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Blanca Esthela Treviño de Jáuregui
Blanca Esthela Treviño de Jáuregui
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Blanca Esthela Treviño de Jáuregui, esposa, madre y abuela, proyecta a la mujer como formadora de valores, forjadora del carácter de los hijos y eje de la vida familiar. Su principal aportación como escritora es salvaguardar el bien común en todos los sentidos posibles a través del planteamiento de lo que es realmente femenino: el mejorar a la sociedad desde una perspectiva práctica, inteligente y comprometida con la tarea de revolucionar al mundo desde el interior de la institución familiar. Oriunda de Piedras Negras, siempre ha vivido en ésta ciudad. Correo Electrónico: [email protected]

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19 Noviembre 2017 04:00:00
¿A quién creer?
En radio, prensa, televisión y redes sociales se comenta el pánico que experimentamos los mexicanos en los últimos tiempos. Marchas de manifestantes, críticas al gobierno federal en cartelones, grupos de encapuchados con la intención de reventar el aeropuerto del D.F., gritos irascibles: “Ya estamos cansados”.

No sOlo están cansados los jóvenes, también los mayores. La gente compra muy fácil las noticias de nota roja: El miedo vende. Las noticias de progreso, de logros, de buenas acciones, permanecen escondidas en las últimas páginas y nunca hay tiempo para llegar a ellas. Dicen los psicólogos que nos hemos habituado al pesimismo, y las cadenas del hábito son generalmente demasiado débiles para que las sintamos hasta que son demasiado fuertes para que podamos romperlas. El miedo hace a las personas creer lo peor en todas las circunstancias; así pues, la depresión es inevitable.

Para romper las cadenas del miedo se necesita mente sosegada, voluntad decidida, acción vigorosa, cabeza de hielo, corazón de fuego y mano de hierro. El miedo impide toda acción positiva. Estamos en tiempos de crisis, no cabe duda, crisis económica y de seguridad, pero hay otra crisis de la que se habla poco y que es más grave que las otras dos: Crisis de credibilidad. Un rumor puede acabar con un individuo y también con una nación. El rumor es el pan nuestro de cada día: Rumores van, rumores vienen. Es muy grave perjudicar el buen nombre de las personas, pero es funesto cuando el rumor atenta contra el prestigio y la estabilidad de una nación. El peor fracaso es la pérdida del entusiasmo. Nunca se despoja tanto a una nación como cuando se le roba la esperanza en el futuro.

Nuestro país exige de nosotros alta fidelidad en el mirar, sentir, hablar y actuar y, especialmente, en el comunicar. Debemos exigir lo mismo de nuestros representantes y de nuestras instituciones. Existe un vacío de conocimiento de la realidad que vivimos: Los medios de comunicación no expresan las causas originales de los problemas que nos oprimen, sólo las consecuencias.

Exigimos una comunicación integral encaminada a la prevención de los desastres para que la sociedad pueda participar en la resolución de los conflictos. La cultura de la prevención no se instala si no cuenta con una ciudadanía participativa, educada.

Reconocemos que es difícil purificar la comunicación humana y despojarla de contaminantes. También es complicado desinfectar de pasiones humanas y de intereses personales los mensajes. El número de tonalidades con que se puede colorear el significado de una noticia es infinito, e infinita también la variedad en su interpretación. El mensaje cuya intención sea mejorar nuestra calidad de vida deberá vestirse con sus mejores galas: Veracidad, claridad y precisión. El medio deberá ser el apropiado para que el mensaje sea recibido con fidelidad. El momento deberá ser exacto: No antes ni después. Hasta ahora, todo parece indicar que se fija la atención solo en la emergencia que vivimos, y no en la cultura de la prevención. Cuando las situaciones empeoran es más fácil encontrar culpables que inocentes.

Una sociedad que se alimenta de prejuicios, temores y mala prensa es una sociedad que se nutre de excusas para quedarse quieta, apabullada. Un prejuicio puede ser lo más perdurable que exista en el espíritu humano. Los mitos se instalan en la mente por la falta de conocimiento.

¿Quién dice la verdad sobre los sucesos que nos han desgarrado el alma? Nuestro país aumenta la mitificación de la realidad basada en el miedo. Así como las aves no salen de su jaula, de la misma manera los que ignoran qué es el bien y dónde está el mal no escapan de su miseria. Unos dicen que la imaginación abre a veces unas alas grandes como el cielo en una cárcel pequeña como la mano. Otros aseguran que buscando el bien de nuestros semejantes, encontramos el nuestro.

Solo venciendo el miedo es posible crear una sociedad nueva. La gente que no tiene miedo, piensa, actúa, abre caminos y es libre; vence miedos y afronta incertidumbres. Avancemos por la vida como si el fracaso no existiera. No hagamos caso de nuestros temores. No envidiemos el canto del pájaro que vive cómodamente a salvo dentro de su jaula dorada, porque la libertad de expresión es más valiosa, a pesar de los riesgos que conlleva.


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