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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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19 Mayo 2018 04:00:00
A darle, que es mole de olla
Puede ser nueva para muchos la idea de que no sabemos hacer correctamente las cosas más elementales para nuestras vidas, como caminar, respirar, dormir, sonreír, abrazar e incluso amar, pero ya no es noticia para nadie que no comemos bien.

Debido a los evidentes estragos que están haciendo en nuestra salud los alimentos superprocesados y las bebidas hiperazucaradas, surgió, creció y se universalizó la contracorriente alimenticia que nos invita a comer correctamente.

Son diversos los enfoques de lo que es comer bien y son variados los motivos de quienes lo recomiendan. Están los que se preocupan únicamente por la estética y/o por la salud corporal, los que practican un código de ética y los que tienen una visión holística entre cuerpo y alma. Entre estos últimos hay dos visiones que son aplicables a cualquier tipo de alimentación que se elija, y si bien no tendrán efectos dramáticos a corto plazo, sí cambiarán su vida. Una está dirigida al cuidado del cuerpo como un regalo divino, como vehículo sagrado de manifestación material del alma, idea que necesariamente nos llevaría a amarlo; el otro, al acto mismo de comer con plena atención en el proceso, con conciencia de su significado trascendental, es decir, superior al aspecto metabólico.

Si hacemos confluir estas dos visiones habremos descubierto un secreto para adquirir en cualquier aspecto de nuestra vida el poder de sentirnos bien y en control, cuando queramos y determinemos hacerlo, sean cuales sean nuestras circunstancias: conciencia de lo que somos y acción con amor.

La dificultad, que siempre la hay, estriba en ese asunto de amar nuestro cuerpo, cuando todo a nuestro alrededor, durante milenios, nos ha hecho sentir incómodos respecto a él. Todo nos indica que es imperfecto, incluso feo, sucio y hasta pecaminoso. No puede ser el templo de un alma. Y así nos escindimos psíquicamente de él. Entonces le atribuimos sus disfunciones y enfermedades a factores puramente externos y le dejamos la cura a la intervención foránea. Los resultados, por supuesto, han sido muy limitados, pero ese es otro tema.

La plena atención, en cambio, es mucho más fácil. Sólo es cuestión de voluntad, que evidentemente fluirá de manera natural impulsada por la sensación de bienestar que da aceptar el propio cuerpo, aunque todavía no lo amemos. Bastará, así, con apapacharlo, que es muy diferente que a calmarlo o colmarlo.

Amar el cuerpo es tarea titánica si lo que pretendemos es comenzar a alimentarnos correctamente. La sugerencia es entonces que se coma con amor, más que amor a la comida, al propio acto de comer.

Mire, comer para algunos es un milagro. Nosotros no sólo lo damos por hecho, sino que en occidente millones se mueren justo por comer, sin haber disfrutado realmente del ritual sagrado de la comida, sino sólo de la placidez que produce la saciedad.

Si el secreto de una buena comida es el amor con el que fue hecha (el de nuestra madre, abuela o tía, que nos duran para siempre en el paladar y en el alma), la clave para sentir ese amor es el gusto consciente que pongamos en el acto mismo de comer, saboreando no sólo el alimento, sino su significado: la bendición. Poner atención en cada bocado, dando las gracias, exaltará cualquier sabor. Nuestro cuerpo se inundará de bienestar, nuestra química cerebral cambiará, con ella nuestra actitud y así nuestra vida. Aun mejor: compartir este evento magnifica la experiencia, porque hace circular el amor.

De que se puede, se puede; de hecho lo hacemos naturalmente de niños. Por algo de jóvenes y adultos nos da por sustituir el amor con la comida. Y lo mismo pasará cuando caminemos, respiremos, sonriamos, durmamos, abracemos y amemos bien: con conciencia de la bendición que significa cada una de esas cosas.

Si somos lo que comemos, cuando menos procuremos no ser rápidos, fáciles, tóxicos, indigestos, adictivos, chatarra y artificiales.
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