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Xavier Díez de Urdanivia
Xavier Díez de Urdanivia
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Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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11 Febrero 2018 04:00:00
Accesar a lo mandatado
¿Le gusta el título de este artículo? ¿Le parece escrito con corrección? A mí me parece horrendo y disparatado, pero lo utilicé por eso, para llamar la atención sobre apenas dos barbarismos que se han vuelto desgraciadamente usuales, especialmente en el habla de la política, no importa si es hecha por profesionales de ella, por integrantes del sector público o incluso la sociedad civil.

El lenguaje es un elemento “sine qua non” para expresar claramente lo que la mente ha concebido, por eso es necesario utilizarlo con corrección. Las palabras se convierten en acciones, moldean el pensamiento, lo proyectan y comunican, si están bien construidos los códigos lingüísticos que permiten emitir y recibir los mensajes.

El buen empleo del idioma, su vocabulario, su ortografía y su sintaxis, son un elemento imprescindible para construir la paz, el respeto, la inclusión y el orden que necesita la comunidad para perdurar y crecer en calidad. Bien lo dice el refrán: hablando se entiende la gente.

Si se utiliza mal, los efectos son nefastos, porque se producen entonces equívocos, errores, incomunicación y, en el extremo, la irritación y violencia que tan perniciosos resultan a la postre.

Por infortunio, una de las facetas más evidentes en la comunicación de nuestros días, aunque está entre las que menos atención reciben, es precisamente la de la distorsión y empobrecimiento del lenguaje, especialmente el que es empleado en los espacios públicos.

Una frase como la que sigue no es inusitada: “Es necesario accesar a niveles de vida dignos para que eventualmente todas y todos puedan gozar de la garantía de sus derechos, como mandata la constitución. Por eso hacen falta gobernantes con conocimientos y la “expertise” (¿por qué no dicen “experiencia” o “pericia”?) necesaria para que, al final del día, se alcance ese objetivo”.

Accesar y mandatar no son verbos que existan en nuestra lengua; “eventual” es un vocablo de esos que se conocen como “falsos amigos”, porque engañan: escribiéndose igual y casi pronunciándose del mismo modo, significan cosas diferentes en inglés y en español; “al final del día” es un modismo usual entre los estadounidenses que equivale a nuestro “a fin de
cuentas”.

Como esa, imaginaria (todo parecido con la realidad es mera coincidencia), hay muchas que se hacen presentes en la escena, prolijamente.

Poca concordancia sintáctica, empleo excesivo de barbarismos, una ortografía desastrosa, pero con seguridad quienes hablan así sienten que están innovando el discurso, cuando en realidad lo que hacen es confundir el mensaje y, por lo tanto, distorsionar la función del lenguaje.

¿Pasa eso por ignorancia, por pretender elevada cultura, o nada más porque existen confusión conceptual o vacíos de ideas impiden, de raíz, una expresión que sea correcta y clara, a fin de que se entienda el mensaje sin riesgos de malos entendimientos?

Cualquiera y todas pueden ser la causa. Lo cierto es que aporrear el lenguaje de esa manera no conduce a ningún buen puerto, sino al contrario, y por supuesto no adorna a quien lo dice y sí desdora la calidad de lo dicho.

Poca lectura y muchas redes sociales conducen a esa superficial cultura que, cuando se quiere profundizar en el saber, no alcanza para profundizar mucho.

Lo peor del caso es que la magia del lenguaje no solo lo hace apto para entender y entenderse, sino que puede revertir ese efecto y, como si fuera una sutil venganza contra quien no lo respeta, se vuelve en su contra y acaba por confundirlo más de lo que ya estaba.

Si esa confusión trasciende, la situación puede volverse caótica, y campos como el de la política, ya de suyo complejos, conflictivos y densos, se tornan intransitables. ¿Qué decir de la educación cuando esa circunstancia impera?

Ineludible resulta la buena lectura, porque de ella se aprende. Las palabras generan hechos, construyen o destruyen, y los más queremos que sean constructivas, ordenadas y justas, no disparatadas como parece que vamos en camino de acostumbrarnos a
que lo sean.
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