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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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29 Abril 2017 04:00:00
...Y todos felices y contentos
El contentamiento, acción y efecto de contentarse: estar alegre y satisfecho, es un término usado predominantemente por el cristianismo y familiar también para el budismo. Por la profundidad e importancia que tiene, para darle sentido y sustento a la vida, es trascendental que traspase las fronteras que lo confinan actualmente y sea entendido por todos los seres humanos que están concibiendo hoy en día la espiritualidad de manera diferente a la de una práctica religiosa.

No obstante, su significado no debiera cambiar, porque es el contexto del contentamiento para los cristianos y los budistas lo que le da al concepto su relevancia: He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación (Filipenses 4:11). Se trata, pues, de una forma de vivir, con alegría y satisfacción, en las altas y en las bajas.

Cualquiera que esté en las bajas podría pensar que en las altas está regalado el contentamiento. Pues no. La dificultad o la facilidad, según quiera verlo, es la misma. De hecho, si usted concibe las altas y las bajas basado en el dinero y las posesiones, el contentamiento podría ser más difícil en las altas: “¿Por qué teniéndolo sigo descontento (a)?”. Esforzarse por algo da más satisfacción que simplemente ir y conseguirlo porque se puede. Satisfacción momentánea, claro, puesto que no se trata de una actitud, sino de una meta cumplida.

El contentamiento, pues, no está en alcanzar nuestros objetivos de vida; no está en la meta, sino en el camino, que puede ser bastante intrincado y pedregoso, por cierto. Pero, ¿por qué habría que estar contento todo el tiempo, en el camino y en el destino? ¿Y por qué no? Si hoy en día la mayoría están descontentos todo el tiempo, en cualquier circunstancia, buena o mala, y en cualquier etapa, al principio, en medio o al final. Eso paraliza, enferma, amarga, frustra y llena de resentimiento e ira. En términos mundanos y de fría lógica, es poco eficiente y eficaz para vivir.

En términos espirituales, el contentamiento es requisito indispensable para la paz interior y la felicidad, pero, ante todo, es la vía para hacer contacto con la realidad y la verdad, que no pueden ser pensadas; es el trampolín del salto cuántico interior, a un estado superior de conciencia; es el camino del sabio, del que ya trascendió el sufrimiento (que no el dolor inevitable) como forma de crecimiento.

El contentamiento, ojo, no es conformidad ni resignación. Ambos términos implican estancamiento, porque conllevan la renuncia a las aspiraciones, el primero con indiferencia, el segundo con sufrimiento.

El contentamiento nos permite esperar más, con la certeza de que vendrá o sucederá en el momento preciso. Llámele fe si gusta. Es fluir con la vida, apertura a todo aquello que hoy no puedo ni imaginar, pero que será siempre bueno, si no como milagro, sí como oportunidad para practicar el contento; es decir, para hacer alquimia emocional, porque el descontento es siempre el punto de partida.

Para aprender contentamiento, dicen los cristianos, sea como el apóstol Pablo. En el lenguaje de la espiritualidad abierta esto sería: agradezca cada circunstancia, si es buena disfrútela sin culpa, si es mala aprovéchela para templarse; crea en la providencia y deje de intentar controlarlo todo y a todos; aprenda a estar satisfecho con poco para que venga más, porque si rechaza poco, ¿cómo quiere más?; viva por encima de las circunstancias de la vida, es decir, no les entregue el poder sobre sus emociones; deje de confundir el dolor con el sufrimiento y viva el primero acompañado y contenido, pero evite vaciar el basurero del segundo sobre los demás; preocúpese por el bienestar de otros, porque si los otros no están bien usted tampoco lo estará.

Consejos prácticos: disfrute conscientemente lo que hace todos los días, sonría antes de levantarse, ría mucho después.
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