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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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08 Abril 2018 04:07:00
A palabras de borracho
A riesgo de ser tachado de traidor –un Santa Anna cualquiera escribiendo en computadora–, me resulta difícil unirme a quienes se han desgarrado las vestiduras tricolores a propósito de la declaración del presidente Enrique Peña Nieto con respecto a la orden de Donald Trump de enviar la Guardia Nacional para detener “una oleada drástica de actividad ilegal” en la frontera.

Dos aclaraciones: el respeto a México exigido por el presidente Peña Nieto es impecable. Ni siquiera es necesario insistir en ello, pues debe estar en el corazón y el ánimo de todo mexicano bien nacido. Tampoco tengo duda de que la movilización de la Guardia Nacional es un gesto evidentemente inamistoso –no necesariamente una agresión–, una más de las tantas y peligrosas, pero no tan ingenuas, ocurrencias del actual ocupante de la Casa Blanca.

Sin embargo, estoy convencido de que la mejor respuesta hubiera sido la indiferencia. ¿Por qué? Por dos razones: la primera de ellas es que Trump está actuando en su territorio, donde puede hacer lo que desee, en tanto que el Congreso y los ciudadanos se lo permitan, y porque la presencia de la Guardia Civil en la frontera no pasa de ser una burda provocación, y creo que lo aconsejable es atenernos al viejo dicho mexicano: “A palabras de borracho, oídos de mostrador”.   

La ocurrencia de Trump es en realidad una elaborada carambola política para consumo interno de Estados Unidos. El gesto está dedicado a las galerías, a los seguidores del Presidente, a quienes ha vendido, y muy bien, la idea de que buena parte de los males que aquejan a Estados Unidos proviene de su frontera con México. Como el muro prometido desde la campaña se antoja lejos de concretarse debido a la falta de presupuesto, ahora ofrece un paliativo envuelto en un argumento tramposo: “Como no he podido construir el cacareado muro y México se niega a costearlo, entonces, y por lo pronto, voy a colocar una valla humana para resguardar nuestra frontera”.

En otras palabras: “Miren, aun sin muro, los voy a proteger de la mala influencia venida del sur que en forma de drogas e indocumentados amenaza nuestro sagrado american way of life y la supremacía blanca”.

Por otra parte, la orden le es útil para demostrar a quienes lo apoyaron en las urnas que no ha cambiado de opinión acerca de los mexicanos. Y de pasada, reprocharnos nuestra real o supuesta incapacidad de sellar convenientemente –para Estados Unidos– la frontera sur, por donde cruzan millares de centro y sudamericanos que pasan por México con la idea de introducirse sin papeles a Estados Unidos.

Debido a la ola de violencia desatada por los narcotraficantes en buen número de ciudades fronterizas, ha crecido notablemente la presencia de las fuerzas militares, soldados y marinos, en estos lugares. No obstante, nadie, ni aquí ni en el otro lado del río Bravo, habla de la militarización mexicana de la frontera con Estados Unidos.

Trump nos ha dado tiempo suficiente para conocerlo. Es un ser impredecible, xenófobo, racista, iletrado, rencoroso y dado a lanzar baladronadas a diestra y siniestra. También sabemos de tiempo atrás que México es uno de los temas preferidos de su xenofobia, hasta haberla vuelto una cantilena. Además, hay abundante información de que las cosas se han complicado dentro de su país, y de que enfrenta el repudio de las minorías, del partido opositor y de miles y miles de mujeres y jóvenes. Por eso, quizá, lo más conveniente es no darle el gusto de que puede irritarnos, y ver cómodamente cómo sale de su atolladero, si es que sale.

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