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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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17 Marzo 2019 03:12:00
Abraham Nuncio
Su permanente interés por los libros, el arte y la difusión de la cultura ha encontrado el espacio perfecto para crecer y amplificarse: la Biblioteca José Vasconcelos. El nombramiento de Abraham Nuncio Limón como director de uno de los principales acervos bibliográficos del país, es, desde cualquier punto de vista, un acierto. Allí tendrá la posibilidad de concretar sus sueños y abrir cauces a su multifacética creatividad.

Acababa de salir de la adolescencia cuando llegó a Saltillo, donde tiene raíces familiares, para estudiar en la antigua Escuela de Leyes. La brújula de sus inquietudes lo guió hasta una mesa arrinconada del restaurante Élite, en la calle de Aldama, donde un puñado de muchachos hablaba de libros, discutía cuestiones de arte y trazaba proyectos personales.

Aquel grupo excéntrico respecto a las preocupaciones de la generalidad del Saltillo de la mitad del siglo anterior, provocaba curiosidad y desconfianza.

La variopinta comunidad del Élite la formaban jóvenes de los más heterogéneos intereses. Gustavo Solís Campos, muerto a muy temprana edad, hablaba de una novela por escribir: La Cárcel del Negro Jack. Nunca la terminó, pero sí se convirtió en colaborador del ya legendario suplemento México en la Cultura y de la revista de poesía El Corno Emplumado.

EI ingenioso Salvador Flores Guerrero, riéndose de todo, estaba a punto de hacer maletas para ir a inscribirse en la antigua Academia de San Carlos, mientras Enrique Reina intentaba explicar las intrincadas teorías de los filósofos alemanes y Armando Fuentes Aguirre hacía pinitos en el periodismo.

Tronante como Júpiter, otro amigo al que acabamos de decir adiós para siempre, Eduardo Rogelio Blackaller, hacía gala de su posición marxista y anticlerical con frases como pedradas: “Esas son chingaderas que inventaron los curas para asustar a la pobre gente”. Mesurado, discreto, Eduardo Montenegro soltaba una media sonrisa ante los embates verbales de Blackaller contra la religión, que Elías Cárdenas abonaba esgrimiendo argumentos sociológicos y legales.

Allí cayó –pero no calló– Abraham Nuncio. Su posición ideológica lo aproximaba a Blackaller, pero sin el pirotécnico radicalismo de este, quien partiría tiempo después a Rusia para estudiar música, en tanto que Abraham obtenía su título de abogado que me temo mucho nunca enmarcó y menos exhibió.

Sus intereses lo condujeron por otro rumbo, el de la cultura. Colaboró con Dorita Madero en la Dirección de Acción Social y Cultural del Gobierno del Estado. El grupo se dispersó. La vida trazó caminos distintos a sus miembros. Sin embargo, a pesar del alejamiento geográfico, la amistad perduró. Abraham, fiel a sus preocupaciones, las unió a las de Armando Javier Guerra para publicar Todos Juntos, una recopilación de cuentos de autores locales. La edición fue de Novaro, de la Ciudad de México, y la portada, un dibujo de José Luis Cuevas.

En 1968 Abraham probó la prisión. Estuvo detenido en la Sexta Zona Militar acusado de promover la insurgencia estudiantil en Saltillo. Fue el único de los promotores del movimiento en la capital de Coahuila que sufrió persecución.

Nuncio Limón jamás claudicó. La Universidad Autónoma de Nuevo León le abrió sus puertas y desde ella realizó una intensa labor editorial y escribió varios libros.

Hoy se dispone a dirigir la Biblioteca José Vasconcelos, donde tendrá oportunidad de desplegar su talento y proveer de resonancia nacional a sus muchos proyectos.
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