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Guadalupe Loaeza
Guadalupe Loaeza
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14 Septiembre 2018 04:00:00
50 años después
El 13 de septiembre de 1968, miles de personas, principalmente jóvenes politécnicos y universitarios, recorrieron de manera pacífica y silenciosa el trayecto que va del Museo Nacional de Antropología e Historia al Zócalo de la capital en la Ciudad de México. Según las crónicas de la época, se habrían reunido entre 250 mil y 300 mil personas. Estaban ahí para protestar en contra de la violencia y el autoritarismo que desplegaba el Gobierno del presidente Díaz Ordaz, quien trataba de someter a un movimiento de estudiantes y académicos que había decidido que era tiempo de cambiar y de dar un giro a la historia de México. Todos sabemos que ese movimiento fue ahogado con sangre, represión y encarcelamientos.

“La Marcha del Silencio”, que ayer fue recordada, fue una vigorosa muestra de fuerza y reclamo proveniente de decenas de facultades, escuelas, normales e institutos de los principales centros de educación del país. El bazucazo a la puerta de San Ildefonso, el ingreso del Ejército a las instalaciones universitarias, el brusco desalojo en el Zócalo capitalino y una conducta institucional claramente represiva unificó a miles de ciudadanos que taparon sus bocas para –literalmente– gritar en silencio. Se trataba de defender la autonomía universitaria, ir en contra de la violencia de Estado y empezar a abrir canales para la democracia.

El rector Javier Barros Sierra jugó un papel central para colocar al movimiento estudiantil del 68 en una dimensión histórica. El rector decidió dotar de legitimidad institucional a lo que estaba ocurriendo en las calles, escuelas y facultades. Semanas atrás a la marcha silenciosa, izó a media asta la bandera nacional, declaró luto en la Universidad y exigió respeto a la autonomía.

Medio siglo después, miles de jóvenes estudiantes vuelven a salir masivamente a las calles para defender, de nuevo, la no intervención y la autonomía. Salen a decir: “fuera porros de la UNAM” y a rechazar la violencia.

No se trata de hacer una comparación forzada entre lo que ocurre hoy y lo que fue la acción represiva del Estado en 68, la guerra sucia de los 70 y una acción prolongada con tintes de exterminio, sin embargo, lo vivido el 3 de septiembre, enfrente de la torre de Rectoría, puso en evidencia que alguien está interesado en trastocar los equilibrios universitarios. El puñado de porros que hirió a decenas de muchachos y mandó a dos de ellos al hospital, poniendo en riesgo sus vidas, actuó, como ahora se sabe, con premeditación y alevosía. No puede haber excusa, en el México 2018, la Universidad Nacional y las autoridades correspondientes están obligadas a desmantelar de una vez y para siempre a los grupos porriles y de choque que siguen operando para sembrar miedo, desmovilizar e intentar controlar las vidas de los universitarios.

La marcha de ayer y la de hace algunos días muestran a una sociedad y a una comunidad universitaria fuertes que han decidido defender lo que es suyo. Lo que ha pasado en estos días muestra también lo que puede ocurrir cuando reclamos elementales y básicos, como los que hacían los estudiantes de Azcapotzalco, no son atendidos, cuando el agua ha llegado a los aparejos.

El rector Enrique Graue se puso al frente de la crisis, se sentó a negociar personalmente con los estudiantes de Azcapotzalco; atendió y aceptó todos los puntos de un pliego petitorio que, desde el principio, era más que razonable. El rector ha buscado crear empatía con aquellos que han pedido su renuncia. Graue puede darle la vuelta a la crisis que le ha caído encima si logra que las investigaciones desemboquen, efectivamente, en la identificación, sanción y erradicación de los grupos porriles que se mantienen activos dentro de la Universidad. Para que el rector Graue pueda mantenerse en la Universidad con la fuerza y legitimidad que se requiere, es indispensable que logre poner al descubierto la mano que mece la cuna de los grupos violentos y porriles que habitan en la Universidad. La comunidad ha puesto un alto y no acepta que esto siga ocurriendo más.
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