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26 Abril 2015 03:30:26
Accesorios ‘de pelos’
Por Carolina Arriaga Dorantes

La historia de la peluca es larga, pues, desde la antigüedad, se consideró como símbolo de estatus y fue un factor estético esencial en el arreglo de hombres y mujeres. Si revisamos lo que ha significado para diferentes culturas en el pasado, hallaremos que ha sido una herramienta importante en el intento de alcanzar la tan anhelada belleza o en el afán de diversificar la apariencia.

Encontramos los primeros vestigios de su uso en la cultura egipcia, formadora de grandes artesanos de pelucas. La iconografía de su arte evidencia que estos postizos eran parte esencial de la indumentaria: recordemos esas cabelleras oscuras de corte cuadrado con un fleco que enmarcaba los rasgos de la cara. Gracias a investigaciones arqueológicas, se ha descubierto que las elaboraban con cabello natural y fibra vegetal.

Por su parte, en la historia griega y romana también hay antecedentes de estos añadidos de pelo. El culto hacia la perfección y la admiración que los griegos profesaban por el cuerpo los llevó a cuidar con devoción las cabelleras; incluso, algunos datos muestran que con ellos surgen las primeras academias de peluquería y que proliferaron los peinados con muchos detalles: melenas largas, onduladas, recogidas y trenzadas.

En realidad, las pelucas fueron introducidas al resto de las culturas por los romanos y se asegura que los cabellos utilizados en su fabricación eran de aquellos a quienes el portentoso imperio sometía.

Por su parte, a Calígula le gustaba usar un postizo amarillo cuando visitaba los prostíbulos; por ello, las pelucas rubias se volvieron el distintivo de las meretrices romanas. Se dice que esto fue lo que llevó a la Iglesia católica a prohibir su uso, al grado de negar la bendición a quienes las portaban. De hecho, el Concilio de Constantinopla decidió excomulgar a quienes se oponían a quitárselas.

A pesar de todo, la peluca se popularizó con el paso del tiempo y renovó sus estilos. Su verdadero auge ocurrió durante el siglo 18, en la corte de Versalles, donde la realeza ostentaba ensortijadas y largas melenas que les llegaban a la cintura. Así, la peluca pasó de ser un simple accesorio a un símbolo de poder aristocrático, pues, ¡ay de aquel caballero que se preciara de serlo y saliera de casa sin ella!

Y, siguiendo con las modas europeas, en el Londres del siglo 18, las pelucas formaban parte fundamental de la indumentaria de los abogados, jueces y magistrados, pues eran símbolo de sabiduría. Y aunque los ingleses dedicados a las leyes llevan hasta la fecha estas largas y claras cabelleras como emblema de autoridad, lo hacen sólo dentro de los recintos dedicados a ello, pues anteriormente se portaban aun en las calles y llegaron a ser tan valiosas que los ladrones de postizos proliferaron por toda la ciudad. Los delincuentes arrancaban la extensión de pelo de la cabeza del noble en plena vía pública y echaban a correr, dejándolo, además de asustado, en ridículo, con la calva al aire.

Al parecer, a las pelucas se les daba mantenimiento con una mezcla de cera, miel y otros productos viscosos que ayudaban a conservar cada pelo en su sitio —lo que ocasionó que ratas y arañas anidaran en ellas e hicieran pasar muy malos ratos a sus encumbrados usuarios.

Más hacia nuestros días, en las décadas de los 60 y 70 del siglo pasado, las pelucas poblaron el mundo y se mostraron orondas y coloridas en las cabezas de las mujeres de prácticamente todo el mundo occidental. Jóvenes y maduras, las chicas llevaban, orgullosas de su liberación, outfits integrados por minifaldas escandalosamente cortas y estrafalarias, y enormes postizos de pelo platinados, rojos o color caoba. Recordemos que en esa época, en México, se pusieron de moda las pelucas “Mi Alegría”.
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