrero 2019 03:00:00
La regla
La primera regla para que hacer funcional a una agenda es ver la agenda, abrirla; las normativas posteriores no importan mucho cuando el primer requisito falla a una gran cantidad de organizados potenciales. “Organizados potenciales”, nombre eufemístico de los distraídos.

Ante la irascible insistencia de la exigente modernidad y sus frases lapidarias como “carpe diem”, “cada minuto cuenta”, “el tiempo es oro”, numerosos adultos desorganizados caen en la mercadológica tentación de iniciar una vida dentro del orden. Adquirir una agenda es un paso tan importante en esta empresa como adquirir un par de tenis cuando se planea, ahora sí, hacer ejercicio rutinariamente.

Nada más comprar la agenda -cuya búsqueda implicó un viaje específico, una revisión minuciosa y una inversión considerable- todos los espacios son rellenados con las acciones previstas, los cumpleaños olvidados, los actos deseables y las frases necesarias para cumplir todo lo anterior; pero al siguiente día se olvida mirarla. Un teléfono inteligente ayudaría con esta determinación, pero una gran cantidad de esos adultos conversos también está iniciando cierta vida más natural, alejarda de esos aparatos, o no sabe bien a bien cómo programarles las alarmas, o no se posible recordar en dónde quedó tras la última lección recibida de un nieto impaciente.

Tan largos como las membresías del gimnasio a partir de enero son las decisiones sobre organizar la vida con una agenda, cuyos meses de enero a marzo se ven ahítos de actividades hechas o por hacer, de abril a mayo apenas sí marca los días festivos y de junio en adelante sus hojas funcionan bastante bien para anotar los recados recibidos mediante el teléfono tradicional.

No es desdén ni tampoco desdoro; asumo que los intentos por llevar una agenda en el último tercio de la vida no suelen duran mucho tiempo porque, a un paso de obtener una credencial de INAPAM lo que menos les importa es el tiempo y su acomodo.



23 Febrero 2019 03:00:00
De dos en dos
En un baño de mujeres se pueden captar hasta cinco conversaciones simultáneas

Se requieren características muy específicas para ir al baño de mujeres. Yo no cubro ese primer requisito de parecer, ser y actuar como dama de compañía.

No tengo muy claro por qué las mujeres no van solas al baño. En lo personal, cuando hay una urgencia, escapo, repto por entre la gente y paso
inadvertida.

Alguna vez seguí a unas primas; me esforcé en vano por desentrañar ese secreto antiquísimo y femenino, pero no encontré nada espectacular: hablaron sobre los vestidos de todas las asistentes –excepto ellas– y las carencias o abundancias nuevas en los caballeros viejos.

No tengo la habilidad para reservarme los asuntos: si voy a abordar un tema lo comento en sobremesa, en tanto los invitados más felices bailan la rayita. Las mujeres de verdad son sagaces y reservan una parte muy sabrosa para agotarla frente al lavabo; las acotaciones se hacen de un sanitario a otro. Un baño en día de boda se vuelve mercado sobre ruedas y no torre de Babel, pues de forma inexplicable nadie se confunde con la plática ajena ni se mezclan personajes.

En un baño de mujeres se pueden captar hasta cinco conversaciones simultáneas. Cada pareja cuenta una historia intacta, aprende una segunda y complementa la tercera. En esos casos, cuando al regreso del sanitario alguien me pregunta qué me contaron en mi viaje por ese paraíso de la comunicación, yo, como Pito Pérez, digo: nada, nadie dijo nada.

Nunca entraré a ese club tan distinguido; los talentos requeridos no me los dio natura, mucho menos la Sorbona, y dudo mucho, a estas alturas, desarrollar semejantes habilidades y aptitudes. Ese misterio de ir al baño para dos nunca podré desentrañarlo.

19 Febrero 2019 04:00:00
Subir para abajo
Ya cuando cerraban la plática con esta frase “Y tiene una casa de dos pisos”, todos estaban ciertos de la acomodada posición económica de la cual gozaba el persona de marras. Nosotros, los pobres, nos conformábamos con un piso, y a veces de tierra.

Llamo a esto la paradoja de la escalera. Mi tía era rica, pues un costado de su sala tenía, a modo de costilla, una rutilante escalera que anunciaba la entrada a cierto paraíso superior que, en mi fantasía, se adivinaba amplio, pulcro, con pisos suaves como si anduviera uno entre las nubes, con ventanales interminables, cual si uno fuese dueño del cielo mismo. En realidad, la casa llevaba en la planta alta dos recámaras medianas y un baño común.

Mi padre, por su lado, era pobre. Tenía en su haber una casa con dos recámaras enormes con piso de barro, cuyos techos era imposible encalar si no se contaba con un andamio; había al lado una cocina grande con estufa de leña y mesas de madera, sobre la cual pendía un canasto rebosante de tortillas recién hechas. Afuera se extendía un patio, regido por el pirul, y más allá, estaba la huerta, la troje, el corral de las vacas y el tapanco. Pero no había escaleras.

La inteligencia comercial hizo lo suyo cuando convenció al mundo que un habitante de la ciudad, encaramado en una casa más alta que sus aspiraciones era sinónimo de estatus envidiable. Subir la escalera parecía la imagen propia de le elevación al cielo, como si adquirir una casa con doble planta nos volviera el bíblico Elías de Reyes 2: 11, subidos hasta Dios en medio de un torbellino.

Los habitantes del campo, por la paradoja de la esclarea, se han sentido siempre como si fueran el condenado a pisar la tierra, a estar siempre pegados a ella como una predestinación, como sus propios caballos que aunque no estén atados no se arrancan a correr, sino que quedan ahí pendientes de la soga.

Hoy los amplios terrenos se cotizan altos. Una casa con techos altos, encalados, extendida en medio de un predio sin necesidad de violentar el medio interrumpiendo la mirada al cielo es lo que nos vuelve miembros de la estirpe superior.

Los campesinos ya se dieron cuenta de eso y tomaron una decisión: venden a los citadinos para que construyan en sus grandes tierras casas pequeñas con escaleras.

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14 Febrero 2019 04:00:00
Valor de café
Quien pone el café cada mañana en la oficina, no tiene idea cuánto bien hace a la humanidad, la cantidad de matrimonios que salva, el número de suicidios que evita y el espacio tan grande que ocupará su ausencia si acaso piensa en marcharse.

Dedico este texto a Hugo, caballero andante encomendado para desvelar la luz del día en la escuela que me ocupa. Lo he visto batirse contra la rutina de llevar a cuestas una cafetera con capacidad para 50 tazas; se he enfrentado a su otro yo tratando de entender cuál fue el pecado que le lanzó ese karma tan desastroso para su persona. La importancia que tiene esa batalla librada cada mañana, con el triunfante olor a café como estandarte, cale mucho más de lo que huele.

El olor a café en una oficina no empezó con la Revolución Industrial. Todavía en mis mocedades como reportera, mi mayor anhelo era acercarme a las oficinas directivas para hacerme la ilusión de saborear un café sempiterno puesto quién sabe dónde; ilusión nada más porque eran tiempos cuando esa bebida se ofrecía solamente a los visitantes distinguidos. El café que prepara Hugo, luego de guardar sus armas, es un fehaciente acto democrático para el pueblo.

La moda del café lo ha encarecido. Si antes era una compra emergente en una esquina para engañar al estómago vacío y madrugador, hoy es un ritual de posición económica, cuyos costes se elevan a razón del estampado vaso en el cual lo sirven y la posibilidad de tomarse una selfi que nos reposiciones en el ránking social de los humanos productivos.

El abrazo del café al ingresar un área administrativa, a una sala de maestros, es un olor que genera pertenencia, sensación de bienvenida cuya llamada nos atrae como canto de sirenas cuando la madrugada nos atosigó con el retintín del despertador.

Hugo no lo sabe, pero tiene entre sus manos la armonía laboral, la permanencia, la puntualidad, la identidad de una institución completa y la certeza de que, a pesar de todo, se puede sobrevivir en cualquier selva.


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12 Febrero 2019 04:00:00
Caricatura
La palabra caricatura tiene un significado bipolar y muy chistoso. Es un término poderoso, pues entre sus letras cabe tanto la sorna y la malicia, como la concepción de un mundo completo, deseable y, por qué no, muy real.

Mi más lejano recuerdo es Goldar. La Señorita Cometa no cuenta, porque más allá de Chivigón, todos los demás participantes eran seres humanos; aquel, en cambio, destilaba carbón del lapicero con el cual fue dibujado, cuadro por cuadro.

Goldar emergía de unas compuertas cubiertas por agua. Elevaba su interminable altura por encima de todo lo presente en el contexto de la historieta; además lo hacía justo cuando el mundo andaba apuradísimo combatiendo males invencibles. Lo maravilloso, al parecer, siempre ha venido en dibujos animados.

Al mismo tiempo, una caricatura era ese dibujo distorsionado de uno que ofrecían algunos hombres puestos en la Alameda los fines de semana. Es decir, en mi mente habitaba lo deseable y lo indecible: Todos mis amigos se soñaban en el cuerpo de Goldar, pero nadie quería quedar estampado en el papel con los ojos chuecos y la nariz infinita.

Parecer una caricatura, hasta hoy, no es un halago para quien tiene en ciernes su madurez; sin embargo convertirse en cuanto es un dibujo animado, se ha vuelto ensoñación para millones de muchachos y muchachas.

Los poderes de todos los Hombre Araña, la pragmática filosofía de Dead Pool, la mística del Guasón, el desgano de Harley Quinn, todas son cosas deseables y dignas de ser respetadas, analizadas. Los adictos a estos dibujos animados, a veces vueltos persona, bien pueden olvidarse del mundo real porque con todos los fantásticos hay universos suficientes para vivirlos.

No son caricaturas, son dibujos animados, con solo cambiar el nombre se defiende la diferencia entre lo irrisorio y lo admirable. Vaya, lo que puede hacer una palabra.


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09 Febrero 2019 04:00:00
In fraganti
Cuando estudiante de secundaria llegué a medir, si acaso, un metro con 55 centímetros. No sé si los truenos plantados por doquier en la escuela alcanzaban los 8 metros de que son capaces, pero parados uno junto al otro, ellos se achicaban a mi tamaño y yo podía volar.

No atendía tanto a sus hojas ovaladas, duras y crujientes, a pesar de que me sirvieron como ansiolíticos al romperlos por la mitad y, junto con el chasquido íntimo entrambos, se disparaba hacia mi nariz un tropel de ácida terapia. Fueron también entretenimiento cuando, entre mis manos, se volvían confeti o silbato fallidos; aun con eso, no eran las hojas del trueno mi objetivo entonces.

Llegué a fijarme, sin demasiada minuciosidad, en las minúsculas esferas opacas que contenían el objeto de mi deseo: un aroma que estallaba en otoño a modo de fuegos naturales que me atacaban construyendo, contra mi voluntad, un acervo de recuerdos que programaron mi inconsciente para volver, intermitentemente, a la escuela secundaria.

Sus frutos son remedio medicinal y tónico en Oriente; las plantas pueden convertirse en invasoras, dicen los botánicos. Mi aportación empírica es determinante para la comprobación de esa hipótesis: reencontrarme con el aroma de sus flores duele tanto como alivia; invade sin control la parte de la memoria en donde se resguardan los recuerdos terribles de la adolescencia, desde el riesgo a ser abusada hasta el terrible profesor de Español que pedirá el cuaderno completo mañana.

Qué saben de truenos los botánicos si colocan en el mapa nacional apenas unos cuantos en mi ciudad; ignoran que yo misma estoy poblada, que la existencia de mis compañeros en decenas tuvo en el aroma de sus flores el origen de recuerdos personales, de las decisiones propias, del descubrimiento del mundo descarnado y de la impostergable autosuficiencia.

Sus bayas esféricas; las hojas, alimento para las orugas, y las flores abren en cuatro minúsculos y fragantes pétalos. En Wikipedia olvidaron poner los adjetivos persistente y sempiterno a su fragancia.



07 Febrero 2019 04:00:00
Miedo no basta
Las mujeres nos volvimos peligrosas; saltamos de vulnerables a vulnerantes. Con miedo que nos tengan basta, decían; pero cuando ese temor está sentado en la desconfianza, más que bastar, ese miedo sobra.

Provocar una impresión de poder ha sido el trabajo milenario de las personas quienes tienen por cometido en la vida el control; sin embargo, estudiado ese poder bajo la óptica de la realidad social, cuanto más se ejerza ese control, más se pierde.

La lucha feminista no nació con la intención de ocupar el poder, sino de desocuparlo. La finalidad no consistía en desbancar al controlador, sino liberarse de él, pero sucedió lo que pasa siempre al ser humano: conforme incrementa su campo de dominio, pierde la pista del destino original y se pierde a sí mismo.

Ayer mismo leí un artículo publicado en España referente a la crisis global de los miedos masculinos ante el delicadísimo alcance legal de las mujeres que empieza a desbordarse hacia la intransigencia. La primera consecuencia de ello, emerge una primera desventaja: Numerosos gerentes o especialistas en la empresa privada se niegan a ser mentores de nuevas empleadas o compañeras de trabajo, porque no tienen muy claro cómo, con cuál acción o en qué momento pueden ser acusados de acoso sexual.

El resultado es que menos mujeres tienen la capacitación para ocupar mejores puestos. Este oxímoron social parece un resultado natural de las épocas culturales y sus marcadores de límite: Se transitó de la ignominia contra la mujer a la exigencia sin reflexión.

Es un hombre quien descubrió este nuevo patrón de comportamiento de hombres hacia mujeres, argumentado bajo el respeto indiscutible hacia ellas, pero con el ligero implícito del alejamiento laboral que, con toda seguridad, se volverá también un mecanismo de defensa en todas las relaciones sociales.

¿A dónde queríamos llegar con la lucha feminista? Valdría la pena retomar el punto de aterrizaje.


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31 Enero 2019 04:00:00
Todo o nada
Estudiar Filosofía ya es difícil de por sí: implica darse cuenta de que uno no es uno sino todos pero nada a la vez y, además, esa cosa indescriptible se puede individualizar para luego identificarse con un colectivo. Si alguien no entendió, estará en mi equipo: Yo tampoco.

Los filósofos son más intrincados que la Filosofía misma, pues, al igual que algunos pedagogos y sicólogos, si no inventan una palabra a lo largo de su vida, no descansarán la muerte. Así, debemos memorizar entelequias, cosificaciones y “epochès”.

No conformes con neologismos construidos a base de extranjerismos que, de acuerdo con la Academia, si los uso se convierten en barbarismos, osan derivar los nombres de grandes pensadores a fin de inventarse como partidarios de alguna corriente. Se les hace muy fácil pegarle sufijos a los ya de por sí complicados apellidos en cuanto extranjero tuvo a bien plantear una teoría.

Con los kantianos y los aristotélicos no tengo gran problema, pero guardo mis reservas con kikergardianos y nietzscheanos. Ahora mismo la lengua se me hace un nudo para pronunciar, y esto sin adentrarnos en sus teorías.

Hace unos días me vi enfrentada a leer a Wittgenstein, pensador nacido en Austria; en la clase, el maestro nos recibió con una pregunta profundísima: “¿Quién se volvió wittgensteiniano?”. Un murmullo recorrió el salón y todos nos dimos a la tarea de encontrarle una respuesta correcta, pero cuando fuimos capaces de pronunciar la palabrita, ya se había acabado la hora; todos decidimos ser platónicos, resultó mucho más fácil de decir.

No soy conservadora; sí voy de acuerdo con la evolución léxica y la necesidad de nuevas palaras, pero, esto defendiendo las formas. El filósofo austriaco, de por sí complicado de leer, se quedará sin seguidores si insisten en pegarle más complicaciones al nombre y, como diría Hermione, en Harry Potter: temerle al nombre solo acrecienta el miedo al hombre.

A resultas de todo esto, durante algún tiempo me quise promover como heideggeriana, pero al decirlo me sentía lideresa sindical dando un discurso; me decidí por Santo Tomas, para ser tomista, y si no me quedé nada más con el Santo, es porque no podía ser santa… pues aún no muero.

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29 Enero 2019 04:00:00
Todos mis kilos
Ningún ginecólogo de este mundo se ha embarazado, por eso ignoran que antes del parto no es una mujer puede dormirse con dos kilos y amanecer con el doble sin explicación ninguna, y de ahí se derivan todos los otros males.

¿Cuántos kilos habrá subido Thalía en todos sus embarazos? Dos y medio quizá, y aun así un laboratorio la demandó por haberse embarazado a medio contrato; craso error, pues bien pudieron aprovecharla para promover algún milagroso ungüento capaz de hacer aparecer cual sílfide a una recién desembarazada.

La mayoría de las mexicanas no entramos en ese catálogo. Los doctores apenas se enteran de la gravidez, lanzan una retahíla de advertencias: no suba más de doce kilos, camine hasta el día del parto, ingiera comida sana, no tome refrescos, no fume, no ingiera alcohol, no cargue cosas pesadas, no haga ejercicios bruscos, etcétera.

En lo personal, seguí ese dicho de echarle todos los kilos a las cosas planeadas; mi hijo no lo fue precisamente, pero, como fuere, yo decidí ponerle mi mucho peso a fin de conseguir un personaje decente; el problema es que cuando salió a la luz me lo dejó todo encima y luego, volver al tamaño normal es una cosa muy complicada.

Desconozco si ThalÍa usó alguna faja, tomo cierto té o se consiguió un instructor de yoga venido del Cirque du Soleil, pero a mí no me funcionó la primera, el segundo me daba asco y el tercero lo cambié por un malabarista centroamericano de un crucero, con los resultados a la vista.

Como todo en esta cruel sociedad, podríamos decir entonces que no hay embarazadas lacias o rotundas, corpulentas o enclenques, saludables o en riesgo; simple y sencillamente las hay pobres y las hay ricas, eso definirá si no el tamaño del hijo, sí el de la mamá.

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24 Enero 2019 04:00:00
Párese
La probabilidad de que nos pesque un stand up en un vuelo comercial, el súper o la Plaza de Armas es baja, aunque latente. Ante esta perspectiva, hace tiempo tomé una importante decisión: llevar siempre ropa interior limpia, o mostrar una actitud como si la llevara.

La ropa interior limpia es por si se requiere asistencia de un guapo bombero o un atractivo paramédico y tenga yo suficiente conciencia para percibirlo. Cualquier adulto sabe cuánta seguridad otorga a nuestra personalidad sabernos con el interior muy pulcro; aquí es donde entra el tema de la actitud.

Tuve, hace poco, una pérdida importante al respecto. De pie al aire libre, enajenada en una diferencia con alguien más, tuve frente a mí cierto acontecimiento estelar maravilloso: un bólido azul brillante, visto a la distancia con dimensiones similares a un globo aerostático, pasó frente a mí dejando una estela luminosa. Mi asombro me distrajo los primeros segundos, sin embargo, perdí de vista el destino de aquel objeto al distraerme para confirmar que mi contrincante no se había percatado del evento.

Me entretuve por un rato cavilando sobre cuánto hubiésemos disfrutado, en conjunto, de lo recientemente acontecido; para cuando me percaté de mi tontería, era demasiado tarde: tampoco yo me permití observarlo en plenitud. Perdí esa ocasión pensando en aprovecharla la próxima vez; pasaron ya 30 años y la oportunidad no regresa aún.

También vi a un hombre tirarse desde un segundo piso; nadie me dejó acercarme para prestarle ayuda o, por lo menos, atención paliativa y él murió solo. No es una experiencia deseable, tampoco probable, pero si se repite, debería sobreponerme a la opinión de otros.

Ambos fueron acontecimientos mayores, sin embargo, deberíamos responder a la pregunta sobre si cada día se nos escapan oportunidades irrepetibles como granos de arena entre los dedos. La petulancia humana inventó frases como estas cuando dejamos de mojarnos en la lluvia, tomarnos un día libre, conocer a alguien: hoy no puedo, ya lo haré mañana.

24 Enero 2019 04:00:00
Párese
La probabilidad de que nos pesque un stand up en un vuelo comercial, el súper o la plaza de armas con comprobablemente bajas, aunque latentes. Ante esta perspectiva, hace tiempo tomé una importante decisión: Llevar siempre ropa interior limpia, o mostrar una actitud como si la llevara.

La ropa interior limpia es por si se requiere asistencia de un guapo bombero o un atractivo paramédico y tenga yo suficiente conciencia para percibirlo. Cualquier adulto sabe cuánta seguridad otorga a nuestra personalidad sabernos con el interior muy pulcro; aquí es donde entra el tema de la actitud.

Tuve, hace poco, una pérdida importante al respecto. De pie al aire libre, enajenada en una diferencia con alguien más, tuve frente a mí cierto acontecimiento estelar maravilloso: Un bólido azul brillante, visto a la distancia con dimensiones similares a un globo aerostático, pasó frente a mí dejando una estela luminosa. Mi asombro me distrajo los primeros, segundos, sin embargo perdí de vista el destino de aquel objeto al distraerme para confirmar que mi contrincante no se había percatado del evento.

Me entretuve por un rato cavilando sobre cuánto hubiésemos disfrutado, en conjunto, de lo recientemente acontecido; para cuando me percaté de mi tontería, era demasiado tarde: Tampoco yo me permití observarlo en plenitud. Perdí esa ocasión pensando en aprovecharla la próxima vez; pasaron ya 30 años y la oportunidad no regresa aún.

También vi a un hombre tirarse desde un segundo piso; nadie me dejó acercarme para prestarle ayuda o, por lo menos, atención paliativa y él murió solo. No es una experiencia deseable, tampoco probable, pero si se repite, debería sobreponerme a la opinión de otros.

Ambos fueron acontecimientos mayores, sin embargo, deberíamos responder a la pregunta sobre si cada día se nos escapan oportunidades irrepetibles como granos de arena entre los dedos. La petulancia humana inventó frases como estas cuando dejamos de mojarnos en la lluvia, tomarnos un día libre, conocer a alguien: Hoy no puedo, ya lo haré mañana.

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17 Enero 2019 04:00:00
A la mano
Los ojos son el espejo del alma; el cabello femenino delata un despertador descompuesto, y el pantalón el mejor amigo tres semanas después del salón. (Sí, esta lista esta muy loca, pero si Borges lo hacía ¿por qué yo no?) Pero las uñas, señor mío, son la caja de pandora, la caja negra, la caja de Fruit Loops para conocernos a las mujeres en todo nuestro esplendor.

Deberán, los caballeros, agradecer a la inventiva estética por esta seña a distancia para tomar una decisión respecto de establecer uno u otro tipo de relación con el sexo opuesto. Algunas tribus y grupos étnicos usan turbantes atados de diferentes formas; otras, fajas de diferente grosor y colorido atadas a la cintura; también hay huipiles delatores del estado civil entre las mujeres, todo esto para evitar confusiones penosas -o trágicas- si alguien quisiera algo con ellas. Pero lo de hoy, lo de hoy, son las uñas.

La uña larga, a mediados del siglo pasado, era un signo de rebeldía, protesta no tan silenciosa contra la sumisión femenina referida a labores en el hogar, que impedían el cuidado de la belleza femenina, porque eso era sinónimo de desatención a las obligaciones de la mujer: los hijos, el viejo, un montón de pájaros, un perro, un gato y una tortuga.

Hoy en día, la uña racionalmente larga y pintada es solo reflejo de mesura y buena apariencia, no habla mucho del estado civil o deseos al respecto para un futuro inmediato. Si van pintadas, el color envía numerosos mensajes: la de rojo padece el síndrome de la blancura y desea exacerbar el albo tono de la piel, exista o no –el tono, no la piel-; las rositas guardan discreción y feminidad, las de transparente, cuidado, anuncian la perfección en dicho y hecho, seguro no permitirán a nadie siquiera un calcetín en el baño.

Una forma de reafirmar la determinación por la libertad fue usar, sobre las uñas propias, extensiones acrílicas en la punta de los dedos; ahora se usa porcelana, acrílico, gel. Las féminas capaces de portar esos accesorios y mantener las medias impolutas y la ropa interior sin rasguños, suelen ser solteras, económicamente activas, o casadas con la esperanza de volver al estado y añorado estatus anterior.

Por cuestión de espacio, abordaré, por último, las de la uña mordida. Estas chicas son un albur y fehaciente modelo de la mujer, es decir, darán resultados extremos: en cuanto se casen, o comerán todo lo que haya en casa excepto la queratina de sus uñas, o, pasado un mes de la boda, será usted quien vaya a ponerse uñas postizas, porque habrá consumido por completo las suyas.

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10 Enero 2019 04:00:00
Quién lo dijo
Va uno buscando los mejores discursos entre las mejores personas, las comunidades desarrolladas y colocadas en los cuernos de la luna por las encuestas internacionales. Resulta que en el trayecto por encontrar el mejor monólogo dirigido a un hijo, mis mejores puestos los ocuparon dos impensables: Sylvester Stallone y la cultura nahua.

El primero no parece haberse hecho con la fama por sus palabras sabias; los segundos, andan en boca del mundo como bárbaros y violentos. Les dejo dos flores cortadas de sus respectivos jardines y ustedes sacarán la conclusión.

Stallone en su personaje dice a su hijo: El mundo no es un arcoíris, es un mundo malo y salvaje y no importa qué tan rudo seas te pondrá de rodillas y te pondrá así permanentemente si lo dejas. Nadie golpeará tan duro como la vida, pero no importa qué tan duro lo hagas sino lo duro que resistas y sigas avanzando; así es como se gana. Y si sabes cuánto vales, sal a buscar lo que mereces, pero debes ir dispuesto a recibir golpes y no a culpar a otros y decir no soy lo que quiero ser por él o ella o por nadie. Siempre te amaré sin importar lo que pase, pero hasta que empieces a tener fe en ti no tendrás una vida propia.

Texto nahua. Ama y haz piedad, y no seas soberbio ni des a otro pena; mas serás bien criado y afable con todos, y recatado delante de aquellos con quienes vivieres y conversares, y serás amado y tenido en mucho. No hieras ni hagas mal a alguno, y haciendo lo que debes, no te ensalces por ello, porque pecarás contra los dioses, y hacerte han mal. Si no anduvieras, hijo, a derechas, ¿qué resta sino que los dioses te quiten lo que te dieron y te humillen y aborrezcan?

Así, las mejores palabras no siempre vienen de las mejores caras.


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08 Enero 2019 04:00:00
Ayer, hoy y siempre
Tengo tres textos para ustedes; es un acertijo, un juego a simple vista entretenido y sencillo, pero en realidad es cruel y agorero. Se trata de adivinar la época a la cual corresponden las siguientes crónicas.

1. Los reclusos musulmanes de los campos de detención en el extremo oeste de China se encorvaban sobre las máquinas, una fila tras otra. Estaban entre cientos de miles de personas que habían sido detenidas y pasado un mes tras otro rechazando sus convicciones religiosas. Ahora el gobierno los mostraba como modelos de arrepentimiento, acreedores a buenos salarios —y al perdón político— y empleados en una fábrica.

2. Un judío sometido a los musulmanes podía perder, arbitrariamente, en cualquier momento, su derecho a practicar la religión e incluso su derecho a la vida, aunque no exterminaban sus comunidades porque eran cultas e industriosas y aportaban impuestos seguros y servían de muchos modos, porque no solo había médicos eficientes, sino que aprendían a leer y escribir árabe con tal de cumplir sus exigencias.

3. El programa tenía como objetivo convertir a los uigures, los kazajos y otras minorías étnicas —muchos de ellos agricultores, tenderos y comerciantes— en obreros industriales disciplinados que hablen chino y que sean leales al Partido Comunista y a los dueños de las fábricas.

4. Los niños debían vestir pantalón azul, camisa blanca de manga corta, chaleco azul con franja amarilla y cabello en corte natural claro. Las niñas llevarán falda con largo a cinco centímetros sobre la rodilla, calceta blanca, camisa blanca de manga corta y un moño blanco, satinado, en el cabello recogido.

Para analizar un texto, nos enseñaron en la escuela, es necesario ubicarlo en su contexto histórico. De este modo, algunos de ustedes ya estarán echando mano de sus lecturas profundas o de sus respuestas en el Maratón; sin embargo creo que en este caso ninguna de las dos acciones será de gran utilidad.

Las respuestas son: la número uno, es del 5 de enero de 2019; la dos, corresponde al año 762; la tres data de ayer, y la cuatro es de hoy. Si no tiene inconveniente, mañana conversaremos sobre la evolución social del ser humano en lo que a tolerancia se refiere. Ahora podemos estar tranquilos.

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02 Enero 2019 04:03:00
Ley del hielo
El otro día tuve un infortunio: terminé mi trabajo en menos de lo que cantó el gallo. El gallo, molesto, se sintió vulnerado en su gallinácea debilidad, y le dio por atacarme a gritos y picotazos; al final, aplicó la ley del hielo a mi persona. Mohamed bin Salmán, en cambio, el otro día participó del crudelísimo asesinato de un periodista y, sin embargo, sigue teniendo amigos. ¿Cómo funciona ese asunto de la amistad?

Donald Trump, tan veleidoso, le concede el beneficio de la duda; el presidente indio, Narendra Modi, el sudafricano Cyril Ramaphosa y el chino Xi Jinping se tomaron selfies con él; Putin, de Rusia, entabló una cálida conversación con él, incluidas sus sonrisas enigmáticas y el intercambio de amigos en Facebook.

Si cometemos un error en la oficina, seguro la mitad de las compañeras dejan de seguir y el resto mantiene su considerable distancia para no alcanzar la furia del sistema que se vendrá sobre nosotras las fallidas. Los chicos en la escuela tienen bastante con encontrar a un compañero de tercer grado amigándose con los de segundo para sufrir las de Caín con el asunto del desdén.

¿Cómo hace Mohamed bin Salmán para ser invitado, todavía en las fiestas políticas? ¿Qué recurso bajo el brazo le impide ser vetado de un grupo así el mundo tenga claro que su mano hizo más que estirarle la pata a una vaca enorme y evidente? ¿Será que hemos juzgado mal a los políticos y en ellos cabe más bondad, perdón y tolerancia que los chamucos estudiantes de la secundaria; más sensibles que las gorgonas que habitamos las oficinas?

Estos pensamientos me llevaron a la reflexión siguiente: los amigos que nos rodean tienen clasificaciones particulares; yo como amiga soy clasificada de modo particular. Si los amigos de bin Salmán lo clasifican como viable a pesar de los delitos públicos, la clasificación de esos amigos también tendrá, necesariamente, tintes oscuros.

La conclusión: ante mi incapacidad de mantener activos a los amigos con oscuros tientes, tengo más estilo para llevar a cuestas la ley del hielo en mi vida laboral.


28 Diciembre 2018 04:00:00
Cama ranchera
Igual que un sastre iniciara el pantalón empezando por la valenciana, yo iniciaré este texto con lo de atrás para delante o lo de abajo para arriba.

Haré, por lo pronto, un listado con frases amorosas y bien trovadas a fin de explicar, por lo final, las razones que me movieron para entregárselas a usted. Aquí están.

Tú eres el aire que respiro para vivir, tú eres la tierra donde al fin descansaré. / Si la muerte me la dan tus brazos, no habrá prisionero más feliz que yo. /Háblenme montes y valles, grítenme piedras del campo; cuándo habían visto en la vida, querer como estoy queriendo, llorar como estoy llorando, morir como estoy muriendo.

Aclaro: elegí apenas un mínimo de frases tomadas al azar entre canciones mil. Probablemente haya identificado algunos versos, pues pertenecen a letras muy conocidas por los mexicanos. La razón atiende a que, hace poco tiempo, en una estación de radio cierta locutora hacía una reflexión para aleccionar sobre moral a nuestra sociedad; leía, para ello, una anécdota cuyo protagonista trocaba su corazón bueno por uno malo, y entre las manifestaciones de su transición estaba un nuevo gusto por la música ranchera.

He tenido una lucha interna a partir de entonces. Gusto de la música clásica, también del rock, pero no negaré que a menudo escucho música ranchera y, lo peor, me gusta. No tengo claro si soy mala todo el tiempo o solamente cuando mal entono la letra de “Hermosísimo lucero”.

Entiende cuánto los prejuicios guían la vida en una sociedad, sin embargo, son los medios masivos quienes tienen el cometido de limarlos para lograr una mejor convivencia y mayor comprensión entre la muy diversa población que somos en cada punto del planeta.

Las letras que elegí muestran cierto conocimiento literario, bastante creatividad y no poco sentimiento. No me queda claro cómo la locutora llegó a esa conclusión, quizá para relacionar el tema del riesgo social con la música pudo haber utilizado el ejemplo de quienes escuchan temas con abierta alusión sexual o palabras insultantes hacia la mujer; aun así, el calificado de “malo” seguiría siendo dudoso.

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26 Diciembre 2018 04:00:00
Ahí no
Dos peticiones insistentes realizo cada año cuando se aproximan la Navidad y el Día de Reyes; las gorditas de harina no fueron la cena este 24 de diciembre tampoco y la mañana del 25 tampoco amaneció bajo el pino la ubicación y el santo y seña del lugar llamado “ahí”.

Me extraña sobremanera no conocer a otro individuo humano quien incluya entre sus deseos la revelación de semejante misterio oculto hace miles de años entre las creencias, las palabras y las certezas de nuestra sociedad. El “ahí” -a diferencia del ahora- es resbaladizo y etéreo como el salario mínimo mexicano.

En primer término, tengo claro que “ahí” se apodera de nuestras cosas en cantidades ingentes. El efecto de sus raptos es constante, hasta rutinario; la humanidad, incluso, se ha vuelto insensible al delito cometido y se limita a decir con desgano: “Debe estar por ahí” cuando alguien plañe por su libro, sus anteojos o su elefante. No hay bodegas tan grandes como las de “ahí”.

La respuesta a todas nuestras preguntas existenciales, nuestros empeños como investigadores y las razones culpables de la infelicidad también se encuentran en esa dirección. Si hay un asunto irresuelto, una discusión sin acuerdo, un cierre palmario y desesperanzador es: “Ahí está el problema”; pero dónde es exactamente el sitio, nadie lo sabe, razón por la cual no se localiza la solución.

Algunos iluminados creen conocer jirones de ese sitio asexuado y se extravían en rustas desconocidas tras cerrar la puerta con la frase inquietante: “Andaré por ahí”. ¿En dónde buscaría usted, exactamente, a esa persona?

Otros, dominados por el pavor, se disfrazan de soberbia y aparentan indiferencia, desinterés por dar con el sitio, y usan la frase “Ahí sí que no”. Más allá de la negación matemáticamente afirmativa contenida en el sintagma, antes que aclarar su postura le heredan al receptor del mensaje una inconmensurable incógnita: ¿en dónde no?, y si no esta claro el sitio de la negación, la siguiente pregunta es ¿en dónde sí?

Es muy profunda la duda existencial provocada por una palabra tan pequeña, pero capaz de contenerlo todo, incluso el detalle.

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21 Diciembre 2018 04:00:00
Ordenando el caos
Hace un lustro me preguntó: “Maestra ¿cómo puedo enseñarles español si cada tercer día tenemos código rojo y acabamos bajo las bancas?”. La respuesta nos la dimos ambos con un proyecto que se intituló “Estrategias didácticas para enseñar español en ámbitos de violencia”.

Sí, la propuesta fue muy buena y los resultados excelentes, lo malo radicó en el veredicto dado a su documento: aprobado con honores, pero su texto condenado al rincón de una bodega para evitar que algún otro estudiante copiara la idea.

No fue un trato personal hacia mi alumno, ese es el derrotero de todos los trabajos con los cuales se titulan los futuros profesores. Sus documentos no son publicados ni públicos; se archivan en un sitio a donde nada más pueden entrar personajes especiales, así como los duendes guardianes de Gringotts, el banco mágico de Harry Potter.

Esta historia triste la recuerdo al término de cada ciclo escolar; sin embargo, este año me escuece más la herida saber que la Secretaría de Cultura federal publica el libro “Para leer en contextos adversos y otros espacios emergentes”, de autores extranjeros o internacionalmente conocidos.

En sus capítulos se habla sobre migración, desplazamiento horror, belleza, emergencia, todos temas actuales y asuntos inmediatos que requieren atención interdisciplinar porque pergeñan la sociedad en la cual insertamos a nuestros egresados de educación básica.

No me incomoda esa publicación, al contrario, me parece fantástico que se hable sin ambages de la realidad circundante a nuestros niños y jóvenes, establecidos y migrantes; es el oscurantismo al que está condenado el trabajo hecho por los estudiantes normalistas, quienes a diario están frente a grupos, recolectando millones de historias adversas y emergentes.

Además del documento mencionado al inicio de este artículo, hay más sobre aceptación del otro, gestión de ayuda para problemas innombrables, didácticas para trabajar en aulas sin luz ni cristales, poesía con grafiti y textos fonéticos. Aplaudo la publicación del libro, pero lloro por el anonimato de tantas ideas excelentes que aportan un poco de luz al diario vivir de las escuelas mexicanas.

21 Diciembre 2018 04:00:00
Ordenando el caos
Hace un lustro me preguntó: “Maestra ¿cómo puedo enseñarles español si cada tercer día tenemos Código Rojo y acabamos bajo las bancas?”. La respuesta nos la dimos ambos con un proyecto que se intituló “Estrategias didácticas para enseñar español en ámbitos de violencia”.

Sí, la propuesta fue muy buena y los resultados excelentes, lo malo radicó en el veredicto dado a su documento: aprobado con honores, pero su texto condenado al rincón de una bodega para evitar que algún otro estudiante copiara la idea.

No fue un trato personal hacia mi alumno, ese es el derrotero de todos los trabajos con los cuales se titulan los futuros profesores. Sus documentos no son publicados ni públicos; se archivan en un sitio a donde nada más pueden entrar personajes especiales, así como los duendes guardianes de Gringotts, el banco mágico de Harry Potter.

Esta historia triste la recuerdo al término de cada ciclo escolar; sin embargo, este año me escuece más la herida saber que la Secretaría de Cultura federal publica el libro “Para leer en contextos adversos y otros espacios emergentes”, de autores extranjeros o internacionalmente conocidos.

En sus capítulos se habla sobre migración, desplazamiento horror, belleza, emergencia, todos temas actuales y asuntos inmediatos que requieren atención interdisciplinaria porque pergeñan la sociedad en la cual insertamos a nuestros egresados de educación básica.

No me incomoda esa publicación, al contrario, me parece fantástico que se hable sin ambages de la realidad circundante a nuestros niños y jóvenes, establecidos y migrantes; es el oscurantismo al que está condenado el trabajo hecho por los estudiantes normalistas, quienes a diario están frente a grupos, recolectando millones de historias adversas y
emergentes.

Además del documento mencionado al inicio de este artículo, hay más sobre aceptación del otro, gestión de ayuda para problemas innombrables, didácticas para trabajar en aulas sin luz ni cristales, poesía con grafiti y textos fonéticos. Aplaudo la publicación del libro, pero lloro por el anonimato de tantas ideas excelentes que aportan un poco de luz al diario vivir de las escuelas mexicanas.

20 Diciembre 2018 04:00:00
Función de chacha
A primera vista vilipendiado, este espacio ha sido, en realidad, exclusivo y de alta especialización, tan xenofóbico como si sus manuales de comportamiento estuviesen inspirados en la filosofía aria selectiva: la hora, la plaza, la función de las Chachas, todo es un logro histórico acuñado no a pico y pala, sino a determinación y dignidad que ningún otro gremio alcanza.

Si bien, una invitación a eventos selectos ha de especificar el horario, el número, la vestimenta y cuantas restricciones apliquen a cada rubro, las muchachas de ayuda doméstica se manejan a partir de códigos cuyos signos se comparten en redes secretísimas y cerradas. No hace falta decir lo que para ellas es evidente.

El parque tiene sus rutas, sus sentidos natural y contrario por donde cada quien sabe cómo, con quién y hacia dónde avanzar. Aparentemente alejados los antisemitas sociales, les dejan andar con libertad y sin interrupciones; dominan el sitio con sus presencias, sus ritmos y sus aromas sin hacer campañas por la exclusión ni protestas para la inclusión: Su lucidez les lleva a disfrutar la plenipotenciaria pertenencia que el destino les cede en cada ciudad.

La función de cine les cuesta tanto, o menos, que a quienes prefieren las multitudes elitistas acostumbradas a divertirse en exhibidores citadinos. Para ellas y sus acompañantes es la sala, la cafetería, el horario perfecto para hacer de sus domingos el perfecto “carpe diem” entre la película, el paseo y el amor.

Ellas han dejado al devenir que pelee sus batallas. Ocupan los sitios y las horas que la sociedad les destina y entonces van tomando terreno poco a poco, en silencio; no hacen falta las consignas ni las mantas, se saben tan indispensables en la casa de quienes tienen altamente legislado su comportamiento, que les basta ser ellas y nada más.

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13 Diciembre 2018 04:00:00
Ya no soy una señora
Justo cuando pretendía convertirme en una mujer decente, la picaresca se pone de moda.

Apenas Germán Dehesa inauguró espacios mediáticos en donde estaba permitido el sarcasmo. Descartando los casos literarios, el periódico trataba de asuntos serios; los columnistas repensaban la realidad social y aportaban soluciones, en el mejor de los casos o atisbaban derroteros terribles, en su mayoría.

Hace diez años tuve la ocurrencia de hacer “Ordenando el caos” para publicaciones diarias, leídas por el común de los mortales a quienes las amenazas macroeconómicas los tienen sin cuidado en tanto sus preocupaciones radican en pagar la siguiente tanda. Eso parecía muy loco.

Eventualmente, en el sajón sentido de la palabra, me he puesto seria y abordé los asuntos desde perspectivas académicas y profundísimas reflexiones sociales, pero resulta que ahora, lo de hoy, es el sarcasmo y la ironía aderezados con toda clase de cerezas altisonantes.

En la educación me pasó lo mismo. Di mi primera clase hace 30 años, y esta consistió en hacer pasear a los alumnos por un jardín a fin de que buscaran, entre los bichos más pequeños, al personaje principal de lo que sería su gran obra literaria. Eso fue muy loco, tanto que, al siguiente día, cuatro padres de familia hicieron reclamos formales respecto de la mala reputación que les generaría el hecho de que sus hijos hablaran sobre larvas y gusanos durante la comida. ¿Acaso eso había sido lo más relevante que la escuela les ofreció ese día?

En estos días, resulta, que los más serios comunicadoras en el ámbito educativo dan conferencias para el mundo salpicadas con chascarrillos y anécdotas personales; además, les aplauden.

Decidí, por salud mental, convencerme de que mis ideas nunca fueron tan malas como las calificaron en su tiempo, solamente fue que nací en el año equivocado.
11 Diciembre 2018 04:00:00
Es un cerdo
Hace tiempo me contaron esta historia, cuya protagonista, una niña de preescolar, contestó reiteradamente, y negativamente, a la pregunta ¿cuántos coches rojos hay en la imagen? La imagen mostraba por lo menos tres autos de ese color; el veredicto fue: Estudiante con problemas de aprendizaje, se recomienda canalizar a educación especial.

No entristezcan, ese no fue el desenlace. Una joven profesora propuso, antes de la reubicación, preguntarle a la niña sobre su respuesta, a lo que ella respondió: no hay “coches” rojos, porque todos son “rositas”. Ella se estaba refiriendo a los cerdos.

La segunda escena en este texto la compone un alumno cursando el primer año de secundaria. Originario de la frontera con Estados Unidos, radicado allá hasta sexto de primaria y deportado recientemente. Sus problemas son Historia y Geografía: la maestra lo reprueba por desconocer ambas materias respecto de México.

Entristezcan, porque el adolescente será llevado de nuevo a Estados Unidos en donde será cuestionado –y probablemente reprobado- por desconocer la Historia y la Geografía de Estados Unidos. El problema, hasta ahora, radica en que a la maestra no se le ocurrió preguntarle por qué, a diferencia de sus compañeros, falla en los estados y capitales mexicanos.

Tercera escena. Una niña en sexto grado, convencida de que tener hambre constantemente es malo para la salud, sufre sus embates a media mañana y para no desvanecerse, canta, habla fuerte, baila; no quiere asustar a sus papás si llegaran a llamarles para decirles que se desmayó en clase. El problema es que nadie le ha preguntado la razón de su comportamiento “un poco loco”.

El cliché del adolescente dio una vuelta de tuerca y se volvió contra ellos mismos. No todos son rebeldes, comodinos, extraviados; hay una gran cantidad de muchachos buscando salvar el pellejo de la mejor manera, así sea que no entienden cómo funciona la vida en derredor suyo.

Parece simple: basta con preguntar. Habrá quien lo ponga en duda; sin embargo, esto lo supe justamente así, preguntándoles.

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08 Diciembre 2018 04:00:00
Vida trivial
Las cosas triviales sirven para ganar el maratón y volverse una imagen inmarcesible, porque lo cotidiano nos pertenece, en cambio quienes son extraordinarios pertenecen al mundo, a lo inasible y solo se recuerdan cuando el calendario tiene a bien traerlo a colación.

La escuela no tiene todo el conocimiento humano, y si lo tuviera, no habría tiempo suficiente para estudiar una carrera que lo contenga; la mayoría de las cosas que aprendemos suceden fuera del aula, al menos aquellas puestas en práctica para sobrevivir.

Voy a dar un ejemplo de utilidad: ganar el Maratón. En masculino se refiere al juego de mesa en el cual contienden hasta cinco jugadores respondiendo las más disímbolas preguntas a donde el azar tienda a llevarlos. El Profe Alessio ganaba siempre.

El Profe Alessio es un recuerdo inmarcesible para mí, porque ver a los adultos en una batalla campal de memoria e inteligencia me daba un vértigo tremendo siendo niña, me los imaginaba transpirando hasta la última gota de conocimiento adquirido en los sitios más impensables, pues saber cómo se llamaban los monjes budistas capaces de autoincinerarse para defender su filosofía o bien, quién si Chucho Monge tuvo un coautor al escribir “México lindo y querido”.

Más allá de las capitales recónditas en algún punto del mapamundi, lejos de las fechas cuando se celebraron los mundiales y las Olimpiadas, respondían con tino cosas que, definitivamente, la escuela no enseña. Él, y sus adversarios en el Maratón, fueron otra escuela para mí, una que se daba en la cotidianeidad sabatina de la reunión familiar.

Nadie ha ocupado, hasta ahora, el sitio honorable del Profe Alessio, desconozco si continúa con esa costumbre, sin embargo, se mantiene en la contienda en cada uno de quienes adquirimos el aprendizaje de volver maravilloso lo trivial.

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04 Diciembre 2018 04:00:00
Tocar, atacar
Así como el clima, el tema de los migrantes tuvo ocupado al país por un par de semanas. Se delimitaron los bandos, se aclararon las posturas, se removieron las conciencias y al final casi todos acabamos con un lío ideológico ante la urgencia de colocarnos en algún extremo: a favor o en contra.

Los funcionarios públicos abogaron por la indulgencia plenaria de sus actos; los partidos enarbolaron las banderas emergentes para un posicionamiento favorecedor; las instituciones públicas emitieron discursos neutrales, pero los hijos de vecino, como una servidora, los vimos de cerca, con la mano tendida y el rostro insondable del ajeno, como si los nacionales nos pertenecieran y el resto de la humanidad fuera una desconocida especie.

Los conductores no hemos tenido tiempo de analizar el impacto económico que ocasionará al país el darles un peso o negárselos, sin embargo, ese látigo existencial que nos ha heredado la moral no nos dejará tranquilos el resto de nuestra vida.

Cuando los migrantes piden dinero o comida a través de la ventana del auto, me queda siempre el remordimiento si no doy o si doy muy poco: Quién me dice que tal vez tuve frente a mí al próximo potencial Chopin o a al siguiente Albert Einstein y fui yo el deleznable ser que le negó ese personaje a la humanidad. Si doy mucho –en mis parámetros-, me da un resquemor existencial al pensar que probablemente hoy alimenté a un delincuente en ciernes.

Es una postura difícil decidirse a hacer algo con los migrantes; en todo caso, como hizo Romayne Wheeler, sería más tranquilizador ser migrante y hacer algo con los locales. Este pianista norteamericano quedó a vivir con los tarahumaras en la sierra de Chihuahua, dejando su vida de concertista solo para tres ocasiones al año, cuando sale de ese lugar. Enseña a tocar el piano a los niños rarámuri; hoy, uno de ellos se convirtió en pianista también y va por el mundo mostrando su versión de La danza del venado. Se llama Romeyno Gutiérrez Luna, no sé si es casualidad el nombre, pero si es un reconocimiento de vida, es una buena manera de ser local aunque se inicie migrante.

Entonces, quizá, deberíamos dejar atrás la discusión moral y empezar con la acción fehaciente, eso determinará de mejor manera cuán buenos locales somos o cuán eficientes migrantes podemos ser.


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01 Diciembre 2018 04:02:00
Mi abuela
No tengo abuela; madre, sí. Por mí no quedó, hice algunos intentos pero, de plano, la naturaleza –la mía y la de ellas– no me ha dado oportunidad de contar con una de esas dibujadas en los cuentos infantiles y materializadas en pocas realidades.

Algunos cargan el mote por carentes de antecesora a resultas de su poca ética, abundante maña o manifiesto registro en las ramas del árbol genealógico caprino.  Pero yo, en verdad, no tengo abuela. Tuve tres, pero ya no.

La primera es un mito, una leyenda, ambos andan en mi memoria falsa como historia tan posible como fantástica.  Murió antes de que yo naciera, pero esparció sus pistas vitales por calles, casas, gente y murmullos de dos ciudades; así que la mantengo viva en tanto no descubra, a pie juntillas, si tengo la historia equivocada de una mujer, o la historia de una mujer equivocada.

La segunda me llegó porque Dios y Don Felipe quisieron. Éste la eligió a ojo de pájaro cuando cruzaba a menudo los caminos frente a la huerta en donde ella tejía una cuota diaria, perfectamente medida: hasta consumirse una vela de sebo; esa fue prueba fehaciente de la aplicada esposa que podría encontrar en esa mujer.  Aquel se la llevó porque apenas matrimoniada dejó ganchillos, velas y veladoras para otra menos lista, y ese no fue el trato.

A la tercera la elegí con toda mi conciencia y estas dos benditas orejas tan oídoras que me pertenecen. Escuché sus historias una y otra vez, nunca las mismas, porque a veces eran contadas con la energía del recuerdo, a menudo con el dolor de la añoranza y, últimamente, con el desfiguro de la tristeza.

Sentada frente a la estufa metálica, su cuerpo empequeñecido apenas podía cambiar el sitio para encontrar acomodo en el sillón.  Pero ahí estaba, en el lugar elegido por su voluntad, no la de médicos, hijos prestos o perdidos.  Como sea, los últimos días viajó de la sierra hasta el pueblo, luego amanecía en la ciudad y, a veces, estaba mirando, clarito, la escuela primaria donde hizo hasta tercer grado una y otra vez; dentro de todo, su memoria fue magnánima y le permitió trasladarse a esos sitios con la pura imaginación y  la certeza de una verdad deseada.

De carácter fuerte, organizó su mundo, el de su marido, llevó a los hijos a crecer, así tuviera que desnudar las almohadas para librarlos del frío pendiente siempre en las cabezas de pobres y de campesinos.

Con todo y su yo determinante, un día me animé a pedirla en adopción; dijo que sí, al cabo había conocido a mis abuelos, a los tíos y hasta meció incansablemente a algún primo.

Entonces inauguramos tardes de recuerdos, charlas interminables, cíclicas y fractales sobre un pasado  vigente en su deseo y mi curiosidad.  Detalló lo lejano y lo reciente, lamentó su soledad y alabó la compañía; miró sus manos cansadas de moler, lavar, mecer, servir.

Pero hoy, ya no tengo abuela. Ayer se me ha muerto Doña Quica y, como dijera el viudo don Rafael: pues ni modo qué hacer.
29 Noviembre 2018 04:00:00
Mi abuela
No tengo abuela; madre, sí. Por mí no quedó, hice algunos intentos pero, de plano, la naturaleza –la mía y la de ellas- no me ha dado oportunidad de contar con una de esas dibujadas en los cuentos infantiles y materializadas en pocas realidades.

Algunos cargan el mote por carentes de antecesora a resultas de su poca ética, abundante maña o manifiesto registro en las ramas del árbol genealógico caprino.  Pero yo, en verdad, no tengo abuela. Tuve tres, pero ya no.

La primera es un mito, una leyenda, ambos andan en mi memoria falsa como historia tan posible como fantástica.  Murió antes de que yo naciera, pero esparció sus pistas vitales por calles, casas, gente y murmullos de dos ciudades; así que la mantengo viva en tanto no descubra, a pie juntillas, si tengo la historia equivocada de una mujer, o la historia de una mujer equivocada.

La segunda me llegó porque Dios y don Felipe quisieron.  Este la eligió a ojo de pájaro cuando cruzaba a menudo los caminos frente a la huerta en donde ella tejía una cuota diaria, perfectamente medida: hasta consumirse una vela de sebo; esa fue prueba fehaciente de la aplicada esposa que podría encontrar en esa mujer.  Aquél, se la llevó porque apenas matrimoniada dejó ganchillos, velas y veladoras para otra menos lista, y ese no fue el trato.

A la tercera la elegí con toda mi conciencia y estas dos benditas orejas tan oídoras que me pertenecen. Escuché sus historias una y otra vez, nunca las mismas, porque a veces eran contadas con la energía del recuerdo, a menudo con el dolor de la añoranza y, últimamente, con el desfiguro de la tristeza.

Sentada frente a la estufa metálica, su cuerpo empequeñecido apenas podía cambiar el sitio para encontrar acomodo en el sillón.  Pero ahí estaba, en el lugar elegido por su voluntad, no la de médicos, hijos prestos o perdidos.  Como sea, los últimos días viajó de la sierra hasta el pueblo, luego amanecía en la ciudad y, a veces, estaba mirando, clarito, la escuela primaria donde hizo hasta tercer grado una y otra vez; dentro de todo, su memoria fue magnánima y le permitió trasladarse a esos sitios con la pura imaginación y la certeza de una verdad deseada.

De carácter fuerte, organizó su mundo, el de su marido, llevó a los hijos a crecer, así tuviera que desnudar las almohadas para librarlos del frío pendiente siempre en las cabezas de pobres y de campesinos. Con todo y su yo determinante, un día me animé a pedirla en adopción; dijo que sí, al cabo había conocido a mis abuelos, a los tíos y hasta meció incansablemente a algún primo.

Entonces inauguramos tardes de recuerdos, charlas interminables, cíclicas y fractales sobre un pasado vigente en su deseo y mi curiosidad.  Detalló lo lejano y lo reciente, lamentó su soledad y alabó la compañía; miró sus manos cansadas de moler, lavar, mecer, servir.

Pero hoy, ya no tengo abuela. Ayer se me ha muerto Doña Quica y, como dijera el viudo don Rafael: Pues ni modo qué hacer.

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22 Noviembre 2018 04:00:00
Competente y hablador
Las competencias comunicativas son un estandarte de la educación moderna; su ejercitación, un preocupante tema entre los profesores. A mi ver, ese tema de creer a la primera, no debería servir para ajusticiar a la internet: desde la tía Toña y hasta la fecha, cada quien dio por cierto el mensaje que mejor le acomodó.

El periodismo comunitario fue inaugurado por las primeras mujeres quienes se quedaron en casa, cuando ya no fue necesario salir a cultivar sus alimentos. La mañana era un lapso de valioso intercambio informativo durante el cual, y en tanto los hombres salía a ejercer las exigencias de su género, ellas vertían toda clase de datos a sus congéneres vecinas.

El punto nodal de la noticia, supónganse el embarazo inesperado de Sarita, permitía tantas vertientes como teorías sobre la ingeniería usada por los indígenas americanos para construir sus pirámides. Cada una tomaba la parte valiosa –para sí- de lo escuchado y hacía una interpretación que se volvía, a su vez, verdad absoluta para ser transmitida más delante. Al final, la pobre Sarita quedaba a un pie del cadalso moral cuya guillotina era ejercida mediante la ley del hielo y la compasión.

¿Cuáles eran los filtros para validar la información antes de la internet? Los mismos que ahora: conocimientos previos, prejuicios, preferencias y, en general, muy poco sentido común. Si hoy en día los seres humanos recibimos las versiones del embarazo de Sarita multiplicados por versiones variopintas provenientes de múltiples países, lo natural es que se elija una, tan al azar como lo hacían aquellas vecinas de marras, y se haga propia para luego transmitirla con una inevitable condimentación personal.

Respecto de la educación, la escuela puede esforzarse por enseñar los medios posibles para validar una información científica; sin embargo, si se intenta desarrollar una habilidad infalible para descartar información falaz de las redes cuando de esparcimiento y vida cotidiana se trata, tendremos tantos descalabros que nuestra historia circulará en internet numerosas vertientes de las cuales, cada quien tomará la que mejor le plazca.

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20 Noviembre 2018 04:00:00
Prohibido, trivial y obligatorio
El chiste más colorado que yo conté durante mi niñez se lo debo a Raúl Vale. Contaba el comediante que no tenía la menor intención de volver a Italia por tercera vez, pues la primera, ser homosexual era penado; la segunda, aplaudido, y la tercera, suponía él, sería obligatorio.

Sacando el asunto de la broma, Vale sólo satirizó el círculo real del cual entramos y salimos en todos los temas prohibidos. Tenemos ejemplos en la música, la literatura, el lenguaje y, por supuesto, la homosexualidad: si en Roma antigua no era mal vista, en la contemporánea fue castigada y en la moderna, apologada.

Cuando llegamos a la parte obligatoria, es una forma de llevar al extremo la insistencia social por una causa, una inclinación o una iniciativa. Pongo otro caso muy en boga: el feminismo, del cual es prácticamente imposible sustraerse, pues hombres y mujeres nos vemos impelidos a estar a favor o en contra, pues los de en medio resultan demasiado tibios como para entrar al cielo.

En la música, la zarzuela fue la prima hereje de la ópera, una expresión cultural de la gente vulgar; luego se abrió paso como Juana de Arco, desnuda y todo, para ocupar un sitio entre la música culta. Piense usted en el tango, con una historia similar en lo referente a cultura musical; ahora bien, si la mente le traiciona –como lo está haciendo ahora la mía– y está tirando para ejemplificar con el reguetón, primero prohibido, luego trivial y ahora casi obligatorio, quizá es porque resulta una verdad apabullante.

El lenguaje es el mejor ejemplo que tengo. Mi medio siglo ha visto cómo palabrotas como “menso” pasaron de ser motivo de castigo a comentario cariñoso e inocente; también atestigüé la pérdida de variados adjetivos para llegar a un presente en donde todo, lo bueno y lo abusivo, es “chingón” y nadie lo discute.

Hay genios cuyos descubrimientos requirieron de muchos siglos para ser aceptados como válidos; bueno, pues yo ya le hice los honores a Raúl Vale: esperó nada más 40 años para que su verdad fuera reconocida.




20 Noviembre 2018 04:00:00
Fútbol y filosofía
Política, religión y fUtbol fueron, hasta hoy, temas tabú si quería evitarse una interminable discusión o una fugaz amistad. Del asunto que hoy trato no sé bien a cuál de los tres corresponde pero suele causar el mismo efecto: El infierno y su ubicación precisa sin el auxilio de un GPS.

Aristóteles y Nietzsche, para ejemplificar, serían los contrincantes a este respecto: El primero lo adjudicaba a un poder divino que nos castigaría con él según la maldad en nuestros procedimientos; el segundo, en cambio, dijo que todos los que no somos él conformamos en equipo su insufrible infierno.

En ambos casos, estos señores dijeron que nuestros diablos personales no son responsables de que exista semejante y terrorífico sitio, a final de cuentas un tercero es quien lo provoca. Sin embargo, con todo y sus posturas encontradas sí coinciden en algo los filósofos: No podemos prescindir de esos terceros.

Una parte de la humanidad requiere la existencia de un ser superior, omnipresente y recipiente de todas las razones que los pobres hombres no podemos dilucidar por sí solos; el resto argumenta autosuficiencia en eso de pecar sin necesidad de perdón, sin embargo, se saben dependientes de los demás, sí de todos los que, en conjunto, conformamos esa vorágine que coarta libertades y deseos porque nos negamos a ser y hacer, con precisión, conforme a su voluntad.

Como todo está escrito, seguro lo siguiente alguien lo dijo ya y yo lo creo, fervientemente, en este momento: El infierno es una obra propia y personal, nosotros la construimos a placer y no es tan maléfico como creíamos porque incluso nos da la opción de llevarlo a cuestas o guardarlo en el ropero, como hicieron con la abuela en Cien Años de Soledad y, emulando la historia de García Márquez quien dice que a la difunta mujer la sacaban los niños de vez en cuando para jugar con ella, ¿quién dice que no podríamos hacer lo mismo con nuestro averno personal?

Los humanos vamos armando un edificio de flagelos para autocastigarnos cuando creemos prudente y necesario, estamos indecisos entre aplicarnos la ley islamita, la cristiana, la del talión, la de según sea el caso o la única e irrepetible que debe regir a cada persona, porque somos cada uno y cada día tan diferentes que ninguna constitución axiológica daría en el clavo para llevarnos por el buen camino sin tropiezo cual ninguno.

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13 Noviembre 2018 04:00:00
Como en las fotos
Son invaluables los esfuerzos que hace cada país por lograr que sus zonas turísticas se parezcan, cada vez más, a las fotografías con las cuales anuncian sus maravillas.

Quince años atrás tuve en suerte ser reportera de turismo. Me tocaba establecer enlaces con los gobiernos de los estados para intercambiar servicios de hospedaje y guía a cambio de promoción en las páginas de un diario. Esta actividad me llevó dos años y veinte estados con todos sus municipios.

Más allá de las muchas maravillas prometidas que encontré y las tantas otras descubiertas para el común de los mortales, quedó claro que si un paseante se encamina a un destino, enamorado de las imágenes promocionales, deberá hacer un cálculo preciso para encontrarse con el panorama que tuvo a bien retratar un fotógrafo profesional.

Los edificios, por ejemplo, muestran lo mejor de sus caras en los folletos coloridos e impresos por la Secretaría de Turismo. Si el deseo es encontrar esa luz, ese color, ese contraste y ese detalle, es necesario dar con el horario que aporte la iluminación, el ángulo que incluya la contrastación y el acercamiento físico para dar con lo detallado. En general, lo que yo encontré, fue lo siguiente: es la cámara y no la vista humana, capaz de capturar tales bellezas.

Por esos años me tocó estar en Xochimilco con la finalidad de entrevistar a la viuda de Gabilondo Soler, “Cri Cri”, quien no solo accedió a la charla, sino que dio tanta feria de más sobre la vida personal del hombre y algunos otros detalles, que resultó una publicación reveladora. Una de las historias contadas fue la aversión a volar que padeció el cantautor y, al mismo tiempo, su convicción de que la única manera de conocer lo mejor de un país desde sus mejores ángulos, era hacerlo leyendo National Geographic, revista de la cual acumuló una significativa colección.

Como ven, ahora ya no se trata de capturar lo mejor de un lugar, sino hacer que ese lugar sea tan bueno como alguien lo pueda capturar.


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08 Noviembre 2018 04:00:00
Culto al diablo
Por fin pasó el Día de Muertos. Me gustan los cempasúchiles, gusto del pan de muerto y disfruto del colorido que le ponen a los comerciales alusivos a la muy mexicana tradición de los altares; será porque en el norte no siempre fuimos mexicanos, pero no tengo tan claro cuál festejo me toca: El culto al diablo o la herencia prestada de Quetzalcóatl.

Carlos Pellicer escribió: “El pueblo mexicano tiene dos obsesiones: El gusto por la muerte y el amor a las flores. Antes de que nosotros habláramos castellano, hubo un día del mes consagrado a la muerte; había extraña guerra que llamaron florida y en sangre los altares chorreaban buena suerte”. Es extraño cómo este párrafo no se reprodujo en todos los debates electrónicos que tuvieron foro en redes sociales; sin embargo, si contásemos la cantidad de veces que se aludió a Halloween como culto al diablo, la pelea justa sería un asunto discutible. Como sea, el norte mexicano no pertenece a Estados Unidos y poco se compara con el resto del país.

México está compuesto por tres países: El Sur, el Centro y el Norte; no me detendré a sostener lo que han dicho ya voces autorizadas. Yo puedo dar testimonio del último: El mío no es ese que suspende labores una semana por rendir culto religioso; tampoco encuentra los monumentos construidos por sus antepasados por la sencilla razón de que fueron nómadas. ¿A dónde podrían llevarle flores a sus muertos si quedaban puestos en canastas apenas resguardados en una cueva a merced de los animales?

Por si fuera poco, en esta discusión tan manoseada acabó involucrado hasta Bond, James Bond, y no como agente secreto, sino de un modo bastante procaz. De algún modo los productores supusieron que si había desfile de Parachicos en Chiapas lo habría en todo el territorio nacional y se inventaron el más vistoso paseo de calaveras por las calles mexicanas; tras de eso, organizamos desfiles como si lo hubiese dictado Bernal Díaz del Castillo.

Las tradiciones rebasan los dictados oficiales y las esperanzas turísticas, cada trozo de tierra es un país cuando se trata de festejar o de llorar; discutir por eso es tan vano como entablar una guerra porque unos son blancos y los otros no.

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06 Noviembre 2018 04:00:00
Nuevo de paquete
Descreída soy en lo referente a las estadísticas de pobreza, por lo menos en las mexicanas. Intento comprenderlo, con todas mis ganas, pero no me cuadran los números: Tantos premios facilísimos de ganar y muchos más esperando por uno manteniéndose, mientras tanto, en la aspiración por llegar a la clase alta.

Agradecería me asesore alguien versado en números, pensamiento matemático y cuentas claras, porque a mí se me mueven las cifras y soy más romántica que numérica cuando trato de ponerme a concatenar sorteos, concursos, certámenes y rifas con las muchas personas en nuestro país, cuyas esperanzas se van a la basura junto con los prometedores empaques de sus tantísimas compras.

Dicen que un señor en Veracruz encontró ambas partes de un auto, dibujadas estas en sendas tapas de refresco, las llevó a donde había de llevarlas, llenó formatos y solicitudes, demostró ser quien es y salió en la tele mostrando, orgullosamente, las llaves de su vehículo nuevo de paquete, cuyo costo, vale la pena decir, había ejercido ya comprando cientos de refrescos y pagando otros tantos médicos que controlasen su diabetes.

No tengo ningún sobrino, primo carnal o segundo, tío, cuñado, hermano, entenado, amigo ni enemigo tienen primos, hermanos, entenados, amigos o enemigos quienes conozcan a otros que hayan ganado uno de esos premios millonarios que prometen cuantos productos pasan en la tele.

No dudo, para nada, de la veracidad certificada en esos sorteos, pues sé de cierto que ya los registró Gobernación, dio por buenos el SAT y aceptó el pueblo en pleno, la razón por la cual mis conocidos y los suyos propios siguen tan pobres como esperanzados está relacionado con nuestra mala suerte en el juego… y también en el amor.

Dicen los abuelos: dinero llama dinero. Así, asumo que familias como los Slim, Romero o Gordillo fueron dotados con esa clase de fortuna y, hasta la fecha, ganaron los premios del refresco millonario, el concurso para triunfar en un minuto, fueron reyes por un día y registraron todos sus empaques de maicena, he ahí la génesis de sus fortunas.

Se necesita tiempo, sistematicidad y empeño para lograrlo, eso ha de ser. Siendo así, yo no aspiro a encontrarme siquiera un Gansito gratis cuando compre Bimbuñuelos.

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03 Noviembre 2018 04:00:00
Invisible
Volverse invisible es un sueño común entre niños, jóvenes, delincuentes y madres con más de un hijo o uno solo pero adolescente. Hay recetas históricas practicadas por brujas, hechiceros, científicos y directores de cine; hasta ahora, solo ha funcionado esa que dicta la mercadotecnia.

Un señor, el otro día, se echó limón en la cara y llegó a la lúcida conclusión de que ese ingrediente lo habría vuelto invisible; así las cosas, fue a robar un banco. Ya con la Policía encima, afirmó haber corroborado su teoría al mirar su borrosa imagen en un espejo justo tras vaciarse una taza de jugo en la cara y, por supuesto, los ojos. Desconozco si al final cayó en la cuenta correcta.

Luego ciertos investigadores inventaron la capa de invisibilidad, solo requería que el individuo metido en ella desviara los fotones chocando contra su cuerpo; como eso no fue posible, proyectaron la imagen de una pared trasera al frente del conejillo de indias. Dejó de verse, es cierto, pero invisible no se volvió.

En realidad hubo quien, en 1949, dio al clavo con la solución: Bob Dylan. En su canción “Like a rolling Stone” la última estrofa dice: “No puedes negarte cuando no tienes nada, no tienes nada que perder, ahora eres invisible, no tienes ningún secreto que ocultar”. Se refería a una mujer quien, tras tenerlo todo, se volvió mendiga y desapareció de los escenarios en una sociedad que rinde culto a la opulencia.

Convertirse alguien a las filas de la miseria es un acto quiromántico para volverse transparente; los pobres son uno mismo, no hay una cara particular que les corresponda. Ahora bien, el extremo opuesto también vuelve invisible.

La mercadotecnia dicta, paso a paso, cómo vestir, calzar, lucir para ser únicos; al final, entre tantos únicos todos acaban por ser iguales. Lo dijo con todas sus letras Síndrome, el villano en la película “Los increíbles”: Cuando todos tengan armas especiales, ya nadie lo será.

Como se ve, la fórmula para volverse invisible no es tan complicada, lo difícil, en realidad, es tratar de ser diferente, pues eso nos convierte en blanco fácil.


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02 Noviembre 2018 04:00:00
Muerto del rancho
A la distancia, los panteones pueblerinos parecen todos iguales. No es así, cada uno tiene sus historias propias y las formas heredadas por la costumbre local para recordar a sus parientes apresurados en comprobar la realidad de su fe. Pero algo ha venido a cambiar esos bonitos modos.

En el pasado, sepultar a los muertos consistía en volverlos a la tierra, entregarlos a la naturaleza que se encargaría de darles vida nuevamente: la mitad en el cielo, la otra mitad, en la tierra misma. Los pobres sabían, solo en esos momentos, que eran exactamente iguales a los ricos, pues unos y otros florecían tal cual en las mismas flores.

Pero antaño había algo diferente a hoy: vivos y muertos quedaban avecindados en el mismo pueblo. Ahora, a veces ventaja a veces no, los más jóvenes emigran a las ciudades para vivir y regresan, ya grandes, a los ranchos para morir. Entonces la gente nueva se empeña en dar reflectores a su cariño ya no dejando que la tierra les florezca a sus difuntos, sino dejándole muerta bajo placas de cemento.

Los panteones de los pueblos chicos apenas emergen de la tierra; en los pueblos grandes, la vista abierta se ve coartada por construcciones de simples a suntuosas pero todas, eso sí, innecesarias. Las flores, entonces, son de papel y tela a falta de sustrato.

El otro día que fui al rancho, pregunté sí yo, hija adoptiva de ese lugar, podría aspirar a morir por siempre en su panteón. Me dijeron que sí. Pero yo, limosnera y con garrote, les pedí de favor y en última voluntad, no me pudiera techos ni columnas, no quería ventanas ni muretes a los lados. ¿Para qué si uno busca estar mirando siempre la limpidez del cielo y la oscuridad del suelo que allá viven todavía?

Hay algunas tumbas envueltas en baldosas, con rejas en los vanos y puertas de metal frente a las cruces. Y donde que nadie entra a molestar muertos ajenos en los ranchos. No entiendo tanto empeño en un lugar de donde nadie se puede salir y nadie se quiere meter.

Yo, la mera verdad, sí quisiera, aunque sea hasta entonces, después de muerta, ser libre para andar del tingo al tango, aunque sea con la mirada.

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01 Noviembre 2018 04:00:00
Amor de hombre
Si ustedes no han conocido el amor más grande entre dos hombres, amor de esos que no pretenden ocultar nada de su profundidad y sus pretensiones, ahora mismo yo se los presento. No encontrarán alusiones sexuales, tampoco esperen cultivar su morbo con chismes de espectáculos, en realidad quisiera hablar de poesía.

Hace unos días celebramos el nacimiento de Miguel Hernández, nacido en 1910, en España, y muerto allá mismo en 1942, preso a causa de sus palabras. No lo mató Franco por arriero, ni por analfabeta, ni por campesino; lo mató por ser poeta.

No alcanzó siquiera a perder un rostro infantil, cuya inocencia contenía un profundo sentido del deber, la moral y el amor fraternal por sus amigos. Su infinito amor por los amigos, quienes no solo lo enseñaron a leer y escribir, sino a luchar con las palabras, no empañó su imagen de amoroso padre y esposo de la panadera más cálida de la lírica, y sin embargo, real.

Estos fragmentos de Elegía, escrita a la muerte de su amigo Ramón Sijé, dan fe de cuanto digo:

Yo quiero ser llorando el hortelano/ de la tierra que ocupas y estercolas /compañero del alma, tan temprano… Tanto dolor se agrupa en mi costado / que por doler me duele hasta el aliento. / No hay extensión más grande que mi herida, /lloro mi desventura y sus conjuntos /y siento más tu muerte que mi vida.../Quiero escarbar la tierra con los dientes, / quiero apartar la tierra parte a parte a dentelladas secas y calientes. / Quiero minar la tierra hasta encontrarte/ y besarte la noble calavera / y desamordazarte y regresarte.

Si la muerte de Ramón Sijé era ya pasto suficiente para la pena, la suya propia, tan anunciada tras las rejas, le inspiró todavía más amor hacia otro hombre: su bebé de unos meses, a quien nunca pudo ver más.

Tu risa me hace libre, / me pone alas. / Soledades me quita, / cárcel me arranca. / Boca que vuela, / corazón que en tus labios / relampaguea. / Es tu risa la espada /más victoriosa. / Vencedor de las flores / y las alondras. / Rival del sol. / Porvenir de mis huesos / y de mi amor.

Esto es, a mi ver, amor de hombre.

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31 Octubre 2018 01:15:00
El mundo me vigila
Si a usted le agobia saber que la esperanza que tenemos cada uno de los 120 millones de mexicanos de ser elegido para aparecer en Big Brother es de 0.0000000120, le tengo buenas noticias: ya nos tocó a todos solo que nadie nos dio la alerta.

Cuando Pedro Ferriz Santacruz afirmaba cada noche que un mundo nos vigila, los adultos interpretaban su referencia a seres extraterrestres echándonos encima su único y pegajoso globo ocular; yo, en cambio, siendo niña no tenía más elementos de traducción que pensar lo siguiente: se refería al ojo avizor de Doña Elvia, la vecina.

Ella tenía un sistema cargado de diplomacia y ahíto de discreción desde el cual dejaba al aludido con desazón suficiente para responder un inocente “gracias” a sus comentarios. Más de una vez se acercó para decirme cuánto le encantó mi vestido color crema con moñitos rojos, el cual vestía yo la otra noche, ya muy tarde, cuando llegué a mi casa acompañada de ese muchacho morenito a quien ya había traído antes como dos o tres veces, pero de día.

Podría jurar que Google, quien nos adscribió a todos los mortales en su reality show, hizo grupos focales con todas las vecinas del mundo para copiar sus estrategias y saber el santo y seña de cuanto uno quiere, pide, sugiere, piensa y desea.

Así lo evidencia la pérdida de intimidad que debemos de pagar los usuarios de redes sociales porque ahora es un robot que suma todos los ojos de todas las vecinas convirtiendo el derecho a la privacidad en la mentira más redonda que conozco.

Si se me quemaron los huevos, Innova llama a mi celular para ofrecerme las ollas con recubierta a prueba de olvidos; si compré un boleto de avión, dos compañías me buscan. A esto se sobrevive con fuerza de voluntad y una autoestima a toda prueba, pues si mi viaje es a la Ciudad de México, las ofertas de vuelos que me mandan tienen destinos a Cuba o Islas Caimán; si adquirí ropa para vacacionar con mi tía de Durango, enseguida un demonio mercadológico me hacen llegar cierto artículo sobre cómo vestir si se me ocurre ir al Cairo, Ginebra o al desierto Saudí.

No pienso en alcanzar los precios para ir a África, ni siquiera me alcanza para comprar la ropa, pero mi autoestima se siente menos lastimada al saber que al menos el Big Brother de Google me ha tomado en cuenta sin que sea yo rubia, boquifloja ni copa talla C.


30 Octubre 2018 04:00:00
El mundo me vigila
Si a usted le agobia saber que la esperanza que tenemos cada uno de los 120 millones de mexicanos de ser elegido para aparecer en Big Brother es de 0.0000000120, le tengo buenas noticias: Ya nos tocó a todos solo que nadie nos dio la alerta.

Cuando Pedro Ferriz Santacruz afirmaba cada noche que un mundo nos vigila, los adultos interpretaban su referencia a seres extraterrestres echándonos encima su único y pegajoso globo ocular; yo, en cambio, siendo niña no tenía más elementos de traducción que pensar lo siguiente: Se refería al ojo avizor de Doña Elvia, la vecina.

Ella tenía un sistema cargado de diplomacia y ahíto de discreción desde el cual dejaba al aludido con desazón suficiente para responder un inocente “gracias” a sus comentarios. Más de una vez se acercó para decirme cuánto le encantó mi vestido color crema con moñitos rojos, el cual vestía yo la otra noche, ya muy tarde, cuando llegué a mi casa acompañada de ese muchacho morenito a quien ya había traído antes como dos o tres veces, pero de día.

Podría jurar que Google, quien nos adscribió a todos los mortales en su reality show, hizo grupos focales con todas las vecinas del mundo para copiar sus estrategias y saber el santo y seña de cuanto uno quiere, pide, sugiere, piensa y desea. Así lo evidencia la pérdida de intimidad que debemos de pagar los usuarios de redes sociales porque ahora es un robot que suma todos los ojos de todas las vecinas convirtiendo el derecho a la privacidad en la mentira más redonda que conozco.

Si se me quemaron los huevos, Innova llama a mi celular para ofrecerme las ollas con recubierta a prueba de olvidos; si compré un boleto de avión, dos compañías me buscan. A esto se sobrevive con fuerza de voluntad y una autoestima a toda prueba, pues si mi viaje es a la Ciudad de México, las ofertas de vuelos que me mandan tienen destinos a Cuba o Islas Caimán; si adquirí ropa para vacacionar con mi tía de Durango, enseguida un demonio mercadológico me hacen llegar cierto artículo sobre cómo vestir si se me ocurre ir al Cairo, Ginebra o al desierto Saudí.

No pienso en alcanzar los precios para ir a África, ni siquiera me alcanza para comprar la ropa, pero mi autoestima se siente menos lastimada al saber que al menos el Big Brother de Google me ha tomado en cuenta sin que sea yo rubia, boquifloja ni copa talla C.

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27 Octubre 2018 04:00:00
Buen ver
No somos nosotras, es el aparatito. No se trata de buscar una marca mejor, sino de colocarlo en el sitio idóneo para empezar a ver los resultados; en conclusión, tener el cuerpo perfecto entrenando en casa solo sucede si se vive frente a la playa, en un departamento lujoso y el resto es menos que un chiste.

Eso es lo único entendible en la venta por televisión de aparatos para ejercitarse, en donde el equivocado es un hombre gordo a conciencia, pedaleando bicicleta fija inquisitoria, y la inteligente es una chica 90-60-90 dándole a los abdominales en una máquina moderna y sencillita. Se pasa por alto estos detalles vivirá la siguiente odisea.

El comercial mostraba su producto bien instalado en una recámara amplia y luminosa. En la mía, apenas cabemos la cama y yo; pedalear ahí exigía cortarle un trozo a la base matrimonial, mandar levantarle las patas para guardar el armatoste debajo y hacer más grande la ventana, porque las construcciones modernas están inspiradas en Pakimé y sus ruinas prehispánicas a prueba de todo intruso pasado de peso.

La cama quedó bastante rara; di por hecho que no podría resolverlo sin ampliar la habitación. Terminada la obra, vine a ver qué hacía afuera, la ventana ofrecía dos geranios, un listón y tres helechos, además de la lavadora, la ropa tendida y el perro tirando la basura. Ese no era el panorama en la televisión: Regalé las plantas, cubrí la lavadora y regalé al perro, pero no vi ningún fruto de ello.

Compré un tiempo compartido en la playa. Ya en la costa, acomodé el ejercitador y empecé a darle duro al oficio. Pero faltaba una cosa: La tele enfrente, pues el anunciador mencionó, entre las ventajas, bajar de peso en tanto me informaba yo; lo único que no supe fue el canal que ella veía, pero le puse en las noticias. Solo faltaba el espejo gigante.

Lo puse frente a mí y pedaleé. Una imagen terrible apareció: Era yo y en nada me parecía a la muchacha, lo cual no entiendo porque compré el mismo color de ropa deportiva, los tenis, la liga en la coleta, me alacié el cabello y lo teñí de rubio.

Volví a casa. No pude devolver el aparato, ahora convertido en extraño perchero; compré otra cama y otro perro; respecto de lo que perdí, gramos, ninguno; dinero, muchísimo.


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25 Octubre 2018 04:00:00
Tan tonta
No es fácil discernir entre ser inteligente o bella. La modernidad, sabemos, nos da la posibilidad de adquirir estos atributos –no simultáneos, sino a elección- por medios impensables; así que los bebés pueden relajarse porque hoy la máxima “lo que natura no da, Salamanca no presta” es obsoleta.

Como pueden ver, aún no me decido. Mantengo mis posibilidades en el limbo por la tendenciosa influencia de algunas amigas, quienes afirman que es mejor ser inteligente que bonita. Pero tengo mis reservas, pues ya quisiera yo tener la inteligencia de Ninel Conde para haber decidido, mejor, ser bonita.

¿Qué me conviene, en realidad? Vamos por partes. Una profesora bonita tiene más posibilidades para dejar de serlo; sin embargo, me gusta lidiar con los alumnos. Una articulista guapa sería un desperdicio, pues los lectores nos quieren tras la pantalla cada vez más; sería un gasto innecesario.

Ahora bien, el asunto será determinar la finalidad de ser bonita o ser inteligente. La segunda sirve, eso es claro, para que la mujer sea autosuficiente, decidida, resolutiva, emprendedora, incansable; la primera, para encontrar a alguien que haga todo eso por ella.

Vuelvo al principio: se necesita mucho seso para elegir entre senos o cosenos. Si quisiera ser bonita, he de ser tan inteligente y producir suficiente capital para transformar mi apariencia que, bien vista, no es fea, sino linda, pero poco. Quizá esto es muestra de cuánto la belleza es directamente proporcional a la capacidad intelectual; saque usted sus conclusiones sobre todos mis coeficientes.

Las encuestas arrojan resultados nefastos para nuestra estabilidad mental: a los hombres les gustan bonitas al conocerlas, pero luego las quieren inteligentes porque, como diría San José José: Hasta la belleza cansa. Es decir, eso nos enfrenta a encontrar la forma de parecer bellas durante seis meses en inteligentes el resto de nuestra vida. ¿Entienden la dificultan que en ello estriba?
Yo equivoqué mi camino: traté de ser inteligente medio siglo; ahora que no lo consigo, busco la hermosura, pero para ello deberé encontrar la piedra filosofal para mi transformación o provocar una explosión tóxica para volver invidentes a todos los caballeros.

¿Qué prefiere usted, amiga mía? Haré mi propia encuesta como esas pre electorales; preguntaré y preguntaré hasta encontrar un resultado satisfactorio a mis intereses: el 99.9 % de las personas dirán que lo mejor de todo es ser linda, pero no tanto y no tan tonta.
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23 Octubre 2018 04:00:00
Cara o champiñón
Hace unos días vi la más inverosímil transacción entre un novel empresario y tres tiburones financieros mexicanos: El primero llegó a vender una agenda con tantos renglones como minutos tiene la vida a fin de organizar el éxito paso a; enseguida, tres de los inversores le hicieron ofertas tentadoras. Inicialmente me reí, pero ahora que pienso en los champiñones sé cuanta falta me hace uno de esos cuadernos.

El ser humano ha dedicado su existencia a encontrar las maneras de tragarse cuanto le rodea, desde los peces hasta el oro, desde las rocas hasta a su misma especie; si consideramos el tiempo que nos ha llevado ser empáticos con los hongos, en su lugar alguien hubiese ya inventado la vacuna contra el cáncer.

La agenda de marras debería tener un apartado para cuando se planea cocinar champiñones; ese día se elige limpieza facial en un rapidín miserable con crema desmaquillante porque el proceso de quitarle lo maligno a nuestra comida habrá consumido el resto del tiempo.

Ya conocía algunas tiranías de los hongos: Se limpian con un trapo húmedo; hemos de quitarles la piel con las puntas de los dedos para no romperlos y mandar la tierra superficial al interior de la pieza. Navegando en internet, me encuentro con algoritmos completos que indicen: Corte el tronco, humedezca un paño, elimine el exceso de humedad, limpie el champiñón, talle con un cepillo de dientes, pase a velocidad de la luz, todas las piezas en un colador bajo el chorro del agua. Advertencia: Agite mientras pasa el traste.

Con harina y limón, dice otra vía: Hacer una pasta con ambos ingredientes y tallar la pieza con ella. Algunos afirman que basta con el harina y otros, en cambio, con el limón o, más amarrado aún, con una gota de cloro en el agua donde se remojará el trapo con el cual se limpiará el champiñón.

Hay propuestas que incluyen peladores de papas, trapos de microfibra, rociadores de agua especiales. Nada más de leerlas, ya usted ocupó un tiempo precioso que bien le hubiera servido para cambiar de menú.


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20 Octubre 2018 04:00:00
Mientras dormías
Sandra Bullock fue mi actriz favorita de “Mientras Dormías” a “Miss Simpatía I”. En la primera, es una chica clasemediera enamorada de un pasajero quien a diario toma el tren en la estación donde ella expende boletos y se accidenta en las vías, suceso tras el que ella genera una confusión al pensar en voz alta, “nos íbamos a casar”. El enredo y el esclarecimiento suceden mientras el galán permanecía sin sentido, es decir, casi toda la película, tal como pasa a muchas esposas en el guión doméstico cotidiano.

Algunas mujeres empoderadas se arman con valor extremo y deciden, un día a la semana, por la mañana, al marchar los hijos a la escuela, dejar esa pesada tarea al marido. Que ellos despierten a los niños o adolescentes a tiempo y los entreguen, en horario correcto, en la escuela; todo eso son capaces las damas valientes de cederles a los hombres con tal de refirmar la igualdad de género.

La intención es permanecer impasibles en cama, haciéndose las dormidas, pues es su mañana libre; sin embargo, hay un despertador a volumen bajo por si el usado por el consorte no funciona. El lonche quedó preparado desde la noche anterior, pero el oído se agudiza desde la recamara para asegurarse de cómo crujió la bolsa del alimento al ser depositada dentro de la mochila; peor nada más, pues el resto del trabajo le toca al señor.

Como sea, es importante corroborar el uniforme correcto, si los chicos llevan suéter y pusieron el libro tocante, la tarea correcta y el frasco con aceite para la clase de Química. Por lo demás, están dispuestas a dejar caer sobre la espalda del esposo la responsabilidad que resta: despertar a los hijos y llevarlos a la escuela.

De todos modos, haciéndose con una modorrez fingida, esas madres liberadas exigen una visita de despedida hasta la cama. Quienes están por irse –incluido el marido- desfilan ante ellas para escuchar las recomendaciones consabidas y responder un exhaustivo interrogatorio sobre la ropa interior, el examen por venir y el calificar los fluidos nasales de todos y su estatus. Cuanto falte, le toca al hombre: Despertarlos y llevarlos a la escuela.

El resto de la semana, la mujer se levanta disparada y hace todo lo anteriormente descrito pero en primera persona. El esposo, mientras tanto, duerme sin saber cuántas historias corren cerca de él.

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18 Octubre 2018 04:00:00
Son los mocos
Es un viaje interpersonal, un estallido introspectivo; es quedarse con uno mismo. Vivirla en plenitud, con aceptación, nos llevará a modelar una forma de existencia individual, no gregaria, pues aún queriendo oír no se escucha; aún queriendo ver no se observa; aún dispuestos a percibir los aromas vitales en nuestro contexto, no se huele más allá de nuestros propias emanaciones.

Pasar el trance nos evoca, como si el futuro pudiese enviarnos señal alguna, el momento cuando en nuestro derredor gimen por nuestra ausencia: Las voces llegan de algún sitio más allá de nuestro alcance, nada es exactamente real, las figuras pululan como almas en pena en nuestro derredor y alguien, a lo lejos, se burla de la vida o de la muerte con una carcajada cuyos decibeles nos llegan retumbando a la caja hueca en que nos hemos convertido.

Llorar no es viable, ya nuestro cuerpo se encarga de exponer nuestros humores al peligro de la intemperie, desoyendo la voluntad extinta de nuestro cerebro obnubilado por nubes apeñuscadas entre las neuronas adormecidas, declaradas en franca derrota por el enemigo.

Nadie es salvo. Es la antítesis de la vitalidad; sin ella, no podríamos comprender cuán maravilloso es valerse por sí mismo sin andar dejando parte a parte nuestro cuerpo entero por donde erramos a placer cuando todos nuestros sentidos están dispuestos a mostrarnos a la gente como un ser humano, y no como despojo.

Cuán terrible es el destino del hombre, aferrado a sobrevivir en un mundo que se empeña en extinguirnos sin hacer distinción de seres inferiores o superiores, pues, al fin y al cabo, siempre acabamos sucumbiendo a la amenaza sempiterna que flota en el aire. Sí, con eso basta para ser presa fácil de algún virus o bacteria.

Yo, por ejemplo, como acabo de describirlo, traigo una gripe que mejor ya ni les cuento.


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