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Xavier Díez de Urdanivia
Xavier Díez de Urdanivia
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Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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07 Enero 2018 04:07:00
A contrapelo: 2018
Cada año que inicia se abre una ventana de esperanza, un deseo de renuevo que, al paso del tiempo y conforme la vuelta al sol sigue su curso, se va opacando, para terminar por lo regular en medio de nubarrones, depresión, pesimismo y lamentos sin fin.

El tránsito en el calendario de este momento no es muy diferente. La cuesta de enero va siendo ominosa, con “gasolinazos”, reveses a la economía de los más y, por si eso fuera poco, el año que inicia es heredero del riesgo de sufrir los quebrantos económicos que seguirían a una revisión desventajosa del tratado de libre comercio, que alguna estabilidad macroeconómica ha proporcionado a México, a pesar de todo.

Persisten, además, las insultantes asimetrías en el acceso a los medios para satisfacer las necesidades vitales de los más, y la brecha con los ricos se hace mayor en la medida que las clases medias se empobrecen, mientras aquéllos aumentan sus caudales. El llamado “combate a la pobreza” no ha obtenido, en el papel, sino resultados marginales.

Por si eso fuera poco y a pesar del discurso oficial, la corrupción persiste y hasta da muestras de incrementarse y extenderse, en medio del despliegue de medidas, mecanismos y la creación de complejas e ineficientes estructuras que dicen querer combatirla.

La danza de los millones que se gastan en campañas que, se dice, no existen, no es deleznable y, como se ha vuelto costumbre, aún antes de comenzar la contienda ya el ejercicio por ganar votos derivó en denuestos y ataques personales, en lugar de la formulación de propuestas viables, a cabalidad democráticas y con la mira puesta, ya no se diga en la justicia, siquiera en la decencia a la hora de gobernar.

El orden y la paz públicos, desquiciados en muy extensas zonas del país de manera muy grave, tampoco son óptimos en el resto del territorio. La retórica sobre estos temas es rica en cálculos optimistas, pero las Fuerzas Armadas siguen en las calles realizando labores policiacas y, para peor, lo hacen sin un sustento legal claro y apegado a los mecanismos constitucionales, por deficiencias en la toma de decisiones políticas del mando civil, al que le ha faltado determinación para declarar, donde y cuando ha hecho falta, el estado de excepción que hoy quiere hacer regla mediante la polémica Ley de Seguridad Interior recientemente emitida.

La molicie de quien gestiona la cosa pública seguirá impulsando, para responder de la manera más fácil posible a las presiones internacionales, leyes que no se cumplen, ni se adaptan siempre a las realidades, valores y raíces históricas de este país, en vez de buscar en ellas lo mejor de nuestra identidad para cimentar el desarrollo cívico que se ha abandonado.

Continuará el desmantelamiento impío e irreflexivo del sistema, el federal, que ofrece garantías de libertad y democracia que no se producen en el centralismo nefasto que ha sentado sus reales en la política mexicana.

¿Exceso de pesimismo? No, realismo, diría yo, lo que no impedirá, aunque lo dificulte, pugnar por redefinir el rumbo de un país, el nuestro que, tras de doscientos años de pretender ser independiente no atina a librarse de esos vicios ancestrales que lo mantienen en el ostracismo del subdesarrollo humano, no solo económico.

Ya se ha vuelto un lugar común aquella expresión atribuida a Einstein que dice: “si haces siempre lo mismo, no esperes resultados distintos”.

¿Hay en verdad voluntad de que las cosas cambien? No persistamos en las prácticas que tienen al país en el estado de cosas que tanto pesan y agravian a su gente.

Solo así podrá pensase en un año y una vida mejor de la que pueda alcanzarse con nada más que buenos deseos.

Por esas razones, en vez de lanzar buenos deseos al aire, los votos que formulo son por que este año sea bueno para todos y marque el inicio, para bien, del cambio necesario.
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